Los ríos perdidos de Londres

Javier Calvo Perales

Fragmento

2004

¿Cuál es la flecha que vuela para siempre? La flecha que ha alcanzado su objetivo. ¿Qué significan estas palabras? Alguien baja a toda prisa una escalera. Azulejos en las paredes. Una casa en la Costa Brava. El Mediterráneo en calma. Alguien baja la escalera a toda prisa, resbala en los peldaños, se agarra a la barandilla para no caer. Los perros ladran en el patio. Un dirigible en el cielo. Virando lentamente sobre el mar. Un Mercedes rojo conduce a toda velocidad por la autopista. Alguien grita en el asiento de atrás. ¿Qué significa esta imagen? Los pies llegan a la base de la escalera. Las manos buscan las llaves de la puerta. Manos temblorosas. Las llaves caen al suelo. El taxista parado delante de la puerta con el motor encendido hace sonar la bocina e inclina la cabeza sobre el volante para mirar por la ventanilla del pasajero tal como hacen todos los taxistas cuando están mirando algo que pasa al otro lado de la ventanilla del pasajero. El costado del dirigible dice: APRENDA IDIOMAS CON SUPERLANGUAGE: NUEVAS TÉCNICAS DE APRENDIZAJE.

2002

Después de siete años, Olga tiene un sueño sobre Rusia. El sueño no tiene lugar en Rusia y tampoco contiene ninguna mención a Rusia. Será a la mañana siguiente, después de levantarse de la cama y darse una ducha y bajar a desayunar con Vera y Vitály, cuando se dé cuenta. El momento en que se dé cuenta no se distinguirá de los momentos inmediatamente anterior ni inmediatamente posterior. Estará llevando a cabo alguna actividad insignificante, como por ejemplo untar una tostada con mermelada, y entonces sucederá: se quedará un segundo mirando la pared que tiene delante, y ni Vera ni su marido se darán cuenta de nada. Y sin embargo, esa será la pieza que falta. El momento en que caiga en su sitio. La verdad sobre el Sueño de Rusia. Sobre la aldea vetusta y las casas de madera y las calles adoquinadas. Unas calles que no son las calles de Rusia. Que no se parecen a la Rusia que ella conoce. Que no se parecen a ningún lugar donde ella haya estado. Calles de noche. Iluminadas con farolas de gas. Velas en las ventanas de la casa. Plazas con fuentes monumentales en el centro. El silencio es absoluto. El agua de las fuentes cae con un murmullo. Las casas son viejas y algunas están abandonadas. Las ventanas cubiertas con tablones. Es el primero de los detalles que le hacen sospechar. De repente, un ruido. Olga levanta la cabeza. Voces. Risas. La aldea no está desierta. Olga camina hacia el ruido. Dobla una esquina. Es una casa alta y estrecha con tejado a dos aguas. Encima de la puerta hay uno de esos letreros de taberna que cuelgan de unas cadenillas y que oscilan movidos por el aire. Y entonces se da cuenta: son detalles sacados de las películas. Es por las películas que Olga sabe que un letrero colgado de unas cadenillas quiere decir que el sitio es una taberna. ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué está en su sueño? Se acerca al letrero. El letrero tiene una inscripción en inglés, en letras góticas, las palabras FUCK FANTASY, con las dos efes mayúsculas entrelazadas en un intrincado diseño ornamental. Olga se detiene delante de la puerta. La puerta tiene una mirilla que se acciona desde el exterior, una de esas mirillas con una palanquita que aparta una pantalla corredera de latón. Olga se asoma a la mirilla. Espera a que se le acostumbre la vista a la oscuridad del interior y distingue una serie de figuras. Gente. La gente del interior habla y ríe y se dedica a transportar cajas y paquetes desde una trampilla que hay en el techo hasta una abertura de forma irregular que hay en el suelo. De la abertura del suelo emana un resplandor tembloroso. El resplandor inconfundible de las llamas. Olga cierra la mirilla. Echa a andar de nuevo, mirando por encima del hombro hacia el letrero vagamente oscilante, y de repente topa con algo. Algo grande y rojo y duro. Una cabina telefónica. Una de esas cabinas telefónicas victorianas que todavía hay en las partes turísticas del centro de Londres. La puerta de la cabina se abre y del interior sale una mujer con un terrier y cargada con varias bolsas.

