Algo que quería contarte

Alice Munro

Fragmento

cap-1

Algo que quería contarte

—Desde luego, sabe cómo fascinar a las mujeres —le dijo Et a Char.

No advirtió si se quedaba más pálida al oír ese comentario, porque Char era muy pálida por naturaleza. Ahora, con todo el pelo blanco, parecía un fantasma. Pero seguía siendo bella, eso no lo perdía.

—No le importan ni la edad ni la talla —insistió Et—. Supongo que para él es tan natural como respirar. Solo espero que esas pobres no se dejen engatusar.

—Yo no me preocuparía —dijo Char.

El día anterior, Et había aceptado la invitación de Blaikie Noble para ir a una de sus visitas guiadas y oír su perorata. A Char también la invitó, pero naturalmente ella no fue. Blaikie Noble llevaba un autocar. La parte de abajo estaba pintada de rojo y la de arriba a rayas, imitando un toldo. En los lados se leía: EXCURSIONES AL LAGO, TUMBAS INDIAS, JARDINES DE PIEDRA CALIZA, MANSIÓN DEL MILLONARIO, BLAIKIE NOBLE, CHÓFER, GUÍA. Blaikie tenía una habitación en el hotel, y también trabajaba en los jardines, con un ayudante, cortando el césped y podando los setos y cavando los arriates. Qué bajo ha caído, dijo Et a principios de verano cuando se enteraron de que había vuelto. Char y ella lo conocían de los viejos tiempos.

Así que Et se encontró apretujada en su autocar con un montón de desconocidos, aunque antes de que acabara la tarde había hecho varias amistades y se había comprometido a ensanchar un par de chaquetas, como si no tuviera ya bastante trabajo. Eso daba igual, su propósito era observar a Blaikie.

¿Y qué tenía para enseñar? Unos montículos cubiertos de hierba bajo los que yacían indios muertos, una parcela llena de pedruscos grisáceos tristes —con formas caprichosas parecidas remotamente a plantas (allí podía estar el cementerio, si querías)— y una monstruosidad de caserón antiguo construido con el dinero del alcohol ilegal. Explotaba todo al máximo. Un discurso histórico sobre los indios, luego un discurso científico sobre la piedra caliza. Et no tenía manera de saber cuánto había de verdad en las cosas que contaba. Arthur lo sabría; pero Arthur no estaba allí, allí no había más que mujeres bobas deseando caminar al lado de Blaikie al ir o al volver de los lugares de interés, charlar con él mientras tomaban el té en el Pabellón de Roca, deseando sentir su recia mano bajo el codo, la otra mano cerca de la cintura, cuando las ayudaba a bajar del autocar («Yo no soy una turista», le susurró Et tajantemente cuando lo intentó con ella).

Les contó que la casa estaba embrujada. Era la primera vez que Et oía esa historia, y había vivido a quince kilómetros de allí toda la vida. Una mujer había matado a su marido, el hijo de un millonario, o por lo menos se sospechaba que lo había matado.

—¿Cómo? —exclamó una señora, con una vehemencia desaforada.

—Ah, las señoras siempre están ansiosas por conocer los medios —dijo Blaikie con una voz untuosa, cargada de sorna y ternura—. Fue con un veneno lento. O eso dijeron. Todo son rumores, habladurías del lugar. —(«Del lugar y un cuerno», protestó Et para sus adentros)—. Por lo visto no le gustaban las amigas que frecuentaba. A la esposa. No, no.

Les contó que el fantasma vagaba de un lado a otro por el jardín, entre dos hileras de abeto azul. Quien se paseaba no era el hombre asesinado, sino la esposa, entre lamentos. Blaikie sonreía con aire compungido a los pasajeros del autocar. Al principio Et pensó que sus atenciones eran falsas, un vulgar señuelo para contentar a la clientela, pero poco a poco empezó a cambiar de idea. Se inclinaba hacia cada mujer con la que hablaba, sin importar lo gorda o escuálida o boba que fuera, como si deseara encontrar algo único en ella. Tenía una mirada dulce y risueña, pero seria, concentrada (¿era esa la mirada que los hombres tenían después de hacer el amor, y que ella nunca vería?), que le hacía parecer un buceador hundiéndose en las profundidades del mar, a través de la inmensidad y el frío y los restos sumergidos, para descubrir ese algo único que deseaba encontrar de todo corazón, algo pequeño y precioso, difícil de hallar, tal vez como un rubí en el fondo del mar. Le habría gustado describirle esa mirada a Char. Seguro que Char la había visto, pero ¿sabía ella con qué facilidad se prodigaba?

