El libro de la hija

Inma López Silva

Fragmento

cap-2

 

A Helena le gustaría que la agarrasen por detrás, le besasen el cuello y le susurrasen al oído «quiero morder ahí». Pero solo tiene ese padre muerto hace poco. Ese marido que ha huido. La hija. Un trabajo por el que otras matarían y ella ya no. Esta es su historia.

Hoy, como siempre, ha comprobado al levantarse que sigue usando solo la mitad izquierda de la cama. Solía pensar que el divorcio le llegaría por su causa, por ejemplo, en el momento en que su marido tuviera demasiadas certezas. O el día en que Miguel le hiciera un par de preguntas y ella tuviera que contarle una serie de verdades. Y, en cambio, las cosas que hacía Helena permanecieron siempre en una dimensión diferente al resto de su vida, hasta que se acabaron sin que ella se enterase exactamente de cómo las dejó ir. Está convencida de que todavía hoy él sigue sin saber que, en realidad, ella estaba viva gracias a sus secretos. Seguramente imaginaba muchas cosas, pero no sabía hasta qué punto la vida era todo lo de fuera de casa. Alguien que también la agarraba por detrás y también la mordía. Que también ocupaba una cama junto a ella, pero utilizando los dos lados indistintamente. Alguien que también le decía que era excitante, hermosa, distinta. A pesar del amor familiar, de su vida con Amanda y con Miguel, de los fines de semana de excursión, de las tardes de playa, de las noches de cena romántica, de las vacaciones en Lanzarote. A pesar de la felicidad.

Esa, la felicidad, se le convirtió a Helena en una especie de enfermedad crónica, acostada todas las noches a su lado en la cama enorme comprada con tanta ilusión con el primer sueldo de Miguel. Y un día él se fue. «No puedo más con esta vida —le dijo—, pero te quiero bastante.»

Bastante.

Helena se quedó supurando toda aquella felicidad. Llena de rabia y perdida. Insípida.

Un día de estos se cumplirán doce años de aquello.

Mientras se ducha, oye la melodía del móvil del trabajo, y con el agua escurriéndole por la cara, entorna los ojos. Últimamente piensa mucho en las gotas de agua en la piel, en el parecido con el sudor o con los dedos recorriendo los poros. Otros dedos distintos de los suyos. Extraña todo eso. Mucho. Y le falta que suene más su teléfono particular. Incluso ha llegado a echar de menos a Miguel.

En algún punto entre los cincuenta y los cincuenta y cinco años, ha perdido la habilidad de hacer que los hombres entiendan lo que quiere, y ha empezado a tener que explicar cómo tienen que recorrerle el cuerpo con los dedos. Ha terminado por diseñar unas cuantas frases fáciles de comprender para que se aclaren, pero así ya no le hace gracia. En eso piensa bajo la ducha.

También es verdad que, desde lo de su padre, ya no las necesita.

Mañana es el día en que se cumplen esos doce años. Al menos, en aquella época no le daba tanto trabajo encontrar uñas para su piel todas las noches. Dedos que le tocaban los lunares, los pezones, la cara interna de las rodillas por donde ahora se pasa la esponja.

En qué momento un dedo decide qué piel toca.

Quizá esas ideas suyas tengan que ver con la entrevista que va a hacer hoy.

Hace ya mucho tiempo que toda la profesión coincide en su capacidad para meterse en aquello en que nadie se fija y en su intuición de periodista experta para poner la tecla en las historias que verdaderamente merecen la pena, las que quedan para el futuro. Eso dicen. Ella nunca lo ha tenido tan claro, pero ha dejado que todos lo crean, y no le ha ido nada mal, la verdad.

Con la toalla en la cabeza, escucha el mensaje grabado en el buzón de voz mientras coge una taza para el desayuno. «Helena, perdona, soy Fernando. Solo quería confirmar que hemos quedado hoy en el Universal.»

En sus circunstancias, le hace falta optimizar el tiempo, piensa Helena. Pone la taza en la máquina y, mientras observa cómo cae el café, decide no devolverle la llamada. ¿Para qué? Dentro de menos de dos horas van a estar cara a cara. Solo se han visto una vez y ella no lo recuerda. Tendrá que reconocerla él, imagina, que para eso una sale en la tele de vez en cuando.

Lleva días inquieta, dándole vueltas a cómo será Fernando y si se le notará o no el delito. No puede evitar verlo un poco como a su propio padre, aunque es demasiado joven para ser su padre. Helena se siente mal por comparar, aunque solo sea en lo más profundo de su solitaria imaginación de las mañanas, a Fernando con papá. A fin de cuentas, es solo un hombre mayor con una desgracia a cuestas.

Fernando es, como tantos tipos de la cárcel, alguien que busca ayuda a la desesperada. Se conocieron en una visita que hizo ella al centro penitenciario donde él cumple condena para escribir un artículo sobre las vidas de internos mayores de sesenta años. Se quedó enganchada a su historia. «Yo, además de viejo, soy inocente —le dijo él—. Debería contártelo.» En realidad, no sabe muy bien qué la llevó a prestarle atención en aquel momento. Quizá su famosa intuición. Luego la llamó varias veces hasta lograr un encuentro con ella en un permiso para contarle su historia, que le adelantó con generalidades en su primera llamada. Helena lo escuchó en medio de un escalofrío.

Todos tienen algo que contar, piensa, otra cosa es que merezca la pena escribirlo, sobre todo en este caso, que tiene toda la pinta de ser la historia de un caradura más que se quiere esconder en la duda para generar polémica y lograr que los permisos sean menos dolorosos. Claro que cuando, por pura curiosidad, se puso a revisar el caso en la hemeroteca, hizo un cálculo rápido que todavía la intriga: ya debería estar con la condicional, pero Fernando sigue dentro. Tiene que preguntarle por eso, por supuesto.

Quizá sea impropio de Helena dejarse llevar así por alguien vulgar, convencional, que podría estar mintiendo o aprovechándose de ella. Pero ya no es de esas periodistas de las que uno se pueda aprovechar. También está en ese momento preciso en el que, de repente, su propia vida aflora en lugares inesperados. Hay en la historia de este hombre esa violencia implícita que a ella la ahoga. Y, además, cree que estas cosas suceden allí donde todo el mundo sabe que suceden, aunque siempre se mire para otro lado. A veces ese es el modo más fácil para seguir viviendo sin tener que pensar demasiado. Querría mirar para otro lado.

