Delirio

David Grossman

Fragmento

Pero ¿cómo será ella capaz de soportarlo?, piensa él, de llevar a cabo exactamente los mismos ritos, una vez y otra, esa nerviosa carrera de habitación en habitación antes de marcharse, puertas de armarios que se cierran de golpe, cajones que se abren y se cierran, con esa especie de opacidad crispada que se apodera del hermoso rostro de ella en esos momentos, y es que de ninguna manera puede olvidarse del más mínimo detalle, un peine, un libro, un frasco de champú, porque si no, todo se vendría abajo. Él se sienta a su despejada mesa de trabajo y se sujeta la cabeza con las manos mientras ella le lanza un adiós apresurado desde la puerta, y a él se le encoge el corazón, ni siquiera se ha acercado para despedirse, hoy habrá algo especial allí, pero ella sale ya a la calle muy deprisa, con la vista baja, para no toparse con una mirada que la empuje a una conversación innecesaria. Qué perseverante es, ¿de dónde sacará las fuerzas para pasar por eso cada día?

Después, como si bajara la guardia, él cierra los ojos y se apresura a acompañarla mientras ella entra en su coche, un Polo pequeño de un verde intenso. Él se lo compró, por sorpresa. A ella le dio un escalofrío al ver el color y se enfadó mucho por el derroche. Pero él quería que tuviera su propio coche, para que puedas ir y venir con toda libertad, le dijo, para que no estemos constantemente discutiendo por el coche. Y había querido que tuviera un coche de un verde intenso. En su imaginación el coche se le aparecía como un componente electrónico fluorescente introducido en el torrente sanguíneo para que una cámara pudiera seguirlo. Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla mientras ella conducía. Tenía el rostro tenso y demasiado cerca del parabrisas. Le tomaría unos ocho o nueve minutos llegar, a los que había que añadir alguna parada inesperada (un embotellamiento, alguna avería de los semáforos, el hombre que la espera allí no encuentra las llaves y tarda en abrirle la puerta) y, entonces, ya habrían pasado cuatro o cinco preciosos minutos. Elisheva, dice él en voz alta, muy despacio, recalcando cada sílaba.

Y lo vuelve a repetir, para ese hombre.

Que ahorra el tiempo de desvestirse, porque no quiere desperdiciar ni un instante, así es que mientras ella conduce el vehículo por el laberinto de callejuelas que unen esta casa con aquella, él empieza ya a desnudarse, en el dormitorio o puede que junto a la puerta, se quita los pantalones de pana marrones y holgados, se quita la camisa ancha y descolorida que un día fue naranja o marrón, o puede que hasta rosa, porque muy bien podría ponerse una camisa rosa, qué le importa lo que piensen de él, eso es lo bueno que tiene, reflexiona Shaul, que nada le importa, ni lo que piensen ni lo que digan de él, en eso estriba su fuerza, en eso consiste su sana paz interior que, por lo visto, resulta ser lo que a ella tanto le atrae.

Ella avanza hacia él, circula a toda velocidad con los ojos clavados en la calzada, la boca en tensión, una boca que enseguida va a ser besada, que se relajará y se inflamará ardiente, porque unos labios se posarán sobre esos labios, al principio solo rozándolos, apenas tocándolos, aunque después la lengua esbozará su contorno todo alrededor mientras estos se esforzarán en no sonreír porque enseguida se oirá un gemido, no te muevas mientras estoy pintando, y ella dejará escapar un ronroneo en señal de asentimiento para, al instante, recibir unos labios sobre los suyos, unos labios que le impongan su absoluta aspereza, tan viriles, y que engullirán los suyos, abriéndose paso, para luego apartarse un momento y dejar escapar un aliento cálido hasta que enseguida empiecen a chupárselos despacito, con la determinación de un auténtico y enorme deseo, hasta que las lenguas se enrosquen una en la otra como unos seres con vida propia y los ojos de ella se abran por un momento en medio de un suave suspiro, casi desorbitados, apagados, hasta volverse a entrecerrar. A través de los párpados casi cerrados asomará una blancura vacía, aterradora.

Ella es una mujer grande, Elisheva, generosa también con su cuerpo. Incluso un poco demasiado grande para un coche tan pequeño, así es que tal vez también fuera esa la razón por la que se enfadó cuando él le compró precisamente un Polo, aunque puede que fuera justamente por eso por lo que se lo compró, quién sabe, hasta ahora no se le había ocurrido pensar en ese detalle, que quizá fuera porque ella casi se sale de ese cascarón cuando va de camino hacia allí, casi lo revienta mientras se esfuerza por concentrarse en la carretera y disfruta de la dulce sensación de que el hombre que la está esperando tiene exactamente los mismos pensamientos que ella en ese momento, así ganamos unos cuantos minutos de estar juntos, le había dicho ella una vez.