Char y Arthur habían estado planeando un viaje ese verano para ver el parque de Yellowstone y el Gran Cañón, pero no fueron. Arthur sufrió una serie de mareos justo al final de curso, y el médico le obligó a guardar cama. Salieron varios achaques. Era anémico, tenía arritmias y un problema de riñones. Et temió que fuese leucemia. Se despertaba por la noche de preocupación.

—No seas tonta —dijo Char con serenidad—. Es solo agotamiento.

Arthur se levantaba al anochecer y se quedaba en bata. Blaikie Noble iba a visitarlo. Decía que su habitación en el hotel era un agujero encima de la cocina, estaban intentando cocerlo al vapor. Por eso apreciaba el fresco del porche. Jugaban a los juegos preferidos de Arthur, juegos de maestro de escuela. Jugaron a uno de geografía, y también a ver quién conseguía formar más palabras a partir del nombre Beethoven. Ganó Arthur. Sacó treinta y cuatro. Estaba pletórico.

—Cualquiera diría que has encontrado el Santo Grial —dijo Char.

Jugaban a «¿Quién soy?». Cada uno tenía que elegir un personaje, real o imaginario, vivo o muerto, humano o animal, y los demás intentaban adivinarlo en veinte preguntas. Et supo quién era Arthur a la decimotercera pregunta. Sir Galahad.

—Nunca creí que lo adivinaríais tan pronto.

—He recordado lo que ha dicho Char del Santo Grial.

—«Tengo la fuerza de diez hombres —recitó Blaikie Noble el poema de Tennyson— porque mi corazón es puro.» No sabía que lo recordara.

—Deberías haber sido el rey Arturo —dijo Et—. Te llamas como él.

—Es verdad. El rey Arturo se casó con la mujer más bella del mundo.

—Ya —dijo Et—. Todos conocemos el final de esa historia.

Char entró en el salón y empezó a tocar el piano a oscuras.

The flowers that bloom in the spring, tra-la,

Have nothing to do with the case...[1]

Cuando llegó Et, sin aliento, aquel junio pasado, y le preguntó:

—¿A que no adivinas a quién he visto por la calle en el centro?

Char, que estaba de rodillas recogiendo fresas, contestó:

—A Blaikie Noble.

—Le has visto.

—No, simplemente lo he sabido. Creo que lo he sabido por tu voz.

Un nombre que no se había mencionado entre ellas desde hacía treinta años. En ese momento, Et estaba demasiado asombrada para pensar en la explicación que se le ocurrió más tarde. ¿Por qué iba a ser una sorpresa para Char? En este país había un servicio postal, y lo había habido siempre.

—Le he preguntado por su mujer —dijo—. La de los muñecos. —(Como si Char no se acordara)—. Dice que murió hace mucho tiempo. No solo eso. Se casó con otra y también está muerta. Ninguna de las dos debía de ser rica. ¿Y dónde está todo el dinero de los Noble, del hotel?

—Nunca lo sabremos —dijo Char, y se comió una fresa.

El hotel acababa de abrir de nuevo. Los Noble lo habían abandonado en los años veinte y durante un tiempo el ayuntamiento lo había mantenido operativo como hospital. Ahora lo había comprado una gente de Toronto, que remodeló el comedor, puso una coctelería y recuperó el césped y el jardín, aunque al parecer la pista de tenis no tenía arreglo. Volvieron a instalar un circuito de cróquet. La gente iba a pasar el verano, pero no era la clase de clientela de otros tiempos. Parejas jubiladas. Muchas viudas y señoras solteras. Nadie habría recorrido una manzana para verlas bajar del barco, pensaba Et. Tampoco es que hubiera un barco.

