El padre (Las novelas de Patrick Melrose 1)

Edward St. Aubyn

Fragmento

cap-1

1

A las siete y media de la mañana, cargada con la colada que había planchado la noche anterior, Yvette bajó por el camino de entrada a la casa. La sandalia chasqueaba ligeramente cuando encogía los dedos para impedir que se le soltara y la tira rota la obligaba a caminar con torpeza por el suelo pedregoso, lleno de surcos. Por encima del muro, por debajo de la fila de cipreses que bordeaba el camino, vio al doctor de pie en el jardín.

Con la bata azul y las gafas oscuras puestas aunque era temprano para que el sol de septiembre hubiera asomado por la montaña caliza, el doctor enfocaba el denso chorro de agua de la manguera que sostenía en la mano izquierda hacia una columna de hormigas que trajinaban por la gravilla a sus pies. Tenía una técnica establecida: dejaría que las supervivientes se afanaran sobre las piedras mojadas y recuperaran por un instante la dignidad antes de volver a descargar sobre ellas la tromba de agua. Con la mano libre se quitó el puro de la boca, el humo subió por entre los rizos castaños y grises que le tapaban los prominentes huesos de la frente. Luego estrechó el chorro de agua con el pulgar para atacar mejor a una hormiga que estaba empeñado en matar.

Yvette solo tenía que dejar atrás la higuera y podría colarse en la casa sin que el doctor Melrose se percatara de su llegada. Sin embargo, el doctor tenía la costumbre de llamarla sin levantar la vista del suelo justo cuando ella creía que el árbol la protegía. El día anterior le había hablado el rato suficiente para agotarle los brazos, pero no tanto como para que Yvette dejara caer la colada. El doctor calculaba esas cosas con suma precisión. Había empezado preguntándole su opinión sobre el mistral, con exagerado respeto por su conocimiento nativo de la Provenza. Para cuando tuvo la amabilidad de interesarse por el trabajo de su hijo en el astillero, el dolor se le había extendido desde los hombros y lanzaba agudas incursiones hacia el cuello. Yvette estaba decidida a desafiarle, incluso cuando le preguntó por los dolores de espalda de su marido y si le impedirían conducir el tractor durante la cosecha. Hoy no la había llamado con el «Bonjour, chère Yvette» que inauguraba esas solícitas charlas matinales, e Yvette se agachó por debajo de las ramas de la higuera para entrar en la casa.

El château, como llamaba Yvette a lo que para los Melrose era una granja vieja, estaba construido sobre una pendiente, de manera que el camino de entrada quedaba a nivel de la planta alta. Unas anchas escaleras descendían por un lateral de la casa hacia una terraza frente al salón.

Otras escaleras bordeaban el otro lado de la casa hacia una pequeña capilla que se usaba para esconder los cubos de basura. En invierno, el agua borboteaba pendiente abajo por una serie de estanques, pero en esa época del año el canalón que pasaba junto a la higuera quedaba en silencio, atascado por higos aplastados y reventados que manchaban el suelo donde caían.

Yvette entró en la sala alta y oscura y dejó la colada. Encendió la luz y empezó a separar las toallas de las sábanas y las sábanas de los manteles. Había diez armarios altos repletos de ropa blanca cuidadosamente doblada que no se usaba. Yvette a veces abría esos armarios para admirar la colección que guardaban. Algunos de los manteles tenían hojas de laurel y racimos de uvas bordados de tal modo que solo se veían si los sostenías en un ángulo concreto. Ella acariciaba los monogramas bordados sobre las suaves sábanas blancas y las coronas que rodeaban la letra V en la esquina de las servilletas. Su favorito era el unicornio encima de una ristra de palabras extranjeras de algunas de las sábanas más viejas, pero tampoco se usaban nunca, y la señora Melrose insistía en que Yvette reciclara el mismo montón de ropa del armario pequeño que había junto a la puerta.

Eleanor Melrose subió como un vendaval los escalones bajos que comunicaban la cocina con el camino. De haber andado más despacio, podría haberse tambaleado, detenido y sentado desesperada en el muro que corría paralelo a las escaleras. Sentía unas náuseas desafiantes, que no se atrevía a retar con comida y que ya había agravado con un cigarrillo. Se había cepillado los dientes después de vomitar, pero todavía notaba el sabor a bilis en la boca. También se había cepillado los dientes antes de vomitar, incapaz como siempre de sofocar del todo la vena optimista de su carácter. Las mañanas habían refrescado desde primeros de septiembre y el aire ya olía a otoño, cosa que apenas afectaba a Eleanor, a quien el sudor le traspasaba la gruesa capa de maquillaje de la frente. A cada paso apoyaba las manos en las rodillas para propulsarse, mirándose a través de unas enormes gafas de sol las zapatillas blancas que cubrían los pálidos pies y los pantalones de seda rosa oscuro como guindillas pegándosele a las piernas.

Se imaginó vodka cayendo sobre unos cubitos y el hielo escarchado volviéndose transparente y desmoronándose en el vaso, crujiendo como una columna en manos de un osteópata confiado. Todos los cubitos desordenados y pegajosos flotando juntos, tintineando, traspasada la escarcha al cristal y el vodka frío y untuoso a su boca.

El camino subía en aguda pendiente a la izquierda de las escaleras hasta una zona redonda de terreno llano donde tenía aparcado el Buick granate bajo un pino piñonero. El Buick se veía ridículo, apoyado sobre los neumáticos blancos como la pared contra el fondo que componían los bancales de viñas y olivares, pero para Eleanor su coche era como un consulado en una ciudad extranjera, y se dirigió hacia él con la premura de una turista recién atracada.