Revisa la agenda en el móvil y se asegura de que, efectivamente, ha quedado con él a las once en el Universal. Helena suspira, se pone miel en la tostada, y pierde la mirada en la plaza, ahí abajo, tras el cristal de la ventana de la cocina. Coches. Palomas y algún cuervo. Los semáforos que cambian del rojo al verde y al ámbar. El runrún en la calle de mañana con sol. Niñas en patinete. Chicos con carpeta. Perros que levantan una pata contra el tronco de un árbol y humanos con la bolsita recogiéndoles la mierda. Un autobús. Algún jubilado leyendo el periódico en la terraza del bar. El vecino del noveno B haciendo running con el i-pod en el brazo y las gafas de sol. Helena suspira. McCartney debió de componer «Penny Lane» en un momento parecido a este, mirando un cruce y a la gente. Allí también había una rotonda.

En realidad, echa de menos el apuro de las mañanas, cuando Amanda era una niña. La leche del desayuno que siempre se volcaba en la mesa, la merienda en la mochila, diez minutos para vestirse, la trenza imposible de hacer en menos de cinco, una barra de labios desaparecida, la pasta de dientes esparcida por el espejo, el mandilón los lunes, el chándal y las zapatillas martes y jueves, levantarse con fiebre y librarse a base de antitérmicos, los turnos con Miguel para hacer los zumos, la bolsa de plástico para proteger el proyecto de ciencias, limpiar los libros de la biblioteca del aula manchados de yogur, las fechas de los cumpleaños, el día de bocata en el que siempre se le olvidaba comprar el pan. Entonces Helena no imaginaba que ahora sentiría este vacío blando por las mañanas al faltarle todas esas cosas que en aquel momento le pesaban tanto.

Tantos años después, a estas horas, solo tiene una hija por ahí y un divorcio en duodécimo aniversario.

Helena piensa mucho también en aquellas mañanas tranquilas en las que su padre le ponía la leche con galletas y la obligaba a tomarse una cucharada de miel. Recuerda a Félix así, frente a ella, con una sonrisa enorme, acercándole la cuchara a punto de gotear un poquito de miel encima del mantel. Detrás de la cuchara, los ojos negros muy abiertos, enmarcados por los rizos medio largos de papá. Podría pintar esa imagen un día si tuviese tiempo. Se desvanece pronto, en el mismo momento en que se le inundan los ojos.

 

—Papá, ¿adónde van los muertos cuando se mueren?

—¿Lo dices por tu madre?

—Sí.

—A ningún sitio. Solo se mueren. Así que ya no merece la pena llorar más porque no va a volver por muchas lágrimas que derramemos.

Y no volvieron a llorar más, a pesar de que aquello era para siempre. De muerte repentina, decía todo el mundo. Juntos, solo uno con la otra, como le gustaba decir a Félix hasta que Helena se marchó a vivir a un piso de estudiantes. Claro que eso fue mucho después de aquella noche en que ella pensaba que, al quedarse sin madre, la ausencia la llevaría a la más absoluta de las pobrezas. ¿Qué iba a ser de ella sin el dinero de la floristería todos los meses? Sin el sueldo de su madre, creía Helena que no tendrían para comer, así que su padre tendría que ponerse a trabajar unas diez o doce horas diarias para ganar un poco de dinero para patatas y pan, y malcomer y malvivir hasta que alguna autoridad se diera cuenta de que una niña no podía estar así y finalmente la separasen de él, y la metieran en una inclusa, donde seguro que cogía la tuberculosis.

Pero no pasó nada de eso. Aquella noche, su padre la metió con él en la cama y le dijo: «Vamos a estar muy bien tú y yo solos, ya lo verás», y la abrazó como no la habían abrazado jamás en la vida, dejándole un recuerdo que ella retomaría mil años después. Se le acercó, le rodeó la espalda con un brazo, pegó su frente a la de ella y, mirándola fijamente a los ojos, sin decirle nada, dejó claro que la muerte de su madre no iba a ser un problema.

Al día siguiente, limpiaron la casa de blusas de colores y faldas, pañuelos perfumados y rulos, echaron por el desagüe una botella de colonia Álvarez Gómez y un tarro de crema Pond’s, convirtieron varios vestidos en paños de cocina y fueron a la Seguridad Social a arreglar para Félix la viudedad y para Helena la orfandad. Salieron de allí de la mano, y mientras cruzaban la calle, su padre le dijo: «Con esto será suficiente para estar bien una temporada, luego ya veremos». Y ella, que a sus seis años todavía no estaba muy convencida de si eso le evitaría la inclusa y la tuberculosis, decidió retrasar hasta los siete u ocho años su preocupación. Para cuando llegó a esa edad, ya se había olvidado de esas cosas.

La historia que siempre le contaron era sencilla. Félix Sánchez, su padre, era un señor normal de cabello negro y rizado que un día decidió que necesitaba una mujer para que le planchase las camisas, así que se enamoró perdidamente de Adela Ramos. Ella tenía un puesto de flores en el mercado de San Rafael, y todo el mundo le hacía el chiste de estar predestinada al negocio por el apellido, cosa que ella lucía con gracia en un cartel enorme que le enmarcaba las margaritas, los claveles, las rosas y los gladiolos: FLORES DE RAMOS. Él ya era el agente de seguros con más facturación de su sucursal, y se conocieron porque le hizo un seguro de decesos para el que había insistido mucho una prima de Adela. Solo tenían diecinueve años, pero la guerra, que a fin de cuentas no les quedaba tan lejos, había convencido a las mujeres de esa generación de la inminencia de la muerte, convirtiéndolas en un poco temerarias y un poco tristes a pesar de la alegría con la que vestían faldas de tubo estampadas con botas altas y lucían pintalabios y pintaúñas rojos. Así que una mañana, Adela le pidió a la carnicera de al lado que echase un ojo a su puesto y se fue a la sucursal de seguros, donde la esperaba Félix. Se enamoraron y se casaron.

Eso es lo que le contaban a Helena, como si las historias de amor que terminan en boda fueran siempre así de simples. Pero nunca logró saber más de aquella época en la que sus padres se conocieron, a pesar de que preguntó y preguntó, tanto a él como a ella, sin que le contasen más que detalles irrelevantes. El vestido de novia copiado de una revista del corazón, la cena de pedida con unos abuelos a los que Helena ya no conoció, los encuentros en el cine del barrio. De niña pensaba que sus padres se habían casado por casualidad y que en realidad no estaban enamorados, sino que habían tenido una especie de relación interesada, una empresa sentimental donde convenía juntar flores con seguros.

