La grieta

Doris Lessing

Fragmento

Hoy he visto…

Al acabar el verano, cuando los carros llegan de la hacienda cargados de vino, aceitunas, frutas, se respira un ambiente festivo en la casa y yo me sumo a él. Desde mis ventanas observo atento, como los esclavos de la casa, la llegada de los bueyes al doblar el camino, y aguzo el oído para escuchar el chirrido del carro. Hoy los bueyes tenían los ojos desorbitados y estaban inquietos por la ruidosa congestión de la calzada del oeste. Su blancura se había teñido de bermejo, casi como la túnica del esclavo Marco, y su pelaje estaba cubierto de polvo. Las muchachas, expectantes, salieron corriendo hacia el carro, no sólo por los deliciosos productos que debían colocar de inmediato en la despensa, sino por Marco, que en el último año se ha convertido en un bello joven. Su garganta acumulaba demasiado polvo para permitirle devolver los saludos, y se precipitó al caño de la fuente, agarró el cántaro que había allí y bebió, y bebió, se volcó agua sobre la cabeza, de la que surgió, tras esta libación, un montón de rizos negros, y soltó la vasija descuidadamente sobre las baldosas, donde se hizo añicos. En ese momento, Leola, una muchacha de carácter explosivo, cuya madre compró mi padre durante un viaje a Sicilia, se abalanzó sobre Marco lanzándole reproches y acusaciones. Él le replicó a su vez, defendiéndose a gritos. Los demás sirvientes estaban descargando ya las tinajas de vino y aceite y el fruto de la vendimia, negro y dorado, lo que componía una escena concurrida y bulliciosa. Los bueyes comenzaron a mugir y entonces Leola, con aire de ostentosa impaciencia, tomó otro cántaro, lo sumergió en el agua y corrió hacia los bueyes para llenar los pilones del abrevadero, que estaban casi vacíos. Era responsabilidad de Marco asegurarse de que los bueyes tuvieran agua tan pronto como llegaran. Agacharon sus enormes cabezas y bebieron, mientras Leola se volvía de nuevo contra Marco, regañándolo con aspecto enojado. Marco era hijo de un sirviente de la casa de la hacienda, y Leola y él se conocían de toda la vida. A veces había trabajado aquí, en nuestra casa de la ciudad, y a veces ella había ido a pasar el verano a la casa de la hacienda. Leola era conocida por su genio, y si Marco no hubiera estado sofocado y sediento después del largo y pesado viaje, probablemente se habría reído de ella y habría calmado su arrebato de impaciencia. Pero ya no eran niños: bastaba con verlos juntos para percatarse de que el enfado de ella y la hosquedad de él no eran tan sólo el resultado de una tarde calurosa.

Marco se acercó a los bueyes, evitando el derrote de los enormes cuernos, y empezó a calmarlos. Los desunció y los condujo a la sombra de la gran higuera, donde colgó las cinchas de una rama. Por alguna razón, la ternura de Marco para con los bueyes irritó todavía más a Leola. Se quedó quieta, mirando, mientras las otras muchachas pasaban delante de ella trajinando los productos del carro, y sus mejillas estaban de color escarlata y sus ojos acusaban y reprobaban al muchacho. Marco no le hizo caso alguno. Caminó frente a ella como si no estuviera allí, hasta la terraza, donde cogió una túnica de su fardo y, después de sacarse la que llevaba puesta, polvorienta, se roció con agua otra vez y, sin secarse —el calor lo haría en un momento— se puso la ropa limpia.

