Trauma

Patrick McGrath

Fragmento

Trauma

1

A mi madre le llegó su primera depresión cuando yo tenía siete años, y a mí me pareció que era culpa mía. Me pareció que tendría que haberlo evitado. Debió de ser un año antes de que mi padre nos dejara. Mi padre se llamaba Fred Weir. En aquella época podía ser generoso, divertido, un hombre muy comunicativo –ahora mi hermano Walt desempeña ese papel a veces–, pero de vez en cuando había señales, que yo por lo menos percibía, de que se acercaba un estallido. Luego el repentino ataque de ira, salir de golpe de la habitación, el portazo al final del pasillo y el silencio consternado que quedaba a continuación. Pero yo podía desviar todo aquello. Me hacía el tonto, o me comportaba como un niño pequeño, y así lo distraía de la ola creciente de aburrimiento y de frustración que debía de producirle estar atrapado en la asfixiante atmósfera doméstica que a mi madre le gustaba fomentar. Más tarde, cuando ella empezó a escribir libros, ya no fomentaba ninguna atmósfera en absoluto, más que la miseria refinada, el exceso de bebida y la melancolía.

En aquella época vivíamos con incomodidad y desorden en un gran apartamento de la calle Ochenta y siete Oeste, donde hoy vive mi hermano con su familia. Yo nunca le disputé a Walt el derecho a tenerlo después de que mi madre muriera, y me he hecho a la idea de que ella no me dejara nada. En realidad, me divierte que ella me arrojara ese último insulto a la cara desde la tumba. Resultaba más apropiado que el apartamento se lo quedara Walt, dado el tamaño de su familia, y que yo viviera solo, aunque la verdad es que a Walt no le hacía ninguna falta. Walt era un hombre rico; Walt Weir, el pintor… Pero no estoy resentido por ello, aunque después de decir esto, o, mejor dicho, si se lo hubiera oído decir a alguno de mis pacientes, detectaría de inmediato la rabia que hay detrás de esas palabras. Con habilidad consumada extraería la verdad y la sacaría a la superficie, donde los dos la pudiéramos mirar a la cara. «¡Odiabas a tu madre! ¡Y todavía la odias!»

Soy, tal como ya debe de ser evidente a estas alturas, psiquiatra. Hago de forma profesional eso que vosotros hacéis de forma natural por la gente que os importa, por esa gente cuyo bienestar os ha sido encomendado. Durante muchos años tuve mi despacho en Park Avenue, lo cual parece más impresionante de lo que es en realidad. El alquiler era bajo y también lo eran mis honorarios. Trabajaba sobre todo con víctimas de traumas, que, de toda la gente con trastornos mentales de Nueva York, son los que sienten de forma más intensa que se les debe una compensación por lo que han sufrido. Y eso hace que tarden en pagar las facturas. Elegí esa línea de trabajo por mi madre, y en eso no soy el único. Son las madres las que nos empujan a la mayoría de los psiquiatras a elegir esta profesión, normalmente porque les hemos fallado.

A menudo me remiten a un paciente, y una vez que hemos resuelto los preliminares y él, o más a menudo ella, ya está cómodamente sentado, lo que me pregunta es:

–¿Por dónde quiere que empiece?

–Dígame simplemente en qué estaba pensando.

–En nada.

–¿En qué estaba pensando de camino aquí?

Y así empieza todo. Yo escucho. La mía es una profesión que, a primera vista, puede parecer adecuada a las personalidades pasivas. Pero no os precipitéis concluyendo que no nos interesa el poder. Permanezco sentado meditando mientras vosotros me contáis vuestras ideas, y con mis gruñidos y suspiros, con mis interrupciones ocasionales, yo os guío hacia el que creo que es el verdadero núcleo y sustancia de vuestro problema. No es una empresa científica. No, me adentro a tientas en vuestra experiencia valiéndome de una intuición basada en poco más que unos cuantos años de práctica, de lectura y de introspección intensa. En otras palabras, lo que hago tiene mucho de arte.