Glóbulos de resina translúcida se habían pegado al capó del Buick. Una mancha de resina con una aguja seca dentro se había adherido a la base del parabrisas. Eleanor intentó arrancarla, pero solo ensució más el cristal y se manchó los dedos de sustancia pegajosa. Tenía muchísimas ganas de entrar en el coche, pero siguió rascando compulsivamente la resina, ennegreciéndose las uñas. La razón por la que a Eleanor le gustaba tanto su Buick era que David nunca lo conducía, ni siquiera se subía a él. Eleanor era la dueña de la casa y de las tierras, pagaba el servicio y la bebida, pero solo el coche le pertenecía de verdad.

Cuando conoció a David, hacía doce años, se había sentido fascinada por su aspecto. La expresión que los hombres se creían con derecho a lucir cuando contemplaban sus tierras desde un frío salón inglés se había ido perpetuando a lo largo de cinco siglos hasta perfeccionarse en el rostro de David. Eleanor nunca había comprendido por qué los ingleses consideraban tan distinguido no haber hecho nada en el mismo sitio durante mucho tiempo, pero David no le dejó lugar a dudas de que así era. Además, él descendía de Carlos II por vía de una prostituta. «Si fuera tú, no lo iría diciendo por ahí», había bromeado ella cuando se lo contó. En lugar de sonreír, David se había puesto de perfil de un modo que Eleanor había terminado aborreciendo, había fruncido el labio inferior y dado a entender que estaba demostrando una gran tolerancia al no decir nada demoledor.

En otra época Eleanor admiraba la manera en que David se había convertido en médico. Cuando David le había comunicado sus intenciones a su padre, el general Melrose le había cortado inmediatamente la anualidad y había preferido invertirla en la cría de faisanes. Disparar a hombres y a animales eran ocupaciones de caballeros, cuidar de sus heridas, un trabajo de matasanos de clase media. Tal era la opinión del general, y mantenerla le permitió disfrutar de más disparos. Al general Melrose no le había costado tratar con frialdad a su hijo. La primera vez que se había interesado por él fue cuando David dejó Eton y le preguntó qué quería hacer. David respondió tartamudeando «Me temo que no lo sé, señor», sin atreverse a admitir que quería componer. Al general no le había pasado por alto que su hijo tonteaba con el piano y, con toda la razón, juzgó que una carrera en el ejército pondría freno a ese impulso afeminado. «Lo mejor es que te alistes», dijo, tendiéndole un puro a su hijo con incómoda camaradería.

Y, no obstante, a Eleanor, David le había parecido muy distinto a la tribu de esnobs ingleses de poca monta y primos lejanos que pululaban a su alrededor, listos para una emergencia o para un fin de semana, llenos de recuerdos que ni siquiera eran suyos, recuerdos de cómo habían vivido sus abuelos, que de hecho no era cómo habían vivido sus abuelos. Cuando conoció a David, pensó que era la primera persona que la entendía de verdad. Costaba explicar el cambio y Eleanor intentaba resistir la tentación de pensar que todo ese tiempo David había estado esperando a que el dinero de ella subvencionara sus fantasías acerca de cómo merecía vivir. Quizá fuera al contrario, quizá el dinero de Eleanor lo hubiera degradado. David había dejado de ejercer la medicina al poco de casarse. Al principio habían hablado de fundar un asilo para alcohólicos con el dinero de ella. En cierto modo lo habían conseguido.

La idea de toparse con David volvió a cruzar por su mente. Se obligó a alejarse de la resina del parabrisas, subió al coche y condujo el inmanejable Buick más allá de las escaleras por el camino polvoriento, y paró solo cuando ya había descendido media colina. Iba a casa de Victor Eisen para poder salir temprano con Anne hacia el aeropuerto, pero primero tenía que adecentarse. Envuelta en un cojín debajo del asiento del conductor había una botella de brandy Bisquit. En el bolso llevaba las pastillas amarillas para despertarse y las blancas para sofocar el pavor y el pánico que conllevaba despertarse. Eleanor, con un largo camino por delante, se tomó cuatro pastillas amarillas en lugar de dos y luego, preocupada por que la dosis doble la pusiera nerviosa, se tomó dos de las blancas y las ayudó a bajar con media botella de brandy. Al principio se estremeció exageradamente y luego, antes incluso de que el licor le llegara a la sangre, notó el aguijón del alcohol, que la inundó de gratitud y calor.

Se hundió en el asiento en cuyo borde solo se había apoyado y, por primera vez ese día, se reconoció en el espejo. Se acomodó en su cuerpo como un sonámbulo se mete de vuelta en la cama tras una peligrosa expedición. En silencio tras las ventanillas cerradas, vio urracas blancas y negras salir de entre las viñas y agujas de pino destacarse claramente contra el pálido cielo, limpio tras dos días de fuertes vientos. Volvió a encender el motor y arrancó, y condujo sin fijarse por los caminos estrechos y empinados.

David Melrose, harto de ahogar hormigas, paró de regar el jardín. En cuanto la diversión dejaba de tener un objetivo concreto lo desesperaba. Siempre había otro nido, otro bancal repleto de nidos. Pronunciaba «hormigas» igual que «tías»* y añadía entusiasmo a sus persecuciones asesinas pensando en las siete hermanas altaneras de su madre, mujeres altivas y egoístas para quienes había desplegado su talento al piano siendo niño.

David soltó la manguera en el sendero de gravilla pensando en lo inútil que se había vuelto Eleanor. Hacía demasiado tiempo que la paralizaba el terror. Era como intentar palpar el hígado inflamado de un paciente cuando ya habías demostrado que dolía. No podía convencérsela a menudo de que se relajara.

