Cataluña: Hora Zulú

Andrew W. Thompson

Fragmento

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1

Sumergido en el intrincado laberinto que ofrece el proceso independentista de Cataluña, estoy sentado en uno de esos bancos metálicos de color rojo que ofrecen los andenes de la estación de Calafell. Espero el tren de cercanías que, procedente de San Vicente de Calders, debe llevarme a la estación del paseo de Gracia de Barcelona. Miro instintivamente mi Tissot Chrono de esfera negra y cadena plateada. Las ocho y media. Faltan unos seis minutos para que asome por la curva que me queda a mi izquierda. A mi derecha, las vías, configurando unas bien definidas rectas paralelas, me permiten distinguir cómo los trenes en sentido contrario parten de la estación siguiente, Segur de Calafell. Y así es. No tardo en avistar en la lejanía la presencia de un potente foco que parece no avanzar; y, sin embargo, ¡de qué manera se ha precipitado sobre la vía del andén opuesto! Es un Euromed, el hermano limitado del AVE. Por el ruidoso temblor que ha provocado y por el remolino de polvo que ha levantado, calculo que ha superado los ciento veinte kilómetros por hora. Todo un peligro para los viajeros ensimismados o todavía adormilados que se pasean junto al vacío que ofrecen las vías. El poder de succión de su masa y volumen puede ser letal si no hay megafonía que alerte previamente. Y juraría que hoy no la ha habido. Entre bostezo y bostezo no he prestado la debida atención. En el caso de que se hubiera producido un desgraciado accidente no lo habría podido jurar ante un juez.

Continúo bostezando y dudo si seguir sentado o estirar las piernas hasta alcanzar uno de los extremos del andén. A esta hora de la mañana y despidiéndome del mes de marzo, noto la todavía húmeda y fresca brisa del mar. Diría que hoy, 31 de marzo de 2018, el viento sopla con más fuerza de lo acostumbrado y, dado que hace poco tiempo que resido en Calafell, todavía no distingo cuáles son esos vientos primaverales de los que tanto hablan los viejos pescadores. Si la tramontana, el gregal, el levante o el mistral. Y digo viejos pescadores porque Calafell hace muchos años que sustituyó sus barcas y redes varadas en la playa por el turismo familiar. Me atrevería a decir que de su pasado pescador solo queda la casa museo del ya fallecido escritor Carlos Barral y el bote salvavidas cuidadosamente protegido en un cubículo junto a la Cofradía de Pescadores. Sus espectaculares vuelcos manejados por expertos remeros solo sirven para amenizar las fiestas o para deleite de los visitantes. En cualquier caso, mejor así. Antes la fiesta que los rescates de náufragos con las incertidumbres y tragedias que en su tiempo debieron de provocar.

Mi equipaje no puede ser más ligero. Si no hay ningún contratiempo regresaré de Barcelona pasada la media tarde. Solo me acompañan la billetera con el pasaporte, la Visa y algo de papel moneda; un monedero con las llaves del chalé y unas monedas sueltas; mi iPhone; unos clínex y un libro. Siempre me acompaña un libro cuando viajo. Hoy he escogido el último que he comprado, El legado de los espías de John le Carré. Cuando lo vi ayer en la librería Papiol, situada en el paseo marítimo, me sentí en la obligación de leerlo por afinidad profesional. Además, su grosor es más que razonable. Trescientas sesenta y tres páginas no son muchas. Teniendo en cuenta que hasta las nueve y treinta y ocho no llego a Barcelona más la hora que ocupará mi regreso y mi capacidad de leer tanto si voy sentado como de pie, me permitirán devorar un respetable número de páginas.

Y cuando me refiero a mi capacidad de leer de pie no es un detalle banal. A lo largo de mi vida profesional en el servicio secreto, el hacinamiento humano en cualquier lugar o situación nunca ha sido un obstáculo para mí. Al contrario, a veces me ha servido de perfecto camuflaje tanto para no perder de vista a alguien como cuando he necesitado zafarme de mis perseguidores. En ocasiones, la multitud también me ha servido para entregar o recibir con meticulosa precisión y a una velocidad endiablada, un pendrive sin ser descubierto. Y en otras, he dejado en algún punto a mis espaldas un anónimo reguero de sangre. Un reguero que a veces no ha sido tan anónimo, pues ha sido el mío.

Y al desplomarte, la gente te rodea hasta convertirse en aglomeración. Pide la presencia de una ambulancia, aunque la que llegue se haya tenido que abrir paso entre ruinas y solo lleve conductor, un enfermero con suero intravenoso y el estridente sonido de su sirena. Pero ese acto de ayuda humanitaria, aun siendo importante, no es el más decisivo. El más decisivo es el que, al conformar un espeso muro, la cada vez más crecida afluencia de curiosos impide que tu verdugo vuelva sobre sus pasos para cerciorarse de si realmente te ha eliminado. De lo contrario, te remata. Pero gracias a ese muro humano, generalmente desiste; y si sobrevives, tus superiores dirán que has muerto en acto de servicio. Si el enemigo da por buena la información incrementarás tu capacidad operativa. Tu caché como agente secreto alcanzará más prestigio del que tal vez tienes. Todo dependerá de los golpes sorpresa que lleves a cabo con éxito hasta que caigan en la cuenta de que reviviste. Entonces, no dudarán en poner un alto precio a tu cabeza e incluso tu frustrado ejecutor rogará que le den una segunda oportunidad para corregir su ineptitud y poder limpiar su hoja de servicios.

No exagero si digo que, al recuperarme en cierta ocasión del filo curvo de un cuchillo árabe clavado en la espalda, me convertí durante un tiempo en un referente entre los cachorros recién llegados a Langley. Esos cachorros que llegan con sus currículos cargados de másteres universitarios e idiomas y con ese patriótico espíritu de servicio que les lleva a pedir su ingreso en la Agencia así que han alcanzado la edad reglamentaria. Mi dominio del árabe y del kurdo que mi padre me invitó a estudiar guiado por el presentimiento de que algún día los necesitaría profesionalmente, me convirtieron en un experimentado agente sin necesidad de pasar por ningún rodaje previo. Como de costumbre, al estallar la guerra de Irak en 2003, la Agencia iba escasa de personal propio capaz de desenvolverse fluidamente sobre el terreno. Y depender de los colaboradores autóctonos no siempre es una estrategia segura. Y el porqué me convertí en un referente para algunos de aquellos jóvenes aspirantes recién ingresados creo, sinceramente, que ahora no viene a cuento. Aquella hazaña nada tiene que ver con la nueva etapa de mi vida que acabo de iniciar. Hace algo más de un año y medio que decidí retirarme y el destino me llevó a Barcelona. No sé el tiempo que me quedaré en esta maravillosa ciudad, ya lo veré. En cualquier caso, mi última escala serán los Estados Unidos. El país del que me siento orgulloso de haber nacido en él.

Ahí está mi tren de cercanías. Tomando la curva. Llega a su hora y he tenido suerte. Es de doble composición y de dos pisos. Me gusta viajar en el piso superior y, dado que entre San Vicente de Calders, su estación de origen, y Calafell no media parada alguna, puedo elegir sin ningún problema un asiento de ventanilla lado mar. Nada hay más relajante que observar el Mediterráneo con la mirada perdida o todavía algo somnolienta. Diría que ambas miradas incrementan su efecto balsámico. Y pese a que hoy el Mediterráneo está algo picado a causa del viento sigue dando la sensación de siempre. La de un mar sereno y sosegado. Me desprendo de

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