Avanza a toda velocidad, el coche verde vuela por el interior de la red de venas que se extiende desde aquí hasta él, y en el momento en el que Shaul se ve libre del acceso de dolor ella ya está allí, en casa de él. Shaul lo ve algo borroso, entre penumbras, una mancha grande y ancha de calor, unos brazos fornidos y el gesto apresurado de ella al apoyarse con la mano en el hombro de él e inclinarse hacia un lado para quitarse la zapatilla de lona sin desabrocharle la hebilla, y aferrarse con unos dedos empecinados por la añoranza al cuerpo desnudo de él cuya ropa se encuentra ya desparramada a sus pies mientras la de ella va cayendo encima, momento en el que Shaul cierra los ojos como si parara el golpe de la conmoción que le supone esa acumulación de tela, y es que le duele tanto que tiene que apartar la mirada de la ropa del hombre porque por un momento el hombre en sí le resulta menos doloroso que las prendas de ropa que van cayendo unas sobre otras, ese hombre que se ha adelantado y se ha desnudado para ahorrar unos preciosos minutos, que la ha estado esperando en tensión, moviéndose por la casa desnudo y ardiendo en deseo, apasionándose con solo pensar en esa mujer grande, hermosa y resuelta que avanza aproximándose hacia él en el coche verde, un coche sexy, eso es lo que dijo sonriente el chico moreno que se lo vendió a Shaul, y fue por esa palabra por lo que a este ya no le quedó más remedio que comprarlo, y así, desnudo, ha estado correteando por el pequeño piso aunque es un hombre de carácter bastante tranquilo, de naturaleza sosegada, al que Shaul puede ver con toda claridad, cada uno de sus movimientos, sus gestos, su manera de hablar, esa voz ligeramente grave, autoritaria, aunque ahora parece que se está viniendo abajo todo él porque los pasos de ella resuenan ya apresurados en la escalera, ya está, ahora sí que llega de verdad, así es que ya le abre la puerta mientras pone mucho cuidado en escoger la postura en la que se le va a aparecer, porque su desnudo, ¿cómo podría expresarse?, no es precisamente lo que más cautiva tiene a Elisheva, sobre todo cuando está de pie y a plena luz del día, porque no es que resulten muy atractivos los abundantes lunares que le cubren el vientre y el torso, ni sus enormes pechos de hombre, tan autoritarios y de los que brota un abundante vello gris, pero resulta que hoy, mientras los pasos de ella vuelan escaleras arriba, él solo abre la puerta ligeramente y corre a la cama, al dormitorio oscurecido a conciencia, y se tiende allí en una postura más favorecedora, sobre el vientre, con una rodilla un poco doblada, como si sobre él hubiera descendido un ligero y plácido sopor al momento de haberle abierto la puerta, de manera que ahora dormita con la indiferencia de un hombre que está más sano y fuerte que un toro, que no tiene problemas digestivos ni remordimientos de conciencia, de manera que ella, al entrar, lo primero que ve es su espalda de aspecto fuerte, seguramente es que es fuerte de verdad, y después el trasero y las piernas, que en esa postura casi parecen jóvenes, y se detiene un instante, lo observa, se sonríe, para después avanzar hacia la cama y con calculada delicadeza pasarle un dedo a lo largo de la espalda, desde la nuca hasta el trasero y después inclinarse y pasarle la lengua con un movimiento lento de masaje por la nuca de lado a lado, solo la punta de la lengua, solo una leve insinuación de la humedad de su boca, mientras él se estremece con un gemido sofocado en la almohada, como si lo hubieran decapitado.