Por eso cuando a Adela le dio el infarto y Helena se quedó sola, pensó que su padre, en realidad, había sentido un alivio enorme al librarse de aquella mujer a la que no quería. Aprovechó ese sentimiento para apartar la tristeza inmensa que la invadía cuando pensaba que ya nunca más volvería a ver a su madre. Y pronto empezó a recordarla como aquella señora de la foto del salón.

 

Antes, el trabajo servía para no pensar, pero parece que, cuanto más triunfa Helena, menos le sirve el éxito. Solo gana dinero. Escribe en el periódico de mayor prestigio. En la vitrina de su despacho (tiene despacho desde hace tiempo), están los dos o tres premios más relevantes de periodismo del país. El director le consulta la línea informativa sobre los casos importantes y tiene un horario decente que modifica a su antojo si le hace falta. Hoy, como todos los días, mientras se maquilla delante del espejo del baño y se pregunta para qué quiere ahora dos lavabos, se repite todo eso para convencerse de que tiene el mejor trabajo del mundo.

Como si fuera una de esas estudiantes de Periodismo a las que da lecciones cuando la invitan a algún máster. Helena Sánchez siempre es esa periodista apasionada y vocacional que recuerda cómo era cuando, de estudiante, tuvo clarísimo que quería ser periodista. Para contar la verdad. Para informar. Para dar voz a los que no la tienen. Pero cualquier día, se le cruza un cable, entra en ese Máster de Comunicación en el que imparte un par de clases todos los años, les grita que toda esa sarta de tópicos es una patraña inventada por los directores de los medios para que los periodistas piensen que merece la pena estar esclavizados, y se larga.

Claro que Helena no es así. Ella ya está en una dimensión en la que esas licencias son imposibles.

Y en el fondo, también por las mañanas, frente al espejo, escudriña en su interior dónde se ha quedado aquella muchacha que creía profundamente en eso que les cuenta en la universidad, a ver si ella misma vuelve a creérselo como entonces. No puede ser que esta Helena Sánchez haya matado a aquella otra, que quizá se parecía más a su propia hija de lo que quiere reconocer. Su padre sí que se dio cuenta de cómo una nueva Helena iba estropeando a la vieja hasta aplastarla. Bien que la avisó, eso no se le puede reprochar. Pero, claro, se lo dijo como dice él las cosas. Como decía él las cosas.

Mira el reloj y apura el paso para ponerse los zapatos. Se recrea un instante en el contraste entre la suela roja y el zapato de piel negra. El tacón de ocho centímetros, fino. Hace doce años que Miguel le regaló por Reyes esos zapatos carísimos, y se los ha puesto muy poco, seguramente porque siempre los ha asociado al momento «nopuedomás». Ahora esas cosas empiezan a darle igual. El tiempo que pasa. El tiempo que no cura, pero sustituye cosas que importan por otras que importan más.

Se pone en pie sobre los zapatos y a la vez coge el teléfono buscando el número de la nueva becaria que tienen en la redacción. Es muy lista. A Helena le gusta. Va a ver si logra que se quede con un contrato de mierda cuando se le acabe la beca. También le gustaría que Amanda fuese un poco más como esa chica tan maja. Pero no lo es, y no hay nada que hacer, eso lo sabe.

Como no contesta, le deja un mensaje de voz. «Sandra, guapa, soy yo. Hazme un favor, anda. Avisa por ahí de que no me pasaré hasta después de comer, que tengo que ir al piso de mi padre después de la entrevista con el criminal. A ver si apaño con los del guardamuebles algo razonable. Puede ser una entrevista larga, depende, y luego tiro para allí. Llegaré a la redacción sobre las cuatro. Cualquier cosa, móvil, ¿vale?»

Cuando coge el taxi, deja de pensar en los secretos, en los dedos por la piel y en los doce años, y todo ese sitio en la imaginación se lo va ocupando la imagen del padre muerto en su ataúd. Baja la ventanilla para que el aire frío de la calle le dé en la cara, y logra llegar al Universal manteniendo a raya la amargura.

Fernando ya la espera dentro. Se para a observarlo desde fuera, intentando situar la historia que le ha contado en esa cabeza en la que, a simple vista, no se perciben las marcas de la cárcel. Helena siempre ha considerado que la cárcel debería notarse en los rostros. Facilitaría las cosas y ahuyentaría a los cobardes. No lo piensa por ella, por supuesto, sino por toda esa gente que cree que se va a contagiar de maldad, criminalidad o miseria, algo así, cada vez que se acerca a alguien que ha estado en prisión. No es su caso. Alguna de sus mejores historias ha arrancado en un centro penitenciario.

Le tiemblan las manos al saludarla, y a ella, por eso, le vuelve la certeza de que no es más que un simple hombre mayor, como lo fue su padre, después de toda la vida siendo joven. Ya tiene un té encima de la mesa y la cucharilla hace un tintín amenazante cuando él se levanta para saludarla, moviendo todo lo que queda a la altura de su cintura. Helena opina que a él ya se le empieza a olvidar cómo comportarse en público, algo que piensa siempre que está con presos. ¿Como saludas a una periodista, le das dos besos? ¿La mano? ¿No haces nada? ¿La tuteas o no? ¿Cómo te comportas cuando tienes que verte en un café lleno de gente porque das miedo?

—Encantado de volver a verte.

—Mucho gusto. ¿Está tomando té? —Helena sonríe, por aquello de inspirarle cierta confianza—. Yo soy de café negro y cargado.

—A mí la cafeína me pone nervioso.

—Y la teína no.

—No, la teína no.

—Qué raro.

—Sí.

—Fernando, es importante que sepa que el hecho de acceder a este encuentro con usted no significa que vaya a publicar su historia.

—Ya lo sé. Pero tengo que intentarlo, ¿sabes?

El camarero llega, ella pide su café y saca el móvil, en el que teclea buscando una aplicación para registro de voz.

—No le importa que, además de tomar algunas notas, grabe la conversación, ¿verdad?

—No, claro que no. De hecho, si finalmente decides contar mi historia, me gustaría que lo que escribas fuera objetivo.

—¡Ah! ¡La objetividad! —Helena exagera con sorna—. Eso no existe, amigo.

Sonríen los dos. Hay algo en Fernando que le resulta familiar, una mirada que le inspira confianza. Además, no habla como otros tipos de la cárcel, sino con tiento y una corrección quizá forzada que a Helena le recuerda el discurso afectado de la gente de derechas de otra época, con el tono engolado de los locutores de los años cincuenta, como el que se le pone algunas veces a su exmarido en público. Le parece que es imposible que, en esa cara en la que sin ningún esfuerzo se percibe el dolor, haya un criminal como el que describen los sumarios que ha leído y las sentencias que lo condenan. Dejan en la mesa el café, le pone azúcar, lo remueve, le da un trago, y comienza.

