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De entre los árboles por delante de mí me llega el ruido de pezuñas aplastando la nieve. Todo lo demás está en silencio. Me quedo de pie mientras la respiración se condensa alrededor de mi cabeza en el aire helado, escuchando sin moverme, sin ver nada salvo el suelo blanco y los troncos puntiagudos y negros de los árboles. Huelo a la bestia. Su aroma es limpio y fuerte y se destaca por encima de los olores más fríos del bosque, tentándome, atrayéndome hacia ella. No puede andar muy lejos pero la arboleda aquí es tan densa que no la veo y por tanto sigo adelante, avanzo a pasos cautelosos entre los árboles, saltando sobre las ramas caídas, todo con tanto sigilo que únicamente un ratón durmiendo en la madriguera justo donde aterrizan mis zarpas abriría un ojo, para cerrarlo en cuanto lo dejase atrás.
Por encima del ruido de las pezuñas de la bestia llega un resoplido, alto y breve y que en el silencio del bosque resuena como un trueno. Esta debe de ser grande, puesto que mis orejas puntiagudas no solo captan el sonido de su respiración al salir de los orificios nasales, sino desde donde empieza, desde unos pulmones grandes y poderosos al fondo de un ancho pecho. Avanzo un poco más rápido. Tal vez haya resoplado para limpiarse las narices porque intuye el peligro. El viento me favorece y todavía no me habrá olido y, aunque me muevo tan silencioso como el viento, estas bestias tienen poderes que no alcanzo a comprender. Si cree que corre peligro, la caza podría terminar antes de empezar.
Avanzo entre los árboles atento al crujido y golpeteo regular de las pezuñas en la nieve, se me acelera el corazón, abro las fosas nasales para atrapar el vivo aroma que tira de mí. Estoy seguro de que la veré pronto y, con la emoción, tengo la impresión de planear sobre el suelo, mis patas se mueven veloces, mis zarpas se abren camino en silencio esquivando y rodeando las cosas que sobresalen de la suave superficie blanca de la nieve. Es como si todo lo que existe en mi cabeza con sus ojos agudos, sus orejas puntiagudas y su nariz poderosa y todo lo demás avanzara hacia el mismo punto, hacia mi boca abierta donde el aire corre sobre la lengua y entre los dientes.
Ha comenzado a nevar otra vez y oscurece de pronto. El viento sopla y huelo mejor a la bestia: huelo su salud y su fuerza y también que está muy cerca, así que aminoro el paso. Miro hacia la masa de árboles que tengo enfrente, vigilando los huecos entre uno y otro y entonces la veo, una forma grande y oscura que avanza despacio con la parte delantera más baja, como con la cabeza gacha, olisqueando el suelo en busca de alimento. Camino a su lado, separados por un centenar de árboles, la bestia avanza sin pausa y sin saber que yo avanzo con ella y la observo, trato de evaluar la potencia de sus patas, la fuerza de su cuello y la grandeza de su espíritu. Pero estoy demasiado lejos para ver esas cosas, de modo que acorto distancias, me adelanto despacio, acercándome como la sombra de un árbol a medida que sale el sol.
Me he aproximado lo bastante para distinguir el pelaje de su cuello cuando se detiene, alza rápidamente la cabeza que corona ese cuello tan grueso y sus grandes ojos castaños y sus ollares húmedos asimilan el espacio que la rodea. Debe de saber que estoy aquí aunque no haya hecho ruido. A veces con estos animales ocurre: se paran a escuchar cuando no has hecho el menor ruido, se detienen y olfatean cuando el viento se lleva tu olor y miran aunque estés escondido y quieto como una piedra. Pero de todas maneras notan tu presencia, como la raíz más profunda de un árbol nota el gorrión que se posa en su rama más alta.
Es una gran bestia, admirable. Y mientras la observo buscarme siento en el pecho una urgencia que es como el hambre pero no está en el estómago. Es algo que siento siempre que me enfrento a estas criaturas. Una cosa que no comprendo pero que sé que me diferencia de otros seres vivos, me diferencia de los árboles y de la nieve, me hace más parecido al fuego, más parecido al otoño que al verano. Empieza así. Acaba de muchas maneras pero siempre empieza así y, audaz, sintiéndome parte del silencio del bosque, salgo de detrás del árbol donde me he escondido para encararme a la bestia.
Ella continúa buscando un momento, gira lentamente la cabeza y las orejas antes de descubrirme. Alza un poco más la cabeza y clava su mirada en la mía. No transmite un ápice de miedo. Ahora es como si todos los árboles hubieran desaparecido, como si no hubiera nada entre nosotros salvo el alcance de la zancada de cada uno y ningún sonido aparte de los latidos y la respiración del otro, que no alcanzamos a oír aunque creamos lo contrario al escuchar la nuestra. Permanecemos inmóviles y cara a cara, la nieve nos cae sobre el lomo y reina la paz y el silencio. Pero es una ilusión, al vernos los dos sabemos que el aire está preñado de olor y peligro, que pronto donde había silencio podrían oírse gritos y reinar el dolor donde había paz.
Sus ojos me dicen que es vieja pero todavía fuerte. Veo en ellos un destello de imágenes, sus recuerdos, las cosas que ella quiere que vea. Veo de dónde ha venido y dónde ha estado, que ha criado a muchos hijos, que ha luchado con muchos lobos y jamás la han derribado para abrirla y devorarla. Me está diciendo que no está preparada para morir, que todavía luchará y, si tiene ocasión, me matará. Eso es lo que quiere que vea y, al mirar su cuerpo todavía poderoso, su pelaje espeso y su mirada profunda y clara sé que no miente y que no está preparada para morir. A veces cuando son muy viejos o muy jóvenes y están asustados suplican morir y solo fingen resistirse y, tras una breve persecución, es fácil derribarlos y abrirlos, no por el cuello, sino por el vientre.
Pero sé que esta será distinta. Está dispuesta a luchar y, consciente de ello, noto esa urgencia en el pecho y el hambre en la boca del estómago. La bestia tiene unos ojos bonitos y desafiantes y le respondo que soy joven y fuerte y que, aunque hace muchos días que no como, aunque se me marcan un poco los huesos debajo de la piel, tengo potencia de sobras para atacarla y quitarle la vida.
Y me pregunto qué sentirá la bestia al mirarme a los ojos, porque yo sé de dónde vengo y lo que soy, porque soy un lobo, el que quita vidas: el predador. Ataco con los ojos abiertos y veo la mue