—¿Olga? —le dice la mujer, con cara de sorpresa.

—Vera —dice Olga, en voz baja. En tono ligeramente receloso—. Esto no pasó en Londres.

—Nunca me escuchabas cuando éramos chicas. —La cara de Vera adopta una mueca de furia—. ¡Y ahora tampoco!

Olga la mira con asombro. La cara de Vera se transforma. Su nariz y su ceño se reconfiguran en forma de una especie de hocico lobuno. Le crecen unos colmillos enormes. Los ojos se le vuelven amarillos. Olga ha visto todo eso antes. La misma transformación. Vera acaba de transformarse en un vampiro. Y no un vampiro cualquiera: se ha convertido en uno de los vampiros de la serie Buffy Cazavampiros, que ella veía en la televisión con sus compañeras de la agencia de modelos cuando vivía en Londres. Su serie favorita.

Olga está paralizada, con los ojos muy abiertos, mirando al vampiro que hace un momento era Vera.

Vera pone los ojos en blanco.

—Ahora tienes que correr, estúpida —dice.

Olga corre por un callejón que sube la ladera de una colina, vagamente consciente de que el vampiro tiene razón y su obligación es correr. Al cabo de un lapso indeterminado mira hacia atrás y ve que son varios los vampiros que la persiguen. No tiene conciencia de estar corriendo muy deprisa y sin embargo los vampiros se mantienen a una distancia constante. Mira por encima del hombro. Dobla una esquina y decide esconderse en un portal. Tal como ha visto en las películas. Con la espalda pegada a la pared. Jadeando ligeramente. Mirando con el rabillo del ojo, con la barbilla un poco levantada. Los vampiros siguen corriendo en línea recta, sin echar un vistazo al sitio donde está Olga. Cuando han desaparecido por el callejón, Olga sale de su escondite y toma una ruta distinta. Ahora está en lo alto de la colina. Las casas aquí son más grandes, con jardines gigantescos y abandonados. Con pérgolas y cenadores en ruinas. En un recodo de la calle hay un banco de madera invadido de hierbas. Olga se sienta a descansar. Entre las ramas de los árboles se ve el pueblo al pie de la colina y la figura lejana de alguien que camina borracho y acaba por caer al suelo.

En algún momento de la noche de su sueño alcanza a ver la cima de la colina. Una plaza enorme con varios niveles de terrazas adoquinadas y balaustradas de piedra. Las balaustradas están llenas de vampiros. Vampiros vitoreando y vampiros aplaudiendo. Muchos llevan ropa de adolescente. Camisetas de grupos musicales, faldas ajustadas, zapatillas deportivas. Alguien lleva un jersey que dice «Sunnydale High - Class of 99». Olga se acerca con cautela a la plaza, protegida por las sombras. Una viga enorme de madera comunica las fachadas de los dos edificios más grandes de la plaza, a una altura de unos cinco metros sobre el nivel del suelo. Encima de la viga hay dos hombres enfrentados, haciendo equilibrios para no caer al vacío y al mismo tiempo peleando con largos palos de madera. Fintando. Esquivando los golpes. Olga está observando el combate, intentando entender, cuando se abre la puerta que tiene delante. La puerta de una casa pequeña de piedra con un número encima del dintel. Olga apoya la mano en la hoja de la puerta. Empuja ligeramente, mira el interior, entra.

Dentro de la casa reina el silencio. Olga avanza por un pasillo. Una puerta al final del pasillo. La empuja y la puerta deja al descubierto un despacho. Paredes verdes. Un tubo fluorescente en el techo. Una mujer con bata de médico. Sentada delante de un ordenador. Una mujer negra.

—¿Me has traído los zapatos? —dice la mujer negra con bata de médico. Sin mirar a Olga. Sin dejar de mirar la pantalla de su ordenador. En tono vagamente acusatorio.