La primera vez que se encontró con Blaikie Noble por la calle, se había propuesto no delatar ninguna sorpresa. Blaikie llevaba un traje de color crema y el pelo, que siempre había estado decolorado por el sol, ahora estaba decolorado definitivamente, blanco.

—Blaikie. Sabía que o eras tú, o era un cucurucho de vainilla. Apuesto a que no sabes quién soy.

—Eres Et Desmond y lo único en que has cambiado es en que te cortaste las trenzas. —La besó en la frente, atrevido como siempre.

—Así que has venido a visitar los lugares de antaño —dijo Et, preguntándose quién habría visto aquello.

—A visitarlos, no. Los frecuento.

Entonces le contó que se había enterado de que el hotel volvía a abrir sus puertas, y que se dedicaba a esas cosas desde hacía tiempo, a llevar autocares turísticos, en varios sitios, en Florida y Banff. Y cuando Et le preguntó, dijo que había enviudado dos veces. Blaikie no le preguntó en ningún momento si ella se había casado, dando por hecho que no. Tampoco le preguntó si Char estaba casada, hasta que ella se lo contó.

Et recordaba la primera vez que tomó conciencia de la belleza de Char. Estaba mirando una fotografía donde salían las dos con su hermano, que se ahogó. Et tenía diez años en la fotografía, Char catorce y Sandy siete, apenas un par de semanas antes de que la muerte se lo llevara. Et estaba sentada en una silla sin brazos y Char estaba detrás de ella, apoyando los brazos en el respaldo de la silla, y Sandy vestido de marinero con las piernas cruzadas en el suelo; una terraza de mármol, parecía, por el efecto que creaba lo que no era nada más que un lienzo lleno de polvo, amarillento, pero que en la fotografía salía como una columna y una cortina drapeada, con un decorado de álamos y fuentes a lo lejos. Char se había recogido el pelo para la fotografía y llevaba un vestido de seda largo hasta el tobillo, de un azul vivo —aunque por supuesto el color no se advertía— con intrincados ribetes de terciopelo negro. Posaba esbozando una sonrisa, con mucha compostura. Podría haber tenido dieciocho, podría haber tenido veintidós. No era una de esas bellezas turgentes y tímidas que solían aparecer en calendarios y cajas de puros de la época, sino angulosa y delicada, intransigente, desafiante.

Et contempló la fotografía y luego fue a mirar a Char, que estaba en la cocina. Era día de colada. La mujer que venía a ayudar estaba pasando la ropa por el escurridor de rodillos, y su madre estaba sentada descansando y mirando a través de la mosquitera de la puerta (nunca superó lo de Sandy, y nadie esperaba que lo hiciera). Char estaba almidonando los cuellos de las camisas de su padre, que tenía un quiosco de tabacos y golosinas en la plaza y se los cambiaba todos los días. Et iba preparada para descubrir que se había producido alguna transformación, como en el decorado, pero no fue así. Char, inclinada sobre el barreño, taciturna y de mal humor (odiaba los días de colada, el calor y el vapor y sacudir las sábanas y el gorgoteo con que tragaba la máquina; de hecho no le gustaban nada las tareas domésticas), mostraba en la realidad la misma armonía casi altiva que en la fotografía. Eso hizo que Et comprendiera, sin desearlo del todo, que los atributos legendarios existían de verdad, que afloraban donde y cuando menos esperabas. Había llegado a creer que las mujeres bellas eran seres ficticios. Char y ella iban a ver a los pasajeros que bajaban del barco en las excursiones de los domingos y subían andando hasta el hotel. Tanta blancura te hacía daño a los ojos, los vestidos y las sombrillas de las damas y los trajes de verano y los sombreros de jipijapa de los hombres, además del sol que refulgía sobre el agua y la orquesta que tocaba. Mirando con detenimiento a aquellas damas, sin embargo, Et siempre encontraba algún defecto. Un cutis reseco o adiposo o cuellos de pavo o nidos de pelo sin brillo, probablemente postizo. Et, joven como era, no dejaba que se le escapara nada. En la escuela la respetaban por su aplomo y su lengua afilada. Era la que te decía si habías salido a la pizarra con un agujero en la media o un dobladillo rasgado. Era la que imitaba (aunque siempre en un rincón del patio, donde no pudieran oírla) a la maestra leyendo «El entierro de sir John Moore».

