Pack Jane Austen: Obra completa

Jane Austen

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

Sentido y sensibilidad es, por supuesto, una obra acerca del sentido y la sensibilidad, pero también trata de secretos y enfermedades. Se inicia con reflexiones sobre la propiedad y concluye con simetrías sobre el matrimonio, los dos aspectos que determinan las divisiones territoriales y la continuidad familiar de la sociedad, a su vez los dos aspectos más característicos de lo que se ha dado en considerar el mundo de Jane Austen. Sin embargo, también está el grito ahogado de Marianne en el corazón de la novela (casi en la mitad, en el capítulo 29), y la causa y la posterior represión de ese grito son tan importantes como la más o menos sutil competencia para hacerse con una pareja, con propiedades o con el poder, que parece ocupar el primer plano de la acción. El hecho de que el grito sea un síntoma de enfermedad, y que ésta se halle en estrecha relación con el secretismo imperante es un aspecto del complejo significado de la obra que trataré en esta introducción. Al enfocar la novela desde este punto de vista no pretendo ser única u obstinadamente original. No obstante, me parece necesario revisar las opiniones tradicionales sobre esta primera novela de Jane Austen, a fin de comprender algunos de los asuntos más importantes de una obra que parece carecer de interés para muchos de sus críticos más perspicaces. Por ejemplo, Walton Litz, autor de una de las mejores obras sobre la autora,1 sostiene que «la mayoría de los lectores están de acuerdo en que Sentido y sensibilidad es la menos interesante de las grandes obras de Jane Austen». La considera incómodamente atrapada entre lo burlesco y «la novela seria», y tiene la gentileza de exculparla (a medias) al decir que «gran parte de las dificultades de Sentido y sensibilidad pueden explicarse, aunque no disculparse, al hacer un examen de su evolución».

Sabemos que hubo una versión anterior de la novela, titulada Elinor y Marianne, que Austen escribió entre 1795 y 1796 en forma de una serie de cartas (como Lady Susan, a la que siguió en orden de composición), que empezó a escribir Sentido y sensibilidad en noviembre de 1797 aunque el grueso de la novela había quedado terminado entonces, y que siguió trabajando en ella durante la década siguiente, hasta que finalmente se publicó, tal como la conocemos ahora, en 1811. No cabe duda de que algunas irregularidades en la técnica se deben a esta larga evolución, por lo que es fácil entender la conclusión a la que llega el señor Litz cuando afirma que la novela es «una obra de juventud, remendada tiempo después, en la que las burdas antítesis de la estructura original no se solucionaron de manera satisfactoria». Con «burdas antítesis», el señor Litz se refiere a la separación esquemática indicada en el título, una estrategia ficticia que se mantiene en Orgullo y prejuicio, y que se basa en las abundantes obras moralizantes típicas del siglo XVIII como Nature and Art, de Elizabeth Inchbald.2 El uso de la antítesis como instrumento para separar cualidades y lograr una mayor claridad mediante una diferenciación más sutil es una característica predominante de la prosa de ese siglo, al menos desde la época de Locke, y proporciona relevancia a la forma poética dominante del Racionalismo, el pareado heroico, que alcanzó su máximo potencial analítico con Pope. Las antítesis fueron una fuente de energía para buena parte de la literatura del siglo, pero, como argumentaría el señor Litz, supusieron un obstáculo para la principiante Jane Austen, porque, como modo de pensar, el empleo de este recurso suele producir abstracciones polarizadas, la confrontación de estereotipos y la oposición automática de los extremos. Esto juega en contra de la flexibilidad y de la noción de lo inclasificable en relación con las personas y sus actos, aspectos deseables en una novela. Para conseguir esa flexibilidad y esa noción, Jane Austen tuvo que ir más allá de la antítesis.

Todo esto es cierto, sin duda, y podríamos advertir un desarrollo comparable dentro del género teatral, desde la desnudez esquemática de las obras morales hasta la densa riqueza dramática de las obras de madurez de Shakespeare. Las obras posteriores de Jane Austen, por no mencionar las novelas de la escritora George Eliot, comparadas con las ficciones morales del siglo XVIII, ofrecen claramente una gran ampliación y profundización en las posibilidades del estilo novelístico. Sin embargo, al considerar Sentido y sensibilidad una matriz del siglo XVIII que contiene el embrión de una novela del XIX esforzándose en vano por desarrollarse, nos perdemos mucho de lo que realmente contiene (el señor Litz le dedica unas diez páginas en un libro de ciento ochenta, lo que supone un menosprecio). Hay que reconocer que el título y el uso de las dos hermanas parecen indicar una esquematización bastante rudimentaria, pero el contenido de una novela puede contrastar con la aparente simplicidad de su estructura. El hecho de que Marianne sea juiciosa y a Elinor no le falte sensibilidad debería bastar para convencernos de que Jane Austen era una novelista lo bastante madura para saber que nada se da de manera aislada, que las cualidades que pueden existir en aislamiento total como abstracciones sólo aparecen en las personas combinadas, y tal vez confundidas, con otras cualidades, en configuraciones que pueden resultar sumamente problemáticas. En realidad, la acción desencadenada por las tensiones entre la inestabilidad potencial del individuo y la necesaria estabilidad de la sociedad constituye, en cierto modo, el tema de Sentido y sensibilidad tanto como en ficciones más célebres que se centran en la oposición entre energía individual y estructuras sociales. Dicho de otra forma, al igual que se considera que Sentido y sensibilidad vuelve la mirada hacia la obra de Maria Edgeworth Letters of Julia and Caroline, podría afirmarse que también apunta hacia el futuro, en concreto a El malestar en la cultura, de Freud. No pretendo insinuar la extraña idea de que Jane Austen fue una precursora del freudismo, pero sí me gustaría insistir en que esta novela aborda asuntos de importancia perenne que tienden a quedar ocultos si la consideramos una víctima temprana de un género en evolución.

Si nos centramos sólo en su estructura, el argumento presenta una notable geometría. Elinor y Marianne avanzan paulatinamente hacia enlaces convenientes con hombres respetables, el coronel Brandon y Edward Ferrars. Este avance se complica de diversas maneras por culpa del comportamiento deshonesto de dos figuras egoístas, Lucy y Willoughby. Para lograr sus objetivos, estos dos personajes contraen matrimonio de manera interesada, lo que les proporcionará su debido castigo en forma de infelicidad doméstica. Al final se forman dos paralelogramos que muestran, por un lado, una armonía verdadera (Elinor y Edward, Marianne y Brandon), y, por otro, una armonía superficial y aparente (Lucy y Robert, John y Fanny Dashwood). Como ocurre a menudo, Jane Austen nos enseña a apreciar el valor de lo auténtico al yuxtaponerlo a una versión ficticia o paródica. Es esta geometría la que propicia el final de la novela, de modo que volveremos a ella más adelante. Sin embargo, el cuerpo de la obra se ocupa de los aspectos que complican y enturbian la aparición de esa geometría o de cualquier otra, y es en este punto donde quiero enmarcar el secretismo y la enfermedad, que, como he anunciado, son asuntos de gran importancia en la novela.

«Venga, entre amigos no hay secretos», insiste la siempre tan curiosa señora Jennings, y su pregunta, tan poco delicada, adquiere una importancia especial si tenemos en cuenta el alto grado de reserva que hay entre los pocos e íntimamente relacionados personajes de la novela. El coronel Brandon debe partir de manera inesperada, lo que desbarata la idea de una excursión a Whitwell, pero no puede dar ninguna explicación. El único motivo por el que Lucy comunica a Elinor su compromiso secreto con Edward Ferrars es para eliminarla como posible rival («Todo ello siempre se mantuvo en estricto secreto»). Y el comportamiento cruel sin aparente razón de Willoughby con Marianne empieza a aclararse cuando se descubre su plan de casarse con la señorita Grey: «Todo ello dejará pronto de ser un secreto». Por supuesto, ocultar información encaja con el carácter calculador de esos dos personajes fríos y egoístas, pero hay otros secretos además de los hechos inconfesados y los compromisos previos con los posibles esposos que aparecen en la novela. Para empezar, la idea de las relaciones secretas se concebía socialmente como una travesura, un juego; así, el amable pero insensible sir John se las ingenia para crear «secretos» y contribuir con bromas más bien vulgares a su mesa: «Se llama Ferrars –le dijo en un cuchicheo bien perceptible–, pero le ruego estricta reserva, porque se trata de un gran secreto». Cabe imaginar que los motivos detrás de juegos sociales como el baile de máscaras eran similares: si una sociedad se siente completamente iluminada y todos sus miembros se conocen demasiado, es probable que intente introducir sombras, máscaras y pantallas, aunque sólo sea para recuperar el estímulo y la emoción de un misterio rudimentario o, al menos, la excitante atmósfera de la conspiración erótica. No obstante, Jane Austen nos hace tomar conciencia de un tipo de secretismo mucho más importante: aquello que el corazón no puede hacer que las manos realicen, que no se puede exteriorizar en el rostro o expresar con la voz; se trata de los secretos que se ocultan a ojos de todos, que luchan por salir a la luz y enfrentarse a las limitaciones o represiones. Tales formas de ocultación pueden resultar admirables, o ladinas, o sencillamente aquello que las circunstancias permiten, pero sean como sean, aparecen de manera recurrente. Está el «silencio» y «el secreto que guardaban» Marianne y Willoughby; y, más adelante, en Londres, las reservas que muestra Marianne incluso con Elinor, cuando se manifiesta un «absoluto secreto». La propia Elinor, cuando descubre el compromiso de Lucy con Edwards, consigue responder «con voz segura, bajo la que se escondía una emoción y un desconsuelo como no había experimentado jamás en su vida». La expresión «necesidad de ocultar» nos da una pista sobre el sentido de la responsabilidad de Elinor con respecto al código de comportamiento formal; como resultado de ello, nadie podría imaginar que «sufría terriblemente a causa de los insalvables obstáculos que la separaban ahora de su amor». Cuando el coronel Brandon interroga a Elinor para asegurarse de que su amor por Marianne no es correspondido, siente que «si disimular, caso que disimular sea posible, es el único remedio que queda». Podrían ofrecerse muchos más ejemplos, pero la repetición de expresiones como «hermetismo obstinado», «mantener el carácter secreto» o «promesa de secreto» revelan la abundancia de un léxico relacionado con el secretismo de todo tipo, ya sean verdades del individuo con relación a la sociedad o del «yo» íntimo y el «yo» social. Elinor, quien se convierte en depositaria de los secretos de otros, pero que no tiene la posibilidad de contar los suyos a nadie, sufre la carga y el suplicio que esto supone. «Durante cuatro meses he llevado todo este peso encima, sin el derecho de hablar de ello a nadie.» Y aunque el silencio a veces se convierte en una necesidad por el bien del honor y la dignidad, el secretismo puede tener otra justificación, más relacionada con la propia supervivencia. Así se insinúa en la reveladora carta que el señor Dashwood escribe después de que Lucy se haya casado en secreto con Robert Ferrars. «El secreto con que fue conducido aquel asunto fue tenido, como se comprende, como una terrible agravante del crimen, pues si se hubiesen tenido indicios de lo que iba a pasar, se habrían tomado las medidas pertinentes para evitar la boda.» (La cursiva es mía.) En este caso, nadie puede concluir que la maquinadora Lucy se haya casado por amor, o por amor a Robert, concretamente; pero las palabras en cursiva que con tanta soltura expresa el egoísta y respetable señor Dashwood apuntan al cruel poder coercitivo de la sociedad y a la falta de piedad con que muchos de sus miembros estaban dispuestos a manipular o «corregir» las anomalías de los deseos individuales en beneficio de la riqueza o de una ilusoria corrección jerárquica. Así pues, si el secretismo es, con frecuencia, una obligación penosa impuesta por las normas de una sociedad rígida, también puede convertirse en una estrategia para oponerse a éstas o sortearlas.

Al final, todos los secretos han salido a la luz y, sin más misterios que empañen la emergente geometría de la obra, los matrimonios correctos pueden solemnizarse. Sin embargo, no sucederá antes de que Marianne enferme gravemente. Siendo alguien que cree en dejar que los sentimientos utilicen el cuerpo como vehículo de expresión, no sorprende que llore con la misma frecuencia con que Elinor se esfuerza por mantener la compostura. Sin embargo, lo que sucede después de que Willoughby la abandone por primera vez y la trate con incomprensible crueldad supera la afectación de una joven sentimental. Jane Austen describe el avance de su enfermedad con tal detalle que los lectores adquirimos una idea del vocabulario de la sintomatología y el diagnóstico de la época. Sufre de melancolía y padece de «jaqueca, de ansiedad y de otros malestares». Más adelante se encuentra «completamente absorta en la pena, sin preocuparse de sus atavíos, sin el más pequeño gesto de ilusión o de alegría, como si le diese igual asistir o quedarse en casa». Durante un tiempo está casi catatónica, «sin moverse de su sillón, sin cambiar de actitud». Cuando muestra a Elinor la carta que Willoughby le ha enviado para negar una relación entre ellos, «se cubrió el rostro con un pañuelo y lloró amargamente». A partir de este momento, Marianne empeora. «Agotada por la prolongada falta de sueño y alimento», con «una cabeza dolorida, un estómago exhausto y unos nervios agotados», «ninguna postura le proporcionaba reposo; en permanente inquietud de cuerpo y alma, se agitaba de un lado a otro. Más nerviosa a cada momento, Elinor apenas si podía retenerla en la cama». Y así prosigue a intervalos, hasta que padece la fiebre que está a punto de matarla. Austen dedica un capítulo entero a describir el curso de la enfermedad desde el momento en que el médico diagnostica que «aquella dolencia tenía un carácter infeccioso» con base en su pulso acelerado y expresión incoherente, su «rápida decadencia» y «especie de estupor», hasta que pasa la crisis, su pulso se ralentiza y Elinor sabe que su hermana está mejor cuando «Marianne llegó a fijar los ojos en ella con un mirar apagado, pero donde brillaba ya la razón». Cabe señalar que es precisamente en este momento, después de que la larga enfermedad haya pasado su punto álgido y Marianne empiece a recobrar la salud y la razón, cuando Willoughby hace su repentina aparición en la casa; no como una amenaza sino apesadumbrado, no como un cazador engreído y armado con una escopeta como en su primera aparición en la novela, sino acobardado y arrepentido. Parece que justo en el instante en que Marianne consigue sacar fuerzas para recuperarse de la fiebre, el vigor de Willoughby se desvanece y el joven aparece una noche para reconocer tanto su error como su derrota.

He resaltado el detalle con que describe la enfermedad de Marianne porque me parece mucho más importante que la parodia sobre la sensibilidad excesiva que se encuentra en obras como Amor y amistad. La enfermedad de Marianne es claramente psicosomática, y en muchos de sus síntomas –el habla incoherente, los episodios de catatonia que alternan con impacientes peticiones para «cambiar de postura», períodos de abstracción y sin conciencia del mundo que le rodea– su comportamiento es patológico hasta el punto de que a finales del siglo XVIII podría haberse interpretado como locura. (Muchos de los primeros poetas románticos enloquecieron, entre ellos Cowper, uno de los favoritos de Marianne y también de Jane Austen.) Me gustaría introducir aquí algunas citas del extraordinario libro de Michel Foucault, titulado Historia de la locura en la época clásica. En él se demuestra que a finales del siglo XVIII hubo una gran proliferación de las «enfermedades nerviosas». Sobre las causas de esas afecciones, Tissot, contemporáneo de Austen, escribió: «No temo afirmar que si en otro tiempo eran las más raras, son actualmente las más frecuentes». Foucault cita también a otro médico de la época, Matthey, para mostrar la conciencia creciente sobre lo precario de una razón que, en cualquier momento, puede ser conquistada por un trastorno mental. «No os glorifiquéis, hombres civilizados y sensatos; esa pretendida sabiduría de la cual os vanagloriáis puede quedar destruida o perturbada en un instante; un acontecimiento inesperado, una emoción viva y repentina del alma, pueden transformar al momento en furioso o en idiota al hombre más razonable y de mayor ingenio.» Resulta interesante que Foucault haga constar que en esa época a los ingleses se les consideraba sumamente propensos a la locura y la melancolía. Esto es atribuible, en parte, a que eran una nación de comerciantes, preocupados en exceso por la especulación financiera. Este hecho no sólo provoca que las familias sean más tiránicas, sino que conduce a un estado general «donde el hombre es despojado de sus deseos por las leyes del interés». (Estas observaciones son igualmente relevantes en el caso de Clarissa.) También está relacionado con la ambigua libertad de la que gozaban los ingleses («el hombre está entregado a la incertidumbre»), sobre la cual Foucault escribe: «La libertad, lejos de poner al hombre en posesión de sí mismo, lo aparta aún más de su esencia y de su mundo; lo enajena por la exterioridad absoluta de los otros y del dinero, en la irreversible interioridad de la pasión y el deseo insatisfecho». Siguiendo con este período, y en un apartado titulado «Locura, civilización y sensibilidad», el autor prosigue con su explicación de la alta incidencia de trastornos nerviosos o mentales en la época. «No es sólo la ciencia la que separa al hombre de lo inmediato, ya que lo mismo hace la propia sensibilidad: una sensibilidad que no está gobernada ya por los movimientos de la naturaleza, sino por el conjunto de hábitos y exigencias de la vida social.» Las mujeres que se nutrían de la literatura (en especial de novelas) eran particularmente propensas a los trastornos nerviosos: «Separa el alma de todo aquello que hay de inmediato y de natural en lo sensible, para arrastrarla a un mundo imaginario de sentimientos, tanto más violentos cuanto más irreales, y menos regulados por las suaves leyes de la naturaleza». Una cura de la época para los trastornos nerviosos consistía en poner al enfermo a contemplar algún paisaje, para que la tendencia a la subjetividad pudiera corregirse de algún modo mediante esas «suaves leyes»; como intenta Elinor con Marianne (16). Foucault concluye este apartado con las siguientes generalizaciones, tal vez radicales, pero también sugerentes:

En la segunda mitad del siglo XVIII, la locura no será ya reconocida como aquello que aproxima al hombre a una decadencia inmemorial, o a una animalidad indefinidamente presente; se la sitúa, al contrario, en esas distancias que el hombre toma con respecto a sí mismo, a su mundo, a todo aquello que se le ofrece en la inmediatez de la naturaleza; la locura se vuelve posible en ese medio donde se alteran las relaciones del hombre con lo sensible, con el tiempo, con el prójimo; es posible por todo aquello que en la vida y en el devenir del hombre constituye una ruptura con lo inmediato.

He optado por presentar la imaginativa perspectiva de este filósofo sobre la situación a finales del siglo XVIII no para proponer la absurda teoría de que Marianne está loca de atar, sino para contemplar la posibilidad de que la «sensibilidad», además de ser un fenómeno psicológico relacionado con el movimiento romántico temprano que a menudo se caracterizaba por los excesos desprovistos de ironía que los escritores satíricos solían ridiculizar, debería también considerarse sintomática de cierta clase de sociedad y un comentario indirecto sobre ella. Es evidente, por ejemplo, que Marianne es plenamente consciente de esa enfermedad –tal vez debería decir que la sufre– que Foucault describe como «exterioridad absoluta de los otros» e «irreversible interioridad de la pasión y el deseo insatisfecho», y que su comportamiento posterior indica una «ruptura con lo inmediato». Está enferma de verdad, por la intensidad de sus propias pasiones y fantasías secretas. ¿Cuál es la naturaleza de la sociedad en que esa patología emerge, al menos tal como la describe Jane Austen? Se trata de un mundo dominado por las formas, para las que también podría utilizarse la palabra «pantallas», que a su vez podrían denominarse «mentiras». Para Marianne, las formas son equiparables a la falsedad y decide no participar en la mascarada social. Su «habitual desdén por las fórmulas de cortesía» se hace evidente a lo largo de toda la novela. Para ella, la sociedad es tan trivial como las interminables partidas de cartas con las que disfrutan algunos personajes; juego que, curiosamente, nunca dominará. Su actitud se hace evidente cuando Lucy Steele pronuncia un cumplido insincero dirigido a una mujer fría, y espera su respuesta. «“¡Es que lady Middleton es muy sensible!”, repuso Lucy Steele. Marianne se calló. Le resultaba imposible decir algo que no sentía, aun en la ocasión más trivial, y por lo tanto, recaía siempre en Elinor la tarea de mentir cuando la buena educación lo exigía.» El realismo mordaz de Jane Austen se hace patente en la parte final de la frase, donde pone de manifiesto que la sociedad se sostiene sobre mentiras necesarias. Marianne es alguien que exige que las formas exteriores proyecten o representen con exactitud los sentimientos interiores; esa exigencia de sinceridad, ese desprecio por la hipocresía, son las características más positivas del movimiento romántico. La dificultad consiste en que, mientras que cada individuo tiene un mundo interior de sentimientos y pensamientos distintos, sólo hay un mundo exterior en el que debemos convivir. Nadie sabía mejor que Jane Austen que personas con mentalidades muy alejadas podían encontrarse físicamente muy cerca las unas de las otras. Y, aunque observó con claridad meridiana cuánta crueldad, represión y malicia propiciaban los modales, era consciente de que un mundo en el que la gente fuera sincera y dijera la verdad en favor de sus propios sentimientos y no mintiera en favor de los sentimientos de los otros, sería, sencillamente, una anarquía en la que la «manera» de cada uno anularía la de los demás.

Jane Austen percibió una verdad más sutil; con frecuencia, quienes menos toleraban las formas eran quienes más dependían de ellas. Al principio, Willoughby aparece como un joven y audaz amante que, en la opinión juiciosa de Elinor, abandonaba «con facilidad las normas de urbanidad». Sin embargo, no tarda en renunciar a su vehemente sinceridad para asegurarse la riqueza y la posición social que le permitirán llevar una vida ociosa y placentera. Los sentimientos de Marianne son mucho más profundos, aunque es preciso señalar que espera más opulencia y comodidades del matrimonio que la supuestamente juiciosa Elinor (Marianne considera dos mil libras al año «una suma muy moderada», mientras que la segunda lo considera «riqueza»). En muchos sentidos, los dos amantes viven a expensas de otros; Willoughby lo hace de manera literal, y Marianne de un modo más sutil, pues mientras se deja llevar por su estado de ánimo y hace pocas concesiones a las normas de urbanidad, es Elinor quien tiene que actuar por ella. Austen es ingeniosa al presentar a esta última como una hábil pintora de biombos, pues está una y otra vez intentando suavizar y armonizar momentos potencialmente discordantes y desagradables, dando a la realidad social un barniz de arte. Otro ejemplo de la compleja visión de Austen se encuentra en una de las escenas con la señora Ferrars; cuando esta esnob insoportable critica con crueldad los biombos pintados por Elinor, y Marianne se niega a ocultar su enfado y expresa su desprecio por una actitud tan malintencionada. Es inevitable empatizar con su arrebato, si no celebrarlo con entusiasmo, lo que significa que la autora nos ha llevado al punto de sentir verdadera aprobación y afecto tanto por la figura que mantiene «pantallas» como por la que las rechaza. Sin duda, esta novela temprana no contempla veredictos sencillos.

Hay un momento en que Marianne responde con tono enérgico a Elinor: «Nuestra situación, pues, es la misma; tú porque no tienes nada para contar y yo nada para esconder». Aunque no es justo para Elinor, quien tiene que guardar silencio porque ha prometido mantener un secreto, el comentario apunta a una diferencia fundamental entre Marianne, que «aborrecía toda simulación», y Elinor, dispuesta a reprimir sus sentimientos por el bien de mantener el orden y las convenciones necesarias. Mientras que la primera desea expresarse, la segunda se esfuerza en mantener la compostura, y Jane Austen establece esa diferencia entre ellas incluso en la forma de sus cuerpos: «Marianne era aún de talle más gentil. Si no tan correcta como su hermana […] llamaba más la atención». Aportaré otros comentarios sobre las dos hermanas más adelante, pero llegado este punto me parece obvio que, a través de ellas, se ha dirigido la atención hacia un problema central en esa sociedad o en cualquier otra. Concretamente, ¿hasta qué punto el mundo interior del individuo debería aflorar en beneficio de la vitalidad personal y la salud mental?; ¿y hasta qué punto el mundo exterior debería coaccionar y controlar esa realidad interior por el bien de mantener una estructura social que ofrece definiciones y espacios valiosos para las vidas de sus integrantes? Cuando Elinor habla con su madre de Marianne y Willoughby y dice «No me satisface tener sólo pruebas de que se quieren, preferiría tenerlas de su compromiso», está mostrando su preocupación sobre este asunto. El afecto es una disposición personal, y el compromiso es un acto social: el primero, un asunto de interiorización no socializada; el segundo, una adhesión a los simbolismos impersonales y establecidos de la esfera pública. Elinor quiere que el idilio de Marianne desaparezca del territorio informe de los sentimientos y se incorpore a las formas definidas de la sociedad. De no ser así, teme que no tenga una continuidad real, y a decir verdad está en lo cierto, aunque esto no implica que Marianne se equivoque. Lo que pretendo insinuar es que buena parte del dramatismo de la novela (que incluye la comedia) está relacionado precisamente con ese punto en el que las energías, deseos y necesidades de la esfera privada inciden sobre la pública, o se ven afectados por ella. Cuando Edward Ferrars, esa víctima de las ambiciones sociales de sus padres, que ha llevado una vida de «constante lucha entre el deber y la voluntad», aparece al final ante Elinor, libre y decidido a casarse con ella, manifiesta su nerviosismo y su determinación con un acto inconsciente que nos lleva a pensar que quizá Jane Austen no se habría sorprendido tanto por las formulaciones de Freud como podríamos suponer. «El joven se levantó de la silla, se acercó a la ventana y, sin saber lo que hacía, tomó unas tijeras que allí había y empezó a cortar en pedazos, mientras hablaba, el estuche.» Hay ocasiones en que las tijeras destrozarán el estuche, mientras que en otras, el estuche contendrá las tijeras. Los sentimientos de Edward pueden salir del estuche por una razón: los está dirigiendo hacia el matrimonio. Por el contrario, las pasiones de Marianne son más intensas y menos proclives a estar encerradas; no sorprende que sus arrebatos sentimentales vayan acompañados de un vocabulario que indica brusquedad: «Con eso quedó tan abatido el ánimo de Marianne que fue preciso suspender la aportación de más detalles y precisiones», «La indignación de Marianne estalló». En ella observamos un claro ejemplo del instinto de acabar con las formas que la aprisionan, de la impaciencia extrema de las tijeras con el estuche. Y como sus intensos sentimientos no encuentran la libertad deseada, perturban y debilitan su cuerpo hasta que profiere ese grito en mitad de la novela, en el centro de Londres. Se trata de un grito ahogado, porque el estuche la sigue aprisionando, pero es también un grito inarticulado que resulta más elocuente que cualquier palabra que pudiera haber utilizado. Y entre la compulsión de Marianne a gritar y el instinto de Elinor a ocultar, Jane Austen nos acerca algunos de los problemas y paradojas de la vida en sociedad tal como ella la conoció.

Como he sugerido, una de las paradojas reside en el hecho de que la sociedad obligaba a la gente a ser muy sociable y muy reservada al mismo tiempo. Elinor se retira a reflexionar en privado con la misma frecuencia con que Marianne se deja llevar por su estado de ánimo; e incluso en compañía de otros, pueden producirse en ella «efectos muy semejantes a los de la soledad». «Entonces la imaginación de Elinor se sentía en libertad, sus pensamientos vagaban, y el pasado y el futuro, en relación con los sentimientos que la embargaban, acudían a su mente, la dominaban, nutrían su memoria, sus reflexiones y sus fantasías.» Esta soledad mental, que con frecuencia conlleva sufrimiento, se pone de relieve en la última línea del capítulo veintidós: «Elinor pudo entregarse por entero a su pena». Con ella, Jane Austen recalca que la libertad interior a menudo causa aflicción. Sin embargo, en la sociedad hay mucha gente que carece por completo de vida interior. Sir John Middleton, por ejemplo, es un hombre bondadoso «cuyo mayor temor era quedarse solo»: esa clase de personas son responsables de muchas de las relaciones organizadas que pueden representar una carga para la gente sensible cuyas preocupaciones son de un carácter mucho más íntimo o personal. La tensión de verse implicado a la vez en realidades privadas y sociales implica que gran parte de la actividad importante se desarrolla en esa reducida área en la que la realidad interior y la exterior se encuentran: los ojos. Marianne «dirigía sus ojos con aire inquieto a Elinor para ver cómo resistía aquellos ataques»; «Todos volvieron a sentarse […] mientras Marianne dirigía sus miradas alternativamente a Edward y Elinor con infinita ternura, lamentando…»; «le dedicó una inquisitiva mirada de curiosidad dando a entender…»; «Nada escapaba a la observación de la curiosa Steele, todo lo miraba»; «Edward no respondió, pero dirigió a la muchacha una mirada grave y adusta, como si quisiese significar…»; «[Elinor] no pudo evitar que sus ojos se posasen en él expresando todo el desdén que colmaba su espíritu»; «ella trataba de leer en sus ojos, mientras la señora Jennings sólo en su proceder»; «sus ojos se fijaron en él con una expresión de impaciente extrañeza». El vocabulario relacionado con la vista es más que evidente a lo largo de toda la obra, y sirve para acentuar lo mucho que interviene ese órgano tan sensible que conecta y también separa la conciencia y el mundo. Y en una sociedad repleta de secretos y prohibiciones impuestas, los ojos tienen que estar excepcionalmente activos, ya que no sólo se encuentran con superficies, sino que tienen que penetrarlas, y no sólo descifran las señales, sino que las interpretan.

Inevitablemente, en un mundo de ocultación la información que cada uno reciba será, con toda probabilidad, imperfecta, y las malinterpretaciones o los indicios insuficientes pueden causar malentendidos. Es posible que gente con buenas intenciones actúe, en realidad, con fines incorrectos; la señora Jennings cree ilusionada que el coronel Brandon se está declarando a Elinor cuando, de hecho, se está ofreciendo para ayudar a Edward y a Lucy, sin ser consciente del daño que esto puede causar a Elinor. Las señales equivocadas producen también un daño directo, como cuando esta última toma la prueba empírica del anillo en el dedo de Edward como indicio de su vínculo afectivo. Es fácil compartir con Marianne la aversión por todas las formas de «ocultación» cuando se descubre parte del daño y de la desgracia que pueden provocar en un mundo en el que la verdad de las cosas no suele encontrarse en la superficie. Y tal vez sea este personaje quien padece con mayor intensidad la falsedad que la esfera social puede transmitir cuando recibe el devastador desaire de Willoughby en la fiesta de Londres. El entorno es importante: está en una sala «espléndidamente iluminada, llena de gente y donde reinaba un calor agobiante», y las dos hermanas dan vueltas por ella, donde «pudieron mezclarse con los invitados y disfrutar de la parte de calor e incomodidades que les correspondía». Entonces Elinor ve a Willoughby, y se desencadena el drama.

Elinor le miró directamente y el joven se inclinó saludando, pero sin dirigirse hacia ellas, por más que había visto a Marianne. Luego continuó su conversación con aquella elegante muchacha. Elinor se volvió hacia Marianne para ver si se le escapaba la escena. En aquel instante Marianne reparó en la presencia de Willoughby, y resplandeciendo de súbita alegría se hubiese precipitado hacia el joven, de no haberla contenido su hermana.

–¡Santo Dios! –exclamó–. ¡Él está aquí, está aquí! ¡Ah!, ¿por qué no me mira? ¿Por qué no viene a hablar conmigo?

Marianne se habría acercado sin prejuicios al hombre al que ama y que cree que la ama. Sin embargo, el movimiento impulsivo guiado por los sentimientos no es fácil en esa sociedad; en ella participan también la multitud observante, la luz resplandeciente, el calor agobiante, la opresión de los «buenos modales» y el decoro: en conjunto, una buena representación de la sociedad en general. El estuche en su versión más opresiva. En cierto modo, todos están atrapados e inmovilizados, por lo que la actividad se desplaza a los ojos. Y la acusación más severa que se puede hacer al juego social es que en este punto se somete por completo a los designios de Willoughby: el hombre puede utilizar las formas establecidas para crear una profunda falsedad sentimental a expensas de Marianne. Sin embargo, ésta se rebela contra esa deslealtad. «Su rostro se tornó de un rojo vivo y con voz trémula de emoción dijo: “¡Dios mío! Willoughby, ¿qué significa todo esto?”.» Las explicaciones que le exige están plenamente justificadas. Marianne, con el rostro encendido (el sonrojo revela aquí una pasión bajo presión, como en Racine), protesta con sorpresa e indignación por la traición absoluta de la integridad emocional que las normas aceptadas del juego social no sólo hacen posible, sino que además ocultan. Así, se reivindica como una figura de protesta que expone una queja a la que nada ni nadie en la novela pueden dar respuesta. Revela su padecimiento mediante síntomas de enfermedad y desfallecimiento que no se esfuerza en esconder, mientras que Elinor, como de costumbre, «intentó ocultarla de la vista de los demás». Esta silenciosa lucha entre la expresividad y la ocultación expresa una verdad fundamental. Entretanto, lady Middleton, para quien la sociedad superficial y sus accesorios constituyen la única realidad, sigue con su partida de naipes. El cuadro vivo que se ofrece en este momento es, a mi parecer, razonablemente profundo para una novela en teoría deficiente e insatisfactoria.

Sin embargo, aunque las normas y los modales de la sociedad paralizan en buena medida la acción expresiva, en particular los gestos apasionados, hasta el punto de que los ojos se mueven más que las manos, la acción no ha desaparecido por completo ni ha quedado restringida al mundo interior. Se diría, más bien, que ha pasado al ámbito más abstracto pero no menos intenso del lenguaje. De todas las herramientas diferenciadoras que la sociedad usa, el lenguaje es la más importante, no sólo porque lo utilizamos para transmitir y heredar información, sino porque mediante él damos forma a nuestros sentimientos e identidad a nuestros valores. A través del lenguaje la conciencia del individuo extrae significados y proyecta propósitos a partir de sus encuentros con los otros. Y la calidad de vida de una sociedad depende de su lenguaje, del modo en que haya establecido sus prioridades y sus conceptos rectores. Aunque, por supuesto, hay otro aspecto importante en el uso del lenguaje. Para empezar, está al alcance de las personas sin escrúpulos que desean proyectar un modelo falso de realidad, inventar o invertir cualquier situación. «[Ella] habla muy bien, con un dominio gracioso del lenguaje, que se utiliza demasiado a menudo, creo yo, para hacer que lo negro parezca blanco», se dice de lady Susan, una de las máximas manipuladoras creadas por Jane Austen. Con ello expresa lo vulnerables que somos todos ante las personas sin escrúpulos que dominan el lenguaje. Y hay aun otra clase de posible injusticia lingüística en el hecho de que nuestro comportamiento siempre está a merced de las interpretaciones de los otros. Así, Marianne replica con sinceridad a Elinor cuando ésta le advierte de que se está «exponiendo» a «interpretaciones desagradables». «Si son las interpretaciones de la señora Jennings las que han de juzgar mi conducta, entonces todos obraríamos mal en todos los momentos de la vida.» Ésta no es sólo una ocurrencia ingeniosa sobre una cotilla desquiciante pero bienintencionada. Es una reivindicación de corazón frente a las deformaciones del lenguaje social que amenazan continuamente con someter los sentimientos y las acciones del individuo a nuevas definiciones despectivas. Uno de los aspectos más importantes del movimiento romántico fue el rechazo a que el lenguaje de los otros fijara el significado de la experiencia del individuo que sentía con intensidad. De hecho, una de las ideas de esta corriente de pensamiento es que todo el lenguaje es, hasta cierto punto, una falsificación, ya que implica trasladar sentimientos íntimos, únicos, a términos y modales públicos; incluso en ocasiones existe la sensación de que al igual que las leyes y los tabúes de una sociedad determinan cómo actúa el individuo, su lenguaje determina cómo se siente. Cuando Marianne dice «muchas veces he ocultado mis propios sentimientos, por temor a no hallar un lenguaje que pueda expresarlos con fortuna», está hablando como una romántica que prefiere guardar sus sentimientos intactos dentro de sí a verlos traicionados en el mundo que la rodea por los modales rancios del lenguaje disponible. Ella prefiere las palabras de los primeros poetas románticos, un lenguaje de soledad y no de sociedad, un lenguaje más enfocado a la expresión de los sentimientos que a los problemas de conducta. Y si nos planteamos que Jane Austen se limita a establecer una oposición entre el discurso social y el «poético», debemos recordar que los escritores favoritos de Marianne eran también los de Austen.

Así pues, se adivina una gran afinidad con la opinión de Marianne: el lenguaje debería utilizarse para expresar sentimientos íntimos y no para mantener las normas de urbanidad. Sin embargo, Jane Austen se dio cuenta de que, si todos limitaran el lenguaje a la expresión de emociones sinceras, se produciría una anarquía en la comunicación comparable con la anarquía de comportamiento que resultaría de permitir que las acciones tuvieran su origen en los impulsos honestos. Si tenemos que convivir (y la autora no concebía la alternativa del «mundo en otra parte» del ermitaño, el expatriado, el eremita, etc.), entonces es fundamental que haya alguna forma de acuerdo sobre las convenciones del lenguaje y del comportamiento. Por ello en la obra de Austen se insiste tanto sobre la necesidad de llamar a las cosas por su nombre. La autora era consciente de lo relativo de las opiniones individuales, cómo cada uno puede llevarse una impresión y hacer una interpretación distinta de la misma escena según sea su perspectiva o su preocupación (por ejemplo, «la señora Dashwood, no menos atenta a lo que sucedía a su hija, pero en otro orden de ideas, y, por lo tanto, aguardando unos efectos diferentes»), pero a su vez percibía el peligro de este relativismo que afecta al lenguaje, por el cual cada uno podía tener su propia definición de una misma palabra. Gran parte de la energía y los esfuerzos, no sólo de Elinor sino también de Jane Austen, van dirigidos a alcanzar una exactitud terminológica que resulte sutil, comprensible y firme. Un ejemplo de esta preocupación se encuentra en el comienzo de la novela. En el primer capítulo, establece el vocabulario adecuado para describir y evaluar las distintas cualidades y los consiguientes excesos o posibles debilidades de Marianne y Elinor. En el capítulo siguiente se produce la demoledora explicación de la conversación entre la señora Dashwood y su marido, en la que, haciendo un uso engañoso del lenguaje de la «razón» y de la consideración equilibrada, convence a John para que no haga nada por sus hermanas, todo lo contrario a la voluntad de su padre. Esta incomparable racionalización de la mezquindad y el egoísmo demuestra de manera insuperable que Jane Austen era plenamente consciente del poder del lenguaje para conseguir que lo negro parezca blanco. Por lo tanto, a lo largo de la novela es lógico encontrar frecuentes alusiones a la lucha entre el uso adecuado e incorrecto del lenguaje, y una de las sutiles lecciones que podemos extraer de esta obra es que nuestra felicidad depende, en gran medida, del nombre que demos a las cosas y de cómo califiquemos nuestras experiencias. La «riqueza» de Elinor es muy inferior a lo que Marianne considera «necesario», eso es evidente. De manera similar, Barton Cottage es algo distinto según el nombre que reciba. Como vivienda, «aquella pequeña casa era sólida y confortable», pero como casa campesina, «no era una perfecta casa campesina, por lo regular de sus líneas, con tejas en el tejado, con postigos no pintados de verde ni muros cubiertos de madreselva». Si exigimos casas campesinas y sólo encontramos casas, nos aseguramos una sensación de descontento; un cambio en el vocabulario puede servir para adecuar nuestras imágenes preconcebidas a la realidad existente, y Jane Austen estaba lo bastante adelantada a su tiempo para pensar que, con cierto esfuerzo, las palabras podían llegar a encontrarse con las cosas, y que nuestra dignidad y tranquilidad dependían en buena medida de conseguirlo.