—Vale, Fernando. Pues antes de preguntar yo, quiero que me cuente lo que quiere que sepa.

Fernando fija la mirada en la taza de té, aprieta los labios. Por un momento, a Helena le parece que va a decidir no abrir esa boca rodeada de surcos profundos y un indicio de barba dura, blanca y vieja que ha afeitado unas horas antes.

—Ya hace casi once años, ¿sabes? —No espera respuesta—. Pero para tener la condicional debería reconocer los hechos, y no pienso hacerlo. Porque no son ciertos.

Él también tiene su propio aniversario. Helena duda entre hacerle la pregunta en la que lleva días pensando y dejarlo seguir, pero le da la sensación de que él espera que diga algo.

—Cuénteme qué pasó —le dice ella mirándole un punto entre ceja y ceja para no tener que mirarlo a los ojos. Ha aprendido eso hace siglos y todavía le funciona.

—Ya sabes —sigue Fernando—, te enamoras, te casas, te divorcias y se te jode la vida.

—No toda la gente que se enamora, se casa y se divorcia acaba con una condena de quince años de cárcel.

—A lo mejor es que solo han tenido buena suerte.

Helena se queda pensando. ¿Ha tenido ella buena suerte? Todo el mundo piensa que sí. Todo el mundo piensa, en realidad, que el éxito es sinónimo de buena suerte. Nunca se ha visto a sí misma como una mujer con suerte, porque a ella también le han pasado cosas. No sabe si desgracias o infortunios, pero cosas. Situaciones tristes, por supuesto, casualidades desafortunadas. A menudo un azar asqueroso que amenazaba con mandar todo a tomar por saco. No hay caminos de rosas. A todo el mundo le pasan cosas de ese tipo y no van por ahí pidiendo entrevistas para recuperar el honor perdido. Es la vida. Punto.

Por un momento, siente el impulso de decirle a Fernando que ella no entrevista a gente que va de víctima, pero le parece fuerte soltarle eso a un tipo que emplea un par de horas de un permiso penitenciario de dos días para ir a contarle su historia porque, como le dijo por teléfono, necesita que se entienda que él no es capaz de hacer lo que mucha gente cree que ha hecho. Helena, por principios, pone siempre todas esas declaraciones de titular de prensa rosa entre paréntesis, pero Fernando tiene esa especie de franqueza. Cuando vuelve a prestarle atención, ya está en otra cosa.

—Tenía una novia que vivía por aquí, ¿sabes?

—¿Antes de su mujer? —le dice ella temiendo que se le note que se alegra de tenerlo todo grabado para recuperar sus lagunas de atención.

—¡No, claro! —Sonríe—. ¡Aquí no tengo vida antes de ella! No pongas esa cara. La conocí en un permiso. Era amiga de unos amigos. Los amigos que te duran después de entrar en la cárcel son los verdaderamente buenos, ¿sabes? Así que me la presentaron ellos. Vive en la calle de ahí atrás, y cuando estaba con ella venía bastante por aquí, pero nunca había entrado en este café hasta hoy.

Helena le sonríe. A fin de cuentas, incluso Fernando se enamora otra vez si hace falta. Incluso Fernando puede enamorarse de alguien. Nunca falta un roto para un descosido, decía siempre su padre.

—Pero ya no sigue con ella...

—La quería bastante —«bastante»: la palabra se le queda enganchada en la grabadora—, pero la dejé. Tenía, o tiene, mejor dicho, un hijo drogadicto. Yo no quiero líos ni historias raras.

—Le basta con lo suyo.

—Lo mío no es una historia rara. La droga es una mierda.

Ella sabe la mierda que es la droga, pero no es por ahí por donde quiere que vaya la conversación. No ha quedado con él para que le cuente la enésima historia de tráfico de drogas en los centros penitenciarios, ni la vida injusta de los que viven condenados y que solo tienen la droga para mirar la condena con un poco de condescendencia.

 

La vida de Helena se dividió en antes y después a partir del día en que Amanda desapareció al salir del instituto.

Llovía a cántaros, y esa mañana habían discutido porque Amanda había dejado el esmalte de uñas abierto encima de la mesa junto al ordenador, así que la policía decidió que Helena tenía la culpa, que Miguel no tenía nada que ver, y que su hija ya volvería.

—¿Toma drogas? —le preguntó el agente.

Helena y Miguel siempre habían entendido que las drogas eran inevitables. Ellos mismos recordaban sus mejores noches de sexo con drogas, con alcohol y sin rock and roll. Ellos escuchaban más bien a Víctor Jara, a Serrat y a Silvio, a Milanés, incluso a Sabina. Tenían esas contradicciones. Abrían una botella de vino y usaban cocaína a modo de lubricante. Podían pasarse así noches enteras, una vez tras otra, y Helena se acordaría después de aquellas sensaciones excitantes con mucha nostalgia de la juventud insultante, de cuando salían de las reuniones del sindicato de estudiantes y se metían en su habitación, con la música altísima para que sus compañeras no los oyesen. Nada de lo que llegó después fue igual, quizá porque cuando Miguel pensó que tenía que ser un señor responsable, decidió que las drogas no entraban en casa y que él pasaba de arriesgarse a que lo trincaran por meterse donde no debía para comprarlas. Él era un tipo respetable, le decía a Helena, lo de hacerse los hippies estaba bien para el sindicato, pero cuando uno ya era médico y tenía una hija, había que repensarse muchas cosas. Y se acabó aquella bonita diversión sin que ella supiera muy bien por qué de repente tenía tanto de malo.

¿Y Amanda tomaba drogas?

A pesar de que le costaba imaginar a su hija en aquellas situaciones lascivas y electrizantes en las que se recordaba a sí misma con Miguel, tampoco era Helena una de esas madres ingenuas que pensaban que sus hijas nunca serían como ellas, así que le dijo al policía, rotundamente: «Sí». Miguel la miró con cierta cara de pánico, pero insistió. «Por supuesto que toma drogas: tiene dieciséis años, y ya la ve en las fotos... ¿Cree que esos cuatro tatuajes, los ocho piercings (que se ven) en orejas, cejas y lengua, esa nuca rapada, las uñas negras y las rastas son las cosas que se ponen las niñas de misa diaria que solo beben zumos de piña?» Claro que tomaba drogas. Pero ¿qué tenía que ver eso con llevar un día entero sin saber nada de su hija?