Aun así, le habría parecido mejor encontrar bella a una de esas damas, y no a Char. Habría sido más apropiado. Más lógico que Char con el delantal mojado y la expresión ceñuda, inclinada sobre el barreño del almidón. Et era una persona a quien no le gustaban las contradicciones, no le gustaban las cosas fuera de lugar, no le gustaban los misterios ni los extremos.

No le gustaba verse reconocida por el halo lúgubre de que Sandy se hubiera ahogado, no le gustaba el recuerdo que la gente guardaba de su padre cargando el cuerpo desde la orilla. Se la podía ver al anochecer, con los bombachos de gimnasia, haciendo la voltereta en el patio de la casa azotada por la desgracia. Hizo una mueca, que nadie vio, un día en el parque cuando Char dijo: «Fue mi hermano pequeño el que se ahogó».

El parque miraba a la playa. Estaban allí de pie con Blaikie Noble, el hijo del dueño del hotel, que dijo:

—Esas olas pueden ser peligrosas. Hace tres o cuatro años se ahogó un crío.

Y Char, aunque hay que reconocer que no por ponerse trágica, sino asombrada de que él supiera tan poco de la gente de Mock Hill, contestó:

—Fue mi hermano pequeño el que se ahogó.

Blaikie Noble no era mayor que Char —de haberlo sido habría estado combatiendo en Francia—, pero no había vivido toda la vida en Mock Hill. No conocía a la gente que era realmente de allí tan bien como conocía a los huéspedes habituales del hotel de su padre. En invierno se marchaba con sus padres a California, en el tren. Había visto el oleaje del Pacífico. Había jurado lealtad a su bandera. Tenía modales democráticos, la piel bronceada. Era una época en que la gente no solía ponerse morena por el ocio, solo por trabajar. Tenía el pelo decolorado por el sol. Era casi tan guapo como Char, pero a diferencia de ella, estaba corrompido por el encanto.

Era el apogeo de Mock Hill y los demás pueblos alrededor de los lagos, de todos los hoteles que en años posteriores se convertirían en campamentos de verano para niños de ciudad, sanatorios para tratar la tuberculosis, cuarteles donde hacían instrucción los pilotos de la RAF durante la Segunda Guerra Mundial. La pintura blanca del hotel se renovaba cada año, se ponían flores en los troncos huecos sobre las barandas y en las macetas colgadas de una cadena. Se colocaban circuitos de cróquet y columpios de madera en el césped, se alisaba la pista de tenis. La gente que no podía alojarse en el hotel, empleados jóvenes, dependientes y chicas de las fábricas de la ciudad, se instalaban en unas casitas minúsculas, unidas por celosías que ocultaban los cubos de la basura y los retretes exteriores comunes, que se extendían en una larga hilera frente a la playa. A las niñas de Mock Hill, si tenían una madre que se preocupaba por lo que hacían, les prohibían acercarse por allí. Nadie se preocupaba por lo que Char hacía, así que paseaba por el entarimado de madera que había delante bajo el sol cegador de la tarde, y le pedía a Et que la acompañara. Las casitas no tenían vidrios en las ventanas, solo unos postigos de madera que se encajaban para cerrarlas por la noche. De los agujeros oscuros llegó una o dos veces una invitación en susurros tristes o ebrios, nada más. La imagen y el estilo de Char no atraían a los hombres, tal vez los intimidaban. Mientras iba al instituto de Mock Hill nunca había tenido novio. Blaikie Noble fue el primero, si es eso lo que fue.