Así pues, a lo largo de la novela se establecen sutiles distinciones. Los «motivos de interés» se distinguen de la «prudencia»; la «insustancialidad» no debe confundirse con la «gravedad»; la «tranquilidad natural del carácter» no es necesariamente lo mismo que «la verdadera inteligencia y discreción»; el ruido de una velada en sociedad no debe confundirse con una «conversación». Los personajes que son tontos o algo peor se descubren por su lenguaje. Robert Ferrars considera a alguien «valioso» sólo porque «su casa, su manera de vivir, todo sugiere una economía saneada», lo que supone una burda pero habitual confusión de lo económico y lo espiritual. John Dashwood piensa que su mujer tiene «la fortaleza de un ángel», tal vez el símil más inapropiado de la novela. La señora Steele opina que alguien es «muy simpático» porque «posee una fortuna y un magnífico coche», al mismo tiempo que, por supuesto, la vulgaridad de su percepción y sus valores, se ha manifestado, como sucede también con Lucy, en sus errores gramaticales y lo ordinario de su conversación. Como el seductor tradicional, Willoughby tiene labia y muestra un dominio natural de las estrategias de persuasión. Al igual que Henry Crawford en Mansfield Park, tiene el don de interpretar distintos papeles, detalle que se revela en una alusión a su habilidad para leer partes de obras, aunque no se queda el tiempo suficiente con Marianne para terminar de leer su papel en Hamlet. (Se podría especular con que había llegado al momento en que, inexplicablemente, Hamlet rechaza a Ofelia.) Sin embargo, a pesar de sus recursos y su capacidad para la improvisación, también él puede alcanzar cierto grado de estupidez, como muestra cuando admite a Elinor que al recibir la nota de Marianne en la que le confesaba su afecto y su confianza, «No pude contestarla. Lo intenté, pero no conseguí hilvanar una frase». Su inconsciente facilidad de palabra y su duplicidad lo han llevado hasta el punto de que ha perdido la capacidad de hablar con franqueza. Cuando, en alguna ocasión, Marianne se rinde al silencio de la sinceridad, ése es el silencio de la vergüenza.

Elinor y Marianne a menudo tienen opiniones distintas en cuanto a los términos, algo lógico ya que cada una los define con base en su temperamento. Elinor considera que Brandon es «un hombre sensible, bien educado, de gran ilustración, muy galante con las damas y, según creo, dueño de un corazón benevolente», mientras que Marianne prefiere el tono negativo: «No posee ingenio, ni gusto, ni espiritualidad; que su inteligencia no es brillante, sus sentimientos no son ardientes y su voz no es expresiva». En esta ocasión ella no es del todo justa, pero al hablar como una joven apasionada y briosa, los términos que utiliza Elinor tampoco pueden invalidar por completo su comentario. Otro ejemplo del modo en que el lenguaje cambia según el punto de vista se encuentra en el diálogo entre Marianne y Edward Ferrars sobre el paisaje de la zona. Marianne, ante el panorama inmenso de colinas, bosques y plantaciones, le pregunta: «¿Ha visto algo tan bello?», a lo que Edward responde: «En invierno estos fondos deben de ser verdaderos barrizales». Más adelante, este último reconoce que su vocabulario se basa en una suerte de empirismo desprovisto de sentimientos, neutral y descriptivo: «Yo no veré más que cimas empinadas, donde otros las verían altivas, tierras quebradas y ásperas, donde otros animadamente variadas; sólo objetos perdiéndose en la lejanía, cuando para otros flotarían en una atmósfera de nebulosidad luminosa». Él observa y habla más en términos de «utilidad» que de belleza natural: «No poseo sentido pictórico». De manera similar, Elinor se muestra fría ante «esta afición tuya por las hojas caídas», capaces de producir un gran entusiasmo en Marianne: «¡Qué sensación experimenté la primera vez que viví tales días de otoño! […] Me sentí encantada al salir a pasear y ver cómo, impelidas por el viento, las hojas caían sobre mí. ¡Qué sentimientos me sugería el paisaje otoñal! Nadie ha de mirarlas ahora con nuestro embeleso. Las tendrán como un estorbo». La pregunta que podría plantearse es: ¿deberían considerarse algo más? Sin embargo, sería erróneo pensar que Jane Austen se posiciona de parte de Edward y Elinor en este debate. Aunque, en esa época, el culto a las reacciones efusivas ante el valor artístico y pictórico del paisaje era el responsable de algunas respuestas muy afectadas, ella observó que podía haber belleza además de barrizales en el paisaje, y en toda su obra se percibe un deleite en la naturaleza tan sólo ligeramente más moderado que el de Marianne. El hecho es que, por muy absurdo que suene el entusiasmo de este personaje por las hojas y las colinas al oído utilitarista, es ella quien confiere valor estético al entorno con su respuesta. El valor que puedan tener las hojas secas, o cualquier otro objeto, en la ausencia de un ser humano que las perciba, es un problema filosófico demasiado extenso para tratarlo aquí; sin embargo, el hecho de que Jane Austen se permita introducirlo en esta obra temprana demuestra que debió entender perfectamente los famosos versos de Coleridge en los que se dirige a la Naturaleza en Desánimo: una oda:

¡Oh, Señora! no recibimos sino lo que damos,

y sólo en nuestra vida vive la Naturaleza:

¡Nuestro es su atavío nupcial, nuestro su sudario!

En la época en que Austen escribía –que eran también los años de Coleridge y Wordsworth– se concebía con más intensidad que el modo en que el individuo respondía a la naturaleza era también una revelación de su propio paisaje interior, que la naturaleza es lo que percibimos y toma forma según cómo la nombramos. Marianne ofrecería atavíos nupciales a la naturaleza, y aunque algunas de sus respuestas están motivadas por su entusiasmo literario, también indican una generosidad y una ternura de espíritu, una capacidad de agradecimiento y armonía que Jane Austen sin duda valoraba. (De Marianne se dice que tiene imaginación, mientras que Elinor se limita a la fantasía, una distinción apropiada al estilo de Coleridge.) Habría que admitir que Edward, probablemente, envolvería a la naturaleza en un sudario.3 Aquí, en esta epistemología, nos detendremos; basta con que nos demos cuenta de que Jane Austen no pretendía en absoluto justificar la perspectiva y el vocabulario de la razón. Como lo hace con el comportamiento, lo hace con el lenguaje: Marianne aporta una dimensión adicional de calidez y vitalidad al mundo de la obra, y la autora era muy consciente de ello.

Me gustaría hacer una última observación sobre el papel que desempeña el lenguaje en la obra. Conocedora de las tendencias centrífugas y contrarias en el «yo», la sociedad y el lenguaje, Jane Austen se propuso lograr la virtud principal del equilibrio, y así, cuando los personajes lo alcanzan, su discurso también suele estar equilibrado. Por ejemplo, cuando la enfermedad de Marianne la lleva a una conciencia más «equilibrada», sus palabras reflejan este cambio. «No quieras ahora, querida Elinor, que tu amabilidad te haga defender lo que tu juicio condena.» Si nos fijamos en la métrica, percibimos que sus frases están empezando a ganar estabilidad y equilibrio. La armonía sintáctica y métrica son síntomas de una mente mucho más en armonía consigo misma. Es la manera en que Jane Austen suele escribir. Así, refiriéndose a Elinor, apunta: «Impaciente por calmarla, pero demasiado honesta para la adulación». La prosa, como el argumento, tiende, e incluso desarrolla, esas simetrías constantes que Austen consideraba indispensables en una existencia civilizada.

Volvamos finalmente a las dos hermanas, porque la amorosa tensión entre ellas, el constante debate sobre «cómo ser» que eclosiona al yuxtaponer sus figuras en cualquier circunstancia, representa el verdadero tema de la novela. Podríamos comenzar por sus diferentes reacciones, muy reveladoras, a la llegada de un varón desconocido, Willoughby. Sir John, que tiene la costumbre de formarse un juicio sobre los hombres en función del perro que tengan, les dice que Willoughby «posee la mejor perra negra pointer que nunca he visto». Sin embargo, Elinor no queda satisfecha con esa información poco relevante. Quiere saber quién es, de dónde viene, y si «tiene una casa en Allenham». Esto, a su vez, tiene poca importancia para Marianne, a quien le interesa mucho más su afición al baile y a la caza; eso es lo que le gusta en un hombre, porque «Cualesquiera sean sus esparcimientos, ha de entregarse a ellos con ardor, sin conocer la fatiga». A Elinor le interesa el hombre social: el hombre constructor; a Marianne, sus facetas primitivas, más dionisíacas: el hombre que baila. La primera actividad consiste en transformar la energía en estructura; la segunda, en liberar la energía en forma de gesto. Ambas son esenciales en cualquier forma de vida social, pero una u otra debe dominar. Del mismo modo, Elinor tiende a la quietud y a la compostura, mientras que Marianne prefiere los movimientos rápidos (Willoughby la encuentra cuando se ha caído mientras corría y la lleva a caballo con el mismo vigor que desprende Mary Crawford en Mansfield Park), y que en sus ojos «fulguraba una vida, un espíritu y una avidez cautivadores». Recordemos que la complexión de Elinor es más «perfecta», pero la de Marianne «llamaba más la atención». Es evidente que a Jane Austen debió resultarle atractiva la combinación de ambas; sin embargo, es igualmente evidente que presentan una tendencia inherente a la separación. Tal vez el punto débil de la novela, quizá por un exceso de rigor por parte de la autora, sea que no pueda alcanzarse un equilibrio entre las hermanas, como también se echa de menos una figura masculina que estuviera entre los notablemente insulsos «constructores», Brandon y Ferrars, y el más bien mediocre «bailarín» que resulta ser Willoughby (que no está a la altura de su predecesor, Lovelace, ni de su remoto sucesor, Heathcliff).

Las hermanas difieren en su actitud hacia la estabilidad y la energía; también discrepan, de un modo más sutil, en los factores que determinan el comportamiento. El siguiente diálogo es crucial:

–Que pasaras una mañana divertida –replicó Elinor– no quiere decir que hayas obrado correctamente.

–Nada de eso, Elinor. Si realmente hubiese tenido conciencia de estar haciendo algo reprobable, no habría podido sentirme feliz en aquellos momentos.

Elinor pertenece a la escuela de pensamiento que considera que la conducta virtuosa puede ser un trabajo arduo, implicar una incómoda adaptación a los mecanismos de control de la sociedad y causar una desagradable frustración en cuanto a los deseos personales. Esa escuela de pensamiento puede identificarse como cristiana, estoica o incluso vagamente clásica. Sin embargo, el racionalismo de la Ilustración produjo otra escuela de pensamiento, una visión más optimista asociada por lo general con los philosophes franceses, aunque tuvo muchos adeptos en Inglaterra. John Stuart Mill describió con asombrosa claridad y concisión esta línea de pensamiento en el ensayo que escribió sobre Coleridge.

El error de los filósofos fue que confiaron en exceso en esos sentimientos [de moralidad]; los creyeron más arraigados en la naturaleza humana de lo que en realidad están, y poco subordinados a influencias colaterales, cuando sí lo están. Los juzgaron el crecimiento natural y espontáneo del corazón humano; tan firmemente insertados en él que perdurarían sin deteriorarse, o más aún, que crecerían con ímpetu renovado, mientras todo el sistema de opiniones y prácticas con el que se entrelazaban habitualmente se desmoronaba de manera violenta.

La idea rousseauniana de que los impulsos innatos del hombre son buenos y de que es la sociedad la que los obstaculiza o corrompe sin duda ha alcanzado a Marianne, y también a ella le gustaría destruir gran parte de ese «sistema de opiniones y prácticas» que los espíritus más racionales como Elinor (y el propio Stuart Mill) consideran «influencias colaterales» necesarias para el buen comportamiento. Marianne es una mujer de quien puede decirse que «sus motivos son sus propios apetitos», como Henry James dijo sobre Hedda Gabler; el hecho es que también cree que los sentimientos que brotan de manera espontánea en el interior de una persona son intrínsecamente morales y, por lo tanto, los mejores motivos posibles para emprender cualquier acción. De nuevo observamos que Jane Austen se centra en un asunto que determina de manera sensible la clase de sociedad en la que vivimos: las virtudes de la «libertad» se oponen a la necesidad del «control». Elinor, con su tacto desinteresado, su instinto para guardar las apariencias y su capacidad para modificar y conciliar, es, sin duda, un miembro indispensable de la sociedad; de hecho, en la novela es uno de los pilares que la sostienen. No obstante, respondemos de manera muy positiva a la sinceridad inocente de Marianne y no podemos evitar que nos atraiga su generosa capacidad para sentir, ni compadecernos de ella cuando sufre o durante su enfermedad. Se hace patente que gran parte de la tarea de mantener la sociedad lo más civilizada posible recae sobre Elinor, y Jane Austen sabe lo ingrata que puede resultar esa tarea. Sin embargo, nada de esto convierte en menos atractiva a la joven que, como Keats, cree en «los sagrados afectos del corazón».

Así pues, tenemos a dos hermanas, pero no estamos frente a un dualismo simple. No son tan sólo figuras que encierran pasión y razón, impulsividad y contención, sentimiento y forma, poesía y prosa. Sin embargo, es cierto que proyectan una división básica o una escisión en la sociedad tal como Jane Austen la conoció, y tal vez como la conocemos hoy en día. A lo largo del siglo XIX encontramos a escritores que utilizaron a hermanos o hermanas para reflejar aspectos distintos de un «yo» compuesto. El ejemplo más conocido es el de Los hermanos Karamázov, quienes encarnan el cuerpo, la mente y el espíritu; las tres partes de un individuo completo: el hijo colectivo de su padre, tal vez la figura del Hombre. Jane Austen no intenta algo tan ambicioso como Dostoievski. Aun así, consigue dejar claro que Elinor y Marianne personifican ideas simples aunque fundamentalmente distintas sobre cómo vivir, y que la sociedad sólo tolerará una de esas ideas (al igual que hace George Eliot con Maggie y Tom Tulliver). Resulta del todo evidente que Jane Austen vertió tanto de sí misma en Marianne como en Elinor, con lo cual, en cierto modo, podría concluirse que se trata de una parábola psicológica escrita en parte para sí misma, en la que las dos hermanas conforman un «yo» dividido. Y si la situación ideal era la que transmite la frase de E. M. Forster «sólo conecta» –conecta los Schlegel y los Wilcox, la poesía y la prosa, la sensibilidad y el sentido–, el estado de la vida social tal como Jane Austen la percibió en su época era uno en el que las partes no podían estar conectadas por completo, sino que una tenía que estar subordinada a la otra. Por esta razón he mencionado El malestar en la cultura, de Freud, ya que Marianne sufre una neurosis provocada por la represión, y su enfermedad es, precisamente, el precio que paga para participar de la reposada estabilidad de la vida civilizada que se vislumbra al final. Antes de caer enferma tiene los ojos brillantes, vivos, llenos de espíritu; tras su enfermedad –y ése es justo el indicio de su recuperación–, mira a Elinor «con un mirar apagado, pero donde brillaba ya la razón». «Mi enfermedad me ha abierto los ojos», dice cuando se disculpa por su «serie de faltas de consideración»; pareciera que la virtud social y la debilidad estén estrechamente relacionadas. Habría sido difícil para Freud apuntar de manera más sucinta el precio que pagar (la enfermedad) para la conquista de la «razón». Ahora ve con más claridad, pero su energía se ha apagado. Se ha vuelto dócil y está lista para la «ciudadanía».

Todo esto está en relación con el aspecto más débil de la novela: el modo en que se resuelve el destino de Marianne. Al final se casa con Brandon para completar una estructura, para satisfacer la necesidad de armonía que forma parte tanto de la arquitectura de la sociedad como de la propia novela. Su espíritu se somete a la geometría preponderante. Jane Austen insinúa incluso cierta coacción –aunque en forma de presión afectuosa– en su decisión. Edward y Elinor desean ver a Marianne instalada en la mansión de Brandon, al igual que Jane Austen quiere verse a sí misma situada firmemente en el edificio de su novela. Todos los personajes están de acuerdo en que Brandon tiene muchas virtudes y ha sufrido penas, y todos «creían de buena fe que Marianne tenía que ser la recompensa de tantos sinsabores». «Con esa alianza contra ella», la autora prosigue a propósito con una pregunta ambigua: «¿Qué podía hacer Marianne?». Y ésta capitula; o tal vez podría decirse que la «alianza» de la sociedad y la autora en su contra resulta demasiado para ella. El resumen que Jane Austen hace del cambio que se ha producido en Marianne resulta lacónico y casi brusco. «Marianne Dashwood había nacido para un destino excepcional: había nacido para descubrir la falsedad de sus propias convicciones y para contradecir con sus actos sus máximas preferidas». Y, en el siguiente párrafo: «Se encontró a los diecinueve años sometida a una nueva relación sentimental, cargada de nuevos deberes, viviendo en una nueva casa como esposa, señora de una familia y de un pueblo». Marianne se encuentra ahora «situada» con tranquilidad en la sociedad y en la novela. Ante esto pueden experimentarse, por lo menos, dos reacciones. Podría interpretarse que en el sometimiento de este personaje y todo cuanto representa hay algo de punitivo, como si se estuviera ejecutando una venganza. Da la impresión de que Jane Austen ha puesto gran empeño en mostrar que los sentimientos románticos son absolutamente inviables en la sociedad. Si revisamos algunos pasajes del libro observamos que, con frecuencia, se cuestiona la validez de las reacciones de Marianne mediante un tono de caricatura, como si Jane Austen se estuviera defendiendo de su propia creación. Como su creadora, sin duda siente afecto por Marianne, pero ¿es posible que también la tema un poco? Es innegable que la autora no lleva a cabo una exploración profunda de la «sensibilidad» como, por ejemplo, lo hizo George Eliot (gran admiradora de Jane Austen) con Maggie Tulliver, otra figura incapaz de encajar en la sociedad a causa de la intensidad de sus sentimientos. George Eliot tuvo la valentía de mostrar que Maggie sólo puede morir; tal como es, no hay, literalmente, lugar para ella en la sociedad. La misma profundidad se encuentra en el caso de otra descendiente de Marianne: Cathy, de Cumbres borrascosas. Jane Austen se queda muy corta en esa investigación, aunque, en realidad, Marianne muere. Indudablemente, el autómata que se somete a los planes y entra a formar parte del juego social no es la auténtica Marianne, y en la simetría descafeinada de la conclusión, se ha perdido algo de su valor. El matrimonio la hace «menguar», por utilizar la imagen de otra enérgica joven, la Millamant de Congreve. Por lo menos, la novela ha mostrado el poder de la vida interior, subterránea, de las emociones, pero al final emerge a la superficie y se resuelve con tal brusca manipulación del argumento que cabe preguntarse si no pretendía ser una amarga ironía. Sin duda resulta difícil saber cómo reaccionar ante el final de la novela. Entre otras cosas, nos recuerda que Jane Austen también es una hábil creadora de biombos, y es fácil pensar que con este final se está ocultando deliberadamente algo a sí misma. El lector se queda con la sospecha de que uno de los temas que permanecen ocultos tras el biombo es la posibilidad de un desenlace trágico.

Por otro lado, se debería aplaudir el realismo práctico con el que reconoce que el consuelo que la sociedad ofrece sólo se consigue refrenando con mayor o menor rigor la intensidad de los impulsos, mediante una disciplina que impida dejarse llevar por las fantasías de carácter sentimental. Sin embargo, podemos preguntarnos qué consuelo ofrecerá la sociedad a Marianne tras esa destructiva experiencia: quizá la verdadera Marianne, al igual que Ofelia, haya optado por la bendita inconsciencia del río. «Si hubiese muerto, habría sido una autodestrucción», dice, como si se supiera capaz de quitarse la vida. Por supuesto, debemos reconocer que para Jane Austen la estructura de la sociedad era más poderosa que la estructura de los sentimientos de cualquier individuo, por lo que éstos habrían de contenerse, aunque, como muestra la obra, ella fuera plenamente consciente de lo doloroso que podía resultar tal contención. Serían novelistas posteriores, como Emily Brontë, quienes descubrirían que la situación podía invertirse, y mostrarían una estructura social que se disuelve ante la fuerza incontestable de las pasiones individuales. Esto no significa necesariamente que Jane Austen valorara la sociedad por encima del destino de las personas; al contrario, nadie antes que ella había mostrado con tanta agudeza las posibles desgracias de una existencia social obligatoria. Sin embargo, lo consideraba el factor inalterable, y cualesquiera que fueran los caminos que tomaran el sentido y la sensibilidad, y con independencia del espacio y las satisfacciones que la inteligencia y los sentimientos pudieran aportar, tendrían que darse dentro de la sociedad. Como sostiene Ian Watt, Jane Austen debió de considerar a Marianne una joven encantadora, pero sus tácticas le resultaban desaconsejables.

Se podría aventurar que Jane Austen pensó que, en la vida, la sensibilidad está destinada al fracaso a menos que esté dirigida por la razón, porque seguirá un curso en el que no se tienen en cuenta las que, para ella, eran las verdaderas configuraciones de la sociedad, que se suponen inalterables. Marianne ha tenido suerte, no sólo porque el coronel Brandon la espera para acogerla, sino por tener una hermana como Elinor, quien adopta una actitud más realista sobre lo que el individuo puede conceder sin perder su integridad.

Está bien dicho, y tal vez el final de la novela esté más conseguido de lo que una generación posromántica –y todos somos posrománticos– sea capaz de reconocer de manera inmediata. Y, por supuesto, no iremos en contra del espíritu del libro si, aceptando el acierto, recordamos el grito ahogado de Marianne y las tijeras que destrozan el estuche. Todo indica que Jane Austen no tenía intención de dar una respuesta complaciente, sino compleja.

El propósito de un libro que en el fondo trata sobre hasta qué punto la «naturaleza» debe ser reformada y «pulida» para que la vida en sociedad sea posible, sólo puede constituir una pausa temporal en una dialéctica interminable. En un momento de la obra descubrimos que John Dashwood, un excelente ejemplo de persona superficial, egoísta y estúpida capaz de prosperar en la sociedad, está talando árboles para construir un invernáculo. «Tendremos que cortar el nogal para que quede espacio suficiente.» Se trata de una pequeña muestra más de su falta de sensibilidad, y Elinor consigue disimular su indignación. Sin embargo, incluso este episodio apunta de algún modo a la pertinaz paradoja de la civilización. El hombre asola continuamente los magníficos paisajes salvajes para construir sus pequeños invernaderos sociales en los claros; y ya conocemos cuán sofocante y falsa puede ser la vida en esos lugares por la escena de la fiesta en la que Willoughby hace un desaire a Marianne. Jane Austen no sería la primera en conceder que es mejor dejar algunos árboles en pie y algunos invernaderos sin construir. No obstante, no fue una sentimental de lo salvaje y se dio cuenta de que la sociedad implica, por fuerza, una depredación más o menos continua y desenfrenada. En toda su obra se insinúa que los hombres deberían ser muy buenos para justificar las incursiones que llevamos a cabo en la «naturaleza» –tanto la de nuestros sentimientos como la de los árboles que nos rodean– a fin de levantar y asegurar nuestra sociedad. Con este fin, el sentido y la sensibilidad deberían funcionar de manera conjunta, lo más estrechamente posible. Sin embargo, y ésta es otra lección que se desprende de sus novelas, la tarea no es sencilla, y el sufrimiento puede estar presente durante el proceso. El equilibrio perfecto entre ambas debe constituir la aspiración del artista y, entretanto, hay muchas casas que sirven como prisiones para bailarines otrora brillantes, y los invernaderos siguen levantándose allí donde alguna vez magníficos árboles se mecían con un aire más liberal.

TONY TANNER

1969

cap-2

CRONOLOGÍA

1775 Nace Jane Austen el 16 de diciembre, es la segunda niña y la séptima hija del reverendo George Austen y su esposa, Cassandra Leigh. Su padre era el rector de la parroquia de Steventon, en Hampshire. La familia, aunque bien relacionada, no era rica. Dos de sus hermanos ingresaron en la Armada y uno de ellos alcanzó el rango de almirante de la flota.

1776 Declaración de Independencia de los Estados Unidos.

1778 Frances Burney publica Evelina.

1785-1786 Jane Austen asiste junto a su hermana Cassandra a la escuela en la Abadía de Reading.

1787 Austen empieza a escribir piezas breves y paródicas de ficción que se conocen como sus «obras de juventud».

1789 Estalla la Revolución francesa.

1792 Mary Woolstonecraft publica Vindicación de los derechos de la mujer.

1793 Gran Bretaña entra en guerra con la Francia revolucionaria.

1794 Ann Radcliffe publica Los misterios de Udolfo.

1795 Austen escribe «Elinor y Marianne», una primera versión de Sentido y sensibilidad.

1796 Auge de Napoleón en Francia.

1796-1797 Austen escribe «Primeras impresiones», una primera versión de Orgullo y prejuicio.

1797 Ofrece «Primeras impresiones» a un editor, que rechaza la obra.

1798-1799 Escribe «Susan», una primera versión de La abadía de Northanger.

1801 El padre de Austen se jubila y la familia se traslada a Bath.

1802 Austen acepta la propuesta de matrimonio de Harris Bigg-Wither, pero cambia de opinión al día siguiente. En Francia, Napoleón es nombrado cónsul vitalicio.

1803 Vende «Susan» por diez libras al editor Crosby, quien no la publica.

1804 Austen escribe la novela inacabada Los Watson. Napoleón es coronado emperador.

1805 Muere el padre de Austen. Batalla de Trafalgar.

1807 Austen se traslada con su madre y su hermana a Southampton.

1809 Austen se traslada con su madre y su hermana a una casa en el pueblo de Chawton, Hampshire, propiedad de su hermano Edward, donde vive el resto de su vida.

1811 Se publica Sentido y sensibilidad. La enfermedad del rey Jorge III hace que el príncipe de Gales sea nombrado príncipe regente.

1813 Se publica Orgullo y prejuicio.

1814 Se publica Mansfield Park.

1815 En diciembre se publica Emma (fechada en 1816) y dedicada, a petición suya, al príncipe regente. Wellington y Blücher vencen a los franceses en la batalla de Waterloo, poniendo así fin a las Guerras napoleónicas.

1816 La salud de Austen empieza a deteriorarse; termina Persuasión. Compra «Susan» a Crosby. Walter Scott escribe una elogiosa reseña de Emma en el Quarterly Review.

1817 De enero a marzo, Austen trabaja en Sanditon. Muere el 18 de julio en Winchester, donde había ido a recibir asistencia médica, y es enterrada en la catedral de Winchester. En diciembre, su hermano Henry supervisa la publicación de La abadía de Northanger y Persuasión (fechadas en 1818), con una reseña biográfica sobre la autora.

cap-1

Sentido y sensibilidad

cap-3

I

La familia Dashwood vivía hacía mucho tiempo en Sussex. La heredad que poseía era de gran extensión, y en medio de ella, en el llamado Nordland Park, se hallaba la residencia donde habían morado los Dashwood por varias generaciones, gozando del respeto y la consideración de sus vecinos. El más reciente poseedor de aquella heredad era un solterón que alcanzó una edad avanzada y durante gran parte de su vida tuvo como compañera y ama de casa a su hermana. Pero la muerte de ésta, diez años antes de la del buen caballero, determinó un considerable trastorno en la casa. Para reparar en lo posible la pérdida, el anciano admitió en su casa a la familia de su sobrino Henry Dashwood, heredero legal de aquellas propiedades, por cuanto pensaba hacer testamento a su favor. En compañía de sus sobrinos y las hijas de éstos, el anciano caballero pasaba sus días reposada y confortablemente, y el afecto que sentía hacia ellos iba creciendo. La constante solicitud del señor y la señora Dashwood en atender sus menores deseos, no solamente dictada por el interés sino también por su natural bondad de corazón, le proporcionaba todo el bienestar que en su longevidad era posible encontrar; y la graciosa jovialidad de las niñas aportaba sin duda algo de consuelo a su existencia.

De su primer matrimonio, al señor Henry Dashwood le quedaba un hijo; de su actual esposa, tres niñas. El muchacho, un mozo fuerte y digno, contaba con medios más que suficientes, gracias a la considerable fortuna de su madre, de cuya mitad entró en posesión al alcanzar la mayoría de edad. Y por su matrimonio, celebrado poco después, acrecentó aún más su patrimonio. Para él, por consiguiente, la sucesión en la heredad de Nordland no era tan importante como para sus hermanastras, pues la fortuna de éstas, aparte de lo que pudiese provenirles tras haber heredado su padre aquella propiedad, resultaba casi insignificante. Su madre no poseía nada, y su padre, de peculio propio, sólo unas siete mil libras; de la otra mitad de los bienes de su primera esposa Henry Dashwood tenía el simple usufructo, y la propiedad efectiva había de pasar, fallecido él, a su hijo.

El anciano caballero murió, el testamento fue leído y, como casi todos los testamentos, aportó más desengaños que satisfacciones. Realmente no era tan injusto y desagradecido para no dejar Nordland a su sobrino, pero lo hizo en tales términos que invalidaban la mitad del valor de tal legado. El señor Dashwood ambicionaba aquella propiedad más para su esposa e hijas que para él mismo o para su hijo. El hecho fue que Nordland quedó asegurado para su hijo y para el hijo de éste de tal forma que Henry Dashwood no tenía posibilidad de proveer a los seres que más quería y que más necesitados se encontraban de obtener algún beneficio de la finca, poseyendo una parte de ella, o al menos de sus rentas, por ejemplo, del producto de la tala de sus magníficos bosques. Todo estaba muy bien atado en beneficio de su nieto, quien en sus visitas con su padre y su madre a Nordland se había ganado el afecto del anciano mediante los encantos propios de los niños de dos o tres años –una imperfecta articulación de las palabras, un tozudo impulso de realizar en todo momento su voluntad, algunas graciosas agudezas, y bastantes chillidos y lloros– hasta el punto de ensombrecer toda la solicitud de años y años que le habían dedicado la mujer y las hijas de su sobrino. El buen caballero no creía haber sido poco amable con ellos, muy al contrario, y como muestra de afecto a las tres jóvenes les dejó mil libras a cada una.

El desencanto de Henry Dashwood fue profundo, pero su temperamento era más bien alegre y vitalista y no tardó en pensar que existían razonables esperanzas de vivir muchos años más y atesorar sumas considerables provenientes de las rentas de una propiedad tan extensa. Pero tal riqueza sólo pudo reunirse durante doce meses. Henry Dashwood no sobrevivió mucho tiempo a su tío. Y sólo diez mil libras, incluyendo los últimos legados, fue cuanto pudo dejar a su viuda e hijas.

Hicieron venir al hijo en cuanto el desenlace fatal pareció inminente y el señor Dashwood le rogó, con toda la fuerza y perentoriedad que los postreros instantes suelen dictar, que pusiese el mayor interés en mejorar la suerte de su madrastra y sus hermanas.

John Dashwood no poseía la delicadeza de sentimientos del resto de la familia, pero no dejó de sentirse impresionado por un ruego de tal naturaleza y en tales circunstancias, y prometió hacer cuanto estuviese en su mano para procurarles una existencia decorosa. El padre pareció satisfecho con aquella promesa y John tuvo que considerar de cuánto podía disponer en beneficio de ellas.

El joven caballero no tenía mal corazón, a menos que se considere por tal cierta frialdad y cierto egoísmo; por lo general se le respetaba en todas partes por cuanto procedía con tino y cautela en sus quehaceres ordinarios. Si hubiese tomado en matrimonio a una mujer más complaciente habría sido aún más querido de lo que en realidad era –y él mismo más complaciente, porque se casó muy joven y enamorado en extremo–. La señora Dashwood no era más que una grotesca caricatura de él mismo, de más estrecha mentalidad y mayor egoísmo.

Tras ofrecer a su padre aquella promesa, caviló que la forma de acrecer los bienes de sus hermanastras podría consistir en entregarles a cada una mil libras más. Le pareció que era un sacrificio proporcionado a sus medios. La perspectiva de una renta de cuatro mil libras al año como adición a la suya actual, más el resto de los bienes de su madre, fueron datos que le volvieron generoso. «Sí, les daré tres mil libras. Será un acto liberal y caballeroso. Es bastante para que puedan vivir con desahogo.» ¡Tres mil libras! En realidad podía economizar esa suma con poco esfuerzo. Pensó en aquello a todas horas durante varios días, y no halló motivo para arrepentirse.

No había pasado el día de los funerales, cuando llegó la señora de John Dashwood, sin previo aviso, con su hijo y sus criados. Nadie podía discutirle el derecho –la casa era de su marido desde el momento del fallecimiento de su padre–, pero la indelicadeza de su conducta era evidente y para una mujer en la situación de la viuda resultó altamente desagradable. Pero ésta poseía un agudo sentido del honor, una generosidad tan romántica, que una ofensa de cualquier suerte, cometida o recibida por alguien, la desazonaba en extremo y se convertía en una fuente de continuo malestar. La esposa de John Dashwood nunca había tenido gran simpatía por nadie de la familia de su marido; pero hasta el presente no había tenido oportunidad de revelar con qué desatención hacia los demás era capaz de proceder, cuando la ocasión exigía algo de ella.

Tan agudamente sintió la viuda Dashwood aquella conducta desconsiderada y tanto menosprecio hacia su hija política, que se propuso abandonar la casa. La hija mayor, empero, le aconsejó que reflexionase sobre las consecuencias de aquella marcha, y así fue que, gracias al gran amor que sus hijas le manifestaron, decidió quedarse, logrando con ello evitar a éstas una dolorosa ruptura con su hermanastro.

Elinor, la hija cuyos consejos habían resultado tan eficaces, era extremadamente comprensiva y poseía una gran serenidad de juicio, a pesar de no contar más que diecinueve años. Y ello la capacitaba para ser la consejera de su madre, neutralizando con la discreción, en bien de todos, el apasionamiento de los juicios de ésta, que la inclinaban a la imprudencia y el despropósito. Además, tenía buen corazón, carácter afectuoso y encendidos sentimientos, aunque conocía diestramente el arte de gobernarlos. Un arte que su madre nunca llegó a saber y que una de sus hermanas nunca quiso aprender.

Las cualidades de Marianne en muchos aspectos eran las mismas que las de Elinor. Sensible e inteligente, era, no obstante, apasionada en todo y no hallaba mesura en sus alegrías o sus penas. Era generosa, amable, llena de interés; todo, menos prudente. El parecido con su madre era sorprendente.

Elinor veía con contrariedad los excesos de la sensibilidad de su hermana, pero la viuda Dashwood los apreciaba y los impulsaba. En aquellos momentos Marianne y su madre parecían rivalizar en exteriorizar con aspaviento su aflicción. La agonía de la pena que las embargó desde el primer momento era atizada voluntariamente, buscada, encendida de nuevo a cada momento. Se entregaban por entero a su dolor, se negaban a escuchar cualquier reflexión que se les hiciese, y se revolvían contra la idea de que un día pudiesen llegar a consolarse. Elinor también se hallaba hondamente afligida, pero lograba luchar por llevar una vida normal.

Habló con su hermano, recibió con toda cortesía a su cuñada, tratándola con la atención debida, y se esforzó en conseguir que su madre se recuperase, tal como ella hacía, animándola a mostrarse indulgente con la nuera.

Margaret, la otra hermana, era una muchacha alegre y de buen carácter; pero como estaba ya empapada en buena parte de la manera de ser novelesca de Marianne, sin poseer la inteligencia de ésta, a los trece años no prometía tanto como sus hermanas.

cap-4

II

Al fin la señora de John Dashwood se instaló en la casa como dueña de Nordland; y su suegra y hermanas políticas quedaron rebajadas al grado de simples huéspedes. No obstante, eran tratadas por ella con serena cortesía; y por su marido con el máximo de benevolencia que podía sentir hacia una persona que no fuese él mismo, su mujer o su hijo. Insistió con sinceridad en que considerasen Nordland su hogar; y como no había proyectos aparte de permanecer allí hasta acomodarse en alguna casa de los alrededores, la invitación fue aceptada.

Para la viuda Dashwood nada era más deseable y más acorde con su estado de ánimo que el mismo lugar de su antigua felicidad. En las épocas venturosas nadie se hubiese mostrado más ávida de ventura que ella, más sumida en aquella vital espera de felicidad, que en sí misma ya es felicidad. Pero en el dolor era también arrastrada por su propia fantasía, y se mostraba tan inconsolable como acendrada se había mostrado en el placer.

La señora Dashwood no concedió su entera aprobación a los propósitos de su marido respecto a sus hermanas. Arrancar tres mil libras a la fortuna de su idolatrado pequeño era empobrecerle hasta el grado más extremo. Solicitó de su marido que lo meditase nuevamente. ¿Cómo lograría justificar ante su propia conciencia la acción de privar a su único hijo de tan grande suma? ¿Y era razonable que correspondiese a las hermanas, que sólo lo eran por sangre paterna y que ella no reconocía casi como parientes, una parte tan considerable en las obligaciones y la generosidad de su marido? Es sabido que no suele existir demasiado afecto entre los hijos de un hombre habidos de dos matrimonios. Así pues, ¿cómo era posible que malbaratase su hacienda, en perjuicio propio y del pequeño Harry, entregando todo su dinero a unas hermanastras?

–Fue lo último que me pidió mi padre –se defendió el marido–. Me rogó que prestase mi auxilio a la viuda y mis hermanas.

–Ya no sabía lo que decía –replicó ella–. Apostaría a que ya no estaba en sus cabales. Por poco que hubiese razonado no se le habría ocurrido forzarte a entregar la mitad de tu fortuna en beneficio de sus hijos.