—Usted también —dice Olga en tono cansado. Se sienta en la silla que hay frente a la mesa de la mujer.

—Me lo prometiste. —La mujer negra niega con la cabeza, como subrayando su decepción—. Unos zapatos igual que los tuyos. Me lo prometiste aquella noche en urgencias. ¿O también vas a fingir que no te acuerdas de eso? ¿Qué número hay encima de mi puerta? —La mujer negra mira a Olga. Su cara adopta una mueca de burla—. ¿No estarás teniendo problemas de memoria?

Olga busca instintivamente algo sobre la mesa de la doctora. Y encuentra un paquete de cigarrillos. Enciende uno.

—¿No va usted a hacer también eso de la cara de vampiro? —pregunta a través de una nube de humo.

¡Ho-la! —La doctora se pone a hacerle señales a Olga con las manos como si Olga estuviera muy lejos de ella—. ¡Estuviste en mi hospital!

—Escuche —dice por fin Olga. Señala a la doctora con el cigarrillo—. Esto está durando demasiado. Sé cómo terminan estas cosas. Se terminan cuando llega el mensaje. La moraleja. Lo que sea. —Hace un gesto despectivo con la mano—. Así que dígame qué significa todo esto. Y terminemos ya.

La doctora pone cara de fastidio. Como alguien que se ha pasado la tarde preparando pastelillos para que luego sus invitados se pasen la merienda hablando sin parar y apenas toquen la comida. Se levanta de su silla. Va hasta una ventana con las contraventanas cerradas.

—¿De verdad quieres salir ya? —dice, y abre la ventana.

Olga se acerca para mirar. Al otro lado de la ventana se extiende la noche. Un grupo de rocas iluminadas con potentes focos. Y bajo la luz de los focos, una mujer gorda con un salto de cama. Unos muslos blancos enormes. La cara manchada de rímel corrido y de pintalabios. Un cigarrillo en los labios. A su alrededor, un grupo de niños comiendo sushi con palillos de bandejitas individuales. De vez en cuando uno de los niños tira del borde del salto de cama de la mujer y ella responde con un cachete.

La doctora saluda a los niños con la mano. Un par de niños devuelven el saludo. Olga ve a un niño que acaba de terminarse el sushi y se ha puesto a lamer la bandejita de plástico.

—¿Qué te parece? —La doctora se vuelve hacia Olga—. ¿Es lo bastante alegórico?

Olga mira a la mujer gorda. Parpadea. Cierra los ojos. Cuando los vuelve a abrir está mirando la pared de la cocina de la casa en España de Vera. Tiene una tostada en la mano y un cuchillo en la otra mano. Vitály está leyendo un periódico español con las gafas de leer. Vera está sirviendo el café en las tazas. Y entonces Olga lo entiende. Entiende el sueño y entiende la historia y entiende la escena final. Y entiende quién es la mujer gorda con el salto de cama. Es Ella. Es la Madre Rusia.

1993

Toda historia debe tener un sótano. O para ser más precisos, toda historia debe construir un área que replique las condiciones cognitivas que asociamos con los sótanos. Un área inaccesible para mensajeros del exterior, para gente uniformada con paquetes debajo del brazo, un área cuya existencia deje a esos mensajeros en estado de confusión, yendo de habitación en habitación, llamando en voz alta y sosteniendo el paquete en lo alto, escrutando las paredes con el ceño fruncido en busca de portezuelas secretas o accesos prohibidos.

El sótano de esta historia, descendiendo a los detalles concretos, es el sótano del Bungalow 6 (área masculina) de la Residencia de Estudiantes del Internado Dubravushka, en Obninsk, el instituto con las medidas de seguridad y control institucional más estrictas de toda la región de Moscú. Unas medidas que, inevitablemente, se relajan en los sótanos.

Esa es la Cualidad Número 1 de los Sótanos: que suelen estar fuera del alcance de los mecanismos de vigilancia institucional, y es por eso que son inmunes a los efectos de la alegoría. Porque nadie sabe lo que está sucediendo en ellos. Hay gente que baja y hace cosas en los sótanos, cosas secretas, pero no sabemos qué son esas cosas por la sencilla razón de que están teniendo lugar en el sótano.