¿Hasta dónde llegó esa historia entre Char y Blaikie Noble, en el verano de 1918? Et nunca lo supo con certeza. Blaikie no iba a buscarla a casa, o al menos no lo hizo más de una o dos veces. Siempre andaba ocupado, trabajando en el hotel. Todas las tardes hacía excursiones en una carreta entoldada y abierta por los costados, siguiendo la orilla del lago, y llevaba a la gente a ver las tumbas indias y el jardín de piedra caliza y a echar un vistazo a través de los árboles de la mansión gótica de piedra, construida por un destilador de Toronto y que en la zona se conocía como Castillo del Grog. También estaba a cargo del espectáculo de variedades que el hotel ofrecía una vez a la semana, con una mezcla de talento local, huéspedes dispuestos a actuar y cantantes y cómicos traídos expresamente para la ocasión.

La última hora de la mañana parecía ser el momento en que Blaikie y Char podían verse. «Vamos, tengo que ir al centro», decía Char, y de hecho recogía el correo y caminaba un trecho bordeando la plaza antes de torcer hacia el parque. Blaikie Noble no tardaba en asomar por la puerta lateral del hotel y remontaba el sendero empinado dando brincos. A veces ni se molestaba en seguir el sendero, sino que saltaba la valla de atrás para impresionarlas. Ningún chico del instituto de Mock Hill habría hecho nada de eso, los brincos y los saltos, con tanta torpeza y naturalidad a la vez. Blaikie Noble actuaba como un hombre imitando a un niño; se burlaba de sí mismo pero tenía garbo, como un actor.

—Se cree el no va más, ¿no? —le dijo Et a Char, observándolo. De entrada había decidido que Blaikie no le caía bien.

—Desde luego —dijo Char.

Se lo contó a Blaikie.

—Et dice que te crees el no va más.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Le dije que si no te lo crees tú, no se lo cree nadie.

A Blaikie no le importó. Había decidido que Et le caía bien. Le desbarataba de un tirón en un visto y no visto el peinado que se hacía con las trenzas prendidas en la coronilla. Les contaba secretos de los cantantes que actuaban en los conciertos. Les contó que el baladista escocés era un borracho y se ponía corsés; que el transformista llevaba incluso en su habitación del hotel un camisón azul con plumas; que la ventrílocua hablaba con sus muñecos —se llamaban Alphonse y Alicia— como si fueran personas de verdad, y se los sentaba en la cama, uno a cada lado.

—¿Y tú cómo lo sabes? —decía Char.

—Le llevo el desayuno.

—Pensaba que teníais sirvientas para eso.

—La mañana después del espectáculo me encargo yo. Es cuando les entrego el sobre con la paga y les doy el pasaporte. Algunos se quedarían toda la semana si no les avisaras. Se sienta en la cama e intenta darles trocitos de beicon y habla con ellos y hace que le contesten; si pudieras verlo, te daría un ataque.

—Supongo que está chalada —dijo Char serenamente.

Una noche aquel verano, Et se despertó y recordó que se había dejado el vestido de organza rosa tendido fuera, después de lavarlo. Creyó oír que llovía, como si empezaran a caer las primeras gotas. No era más que el rumor de las hojas, pero estaba confundida, al despertarse así. También creyó que era muy de madrugada, aunque al pensarlo después llegó a la conclusión de que debía de ser solo cerca de medianoche. Se levantó y bajó las escaleras, encendió la luz de la cocina y salió por la puerta del lavadero, y desde lo alto del porche alcanzó la cuerda de tender la ropa. Entonces prácticamente bajo sus pies, en la hierba que había justo al lado de los peldaños, donde una mata de lilas había crecido desmadrada y era del tamaño de un árbol, dos figuras se incorporaron; no se levantaron ni se sentaron, solo alzaron la cabeza, como de la cama, de alguna manera enredados todavía. La luz del lavadero no los iluminaba de lleno, pero alumbraba el patio lo suficiente para que les viera la cara. Blaikie y Char.

No le dio tiempo a fijarse en su ropa, para ver hasta dónde habían llegado o iban a llegar. Tampoco habría querido. Le bastó con verles le cara. Tenían la boca grande e hinchada, las mejillas hundidas, ásperas, los ojos eran cuencas. Et dejó el vestido, entró corriendo en la casa y se metió en la cama, donde se sorprendió al quedarse dormida. Al día siguiente Char no le dijo ni una palabra sobre lo ocurrido esa noche. Solo dijo:

—Te he recogido el vestido del tendedero, Et. Me pareció que podía llover.