–Querida, no mencionó cantidad alguna; sólo me rogó, en términos generales, que no las abandonase y procurase que llevasen una vida más decorosa de lo que la situación en que iban a quedar hubiese permitido. Tal vez quiso dejarlo a mi criterio. Creo que nunca imaginó que yo pudiese abandonarlas. No obstante me exigió la promesa, y en aquellos momentos no podía negársela, por lo menos así lo creí entonces. Sea como sea, la promesa fue dada y no me queda otro remedio que cumplirla. Cuando abandonen Nordland y se vayan a su nueva casa, han de contar con medios suficientes. Hay que prestarles ayuda.

–Muy bien, pero esa ayuda no consistirá en tres mil libras. Has de pensar que cuando el dinero se marcha ya no vuelve. Tus hermanas pueden casarse, y ya lo habrás perdido para siempre. Si realmente algún día pudiese ser devuelto a nuestro hijo…

–Una seguridad en este sentido –repuso el marido gravemente– podría ser de gran importancia. Puede llegar un día en que Harry lamente ver mermada su herencia. Por ejemplo, si tuviese una numerosa familia, la devolución no le vendría nada mal.

–Sin duda.

–Quizá sería mejor, para una y otra parte, reducir esta suma a la mitad. Quinientas libras para cada una no es una insignificancia.

–¡Oh, es más de lo que nunca esperarían! ¿Qué hermano haría algo semejante por sus hermanas, aunque fuesen sus verdaderas hermanas? Y ellas no son más que hermanastras de padre, a medias. ¡Pero tú tienes un espíritu demasiado generoso!

–No me propongo hacer nada corriente, como la mayoría –replicó el marido–. En estas ocasiones es mejor pecar por exceso que por carencia. Nadie podrá decir que no hice lo bastante, ni ellas mismas; difícilmente hubiesen podido esperar más.

–Nadie conoce lo que ellas esperan –replicó la dama–, aunque no hemos de pensar en ello. El problema estriba en lo que nosotros podemos conceder.

–Ciertamente, y mi criterio es que no podemos desprendernos más que de quinientas libras para cada una. Tal como están ahora, sin que yo les haya entregado nada, cada una de ellas recibirá unas tres mil libras el día que su madre muera, una fortuna no despreciable para cualquier muchacha.

–Por supuesto; y es por lo que me sorprende que tengas que darles nada. Recibirán diez mil libras para repartir. Si se casan, no dejarán de prestarles gran utilidad; y en caso contrario, podrán vivir desahogadamente con los intereses de las diez mil libras.

–Es cierto, y, por lo tanto, tal vez sería más acertado y más aconsejable hacer algo a favor de la madre mientras viva… algo como una pensión anual. Mis propias hermanas se beneficiarían de los resultados de esta solución tanto como ella misma. Un centenar de libras al año les permitiría vivir con holgura.

Su mujer vacilaba también en aceptar aquel plan.

–Ya –afirmó ella–, es mejor que darles mil quinientas libras de una vez. Pero si la viuda Dashwood vive quince años, habremos caído en una trampa.

–¿Quince años, querida Fanny? La vida que le queda no superará la mitad de esos años.

–No lo creas. Si te fijas un poco, la gente a quien hay que pagar una pensión es eterna; y ella está fuerte y robusta y sólo tiene cincuenta años. Una pensión anual es un asunto muy serio; vuelve año tras año, y no hay manera de desembarazarse de ella. Aceptarla es una insensatez. He conocido muchos disgustos a causa de pensiones, pues mi madre fue crucificada por el testamento de mi padre a pagar tres pensiones a otros tantos antiguos sirvientes. Le amargó la vida. Las pensiones se pagaban dos veces al año y había que buscar a esas gentes, y a lo mejor llegaba la nueva de que habían muerto, para saberse luego que no era cierta. Para mi madre fue casi como una enfermedad. Con tantas obligaciones sus rentas no parecían suyas; fue muy desagradecido por parte de mi padre, pues de otro modo todo el dinero hubiese quedado libremente a su disposición. Todo ello me dejó un mal recuerdo de tales pensiones.

–Ha de ser muy desagradable –replicó Dashwood– encontrarse cada año con esta merma de las rentas. Parece que ya no son de uno, como decía tu madre. Desde luego es poco deseable verse obligado al pago regular de una suma, para un día fijo; quita toda independencia.

–Exacto; y encima ni te dan las gracias. Uno no entrega lo que los demás esperan, y no encuentras gratitud alguna. Yo de ti, cualquier cosa que les diese lo haría a mi voluntad, sin comprometerme a cantidades anuales. Muchos años puede resultarnos un grave inconveniente vernos en la obligación de ahorrar cien libras, incluso cincuenta, de nuestros propios gastos.

–Querida, me parece que estás en lo cierto; nada, pues, de anualidades. Cualquier cosa que les entregue ocasionalmente les será de mayor ayuda que una renta anual, porque si tienen la tranquilidad de una renta fija su estilo de vida será más caro, y a fin de año no habrán ahorrado ni un penique. Me parece el mejor camino. Un presente de cincuenta libras de vez en cuando evitará que se encuentren en apuros de dinero, y yo habré cumplido la promesa hecha a mi padre.

–Muy bien. Y si he de decirte lo que creo, añadiría que estoy segura de que tu padre jamás pensó que tuvieses que darles dinero. La ayuda en que pensaba era sin duda la que tú buenamente puedas prestarles; es decir, buscarles una buena y confortable casita, ayudarlas a trasladar sus cosas, enviarles pescado o caza, y mil fruslerías similares. Apostaría la vida a que no quiso significar nada más; ciertamente, hubiese resultado extraño y poco razonable pensar en otra cosa. Considera, querido, con qué comodidad y holgura pueden vivir tu madrastra y tus hermanas con sus siete mil libras, a más de las mil que cada una de las chicas posee, y que les rentan cincuenta cada año a cada una; en conjunto, una renta de quinientas libras, con la que cuatro mujeres pueden vivir sobradamente. ¡Tienen tan pocas necesidades! Su estilo de vida es muy discreto. No necesitan coches, ni caballos, ni casi criados y reciben a poca gente. En fin, no tienen gastos de ninguna especie. ¡Imagina con qué comodidad podrán vivir! ¡Pocos gastos y quinientas libras al año! No imagino cómo se las compondrán para gastar la mitad de ello. Así pues, pensar que tú has de darles algo más me parece absurdo. Quizá ellas podrían darte algo a ti.

–Me has convencido –dijo John Dashwood–. Seguramente mi padre no se refería a nada más que a lo que tú has dicho. Ahora lo comprendo claramente y procuraré cumplir mi compromiso con auxilios y generosidades como los que has sugerido. Cuando mi madre decida marcharse de aquí, podrá contar con mi ayuda para instalarse en su nueva casa. Haré cuanto pueda. Tal vez podría obsequiarla con alguna pieza de nuestro ajuar.

–Ciertamente –replicó ella–. Pero, no obstante, no hemos de echar en olvido una cosa. Cuando tus padres vinieron a Nordland, aunque se vendió el ajuar de Stanhell, la porcelana, la cristalería y la ropa fue conservada y entregada a tu madre. Su nueva casa está, pues, cumplidamente abastecida antes de existir.

–Desde luego. ¡Y qué buen legado todo ello! Algunas de aquellas piezas no desentonarían con las nuestras.

–Sí, y el servicio de porcelana para el desayuno es dos veces más variado y elegante que el nuestro, mucho más elegante de lo que corresponde a esta casa; a mi juicio, excesivamente bueno para cualquiera de las casas donde será llevado. Pero, en fin, las cosas son como son. Tu padre sólo pensaba en ellas. Y tengo que confesarte que a él no le debes ninguna gratitud especial, ni has de preocuparte en demasía por cumplir sus deseos, ya que todos sabemos que de haber podido se lo habría dejado todo a ellas.

Este argumento resultó irresistible. Y prestó a sus propósitos lo que antes les hubiese podido faltar de efectividad. Y así, John Dashwood consideró absolutamente innecesario, incluso indecoroso, realizar a favor de la viuda y las hijas de su padre otra cosa que aquellos servicios de buena vecindad que su esposa había mencionado.

cap-5

III

La viuda Dashwood permaneció en Nordland unos meses aún, no por falta de ganas de salir de aquel lugar, aun cuando la vista de lugares tan conocidos dejaban ya de producirle las violentas emociones que habían despertado durante cierto tiempo. Su espíritu comenzaba a revivir y su inteligencia a sentirse capaz de otras elucubraciones que las de intensificar su propia aflicción con melancólicos recuerdos. A pesar de todo ello, se sentía impaciente por salir de aquella casa y no menguaban sus afanes en la búsqueda de una morada conveniente en las cercanías de Nordland, ya que apartarse de aquel querido rincón era algo impensable. Pero no conseguiría encontrar una habitación que satisfaciese, a la vez, sus propias ideas sobre el confort y la comodidad y la prudencia de su hija mayor, cuyo sólido juicio había rechazado varios ofrecimientos que su madre habría aceptado sin vacilar, siempre por demasiado costosos.

La viuda Dashwood había sido informada por su marido de la solemne promesa del hijo en favor de ella, promesa que había endulzado las últimas reflexiones terrenas de aquél. Ella no dudó de la sinceridad de aquella promesa, y a veces pensaba en ello con ánimo esperanzado, en particular por lo que a sus hijas atañía, aunque en lo tocante a ella no dejaba de reconocer que con menos de siete mil libras podía atender holgadamente sus necesidades. También se alegraba por el propio hermano de ellas, por aquellas muestras de generosidad y a menudo se reprochaba su manifiesta injusticia al considerarle incapaz de ello. La solicitud hacia ellas, de que a cada instante él hacía gala, la convenció de que su bienestar le importaba algo, y por largo tiempo vivió convencida de la generosidad de los propósitos de él.

El menosprecio que había sentido, ya en los primeros tiempos de haberla conocido, hacia su hija política se había acrecentado con un más minucioso conocimiento de su carácter tras aquel medio año de convivencia bajo el mismo techo. Y quizá, a pesar de cualquier consideración de cortesía o de afección maternal, por parte de la primera, hubiese resultado imposible para aquellas dos damas habitar en la misma casa, de no ser por una circunstancia especial que hacía desear a la viuda Dashwood que sus hijas continuasen en Nordland.

Esta circunstancia especial era la creciente inclinación mutua entre su hija mayor y el hermano de la señora Dashwood, un muchacho agradable, que les había sido presentado a poco de la llegada a Nordland de la hermana. El joven pasaba en la finca casi todo el tiempo.

Algunas madres habrían alentado aquellas relaciones por motivos de interés, por cuanto Edward Ferrars era el hijo mayor de un hombre de sólida situación financiera; otras las habrían desalentado por razones de prudencia, pues toda su fortuna, a excepción quizá de una porción insignificante, dependía de la madre de él. Pero a la viuda Dashwood parecía no importarle: para ella era suficiente con que fuese un muchacho caballeroso, que quisiese a su hija y fuese correspondido por ésta. Era contrario a sus convicciones el principio que la diferencia de fortuna mantiene cierta separación en una pareja cuyos miembros se sienten atraídos por semejanzas de caracteres. Por otra parte, que los merecimientos de Elinor no fuesen reconocidos por cuantos la conocieran, le resultaba por entero incomprensible.

Edward Ferrars no podía alardear de belleza masculina, y sus gentiles maneras exigían un trato íntimo para resultar cautivadoras. Se mostraba desconfiado en exceso, pero cuando lograba superar su natural timidez, su manera de conducirse revelaba un corazón abierto y afectuoso. Era inteligente, con una inteligencia sólidamente cultivada por la educación. Pero no poseía habilidades o disposiciones naturales capaces de satisfacer los anhelos de su madre y su hermana, que pretendían verle convertido en un hombre distinguido, en algo como… difícilmente hubiesen podido precisar qué deseaban para él. Pretendían que de una u otra manera representase un buen papel en la sociedad. Su madre aspiraba a verle participar en los asuntos políticos, con un escaño en el Parlamento y, si fuese posible, bien relacionado con alguna de las grandes personalidades del momento. La señora Dashwood, su hermana, lo deseaba también, sin duda; en el ínterin, empero, hasta que una mayor fortuna les lloviese del cielo, se habría sentido satisfecha con verle conducir un coche de cuatro caballos. Pero Edward no sentía inclinación alguna hacia las grandes personalidades ni hacia los coches de cuatro caballos. Todos sus deseos se limitaban a una doméstica comodidad y al reposo de la vida privada. Afortunadamente su hermano pequeño parecía más prometedor.

Hacía varias semanas que Edward se encontraba en la casa y aún no había logrado llamar la atención de la viuda Dashwood, ya que por aquel entonces se hallaba tan agobiada por su pena que parecía insensible a todo lo demás. Se dio cuenta de que era un muchacho reposado y discreto y por eso le agradó. No perturbaba la depresión de su espíritu con inoportunas conversaciones. Fue incitada por primera vez a observarle y concederle mayor categoría en su aprecio a causa de la reflexión que un día Elinor expuso, por azar, referente a las diferencias entre la señora Dashwood y él. Existía entre ambos un contraste que le hacía crecer a los ojos de la viuda.

–Con eso es bastante –decía–; es suficiente poder decir que es distinto de Fanny. Una diferencia con ella quiere decir algo agradable. Sólo de pensarlo le quiero ya.

–Estoy segura de que simpatizaría usted con él, madre –dijo Elinor–, si le conociese mejor.

–¡Que simpatizaría con él! –respondió ella con una sonrisa–. Yo no conozco otra manera de simpatía que el afecto franco.

–Lo estimaría sin duda.

–Nunca he comprendido la diferencia entre la estima y el amor.

Desde aquel momento la viuda Dashwood se esforzó en conocerle más a fondo. Procuraba usar con él las más cordiales maneras y no tardó en disipar la reserva del muchacho y en comprender todos los merecimientos de éste. La fuerza persuasiva de las miradas de Elinor tuvieron tal vez buena parte en ello, pero el hecho fue que se sentía muy segura de la valía de él, y aun aquel carácter tranquilo, que contradecía todas sus convicciones sobre lo que han de ser las cualidades de un joven, acabó por resultarle interesante cuando descubrió la cálida ternura de su corazón y su carácter afectuoso.

Cuando llegó a percibir síntomas que podían hacer creer en un amor para Elinor, se convenció súbitamente de que su inclinación hacia ella era verdadera y profunda, y, adelantándose a los hechos, vio la posibilidad de aquel matrimonio como algo seguro que se avecinaba con presteza.

–Dentro de pocos meses, querida Marianne –decía–, Elinor se habrá situado ya para toda la vida. La echaremos en falta, pero ella será feliz.

–¡Oh, mamá! ¿Cómo podremos pasar sin ella?

–Querida, apenas llegará a ser una separación, estaremos a pocas millas unos de otros, y quizá nos veremos cada día. Vosotras ganaréis un hermano, un hermano de verdad y afectuoso. Tengo en la más alta consideración el corazón de Edward. Pero pones la cara seria, Marianne, ¿por ventura desapruebas la elección de tu hermana?

–Quizá es algo que me sorprende –replicó Marianne–. Edward es un joven amable y yo le guardo un afecto sincero. Pero no es el tipo de joven que creo conveniente; parece como si le faltase alguna cosa, tiene una figura que no llama la atención, carece de cualquier gracia que cabría esperar en el hombre que haya de ser querido por mi hermana. Sus ojos carecen de aquella espiritualidad y aquel fuego que anuncian pasión e inteligencia. Y además, casi me da pena decirlo, carece de buen gusto. Apenas si le interesa la música, y aunque parece admirar los dibujos de Elinor, no es la admiración de una persona que comprende su valor. Es evidente que, por más que parece encantado de verla dibujar, de hecho no entiende nada. Su admiración es la de un enamorado, no la de un hombre inteligente. A mí me harían falta las dos cosas. No podría ser feliz con un hombre cuyos gustos e inteligencia no coincidiesen con los míos. Desearía que penetrase en todos mis sentimientos e intereses, habrían de fascinarnos los mismos libros, la misma música. Mamá, recuerda con qué acento tan tímido, tan sin alma, nos leyó Edward ayer por la noche. Yo padecía por ella. Aguantaba con mucha compostura, pero apenas si se fijaba en lo que leía. Yo casi no podía quedarme quieta en la silla. ¡Escuchar aquellas hermosas líneas, que me han emocionado tantas veces, pronunciadas con aquella calma impenetrable, con aquella terrible indiferencia!

–Tal vez hubiese estado mejor leyendo una prosa simple y elegante. Así lo pensé en aquellos momentos, pero quisisteis que leyese Cowper.

–No lo veo así. Si Cowper no le dice nada, tendremos que admitir una diferencia de gustos. Elinor no siente como yo. Tal vez logre correr un velo sobre todo esto y ser feliz con él. Pero a mí se me habría partido el corazón, si le hubiera querido y le hubiese oído leer con esa falta de sensibilidad. Mira, madre, cuanto más conozco el mundo, más me convenzo de que nunca encontraré un hombre que realmente valga la pena de ser querido. ¡Exijo demasiado! Tendría que tener todas las buenas maneras de Edward, pero que en su persona la bondad fuese sazonada por un poco de gracia, por cierto encanto personal.

–Recuerda, querida, que aún no tienes diecisiete años. Es demasiado pronto para desesperar de la felicidad. ¿Por qué habrías de ser menos feliz que tu madre? ¡En sólo una cosa desearía que tu destino fuese distinto del mío!

cap-6

IV

–Lástima, Elinor –dijo Marianne–, que Edward no halle gusto en los dibujos y las pinturas.

–¡Que no le gustan las pinturas! –replicó Elinor–.¿Por qué lo dices? Él no sabe dibujar, es verdad, pero se deleita como nadie en los trabajos de los demás; te aseguro que en manera alguna puede decirse que le falte buen gusto natural, aunque no haya tenido ocasión de educarlo convenientemente. Si hubiese tenido un buen maestro, creo que dibujaría de manera excelente. Lo que pasa es que posee tal desconfianza de sus propios juicios que nunca da de buen grado su opinión sobre una pintura; posee, no obstante, unas cualidades innatas de simplicidad en el gusto, que por lo general le sirven de excelente guía.

Marianne, temerosa de ofender con su insistencia, no añadió una palabra más sobre aquel tema; pero, sin duda, aquella suerte de emoción que, según Elinor, le producían a Edward las obras de arte realizadas por los demás, estaba harto distante de la arrobadora delicia que sienten las personas verdaderamente dotadas de buen gusto. Sin embargo, aunque sonriendo para sus adentros del error de su hermana, no dejaba de hacer honor a ésta por su ciega parcialidad para con Edward, por todo lo que ello revelaba.

–Espero, Marianne –prosiguió Elinor–, que no le consideras deficiente por lo que al buen gusto se refiere. No lo creo así, en verdad, por cuanto observo que tu trato con él es del todo cordial; y si tu opinión fuese aquélla, no creo que pudieses tratarle con afabilidad.

Marianne no acertaba a encontrar respuesta. No quería herir los sentimientos de su hermana pero afirmar lo que no creía le resultaba imposible. Al fin, alcanzó a decir:

–No te ofendas, Elinor, si mis elogios hacia él no coinciden con tus ideas sobre sus méritos. No he tenido ocasión de aquilatar las pequeñas peculiaridades de su inteligencia, sus inclinaciones y sus gustos, tal como tú tal vez has podido hacer; pero poseo el más elevado concepto de sus cualidades en lo tocante a la bondad y la inteligencia. Encuentro en él todas las condiciones imaginables de dignidad y buenas maneras.

–Estoy segura –repuso Elinor con una sonrisa– de que ni su más querido amigo quedaría insatisfecho de estas palabras tuyas. No sé cómo podrías expresarte con más calor.

Marianne se alegró de ver a su hermana complacida con tanta facilidad.

–De su inteligencia y su bondad –prosiguió Elinor– nadie que le haya tratado lo suficiente tendrá la más pequeña duda. La innegable excelencia de su comprensión y de sus principios puede hallarse únicamente velada por esa timidez que con excesiva frecuencia le mantiene en silencio. Tú le conoces lo bastante para hacer justicia a su verdadera valía. Pero es verdad que de sus pequeñas peculiaridades, como tú las llamas, tú has de resultar más ignorante que yo. Él y yo nos hemos encontrado juntos muy a menudo, mientras tú eras absorbida por el inconmensurable afecto de nuestra madre. He podido ver mucho en él, sus sentimientos, sus actos, y he tenido ocasión de escuchar sus opiniones en materia de literatura o de arte; y te aseguro que posee una inteligencia perfectamente cultivada, que es persona que disfruta sobremanera leyendo libros, y que su imaginación es viva y ardiente, sus observaciones justas y correctas y su gusto puro y delicado. Las habilidades que muestra en todos los asuntos son tan buenas como sus maneras o su persona. Al primer golpe de vista su porte no llama la atención y no diríamos que es una persona muy agraciada, pero la expresión de sus ojos, llenos de una bondad inusual, y la suavidad de sus gestos y palabras le prestan un encanto especial. En la actualidad lo veo de una manera que me parece realmente un buen mozo. ¿Tú no le ves así, Marianne?

–No tardaré en descubrir su gran belleza, Elinor, si ahora aún no se la encuentro. Si me dices que le quieres como a un hermano, terminaré por encontrar en su cara todas las virtudes que hallo en su corazón.

Elinor se sintió sobrecogida ante estas palabras y se arrepintió del calor de las suyas, que la había traicionado hablando de él. Tenía un elevado concepto de Edward, y estaba convencida de que era correspondida, pero precisaba estar segura de la profundidad de aquellos sentimientos. Sabía que en Marianne y en su madre una simple conjetura se tornaba rápidamente en realidad –que en ellas era la esperanza y el deseo–. Así que optó por exponer a su hermana la realidad de las cosas.

–No negaré que tengo de él la mejor impresión posible –dijo Elinor–, que le estimo en gran manera, que le encuentro un joven agradable.

Marianne estalló de indignación.

–¡Que le estimas! ¡Que es de tu agrado! ¡Elinor, qué fría eres de corazón! Peor que fría. Te avergüenza sentir hondamente. Si vuelves a hablar así, me marcharé.

Elinor no pudo dejar de reír.

–Perdóname –prosiguió–, no me proponía ofenderte al hablar con tanta compostura de mis propios sentimientos. Desde luego son más apasionados de lo que te he dicho; en suma son los que sus merecimientos y la esperanza de su afecto hacia mí pueden determinar, sin imprudencia o locura. Pero aún no poseo ninguna prueba de un verdadero afecto. Hay instantes en que me parece dudoso que sea muy grande; y, por lo tanto, hasta que sus sentimientos me sean claramente revelados, no es de extrañar que desee evitar cualquier estímulo que, proveniente de mi inclinación, pudiese hacer que su afecto apareciese mayor de lo que es en realidad. En el fondo de mi ánimo no dudo demasiado de su preferencia. Pero hay que atender otros puntos aparte de su inclinación. Él está muy lejos de poderse independizar. No conocemos el temperamento de su madre a ciencia cierta; pero por lo que dice de vez en cuando Fanny sobre su proceder y su manera de pensar, no podemos considerarla pacífica y condescendiente; y yo tendría que estar muy equivocada para no creer que Edward sabe las muchas dificultades que encontrará en su camino si decide casarse con una mujer que no posea gran fortuna o una elevada posición social.

Marianne quedó sorprendida viendo hasta qué punto la imaginación de su madre y la suya propia habían deformado la verdad.

–¡Pero todavía no estás comprometida con él! –dijo ella–. Seguramente no tardarás mucho en estarlo, pero este aplazamiento tiene a mi entender dos ventajas. Tardaremos un poco más en perderte, y Edward tendrá mayor oportunidad de perfeccionar su natural gusto por las cosas artísticas, que son las que tú prefieres, y tal vez este refinamiento sea algo necesario para vuestra futura felicidad. ¡Oh, si llegases a estimularle con tus aficiones hasta el punto de decidirle a tomar lecciones de dibujo, qué delicia!

Elinor había manifestado a su hermana su verdadera opinión. No podía considerar sus relaciones con Edward en el avanzado estado que Marianne había supuesto. A veces encontraba en él una falta de valor, que si no denotaba indiferencia, tampoco prometía demasiado. Una duda sobre el afecto de ella, si es que la experimentaba, sólo tendría que haberle causado a él cierta inquietud, pero no aquel aletargamiento espiritual que le asaltaba a menudo. Era menester hallar una razón más sólida en la situación de dependencia que le vedaba entregarse a sus sentimientos. Él sabía que su madre no le facilitaría fundar en aquel momento un hogar estable, ni autorizaría nada que significase una promesa en ese sentido. Sólo obtendría su ayuda para una boda que satisficiese su ambición, la de su madre. Así pues, no era posible para Elinor ver las cosas con optimismo. No alcanzaba a tener la seguridad del afecto de él, que su madre y su hermana daban por descontado. No, en verdad, cuanto más estaban juntos y se trataban, más dudosa le parecía la naturaleza de sus sentimientos; y algunas veces, le parecía como si el afecto de él no fuese más que simple amistad.

Pero cualquiera que fuera la realidad, era suficiente para desazonar a la hermana del muchacho, al caer en la cuenta de ello, tornándola (cosa bastante frecuente) de humor avieso y difícil. Y así fue que no dejó de aprovechar la primera ocasión de encontrarse con su madre política, para hablarle de las grandes perspectivas que soñaban para su hermano, de la firme resolución de la señora Ferrars en procurar un buen partido para sus dos hijos y del peligro, quizá a la vista, que alguna muchacha poco conveniente le atrapase. Y todo, con tanta insistencia, que la viuda Dashwood ni pretendió siquiera permanecer indiferente, ni conservar la sangre fría. Dio una respuesta harto reveladora de su indignación e inmediatamente abandonó la estancia, resuelta a que cualesquiera fuesen los inconvenientes o los gastos de un traslado tan súbito, no quería que su querida Elinor permaneciese expuesta a personas de aquella calaña.

Hallándose en tal estado de ánimo le llegó una carta por correo que contenía una oferta que le venía como anillo al dedo: una casita, en excelentes condiciones, que pertenecía a un pariente suyo –un caballero, gran propietario y muy considerado en el Devonshire–. Era el propio caballero quien escribía y con verdadero espíritu de solidaridad. Había comprendido que ellas precisaban una casa, y por más que la casita era simplemente una morada campesina, le aseguraba que se haría lo posible y lo imposible para adecentarla. Le rogaba, tras ofrecer algunos detalles de la casa y del jardín, que viniese con sus hijas a visitarle a Barton Park, donde él residía, y allí podría servirles de ayuda. El buen hombre parecía muy interesado en hallarles acomodo, y toda la carta se hallaba escrita en un tono tan cordial y de buena amistad que no dejó de producir una viva satisfacción en su prima –muy especialmente en aquellos momentos, cuando le era forzoso sufrir los desdenes y el glacial proceder de sus parientes más cercanos–. Deliberaciones e informaciones parecían fuera de lugar. Al terminar de leer aquella carta, su resolución era ya firme. La situación de Barton, en un condado tan lejano de Sussex como Devonshire, cosa que una hora antes hubiese constituido la principal objeción, ahora resultaba la primera razón que lo hacía recomendable. Abandonar las cercanías de Nordland ya no era un mal, sino una bendición, en comparación con la tortura de ser huéspedes de su nuera; y apartarse para siempre de aquella querida propiedad resultaría menos penoso que acudir allí de simple visita, mientras la dueña fuese aquella arpía. Escribió al punto al señor John Middleton, acusando recibo de su carta y aceptando, agradecida, su ofrecimiento. Luego enseñó ambas cartas a sus hijas, con el fin de estar segura de su conformidad.

Elinor siempre había pensado que lo más discreto resultaría escoger una casa bastante lejos de Nordland, para ahorrarse las habladurías de los vecinos. En este sentido, pues, nada cabía objetar a los proyectos de trasladarse a Devonshire. Por otra parte, la casa, tal como la describía el caballero, su pariente, era tan modesta, y el alquiler tan excepcionalmente moderado, que realmente no dejaba lugar para la menor objeción. Sin embargo, aquel plan no constituía algo que tuviese especial encanto, ya que se alejarían de Nordland más de lo que hubiese deseado; con todo, prefirió no realizar el menor intento de disuadir a su madre.

cap-7

V

Apenas salida la carta, la viuda Dashwood se permitió el placer de anunciar al yerno y a la nuera que disponía ya de una casa y que, por lo tanto, sólo les incomodaría con su presencia el tiempo necesario para disponer las cosas. Parecieron sorprendidos. La señora Dashwood no dijo nada, pero su marido insinuó cortésmente que confiaba en que la casa no estuviese demasiado alejada de Nordland. Entonces ella pudo darse la satisfacción de contestar que se trataba de Devonshire. Edward volvió la cabeza con presteza al oír esto, y con aire sorprendido y turbado, al que no era menester hallar una explicación, repitió:

–¿Devonshire? ¿De veras se van ustedes allí? ¿Tan lejos de nosotros? ¿Y a qué parte del condado?

Ella dio los detalles sobre el lugar donde se encontraba la casa. Cuatro millas al norte de Exeter.

–Es solamente una casita de campo –agregó–, pero confío ver en ella a mis amigos. Y si para mis amigos no resulta una dificultad invencible trasladarse tan lejos, para mí tampoco lo resultará el procurarles alojamiento.

Y terminó invitando amablemente al señor y a la señora John Dashwood a visitarla en Barton, haciéndolo extensivo a Edward con palabras aún más expresivas. Aunque su última conversación con su nuera le había decidido a no permanecer en Nordland más de lo imprescindible, no tuvo ninguna influencia en su ánimo respecto de las relaciones entre su hija y Edward. Una ruptura entre Elinor y el joven no cabía en sus previsiones, y con aquella subrayada invitación al joven quería demostrar a la señora Dashwood qué poco caso hacía de su aversión a tales proyectos.

John Dashwood repitió una y otra vez a su madrastra la gran pena que le causaba el verles marchar a una región tan lejana que dificultaría el que él la ayudase. Y es que estaba verdaderamente contrariado, porque el plan al cual había reducido la promesa a su padre resultaba ahora casi impracticable.

Todo el ajuar de casa fue enviado por mar. Consistía principalmente en ropa de cama, vajilla, porcelana y libros. Y también el magnífico piano de Marianne. La señora Dashwood vio salir aquellas cajas no sin un suspiro: no atinaba a comprender cómo teniendo aquella familia una renta tan exigua, comparada con la suya, poseían objetos tan valiosos y escogidos.

La viuda Dashwood arrendó la casa por un año. Estaba amueblada y pudo ocuparla inmediatamente. No se produjo ninguna dificultad en los acuerdos para disponer los objetos que habían de trasladarse, y ella aguardaba sólo haberlos reunido todos en Nordland, todo cuanto había de constituir la riqueza de su nueva casa, para emprender el viaje hacia el oeste; tarea que, poseyendo todos una idea clara de lo que les pertenecía, fue muy simple. Los caballos que le había dejado su marido fueron vendidos a poco de la muerte de él, y habiéndose presentado una ocasión para vender ahora el coche, fue aprovechada siguiendo el sensato criterio de la hija mayor. Pensando en la utilidad que podría reportar a sus hijas, la viuda Dashwood lo hubiese conservado sin duda, pero prevaleció la prudencia de Elinor. Su buen juicio, por otra parte, impuso la disminución a tres del número de sirvientes –dos doncellas y un criado–, cuyas plazas fueron cubiertas rápidamente entre los que habían tenido hasta entonces en Nordland.

El marido de una de las doncellas fue enviado inmediatamente a Devonshire a preparar la casa para la llegada de las inquilinas, pues, teniendo en cuenta que lady Middleton era desconocida para la señora Dashwood, prefirió dirigirse directamente a su casita antes que ser un huésped en Barton Park; y confiaba tan extremadamente en la descripción de sir John que no sentía curiosidad por conocerla hasta el momento de alojarse allí. Su afán por salir de Nordland se mantenía incólumne a causa sin duda de la actitud de la nuera, que ante la perspectiva de su marcha no podía disimular su satisfacción –una satisfacción que intentó ocultar sólo con una fría invitación a diferir la partida–. Así pues, había llegado el momento de ver realizada la promesa hecha a su difunto marido. Ya que no se había cumplido al hacerse cargo su hijastro de la heredad, al salir ellas de Nordland era el momento indicado para llevarla a efecto. Pero la señora Dashwood no tardó en ver frustradas todas sus esperanzas a este respecto y comprendió, al escuchar el tono de las palabras de su hijastro, que su ayuda no llegaría más allá de la manutención durante seis meses en Nordland. Él aludía con frecuencia a los crecientes gastos de la casa, a las constantes solicitudes de dinero, tantas que un hombre de cierta posición está expuesto a tener aire de necesitado de dinero antes que de sobrado.

Al cabo de unas semanas del día en que llegó la primera carta de sir John Middleton a Nordland, tantas cosas habían sido ya trasladadas a la futura morada que la viuda Dashwood y sus hijas ya podían comenzar su nueva vida.

Muchas fueron las lágrimas al decir adiós a aquel lugar tan querido. «¡Nordland, Nordland, cuánto afecto te tengo! –se decía Marianne, paseando ante la casa la última tarde que pasaron allí–. ¿Cuándo dejaré de añorarte, cuándo llegaré a sentirme en casa en otro lugar? ¡Oh hogar feliz, si pudieses saber cuánto sufro despidiéndome de ti desde este lugar, desde el cual quizá jamás volveré a verte! Y vosotros, árboles amigos, seguiréis siendo igual como sois. ¡Ni una hoja se os marchitará porque nosotros marchemos! ¡Seguiréis siendo tal como sois, inconscientes del placer o la pena que causáis, insensibles a cualquier cambio de los que discurren bajo vuestras frondas! Pero ¿quién quedará para disfrutar de vosotros?»

cap-8

VI

La primera parte del día transcurrió en una disposición de ánimo demasiado melancólica para sentir otra cosa que aburrimiento o desazón. Pero cuando el día se acercaba a sus postrimerías, el interés por la belleza de la región donde iban a morar les levantó el ánimo y la visión del valle de Barton, en el instante en que entraban en él, las dejó maravilladas. Era un rincón del mundo acogedor, fértil, boscoso y rico en pastos. Después de seguir el serpentear del camino que lo atraviesa, llegaron a la casa. Todas sus tierras eran un exiguo pero verde jardincillo y una deliciosa puertecita de cerca permitía el acceso a él.

Aquella pequeña casa era sólida y confortable; pero no era una perfecta casa campesina, por lo regular de sus líneas, con tejas en el tejado, con postigos no pintados de verde ni muros cubiertos de madreselva. Un corredor atravesaba la casa para conducir a la parte posterior del jardín. A cada lado de la puerta se hallaban dos saloncitos, de unos seis metros cuadrados, y más allá la cocina y la escalera. Cuatro dormitorios y dos desvanes constituían el resto de la casa. No hacía mucho que había sido edificada y estaba en buen estado. En comparación con Nordland era evidentemente humilde y sencilla, pero las lágrimas de añoranza que acudieron a sus ojos al entrar en ella no tardaron en secarse. Los criados se mostraban llenos de regocijo por su llegada, y unos por otros procuraban parecer felices. Era a comienzos de septiembre y hacía un tiempo claro. Ver por primera vez aquel lugar con las ventajas de un buen tiempo causó en ellas una favorable impresión, que fue de gran utilidad para perfilar la idea definitiva y duradera. Por lo demás, la situación de la casa era excelente. Unas colinas cercanas y bastante altas se levantaban detrás de ella y a los lados. En éstos había hondonadas abiertas, tierras de labor y bosques. La aldea de Barton estaba situada en uno de estos altozanos y ofrecía una agradable imagen al ser divisada desde las ventanas de la alquería. Delante de ésta, la perspectiva era más amplia. Las colinas que rodeaban la casa perfilaban allí una especie de entrada al valle, y bifurcándose entre dos de las más escarpadas la cadena tomaba un nombre distinto y seguía otro curso.

En conjunto, la señora Dashwood se sentía satisfecha de las condiciones y la decoración de la casa, pues si bien adolecía de algunos inconvenientes que procedían de su antiguo destino y requería algunas reparaciones, añadir cosas y mejorar las ya existentes constituiría una delicia para ella, ya que en aquel momento disponía de dinero suficiente para procurar a tales habitaciones lo que fuese menester para prestarles un aire de elegancia.

–La casa –decía– es ciertamente demasiado pequeña para nosotras, pero creo que de momento lograremos hacerla lo bastante confortable. Para emprender obras la estación está demasiado adelantada. Tal vez en la primavera pueda disponer de dinero para realizar reformas importantes. Estos saloncitos son insuficientes para las reuniones de amigos que confío ver aquí; y se me ha ocurrido hacer la entrada en el extremo de uno de ellos y la parte restante unirla con el otro para convertirlo en una sola pieza. A ello podría añadirse fácilmente una salita de trabajo con un dormitorio encima y una buhardilla en lo alto, y tendríamos una aceptable casita de campo. Me gustaría que las escaleras fuesen más elegantes. Pero no se puede tenerlo todo; aunque supongo que no sería difícil ensancharlas. Hemos de pensar de antemano cómo andarán mis cosas en la primavera y hacer los proyectos de reforma de acuerdo con las posibilidades.

En el ínterin, mientras no pudiesen realizar tales mejoras –con los ahorros de una dama que no había logrado ahorrar un céntimo en su vida–, se contentaron discretamente con la casa en su estado presente; y cada una de ellas se puso a la obra para adecentar y ordenar lo que le interesaba especialmente, tratando cada una de ordenar sus libros y demás pertenencias a fin de formarse un hogar propio. El piano de Marianne fue desembalado y situado en el lugar conveniente; los dibujos de Elinor fueron colgados en las paredes de su saloncito.

En tales ocupaciones fueron interrumpidas en la mañana del día siguiente, a poco de haber desayunado, por la visita del dueño de la casa, que venía a darles la bienvenida a Barton, y a ofrecerles de su casa y su jardín cuanto pudiese hacerles falta. Sir John Middleton era un hombre de aspecto agradable que rondaba los cuarenta. Antaño les había visitado en Standhell, pero hacía demasiado tiempo para que sus jóvenes primas pudiesen acordarse de él. Su aspecto era el de una persona de buen temple y sus maneras, tan cordiales como el estilo de su carta. La llegada de sus parientas parecía llenarle de satisfacción y atendía al bienestar de ellas con verdadera solicitud. No perdía ocasión de manifestar su deseo de entrar en estrecha relación con los nuevos vecinos, y les suplicaba con insistencia que acogiesen favorablemente su invitación de comer cada día en Barton Park hasta que tuviesen la casa en orden, y su insistencia, casi excesiva, era soportable por la benevolencia y cordialidad que revelaba. Y su amabilidad no consistía en meras palabras, pues una hora después de haberse marchado les fue llevada de Barton Park una magnífica cesta de verduras, seguida, antes de la noche, por un presente de piezas de caza. Insistió también en recoger sus cartas y enviarles las que llegasen por correo, así como en tener la satisfacción de facilitarles cada día sus revistas y periódicos.

