El enigma Ferrante
Admiración, estupor e incredulidad se sumaron cuando, en 1991, apareció El amor molesto. ¿Quién era esa mujer —si es que era una mujer— que firmaba con el seudónimo Elena Ferrante, que mostraba en la solapa del libro una silueta anónima y como únicos datos «vivió mucho tiempo en Nápoles, actualmente reside en Grecia»?
Ya en esa primera novela su voz era firme, nítida, completa, una voz de cuya cerrada trama participan la atmósfera oprimente del policial negro americano, la gesticulación patética y cómica de los grandes personajes de Samuel Beckett, la angustiosa pregunta por la propia identidad de Virginia Woolf, y la confusa y a la vez decisiva acechanza de los fantasmas propia de Henry James. Una novela, El amor molesto, de la que era difícil definir el género: una mujer de unos cuarenta y cinco años que, ante la repentina y misteriosa muerte de su madre, emprende la reconstrucción de los hechos. Pero para saber cómo y por qué la madre murió ahogada, con un sujetador de lencería fina por única vestimenta (ella, que había sido toda su vida una humilde costurera de Nápoles), Delia, su hija, debe revivir toda la vida de la madre —y su propia infancia—, la sordidez, la violencia, las mentiras, los deseos sofocados, las risas de angustia, los engaños acaso solo imaginados, pero castigados como si fueran ciertos, la arqueología de la propia culpa. El amor molesto era una investigación, en todas las direcciones y sentidos: se trataba de dirimir las circunstancias de una muerte, y a la vez se averiguaba la forma de narrar una vida, de encontrar un sentido al laberinto de un destino familiar y de una inflexión femenina de la historia contemporánea: el juego de espejos entre la madre napolitana, sometida a los golpes de un machismo ancestral, y la hija emancipada en Roma, volviendo vertiginosamente hacia ese origen del que siempre quiso apartarse.
Muchos pensaron entonces que aquello debía de ser un golpe de inspiración, que no podía repetirse. Pero, a la vez, era difícil pensar que ese torbellino narrativo, esas doscientas cincuenta páginas trepidantes sin una sola línea de desaliento, fueran producto de la casualidad. La novela no solo impactaba por su atmósfera de asfixia física y moral; era además un excepcional montaje de técnica narrativa, nacido de una escritura que sabía usar las herramientas más eficaces en cada ocasión, en cada pasaje. La novela ganó varios premios de primer nivel en Italia, entre ellos el Oplonti y el Elsa Morante. Nadie acudió a recibirlos. Las traducciones y las ediciones se sucedieron en cascada. La identidad de la autora —mejor dicho, su ausencia de identidad— siguió intacta.
Once años más tarde llegó Los días del abandono (2002), menos hermética aunque igualmente oscura y contundente; una peripecia de desamor, soledad y desesperación sin una sola gota de sentimentalismo, sin una página innecesaria: la admiración y el estupor del público y la crítica volvieron a repetirse, reforzados. El único dato añadido a la biografía en solapa, decía que la autora ya no vivía en Grecia, sino en Turín, ciudad en la que se desarrolla esta novela. En Internet empezaron a surgir toda clase de conjeturas acerca de quién era realmente Elena Ferrante. Ninguna de ellas, sin embargo, resultó irrefutable. La identidad de la autora sigue siendo hoy un misterio, a pesar de que desde entonces aparecieron dos libros más: un volumen de artículos y escritos diversos titulado La frantumaglia (2003) y una tercera novela, que aparece por primera vez en castellano en el presente volumen, La hija oscura (2006).
Los títulos de Ferrante siempre van más allá de lo obvio: Los días del abandono, por ejemplo, menciona el durísimo período que atraviesa Olga después de que Mario, su marido durante quince años, la deja de un día para otro, con sus dos hijos de siete y diez años, para largarse con una jovencita. La hija oscura se refiere a Elena, la niña a la que Leda —narradora y protagonista de la novela— observa con incontenible curiosidad durante unas vacaciones solitarias en una playa del sur de Italia. Pero el «abandono» del primer título alude también a la degradación en caída libre a la que Olga se somete, por angustia, por rabia, por desorientación: un abandono de sí misma, casi una separación de sí misma, que la hará atravesar infiernos inesperados cuando su ordenada y serena vida familiar ya parecía fijada para siempre en el espacio y el tiempo. En cierto modo, el viaje inmóvil de la Olga de Los días del abandono es una reelaboración del viaje en busca de sus raíces de Delia en El amor molesto. Del mismo modo que la propia Leda de La hija oscura es ella misma una «hija oscura», cuya madre napolitana —con todo el peso que ese origen y esa educación comporta para una mujer— está muy presente en la memoria de la narradora. Y están además sus propias hijas, figuras borrosas pero exigentes, que se mueven como dos manchas inquietantes en el trasfondo del relato.
Podría pensarse que estos segundos —o sucesivos— significados de los títulos son un mero juego interpretativo. Sin embargo, estas novelas encuentran buena parte de su fuerza en lo no dicho, en lo insinuado y callado, en lo olvidado o quizá escondido que vuelve y ya no puede ignorarse. Por eso provocan a quien lee, porque no permiten tomar distancia, y no podemos disfrutar de ellas como de una ficción más o menos ingeniosa y bien construida que se mira desde un afuera. El lector de Ferrante está en vilo, sorprendido, conmovido, a veces tentado por la risa y en otras ocasiones seriamente disgustado con el comportamiento de sus protagonistas.
En efecto, uno de los ejercicios más difíciles a los que Ferrante se somete como narradora —y de los que sale ostentosamente victoriosa— es el de enfrentarnos a protagonistas que no son de una pieza, que no se conocen del todo a sí mismas, que no están hechas y cerradas para siempre; a veces incluso tenemos sospechas sobre su estabilidad mental —la emocional la van perdiendo por completo a lo largo del relato— y, por tanto, no sabemos si lo que cuentan es enteramente cierto.
En El amor molesto, Delia reconstruye minuciosamente los golpes de su padre a su madre, la manera sumisa en que su madre los aceptaba sin defenderse, como si fuera culpable de algo; pero después sabremos que quizá fue la propia Delia la que la acusó falsamente, frente a su padre, de tener un amante. En Los días del abandono, ¿llega Olga de verdad a atacar en pleno centro de Turín a su ex marido Mario y a Carla, su amante, cuando se los encuentra por casualidad en una tórrida tarde de agosto o el hecho solo es el producto de su enfebrecida fantasía? ¿Y cómo solidarizarnos con la narradora de La hija oscura cuando, sin motivo aparente, esconde en su apartamento la muñeca que la pequeña Elena ha olvidado en la playa, provocando durante días y días el desconsuelo de la niña y la desesperación de Nina, su madre, a quien sin embargo Leda pretende defender del círculo hostil, férreo y amenazador que la familia de su marido traza a su alrededor, casi como un secuestro vitalicio?