Gleb Molotkov, dieciséis años, alumno de undécimo del Internado Dubravushka, inclinado en posse sobre la mesa de billar del sótano, con el trasero proyectado hacia fuera, un brazo extendido sosteniendo la parte delantera del taco y el otro brazo flexionado sosteniendo la parte trasera del mismo, examina desde detrás de su flequillo la cara cubierta por un velo negro que está inclinada sobre la mesilla, haciendo ruidos familiares de succión nasal. Gleb frunce los ojos, golpea con el taco la bola y observa los desplazamientos trigonométricos sobre la mesa.

La cara cubierta por el velo se incorpora, sorbiéndose la nariz, dejando al descubierto la superficie de una tabla Ouija surcada de líneas de cocaína, haciendo ligeros movimientos de cuello como los luchadores de artes marciales en el instante previo a enzarzarse en un combate. Sus dedos blancos y finos retiran la tela negra por encima de su frente y desvelan la cara de Katya Presman, dieciséis años, alumna de undécimo del internado, con las aletas de la nariz enrojecidas y los ojos embadurnados de kohl como los ojos de Winona Ryder en Poseídos.

—¿Vas a tener una visión o algo así? —le pregunta Olga, dieciséis años, alumna de undécimo del instituto, con las cejas levantadas.

—No funciona así —dice Gleb, sentándose en el sitio que acaba de dejar vacío Katya y esnifando una línea de cocaína por cada orificio nasal—. Se trata de abrir unos canales de la mente y cerrar otros.

Los sistemas para aislar sótanos de vigilancia institucional son variables, pero suelen incluir obsequios monetarios a los estudiantes que se encargan de la vigilancia del bungalow, y en el caso de aquellos estudiantes ideológicamente próximos a las autoridades del internado, amenazas de violencia física. Dichas amenazas se llevan a cabo en el cuarto de baño comunal e incluyen patadas, introducciones ejemplares de cabezas en retretes y micciones encima de cuerpos acurrucados en el suelo y tapándose la cabeza con las manos.

Olga esnifa una línea de cocaína por cada orificio nasal, echa la cabeza hacia atrás y se sorbe la nariz. Una botella de Stoli pasa de mano en mano y por fin los tres se cogen de las manos mientras Katya entona los preliminares del ritual. Gleb y Olga se aprietan mutuamente los dedos de las manos que tienen unidas y aprovechan el lapso durante el que Katya tiene los ojos cerrados para besarse. La música que sale del radiocasete del sótano es ese metal gótico escandinavo lento y pesado que se vende en casetes en los tenderetes de delante del GUM.

O Geist kommt zu mir —dice Katya con voz grave.

—Jo-der. —Olga pone los ojos en blanco—. Y yo soy incapaz de aprobar los parciales de inglés.

Katya abre los ojos por debajo del velo. Mira a Olga.

—Eso es porque no tienes alma —le dice—. No es la mente la que aprende los idiomas. —Se toca el pecho con la mano—. Es el alma.

—¿Qué coño quiere decir eso? —Olga suelta las manos de Gleb y de Katya.

—Lo sabe todo el mundo. —Katya se recoge el velo sobre la coronilla para encender un cigarrillo—. Los idiomas se aprenden con el alma, todas las religiones están de acuerdo. En la Biblia es el Espíritu Santo el que te transmite el conocimiento. En el budismo es la parte inmortal de uno la que aprende los idiomas.

Olga suelta un soplido de burla.

—Yo no necesito alma. —Mira a Katya con gesto desafiante—. Podría entrar en el Chanel de Kutuzovskaya, bajarme los pantalones y mearme encima de la ropa. ¿Y creéis que me pasaría algo?

Se oyen pasos bajando las escaleras. Los tres ocupantes del sótano permanecen tensos, escuchando.