Lady Middleton les envió, por mediación de su marido, unas amables palabras, expresando su deseo de visitarles en cuanto ellas lo tuviesen a bien. Y como estas frases tuvieron una rápida y cortés respuesta, la visita de la noble señora fue anunciada para el día siguiente.

Madre e hijas se sentían deseosas de conocer aquella dama de la cual dependía buena parte de su bienestar en Barton. La elegancia y la gracia de ésta no las defraudaron. Lady Middleton no parecía mayor de veinticinco años, con un rostro de gran belleza, figura esbelta y atractiva, y atavíos discretos y graciosos. Sus maneras eran todo lo elegantes que las de su marido requerían, pero hubiesen ganado con algo del calor y la franqueza que éste ponía en sus cosas. La visita fue suficientemente larga para disipar la favorable impresión inicial, revelando que, si bien educada con todo primor, lady Middleton se mostraba reservada y fría y no contaba con muchas más palabras aparte de los más desabridos lugares comunes y las observaciones más insulsas.

A pesar de ello, conversación no es lo que hacía falta, porque sir John era muy locuaz y lady Middleton había tomado la precaución de llevar consigo al mayor de sus hijos, un encantador pequeño de seis años. Con estos recursos siempre hallaría a mano un tema para los casos de necesidad. Las recién llegadas, quizá preguntarían cuántos años tenía el niño, podrían deshacerse en elogios de lo adorable que era, y seguramente le dirigirían preguntas que la madre contestaría en su lugar, mientras el chico se agarraría de sus faldas con aire avergonzado, para gran sorpresa de ésta, que no cesaría de asombrarse de que el pequeño se mostrase tan tímido ahora, con la bulla que armaba en casa. En todas las visitas el niño tenía que acompañarla como una reserva para salvar la conversación. En la presente visita se invirtieron más de diez minutos en deliberar si el muchacho se parecía más al padre o a la madre y en qué detalles se parecía al uno o a la otra. Naturalmente, cada persona opinaba de manera distinta y se sorprendía de la opinión de los demás.

No había de tardar en ofrecerse una ocasión a las Dashwood para discutir el parecido de los otros niños, ya que sir John no quiso abandonar la casa sin la seguridad de que al día siguiente aquellas damas comerían en Barton Park.

cap-9

VII

Barton Park estaba situado a una milla de distancia de la casa de los Dashwood. La casa era grande y solemne y los Middleton vivían allí en un ambiente tanto de hospitalidad como de elegancia. La primera podía ser atribuida a sir John, así como la segunda a su esposa. Casi nunca se encontraban sin un amigo en la casa, y solían acoger más huéspedes que cualquier otra familia de la región. Era algo necesario para la felicidad de ambos; porque, si bien diferentes de temperamento y maneras, coincidían en una falta absoluta de talento y gusto que limitaba extraordinariamente sus ocupaciones y las situaba en una reducida área siempre que quedaban desconectados de la vida social. Sir John era cazador y lady Middleton madre. Él cazaba y disparaba, ella atendía y acariciaba a sus niños; a esto quedaban reducidos los recursos de sus vidas. Lady Middleton gozaba de la ventaja de poder arrullar a sus pequeños durante todo el año, mientras que las ocupaciones independientes de sir John no alcanzaban a un semestre. Continuas invitaciones de amigos a su casa, o de él a casa de los amigos, suplían tales deficiencias de carácter o de educación, mantenían el buen humor de sir John y concedían ocasión para exhibir el buen tono de su esposa.

Lady Middleton se sentía orgullosa de lo selecto y distinguido de su mesa, y en general de todas las cosas de su hogar; y, muy dada a esta clase de vanidad, su mayor placer eran sus invitados. El goce, empero, que hallaba sir John practicando la hospitalidad era más real, disfrutaba en extremo viendo reunida tanta juventud como podía albergar la casa, y cuanto más bulliciosa era ésta mayor era su placer. En suma, una bendición para los jóvenes de los alrededores: en verano no se cansaba de organizar cenas frías en pleno campo, y en invierno sus recepciones, siempre animadas con baile, eran lo suficientemente numerosas para cualquier muchacha que no adoleciese aún del afán insaciable de los quince años.

La llegada de una nueva familia a la comarca constituía siempre para él un motivo de alegría; y actualmente se sentía lleno de satisfacción por los vecinos que había sabido procurarse en la alquería de Barton. Las señoritas Dashwood eran jóvenes, bonitas y de trato sencillo. Y eso era suficiente para contar con su buena opinión y simpatía, pues tener llaneza en el trato es lo que puede hacer a una muchacha cautivadora en sus maneras y en su persona. La cordialidad de sir John le hacía sentir feliz en complacer y atender a aquellas personas cuya situación social, en comparación con la de otros tiempos, pudiese resultar desventurada. Mostrándose deferente con sus primas, sentía, además, la real satisfacción de un corazón bondadoso; y acomodando una familia, compuesta únicamente de mujeres, en aquella casa de campo situada en sus tierras, experimentaba una plena satisfacción.

La viuda Dashwood y sus hijas llegaron a la puerta de la casa de sir John, quien salió a darles la bienvenida a Barton Park con una sinceridad sin afectación. Y mientras las acompañaba al saloncito repitió a las muchachas lo que les había dicho el día anterior: que lo excusasen por no haberles podido presentar a algunos jóvenes distinguidos de aquella región. En esa ocasión, en su casa sólo encontrarían otro caballero además de él, un gran amigo suyo, pero ni muy joven, ni muy divertido. Confiaba en que escusarían la exigüidad del repertorio, pero les garantizaba que no sería igual en lo sucesivo. Aquella mañana había visitado a varios amigos, con la esperanza de poder aumentar el número de caballeros, pero todo el mundo estaba lleno de compromisos. Por fortuna, a última hora llegó a Barton la madre de la señora Middleton, una mujer encantadora y agradable, y sir John confiaba en ella para que las señoritas Dashwood no se aburriesen demasiado. Tanto las muchachas como su madre estuvieron encantadas de hallar dos personas de fuera de la casa en la reunión.

La señora Jennings, la madre de lady Middleton, era una dama gruesa y entrada en años, pero alegre y de buen temple, muy habladora y de aspecto feliz y más bien vulgar. Todo eran ocurrencias que querían ser agudas, y risas, y antes de comer había bromeado ya profusamente sobre maridos y novios; no quería creer que aquellas muchachas hubiesen dejado olvidados sus corazones en Sussex y pretendía que se ponían coloradas, tanto si era así como si no. Marianne padecía por su hermana y dirigía sus ojos con aire inquieto a Elinor para ver cómo resistía aquellos ataques, pero tanta preocupación hacía sufrir más a Elinor que los lugares comunes de las chanzas de la señora Jennings.

El coronel Brandon, el amigo de sir John, parecía, por la semejanza y el aire de las maneras, más apropiado para ser su amigo que lady Middleton para ser su esposa, o la señora Jennings para ser la madre de aquélla. Era grave y reservado. Su aspecto, sin embargo, no resultaba desagradable, a pesar de ser, según opinaba Margaret, un verdadero solterón, porque se encontraba ya en las peligrosas alturas de los treinta y cinco años. Aunque su rostro no era atractivo, tenía un aire inteligente y sensible y vestía con especial distinción.

Realmente, en aquella pequeña reunión no había nada que se pudiese parangonar con los Dashwood. Pero la glacial insustancialidad de lady Middleton resultaba tan repulsiva, que en comparación la gravedad del coronel Brandon y la vulgar jovialidad de sir John y su suegra resultaban interesantes. Lady Middleton sólo se puso alegre con la entrada bulliciosa, después de la cena, de los cuatro pequeños que se agarraron a su madre, le tiraron de los vestidos y pusieron brusco término a toda conversación que no se relacionase con ellos.

Por la noche, habiendo descubierto que Marianne tocaba el piano y cantaba, la invitaron a que interpretase algo. Todos se dispusieron a escuchar y Marianne, que cantaba con mucho arte, comenzó a entonar algunas canciones de unas partituras que lady Middleton había traído al casarse y que tal vez desde entonces dormían encima del piano; porque la señora había celebrado su matrimonio abandonando la música, aunque, al decir de su madre, tocaba maravillosamente bien, pero, según su propio parecer, no era más que una simple aficionada.

Marianne fue muy aplaudida. Sir John, al final de cada pieza, manifestaba a viva voz su admiración, y a menudo también conversaba con su amigo durante el canto. Lady Middleton le llamaba al orden, como extrañada de que algo en el mundo pudiese distraerle un momento de la música, y pedía a Marianne que cantase una canción, que resultaba ser la que Marianne acababa de cantar. Solamente el coronel Brandon, de todos los presentes, sabía escuchar, y concedía a Marianne la delicadeza de escucharla con interés y en silencio. Marianne, por su parte, experimentó cierto respeto hacia él, viendo cómo los demás incurrían en exageradas alabanzas. El placer que él hallaba en la música, aunque no alcanzaba el éxtasis, resultaba simpático en comparación con la falta de auténtica sensibilidad de los demás. Marianne era lo suficientemente razonable para admitir que un caballero de treinta y cinco años había perdido ya la agudeza de sus sentimientos y el exquisito poder de gozar. Pero se sentía dispuesta a hacer al coronel todas las concesiones a su avanzada edad que los sentimientos humanitarios requiriesen.

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VIII

La señora Jennings era una viuda con una renta considerable. Sólo tenía dos hijas, y logró ver a las dos respetablemente casadas; ahora no le quedaba otra ocupación que procurar que se casase el resto del mundo. En la persecución de este objetivo se mostraba infatigablemente activa, tanto como lo permitía su inteligencia, y no perdía ocasión de proyectar casamientos entre sus jóvenes conocidos. Se mostraba sutil en extremo para descubrir las inclinaciones de los jóvenes, y gozaba de la superioridad de saber hacer subir los colores al rostro y exaltar la vanidad de cualquier jovencita, insinuando la impresión que debía haber causado en tal o cual muchacho; y aquella suerte de instinto le permitió, a poco de haber llegado a Barton, anunciar resueltamente que el coronel Brandon estaba enamorado de Marianne Dashwood. Lo intuyó la primera velada que pasó allí, viendo con qué atención escuchaba el coronel las canciones de Marianne; y cuando devolvieron la visita y comieron en la casa de campo de las Dashwood, la intuición fue corroborada por la atención que el coronel prestaba nuevamente a la música que interpretaba Marianne. No cabía duda. Estaba convencida de ello. Sería un enlace magnífico, porque él era rico y ella bellísima. La señora Jennings experimentaba un fervoroso deseo de ver bien casado al coronel Brandon, y eso lo sentía desde que se había convertido en suegra de sir John y conocido al coronel; por otra parte, también deseaba siempre con ardor encontrar un buen marido a todas las chicas bonitas.

La ventaja inmediata de aquella situación era para ella considerable, pues le proporcionaba incontables ocasiones de chancearse a expensas de ambos. En Barton Park gastaba bromas al coronel, y en casa de las Dashwood a Marianne. Por lo que atañe al primero, aquellas bromas, cuando se referían a él solo, probablemente le resultaban indiferentes. En cuanto a Marianne, al principio le fueron incomprensibles pero cuando hubo descubierto a la otra víctima, no supo si reírse de su absurdidad o indignarse de su impertinencia. Todo ello le parecía fuera de lugar, atendiendo a los avanzados años del coronel y a su triste condición de solterón empedernido.

La viuda Dashwood, que se resistía a considerar a un hombre más joven que ella tan exageradamente viejo como lo describía la juvenil fantasía de su hija, intentó disuadir a la señora Jennings de aquella tendencia a poner en ridículo a un caballero de la edad del coronel Brandon.

–Al menos, mamá, no puedes negar el poco sentido común del rumor, a menos que prefieras pensar que esconde cierta maldad. El coronel Brandon es sin duda más joven que la señora Jennings, pero lo suficientemente viejo para ser mi padre; y si alguna vez tuvo el corazón bastante joven para enamorarse, ahora debe de haber abandonado todo sentimiento de esa índole. ¡Sería ridículo! ¿Cuándo se verían libres los hombres de tales ideas, si la edad y los achaques no les protegiesen?

–¿Los achaques? –preguntó Elinor–. Supongo que no calificarás al coronel Brandon de achacoso. Comprendo que resulte para ti más viejo que para mamá, pero difícilmente puedes engañarte por lo que se refiere al uso de sus piernas y brazos.

–¿No le has oído quejarse de reuma, la enfermedad más corriente del declinar de la vida?

–¡Hija mía! –repuso la madre riendo–. A este paso te sentirás triste de pensar que yo soy vieja. Y encima resultará un milagro que yo haya alcanzado esta edad.

–Mamá, no me haces justicia. Sé muy bien que el coronel Brandon no es lo bastante viejo para que sus amigos tengamos que padecer aguardando su próximo fallecimiento por el curso natural de las cosas. Puede vivir, sin duda, veinte años más. Sólo digo que a los treinta y cinco años no se piensa ya mucho en el matrimonio.

–Tal vez –repuso Elinor–, treinta y cinco y diecisiete sí tienen que ver con el matrimonio, pero no el uno con la otra. Si hay mujeres solteras a los veintisiete años, no creo que pudiese objetarse nada a los treinta y cinco del coronel Brandon si se casa con ella.

–Una mujer de veintisiete años –dijo Marianne tras una breve pausa– no puede pretender ya sentir o inspirar un amor sólido; y si tiene la casa desguarnecida y poca fortuna, lo mejor que puede hacer es convertirse en institutriz o enfermera, para ganarse la vida y proteger su ancianidad. En el casarse con una mujer tal realmente no hay nada insólito; es un conjunto de pequeñas o grandes conveniencias y nada más. Para mí no tendrían que casarse pero eso no importa. A mi entender no resultaría otra cosa que un intercambio casi comercial, en el que cada uno pretendería beneficiarse a expensas del otro.

–Sé que es imposible –replicó Elinor– convencerte de que una mujer de veintisiete años puede sentir por un hombre de treinta y cinco algo tan próximo al amor que le convierta en un apetecible compañero. Pero no estoy de acuerdo con la manera como condenas al coronel Brandon y a su posible esposa al confinamiento en una habitación, simplemente porque quiso el azar que ayer se quejase (hacía un tiempo frío y húmedo) de un ligero reumatismo en la espalda.

–Pero también habló de chalecos forrados de lana –replicó Marianne–, y para mí un chaleco forrado de lana es algo unido con reumas, dolores, calambres y toda clase de calamidades que suelen afligir a los viejos y débiles.

–Si hubiese padecido una violenta fiebre, no le despreciarías de tal modo. Confiésamelo, Marianne, ¿no encuentras algo que te interese en las mejillas encendidas, los ojos hundidos y el rápido pulso de la fiebre?

Dicho esto, Elinor se marchó de la habitación.

–Mamá –dijo Marianne–, estoy preocupada por un enfermo en particular y quiero que lo sepas tú también. Estoy segura de que a Edward Ferrars le ocurre algo. Casi llevamos quince días aquí y aún no ha venido a vernos. Ninguna otra causa, aparte de una enfermedad, puede haber ocasionado esta tardanza. ¿Qué podría retenerle en Nordland?

–¿Tú creías que vendría tan pronto? –repuso la viuda Dashwood–. Yo veo las cosas de otro modo. Cuando yo le invitaba a venir por Barton parecía hallarse poco dispuesto, como si no le agradase mi invitación. ¿Le esperaba Elinor?

–No hemos hablado una palabra de esto, pero creo que le aguarda.

–Me parece que te equivocas. Cuando hablábamos ayer de comprar una parrilla para la chimenea del cuarto de invitados, me dijo que no era nada urgente, ya que en mucho tiempo no tendríamos necesidad de aquella habitación.

–¡Qué extraño! No se me ocurre qué significa todo ello. En conjunto, la conducta de uno y otro resulta inexplicable. ¡Qué fríos y forzados fueron sus últimos adioses! ¡Qué lánguidas sus conversaciones el último día que estuvieron juntos! En la despedida, apenas si Edward hizo alguna diferencia entre yo y Elinor: parecían las palabras de adiós de un afectuoso hermano. Intenté dejarles solos dos veces durante aquella mañana, y en ambas ocasiones, inexplicablemente, él salió conmigo. Y ni Elinor ni Edward, cuando abandonamos Nordland lloraban como yo. Ahora mismo se la ve de un temple equilibrado. ¿Está triste o melancólica? ¿Intenta apartarse de la gente, o se la ve inquieta y nerviosa en sociedad?

cap-11

IX

Las Dashwood llegaron a instalarse en Barton agradablemente. La casita y el jardín, todas las cosas que les rodeaban, se les iban tornando familiares, y la adaptación tan perfecta en Nordland que había sido su mayor encanto era también perfecta allí, de un vivir casi más feliz en Barton de lo que fuera en Nordland desde la muerte del padre. Sir John Middleton, que las visitó casi cada día durante las primeras semanas, y que no solía ver a la gente de su casa muy ocupada, se quedó sorprendido de ver que allí no se paraba un momento.

Las visitas, excepción hecha de los dueños de Barton Park, eran pocas, pues a despecho de la repetida insistencia de sir John, quien deseaba verlas más relacionadas con la gente de la vecindad, y de sus repetidos ofrecimientos de poner sus coches a disposición de ellas, el instinto de independencia de la viuda Dashwood dominaba los deseos de sus hijas de alternar en sociedad y logró mantenerse sin frecuentar a nadie que viviese a una distancia mayor de un simple paseo a pie. Y eran pocas las familias que pudiesen clasificarse en este grupo, y no todas conocidas. A una milla y media de la alquería, caminando a lo largo de las ondulaciones del valle de Allenham, que arrancaba del de Barton, las muchachas, en uno de sus primeros paseos, descubrieron una respetable y antigua casa, que por recordarles algo el aspecto de Nordland, les interesó y provocó el deseo de conocerla. Preguntando, alcanzaron a saber que la dueña era una anciana de gran bondad, pero, por desgracia, de salud demasiado precaria para la vida social y que nunca salía de casa.

Toda aquella región ofrecía agradables paseos. Los altozanos, que de todas las ventanas de la alquería parecían invitar a buscar el exquisito goce del aire libre en sus cimas, constituían una deliciosa perspectiva cuando el polvo y la humedad del fondo del valle velaban casi la más noble belleza de los altos; y hacia una de aquellas colinas se encaminaron Marianne y Margaret, una mañana, atraídas por el rayo de sol que se filtraba entre las nubes de lluvia, incapaces ambas de resistir por más tiempo el confinamiento de dos días consecutivos de ininterrumpida lluvia. El tiempo no estaba lo bastante tentador para distraer a las otras dos damas del pincel y de los libros, a pesar de que Marianne aseguraba que el día acabaría bueno y claro y que todos los nubarrones se desharían. Fuera como fuese, las dos muchachas salieron juntas de paseo.

Fueron subiendo por las colinas alborozándose con cada rayo de sol y cada desgarro azul, pensando en los propios pronósticos; y al recibir deliciosamente en sus rostros los soplos vivificantes del claro viento del sudoeste, lamentaron que los temores de su madre y hermana no habían permitido a éstas disfrutar de aquellas sensaciones tan exquisitas.

–¿Existe alguna felicidad en el mundo superior a ésta? –preguntó Marianne–. Margaret, hoy vamos a caminar por lo menos dos horas.

Margaret asintió y prosiguieron su camino de cara al viento, entre risas y bullicio por más de veinte minutos, hasta que de pronto las nubes se cerraron sobre sus cabezas y un fuerte chubasco les cayó encima. Sorprendidas, se vieron obligadas a retroceder, pero no había otro cobijo por aquellos andurriales que el de su propia casa. No obstante, les quedaba una solución que las exigencias del momento hacían aconsejable en extremo: correr cuesta abajo sin pausa hasta alcanzar la puerta del jardín.

Comenzaron la carrera. Al principio Marianne llevaba ventaja, pero un resbalón la hizo caer a tierra; y Margaret, con el empuje que llevaba, no pudo pararse para asistirla, y pasando de largo casi sin querer alcanzó la meta.

Un joven caballero con una escopeta, y seguido de dos pointers que correteaban alrededor de él, descendía también por la colina, a poca distancia de Marianne, cuando tuvo lugar la caída. Dejó la escopeta y se apresuró a socorrer a la muchacha. Ésta se había levantado ya, pero se había lastimado un tobillo y casi no podía tenerse en pie. El caballero se ofreció para ayudarla y percatándose que la modestia de ella negaba lo que la situación hacía necesario, la cogió entre sus brazos, sin más dilaciones, y la llevó monte abajo. Al llegar a la cerca del jardín, cuya puerta Margaret había dejado abierta, penetró sin vacilar en la casa, en el momento en que Margaret salía a recibirlo, y no soltó a Marianne hasta dejarla bien aposentada en un sillón del saloncito.

A la entrada de la pareja, la madre y la otra hermana se levantaron sorprendidas, y mientras los ojos de ambas se dirigían a él con sorpresa y secreta admiración a causa de su elegante porte, el muchacho intentó justificar su brusca intromisión y comenzó a relatar lo sucedido. Y todo ello con tan buenos modales y agradable franqueza, que su persona ganaba aún más con el encanto de su voz y de sus maneras. Aunque hubiese sido viejo, feo y vulgar, habría recibido la gratitud y la benevolencia de la viuda Dashwood por ese acto de atención para con su hija; pero la juventud, la belleza y la elegancia del muchacho provocaron un interés particular en él, que tenía su mejor aliado en la favorable impresión que su aspecto había causado a la viuda Dashwood.

Ésta le dio una y otra vez las gracias, y con tono afable le rogó que se sentase. Él no aceptó la invitación, alegando que estaba sucio y empapado. La señora Dashwood le preguntó entonces con quién tenía el gusto de hablar. Su apellido, respondió el muchacho, era Willoughby, y actualmente vivía en Allenham, desde donde confiaba que podría tener el honor de venir a visitarlas para interesarse por el estado de la señorita Dashwood. La autorización fue concedida al punto y luego el joven se marchó. Aquella súbita marcha bajo la lluvia parecía hacerle aún más interesante.

Su belleza masculina y su porte agraciado se convirtió al momento en el tema de las conversaciones de aquellas damas, que no disimulaban su admiración. Las bromas que dedicaron la madre y la otra hermana a Marianne, por la galantería del muchacho, parecían despertar una vibración particular en ella. Marianne, en realidad, le había visto menos que las otras, porque la confusión que le enrojeció el rostro cuando el muchacho la cogió en brazos, le había robado la serenidad necesaria para mirarle, aun luego de haber entrado en la casa. No obstante, había alcanzado a ver lo suficiente para unirse a la admiración de las demás. El aspecto de aquel joven era exacto al que su fantasía hubiese podido esbozar para el héroe de una novela, y la manera resuelta, sin perder un segundo, con que la había llevado a casa, tan desprovista de formalidades y ceremonias, revelaba rapidez de reflejos y resolución. Cuanto se relacionaba con él resultaba interesante. El nombre era agradable, su casa quedaba en el pueblo favorito de ella, y no tardó en decidir que, de todas las indumentarias masculinas, la chaqueta de caza era la más atractiva. Su imaginación estaba en plena actividad y sus reflexiones surgían con placer, y del dolor del tobillo dislocado ni se acordaba.

Sir John fue a visitarlas en cuanto el próximo intervalo de buen tiempo le permitió aquella mañana salir de casa. Tras contarle el accidente a Marianne, le preguntó con gran interés si conocía a un joven caballero llamado Willoughby y que vivía en Allenham.

–¡Willoughby! –exclamó sir John–. ¿Cómo? ¿Anda por aquí? Una buena noticia, sin duda. Mañana cabalgaré hasta su casa para invitarle a cenar el jueves.

–¿Le conoce usted? –preguntó la viuda Dashwood.

–¡Que si le conozco! Cada año se da una vuelta por aquí.

–¿Y qué clase de muchacho es?

–El mejor y más agradable que pueda encontrarse, se lo aseguro. Sabe disparar con una puntería formidable, y es el jinete más audaz de Inglaterra.

–¿Eso es todo lo que puede decirnos de él? –exclamó Marianne–. ¿No sabe qué clase de persona es en su vida íntima? ¿No conoce sus talentos, sus cualidades, su espiritualidad?

Sir John se sintió confundido.

–Por los clavos de Cristo –contestó–, no sé de él más que eso. Pero es un muchacho agradable, de buen temple, y posee la mejor perra negra pointer que nunca he visto. ¿Iba con él esta mañana?

Pero Marianne podía satisfacerle tan poco respecto al color de la perra del joven Willoughby como sir John a ella sobre los matices del carácter.

–Pero ¿quién es? –añadió–. ¿De dónde ha venido? ¿Tiene una casa en Allenham?

Sobre estos puntos sir John pudo dar más precisiones, y refirió que Willoughby no poseía tierras propias en aquella región, que sólo residía aquí en las temporadas que pasaba en Allenham Court, como invitado de la anciana señora, de la que era pariente y cuyas propiedades tenía que heredar; añadiendo:

–Sí, es una presa digna de ser cazada, se lo aseguro señorita Margaret. Tiene buenas propiedades en Somersetshire; yo de usted no lo dejaría para su hermana, a pesar de su caída en la colina. Marianne no pretenderá acaparar a todos los hombres, ¿verdad? Brandon se pondría celoso.

–No creo –dijo la señora Dashwood con una sonrisa afable– que el señor Willoughby pueda llegar a sentirse molesto por lo que hagan mis hijas. Cazar no es una tarea para la cual han sido educadas. Con nosotras los hombres pueden estar seguros, aunque sean tan ricos como éste. Por otra parte estoy satisfecha, por lo que usted dice, de que sea un muchacho respetable y de buena condición, una persona cuya amistad puede ser algo selecto.

–Es un muchacho tan excelente, creo, como el que más –confirmó sir John–. En las últimas Navidades, en la fiesta que celebramos estuvo bailando desde las ocho hasta las cuatro de la madrugada sin sentarse.

–¿De veras? –exclamó Marianne con los ojos brillándole–. ¿Baila bien, con elegancia, con gracia?

–Ya lo creo, y a las ocho estaba ya levantado para una partida hípica.

–Así me gusta –dijo Marianne–, así debe ser un muchacho. Cualesquiera sean sus esparcimientos, ha de entregarse a ellos con ardor, sin conocer la fatiga.

–Sí, ya entiendo cómo ha de ser –añadió sir John–, ya comprendo cómo le gusta a usted. Me parece que va usted de conquista por este camino y que no volverá a pensar en el pobre Brandon.

–Esa expresión me molesta, sir John –repuso Marianne con firmeza–, le tengo una antipatía especial. Aborrezco los lugares comunes que pretenden tener gracia e «ir de conquista» e «ir a la caza de muchachos» son de los que más odiosos encuentro. Demuestran una particular grosería y vulgaridad; y si en algún momento pudieron parecer divertidos, el tiempo ha gastado toda su ingenuidad.

Sir John no comprendió muy bien aquel reproche, pero se rió de tan buena gana como si lo hubiese hecho, y luego replicó:

–Sea como sea, serán muchas las conquistas que usted podrá apuntar en su lista. ¡Pobre Brandon!, está ya casi deshecho, y es muy digno de ser cazado por usted, se lo aseguro, a pesar de todos los paseos bajo la lluvia y todos los tobillos dislocados.

cap-12

X

El defensor de Marianne, como Margaret llamaba a Willoughby, llamó a la casa al día siguiente, no muy avanzada la mañana para interesarse por su protegida. Fue recibido por la señora Dashwood con algo más que cortesía: con una efusiva amabilidad, atribuible a la gratitud y sin duda también a lo que había referido sir John del muchacho. Todo el transcurso de aquella visita no sirvió más que para revelar a éste la inteligencia, la elegancia, la correspondencia de los afectos y el bienestar doméstico de aquella familia, a la que por un accidente fortuito había conocido. Para quedar convencido del encanto personal de aquellas damas no necesitó una segunda visita.

La mayor de las señoritas Dashwood tenía una complexión frágil y delicada y una figura perfecta. Marianne era aún de talle más gentil. Si no tan correcta como su hermana, como era más alta, llamaba más la atención; su cara era tan bella que al usar los habituales lugares comunes de elogio, si se decía que era una hermosa muchacha, se faltaba menos a la verdad de lo que suele hacerse en tales casos. Tenía la tez morena, pero de una transparencia que parecía resplandecer; las facciones, correctas; dulce y atractiva la sonrisa; y en sus ojos muy oscuros, fulguraba una vida, un espíritu y una avidez cautivadores. Con Willoughby, al principio se había mostrado un poco recelosa, a causa sin duda de su confusión al recordar la ayuda del muchacho. Pero luego, cuando su espíritu se sintió más sereno, se dio cuenta de que, aparte de una perfecta educación, aquel joven caballero aunaba franqueza y vivacidad, y por encima de todo, se sintió encantada al saber que le aficionaban la música y el baile, y le dirigió una mirada de simpatía como para asegurar al muchacho la satisfacción que le producía su visita.

Sólo fue necesario citar alguna de sus diversiones favoritas para decidirla a intervenir en la conversación. No podía quedarse en silencio cuando surgían temas semejantes y al discutirlos no mostraba timidez ni reserva. Rápidamente descubría que el mutuo interés por la música y el baile parecía crear una complicidad de juicio con aquel muchacho. Animada por tales constataciones a emprender un mayor análisis de las opiniones del muchacho, comenzó a dirigirle preguntas sobre libros; los autores favoritos de ella eran mencionados en primer lugar y elogiados con términos tan efusivos que cualquier joven había de sentirse inclinado a reconocer la excelencia de tales obras, aunque antes las hubiese menospreciado. Los mismos libros, a menudo los mismos pasajes de cada libro, eran adorados por ambos; y si surgía alguna diferencia, si alguna objeción era planteada, duraba hasta que la fuerza de los argumentos de ella y el brillar de sus ojos decía la última palabra. El muchacho abundaba en todas las opiniones de ella y procuraba participar de su entusiasmo; y antes de que terminase la visita conversaban ya con el tono familiar de viejos conocidos.

–Muy bien, Marianne –dijo Elinor, tan pronto se hubo marchado el joven–, por esta mañana creo que ya es bastante. Procuraste indagar las opiniones del señor Willoughby en todos los terrenos importantes. Ya sabes ahora lo que opina de Cowper y Scott (ya puedes asegurar que considera sus obras como se merecen) y puedes estar segura de que siente por Pope toda la admiración de rigor. Pero ¿cómo resultará soportable una amistad, habiendo despachado tan rápidamente los principales temas de conversación? Pronto te encontrarás que se te han agotado los temas. Con su próxima visita conocerás sus opiniones en materia de pintura y segundas nupcias, y luego ya no sabrás qué preguntarle.

–Elinor –exclamó Marianne–, ¿crees que son tan escasas mis ideas? Pero ya sé lo que quieres decir. Me he mostrado demasiado franca, demasiado encantada. He faltado a la idea corriente del decoro; me he mostrado abierta y sincera, cuando tenía que haber sido reservada, apagada y elusiva; si solamente hubiese hablado del tiempo y los caminos, en una conversación de diez minutos, me habría ahorrado estos reproches.

–Querida –dijo la madre–, no tienes que enfadarte con Elinor. No ha sido más que una broma. Yo misma la regañaría si hubiese sido capaz de interrumpir tu conversación con ese joven.

Por su parte, Willoughby daba muestras de su placer en haber conocido aquella familia y de su deseo de cultivar aquella nueva amistad. Cada día iba a la casa para preguntar por el estado de Marianne. Al principio ésta fue su única excusa, pero era tan bien recibido que no tardó en ser innecesaria, y esto antes que ésta no fuese ya posible por el perfecto restablecimiento de Marianne. Es verdad que tuvo que quedarse encerrada en casa, pero nunca un encierro fue menos aburrido que aquél. Willoughby era un muchacho de inteligente conversación, imaginación viva, espíritu vivaz y abierto y maneras afectuosas. Parecía exactamente formado para cautivar el corazón de Marianne, porque a las cualidades citadas añadía no sólo un aspecto magnífico, sino también una inteligencia ardorosa, que era incrementada y exaltada por el fulgor de la de ella, circunstancia que le hacía apto, más que cualquier otra persona, para merecer el afecto de la muchacha.

El trato con él fue tornándose para ella el placer más exquisito de la vida. Juntos leían, platicaban y cantaban; el talento musical del joven era notable; y leía con la sensibilidad y la gracia de que desgraciadamente carecía Edward.

Para la señora Dashwood, Willoughby era tan intachable como para Marianne; y Elinor no encontraba nada censurable en él, salvo la tendencia, por la cual asemejábase a su hermana, de revelar demasiado lo que pensaba, sin atender a personas o circunstancias. En la presteza que mostraba en formar y declarar el concepto que los demás le merecían, en el gusto de sacrificar la cortesía habitual para llamar la atención cuando su corazón era absorbido por algún sentimiento profundo, y en el abandonar con facilidad las normas de urbanidad, revelaba una falta de tiento y mesura que no podía ser del agrado de Elinor, por más que él y Marianne se esforzaban en defenderse.

Marianne comenzó a darse cuenta de que su desesperanza de los dieciséis años, respecto a hallar un hombre que colmase sus ideas sobre la perfección masculina, había sido ligera e infundada. Willoughby le ofrecía ahora cuanto su imaginación soñara en aquellas horas de desasosiego, y cuanto soñara en otros momentos más optimistas, como capaz de engendrar en ella un verdadero afecto; y la conducta de él anunciaba tanta seriedad en sus deseos como autenticidad en sus dotes.

Su madre, por otra parte, en cuya imaginación no había acudido aún ninguna idea acerca de un posible casamiento, inducida por las perspectivas de tantas cualidades y riquezas, a finales de aquella semana comenzó a sentir algo parecido a una esperanza de tal ventura, y secretamente se sentía feliz ante el porvenir de unos yernos como Edward y Willoughby.

El interés del coronel Brandon, que había sido sorprendido al vuelo por sus amigos, ahora, cuando ya no se hablaba de él, comenzó a preocupar a Elinor. La atención de todos se fijaba ahora en aquel rival más afortunado; y las burlas de que había sido objeto antes de que su inclinación fuese verdadera, desaparecieron cuando tuvo conciencia del ridículo que le aparejaba su sensibilidad excesiva. Elinor se sentía obligada a creer que los sentimientos atribuidos por la señora Jennings, para propio regocijo, a este caballero, actualmente eran reales. Elinor contemplaba el desarrollo de aquel asunto con vivo interés; de qué era capaz, se preguntaba, un hombre reservado de treinta y cinco años, cuando tiene como rival a un despierto muchacho de veinticinco. Y como no era posible desearle éxito, de todo corazón le deseaba indiferencia. Aquel hombre le caía simpático y, a pesar de su gravedad y reserva, lo encontraba interesante. Sus maneras eran serias pero suaves; y su reserva parecía antes procedente de una actividad espiritual que de un carácter verdaderamente sombrío. Sir John mencionó brevemente pasados disgustos y sinsabores del coronel que venían a corroborar la convicción de Elinor de que se trataba de un hombre maltrecho por grandes desdichas, y le miraba con respeto y compasión.

A veces se compadecía y le estimaba más, por cuanto era menospreciado por Willoughby y Marianne, que a causa del prejuicio de que no era animado ni joven parecían no reconocer sus evidentes cualidades.

–Brandon es justamente el tipo de hombre –dijo Willoughby, un día que estaban hablando de él– del cual todo el mundo habla bien, pero de quien nadie se acuerda que exista; todo el mundo está encantado de verle, pero nadie se acuerda de dirigirle la palabra.

–Es exactamente lo que yo pienso de Brandon –coincidió Marianne.

–Es injusto que penséis así –dijo Elinor–. Brandon es muy estimado en Barton y siempre que le he visto todos querían conversar con él, hasta el punto que me ha sido difícil hablarle.

–Que tú le protejas –replicó Willoughby– es ciertamente un tanto a su favor, pero la consideración de otras personas le desfavorece. ¿Quién se resignaría a verse solamente acogido por unas damas como lady Middleton y la señora Jennings, que parecen decretar la indiferencia de todos los demás?

–Pero tal vez el contar con la antipatía de personas como tú mismo y como Marianne es un castigo por el favor de lady Middleton y su madre. Si el elogio de ellas es censura, la censura vuestra puede ser elogio, porque no son ellas más obtusas que vosotros injustos y llenos de prejuicios.

–En defensa de tu protegido llegas a hablar con una desenvoltura excesiva.

–Mi protegido, como le llamas, es un hombre sensible; y el sentimiento es algo que siempre me resulta atractivo. Sí, Marianne, aun en un hombre entre los treinta y los cuarenta. Ha visto buena parte del mundo, ha viajado por el extranjero, ha leído y ha reflexionado mucho. Le he encontrado en toda ocasión capaz de proporcionarme detalles de importantes cuestiones; y siempre contesta a mis preguntas con una solicitud que revela buena educación y ánimo complaciente.

–Lo que quiere decir –exclamó Marianne con desdén– que te ha contado que en las Indias Orientales el clima es cálido y los mosquitos insufribles.

–Me hubiese contestado esto, sin duda, si lo hubiese preguntado, pero justamente lo hice sobre cosas de las que tenía ya alguna referencia.

–Quizá –añadió Willoughby– sus observaciones llegaron hasta mencionar los nababs, los mohurs de oro y los palanquines.

–Puedo arriesgarme a aseguraros que sus observaciones fueron mucho más extensas que vuestro candor. ¿Por qué le tenéis en tan baja consideración?

–Te equivocas. Le considero un hombre muy respetable, que cuenta con el mejor concepto de todos, aunque no llame la atención de nadie. Posee más dinero del que es capaz de gastar, más tiempo del que consigue utilizar, y dos levitas nuevas cada año.

–Añade a todo esto –exclamó Marianne– que no posee ingenio, ni gusto, ni espiritualidad; que su inteligencia no es brillante, sus sentimientos no son ardientes y su voz no es expresiva.

–Vosotros juzgáis sobre sus imperfecciones en la misma medida –replicó Elinor– y con el mismo vuelo de vuestras fantasías, de tal suerte que la apología que yo puedo hacer de él resultará fría y desabrida. Yo sólo puedo afirmar que se trata de un hombre sensible, bien educado, de gran ilustración, muy galante con las damas y, según creo, dueño de un corazón benevolente.