Ferrante nos muestra, para nuestro desasosiego, nuevos modelos de representación de la figura femenina en la novela. Tomemos a Ana Karenina, referencia explícita de Los días del abandono, personaje con el que Olga se identifica (reproduce en su diario las preguntas que Ana se hace justo antes de ir hacia la muerte voluntaria: «¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué?»). Puesto que Ferrante es una escritora que no da pistas gratuitas, algo hace pensar que, mas allá del derrumbamiento de Ana Karenina, la mención a esta novela tiene —como dijimos para los títulos— otros sentidos. Ana Karenina forma parte de la serie de novelas de adulterio, junto con otra de las cumbres del siglo XIX, Madame Bovary. Emma y Ana son víctimas del prejuicio de una sociedad burguesa que considera el adulterio —solo el femenino, claro— un pecado imperdonable. Pero para una mujer de finales del siglo XX lo escandaloso es casi lo contrario: Olga, abandonada por su marido, está obligada a buscarse un amante y renuncia a ello. La única aventura que tiene a lo largo de Los días del abandono es el encuentro sexual con su vecino Carraco, por rabia y por despecho hacia su marido. Es una de las escenas de sexo más cómicas, patéticas, angustiosas e inteligentes que haya dado la narrativa europea en muchos años: se diría casi que es una aventura a la italiana, en el sentido cinematográfico, tragicómico, grotesco. Lo mismo puede decirse de la tarde que Olga pasa encerrada en su casa —la cerradura no funciona, el teléfono móvil ha sido destrozado en un ataque de ira y la línea de teléfono fija no devuelve más que ruido y voces lejanas— con su hijo enfermo y su perro agonizante: cómica y angustiosa a partes iguales —a partes que se necesitan entre sí para crear su poderoso efecto—. Olga está tan lejos de Ana Karenina como de La mujer rota que leía en su adolescencia. Treinta y cinco años separan el libro de Simone de Beauvoir del de Ferrante: Delia, Olga, Leda tienen toda la libertad y están obligadas a ser felices, a dar un sentido a su vida profesional, sexual, familiar. Pero carecen de modelos y la desorientación amenaza con volverse el raíl de sus destinos.
Lo escandaloso hoy ya no son las infidelidades, las aventuras, las fantasías. Lo inquietante es la revelación de que la felicidad es un estado que puede interrumpirse, que no hay buenos sentimientos sin cara oscura, que hasta los vínculos familiares —principalmente los vínculos familiares— están tejidos de identidad y diferencia, de dulzura fundida en hostilidad. Por ejemplo, las hijas de Leda en La hija oscura, llenas de celos y envidias por quién tiene mejor cabello o unos pechos más bonitos: recelos entre hermanas que, obviamente, recaen sobre la madre, por haberlas hecho así y no de otra manera. Reclamo injusto por improcedente, dado que una madre no delibera —al menos por ahora— cuál de sus hijas será la más hermosa o mejor preparada para la vida. Pero en eso consiste precisamente el vínculo tal como se formula en las novelas de Ferrante: como la culpa improcedente y condenatoria, una culpa imposible de remunerar y que, por eso mismo, nunca acaba de pagarse. La culpa de la inestabilidad y la infelicidad en una sociedad en la que la angustia se ha vuelto el verdadero escándalo, aquello que —como el adulterio en las grandes novelas del XIX— no debe ser mostrado, pues despierta en los demás fantasmas inquietantes.
La filiación es uno de los ejes de las ficciones de Ferrante. Las protagonistas de El amor molesto, Los días del abandono y La hija oscura tienen en común el provenir del sur de Italia, de Nápoles, y el haberse marchado, en edad universitaria, a grandes ciudades del país, Roma, Turín y Florencia respectivamente. Piensan, todas ellas, obsesivamente en sus madres, a las que siguen unidas por un vínculo que se ha vuelto parte de su propio ser y del que no pueden desprenderse. Delia es dibujante de tebeos; Leda es profesora universitaria de literatura inglesa; Olga se ha dedicado a criar a sus hijos y cuidar a su marido —él no quería que ella trabajase—, pero es una mujer culta, que incluso ha publicado un libro y, durante sus «días del abandono», toma apuntes para una novela. Las tres son mujeres de hoy que llevan consigo ese mundo ancestral, católico (en el peor sentido del término), hecho de chismes y bisbiseos, de prejuicios y crueldades, de violencia sorda pero también de una fuerte, verdadera y sólida cultura popular que ya no existe en el ámbito europeo y cosmopolita del norte de la península. Sin embargo, sería un error considerar que el drama de los personajes femeninos de Ferrante consiste en el desgarro entre esos dos ámbitos: su angustia proviene, más bien, de la conmistión de la que están hechas y de la que, por tanto, no podrán deshacerse. De eso que la autora llama, utilizando precisamente un término del dialecto napolitano, la frantumaglia.
En las novelas de Ferrante —de modo muy visible en El amor molesto— la dicotomía dialecto/italiano adquiere un sentido fuerte, no solo en la construcción del imaginario del país —lo soez, lo obsceno e insultante se expresa en el dialecto, que sale de las vísceras; lo conveniente, sereno y razonable se dice en italiano, que habla desde la razón—, sino también en el de las mujeres protagonistas. La frantumaglia[1] es el título que Ferrante eligió para reunir textos de diversa
índole —cartas en su mayoría, varias de ellas destinadas a atajar las demandas de entrevistas, todas referidas a sus novelas y a su posición como escritora—. Cartas que, dicho sea de paso, alimentaron nuevamente las conjeturas acerca de quién se esconde detrás del seudónimo Elena Ferrante. En una de esas cartas Ferrante contesta a dos periodistas que le envían un cuestionario:
Ustedes me preguntan acerca del dolor en mis dos libros.[2] Hasta formulan una hipótesis. Dicen que el sufrimiento de Delia en El amor molesto y de Olga en Los días del abandono derivaría de la necesidad de ajustar cuentas, aun siendo mujeres de hoy, con sus propios orígenes, con modelos femeninos arcaicos, con mitos de matriz mediterránea todavía activos dentro de ellas. Puede ser, tendría que pensarlo, pero para ello no puedo partir del léxico que ustedes proponen: «origen» es un término demasiado cargado; y la adjetivación que ustedes usan («arcaico», «mediterráneo») tiene un eco que me desconcierta. Prefiero, si me lo permiten, pensar en una palabra de dolor que me viene de la infancia y que me ha acompañado en la escritura de ambos libros.
Mi madre me ha dejado un término de su dialecto que usaba para decir cómo se sentía cuando era arrastrada en direcciones opuestas por impresiones contradictorias que la herían. Decía que tenía adentro una frantumaglia. La frantumaglia la deprimía. […] Era la palabra para un malestar que no podía definirse de otro modo, que se refería a una multitud de cosas heterogéneas en la cabeza, detritos en el agua limosa del cerebro. La frantumaglia era misteriosa, causaba actos misteriosos, era el origen de todos los sufrimientos no atribuibles a una única razón evidente. […]
La frantumaglia es un pasaje inestable, una masa aérea o acuática de escorias infinitas que se muestra al yo, brutalmente, como su verdadera y única interioridad. La frantumaglia es el depósito del tiempo sin el orden de una historia, de un relato. La frantumaglia es el efecto del sentido de pérdida, cuando se tiene la certeza de que todo aquello que nos parece estable, duradero, un anclaje para nuestra vida, va a sumarse de pronto a ese paisaje de detritos que nos parece entrever.
Esta frantumaglia —el verbo italiano frantumare significa «triturar», «moler», «hacer trizas»— está íntimamente relacionada con todas las mujeres que habitan las casas de Ferrante, porque sus personajes no son la materialización de una idea, no encarnan fácilmente una hipótesis. Al revés, son auténticos personajes redondos, con el espesor y la sensibilidad, el brillo y la oscuridad de los (contados) grandes personajes de ficción de nuestro tiempo.
Ahora, por primera vez en España y en Europa, las mujeres de Ferrante van a convivir en estas Crónicas del desamor para que su dolor austero, su locura honda y discreta a la vez, tenga por fin el orden de una historia, de un relato, ese orden que recompone la frantumaglia, para dejarnos solos pero enteros frente a lo que aún nos queda por vivir.
EDGARDO DOBRY
El amor molesto
A mi madre
1
Mi madre se ahogó la noche del 23 de mayo, día de mi cumpleaños, en el trecho de mar frente a la localidad que llaman Spaccavento, a pocos kilómetros de Minturno. Justamente en esa zona, a finales de los años cincuenta, cuando mi padre todavía vivía con nosotras, en verano alquilábamos un cuarto en una casa de campesinos y pasábamos el mes de julio durmiendo cinco en unos pocos metros cuadrados mareados de calor. Todas las mañanas las chicas tomábamos un huevo fresco, cortábamos hacia el mar entre cañas altas por caminos de tierra y arena e íbamos a bañarnos. La noche que murió mi madre la propietaria de aquella casa, que se llamaba Rosa y ya tenía más de setenta años, oyó llamar a la puerta pero no abrió por miedo a los ladrones y asesinos.
Mi madre había tomado el tren para Roma dos días antes, el 21 de mayo, pero nunca llegó. En la última época venía a pasar unos días conmigo por lo menos una vez al mes. No estaba contenta de tenerla en casa. Se despertaba al alba y, según su costumbre, limpiaba de arriba abajo la cocina y la sala de estar. Trataba de volver a dormirme, pero no lo lograba: rígida entre las sábanas, tenía la impresión de que con su ajetreo transformaba mi cuerpo en el de una niña con arrugas. Cuando llegaba con el café, me acurrucaba a un lado para que no me rozara al sentarse en el borde de la cama. Su sociabilidad me fastidiaba: salía a hacer la compra y se familiarizaba con los comerciantes con los que yo, en diez años, no había cambiado más de dos palabras; iba a pasear por la ciudad con sus conocidos ocasionales; se hacía amiga de mis amigos, a los que les contaba las historias de su vida, siempre las mismas. Con ella yo solo sabía ser contenida y poco sincera.
Se volvía a Nápoles a mi primera muestra de impaciencia. Recogía sus cosas, daba un último repaso a la casa y prometía volver pronto. Yo andaba por las habitaciones reacomodando según mi gusto todo lo que ella había acomodado según el suyo. Volvía a poner el salero en el compartimiento donde lo tenía desde hacía años, devolvía el detergente al lugar que siempre me había parecido conveniente, deshacía su orden en mis cajones, devolvía el caos al cuarto donde trabajaba. También el olor de su presencia —un perfume que dejaba en la casa una sensación de inquietud—, al cabo de poco tiempo pasaba, como en verano el olor de una lluvia de breve duración.
A menudo sucedía que perdía el tren. En general, llegaba con el siguiente o directamente un día después, pero yo no lograba acostumbrarme y me volvía a preocupar. Le telefoneaba ansiosa. Cuando finalmente oía su voz, le reprochaba con cierta dureza: «¿Cómo es que no has cogido el tren, por qué no me has avisado?». Ella se justificaba sin demasiado interés, preguntándose divertida qué me imaginaba que podía sucederle a su edad. «Todo», le contestaba. Siempre imaginaba una trama de acechanzas tejida a propósito para hacerla desaparecer del mundo. Cuando era pequeña pasaba el tiempo de sus ausencias esperándola en la cocina, tras los cristales de la ventana. Anhelaba que reapareciera al fondo de la calle, como una figura en una esfera de cristal. Respiraba contra el cristal, empañándolo, para no ver la calle sin ella. Si tardaba, la ansiedad se hacía tan incontenible que se desbordaba en estremecimientos de mi cuerpo. Entonces escapaba a un desván sin ventanas y sin luz eléctrica, justo al lado del cuarto de ella y de mi padre. Cerraba la puerta y me quedaba en la oscuridad, llorando en silencio. Ese cuartito era un antídoto eficaz. Me inspiraba un terror que frenaba el ansia por la suerte de mi madre. En la oscuridad intensa, asfixiada por el DDT, era agredida por formas coloreadas que durante unos pocos segundos me lamían las pupilas y me dejaban sin aliento. «Cuando vuelvas, te mataré», pensaba, como si hubiera sido ella la que me hubiese encerrado allí. Luego, apenas sentía su voz en el corredor, me escurría fuera, deprisa, para ir a dar vueltas a su alrededor con indiferencia. Volví a acordarme de ese cuartito cuando me di cuenta de que había partido como de costumbre, pero nunca había llegado.
Por la noche recibí la primera llamada. Mi madre me dijo con tono tranquilo que no podía contarme nada: con ella estaba un hombre que se lo impedía. Luego se puso a reír y colgó. En un primer momento, prevaleció en mí el estupor. Pensé que quería bromear y me resigné a esperar una segunda llamada. En realidad, dejé pasar las horas en conjeturas, sentada inútilmente al lado del teléfono. Solo después de medianoche me dirigí a un amigo policía; fue muy amable: me dijo que no me inquietara, que él se ocuparía. Pero pasó la noche sin que se tuvieran noticias de mi madre. Lo único cierto era su partida: la viuda De Riso, una mujer sola de su misma edad, con quien desde hacía quince años alternaba períodos de buena vecindad con otros de enemistad, me dijo por teléfono que la había acompañado a la estación. Mientras hacía cola para sacar el billete, la viuda le había comprado una botella de agua mineral y una revista. El tren estaba lleno, pero de todos modos mi madre había encontrado un lugar al lado de la ventanilla en un compartimiento atestado de militares con permiso. Se habían despedido, recomendándose mutuamente tener cuidado. ¿Cómo iba vestida? Como de costumbre, con ropa que tenía desde hacía años: falda y chaqueta azul, un bolso de piel negra, zapatos viejos de medio tacón, una maleta gastada.
A las siete de la mañana mi madre llamó de nuevo. Aunque yo la acosé a preguntas («¿Dónde estás?» «¿Desde dónde llamas?» «¿Con quién estás?»), se limitó a soltarme en voz muy alta, desgranándolas con gusto, una serie de expresiones obscenas en dialecto. Luego colgó. Esas obscenidades me causaron una desordenada regresión. Volví a llamar a mi amigo y lo asombré con una confusa mezcla de italiano y de expresiones dialectales. Quería saber si mi madre estaba especialmente deprimida últimamente. Lo ignoraba. Admití que ya no estaba como antes, tranquila, pacíficamente divertida. Reía sin motivo, hablaba demasiado; pero las personas ancianas a menudo hacen eso. También mi amigo estuvo de acuerdo: era muy común que los viejos, con los primeros calores, hicieran cosas raras; no había que preocuparse. Yo, en cambio, seguí preocupándome, y recorrí de punta a punta la ciudad buscando sobre todo en aquellos lugares por donde sabía que le gustaba pasear.
La tercera llamada llegó a las diez de la noche. Mi madre habló confusamente de un hombre que la seguía para llevársela envuelta en una alfombra. Me pidió que corriera a ayudarla. Le supliqué que me dijera dónde estaba. Cambió de tono, y me contestó que era mejor que no. «Enciérrate, no abras a nadie», me pidió. Aquel hombre también quería hacerme daño a mí. Luego agregó: «Ve a dormir. Ahora voy a bañarme». No supe nada más.
Al día siguiente dos chicos vieron su cuerpo flotando a pocos metros de la orilla. Llevaba solo el sujetador. No se encontró la maleta. No se encontró el traje chaqueta azul. Tampoco se encontraron la ropa interior, las medias, los zapatos ni el bolso con los documentos. Pero tenía en el dedo el anillo de compromiso y la alianza. En las orejas llevaba unos pendientes que mi padre le había regalado medio siglo antes.
Vi el cuerpo, y frente a aquel objeto lívido sentí que tal vez debía aferrarme a él para no terminar quién sabe dónde. No había sido violada. Presentaba solo algunas equimosis, debidas a las olas, por otra parte suaves, que la habían empujado durante toda la noche contra algunos escollos a flor de agua. Me pareció que alrededor de los ojos tenía restos de un maquillaje que debía de haber sido muy marcado. Observé largamente, con desagrado, sus piernas oliváceas, extraordinariamente jóvenes para una mujer de sesenta y tres años. Con el mismo desagrado me di cuenta de que el sujetador estaba lejos de ser uno de aquellos gastados que acostumbraba a usar. Las copas eran de un encaje finamente trabajado y dejaban ver los pezones. Estaban unidas entre sí por tres V bordadas, marca de una tienda napolitana de costosa lencería femenina, la de las hermanas Vossi. Cuando me lo devolvieron, junto con sus pendientes y sus anillos, lo olfateé largamente. Tenía el olor penetrante de la tela nueva.
2
Durante el entierro me sorprendí pensando que, finalmente, ya no tenía la obligación de preocuparme por ella. Después advertí un flujo tibio y me sentí mojada entre las piernas.
Estaba a la cabeza del cortejo de parientes, amigos y conocidos. Mis dos hermanas se apretaban a mis lados. Sostenía a una del brazo porque temía que se desvaneciera. La otra se aferraba a mí como si los ojos, demasiado hinchados, le impidieran ver. Aquel flujo involuntario del cuerpo me espantó como la amenaza de un castigo. No había logrado verter una lágrima: no habían aflorado o tal vez no había querido que afloraran. Además, había sido la única en desperdiciar algunas palabras para justificar a mi padre, que no había mandado flores ni asistido al entierro. Mis hermanas no me habían ocultado su desaprobación y parecían empeñadas en demostrar públicamente que tenían lágrimas suficientes para llorar también las que ni yo ni mi padre vertíamos. Me sentía acusada. Cuando, durante un trecho, flanqueó el cortejo un hombre de color que llevaba al hombro ciertas pinturas montadas en un bastidor, la primera de las cuales (visible sobre su espalda) representaba toscamente a una gitana poco vestida, esperé que ni ellas ni los parientes se dieran cuenta. El autor de aquellos cuadros era mi padre. Tal vez en aquel momento estaba trabajando en sus telas. Seguía haciendo copia tras copia de aquella gitana odiosa, vendida por las calles y las ferias de provincia durante años, obedeciendo, como siempre, por algunas liras, al encargo de feos cuadritos de vacaciones pequeñoburguesas. La ironía de las líneas que enlazan tanto los encuentros como las separaciones y los viejos rencores, había enviado al entierro de mi madre, no a él, sino su pintura elemental, detestada por nosotras, sus hijas, más de lo que detestábamos a su autor.
Me sentía cansada de todo. Desde que había llegado a la ciudad no había parado. Durante días había acompañado a mi tío Filippo, el hermano de mi madre, a través del caos de los despachos, entre pequeños mediadores capaces de agilizar el procedimiento burocrático de los expedientes o comprobando por nosotros mismos, después de largas colas en las ventanillas, la buena disposición de los empleados para superar obstáculos insalvables a cambio de sustanciosas propinas. A veces mi tío había logrado obtener algún efecto ostentando la manga vacía de la chaqueta. Había perdido el brazo derecho en edad avanzada, a los cincuenta y seis años, trabajando en el torno en un taller de la periferia, y desde entonces usaba aquella invalidez para pedir favores, o para augurar a quien se los negaba su misma desgracia. Pero los mejores resultados los había obtenido desembolsando mucho dinero extra. De ese modo nos habíamos procurado los documentos necesarios, las autorizaciones de no sé cuántas autoridades competentes verdaderas o inventadas, un entierro de primera clase y, lo más difícil, un lugar en el cementerio.
Mientras tanto, el cuerpo muerto de Amalia, mi madre, descuartizado por la autopsia, se había vuelto cada vez más pesado a fuerza de arrastrarlo con nombre y apellido, fecha de nacimiento y fecha de defunción, delante de empleados a veces descorteses y a veces insinuantes. Sentía la urgencia de desembarazarme de él y, sin embargo, aún no suficientemente agotada, había querido llevar el ataúd a hombros. Me lo concedieron con renuencia: las mujeres no llevan ataúdes a hombros. Fue una pésima idea. Como los que transportaban el cajón conmigo (un primo y mis dos cuñados) eran más altos, durante todo el recorrido temí que la madera se me clavase entre la clavícula y el cuello junto con el cuerpo que contenía. Cuando depositamos el ataúd en el coche y este se puso en marcha, habían bastado algunos pasos y un alivio culpable para que la tensión se precipitase en aquel borbotón secreto del vientre.
El líquido caliente que salía de mí sin que yo lo quisiese me dio la impresión de una señal convenida entre extraños dentro de mi cuerpo. El cortejo fúnebre avanzaba hacia la plaza Carlo III. La fachada amarillenta del asilo me parecía contener con dificultad la presión del barrio Incis que pesaba sobre ella. Los caminos de la memoria topográfica me parecieron inestables como una bebida efervescente que, si se agita, se desborda en espuma. Sentía la ciudad disuelta por el calor, bajo una luz gris y polvorienta, y repasaba mentalmente el relato de la infancia y de la adolescencia, que me empujaba a vagar por la Escuela de Veterinaria hasta el Jardín Botánico, o por las piedras, siempre húmedas, cubiertas por verdura marchita del mercado de San Antonio Abad. Tenía la impresión de que mi madre se estaba llevando también los lugares, incluso los nombres de las calles. Miraba mi imagen y la de mis hermanas en el cristal, entre las coronas de flores, como una foto tomada con poca luz, inútil en el futuro para la memoria. Me anclaba con la suela de los zapatos al adoquinado de la plaza, aislaba el olor de las flores acomodadas en el coche, que llegaba ya viciado. En cierto momento temí que la sangre empezase a correrme a lo largo de los tobillos y traté de alejarme de mis hermanas. Fue imposible. Debía esperar que el cortejo doblase la plaza, subiera por la calle Don Bosco y se disolviese finalmente en un atasco de coches y gente. Tíos, tíos abuelos, cuñados y primos empezaron a abrazarnos por turno: gente vagamente conocida, cambiada por los años, frecuentada solo durante la infancia, tal vez nunca vista. Las pocas personas que recordaba nítidamente no habían asistido. O tal vez estaban allí, pero no las reconocía porque desde la época de la infancia me habían quedado de ellas solo detalles: un ojo bizco, una pierna coja, el tinte levantino de una piel. En compensación, personas de las que ignoraba hasta el nombre me llevaron aparte recordándome viejas ofensas recibidas de mi padre. Jovenzuelos desconocidos pero muy afectuosos, hábiles en la conversación de circunstancias, me preguntaron cómo estaba, cómo me iba, qué trabajo hacía. Respondí: bien, me va bien, dibujo tebeos, y ellos ¿cómo estaban? Muchas mujeres arrugadas, completamente de negro salvo en la palidez de sus rostros, alabaron la extraordinaria belleza y bondad de Amalia. Algunos me estrecharon con tal fuerza y vertieron lágrimas tan copiosas, que vacilé entre una impresión de ahogo y una insoportable sensación de humedad que se extendía desde sus sudores y sus lágrimas hasta la ingle, a la altura de los muslos. Me sentí contenta por primera vez con el traje negro que me había puesto. Estaba a punto de marcharme cuando el tío Filippo hizo una de las suyas. En su cabeza de setentón que a menudo confundía pasado y presente, algún detalle debió de derribar unas barreras ya poco sólidas. Empezó a maldecir en dialecto en voz muy alta, ante el estupor de todos, agitando frenéticamente el único brazo que tenía.
«¿Has visto a Caserta?», preguntó dirigiéndose a mí y a mis hermanas, con el aliento cortado. Y repitió varias veces ese nombre conocido, un sonido amenazador de la infancia que me produjo una sensación de malestar. Luego agregó, morado: «Sin recato. En el entierro de Amalia. Si hubiera estado tu padre lo mataba».
No quería oír hablar de Caserta, puros estremecimientos infantiles. Fingí que no pasaba nada y traté de calmarlo, pero ni siquiera me oyó. Más bien me estrechó agitado, con su único brazo, como si quisiese consolarme por la afrenta de aquel nombre. Entonces me separé torpemente, prometí a mis hermanas que llegaría al cementerio a tiempo para la sepultura y volví a la plaza. Busqué con paso rápido un bar. Pregunté por el lavabo y entré en la trastienda, en un cuchitril hediondo con la taza asquerosa y un lavamanos amarillento.
El flujo de sangre era copioso. Tuve una sensación de náusea y un leve mareo. En la penumbra vi a mi madre con las piernas abiertas que desenganchaba un imperdible, se sacaba del sexo, como si estuvieran pegados, unos paños de lino ensangrentados, se volvía sin sorpresa y me decía con calma: «Sal, ¿qué haces aquí?». Estallé en llanto, por primera vez después de muchos años. Lloré golpeando con una mano casi a intervalos fijos en el lavamanos, como para imponer un ritmo a las lágrimas. Cuando me di cuenta, paré, me limpié lo mejor que pude con un clínex y salí en busca de una farmacia.
Fue entonces cuando lo vi por primera vez.
—¿Puedo serle útil? —me preguntó cuando choqué con él: pocos segundos, el tiempo de sentir contra la cara la tela de su camisa, ver el capuchón azul de la estilográfica que sobresalía del bolsillo de la chaqueta, y mientras tanto registrar el tono incierto de la voz, un olor agradable, la piel caída del cuello, una masa tupida de cabellos blancos en perfecto orden.
—¿Sabe dónde hay una farmacia? —pregunté sin siquiera mirarlo, empeñada como estaba en una rápida separación que quería evitar el contacto.
—En la avenida Garibaldi —me respondió mientras restablecía un mínimo de distancia entre la masa compacta de su cuerpo huesudo y yo. Estaba como pegado, con su camisa blanca y la chaqueta oscura, a la fachada del Albergue de los Pobres. Lo vi pálido, bien afeitado, sin asombro en la mirada, no me gustó. Le di las gracias casi en un murmullo y me fui en la dirección que me había indicado.
Él me siguió con la voz, que pasó de cortés a un silbido apremiante y cada vez más atrevido. Me alcanzó un borbotón de obscenidades en dialecto, un mórbido reguero de sonidos que envolvió en un batido de semen, saliva, heces, orina, dentro de orificios de todo tipo a mí, a mis hermanas y a mi madre.
Me volví de golpe, tanto más estupefacta por cuanto los insultos carecían de motivo. Pero el hombre ya no estaba. Tal vez había cruzado la calle y se había perdido entre los coches, tal vez había doblado la esquina hacia San Antonio Abad. Lentamente dejé que los latidos del corazón se regularizasen y se evaporase una desagradable pulsión homicida. Entré en la farmacia, compré un paquete de tampones y volví al bar.
3
Llegué al cementerio en taxi, apenas a tiempo para ver bajar el ataúd a un hueco de piedra gris, que luego llenaron de tierra. Mis hermanas se fueron inmediatamente después de la ceremonia, en coche, con sus maridos y sus hijos. No veían la hora de volver a casa y olvidar. Nos abrazamos y prometimos vernos pronto, pero sabíamos que no sería así. Intercambiaríamos a lo sumo alguna llamada para medir cada tanto la creciente tasa de alejamiento recíproco. Hacía años que vivíamos las tres en ciudades distintas, cada una con su vida y un pasado en común que no nos gustaba. Las pocas veces que nos veíamos preferíamos callar todo lo que teníamos que decirnos.
Al quedarme sola, pensé que el tío Filippo me invitaría a su casa, donde me había alojado los días precedentes. Pero no lo hizo. Aquella mañana le había anunciado que tenía que ir a casa de mi madre, llevarme los pocos objetos de valor sentimental, cancelar los contratos de alquiler, luz, gas y teléfono; y él probablemente pensó que era inútil que me invitara. Se alejó sin saludarme, encorvado, arrastrando los pies, desgastado por la arteriosclerosis y por ese imprevisto ahogo de viejos rencores que le hacían vomitar insultos fantasiosos.
Así fui olvidada en la calle. La multitud de parientes se había retirado hacia las periferias de las que habían venido. Mi madre había sido enterrada por sepultureros maleducados en el fondo de un sótano maloliente de ceras y flores marchitas. Me dolían los riñones y tenía calambres en el vientre. Me decidí de mala gana; me arrastré a lo largo de las paredes ardientes del Jardín Botánico hasta la plaza Cavour, en un ambiente que se hacía aún más pesado por la contaminación de los automóviles y por el zumbido de sonidos dialectales que descifraba a regañadientes.
Era la lengua de mi madre, que por cierto había tratado inútilmente de olvidar junto con tantas otras cosas suyas. Cuando nos veíamos en mi casa, o yo venía a Nápoles en visitas rapidísimas de medio día, ella se esforzaba por usar un italiano desmañado y yo me deslizaba con fastidio, solo para ayudarla, en el dialecto. No un dialecto alegre o nostálgico, sino un dialecto sin naturalidad, usado con impericia, pronunciado a duras penas como una lengua extranjera mal conocida. En los sonidos, que articulaba con disgusto, se hallaba el eco de las disputas violentas entre Amalia y mi padre, entre mi padre y los padres de ella, entre ella y los padres de mi padre. Me impacientaba. Pronto volvía a mi italiano, y ella se acomodaba en su dialecto. Ahora que estaba muerta y que habría podido borrarlo para siempre junto con la memoria que transmitía, sentirlo en los oídos me causaba ansiedad. Lo usé para comprar una pizza rellena de ricotta. Comí con gusto después de varios días de casi ayuno, de pie, paseando por jardines destruidos con enfermizos laureles y escudriñando con la mirada entre los numerosos corrillos de ancianos. El agobiante vaivén de gente y coches cerca de los jardines me decidió a subir a la casa de mi madre.
El piso de Amalia estaba situado en la tercera planta de un viejo edificio apuntalado con tubos Innocenti. La casa pertenecía a esas construcciones del centro histórico semidesiertas de noche y habitadas de día por empleados que renuevan patentes, consiguen partidas de nacimiento o certificados de residencia, interrogan a ordenadores en busca de reservas o billetes para aviones, trenes y barcos, establecen pólizas de seguros contra robos, incendios, enfermedades, muerte, y compilan trabajosas declaraciones de renta. Los inquilinos comunes eran pocos, pero cuando mi padre, hacía más de veinte años —en el momento en que Amalia le había dicho que quería separarse de él y sus hijas la habíamos apoyado con firmeza en esa decisión— nos había echado a las cuatro de casa, afortunadamente habíamos encontrado allí un pequeño piso en alquiler. El edificio nunca me había gustado. Me inquietaba como una cárcel, un tribunal o un hospital. Mi madre, en cambio, estaba contenta: lo encontraba imponente. En realidad, era feo y sucio desde el gran portal, que era regularmente forzado cada vez que el administrador hacía reparar la cerradura. Las hojas eran polvorientas, ennegrecidas por la contaminación, con grandes pomos de latón que nunca se habían lustrado desde comienzos de siglo. En el largo y cavernoso pasaje, que desembocaba en un patio interior, durante el día siempre había alguien estacionado: estudiantes, transeúntes en espera del autobús que paraba tres metros más allá, vendedores de encendedores, de pañuelos de papel, de mazorcas o castañas asadas, turistas acalorados o que se protegían de la lluvia, hombres torvos de todas las razas en perenne contemplación de los escaparates que se extendían a lo largo de las dos paredes. Generalmente, estos últimos engañaban la espera no sé de qué mirando las fotos artísticas de un fotógrafo ya entrado en años que tenía el estudio en el edificio: parejas vestidas de novios, muchachas sonrientes y luminosas, jovencitos de uniforme con aire descarado. Años antes también se había expuesto durante un par de días una foto tamaño carnet de Amalia. Conminé al fotógrafo a que la retirara, antes de que mi padre pasase por allí, se encolerizase y destrozase el escaparate.
Crucé el patio interior con la mirada baja y subí la breve escalinata que daba a la puerta vidriada de la escalera B. El portero no estaba y me alegré. Entré en el ascensor deprisa. Era el único lugar de aquel caserón que me gustaba. En general no me agradaban aquellos sarcófagos de metal que subían veloces y caían a plomo apenas se tocaba el botón, abriendo un agujero en el estómago. Pero este tenía paredes de madera, puertas de vidrio con arabescos grises en los bordes, picaportes de latón trabajados, dos bancos elegantes frente a frente, un espejo y una iluminación suave; y arrancaba con un concierto de crujidos regulado por una reposada lentitud. Una máquina de fichas de los años cincuenta, panzuda y con el pico arqueado dirigido al techo, pronta a tragar las fichas, emitía un sollozo metálico en cada piso. Desde hacía tiempo la cabina funcionaba con solo apretar un botón, así que había quedado inútilmente fijada en la pared de la derecha. Pero, aunque estropeara la calma vejez de aquel espacio, la máquina, en su abstinente vacuidad, no me disgustaba.
Me senté en un banco e hice lo que hacía de joven cada vez que necesitaba calmarme: en vez de apretar el botón con el número tres, me dejé llevar hasta el quinto piso. Aquel lugar había estado vacío y oscuro desde que, muchos años antes, el abogado que tenía el despacho allí se había ido llevándose hasta la bombilla que iluminaba el rellano. Cuando el ascensor se detuvo, dejé que la respiración se deslizase por el vientre y luego volviese lentamente hasta la garganta. Como siempre, después de algunos segundos, también se apagó la luz del ascensor. Pensé estirar la mano hacia el picaporte de uno de los batientes: bastaba tirar y la luz volvería. Pero no me moví, y seguí enviando la respiración al fondo del cuerpo. Únicamente se oía la carcoma que devoraba la madera del ascensor.
Solo pocos meses antes (¿cinco, seis?), en un impulso imprevisto le había revelado a mi madre, en el curso de una de mis visitas rápidas, que de adolescente me refugiaba en aquel lugar secreto, y la había llevado hasta allí arriba. Tal vez quería tratar de establecer entre nosotras una intimidad que nunca había existido, o tal vez quería confusamente hacerle saber que siempre había sido desdichada. Pero ella solo pareció muy divertida por el hecho de que me hubiese quedado suspendida en el vacío, en un ascensor desvencijado.
«¿Nunca tuviste un hombre en todos estos años?», le pregunté a quemarropa. Quería decir: ¿nunca tuviste un amante, después de haber dejado a mi padre? Era una pregunta muy anómala dentro de las preguntas posibles entre nosotras desde que era niña. Pero su cuerpo, sentado a pocos centímetros del mío en el banco de madera, no manifestó el menor desasosiego. Ni su voz, que fue segura y nítida: no. Ni una sola señal que pudiese inducirme a pensar que mentía. Por eso no tuve ninguna duda. Mentía.
«Tienes un amante», le dije gélidamente.
La reacción fue exagerada en comparación con su comportamiento siempre tan contenido. Se levantó el vestido hasta la cintura descubriendo unas bragas rosa altas y ensanchadas. Rio desganadamente y dijo algo confuso sobre la carne floja y el vientre caído, repitiendo: «Toca aquí», y tratando de agarrarme una mano para llevarla al vientre blanco e hinchado.
Me alejé y apoyé la mano en el corazón para calmar los latidos, muy rápidos. Ella soltó la falda de su vestido, que, sin embargo, le había dejado las piernas descubiertas, amarillas a la luz del ascensor. Estaba arrepentida de haberla llevado arriba, a mi refugio. Sobre todo deseaba que se cubriese. «Sal», le dije. Lo hizo; nunca me decía que no. Había bastado un solo paso tras cruzar las puertas abiertas para que desapareciera en la oscuridad. Al sentirme sola en la cabina experimenté cierto sereno placer. Con un gesto irreflexivo cerré las puertas. A los pocos segundos, la luz del ascensor se apagó.
«Delia», murmuró mi madre, pero sin inquietud. Nunca se inquietaba en mi presencia, y también en esa ocasión me había parecido que, por una vieja costumbre, en vez de buscar consuelo quería consolarme.
Me había quedado un momento saboreando mi nombre como un eco de la memoria, una abstracción que suena sin sonido en la cabeza. Me había parecido la voz, desde hacía tiempo inmaterial, de cuando ella me buscaba por la casa y no me encontraba.
Ahora estaba allí, e intentaba borrar deprisa la evocación de ese eco. Pero me quedó la impresión de no estar sola. Me espiaban, no aquella Amalia de unos meses antes que estaba muerta, sino yo misma que había salido al rellano para verme allí sentada. Cuando esto sucedía me detestaba. Sentí un poco de vergüenza al descubrirme muda en la cabina obsoleta, suspendida en el vacío y la oscuridad, oculta como en un nido sobre la rama de un árbol, con la larga cola de los cables de acero que pendía cansadamente del cuerpo del ascensor. Estiré la mano hacia la puerta y tanteé un poco antes de encontrar el picaporte. La oscuridad se retiró tras los cristales con arabescos.
Lo sabía desde siempre. Había una línea que no lograba cruzar cuando pensaba en Amalia. Tal vez estaba allí para lograr cruzarla. Pero me asusté, apreté el botón con el número tres y el ascensor se sacudió ruidosamente. Chirriando, empezó a bajar hacia el piso de mi madre.
4
Pedí la llave a la vecina, la viuda De Riso. Me la dio, pero se negó decididamente a entrar conmigo. Era gorda y recelosa, con un gran lunar en la mejilla derecha habitado por dos largos pelos grises, y los cabellos en dos bandas recogidos sobre la nuca con un enredo de trenzas. Vestía de negro, tal vez habitualmente, tal vez porque todavía llevaba el vestido del entierro. Se quedó en el umbral de la puerta de su casa para verme buscar la llave correcta. Pero la puerta no estaba cerrada con cuidado. Contrariamente a su costumbre, Amalia había usado una sola de las dos cerraduras, la que tenía dos vueltas. No había empleado la otra, que tenía cinco.
—¿Cómo es posible? —le pregunté a la vecina, abriendo la puerta.
La De Riso vaciló.
—Tenía la cabeza un poco ida —dijo, pero debió de considerar poco adecuada la expresión, porque agregó—: Estaba contenta.
Volvió a dudar; se veía que de buena gana hubiese chismorreado, pero temía al fantasma de mi madre que aleteaba por el hueco de la escalera, en el piso, y con seguridad también en su casa. Volví a invitarla a entrar con la esperanza de que me hiciese compañía con su charla. Lo rechazó resueltamente con un estremecimiento y se le pusieron los ojos rojos.
—¿Por qué estaba contenta? —pregunté.
Vaciló de nuevo y luego se decidió.
—Desde hacía algún tiempo venía a verla un señor alto, de muy buen aspecto…
La miré con hostilidad. Decidí que no quería que continuara.
—Era su hermano —dije.
La viuda De Riso entornó los ojos, ofendida; ella y mi madre eran amigas desde hacía mucho tiempo y conocía muy bien al tío Filippo. No era alto, ni de buen aspecto.
—Su hermano —señaló con falsa condescendencia.
—¿No? —pregunté despechada por aquel tono. Ella me saludó fríamente, y cerró la puerta.
Cuando se entra en la casa de una persona muerta recientemente, es difícil creerla desierta. Las casas no conservan fantasmas, pero mantienen los efectos de los últimos gestos de vida. Lo primero que oí fue el chorro de agua que llegaba desde la cocina, y durante una fracción de segundo, con una brusca torsión de lo verdadero y lo falso, pensé que mi madre no estaba muerta, que su muerte había sido solo el objeto de una larga y angustiosa fantasía iniciada quién sabe cuándo. Tenía la seguridad de que estaba en casa, viva, de pie delante del fregadero, lavando los platos y murmurando para sí misma. Pero los postigos estaban cerrados y el piso a oscuras. Encendí la luz y vi el viejo grifo de latón que vertía agua copiosamente en el fregadero vacío.
Lo cerré. Mi madre pertenecía a una cultura, ya desaparecida, que no concebía el desperdicio. No tiraba el pan viejo; usaba hasta la cáscara del queso, cocinándola en la sopa para que le diera sabor; casi nunca compraba carne, sino que le pedía al carnicero huesos de desecho para hacer caldo y los chupaba como si contuvieran sustancias milagrosas. Nunca habría dejado el grifo abierto. Usaba el agua con una parsimonia que se había transformado en un reflejo del gesto, del oído, de la voz. Si yo de niña dejaba que cayera hacia el fondo del fregadero aunque fuera un silencioso hilo de agua como una aguja de hacer punto, un segundo después me gritaba sin reproche: «Delia, el grifo». Me sentí inquieta: había desperdiciado más agua con esa distracción de las últimas horas de vida, que en toda su existencia. La vi flotar con la cara hacia arriba, suspendida en el centro de la cocina, sobre el fondo de los azulejos azules.
Cambié de ambiente enseguida. Di vueltas por el dormitorio recogiendo en una bolsa de plástico las pocas cosas que había querido: el álbum de fotos de la familia, un brazalete, su viejo vestido de invierno, que se remontaba a los años cincuenta y que también a mí me gustaba. El resto eran cosas que no hubieran aceptado ni los ropavejeros. Los pocos muebles eran viejos y feos, su cama se componía de una tela metálica y el colchón; las sábanas y las mantas estaban remendadas con un cuidado que, por su edad, no merecían. Me impresionó, en cambio, que el cajón donde acostumbraba a guardar la ropa interior estuviese vacío. Busqué la bolsa de ropa sucia y miré dentro. Solo había una camisa de hombre de buena calidad.
La examiné. Era una camisa azul, de talla mediana, comprada recientemente y elegida por un hombre joven o con gustos juveniles. El cuello estaba sucio, pero el olor de la tela no era desagradable: el sudor se había mezclado con una buena marca de desodorante. La doblé con cuidado y la puse en la bolsa de plástico junto con otras cosas. No era una prenda del estilo del tío Filippo.
Fui al baño. No había cepillo ni dentífrico. De la puerta colgaba su vieja bata azul. El papel higiénico se estaba terminando. Al lado de la taza había una bolsa de basura medio llena. Dentro no había residuos; en cambio, despedía aquel hedor de cuerpo fatigado que conserva la ropa sucia o hecha de tejido viejo, penetrado en cada fibra por los humores de décadas. Empecé a sacar, una prenda tras otra, con una leve repugnancia, toda la ropa interior de mi madre: viejas bragas blancas y rosa, con muchos remiendos y elásticos anticuados que sobresalían aquí y allá de la tela descosida, como las vías en los intervalos entre un túnel y otro; sujetadores deformados y gastados; camisetas agujereadas; elásticos para sostener las medias, de los que se usaban hace cuarenta años y que ella conservaba inútilmente; panties en estado penoso; enaguas pasadas de moda y fuera del comercio desde hacía tiempo, desteñidas y con las puntillas amarillentas.
Amalia, que siempre se había vestido con andrajos por pobreza pero también por la costumbre de no resultar atractiva, adquirida muchos años antes para calmar los celos de mi padre, parecía que de improviso había decidido desembarazarse de todo su guardarropa. Me volvió a la mente la única prenda que llevaba cuando la habían rescatado: el refinado sujetador nuevo y flamante, con las tres V que unían las copas. La imagen de sus senos encerrados en aquel encaje aumentó la inquietud que sentía. Dejé la ropa tirada por el suelo, sin fuerza para volver a tocarla, cerré la puerta y me apoyé contra ella.
Pero fue inútil: todo el cuarto de baño me pasó por encima y volvió a recomponerse delante de mí, en el corredor. Amalia estaba sentada en la taza y me miraba con atención mientras me depilaba. Me cubría las piernas con una capa de cera hirviendo para luego, gimiendo, despegármela decididamente de la piel. Ella, mientras tanto, me contaba que de joven se había cortado el vello negro de las piernas con las tijeras. Pero los pelos de las piernas habían vuelto a crecer enseguida, duros como las púas de un alambre espinoso. También en el mar, antes de ponerse el bañador, se recortaba con las tijeras los pelos del pubis.
Le puse mi cera a pesar de su resistencia. La extendí con cuidado por las piernas, por la parte interna de los muslos flacos y duros, por la ingle, reprochándole mientras tanto, con inmerecida dureza, su enagua remendada. Luego le quité la capa mientras me miraba sin pestañear. Lo hice sin cuidado, como si quisiese someterla a una prueba de dolor, y me dejó hacer sin chistar como si hubiese aceptado la prueba. Pero la piel no resistió. Primero se puso rojo fuego, y luego de pronto violácea, mostrando una red de capilares rotos. «No es nada, luego pasa», le dije mientras yo lamentaba débilmente haberla reducido a eso.
Pero me lamentaba más intensamente en aquel momento, mientras con un esfuerzo de voluntad trataba de alejar el cuarto de baño que estaba al otro lado de la puerta contra la que apoyaba los hombros. Para hacerlo me separé de la puerta, dejé palidecer por el corredor la imagen de sus piernas lívidas y fui a buscar mi bolso a la cocina. Cuando volví al baño, elegí con cuidado entre las bragas que yacían por el suelo la que me pareció menos estropeada. Me lavé y me cambié el tampón. Dejé mi braga en el suelo, entre las de Amalia. Al pasar delante del espejo, sin querer me sonreí para tranquilizarme.
Pasé no sé cuánto tiempo junto a la ventana de la cocina, escuchando el vocerío de la calle, el tráfico de las motocicletas, el roce de los pies por el adoquinado. La calle exhalaba un olor de agua estancada que subía por los tubos Innocenti. Estaba cansadísima, pero no quería tumbarme en la cama de Amalia ni pedir ayuda al tío Filippo, ni telefonear a mi padre ni llamar a la De Riso. Sentía pena por ese mundo de viejos desamparados, confusos entre imágenes de sí mismos que se remontaban a épocas antiguas, a veces de acuerdo y a veces en disputa con sombras de cosas y personas del tiempo pasado. Sin embargo, me era difícil mantenerme al margen. Me sentía tentada de enlazar voz con voz, cosa con cosa, hecho con hecho. Ya oía volver a Amalia, que quería observar cómo me cubría de crema, cómo me maquillaba y desmaquillaba. Ya empezaba a imaginarme con fastidio su vejez secreta, en la que jugaba con su cuerpo todo el día, como tal vez habría hecho de joven si mi padre no hubiese leído en esos juegos un deseo de gustar a otros, una preparación para la infidelidad.
5
Dormí apenas un par de horas, sin sueño. Cuando abrí los ojos, el cuarto estaba oscuro y por la ventana abierta entraba solo la claridad nebulosa de las farolas, que se difundía por un ángulo del techo. Amalia estaba allí como una mariposa nocturna, joven, tal vez de veinte años, envuelta en una bata verde, con el vientre hinchado por un embarazo avanzado. Aunque tenía la cara serena, se arrastraba sobre la espalda torciendo el cuerpo convulsamente en un espasmo doloroso. Cerré los ojos para darle tiempo a separarse del techo y volver a la muerte; luego los volví a abrir y miré el reloj. Eran las dos y diez. Me dormí de nuevo, pero solo unos minutos. Luego pasé a un sopor denso de imágenes, con las que sin querer empecé a hablarme sobre mi madre.
Amalia, en mi duermevela, era una mujer morena y peluda. Los cabellos, aunque ya era vieja y estaban aplastados por la sal del agua, le brillaban co