Recordaba una noche de hacía doce años, cuando la había invitado a cenar en su piso. ¡Qué confiada era entonces! Ya se habían acostado, pero Eleanor todavía lo trataba con timidez. Llevaba un vestido blanco bastante informe con grandes topos negros. Tenía veintiocho años, aunque parecía más joven por el corte de pelo sencillo y lacio. David la encontraba bonita al estilo desastrado, perplejo, pero era su agitación lo que le excitaba, la exasperación silenciosa de una mujer que anhelaba abandonarse a algo significante pero no lograba dar con el qué.

David había cocinado un plato marroquí de pichón relleno de almendras. Se lo sirvió sobre un fondo de arroz al azafrán y luego le retiró el plato.

–¿Harías una cosa por mí? –le preguntó.

–Claro. ¿Qué?

David dejó el plato en el suelo junto a la silla y dijo:

–¿Comerías sin tenedor y cuchillo, sin las manos, directamente del plato?

–¿Como un perro?

–Como una chica que finge ser un perro.

–¿Por qué?

–Porque quiero.

David disfrutaba arriesgándose. Eleanor podría haberse negado y haberse marchado. Si se quedaba y hacía lo que le pedía, la tendría en su poder. Lo raro fue que ninguno de los dos pensó en reírse.

Una sumisión, incluso una sumisión absurda, era toda una tentación para Eleanor. Estaría sacrificando cosas en las que no quería creer –buenas maneras a la mesa, dignidad, orgullo– por algo en lo que quería creer: el espíritu de sacrificio. En ese momento la vacuidad del gesto, el hecho de que no ayudara a nadie, lo hizo parecer más puro. Se puso a cuatro patas en la raída alfombra persa, con una mano a cada lado del plato. Los codos sobresalieron cuando Eleanor se agachó y cogió un trozo de pichón con los dientes. Notó cómo se le estiraba la base de la columna.

Se echó hacia atrás, con las manos apoyadas en las rodillas, y masticó con calma. El pichón sabía raro. Alzó un poco la vista y vio los zapatos de David, uno apuntándola en el suelo y el otro colgando cerca de ella en el aire. No alzó la vista más allá de las rodillas de las piernas cruzadas de David, sino que volvió a inclinarse y esta vez comió con ansia, hurgando en el montón de arroz para atrapar una almendra con los labios y sacudiendo un poco la cabeza para soltar la carne del hueso. Cuando por fin volvió a levantar la vista, tenía una mejilla brillante de salsa y algunos granos de arroz amarillo pegados a la boca y la nariz. Toda la perplejidad de su expresión había desaparecido.

Por un momento David la había adorado por hacer lo que le pedía. Alargó el pie y le pasó suavemente el borde del zapato por la mejilla. Estaba completamente cautivado por la confianza que le había demostrado, pero no sabía qué hacer con ella, puesto que ya había conseguido su propósito, que era demostrar que podía obtener la sumisión de Eleanor.

Al día siguiente David le contó lo sucedido a Nicholas Pratt. Fue uno de esos días en que le pedía a su secretaria que dijera que estaba ocupado y se iba al club a beber, fuera del alcance de niños con fiebre y mujeres que fingían que las resacas eran migrañas. Le gustaba beber bajo el techo azul y oro de la sala matinal, donde flotaba siempre la onda dejada por el paso de hombres importantes. La estela de poder animaba a los miembros ignotos, aburridos y disolutos igual que los botes pequeños cabecean en los amarres cuando un gran yate abandona el puerto que han compartido.

–¿Por qué la obligaste a hacerlo? –preguntó Nicholas, planeando entre la travesura y la aversión.

–Tiene una conversación muy limitada, ¿no te parece? –dijo David.

Nicholas no respondió. Sentía que estaban obligándolo a conspirar igual que a Eleanor la habían obligado a comer.

–¿Su conversación era más interesante desde el suelo?

–No soy mago, no podría convertirla en divertida, pero al menos la mantuve callada. Me aterraba mantener otra charla sobre la agonía de ser rico. Sé tan poco del tema y ella sabe tan poco de todo lo demás…

Nicholas se rió y David enseñó los dientes. Con independencia de lo que se opinara sobre cómo David malgastaba su talento, pensó Nicholas, nunca se le había dado muy bien sonreír.

David subió por la derecha de las escaleras dobles que conducían del jardín a la terraza. Aunque ya tenía sesenta años, conservaba el pelo espeso y algo rebelde. Tenía un rostro asombrosamente bello. Su único fallo era la ausencia de fallos; era el plano de una cara y desprendía cierto aire a deshabitado, como si ningún rastro de la vida de su propietario pudiera modificar la perfección de sus líneas. Quienes conocían bien a David buscaban signos de decadencia, pero su máscara se ennoblecía con los años. Detrás de las gafas de sol, por rígido que mantuviera el cuello, sus ojos titilaban sin ser vistos, evaluando la debilidad ajena. El diagnóstico había sido su habilidad más embriagadora como médico y, después de exhibirla, a menudo se desinteresaba de los pacientes, a menos que algo en su sufrimiento le intrigase. Sin las gafas, lucía una expresión distraída hasta que descubría la vulnerabilidad ajena. Entonces su mirada se endurecía como un músculo flexionado.

David se detuvo en lo alto de las escaleras. El puro se había apagado y lo tiró a las viñas por encima del muro. Enfrente, la hiedra que cubría el lado sur de la casa ya mostraba vetas rojas. David admiraba ese color. Era un gesto de desafío frente a la decadencia, como un hombre escupiendo a la cara de su torturador. Había visto a Eleanor escabullirse temprano en su ridículo coche. Incluso había visto a Yvette tratando de colarse en la casa sin llamar la atención. ¿Cómo culparlas?