–Elinor Dashwood –exclamó Willoughby–, estás procediendo conmigo desconsideradamente. Te empeñas en desarmarme por razonamiento y de convencerme contra mi voluntad. Pues bien, tengo tres razones para que Brandon me desagrade: me dijo que llovería cuando yo deseaba buen tiempo, encontró defectuosa la suspensión de mi coche, y no se decidió a comprar mi yegua castaña. No obstante, dejando esto de lado, reconozco en él irreprochables condiciones, y lo admito de buen grado. Pero no puedes negarme el privilegio de que nunca en la vida encuentre a este señor de mi gusto.

cap-13

XI

Poco hubiesen imaginado la señora Dashwood y sus hijas, cuando llegaron a Devonshire, que tantos compromisos les tomarían el tiempo desde el mismo instante de la llegada, y que las invitaciones serían tantas que no les dejarían un momento para ocupaciones más serias. Pero he aquí las causas. Desde que Marianne estuvo repuesta, los proyectos de diversiones en casa y fuera de ella, que sir John había arreglado previamente, fueron cumpliéndose uno a uno. Los bailes comenzaron en Barton Park y se llevaron a cabo excursiones al río tan a menudo como el tiempo lluvioso lo permitió. En todas estas partidas tomó parte Willoughby; y la confianza y la familiaridad que acompaña a tales pasatiempos parecía calculada exactamente para incrementar la intimidad de su trato con las Dashwood. En aquellos paseos no dejaba pasar ocasión de percatarse de las cualidades de Marianne y de poner de manifiesto su encendida admiración hacia ella, sin contar las oportunidades de convencerse del afecto de la muchacha atendiendo a las maneras con que ella le trataba.

Elinor no se sorprendió de aquella mutua inclinación. Su deseo, empero hubiese sido que no apareciese tan ostensiblemente, y una vez o dos estuvo a punto de sugerir a Marianne la conveniencia de mostrar algo más de discreción. Pero Marianne aborrecía toda simulación que no fuese estrictamente necesaria para evitar mayores daños, y proponerse esconder unos sentimientos que no eran dignos de censura le parecía un esfuerzo innecesario y una desdichada sujeción de lo razonable a los lugares comunes y las ideas erróneas. Willoughby era de la misma opinión y la conducta de ambos ilustraba esa manera de pensar.

Cuando él estaba presente, ella parecía no tener ojos para nada más. Todo lo que él hacía le resultaba acertado; todo lo que decía, correcto. Y cuando las veladas en Barton Park terminaban con partidas de naipes, él perjudicaba su propio juego y el de todos los demás, para dar a Marianne las mejores cartas. Si había baile, estaban de pareja la mitad de la noche, y cuando tenían que separarse un par de bailes, volvían a reunirse al punto y apenas si dirigían la palabra a nadie más. Semejante conducta movía tal vez a risa, pero el ridículo no les avergonzaba sino que parecía dejarles indiferentes.

La señora Dashwood se interesaba tanto por aquellos sentimientos que no parecía dispuesta a poner freno a tan excesivas expansiones. Para ella no era sino la consecuencia natural de un poderoso afecto entre dos inteligencias jóvenes y ardientes.

Fue por entonces la época más feliz de Marianne. Su corazón estaba consagrado a Willoughby y su gran devoción por Nordland se desvaneció mucho antes de lo que hubiese imaginado por el encanto que la presencia de aquel joven proporcionaba a la nueva morada.

La felicidad de Elinor no era tanta. Su corazón no se sentía tan a gusto, ni era tan auténtico el placer que mostraba en sus diversiones. Éstas no le habían procurado un compañero que pudiese compensarle lo que había dejado, ni que la hubiese llevado a pensar en Nordland con menos añoranza. Ni lady Middleton ni la señora Jennings podían sustituir el trato de las personas que echaba en falta, por más que esta última era una impertinente habladora, y desde buen principio miró a Elinor con una simpatía que le garantizaba una buena parte de sus abundantes pláticas. Había repetido ya tres o cuatro veces a Elinor su propia historia; y si la memoria de Elinor hubiese sido igual a sus otras cualidades, habría retenido desde sus primeras conversaciones todos los detalles de la enfermedad del señor Jennings y lo que dijo a su mujer momentos antes de morir. Lady Middleton era más agradable que su madre, porque hablaba menos. Elinor no necesitó muchos detalles para percatarse de que aquella reserva era más bien debida a tranquilidad natural del carácter, que a verdadera inteligencia y discreción. Para con su marido y su madre era la misma que para con los demás, y no parecía buscar ni desear intimidad con nadie. Ningún día manifestaba nada que ya no hubiese dicho el día anterior. Su insipidez era constante, su falta de vivacidad siempre la misma; y aunque no se oponía a las excursiones en común organizadas por su marido, procuraba que todo fuese de acuerdo con sus preferencias. El resultado era que la presencia de la buena señora añadía tan poco al placer de los demás interviniendo en sus conversaciones, que a menudo éstos fingían que no se encontraba allí con ellos, por la persistente solicitud que demostraba en corregir a sus revoltosos hijos.

Sólo en el coronel Brandon, entre todos los nuevos conocidos, descubrió Elinor una persona que pudiese ofrecerle verdadero respeto y que fuese, por otra parte, un compañero en extremo agradable. Willoughby no era el caso. Ella le dispensaba toda su admiración y afecto, un afecto fraternal; pero se trataba de un enamorado y sólo tenía ojos para Marianne. El coronel Brandon, para su desgracia, no había encontrado tan buena acogida en Marianne y conversando con Elinor hallaba consuelo para paliar la total indiferencia de la hermana.

La compasión que Elinor sentía hacia él creció al creer que Brandon se hallaba ya en las cuitas de un amor sin esperanza. La primera sospecha le vino de algunas palabras que por azar salieron de los labios del coronel una noche en Barton Park, hallándose ambos sentados, mientras los otros bailaban. Sus ojos se fijaron en Marianne y, tras un silencio, dijo con una leve sonrisa:

–Creo que su hermana no encuentra bien unos segundos amores.

–No –replicó Elinor–, sostiene un criterio completamente romántico.

–O cuando menos no cree posible que puedan existir.

–Imagino que es así. Aunque no sé cómo no piensa en su propio padre, que tuvo dos esposas. Algunos años más, no obstante, asentarán sus opiniones sobre la base razonable del sentido común y la observación; y con ello podrá comprender y justificar con más facilidad muchas cosas que hoy podría ver todo el mundo menos ella.

–Puede –replicó el coronel–, aunque sea como sea hay algo tan delicioso en los prejuicios de una cabecita joven, que uno se pone triste al ver que termina por pensar como los demás.

–No estoy de acuerdo con usted –dijo Elinor–. Una manera de sentir como la de Marianne presenta muchos inconvenientes, todos los encantos del entusiasmo y la gracia de ignorar la maldad del mundo no pueden echarle un velo encima. Su carácter posee la desventurada tendencia a conceder grandes virtudes a lo que en el fondo no es nada; y lo que le deseo para su mayor bienestar es un conocimiento del mundo, lo más exacto y profundo posible.

Tras una breve pausa el coronel añadió:

–¿No hace distinciones su hermana al creer que un segundo enlace es reprochable? ¿Lo encuentra igualmente impensable en todos los casos? ¿Han de vivir en indiferencia y soledad aquellos que sufrieron desencantos en la primera elección, ya sea por la inconstancia de la persona querida o por lo desdichado del propio destino?

–En verdad, no estoy muy enterada de los matices de su manera de pensar. Solamente sé que en ningún caso le resulta perdonable un segundo amor.

–Eso es absurdo –repuso el coronel–; todo podría arreglarlo un cambio de manera de sentir. Pero en realidad no lo deseo; porque cuando la romántica delicadeza de una cabeza juvenil tiene que desaparecer, a menudo da paso a opiniones más vulgares y peligrosas. Hablo por experiencia. Una vez conocí a una señora que, en temperamento e inteligencia, se parecía notablemente a su hermana, tenía sus mismas opiniones, pero a causa de desdichadas circunstancias se vio obligada a cambiar de manera de sentir.

En este punto se interrumpió súbitamente, como si temiese haber hablado demasiado, y por la actitud y su gesto dio base a las conjeturas que nacerían luego en la imaginación de Elinor. La historia de aquella dama hubiese pasado inadvertida de no haber dado muestras de apuro el coronel. Y tal como se presentaban las cosas, Elinor no precisaba sino un pequeño esfuerzo de imaginación para enlazar aquella emoción con el tierno recuerdo de un amor de antaño. Elinor no insistió. Marianne, en su lugar, no se habría conformado con tan poco. Toda una historia se habría ido formando en su imaginación y habría resultado nada menos que el cuadro de un amor desgraciado.

cap-14

XII

Mientras Marianne y Elinor paseaban juntas a la mañana del día siguiente, aquélla comunicó una cantidad de novedades a su hermana, quien, a despecho de lo mucho que sabía de la falta de discreción y la imprudencia de Marianne, quedó sorprendida. Marianne, llena de alborozo, le contó que Willoughby le había regalado un caballo –uno de los que él criaba en sus propias dehesas de Somersetshire–, un caballo muy apropiado para Marianne. Sin ninguna consideración al hecho de que probablemente no entraba en los planes de su madre mantener un caballo –y si la buena señora cambiase de parecer tendría que comprar otro caballo para el criado, tener el criado, y disponer de una cuadra–, sin atender pues a lo que su madre pensase, aceptó sin titubear y ahora hablaba del animal con entusiasmo.

–Se propone enviármelo inmediatamente con su criado –añadió Marianne–. Cuando lo tenga montaré cada día. Ya te dejaré divertirte un poco con él. Imagina, Elinor, qué maravilloso cruzar al galope estos valles.

Marianne se mostró reacia a salir de aquel sueño de felicidad para considerar las desdichadas verdades inherentes a semejante empresa, y por cierto tiempo se resistió a considerarlas. En último término hallaba buenas excusas. Por lo referente al nuevo criado, su coste sería una bagatela; sin duda su madre no tendría nada que objetar. En Barton Park hallarían un caballo para el sirviente. Para establo, cualquier cobijo sería suficiente. Elinor se arriesgó a dudar de que resultase conveniente recibir un obsequio de aquella cuantía de un caballero tan poco conocido aún o, por lo menos, conocido tan recientemente. Aquello colmó el vaso.

–Estás en un error, Elinor –dijo Marianne con tono exaltado–, si supones que tengo poca amistad con Willoughby. Es verdad que no hace mucho tiempo que le conozco, pero me siento más próxima a él que a cualquier otra criatura en el mundo, a excepción de mamá y de ti. No es el tiempo o la oportunidad lo que engendra amistad y confianza: sino la inclinación de un ser hacia otro. Siete años son a lo mejor insuficientes para que dos personas puedan conocerse, pero otras veces bastan siete días. Creería más desagradable y poco correcto aceptar un caballo de un hermano mío que de Willoughby. De John sé muy poca cosa, aunque hayamos vivido juntos más de diez años; pero de Willoughby tengo ya un concepto exacto.

Elinor creyó prudente no insistir sobre aquel particular. Conocía el temperamento de su hermana. Una oposición en aquel asunto de amor la habría afianzado más en sus ideas. Pero apelando a su afecto hacia su madre, y pensando en las dificultades que una madre tan buena tendría que afrontar en el caso de consentir mayores gastos, consiguió que Marianne no tardara en ceder. Al fin dio su palabra de no poner tentaciones a la infinita ternura de su madre y no mencionar el ofrecimiento, así como de anunciar a Willoughby en su próxima entrevista que renunciaba al caballo.

Y fue fiel a su palabra. Cuando aquel mismo día Willoughby le visitó, Elinor oyó cómo Marianne le anunciaba en voz baja su disgusto por no poder aceptar el regalo. Al mismo tiempo le relató los motivos de su decisión, y el muchacho no pudo insistir. Su interés, empero, era evidente; y luego de haberlo manifestado con seriedad y corrección, añadió:

–Pero, Marianne, de todos modos el caballo es tuyo, hasta que puedas usarlo. Yo lo guardaré hasta ese momento. Cuando abandones Barton, para tener tu hogar en un lugar más definitivo, Queen Mab será tuyo.

Todo esto fue oído por Elinor, pero en la manera de pronunciar aquellas palabras y la forma de dirigirse a su hermana, adivinó una intimidad tan obvia, una preferencia tan exclusiva, que sugería un perfecto acuerdo entre ellos. Desde entonces no dudó que eran prometidos y esta convicción no dejó de sorprenderla.

Al día siguiente, Margaret le contó algo que proyectaba más luz sobre la cuestión. Willoughby había pasado la velada anterior con ellos, y Margaret, habiéndose quedado sola en el saloncito con Willoughby y Marianne, tuvo ocasión de realizar tales observaciones, que comunicó a su hermana con un aire grave y misterioso:

–Oh, Elinor, tengo que anunciarte un gran secreto respecto a Marianne. Estoy segura de que se casará con Willoughby y pronto.

–Dices eso mismo cada día, desde que le encontramos por vez primera en Highchurch Down –replicó Elinor–; cuando no hacía una semana que se conocían, tú ya decías que Marianne llevaba colgado al cuello un retrato de él. Pero resultó una miniatura de nuestro tío abuelo.

–Pero ahora se trata de algo muy diferente. Estoy segura de que se casarán muy pronto, porque él tiene un rizo de su cabello.

–Ve con cuidado, Margaret, que no resulte el cabello de algún tío.

–Pues me consta que es de Marianne, sencillamente porque vi cómo se lo cortaba. Anoche él parecía pedirle algo en voz baja cuando de pronto cogió unas tijeras que había sobre la mesa, cortó un largo rizo de su cabello, que como sabes Marianne lleva bajándole por la espalda, lo besó, lo envolvió en un papel blanco y se lo guardó en la cartera.

Elinor no podía negar detalles tan autorizados y fidedignos, tanto más cuanto los hechos expuestos coincidían con sus observaciones, con lo que ella misma había visto y oído. Pero la sagacidad y el tacto de Margaret a menudo dejaban algo que desear.

Cuando una tarde la señora Jennings atacó a Margaret para que dijese el nombre del galán de Elinor, asunto que desde hacía tiempo la preocupaba, Margaret dirigió sus ojos a Elinor y dijo:

–Qué te parece, Elinor, ¿lo digo?

Esta salida provocó la risa de todos y Elinor procuró reír también, pero le costó un penoso esfuerzo. Quedó convencida de que Margaret tenía la idea fija de una persona, cuyo nombre no podía escuchar con indiferencia, y todo podía terminar en un perpetuo motivo de burlas para la señora Jennings.

Marianne era de sentimientos más sinceros hacia ella; pero se perjudicó al ruborizarse y decir a Margaret con tono de reproche:

–No olvides que, sean cuales sean tus suposiciones, no tienes derecho a repetirlas.

–Nunca he hecho suposiciones –repuso Margaret–, has sido tú quien me lo ha contado repetidamente.

Estas razones aumentaron la curiosidad de los presentes, y Margaret se vio instada a referir algo más.

–Oh, te lo ruego, Margaret, cuéntanos todo lo que sepas –pidió la señora Jennings–. ¿Cómo se llama el galán?

–No puedo decírselo, señora. Pero sé muy bien cuál es su nombre y dónde se encuentra.

–Sí, ya imagino dónde está: en su propia casa de Nordland. Es el cura de la parroquia, no cabe duda.

–No, no lo es. Aún no tiene oficio alguno.

–Margaret –dijo Marianne con calor–, sabes muy bien que todo esto que dices son puras invenciones, que esa persona no existe.

–Pues será que se ha muerto, Marianne, porque estoy segura de que existió y su nombre comienza con una F.

Profundo agradecimiento sintió Elinor hacia lady Middleton, porque en aquel instante se le ocurrió decir que llovía muy fuerte, aunque sabía que la interrupción salvadora derivaba menos de una atención hacia ella que del desagrado que aquella dama experimentaba ante burlas tan vulgares como las que regocijaban a su madre y a su marido. El tema de la lluvia fue continuado por el coronel Brandon, siempre tan respetuoso de los sentimientos de los demás; y muchas palabras fueron dedicadas por ambos a la lluvia. Willoughby abrió el piano y rogó a Marianne que interpretara algo, y así, entre los esfuerzos de diferentes personas en remediar la situación, al fin se consiguió. Pero a Elinor le costó un poco más rehacerse del contratiempo.

Se organizó una excursión para visitar al día siguiente una magnífica propiedad a unas once millas de Barton, propiedad de un cuñado del coronel Brandon, sin cuya intervención no podía hacerse, ya que el propietario se hallaba en el extranjero y había dejado órdenes muy severas sobre el particular. Todos pregonaban la belleza del lugar, sir John se mostraba especialmente entusiasta en tales elogios, ya que había organizado excursiones a esos parajes dos veces por verano durante los últimos diez años. En esa propiedad había un magnífico lago donde navegar a la vela constituía uno de los placeres reservados a los expedicionarios por la mañana; habían de llevar provisiones y emprender la ruta en coches descubiertos, como suele hacerse en tales partidas de campo.

A unos pocos pareció temeraria aquella salida, teniendo en cuenta la época del año y que hacía más de dos semanas que el tiempo se presentaba lluvioso. La señora Dashwood, algo resfriada, fue convencida por Elinor de permanecer en casa.

cap-15

XIII

La proyectada excursión a Whitwell tomó un sesgo muy diferente del que imaginaba Elinor. Esperaba pasar frío, lluvia y fatiga; pero sucedió algo más desdichado aún: no fueron a la excursión.

Hacia las diez, toda la comitiva se hallaba reunida en Barton Park para desayunar. La mañana era bastante buena, aunque había llovido toda la noche. Las nubes parecían dispersarse y el sol lucía de vez en cuando. Todos estaban de buen humor, dispuestos a divertirse y a soportar todas las incomodidades que fuesen menester antes de abandonar el proyecto.

Mientras estaban desayunando, llegaron unas cartas. Entre éstas una para el coronel Brandon. La cogió, leyó las señas del remitente y, palideciendo repentinamente, salió de la estancia.

–¿Qué le sucede a Brandon? –preguntó sir John.

Nadie lo sabía.

–Espero que no haya recibido malas noticias –dijo lady Middleton–. Ha de ser algo extraordinario para que el coronel Brandon abandone mi mesa tan precipitadamente.

Al cabo de cinco minutos volvió a entrar.

–Confío en que no se trate de malas noticias –dijo la señora Jennings.

–Nada de eso, señora.

–¿La carta es de Avignon? Espero que no le anuncien que su hermano está peor.

–No, señora. Llega de la ciudad y es simplemente una carta de negocios.

–¿Pero cómo le ha afectado tanto si sólo es una carta de negocios? Acérquese, coronel, y díganos la verdad de todo.

–Mi querida señora –dijo lady Middleton–, piense en lo que está diciendo.

–¿Tal vez le anuncian que su prima Fanny se ha casado? –dijo la señora Jennings, sin atender a las protestas de su hija.

–No, no es eso.

–Bueno, entonces, ya sé de quién se trata, coronel, y espero que ella siga bien.

–¿A quién se refiere, señora? –dijo Brandon, sonrojándose un poco.

–¡Oh!, bien sabe usted a quién me refiero.

–Lo siento, señora –dijo él dirigiéndose a lady Middleton–, pero se trata de un negocio que requiere mi inmediata presencia en la ciudad.

–¡En la ciudad! –exclamó la señora Jennings–. ¿Qué tiene usted que hacer en la ciudad, en esta época del año?

–Soy yo el más perjudicado –continuó–, ya que me veo obligado a dejar tan agradable compañía, pero estropeo la excursión porque mi presencia es necesaria para obtener el permiso para entrar en Whitwell.

–¡Buen papel nos deja usted a los demás!

–Pero si escribiera usted dos líneas al administrador, señor Brandon –dijo ansiosamente Marianne–, ¿no sería suficiente?

El coronel sacudió la cabeza.

–Es obligado que vayamos –dijo sir John–, no hemos de postergar esta excursión justamente cuando estábamos a punto de realizarla. Usted no puede marcharse a la ciudad hasta mañana, Brandon, así de sencillo.

–Desearía poder arreglarlo fácilmente, pero no me es posible retardar mi viaje ni un solo día.

–Si usted nos explicase de qué se trata –dijo la señora Jennings–, nosotros podríamos juzgar si puede diferir el asunto o no.

–No llegaría ni seis horas más tarde –dijo Willoughby–, si aplazase su viaje hasta nuestro regreso.

–No puedo perder ni una hora.

Elinor oyó cómo Willoughby decía en voz baja a Marianne:

–Existen ciertas personas que no pueden soportar ni un día de diversión. Brandon es uno de ellos. Temió coger un resfriado, y por eso inventó este engaño, para salir del paso. Apostaría quince guineas a que la carta estaba escrita de su propia mano.

–No dudo de ello –replicó Marianne.

–Es imposible hacerle cambiar a usted de opinión cuando la ha tomado, le conozco bien, Brandon. Sin embargo, creo que ha de pensarlo mejor. Considere que aquí están las dos señoritas Careys, que han venido de Newton, las tres señoritas Dashwood que llegaron de su casa de campo, y el señor Willoughby, que se levantó dos horas antes de su costumbre para visitar Whitwell.

El coronel Brandon expresó de nuevo su pena por ser la causa del fracaso de la excursión, pero, no obstante, confirmó que su marcha era inevitable.

–Bien, ¿y cuándo estará usted de vuelta?

–Espero que lo veamos en Barton –añadió la señora Middleton–, tan pronto como le sea posible dejar la ciudad. De momento aplazaremos la excursión a Whitwell hasta su regreso.

–Es usted muy amable. Pero como ignoro el tiempo que permaneceré en la ciudad, no puedo comprometerme a nada.

–Es obligado que vuelva –exclamó sir John–. Si a últimos de semana no está aquí, iré a buscarle.

–Hágalo, sir John –dijo la señora Jennings–, y entonces quizá podrá descubrir de qué se trata.

–No me gusta entrometerme en los asuntos ajenos, porque quizá es algo que le compromete.

En aquel momento anunciaron que los caballos del coronel Brandon estaban preparados.

–¿Irá usted a caballo a la ciudad? –preguntó sir John.

–No; solamente hasta Honiton. Luego tomaré el tren correo.

–Si está decidido a marcharse, le deseo un buen viaje. Pero siento que no le hayamos convencido.

–Le aseguro que no puedo obrar de otra manera.

El coronel se despidió de todos.

–¿Tendré el gusto de verlas este invierno en la ciudad, señorita Dashwood?

–En absoluto.

–Así pues, tal vez he de despedirme de usted por más tiempo del que en realidad hubiera deseado.

A Marianne la saludó sin dirigirle la palabra.

–Venga, coronel –añadió la señora Jennings–, díganos adónde piensa usted ir.

Pero él se despidió de ella y, acompañado de sir John, salió de la estancia.

Las palabras de disgusto, y contenidas por educación hasta aquel momento, estallaron al unísono entre los presentes, que se lamentaron de aquel fracaso.

–Imagino por qué se ha marchado –dijo la señora Jennings.

–¿De veras? –exclamaron todos.

–Sí, se trata de la señorita Williams, casi lo aseguraría.

–¿La señorita Williams? –preguntó Marianne.

–¿No conoces a la señorita Williams? Seguro que has oído hablar de ella en alguna ocasión. Es pariente del coronel, una parienta muy cercana. Son tan allegados que no hablaré de ello por respeto a estas señoritas. –Y bajando un poco la voz, dijo a Elinor–: Es una hija natural.

–¿De veras?

–Pues claro. El parecido salta a la vista. No cabe duda de que el coronel le dejará toda la fortuna.

Al regresar, sir John se unió al coro de lamentaciones. Pero no tardó en proponer que, estando todos reunidos, organizaran algún pasatiempo. Todos estuvieron de acuerdo en que si bien la excursión a Whitwell habría sido más divertida, podrían pasar unas horas agradables dando un paseo en coche por el campo. Dieron orden de enganchar. El coche del señor Willoughby llegó el primero, y Marianne se sintió feliz de aceptar un sitio en él. Willoughby conducía. Atravesaron el parque rápidamente, y muy pronto se perdieron de vista. Nadie volvió a verles hasta el regreso, después de la llegada de los demás. Ambos parecían encantados del paseo, pero no dieron detalles, excepto que no habían dejado el camino, aunque los demás se internaron en el bosque.

Decidieron que por la noche habría baile y que durante todo el día no podía faltar el buen humor y la animación. Se quedaron a comer algunos de los Careys, y unas veinte personas se reunieron alrededor de la mesa, para gran satisfacción de sir John. Willoughby se situó como de costumbre entre las dos señoritas Dashwood; y a la derecha de Elinor, la señora Jennings, la cual se inclinó hacia Marianne y, en voz alta para ser oída también por Willoughby, exclamó:

–¿Creéis habernos engañado? Sé muy bien dónde habéis pasado esta mañana.

Sonrojándose, Marianne replicó apresuradamente:

–¿Dónde, diga usted?

–Salimos en mi coche –dijo Willoughby–. Usted tal vez no lo sabía.

–Sí, señor, lo sé muy bien, porque quise ver dónde os habíais metido. ¿Te ha gustado la casa, Marianne? Es muy amplia, la conozco; y cuando vuelva a visitarla espero encontrarla amueblada y redecorada, tanto tiempo ha transcurrido desde que estuve allí.

Marianne volvió el rostro, confundida, mientras la señora Jennings se reía satisfecha. Fue Elinor quien llegó a saber cómo dicha señora había pedido a su sirviente que se enterara de todo por el criado de Willoughby. Y de ese modo averiguó que había estado en Allenham, y que fueron de paseo por el jardín y recorrieron la casa.

Elinor no se lo creía. No concebía que Willoughby propusiera semejante cosa, ni mucho menos que Marianne consintiera en pisar la casa de la señora Smith sin mantener con dicha señora ninguna relación.

Al salir del comedor, Elinor comenzó sus pesquisas para cerciorarse de ello, y su sorpresa fue grande al constatar que todas las palabras de la señora Jennings eran ciertas. Y aun la propia Marianne pareció extrañarse de que su hermana lo dudase.

–Pero dime, Elinor, ¿por qué crees que no podíamos entrar ni visitar la casa? ¿No es lo que tú habías deseado tantas veces?

–Es verdad, Marianne, pero sabiendo que la señora Smith no se encontraba allí, y sin otra compañía que Willoughby…

–Willoughby es la única persona que tiene derecho a enseñar la casa; y en su coche no cabía nadie más. Pasé una mañana muy divertida.

–Que pasaras una mañana divertida –replicó Elinor– no quiere decir que hayas obrado correctamente.

–Nada de eso, Elinor. Si realmente hubiese tenido conciencia de estar haciendo algo reprobable, no habría podido sentirme feliz en aquellos momentos.

–Pero querida Marianne, ya has visto cómo te exponías a interpretaciones desagradables. ¿No empiezas a dudar sobre la discreción de tu conducta?

–Si son las interpretaciones de la señora Jennings las que han de juzgar mi conducta, entonces todos obraríamos mal en todos los momentos de la vida. No doy valor a su censura, ni me importa su alabanza. Creo no haber hecho nada malo, yendo de paseo por la propiedad de la señora Smith y visitando su casa. Cosas que un día serán de Willoughby, y…

–Aunque lleguen a pertenecerle algún día, Marianne, eso no justifica lo que has hecho.

Marianne se turbó al oír esta insinuación, pero a la vez se sintió halagada. Unos instantes después se acercó a su hermana y le dijo jovialmente:

–Tal vez no hice bien en ir a Allenham, pero Willoughby tenía especial interés en enseñarme ese lugar, y la casa es encantadora. Tiene una habitación en la parte superior, muy proporcionada, que arreglada con muebles diferentes puede resultar muy confortable y cómoda para pasar en ella el mayor tiempo posible del día. Dicha habitación se encuentra en un ángulo de la casa con ventanas a dos lados. Por una de ellas se ve la pista de bolos situada detrás de la casa y un bosque frondosísimo; por la otra se domina la iglesia del pueblo y, más allá, aquellas suaves colinas que tantas veces hemos admirado. Los muebles y todo lo demás están tan abandonados que difícilmente podría sacárseles partido, pero si se decorara de nuevo, (costaría unas doscientas libras solamente) dice Willoughby que resultaría una de las más encantadoras estancias de Inglaterra.

Si los demás no les hubiesen interrumpido, Marianne hubiera descrito cada habitación de la casa con aquel mismo placer y entusiasmo.

cap-16

XIV

La súbita marcha del coronel Brandon de Barton Park, y la firmeza que demostró en ocultar el motivo, preocuparon a la señora Jennings por dos o tres días. Era una señora siempre preocupada, como suelen estarlo los que ponen demasiado interés en las andanzas de sus amigos. Sentía una aguda curiosidad por saber la razón y estaba segura de que se trataba de una mala noticia. Así pues, reflexionó sobre qué clase de desgracia podía haberle acontecido al coronel, convencida de que no era posible que se hubiese librado de ella.

–Seguramente se trata de algo muy triste –dijo–. Bien lo revelaba su rostro. ¡Pobre Brandon! Le ha ocurrido algo desagradable. A la propiedad de Delaford no se le calcula una renta superior a doscientas libras anuales, y su hermano dejó las cosas algo enredadas. Le habrán llamado por cuestiones de dinero; ¿qué otra cosa puede ser? La verdad es que daría cualquier cosa por saberlo. Tal vez se trata de la señorita Williams. Sí, es verdad, sin duda se trata de ella, ¡se le veía tan abrumado cuando la mencioné! Quizá se encuentra enferma en la ciudad, pues me consta que suele estar algo delicada. Apostaría a que se trata de la señorita Williams. No es probable que se apure ahora por sus asuntos, pues es un hombre discreto y durante este tiempo habrá podido aclarar los enredos de la herencia. También cabe que su hermana estuviese peor en Avignon, y que le llamase a su lado. La rapidez de su marcha obedeció sin duda a cosas de ese tenor. De todo corazón desearía verle libre de preocupaciones.

De tal suerte hablaba la señora Jennings, variando de parecer cada vez que una nueva suposición surgía en su ánimo. En ciertos momentos, todas ellas le parecían igualmente probables. Elinor, aunque realmente interesada en el bienestar de Brandon, no concedió la importancia que hubiera deseado la señora Jennings a la súbita marcha del coronel, pues aunque esta circunstancia no dejaba de preocuparle, tenía absorbida toda su atención en otro asunto. Se sentía intrigada por el silencio que guardaban su hermana y Willoughby, respecto a lo que tanto interesaba a todos. La persistencia de su silencio hacía más incomprensible el comportamiento de ambos. Elinor no podía comprender por qué no les anunciaba a ella y a su madre lo que claramente traslucía la manera en que ambos se trataban.

Era fácil comprender que no se pudiesen casar enseguida, pues aunque Willoughby era independiente, no podía llamársele rico. Sir John evaluaba su patrimonio en unas seis o setecientas libras al año, pero con la vida que llevaba difícilmente podrían bastarles estas rentas. Algunas veces se había lamentado de sus escasos medios. Pero el secreto que guardaban respecto a su compromiso, que de hecho no comprometía a nadie, no guardaba seguramente relación con aquellas circunstancias. Y esta manera de proceder, en realidad tan contraria a las opiniones de ambos jóvenes, hizo nacer la duda en el ánimo de Elinor: ¿estaban realmente comprometidos? Y esa duda fue suficiente para que no se atreviese a formular ninguna pregunta sobre el particular a Marianne.

El comportamiento de Willoughby para con ellas no podía ser más afectuoso y atento. A Marianne le demostraba toda la ternura que puede inspirar una muchacha, y para el resto de la familia demostraba la afectuosa atención de un hijo y un hermano. Consideraba la alquería como su propia casa, y pasaba más tiempo allí que en Allenham. Si de común acuerdo se reunían en Barton Park, las salidas que efectuaba todas las mañanas, para hacer ejercicio, le llevaban casi siempre a la alquería, donde se le veía diariamente al anochecer para estar con Marianne…

La semana después de la marcha del coronel Brandon, una noche en que parecía más inclinado que de costumbre a mirar con afecto los objetos que le rodeaban, al manifestar la señora Dashwood su intención de hacer algunas reformas en la casa en cuanto llegase el buen tiempo, Willoughby pareció contrariado. El afecto que sentía por aquellas cosas le hacía considerar con recelo cualquier modificación en ellas.

–¡Cómo! –exclamó–. ¿Transformar mi querida casita? Nunca lo consentiré. Es mi mayor deseo que ni una piedra se añada a sus muros ni se altere en un metro su espacio.

–No se inquiete –dijo Elinor–. Nada de esto se va a realizar; mamá nunca tendrá el suficiente dinero para intentarlo… Créame que es peculiar pero me encanta –añadió.

–Si no tiene otro medio de emplear su riqueza, es preferible que no sea rica.

–Descuide, Willoughby. Puedo asegurarle que nunca sacrificaré su sentimiento a todas las reformas del mundo. No sé si en primavera, después de haber arreglado mis asuntos, podré disponer de algún dinero. Pero preferiría dejar sin colocar aquella suma antes que utilizarla en una forma que resultase penosa para usted. Pero ¿es que realmente encuentra tan interesante este lugar, hasta el punto de no distinguir sus defectos?

–Para mí este lugar es perfecto –dijo él–. La casa tiene para mí la única forma y estructura que yo considero acorde con la felicidad. Si yo fuera lo bastante rico para permitirme tal capricho, haría derribar Combe, y edificar en su lugar una pequeña construcción idéntica a la alquería.

–Naturalmente, sin que faltase una oscura y angosta escalera, y una cocina que invada toda la casa de humo. ¿No es cierto? –dijo Elinor.

–Desde luego –exclamó él con el mismo tono vehemente–, con todo lo que hay en ella: tanto las comodidades como los inconvenientes. El más pequeño cambio será al punto perceptible. Si pudiese realizar el ideal de vivir bajo un techo como éste, podría ser tan feliz en Combe como lo he sido en Barton.

–Me halaga pensar –replicó Elinor– que aun con la desventaja de mejores habitaciones y una amplia escalera, andando el tiempo encontrará su propia casa tan perfecta como actualmente la nuestra.

–Es que existen circunstancias –dijo Willoughby– que influyen para que esta casa me sea tan querida. Este lugar siempre tendrá en mi afecto un derecho preferente que difícilmente podrá ser destruido.

La señora Dashwood miró complacida a Marianne, quien, fijando una mirada expresiva en Willoughby, revelaba la reciprocidad de sus sentimientos.

–¡Cuando estuve en Allenham, meses atrás, cuántas veces deseé que Barton Cottage estuviese deshabitado! Nunca pasé por sus inmediaciones sin admirar su excelente situación, lamentando que nadie habitase allí. Poco podía pensar entonces que la primera noticia que había de darme la señora Smith, cuando volviese al cabo de un tiempo, sería que Barton Cottage estaba ocupado. La noticia me causó gran satisfacción, debido sin duda a un presentimiento de la felicidad que experimentaría más adelante. ¿No lo crees así, Marianne? –le preguntó en voz baja. Y continuando luego con su tono natural, añadió–: ¡Y usted deseaba estropear esta casa, señora Dashwood! Por una mejora imaginaria la habría despojado de su sencillez. Y este querido saloncito donde nos conocimos, en el cual tantas horas felices hemos pasado reunidos, lo haría usted desaparecer para convertirlo en vestíbulo, y todo el mundo pasaría distraídamente por una habitación, que ha contenido tanta comodidad y verdadero confort como ninguna otra en el mundo.

La señora Dashwood insistió en que no intentaría realizar ningún cambio en la casa.

–Es usted muy bondadosa –dijo él con tono de afecto–. Su promesa me tranquiliza. Hágala usted un poco más categórica y seré feliz. Prométame, además, que no solamente la casa quedará tal como está ahora, sino que encontraré en usted y en los suyos el mismo inalterable afecto, y que en lo sucesivo me considerarán con la misma benevolencia que me han demostrado hasta ahora.

Se lo prometieron gustosas, y el comportamiento de Willoughby durante toda la velada pareció querer dar muestras a la vez de afecto y satisfacción.

–¿Vendrá usted mañana a cenar? –dijo la señora Dashwood, antes de que el muchacho se marchara–. No le digo que venga usted por la mañana, porque tenemos intención de ir a Barton Park, a visitar a lady Middleton.

Él les aseguró que vendría a las cuatro.

cap-17

XV

Al día siguiente, la señora Dashwood, acompañada de dos de sus hijas, visitó a lady Middleton. Marianne, bajo un pretexto insignificante, se excusó de ir con ellas, y su madre, pensando acertadamente que se quedaba en espera de la visita de Willoughby, se marchó complacida de que no las acompañase.

A su regreso de Barton Park, encontraron el coche y el criado de Willoughby aguardando ante la casa. La suposición de la señora Dashwood era cierta. Hasta aquí había llegado su perspicacia, pero al entrar en la casa comprobó que las cosas no se ajustaban por entero a sus deseos. Al llegar al corredor, divisaron a Marianne que salía apresuradamente del saloncito, muy disgustada y llevándose el pañuelo a los ojos. Corrió hacia la escalera, sin reparar en la presencia de ellas. Algo sorprendidas, se dirigieron al saloncito de donde había salido Marianne y allí encontraron a Willoughby. Apoyado contra la chimenea, les daba la espalda. Se volvió al oír pasos y por su semblante adivinaron que estaba profundamente conmovido.

–¿Qué le ha sucedido a Marianne? –exclamó la señora Dashwood apenas entró en el saloncito–. ¿Se encuentra mal?

–Creo que no –dijo él, procurando disimular su confusión, y con una sonrisa forzada añadió–: Soy yo el que va a caer enfermo ya que me he llevado un disgusto muy grande.

–¿Un disgusto?

–Sí, por no poder cumplir la promesa que le hice a usted. Esta mañana la señora Smith abusó del privilegio que tienen los ricos hacia los parientes pobres, y dispuso que fuese a Londres para atender unos asuntos. Recibí hace poco los documentos y sin tardanza he salido de Allenham; con pena me veo ahora obligado a despedirme de ustedes.

–¡A Londres! ¿Se marcha usted esta mañana?

–Ahora mismo.

–¡Cuánto lo siento! Cuando la señora Smith le manda a usted a Londres, sin duda tiene motivos para ello; confío en que estos asuntos no le alejarán por mucho tiempo de nosotros.

Al oír estas palabras él se sonrojó.

–Es usted muy amable, pero no pienso volver por ahora. Sólo una vez al año acostumbro a visitar a la señora Smith.

–Pero ¿acaso la señora Smith es su única amistad? ¿Cree usted que sólo sería bien recibido en Allenham? No es posible, Willoughby. Usted olvida que puede disponer también de nuestra casa.