Leola parecía ahora más tranquila. Apoyaba la mano en la pared de la terraza, y parecía arrepentida, o a punto de estarlo. De nuevo Marco hizo caso omiso de ella, pero se quedó al fondo de la terraza, mirando fijamente a los bueyes, sus bultos. «Marco…», dijo Leola con su tono de voz habitual, y él se encogió de hombros, despreciándola. En ese momento la última de las tinajas y la fruta ya estaban dentro de la casa. Estaban los dos solos en la terraza. «Marco», repitió Leola, esta vez melosa. Él volvió la cabeza para mirarla, y a mí no me habría gustado ser el destinatario de esa mirada: desdeñosa, enojada; muy distinta de la complacencia que ella esperaba. Se dirigió a la verja para cerrarla, y se alejó. Las dependencias de los esclavos estaban al final del jardín. Tomó su fardo y echó a andar, decidido, hacia donde iba a pasar la noche. «Marco», suplicó ella. Parecía a punto de romper a llorar. El joven se disponía a entrar en las dependencias masculinas; ella llegó hasta él cuando desaparecía tras la puerta.

No tuve necesidad de observar más. Sabía que Leola encontraría un pretexto para quedarse a esperarlo en el patio; tal vez acariciando y mimando a los bueyes, dándoles higos o simulando la atención que tanto requerían. Estaría aguardándolo. Yo sabía que él pretendía salir con los demás muchachos en busca de diversión nocturna; no visitaba a menudo una casa en plena Roma. Pero también sabía que ambos pasarían juntos la noche, sin que importara lo que él prefiriese.

Esta breve escena, a mis ojos, compendia una verdad sobre las relaciones entre hombres y mujeres.

Con frecuencia, al percibir algo como una revelación mientras observaba la vida de la casa, me sentía impelido a dirigirme a la habitación donde guardaba ese inmenso volumen de información sobre el que supuestamente estaba trabajando. Hacía años que la poseía. Otros antes de mí habían declarado su intención de interpretarla.

¿De qué se trataba? Era un montón de material acumulado durante siglos, en su origen una historia oral, una parte de la cual se transcribió tiempo después, con el propósito de ocuparse del más temprano de nuestros testimonios, las gentes de nuestra tierra.

Era un material arduo y renuente que había derrotado a más de un ilusionado historiador, y no sólo por su dificultad, sino por su misma naturaleza. Cualquiera que trabaje sobre él debe saber que si algún día llegara a dotarlo de una forma que pudiera recibir un nombre, y presentarlo como un producto de la erudición, el resultado sería atacado, desafiado y tal vez calificado de espurio.

No soy una persona que disfrute con las disputas entre intelectuales. El tipo de hombre que yo sea no tiene la menor importancia en este debate; se ha discutido ya sobre si debía permitirse la existencia de esta fábula más allá de las polvorientas estanterías donde siempre se ha conservado. La Grieta —no fui yo quien escogió el título— se consideró tan subversiva que en varias ocasiones quedó arrumbada junto con otros documentos «estrictamente confidenciales».

Tal como he dicho, la historia que estoy relatando se basa en documentos muy antiguos, que a su vez se remontan a testimonios orales aún anteriores. Algunos de los acontecimientos que se refieren son desabridos y pueden llegar a disgustar a ciertas personas.

Puse a prueba una selección de fragmentos de la crónica con mi hermana Marcela, y ésta se escandalizó. No podía creer que mujeres decentes hubiesen sido crueles con los preciosos bebés varones. Mi hermana siempre está dispuesta a atribuirse los más delicados de los atributos femeninos; un rasgo nada insólito, creo yo. Pero tal y como le recordé, quien la haya visto gritando con fervor cuando la sangre manaba en la palestra no resultará nada fácil de convencer acerca de la escrupulosidad femenina. Aquellos que quieran evitar que su sensibilidad se vea herida, deberían empezar la historia en la página 40.

Lo que sigue no es el primer fragmento que poseemos de la historia, pero resulta informativo y por eso lo coloco en primer lugar.

«Sí, ya lo sé», repites sin cesar, pero no comprendes que lo que ahora digo no puede ser cierto porque te estoy contando cómo entiendo todo aquello en estos momentos, mientras que entonces era muy diferente. Incluso las palabras que empleo son nuevas, no sé de dónde provienen, a veces parece que la mayoría de las palabras que salen de nuestras bocas forman parte de esta nueva manera de hablar. Digo yo, y otra vez yo, yo hago esto y yo pienso lo otro, pero entonces no habríamos dicho yo: se trataba del nosotros. Nosotras pensábamos en nosotras.

Digo pienso, pero ¿pensábamos entonces? Tal vez surgiera un nuevo modo de pensamiento, y de todo lo demás, cuando empezaron a nacer los monstruos. Lo siento, has dicho que querías oír la verdad y así es como os veíamos a todos vosotros al principio. Monstruos. Deformes, raros, lisiados.

¿Cuándo tuvo lugar aquel momento? No lo sé. Aquel momento fue hace mucho tiempo, es lo único que sé.

Las cuevas son antiguas. Vosotros las habéis visto. Son cuevas antiguas. Están en lo alto de las rocas, más allá del alcance de cualquier ola, incluso de las grandes, incluso de las mayores. Ante el mar tormentoso puedes permanecer en los acantilados y mirar hacia abajo y pensar que el agua lo es todo, está en todas partes, pero entonces la tormenta amaina y el mar se acomoda. No tememos al mar. Somos gente de mar. El mar nos creó. Nuestras cuevas son cálidas y secas, con suelos de arena, y ante cada una arden los fuegos y se secan las algas y la madera de los acantilados, y estos fuegos no se han extinguido nunca desde que los prendimos. Hubo un tiempo en que no teníamos fuego. Consta en nuestros archivos. Conocemos nuestra historia. Se la cuentan a los jóvenes escogidos y ellos tienen que recordarla y transmitirla cuando son ancianos a los nuevos jóvenes. Deben estar seguros de que recuerdan cada palabra tal y como la escucharon.

Lo que ahora estoy explicando no es parte de ese tipo de testimonio. Cuando se cuenta la historia a los jóvenes —tienen un nombre, se los denomina «los guardianes de la memoria»— primero se expone entre nosotros, y uno dirá «No, no fue así», y otro «Sí, así fue», y en el momento en que todo el mundo está de acuerdo podemos estar seguros de que la historia no contiene ninguna falsedad.

¿Queréis saber de mí? De acuerdo. Mi nombre es Maira. Siempre hay alguien que se llama Maira. Nací en el seno de la familia de las Guardianas de la Grieta, como mi madre y la madre de mi madre; estas palabras son nuevas. Si todo el mundo da a luz en cuanto cumple la edad suficiente, sólo hay madres, y por eso no existe la necesidad de decir «madre». La familia de las Guardianas de la Grieta es la más importante. Debemos custodiar la Grieta. Cuando la luna está en su punto más alto y resplandeciente, escalamos la Grieta hasta donde crecen las flores rojas, las cogemos, de modo que hay mucho rojo, y dejamos que el agua mane desde el manantial hasta allí, y el agua arrastra las flores por la Grieta, desde la cima hasta la base, y la sangre fluye en todas nosotras. Es decir, en todas aquellas que no van a dar a luz. De acuerdo, según vosotros lo veis, los rayos de la luna hacen que la sangre fluya, no el rojo deslizándose por la Grieta. Pero nosotras sabemos que si no cogemos las flores rojas, que son pequeñas y suaves como las burbujas de las algas, y sangran rojo si las estrujas, si no lo hacemos, no recibiremos nuestro flujo.

La Grieta es esa roca de ahí, pero no indica la entrada a la cueva, es ciega, y es lo más importante de nuestras vidas. Siempre ha sido así. Somos la Grieta, la Grieta es nosotras, y en todo momento nos hemos encargado de que esté libre de los arbustos que crecen junto a los árboles, libre de matas. Es un corte limpio que atraviesa la roca y en lo más hondo del cual se abre un agujero profundo, un abismo. Cada año, cuando el sol acaricia la cima de esa montaña, llega la estación fría, y ya hemos sacrificado a una de las nuestras y hemos arrojado el cuerpo al orificio desde lo alto de la Grieta. Vosotros decís que habéis contado los huesos, pero no entiendo cómo podéis haberlo hecho si muchos ya se han convertido en polvo. Vosotros decís que si cada año despeñamos un cuerpo y sus huesos, no resulta difícil calcular desde cuándo se viene haciendo. Bien, si consideráis que eso es lo importante…

No, no puedo explicar cómo comenzó todo. No está en nuestra historia.

Las féminas ancianas debían de saber algo al respecto. Nunca las habíamos denominado así antes de que comenzaran a nacer los monstruos. ¿Por qué tendríamos que haberlo hecho? Sólo había féminas, ¿o acaso no era así?; sólo las grietas, y en lo que se refiere a ancianas no pensábamos en esos términos. La gente nacía y vivía un tiempo, a no ser que se ahogara nadando o tuviera un accidente o fuese elegida para ser arrojada a la Grieta. Cuando moría, se la depositaba en la Roca de la Muerte.

No, no sé cuántas éramos por aquel entonces. Cuando quiera que fuera entonces. Existen estas cuevas, tantas como los dedos que tengo en mis manos y pies, y son grandes y se adentran un gran trecho en los acantilados. Cada cueva alberga al mismo tipo de gente, a una familia, las Guardianas de la Grieta, las Pescadoras, las Tejedoras de redes, las Curtidoras de piel de pescado, las Recolectoras de algas. Así es como nos llamábamos. Mi nombre era Guardiana de la Grieta. No, por qué iba a importar que más de una persona tuviera el mismo nombre. Es suficiente con que mires a quien te diriges, ¿no?
Mi nombre, Maira, es una de las nuevas palabras.

No nos gustaba, no, no nos gustaba que cada persona tuviese que tener un nombre distinto. A veces creo que vivíamos una suerte de ensoñación, una quimera, todo era pausado y tranquilo y nunca sucedía nada salvo la luna, resplandeciente y grande, y las flores rojas que regaban la Grieta.

Y, por supuesto, el nacimiento de las criaturas. Simplemente nacían, eso es todo, nadie hacía nada para concebirlas. Creo que pensábamos que eran obra de la luna, o de un gran pez, pero resulta difícil recordar qué pensábamos, aquello parece un sueño. El modo en que pensábamos nunca fue parte de nuestra historia, tan sólo lo son los hechos.

Os enfadáis cuando os llamo monstruos, pero basta con que os miréis. Miraos. Y miradme. Vamos, mirad. No llevo puesto el cinturón de flores rojas, así que podéis ver cómo soy. Ahora mirad la Grieta, somos iguales: la Grieta y las grietas. No me extraña que os cubráis allí, pero nosotras no tenemos la necesidad de hacerlo. Es agradable observarnos, como a una de esas conchas que podemos coger de una roca después de la tormenta. Bellas. Vosotros nos enseñasteis esa palabra y me gusta usarla. Soy bella, como la Grieta con sus preciosas flores rojas. Pero vosotros sois sólo bultos y protuberancias, con esa cosa como una trompa que a veces parece una ascidia. ¿Podéis imaginaros que cuando nacieron las primeras criaturas como vosotros nos deshicimos de ellas entregándolas a las águilas?

Siempre dejábamos a las criaturas deformes allí, sobre esa roca, la roca sesgada que está justo pasada la Grieta. Una vertiente de la Grieta queda por encima de la Roca de la Muerte, sí, así es como la llamábamos. No criábamos a los bebés enfermos ni a los gemelos. Nos ocupábamos de controlar el número de nuestra población, porque era mejor así. ¿Por qué? Porque siempre había sido así y nunca se nos ocurrió cambiar las cosas. No había muchos nacimientos, tal vez dos o tres por cueva cada mucho tiempo, y a veces había cuevas sin bebé. Por supuesto nos alegra que nazca una criatura, pero si acogiéramos a todas las que nacen no habría espacio suficiente. Sí, lo sé, creéis que deberíamos buscar un terreno un poco más grande, pero siempre hemos estado aquí. ¿Cómo podríamos irnos de la Grieta? Éste es nuestro lugar, siempre ha sido nuestro.

Cuando expulsábamos a las criaturas deformes, las águilas venían por ellas. Nosotras no las matábamos, sino estas aves. Un águila acecha desde esa cima; ¿podéis verla? Esa pequeña mancha es un águila enorme, del tamaño de una persona. Colocábamos allí a todos los monstruos recién nacidos y observábamos a las águilas mientras alzaban el vuelo con ellos hacia sus nidos. Esa época se prolongó, y la razón por la que se prolongó fue que las féminas ancianas (como vosotros las llamáis) estaban preocupadas porque cada vez éramos menos en las cuevas; habían nacido muchos monstruos, más que criaturas como nosotras, las féminas.

Varones, féminas. Palabras nuevas, gente nueva.

Y así fue durante mucho tiempo: en vez de esperar con ilusión cada nacimiento estábamos preocupadas, y cuando una de nosotras descubría que la criatura era un monstruo se avergonzaba, y el resto la odiaba. No para siempre, está claro, pero cuando aparecía un monstruo al dar a luz era terrible. Cada vez éramos menos para pescar y recolectar algas. Las féminas ancianas se quejaban de que no tenían comida suficiente. Sí, siempre las alimentábamos y les ofrecíamos las porciones más sabrosas. No sé por qué, simplemente lo hacíamos. De pronto, el número de gente en la cueva de las pescadoras se redujo a la mitad, y algunas tuvieron que convertirse en pescadoras.

Estoy de acuerdo, era extraño que nunca nos preguntáramos qué sucedía en el otro lado, en las montañas de las águilas. Vosotros siempre habláis como si fuéramos estúpidas, pero si somos tan estúpidas, ¿cómo es que hemos vivido tanto tiempo a salvo y confortablemente, mucho más que vosotros, los monstruos? Nuestra historia se remonta atrás, muy atrás, vosotros mismos lo decís, y vuestra historia es mucho más breve. Pero ¿por qué tendríamos que habernos trasladado y explorado cosas nuevas, o tendríamos que habernos preguntado por las águilas? ¿Para qué? Tenemos todo lo que necesitamos en este lugar de la isla; ésta es la palabra que usáis, nos decís que es una isla grande. Bien, mejor para vosotros, pero ¿a nosotras qué nos importa? Vivimos en una parte de la isla desde donde contemplamos el sol sumergirse en el mar cada noche, y vemos palidecer la luna a medida que se acerca el día.

Mucho tiempo después de que naciera el primer monstruo, vimos a uno de ellos, a uno de vosotros, en la orilla más cercana a la montaña de las águilas. Llevaba anudada a la cintura una de las prendas de piel de pescado que vestimos en la época de las flores rojas. Pudimos ver que bajo la piel se escondía esa cosa abultada e hinchada que nos parecía tan horrible. Era un monstruo al que habíamos dado a luz y había crecido. ¿Cómo había podido suceder? Las féminas ancianas ordenaron que hiciéramos guardia y matáramos a ese monstruo cuando volviera a aparecer por la orilla. Pero entonces llegaron las discrepancias entre las féminas ancianas. Algunas sostenían que, la próxima vez que abandonáramos a un monstruo, debíamos escalar las montañas donde vivían las águilas y ver qué hacían con él. Y algunas de nosotras lo hicimos. Estaban preocupadas, como figura en la historia que deben aprender los más jóvenes. No estábamos acostumbradas a merodear, y menos hasta un lugar tan remoto como las montañas de las águilas. Nadie había llegado tan lejos antes. Sí, sé que no es más que un paseo agradable.

Algunas vieron al águila alzarse con el monstruo entre sus garras hasta llegar a las montañas donde están los nidos, pero en vez de soltarlo en uno de ellos, pasó de largo y dejó a la criatura en un valle con cabañas. Nunca habíamos visto una cabaña ni ningún cobertizo porque siempre habíamos estado en nuestras cuevas. Las cabañas tenían el aspecto de un animal raro, y nos asustaron tanto que estuvimos a punto de volvernos corriendo a casa. El águila depositó en el suelo a la criatura, y entonces algunos monstruos lo recogieron y dieron al ave un buen pedazo de comida. Ahora sabemos que se trataba de un pescado. Entraron a la criatura a una cabaña. Todo lo que vieron atemorizó a las guardianas, y se apresuraron a volver a casa y contárselo a las féminas ancianas. Relataron una historia terrible, espantosa. En las Montañas de las Águilas habitaban los monstruos, gentes adultas que no eran grietas como nosotras. Podían vivir a pesar de ser tan deformes y feos. Esto es lo que pensamos entonces. Todo el mundo estaba preocupado, y conmocionado, y nadie sabía qué debía pensar o hacer.

Entonces nació otro monstruo y las féminas ancianas nos dijeron que lo arrojáramos al mar desde el acantilado. Un grupo de nosotras condujo a la criatura a lo alto del acantilado. No querían matarla, porque ahora sabían que podía vivir y hacerse mayor y que si la arrojaban a las olas no sobreviviría. Todas nosotras nadamos y flotamos y somos felices en el mar, pero nuestras criaturas necesitan que les enseñemos. La criatura chillaba y ellas lloraban y se lamentaban, porque desde allí las féminas ancianas no podían oírlas, y se sentían confundidas por lo que estaban haciendo. Odiaban a los monstruos, y ahora, además, tenían miedo porque sabían que vivían en lo alto de las montañas… A ver, vosotros me habéis pedido que os cuente lo que sucedió, entonces, ¿por qué os enfadáis cuando lo hago? Como bien sabéis, si dentro de vuestra comunidad hubiera nacido alguna grieta, también vosotros habríais pensado que éramos monstruos porque somos diferentes. Sí, lo sé, no podéis dar a luz, sólo podemos las grietas, y nos despreciáis, sí, no cabe duda, pero si no fuera por nosotras no existirían los monstruos, ni siquiera uno solo de ellos. ¿Se os había ocurrido alguna vez? Nosotras las grietas creamos a todo el mundo, a grietas y monstruos. Si no hubiera grietas, ¿qué sucedería? ¿Realmente lo habéis pensado?

Estaban en el acantilado con el pequeño monstruo que no cesaba de chillar cuando apareció una enorme águila planeando sobre ellas, y en ese momento se asustaron de verdad. Las águilas son tan grandes que pueden cargar a una persona adulta; no demasiado lejos, pero habría podido apresar a una de las que estaban en el acantilado, tal vez a la que sostenía a la criatura, bamboleándola de aquí para allá para después soltarla en el mar. O aquellas inmensas alas habrían podido arrastrarlas una a una hasta las olas que golpeaban y cubrían las afiladas rocas. Pero no fue eso lo que sucedió. El águila descendió y tomó a la criatura entre sus garras y emprendió el vuelo hacia a las montañas.

Las grietas no sabían qué hacer. Temían contar a las féminas ancianas lo que había sucedido. No recuerdo a nadie hablar de miedo antes de aquella ocasión.

Algo cambió desde ese día. A partir de entonces, cuando nacía un monstruo, las jóvenes simulaban arrojarlo a las olas, pero iban lo bastante lejos para que no las vieran, y eran conscientes de que el llanto de la criatura atraería al águila. Tumbaban a la criatura sobre el acantilado y observaban mientras el águila descendía y la atrapaba. En esa época ya habían nacido tantos monstruos, los que son iguales a vosotros, como grietas, las que son iguales a nosotras.

¿Habéis pensado alguna vez lo extraño que resulta que tengáis pezones en esa llanura vuestra de ahí delante? No podéis llamarlos pechos, ¿verdad que no? ¿Por qué tenéis pechos si no sirven para nada? No podéis alimentar a una criatura con ellos, son inútiles.

Sí, estoy convencida de que os habéis dado cuenta, porque siempre os percatáis de las cosas y formuláis preguntas. Bien, ¿qué respondéis, entonces?

Tiempo después, una de las féminas ancianas anunció que se quedaría con uno de los monstruos, uno de los vuestros, lo dejaría crecer y vería si servía para algo.

Resultaba difícil porque las águilas nos vigilaban en todo momento, y debíamos mantener al pequeño monstruo alejado de su vista.

No me gusta pensar en lo que le sucedió a aquel monstruo. Por supuesto, yo sólo lo he oído decir, era una parte de la historia que las guardianas de la memoria relataban una y otra vez, y lo que ahora os estoy contando sólo es un fragmento de lo que llamábamos la historia.

Existe cierta hostilidad respecto a ese capítulo de nuestra historia. Surgieron discrepancias; peor aun, violentos enfrentamientos. Según la historia, nunca antes había tenido lugar una disputa así. Algunas de las féminas ancianas no querían explicar nada sobre el primer monstruo ni el trato que había recibido. Otras se preguntaban qué sentido tenía la historia si censuraba algunos episodios. Creo que fue mucho lo que quedó al margen. Pero lo primero que sabemos es que nadie quería alimentar al monstruo. Nunca quedaba complacido y siempre estaba hambriento y llorando. Eso significa que las águilas no dejaban de rondarnos para descubrir dónde escondíamos a la criatura. Hubo quien lo alimentó, pero no sin molestarlo y atormentarlo mientras lo hacía. Aquel monstruo las pasó moradas.

Una de las féminas sentenció que esa situación tenía que acabar, tanto si se decidía dejarlo con vida y cuidar de él como si no, pero que en esas circunstancias el monstruo acabaría muriéndose. ¿Qué le hacíamos? Todo el mundo quería jugar con eso que vosotros tenéis ahí delante, los bultos y la trompa. El pequeño monstruo gritaba y gritaba y sus bultos se hincharon y enfermó, y se llenó de una sustancia y un agua apestosa. Una de las féminas ancianas declaró que los monstruos eran iguales que nosotras, excepto por esa cosa delantera y los pechos planos. Era como una de nuestras criaturas. Cortemos esa cosa de ahí delante y veamos qué sucede: bien, se la cortaron y murió. Gritó y aulló de dolor todo el tiempo, y aunque cuando nació otro monstruo lo acogieron y lo trataron mejor, no quisiera contaros con detalle cómo atendían a esos pequeños. Y creo que alguna de nosotras sintió vergüenza. No somos crueles. No existe testimonio alguno sobre nuestra crueldad; hasta que nacieron los monstruos. El monstruo al que intentábamos educar se alejó de la cueva donde lo teníamos y un águila al acecho descendió y en un instante se lo llevó a las montañas junto a los otros. No tenemos ni idea de cómo sobrevivían.

Después nacieron unos cuantos monstruos a la vez. Algunas de las féminas ancianas querían que nos quedáramos con uno como juguete, otras no. Pero según dice la historia, los llevaron a todos a la Roca de la Muerte, y en lugar de un águila o dos aparecieron tantas como pequeños monstruos había y las observamos alejarse con ellos más allá de las montañas. ¿Cómo vivían estos bebés? Las criaturas necesitan leche. Hay una historia que cuenta que una de las grietas jóvenes sintió lástima por los pequeños hambrientos y cruzó las montañas y encontró a los recién nacidos gimoteando y llorando, y amantó a tantos como pudo. Siempre queda leche en nuestros senos. Nuestros pechos son útiles. No como los vuestros.

Y se quedó allí con los monstruos, aunque en realidad nadie sabe lo que sucedió. Nos gusta imaginarlo, me parece, porque nos avergonzamos del resto de la historia, pero también nos preguntamos cómo podían vivir esas criaturas cuando no las alimentaban.

Se cuenta que dos de nosotras estaban sentadas a la orilla del mar, contemplando las olas y adentrándose en el agua de vez en cuando para nadar un poco, cuando vieron a dos de los peces que nosotras llamamos pez pecho (porque eso es lo que parecen, una enorme gelatina inflada con trompas que sobresalen, como los monstruos), y uno de ellos introdujo su trompa dentro del otro y sembraron el agua de pequeños huevos.

Fue entonces cuando se nos ocurrió por primera vez que las trompas de los monstruos servían para hacer huevos. Y si era así, ¿por qué, para qué?

Esta escena, en mi opinión, es obra de la fantasía, pero algo así debió de suceder, supongo.

Las féminas ancianas comenzaron a hablar de eso, porque nosotras se lo contamos (con este «nosotras» me refiero a las jóvenes, a quienes intrigó eso de las trompas y los huevos). Algunas de ellas se dirigieron hasta lo alto de la montaña y cuando los monstruos las vieron, las tomaron y las penetraron con sus trompas, y así es como nos convertimos en Ellos y Ellas, y aprendimos a decir «Yo» así como «Nosotros»; pero a partir de ahí hay varias historias, no una única. Sí, sé que lo que os cuento no tiene sentido para vosotros, pero ya os lo advertí, existe una multitud de historias y quién sabe cuál es la verdadera. Y un tiempo después, nosotras, las grietas, perdimos el poder de concebir sin ellos, los monstruos: vosotros.

Esta historia, narrada por la tal Maira, tuvo lugar mucho después de los acontecimientos referidos por el primer documento que conservamos. Mucho después: siglos. Debemos desconfiar de la palabra «siglo»: significa que no poseemos un conocimiento seguro. Se trata de una historia pulida, narrada infinidad de veces, e incluso se hace en ella un buen uso de la culpabilidad por la crueldad. No, no es un relato falso, resulta útil, hasta donde llega, pero mucho ha quedado al margen. Lo que consta en el primer documento o fragmento, que probablemente constituye la primera tentativa de «la historia». Es rudimentario, torpe, y el narrador probablemente estaba trastornado. Antes del nacimiento de los primeros «monstruos», nada había sucedido —durante siglos—

en la comunidad de los primeros humanos. El primer monstruo fue considerado un nacimiento defectuoso. Pero después le siguió otro, y otro… y el convencimiento de que aquello iba a continuar. Y las féminas ancianas cayeron presas del pánico, estaban furiosas, gritaban y castigaban a las jóvenes que concebían a los monstruos, y el trato que recibían los propios monstruos…; bueno, la descripción de Maira no resulta agradable, pero no me veo capaz de recoger aquí el otro fragmento. Es demasiado desagradable. Yo soy un monstruo y no puedo evitar identificarme con aquellos a los que torturaron tiempo atrás, los primeros varones. El ingenio de las crueldades ideadas por las féminas ancianas es espeluznante. Incluso visto desde el presente, la época en que dejaban morir a los recién nacidos y se quedaban con unos pocos para mutilarlos duró mucho más de lo que el relato anterior sugiere. Mucho más.

La verdad es que se desencadenó una guerra entre las águilas y las primeras féminas, una guerra que éstas no pudieron ganar. No sólo porque no estuvieran acostumbradas a la lucha, o a la agresividad, sino porque ni siquiera estaban preparadas para la actividad física. Holgazaneaban en las rocas y nadaban. Ésa era su vida, lo fue durante… siglos. Y de repente, aparecieron esas enormes aves enojadas, que acechaban cada uno de sus movimientos e intentaban arrebatarles a los monstruos en cuanto nacían. Algunas de las féminas, las jóvenes que se ocupaban de los monstruos, fueron asesinadas: las águilas las arrojaban al mar, cerniéndose sobre ellas e impidiéndoles salir a la orilla, hasta que se ahogaban. Esta guerra no debió de prolongarse demasiado, pero dio origen al primer enemigo de las féminas. Odiaban a las águilas, y durante un tiempo intentaron herirlas con piedras o con palos. No sólo el miedo, sino también formas elementales de ataque y defensa surgieron en esta comunidad de ensueño (en palabras de Maira) de los primeros humanos, de las féminas originarias. Y todo esto bastó para desconcertar a las féminas ancia

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