Cuando salieron de la comisaría, a Helena le cayó encima de golpe toda la culpa que había logrado mantener a raya las últimas veinticuatro horas, mientras la buscaba en todos los antros posibles, le enviaba mensajes que el móvil apagado de Amanda decía no recibir, llamaba a todas las amigas de su hija, avisaba a todos sus profesores, montaba guardia a la puerta del instituto y revisaba su cuarto de arriba abajo. Entretanto, Miguel había ido a los hospitales, a las plazas donde se reunían los vagos, los borrachos y los indigentes, a las ferias de artesanía donde chicas como Amanda vendían cosas de cuero y collares de cuentas.

Pero, sobre todo, mientras pasaban esas veinticuatro horas de angustia y discusiones, Helena leyó en el diario de Amanda aquellas páginas escritas con su letra pequeña de niña responsable que podría beber solo zumos de piña, y con la tinta violeta con la que le gustaba dejar fijadas las cosas importantes, las cosas relacionadas con lo que veía y lo que sentía, como los primeros amores en las semanas alrededor del día en que cumplió catorce años, las decepciones de amigos, la impotencia ante determinados acordes de guitarra que quería practicar, o la frustración de un suspenso. Leyó también el proceso por el que se fueron distanciando en palabras en las que predominaba el no entender a mamá. Y, sobre todo, leyó una mañana de no hacía mucho tiempo que Amanda había abortado.

Sin pensárselo dos veces, cogió el abrigo y el bolso, bajó corriendo a la calle y se subió en el primer taxi que pasó. Al llegar a casa de su padre, ni siquiera lo saludó.

—Dime dónde está Amanda.

Evidentemente, el tono de voz logró que Félix supiese que la pregunta venía cargada de angustia y no de rabia, aunque Helena pretendiese lo contrario.

—No lo sé. Aquí no, ya me gustaría.

—Pues dime lo que sepas.

—¿Qué puedo saber yo que pueda ayudar a encontrar a una chica de dieciséis años?

—Pues podrías empezar por decir que te la llevaste a abortar hace veinte días. —Se aceleraba—. ¡Papá, por Dios! Llevamos más de un día sin saber de ella. Se la ha tragado la tierra. ¿Y tú creías que ese dato no era importante?

Seguramente Félix, que siempre había sido de natural inquisitivo, se preguntaba en aquel momento cómo era posible que Helena supiese aquel secreto tan enorme entre él y su nieta, pero decidió que ya preguntaría eso más adelante, quizá cuando apareciese la niña. Cogió del brazo a su hija, la condujo con cariño al sofá en el que tantas veces habían visto las películas de los jueves por la noche, y la miró a los ojos. Estaba desencajada y ojerosa.

—Deberías llorar, Helena.

—Ya estás tú con tus misticismos.

—Yo llevo sin saber nada de Amanda cuatro días, ya te lo he dicho esta mañana cuando me has llamado —dice, pensando bien las palabras—. Después de aquello, he hablado con ella todos los días para saber cómo estaba. Se ha recuperado en tiempo récord, y no parecía importarle demasiado pasar por eso. Solo quería librarse cuanto antes. —Calló un momento y apartó los ojos hacia la ventana—. Y que tú no lo supieras.

—No lo entiendo. Yo no soy de esa clase de madres. —Helena también fijó la mirada en el cristal—. A veces pienso que, justamente por eso, ahora Amanda es como es.

—Todos somos esa clase de madres, Helena.

—No sé en qué momento ha dejado de contarme las cosas. Por lo que he leído en su diario —ahí lo tenía Félix: el diario—, ya no la conozco. Y ella a mí, por lo visto, tampoco.

—Ya volverá. No puede ir muy lejos.

—¿Y el chico?

—¿No figuraba en el diario?

—No.

—Eso sí que no te lo puedo decir.

—Papá, voy a tener que ir a la policía a contar todo esto. Es mejor que me lo digas a mí.

Pero Félix negó con la cabeza y, si es que lo sabía, nunca dijo quién había dejado embarazada por primera vez a su nieta, esa que solo hacía dos años que tenía la regla, la misma que se ponía botas militares y medias rotas y que era una tía dura que, como cualquiera, en fin, también guardaba secretos horribles.

De repente, sonó el teléfono, se revolvió, buscó nerviosa en el bolso, y se puso pálida cuando leyó en la pantalla el nombre de su hija. «Ya estoy en casa», dijo, y colgó. Helena todavía se quedó unos segundos así, con el móvil al oído y el bolso en las piernas. Allí, en el sofá de las películas de los jueves, con Félix entendiendo a su lado que, a pesar de las apariencias, aquella pesadilla no terminaría tan rápido. Una lágrima se le fue cayendo desde el ojo derecho y se coló entre unos labios apretados que ya se le habían despintado, seguramente cuando leía el diario y se los mordía para ahogar la sorpresa mientras se pasaba continuamente las manos por la boca. Después de esa lágrima llegaron más, todas ante la mirada inquisitiva de Félix que, a lo mejor, en realidad, era solo una mirada compasiva que Helena nunca acabaría de entender.

Después de eso, Amanda desapareció muchas veces más.

 

Helena le da un sorbo al café mientras decide por dónde continuar esta conversación en la que parece que Fernando busca una terapia, quizá un lavado de conciencia o un sueño de inocencia. Necesita reconducirla hacia el meollo del asunto porque no quiere que se entretenga en su propio victimismo de condenado, objeto de todas las injusticias.

Lo observa para memorizar una foto de este momento que sabe que le servirá como punto de partida para el reportaje, para la historia según la cuente, si es que la cuenta. Pero una vez más, solo ve una opción contemporánea y empobrecida de quien imagina que podría haber sido su propio padre. Alguien cuyas corbatas han dejado paso a un jersey verde y gastado de hipermercado con una camisa debajo a la que, sin duda, solo le ha planchado puños y cuello. Los mocasines marrones de goma que se nota que no andan a la intemperie de las tormentas y la lluvia. Un reloj rayado en la mano izquierda que recuerda el pasado de alguien que fue libre, tuvo dinero y probablemente se vanagloriaba de votar a la derecha que pondría orden en un país que necesitaba empresas como la suya. Las uñas estriadas, que se notan lavadas a conciencia, quizá porque, según ha leído Helena en algún sitio, Fernando es el jardinero de la cárcel. Decide retomar la conversación por ahí.

—Ha dejado bonito el patio del módulo —dice poniendo una sonrisa que se pretende cómplice.

—Ah, tenías que verlo ahora.

—He estado hace poco.

—Pues yo tenía una empresa, ¿sabes? Empezamos con un vivero, vendiendo plantas y flores a particulares y al por mayor. Se hizo enorme. —Se queda un momento pensando, evocando sin duda un tiempo mejor en el que quizá fue feliz—. Hemos ganado mucho dinero. Nos iba muy bien. —Sorbo de té—. Siempre me han gustado las plantas y las flores, ¿sabes? Las flores de todos los colores le alegran a uno la vida. Y eso: que yo tenía aquello, y me iba muy bien. Lo montamos al volver de Alemania. Ah, en Alemania sí que se vive bien, pero no soportaba el frío. A Clara la conocí allí, pero ella ya era alemana. Hija de emigrantes. Decidimos venirnos otra vez para aquí, porque no íbamos a criar hijos en un país tan frío, así que nos atrevimos a montar el negocio. —Hace un gesto de asco en el intervalo de un breve silencio—. Gananciales, ¿sabes?

A Fernando le cruza la cara una sombra, pero a ella le viene solo una imagen nostálgica de esa foto del salón en la que su madre, una Adela jovencísima, sonríe a la cámara rodeada de flores bajo el cartel de su puesto en el mercado. Félix contaba que lo que más le gustaba a Adela era hacer ramos de difuntos, y ella quería pensar que se lo decía para hacerla rabiar, que no le parecía normal que a una florista como su madre no le gustasen los ramos de novia. ¿Cuántos ramos de difunto haría la mujer de Fernando en aquellos tiempos felices cuando los dos tenían un negocio próspero? ¿Cuántas fotos de niñas rodeadas de flores habría en la casa de Fernando? ¿Pensará él todas las noches en esos retratos enmarcados con caritas inocentes de sus hijos en un paraíso verde donde casi nadie piensa, nunca, que la vida puede torcérsete así?

—Les fue bien, entonces.

—Nos fue muy bien, ya te digo. Y después ella se quedó con todo.

—¿Cuántos hijos han tenido?

—Tres. Todas hijas. Tres niñas rubias.

—Cuénteme.

Helena sabe que Fernando quiere y no quiere contar, pero también sabe que ahí está la raíz de la verdad, del lugar donde a ella le entran las dudas cuando conoce su historia, el lugar donde radica el interés para él, para ella, para las personas que podrían leer lo que ella escriba, si es que lo escribe. Quiere sentir cómo lo cuenta, mirarlo bien, escudriñarle los gestos y decidir cómo es la verdad de Fernando, o su explicación, o su arrepentimiento. «Un punto de vista, si es que es posible que haya puntos de vista en estas cosas —piensa Helena—. Esto sería un buen debate para el Máster de Comunicación. Venga, chicos, poned a funcionar el curso de ética periodística de una vez. A ver si sois capaces de tomar partido con una historia de estas características.» Y ahí empieza a pensar Helena que, a lo mejor, estos reportajes que hace últimamente son más propios de un taller de literatura de centro sociocultural que de máster. Puede que no haya tanta diferencia. Le gusta pensarlo así.

—El último abogado, hace cuatro años, ese que me dijo que todo mi proceso había sido una chapuza de principio a fin, también me recomendó reconocer los hechos para salir. Así, sin escrúpulos.

—Ese abogado, ¿por qué es distinto a los demás?

—Porque le pago más.

—¿Y de dónde saca el dinero?

—Hace tiempo, mi hermano pidió un crédito para eso y para pagarme la responsabilidad civil. —Los ojos se le ponen vidriosos, y ahoga el llanto con las manos—. No sé cómo voy a devolverle ese favor tan enorme. Ahora estamos algo distanciados...

—A ver, Fernando, que yo me aclare. Vamos a volver a los hechos. He leído la sentencia y no deja lugar a dudas. —Sigue sin atreverse a mirarlo—. ¿Usted se ve capaz de sostener ante la opinión pública que su mujer lo ha acusado de abusos sexuales a su hija para quedarse con todo en el divorcio?

—De agresión.

—¿Agresión sexual?

—Sí. La pena por abusos es de, aproximadamente, la mitad.

—Fernando, por Dios, ¿se da cuenta de que esa historia no se sostiene?

—Pero es la verdad, ¿sabes?

—Eso es lo que usted dice.

—Si me dejas que nos veamos otra vez, Helena, puedo traerte documentos de todo tipo. —Vuelve el nerviosismo de cuando se saludaron; a ella le parece evidente que no está bien, que arrastra una depresión y una culpa—. Puedo demostrártelo. Puedes ver las incoherencias en las declaraciones, los errores judiciales, las meteduras de pata de los abogados de oficio.

—Pero ¿no tenía tanto dinero? ¿Por qué no se ha pagado un abogado como Dios manda? Eso es lo que le va a preguntar el primer lector que cuelgue en Twitter el reportaje.

—Estaban mintiendo. Nunca creí que a un tipo que ha estudiado Derecho le fuera a resultar imposible desmontar una mentira así.

—Fernando, no es que yo no le crea. Eso da igual. Pero para que la historia salga de esta mesa de bar, tiene que ser verosímil, e incluso parecer justa.

—Y si yo soy así, ¿por qué solo con una hija? ¿Por qué no con las otras dos? ¿Qué tenía esa?

—Sí, ¿qué tenía esa?

Fernando está desesperando y se angustia. A Helena le parece evidente que está harto de responder a las mismas preguntas una y otra vez y de sorprenderse a sí mismo dudando de su propia versión porque ya son demasiados años allí dentro por un delito que él dice que no ha cometido. Y también se sorprende a sí misma con esa frase revoloteándole la imaginación: un delito que no ha cometido.

Hay algo en todo ese disparate que le resulta creíble, algo en el aire, en la actitud de Fernando, en la forma de mirar y en los gestos que hace con las manos tratando de aproximársele, como si le cogiese la mano imaginariamente. Quizá por eso Helena todavía se pone más a la defensiva, porque ella es una mujer, ella no puede asumir esa forma de pensar, no puede creer así por las buenas al primer violador que le llega contando que la víctima, su hija, nada menos, ha mentido para joderle la vida, y que su exmujer es una de esas harpías que destroza maridos para quedarse con todo en un divorcio. No es una de las mejores periodistas de la profesión para creerse de golpe esa sarta de gilipolleces machistas. Y, sin embargo, piensa que puede confiar en Fernando.

—Esa fue la única a la que su madre pudo manipular. —Calla un momento y suspira—. Encima, he tenido mala suerte con las juezas, todas mujeres, porque decidieron creerlas a ellas directamente, por feminismo, por víctimas fáciles, no te ofendas. Entonces era muy así todo, ¿sabes?; ahora, con el nuevo gobierno y los cambios en las leyes, los hombres tenemos otras opciones, ya me entiendes.

—No me parece muy inteligente por su parte vincular su caso con las políticas feministas del gobierno anterior...

—Pues no pienso reconocerlo. Prefiero matarme. De hecho, ya lo he intentado dos veces, pero fallé por idiota. Y la gente de mi pueblo me cree, ¿sabes?

—Entonces, ¿para qué me necesita a mí?

—Mira, Helena —se acaba el té de un sorbo—, a lo mejor no lo entiendes. Ya sé que es difícil de entender, pero cuando llevas diez años en la cárcel y has renunciado al tercer grado porque no estás dispuesto ni a engañarte a ti mismo con la posibilidad de que dé igual que tu historia sea verdad o mentira entras en bucle, ¿sabes? Todo es esa historia. Es una cuestión de dignidad. No puedo reconocerlo y salir ahí fuera para que los que sí creen en mí empiecen a dudar.

—A ver, a ver. Vamos por partes. Que me interese la historia no significa que me la crea, y eso, si me apura, es lo de menos. Para que su historia interese a alguien que no sea yo, tendría que lograr convencer a todo el mundo de que un par de juezas han sido engañadas por una mujer y que usted, que es un agresor sexual con condena en firme, es la víctima. Eso, solo para que yo decida contar la historia y mi periódico publicarla, a pesar de toda la sensibilización que hay por ahí básicamente con dos asuntos candentes que van a condicionar toda la lectura de su caso: los abusos de los curas a los alumnos de sus colegios y las violaciones en las que la gente culpa a las mujeres víctimas alegremente.

—Pero a través de un artículo podemos explicarnos.

—No. La gente no quiere explicaciones cuando coge un periódico. Ya sé que es injusto que le carguen a usted otros muertos de nuestra opinión pública, pero la cosa va así. Por no hablar de lo que tendría que aguantar yo por contar su historia. Pero lo peor no es eso, lo peor es que usted se cree que no hay mayor tortura que la cárcel. Pero no tiene ni idea de que mucho peor que eso es ser juzgado otra vez por auténticos desconocidos, por pirados, por resentidos, por aquellos que han sufrido abusos en la infancia, por otros violadores.

—Ya lo sé.

—No, le aseguro que no lo sabe. Si sale de permiso, ¡o libre!, después de que su foto aparezca en mi reportaje, va a echar de menos la protección de las cuatro paredes de la cárcel. Créame. Y total, nadie le va a devolver su vida anterior. Ni su dignidad.

—No me importa, ¿sabes?

 

Helena supo del poder absoluto del periodismo cuando se enfrentó a los fascistas de Ágora.

Podía haberlo aprendido antes, con aquel reportaje sobre las fábricas de celulosa que la puso en verdadero peligro; y pensándolo bien, lo cierto es que era posible ver una relación entre ambas cosas. Pero la lección enorme de la que solo es capaz ese periodismo que informa sobre la condición humana llegó en ese otro momento, cuando comprendió que el peligro no tenía nada que ver con su vida simple, sino con su mundo entero.

Y, aun así, ni siquiera en aquel momento consiguió odiar a su marido. Como siempre, intentó entenderlo, y casi lo logró.

Casi todo el mundo pensó que aquel reportaje había sido un gesto de rabia y de venganza por parte de Helena, que por algo era conocida por ser implacable y los suyos la veían como el brazo armado de la justicia social. Que a su hija le diera una paliza un grupo de nazis con la cabeza rapada, en principio, debería ser motivo suficiente para que le saliese de repente el instinto de loba, y así lo supo ver la gente que le premió tanto aquel trabajo. Pero ella, ya entonces, insistía en que aquello no era más que la punta de un iceberg en el que el hielo se cristalizaba con miedo y corrupción hedionda, esa propia de un país al que no le importaba ni llenar el monte de eucaliptos o la costa de asquerosas fábricas de celulosa, ni permitir que unos skins matasen a un negro en una batalla campal que solo tapaba una operación inmobiliaria que financiaría el fascismo más peligroso que se agazapaba en un partido político. Pero en realidad, nadie entendió la verdad última de sus palabras cuando Helena recogió su flamante Premio Nacional. Era mejor pensar en una madre protegiendo a su hija, incluso a las hijas de los demás, de la violencia oculta en el fútbol, en la marginación social, o en la vida alternativa de las personas que decidían vivir como Amanda.

Cuando escribió aquel reportaje, Helena sabía a la perfección que debería haberse enfrentado mucho antes a esa gente. Debería haber sido mucho más expeditiva cuando Miguel empezó a decir en casa aquella clase de sandeces que, como un día le dijo su amigo Carlos, director del periódico donde ella trabajaba, eran un peligro porque solo te dabas cuenta de que eran pura mierda cuando las repetías en tu cabeza dos o tres veces; y para ese momento, podría ser que de tanto repetírtelas ya te hubieras contagiado.

Pero Helena se resistió. A fin de cuentas, la gente tiene crisis. La gente cambia. La gente merece explorarse. Como los países. Y supuso que, cuando se separaron, Miguel iba a explorarse en lo sentimental, pero también en lo político. Tampoco iba ella a decirle con quién tenía que ir, y reconocía que el trabajo los había llevado a vivir mundos muy diferentes, por mucho que llegara a creer que lo vivido en los años de la universidad llevaría a Miguel a ser otra clase de médico y otra clase de persona.

Ver a Amanda así, destruida por completo, fue como ponerle a ella una inyección de dignidad. Se dio cuenta de que su familia no era más que un ejemplo mínimo de algo mucho más grande, y de que, si algo así pasaba en su casa, era que pasaba en muchos minúsculos lugares recónditos de su país. El cáncer había invadido un mundo que creía inmune a aquella podredumbre silenciosa que estaba haciendo ruido a través de Ágora cuando ya no podía hacerse nada. Solo se repetía una frase: «El entorno de mi marido casi mata a mi hija, y están logrando que parezca otra cosa».

No podía no investigarlo. No podía no escribirlo. Pero luego, todo pasó.

Un barullo, un premio, unos cuantos debates en las tertulias, algún libro, ciertos sociólogos. Y el silencio. Las heridas de Amanda se curaron, Miguel siguió con su vida y Helena pasó a otras cosas. El mundo entero pasó a otras cosas que parecían más urgentes. Incluso ella misma llegó a construir explicaciones que le permitieran no odiar definitivamente a su exmarido. Parecía que solo ella sentía aquel malestar leve, aquella certeza que únicamente se manifestaba como unas cosquillas tenues en el cerebro. De vez en cuando, ante la lectura de determinadas noticias, ante el tono en que discurría una tertulia, ante la memoria de las bambalinas de la historia que destapó con su reportaje sobre la ultraderecha, recordaba que nada de todo aquello había desaparecido realmente de su mundo. Había estado siempre ahí y siempre estaría, a través de Ágora. Ya lo había comprobado antes, cuando cayó en la cuenta de que había tenido el peligro en su cama, aunque los catres de motel tuvieran esa tendencia tan suya a hacer que una crea en esa mamarrachada del amor verdadero. También en aquella ocasión, tuvo la sensación de haber llegado tarde.

 

Cuando Helena se despide de Fernando, observa de reojo cómo se aleja hasta desaparecer en la calle entre la gente, calmado, como si no supiese muy bien adónde ir. Después de dos horas de conversación, todavía no tiene ni idea de cómo enfocar la historia, ni siquiera si procede dedicarle espacio o no. Ha sido sincera y le ha dicho que todavía se lo tenía que pensar, contrastar algunos datos, consultar fuentes jurídicas... Periodismo, en definitiva, le ha dicho con esa rimbombancia que suele asombrar solo a los que no leen la prensa.

El asunto no es publicar o no una entrevista con un criminal sexual de derechas. El asunto es tratar ese tema, cómo hacerlo y para qué. Y lo cierto es que Helena huye permanentemente de cuestionarse por qué le atrae la historia de Fernando. A lo mejor es la posibilidad de hablar de eso desde otro punto de vista, pensar desde el agresor y no desde la víctima para dar cuenta del asunto. Pero no tiene claro si esos agresores, esa escoria, añade en su imaginación, merecen tanta atención. No sabe si las víctimas deben leer unas historias que intentan olvidar mientras se aferran a la memoria de los hechos para entenderse mejor. No lo sabe. Por ahora, va a indagar un poco más. De momento hay poca historia y mucho problema en el enfoque. Aunque le parece mucho más interesante, estimulante e importante que los líos políticos de los que ella habla a todas horas en las tertulias. Quizá resuelva el asunto incluyendo la voz de la víctima. O la de su mujer.

Mientras sigue mirando a Fernando alejarse, no puede dejar de pensar en que arrastra una enorme losa a la espalda, tanto si es culpable como si no. Es un hombre triste y desesperado.

Pero un triste y un desesperado que ha violado a su hija. O puede que no. A lo mejor, efectivamente, no es más que alguien con muy mala suerte.

Cuando Fernando gira en la esquina, Helena sale de sus elucubraciones y saca el móvil para mirar la hora. Aprovecha para mandarle un mensaje de voz a Sandra, la becaria, al tiempo que levanta la otra mano para ver si aparece un taxi. «Querida, hazme un favor. A ver si logras saber la manera de contactar con estas dos personas: Clara Rei, que imagino que tiene un vivero, una floristería o algo así en algún barrio hacia el sur. Es el único dato que tengo. Prueba en Google. Y su hija, Ana Frade Rei. Ni idea de dónde está. También me vale cualquiera de las otras dos hermanas, pero no recuerdo cómo se llaman. Tú, discreción. Tiene que ver con la entrevista al criminal.» Sandra responde al momento: « imagen ». Siempre contesta con emoticonos. «Debe de ser generacional», piensa Helena con una sonrisa. Y aún se graba otra vez: «Y por algún sitio debe haber un hermano. Por lo visto le ha pagado la responsabilidad civil y los abogados. Apellidos: Frade Álvarez. No ayuda mucho, pero dale, a ver».

Parece que no hay taxis. Se asoma a la avenida y no divisa ninguna luz verde. Tampoco es que le importe, y casi prefiere pasear para que le dé el aire. Los tacones son un estorbo, pero echa a andar igualmente.

La casa de su padre no está muy lejos, y lo cierto es que no quiere ir. Lleva mucho tiempo no queriendo ir, pero esta vez se ha obligado citando allí a los del guardamuebles. Le parece el colmo de la sofisticación guardar los muebles de una casa y su memoria de los cuerpos, que pueden funcionar para que una persona viva los use. Pero sabe dolorosamente que los muebles son el menor de sus males. Que el problema, el verdadero problema, son las cosas. Los objetos. Y las gotitas de memoria pegadas a ellos como lapas.

Dos horas escuchando la versión de un abusador exigen un espacio abierto. No: la versión de un violador. Helena siempre piensa que el periodismo tiene algo de policial y de criminológico, que quien se dedica a eso tiene que bregarse en saber dejar a un lado escrúpulos, aguantarse las ganas de vomitar, o saber ir a vomitar a una esquina disimuladamente. Sobre todo, si eres mujer. Además, ella ha aprendido a no llorar. Bueno, eso lo aprendió muy pronto, cuando su padre le dijo y le repitió mil veces que llorar es de niñas tontas.

 

Cuando Félix cobró el seguro de vida de su mujer, lo primero que le explicó a su hija fue que quería mudarse al mejor barrio. Eso dejó a Helena contrariada, pues de vez en cuando todavía pensaba en la inclusa y en la tuberculosis, incluso en la sífilis, que no sabía bien qué era, pero que asociaba con la pobreza y con las niñas abandonadas. Así que el día que llegó de la mano de su padre a aquel portal con espejos y mármoles, plantas tropicales y portero, le pareció que había algún secreto que no le habían contado, pero se acostumbró fácilmente a la cama nueva de su cuarto con balcón.

El criterio que a Félix le parecía fundamental para elegir dónde vivir —en un lugar que fuera céntrico— siempre fue la gran ventaja de aquel piso enorme que adoró hasta el momento último en que murió sentado en su sofá favorito. Para él fue amor a primera vista cuando, buscando en un plano el camino que tenían que seguir hasta llegar a la calle que venía escrita en el anuncio por palabras del periódico donde Helena acabaría trabajando muchos años después, vio el sol reflejarse en el cartel de SE VENDE, y rogó en su fuero interno que no fuese imposible de pagar con el dinero del seguro. Además, Félix había dejado su empleo para atender él mismo a su hija poco antes de la mudanza.

Unos días después, encontró aquel otro

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