El deshielo

A.D. Miller

Fragmento

Lo olí antes de verlo.

Había un grupo de gente en la acera y la calzada, en su mayoría agentes de policía, unos hablando por móviles, otros fumando, unos mirando, varios mirando a otra parte. Desde la dirección por la que yo venía, la gente congregada me impedía ver lo que había detrás de ellos, y al principio pensé que, dada la abundancia de uniformes, debía de ser un accidente de tráfico o tal vez una redada de inmigrantes. Entonces noté el olor. Era un olor como el que notas en tu casa si te olvidas de sacar la basura cuando te vas de vacaciones, fuerte pero ácido, lo bastante intenso como para imponerse a los aromas veraniegos normales de cerveza y revolución. Era el olor que lo había delatado.

Vi el pie desde unos diez metros de distancia. Uno solo, como si su propietario bajara muy despacio de una limusina. Todavía puedo ver aquel pie. Calzaba un zapato negro sin cordones, barato, y por encima del zapato había una franja de calcetín gris y un atisbo de carne verdosa.

Me dijeron que el frío lo había mantenido fresco. No sabían cuánto tiempo llevaba allí. Uno de los policías especuló con la posibilidad de que fuese todo el invierno. Dijo que habían usado un martillo o quizá un ladrillo. Añadió que era un trabajo chapucero. Me preguntó si quería ver el resto. Le dije que no, gracias. Ya había visto y sabido más de lo que necesitaba durante aquel último invierno.

Siempre dices que nunca hablo del tiempo que pasé en Moscú o de por qué me fui de allí. Tienes razón, siempre te doy excusas, y pronto comprenderás el motivo. Pero no has dejado de preguntármelo y, por alguna razón, últimamente no dejo de pensar en ello… no puedo refrenarme. Tal vez se deba a que solo faltan tres meses para «el gran día», y en cierto modo eso parece una especie de arreglo de cuentas. Tengo la necesidad de contarle a alguien mi experiencia en Rusia, aunque resulte doloroso. También pienso que probablemente deberías saberlo, puesto que vamos a hacernos esas mutuas promesas y tal vez incluso a cumplirlas. Creo que tienes derecho a saberlo todo. Me ha parecido que sería más fácil si lo pusiera por escrito, de manera que no tendrás que esforzarte por mantener la compostura cuando te lo cuente, mientras que yo no tendré que mirarte mientras te hablo.

Así pues, esto es lo que he escrito. Querías saber cómo terminó. Bueno, ese fue casi el final, aquella tarde en que vi el pie. Pero en realidad el final había empezado el año anterior, en septiembre, en el metro.

Por cierto, cuando le hablé del pie a Steve Walsh, me dijo: «Una campanilla de invierno. Tu amigo es una campanilla de invierno». Me explicó que así llaman en Rusia a los cadáveres que salen a la luz con el deshielo. En su mayoría son borrachos, gente sin hogar que arroja la toalla y se tumba en el suelo emblanquecido, y víctimas a las que sus asesinos han ocultado en los montones de nieve.

Campanillas de invierno: la maldad que ya está ahí, siempre ahí y muy cerca, pero que de algún modo te las ingenias para no ver. Los pecados que oculta el invierno, a veces para siempre.

1

Por lo menos estoy seguro de su nombre. Se llamaba Maria Kovalenko, Masha para sus amigos. La primera vez que me fijé en ella estaba en el andén de la estación de Ploshchad Revoliutsii, la plaza de la Revolución. Le vi el rostro durante unos cinco segundos antes de que sacara un espejito de maquillaje y lo sostuviera ante la cara. Con la otra mano se puso unas gafas de sol, y recuerdo que me pasó por la cabeza la idea de que puede que acabara de comprarlas en un tenderete de un paso subterráneo. Se apoyaba en una columna, en el extremo del andén donde están las estatuas de civiles: atletas, ingenieros, campesinas pechugonas y madres con fornidos bebés. Me demoré mirándola más de lo que habría debido.

En la Ploshchad Revoliutsii ocurre algo curioso, un efecto visual que sucede cuando transbordas a la línea verde desde ese andén de las estatuas. Cruzas las vías del metro por una pequeña pasarela elevada, y a un lado ves una flotilla de arañas de luces en forma de disco que se extienden a lo largo del andén hasta desaparecer en la oscuridad de la que emergen los trenes. Al otro lado ves a los pasajeros que hacen el mismo recorrido, pero por una pasarela en paralelo, casi pegada a la tuya pero independiente. Aquel día, cuando miré a la derecha, vi a la joven de las gafas de sol que iba en la misma dirección.

Abordé el tren para ir a Pushkinskaia, la siguiente estación. Me coloqué debajo de los paneles amarillos y la añeja hilera de luces que, siempre que tomaba el metro, me hacía sentir como si fuera un extra en alguna película paranoica de Donald Sutherland de los años setenta. En Pushkinskaia subí por la escalera mecánica con sus lámparas fálicas, mantuve abiertas las pesadas puertas de vidrio, como siempre hacía, para que pasara la persona que iba detrás de mí, y avancé por el laberinto de pasadizos subterráneos bajo la plaza Pushkin. Entonces ella gritó.

Estaba a unos cinco metros a mis espaldas, y no solo gritaba, sino que forcejeaba con un hombre delgado con cola de caballo que trataba de arrebatarle el bolso (un Burberry claramente falsificado). Ella pedía ayuda a gritos, y la amiga que había aparecido a su lado, y que resultó ser Katia, también gritaba. Al principio me limité a contemplar la escena, pero el hombre echó el puño atrás, como si fuese a golpearla, y oí que alguien gritaba detrás de mí, como si estuviera dispuesto a intervenir. Avancé unos pasos y agarré por detrás al hombre delgado tirando del cuello de su chaqueta.

Él dejó el bolso y trató de golpearme con los codos, pero no me alcanzó. Cuando lo solté, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Todo terminó con rapidez, y no pude verle bien la cara. Era joven, quizá diez centímetros más bajo que yo, y parecía abochornado. Me dio una patada en la espinilla, sin hacerme daño, se puso en pie, echó a correr por el paso subterráneo y subió raudo por las escaleras que conducían a Tvérskaia, la calle Oxford de Moscú, aunque sin aparcamiento regulado, que desciende en pendiente desde la plaza Pushkin hasta la plaza Roja. Cerca del pie de la escalera había dos policías, pero estaban demasiado ocupados fumando y buscando inmigrantes a los que acosar para que prestaran la menor atención al atracador.

Spasibo –me dijo Masha: «Gracias», y se quitó las gafas.

Vestía unos tejanos ceñidos con las perneras metidas en botas de piel marrón hasta las rodillas, y una blusa blanca que tenía desabrochad

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