Mzungu - Mujer blanca extranjera

Macarena Domaica Goni

Fragmento

Mzungu_v5-5

Primera Parte

Teresa

Jueves, 22 de septiembre de 2016

La habitación de Eva estaba a oscuras a las nueve de la mañana. Entré con prudencia y distinguí el bulto de su cuerpo bajo la sábana. Me acerqué mientras la llamaba con voz baja para no asustarla y la zarandeé suavemente. Eva no podía responderme porque estaba muerta.

La llamé un poco más alto con la vana esperanza de sentirla revolverse. Me senté sobre su cama para mirarla. Ahogué un grito y los ojos se me llenaron de lágrimas que apenas me permitían verla serena, bonita, ajena como estaba. Abracé su cuerpo y me estremeció no sentir su calor. Rompí a llorar.

Una pena inmensa se apoderó de mí. Y ese olor… El olor de la muerte que se instala en la estancia cuando alguien se va. Un olor que al tiempo es sabor y que se acompaña de vacío, de frío, de náusea y debilidad. 

Encontrarme a Eva muerta me rompió el corazón. Lo sentí así físicamente. Un dolor me cruzó el pecho y me dobló las piernas. Caída junto a su cama, sin poder parar de llorar, creí respirar la soledad más invasiva que había sentido nunca; la sentí correr por mis venas y alcanzar cada lugar de mi cuerpo. La toqué ansiando percibir su calor y me estremecí. Deshecha en lágrimas, me atusé el pelo nerviosamente y pensé que nada de eso estaba pasando.

Con esa sensación de irrealidad avivando una esperanza remota de despertar de un mal sueño, aparté la vista de Eva.

Cómo podía ser que la estuviera echando tanto de menos si solo hacía unas horas que nos habíamos visto. Cómo podía ser que al otro lado de la ventana la vida siguiera como si nada, ajena a su ausencia, a la pérdida irremediable de Eva. Intenté imaginar mi vida sin ella y me abracé a su cuerpo durante unos instantes.

***

La médica certificó el fallecimiento por muerte súbita. Teresa llamó a los familiares directos de Eva; a su padre, a su hermana Sara y también a Marcos. Marcos se derrumbó al otro lado de la línea. Lloraron juntos sin pronunciar una palabra, sintiendo cómo el desconsuelo se hacía fuerte en el dolor compartido.

El primero en llegar fue Guillermo. Abrazó a Teresa con urgencia y avanzó a zancadas por el pasillo, como si aún estuviera a tiempo de evitar la pérdida de su hija. Antes de alcanzar la cama, un gemido desgarrador salió de su garganta. Recogió la mano de Eva y la abrazó cubriéndola de besos. Al poco rato llegaron también Sara y Elena, la mayor de sus hijas, que acababa de cumplir veinte años. Teresa decidió que era el momento de marcharse. Se acercó a Eva, la abrazó fuerte por última vez y salió de la habitación con la tristeza agarrada al pecho como una garrapata.

Teresa

A Iván no le dije nada. Cómo decirle que no iba a volver a ver nunca más a Eva. Se me ponía un nudo en el estómago de pensarlo. ¿Cómo se le cuenta la muerte a un niño de seis años?, ¿cómo se elabora a esa edad una pérdida definitiva?, ¿qué significa a esa edad un para siempre?, ¿cómo encaja que alguien tan querido se vaya sin haberse despedido?

El papá de Daniela lo trajo a casa después del cole. Lo recibí con aspavientos, como siempre; pero esta vez necesitada más que nunca de sentir sus bracitos rodeando mi cuello. Me hubiera quedado así, asida a su amor incondicional, a su olor de niño, a la suavidad de su carita. Pero él se liberó enseguida de mi abrazo desesperado y me preguntó: «¿Te pasa algo, mami?». Y mentí. Mentí con pasión, con el empeño con el que las madres acolchamos los reveses de la vida a nuestros niños y niñas. Planté una sonrisa en mi cara y canturreé que el niño más bonito de la casa tenía macarrones para comer. Lo acompañé hasta la cocina y metí su plato en el microondas mientras le ponía el cubierto en la mesa. Me dolía todo el cuerpo, me costaba respirar, me escocía la pérdida de Eva en la mirada mientras el temporizador avanzaba y yo hacía que lo miraba.

