¡De qué maravillosos triángulos son ápices las estrellas! ¡Qué seres distantes y diferentes en las varias mansiones del universo contemplan lo mismo a la vez!
HENRY DAVID THOREAU
La astrología es como la gravedad. No tienes que creer en ella para que funcione en tu vida.
Zolar’s Starmate
No existe una pasión en la tierra que iguale la de cambiar un borrador escrito por otro. Ni el amor ni el odio la superan.
H. G. WELLS
Nicholas Jordan no nació bajo un cielo estrellado, sino en el hospital Edenvale, un modesto edificio de ladrillo rojo a las afueras de un pueblo con cuatro bares, ninguna oficina bancaria, una piscina, seis centros recreativos y unas restricciones de agua durante los veranos que todos lamentaban amargamente. El hospital estaba rodeado de parterres de buganvillas rosas y zonas rectangulares de césped sediento. En el nacimiento de Nick, el cielo que había sobre su tejado de cinc caliente era de un azul abrasador, lo habitual en un mediodía de febrero en el hemisferio sur.
Pero las estrellas estaban ahí. Lejos, más allá del calor sin nubes de la troposfera, de la capa de ozono de la estratosfera, de la mesosfera y la termosfera, la ionosfera, la exosfera y la magnetosfera, pero estaban. Eran millones, formando un patrón en la oscuridad y orbitando hasta colocarse en la configuración precisa que iba a quedarse grabada para siempre en el alma de Nicholas Jordan.
En las horas que siguieron al nacimiento de su hijo, Joanna Jordan (aries, dueña y única empleada de la peluquería Edenvale’s Uppercut, delantera del equipo de netball de las Edenvale Stars con una puntería increíble, y ganadora en dos ocasiones del título de Miss Eden Valley) no pensó en las estrellas. En su habitación individual del ala de maternidad, desaliñada pero exultante de felicidad, no podía dejar de mirar, embelesada, la cara del pequeño Nick, buscando influencias de una naturaleza más terrenal.
—Tiene tu nariz —le dijo en voz baja a su marido.
Y estaba en lo cierto. El bebé tenía una réplica perfecta en miniatura de la nariz, que tan bien conocía y tanto quería, de Mark Jordan (tauro, defensa de anchos hombros de los Australian Rules reconvertido en asesor financiero que vestía habitualmente polos, amante de la tarta de queso al horno y profundo admirador de las mujeres de piernas largas).
—Pero también tiene tus orejas —respondió Mark mientras apartaba el pelo oscuro que cubría la cabeza del recién nacido, Nick, lo que le hizo darse cuenta de lo enormes que se veían sus propias manos en comparación.
Joanna y Mark siguieron contemplando a su hijo y adjudicándole diferentes orígenes a las mejillas, la frente, los dedos de las manos y de los pies. Los flamantes padres encontraron un eco del hermano de Mark en la distancia que había entre los ojos del bebé, así como de la madre de Joanna en sus labios carnosos y expresivos.
Pero no encontraron, porque tampoco buscaron, las huellas de Beta Aquarii, una supergigante amarilla que ardía a 537 años luz de la tierra, ni el toque más difuso de la nebulosa Hélix ni, en realidad, el de ningún otro de los cuerpos celestiales que componen la gran constelación de acuario, bajo cuyos auspicios se encontraba el sol en el momento del nacimiento del bebé.
Si un astrólogo hubiera estudiado los pormenores del destino que se veía en la carta natal del pequeño Nick podría haber predicho, el mismo día de su nacimiento, que cuando creciera sería un niño creativo, cariñoso y original, incluso un poco excéntrico, aunque tendría una vena competitiva tan grande que sus hermanos preferirían comer coles de Bruselas a jugar al Monopoly con él. También sabría que iban a encantarle las fiestas de disfraces y que no podría evitar llevarse a casa a cualquier perro famélico o gato comido por las pulgas que se cruzara en su camino.
Ese mismo astrólogo podría haberse permitido una sonrisa cariñosa al decir a sus padres que Nick, desde la mitad de la adolescencia en adelante, sería un ferviente creyente en todo lo relacionado con las estrellas. A Nick le gustaría el hecho de ser acuario, un signo que él asociaría con el pensamiento innovador y original y con el verano, los festivales de música y los hippies jóvenes y cachondos que despedían olor a pachuli y sexo.
Pero el día del nacimiento de Nick no había ningún astrólogo a mano y la única persona que hizo una predicción astrológica sobre el bebé fue Mandy Carmichael, la amiga de Joanna Jordan. Mandy (géminis, la meteoróloga con hoyuelos favorita de la cadena de televisión regional, radiante recién casada y fan de ABBA) se presentó en el hospital como un hada madrina en cuanto salió del trabajo. Todavía tenía la cara cubierta por una gruesa capa de base de maquillaje y caminaba como mejor podía sobre unos tacones altos con un enorme osito de peluche azul en una mano y un ramo de supermercado de crisantemos en la otra. Poco después el osito acabó sentado en una silla, los crisantemos metidos en un tarro de cristal Fowlers y Mandy descalza junto a la cama, acunando al primogénito de su amiga con un cuidado infinito.
—Un pequeño acuario, ¿eh? —dijo con los ojos empañados—. No esperes que sea como tú y como Mark, ¿eh, JoJo? Los acuarios son diferentes. ¿A que sí, chiquitín?