Sabía que su crueldad hacia Eleanor funcionaba solo si la alternaba con muestras de preocupación y elaboradas disculpas por su naturaleza destructiva, pero había abandonado tales variaciones porque su decepción con ella no conocía límites. Eleanor no podía ayudarle a desatar el nudo de dificultad expresiva que llevaba dentro. Al revés, lo notaba apretarse como una promesa de sofocación que ensombrecía cada respiración.

Era absurdo, pero llevaba todo el verano obsesionado por el recuerdo de un tullido mudo que había visto en el aeropuerto de Atenas. El hombre, que trataba de vender bolsitas de pistachos tirando anuncios impresos al regazo de los pasajeros en espera, se había echado hacia delante pisoteando el suelo con pies descontrolados y cabeceando con los ojos en blanco. Cada vez que David había mirado la boca del hombre retorciéndose en silencio como un pez boqueando en la ribera de un río, había sentido una especie de vértigo.

David escuchó el siseo que hacían sus zapatillas amarillas mientras subía el último tramo de escalones hacia la puerta que unía la terraza con el salón. Yvette todavía no había descorrido las cortinas, lo que le ahorró la molestia de volver a correrlas. Le gustaba que el salón se viera oscuro y valioso. Una silla rojo oscuro y con muchos dorados que la abuela estadounidense de Eleanor le había arrebatado a una vieja familia veneciana en uno de sus barridos de adquisiciones por Europa destellaba pegada a la pared del otro lado del salón. David disfrutaba con el escándalo de su adquisición y, consciente de que debería estar cuidadosamente conservada en un museo, se esmeraba en sentarse en ella siempre que podía. A veces, cuando estaba solo, se sentaba en la silla del dux, como la llamaban siempre, inclinado hacia delante sobre el borde, con la mano derecha cerrada sobre las intrincadas tallas de los brazos, imitando una pose que recordaba de La historia ilustrada de Inglaterra que había estudiado en el preparatorio para la universidad. El cuadro retrataba el tremendo enfado de Enrique V cuando el insolente rey de Francia le envió como presente unas pelotas de tenis.

David estaba rodeado por los restos de la familia materna de Eleanor. Dibujos de Guardi y Tiépolo, Piazetta y Novelli colgaban muy juntos en las paredes. Un biombo francés del siglo XVIII, repleto de monos marrón grisáceo y rosas rosadas, dividía la larga sala por la mitad. Parcialmente oculto por ella desde donde estaba David había un mueble bar chino con un buen número de botellas cuidadosamente alineadas encima y los estantes interiores surtidos de repuestos. Mientras se servía una copa, David pensó en su suegro muerto, Dudley Craig, un escocés borracho y encantador que la madre de Eleanor, Mary, se sacó de encima cuando empezó a costarle demasiado mantenerlo.

Después de Dudley Craig, Mary se había casado con Jean de Valençay, con la idea de que, puesta a mantener a un hombre, al menos que fuera duque. Eleanor se había criado en una ristra de casas donde cada objeto parecía haber pertenecido a un rey o un emperador. Las casas eran maravillosas, pero los invitados se marchaban aliviados, conscientes de que, a ojos de la duquesa, no eran lo bastante buenos para las sillas que ocupaban.

David se encaminó al ventanal del fondo del salón. Única ventana con la cortina descorrida, dejaba ver la cima de la montaña. A menudo David se quedaba mirando los afloramientos desnudos de caliza lacerada. Le parecían modelos de cerebros humanos tirados en las laderas verde oscuro de la montaña o, en otras ocasiones, un único cerebro, marcado por docenas de incisiones. Se sentó en el sofá junto a la ventana y miró afuera, intentando provocarse un sobrecogimiento primitivo.

cap-2

2

Patrick se encaminó al pozo. En la mano llevaba la espada de plástico gris y mango dorado y la blandía contra las flores rosadas de la valeriana que crecía en la pared de la terraza. Cuando había un caracol en un tallo de hinojo, paseaba la hoja por el tallo y lo tiraba. Si mataba un caracol tenía que pisarlo rápidamente y echar a correr, porque se volvía viscoso como los mocos de la nariz. Luego regresaba a echar un vistazo a la concha marrón rota y pegada a la carne gris y blanca y deseaba no haberlo aplastado. No era justo aplastar caracoles tras la lluvia porque salían a jugar, a bañarse en los charcos bajo las hojas goteantes y a estirar los cuernos. Cuando les tocaba los cuernos se escondían de golpe y él retiraba las manos. Para los caracoles Patrick era un adulto.

Un día, cuando no tenía intención de ir a ninguna parte, se había sorprendido a sí mismo al lado del pozo y, por tanto, decidió que la ruta que había descubierto era un atajo secreto. Ahora cuando estaba solo siempre iba por ahí. Cruzó el bancal de olivos donde el día anterior el viento había hecho que las hojas pasaran de verdes a grises y de grises a verdes, como si rozara con los dedos el terciopelo hacia delante y hacia atrás, aclarándolo y oscureciéndolo.

Le había enseñado el atajo secreto a Andrew Bunnill y Andrew había dicho que era más largo que el otro camino, de modo que Patrick amenazó con arrojarlo al pozo. Andrew era débil y se echó a llorar. Cuando Andrew volvió a Londres, Patrick le dijo que lo tiraría del avión. Bua, bua, bua. Patrick ni siquiera iba en el avión, pero le aseguró que se escondería bajo el suelo y serraría un círculo debajo de su asiento. La niñera de Andrew dijo que Patrick era un niño malo y Patrick replicó que solo porque Andrew era un blando.

