El timbre sonó de un modo particular. Sonaba de un modo particular todas las tardes, pero aquel día se hizo notar más su particularidad. El timbre delataba el titubeo, la duda de quien lo oprimía temiendo que no respondiese la persona llamada, y aquella vez no respondió. Sonó como siempre; primero una vibración apenas audible y luego ya un breve timbrazo sin remedio: ya está, ya sonó, ahora a esperar. No abrió la puerta Elena. Antes de abrirse la puerta fueron acercándose pasos que no eran los de ella, pero ya no era posible retroceder: se abrió la puerta.
—¿Vienes a ver a Elena?
¿Se puede contestar a una pregunta superflua?… ¿Hay motivo para preguntar qué hace al que hace una misma cosa todos los días a la misma hora?… La respuesta afirmativa asume cierta culpabilidad… Sí, claro que sí, ¿por qué negarlo?, como todos los días. ¿A qué otra cosa podría venir?… Toda esto en un mero:
—Sí, señora.
—Pues Elena no está: salió con sus amiguitas.
Entonces una despedida banal, torpe, evasiva como de quien es cogido en falta y media vuelta hacia la escalera; hacia el tramo que sube, pero sin subirlo, con una lentitud en los pies que la mente recorre veloz, en zig-zag, en idas y venidas, en círculos concéntricos expandiéndose al impacto de cada piedra, de cada pensamiento que se deja caer como nunca pensado… Entonces ¿quién soy yo?… Si ellas, las otras —¿qué otras?— son sus amiguitas, yo ¿qué soy?… Yo ¿quién soy?
—¡Isabel!
Una voz vibrante y al mismo tiempo capciosa, desde la enorme estatura que no ha cerrado la puerta.
—Isabel, ¿querrías hacerme un trabajito?
—Sí, señora, lo que usted quiera.
—Entra, entonces.
Entrar sola —sola, sin Elena—, cruzar la antesala oscura, que se llena de luz al abrir la puerta del gabinete y entrar en el gabinete sola; quedarme sola allí unos minutos…
—Mira, ¿ves este trocito de hilo? Es un lino muy bueno, como ya no se hace. ¿Tú sabes sacar hilos?
—Sí, señora.
—A mí ya mis ojos no me lo permiten. Fíjate, está marcado con unas crucecitas. ¿Tú serías capaz?
—Sí, señora, yo sé hacerlo muy bien.
—Ya me figuro, serás tan habilidosa como tu madre.
Mi madre no sabe en este momento lo que voy a hacer y seguramente le gustaría saberlo. Me diría, «A ver si te portas bien»… Yo no sé si a mí también me gusta, pero, me guste o no, quiero portarme bien, quiero demostrar que aunque esté sola…
—Siéntate en esta sillita, junto al balcón. Todavía habrá luz un buen rato.