—Será mejor que le gusten los deportes —comentó Jo medio en broma—. Mark ya le ha comprado una raqueta de tenis.
—Y seguramente por eso acabará siendo artista. O bailarín, ¿verdad, tesoro?
Mandy dejó que Nick le agarrara un dedo con su manita, que era como una estrella, y durante un momento se quedó sin habla, algo inusual en ella.
—Jo, es precioso. Simplemente precioso —dijo al cabo.
Para cuando Mandy salió del hospital ya estaba anocheciendo y se había levantado una brisa un poco fresca pero agradable, como el estado de ánimo melancólico que experimentó cuando, con los zapatos en las manos, cruzó la hierba que le pinchaba los pies de camino al aparcamiento. El cielo por el oeste se veía de un azul ahumado, entreverado con retazos de nubes bajas y rosadas, pero por el este ya asomaban, en la oscuridad creciente, unas cuantas estrellas ansiosas por brillar. Mandy se sentó tras el volante de su coche y se quedó un buen rato mirando esas estrellas. Todavía le parecía notar en la nariz el olor del bebé.
El viernes siguiente, en Curlew Court, una calle sin salida en una zona recién construida de Edenvale con aceras de hormigón y llena de casas de una sola planta con tejados de planchas de acero de colores, céspedes bien cortados y eucaliptos jóvenes rodeados por una rejilla protectora, Drew Carmichael se tumbó boca arriba y exclamó:
—¡Uau!
En la cama elástica de su vecino de al lado había una botella vacía de Baileys Irish Cream, dos vasos sucios y también su mujer, sudorosa, medio desnuda y sonriente. Drew (libra, asesor agrícola, aficionado a la aviación no profesional, amante de Pink Floyd y guitarrista espantoso que tocaba su instrumento imaginario ante el espejo de su dormitorio) llevaba en casa menos de una hora después de haber estado fuera dos semanas, en un viaje de trabajo, y en ese momento tenía la sensación de que aquello había sido un asalto sexual deliberado. Y que el propósito era dejarlo exhausto, además. Por suerte, los vecinos estaban de vacaciones en Gold Coast.
—Uf —murmuró Mandy sin dejar de sonreír mientras miraba un cielo cubierto de estrellas.
Drew se incorporó apoyándose en un codo y miró a su mujer. Vio una sombra en su mejilla izquierda, donde tenía un hoyuelo, y percibió el olor de las travesuras en su piel húmeda.
—¿Y a qué ha venido eso? —preguntó al tiempo que le ponía una mano sobre el suave vientre pálido, que tenía al aire—. ¿Eh?
—Perdona —dijo Mandy, y le apartó la mano de un manotazo, si bien con una gran sonrisa—, pero soy una mujer casada. No toques lo que no puedes tener.
Drew le hizo cosquillas y ella soltó una risita.
—¿Qué pretendes?
—¿Pretender? ¿Yo? Solo... estoy mirando las estrellas.
Un poco borracho y muy feliz, Drew apoyó la cabeza en los brazos flexionados y miró hacia donde Mandy miraba, a lo más profundo del espacio.
Esa noche de febrero los Carmichael encargaron una niña que nacería a primera hora de una mañana de noviembre, bajo el signo de sagitario. Llegaría, menuda y perfectamente formada, con la cabecita cubierta de una versión muy fina del pelo castaño claro que, con el tiempo, se le rizaría para enmarcarle el afilado contorno de la cara. Tenía los ojos de color avellana, la barbilla prominente y sus labios habían adquirido la forma de un bonito arco, como el de Cupido (igual que los de su madre). Sus cejas oscuras (como las de su padre) serían rectas y casi severas.
Un astrólogo habría predicho que ese bebé iba a convertirse en una persona en la que se podía confiar, juguetona, pero también bastante perfeccionista. Alguien a quien le encantarían las palabras, que a los nueve años participaría en un concurso infantil de ortografía de la televisión, y lo ganaría, y que llevaría a menudo un bolígrafo colocado detrás de la oreja. Su mesilla de noche siempre tendría que soportar el peso de un buen montón de libros (leídos, a medio leer o por leer) y seguramente, oculto entre ellos, habría también un catálogo de Howards Storage World o de IKEA, porque el «porno» de la organización de armarios iba a ser para esa chica su placer culpable de por vida. Su memoria estaría tan organizada como un brillante archivador de acero inoxidable y hasta sus mensajes de texto tendrían un formato y una puntuación impecables.
Ese astrólogo habría podido prever también, con un movimiento triste de la cabeza, que esa niña no le prestaría la menor atención a las estrellas. Lo cierto es que consideraría los horóscopos algo sin interés, tan superfluo como un montón de estiércol.
—Justine —murmuró Mandy.
—¿Qué? —preguntó Drew.
—Justine —repitió Mandy, pronunciándolo con más claridad—. ¿Te gusta?
—¿Quién es Justine? —volvió a preguntar Drew, confuso.
«Ya lo verás —pensó Mandy—. Ya lo verás.»
Pasó el tiempo. Las lunas orbitaron alrededor de los planetas. Los planetas dieron vueltas alrededor de las estrellas más brillantes. Las galaxias giraron. Y, según fueron transcurriendo los años, fueron uniéndose más satélites. Hasta que, un día, como por arte de magia, allí estaba ella: Justine Carmichael, de veintiséis años, un viernes de marzo por la mañana, recorriendo como podía una calle arbolada de un barrio residencial con un montón inestable de tazas de café para llevar. Se había puesto un alegre vestido verde con lunares blancos con vuelo y unas zapatillas de deporte casi blancas en las que se proyectaba el patrón de luces y sombras de la acera iluminada con motas por la que caminaba.
La calle, que estaba a unas dos horas al este de Edenvale, era Rennie Street, una de las principales vías de una zona residencial de alto nivel de Alexandria Park. Había mansiones estilo Federación y bloques de apartamentos art déco, floristerías y cafeterías, uno de esos lugares donde es fácil encontrar un café vienés servido en vaso alto con una cuchara larga y donde los peluqueros de perros se especializan en razas como el bichón maltés y el west highland terrier. Justine se dirigía a la sede del Alexandria Park Star, su lugar de trabajo. Oficialmente la denominación era «asistente de redacción», pero el director de la revista, un hombre dado a las florituras verbales, algo que no tenía nada que ver con la incisiva brevedad que mostraba su estilo periodístico, prefería llamarla «nuestra querida y adorada periodista en prácticas en la reserva», aunque la habría denominado simplemente «recadera», de haber escrito sobre ella.
Las oficinas centrales del Star estaban en una elegante casa de madera rehabilitada un poco apartada de la carretera. Cuando Justine cruzó sin detenerse la cancela abierta, pasó por debajo de uno de los monumentos más controvertidos de Alexandria Park: la estrella que daba nombre a su revista. Tan horrible como inconfundible, era una escultura de mosaico, del tamaño de la rueda de un tractor, que colgaba sobre la acera, bien alta y reluciente, gracias a un soporte unido a un poste. Era muy rechoncha y curvilínea para ser una estrella y sus cinco puntas, que no eran simétricas, estaban toscamente recubiertas con trozos de azulejos de color amarillo ácido y los fragmentos de un juego de té con un dibujo de rosas amarillas.
Treinta años antes, cuando la colocaron allí, en las alturas, los lugareños la apodaron «el peligro amarillo» e intentaron encontrar alguna argucia legal en la normativa municipal para lograr que la quitaran. En aquellos tiempos para la mayoría de los residentes de Alexandria Park el Star no era más que una inmunda revista de las que se reparten gratis por la calle, y consideraban a su joven director, Jeremy Byrne, un despreciable degenerado de pelo largo. Tenían la firme opinión de que el disoluto hijo mayor de Winifred Byrne no tenía derecho a instalar la sede de su panfleto sensacionalista, que solo servía para envolver pescado, en la elegante casa de Rennie Street de su difunta madre.
Pero Alexandria Park aprendió a vivir tanto con la revista como con su llamativo emblema, y a esas alturas el Star era una publicación de éxito y muy respetada en la que se trataban temas de actualidad, deporte y cultura. Sus números mensuales no solo se leían en Alexandria Park, sino también en toda la ciudad, e incluso llegaban a los barrios residenciales del otro extremo. Aunque el trabajo de Justine no estaba siquiera en el último nivel del escalafón periodístico, sino por debajo, muchos brillantes recién licenciados en periodismo no habrían dudado en ponerle la zancadilla para quedarse con su puesto.
En su primer día en ese empleo, a Justine le había enseñado las instalaciones el mismísimo Jeremy Byrne, que ya no tenía el pelo largo sino que estaba bastante calvo, y para entonces ya era mucho más burgués que hippy. Durante su visita a las oficinas la había hecho detenerse justo debajo de la enorme y delirante mole de la estrella.
—Quiero que la veas como el talismán que protege los audaces e independientes principios periodísticos en los que se basa esta publicación —le dijo, y después empezó a hablar de los «rayos de inspiración» de la estrella y se puso a gesticular como para indicar que caían sobre su cabeza, lo que a Justine le pareció muy extraño y le dio vergüenza, aunque intentó ocultárselo a su jefe.
El Star, como su director le había prometido, era un lugar estupendo para trabajar. El personal se esforzaba mucho, pero también sabía divertirse. Los reportajes de la revista eran muy buenos y las fiestas de Navidad eran una orgía de comida y bebida. El problema que tenía Justine era que se trabajaba tan bien en el Star que ninguno de los periodistas dimitía nunca. En ese momento había tres periodistas en plantilla en la oficina central y uno en Camberra, y todos llevaban en su puesto más de una década. El asistente de redacción que había ocupado el puesto antes que Justine había esperado tres años a que surgiera alguna vacante de periodista en prácticas antes de rendirse y aceptar un trabajo de relaciones públicas.
Pero en su primer día, allí plantada bajo la estrella con Jeremy Byrne, muerta de vergüenza, se convenció de que su predecesor era quien había tenido que soportar toda la espera y que eso no iba a sucederle a ella. Seguro que había un trabajo de verdad esperándola a la vuelta de la esquina. Habían pasado dos años, sin embargo, no había a la vista señales de ningún avance y Justine empezaba a pensar que su primera oportunidad de verdad en el Star no llegaría hasta que uno de los empleados actuales muriera de viejo.
Apretó el paso por el caminito flanqueado por arbustos de lavanda mientras recolocaba su pila de tazas de papel para dejarse una mano libre con la que recoger un montón de correo que había sobre las losetas de piedra. Por fin llegó a lo más alto de un corto tramo de escalones y abrió, empujando con la cadera, la puerta principal. Pero antes de que llegara a cerrarse detrás de ella, le llegó una voz melosa por el pasillo.
—¿Justine? ¿Eres tú?
La voz pertenecía a Barbel Weiss, la directora de publicidad, que había transformado uno de los dos preciosos salones delanteros de la casa, con sus ventanas en saliente, en un espacio tan bien arreglado y femenino como ella. Cuando Justine entró en su despacho, Barbel, que llevaba un traje pantalón de color rosa oscuro y se había retorcido la melena rubia hasta formar un recogido que parecía sacado de una pastelería alemana, estaba agitando en el aire un folleto y ni se molestó en levantarse de su mesa.
—Querida, lleva esto al departamento de diseño, ¿quieres? Diles que la fuente que quiero para el anuncio de Brassington es esta... Esta de aquí. La he señalado con un círculo.
—No hay problema —respondió Justine, y se acercó con cuidado a la mesa para que Barbel pudiera añadir el folleto a la pila que ya llevaba.
—Oh —exclamó Barbel, arrugando la frente solo un poquito al ver el arsenal de tazas de café que Justine llevaba—, veo que acabas de venir de Rafaello’s. No te importará volver a ir, ¿verdad? Va a venir un cliente dentro de veinte minutos y se me había ocurrido que estaría bien ofrecerle unos macarons. Pongamos de... frambuesa. Gracias, Justine. Eres un ángel.
El salón que había al otro lado del pasillo era el despacho del director, pero era muy diferente del de Barbel. Parecía más bien el salón de alguien con síndrome de Diógenes, con montones de periódicos extranjeros que llegaban a la altura de la rodilla y estanterías atestadas de manuales legales, biografías políticas, ejemplares del Wisden Almanack y libros de crímenes reales. Jeremy, que llevaba una camisa que podría considerarse formal pero que, de alguna manera, recordaba ligeramente a un caftán, estaba hablando por teléfono. Cuando Justine se abrió paso para dejarle su té chai con leche de soja, él levantó una mano abierta en su dirección, lo que significaba: «Vuelve dentro de cinco minutos». Justine sonrió, obediente, y asintió.
Siguiendo por el pasillo se encontraba la sala de redacción, donde estaban los periodistas en plantilla. Cuando oyó los pasos de Justine, Roma Sharples dejó de mirar la pantalla de su ordenador, se volvió y miró a la asistente por encima de la montura azul eléctrico de sus gafas. Famosa por ser quejica y mandona, debía de estar ya cerca de los setenta años, pero no parecía tener intención de jubilarse.
—Gracias —dijo Roma cuando Justine le dio su café negro y largo. Despegó un posit del cuaderno que tenía sobre su mesa y se lo dio a Justine—. Dale esta dirección a Radoslaw y dile que tenemos que estar allí a las once en punto. Y, Justine, trae el coche hasta la entrada, ¿quieres?
Justine dejó un caffè latte con un cuarto de café en la mesa vacía que había al lado de la de Roma. Pertenecía a Jenna Rae, quien seguramente había tenido que salir a ocuparse de algún encargo. Jenna tenía solo treinta y muchos, así que por ese lado no había esperanzas para Justine.
El especialista deportivo del Star era Martin Oliver, de cincuenta y tantos. Estaba al teléfono, y cuando Justine le dio su capuchino doble con mucho azúcar notó el habitual hedor que despedía, mezcla de alcohol y nicotina. Martin llamó su atención con un leve codazo. En el cuaderno de su mesa escribió: «Atasco de papel en la impresora». Y a continuación: «El ordenador no me imprime los PDF, otra vez. Díselo a Anwen».
—Sí, es verdad, los seleccionadores de críquet son imbéciles. No serían capaces de diferenciar un tiro con efecto de un efecto especial —contestó a quien le hablaba por el teléfono mientras subrayaba las palabras «otra vez» con tanta fuerza que hizo una profunda rasgadura en el papel.
Justine le quitó el bolígrafo y dibujó una carita sonriente debajo de su mensaje.
Un poco más allá, siguiendo por el pasillo, había un despacho angosto que en algún momento debió de ser un armario. Allí, detrás de su mesa, estaba Natsue Kobayashi, la secretaria general de redacción. Natsue había sido bendecida con un gusto exquisito para la ropa y una tez a la que no le afectaba el paso del tiempo, hasta el punto de que todo el mundo se sorprendía al saber que tenía edad suficiente para ser abuela de tres niños. Cada día se tomaba exactamente cuarenta y cinco minutos de descanso para comer y pasaba la mayor parte de ellos tejiendo prendas con materiales lujosos (lana merina, alpaca, zarigüeya o camello) para sus queridos nietos, que vivían en Suecia. Natsue también tenía un don para la multitarea.
Sin dejar de transcribir la carta que tenía puesta en el atril que había junto a su ordenador, dijo:
—Buenos días, Justine. ¡Oh, qué vestido! ¡Es precio-o-oso! Kawaii!
El vestido era una prenda vintage genuina: había pertenecido a la abuela de Justine.
—Expreso doble con espuma —dijo Justine, y le dio su vaso de papel.
—Eres un cielo —contestó Natsue sin parar de teclear—. Y veo que has recogido el correo. Te agradecería mucho que me trajeras el mío en cuanto lo clasifiques.
—Claro —respondió Justine.
Por suerte, Justine encontró la sala de diseño vacía; no había nadie que pudiera añadir más tareas a su lista de cosas por hacer, así que dejó una breve nota, junto con el folleto que Barbel le había dado, y salió de allí lo más rápido posible. Al otro lado del pasillo, en el departamento de informática, el ángel custodio residente del Star, Anwen Corbett, parecía estar echándose una siesta.
Anwen era un ave nocturna, al menos en parte, y muchas veces iba a la oficina a altas horas de la noche para hacer algún ajuste a los ordenadores cuando nadie los utilizaba. En ese momento tenía su cabeza llena de rastas apoyada en un grueso manual de informática que había sobre una mesa, que en su mayor parte era un enorme desastre de cables, placas base y figuras de acción de La guerra de las galaxias.
—Anwen —llamó Justine—. ¡An!
Anwen levantó la cabeza bruscamente, aunque no llegó a abrir los ojos.
—Sí, sí. Todo está bien. Todo está aquí.
—El ordenador de Martin no imprime los archivos otra vez. Me ha dicho que quiere que le eches un vistazo —comunicó Justine.
Anwen volvió a dejar caer la cabeza sobre su almohada improvisada y soltó un gruñido.
—Dile que eso es un PICNIC.
PICNIC era el acrónimo favorito de Anwen: «Problema del Individuo en Cuestión, No del Indefenso Computador».
—Tengo café —dijo Justine con tono adulador.
—¿Ah, sí? —contestó Anwen abriendo sus párpados hinchados.
—Un macchiatto largo... que podrás recoger en mi mesa en cuanto le hayas echado un vistazo al ordenador de Martin.
—Eso es una crueldad.
Justine sonrió.
—Pero funciona.
El departamento de fotografía era la siguiente parada por el pasillo. Justine se apoyó en el marco de la puerta.
—Buenos días, Radoslaw —saludó—. Roma me ha pedido que te diga que te necesita para un trabajo a las once en punto. Toma la dirección.
Como un gallo de pelea en un campeonato, el fotógrafo del Star, con una lata de Red Bull en la mano, apareció dando un salto de detrás del enorme monitor de su ordenador. Llevaba una camisa de cuadros de manga corta completamente abrochada, justo hasta el borde de su barba negra bien cuidada. Justine miró la papelera, donde ya había otras dos latas de color azul y blanco vacías.
Sabía que Roma le había pedido que llevara el coche de la empresa a la puerta delantera por la forma de conducir de Radoslaw. Por su culpa, el Camry tenía arañazos en ambos lados y había pintura blanca de coche en varios puntos de la valla lateral. Aun así, Radoslaw siempre insistía en conducir cuando iban a hacer un trabajo. Ni siquiera Roma había conseguido imponerse en ese asunto.
—Oye, di a Roma que se vaya a la mierda —contestó Radoslaw, sin molestarse siquiera en bajar la voz—. Tengo que ir al circuito de carreras con Martin esta mañana. ¿Es que no pueden hablar entre ellos, joder? Coño. Trabajan en la misma puta habitación. Hostia.
Esa era la forma habitual de responder de Radoslaw, así que era una verdadera suerte para él que no hubiera hecho una mala foto en su vida.
Por fin Justine llegó a su mesa, que estaba en un anexo situado en la parte de atrás de la vieja casa. Las paredes estaban sin revestir, aunque sí las habían pintado toscamente. Apoyada en una de ellas había una bicicleta que probablemente Martin Oliver había usado por última vez siete meses atrás, algún día que sintió la necesidad de hacer un poco de ejercicio a la hora de comer en vez de ir directamente al pub Strumpet and Pickle. Entre las ruedas de la bici sobresalía un hocico blanco y cubierto de pelo manchado y un par de ojos llorosos marrones oscuros. Pertenecían a un bichón maltés pequeño y peludo que arrastraba una correa con estampado de leopardo.
—Falafel —lo llamó—. ¿Qué haces aquí?
El perro se limitó a mover la cola, pero la respuesta a la pregunta de Justine estaba sobre su mesa: una nota del director del departamento de diseño del Star. Con su letra, firme y segura, Glynn había escrito: «¿Podrías llevar a F. a la peluquería? Tiene cita a las diez de la mañana. Los peluqueros se pondrán hechos una furia si llega tarde otra vez. ¡Gracias! G.».
Falafel fue trotando hasta los tobillos de Justine y le ladró, impaciente.
—No empieces... —le advirtió ella.
Durante unos segundos Justine se quedó allí de pie, respirando despacio y profundamente. No tenía sentido agobiarse, se dijo. Cuando todo el mundo quería algo de inmediato, había que priorizar. Pensó que, aunque Jeremy le hubiera pedido que fuera a su oficina en cinco minutos y a pesar de que era el jefe, también era un hombre que no controlaba el tiempo. Cinco minutos en el mundo de Jeremy podían significar cualquier intervalo entre diez minutos y seis horas. Por eso consideró que por lo menos podría revisar el correo y llevar sus cartas a Natsue, después pasar por Rafaello’s para comprar las galletas de Barbel, y a la vuelta ir a la peluquería canina y dejar allí a Falafel. Luego se ocuparía de arreglar el atasco de papel en la fotocopiadora, de llevar el Camry a la puerta y de transmitir el mensaje de Radoslaw a Roma (el sentido general, no las palabras exactas), lo que iba a provocar una pelea entre Martin y Roma. Y a continuación...
—¡Justiiiiiine!
«Oh, mierda.»
Era la voz de Jeremy la que resonaba por el pasillo.
—Sé bueno —ordenó a Falafel—. ¡Perro bueno!
Antes de llegar a la puerta del despacho de Jeremy, Justine redujo el paso y se alisó el vestido. «Profesional, competente, imperturbable», se dijo. Y entró.
—¡Querida! —la saludó Jeremy con una sonrisa que provocó que le aparecieran unos capilares rotos en las mejillas y la nariz—. Siéntate, siéntate.
A Jeremy le encantaba ejercer de paterfamilias, y Justine sabía que, como director y mentor suyo autodesignado, creía que era su responsabilidad mantener conversaciones con ella regularmente. Le gustaba contar a Justine batallitas de su peligroso y glorioso pasado, así como perorar sobre cuestiones como la ética, el proceso reglamentario, la jurisprudencia y la delicada maquinaria del sistema de Westminster.
—Querida —repitió inclinándose sobre la mesa, para a continuación lanzarse a hablar del tema que se le hubiera ocurrido ese día—, ¿qué sabes de la separación de poderes?
—Bueno... —dijo Justine, y decir eso ya fue un error. En las conversaciones con Jeremy era una mala idea empezar con una muletilla.
—Tenemos que dar las gracias a la Ilustración francesa por el concepto de la separación de poderes —la interrumpió—, que defiende que los tres poderes del gobierno, el ejecutivo, el legislativo y el judicial...
Y allí se quedó Justine durante un buen rato, sentada frente a Jeremy, escuchándolo monologar. Apoyó las manos en el regazo de su vestido de lunares e intentó que pareciera que estaba muy atenta y aprendiendo algo, y no pensando en macarons, la anchura del callejón del lateral, los problemas con la impresora de Martin y si Falafel se habría zampado su comida, que había dejado en la bolsa, sin protección, sobre su mesa.
Al cabo de un rato sonó el teléfono de Jeremy y él lo cogió al momento.
—¡Harvey! —exclamó—. Espera un segundo, viejo amigo. —Tapó el micrófono con la mano y miró a Justine con una sonrisa compungida—. Ya seguiremos con esto.
Libre al fin, Justine salió al pasillo. Por el jaleo supo al instante que Radoslaw no había esperado a que Justine tuviera tiempo de transmitir su mensaje a Roma.
Además, Martin estaba gritando:
—¡Justiiine! ¡Necesito imprimir algo! ¡Y tendría que ser este año!
Justine miró el reloj. Falafel ya llegaba tarde a la peluquería.
Y entonces Barbel asomó por la puerta de su despacho, con su bonita frente arrugada por los nervios.
—¿Dónde están mis macarons? —preguntó, pero Justine solo pudo responderle con una sonrisita triste.
Menudo día le esperaba.
Esa tarde, cuando Justine acabó su trabajo ya eran las seis y media. Unos mechones ondulados de pelo le caían lacios sobre la cara, le daba la sensación de que tenía la piel grisácea y, gracias a la impresora averiada, había acabado con una mancha de tinta en un lado de su vestido de lunares. También tenía hambre, porque aunque Falafel no se había zampado su rollito de curri de pollo, sí que había jugueteado con él hasta dejarlo incomible, y Justine no había tenido tiempo de ir a por otra cosa para comer.
Cuando pasó debajo de la estrella cubierta de mosaico que colgaba de su poste a la entrada, la miró con rencor.
—Rayos inspiradores —murmuró entre dientes, y salió a Rennie Street.
Caminó tres manzanas y giró a la izquierda hacia Dufrene Street, donde había gente que salía del Strumpet and Pickle y se dispersaba por la acera tras haberse tomado una copa después del trabajo. Cruzó la calzada, y estaba a punto de atravesar la puerta oriental de Alexandria Park cuando se detuvo en seco, se volvió y miró al otro lado de la calle, en dirección a la hilera de almacenes renovados que habían convertido en mercado.
Es difícil saber por qué hizo lo que hizo justo en ese instante. Tal vez el sol, desde su posición en piscis, proyectaba sus rayos en cierto ángulo sobre ella, o quizá Venus y la Luna, desde su posicionamiento en acuario, propicio para el amor, se aliaron para llamar su atención. O puede que Júpiter estuviera enviándole algún tipo de vibración desde su dominante situación en virgo. O a lo mejor solo fue el subconsciente de Justine, que le sugirió sutilmente que esa era una forma de retrasar el inevitable momento de cruzar la puerta de su apartamento vacío, ponerse el último episodio de la nueva adaptación de Emma de la BBC y pensar durante un minuto en llamar a su mejor amiga, Tara, para luego decidir tirarse en el sofá con el consuelo de una tostada con Vegemite, la pasta de untar salada que tanto le gustaba, para cenar.
Justine se quedó parada, justo al borde la acera, preguntándose si tenía tiempo. El mercado no cerraba hasta las siete. Miró el reloj. Sí que lo tenía.
Buscó en el interior del bolso, tipo cesta, que llevaba colgado del brazo y se alegró de ver que allí dentro, en su bolsillito especial, estaba esperando su boli negro. Se bajó las gafas de sol de lo alto de la cabeza y se acercó.
Justine iba muy pocas veces a Alexandria Park Markets a comprar algo para comer. Casi siempre entraba en aquel espacio fresco de techos altos con la misma actitud con la que se visita una galería de arte. Le gustaba mirar las flores extrañas y exóticas que llenaban los enormes frascos de vidrio de la floristería y pasar por delante de la pescadería para admirar las brillantes criaturas marinas en sus lechos de hielo.
Dejó atrás la floristería, la carnicería y la panadería en su camino hacia la sección de fruta y verdura. Esquivó una caja de madera llena de sandías, se quitó las gafas de sol y miró los aguacates Hass que estaban expuestos. Y allí estaba, encima de esas frutas, en un portarrótulos de plástico; el cartel que hacía daño a la vista:
«Agüacates».
¿Es que la gente no iba a aprender nunca? Aquel era un frutero evidentemente competente. No, más que competente. Había apilado las granadas para que parecieran las joyas de la corona de una nación remota y exótica. Sabía seleccionar manzanas de una perfección invariable y mantener las uvas con una leve capa de bruma para que lucieran apetitosas todo el día. No tenía sentido que ese hombre, de forma tozuda y recurrente, persistiera en escribir mal «aguacates». Pero así era. Una semana tras otra, Justine corregía su error y el frutero respondía quitando el cartelito corregido y poniendo otro con su maldito «Agüacates». Era muy irritante. No obstante, Justine estaba decidida a no dejarse vencer.
Esperó hasta que el dependiente que había detrás del mostrador estuvo distraído y entonces sacó su bolígrafo y en un abrir y cerrar de ojos tachó la diéresis que sobraba. «Aguacates». Sí, mucho mejor.
Satisfecha tras haber recuperado el orden del mundo, Justine se volvió con la intención de dirigirse rápidamente a la salida que daba a Dufrene Street. Pero solo había dado unos pasos cuando se topó con un pez descomunal.
Costaba saber qué tipo de pez era. Era plateado y con los labios dibujados con una cinta de satén rosa. Tenía los ojos enormes, amarillos y saltones, como dos mitades de una pelota de ping-pong pintadas. También tenía una aleta dorsal que le sobresalía por la parte de atrás de la cabeza y continuaba por todo su lomo en ondulaciones con pinchos. Donde deberían estar las aletas pectorales, había unos grandes guantes plateados. Y entonces el pez le dijo:
—¿Debería estar haciendo eso?
Estaba a punto de ponerse a discutir cuando reconoció la cara humana que se veía por un agujero ovalado en la tela plateada del disfraz de pez.
—¿Nick Jordan? —preguntó Justine, sin poder creérselo.
—Madre mía, ¿Justine?
—¡Hola!
—Hola.
—Oh, Dios mío... Estás igual —respondió Justine, alucinada y sonriendo.
Nick puso cara de incredulidad a su vez y se miró el disfraz de pez.
—Gracias. Creo.
—Ha pasado... ¿cuánto?
—Años —contestó Nick, y al asentir con la cabeza la tela brillante y plateada del traje se estremeció de arriba abajo.
—¿Once? ¿Doce? —aventuró Justine, como si no estuviera segura.
—No puede haber pasado tanto tiempo —respondió él.
Pero sí. Habían pasado doce años, un mes y tres semanas. Y Justine lo sabía con exactitud.
En alguna caja de zapatos, o tal vez en un álbum, tenía que haber una fotografía de Justine Carmichael, una niñita de pocas semanas de vida rosadita y diminuta como un conejo despellejado, acostada sobre una alfombra al lado de Nicholas Jordan, de diez meses, que en comparación con ella parecía un luchador de sumo vestido con un bodi de Winnie the Pooh.
Cuando eran bebés y estaban en el parquecito de arena de la guardería, Justine y Nick compartieron sus paquetes de galletas con forma de osito y la experiencia traumática de ser destronados por la llegada de los hermanos pequeños. En ese aspecto, Justine había salido mejor parada que Nick: en su segundo intento, sus padres habían tenido un niño, Austin, y habían decidido parar ahí. Pero los padres de Nick, Jo y Mark, tras tener otro niño, Jimmy, habían ido a por un tercero, con la ilusión de que fuera una niña. Y entonces llegó Piper.
Para cuando Justine y Nick dejaron la guardería y pasaron al colegio Eden Valley Primary, Nick estaba en una fase de imitación y además se negaba a ir a clases vestido con ninguna otra cosa que no fuera un disfraz de lémur que era un mono de cuerpo entero. Y eso incluso en verano. Así que Justine, como la amiga leal que era, se pasaba las mañanas sentada a su lado en la colchoneta mientras él chupeteaba la cola rayada del disfraz durante la lectura de los cuentos y después de comer lo ayudaba a quitarse del pelo todos los trocitos de serrín de la zona de juegos.
Durante los primeros años de la primaria, Nick adquirió la costumbre de jugar al fútbol en los recreos, mientras que Justine se encaramaba a los árboles o alternaba entre los diferentes juegos inventados con los que las chicas se entretenían, que normalmente incluían a alguien tirado en el suelo y berreando porque fingía ser un bebé. Pero fuera del colegio Nick y Justine jugaban juntos durante las interminables horas que sus madres se pasaban charlando con una taza de té o una copa de vino delante. En esas ocasiones, los dos niños sabían que podían ignorar sin problemas las ocasionales advertencias de Jo y Mandy de: «¡Cinco minutos y nos vamos!». Y Justine sabía exactamente dónde encontrar las chocolatinas en la despensa de los Jordan, mientras que Nick tenía un cepillo de dientes en casa de los Carmichael.
En algún momento hubo una cinta VHS en la que los dos tenían siete años, y Nick estaba montando escándalo, aporreando las cuerdas de nailon de una vieja guitarra acústica y Justine, que llevaba unas gafas de sol con los cristales en forma de corazón, cantaba con el micrófono de un karaoke de juguete de La Sirenita en la mano. Cantaron «Big Yellow Taxi», que no sonó del todo mal, y «Yellow Submarine», que tampoco quedó tan horrible, pero después se atrevieron con una versión inocentemente provocativa de «Some Girls» de Rancey. En cierto momento de la canción, Justine y Nick se dieron cuenta de que su público, formado en exclusiva por sus padres, no paraba de reírse de forma incontrolable. Reírse de ellos. Pasarían unos cuantos años antes de que Justine entendiera lo que esa canción decía que algunas chicas sí hacían y otras no. Pero la noche en que dieron ese concierto en el salón, no necesitaba saber los detalles para comprender que estaban riéndose de ella.
Para Nick esa experiencia fue absolutamente reveladora. Poco después de la noche del concierto se apuntó al festival de teatro de Eden Valley Drama Eisteddfod y allí descubrió que las artes podían ser un deporte tan competitivo como un partido de fútbol. Y los trofeos empezaron a acumularse.
Nick estuvo tres días enteros sin hablarle a Justine después de que ella lo eclipsara al salir en la televisión nacional en aquel famoso concurso de ortografía en el que su amiga participó. Pero al cuarto día no pudo continuar y abandonó su estado de enfurruñamiento dando un puñetazo a Jasper Bellamy por llamar «empollona» a Justine. Después de eso las cosas entre los dos volvieron a la normalidad en un santiamén.
Sin embargo, todo cambió cuando Justine tenía diez años y Nick estaba a punto de cumplir once. Mark Jordan consiguió un trabajo en el otro extremo del país y los Jordan vendieron la casa y se fueron de la ciudad. A pesar de las buenas intenciones de todos con respecto a mantener el contacto, las llamadas de teléfono nocturnas entre Mandy y Jo se volvieron cada vez menos frecuentes y la correspondencia fue disminuyendo hasta limitarse únicamente a la obligatoria felicitación navideña, con un Papá Noel en la playa con un bañador slip.
En cualquier caso, las familias no perdieron el contacto del todo. Todavía quedaba el puente del día de Australia, en enero del año en que Nick y Justine iban a cumplir quince años. Los Carmichael viajaron al oeste y los Jordan al este hasta el punto medio donde se reunieron, bajo el calor sofocante de un destino vacacional en la playa situado en el estado de Australia Meridional. A pesar de que Justine se había pasado todo el viaje apretujada en el coche, imaginándose la escena, muy peliculera, del reencuentro con su mejor amigo de la infancia, cuando lo vio se quedó paralizada como un gato aterrado ante un perro.
Se dio cuenta al instante de que Nick había dejado de ser un niño un poco tontorrón y se había convertido en un chico increíblemente guapo, uno de esos que Justine sabía por experiencia que era mejor evitar para no sufrir la dolorosísima vergüenza consecuencia del rechazo. Por eso estuvo todo el sábado y todo el domingo con aire taciturno, intentando pasar desapercibida, escuchando en bucle en su walkman Sony el recopilatorio So Fresh que le habían regalado por Navidad y fastidiando a todo el mundo al encerrarse en el baño y cerrar la puerta con el pestillo para poder estar un rato a solas, cambiándose los pendientes y probando diferentes colores de sombra de ojos. Nick se mostró igual de distante y pasó mucho tiempo corriendo por la playa o tumbado junto a la piscina.
Pero el domingo por la noche sus padres hicieron uso de su potestad y los arrastraron a ambos, huraños y resentidos, a la playa para asistir a una feria. Tal vez los olores nostálgicos de las salchichas rebozadas y el algodón de azúcar los convirtieron de nuevo en los niños que eran en realidad. O quizá fueron las escandalosas colisiones de los coches de choque las que los arrancaron de su timidez. Fuera lo que fuese, acabaron en la playa, muy tarde, juntos, solos, sintiendo la música disco de la feria que retumbaba en la arena.
A la mañana siguiente Justine todavía estaba en la cama cuando los Jordan llegaron en tropel para despedirse. Oyó todo lo que estaba pasando a través de las finísimas paredes de la casita: su hermano Aussie montando alboroto con Jimmy, Piper lloriqueando porque no le hacían caso, las voces de Mandy y Jo subiendo y bajando como escalas tocadas en un violín y las de Drew y Mark aportando las notas graves.
Oyó que su madre decía: «Seguro que se levanta dentro de un momento, Nick, cariño, porque querrá despedirse».
Pero a pesar de que Mandy entró en el dormitorio y se estiró hasta la litera de arriba para sacudir el hombro de su hija, Justine se limitó a taparse más con la sábana. Sentía demasiada vergüenza para dar la cara. Estaba segura de que todos los miembros de su familia, y los de la de Nick, verían que tenía los labios hinchados después de tantos besos y las mejillas enrojecidas por los