Toda historia necesita áreas donde toda posible metaforicidad quede cancelada. Como esos puntos ciegos del metro donde no funcionan los teléfonos móviles, o tal vez como esas zonas calientes de algunos parques y salas de reuniones donde uno puede conectar su ordenador a internet sin cables de ninguna clase. Una forma de conseguir esto es situar ciertas partes de la historia en sótanos o en torres o en cámaras secretas. Si no se dispone de dichas dependencias, se puede recurrir a sitios excavados bajo tierra.

Es conveniente que dichas partes de la historia no tengan ninguna relación con el resto de partes de la historia, y también que los elementos de las situaciones descritas no sean extrapolables a ninguna otra situación. Es lo que llamamos la Cualidad Número 2 de los Sótanos.

Hay un momento largo de silencio hasta que los pasos se alejan en otra dirección. Luego Gleb levanta la botella de Stoli en dirección a Olga y suelta un soplido de burla.

2001

¿Cuál es la flecha que vuela para siempre? ¿Cuál es la imagen que no puede dejar de ser contemplada? Las respuestas no se encuentran dentro del relato. Esta es una historia sin alma. Olga se tapa las piernas con una manta a cuadros y contempla el viejo mar de las alegorías. Está en la terraza de la casa de Vera, tumbada en una hamaca con las piernas delgadas bajo la manta, dejando que la brisa le acaricie la cara. Al anochecer. Un anochecer de verano lento y templado en la Costa Brava. La bolsa del suero conectada a un gotero conectado a su brazo izquierdo. La tarde no es especialmente significativa. El mar no tiene alma. No es más que una masa de agua, de forma y temperatura irregular, infestada de organismos carentes de propósito. En otras palabras, un mar sin forma. Sin propósito. La historia se resiste a la condición de alegoría. Olga se reacomoda en la hamaca y sonríe con expresión fatigada cuando Vera aparece a su lado con un vaso de zumo. Vera se sienta en un balancín junto a su hamaca. Se menciona la conveniencia de beber zumos y batidos. Se menciona la importancia de una alimentación sana. Se elogia el sueño natural frente al sueño provocado por la medicación. Hay sonrisas ligeramente tristes. Hay miradas pensativas al mar. Vera saca un cigarrillo. Se lo lleva a los labios con gesto ausente y en el último momento antes de encenderlo parece cambiar de opinión y lo vuelve a dejar en la mesilla. Al otro lado de las puertas de cristal de la terraza, un televisor encendido emite un partido de fútbol en español. Olga no entiende el español. Vera señala el mar. La cala que hay frente a la casa. Un yate a lo lejos, con luces de colores. Emitiendo música rítmica. Un yate discoteca moviéndose lentamente sobre las aguas inmóviles. Vera dice algo. Olga no entiende a qué se refiere. Así es como funcionan las cosas, y así es como han funcionado desde el principio de la historia: los personajes comen, beben y duermen. Se pelean, se reconcilian, flirtean y se engañan. Desempeñan actividades estúpidas y persiguen objetivos inalcanzables. El mar se agita y fluye en todas direcciones, pero en última instancia no fluye en ninguna dirección. El baile que se baila a bordo del yate discoteca no representa nada. Los locos de la Nave de los Locos no se están riendo de nada que pueda nombrarse. Olga susurra algo y se le llenan los ojos de lágrimas. Vera se pone de rodillas a su lado y también se le llenan los ojos de lágrimas. Las dos se abrazan un momento. ¿Es esto lo que se llama un momento significativo? El sol casi ha desaparecido en el horizonte. Sus últimos rayos crean estelas en el mar. El abrazo se rompe cuando Vitály sale a la terraza con una bandeja de galletas. Las dos mujeres miran a Vitály y sonríen con la Sonrisa de las Situaciones Moderadamente Embarazosas. El yate discoteca no es la Nave de los Locos. Vitály camina hasta la barandilla. Señala él también el yate y se mete una galleta en la boca. El atardecer no es un atardecer especial.