Mi madre terminó por recuperarse, pero hay una relación fuerte entre la depresión y la ira, y en cierto grado esa ira no la perdió nunca. Estaba dirigida sobre todo hacia mi padre, por supuesto. Recuerdo con nitidez el día que fui consciente por primera vez de la dinámica de abandono y rabia de mis padres. Fred nos había llevado a almorzar a Walter y a mí, algo que hacía de forma ocasional cuando estaba en la ciudad y se acordaba de que tenía dos hijos que vivían en la calle Ochenta y siete Oeste. Para mí aquellas eran ocasiones estresantes, que empezaban con el trayecto en taxi a una brasería del East Side, aunque de hecho cualquier tiempo que uno pasara con mi padre resultaba estresante. Un verano nos llevó de viaje por carretera al norte del estado hasta un hotel de las Catskills, un infierno puro y duro de viaje, horas interminables sentado al lado de Walter en el asiento trasero del Buick mientras atravesábamos en coche las montañas interminables, y una atmósfera siempre a punto de estallar…

Por entonces Fred Weir todavía era un hombre atractivo, con el pelo oscuro peinado hacia atrás desde un pico afilado en medio de una frente de sienes altas, un tipo alto y atlético con una sonrisa encantadora. No era un hombre con éxito, pero daba la impresión de serlo, y cuando nos llevaba a almorzar a mí me maravillaba el tono imperioso con que se dirigía a los camareros, hombres enérgicos y serios con delantales blancos almidonados que, en aquella sala para adultos con paneles de madera en las paredes y llena de humo de puros, intimidaban tremendamente al adolescente desgarbado y nervioso que era yo por entonces. Mi nerviosismo no era aliviado precisamente por la presencia de cuchillos de trinchar con gruesos mangos de madera y afiladas hojas serradas, ni por una especie de carrito diabólico sobre ruedas y humeante que empujaba hasta la mesa un hombre corpulento con bigote fino que a continuación, haciendo una floritura con un cuchillo reluciente, señalaba la carne y me exigía que le dijera por dónde trincharla.

Cuando Fred se aburría de nosotros y daba señales de ir a pedir la cuenta, Walt le pedía consejos para invertir, asegurando que tenía fondos considerables guardados en alguna parte. Walt siempre tuvo más curiosidad que yo por nuestro padre. De niño le intrigaba saber qué pasaba en el dormitorio de nuestros padres, es decir, cuando compartían dormitorio. Quería entrar allí y enterarse de qué hacían.

Mi madre siempre estaba angustiada cuando regresábamos de aquellas excursiones, y es que durante nuestra ausencia se le ocurría la posibilidad de que Fred pudiera ejercer una influencia mayor que la de ella sobre nosotros y que por esa razón ella nos perdiera. Me correspondía a mí asegurarle nuestro amor y lealtad. Luego ella me prodigaba su afecto durante un rato, hasta que perdía interés y se alejaba por el pasillo en dirección a su estudio. Cuando oía la puerta cerrarse y el «tap, tap, tap» de la máquina de escribir, sabía que ella ya no saldría hasta que fuera la hora del cóctel. El ruido de la máquina de escribir me reconfortaba. Si mi madre estaba escribiendo a máquina es que no estaba llorando, aunque más adelante sería capaz de hacer las dos cosas a la vez.

Pero recuerdo un día que regresamos al apartamento y ella no nos estaba esperando en el recibidor cuando subimos las escaleras. Aquello era muy raro. Entramos solos y de inmediato la oímos llorar en el dormitorio. Era lastimoso. Walter me dijo que él iba a salir otra vez y que yo podía hacer lo que quisiera. Me veo a mí mismo con gran claridad en ese momento. La elección era simple. Podía marcharme del apartamento con él y pasar una hora o dos en Central Park, o bien podía ir a llamar a la puerta del dormitorio de mi madre y preguntarle qué le pasaba. Recuerdo que me quedé sentado en la silla del recibidor, al lado de la mesilla baja del teléfono, donde ella siempre dejaba las llaves sobre la bandeja y se arreglaba el pelo en el espejo de pared que había encima.

–No pienso esperarte –me dijo Walt desde la puerta principal.

Una nueva y abrupta ráfaga de tristeza llegó del dormitorio.

–Ahí te quedas –dijo, y la puerta principal se cerró detrás de él.

Me pasé otro minuto sentado en la silla del recibidor, luego me puse de pie y caminé lentamente hasta la habitación de mi madre. Así es como nacen los psiquiatras.