Después, un par de días más tarde, o puede que tres, los días que Elisheva no está, el tiempo es como la celda circular de una cárcel. Shaul iba tendido en el asiento de atrás de un Volvo grande. Una noche de octubre, fresca y neblinosa, se embadurnaba en el cristal del parabrisas y se dejaba limpiar por los limpiaparabrisas una y otra vez. A su lado, en el suelo del coche, reposaban unas muletas. La pierna izquierda, fracturada entre el tobillo y la rodilla, la llevaba apoyada en un cojín viejo y deshilachado, mientras miraba fijamente la blancura de la escayola, que se bamboleaba de aquí para allá, como si le costara comprender qué tenía que ver él con aquello. Esti, la mujer de Mija, su hermano, era la que conducía, y aunque llevaban ya casi media hora de viaje todavía no habían logrado entablar una verdadera conversación, porque en cada frase que decían se entremezclaba cierta turbiedad. Ella era unos cinco años más joven que él, puede que seis, no se acordaba muy bien, pero el caso es que en su proximidad se sentía siempre aún más seco y enjuto; aquellos miembros suyos tan largos y delgados, el rostro afilado, incluso su protuberante nuez, todo resultaba exagerado cuando ella estaba a su lado con su cuerpo relleno y esa cara morena y ancha, de manera que cada vez que lo miraba por el espejo retrovisor a él se le venía a la cabeza uno de aquellos viejos metros de madera de su padre, el metro amarillo, graduado, que se plegaba sobre sí mismo mediante unas diminutas bisagras. Había habido un momento, cuando ella lo había ayudado a entrar en los asientos traseros, en el que prácticamente todo su cuerpo se había apoyado en los hombros de ella, que ni siquiera había pestañeado y, si le había resultado pesado, seguro que había pensado que se debía al yeso, porque él sabía muy bien que a los ojos de ella era ingrávido y que, inevitablemente, comparaba su cuerpo con el de su hermano, mientras que ahora lo miraba a hurtadillas por el retrovisor, sorprendida por el suspiro que él acababa de dejar escapar, y es que nunca lo había visto así.

Era su hermano quien debía haberlo acompañado, pero en el último momento lo habían avisado para que se ocupara de un camión cisterna cargado de acetona que había volcado en la carretera de la costa, de manera que fue Esti la que apareció en la puerta de su casa. Se quedó allí plantada con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo, disculpándose por no ser Mija y con una molesta e indefinida sensación de que ella y Shaul se miraban como si se estuvieran viendo en un espejo deformado que les devolvía la imagen invertida de sus cuerpos. A pesar de todo respiró profundamente y, sin darse cuenta, alzó los hombros como para soportar la tormenta que se le venía encima y eso que él, en un primer momento, no la reconoció, hasta que al instante retrocedió al tiempo que decía, no, de ninguna manera, el que tiene que ir conmigo es Mija, solamente él, para después, de todas formas, volver a avanzar, como impelido hacia fuera, para emprender ya el camino y después volverse a agarrar del pomo de la puerta y quedarse con la cabeza gacha, intentando recordar.

Pero ¿dónde está Elisheva? La pregunta le había salido a Esti del alma, como si le preguntara ¿dónde se encuentra tu madre que no te está cuidando? Porque a Esti siempre le había parecido que Shaul tenía un aspecto muy desamparado cuando no estaba con Elisheva y, ahora, con la cara llena de magulladuras y la pierna escayolada, todavía más. Pero él no le respondió, sino que se limitó a mirarla fijamente, a observar la afilada cara de niña abandonada que se le había puesto de pronto, exactamente igual a la que tenía cuando había llegado a la familia unos cuantos años antes, allí de pie junto a Mija, con la misma expresión salvaje y asustada. «Del muladar», había sentenciado entonces la madre de él, y Esti sabía muy bien lo que Shaul estaba viendo ahora, así que clavó bien firme los pies en el suelo y se puso a buscar febrilmente en su interior una vieja y valiosísima cantera, la capacidad de aguante de una niña nada querida pero muy testaruda que sabía convertirse, cuando era necesario, en un pequeño puño humano protegido por unos párpados y que se cuela precisamente donde no se le quiere y que es capaz de resistir allí ralentizando sus pulsaciones hasta cero, hasta que sin saber cómo uno se acostumbra a su presencia y a las pequeñas ventajas que esconde y, al final, ya no se puede estar sin él…

También esta vez supo crecerse y, con todos sus años, sus hijos, Mija y carnes de más, cruzó los brazos por debajo del pecho y le dijo a Shaul que quizá no le convenía hacer un viaje así, a las pocas horas de haber sufrido un accidente tan grave, para después preguntarle con delicadeza cómo había sucedido, por lo que él volvió a retroceder, se refugió en la casa y casi se desploma con las muletas, a las que no estaba acostumbrado, como si en realidad no hubiera oído nada de lo que ella había dicho. Tenía los ojos rojos por el llanto, por la falta de sueño o por algún otro motivo que ardía en ellos y que Esti desconocía, y él susurró roncamente que tenía que ir pero que de ningún modo podía permitir que fuera ella la que lo llevara. Esti dejó que el rechazo de él la salpicara a sus anchas y después le preguntó adónde exactamente quería ir, a lo que él respondió, hacia el sur y, de repente, agitó una de las muletas con un ridículo gesto de ave y dijo, está bien, vayamos, e intentó simular una risotada alegre mientras le comunicaba que toda la situación era una verdadera locura, pero que tenía que llegar allí esa misma noche, cuestión de fuerza mayor, force majeur, con un acento que en aquellas circunstancias le pareció a ella el susurro del batín de seda de un noble venido a menos, y después Shaul siguió hablando y le explicó lo que era más que evidente, que lo que simplemente sucedía era que él no podía, en su estado, llegar solo allí por sus propios medios, y que por eso le había pedido a Mija que lo llevara. Ella, entonces, volvió a intentar comprender adónde exactamente esperaba Shaul que lo llevara a medianoche y habiendo avisado con tanta precipitación, pero él no le contestó, por lo que en su interior se puso furiosa con él y todavía más con Mija; que la había enviado a hacer aquel viaje solo por complacer a su hermano, que jamás haría algo así por él y, por supuesto, muchísimo menos por ella, pero Shaul pareció reaccionar finalmente, como si la silenciosa ira de ella hubiera conseguido ponerlo en su sitio en medio de su conmocionado estado de ánimo, así es que le dirigió una mirada que casi la traspasa por su desamparo y le dijo, sé que te resulta muy difícil, pero te aseguro que no me queda alternativa, a lo que ella asintió entre confusa y asustada mientras él volvía a tomar la palabra, ahora te lo cuento, por el camino.

A veces, allí, pasan por días tranquilos, completamente sosegados, se recuerda Shaul a sí mismo, tirado ahí en el fondo del viejo Volvo, taciturno, intentando con todas sus fuerzas borrar de la mente la presencia de la silenciosa conductora y el cosquilleo de las invisibles hormigas que le corretean a lo largo de la pierna por debajo de la escayola; un día como el de anteayer, por ejemplo, ¿o habrán pasado ya cuatro días?, cuando Elisheva entró en esa casa, por la puerta que había sido dejada entreabierta para ella, cuando se coló de lado, alzando con encanto un hombro, ¿quién hubiera dicho que todavía era capaz de mostrar cierta picardía?, y sonrió con alivio por volverse a encontrar allí, en el lugar en el que se siente libre de toda afectación y falsedad, del interminable esforzarse de su otra vida; se detiene un instante para recuperar el aliento y se pregunta cuántos años todavía va a poder ser capaz de subir así, corriendo, los cuatro pisos, porque puede que no esté lejos el día en que de nuevo vayan a tener que buscarse otra casa, ya se han tenido que mudar seis o siete veces de piso porque con las casas no tienen suerte, aunque la verdad es que no se puede tener suerte en todo; deja en el suelo el bolso azul, el que lleva a la piscina, cierra con cuidado la puerta de entrada y una sonrisa nueva, interior, la traspasa, porque sabe que incluso ese suave golpe él lo oye, su hombre, y que aprieta los ojos como si ya no pudiera resistirlo más, y que su carne ya se está tensando ante la llegada de ella, como la aguja magnética de una brújula, pero Elisheva tiene hoy otros planes, aunque él todavía no lo sabe.

Avanza despacio por el pasillo, pensando en cómo se las va a ingeniar para que hoy él renuncie a hacerlo, aunque no sabe que justamente su pausado andar se le representa a él como unos pasos de gata llenos de intencionalidad que le tensan los tendones del deseo hasta producirle un intenso dolor, y ahora ella está ya a la puerta del dormitorio, se detiene y se apoya en el marco mientras lo mira con ojos tiernos, estoy aquí, le dice bajito, y él, como sorprendido por su presencia, se vuelve despacio, mete estómago, ah, ya estás aquí, dice, sin lograr ocultar su alegría, mientras se le ilumina el rostro, pero ella sigue sin moverse, aspirando la visión que tiene delante, absorbiéndola a conciencia por cada poro de su cuerpo, como si se tratara de un avituallamiento que tuviera que bastarle para mucho tiempo, para todo un día entero más de hambre y de sed, mientras lo envuelve por completo con la mirada, desde los enormes pies, desde el dedo gordo tan distendido en su postura patriarcal hasta el resplandeciente rostro, al tiempo que repite, aquí estoy, y al hombre no le parece que ninguna palabra sobre, sino que, muy al contrario, el pecho se le ensancha para captar todo lo que encierran esas dos palabras, aquí estoy, soy toda tuya, tal y como realmente soy, desnúdame, y el rostro de él asiente, el cuerpo también asiente, y el corazón, los ojos y la respiración, todo él dice sí, y por milésima vez él se queda pensando que incluso cuando Elisheva dice cosas muy simples y evidentes, como tantas otras veces, estas conllevan siempre un eco de sorpresa, y esa es precisamente la cuestión, piensa Shaul, que todo lo que ella dice allí está compuesto de algún modo por esos dos principios, la evidencia y la sorpresa, y ahora, por la comisura de su fatigada sonrisa se le escapa a ella un fresco brillo rosado de manera que también el hombre le sonríe, la cara se le transforma por completo mientras le sonríe y la cara de Shaul se contagia inconscientemente de esa sonrisa, y Esti, preocupada por el prolongado silencio de él, vuelve la cabeza un instante hacia atrás y lo ve así, sonriendo, y entonces se siente incómoda, como si hubiera abierto una carta que no fuera suya, así que al momento devuelve la mirada de sus grandes ojos oscuros hacia la carretera mientras piensa que así es como Shaul miraba antes a Elisheva, hace años, y casi sin darse cuenta de ello Esti baja ligeramente el espejo retrovisor para captar la cara de él, que lleva los ojos cerrados y en la que sigue presente la misma expresión hipnótica y extraña, esa mezcla de felicidad, soledad y súplica.

Shaul había tenido tanta prisa por emprender la marcha que se le olvidó cerrar la puerta con llave y solo se dio cuenta cuando ya se encontraban junto al coche, de manera que Esti le dijo, espera, que voy yo, pero antes de echar la llave entró y pasó muy deprisa por las habitaciones, como si anduviera buscando algo. Hacía ya tres o cuatro años que no había estado en casa de ellos y hasta le costaba recordar cuándo había sido la última vez que habían invitado a la familia, puede que Elisheva sí quisiera, pero Shaul, con toda seguridad, se había opuesto. Se dio cuenta de lo mucho que había cambiado la casa, le parecía que los espacios entre los objetos habían aumentado mucho y que los muebles estaban dispuestos en un orden tan estricto que resultaba violento, y todos esos pensamientos ralentizaron sus movimientos mientras avanzaba con cuidado volviendo de vez en cuando el rostro en medio de una sensación muy extraña, como si no hiciera más de un momento que alguien hubiera hecho chascar un látigo por el aire y todos los muebles hubieran corrido a su sitio a ponerse bien firmes. Esto es cosa de él, pensó, seguro que ella no tiene nada que ver con esto, porque Elisheva irradiaba siempre una encantadora dejadez, de manera que por donde pasaba dejaba un reguero de objetos que olvidaba, las llaves, el monedero, un peine, una bufanda, y en todas las habitaciones en las que había estado dejaba su sello de distraída; ¿dónde estás?, pensó Esti, cuánto te has alejado.

Cerró la puerta con llave, pasó con una angustia contenida por el jardín que, en medio de la oscuridad, se le apareció sorprendentemente abandonado y salvaje, y vio a Shaul esperándola de pie junto al coche, hablando consigo mismo y columpiándose con nerviosismo sobre una de las muletas, sin tan siquiera sospechar el pequeño allanamiento de morada de ella. La luz de la farola lo tintaba de un tono de figura de cera mientras todo su ser se encontraba absorto en algo que a Esti se le escapaba; volvió a pensar en que no era bueno para él andar de aquí para allá en su estado y no podía comprender qué era lo que tanto lo empujaba a salir. Por supuesto que también él sabía muy bien que no tenía que ir allí, y mucho menos con ella, porque ¿qué tenía él que ver con Esti? ¿Cómo le iba a explicar todo aquello, o qué otra historia podía contarle? Hacía años que no cruzaban entre ellos más que cuatro frases educadas de compromiso en los eventos familiares, y es que había algo en Esti que siempre le había escamado un poco, quizá por el hecho de que ella siempre se había negado por completo a darle importancia al estatus de él, a su fama, a la admiración que su profesión provocaba en cualquier lugar, era como si ella siempre le estuviera exigiendo unas pruebas de un tipo completamente diferente que no se encontraban en absoluto al alcance de su mano.

Shaul, dijo ella con una voz suave, en un tono en el que nunca se habían tratado, como si estuviera estableciendo un alto el fuego inmediato y absoluto, pero él negó con un movimiento de cabeza que denotaba enfado y dijo, nos vamos, ayúdame a subir al coche.

Elisheva sigue en el mismo sitio en el que la ha dejado hace un momento y ahora envuelve con la mirada la cara del hombre que está en la cama mientras, sin darse cuenta, se muerde ligeramente el labio inferior. Antes tenía ese gesto inconsciente, al principio, cuando Shaul la conoció, pero después dejó de morderse el labio cuando estaba con él; sin moverse de su sitio le susurra, me gusta tanto tu cara, a lo que él responde con una mueca: ¿qué?, ¿mi cara de rana?, y entonces ella empieza a aproximarse a la cama muy despacio, co

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