La niñera de Patrick había muerto. Una amiga de su madre dijo que había ido al cielo, pero Patrick había estado presente y sabía perfectamente que la habían metido en una caja de madera y la habían tirado a un agujero. El cielo estaba en dirección contraria y por tanto la mujer mentía, a menos que fuera como enviar un paquete. Su madre lloró mucho cuando metieron a la niñera en la caja, dijo que porque le recordaba a la suya. Una estupidez, porque la niñera de su madre seguía viva y de hecho tenían que ir a visitarla en tren y era de lo más aburrido. La mujer servía un pastel espantoso con muy poca mermelada en el centro y toneladas de no-sé-qué a cada lado. Siempre decía «Sé que te gusta», lo cual era mentira, porque la última vez Patrick le había dicho que no le gustaba. Se llamaba bizcochuelo y era tan esponjoso que Patrick había preguntado si servía para bañarse y la niñera de su madre se había reído sin parar y lo había abrazado y no lo soltaba. Fue asqueroso porque aplastaba su mejilla contra la de Patrick y la piel le colgaba sin fuerza, como el pellejo de un pollo que había visto asomando por el borde de la mesa de la cocina.

De todas formas, ¿por qué su madre tenía que tener niñera? Él ya no tenía y solo tenía cinco años. Su padre decía que ya era un hombrecito. Recordaba ir a Inglaterra con tres años. Era invierno y vio la nieve por primera vez. Se acordaba de estar de pie en la carretera junto a un puente de piedra, la carretera estaba helada y los campos nevados y el cielo brillaba y la carretera y los setos centelleaban, llevaba guantes de lana azul y la niñera le cogía de la mano y permanecieron una eternidad contemplando el puente. Pensaba en ello a menudo, y en la vez que iban en la parte de atrás del coche y apoyó la cabeza en el regazo de la niñera y la miró y ella sonrió y el cielo detrás de su cabeza era muy amplio y azul, y Patrick se durmió.

Patrick subió al terraplén empinado de un sendero que corría al lado de un laurel y emergía cerca del pozo. Tenía prohibido jugar junto al pozo. Era su lugar favorito para jugar. A veces trepaba a la cubierta podrida y se ponía a saltar como en un trampolín. Nadie podía detenerlo, aunque tampoco lo intentaban a menudo. La madera estaba negra donde se había levantado y desconchado la pintura rosa. Crujía peligrosamente y se le aceleraba el corazón. Patrick no era lo bastante fuerte para levantar la tapa solo, pero cuando se la olvidaban abierta recogía piedras y terrones para arrojarlos al pozo. Golpeaban contra el agua con un fuerte y retumbante chapoteo y se rompían en la oscuridad.

Patrick alzó la espada en gesto triunfal cuando alcanzó el final del sendero. Vio que habían apartado la tapa del pozo. Se puso a buscar una buena piedra, la mayor que pudiera levantar y la más redonda que encontrara. Buscó en el campo de alrededor y desenterró una piedra rojiza que tuvo que transportar con ambas manos. La depositó en la superficie plana junto al tiro del pozo y se aupó hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo y, asomándose cuanto pudo, miró hacia la oscuridad, donde sabía que se escondía el agua. Agarrándose con la mano izquierda, empujó la piedra por el borde y escuchó el ruido que hizo al hundirse, observó romperse la superficie y el agua revuelta atrapar la luz del cielo y devolverle un destello desconfiado. Tan densa y negra que se parecía más al petróleo. Patrick gritó dentro del pozo, donde los ladrillos secos se volvían verdes y luego negros. Si se asomaba lo bastante, oía el eco mojado de su voz.

Decidió trepar por el lateral del pozo. Sus sandalias azules raspadas encajaban en los huecos entre las piedras. Quería ponerse de pie en el borde junto al tiro abierto del pozo. Lo había hecho una vez, por un desafío, cuando estaba Andrew. Andrew se había quedado junto al pozo diciendo: «Por favor, Patrick, no, bájate, por favor». Patrick no había pasado miedo, aunque Andrew sí, pero ahora que estaba solo se sintió mareado y se acuclilló en la cornisa de espaldas al agua. Se puso de pie muy despacio y, mientras se enderezaba, notó que el vacío detrás de él lo invitaba, lo atraía. Estaba convencido de que si se movía resbalaría, e intentó dejar de temblar apretando los puños y los dedos de los pies y mirando muy concentrado el suelo firme que rodeaba el pozo. La espada seguía apoyada en la cornisa y Patrick quería recuperarla para completar la conquista, de modo que se inclinó con cautela, con una enorme fuerza de voluntad, desafiando al miedo que intentaba agarrotarle las extremidades, y recogió la espada por la hoja gris arañada y dentada. En cuanto la tuvo, dobló las rodillas con gesto vacilante, saltó al suelo y aterrizó gritando hurra e imitando el ruido del metal al chocar mientras fingía que acuchillaba a enemigos imaginarios. Golpeó una hoja de laurel con la espada plana y luego apuñaló el aire de debajo con un gruñido mórbido, al tiempo que se agarraba el costado. Le gustaba imaginarse un ejército romano emboscado a punto de ser aniquilado por los bárbaros cuando llegaba él, el comandante de los soldados especiales de capas púrpuras, y se demostraba más valiente que nadie y los salvaba de una derrota impensable.

Cuando salía a pasear por el bosque a menudo pensaba en Ivanhoe, el héroe de uno de sus tebeos favoritos, que se abría paso talando árboles a diestra y siniestra. Patrick tenía que rodear los pinos, pero se imaginaba con poder para abrir su propio sendero, avanzando a majestuosas zancadas por el bosquecillo del final del bancal donde estaba, derribando cualquier árbol a derecha e izquierda de un solo golpe. Leía cosas en los libros y luego pensaba en ellas un montón. Había leído sobre los arcoíris en un libro ilustrado sensiblero, pero después había comenzado a verlos en las calles de Londres tras la lluvia, cuando la gasolina de los coches manchaba el asfalto y el agua se desplegaba en un abanico de anillos rotos de color violeta, azul y amarillo.