Gran parte de mi infancia tardía y de mi adolescencia siguió esta misma dinámica. Me costaba hacer amigos, y me satisfacía mucho más un libro que la compañía de la gente de mi edad. Walter, en cambio, era un chico sociable y a menudo se traía a sus amigos al apartamento. Aquello le proporcionaba gran placer a mi madre, aunque si estaba deprimida se retiraba a su dormitorio. Cuando este era el caso, a mí me preocupaba que los amigos de Walter hicieran tanto ruido. Recuerdo que una vez me quedé en el umbral de la sala de estar y les pedí que no hicieran ruido, ya que nuestra madre estaba descansando. Ellos estaban bailando con música de Bill Haley. Walter tendría unos diecisiete años. Yo era tres años menor que él. Recuerdo que él apagó el tocadiscos y todos se me quedaron mirando, eran seis o siete, chicos mayores a los que yo había visto en los pasillos del instituto al que asistíamos en el Upper West Side.

–¿Qué has dicho? –dijo Walter.

Si no hubiera sido por el hecho de que nuestra madre estaba intentando dormir, me habría escapado.

–He dicho que tendríais que bajar la música.

Todos se quedaron mirándome en silencio. Era una forma de burlarse de mí.

–¿Qué has dicho? –volvió a decir Walter.

–¡Que la bajes! ¡Que ella está intentando dormir!

Él se quedó mirando a los demás y repitió mis palabras con solemnidad. Después se echaron a reír. Se dieron palmadas en los muslos y chillaron como hienas. Levantaron las cabezas y aullaron, todo para humillarme. Entonces la puerta del dormitorio de nuestra madre se abrió al otro extremo del pasillo. Ella vino a la sala de estar, arrastrando los pies y bostezando. Llevaba su bata, iba descalza y no se había cepillado el pelo. Era media tarde y yo me avergoncé de que la vieran así los amigos de Walter, que se habían quedado callados. Nuestra madre se quedó en la puerta, preguntó qué estaba pasando y Walter se lo dijo. Ella seguía medio dormida. Se volvió hacia mí.

–No seas tonto, Charlie. Solo estaba leyendo. Divertíos, no me importa.

Regresó a su habitación tras hacer un gesto despectivo con la mano y yo me marché del apartamento sintiéndome como un idiota.

Cuando regresé a Nueva York después de hacer las prácticas en la Johns Hopkins, no volví a la calle Ochenta y siete. Mi madre me dijo que no me quería en el apartamento. Me explicó que necesitaba silencio para escribir. Entendí lo que me estaba diciendo. No era un rechazo, aunque llegara enmarcado en esos términos, porque también me dio un juego nuevo de llaves. No me abandones, me estaba diciendo. Los antidepresivos la habían estabilizado, pero seguía habiendo momentos en que se hundía de forma repentina y precipitada, y entonces era a mí a quien necesitaba.

Una de esas ocasiones fue cuando Fred volvió a casarse, con una mujer muchos años más joven, algo que a mi madre le costaba aceptar. Yo sabía desde hacía mucho tiempo que ella todavía lo quería, y pese a su desdén mordaz –«Menuda rata», escupía–, a nadie que la conociera bien se le escapaba el hecho de que ella continuaba perdidamente enamorada de aquel irresponsable. En las dos novelas que publicó durante aquellos años dibujó retratos apenas disimulados de él, y la actitud de la autora hacia aquellos sinvergüenzas mujeriegos era de afecto mal escondido. Pero el segundo matrimonio de Fred fue un duro golpe para mi madre, y tal como yo había temido, ella tuvo una rápida recaída. En cuanto me enteré, fui a su apartamento.

Estaba en su dormitorio. Todas las cortinas estaban cerradas pese al hecho de que era de día. Estaba acostada en la cama dándole la espalda a la puerta, con las piernas levantadas. No estaba vestida del todo. Me oyó entrar, pero no se movió.

–¿Mamá? –Yo me senté en el borde de la cama. Durante unos minutos la habitación permaneció en silencio. Había un leve aroma a perfume rancio y humo de cigarrillos–. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

No hubo respuesta.

–¿Quieres que te prepare un baño?

Yo sabía a qué me refería. Ella se apoyó en un codo y clavó en mí una mirada patética por encima del hombro. Tenía los ojos rodeados de oscuras sombras: era una criatura atormentada y asustada, apenas la reconocía.

Luego volvió a desplomarse. Desde su postura casi fetal, murmuró:

–Huelo mal. No hace falta que me lo digas.