Como si nunca hubiera visto a Et agarrada a la cuerda de la ropa. Et dudó. Sabía que si le decía «Me viste», probablemente Char le diría que había sido un sueño. Dejó que pensara que era lo que creía, si eso es lo que Char pensaba. De ese modo, Et salía ganando; sabía cómo era Char cuando perdía sus poderes, cuando se entregaba. Ni siquiera Sandy, ahogado y con la nariz taponada de aquella sustancia verdosa, podía parecer más perdido.

Antes de Navidad llegó a Mock Hill la noticia de que Blaikie Noble se había casado. Se había casado con la ventrílocua, la de Alphonse y Alicia. Aquellos muñecos, que llevaban trajes de noche e iban repeinados al estilo de Vernon e Irene Castle, habían dejado un recuerdo más nítido que la señora en cuestión. La gente solo recordaba con certeza que no podía tener menos de cuarenta años. Con un chico de diecinueve. Era por no haberse criado como los demás chicos, le habían dado las riendas del hotel, lo habían llevado a California, permitiendo que se mezclara con gente de toda clase. Así se acababa en la depravación, como cabía esperar.

Char tomó veneno. O pensó que era veneno. Tomó azulete para blanquear la ropa. Lo primero a lo que echó mano en la estantería del lavadero. Et volvió de la escuela (se había enterado de la noticia a mediodía, por Char, de hecho, que se rio y dijo: «¿No es para morirse?») y la encontró vomitando en el lavabo.

—Ve a por el libro de medicina —le pidió Char. Un gruñido terrible le salió sin querer de dentro—. Lee lo que dice sobre envenenamiento.

Et prefirió ir a llamar al médico. Char salió a trompicones del cuarto de baño sosteniendo la botella de lejía que guardaban detrás de la bañera.

—Si no cuelgas ahora mismo ese teléfono, me tomaré la botella entera —dijo con un susurro ronco. Supuestamente su madre estaba dormida al otro lado de la puerta cerrada.

Et tuvo que colgar el teléfono y buscar en aquel libro viejo y horrendo donde tiempo atrás había leído sobre cómo nacían los bebés y síntomas de la muerte, y aprendió que hay que acercar un espejo a la boca. Con la errónea impresión de que Char ya había bebido lejía de la botella, leyó todo lo que decía sobre eso. Entonces se enteró de que se trataba de azulete. El azulete no salía en el libro, pero al parecer lo mejor era provocar el vómito, como el libro recomendaba con la mayoría de los venenos (Char ya estaba en eso, no hizo falta provocarlo), y luego beber un litro de leche. Cuando Char se acabó la leche, empezó a vomitar otra vez.

—No lo he hecho por Blaikie Noble —dijo entre arcada y arcada—. No se te ocurra pensar eso. No sería tan ilusa. Un pervertido como él. Lo he hecho porque estoy asqueada de la vida.

—¿Qué es lo que te asquea de la vida? —preguntó Et con sensatez cuando Char se secó la cara.

—Me asquea este pueblo y toda la gente estúpida que hay aquí, y madre y su hidropesía, y llevar la casa y lavar sábanas a diario. Creo que no voy a vomitar más. Creo que podría beber un poco de café. Recomienda café.

Et preparó una cafetera y Char sacó dos de las mejores tazas. Se echaron a reír mientras lo bebían.

—Me asquea el latín —dijo Et—. Me asquea el álgebra. Creo que tomaré azulete.

—La vida es una carga —dijo Char—. ¿Dónde está, oh vida, tu aguijón?

—Oh muerte. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?

—¿He dicho vida? Quería decir muerte. ¿Dónde está, oh, muerte, tu aguijón? Perdona.