Hoy no le apetecía ir al bosque, así que decidió bajar saltando todos los bancales. Se parecía a volar, pero algunas tapias eran demasiado altas y tenía que sentarse en el borde, tirar primero la espada y luego bajar colgándose de las manos antes de dejarse caer. Los zapatos se le llenaron de la tierra seca de las viñas y tuvo que quitárselos dos veces y ponerlos boca abajo para sacudir la tierra y las piedrecitas. Hacia el fondo del valle los bancales se volvían más anchos y más bajos y pudo saltar por encima de las tapias. Cogió aire para el vuelo final.

A veces saltaba tan lejos que prácticamente se sentía Superman y otras veces conseguía correr más pensando en el perro alsaciano que lo había perseguido por la playa aquel día ventoso que había almorzado en casa de George. Le había pedido permiso a su madre para ir a pasear, porque adoraba ver romper el viento contra el mar, era como reventar botellas contra las rocas. Todo el mundo le recomendó que no se alejara mucho, pero Patrick quería acercarse a las rocas. Había un sendero arenoso que conducía a la playa y mientras caminaba por él apareció un alsaciano gordo y melenudo en lo alto de la colina, ladrándole. Cuando vio que el perro se acercaba, Patrick echó a correr, primero siguiendo los giros del sendero y luego saltando recto a la pendiente de arena, cada vez más rápido, hasta que fue dando zancadas gigantescas con los brazos abiertos contra el viento, corriendo colina abajo hacia la medialuna de arena entre las rocas, justo hasta el borde de la ola más alta. Cuando levantó la vista el perro estaba a kilómetros de allí, en lo alto de la colina, y supo que jamás lo atraparía porque era demasiado veloz. Después se preguntó si el perro lo había intentado.

Patrick llegó jadeando al lecho seco del río. Trepó a una gran roca entre dos matas de bambú verde claro. Cuando había llevado a Andrew hasta allí habían jugado a un juego inventado por Patrick. Los dos se subieron a la roca e intentaron empujarse mutuamente, y fingieron que a un lado había un pozo lleno de cuchillas rotas y al otro un tanque de miel. Y si caías a un lado morías por un millón de cortes y en el otro te ahogabas, agotado de nadar en la densidad dorada. Andrew se cayó todas las veces, porque era un blando redomado.

El padre de Andrew en cierto modo también era un blando. Patrick había ido a la fiesta de cumpleaños de Andrew en Londres y tenían una caja inmensa en mitad del salón, llena de regalos para los otros niños. Todos hacían cola y cogían un regalo de la caja y luego corrían a comparar lo que les había tocado. A diferencia de ellos, Patrick escondió su regalo debajo de un sillón y regresó a por otro. Cuando estaba inclinado sobre la caja, pescando otro reluciente paquete, el padre de Andrew se agachó a su lado y le dijo: «Ya has cogido uno, ¿verdad, Patrick?»; no lo dijo enfadado, sino con la misma voz que si estuviera ofreciéndole un caramelo. «No es justo para los demás niños que les quites los regalos, ¿verdad?» Patrick lo miró con gesto desafiante y respondió «Todavía no he cogido ninguno», y el padre de Andrew simplemente adoptó un aire triste y blandengue y dijo: «Muy bien, Patrick, pero no quiero verte coger ninguno más». Y Patrick consiguió dos regalos, pero odió al padre de Andrew porque quería más.

Esta vez Patrick tuvo que jugar solo en la roca, saltando de un lado a otro, desafiando a su equilibrio con gestos exagerados. Cuando se caía, fingía que no había pasado, aunque sabía que era trampa.

Patrick miró con desconfianza la cuerda que François le había atado en un árbol cercano para que pudiera columpiarse sobre el lecho del río. Tenía sed y echó a andar hacia casa por el sendero donde el tractor se abría paso entre las viñas. La espada se había convertido en una carga y la llevaba bajo el brazo de mala gana. Una vez su padre había empleado una expresión curiosa. Le había dicho a George: «Dale suficiente cuerda y se ahorcará él solo». Al principio Patrick no entendió lo que significaba, pero se convenció, con una punzada de terror y vergüenza, de que hablaban de la cuerda que François había atado al árbol. Esa noche soñó que la cuerda se había transformado en un tentáculo de un pulpo y se le enroscaba en el cuello. Patrick intentaba cortarlo, pero no podía porque su espada era de juguete. Su madre lloraba mucho cuando lo encontraban colgando del árbol.

Incluso despierto le costaba entender lo que querían decir los adultos cuando hablaban. Un día Patrick había ideado un método para adivinar lo que iban a hacer: no significaba no, quizá significaba tal vez, sí significaba tal vez y tal vez significaba no, pero el sistema no funcionaba y decidió que quizá todo significara tal vez.

Al día siguiente los bancales estarían repletos de recolectores llenando los cubos con racimos de uvas. El año anterior François lo había llevado en el tractor. François tenía las manos muy fuertes y duras como la madera. Estaba casado con Yvette, que tenía dientes de oro que se le veían cuando sonreía. Un día Patrick tendría todos los dientes de oro, no solo dos o tres. A veces se sentaba en la cocina con Yvette y ella le daba a probar lo que estaba cocinando. Se le acercaba con cucharas llenas de tomate y carne y sopa y preguntaba: «Ça te plaît?». Y Patrick le veía los dientes de oro cuando asentía. El año anterior, François le había dicho que se sentara en la punta de un tractor junto a dos grandes toneles de uvas. A veces, cuando el camino era brusco y empinado, se volvía y preguntaba: «Ça va?». Y Patrick respondía a gritos «Oui, merci» por encima del ruido del motor y los saltos y los chirridos del remolque y los frenos. Cuando llegaron al sitio donde hacían el vino, Patrick estaba emocionadísimo. Era un lugar oscuro y húmedo, mojaban el suelo con la manguera y se imponía el penetrante olor del zumo convirtiéndose en vino. La sala era enorme y François lo subió por una escalera de mano a una pasarela elevada que discurría por encima de la prensa y las cubas. La rampa estaba hecha de metal con agujeros y resultaba extraño estar tan arriba con agujeros bajo los pies.