1997

Esta es la Edad de Oro. Grandiosa, fácilmente reconocible por la magnitud de todas las cosas. Los hombres tienen forma y aspecto de hombres, pero son más grandes y mucho más hermosos. Y mucho más felices, claro. ¿Cómo no van a serlo? La primavera dura todo el año, siempre hay música sonando y nadie tiene que trabajar. Y lo que es más importante, la gente que vive en ella sabe perfectamente que vive en la Edad de Oro.

Eglitis está tumbado en una hamaca del jardín victoriano de los Zotov de Belsize, antes conocidos como los Zotov de Tverskoy, contemplando con expresión ausente la superficie iluminada de la piscina llena de invitados en bañador y rodeada de camareros uniformados que atienden a los invitados en bañador. Lleva un puro habano entre los dedos corazón y anular tal como los rusos se colocan los cigarrillos entre los dedos corazón y anular. Cada vez que da una calada al puro hunde ligeramente las mejillas. Es un hombre grande y recio. Con una boca carnosa y fuerte. La cabeza rapada. Su traje blanco de lino de Gucci sobre su cuerpo enorme hace pensar en traficantes de armas de vacaciones en Santorini. La mujer que ocupa la hamaca de al lado lleva un peinado masculino y un traje de hombre que le dan aspecto de actriz de película americana interpretando a una poetisa imaginista en un cóctel de Gertrude Stein.

—Oh, cariño —le dice la mujer del traje a Eglitis—. Esto es maravilloso. Es tan maravillosamente vulgar. —Hace un gesto de impotencia, como si no consiguiera transmitir toda la medida de su entusiasmo—. Adoro Rusia. Los británicos hemos perdido esta vulgaridad tan fresca. Este mal gusto. Oh, Dios mío, ¿sabes que hay una piscina de champán? ¿O tal vez era una chica saliendo de una tarta? No consigo acordarme.

Olga está en lo alto del trampolín, concentrada. Se recoloca la parte de atrás de la braguita del bañador usando los dedos índices como si fueran ganchos. Permanece así un momento, magnífica, dominando el jardín entero desde sus alturas olímpicas, encerrada en una burbuja de tiempo y espacio. No hay nada a su alrededor, no hay nadie, la fiesta no existe. Sus pasos en el tablón son breves, precisos. Por los suaves caballones de piel lívida que le recubren el esternón le caen gotas de agua lentas. Piel de gallina, con granitos ocasionales y diminutos en los hombros y la zona cervical. Perfecta en su belleza, pues han dejado de existir otras bellezas. Perfecta en su unicidad. Los últimos pasos se ralentizan hasta detenerse por completo, luego hay un brinco, dos y su cuerpo sale despedido. El cuerpo de Olga flota en el aire.

—Oh, Dios mío. —La mujer del pelo corto señala con la cabeza la estela que ha dejado el cuerpo de Olga en la superficie de la piscina—. Mira a esa criatura. Ha dicho que no quiere verte nunca más y que le has pedido que se case contigo y que antes prefiere ser una puta vieja y gorda que volver a salir contigo. Dice que matará absolutamente a cualquiera que mencione tu nombre en su presencia. Oh, cariño, nunca la había visto así antes. Todo su cuerpo está gritando «fóllame» a los cuatro vientos.

Olga sale de la piscina y corretea hasta los pies de la hamaca de Eglitis, sonriente. Se echa una toalla sobre los hombros y acerca la cara a la mesilla donde Eglitis tiene preparadas media docena de líneas de cocaína. Esnifa una por cada orificio nasal, echa la cabeza hacia atrás y se sorbe la nariz ruidosamente.

Todos los amigos y amigas de Olga en Londres son rusos, todos son jóvenes, todos deslumbrantes bajo los focos del jardín. Son los Rusos en Londres. Magníficos y oscuros como titanes. Fumando con los cigarrillos entre el dedo corazón y el anular y riéndose a carcajadas. Esnifando cocaína sobre las mesas de los clubes. Bebiendo demasiado. Comprando los clubes donde van a esnifar cocaína. Llamando la atención. Con sus botellas de vino de quinientas libras y sus propinas de cincuenta libras en billetes arrugados.