Su turbación aumentó, y sin levantar la vista dijo:

–Es usted demasiado bondadosa.

La señora Dashwood miró a Elinor. Podía leerse el asombro en su cara. Guardaron unos momentos de silencio. Luego la señora Dashwood añadió:

–Sólo le diré, mi querido Willoughby, que será usted siempre bienvenido en Barton Cottage; pero no quiero insistir en que vuelva enseguida, ya que no puedo juzgar hasta qué punto puede resultar agradable a la señora Smith.

–Mi situación es algo delicada –replicó turbado Willoughby.

La señora Dashwood se quedó atónita. Se hizo otra pausa. La rompió Willoughby, que, al tiempo que sonreía vagamente, murmuró:

–Es insensato alargar tales momentos. No quiero permanecer más tiempo entre amigos de cuya amistad y compañía no puedo gozar.

Se despidió apresuradamente y salió del saloncito. Le vieron subir al coche y un momento después le perdieron de vista.

La señora Dashwood, muy impresionada, hasta el punto de no poder hablar, salió de la estancia para reflexionar a solas sobre el motivo de aquella rápida partida.

Elinor sentía la misma inquietud que su madre. Recordaba lo ocurrido con ansiedad y desconfianza. La conducta de Willoughby despidiéndose de ellas con prisa, su turbación, su afectada animación, y por último la negativa a aceptar las invitaciones de su madre –conducta inexplicable de su parte– eran preocupantes. De momento temió que Willoughby hubiese tomado la cosa con seriedad excesiva, pero luego consideró más probable que su hermana y él hubiesen reñido. La emoción de Marianne al salir del saloncito quizá había sido provocada por una discusión, aunque se resistía a creerlo, pensando que entre ellos reinaba una completa avenencia.

El motivo de la separación, sea cual fuese, causaba pena a Elinor. Se compadecía profundamente de Marianne; la imaginaba sumida en sus pesares, en lugar de buscar alivio.

Media hora después volvió la madre. Tenía ojos de haber llorado, pero sereno el semblante.

–Nuestro querido Willoughby se encuentra ya a varias millas de Barton, Elinor –exclamó mientras se sentaba–. ¡Y qué triste debe de estar!

–Su brusca partida es inexplicable. Fue cosa de unos minutos. ¡La última noche que pasó con nosotras estaba tan contento, animado y afectuoso! Y ahora, de repente se marcha, al parecer sin propósito de volver. Debe de haber ocurrido algo que nosotras ignoramos. Últimamente se le veía callado, no era el mismo de antes. Seguramente usted ha notado la diferencia tanto como yo misma. ¿Qué le ocurrirá? ¿Habrá reñido con Marianne? Si no fuese así, ¿por qué tenía que rehusar la invitación que usted le hizo?

–Disimulaba sus sentimientos, Elinor. Me di cuenta de ello claramente. No podía aceptar mi invitación, como era su deseo. Después de pensar en todo lo sucedido me explico perfectamente algunas cosas que ya antes me parecían anormales y que a ti tampoco te pasaron por alto.

–¿De veras?

–Sí, ahora me explico muchas cosas que antes no podía comprender. Pero a ti, Elinor, quizá no te convenza mi explicación; no obstante, puedo asegurarte que difícilmente me harás cambiar de parecer. Estoy convencida de que la señora Smith conoce el afecto que el muchacho siente hacia Marianne y no lo aprueba (tal vez porque tiene otros planes respecto a él). La misión que le ha encomendado no es más que una excusa para alejarle de aquí. Creo que es así. Por otra parte, el muchacho no se atreve a confesar su compromiso con Marianne, porque sabe que la señora Smith lo desaprueba; y se ve obligado por su situación subalterna a dejar Devonshire por un tiempo, sin puntualizar nada. Me dirás que tal vez puede haber ocurrido otra cosa, pero no quiero creer nada más, a no ser que puedas darme razones convincentes. Dime, pues, lo que consideres oportuno.

–Nada en absoluto… La verdad es que opino como usted.

–Oh, Elinor, me temo que das más crédito a lo malo que a lo bueno. Se ve que por compasión a Marianne consideras al pobre Willoughby culpable. Estás resuelta a pensar mal de él, porque se despidió de nosotras con menos afecto que de costumbre. ¿No puedes atribuirlo a descuido o a la preocupación del disgusto reciente? ¿No hemos de pensar también en las cosas posibles, aunque no sean absolutamente seguras? Y al fin y al cabo, ¿qué es lo que sospechas?

–No sé cómo explicarme, pero creo que la alteración de su semblante era la consecuencia de algo desagradable. Sin embargo, tiene usted razón en decir que debemos ser indulgentes para con él, y es mi mayor deseo juzgar a las personas con benevolencia. Sin duda Willoughby tiene sus motivos para obrar así. Aunque hubiese sido más propio de él hablar con franqueza desde el principio. Los secretos son aconsejables en muchas ocasiones, pero tanta reserva me sorprende en él.

–No le culpes si en esta ocasión ha obrado de una manera que parece contraria a su modo de ser. ¿No crees que son razonables los motivos que doy en su defensa? Me alegra ver que piensas como yo. Queda, pues, absuelto.

–No del todo. Que oculte sus relaciones (si es que están prometidos) a la señorita Smith es natural, y en este caso es prudente que Willoughby no permanezca mucho tiempo en Devonshire. Pero que lo disimule ante nosotros no tiene excusa.

–¡Que lo disimulen! Pero ¿eres tú, Elinor quien acusa a Willoughby y a Marianne de exceso de reserva? No lo entiendo. Siempre has censurado su falta de discreción.

–No me satisface tener sólo pruebas de que se quieren –dijo Elinor–, preferiría tenerlas de su compromiso.

–Creo que tenemos pruebas suficientes.

–Nunca dijeron a usted una palabra de sus relaciones.

–Muchas veces, los hechos hablan tan claramente que no precisan palabras. ¿Acaso la conducta observada hasta ahora por Willoughby, respecto de nosotras y de Marianne, no daba a entender que la consideraba ya como su prometida, y que sentía por nosotras verdadero afecto? ¿No lo creíamos todas así? Su constancia y respetuosa atención, ¿no parecía siempre pedir mi consentimiento a sus propósitos? ¿Si crees esto, puedes dudar aún, Elinor, de su compromiso? ¿Puedes pensar que Willoughby, persuadido por alguien de dejar a tu hermana, se haya separado de ella sin hablarle de su afecto; crees que se ha marchado sin un cambio de impresiones entre ellos?

–Confieso –contestó Elinor– que todo me induce a creer que están prometidos, excepto una cosa. Me refiero al silencio de ambos sobre su compromiso, y esto es lo que considero más importante.

–¡Cómo puedes pensar así! Debes de tener a Willoughby en muy mal concepto, cuando después de lo sucedido aún dudas de la naturaleza de sus sentimientos. ¿Crees que el afecto que demostraba a tu hermana no era verdadero? ¿Le supones indiferente respecto a ella?

–No, desde luego que no. Seguramente la quiere de veras.

–Aunque, por lo que tú supones, debe de ser un cariño muy especial, ya que se marcha con indiferencia y sin hacer mención de su regreso.

–Pero recuerde usted, madre, que nunca he considerado este compromiso como cosa segura. A veces he tenido mis dudas, pero tan débiles que pronto se han desvanecido. Sin embargo, si llegamos a descubrir que se escriben, no dudaré más.

–¡Poco me concedes! Y si les vieras delante del altar, ¿creerías que van a casarse? ¡Qué incrédula eres, Elinor! Por mi parte no necesito tantas pruebas. Nada en absoluto ha existido que pudiera hacerme dudar de que se quieren; nunca lo han ocultado, ni han demostrado reserva. Respecto a Marianne, me parece que puedes estar segura de sus sentimientos. Es de Willoughby de quien tal vez desconfías. Pero ¿por qué razón? ¿No crees que sea un joven de honor y buenos sentimientos? ¿Has notado alguna inconsecuencia por parte de él que te haya hecho pensar mal? ¿Crees que miente?

–No puedo ni quiero pensarlo –dijo Elinor–. Willoughby me inspira verdadero afecto, y dudar de su seriedad es tan penoso para mí como pueda serlo para usted. Se me ha ocurrido esto no sé cómo, involuntariamente, y no quiero acordarme más de ello. De momento me alarmé por el cambio que vi en él; esta mañana no era el mismo, y no se dirigía a usted con la amabilidad acostumbrada. Pero todo se explica por la preocupación que le embargaba, sin duda, tal como había usted supuesto. Esta mañana se separó de Marianne y se dio cuenta de su pena; además, si se creía obligado, por temor a la señora Smith, a renunciar a la invitación que usted le hizo, es natural que se sintiese confuso en nuestra presencia. En tal caso una franca confesión de sus dificultades habría sido más noble de su parte, tanto más conociendo su carácter. Pero no me propongo objetar la conducta de otro porque no sea de mi agrado.

–Tienes razón. Willoughby no merece que sospechemos de él. Aunque no lo conozcamos de tiempo, no es un desconocido para todos. ¿Sabes de alguien que haya hablado mal de él? Si su situación hubiese sido independiente, con medios para casarse, seguramente no se habría marchado sin darnos una explicación, pero no es el caso. Se trata de unas relaciones que las circunstancias alargarán bastante antes de llegar al matrimonio, y opino que es mejor guardarlo en secreto.

Margaret entró en la estancia y la conversación quedó interrumpida. Entonces Elinor pudo reflexionar sobre lo que opinaba su madre, deseosa de creer que todo era cierto.

No vieron a Marianne hasta la hora de comer. Entró en la habitación y sin decir palabra se sentó en su sitio de costumbre. Tenía los ojos enrojecidos y sólo con un gran esfuerzo lograba contener las lágrimas. Evitaba las miradas y no le era posible comer ni hablar. Poco después, la madre estrechó en silencio la mano de Marianne, que conmovida por este gesto afectuoso rompió a llorar y salió de la estancia.

Durante aquella noche todos estuvieron deprimidos y tristes.

Marianne no tenía suficiente fuerza de voluntad para dominar su pena. La mínima mención de Willoughby la trastornaba, y aunque su familia se esforzaba en consolarla, les resultaba difícil eliminar de su conversación cualquier tema relacionado con él.

cap-18

XVI

Marianne, sumida en su aflicción, encontraba imperdonable entregarse al sueño aquella primera noche después de la partida de Willoughby. Se habría avergonzado de seguir con su familia, por lo que se había levantado más necesitada de reposo que al acostarse. Pero los sentimientos que la afligían no la dejaban descansar. Durante toda la noche estuvo desvelada, y sollozando la mayor parte de ella. Se levantó con dolor de cabeza, siéndole muy penoso hablar, y se sintió incapaz de tomar cualquier alimento. La madre y la hermana, sumamente afligidas, procuraban aliviar su pena, pero Marianne rechazaba el menor intento de consuelo y daba muestras de exagerada sensibilidad.

Después de comer, Marianne salió de la casa y se dirigió paseando hacia los alrededores de Allenham. Se complacía en el recuerdo de lo que había gozado allí, y lloraba pensando en cuanto había de sufrir aquella mañana.

Marianne pasó la noche abismada en sus pensamientos. Sentada al piano, interpretó una tras otra las canciones que gustaban a Willoughby, recreándose especialmente en aquellas que habían cantado juntos. Contemplaba como absorta por la emoción las partituras de música que Willoughby le había dedicado y sentía el ánimo tan dolido que ninguna pena habría podido ser más profunda. Así alimentaba y daba pábulo a su tristeza. Y así pasaba largas horas, hasta que sus cantos acababan en sollozos y las lágrimas ahogaban su voz.

Un estado de ánimo tan exacerbado no podía durar, y pronto empezó a sentir una sosegada melancolía. No obstante, debido sin duda a los solitarios paseos y las meditaciones silenciosas, algunas veces volvía a sentir vivamente la misma aflicción del primer momento.

No llegó ninguna carta de Willoughby. Marianne, sin embargo, no daba muestras de esperarla. La madre estaba asombrada, y Elinor parecía otra vez muy inquieta. Pero la señora Dashwood anhelaba descubrir alguna explicación que la tranquilizara.

–Recuerda, Elinor –dijo–, cuán a menudo sir John recogía nuestras cartas del correo para traerlas aquí. Ya hemos convenido que lo mejor de momento era no hablar del asunto; por lo tanto, difícilmente podríamos guardar el secreto en caso de recibir la correspondencia por medio de sir John.

Elinor sabía que era verdad, pero al mismo tiempo trataba de encontrar otro motivo al silencio de Willoughby. Según ella opinaba, existía una manera sencilla y preferible para poner en claro aquel misterio.

–¿Por qué no le pregunta usted a Marianne si tiene relaciones con Willoughby? –propuso Elinor–. Si esta pregunta viene de usted que tanto la quiere, no puede ofenderla. Sería natural con el cariño que siente usted por ella. No acostumbra a ser muy reservada y no es fácil que le oculte a usted la verdad.

–No soy capaz de hacerlo. Suponiendo que no estén prometidos, ¡qué pena le causarían mis indagaciones! No estaría bien por mi parte. Además perdería su confianza, si le obligo a decir lo que ella prefiere ocultar. Conozco a Marianne, sé que me quiere de veras y espero no ser la última persona en conocer este asunto, cuando debido a las circunstancias pueda contarlo abiertamente. No quiero forzar a nadie a que me haga sus confidencias, y mucho menos a una chiquilla, porque el sentido del deber me privaría contrariar sus deseos.

Elinor consideró excesiva aquella delicadeza, habida cuenta de la edad de su hermana. Trató de hacerlo comprender a su madre, pero todo fue en vano. La prudencia, la sensatez, el sentido común, todo se desvanecía ante la romántica delicadeza de la señora Dashwood.

Nadie mencionó el nombre de Willoughby, ante Marianne, hasta después de algunos días. Sir John y la señora Jennings no se mostraban con ellas tan amables como de costumbre, y ésa era otra pena que se añadía a la que sufrían ya. Pero, una noche, la señora Dashwood, tomando de la librería un volumen de Shakespeare, exclamó:

–Nunca hemos leído Hamlet hasta el final, Marianne; nuestro querido Willoughby se marchó antes de poder terminarlo. Lo guardaremos para cuando vuelva… Pasarán algunos meses tal vez, antes de que eso ocurra.

–¡Meses! –exclamó Marianne, sorprendida–. Nada de eso. Sólo unas semanas.

La señora Dashwood se arrepentía ya de sus palabras; no obstante fueron del agrado de Elinor, ya que habían provocado una respuesta espontánea que revelaba muchas cosas.

Ocho días después de la marcha de Willoughby, una mañana Elinor y su hermana persuadieron a Marianne de que fuera a pasear con ellas. Hasta entonces había evitado toda compañía en sus paseos. Si las hermanas se internaban en el bosque, seguía el camino; si hablaban de ir por el valle, intentaba escabullirse y trepar por las colinas; cuando se hablaba de salir, no había manera de hallarla. Pero al fin se dejó convencer por Elinor, que desaprobaba semejante aislamiento. Aquel día tomaron por la carretera que atraviesa el valle; iban silenciosas, porque Marianne dejaba traslucir aún su pena, pero Elinor estaba satisfecha de haber logrado que las acompañara. Al lado opuesto de la entrada del valle, el bosque aparecía más claro y menos salvaje; distinguieron la carretera por donde habían pasado cuando llegaron a Barton. Se detuvieron para admirar la bella perspectiva del lugar.

Mientras contemplaban el panorama, divisaron un punto que se movía: era un hombre a caballo que se dirigía hacia ellas. Tras unos minutos pudieron distinguir que se trataba de un joven. Al poco Marianne exclamó con ímpetu:

–¡Es él! Le conozco muy bien. –Y se apresuró a su encuentro.

Elinor exclamó:

–Te equivocas, Marianne. No es Willoughby. Este caballero no es tan alto y tiene el pelo de otro color.

–¡Es él, es él! –dijo Marianne–. Estoy segura de que es él: su aire, su abrigo, el caballo. No andaba errada de que volvería pronto.

Y mientras hablaba, seguía andando. Elinor casi podía asegurar que aquel hombre no era Willoughby. Se acercó a Marianne para consolarla. Sólo unos metros las separaban del joven. Marianne se dio cuenta de su error y se volvió bruscamente, dispuesta a echar a correr, cuando las voces de sus hermanas la detuvieron: otra voz conocida se unía a las de Elinor y Margaret para decirle que aguardara; entonces se dio la vuelta y quedó sorprendida al ver a Edward Ferrars.

Aquella persona le inspiraba suficiente simpatía como para hacerle olvidar de momento su desengaño con Willoughby, y era el único ser capaz de arrancarle en aquel momento una sonrisa. Entre lágrimas pudo sonreír a Edward, y la alegría de Elinor le hizo olvidar unos momentos su propio desencanto.

Al apearse, Edward entregó las riendas al criado. Y regresaron juntos a Barton. El joven había venido a Barton para visitarlas.

Le recibieron todas con mucha cordialidad, especialmente Marianne, que parecía demostrar hacia él más interés que la propia Elinor. Marianne observó que aquel nuevo encuentro de Edward y su hermana mostraba los mismos síntomas de inexplicable frialdad que ya le llamaron la atención durante su estancia en Nordland. La actitud de Edward era impropia de un enamorado. Se le veía turbado y no parecía complacido de verlas, hablaba poco, sólo contestaba a las preguntas que le dirigían, y no dedicaba a Elinor ninguna prueba especial de afecto. Marianne se dio cuenta de ello y se sorprendió. Un sentimiento de antipatía hacia Edward nació en su ánimo y acabó, como es natural, dirigiendo su pensamiento a Willoughby, cuyas maneras eran tan diferentes y formaban tan vivo contraste con las de su posible cuñado.

Luego de las primeras preguntas se hizo un silencio, que interrumpió Marianne preguntando a Edward si había venido directamente de Londres. El joven contestó que hacía quince días que se hallaba en Devonshire.

–¡Quince días! –repitió, sorprendida de que, estando tan cerca de Elinor, hubiese podido pasar tantos días sin verla.

Edward pareció vacilar al confesar que había permanecido unos días cerca de Plymouth con unos amigos.

–¿Hace poco que estuvo usted en Sussex?

–No hace mucho pasé casi un mes en Nordland.

–¿Y cómo está nuestro querido Nordland? –preguntó Marianne.

–Nuestro querido Nordland –respondió Elinor– debe de estar como todos los años en esta época, con los bosques y paseos en deshoje, el suelo enteramente cubierto de hojas caídas.

–¡Qué sensación experimenté la primera vez que viví tales días de otoño! –dijo Marianne–. Me sentí encantada al salir a pasear y ver cómo, impelidas por el viento, las hojas caían sobre mí. ¡Qué sentimientos me sugería el paisaje otoñal! Nadie ha de mirarlas ahora con nuestro embeleso. Las tendrán como un estorbo, se apresurarán a barrerlas, dejándolas tristemente abandonadas en un rincón.

–No todo el mundo –repuso Elinor– tiene esta afición tuya por las hojas caídas.

–No, ya sé que mis sentimientos no suelen ser muy comprendidos. Casi nunca. –Y al decir esto se quedó pensativa unos momentos; luego, animándose de nuevo, exclamó–: Mire usted, Edward. –Y llamó su atención sobre el paisaje que tenían a la vista–. He ahí el valle de Barton. Contemple esas colinas. ¿Ha visto algo tan bello? A la izquierda, entre bosques, se halla Barton Park. La casa se distingue un poco. Y allí, al pie de la colina más lejana y majestuosa, nuestra casita.

–Es una región admirable – respondió el muchacho–, pero en invierno estos fondos deben de ser verdaderos barrizales.

–¿Cómo se le ocurre pensar en cosas desagradables cuando todo es tan bello en derredor?

–Porque me he dado cuenta –replicó sonriendo–, entre lo mucho que me llama la atención, que el camino está lleno de polvo.

«¡Qué manera peculiar de ver el mundo!», pensó Marianne mientas continuaba andando.

–¿Son simpáticos los vecinos de por aquí? ¿Es agradable la familia Middleton?

–No mucho –contestó Marianne–, por desgracia no podíamos haber caído peor.

–Marianne –dijo su hermana–, ¿por qué dices algo tan injusto? No la crea, Edward; al contrario, son muy amables y se han portado con nosotras como viejos amigos. ¿Has olvidado, Marianne, los días agradables que hemos pasado en su compañía?

–Recuerdo muy bien los malos ratos que les debemos –dijo Marianne en voz baja.

Elinor no se dio por aludida, pues se mostraba atenta con el recién llegado y se esforzaba en mantener la conversación, hablándole de la nueva casa, de sus inconvenientes, etcétera. La reserva de Edward la mortificaba en extremo, pero al mismo tiempo la animaba a tratarle cordialmente y, en aras de la simpatía que en otro tiempo le inspirara, procuró disimular su resentimiento actual y comportarse, en fin, como con un buen amigo o un pariente cercano.

cap-19

XVII

La sorpresa que tuvo la señora Dashwood al ver a Edward sólo duró breves instantes, ya que consideraba muy natural que fuera a Barton para visitarlas. La alegría de verle allí fue más duradera que su asombro. Lo recibió afectuosamente y pareció que la timidez y la reserva de Edward se desvanecían un tanto. Apenas hubo entrado en la casa, estos sentimientos desaparecieron completamente ante las maneras cautivadoras de la señora Dashwood. Era difícil para alguien que quisiese a cualquiera de las hijas, dejar de sentir un profundo afecto hacia la madre; y Elinor comprobó finalmente que Edward era el mismo de siempre. El afecto que había sentido hacia ellas parecía revivir y demostraba el mayor interés por todas sus cosas. Elogiaba la casa, admiraba el paisaje, estaba atento y afectuoso con todos, aunque un tanto cohibido aún. La señora Dashwood atribuía esta actitud a influencias de la madre de Edward, y en su fuero interno se sintió indignada de que existiesen padres tan egoístas.

–¿Tiene aún su madre los mismos planes respecto a usted, Edward? –dijo la señora Dashwood después de comer, mientras se acondicionaban junto al fuego–. ¿Piensa aún hacer de usted un gran político, a pesar de ir contra sus deseos?

–No creo. Creo que mi madre está ya convencida de que no tengo vocación ni talento para hacer de mí un político, como ella hubiera deseado.

–Además, no es tan fácil hacerse célebre. Nunca, quizá, llegaría a ser famoso como desea su familia, sobre todo sin contar con una vocación o una inclinación, y no poseyendo suficiente confianza en sí mismo.

–No he intentado probarlo. No tengo el menor deseo de abandonarme a la ambición y me sobran razones para mantenerme en esta postura. Nadie podrá obligarme a ser lo que no soy.

–No es usted ambicioso, lo sé muy bien. Un hombre de aspiraciones moderadas.

–Es verdad. Mis aspiraciones son tan moderadas que están al alcance de todo el mundo. Yo deseo lo mismo que mucha gente: ser feliz; desde luego, una felicidad adaptada a mi propia manera de ser. La celebridad, por ejemplo, no me haría feliz.

–Lo comprendo muy bien –dijo Marianne–. ¿Qué relación tiene la riqueza y la fama con la felicidad?

–La fama no tiene mucha relación –dijo Elinor–, pero la riqueza creo que sí.

–¡No digas eso, Elinor! –repuso Marianne–. El dinero solo no puede proporcionar la felicidad. Naturalmente algo se necesita para vivir, pero la riqueza por sí sola no puede procurarnos la felicidad.

–Tal vez tengas razón –dijo Elinor, sonriendo–, acabaremos por estar de acuerdo. Seguramente lo que tú consideras necesario y mi riqueza son equivalentes, no cabe duda; porque si encontramos insuficiente toda comodidad… Tus ideas tal vez son más nobles que las mías. Pero dime, ¿cuánto crees necesario para vivir?

–De mil ochocientas a dos mil libras al año.

Elinor se rió.

–¡Dos mil libras al año! ¡Pues, imagina, mil libras es lo que yo considero riqueza! Ya ves dónde vamos a parar.

–Con todo, dos mil libras es una suma muy moderada –dijo Marianne–. Con menos es imposible mantener a una familia. Creo no ser exigente. Se necesitan criados, uno o dos coches, perros de caza; menos que esto me resultaría duro.

Elinor volvió a sonreír, oyendo a su hermana describir tan exactamente los gastos que tendría en Combe Magna.

–¡Perros de caza! –repitió Edward–. Pero ¿para qué quiere usted perros? No todo el mundo puede cazar.

Marianne se sonrojó mientras replicaba:

–Pero todo el mundo no es igual.

–Qué maravilla –dijo Margaret, cambiando de conversación–, si cada uno de nosotros tuviese una gran fortuna.

–¡Sería maravilloso! –exclamó Marianne, animándose, y encendido el rostro con la idea de semejante ventura.

–Aunque la fortuna no haga la felicidad –dijo Elinor–, ya veis que todos estamos de acuerdo en el fondo.

–Sería tan feliz si esto fuese posible –dijo Margaret–. Me gustaría saber lo que haría con mi fortuna.

Marianne la miró sorprendida, porque ella no tenía ninguna duda sobre aquel punto.

–Me encontraría en apuros si tuviese que gastar yo sola una fortuna –dijo la señora Dashwood–, si mis hijas estuviesen en buena posición y no necesitasen mi ayuda.

–Lo mejor sería que empezara por mejorar la casa, madre –observó Elinor–, ya vería cuántas ocasiones tendría para gastar.

–¡Y cuántos encargos harían ustedes a Londres para toda la familia! –dijo Edward–. ¡Qué dicha para los libreros, las casas de música y las imprentas! Usted, señora Dashwood, daría orden de que le enviaran todos los libros interesantes que salieran. Y música suficiente en Londres capaz de contentarla. Respecto a libros (Thomson, Cowper, Scott) los compraría todos; quizá querría acaparar las ediciones para impedir que cayeran en manos indignas; compraría también todos los libros que nos enseñan a admirar los árboles y las plantas. ¿No es así, Marianne? Le pido perdón si he sido un poco insolente, pero quería demostrarle que no he olvidado nuestras antiguas disputas.

–No me desagrada que me recuerden el pasado, Edward; sea melancólico o alegre, me gusta que me hagan acordar de él; nunca será una ofensa para mí que me hablen de los tiempos pasados. Lleva usted razón en sus suposiciones de cómo gastaría yo el dinero. Una gran parte, el dinero sobrante, sería para mejorar mi colección de libros y de música.

–Y el grueso de su fortuna pasaría a los autores o a sus herederos en forma de una cantidad anual.

–Eso sí que no; tendría otros intereses donde aplicarla.

–Tal vez la concedería usted como premio a la persona que escribiese la más elocuente defensa de su máxima favorita: que no se puede querer más de una vez en la vida; pues supongo que su opinión sobre este particular no ha cambiado.

–Sin duda. A mi edad las opiniones son ya bastante fijas. Probablemente la experiencia no me aportaría nuevas razones para mudar de parecer.

–Marianne es tan constante como siempre –dijo Elinor–, no ha variado absolutamente nada.

–La veo un poco más seria de lo que tenía por costumbre.

–Por favor, Edward, no me reproche nada –replicó Marianne–. Usted tampoco tiene un aire muy alegre que digamos.

–¿Por qué lo dice? –repuso el joven con un suspiro–. El estar alegre nunca fue cosa de mi carácter.

–Y yo nunca pensé que lo fuese del de Marianne –dijo Elinor–. No se le puede llamar una muchacha alegre. Es muy seria, muy vehemente en cuanto hace y dice; a pesar de que es demasiado locuaz a veces y habla con pasión, propiamente no se le puede llamar alegre.

–Tal vez lleve usted razón –afirmó Edward–, no obstante, a mí siempre me pareció alegre.

–También he incurrido yo en parecidos errores –dijo Elinor–. En ciertos casos he dado muestras de total incomprensión respecto de algunas personas, teniendo a muchos por más alegres, más graves o más estúpidos de lo que realmente son; aunque no puedo precisar de qué circunstancia deriva el error. Unas veces nos guiamos en tales materias por lo que ellos mismos dicen, otras por lo que afirman los demás, el hecho es que no nos tomamos el trabajo de observar por nosotros mismos.

–Pues yo creo, Elinor, que es conveniente dejarse guiar por la opinión de los demás –dijo Marianne–.

Nuestro juicio nos ha sido dado para adaptarse al de los demás. Creo que ésta ha sido siempre tu opinión.

–No lo creas, Marianne, nunca lo fue. Nunca he creído en la sujeción del pensamiento. Lo único que siempre creí que debía adaptarse es la conducta. No está bien que confundas mis opiniones. Puedo ser culpable, lo admito, de haber deseado a menudo que hubieses tratado a tus amigos con mayor consideración, pero ¿cuándo te aconsejé adaptar tus sentimientos o limitarte en materias importantes?

–Veo que aún no ha conseguido conducir a su hermana a un plano de sentido común –dijo Edward a Elinor–. No sé si ha adelantado usted algo en este sentido.

–Muy poco, a decir verdad –replicó Elinor, mirando a Marianne.

–Mi razonamiento está con usted –prosiguió el muchacho–, pero en la práctica temo que estoy más cerca de su hermana. No deseo ofender, pero soy tan terriblemente tímido que a menudo parezco negligente ante los demás, y es que mi natural torpeza no me deja actuar. Con frecuencia he pensado que tal vez he sido destinado por la naturaleza a más groseras compañías, ya que me siento incómodo entre gentes distinguidas.

–Marianne no siente timidez de aparecer ante los demás como poco atenta –dijo Elinor.

–Conoce demasiado bien su propia valía para una falsa vergüenza –replicó Edward–. La timidez no es más que una sensación de inferioridad. Si yo lograse convencerme de que mis maneras resultan perfectamente graciosas y desenvueltas, no sería tímido.

–Pero aún así sería reservado –dijo Marianne–, y eso es peor.

Edward pareció sobrecogido.

–¿Reservado? ¿Por ventura, Marianne, me considera reservado?

–Sí, muchísimo.

–No la entiendo –replicó el muchacho sofocándose–. ¡Reservado! ¿Cómo? ¿En qué forma? ¿Qué desearía que le contase? ¿Qué fantasías se hace usted sobre mí?

Elinor quedó sorprendida de aquella vehemencia; pero tratando de restarle importancia a la cosa, le dijo:

–¡Ah! Usted no conoce bastante bien a mi hermana por lo que veo. ¿No sabe usted que llama reservados a todos los que no hablan tanto como ella y a todos los que no admiran con su mismo entusiasmo lo que ella admira?

Edward no contestó. Al punto volvió a su aire grave y meditativo, si cabe más marcado que antes, permaneciendo sentado en silencio.

cap-20

XVIII

Elinor se dio cuenta del ánimo deprimido de su amigo. Su visita no le causó más que una satisfacción relativa, viendo que Edward no hallaba placer en nada. Evidentemente se sentía desgraciado. Ella hubiese deseado una igual evidencia en lo tocante a que la preferencia hacia ella fuese la misma de antes; pero esto parecía harto dudoso. Y la reserva de sus maneras para con Elinor parecía querer borrar la intimidad que una actitud más cordial habría creado antaño.

Al día siguiente el muchacho se acercó a Elinor y a Marianne cuando estaban en el comedor, antes que los demás hubiesen salido de sus habitaciones. Marianne, siempre dispuesta a dar facilidades para que la pareja pudiese hallar momentos de intimidad, les dejó solos. Pero no había llegado aún a subir la escalera, cuando oyó que abrían la puerta del salón y vio a Edward salir del comedor.

–He de ir al pueblo en busca de mis caballos –dijo el joven–, ya que el desayuno aún no está preparado. No tardaré en regresar.

Al poco Edward estaba de vuelta, lleno de admiración por la belleza de los alrededores: en su paseo hasta el pueblo había contemplado diversos aspectos del valle, y el mismo pueblo, en una situación asaz más elevada que la alquería, le había deleitado sobremanera. He aquí un tema que tenía que atraer la atención de Marianne, y realmente comenzó ésta a hablar sobre el entusiasmo que aquéllos paisajes le producían y a preguntar al joven por los lugares que más especialmente le habían interesado, hasta tal punto que Edward le dijo al fin:

–No prosiga con sus preguntas, Marianne, piense que no poseo sentido pictórico, y que si continuamos ocupándonos de ello han de causarle contrariedad mi falta de conocimientos y de gusto. Yo no veré más que cimas empinadas, donde otros las verían altivas, tierras quebradas y ásperas, donde otros animadamente variadas; sólo objetos perdiéndose en la lejanía, cuando para otros flotarían en una atmósfera de nebulosidad luminosa. Puede darse por satisfecha con la admiración que manifiesto con llaneza. Sin duda es una región deliciosa. Colinas abruptas, bosques poblados de árboles jóvenes, los valles acogedores con ricas dehesas y numerosas alquerías esparcidas entre el verdor. Corresponde exactamente a mi idea de una región ideal, porque posee belleza y utilidad; y me atrevo a añadir que debe de tener un gran valor pictórico, puesto que usted la admira. Sin duda se ven rocas singulares, cimas sinuosas, musgos canosos y arbustos multicolores, aunque todo sea cosa muerta para mí. No sé apreciar lo pictórico.

–Me temo que tenga usted razón –dijo Marianne–, pero no comprendo por qué ha de hacer alarde de ello.

–Me parece –dijo Elinor– que Edward, para evitar una afectación, cae en otra. Seguramente ha visto tantas veces cómo la gente finge más entusiasmo por las bellezas naturales del que realmente siente, que se ha hastiado de tales exageraciones y prefiere afectar una indiferencia excesiva, una falta de sensibilidad mucho mayor de la que realmente posee. En su hastío, reacciona queriendo exagerar él también.

–Es verdad que la admiración por los paisajes se va convirtiendo en pura charlatanería –repuso Marianne–. Todo el mundo pretende sentir e intenta describir con buen gusto y elegancia lo que ha de ser un paisaje perfecto. Me molesta la pedantería de la gente; muchas veces he ocultado mis propios sentimientos, por temor a no hallar un lenguaje que pueda expresarlos con fortuna.

–Estoy convencido de que usted encuentra en un bello paisaje toda la delicia de que nos habla –dijo Edward–. Pero su hermana ha de concederme que yo no encuentre allí nada más que lo que digo. Me satisface un bello paisaje, pero no por razones pictóricas. No siento placer viendo árboles torcidos, desmedrados y con escasas hojas; admiro los que aparecen rectos, bien crecidos, frondosos. No me gusta ver alquerías medio ruinosas y derruidas. No me atraen las ortigas, ni los cardos, ni los brezales. Un caserío bien provisto y aderezado me agrada más que una torre vetusta, y un grupo de honrados y felices labradores más que la más estilizada partida de banditti que pueda darse en el mundo.

Marianne miró con sorpresa a Edward y con compasión a su hermana.

No siguieron con aquel tema. Marianne permaneció pensativa, sentada junto a Edward. Al tomar éste la taza de té que le daba la señora Dashwood, la muchacha pudo ver en la mano de Edward una sortija de cabello en uno de los dedos.

–No me había dado cuenta que llevase usted una sortija, Edward –exclamó–. ¿Es cabello de Elinor? Me acuerdo que le prometió una, pero su pelo es más oscuro.

Marianne solía expresar sin reservas lo que sentía realmente, pero al darse cuenta de que había molestado a Edward se regañó a sí misma. Enrojeciendo y lanzando una mirada a Elinor, añadió impulsivamente.

–Sí, es cabello de mi hermana. Tejido, el cabello toma un color diferente.

Elinor miró al joven y sus miradas se encontraron, y ya no tuvo dudas de que aquel cabello era suyo. Se sintió satisfecha aunque sabía, naturalmente, que él lo había conseguido mediante algún ardid o estratagema. No consideró aquel atrevimiento como una afrenta, y quitando importancia a la cosa intentó desviar la conversación, resuelta a no dejar pasar la ocasión de comprobar fehacientemente que aquel pelo era exactamente del color del suyo.

El embarazo de Edward duró, no obstante, un rato y luego adoptó un aire de preocupación que se prolongó toda la mañana. Marianne estaba arrepentida de su indiscreción, pero hubiese sido más benevolente consigo misma si hubiese sabido cuán poca culpa tenía su hermana de ello.

Antes del mediodía recibieron la visita de sir John y de la señora Middleton, quienes, al corriente de la llegada de un caballero a la alquería, acudían por pura curiosidad. Con ayuda de su suegra, no tardó sir John en adivinar quién era aquel caballero, lo que hubiese dado lugar a una serie de chanzas a costa de la buena de Elinor, que sin embargo no surgieron a causa de que acababan de ser presentados a Edward. Tal como estaban las cosas, no obstante, se leía en sus ojos, que estaban bastante enterados por las indiscreciones de Margaret.

Nunca venía sir John a casa de las Dashwood sin invitarlas a su casa a comer o a tomar el té. En la presente ocasión, a fin de atender mejor al huésped, a cuyas diversiones y pasatiempos quería contribuir, les invitó para ambas cosas.

–Podrían ustedes tomar el té con nosotros esta tarde –dijo–, estaremos solos. Y mañana podrían comer en casa, seremos muchos.

La señora Jennings insistió en ello.

–Y tal vez habrá también baile –añadió la buena dama–. ¿No te entusiasma, Marianne?

–¿Un baile? –exclamó Marianne–. Imposible. ¿Quién habrá para bailar?

–¿Quién? Ustedes y seguramente los Careys y los Whitakers. ¿Acaso cree que no se puede bailar porque falta una persona a la que no quiero nombrar?

–Desearía con toda el alma –terció sir John– tener a Willoughby de nuevo entre nosotros.

Estas palabras y el sonrojo de Marianne hicieron recelar a Edward.

–¿Quién es Willoughby? –preguntó en voz baja a la señorita Dashwood sentada a su lado.

Ésta le informó brevemente. La actitud de Marianne parecía más comunicativa. Edward comprendió lo suficiente para adivinar el sentir de los otros, y también el de Marianne; y cuando sus visitantes se hubieron marchado, se dirigió a ella y le susurró:

–Creo haber adivinado una cosa. ¿Quiere que se la cuente?

–¿A qué se refiere?

–¿Se lo cuento?

–Está bien.

–Creo que usted y ese Willoughby se quieren.

Marianne se sintió sorprendida, pero no dejó de sonreír, y tras un momento de silencio repuso:

–Oh, Edward, ¿cómo lo ha averiguado? Sí, tal vez llegue un día… tengo esperanzas. Estoy segura de que usted le encontrará agradable.