Cuando llegaron a la prensa Patrick miró abajo y vio dos rodillos de acero girando en direcciones opuestas sin separación entre ellos. Manchados de mosto, presionaban uno contra el otro dando vueltas escandalosamente. La barandilla de la pasarela era baja, le llegaba solo a la barbilla, y Patrick se sintió muy cerca de la prensa. Y al mirarla, notó los ojos como uvas, hechos de la misma gelatina translúcida y blanca, y pensó que podían caérsele de la cabeza y terminar reventados entre los dos rodillos.

De camino a la casa, subiendo como de costumbre por la derecha de las escaleras dobles porque daba buena suerte, entró en el jardín para ver si encontraba la rana que vivía en la higuera. Ver la rana traía muchísima suerte. Su piel verde brillante parecía todavía más lisa contra la corteza gris de la higuera y costaba distinguirla entre las hojas casi del mismo color. De hecho, Patrick solo había visto la rana del árbol dos veces, pero se había quedado siglos contemplando su marcado esqueleto y sus ojos saltones como las cuentas del collar amarillo de su madre, y las ventosas de las patas que la sostenían, inmóvil, en el tronco y, sobre todo, los costados hinchados que daban vida a un cuerpo tan delicado como una joya, pero más ávido por respirar. La segunda vez que vio la rana, Patrick alargó la mano y le rozó la cabeza con la yema del índice, y la rana no se movió y a Patrick le pareció que confiaba en él.

Ese día la rana no estaba, así que Patrick remontó cansinamente el último tramo de escaleras apoyándose las manos en las rodillas. Rodeó la casa hasta la entrada de la cocina y se aprestó a abrir la puerta chirriante. Pensaba que se encontraría a Yvette en la cocina, pero Yvette no estaba. Botellas de vino blanco y champán chocaron y tintinearon cuando abrió la puerta de la nevera. Volvió hasta la alacena, donde encontró dos botellas calientes de leche chocolateada en un rincón del estante inferior. Tras varios intentos consiguió abrir una y se bebió el balsámico líquido a morro, algo que Yvette le había prohibido. Justo después de bebérselo se sintió tremendamente triste y se sentó durante varios minutos en la encimera con la vista clavada en los zapatos, colgando.

Oía música de piano, amortiguada por la distancia y las puertas cerradas, pero no le prestó atención hasta que reconoció la canción que su padre le había compuesto. Bajó de un salto y corrió por el pasillo del vestíbulo, cruzó el recibidor y entró en el salón en una especie de medio galope y se puso a bailar la canción de su padre. Era una música desenfrenada con violentas ráfagas de notas altas superpuestas a una marcha militar. Patrick brincó y resbaló entre las mesas y las sillas y alrededor del piano y solo se detuvo cuando su padre dejó de tocar.

–¿Qué tal se encuentra hoy el señorito? –preguntó su padre, mirándole de hito en hito.

–Muy bien, gracias –respondió Patrick, preguntándose si sería una pregunta trampa.

Le faltaba el aliento, pero sabía que debía concentrarse porque estaba con su padre. Cuando Patrick le había preguntado lo que más importaba en el mundo, su padre había dicho: «Observarlo todo». Patrick a menudo lo olvidaba, pero en presencia de su padre observaba las cosas con atención, sin estar muy seguro de lo que buscaba. Había observado los ojos de su padre tras las gafas de sol. Pasaban de un objeto a otro, de una persona a otra, deteniéndose un momento en cada una, casi como si les robara algo vital, con una mirada rauda y adhesiva como la lengua de un geco. Cuando estaba con su padre, Patrick lo miraba todo muy concienzudamente, confiando en parecerle serio a cualquiera que pudiera mirarle a los ojos como él había mirado los de su padre.

–Ven aquí –dijo su padre.

Patrick se acercó.

–¿Te cojo de las orejas?

–¡No! –gritó Patrick.

Era una especie de juego. Su padre alargaba las manos y le cogía las orejas entre el pulgar y el índice. Patrick se agarraba de las muñecas de su padre y este fingía levantarlo por las orejas, pero en realidad Patrick se aguantaba con los brazos. Su padre se ponía de pie y lo levantaba hasta que sus ojos quedaban a la misma altura.

–Suelta las manos.

–¡No! –gritó Patrick.

–Tú suelta y yo te soltaré al mismo tiempo –dijo su padre en tono persuasivo.

Patrick soltó las muñecas de su padre, pero su padre continuó agarrándole de las orejas. Por un momento todo el peso de su cuerpo colgó de las orejas. Rápidamente volvió a cogerse de las muñecas de su padre.

–Ay –se quejó–. Has dicho que me soltarías. Suéltame las orejas, por favor.

Su padre continuó sosteniéndolo en alto.

–Hoy has aprendido algo muy útil. Debes pensar siempre por ti mismo. No dejes que los demás tomen decisiones importantes por ti.

–Suelta, por favor. Por favor.

Patrick estaba a punto de llorar, pero reprimió la sensación de desesperación. Notaba los brazos agotados, pero si los relajaba parecía que fueran a arrancarle las orejas, como la película dorada de un bote de crema, de los laterales de la cabeza.

–Me lo has dicho –bramó–. Me lo has dicho.

Su padre le soltó.

–No lloriquees –le dijo su padre en tono aburrido–, resulta muy poco atractivo.

