Las señoras Hemingway

Naomi Wood

Fragmento

1
Antibes, Francia. Junio de 1926

Todo, ahora, se hace à trois. Desayuno, luego ir a nadar; almuerzo, luego bridge; cena, luego copas por la noche. Hay siempre tres bandejas de desayuno, tres trajes de baño mojados, tres manos de cartas abandonadas en la mesa cuando la partida, repentinamente y sin explicación, acaba. Hadley y Ernest van acompañados a todas partes de otra mujer, que se desliza entre los dos como una cuchilla. La otra es Fife, la amante de su marido.

Hadley y Ernest duermen juntos en la gran habitación blanca de la villa, y Fife duerme abajo, en un cuarto pensado para una sola persona. La casa está silenciosa y en tensión hasta que alguno de sus amigos llega con jabón o provisiones, y se queda junto a la verja sin decidirse a entrar, pensando que tal vez sea mejor dejarlos a sus anchas.

Los tres —Hadley, Ernest y Fife— vagan por la casa, y aunque saben que viven en la amargura, ninguno quiere ser el primero en dar el toque de retreta; ni la esposa, ni el marido, ni la amante. Llevan semanas así en la villa, como bailarines en incesante movimiento, tratando de agotar a los demás hasta que caigan rendidos.

Ya de buena mañana se siente el calor y las sábanas blancas de algodón cobran un tono azulado a la luz del amanecer. Ernest duerme. Todavía conserva en el pelo la raya del día anterior, y su piel desprende una tibieza carnosa sobre la que Hadley le haría alguna burla si estuviera de humor. Alrededor de los ojos, un halo de arrugas surca la piel bronceada; Hadley lo imagina escrutando el mar por encima del borde de la barca, en busca del mejor lugar para echar el ancla y pescar.

Ernest ha causado sensación en París; es increíble cómo se sale siempre con la suya. Hasta los hombres de su círculo de amigos se han rendido a sus encantos, y algunos son casi más cariñosos con él que las camareras de los bares que frecuentan. Otros ven más allá y advierten su carácter cambiante; a veces manso, a veces bravucón. Se sabe que le quitó las gafas de un manotazo a un tipo por un desaire en el bal musette. Incluso algunos de sus amigos íntimos lo temen, entre ellos Scott, aunque sean mayores que él y de más renombre; no parece que eso importe. Qué sentimientos tan opuestos inspira en los hombres. Con las mujeres es más fácil: giran la cabeza para verlo salir y no le quitan ojo hasta que desaparece. Ella solo conoce a una que no está fascinada por él.

Hadley mira el techo, tumbada en la cama. Las vigas están carcomidas; puede seguir el avance del gusano a través de la madera. Las lámparas se mecen como si las pantallas supusieran un peso enorme, aunque no sean más que papel y varillas. Unos frascos de perfume que no son suyos brillan en el tocador. La luz aprieta al otro lado de la persiana. Hoy volverá a hacer calor.

La verdad es que Hadley solo quiere estar en el frío y viejo París, en la casa de vecinos donde viven, con el olor a pichón asado en la estufa de carbón y el aseo en el rellano. Quiere volver a la cocina estrecha y al cuarto de baño con las paredes manchadas de humedad. Quiere los huevos pasados por agua que suelen tomar para el almuerzo, en una mesa tan pequeña que sus rodillas se tocan. Fue en esa mesa donde Hadley vio confirmadas sus sospechas de la aventura. «Creo que Ernest y Fife se tienen mucho cariño», fue lo que dijo la hermana de Fife. No hizo falta que dijera más.

Sí, ahora mismo Hadley preferiría estar en París, o incluso en Saint Louis, esas ciudades que miman sus cielos cenicientos y sus nubes cargadas de aguanieve; cualquier cosa que no fuera la luz púrpura de la gloriosa Antibes. De noche, la fruta de los árboles cae en la hierba con un ruido sordo, y a la mañana siguiente ella encuentra las naranjas rajadas llenas de hormigas. Alrededor de la casa huele a maduro. Y ya, tan temprano, zumban los insectos.

Hadley se levanta y va a la ventana. Apoyando la frente en el vidrio alcanza a ver la habitación de la amante de su marido. Las cortinas están corridas. Su hijo Bumby ahora también duerme abajo desde que ha superado la tos convulsa, la coqueluche, que es la razón de que estén todos en esta villa. Sara Murphy no quería a Bumby cerca de sus hijos, por miedo a que la infección se propagara. Los Fitzgerald tuvieron la bondad de ofrecerles su villa para la cuarentena; nada los obligaba a hacerlo. Y aun así, cuando Hadley recorre las habitaciones y pasa la mano por todos esos objetos sofisticados, le horroriza que su matrimonio vaya a terminar en la casa alquilada de otra familia.

Esta noche, sin embargo, marca el final de la cuarentena. Los Murphy los han invitado a Villa América, y será la primera vez de las vacaciones que el infeliz trío esté en compañía de otros amigos. Hadley aguarda la fiesta con una mezcla de entusiasmo y temor: en esta casa ha sucedido algo que nadie más ha visto, como si alguien hubiera mojado la cama y no quisiera admitir la mancha que se enfría rápidamente en mitad del colchón.

Vuelve a acostarse y tira de la sábana, apresada bajo el cuerpo de Ernest, para que no advierta que se ha levantado, pero la tiene agarrada firmemente en un puño. «Has robado las sábanas», le susurra Hadley, besándole el borde de la oreja.

Ernest no contesta, pero la atrae hacia su cuerpo. En París le gusta levantarse temprano y suele estar en el estudio alrededor de las nueve. En Antibes, en cambio, esos abrazos se repiten a lo largo del día, como si Ernest y Hadley volvieran a estar en los albores del amor, aunque ambos saben que este verano podría ser el final de todo. Echada a su lado, Hadley se pregunta cómo ha podido perderlo; aunque quizá esa no sea la frase exacta, porque no lo ha perdido. No todavía. Más bien es como si Fife y Hadley hicieran cola para disputarse el último asiento del autobús.

—Vamos a nadar.

—Aún es muy temprano, Hash. —Ernest tiene los ojos cerrados, pero hay un leve movimiento detrás de sus párpados. Hadley se pregunta si, ahora que se ha despertado, estará comparándolas. ¿Mejor la mujer, o la amante? ¿La amante o la esposa? El murmullo del cerebro empieza.

Con un impulso, Hadley saca las piernas de la cama. La luz del sol amenaza con asaltar la habitación al más leve tirón de la persiana. Se siente demasiado grande para este calor. Es como si todo el peso del embarazo se le hubiera depositado en las caderas; cuesta tanto moverse. Hasta el pelo se le antoja pesado.

—Estoy harta de este sitio —dice, pasándose la mano por el cuello sudoroso—. ¿No añoras la lluvia, los cielos grises? ¿O la hierba verde? Cualquier cosa.

—¿Qué hora es?

—Las ocho.

Ernest la agarra de los hombros.

—No.

—¿Por qué no?

—No puedo, simplemente. —La voz se le quiebra en la última palabra.

Hadley va hasta el tocador, sabiendo que Ernest la sigue con una mirada triste. En el espejo ve sus pechos, que despuntan bajo el camisón. Una luz de color hueso llena la habitación al levantar la persiana. Ernest se tapa la cabeza con la sábana; parece tan pequeño, acurrucado ahí. A veces Hadley no sabe qué pensar, si lo considera un niño o un hombre. Es la persona más inteligente que ha conocido, y aun así hay veces que instintivamente lo trata como a un hijo.

El cuarto de baño está más fresco. La bañera con patas es tentadora: casi le dan ganas de llenarla de agua fría y meterse dentro. Se humedece la nuca y se lava la cara. Con el sol, la piel se le ha llenado de pecas y el pelo se le ha puesto más rojizo. Se seca con una toalla y recuerda el último verano en España. Habían visto el encierro de los toros y fueron a darse un chapuzón en la piscina. Al salir, Ernest la secó con una toalla, empezando por los tobillos, entre las piernas, y después los pechos. Su madre habría detestado esa clase de exhibiciones en público. «Las caricias son para el dormitorio», diría ella, pero eso la excitó aún más mientras Ernest secaba suavemente cada palmo de su cuerpo.

Cuando volvieron a París aquel verano, Fife los estaba esperando. Hadley estaba segura, o casi, de que no hubo nada entre ellos hasta más adelante. En invierno. O más bien en primavera. Jinny no había entrado en detalles. Si Ernest hubiera sido un poco más sensato, en lugar de echarlo todo a perder… Hadley no puede evitar sonreírse; parece una de esas amas de casa suspirantes de las revistas que ante Ernest nunca admitiría que le gusta leer.

Al volver a la habitación le tira el traje de baño, que parece haberse acartonado durante la noche. «Venga, Ernest.» Él saca un brazo y recoge el bañador. «Vayamos antes de que haga demasiado calor.»

Al final Ernest se levanta y se pone el traje de baño sin decir palabra. Las nalgas son la única parte blanca que queda en su cuerpo; es tan guapo que a Hadley le duele mirarlo. Mete unas toallas en la bolsa de la playa, con un libro (una novela de e. e. cummings que está intentando leer, sin conseguirlo) y sus gafas de sol, y mira a Ernest, que se pone la misma ropa del día anterior.

Ernest coge una manzana de la despensa y la sostiene en la palma de la mano.

Fuera de la casa, cerca de las lavandas en macetas de barro, el traje de baño de Fife sigue tendido en la cuerda. Se mece, a la espera de sus piernas y sus brazos y su dulce cabecita lánguida. Los Hemingway pasan junto a su habitación ataviados con el uniforme de rayas marineras, gorras de pescador y pantalones cortos blancos, se ponen los zapatos en silencio sobre la gravilla, procurando no despertarla. El señor y la señora Hemingway se sienten como si fueran ellos los que tienen una aventura.

2
París, Francia. 1925-1926

Al final fue una carta lo que los delató.

Desde el principio Hadley y Fife se entregaron con ardor a la correspondencia. Se dedicaban apodos cariñosos y se contaban los pequeños problemas de ser mujeres norteamericanas en París. Fife escribía, dirigiéndose a Hadley como «mon enfant», y hablaba de que en Vogue estaba saturada de trabajo, o de alguien con quien se había aburrido de coquetear, o de la borrachera que pilló, y que aún le duraba, mientras martilleaba las teclas de la máquina de escribir sobre el pequeño piano de cola en su apartamento de la rue Picot. Las cartas de Fife eran siempre divertidísimas. Hadley a veces pasaba apuros buscando la manera apropiada de contestarlas. Ella había escrito siempre tal y como hablaba.

Las cartas de Fife solían ser reveladoras de la situación en que las escribía. Rastros de ginebra manchaban la página, o había un rasguño de rímel cerca de la fecha, o un borrón de letras apiñadas donde, según le explicaba en la posdata, un hombre se había sentado encima de las teclas del piano y había hecho que su Royal portátil se atascara. Cuando Hadley leía las cartas imaginaba a su amiga con un vermut en la mano y aquel quimono enorme que envolvía a la perfección su silueta esbelta y sin curvas.

Fife llevaba un abrigo de chinchilla cuando Hadley la vio por primera vez, en una fiesta. La estela de pieles marrones le hizo cosquillas en la nariz mientras aquella joven deslumbrante pasaba a su lado como un vendaval para llenarse la copa de dry martini. «Uy —dijo, abatiendo las pieles y mirando a Hadley con una gran sonrisa—. Disculpa. La verdad es que siempre se mete en el paso.» Fife llevaba chinchilla; su hermana Jinny, visón.

Saltaba a la vista que eran mujeres de posibles, aunque al fijarse en sus manos Hadley reparó en que las dos estaban solteras. Cuando los presentaron, Ernest comentó con picardía cuánto le gustaría sacar a pasear a una de las hermanas con el abrigo de la otra. Qué animal prefería, nadie consiguió adivinarlo.

Después de la fiesta Hadley le preguntó a su marido qué pensaba de la tal Pauline, a quien todo el mundo llamaba Fife. «Bueno —dijo él—, no es ninguna belleza sureña.» Y tenía razón. Pelo corto negro, delgaducha y menuda; sin embargo, eran sus ojos los que llamaban la atención. Oscuros y adorables y bastante audaces, sin asomo de duda sobre sí misma. Eso fue lo que a ella le gustó inmediatamente de Fife: el aplomo que tenía, casi como el de un hombre.

Fife empezó a visitar a los Hemingway aquel otoño, después de que se vieran en el Dôme y el Select. Cuando tropezaron con ella en el club una noche, la invitaron a sumarse a acabar la fiesta en su apartamento. Después de aquella ocasión, pasaba a verlos con frecuencia, como si le hubiera tomado el gusto a la pobreza bohemia. Dijo que el apartamento, aunque destartalado, era decididamente «ambrosíaco». Hadley no estaba muy segura de lo que significaba eso, y con qué grado de ironía lo había dicho.

Fue divertido, al principio: los tres se quedaban hablando todas las noches hasta tarde de libros, de comida, de los autores que les gustaban por su personalidad pero no por su prosa. Fife siempre se marchaba a una hora prudente, diciendo: «Vosotros los hombres necesitáis un poco de tiempo a solas». Parecía una cosa muy moderna entonces, eso de referirse a una misma como si fuera un muchacho, o un hombre, o un tipo. A Hadley le desagradaba.

Cuando Fife se iba, daba la impresión de que el piso se quedara vacío. Hadley no se sentía capaz de improvisar comentarios ingeniosos sobre el círculo social que frecuentaban, y Ernest parecía desinflarse. En lugar de quedarse charlando como de costumbre, Hadley empezó a retirarse temprano a la cama. Y Ernest estaba despierto hasta las tantas, trabajando en un manuscrito, bebiendo solo.

Luego Fife dejó de marcharse tan pronto. Una noche la velada se alargó («Muchachos, solo si no os importa tenerme por aquí»), y la noche siguiente se alargó aún más. Su risa resonaba en el apartamento con un floreo tan instantáneo que a Hadley le costaba hacer oír la suya.

A veces, si se habían quedado hablando hasta altas horas, Ernest la acompañaba a la calle y le buscaba un taxi. Hadley se preguntaba de qué hablarían los dos mientras aguardaban en la esquina embozados en sus abrigos, juntando las caras para protegerse del frío, la piel de chinchilla rozando el cuello de Ernest.

De repente, cada vez que Hadley entraba en una habitación Fife estaba allí. A menudo la encontraba haciendo algo asombrosamente útil, ya fuera tender la ropa en la cuerda o jugar con Bumby. Un día incluso se atrevió a cambiarle las sábanas sin preguntar, como si conociera los entresijos de su cama de matrimonio. Y cuando en noviembre Hadley cayó en cama con un resfriado, Fife estaba allí para prepararle caldos y compresas, cuidando que no pasara frío y arropándola en la cama, a la vez que atendía a Ernest en la habitación de al lado.

Cuando en diciembre fueron a esquiar, Fife fue detrás. La acomodaron sin dificultad, como si le reservaran de antemano un lugar en su propia cama. Ernest trabajaba por las mañanas, y Hadley y Fife leían junto al fuego o jugaban con Bumby. Por las noches jugaban al bridge a tres manos. Hadley siempre perdía, pero por lo general había bebido demasiado jerez y le traía sin cuidado. Cuando Ernest volvió a París en enero por trabajo, antes de marcharse a Nueva York, Hadley sabía que se había visto a solas con Fife. Fife le escribió, llamándola «Adorable», diciendo que no pensaba despegarse de Ernest ni en la más tediosa de sus tareas. Hadley procuró centrar sus pensamientos en el esquí y la nieve.

Volvió a París cuando las flores de la primavera caían en ríos polvorientos por las alcantarillas y el aire estaba tan lleno de polen que le escocían los ojos. Hadley pensó que las cosas volverían a la normalidad. A fin de cuentas no había ninguna prueba: ni besos descubiertos, ni perfume en su abrigo, ni cartas de amor. Ni siquiera habían llegado rumores a sus oídos. No eran más que coqueteos, y Fife revoloteaba con tanta persistencia alrededor de sus enamorados que Hadley se convenció de que a lo mejor simplemente estaba celosa.

Tal vez tendría que haber leído entre líneas las cartas de su amiga. Se detectaba cierta soberbia de mujer rica, esa tendencia a pensar que merecía cualquier cosa que deseara, ya fuera una bicicleta, un vestido de Schiaparelli o el marido de otra. Con qué naturalidad encantaba Fife a los demás, y qué poco encantadora se sentía ella. Hadley empezó a olvidarse de contestar. «Mon amour», le escribió Fife aquella primavera, preguntando por qué las cartas que llegaban de su barrio escaseaban tanto de repente.

«Mantente lejos de mi marido», quiso escribirle Hadley, o incluso decírselo; pero no lo hizo.

La carta que los delató no era mucho más que una nota.

Ernest la había metido en uno de sus cuadernos, junto al resto de la correspondencia. Desde el incidente con el maletín daba por hecho que Hadley no miraría en aquel cajón. Al principio ella ni siquiera reconoció la letra de su amiga: Fife siempre usaba la máquina de escribir prestada de Vogue. Esta nota, en cambio, estaba escrita a mano, con un trazo grande y enérgico. Supo qué significaba incluso antes de leerla, porque iba dirigida nada más a Ernest. Fife siempre remitía sus cartas a Hadley, o al señor y la señora Hemingway; nunca solo a él.

Querido Ernest:

Esto no es una carta, solo una línea para decirte que tu amigo Robert C. Blenchley es sensacional, y me gusta mucho, MUCHÍSIMO.

FIFE

Cómo debió de gustarle a Ernest que avivara sus celos sin ningún tapujo. Quería saberse siempre deseado. Y aun así, ¿eso probaba que tuvieran una aventura, o era leer un trasfondo que tal vez no existía?

Ernest la llamó. «¿Hash?»

Le tembló la mano mientras volvía a meter la carta de Fife en el cuaderno y cerraba el cajón. Ernest estaba en el salón, a la luz de la lámpara de gas, con aquel gesto ceñudo suyo de profunda concentración. Escribía con mitones, no podían permitirse encender la calefacción hasta que cobrara los artículos. Hadley se sentó delante de él, en la única otra silla que tenían. Podría preguntárselo. Preguntarle sin más si había algo entre él y Fife.

Entretanto la noche cayó sobre París. Ernest siguió trabajando, levantando la vista de vez en cuando para mirarla, sonriéndole, absorto en su mundo de palabras. Y ella se preguntó cómo habían acabado así: una pareja infeliz con un hijo, y la posibilidad de que una amante se interpusiera entre ellos.

3
Antibes, Francia. Junio de 1926

A las nueve de la mañana ya arde la arena y las rocas de esquisto queman bajo sus pies descalzos. Están solos: no hay una sombrilla, ni un picnic, ni un collar de perlas a la vista.

Ernest y Hadley se tiran al agua y nadan hacia la balsa de madera que flota anclada a unas cien yardas de la orilla. «Te echo una carrera», dice él. Llega antes que ella y le tiende la mano para ayudarla a subir, pero cuando Hadley va a agarrarse, Ernest aparta el brazo rápidamente y la deja caer al mar. Al hundirse se le llena la boca de agua salada. Patalea para salpicarlo; Ernest se echa a reír y se zambulle. La arrastra hacia abajo por el tobillo. Luchan entre un baño de burbujas. Sus piernas cortan el agua y chocan unas con otras. Al final Hadley se apuntala sobre su cabeza para tomar impulso y sale a por aire.

Ernest emerge en la superficie jadeando, con una gran sonrisa que le surca un arco en las mejillas. Ella le ofrece su boca salada y siente el roce del bigote mojado en los labios. En el agua son igual de altos.

Nadan hasta la orilla, donde los árboles ensombrecen el mar. Ernest sube a las rocas mientras Hadley se queda en el agua tibia verdosa, moviendo los pies para mantenerse a flote. Llevan toda la semana practicando este salto.

—¿Aquí está bien?

—Acércate más.

Hadley fija la mirada en el horizonte. Antibes está partida en dos, como un huevo: una mitad cielo, la otra mar. No es que a ella le guste mucho el juego, pero sigue la corriente. Oye a Ernest preparándose, dando pisotones en las rocas. Que esté nervioso solo hace que ella se ponga más.

—¿Lista?

—Sí.

—Listo —dice también él, para que sepa que está a punto.

Siente el silbido del cuerpo de Ernest al pasarle por encima, antes de caer un poco más allá.

—¡Bien hecho! —le dice cuando lo ve salir del agua, exultante. Hadley adora cómo la mira cuando lo elogia. Hay algo gatuno en su goce, como si las alabanzas fueran caricias detrás de las orejas.

—No te he tocado, ¿verdad?

—No. Te sobraban un par de dedos.

—Ahora tú —dice él con aire juguetón.

Ella sonríe.

—No te cansas de intentarlo, ¿eh?

Ernest no le insiste.

—¿Volvemos a la balsa?

Ella llega antes esta vez, y balancea las piernas bajo el pontón hasta notar con los pies los suaves percebes adheridos a la madera. Aprieta las partes blandas con los dedos. El sol pega ahora con más fuerza, lo siente en la cabeza.

La balsa se hunde apenas bajo su peso cuando se encaraman y se quedan allí de pie, chorreando. Ernest la atrae de nuevo hacia su cuerpo, en otro de esos abrazos de Antibes.

—¿Ernest?

Él no dice nada.

En París, donde siempre eran más dados al juego, hacían posturas para que Ernest tomara notas y observara la inclinación de los codos, las rodillas, el cuello. Preparaban todo minuciosamente para que luego pudiera recrear esas escenas en sus relatos. Cuando tenía un primer borrador, trataban de poner en práctica lo que había escrito, pero terminaban desplomándose y muertos de risa, porque era imposible: brazos aplastados, piernas entumecidas, un pie que rompía las líneas imaginadas. A veces a Hadley le parecía una tontería que se esforzara tanto poniendo aquellas cosas por escrito si al final acababa suprimiéndolas, pero él insiste en que es su método.

Ernest no está escribiendo nada en Antibes; eso de por sí es peligroso. A su imaginación no le hace bien la distracción; tiende a perderse, tiende a buscar emociones donde no conviene. Hadley desearía verlo ahora mismo enfrascado en una novela o un nuevo relato, que ignorara a Fife, que la ignorara incluso a ella, por el amor de Dios, si la escritura demostraba servir de antídoto contra esa mujer.

Hadley se tumba en la balsa y apoya la cabeza en el muslo de Ernest, donde el vello ha desaparecido a fuerza del roce de los pantalones. En la pantorrilla derecha, una cicatriz estalla como un cohete de artificio: una herida de mortero de la Gran Guerra. Ernest nunca habla del momento en concreto, solo de lo que ocurrió después: que en el hospital los médicos pusieron una palangana al lado de su cama y la fueron llenando con las tuercas, pernos, tornillos y clavos que le sacaban de la pierna; que regalaba a sus visitas favoritas un pedazo de metralla como amuleto. Su mayor proeza, según decía, no fue superar el plantón que le dio la enfermera de la que se había enamorado, sino convencer a los médicos de que no le cortaran la pierna.

A veces todavía lo asalta por la noche el miedo a acabar enterrado en el barro, desangrándose en una trinchera italiana. Ernest se despierta con un sudor frío, aterrorizado hasta la locura. Cuando ella le lleva agua, al agarrar el vaso le tiemblan las manos. Hadley detesta no poder ayudarlo. Detesta esos terrores nocturnos que lo hunden durante días.

Sin darse cuenta ha empezado a reseguir la cicatriz con los dedos, pero Ernest le aparta la mano.

—Dios, qué borracho estaba anoche —dice, y mira a lo lejos, hacia la playa, entornando los ojos, mientras enrosca un mechón de su pelo en un dedo.

—Yo empiezo a notarlo justo ahora —dice Hadley. El traje de baño se le está secando con el calor. Se siente embotada por el alcohol de la noche anterior y cansada después del baño.

Ernest la acaricia con un dedo, trazando una línea desde su frente a su barbilla. Bosteza. Lleva el traje de baño que le cruza el pecho con una doble raya blanca; quizá fue Fife quien lo animó a comprarlo. A Hadley le parece un poco llamativo, aunque seguramente Vogue le haya dado el visto bueno.

Ernest se baja los tirantes y se enrolla el bañador hasta la cintura.

—¡Ernest! ¡Te van a ver! —dice ella.

Él se ríe y le da una palmadita en la barbilla.

—Aquí no hay nadie, gatita —dice—. Tú deberías hacer lo mismo.

Hadley le clava el codo en las costillas, pero no muy fuerte; a fin de cuentas sabe que en verano hay mujeres que toman el sol medio desnudas en las azoteas de París. Pero esas son mujeres que se dedican a la poesía, mujeres que salen con otras mujeres, no mujeres industriosas del Medio Oeste que llevan la economía doméstica, como ella.

Meciéndose sobre la balsa de cara al sol, a Hadley la invade de pronto un deseo feroz de que Ernest vuelva a ser solo suyo. Es su marido; ella es su esposa. Lo abraza por el cuello y se incorpora hasta llegar a su boca.

—Te quiero —dice impetuosamente. Sí, haría cualquier cosa por salvar su matrimonio: incluso invitar a la amante de su marido de vacaciones con ellos—. ¿Lo sabes?

—Lo sé. —Lo dice de una manera rara, como si fingiera ser un personaje de una de sus historias y no su marido, Ernest Hemingway. Esa respuesta vacía la hace titubear. Se pregunta entonces, más que si lo está perdiendo, si no estará ya perdido.

Una punzada le atraviesa el cráneo; quizá sea el alcohol de la noche anterior. La balsa la acuna hasta sumirla en un sueño inquieto.

4
París, Francia. Abril de 1926

Hadley invitó a Jinny, la hermana de Fife, a pasar a su casa. Vio que sorteaba con cuidado los juguetes de Bumby, esparcidos por el suelo, y que tardaba un poco en encontrar un sitio para sentarse. Jinny no parecía tan cómoda como su hermana en aquel entorno «ambrosíaco». Al final optó por el asiento junto a la ventana; un campanario de Montparnasse se elevaba por detrás de su hombro.

A Hadley le dio vergüenza el fuerte olor a carne que venía de la cocina. Ernest solía ir al Jardin du Luxembourg y, cuando el gendarme le daba la espalda, elegía el pichón más gordo y le retorcía el pescuezo allí mismo, en el parque, y lo escondía en el cochecito de Bumby. Una vez había traído a casa un pájaro todavía vivo. Ahora les llegaba el tufillo de la cocina. Se había cansado de comer pichón asado ese invierno.

En el cuarto no había suficiente espacio para un sofá, solo cabían dos sillas raídas, la de Ernest y la de Hadley. No había una tercera.

Jinny se había calado tanto el casquete que de sus ojos apenas se distinguía un leve parpadeo bajo la sombra del ala. Llevaba puesto el abrigo de visón sobre el que Ernest había hecho un comentario cuando conoció a las dos hermanas en la fiesta. Jinny no paraba de mordisquearse los labios; probablemente sabía por qué la había invitado.

Fife, Jinny y Hadley acababan de volver de una excursión en coche a Chartres. Desde que había descubierto la carta secreta de Fife a Ernest, el mes anterior, Hadley no había dicho nada a nadie. Ahora que se encontraba a solas con Jinny, estaba decidida a desentrañar la verdad.

—¿Dónde está Ernest? —preguntó Jinny. Al inclinarse, sus rodillas rebasaron la puntera de los mocasines; sus manos estaban colocadas elegantemente sobre el regazo.

—Supongo que sigue en su estudio. Estará de vuelta en una hora, más o menos.

La luz empezaba a menguar y el piso parecía más sombrío que de costumbre. El polvo de la serrería de abajo se posaba en los muebles como una fina capa de vello. Hacía mucho que Hadley había renunciado a combatir el polvo de la casa.

—Perdona que haga tanto frío aquí; Ernest debe de haber escatimado en combustible. —Hadley prendió la estufa y arrimó los dedos a las llamas para calentarse—. Para nosotros ha sido estupendo conoceros a ti y a tu hermana este año —empezó a decir, siguiendo un guión que había ensayado durante el trayecto de Chartres a París en el Citroën cuatro latas de Jinny—. Cuesta pensar incluso que hubiera un tiempo en que no nos conocíamos. Pero antes de eso hubo años en que solo estábamos Ernest y yo… y luego llegó Bumby. La verdad es que no puedo imaginar la vida sin vosotras dos.

Pareció que Jinny iba a decir algo, pero Hadley continuó.

—Nos hemos hecho buenas amigas, tu hermana y yo. Igual que Ernest y Fife.

En la ventana, los tejados inclinados de París se prolongaban hasta donde alcanzaba la vista. Las palomas —la cena— se posaban en las cornisas. ¿Sería mejor no saber, seguir en la ignorancia? Sin embargo, era como si el hallazgo de aquella carta, la nota de Fife, le hubiera aguzado los sentidos. Hadley había empezado a ver cruces de miradas en el mercado, a oír rumores tras los estantes de las librerías y a gente hablando de los Hemingway en una fiesta. Eso era lo más odioso: sentir que ella era la única que aún llevaba una venda en los ojos y no sabía qué le estaba pasando a su matrimonio.

Jinny aún no se había quitado el visón. Hadley sirvió dos tazas de té y las puso sobre la mesa. Cuando se sentó, sus rodillas chocaron con las de Jinny.

—Fife estaba rara en el coche, volviendo de Chartres.

—¿En qué sentido?

—Apenas ha dicho nada.

—Ya, supongo que no. —Jinny no apartaba la vista del té.

—Ha estado así todo el viaje, de hecho. Primero hablaba sin parar, y de repente se ha pasado horas callada.

—Mi hermana siempre ha tenido un humor cambiante.

—No creo que sea por eso.

Más que la carta, era el comportamiento de Fife en la catedral de Chartres lo que empujaba finalmente a Hadley a preguntar. En la iglesia había sorprendido a Fife rezando. Incluso de lejos vio que apretaba los dedos con tanta fuerza que parecían una bola blanca sostenida en alto. Fife estaba desesperada por algo; eso era evidente, porque no había despegado las manos ni una sola vez durante los minutos que había estado allí sentada. ¿Por qué iba a rezar Fife? ¿Qué le faltaba a aquella mujer, en cualquier sentido, salvo un marido? ¿Cuáles iban a ser las palabras de la plegaria, sino «Por favor, Dios, déjame conseguir a ese hombre»? Después desenlazó los dedos y miró a Hadley a los ojos, con una mirada que de piadosa tenía muy poco.

Al salir de la catedral en penumbra, la luz encandilaba. Fife se les había adelantado, y Jinny y Hadley la encontraron sentada fumando junto a la puerta, con su abrigo recto de hombre y una expresión agresiva de euforia.

—Mira, mejor me marcho —dijo Jinny. Se levantó apresuradamente y volcó el té.

—Ay, Dios, lo siento. Deja que traiga un paño.

—No te molestes.

—Por favor.

Pero cuando Hadley volvió Jinny ya estaba secando el suelo con su propio pañuelo, que adquiría una tonalidad marrón.

—Esos cambios de humor de Fife… —tanteó Hadley, a gatas en el suelo, como una sirvienta, mientras secaba la mancha—. ¿Tienen algo que ver con Ernest?

El cuerpo esbelto de Jinny se balanceó hacia atrás sobre los talones. Su boca esbozó una sonrisa sin alegría.

—Creo que se tienen mucho cariño, sí.

Lo dijo despacio y en voz baja, como si volvieran a estar en la catedral.

Hadley se puso de pie y fue a escurrir el paño en el fregadero. Mientras tendía el pañuelo a secar, se fijó en que la alianza le resbalaba en el dedo como si estuviera embadurnada de grasa.

—Sé que esto no tiene ningún sentido —dijo Jinny, reuniéndose con ella en la cocina—, pero Fife te aprecia mucho. Igual que yo. Lo sucedido… —Jinny miró a su alrededor, como si buscara la manera de que aquello sonara menos absurdo—. Ha sido accidental. Ella no quería que ocurriera. Creo que Ernest ejerce ese efecto en las mujeres. Fife simplemente… no pudo controlarse.

Hadley esperaba con la cena a punto y una botella de muscadet cuando Ernest llegó a casa aquella noche. Durante la comida estuvo encantador y le preguntó por la excursión, quiso saber si había disfrutado de la compañía de las hermanas Pfeiffer en Chartres. Bumby jugaba en el suelo a su lado, contento de tener al fin a maman y a papa de nuevo en casa. Cuando terminaron, después de acostar a Bumby, Hadley le dijo a Ernest lo que sabía.

Al principio pareció avergonzado, y luego molesto porque sacara el tema. Hadley sabía que reaccionaría así; sabía que se las arreglaría para culparla, como si por decirlo en voz alta ella se convirtiera en la artífice de la aventura.

—¿Qué esperabas que hiciera? —le preguntó Hadley—. ¿Que me mordiera la lengua?

Recogió los platos, los enjuagó en la cocina y volvió al salón.

—Muy bien —dijo, disfrutando la oleada de la furia que sentía por dentro—. Con la condición de que arregles este lío, no volveré a mencionarlo. Pero has de prometerme que lo vas a arreglar.

Ernest lo prometió. Y el silencio se abrió entre los dos.

5
Antibes, Francia. Junio de 1926

El calor llega a su momento álgido del día. La balsa se aleja un poco de la playa hasta que la cadena se tensa y la hace retroceder de nuevo. En la orilla aumenta el zumbido de los insectos, que suben el tono como si los estuvieran ahogando lentamente. Las sombras de los árboles se derraman sobre el agua como el vinagre al mezclarse con el aceite.

Hadley está tomando el sol sobre el pontón y Ernest practicando su salto cuando oyen un largo silbido desde la playa. Alguien se acerca a nado. Aunque está demasiado lejos para verle la cara, Hadley sabe que es Fife. Un encaje de olas sigue a la nadadora y sus enérgicas brazadas. Los Hemingway la miran mientras avanza sin tregua.

Fife sube a la balsa, sonriente. Aguarda a recuperar el aliento para decir con un dejo de falso acento inglés:

—Hola, muchachos. Os habéis levantado temprano. —Sacude el agua de su pelo corto. Tiene la mirada clara e irradia vigor—. El tendero de Juan-les-Pins dijo que hace un calor impropio para esta época. Ce n’est pas de saison, fueron sus palabras. ¿O querrá decir «fuera de sazón»? No sé. Dijo que no son temperaturas de junio.

Hadley estaba a punto de irse, porque tiene la piel blanca y se quema con facilidad, pero ahora tendrá que quedarse de carabina, vigilando a su marido. Se sientan los tres en la balsa, balan

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