Iván me contó su mañana de cole y yo dejé que el cascabel de su voz me transportara a su aula y a los detalles de su primera manualidad del curso. Me sentía mal porque, en aquellos momentos, no era capaz de disfrutar de su compañía. No veía la hora de dejar de nuevo a Iván en la escuela para pensar en Eva y derramarme. Retenerla con cada recuerdo, visualizarla y memorizar cada rasgo de su cara, su cuerpo…

Aún tendría que esperar para eso. La madre de Daniela se llevó a mi hijo a pasar la tarde y a dormir con su familia. Yo se lo pedí; necesitaba hacerme un lugar en el mundo de las personas adultas para desatar el corsé al que tenía sometido mi desconsuelo en presencia de Iván. Andrea se deshizo en amabilidad conmigo. Siempre que se pierde a alguien querido, deberíamos tener cerca un alma sensible que nos cubra las urgencias y nos permita escapar, aunque sea por un rato, a la existencia paralela donde la muerte se percibe como un arañazo irreal en lo más profundo del alma. Allí pasé la tarde como sedada, con el oído acolchado, la vista en nebulosa, la paz robada y el entendimiento entorpecido por una pena que lo invadía todo.

Se me puso un terrible dolor de cabeza y decidí salir a pasear. Recibí una llamada de Marcos para pedirme que lo acompañara al velatorio para ver a Eva. No quería, pero le dije que iría con él. Lo vivido junto a Eva en los últimos meses nos había unido mucho. Marcos y yo éramos como los palos que sujetan una planta que se vence; uno a cada lado de Eva; de soporte, de asidero, de guía hacia la luz.

Llamó también Sara para darme detalles del traslado de su hermana, el entierro, funeral… Mientras me hablaba, tenía la sensación de estar recibiendo consideraciones de familiar que no quería. No me tocaba opinar sobre nada, ni organizar su misa, ni velar el cadáver. Llevaba horas con la visión de Eva muerta fijada en mi retina y sentía que no podía más. Quería irme de cañas y perder el sentido; no pensar más en Eva ni en cada día que tendría que vivir sin ella.

Marcos me recogió en casa y empezamos por las cañas.

Nos abrazamos largo al encontrarnos, como los buenos amigos que éramos, y lloramos con cada recuerdo que nos sentaba a Eva a la mesa de nuevo junto a nosotros, como tantas veces durante todos los años que habíamos compartido. Marcos hablaba sin parar de cuánto la había querido, de lo maravillosa que era, de su mirada hermosa, profunda y melancólica siempre. Eva había pasado por muchas cosas y estaba muy dañada. Cuántas veces me hablaba de sus sombras mientras yo intentaba mostrarle la inmensidad de su luz, mucho más poderosa y definitiva para la Eva perdida en la inmensa oscuridad de sus aprensiones.

Marcos estaba tan desconcertado como yo. Habían empezado a verse con más frecuencia otra vez; se tomaban un café, comían juntos, iban al cine. Y ahora ella estaba muerta y ya no habría más oportunidades para ellos.

La visión de Eva me descompuso. Recolocada, maquillada como las difuntas. Eva muerta en una caja de madera, tras un cristal, de perfil, lejana, no Eva. Miré a Marcos y me correspondió con los ojos vidriosos mientras me echaba un brazo sobre los hombros y me acercaba a su cuerpo. Las lágrimas me corrían por la cara sin control. Agradecida por el abrazo, me giré contra su pecho y me apreté fuerte para sentir que mi dolor encontraba eco en el suyo, que él estaba tan triste como yo, tan perdido, tan desamparado sin el

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tus libros guardados