Se sentó al piano y empezó otra vez la marcha, pero Patrick no bailó.

Salió corriendo del salón, corrió por el vestíbulo, la cocina, la terraza, el olivar y el pinar. Llegó al espino, se coló debajo y resbaló por una pequeña pendiente hasta su escondite más secreto. Bajo un dosel de arbustos, encajado contra un pino rodeado de matorrales por todos lados, se sentó e intentó detener el llanto, como hipo, que le atoraba la garganta.

Aquí no me encontrará nadie, pensó. No podía controlar los espasmos que le impedían respirar cuando intentaba coger aire. Era como quedarse atrapado en un suéter, cuando metía la cabeza y no encontraba el cuello e intentaba sacarla por la manga y se enredaba y pensaba que nunca más volvería a salir y le faltaba el aire.

¿Por qué había hecho eso su padre? Nadie debería hacerle eso a nadie, pensó, nadie debería hacérselo a nadie.

En invierno, cuando los charcos se helaban, se veían las burbujas atrapadas debajo y el aire que no podía salir: el hielo lo había hundido y lo retenía debajo, y Patrick lo odiaba porque era injusto y siempre rompía el hielo para dejar salir el aire.

Aquí no me encontrará nadie, pensó. Y luego pensó: ¿Y si no me encuentra nadie?

cap-3

3

Victor todavía dormía en el cuarto de abajo y Anne quería que siguiera dormido. Tras menos de un año juntos, dormían en habitaciones separadas porque Victor roncaba y ninguna otra cosa de él la mantenía despierta por las noches. Bajó descalza las escaleras estrechas y empinadas acariciando con los dedos la curva de las paredes encaladas. En la cocina, retiró el silbato del pitorro de la tetera de esmalte descascarillado y preparó café tratando de no hacer ruido.

La cocina de Victor, con sus enormes platos anaranjados y sus rodajas de sandía sonriendo burlonas desde los paños, tenía algo de efervescencia cansada. Era un refugio de felicidad barata construido por su ex mujer, Elaine, y él no se había decidido entre protestar por su mal gusto y el miedo a que fuera de mal gusto protestar. Al fin y al cabo, ¿quién se fijaba en el menaje? ¿Importaba? ¿No era más digna la indiferencia? Victor siempre había admirado la convicción de David Melrose de que más allá del buen gusto estaba la confianza para cometer errores porque eran de uno. Era en ese punto donde Victor flaqueaba. A veces optaba por unos días o unos minutos de impertinencia asertiva, pero siempre volvía a su cuidadosa imitación de un caballero; estaba muy bien épater les bourgeois, pero si además eras uno de ellos la excitación tenía doble filo. Victor sabía que jamás se convencería como David Melrose de que el éxito tenía algo de vulgar. Aunque en ocasiones estaba tentado de creer que la languidez y el desdén enmascaraban el arrepentimiento por una vida fracasada, la mera idea se desvanecía ante la presencia dominante de David.

Lo que desconcertaba a Anne era que un hombre tan listo como Victor picara anzuelos tan pequeños. Mientras se servía un café sintió una rara afinidad con Elaine. No se conocían, pero Anne había terminado por entender qué había empujado a la mujer de Victor a buscar cobijo en un juego completo de tazas de Snoopy.

Cuando la oficina londinense del New York Times había mandado a Anne Moore a entrevistar al eminente filósofo sir Victor Eisen, a ella le había parecido un hombre algo anticuado. Victor acababa de regresar de almorzar en el Athenaeum y el sombrero de fieltro, oscurecido por la lluvia, descansaba en la mesilla del recibidor. Se sacó el reloj del bolsillo del chaleco con un gesto que a ella le pareció arcaico.

–Ah, puntualísima –dijo Victor–. Admiro la puntualidad.

–Ah, bien –respondió ella–. Mucha gente no.

La entrevista había ido bien; tan bien, de hecho, que esa misma tarde la trasladaron al dormitorio. A partir de entonces Anne había interpretado de buen grado la indumentaria eduardiana, la casa pretenciosa y las anécdotas regadas con clarete como parte del camuflaje que un intelectual judío había tenido que adoptar, junto con el título de sir, para armonizar en el paisaje de la vida inglesa convencional.

Durante los meses siguientes vivió con Victor en Londres, obviando cualquier evidencia que convirtiera en optimista esta benévola interpretación. Por ejemplo, los fines de semana interminables, que empezaban con reuniones informativas los miércoles por la noche: cuántas hectáreas, cuántos siglos, cuántos criados. La noche del jueves se dedicaba a la especulación: Victor confiaba, de verdad que confiaba en que esa vez no estuviera el canciller; ¿todavía podría disparar Gerald ahora que iba en silla de ruedas? Las advertencias tocaban los viernes, durante el trayecto en coche: «En esta casa no deshagas las maletas». «Deja de preguntarle a la gente a qué se dedica.» «No le preguntes al mayordomo cómo se encuentra, como hiciste la última vez.» Los fines de semana no acababan hasta el martes, cuando volvían a exprimirse los tallos y las pieles del sábado y el domingo para extraer las últimas gotas de jugo amargo.

En Londres, Anne conoció a los amigos listos de Victor, pero los fines de semana la gente con la que quedaban era rica y a menudo tonta. Victor era el amigo listo. Ronroneaba admirado por sus vinos y sus cuadros y ellos comenzaban muchas de sus frases diciendo: «Victor sabrá decirnos…». Anne observaba cómo intentaban que Victor dijera algo inteligente y cómo Victor se esforzaba por ser más como ellos, reiterando incluso los tópicos locales: ¿no era fantástico que el general no hubiera dejado el tiro? La madre de Gerald era asombrosa, ¿verdad? Lúcida como nunca

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