–No lo dudo –replicó el muchacho, casi sorprendido de la franqueza y emoción de aquellas palabras. De no haber creído que se trataba de algo intrascendente, motivo de bromas entre los amigos, no se habría arriesgado a referirse a ello con semejante ligereza.

cap-21

XIX

Edward permaneció una semana en la alquería. La señora Dashwood le insistía en que se quedara; pero, como si sintiese preferencia por la mortificación, el muchacho parecía dispuesto a marcharse cuando las diversiones llegaban a su apogeo. Su estado de ánimo durante aquellos dos o tres últimos días, si bien variable, parecía haber mejorado sensiblemente. Cada día parecía más a sus anchas en aquella casa, nunca mencionaba su partida sin un suspiro; anunciaba que no tenía comprometido su tiempo, hasta tal punto que no sabía aún hacia dónde se dirigiría cuando saliese de allí. De todos modos se declaraba resuelto a partir. Nunca, decía, le había transcurrido tan velozmente una semana, apenas podía creer que tuviese que marcharse ya. Todo esto lo repetía una y otra vez; y añadía otras cosas reveladoras de sus sentimientos y del fondo de sus actos. No hallaba placer en Nordland y detestaba la ciudad, pero no le quedaba otro partido que tomar el camino de Nordland o de Londres. La amabilidad de aquella familia era lo que más apreciaba en el mundo y su mayor felicidad se cifraba en estar con ella. Sea como sea, tuvo que dejarles a fin de semana.

Elinor atribuía lo inexplicable de aquella manera de proceder a las exigencias de la madre de Edward, y se extrañaba de que él tuviese una madre tan peculiar que pudiese servir de excusa a las excentricidades del hijo. Aunque desconcertada y contrariada por la conducta vacilante del muchacho para con ella, se sentía dispuesta a juzgarle con todas las ingenuas concesiones y los generosos calificativos que tanto le costaba a su madre sonsacarle cuando se trataba de Willoughby. La falta de decisión del joven, así como de franqueza y de tenacidad, solían ser atribuidas por ella a un deseo de independencia y al conocimiento más preciso que el mozo sin duda tenía del carácter de su madre, la señora Ferrars. La brevedad de la visita y la firmeza de su propósito de marcharse convencieron a Elinor de la necesidad de contemporizar con la madre. Sin duda la causa de todo ello era la constante lucha entre el deber y la voluntad, entre la generación pasada y la nueva. Cuánto deseaba que llegara el tiempo en que se desvanecieran aquellos estorbos, cedieran aquellas resistencias; la señora Ferrars modificara su carácter y su hijo tuviera la libertad de ser feliz. Pero de tales vanos deseos se sentía impelida a pasar de nuevo, como para obtener alguna satisfacción, a su fe en el afecto de Edward, a los recuerdos de sus pruebas de simpatía en miradas o palabras durante su estancia en Barton, y en particular a aquella halagadora señal de su cabello en el dedo del joven.

–Estaba pensando –había dicho la señora Dashwood mientras desayunaban el último día– que resultaría más cómodo para usted aplicarse a una profesión cualquiera, ya que sabría cómo emplear su tiempo, y sus proyectos y actividades resultarían más interesantes. Sería sin duda una contrariedad para sus amigos. Usted no podría dedicarles tanto tiempo como ahora. Pero –añadió sonriendo– obtendría la ventaja de saber dónde encaminar sus pasos cuando tuviese que dejar a los amigos.

–Le aseguro que he meditado largamente este punto –respondió el muchacho–. Ha sido siempre, y probablemente continuará siéndolo, una grave dificultad para mí el no tener una ocupación ni un negocio que pueda reportarme algo parecido a la independencia. Pero, por desgracia, mi propia meticulosidad y la de mis consejeros, me ha convertido en lo que soy: un ser perezoso e inútil. Nunca logramos estar de acuerdo en la profesión o escoger. Yo siempre preferí la Iglesia, como la prefiero aún hoy. Mi familia no la consideraba una ocupación bastante distinguida. Me recomendaban el ejército. Y yo lo encontraba demasiado distinguido para mí. El derecho parecía de bastante categoría: más de un joven que tiene su buena plaza en el Temple ha penetrado en los círculos más elevados y se pasea por la ciudad en elegantes coches que todos conocen. Pero no siento vocación legal, ni siquiera en la rama tan poco abstrusa que me recomendaba mi familia. Por lo que atañe a la marina, tiene la elegancia a su favor, pero yo era mayor cuando pensamos en ello; y al fin y al cabo, no me resultaba estrictamente necesario tener profesión alguna, pues mi vida había de ser tan cara y perezosa con una guerrera colorada como sin ella. Al final decidimos que la vagancia, era, según se mirara, lo más ventajoso y honorable, y, por otra parte, un joven de dieciocho años, en general, no se siente tan inclinado al trabajo como para resistir las proposiciones de sus amigos para que no haga nada. Por lo tanto, fui a Oxford, y desde entonces la desocupación fue mi oficio.

–Y la consecuencia de todo ello creo que será –dijo la señora Dashwood–, ya que la pereza no le ha proporcionado la felicidad, que educará a sus hijos para toda suerte de negocios y ocupaciones, para todos los trabajos.

–Serán educados –respondió Edward con aire grave– para que crezcan diferentes de mí en sentimientos, acciones y condición; en todo.

–Ya; típicamente las palabras del deprimido, Edward. En este momento es presa de un humor melancólico e imagina que todo lo que es distinto de usted ha de ser feliz. Pero piense que la pena de la despedida de los amigos ha sido sentida por todos, cualesquiera sean su educación o rango. Es preciso conocer la propia felicidad. Créame que no necesita sino paciencia, o mejor llámele esperanza. Su madre no dejará de proporcionarle esta independencia que usted tanto desea. Por otra parte, es su deber encontrarla, y lo hará sin duda antes de que transcurra mucho tiempo, ya que ha de ser la mayor ilusión de ella que su juventud no se malgaste en el descontento. ¿Cuántas cosas pueden depararnos unos cuantos meses?

–Creo que no puedo confiar en que los meses venideros hayan de depararme nada agradable –repuso Edward.

Este ánimo desesperado y abatido no fue expresado abiertamente a la señora Dashwood, pero ensombrecía a todos en el momento de la despedida, que tuvo lugar poco después, dejándolas con el corazón acongojado, especialmente a Elinor, que se sintió muy triste. Pero su enérgica decisión de resistir, de mantener la serenidad, la guardó de mostrarse más consternada que su familia ante la despedida del joven; no quiso aplicar el método utilizado por Marianne en momentos parecidos, quien procuraba acrecentar y prolongar su pena por medio del aislamiento, el silencio y el desánimo. Los medios de Elinor fueron tan diferentes como sus fines, perfectamente adecuados aquéllos a éstos.

En cuanto el joven hubo marchado, Elinor se sentó a su mesa de dibujo. Trabajó durante todo el día más de lo que tenía por costumbre y no evitaba la mención del nombre del muchacho. Parecía interesarse más que nunca en los asuntos de la casa; y con tal proceder no solamente logró disminuir su propia pena sino que ahorró a su madre y hermanas tener que preocuparse de ella y consolarla.

Ese comportamiento, exactamente contrario al de Marianne, no parecía más meritorio a ésta de lo retorcido que parecía el suyo propio a Elinor. Resolvía fácilmente el problema del autodominio: en los grandes afectos tenía a éste por imposible, y en los más reposados por de poco mérito. Que el de su hermana podía contarse entre éstos resultaba innegable, y no dejaba de causarle cierto sonrojo. Pero a pesar de la violencia de su propio afecto sentía que apreciaba y quería mucho a su hermana.

Sin separarse de su familia, o abandonar la casa en busca de soledad o permanecer durante la noche en vela para meditar, Elinor hallaba ocasión para pensar en Edward y en su proceder, de manera diferente según sus cambiantes estados anímicos: con ternura, compasión, aprobación, censura o duda. Desde luego había muchos momentos en que, si no por la ausencia de la madre y las hermanas, por la naturaleza de sus ocupaciones, no se suscitaba la conversación y sus efectos eran muy semejantes a los de la soledad. Entonces la imaginación de Elinor se sentía en libertad, sus pensamientos vagaban, y el pasado y el futuro, en relación con los sentimientos que la embargaban, acudían a su mente, la dominaban, nutrían su memoria, sus reflexiones y sus fantasías.

De tales ensoñaciones fue sacada por la llegada de visitas, cierto día poco después de la marcha de Edward, mientras se hallaba sentada a su mesa de dibujo. Estaba completamente sola. Oyó cerrarse la pequeña puerta que daba acceso al verde jardincito delantero y miró por la ventana. Distinguió un grupo de personas que se disponían a llamar. Entre ellas, sir John, lady Middleton y la señora Jennings. Y además una dama y un caballero desconocidos. Elinor estaba junto a la ventana y cuando sir John la distinguió, dejó que el grupo de amigos llamase a la puerta y, avanzando sobre el césped, le hizo abrir la ventana para hablarle, aunque la distancia entre la ventana y la puerta era tan pequeña que casi no era posible hablar sin que lo oyesen los demás.

–Le he traído unos forasteros. ¿Qué le parecen?

–Cuidado, ¡que van a oírle!

–No me importa. Son los Palmer. Carlota es encantadora, seguro que le caerá muy bien.

Como Elinor sabía que iba a conocer a aquella señora en unos segundos, se excusó de cualquier otro comentario.

–¿Dónde está Marianne? ¿Se ha marchado porque hemos llegado nosotros? Veo el piano abierto.

–Ha ido a dar un paseo, según creo.

La señora Jennings, que no tuvo bastante paciencia para aguardar que abriesen la puerta, se acercó a ellos, y exclamó hacia la ventana:

–¿Cómo está, querida? ¿Cómo están la señora Dashwood y sus hermanas? ¿Qué, sola? Debe de agradarle la soledad. He traído a mi otro hijo y mi otra hija para que la conozcan a usted. Me ha sorprendido lo poco que han tardado en volver. Piense que la otra tarde, mientras tomábamos el té, oí el ruido de un carruaje pero no se me ocurrió que pudiesen ser ellos. Sólo pensé que podía ser el coronel Brandon que regresaba; y dije a sir John: «Me parece que oigo un carruaje, quizá es el coronel Brandon que está de vuelta.»

Elinor tuvo que apartarse de ellos a la mitad de la historia para recibir al resto del grupo. Lady Middleton presentó a los dos recién llegados. La señora Dashwood y Margaret bajaban al mismo tiempo por la escalera y luego se sentaron todos, mientras la señora Jennings llegaba por el corredor refiriendo aún su historia a sir John.

Lady Palmer era unos años más joven que lady Middleton y muy diferente de ella en todos los aspectos. Era más bien bajita y algo gruesa, pero con un bello rostro, y una expresión amable y acogedora. Sus maneras no eran tan elegantes como las de su hermana, pero sí más llenas de vanidad. Entraba con una sonrisa, sonreía durante toda la visita, excepto al reírse y sonreía cuando se marchaba. Su marido era un joven de grave aspecto, de unos veinticinco años, de aspecto más distinguido que su esposa, pero menos amable. Penetró en la estancia con gran dignidad, se inclinó levemente ante las damas, sin decir palabra y, luego de un breve examen de éstas y de la habitación, cogió un periódico que había sobre la mesa y estuvo leyendo durante todo el tiempo.

Lady Palmer, al contrario, espléndidamente dotada para mostrarse amable y feliz, apenas podía contener su admiración por aquel saloncito y su mobiliario.

–¡Qué habitación tan deliciosa! Nunca he visto nada semejante. Mira, mamá, cómo la han mejorado desde la última vez que estuve aquí. Siempre creí que esta casa tenía condiciones. –Y dirigiéndose a la señora Dashwood–: Pero ustedes la han hecho encantadora. ¡Mira, hermana, es magnífico! Me gustaría tener una casa así. ¿Verdad, marido mío?

El señor Palmer no respondió, ni siquiera levantó los ojos del periódico.

–Mi marido ni me oye –añadió ella riéndose–. Algunas veces se hace el sordo, una ridiculez.

Aquello resultaba una novedad para la señora Dashwood; no estaba acostumbrada a verse objeto de la desatención de persona alguna y no supo dejar de contemplar aquella pareja con ojos extrañados.

En el ínterin, la señora Jennings terminaba su relato a voz en cuello, refiriendo detalladamente la inesperada llegada de la tarde anterior. Lady Palmer rió de buena gana al recordar el asombro de todos, y todos estuvieron de acuerdo en que había sido una agradable sorpresa.

–Pueden imaginar cuán contentos nos sentimos al verles –añadió la señora Jennings, inclinándose hacia Elinor y hablando casi en voz baja, como si no quisiera ser oída por los demás–. Yo deseaba que no viajasen tan largas distancias, pero a causa de un negocio tuvieron que pasar por Londres; ya sabe usted –hizo un significativo gesto con la cabeza y señaló a su hija–, en su situación no es conveniente. Hoy quería que permaneciera en casa descansando pero ha querido venir con nosotros, deseaba tanto conocerlos a ustedes.

Lady Palmer sonrió y dijo que no le haría ningún daño.

–Parece que será para febrero –dijo la señora Jennings.

Lady Middleton se sentía nerviosa ante el curso de aquella conversación y dirigiéndose al señor Palmer le preguntó si había alguna novedad en el periódico.

–Nada, nada de nuevo –contestó él, y continuó leyendo.

–¡Ahí viene Marianne! –exclamó sir John–. Atención Palmer, que ahora conocerá a una muchacha excepcionalmente bonita.

Inmediatamente se dirigió por el corredor a la puerta de la casa y la abrió, dejando entrar a Marianne. La señora Jennings le preguntó al punto si había estado en Allenham; y lady Palmer rió de buena gana al oírlo como dando a entender que comprendía el asunto. El señor Palmer estuvo mirando a Marianne unos minutos y luego volvió a su lectura. Los ojos de lady Palmer fueron atraídos por los dibujos que colgaban de las paredes. Se levantó para admirarlos de cerca.

–¡Oh querida, son maravillosos! ¡Un encanto! Mira, mamá, qué delicadeza. Sí, son preciosos. Desearía tenerlos siempre delante de mí. –Y sentándose, al punto pareció olvidar que tales dibujos estuviesen allí.

Cuando lady Middleton se levantó para marcharse, el señor Palmer se puso en pie, dejó el periódico a un lado, pareció desentumecerse y miró en derredor.

–Querido, ¿has dormido quizá? –dijo su mujer riendo.

Él no contestó. Sólo dijo que aquella habitación le parecía baja y abombada de techo. Luego se inclinó y salió con los demás.

Sir John insistió en que las Dashwood pasasen el día siguiente en Barton Park. La señora Dashwood, que no hallaba placer en comer casi más a menudo con ellos que en la alquería, rehusó y dijo a sus hijas que hiciesen lo que les apeteciese. Pero éstas no sentían ninguna curiosidad por ver cómo el señor y la señora Palmer se comportaban a la mesa ni por ningún otro detalle de su vida. Intentaron, pues, excusarse. El tiempo era inestable y parecía que acabaría lloviendo. Sir John no daba el brazo a torcer. Les enviaría el carruaje. Tenían que aceptar la invitación. Lady Middleton no hizo presión a la madre, pero tuvo más autoridad para hacerlo con ellas. Y las señoras Jennings y Palmer se unieron a las súplicas. Las muchachas tuvieron que ceder.

–¿Por qué siempre tienen que invitarnos? –se preguntó Marianne, una vez sus vecinos se marcharon–. Se dice que el alquiler de nuestra casa es muy bajo, pero sería muy elevado si tuviésemos que pagar comiendo en Barton Park, cuando alguien visite su casa o la nuestra.

–Todo ello no revela otro propósito que ser amables con nosotros –dijo Elinor–, tanto por la invitación de hoy como por las de días atrás. Si sus reuniones se han ido tornando aburridas no es culpa de ellos. La razón de ello hemos de buscarla en otro sitio.

cap-22

XX

Apenas las señoritas Dashwood entraron en el saloncito de Barton Park al día siguiente, apareció apresuradamente por una puerta lady Palmer, con su aire de buen temple y de alegría. Las tomó afectuosamente de la mano y expresó su satisfacción de verlas allí.

–¡Qué contenta estoy! –exclamó, sentándose entre Elinor y Marianne–. Qué mal tiempo, ¿verdad? Temía que no viniesen pues nos vamos mañana. La próxima semana llegan a casa los Weston. Nuestra visita fue de improviso; yo no sabía nada y el coche estaba ya en la puerta. Mi marido me preguntó si quería ir a Barton. ¡Es un hombre tan espontáneo! Nunca me informa de nada. Lamento no poder quedarme más tiempo, pero confío en que no tardaremos en vernos en la ciudad.

Las muchachas tuvieron que decir que no era probable.

–¡Que no vendrán a la ciudad! –exclamó lady Palmer–. Me aburriré soberanamente si no van. Les alquilaré una casa encantadora, puerta a puerta con la nuestra, en Hanover Square. Deben ir. Me haría feliz de servir a ustedes de dama de compañía hasta que salga de cuentas, si la señora Dashwood no se siente con humor para ello.

Las muchachas dieron las gracias pero intentaban excusarse.

–¡Oh, querido! –dijo lady Palmer a su marido, que acababa de entrar–. Has de ayudarme a convencer a las señoritas Dashwood de que pasen el invierno en la ciudad.

Su querido esposo no respondió; y luego de haberse inclinado ante las jóvenes comenzó a lamentarse del mal tiempo.

–¡Es insoportable! –exclamó–. Contraría a todos y a todo. Casi siempre el mal humor en los hogares viene de la lluvia. Todos los amigos resultan insufribles. ¡Qué diablo debió inspirar a sir John para no poner un billar en esta casa! Poca gente sabe comprender el valor de un billar. Pero sir John es tan tonto como el tiempo.

Los demás no tardaron en acudir.

–Según veo, Marianne –dijo sir John–, hoy ha olvidado usted su paseo hasta Allenham.

Marianne frunció el entrecejo y no contestó nada.

–Ah, no se muestre contrariada con nosotros –dijo lady Palmer–, pues ya lo sabemos todo y no podemos más que admirar su buen gusto, porque se trata de un verdadero buen mozo. En el campo vivimos a poca distancia de su casa, no más de unas diez millas.

–Yo diría treinta –dijo el señor Palmer.

–Está bien, no hay tanta diferencia al fin y al cabo. Nunca he estado en su casa, pero dicen que es un sitio delicioso.

–Nunca he visto nada más desagradable –terció el marido.

Marianne no articuló palabra, aunque su aspecto revelaba el interés que tenía en aquella conversación.

–¡Un lugar de lo más desagradable! –remachó el señor Palmer–. Eso de sitio delicioso deberías guardarlo para otro lugar.

Cuando estuvieron sentados a la mesa, sir John lamentó que sólo eran ocho comensales.

–Querida –dijo a su esposa–, ¿por qué no invitaste también a los Gilbert?

–¿No te dije, cuando hablamos de ello, que hoy no podía ser? ¡Comieron con nosotros hace muy poco!

–Ni yo ni sir John estamos por tanta ceremonia –manifestó la señora Jennings.

–Pues no pueden vanagloriarse de buena educación –exclamó el señor Palmer.

–Querido, llevas la contraria a todo el mundo –replicó la esposa, riendo como siempre–. ¿Sabes que eres algo rudo?

–No creo que sea contradecir a nadie decir que tu madre no tiene buena educación.

–Sí, puedes pincharme tanto como quieras –dijo la buena señora con su habitual buen humor–. Me arrebataste a Charlotte y no quieres devolvérmela. Por eso me fustigas siempre.

Charlotte rió de buena gana y dijo con alborozo que no sabía si él estaba contento o no, el hecho era que vivían juntos. Hubiese sido imposible hallar una persona de mejor temple y más decidida a ser feliz que la señora Palmer. La indiferencia, insolencia y descontento que mostraba su marido no la apenaban; sus accesos y rudezas casi le divertían.

–¡Mi marido es muy peculiar! –susurró a Elinor–. Siempre anda de un humor pésimo.

Elinor no creyó que aquel buen señor fuese de tan mal carácter y tan mal educado. Su carácter podía haber sido un poco agriado por la constatación de que, junto a los imponderables que tenían que ser atribuidos a la belleza, era en realidad el marido de una mujer necia; aunque sabía muy bien que tal calamidad era demasiado común para que un hombre sensible tuviese que sentirse molesto de una manera permanente. A juicio de Elinor, su actitud de trato desdeñoso para con todos y de incesante crítica era atribuible al inmoderado deseo de distinguirse, al afán de mostrarse superior a los demás. La causa era, pues, demasiado común para despertar admiración; y los medios, aunque conseguían realmente situarle en un plano de superioridad en lo tocante a la mala educación, no le resultaban simpáticos a nadie, excepto a su esposa.

–¡Oh, querida señorita Dashwood! –dijo lady Palmer–. Tengo que pedirles un favor a usted y su hermana. ¿Os apetece pasar una temporada con nosotros en Cleveland por Navidades? Os lo ruego de veras. Para ese entonces los Weston estarán también con nosotros. ¡No pueden imaginar lo feliz que me harían! ¡Sería maravilloso! Querido –añadió dirigiéndose a su marido–, ¿no te gustaría que las señoritas Dashwood fuesen a Cleveland?

–Sin duda –replicó con tono de mofa–. No he venido a Devonshire con otra intención.

–Ya lo ven ustedes –dedujo la buena señora–, el señor Palmer las invita, no pueden negarse.

Pero las muchachas se negaron resueltamente a comprometerse a nada.

–Sí, tienen ustedes que venir. Estoy segura de que lo pasarían muy bien. No pueden imaginar qué región tan agradable es Cleveland; mi marido tendrá que viajar por la región haciendo campaña por su elección y llevará a comer con nosotros a muchas personas del distrito. La casa estará animada como no lo ha estado nunca. Encantador. Pobre marido mío, cómo se fatigará, ya que se verá obligado a resultar agradable.

Elinor apenas si pudo contener la risa.

–Será magnífico cuando sea miembro del Parlamento –dijo Charlotte–, ¿no es cierto? Entonces sí podré reírme de buena gana. Qué divertido ver que todas sus cartas llevarán en el sobre: M. P. Podrá franquear las cartas sin pagar y dice que no me escribirá. ¿No es cierto, querido?

El señor Palmer no le prestó atención.

–Es que no le gusta escribir –prosiguió lady Palmer–, lo encuentra una cosa ridícula.

–No –repuso al fin el marido–, nunca dije nada tan insensato. No me atribuyas las necedades que se te ocurren.

–Ya ven ustedes qué peculiar es mi marido. Siempre está de este humor. A lo mejor se pasa medio día sin decirme una palabra y de pronto salta con una de estas rarezas suyas, sobre cualquier cosa.

Pero Elinor se sintió sorprendida cuando al volver al saloncito le preguntó si hallaba simpático al señor Palmer.

–Ya lo creo –contestó Elinor–; parece una persona muy agradable.

–Me alegra que piense así. Él, por su parte, siente una viva simpatía hacia usted y sus hermanas, se lo aseguro y no puede imaginar qué desencantado se sentirá si no vienen ustedes a Cleveland. No imagino qué razón les impedirá hacerlo.

Elinor tuvo que excusarse de nuevo y, cambiando de tema, terminó el capítulo de invitaciones. No obstante, se le ocurrió que, viviendo en la misma región que Willoughby, lady Palmer podría darle informaciones más precisas y más imparciales que las conseguidas por los Middleton. Sintió deseos de obtener por aquel camino una confirmación de las cualidades de Willoughby que lograsen disipar cualquier temor del ánimo de Marianne. Comenzó por preguntarle si veían a menudo a Willoughby en Cleveland, y si tenían amistad con él.

–Oh sí, querida, le conocemos bastante –replicó lady Palmer–, aunque no he hablado mucho con él. Le veo muchas veces en la ciudad. En algunas ocasiones me he hallado en Barton cuando él se encontraba en Allenham; mi madre le vio una vez allí, pero yo estaba con mi tío en Weymouth. Además, le habríamos visto en Somersethiside si nos hubiésemos encontrado al mismo tiempo que él en la región. Según creo no para mucho en Combe; pero aunque estuviese allí mucho tiempo, no creo que mi marido les visitase, porque, sabe usted, es de la oposición; son de ideas muy diferentes. Adivino por qué me pregunta usted por Willoughby: su hermana va a casarse con él. Me alegro de ello, ya que tendremos el gusto de tenerla como vecina.

–Pues usted sabe más del asunto que yo misma –replicó Elinor–, si tantos motivos tiene para creer en este matrimonio.

–No pretenda negarlo, porque bien sabe usted lo que se comenta. En la ciudad oí hablar bastante de este asunto.

–¡Querida lady Palmer!

–Por mi honor que es cierto. Un lunes por la mañana me encontré con el coronel Brandon en Bond Street, poco antes de salir nosotros de Londres, y me habló de ello directamente.

–Me sorprende. ¿El coronel Brandon le habló de ello? Seguramente se equivoca usted. Suponer que una persona que no tiene interés en el asunto, ni motivos para opinar de determinada manera, dijese estas cosas, es lo último que esperaría del coronel.

–Insisto en que es cierto. Le contaré cómo fue: cuando nos encontramos, nos acompañó en un paseo y comenzamos a hablar de mi hermano y mi hermana, de una cosa y de otra, y yo le dije: «Coronel, ha venido una nueva familia a la alquería de Barton, según dicen; mi madre los considera gente encantadora. Una de las chicas, me dijo, está a punto de casarse con el señor Willoughby de Combe Magna. Dígame, ¿es verdad? Usted estuvo últimamente en Devonshire y debe saberlo.»

–¿Y qué respondió el coronel?

–Ah, no dijo gran cosa, pero me miró como si fuese verdad; y desde aquel momento lo consideré cosa cierta. ¿Cuándo será la boda?

–El señor Brandon está bien, ¿verdad?

–Oh, sí, perfectamente; y siempre deshaciéndose en elogios de ustedes; no hace más que dedicarles palabras maravillosas.

–Me alegro. Es una excelente persona y de trato muy agradable.

–Por supuesto. Es un caballero tan encantador que me apena verlo tan triste. Mamá dice que está enamorado de su hermana. Si es verdad, hay motivo para enorgullecerse, pues tiene fama de un hombre muy difícil de enamorar.

–¿Es muy conocido Willoughby en esa zona? –preguntó Elinor.

–Oh, sí, y se le tiene en alta consideración; no es que muchos le conozcan personalmente, pues Combe Magna está muy lejos, pero todo el mundo tiene de él el mejor concepto. Vaya donde vaya Willoughby, nadie es más apreciado que él. Así lo puede contar a su hermana. Ella es una muchacha fabulosamente afortunada de haberle conquistado; pero la verdad es que él es más feliz aún, porque se lleva una joven preciosa y simpática como ninguna... a no ser usted misma. Os considero dos bellezas y mi marido es de la misma opinión, estoy segura.

Las informaciones de lady Palmer sobre Willoughby no eran muy precisas, pero cualquier testimonio en favor del joven resultaba agradable a Elinor.

–Me encanta que al fin nos hayamos conocido –dijo Charlotte–, y estoy segura de que seremos buenas amigas. No puede usted imaginar cuánto me alegra. Es bonito que vivan en una casita de campo; no hay nada mejor, no lo dude. Su hermana hará una boda magnífica; y sin duda contribuirá a que la veamos con frecuencia por Combe Magna; un lugar delicioso bajo todo concepto.

–¿Tratan ustedes mucho al coronel Brandon?

–Ya lo creo, desde que se casó mi hermana. Era un gran amigo de sir John. Y creo –añadió en voz baja– que habría estado dispuesto a casarse conmigo, si hubiese podido conseguirlo. Sir John y lady Middleton lo deseaban; pero mamá encontraba que no era un buen partido para mí; de lo contrario, sir John hubiese hablado con el coronel y nos habríamos casado inmediatamente.

–¿Conocía el coronel los planes que sir John había expuesto a la madre de usted? ¿Habló alguna vez a usted de sus sentimientos?

–Oh, no; pero si mi madre no hubiese objetado nada, estoy segura de que nos habríamos casado. Por aquellos tiempos el coronel sólo me había visto dos veces, porque yo estaba aún en el colegio. No obstante todo eso, ahora soy más feliz. Mi marido es exactamente el tipo de hombre que me interesa.

cap-23

XXI

Los Palmer regresaron a Cleveland al día siguiente, y las dos familias de Barton quedaron solas para solazarse unos días en la mutua compañía. Elinor apenas podía apartar de su mente a la peculiar pareja; maravillándose de que Charlotte fuese tan feliz sin razón alguna y el señor Palmer exteriorizase, no sin cierta habilidad, tan ruda franqueza, sin echar en olvido la falta de adaptación, entre aquel marido y aquella mujer. Y Elinor siguió así hasta que sir John y la señora Jennings, de un celo incansable en favor de la causa de la vida social, le procuraron nuevas amistades.

En una excursión matinal a Exeter se encontraron con dos muchachas, de quienes la señora Jennings descubrió al punto que eran parientes suyas y esto constituyó razón suficiente para que sir John las invitase a Barton Park, tan pronto como sus compromisos en Exeter lo permitiesen. Ante tal invitación cedieron al punto los compromisos en Exeter; y lady Middleton se alarmó cuando al regresar sir John supo que no tardaría en recibir la visita de dos jóvenes desconocidas y de cuya elegancia –y aún de su buen trato– no tenía ninguna prueba, a no ser los elogios de su madre y de su marido, que en tal caso eran de escaso valor. El que fuesen parientes de esta señora era la causa principal de tanta parcialidad y de la insistencia de que no cabía conceder tanta importancia a si eran o no elegantes. Por cuanto no resultaba posible evitar ya que se consumase la visita de las forasteras, lady Middleton tuvo que resignarse con toda la filosofía de una dama, contentándose con aplicar un severo correctivo a sir John.

Las dos invitadas llegaron al fin. Su porte no podía considerarse poco distinguido; sus vestidos eran elegantes y corteses sus maneras. Se mostraron encantadas con la casa y entusiasmadas con los muebles, y tan cariñosas con los niños que muy pronto la opinión de lady Middleton cambió radicalmente. Dijo que eran unas muchachas verdaderamente agradables, lo que viniendo de ella significaba una admiración entusiasta. La confianza de sir John en su propio juicio se fortaleció y se dirigió sin demora a la alquería para comunicar a las Dashwood la llegada de las señoritas Steele, asegurando que eran las muchachas más gentiles del mundo. No obstante, no cabía conceder demasiada importancia a aquel calificativo. Elinor sabía sobradamente que las más gentiles muchachas del mundo se encuentran en cualquier parte de Inglaterra, en todas las variaciones de carácter, figura, rostro e inteligencia. Sir John deseaba que toda la familia se dirigiese inmediatamente a Barton Park para conocer a los nuevos huéspedes. ¡Hombre benevolente y filántropo!

–Vamos, ahora mismo –decía–. No pierdan tiempo. No imaginan qué agradables son estas nuevas amigas. Lucy es muy bonita, y posee buen humor y carácter. Los niños no se separan un momento de ella, como si la conociesen de toda la vida. ¡Y desean conocerlas a ustedes! Parece que en Exeter oyeron que eran ustedes las muchachas más bonitas de la creación, y yo les dije que desde luego era verdad. No duden que será un placer tratar con semejantes personas. Llegaron con el coche lleno de juguetes para los niños. Además, también son primas de ustedes porque ustedes son primas mías y ellas lo son de mi mujer; parientes al fin.

Pero sir John no se salió con la suya, pues sólo obtuvo la promesa de una visita a Barton Park dentro de dos o tres días, y se marchó muy contrariado. Sin embargo, no dejó de hablar de ellas con entusiasmo a las señoritas Steele.

Cuando tuvo lugar la prometida visita a Barton Park y la consiguiente presentación a las jóvenes, en realidad no hallaron en el aspecto de la mayor, que debía contar unos treinta años y tenía un rostro bastante vulgar, nada que llamase la atención; pero en la otra, que frisaba los veintitrés años, apreciaron una considerable belleza. Las facciones correctas, los ojos vivos y penetrantes y una distinción en el porte que, si no llegaba a prestarle verdadera elegancia, le quitaba cualquier asomo de vulgaridad. Las maneras de estas jóvenes eran corteses en extremo, y la consideración de Elinor hacia ellas aumentó al percatarse con qué inteligencia y empeño conseguían hacerse agradables a lady Middleton. Con los niños se mostraban embelesadas, hacían notar el encanto de los pequeños, celebraban su ingenio y sus ocurrencias; y el resto del tiempo lo dedicaban a admirar cuanto hacía lady Middleton. Afortunadamente para los que se valen de tales debilidades, una madre cariñosa es el ser más ávido de elogios para sus pequeños, y a la vez el más crédulo; sus exigencias son exorbitantes pero engulle todo lo que se le lanza. Por lo tanto, el cariño y la paciencia de las señoritas Steele hacia los vástagos de lady Middleton eran contemplados por ésta sin sorpresa ni asomo de desconfianza. Su complacencia maternal llegó a consentir incluso todas las impertinencias y travesuras con que los niños atormentaban a sus nuevas primas. Veía sus ropas ajadas, sus cabellos en desorden, hurgadas sus bolsas, hurtados los cortaplumas y tijeras, y creía que todo era divertido en extremo. Y no le sorprendía ver a Elinor y Marianne comedidas y compuestas, sin participar en todo aquel jolgorio.

–John está muy alegre hoy –dijo la buena señora viendo a su pequeño lanzar por la ventana un pañuelo de una de las señoritas Steele–; cuando está así no hace más que tonterías.

Y a poco de ello, viendo a su segundo hijo que se disponía a retorcer el dedo de una de aquellas jóvenes, observó enternecida:

–¡Qué ganas de jugar tiene William! –Y acariciando tiernamente a una pequeña de tres años que desde unos minutos permanecía quietecita, agregó–: Mirad a mi pequeña Ana María. Nunca se vio una niña más juiciosa.

Pero desgraciadamente, un alfiler del traje de la buena señora arañó el cuello de la pequeña y desató en aquel modelito de compostura unos desgarradores chillidos. La consternación de la madre fue excesiva, pero no aventajaba a la de las señoritas Steele; y para colmar la agonía de la pequeña, intentaron colmarla por todos los medios que el afecto sugería. La pequeña estaba sentada en el regazo de su madre, que la cubría de besos, mientras una de las señoritas Steele, arrodillada junto a ella, le lavaba la herida con agua de lavanda. La otra visitante consolaba a la pequeña poniéndole dulces en la boca, pero con tal premio a sus lágrimas, la pequeña era demasiado lista para interrumpir sus lloros. Gritaba y sollozaba a más y mejor, pegó a sus hermanos porque quisieron tocarla y todos los esfuerzos para calmarla resultaron inoperantes, hasta que lady Middleton recordó que en una escena parecida de la semana anterior habían recurrido con éxito a la mermelada de albaricoque. La pequeña fue sacada de la estancia en brazos de su madre en busca del ansiado remedio, y las cuatro jóvenes quedaron en una tranquilidad como no habían conocido en bastantes horas.

–¡Pobre pequeña! –exclamó una de las señoritas Steele en cuanto hubo salido el cortejo de la pequeña paciente–. ¡Debe de haberle dolido mucho!

–No me lo explico –dijo Marianne–, pues la cosa no parecía para tanto. He aquí el conocido sistema de alarmarse cuando no existe motivo para ello.

–¡Es que lady Middleton es muy sensible! –repuso Lucy Steele.

Marianne se calló. Le resultaba imposible decir algo que no sentía, aun en la ocasión más trivial, y por lo tanto, recaía siempre en Elinor la tarea de mentir cuando la buena educación lo exigía. En este caso procuró hacerlo lo mejor que sabía, dedicando a lady Middleton los mayores elogios, pero quedó muy atrás de Lucy.

–Y sir John también –exclamó la mayor de las hermanas–, ¡qué hombre tan encantador!

Aquí también el elogio de la señora Dashwood, como no fue más que el justo, sonó de manera poco entusiasta.

–¡Y qué niños tan preciosos tienen! Nunca en la vida vi encantos semejantes. Oh, los adoro; aunque es cierto que los pequeños son mi punto débil.

–Lo he adivinado por cuanto he presenciado esta mañana –dijo Elinor con una sonrisa.

–Me temo que usted piensa que consentimos demasiado a los pequeños Middleton –dijo Lucy–. Tal vez en parte es verdad, pero es tan natural de parte de lady Middleton, y a mí me gusta ver a los niños llenos de vivacidad y alegría; no puedo soportarles dóciles y quietos.

Tras una pausa, la señorita Steele que parecía más inclinada a la conversación, dijo bruscamente:

–¿Cómo le resulta Devonshire, señorita Dashwood? Seguramente se siente muy triste por haber abandonado Sussex.

Sorprendida por aquella pregunta o al menos por el tono con que fue hecha, Elinor contestó que realmente lo echaba de menos.

–Pues Devonshire es un lugar maravilloso –repuso la señorita Steele.

–Hemos oído que Nordland es un sitio que agrada mucho a sir John –dijo Lucy, para suavizar las palabras de su hermana.

–Creo que todo el mundo debe admirar como merecen aquellos parajes –replicó Elinor–, aunque no cabe imaginar que otra gente la quisiera tanto como nosotras.

–¿Verdad que conocían allí a muchachos muy distinguidos y elegantes? Me parece que aquí no conocen tantos. Para mí hay aquí los que tiene que haber.

–¿Supongo que no quieres decir –observó Lucy, algo avergonzada de los despropósitos de su hermana– que aquí no se ven muchachos tan elegantes como en Sussex?

–No, querida, no me refiero a eso. La verdad es que nosotras no podemos saberlo. Lo único que yo temía es que la señorita Dashwood se aburriese en Barton, si no ha encontrado tantos muchachos como en Nordland. Pero tal vez estas jóvenes no se interesan en los galanes. Por mi parte, encuentro que resultan muy agradables, con tal que vistan bien y se muestren correctos y corteses. Pero si van sucios y desaliñados no puedo soportarlos. Un verdadero modelo es Rose de Exeter, un muchacho prodigiosamente elegante, un verdadero petimetre, empleado en casa del señor Simpson, como ustedes saben. Supongo que el hermano suyo debía de ser verdaderamente elegante, señorita Dashwood, antes de casarse; ¡era tan rico!

–Pues no puedo decírselo porque no llego a comprender claramente qué quiere usted decir con esto de «elegante» –replicó Elinor–. Pero una cosa puedo asegurarle: que si antes era elegante, continúa siéndolo, porque no ha cambiado en lo más mínimo.

–¡Oh, querida, una nunca recuerda que los muchachos casados también pueden ser elegantes y galanes! ¡Aparentan tener otras cosas en que pensar!

–¡Por Dios, Anne! –exclamó su hermana–. Hablas como si no tuvieses otra cosa que pensar que en los muchachos. –Y para desviar la conversación comenzó a hablar de lo mucho que admiraba la casa y los muebles.