Una tarde Et se había quedado con Arthur mientras Char iba a hacer la compra y a cambiar los libros en la biblioteca. Quiso prepararle un ponche de huevo, y se puso a buscar la nuez moscada en el armario de Char. Dentro, al lado del extracto de vainilla y el de almendra y el ron artificial, encontró un frasquito con un líquido extraño. «Fosfuro de zinc.» Leyó la etiqueta y le dio la vuelta en la mano. Un rodenticida. Matarratas, debía de significar eso. No le constaba que Char y Arthur hubiesen encontrado ratas. Tenían un gato, el viejo Tom, dormido ahora a los pies de Arthur. Quitó el tapón y se llevó el frasco a la nariz, para saber a qué olía. A nada. Por supuesto. Y tampoco debía de saber a nada, o no engañaría a las ratas.

Volvió a dejarlo donde lo había encontrado. Le preparó a Arthur el ponche de huevo y se lo llevó y observó mientras se lo bebía. Un veneno lento. Recordó aquello de la disparatada historia de Blaikie. Arthur bebía con fruición, como un niño, más por complacerla, pensó ella, que porque disfrutara de verdad. Se bebería cualquier cosa que le dieras. Por supuesto.

—¿Cómo te encuentras últimamente, Arthur?

—Ay, Et. Algunos días un poco más fuerte, y luego me da la sensación de que decaigo otra vez. Lleva tiempo.

Pero no faltaba nada, el frasco parecía lleno. Qué barbaridad. Como esas cosas que uno lee, Agatha Christie. Se lo mencionaría a Char y Char le explicaría la razón.

—¿Quieres que te lea? —le preguntó a Arthur, y él dijo que sí.

Se sentó junto a la cama y le leyó un libro sobre el duque de Wellington. Arthur lo había estado leyendo pero se le cansaban los brazos de sostenerlo. Todas esas batallas, y guerras, y sucesos terribles, ¿qué sabía él de esos asuntos, por qué le interesaban tanto? No sabía nada. No entendía por qué sucedían esas cosas, por qué la gente no podía comportarse con sensatez. Era demasiado bueno. Sabía de historia, pero no de lo que ocurría ante sus propios ojos, en su casa, en ningún sitio. Et se diferenciaba de Arthur en que sabía que ocurría algo, aunque no pudiera entender por qué; se diferenciaba de él en que sabía que había personas en quienes no se puede confiar.

Al final no le dijo nada a Char. Cada vez que iba a la casa procuraba encontrar alguna excusa para quedarse sola en la cocina y abrir el armario y echar una ojeada de puntillas, para verlo detrás de los otros frascos y comprobar que el nivel no había bajado. Pensó que quizá se estaba volviendo un poco maniática, como les ocurría a las viejas solteronas; aquel miedo era como los temores absurdos e inofensivos que a veces tienen las jovencitas, que las hacen saltar por una ventana, o estrangular a un bebé sentado en el cochecito. Aunque no eran sus propios actos los que le daban miedo.

Et observó a Char y Blaikie y Arthur, sentados en el porche, intentando decidir si querían entrar y encender la luz y jugar a las cartas. Quería convencerse de que todo era una tontería. El pelo de Char brillaba en la oscuridad, igual que el de Blaikie. Arthur estaba prácticamente calvo ahora, y la propia Et tenía un pelo pobre y oscuro. Char y Blaikie le parecían animales de la misma especie: altos, livianos, poderosos, con una exuberancia peligrosa. Se sentaban separados pero brillaban juntos. Amantes. No era una palabra dulce, como pensaba la gente, sino cruel y desgarradora. Allí estaba Arthur en la mecedora con una colcha sobre las rodillas, absurdo como algo a lo que no le ha crecido la piel definitiva y más necesaria. En cierto modo, sin embargo, eran las personas como Arthur las que más guerra daban.

—Amo a mi amor con una R, porque es Rudo. Se llama Rex, y vive en un... restaurante.

—Amo a mi amor con una A, porque es abstraído. Se llama Arthur y vive en un agujero.

—Caramba, Et —dijo Arthur—. Jamás lo habría sospechado. Pero no sé si me gusta lo del agujero.

—Cualquiera pensaría que somos críos de doce años —dijo Char.