Olga se arrodilla junto a la cara de Eglitis. Le acerca los labios al oído. El viejo juego aprendido en susurros. La oscilación de las oportunidades. La dramaturgia del deseo desnaturalizado.

—No puedo casarme contigo —le dice—. Mi padre es un anciano. Alguien tiene que cuidar de él. —Esnifa una línea más y se aprieta la aleta de la nariz con la yema de un dedo—. Y tengo que pensar en mi trabajo. —Y entonces le habla de su agente, de su manager, de las dos marcas que su agente le ha dicho que están interesadas en hacerle firmar un contrato exclusivo de representación. Le habla de la portada de Vogue y de la portada de I-D.

Hay gente tirando cosas desde los balcones. Gente riendo y tirando desde los balcones todo lo que encuentran en las habitaciones del piso de arriba. Tasia Zotov está en medio de sus invitados, riendo sin parar y tirando objetos personales y elementos de la decoración con precios de cuatro cifras.

El amanecer sorprende a los últimos invitados yaciendo por todo el jardín, hermosos, con expresiones de felicidad tranquila, como víctimas bienestantes de un ataque bacteriológico. Gente flotando en colchonetas inflables sobre el agua. Cadáveres plácidos de Géricault. Algunos hablando todavía en murmullos.

La noche, en el momento de tocar a su fin, se funde con el resto de noches de la historia. Como coordenadas temblorosas de un mapa cuántico, los instantes de la fiesta empiezan a disgregarse antes incluso de llegar a cobrar existencia, uno tras otro, de forma que ninguno de ellos llega a realizarse en el clímax clásico del fin de fiesta: nadie ha bailado, nadie se ha tirado vestido a la piscina, nadie se ha quitado toda la ropa en medio de los aplausos burlones de la concurrencia y nadie ha vomitado entre las plantas. Y nadie se ha enamorado tampoco de Olga. Y es por eso que durante los días siguientes, e incluso durante las semanas siguientes, nuestra heroína se acordará en algún que otro momento del tío coñazo que ya cerca del amanecer ha estado intentando seducirla en la piscina y poco después se ha echado a llorar en su hombro desnudo. Uno de los vigilantes de la fiesta se lo ha llevado cogiéndolo del brazo.

Cuando la gente feliz de la Edad de Oro ha agotado su tiempo, dicen los expertos, caen dormidos y ya nadie vuelve a ver sus cuerpos. Hay quien dice, no obstante, que en realidad nunca se van a dormir, sino que siguen caminando y caminando por la Tierra, agotados, sólo que la mayoría de gente no puede verlos. Y es por eso que a veces los perros se ponen a ladrar y los bebés rompen a llorar sin explicación aparente.

La palabra «coñazo», por cierto, es usada por Olga muy a menudo y en toda clase de ocasiones. Qué coñazo de tíos, le gusta decir en tono lánguido y no siempre carente de afecto. Pero qué coñazo. Este sitio es un coñazo. ¿Será coñazo el tío?

2002

Una mañana de verano, después de que Olga haya estado rezando con Vera y Vitály en la capilla de su casa en la costa de España, los tres se abrazan por turnos como hacen siempre que terminan de rezar, y luego Vera coge suavemente a Olga de la muñeca.

—Cariño —le dice—. Sabes que odio pedir esta clase de favores. Vitály tiene que ir a Barcelona a hacer unos encargos y yo tengo yoga dentro de un cuarto de hora. —Se mira el reloj de pulsera—. La hija de Natalya llega a las once y no sé muy bien qué hacer…

Olga pone los brazos en jarras.

—¿Y para qué estoy yo? —dice en tono fingidamente ofendido—. ¿Cuántas niñas he dejado abandonadas en un aeropuerto?

—Oh, bueno, cariño. —Vera se muerde una cutícula con expresión distraída—. Vitály se lleva su coche, claro, o sea que tendrás que coger el mío.