Ahora ya el estar sola tiene cierto no sé qué, cierto mérito… El mérito militar es el valor, dicen… El valor tiene mérito; estar aquí sola y hacerlo bien para que digan… Me conformo con que no digan, con que no puedan decir que lo hice mal. Ahora sola, con la puerta cerrada —no sé por qué la habrá cerrado, pero me alegro— no tengo miedo. Tampoco tengo ganas de curiosear las cosas porque Elena me las ha enseñado una por una y, además, esto de sacar hilos me entretiene sin impedirme pensar en lo que quiera. Si las marcas no están justas —y me parece que no lo están— yo sé corregirlas. Será doña Eulalia quien las ha marcado; si hubiera sido Elena no fallarían en un hilo. Su abuela podría haberle pedido a ella que se los sacase… pero Elena tenía que salir con sus amiguitas… ¿Cómo son?… Sé cómo se llaman, Elena las nombra a veces. Por cómo las nombra casi se puede saber cómo son: yo aseguraría que las desprecia a todas. Para ella, todas son Fulanita, Menganita… A mí no me llama nunca Isabelita; a ellas, Pilarcita, Encarnita… A ésta la detesta, no me cabe duda porque un día llegó a llamarla Encarnacioncita. ¡Qué burrada de nombre!… Y con qué cara lo dijo. Las caras que pone Elena cuando suelta una de esas… Y hasta cuando no las suelta: sólo con lo que piensa parece que puede matar a alguien… Matar o todo lo contrario —no sé qué es lo contrario de matar, pero en fin, sí, se puede decir. Lo que pasa es que es difícil saber cuándo es algo bueno lo que piensa y cuándo es algo malo… Es lo que me pasó a mí el primer día. Y mi madre sin querer hacerme caso… Yo diciéndole, mamá, esa chica se ha enterado de todo y ahora va con el cuento… Qué tontería, no puede haberse enterado de nada… Te lo aseguro, mamá, te lo aseguro… Había subido los escalones de dos en dos —a mí me pareció de cuatro en cuatro—, como una araña, estaba en los huesos, con el vestido colorado, tan bonito que a mí me costaba trabajo decir ¡qué chica tan horrible!… Claro que ella también me pareció guapa, pero al mismo tiempo…, bueno, horrible no. Sólo se me ocurría decir ¡Mamá, mamá, esa chica!, ¿te has fijado en esa chica?… Ahora va con el cuento… Y nos quedamos las dos calladas, esperando que pasase algo. No esperamos mucho, pero yo me di prisa a pensar, me hice mis propósitos, tomé mis decisiones… Esa chica, nunca habrá nadie en el mundo a quien yo pueda odiar más… Y volvió en seguida, otra vez de cuatro en cuatro como yo había predicho. A mí ni me miró; le dijo a mi madre que si quería bajar un momento a su casa… Mi madre estaba sin aliento y ella la tranquilizó como si creyera que fuese por miedo a perder tiempo. Un momento nada más, le dijo, para hablar con mi tía. Echó a correr escaleras abajo, sabiendo que mi madre iría detrás. Y claro que fue, como un cordero, quitándose el delantal, recogiéndose los pelillos que se le escapaban del moño… Cuando volvió, con el corazón en la garganta… ¿Ves qué mal pensada eres?… Y yo, ¿Cómo que soy mal pensada, no fue con el cuento?… Sí, pero no con el que tú te figuraste: la señora va a decir al albañil que blanquee también nuestra habitación. Qué desconcierto me entró; me quedé sin saber qué hacer con el odio… Y me daba rabia, una rabia atroz. Eso que llaman un desengaño debe de ser una cosa así… No sé cuánto me duró, pero mantenía aquel sentimiento como si no quisiera dejármelo quitar. Aunque las cosas cambiaban tanto de pronto… Luego ella subía a veces y hablábamos, no sé de qué, de cualquier tontería, pero me costaba trabajo mirarle a la cara: me parecía que iba a adivinar lo que estaba pensando. Y lo adivinaba, aunque no la mirase… Yo volvía del colegio y ella estaba en el cuartito de al lado, con sus cosas. Siempre me decía algo y yo procuraba que no durase mucho la conversación. Hasta el día en que todo se hizo diferente… Mira mi jardín, dijo. Yo no pasaba de la puerta, pero señaló a la ventana de la tronera y me decidí a mirar cómo daba el sol en la plantita de jaramago nacida entre las tejas… Las dos nos quedamos embobadas, mirando, cuando vino el pájaro a picotearla y salió volando en seguida… ¡Era un verderón!… Cuando lo dijo, yo entonces la miré a ella… Su cara se había transfigurado como… qué sé yo, como si echase luz, como si el pájaro verde… No, como si el verde del pájaro hubiera llenado el cuarto. Entonces pensé, nunca habrá nadie en el mundo a quien yo pueda querer más… Pero también procuré no mirarla para que no lo notase. No sé si lo notaba, de todos modos a veces me parecía que era que no le daba importancia, que era como lo que por sabido se calla… Y luego fue como si hubiéramos olvidado que jamás hubiera pasado algo… Bueno, nunca pasó nada: a mí, dentro de mi cabeza, sólo me pasaban aquellas cosas de si la podría odiar o si la podría querer. Pero Elena es una chica a la que no puede pasarle nada de eso: ella no se queda nunca entre si será o si no será. Yo acabé dejando que todo fuese como ella quisiera. Unas veces me decía, baja a casa…, y yo bajaba. O me decía, entra un rato a mi estudio —como ella le llama al cuartito—, y yo entraba a ver lo que estaba haciendo. Hasta que decidió que yo bajase todas las tardes… Tú bajas, aunque yo no suba al estudio; tú bajas a eso de las cinco… —Pasos, se va a abrir la puerta…
—¿Qué tal te va saliendo eso? A ver, muy bien, muy bien. ¡Lo que te ha cundido! ya tienes casi la mitad. Y tú no te dejas engañar por las marcas: está correcto, de mano maestra.
—Es muy fácil, doña Eulalia.
—No tanto, no tanto. ¿Tú has merendado?
—Sí, señora.
—¿Qué has merendado?
—Una naranja.
—No es gran cosa. Creo que podrás tomarte un tazoncito de café con leche.
—Oh, muchas gracias, pero no se moleste.
—No, si no me molesto nada: ya está hecho. Mi hermana no puede pasarse sin él.
Se va y vuelve en seguida con una bandeja.
—Mira, acércate el musiquero, aquí puedes ponerlo. Hoy nos han dejado solas a las dos viejas. Pero deja la labor: primero merienda.
Un tazón de café con leche, un platito con una ensaimada, todo encima del musiquero, junto al balcón. Siempre me gustó tanto el musiquero… Los madroños jaspeados, de lanas de colores, que le cuelgan alrededor tienen caritas diferentes que dan ganas de hablar con ellos… Y el día que le dije a Elena, ¿esto es para guardar las músicas?… Me aniquiló con la mirada. ¡No digas eso en tu vida, las músicas!… Di las piezas, los métodos, los cuadernos, las partituras, pero las músicas jamás… Y entonces ¿por qué se dice el musiquero?… Eso se dice en broma. Mi abuela es la que lo dice: creo que lo aprendió de los ultramarinos… Yo, como una idiota, ¿De los de ahí enfrente?… Y se tumba de risa, me toma el pelo con saña… ¡De los de ahí enfrente!… Imagínate a mi abuela platicando de música mientras le despachan el bacalao de Escocia… Se tira de espaldas en la cama, se accidenta a carcajadas… ¡Eres genial!… Quieres decir que soy idiota… Yo nunca quiero decir más que lo que digo, ¡eres genial!… Lo cortés no quita lo valiente… Claro que a mí no me importa que me corrija. Elena me corrige todo porque ella sabe palabras preciosas: alabastro… Yo no había oído nunca esa palabra, alabastro. Yo creía que la figurita de encima del piano era de cera y Elena me dijo, Es de alabastro… Es la Ariadna de mi abuelo… Otra coladura buena, por mi parte. ¿Es su primera mujer?… ¡Dónde estaría!… ¡Quién habría podido encontrar un pedazo cuando mi abuela la hubiese tirado por el balcón!… Luego me habló muchas veces de la ópera inspirada en una heroína antigua… Qué bonita debía de ser, qué bien dormidita está ahí encima. ¿Sabría ella, aquella mujer de otros tiempos —de hace siglos, parece— que llegaría a pasar una cosa así?… ¿No es fantástico que, después de tantos años, un señor tan serio como éste, con esa cara de león pálido, pensase en ella y le escribiera canciones?… Y que nadie lo tomase a mal como si se hubiera tratado de una… Otra palabra preciosa; ésa se la oí a doña Eulalia y no la entendí, pero luego Elena me explicó… una suripanta. ¿Cómo podrá tener mal sentido una palabra tan bonita?… El caso es que a ésta no la trataron como si lo fuera: la pusieron ahí, sobre el piano, bajo el retrato de él… Y a mí que no me digan, tenía que estar mucho más enamorado de ella que de doña Eulalia: por eso le puso el nombre a su hija. Y no es que doña Eulalia sea fea, no, debe de haber sido guapetona, pero esta otra, ¡vamos!, ni comparación. Es lo que pasará cuando pongan la ópera en el teatro; no encontrarán una tiple que se le parezca ni de lejos… La que venía a estudiar con la madre de Elena, la Claudina Toscani… Y Elena diciendo, ¡pero si es de Alcorcón!, si es Claudia López… ¿No ves que Claudia es lo único que le cuadra?… Fíjate en las ciruelas… No habíamos visto nunca una mujer con pezones más gordos; se le marcaban debajo de todos los vestidos… Claro que a ella no la pondrían en el traje de Ariadna porque no está permitido, pero, aunque lo estuviera, sería cómico. Ella, en cambio, ahí dormidita, parece una santa. A mí, la verdad, las santas no me dicen nada: son unas monjitas… Bueno, las mártires son ya otra cosa, y a ésta me parece que se la podría poner entre ellas… —¡El timbre!… No, no puede ser Elena porque salió con su madre, que siempre lleva llave… ¿Qué hago?… Debería ir a abrir la puerta para que doña Eulalia no se moleste, pero ya viene por el pasillo.
—Abre tú, Isabel, porque no sé quién será.
Dos señoras, dos sombreros, dos paraguas que caen en el paragüero. Gritos de asombro… ¡Ernestina!… ¡Eulalia!… Gritos menos fuertes, ¡Paulita!… ¡Eulalia!… Besos en cada carrillo.
—¿A qué se debe esta satisfacción que me dais?… Porque mira que ha llovido desde la última vez…
—No se debe a nada —voz hombruna de Ernestina—, es decir, se debe a que te la debíamos… Diciendo a cada momento, tenemos que ir a ver a Eulalia, tenemos que ir a ver a Eulalia y dejando pasar los días. Hoy le dije a Paula, de hoy no pasa, y no pasó.
—¡Gracias sean dadas!… Isabel, no te quedes ahí en la puerta. Siéntate en tu sillita: todavía hay algo de luz.
Ernestina pregunta con la mirada, con un alzar de hombros… Doña Eulalia contesta, entre dientes, Es de arriba… Se sientan.
—Y ¿qué haces ahora, Ernestina? Te has pasado unos años de convaleciente, pero supongo que ya ni te acuerdas de tus males.
—Te engañas; me acuerdo perfectamente. No es tan fácil olvidarlo.
—Yo creo que te acobardaste porque parece una cosa tremenda una angina de pecho, pero todos esperábamos que reaccionases pronto.
—Todos, todos lo creíamos, tienes razón, Eulalia, máxime que el médico le aseguró que había sido una falsa angina.
—¿Tú crees que yo puedo tener algo falso?… Ni aunque sea una angina.
—¡Ya salió! Cualquiera diría que lo consideras un fracaso. Habrías preferido que te dijesen que era la mejor angina del mundo, que te aclamasen, que te gritasen ¡bravo!…, ¡bis !…
—Mira, lo de bis fue lo que más me desanimó. No me habría gustado repetirlo y yo sabía que era lo que me esperaba.
—Claro, todo te lo tomas a la tremenda, en todo pones ración doble… Así, la escena tenía que consumirte.
—No, Paula, no; lo que empezó a consumirme fueron los años y la angina me sirvió para hacer un mutis airoso… Más que para eso, me sirvió para ver lo… convencional —¿os gusta la palabra?—, eso es, para ver lo convencional de mi vocación.
—Te va a costar trabajo desacreditarte ante nosotras.
—Bah…, si os hago confidencias, os desmayáis… Cuando vi que tenía que ponerme a hacer economías, ¿creéis que lo que me apenó fue ahorrar mis energías en la escena?… No, corderas, el ánimo se me vino abajo cuando vi que tenía que suprimir el champagne en los antepalcos…
—¿Estás viendo, Eulalia? ¿Estás oyendo las blasfemias de mi hermana?…
—No le hagas caso: son más falsas que la angina.
—¿Qué sabéis vosotras, pazguatas?… Una conservando limpio el santo nombre de nuestros padres, que nos dejaron un poco de dinerito para que no nos veamos forzadas a trabajar, eso entre paréntesis. Otra el del genio de un marido que, si fuéramos a hablar… No vas a decirme a mí que para ti todo el monte fue orégano…
—Isabel, no es posible que sigas haciendo eso a oscuras. Se ha ido la luz enteramente.
—Me falta una sola carrera, doña Eulalia, y si no lo termino hoy…
—No tiene importancia; puedes terminarlo otro día.
—Pero si acabo en cinco minutos…
—Y esta chica tan mona, Eulalia, ¿es discípula de Ariadna?…
—No, es una vecinita del piso de arriba.
—¿De arriba?…
Una pregunta de la voz machuna. Una pregunta llena de afirmaciones: si arriba no hay piso, ¿qué es lo de arriba? ¿Hay siquiera un sotabanco?… Y, si no es discípula de Ariadna, ¿qué hace aquí esta pequeña? Muchas más preguntas que no preguntaban nada, sino que afirmaban. Una filiación rápida, tan terminante que hace innecesaria toda respuesta. La voz femenina sigue preguntando…
—Y ¿qué es lo que borda, tú la enseñas?
—No, Paulita, ella sabe de sobra. Me está ayudando a sacar hilos en un pedazo de lino que conservaba de otros tiempos.
—Ah, qué habilidosa. Parece tan bien educada… y tan rubia como una princesita.
—¿Como una princesita?… —voz hombruna, terminante—. Lo que parece, de cabo a rabo…
Oscuridad, oscuridad que estalla como una bomba. Una bomba que, en vez de producir una llamarada, produce sombra, apaga todas las luces: la del pensamiento, la del sentido común. Una palabra que es una bomba de vacío. Es lo incomprensible, lo irrespirable, hostil a la vida. Y la palabra se repite y cuanto más se repite más oscura parece, más malvada, más sarcástica, más infamante. Porque se repite siendo aprobada, siendo comentada como una flecha en el blanco… El ultimo hilo sale como si saliese de la inmundicia, como si fuera viscoso; no acaba de salir nunca, se rompe, hay que buscarlo y no se puede encontrar el cabo entre el tejido, que ya no es el lino blanquísimo, sino una cosa sobada, sucia… Y al fin sale, pero más vale tirar de él poco a poco para que dure hasta ver si se ve algo… No se ve nada, sólo se ve la condena, la humillación a que se puede someter a cualquiera, como un calabozo… Porque si a uno le llaman ladrón sabe si lo es o no lo es, sabe a qué carta quedarse: es una calumnia o es una acusación justa… Puede decir, lo soy, o no lo soy… A esto no se puede decir nada… «De cabo a rabo»… y se cierra la puerta, se queda uno como paralítico, como atado de pies y manos… ¡Elena!… ¡Dios mío! ¿Por qué no llega Elena?… Parece que suben, sí, abren la puerta, es Elena… (todo el trapo, hecho un ovillo, en el cesto de costura y Elena en la antesala. Gritos otra vez, saludos, besos —un aparte disimulado, mal disimulado).
—Elena, tengo que decirte una cosa.
—Espera un poco; voy a saludar a estas brujas. Vete mientras tanto a mi cuarto.
—Bueno, pero no tardes
—¿Qué ha ocurrido? Tienes una cara que asusta.
—Ya te contaré, una cosa horrible…
Horas, siglos en el cuarto de Elena… Llegan las voces infames. No es posible que se lo cuenten, no, para ellas no puede tener importancia… Hablan de otras cosas y también esas cosas serán infames. El tono de sus voces… No entiendo lo que dicen, pero si oyese las palabras tampoco entendería porque hablan como para que sólo se entiendan entre ellas… La Ernestina lleva la voz cantante y todas le ríen las gracias. Parece un macho que las domina a todas… ¡Hasta Elena se ríe! ¡Cómo es posible!… ¿Será que Elena también las entiende? ¿Puede encontrar también ella que tienen razón?… Si se lo digo y no me lo aclara es el último día de mi vida…
—¡Elena! Creí que no llegabas nunca.
—Pero ¿qué ha pasado?
—No sé, no sé cómo voy a explicártelo: una cosa que dijeron de mí.
—¿Una cosa que dijeron de ti? Pero no vas a llorar por eso…
—No, si no lloro; es de rabia.
—Bueno, ¿qué fue la cosa, algún chiste de Ernestina?
—Sí, eso, pero ¡qué chiste!…
—Cuenta.
—Estaban hablando de cosas de ellas, de cosas poco decentes, creo yo, y, claro, a tu abuela le pareció que yo no debía estar allí. Me dijo que ya no había luz, que lo dejase para otro día y, como les llamó la atención sobre mí, se pusieron a hacer preguntas. La gordita le preguntó si yo era discípula de tu madre y tu abuela entró en explicaciones… Bueno, eso no fue nada; la otra, con esa voz, dijo, como quien pone los puntos sobre las íes, que yo era de cabo a rabo…, así como suena, de cabo a rabo un carreño… ¿Qué es un carreño, Elena?…
—¡Caray, no lo sé! ¿Tú estás segura? ¿No habrás entendido mal? Me parece raro que Ernestina diga una cosa tan absurda, porque no es nada tonta.
—No lo será, pero ¿crees que tu abuela preguntó qué quería decir? Nada de eso, las otras dos dijeron amén, como si hubiera dado en el clavo… ¿Qué es un carreño, Elena? ¿Es que es una cosa tan mala que no quieres decírmelo?
—Pero no seas idiota, criatura, ¿cómo no iba a decírtelo? Lo que pasa es que no sé lo que es: no lo he oído nunca… Pero me extraña que, si es una mala palabra, mi abuela la haya repetido, porque las detesta.
—Pues la repitió, y más de una vez. Luego siguieron hablando, pero yo ya no entendí más. Creí que perdía el conocimiento.
—Bueno, me parece que debes de haberte aturrullado, pero no te preocupes, ¿tú estás segura de que fue esa la palabra?
—Estoy tan segura como de que hay luz.
—Entonces la busco en el diccionario y mañana te lo digo.
—¿Y si no está en el diccionario?… Las malas palabras no vienen.
—Ya sé que no vienen, pero es que no creo que sea una mala palabra. Y, después de todo, si no la encuentro se lo pregunto a mi padre.
—¿Te atreves a preguntarle una cosa así?
—Yo a mi padre le pregunto todo y, si no puede explicármelo, me dice, es una burrada, o es una porquería… Anda, vete a casa: mañana te lo digo.
Noche horrorosa, sin pegar ojo…
—Pero ¿no duermes? ¿Has comido algo abajo?
—Sí, mamá, una ensaimada.
—Eso no puede haberte hecho daño. ¿Tendrás fiebre? A ver… No, no la tienes…
Aguantar, aguantar el desvelo porque es imposible contar lo que ha ocurrido… Si mi madre lo supiera, ella no lo tomaría como yo, como una cosa absurda, incomprensible…, como una maldad hecha a ciegas como quien tira una piedra… Ella creería entender… y estaría segura de que todo era por ella, por ser ella mi madre… Hay que aguantar esta angustia como el que se cae al agua y aguanta sin respirar… Hay que no respirar hasta que se haga de día, esperando que la cosa se aclare y temiendo que cuando se aclare sea peor todavía… Porque no es posible que sea mejor, no, no puede ser que Elena me diga que no tiene importancia… ¿Cómo no va a tener importancia una cosa que varias personas aseguran, repiten, convienen todas en que está en lo cierto?… Eso es lo único que yo pude comprender, que estaba en lo cierto la frase dicha con un retintín, con un ¡ahí va eso!… Horas sin respirar, sin hacer ruido… Fingir el sueño respirando fuerte es difícil, es imposible porque lo que no se puede es respirar ni fuerte ni flojo… No se puede más que mirar la ventana de la tronera y esperar que llegue la luz… La luz llega al fin, quién sabe después de cuánto tiempo: tal vez ha habido unos minutos de sueño… Hay momentos en que parece que todo ha sido soñado, se siente un poco de descanso como si la postura en la cama fuese más cómoda, como si esta tranquilidad, este silencio, fuesen una seguridad, una falta de peligro… Y en seguida otra vez la angustia, la amenaza de lo que se va a descubrir porque no puede haber seguridad, porque la acusación puede ir, como un perro, olfateando derecho hasta la cosa escondida…, que, además, no está escondida: está al alcance de cualquiera… Y ahora, ya con la luz, esperar a que sea posible bajar a ver a Elena… Desayunar, lavarme, peinarme sin respirar, sin soltarse el nudo de la angustia atado al pescuezo… ¡Pasos!… Elena sube al estudio… Tan temprano: nunca sube a estas horas.
—¡Elena!
—¡Lo sé todo!…
—¿Qué es lo que sabes?
—Todo, todo lo que quieres saber.
—Y ¿qué es, por favor, qué es lo que sabes?
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque lo he prometido.
—¿A quién?
—A mí misma.
—¡Elena, tú no te das cuenta!…
—Me doy cuenta de todo y por eso no te lo digo.
—¿Es tan horrible, tan fenomenal?
—Fenomenal es, horrible en absoluto.
—Entonces ¿no es tan malo?… Elena eres un monstruo si no me lo dices. ¿Tú has encontrado la palabra y has comprobado que no es una cosa horrorosa?
—No sólo no es horrorosa, sino que es una cosa excelente.
—¿Un carreño es una cosa excelente?…
—Excelentísima. Habría quien daría miles de pesetas por uno de ellos.
—¡Por uno! ¿Es que hay muchos?
—Muchos no; hay unos cuantos. Ya los verás.
—¿Dónde?
—Ah… A ver, hoy es viernes y son las ocho de la mañana. A las ocho de la mañana del sábado, veinticuatro horas. A las ocho de la mañana del domingo, cuarenta y ocho… más dos o tres hasta las diez o las once… alrededor de cincuenta…
—Oh, Elena, parece mentira… ¿Cómo puedes hacerme una cosa así?…
—¿Una cosa cómo? ¿Qué sabes tú cómo es la cosa que voy a hacer?
—No sé lo que vas a hacer, pero sé lo que estás haciendo. ¿Es que a ti también te divierte la frasecita de Ernestina?
—No me divierte, me admira. Ya te dije que no es nada tonta.
—No es tonta, pero es malintencionada porque, si es una cosa agradable o, por lo menos, amable, ¿por qué no lo dijo de un modo que yo pudiera entenderlo?
—Pues porque, si lo hubiera dicho más claro —más claro para ti—, tú no habrías comprendido lo admirable, lo… etcétera, etcétera… de su acierto.
—¿Tan burra crees que soy?
—Esto no tiene nada que ver con la burrada. Si yo te lo dijese ahora y, hasta si te lo explicase, te quedarías sin saber… No es eso precisamente: si te lo explicase, tú le darías importancia a cosas que no la tienen, y yo lo que quiero es que te caigas sentada, de asombro…, que veas la cosa en su salsa.
—¿En su salsa? ¿Es cosa que se come?
—No, panoli, ya sabes que yo hablo así. No se come, se mira. El domingo nos llevará mi padre a ver los Carreños.
—¿El domingo? ¿Adónde?… Ah, ya sé, a la casa de fieras.
—Frío.
—Entonces ¿por qué el domingo, es cosa de iglesia?
—No, ya sabes que mi padre no las frecuenta… Pero eso ya no es tan frío… Hay un sinónimo de iglesia que se le acerca… ¿Tú sabes lo que puede ser un sinónimo de iglesia?
—No lo sé, ni me importa; me figuro que será un cachivache cualquiera.
—¡Un cachivache!… ¡Fantástico!… Un sinónimo de iglesia es un cachivache… No te lo explico, no, tampoco te explico lo que es un sinónimo porque no quiero que adivines. El domingo irás a verlos y no irás con esa cara de víctima, porque, si no te pones muy contenta en este mismo momento, es que no tienes confianza en mí, y entonces, en venganza, te explico lo que es un Carreño y se rompe el encanto…, se queda en nada. Si te lo explico, con pelos y señales, te quedas toda la vida sin saber lo que es un Carreño.
—Yo creo que siempre comprendo las cosas que me explicas.
—Sí, casi siempre, pero es que ahora no se trata de comprender: se trata de decir ¡Ah!… de asombro.
—¿Crees que me darán miedo?
—Te lo quitarán… ¿Tú no tendrás un vestido negro?…
—No, nunca lo tuve. ¿Hay que ir de negro? ¿Qué vas a ponerte tú?
—Yo, cualquier cosa, no tiene importancia lo que yo me ponga.
—¿Y lo que me ponga yo la tiene?… Entonces, es que pueden pensar…
—No pueden pensar nada, los Carreños no piensan…, pensaron.
—¿Es que están muertos?
—Son inmortales… Pero bueno, volvamos al vestido negro: si no lo tienes habrá que confeccionarlo.
—¿De aquí al domingo?
—Por la mañana. Pregunta a tu madre, ella sabe hacer cosas de la nada… Me voy abajo, tengo que emprender inmediatamente la conquista del Himalaya.
—Tu abuela, ¿no?
—Acertaste.
—¿Y para qué quieres conquistarla?
—¡Secreto!…, es cosa que corresponde a la promesa… Figúrate, si yo faltase a algo que te hubiera prometido, ¿qué pensarías de mí?
—Pensaría las peores cosas.
—Pues imagínate lo que pensaría yo si faltase a lo que me prometo a mí misma.
—¡Oh, vete a freír espárragos con tus promesas!
—No, hoy no pienso hacer nada en la cocina.
¿En qué ha quedado todo?… Tragedia parece que no hay, pero oscuridad sigue habiéndola. No es la misma oscuridad que ayer, no, eso no, y, sin embargo, hay una cosa parecida… Yo me decía, si Elena no me lo aclara, si Elena está de acuerdo con ellas, si entra en el juego de Ernestina es el último día de mi vida. Y no me lo ha aclarado del todo. Y no ha entrado en el juego de ellas, pero ha inventado otro, por su cuenta, también desesperante. Y encima quiere que me ponga muy contenta y me saca a relucir lo de la confianza…, como si supiera que así, de refilón, he desconfiado. Claro que no puedo desconfiar, no tengo ningún motivo, incluso me avergüenza. No, no desconfiaré de Elena, es que desconfío tanto de todo que la desconfianza me rebosa. Bueno, la desconfianza no es cosa que rebose, al contrario, chupa el jugo de las cosas: es como un sumidero, todo se lo traga, y no, eso no se lo dejaré tragar…
—Mamá, ¿tienes algo negro de lo que se pueda hacer un vestido?
—¿Para quién?
—Para mí.
—¿Para ti? ¿Quién se ha muerto?
—Nadie: es que el domingo nos va a llevar el padre de Elena a un sitio.
—Ah, ya me figuro; he leído en el periódico que un coro de niños muy famoso viene a cantar en no sé qué iglesia y, como en esa casa siempre están con la música, eso debe de ser. Pero no sabía que había que ir a esas cosas de negro.
—Yo creo que esto es algo muy especial y me parece que no se trata de iglesia.
—Pues ¿dónde va a ser, por la mañana y con traje de ceremonia?
—Sí, es verdad. Elena no me ha dado más explicaciones.
—Bueno, lo que importa es que te lleven. No sabes lo que me alegra que ese señor te lleve con s