Después del episodio del azulete, Char se hizo más popular. Se metió en la Sociedad de Teatro Amateur y en la Sociedad Coral, aunque nunca llegó a destacar como actriz ni como cantante. En las obras siempre era la heroína fría y bella, o la joven de alta cuna, frágil y exquisita. Aprendió a fumar porque en escena tenía que hacerlo. En una obra que Et nunca olvidó, era una estatua. O más bien interpretaba a una chica que se hacía pasar por una estatua para que un joven se enamorara de ella y que al final descubría, con desconcierto y tal vez desilusión, que era una mujer de carne y hueso. Char tenía que posar durante ocho minutos completamente inmóvil, envuelta en crepé blanco y mostrando al público su delicado perfil impasible. Todo el mundo se maravilló de cómo lo hizo.

El espíritu impulsor detrás de la Sociedad de Teatro Amateur y la Sociedad Coral era un nuevo profesor del instituto de Mock Hill, Arthur Comber. Le dio clases de historia a Et en el último curso del bachillerato. Todo el mundo decía que le ponía sobresalientes porque estaba enamorado de su hermana, pero Et sabía que era porque ponía más empeño que nunca en sus estudios; se aprendió la historia de Norteamérica como nunca había aprendido nada. El Compromiso de Missouri. La llegada de Mackenzie al Pacífico, 1793. Nunca se le olvidó.

Arthur Comber rondaba la treintena, y tenía una frente amplia y con entradas, la cara colorada a pesar de que no bebía (que con el tiempo se volvió más pálida) y una actitud patosa y atolondrada. Se le cayó el frasco de tinta y dejó una mancha permanente en el suelo del aula de historia. «Ay, madre; ay, madre», resoplaba, agachándose a recoger la tinta que se extendía, desparramándola con un pañuelo. Et lo imitaba. «¡Ay, madre; ay, madre!», «¡Santo cielo!». Todas sus exclamaciones aturulladas y sus gestos mal calculados. Entonces, cuando recogía su redacción en la puerta, con la cara colorada radiante de entusiasmo, recibiéndola a ella y su trabajo con tanta alegría, le daba lástima. Por eso se esforzaba tanto en clase, pensaba ella, para compensar las burlas.

Arthur daba clases con una toga negra de académico que se ponía encima del traje. Incluso cuando no la llevaba, Et podía verlo con la toga. Andando a toda prisa por la calle hacia alguna de las innumerables obligaciones que asumía encantado de la vida, agitando los brazos para dirigir a los cantantes del coro, subiendo al escenario de un salto que hacía temblar todo el suelo para ejemplificar algo a los actores de una obra, a Et le daba la impresión de que arrastraba unas ridículas alas de cuervo, de que era muy distinto de los otros hombres, absurdo y a la vez intrigante, como el sacerdote de la Santa Cruz. Char le hizo abandonar la toga de una vez por todas cuando se casaron. Se enteró de que se había tropezado con los faldones, al subir corriendo la escalera de la escuela. Cayó todo despatarrado. Ahí se acabó, la hizo trizas.

—Temía que cualquier día te hicieras daño de verdad.

—Ah —dijo Arthur, sin embargo—. Pensabas que parecía un memo.

Char no lo negó, a pesar de que con la mirada, con su sonrisa franca, él se lo estaba suplicando. No pudo evitar la mueca que le crispó la boca. Desprecio. Furia. Et vio, ambos vieron, cómo una oleada la recorría antes de que pudiera sonreírle y decir: «No seas tonto». Y cómo su sonrisa y sus ojos intentaban apresarlo, intentaban aferrarse a su bondad (que ella veía, igual que cualquiera, pero que al final solo le daba rabia, creía Et, como tantas otras cosas, como su frente sudorosa y su optimismo galopante), antes de que la oleada arremetiera de nuevo, arrastrándola sin remedio.

Char perdió un bebé durante el primer año de matrimonio y después pasó una larga temporada enferma. Nunca volvió a quedarse embarazada. En esa época Et no vivía en la casa; tenía su propia vivienda en la plaza, aunque estaba allí una vez el día de la colada, ayudando a Char a recoger las sábanas del tendedero. A esas altu

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