Silencio una vez más. Luego volvió a apoyarse en el codo.

–Esa rata.

–Lo sé.

–¿Le has visto?

–No.

–Estás mintiendo.

–Déjame que te prepare un baño.

Ella no se negó. Según mi experiencia, los episodios depresivos no suponen un riesgo para la vida cuando todavía hay preocupación por la higiene personal.

Cuando regresé del cuarto de baño, estaba sentada en el borde de la cama, encorvada y con las piernas colgando, examinándose las uñas. Parecía un pájaro anciano con su jersey demasiado grande y sus mallas negras, un pájaro anciano y enfermo con el ala rota.

–¿Es muy guapa?

–No.

–¿Cómo lo sabes?

Rápida como una víbora… ¿cómo podía saberlo a menos que la conociera?

–Lo sé y ya está –dije.

–Puta.

No estaba segura de si se refería a mí, a mi padre o a aquella joven novia. No le pregunté. Cuando su baño estuvo listo le dije que la esperaría en la sala de estar. En la sala no se estaba mucho mejor en lo que a aire estancado, ceniceros atiborrados, oscuridad y demás se refiere. Fotografías rotas en la alfombra de delante de la chimenea, unas cuantas brasas chamuscadas en la rejilla. Descorrí las cortinas, abrí las ventanas y limpié la casa lo mejor que pude. Volví al cuarto de baño y di unos golpecitos en la puerta.

–¿Va todo bien por ahí?

–Vete a la mierda.

–¿Mamá?

–La has conocido. Traidor.

Si se tratara de la madre de otro, habría sido casi cómico. Si yo no hubiera sido consciente de la realidad de su sufrimiento. Si ella no me hubiera dado tantas razones para preocuparme. ¿Cómo puede un hombre ver a su madre sufrir y no hacer cuanto esté en su mano para aliviar ese sufrimiento?

Cuando los episodios se volvieron más frecuentes, había días o incluso semanas seguidas en que salía de mi despacho por las tardes y me iba directamente a la calle Ochenta y siete. A menudo me quedaba a pasar la noche y dormía en mi antigua habitación. Walt se negaba a visitar a nuestra madre cuando estaba deprimida y yo me enfadaba con él por ello. Recuerdo que decía que nuestra madre no lo quería ver a él, que solo quería verme a mí.

–No seas absurdo –decía yo–. Es a ti a quien adora.

Recuerdo haber tenido esta discusión en el loft que tenía Walt en la calle Chambers. Él no dejó de trabajar. Un lienzo enorme y caótico sujeto con chinchetas a la pared, una superficie roja con rayas negras, finas y verticales a intervalos irregulares. Se estaba fumando un puro.

–Exactamente por eso no quiere que vaya a verla –dijo–. Porque no quiere que yo la vea así.

–Oh, Walter, ¿qué nueva idiotez es esa?

Walt y yo éramos capaces de enfadarnos en cuestión de segundos. Eso preocupó a Agnes, mi mujer, con quien yo todavía estaba casado por entonces; fue la primera vez que presenció cómo dos hombres, por lo demás civilizados, se volvían de repente tan agresivos.

–¡Piénsalo! ¿No se supone que es eso lo que se te da bien? Ella no quiere que yo esté presente cuando está hecha una mierda. ¡Me quiere cuando está en sus mejores momentos!

Se dio cuenta de que estaba goteando pintura en el suelo. Agarró el puro con los dientes y sumergió el pincel en un frasco de agua sucia.

–Así que tú te llevas a la buena madre y yo me quedo con la madre loca. Muchas gracias, Walt. Joder, mira que eres egoísta.

–¡Yo no lo he planeado, hostia!

No recuerdo si contesté a aquello. Creo que es posible que girara la cabeza y mirara por la ventana con expresión enferma y herida. Por entonces el World Trade Center estaba en construcción, dos armazones enormes y calados de vigas rojas hurgando en el cielo. Cuando me volví a girar, Walt se estaba limpiando los dedos con un trapo con gesto ausente.

–¿Algún mensaje para ella? –dije desde la puerta.

Ahora él estaba en el fregadero dándome la espalda. Como no me contestaba, le repetí la pregunta.

–¡No!

Años más tarde recordé esta discusión y me di cuenta de que él tenía razón. Cuando nuestra madre estaba sumida en un estado de desesperación abyecta, le era indiferente la impresión que me causaba a mí, pero a Walt había que ahorrársela, Walt estaba excusado. Así que él aprendió desde el principio que nunca le hacía falta hacer ningún esfuerzo con nuestra madre y, por extraño que parezca, el amor de ella crecía como resultado de aquella desatención. Ella parecía pensar que el hecho de que Walt no la visitara casi nunca demostraba que estaba demasiado ocupado, ciertamente mucho más ocupado que yo, pero es que, claro, él tenía mucho más éxito que yo. Hasta se lo dijo una vez a Agnes.

–Pero Charlie es un psiquiatra brillante –dijo Agnes.

La respuesta de mi madre denotaba el clásico desprecio maternal.

–Oh, psiquiatra puede ser cualquiera –dijo–. Pero para ser artista hace falta talento.

Fue su ama de llaves quien me llamó. A principios de febrero de 1979. Había llegado por la mañana y se la había encontrado inconsciente en el suelo del dormitorio. Para cuando yo llegué al apartamento, ya estaba allí su médico, organizando las cosas para que la ingresaran en el Beth Israel. Él y yo nos fuimos aparte un par de minutos y hablamos en voz baja de lo que pasaría a continuación. Yo estaba al lado de su cama del hospital cuando recobró la conciencia, y también Walt. Recuerdo cómo su mano se despegó de las sábanas. Era como un pajarillo que intentaba despegar y no lo conseguía, pero era un pajarillo feo, con garras y manchas de vejez.

–¿Mamá?

Tenía los ojos legañosos. Estaba confusa. Quería hablar de su familia.

–No, mamá, ahora descansa, ya nos lo dirás más tarde.

Hubo un destello repentino de luz en aquellos ojos llorosos y ella me agarró la muñeca. Intentó incorporarse hasta sentarse, pero no pudo. Tampoco pudo hablar más. Poco después se quedó dormida y la dejamos tranquila. Cuando salimos al pasillo se abrieron las puertas del ascensor y apareció mi padre. Le dije que ella necesitaba descansar. Walt sugirió que fuéramos a algún sitio a tomar una copa.

Nos sentamos a una mesa tranquila en el bar de un hotel que había a dos manzanas del hospital. Los años no habían sido amables con Fred Weir, y su deterioro era visible. No se había afeitado bien y se había dejado zonas de barba de dos días en la garganta y la barbilla. Su traje era barato, los puños estaban deshilachados y el cuello de la camisa se veía amarillo. Más elocuente era el vago aire de disculpa que ahora lo rodeaba, además de la humedad y la falta de vida de los ojos, todo lo cual sugería exceso de bebida, falta de vitalidad y hundimiento de la autoestima. Además, había estado en la cárcel en Florida por un delito de arma de fuego. Pensé que parecía lo que era: un perdedor. De niño siempre había intentado complacer a aquel hombre, evitar que hiciera daño a mi madre, y menuda pérdida de tiempo. No valía la pena, y hubo un tiempo en que yo estaba convencido de que aquella era la razón de que mi madre le diera todo su amor a Walter y nada a mí. Físicamente, y hasta cierto punto también en el temperamento, yo me parecía a Fred Weir, y cuanto mayor me hacía, más claro estaba. Con su cara alargada y pálida, sus andares desgarbados, el mechón de pelo gris y grasiento que le caía sobre la frente, la sonrisa obsequiosa que antaño le debió de abrir puertas y también corazones… él era la plantilla y yo era la descendencia.

En contraste, Walt seguía el patrón de los Hallam, la familia de nuestra madre: el pecho y los hombros anchos, rubicundo, peludo, un tonel de hombre, una locomotora, mientras que yo era una cigüeña, una palmera. Fred era un desastre. Un borrachín.

–¿Qué quieres beber, papá? –dijo Walt.

Era una sala pequeña y oscura con una barra acolchada, unas cuantas mesas redondas con lámparas y un olor persistente a humo de puros. Sonaba una especie de hilo musical. No había nadie más que nosotros y el hombre de cara triste con chaqueta blanca y corta que estaba de pie detrás de la barra. Walt se volvió a medias en su silla para hacerlo venir. Fred apoyó los codos en la mesa, sacó un paquete de cigarrillos y de repente se le vio cómodo

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