Las señoritas Steele pronto se mostraron tal cual eran. La vulgar franqueza y la indiscreción de la mayor no la hacían muy recomendable; y como la belleza y la astucia de la pequeña no ocultaban a Elinor su real carencia de elegancia y naturalidad, abandonó aquella casa con su hermana sin el menor deseo de conocerlas más a fondo.

Las señoritas Steele sentían todo lo contrario. Habían llegado a Exeter bien provistas de admiración hacia sir John Middleton, su familia y todos sus parientes, la cual aumentó al conocer a aquellas hermosas primas a quienes consideraban las más bellas, elegantes y bien dotadas muchachas que nunca hubiesen visto y por las cuales sentían deseos de íntima amistad. Y para alcanzarla Elinor constituía su objetivo inmediato. Como sir John se hallaba enteramente del lado de las señoritas Steele, cualquier decisión en ese sentido era impulsada y se fomentaba la intimidad que consiste en estar juntos en la misma pieza dos o tres horas cada día. Sir John no podía hacer más, aunque probablemente ignoraba que se necesitaban muchas otras cosas. Estar juntos era a su juicio intimar. Y mientras alcanzasen fortuna sus incesantes combinaciones para pasatiempos en común, no dudaba de que la amistad entre aquellas familias se iba consolidando.

Hay que hacerle justicia reconociendo que realizaba cuanto estaba en su mano para aumentar el prestigio de las Dashwood y procuraba poner en contacto a las señoritas Steele con todas aquellas personas que podían confirmar las más favorables impresiones de aquella familia. Elinor sólo las había visto dos veces y la mayor ya le había dado la enhorabuena por la suerte de su hermana al haber conquistado, desde su llegada a Barton, a uno de los más apuestos y elegantes galanes de la región.

–Seguramente es muy interesante ver a una hermana casarse tan pronto –decía la señorita Steele–; y según dicen es un mozo con auténtica clase. Espero que usted no tendrá menos suerte; quizá tiene ya algún secreto.

Elinor no podía suponer que sir John hubiese sido más discreto anunciando sus sospechas del afecto que ella sentía hacia Edward de lo que había sido en el caso de Marianne; en verdad era su broma predilecta, mucho más que el otro caso, como algo más nuevo y sólo conjetural; y desde la visita de Edward nunca habían comido juntos sin que el buen señor dejase de brindar por las esperanzas de la muchacha, con tantos guiños y movimientos de cabeza que llamaba la atención de todos los comensales. La letra F (que aludía al apellido de Edward) se hallaba siempre presente en todas las chanzas y bromas, su contenido humorístico era inagotable y estaba considerada la letra del alfabeto más relacionada con Elinor.

Tal como ésta esperaba, las señoritas Steele disfrutaban de los beneficios de aquellas chanzas; y en la mayor de ellas habían despertado una viva curiosidad por conocer el nombre de aquel joven cuya existencia, aunque aludida a menudo con excesiva impertinencia, no era suficientemente precisa para satisfacer el interés que sentía la muchacha por los asuntos de sus nuevos amigos. Sir John se mostró solícito en complacer aquella curiosidad que él mismo había despertado.

–Se llama Ferrars –le dijo en un cuchicheo bien perceptible–, pero le ruego estricta reserva, porque se trata de un gran secreto.

–¡Ferrars! –repitió la joven–. ¿Ferrars es ese feliz mortal? Ah, el hermano de su cuñada, señorita Dashwood. Un muchacho excelente, sin duda. Le conozco muy bien.

–¡Qué cosas dices, Anne! –exclamó Lucy, dispuesta como siempre a corregir las desafortunadas salidas de su hermana–. Le hemos visto un par de veces en casa de nuestro tío, y a eso no se puede llamar conocerle.

Elinor escuchaba con atención y sorpresa.

–¿Y quién es ese tío? ¿Vive aún? ¿Cómo se conocieron? –Quería que aquella conversación prosiguiese, aunque no deseaba tener que intervenir. Pero no se dijo una palabra, y por primera vez en su vida la señora Jennings le falló tanto en su curiosidad de detalles de un asunto como en su disposición para comunicar los que sabía. La forma en que la señorita Steele habló de Edward aguzó su curiosidad, pues le pareció advertir cierto tono de crítica y le despertó la sospecha de que aquella muchacha conocía, o suponía conocer, algo desagradable de Ferrars. Pero su curiosidad resultó infructuosa, pues no volvió a mencionarse el nombre de Ferrars, ni fue aludido por la señorita Steele, ni mencionado abiertamente por sir John.

cap-24

XXII

Marianne, que en ningún caso se mostraba más tolerante que su hermana con la impertinencia, la vulgaridad, o la poca inteligencia, o aun simplemente con cualquier gusto o temperamento diferente del suyo, se sentía por aquel entonces demasiado desanimada para corresponder a los avances de las señoritas Steele y menos para sentirse a gusto con ellas, y eso paralizaba cualquier intento de intimidad. Así pues, Elinor se convirtió en objetivo de aquella preferencia que no tardó en hacerse evidente en la actitud de las señoritas Steele hacia ella, especialmente de Lucy, que no perdía ocasión de trabar conversación e intentar un progreso de sus relaciones mediante una franca comunicación de sentimientos.

Lucy era inteligente y discreta; pero sus observaciones, por lo general justas y apropiadas para compañera de una media hora, resultaban desagradables a Elinor. Carecía de una sólida educación, era ignorante y de pocas letras y su ausencia de refinamiento intelectual y de conocimientos, aun en los asuntos más comunes, no escapaban a Elinor, a pesar de los esfuerzos de Lucy en ocultarlas. Elinor lo comprendía y la compadecía por no haber logrado cultivar unos dotes que la educación hubiese podido convertir en valores apreciables. Veía, no obstante, con mayor desagrado la total falta de delicadeza, rectitud e integridad de espíritu que sus atenciones excesivas y sus adulaciones en Barton Park revelaban inequívocamente. Le habría resultado imposible sentirse cómoda en la compañía de una persona cuya insinceridad unida a la ignorancia y carencia de instrucción impedían mantener en términos de igualdad una conversación cualquiera y cuya conducta para con los otros invalidaba cualquier atención y deferencia hacia ella.

–Usted tendrá mis palabras por muy insustanciales y extravagantes –le dijo un día Lucy, mientras paseaban juntas de Barton Park a la alquería–, pero quiero preguntarle si conoce personalmente a la madre de su cuñada, a la señora Ferrars.

Elinor encontró aquella pregunta bastante improcedente y contestó que nunca había visto a tal persona.

–¿De veras? –replicó Lucy–. Me extraña, pues recuerdo haber oído que estuvo en Nordland. Así pues, no podrá usted informarme de qué clase de persona se trata.

–No, lo siento –contestó Elinor, temerosa de expresar la verdadera opinión que tenía de la madre de Edward y poco dispuesta a satisfacer aquella curiosidad que le parecía impertinente–. No sé nada de ella.

–Estoy segura de que a usted le resultará extravagante que yo pregunte tal cosa –dijo Lucy mirándola fijamente mientras hablaba–, pero tengo mis razones. De todos modos confío en que no me juzgará impertinente.

Elinor respondió unas palabras corteses y continuaron andando unos minutos en silencio. Al cabo, Lucy dijo con cierta vacilación:

–No soporto que usted me atribuya una curiosidad impertinente. Preferiría cualquier cosa antes que verme considerada de esta suerte por una persona cuya sensata opinión tengo en alto aprecio. Creo que no he de tener ningún temor por haberme confiado a usted; ciertamente me hubiese alegrado conocer su opinión sobre la forma de encauzar la desagradable situación en que me encuentro, pero no me parece un buen momento para turbar su ánimo. Lamento que no conozca usted a la señora Ferrars.

–Yo también lo lamento –dijo Elinor visiblemente sorprendida–, ya que no puedo decirle qué opinión me merece. En realidad nunca creí que usted tuviese relación alguna con esa familia y me sorprende que me pregunte tan en serio sobre su carácter.

–Ya sé que se sorprende y no tengo razón alguna para extrañarme de ello. Pero su sorpresa se desvanecería al punto si se lo contase todo. A la señora Ferrars en realidad no me ata nada aún, pero puede llegar un día (tarde o no depende tal vez de ella misma) en que estemos enlazadas íntimamente. –Miró al suelo al decir esto, con cierto apuro, pero sin dejar de mirar de soslayo a Elinor para ver el efecto de sus palabras.

–¡Qué curioso! –exclamó Elinor–. ¿Qué significa esto? ¿Mantiene usted relaciones con Robert Ferrars? –No le agradaba mucho la perspectiva de una cuñada semejante.

–No –replicó Lucy–, no con Robert Ferrars, al que nunca he visto, sino –fijó la mirada en Elinor– con su hermano mayor.

¿Qué sintió Elinor en aquellos instantes? Sorpresa, que hubiese sido tan penosa como profunda si la duda no la hubiese asaltado. Se volvió hacia Lucy en silencioso asombro, incapaz de adivinar la razón o el objeto de aquella declaración; y aunque sus ideas y sensaciones se atropellaban en su mente, se mantuvo firme en su incredulidad y no se vio presa ni de una sonrisa nerviosa ni de un desvanecimiento.

–Usted se queda sorprendida –prosiguió Lucy–, pues sin duda no tenía ni la más remota idea, ya que puedo asegurar que él no reveló ni el más pequeño indicio a usted ni a nadie de su familia. Todo ello siempre se mantuvo en estricto secreto, que por mi parte he guardado fielmente hasta este momento. Excepto Anne, nadie de mis parientes sabe nada y nunca se lo hubiera mencionado a usted, pero mi pregunta por la señora Ferrars resultó tan incomprensible para usted que requería una explicación. Y estoy segura de que él no se disgustaría si supiese que le he confiado nuestro secreto, pues sé muy bien que tiene la mejor opinión de toda su familia y considera a usted y a la otra señorita Dashwood como a verdaderas hermanas.

Elinor guardó silencio unos momentos. Su asombro era demasiado grande para hallar palabras; pero al fin, obligándose a hablar con sumo tiento, dijo con un gesto de imperturbable serenidad que ocultaba su íntima turbación:

–¿Sus relaciones son de mucho tiempo?

–Nuestro compromiso data de cuatro años.

–¿Cuatro años?

–Sí, en efecto.

Elinor, aunque conmocionada, no daba crédito a tales palabras.

–No supe hasta el otro día que ustedes se conocían –dijo.

–Nuestra amistad data de cuatro años. Él estuvo durante mucho tiempo, como sabe usted, bajo la tutela de mi tío.

–¿Su tío?

–Sí, el señor Pratt. ¿No ha oído hablar del señor Pratt?

–Creo que lo conozco –replicó Elinor con un esfuerzo de serenidad para contener su creciente malestar.

–Estuvo cuatro años con mi tío, que vive en Longstaple, cerca de Plymouth. Allí comenzó nuestra amistad, porque mi hermana y yo pasábamos muchas temporadas con el tío, y fue allí donde entramos en relaciones y nos comprometimos, pero ello ocurrió cuando ya hacía un año que había dejado de ser estudiante. Luego nos frecuentamos casi sin interrupción. Yo no quería adquirir el compromiso, como puede usted imaginar, sin saber si su madre lo aprobaba; pero yo era demasiado joven y le quería demasiado para mostrarme tan prudente como hubiese sido menester. Aunque usted no le conoce tan bien como yo, habrá podido observarlo bastante para percatarse de que cuenta con cualidades suficientes para gustar a una mujer.

–Ciertamente –respondió Elinor sin atinar a lo que decía, pero al cabo de unos instantes de reflexión, con una renovada convicción del amor y honorabilidad de Edward y de la falsedad de la señorita Steele, añadió–: ¡Comprometida con Ferrars! Me siento enteramente desconcertada, pero perdóneme, pues sin duda se trata de algún error de nombre o de persona. No es posible que hablemos del mismo Ferrars.

–No puede ser otro –exclamó Lucy sonriendo–. Yo me refiero al señor Edward Ferrars de Park Street, hermano de su cuñada, la esposa de John Dashwood. Ya comprenderá que no me equivoqué sobre el nombre del cual depende mi felicidad.

–Es curioso –replicó Elinor angustiosamente perpleja– que nunca le haya oído mencionar el nombre de usted.

–Teniendo en cuenta nuestra situación es lo más natural del mundo. Nuestro principal cuidado ha sido mantener el secreto más riguroso. Usted no sabe nada de mí ni de mi familia, y por lo tanto no debe habérsele presentado ocasión para mencionar mi nombre; y su especial temor de que su hermana se enterase, ¿no es razón suficiente para no mencionarlo jamás?

Elinor parecía vacilar, pero su autodominio no cedía.

–Cuatro años de compromiso –dijo con voz firme.

–Sí, y sólo el cielo sabe lo que nos tocará esperar. Pobre Edward, esta espera le tiene desazonado. –Y sacándose una miniatura del bolsillo añadió–: Para descartar la posibilidad más remota de error, mire este retrato. No está favorecido, pero no deja lugar a dudas acerca de quién se trata. Me lo dio hace tres años.

Se lo entregó a Elinor, y cuando ésta distinguió el retrato, cualquier duda que hubiese albergado se desvaneció ante el verdadero rostro de Edward. Se lo devolvió casi al instante, reconociendo su parecido.

–Yo no puedo darle un retrato mío –continuó Lucy–, y me molesta mucho porque él siempre me lo pidió con afán. Pero estoy decidida a que me pinten un retrato a la primera ocasión.

–Es muy natural –replicó Elinor con una calma perfecta.

Avanzaron un tramo en silencio y luego Lucy comenzó de nuevo:

–Nada en el mundo me haría dudar de la fidelidad con que usted conservará nuestro secreto, ya que usted ha de comprender la importancia que tiene para nosotros que su madre lo ignore todo. Me atrevería a decir que esta señora nunca aprobará nuestro enlace. Poca fortuna he tenido por este lado. Creo que es una dama excesivamente orgullosa.

–En realidad yo no provoqué su confidencia –añadió Elinor–, pero creo que usted me hace justicia fiándose de mí. Su secreto quedará a salvo, pero excúseme si me permito manifestar mi sorpresa. Al fin y al cabo, me ha comunicado innecesariamente estos asuntos, y no por habérmelos comunicado estarán en mayor seguridad.

Y miró con inquisitiva insistencia a Lucy como pretendiendo descubrir algo en la reacción de ella, la falsedad de la mayor parte de lo que decía; pero el rostro de Lucy permaneció inalterable.

–Temo que piensa que me he tomado demasiada libertad con usted refiriéndole estas cosas. No hace mucho que la conozco personalmente, aunque sabía mucho de su familia por referencias. Pero apenas la vi me pareció que éramos viejas amigas. Además, creí que le debía ciertas explicaciones, después de haber tratado de conocer a través de usted detalles de la madre de Edward. Soy tan desafortunada que no tengo a ninguna persona a quien pedir consejo. Anne es la única persona que conoce el asunto pero tiene muy poco juicio; sin duda me ha causado más perjuicio que beneficio, y siempre estoy temiendo que me traicione. Como usted habrá notado, le resulta muy difícil retener la lengua... El otro día, cuando sir John nombró a Edward, pasé un gran susto, creí que mi hermana lo arruinaría todo. No puede usted imaginar qué confusión reina en mi cabeza. Lo extraño es que aún siga con vida, después de lo que he sufrido estos cuatro años por Edward. Todo incierto y en suspenso y viéndole apenas más de dos veces al año. Es un milagro que mi corazón no haya estallado. –Sacó su pañuelo, pero Elinor no la compadecía demasiado.

–A veces –continuó Lucy luego de haberse enjugado las lágrimas– pienso que tal vez sería mejor que rompiésemos definitivamente. –Y al decir esto miró directamente a Elinor–. Pero en otros momentos me falta valor para ello. No puedo soportar la idea de hacer sufrir tanto a Edward, como sé que lo haría la simple mención de tal propósito. Y por mi parte (es tanto lo que le quiero) no creo posible la resignación. ¿Qué me aconsejaría usted, señorita Dashwood? ¿Qué haría usted en mi situación?

–Perdóneme –replicó Elinor, sobrecogida por la pregunta–, pero no sé qué aconsejarle. Debe guiarse por su propio juicio.

–Sin duda –prosiguió Lucy tras una pausa– su madre se ocupará un día u otro de establecerle decorosamente. ¡Pero Edward se siente tan deprimido por esta dependencia! ¿No le encontró usted muy abatido cuando estuvo en Barton? Se le veía tan triste al salir de Longstaple para visitarlas a ustedes, que temí que le tomasen por enfermo.

–¿Venía de casa de su tío cuando nos visitó?

–Sí, había pasado con nosotros unos quince días. ¿Acaso creyeron que venía de la ciudad?

–No –replicó Elinor, sintiendo cada vez más dolorosamente cualquier nueva circunstancia en favor de la veracidad de las palabras de Lucy–. Recuerdo que nos dijo que había pasado quince días con unos amigos en Plymouth. –Y también se acordaba de que no había añadido ni un solo detalle de aquellos amigos, ni siquiera su nombre.

–¿No les pareció como sumido en la tristeza? –repitió Lucy.

–Sí, desde que llegó.

–Le supliqué que se esforzase por temor a que ustedes adivinasen algo. Se sentía muy afligido por no poder permanecer más tiempo con nosotros y por verme a mí tan desesperada. ¡Pobre muchacho! Creo que su estado de ánimo no ha mejorado, porque aún nos escribe con tono deprimido. Tuve nuevas de él al salir de Exeter –dijo sacando una carta del bolsillo y, como al desgaire, mostrando la dirección a Elinor–. ¿Conoce esta letra? Encantadora, ¿verdad?, aunque no tan correcta como de costumbre. Parece fatigado, no escribe más que una hoja, aunque con letra muy apretada.

Elinor contestó que era verdaderamente letra de Edward, no cabía ya duda alguna. El retrato podía haber sido conseguido accidentalmente y no ser directamente un presente de Edward, pero entre ellos no podía existir correspondencia más que en el caso de un verdadero compromiso –ninguna otra cosa podría justificarla–. Su entereza pareció flaquear –su corazón palpitaba y apenas podía tenerse de pie–. Pero era necesario luchar, y lo hizo tan denodadamente contra la opresión de sus sentimientos, que de momento consiguió sobreponerse.

–Escribirse es el único consuelo en las largas separaciones –prosiguió Lucy, guardando otra vez la carta en el bolsillo–. Hallo consolación también en este retrato, pero el pobre Edward no la tiene. Siempre dice que si tuviese mi retrato la vida le sería más llevadera. Le di un rizo de mi cabello, formando una sortija, la última vez que nos vimos en Longstaple, y pareció muy complacido de poseerlo, pero no tanto como lo hubiera estado con un retrato. Tal vez usted se dio cuenta.

–Sí, ciertamente –dijo Elinor con voz segura, bajo la que se escondía una emoción y un desconsuelo como no había experimentado jamás en su vida. Se sentía mortificada, sorprendida y humillada.

Afortunadamente para ella habían llegado a la alquería y la conversación no pudo proseguir. Luego de descansar unos minutos, la señorita Steele volvió a Barton Park y Elinor pudo entregarse por entero a su pena.

cap-25

XXIII

Por muy poca fe que tuviese Elinor en las cualidades de Lucy, le era imposible, reflexionando seriamente, hallar algo endeble en aquella historia, en la cual no cabía el considerarla como una desbocada mentira. Lo que Lucy había contado no podía ser racionalmente puesto en duda por Elinor; tal como se presentaba, tenía a su favor todo aquel cúmulo de probabilidades y pruebas, y en contra sólo el propio deseo de Elinor. La circunstancia de haberse conocido en casa del señor Pratt era una base probada e inquietante; y la visita de Edward a Plymouth, su estado de ánimo melancólico, su abatimiento respecto a su porvenir, su equívoca conducta para con la muchacha, el sorprendente conocimiento de que la señorita Steele hacía gala en lo tocante a Nordland y a los Dashwood, el retrato, la carta, la sortija, constituían en conjunto un entretejido de evidencias que podían disipar cualquier recelo y asentar firmemente unos hechos que acreditaban fidedignamente el mal proceder de Edward respecto de Elinor. El resentimiento de la muchacha y su indignación por haber sido engañada sólo le permitían pensar en sus propios sufrimientos, pero no tardaron en surgir otras ideas y consideraciones. ¿Edward la había engañado intencionadamente? ¿Había fingido hacia ella un afecto que no sentía? ¿Su compromiso con Lucy había sido dictado por el corazón? En cualquier caso, Elinor no podía creerlo. El afecto del muchacho le pertenecía. Su madre, sus hermanas, Fanny, todas se habían percatado de las inclinaciones de Edward en Nordland. No, no había sido una ilusión de su propia vanidad. Sin duda él la quería.

¡Qué bienestar proporcionaba a su alma aquella idea! Él merecía una dura censura por haber permanecido en Nordland después de haberse dado cuenta que la influencia de la muchacha en su ánimo era mayor de lo conveniente. En esto sí que no podía defendérsele. Pero si él la había ofendido, también se había ofendido a sí mismo. Si la situación de ella era lamentable, la de él era sin esperanza. Aquella imprudencia la hizo sentir desgraciada por unos momentos; sin embargo, ella tal vez algún día recobraría el sosiego, pero ¿cómo podría él mirar su porvenir? ¿Podría ser feliz con Lucy Steele?

Dejando de lado su afecto por Elinor, aquel muchacho con su delicadeza, su integridad y su inteligencia cultivada, ¿podría sentirse satisfecho con una mujer como aquélla, una mujer ignorante, artera, egoísta?

La juvenil presencia de sus diecinueve años le había cerrado los ojos a cualquier cosa que no fuese su belleza y su carácter; pero los cuatro años que siguieron, años que sí fueron decorosamente aprovechados, tenían que haber señalado un considerable desarrollo para la inteligencia y abrir sus ojos a los defectos y a la ausencia de educación de aquella muchacha, mientras, de otra parte, el mismo período vivido por ella en una sociedad de tipo inferior, en pasatiempos frívolos, la habían desposeído tal vez de aquella simplicidad que antaño era el más interesante rasgo de su belleza.

En el supuesto de que Edward se hubiese casado con Elinor, las dificultades con la madre del joven hubiesen sido grandes; y por tanto, ahora lo serían mucho más, tratándose de una nuera de cuna, relaciones y fortuna inferiores. Por otra parte, el joven que vislumbra en su porvenir oposición familiar y falta de cordialidad y educación con su esposa, se abandona irremediablemente a la tristeza.

Estas consideraciones se le ocurrían en rápida sucesión, y derramaba lágrimas, más por Edward que por ella misma. Sostenida por la convicción de no haber hecho nada para merecer tales desdichas, y consolada por la certeza de que Edward no había realizado nada que significase una traición a la estima con que parecía honrarla, pensó que aun en aquellos momentos, bajo los primeros efectos de aquel rudo golpe, debía guardarse de dejar comprender nada a su madre y sus hermanas. Y estaba tan dispuesta a ello que cuando se reunió con su familia a la hora de la comida, solamente dos horas después de haber vivido la muerte de sus mejores esperanzas, nadie habría supuesto por su aspecto que sufría terriblemente a causa de los insalvables obstáculos que la separaban ahora de su amor. ¡Qué contraste con Marianne, que vivía en la ilusión de las cualidades de un hombre cuyo corazón era íntegramente poseído por ella y del cual esperaba que descendiera de todos los coches que pasaban junto a la casa!

La necesidad de ocultar a su madre y a Marianne lo que en extrema confianza le había sido revelado, aunque la obligaba a una lucha continua, no agravaba el sufrimiento de Elinor. Muy al contrario, era un descanso para ella verse liberada de comunicar hechos que sólo engendraban pena y de ahorrarse la tortura de ver acusado a Edward, acusación derivada del propio exceso de afecto hacia ella, todo ello más de lo que podría soportar.

De su consejo y de la discusión con ellas sabía que no tenía que esperar ayuda; la ternura y la pena de ellas no haría sino aumentar la propia aflicción, mientras la serenidad y el control de su madre y su hermana sin duda no iban a ser estimulados por su ejemplo. Sola se sentía más fuerte; su buen sentido la amparaba eficazmente, y su firmeza permanecía tan incólume, su gracia y su gentileza tan intactas, como una experiencia tan hiriente y profunda podía permitir.

Aunque padeció infinitamente en su primera conversación con Lucy sobre aquellos asuntos, experimentaba un vivo deseo de proseguirla; y ello por muchas razones. Quería conocer todos los detalles de las relaciones de Lucy y Edward y oírlos repetir; anhelaba comprender con la mayor claridad qué clase de sentimientos abrigaba Lucy realmente hacia Edward –en realidad eran sinceras sus afirmaciones de quererle y adorarle–; además, y muy particularmente, deseaba convencer a Lucy, por su buena disposición a tratar de nuevo de aquel asunto, y su calma al hacerlo, de que no sentía ninguna clase de inclinación especial hacia Edward, sólo la que se experimenta normalmente hacia un buen amigo. Aunque temía que su involuntaria agitación en la conversación de aquella mañana hubiese podido engendrar alguna sospecha. Lucy parecía dispuesta a sentir celos de ella: es indudable que Edward había hablado elogiosamente de ella, y ello lo deducía no sólo de las palabras de Lucy sino del hecho de haberle confiado tan inopinadamente un secreto de tan crucial importancia. Y aun las mismas bromas de sir John podían haber contribuido a dar pábulo a tales celos, pues mientras Elinor permaneciese convencida de ser querida por Edward, no necesitaba ningún otro cálculo para deducir que Lucy tenía que sentirse celosa. Y tal vez sus confidencias no eran más que una prueba de sus celos. ¿No era justificación suficiente de ellas la convicción de que, una vez informada de los superiores derechos de Lucy sobre Edward, Elinor se apartaría sin duda de éste sin vacilar? Con tal base no halló dificultad en comprender las intenciones de su rival; y mientras decidía proceder según los principios del honor y la honestidad, reprimiendo su afecto hacia Edward y viéndole lo menos posible, no podía negarse a ella misma el placer de presentarse a los ojos de Lucy como indiferente. Como ya no podría enterarse de nada más doloroso, era necesario ahora confiar en su habilidad para oír dignamente una repetición de aquel relato.

La ocasión apropiada no se presentaría de inmediato, aunque Lucy se hallaba tan dispuesta como ella misma a sacar partido de la primera oportunidad: el tiempo no solía ser lo bastante bueno aquellos días para permitirles salir de paseo, que era la forma más fácil de separarse de los demás para poder hablar a solas. Como se veían cada noche, en Barton Park o en la alquería, no hubiesen podido alegar que querían reunirse para conversar; esa idea hubiese resultado sospechosa a sir John o a la señora Middleton, y por lo tanto escaseaban las ocasiones de hablar a solas. Según sir John y su esposa, la gente tenía que reunirse para comer, beber, jugar a las cartas o a prendas, o a cualquier otro juego suficientemente bullicioso.

Una de estas reuniones, y algo favorable a sus intentos aunque sin proporcionar a Elinor plena ocasión de reunirse a solas con Lucy, tuvo lugar un día que sir John llegó por la mañana a la alquería, para pedir que acudiesen, como acto de caridad, a comer con lady Middleton, ya que él se veía obligado a permanecer en Exeter y la buena señora quedaría sola con su madre y las señoritas Steele. Elinor atisbó perspectivas favorables a sus proyectos en tal reunión, pues la benevolente, sosegada y siempre correcta anfitriona les daría mayores posibilidades que cuando estaba presente el marido, siempre dispuesto a la acción y el bullicio. Elinor aceptó la invitación al punto. Margaret, con el permiso de su madre, estuvo de acuerdo en comer en Barton Park, y Marianne, aunque siempre acudía de mala gana a tales fiestas, fue convencida por su madre, que no aprobaba su apartamiento de las diversiones, y también decidió acudir.

Las jóvenes llegaron a Barton Park y de ese modo lady Middleton fue felizmente rescatada de la terrible amenaza de la soledad. La insulsez de aquella reunión fue exactamente tal como Elinor imaginaba; nada nuevo hubiese podido ser señalado y nada menos interesante que los temas que se tocaron tanto en el comedor como en el saloncito. En éste, los niños estuvieron con ellas, por lo que no era posible llamar la atención de Lucy para entablar la tan deseada conversación. Salieron de allí al ser retirados los servicios de té. Trajeron la mesa de juego y Elinor perdió toda esperanza de encontrar tiempo en Barton Park para una conversación privada con Lucy. Todas se dispusieron a comenzar una partida de naipes.

–Me complace –dijo lady Middleton a Lucy– que no pretendas terminar esta noche aquel cestito para la pobre Ana María. Trabajar a la luz de las velas te perjudicaría la vista; ya procuraremos ofrecer algunas compensaciones a la pequeña, pues se disgustará al despertarse mañana y hallarse sin el ansiado cestito. Luego ya no pensará más en ello.

La indirecta fue recogida; Lucy vaciló un instante, y luego repuso:

–Ciertamente se equivoca, lady Middleton. Estoy aguardando a que ustedes organicen la partida sin mí para luego dirigirme a mi labor. Por nada del mundo querría afligir a la pequeña. Si ahora me necesitan en la mesa de juego, acabaré el cestito después de cenar.

–Eres tan amable como siempre; supongo que no te perjudicará la vista. ¿Quieres que traigan las velas? Mi pequeña quedaría desencantada si mañana no encontrara su cestito. Yo intenté convencerla de que no sería posible, pero estoy segura de que confía encontrárselo mañana.

Lucy se sentó ante la mesa de trabajo y se entregó a su tarea con tanto entusiasmo, rapidez y buen humor como si en la vida no existiese mayor placer que bordar un cestito para una niña majadera.

Lady Middleton propuso una partida de naipes. Nadie puso objeciones, excepto Marianne, quien con su habitual desdén por las fórmulas de cortesía, exclamó:

–Le agradecería, lady Middleton, que me excusase, porque detesto las cartas. Me entretendré tocando el piano. No lo he tocado desde que lo afinaron. –Y sin más ceremonias se dirigió hacia el instrumento.

Lady Middleton hizo un gesto como agradeciendo a Dios que ella nunca hubiese proferido palabras tan poco delicadas.

–Marianne no logra separarse de su querido instrumento, ya lo sabe usted, señora –señaló Elinor tratando de justificar a su hermana–, y aquí dispone del mejor piano que nunca oí.

Los demás se disponían a barajar los naipes.

–Sin duda –prosiguió Elinor– si ayudo a recortar y doblar los papeles seré de gran utilidad a Lucy, porque aún falta mucho trabajo para dejar listo el cestito, y temo que sin ayuda no podría terminarlo hoy. Esta clase de trabajos me encantan y supongo que Lucy me permitirá colaborar.

–Bienvenida sea su ayuda, pues desde luego hay más trabajo del que imaginaba –dijo Lucy–; al fin y al cabo, sería triste que la pequeña Ana María tuviese que disgustarse.

–¡Sería terrible –dijo la otra señorita Steele–, pobre pequeña, con lo que yo la quiero!

–Eres muy amable –dijo lady Middleton a Elinor–. Bien, si tanto te place ayudar a Lucy, tal vez no deseas jugar una partida; ¿o quieres tentar la suerte antes del trabajo?

Elinor se excusó y, con aquella amabilidad que Marianne nunca supo imitarle, obtuvo lo que se proponía y dejó contenta al mismo tiempo a lady Middleton. Con solicitud Lucy le hizo sitio a su lado, y las dos bellas rivales quedaron inclinadas sobre la misma mesa, en perfecta armonía, afanándose en la misma labor. El piano, al que se entregaba Marianne a su propio capricho, como ignorando que había otras personas en la sala, afortunadamente se hallaba tan cerca que Elinor creyó que al amparo de sus sonidos podrían reanudar el interesante tema, sin ningún peligro de ser oídas en la mesa de juego.

cap-26

XXIV

Con tono precavido Elinor comenzó de esta guisa:

–No sería digna de la confianza con que usted me ha honrado si no sintiese el deseo de comprobarla ni experimentase interés por sus revelaciones. Así pues, me parece provechoso volver a ellas de nuevo.

–Gracias a usted se ha roto el hielo –dijo Lucy cordialmente–, y tranquiliza usted mi corazón, pues temía haberla ofendido.

–¿Ofenderme? ¿Cómo puede imaginar una cosa así? Créame –Elinor hablaba con un tono de convincente sinceridad– que nada ha estado más lejos de mi ánimo. ¿Había algún fundamento en su confianza que no fuese halagador y favorable para mí?

–Y además –replicó Lucy, con sus ojos pequeños y penetrantes brillando de malicia–, me pareció percibir frialdad y disgusto en su gesto, y eso me inquietó. Estoy segura de que usted se enfadó conmigo. Desde aquel momento me reprocho el haberla perturbado con mis asuntos. Pero ahora me alegra comprobar que no fue más que una fantasía. ¡Si supiese qué consuelo aligera mi corazón al hablar con usted de aquello en que estoy pensando siempre, todos los momentos de mi vida! Su compasión prevalecerá sobre cualquier otra consideración.

–Esta convicción, que viene sostenida sin duda por la confianza de él, lo ha de ser todo para usted. Si la fuerza de este mutuo compromiso fallase, como en otras personas sería natural después de cuatro años, reconozco que la situación de usted inspiraría verdadera piedad.

Lucy levantó los ojos, pero Elinor se cuidó de que ni su gesto ni la expresión de su rostro pudiesen prestar a sus palabras un sentido sospechoso.

–El amor de Edward hacia mí –dijo Lucy– fue sometido a dura prueba por la prolongada separación desde nuestro compromiso. Pero la prueba fue magníficamente superada, y hoy la menor duda sería por mi parte imperdonable. Puedo proclamar que ni en los primeros momentos vacilé en que sucedería de esta manera.

Elinor no supo si cabía suspirar o sonreír ante estas razones.

Lucy prosiguió:

–Tengo un temperamento que casi podríamos llamar celoso. Es mi carácter. Y a causa de nuestra diferente situación en la vida, de su mayor trato social y de nuestra separación casi constante, me siento inclinada a sospechar embrollos, donde sin duda no los hay cada vez que, al vernos, creo notar una leve alteración en su conducta hacia mí, o un espíritu algo decaído, o si habla de una muchacha más que de otra, o parece menos feliz en Longstaple de lo que solía. No quiero decir que sea yo muy observadora y de rápida intuición, pero caso de que hubiese algo de verdad no creo que tardase en advertirlo.

–Comprendo –dijo Elinor–, pero no creo que deba preocuparse. ¿Cuáles son sus puntos de vista? –preguntó tras un breve silencio–. ¿O no tiene otro que aguardar la muerte de la señora Ferrars, que es una solución extrema y triste? Aunque su hijo esté dispuesto a este sacrificio, al aburrimiento de años y de espera, ¿no sería preferible correr el riesgo de decir la verdad y afrontar el conflicto?

–¿Sabe?, la espera no hubiese tenido que ser muy larga. Pero la señora Ferrars parece tenaz y difícil de convencer, y si oye el menor comentario sobre el asunto, lo dejará todo a Robert. Por eso, en atención principalmente a Edward, he de evitar cualquier impulso de tomar medidas precipitadas.

–Y en atención a usted debería evitar llevar su desinterés a terrenos que no son razonables.

Lucy volvió a mirar a Elinor y guardó silencio.

–¿Conoce a Robert Ferrars? –preguntó Elinor.

–En absoluto; jamás le vi, pero imagino que ha de ser muy diferente de su hermano: un ser fantástico y original.

–¿Original? –repitió la otra señorita Steele, que había oído aquellas palabras en una pausa que hizo Marianne en el piano–. Estas chicas siempre hablando de sus galanes favoritos. ¿Me equivoco?

–Pues sí que te equivocas –respondió Lucy–. Nuestros galanes no son nada originales.

–Me consta que el que gusta a la señorita Marianne –dijo la señora Jennings sonriendo– es una persona sensata y uno de los muchachos más razonables y comprensivos que he conocido; pero por lo que respecta a Lucy, como es una criatura tímida y reservada, no hay manera de saber quién es.

–¡Oh! –exclamó la otra señorita Steele mirando con malicia en derredor–. El galán de Lucy. Estoy segura de que es tan razonable y comprensivo como el de la señorita Elinor.

A su pesar, Elinor se ruborizó. Lucy se mordió los labios y miró a su hermana. Por un rato reinó el silencio. Lucy fue la primera en interrumpirlo hablando innecesariamente en voz baja, ya que Marianne le estaba procurando la protección de un magnífico concierto:

–He de admitir que pensaba hablar con usted acerca de una idea que se me ocurrió recientemente y confío en que sea una buena solución. Por otra parte, usted ha de participar activamente en esta idea. Supongo que por lo que ha tratado a Edward se habrá dado cuenta de que la Iglesia es su vocación preferida; mi plan consiste en que se ordene cuanto antes, y luego espero que, por amistad hacia él y también quizá un poco por la simpatía que me tenga, se interesaría en persuadir a su hermano de que se le confíe la plaza de Nordland, que según tengo entendido es excelente, ya que el actual rector parece que no vivirá mucho tiempo. He aquí una solución que nos permitiría casarnos, y para lo demás podríamos confiar en la fortuna y en el tiempo.

–Sería un placer para mí –respondió Elinor– poder dar alguna prueba de estima y amistad al señor Ferrars, pero en esta ocasión mi interés resultaría perfectamente innecesario. Es hermano de la esposa de sir John, y ésa es una recomendación suficiente.

–Pero creo que su esposa no aprueba que Edward tome órdenes sagradas.

–En todo caso, tal vez mi propio interés no resulte muy eficaz.

Permanecieron unos momentos en silencio. Al fin Lucy suspiró y exclamó:

–¡Quizá la mejor solución sería terminar este asunto deshaciendo nuestro compromiso! Nos asaltan dificultades tan diversas y de tantos lados, que, si bien sufriríamos algún tiempo, probablemente al fin seríamos felices. ¿No quiere darme su consejo, señorita Dashwood?

–Lo siento –contestó Elinor y con una sonrisa pretendió ocultar sus agitados sentimientos–; en tal materia no puedo hacerlo. Mi opinión no tendría valor para usted, a menos que coincidiese con sus deseos.

–Ciertamente me desconcierta su actitud –replicó Lucy con énfasis–; no existe nadie cuyo juicio sea tan valioso para mí como el suyo y cumpliré a pies juntillas si usted me aconseja poner fin a mi compromiso con Edward Ferrars en beneficio de la felicidad de ambos. Y lo haré enseguida.

Los colores subieron a la cara de Elinor ante la falsedad de la futura esposa de Edward, y repuso:

–Su cumplido en realidad me asusta. No me at

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