Olga levanta la persiana del garaje con el dispositivo infrarrojo y acaricia ligeramente el morro del Volvo plateado de Vera al pasar de camino a la portezuela. Un pequeño ritual personal para pedir suerte a quien sea que los conductores piden suerte. Ya sentada al volante, saca de la guantera las gafas de sol de su amiga, se las pone y se mira en el retrovisor. No se empieza a sentir cómoda hasta que arranca el motor y el aire refrigerado empieza a llenar el vehículo. El día va a ser increíblemente caluroso, como todos los días del verano en este lugar. Olga gira un par de veces y toma la pequeña rambla que lleva a la carretera de la costa. El pueblo tiene un centro diminuto y encantador por donde a Olga le encanta pasear al atardecer y un número indeterminado de urbanizaciones de veraneo diseminadas por las colinas circundantes.

El problema llega cuando alcanza el final de la rambla y se detiene ante la señal de stop que regula la entrada a la carretera de la costa. Espera un momento en la cola de coches, dando golpecitos con la yema del dedo en el volante, hasta que le llega el turno. Luego inclina la cabeza por encima del salpicadero para asegurarse de que no viene nadie en sentido opuesto y por fin, en vez de pisar el pedal, se queda sentada en su asiento, perpleja, intentando recordar. Los coches que esperan detrás de ella empiezan a hacer sonar las bocinas. Olga no está nerviosa, solamente desconcertada. Sabe que tiene una razón para estar aquí, probablemente una razón importante. Y le encantaría que los demás conductores dejaran de hacer ruido.

El conductor del coche de atrás sale de su coche dando un portazo y se acerca a la ventanilla de Olga dando zancadas. Cuando la ve, suaviza un poco la expresión. Olga baja la ventanilla. El hombre le pregunta algo en español. Ella sonríe.

—Tengo que salir de aquí —dice en ruso, y señala con la cabeza el carril opuesto.

Olga se sube a la acera e invade el carril contiguo dando un giro brusco de volante. Se oyen aplausos burlones procedentes del resto de conductores.

Un minuto más tarde, Olga encuentra un paisaje familiar, una calle por la que suele pasar en sus paseos vespertinos, y aparca el coche en doble fila. Se queda sentada, con expresión relajada, los ojos cerrados detrás de las gafas de sol. Decide descansar. Decide que descansar es lo único que necesita para encontrarse un poco mejor. Se le ocurre que volver a casa en este estado preocuparía innecesariamente a Vera.

Cuando despierta, Olga no tiene ni idea de qué hora es. Inclina la cabeza por encima del volante para escrutar el cielo y le da la impresión de que el sol ya está bajo. Se da cuenta de que el interior del coche se ha ido recalentando a lo largo del día y que tiene la ropa empapada de sudor. Se desabrocha el cinturón de seguridad y se quita la camiseta. Eso está mejor. Vuelve a cerrar los ojos. ¿Qué recuerda? Recuerda a Vera y a Vitály. Recuerda su casa en la Costa Brava y el precioso jardín de Vera y las clases de yoga. ¿Qué pasó con las clases de yoga? ¿Por qué dejó de ir a aquellas clases? Recuerda Londres y la agencia de modelos. Recuerda las fiestas y las sesiones de fotos. ¿Qué más? Recuerda Rusia. Kropotkinskoy y Pushkinskaya Ploschad y los bulevares de Tverskoy y Nikitsky. Su primer tocadiscos. Un piso lleno de estatuas en Tverskaya Ulitsa. ¿Y un perro? Frunce el ceño. ¿Tal vez un gato? ¿O un marido? Se le escapa un soplido de burla.

Continúa sentada en el asiento del conductor, cogiendo el volante con las manos. Al cabo de poco empieza a oír golpecitos en las ventanas y voces en el exterior. Fuera hay gente señalándole los pechos y riendo. Alguien le saca una foto. Ella se limita a sonreír. Cuando era estudiante en Moscú tenía un sueño recurrente en el que se sentaba en el aula para hacer un examen y descubría que había olvidado todo lo estudiado. El reloj avanzaba angustiosamente encima de la pizarra del aula y al cabo de poco la niña que era ella en el sueño era consciente de las risas maliciosas y los dedos que la señalaban. No

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos