Mil mares de distancia

Nacho Sánchez Carrasco

Fragmento

Capítulo 1

1

En algún lugar del Atlántico

Viernes, 13 de mayo de 1898

Aquellos momentos de desazón quedarán grabados para siempre en mi memoria. Cuando menos te lo esperas y sin lógica alguna, tu vida se derrumba como un castillo de naipes y debes improvisar otra nueva. Y en esas andábamos mi marido y yo, en mitad del Atlántico, navegando en un majestuoso vapor italiano rumbo a la ciudad mexicana de Veracruz. Apretujados los dos junto a la barandilla de estribor, intentábamos aventar nuestra incertidumbre con el humo negro que parecía volver al puerto de Cartagena, abandonado hacía ya cuatro días. Y es que cuando tienes que dejar tu tierra de improviso, tu sosiego desaparece, tu esperanza se nubla y los recuerdos afloran; por mucho dinero que tengas y por muy señorial que sea el barco en el que viajas.

En aquella cubierta de elegantes apliques, los pasajeros enlazaban con risas conversaciones intrascendentes sobre hamacas de algodón, mientras los niños correteaban vigilados por asistentas uniformadas con vestido fúnebre, cofia bordada, delantal blanco y peto con puntillas. Apenas cincuenta pasajeros en primera clase, quizá menos, de los más de quinientos que supuestamente viajábamos en el barco.

En principio no había otro motivo para el desasosiego que no fuera el propio del apresurado peregrinaje, y así se lo repetía a Zoilo con fingida entereza. Nos teníamos el uno al otro y en las maletas, muchísimo más dinero del que necesitaríamos si viviéramos cien años. Al llegar a México nos alojaríamos en un buen hotel y con calma consideraríamos la opción de regresar cuando las aguas volvieran a su cauce. Hacía una semana de la huelga general que había convertido en un polvorín los veinticinco kilómetros de sierra minera asomada al Mediterráneo, desde Cartagena al cabo de Palos. Una horda de miles de trabajadores había quemado el ayuntamiento de La Unión y la cárcel, y habían arrasado negocios y viviendas como la nuestra por considerarnos culpables de sus estrecheces.

Convencida entonces de la honradez de los trajines que mi marido llevaba entre manos, no entendía que despreciaran unos salarios acordes con su trabajo no cualificado, en forma de vales canjeables en el colmado. Vales que, con frecuencia, se les entregaba por adelantado, incluso antes de que la mina diera beneficios. Tuvieran razón o no los manifestantes, el sinsentido de tanta violencia había trastornado nuestra vida y los pocos sueños que la aderezaban.

Si bien ahora estábamos seguros, la incertidumbre de no saber qué sería de nosotros me paralizaba la respiración. Apoyada contra aquella barandilla sentí por primera vez el vértigo de quien se asoma al precipicio de lo desconocido. Apenas me quedaba aliento para apretar la mano de Zoilo, para dedicarle alguna mueca o palabra tierna, para soportar el peso de su mirada.

Mi segunda preocupación había subido al trasatlántico también en Cartagena. Tres tipos esquivos con aspecto agrio que por turnos guardaban el fondo del pasillo, desde donde nos observaban cada vez que entrábamos o salíamos de nuestro camarote. Nunca los vimos por la cubierta ni en las salas de esparcimiento del barco. Únicamente en el restaurante. Subían de uno en uno, engullían la comida sin hablar con nadie y regresaban al camarote o a la penumbra del pasillo para que subiera el siguiente. Al principio imaginamos que custodiaban a alguien importante, pero como pasaban los días y el supuesto custodiado no salía del camarote, dedujimos que debía de tratarse de un cargamento de metales preciosos, obras de arte o de la repatriación de algún individuo reclamado por la justicia. La cara del más joven me resultaba familiar, aunque no conseguía ubicarlo. Tal vez me lo hubieran presentado en alguna de las incontables fiestas que habíamos frecuentado hasta unos días antes de la revuelta. Quizá nuestros semblantes le resultaban familiares a su vez y ese era el motivo de sus indiscretas miradas. Como sus quehaceres no afectaban a los nuestros y no quería inquietar aún más a mi marido, decidí observar sus movimientos con disimulo, incapaz de presentir los contratiempos que nos causarían aquellos tres rostros.

Capítulo 2

2

San Pedro del Pinatar, Murcia

Miércoles, 4 de mayo de 1898

Huimos de la alterada marabunta escondidos en la tartana del servicio. Ilesos de milagro, habíamos tenido el tiempo justo para echar en una maleta todo el dinero que guardábamos en casa. Nuestros incondicionales asistentes, un matrimonio entrañable, arreaban incansables a la yegua mientras nosotros permanecíamos ocultos bajo la lona, tumbados entre cajas de pescado en salazón por si aparecía algún grupo de exaltados en mitad del camino. No salimos del improvisado escondrijo hasta llegar a los llanos de la costa marmeronense. Solo entonces nos encaramamos a los asientos laterales, entretanto el matrimonio azuzaba con menos ímpetu al equino para que dejara de trotar. Saqué mi pequeño espejo del bolso, pedí a Zoilo que me lo sostuviera e intenté disimular con la polvera la desazón de los últimos días. Aunque el peligro se advertía nulo, parábamos únicamente en los pilones del camino para que la yegua bebiera, quizá por miedo a que algún huelguista descerebrado hubiera salido en nuestra búsqueda. Los campesinos que transitaban por el camino nos saludaban a nuestro paso, ajenos al galimatías del que procedíamos; y los que faenaban en los bancales detenían los golpes de azada al oírnos pasar y levantaban la cabeza bajo su sombrero de paja.

Campos de avena para alimentar a las bestias y de cebada para hacer harina en los molinos de viento. Molinos que por centenares poblaban la comarca, unos pocos para la molienda y el resto, para la extracción de agua: un pequeño caño suficiente para regar los árboles frutales aledaños a la casa, un par de tablas de alfalfa y el rodalico de hortalizas para el gasto diario de la familia. La avena y la cebada solía sembrarse en octubre y ya estaba segada en mayo, por lo que solo oteábamos campos de rastrojos amarillos que apuntaban tiesos hacia el cielo.

Una y otra vez buscaba consuelo en los ojos de Zoilo, clavados en las cajas de pescado. Pensativo. Nublado como el cielo que nos cubría. Como no tenía en qué ocupar mi tiempo y la temperatura era agradable, asomé la cabeza al silencio de nuestros sirvientes, entre sus costados, y aventé mis cavilaciones en la quietud de aquel aire exento de azufre y cenizas.

Tras siete horas de pedregoso camino y un dolor de cabeza insoportable, llegamos escoltados por decenas de gatos a un pueblecito de la Costa Cálida llamado San Pedro del Pinatar, con la intención de refugiarnos en el palacete de un matrimonio catalán con el que habíamos entablado una formidable amistad desde hacía varios años. Elegimos aquel destino por considerarlo el mejor de entre todos los alcanzables en una sola jornada. Mis padres y mis cinco hermanas vivían en Cádiz, mis tíos en Cataluña, y la familia de Zoilo estaba demasiado cerca del foco de los altercados, aunque no corrían peligro ya que no eran patronos mineros ni arrendadores.

Aquel municipio del Mar Menor, limítrofe con la provincia de Alicante, tenía censados unos dos mil quinientos vecinos dispersados en poco más de quinientas viviendas. Un pueblo tranquilo ligado al mar y a la sal. De ahí que la localidad conocida en sus inicios como El Pinatar por su extensa masa forestal repleta de pinos, ampliara su nombre para incorporar al apóstol pescador. Mar, sal y pinar. Azul, blanco y verde.

Puesto que nuestros amigos desconocían el conflicto que desbordaba la sierra minera, se sorprendieron al vernos llegar de improviso, abatidos, con la ropa manchada y un fuerte olor a salazón. En un santiamén avisaron al servicio para que nos prepararan un baño con agua tibia y mucho jabón. Cenamos los cuatro y rematamos con una láguena corta de anís, que nos reconfortó el espíritu y nos soltó la lengua hasta altas horas de la madrugada.

Matilde y Salvador, catalanes de nacimiento y murcianos de corazón, habían vivido en Águilas dedicados a la exportación de esparto a Gran Bretaña para la fabricación de papel. Al igual que ellos, en la década de los sesenta llegaron tratantes a la región murciana, británicos en su mayoría, para establecer sus propias compañías relacionadas con la demandada gramínea.

Nuestros amigos, retirados ya de los negocios, habían comprado el palacete de San Pedro del Pinatar a un tal Raimundo Ruano, hombre de política y capital, que había tenido el capricho de construirlo en una zona arbolada a un par de kilómetros del barrio de los pescadores. Suntuoso, solemne, exhibía el encanto que solo provee el paso de los años y un jardinero con la suficiente experiencia: el esplendor de la buganvilla desplegada sobre la fachada y los torreones laterales, la solemnidad de los árboles asomados a las terrazas de mármol y las innumerables flores colgadas de los alféizares de las ventanas.

El interior tenía aires diferentes según la estancia, influenciados supuse por los continuos viajes del matrimonio al norte de África y a media Europa. Del amplio vestíbulo, flanqueado por dos enormes espejos con sus respectivos candelabros, partía una escalera de mármol hacia los dormitorios de la planta superior. Los techos del palacete los habían decorado con frescos que representaban escenas imaginarias de diferentes rincones del mundo, todas ellas escenificadas en la misma estación del año: en verano. Mi fresco preferido era el que cubría el techo del salón y que reproducía una escena costumbrista de nuestra región: tres gruesos hombres con esparteñas y zaragüelles cocinando un caldero de arroz, junto a dos féminas que movían sus refajos al son de unos músicos con laúdes y bandurrias. Jovialidad y colorido ligados con encanto.

En un lateral de la finca se ubicaba la cuadra y en el otro, una casita de fachada encalada para los sirvientes, con un pequeño huerto, aljibe y un cordel de ropa tendida.

El edén, a poco que a uno le guste su tierra.

A la mañana siguiente coincidí con Matilde en la terraza posterior de la vivienda. Pedimos tostadas con zumo de naranja y esperamos en la balconada, de la que descendía una majestuosa escalera de mármol hacia el jardín y el estanque. Al fondo, una arboleda de pinos y un camino central que conducía recto hacia la playa. Las primeras luces matizaban el brillo del mármol que la oscuridad de la noche anterior había envuelto con tonos grisáceos. Aunque habíamos estado allí decenas de veces, no dejaba de asombrarme la hermosura del entorno.

A mi amiga se la percibía perfectamente adaptada a la vida en el cortijo y al clima húmedo de aquella tierra. Era cuidadosa con su imagen y cada mañana, antes de salir de su dormitorio, se peinaba y componía su semblante con la paciencia y minuciosidad de un relojero. Siempre me resultó curioso que se prestara tanta atención aunque viviera en el campo. En mi caso, indiferente a lo que pudiera opinar el servicio, aprovechaba la intimidad de mi hogar para relajar las consabidas tareas de engalanamiento. Y en momentos como aquel, en que me sentía como en casa, las reducía a lo imprescindible: un recogido apresurado y un mechón ondulado sobre la pequeña verruga que me asomaba en la parte alta de la frente. Cuántas horas de mi vida dedicadas a ocultar ese bultito oscuro, que siempre dejé plácido ante el riesgo de que la cirugía lo propagara hacia zonas más visibles. Zoilo, que tampoco estaba a favor de extirparlo, me decía que mis ojos azules y mi mata de pelo castaño eclipsaban cualquier grano, que nadie se fija en las hojas de un rosal cuando está florido. Ahora estaba sentado junto a Salvador, mucho más alto y corpulento, inclinados ambos frente a un pequeño artefacto que manejaban como si fuera de porcelana.

Deseosa de inhalar la elegancia del anfitrión, vestido de blanco, me acerqué para saludarlos.

—¡Mira, Elisa, qué cámara de fotos! —me dijo Zoilo tras besarme en la mejilla. Si llevaban unos minutos hablando del cacharrito, mi marido ya se sabía todas sus características—. Kodinet. Inglesa. Veinticinco pesetas. Es preciosa. Hace veinticinco retratos del tirón, sin tener que abrir ni recargar y cabe en el bolsillo.

La miré con forzado gesto de asombro. No era consciente, por aquel entonces, de las horas que un jornalero debía trabajar para conseguir una de esas cámaras fotográficas. Los porteros y los serenos ganaban al día en torno a dos pesetas y media; entre tres y cuatro pesetas los electricistas o mecánicos de una fábrica; y menos de una y media los que faenaban en el campo.

Como demostración de lo fácil que resultaba su uso, nuestro amigo nos propuso un retrato de pareja, a lo cual me opuse en redondo dado mi aspecto deliberadamente descuidado. Improvisé, como contrapropuesta, que inmortalizaran el hermoso entorno. Al anfitrión le pareció tan bien que propuso a mi marido salir a caballo para retratar no sé qué parajes.

Tras su marcha a las caballerizas, mi amiga y yo nos sentamos a la mesa en espera del desayuno. Abstraída de los trajines mundanos, me llené de placidez mientras Matilde ojeaba el periódico sobre el mantel bordado. De nuevo se me removieron las entrañas cuando levantó la hoja y vi el titular de la portada: «La guardia civil busca a los presos liberados ayer durante la huelga minera». Sabía que no debía seguir leyendo, pero no pude remediarlo: cuando mi amiga hubo finalizado, me incliné sobre la letra pequeña de la portada. Al parecer, la pasada noche habían capturado una docena de presos, sin que quedara clara la cifra exacta de fugados. El periódico relataba que los manifestantes habían destruido las viviendas y colmados de los patronos y que el gobernador civil había declarado el estado de guerra.

—No entiendo por qué destruyen las propiedades de sus patronos y los amenazan, como han hecho con tu marido —soltó mi amiga, que hasta ese momento no había comentado nada relacionado con nuestra huida—. Son tan insensatos que muerden la mano que les da de comer.

Estuve a punto de subrayar su última frase con calificativos relativos a la ignorancia de aquellas gentes —las mismas entre las que se había criado mi marido—, pero me mantuve pensativa. Con el vaso de zumo suspendido a la altura de la boca y los ojos perdidos en cavilaciones enfrentaba pensamientos contrapuestos como nunca había necesitado, como si las vivencias de los últimos días hubieran estimulado mi conciencia ingenua. Quizá aquellas gentes no eran tan ignorantes. Quizá mi idea sobre el fundamento de nuestro estatus no era del todo realista. Continué leyendo en las páginas interiores del noticiero y vi datos relativos a las supuestas condiciones de vida de los mineros que me alarmaron. No podía ser verdad que nuestra vida acomodada estuviera basada en la explotación de aquellas personas. Definitivamente, habían manipulado la información de manera intencionada. ¿Acaso alguien había preguntado la opinión de los patronos? Imposible, si todos habían huido. Cerré enérgica el periódico y me terminé el zumo de un sorbo.

Mi amiga, que derrochaba empatía, entendió que aquel asunto había abierto en canal los cimientos de mi vida. Sabía que no debía hurgar en la herida ni procedía apaciguarme con frases balsámicas, así que endulzó el gesto y me propuso una visita a su vestidor para mostrarme las nuevas adquisiciones de sus últimos viajes. Acepté sin demasiado entusiasmo y juntas ojeamos los elegantes vestidos y complementos de diseñadores parisinos como Doucet o Paquin. También británicos, como Worth, que a pesar de haber fallecido hacía tres años, cada vestido firmado con su nombre valía un potosí. Al parecer, había tenido el privilegio de vestir a aristócratas famosas de la época, como Eugenia de Montijo o Sisi.

Sin duda, Matilde se había gastado una auténtica fortuna en su vestimenta. Y tras la opulencia de los armarios, echamos un vistazo a los últimos ejemplares de la edición quincenal de lujo de La Estación. Sentadas sobre la cama repasamos aquellas revistas de moda: ropa blanca, canastillos, ropa de capa, servicios de mesa y de tocador. La edición económica costaba 3,50 pesetas por trimestre y contenía hojas de patrones trazados, patrones tamaño natural y dibujos para bordados. La edición de lujo incluía, además, figurines «iluminados» y suplementos con trajes «elegantísimos», con un precio de suscripción de 5,75 pesetas por trimestre.

La táctica de evasión no le resultó. Como mi mente continuaba abstraída y mi ánimo apagado, me propuso enseñarme algo que me había silenciado hasta entonces.

—¿Te apetece ver mi rincón de la tranquilidad?

Acepté con gesto postizo de fascinación. Me agarró de la mano y salimos al pinar que rodeaba la finca, entre chirridos acompasados de grillos y escoltadas por Babú —un cruce desatinado entre caniche gigante y galgo inglés—, bajo nubes que resplandecían apiladas en una composición de tonos ocres y rojizos. En un punto del sendero exento de marcas, Matilde me instó a desviarnos, avanzó sobre la maleza y se descalzó frente a una zona rocosa para encaramarse sobre la piedra más grande. Se giró hacia mí para que la imitara y sin esperarme avanzó en dirección a unos arbustos enormes. Se coló entre las ramas y desapareció en su interior. Aunque no me apetecía aquella deriva exploradora, la seguí, me destilé en el verde y hallé la razón al otro lado: Matilde estaba sentada sobre un banco de madera, sonriente, rodeada de decenas de macetas dispuestas en forma de anfiteatro.

—¿Y esto? —pregunté, asombrada.

—Es mi refugio. Todo lo que ves es obra mía. Las plantas las he traído de casa poco a poco, sin que nadie se dé cuenta, y la estructura de madera de las macetas la he montado yo... Este es mi secreto, que ahora ya sabes.

—¿El banco también es cosa tuya? —Un viejo banco de fundición con baldas de madera y cubierto de cojines.

—No... lo traje del jardín... Bueno, me ayudó el hijo de la asistenta. Es el único que conoce mi escondite.

No quise entender aquellas palabras adornadas con una sonrisa pícara.

Sin duda, aquel paraje se me mostraba espectacular por su originalidad, no por su acabado: no había dos macetas iguales y los torcidos soportes, sujetos por cuerdas y púas oxidadas, parecían hacer equilibrio apoyados unos sobre otros. Rápidamente me senté a su lado, más que por antojo, por miedo de que algún tiesto se me cayera encima. Desde el centro la perspectiva era diferente, las maderas de la estructura quedaban tapadas por mantos superpuestos de follaje. Contemplé el recinto y me giré hacia ella. Los ojos le brillaban como gotas de agua al sol. Me resultó curioso que una persona que podía tener todo tipo de lujos y comodidades prefiriera la incoherencia de aquel escondrijo.

—Los mejores momentos —me confesó— son cuando estoy en este escondite o en la consulta del doctor Sanabria.

—¿Te ves a escondidas con un médico?

—A escondidas no. Tengo problemas de histeria y Salva lo sabe. Me pasa sobre todo en las temporadas de cacería. Al quedarme sola durante mucho tiempo sufro de insomnio, respiración entrecortada y una especie de ansiedad insoportable. El año pasado fui al doctor Sanabria y me diagnosticó paroxismo histérico. Lo que la gente conoce como histeria femenina.

—¿Y por qué te gusta tanto ir a su consulta?

Volví a ver una sonrisa pícara.

—¡Hija, por Dios, qué inocente! ¿No sabes cómo se trata esta enfermedad?

Negué con la cabeza, sin ocultar la sorpresa en mi rostro.

—Te tumbas en la camilla sin calzones, con una sábana por encima, y el doctor mete la mano bajo las enaguas para darte un masaje pélvico hasta que llegas al espasmo. Al doctor Sanabria le gusta utilizar una pluma, porque dice que es más efectivo.

Soltó una carcajada al ver mi cara de asombro.

—¡No me digas que nunca lo habías oído!

Volví a negar.

—Lo que mi doctor no sabe es que no necesita la pluma. Es tan guapo y apuesto que con una mirada me aliviaba todos los trastornos. Y no solo a mí. Tiene a mis amigas ansiosas por sufrir ataques de histeria.

Nos miramos y rompimos en carcajadas comprimidas. Nadie debía descubrir aquel refugio vigorizador de sensaciones. El aire aromatizado de lavandas, rosas y lirios me rememoró momentos de mi infancia en la casa de las ruedas, que era como cariñosamente llamábamos al cortijo en donde nos perdíamos cada vez que padre, marino de profesión, disponía de algún día de permiso.

Me abracé a la estrechez de su contorno, dejé caer la cabeza sobre su hombro y cerré los ojos para paladear la brisa perfumada por infinitas flores entrelazadas con descaro. Desempolvar mis sentidos en aquel extraño entorno me sirvió para percatarme del privilegio de tener lujos o austeridades al gusto.

Por la tarde, tras la siesta, paseamos los cuatro hasta la playa de Lo Pagán, donde el matrimonio poseía uno de los muchos balnearios que alineados se elevaban sobre las aguas mansas del Mar Menor. Nuestros amigos nos contaron que estos palafitos solían pertenecer a los propietarios de las viviendas situadas enfrente. El caso de Matilde y Salvador era una excepción, pues disponían de uno sin vivir pegados a la costa. Cada inquilino costeaba su construcción y se encargaba del mantenimiento, si bien la propiedad pertenecía siempre al Estado, que les otorgaba concesiones de hasta cien años. Al comienzo del periodo estival los pintaban, cambiaban las cuerdas deterioradas que hacían las veces de barandillas y equipaban las casetas con sillas, mesas, toallas y todo cuanto fuera necesario para el baño.

De colores diversos, aunque predominaban los azules y blancos, todos los balnearios eran similares en tamaño y disponían de una pasarela de tablas levantada sobre pilotes, que partía desde la arena hacia el interior del mar, para ensancharse finalmente en una plataforma con una caseta central, una pérgola cubierta con cañizo y varias escalerillas para acceder al agua. El balneario de nuestros amigos era el que más se adentraba en el mar, con el fin de conseguir el calado suficiente para atracar el velero que tenían previsto adquirir en breve, cuando Salvador aprendiera su manejo con la ayuda de un amigo pescador.

Aquella tarde conseguí despejar mi mente con la brisa fresca que resbalaba suave sobre las aguas de la laguna murciana, remanso del Mediterráneo. A pesar de que el agua estaba demasiado fría, el baño me sentó muy bien, rodeada de gente querida, cientos de fugaces pececillos y algún que otro caballito de mar. Los colores azul y blanco de la caseta se reflejaban en el agua brillante de la tarde. Tras el fugaz baño, Matilde y yo nos cambiamos de ropa en la caseta y nos sentamos enfrente, a la sombra de la pérgola, para cuchichear y observar a Zoilo y Salvador, que continuaban en el agua tratando de pescar con una pequeña redecilla en forma de cono unida a un mango de madera. Hasta el momento, ninguna captura había tenido el suficiente tamaño como para no ser devuelta al agua. Y como su orgullo no les permitía salir de vacío, subieron con un manojito de berberechos, que abandonaron sobre las tablas para cambiarse de ropa en la caseta y charlar juntos bajo la pérgola. Ellos con una copita de aguardiente de uva y nosotras, con una taza de té frío.

Un paraíso hecho con tablas, cañizo y cuerdas.

El sol iba cayendo a nuestra espalda, alargando la sombra de la caseta sobre las débiles olas que a ritmo pausado abordaban con suavidad los pilotes que nos sostenían. Un ritmo lento que servía de compás a mi respiración. Elevé la cabeza para contemplar las caprichosas formas de las nubes, blancas, ralladas como si les hubieran pasado un rastrillo, cuando mi marido alargó el brazo para dejar la copa sobre la mesa y romper el especial mutismo que me estaba ayudando a baldear la mente de todas las preocupaciones acumuladas en los últimos días.

—¿Sabéis que van a hacer un hotel-balneario de aguas termales en Los Alcázares?

Todos negamos con la cabeza. Con mayor énfasis yo, molesta porque hubiera quebrado aquel momento de calma. Como siempre, Zoilo no se dio por aludido y continuó con la noticia.

—Lo construirá Alfonso Carrión Belmonte. Un tipo con mucho dinero que conozco desde hace bastantes años. Él también tiene concesiones mineras. Hace unos meses estuve en su casa y me enseñó el proyecto. Si al final lo construye, será la delicia de los huertanos.

Era costumbre por entonces que los campesinos del interior acudieran a la laguna de agua salobre con sus carros a partir de la festividad de la Virgen del Carmen y tras finalizar la cosecha, para darse nueve días consecutivos de baños que les aseguraran un invierno con salud. Para los que no podían ir a la costa, no les quedaba otra que sumergirse en las acequias, refrescarse con agua de pozo artesiano o ir a los baños públicos a menos de una peseta la hora.

—¿Para cuándo está previsto que comiencen las obras? —le preguntó Salvador.

—No me lo comentó, pero supongo que en breve, porque los planos estaban terminados: treinta y pico habitaciones, dos alturas, un patio interior con fuentes...

—Puesto que lo conoces —apuntillé tajante—, reserva dos habitaciones para que vayamos los cuatro el día de la inauguración, que devolvamos algún favor a nuestros anfitriones.

—Eso está hecho —concluyó Zoilo.

Matilde parecía estar en otra cosa y Salvador se limitó a sonreír en respuesta a nuestra invitación con su habitual finura. Sensual, elegante, fornido, inmune a los guisos con tocino. Indumentaria blanca y sombrero de hoja de palma, repantigado en la silla con las piernas juntas, cruzadas a la altura de los tobillos y el brazo izquierdo tras el respaldo. Nos miró alternativamente a Zoilo y a mí, tras comentar algo que no recuerdo por hallarme dispersa en pensamientos obscenos. Me incorporé a la conversación en el preciso momento en que el anfitrión musitaba entre los aljófares de su sonrisa la extraordinaria relajación de bañarse desnudo en las calurosas noches de verano. Con total naturalidad. Con la confianza de estar entre amigos, lo que no evitó el sonrojo de Matilde.

Mi marido sonrió el comentario y yo lo intenté a pesar del escalofrío que recorrió mi espinazo. El lance no acabó ahí, porque Salvador continuó enumerando las ventajas de los baños nocturnos, el desentumecimiento que en sus cuerpos producían, dando a entender el inevitable resultado de armonizar ambos cuerpos desnudos. Menos mal que todas las miradas se volcaron en las mejillas ruborizadas de la anfitriona, porque el mundo se me derritió sobre las tablas de aquel balneario.

Recompuesta la mesura, Salvador nos propuso dar un paseo antes de volver a casa. Impetuoso y decidido, como si se bebiera en garrafas el vino de hemoglobina. Podía definirse con cualquier adjetivo antónimo al de mi consorte.

Nosotras con grandes pamelas de paja trenzada, Salvador con sombrero vigoroso y Zoilo con pañuelo de cuatro nudos, recorrimos la pasarela de tablas hacia la arena, donde dos señores de piel oscura y lorzas desproporcionadas descansaban varados en la orilla. Sentí lástima por el hecho de que no pudieran valerse de ningún balneario —vacíos todavía a la espera de la época estival— y tuvieran que estar tirados sobre la tierra y cruzar a pie la banda de algas que flotaban perennes en los primeros metros de agua. Los sorteamos y avanzamos por la playa hasta llegar a la ermita de Santiago de la Ribera, y a la vuelta aceleramos el paso para recoger los bártulos y llegar a casa antes de que anocheciera. Aunque no me desprendí de la pamela en todo el día, aquella noche tuve que untarme manteca sobre las mejillas enrojecidas, echando por tierra los continuos cuidados por mantener mi cutis de porcelana a salvo de los rayos de sol.

La estancia transcurría tranquila como agua de alberca, gracias a la amabilidad de nuestros amigos y pese a nuestra desazón. Si bien la situación en la sierra minera se había normalizado tras varios días de altercados y negociaciones —con el balance de tres huelguistas muertos y decenas de heridos—, el miedo se nos había instalado en el cuerpo irremediablemente y no había marcha atrás en nuestra decisión de comenzar una nueva vida. Siempre con la opción de volver si pasado un tiempo la situación continuaba estable y el exilio nos resultaba amargo en exceso. Mantuve muchas conversaciones con Zoilo y juntos analizamos destinos de lo más variopinto en la intimidad del dormitorio y en horas robadas a la noche, sentados sobre la cama o contemplando frente a la ventana la negrura del vacío que nos aguardaba. Por fin, nuestro rumbo lo marcó la casualidad de un anuncio en El Eco de Cartagena mientras desayunábamos con nuestros benefactores en la terraza: un vapor-correo con destino a México hacía escala en el puerto de Cartagena en solo dos días. Sin tiempo ni necesidad de meditarlo, mandamos al mayordomo a Cartagena, esta vez sin salazones y con la tartana lavada, para que se cerciorara de que habían abierto de nuevo las puertas de la ciudad. Si todo estaba en calma, nos compraría dos boletos en primera clase, entretanto nosotros preparábamos un par de maletas con ropa prestada.

Matilde me insistía en que nos quedáramos durante el tiempo que fuera necesario. No teníamos por qué huir, me repetía; en su casa estaríamos seguros. Pero su mirada punzada de efervescencia me tenía desconcertada: parecía decirme lo contrario. Como si anhelara unirse a la expedición y zarandear aquella estabilidad conseguida a base de perseverancia y esfuerzo. Fueran ciertas o no mis figuraciones, le agradecía su amabilidad pero le decía que no. Que no podíamos vivir escondidos como si fuéramos prófugos.

Decididos a emprender una nueva vida, continuamos con los preparativos. Se me ocurrió hacer un cinturón de tela con un par de saquitos para guardar bajo el vestido todo el dinero que pudiera. Pedí a Matilde un trozo de tela resistente y la máquina de coser, una Singer floreada de hierro, y me puse manos a la obra. Al cinturón le hice un doble pespunte del que colgaban unas bolsitas con solapa y botón. Me anudé el invento debajo del vestido de manera que los bultos quedaran disimulados debajo del pecho y fuimos a mostrarlo a nuestros maridos. Como a Zoilo le gustó, hice otro para él con cuatro bolsillos para amarrar a la cintura. La cantidad de billetes que podíamos llevar encima era minúscula en comparación con los que guardábamos en la maleta, pero al menos evitaría que nos quedáramos sin dinero en caso de robo o extravío del equipaje y, sobre todo para mí, era un motivo menos de preocupación.

Aquella noche el mayordomo ya había regresado con los dos pasajes que darían sosiego a nuestra vida y un folleto publicitario del buque con ilustraciones y comentarios rimbombantes respecto de los lujos que nos esperaban. Por fortuna, las puertas de Cartagena volvían a estar abiertas, todos los establecimientos a pleno rendimiento y el ambiente en las calles como de costumbre.

Sin que nosotros se lo hubiésemos pedido, a la vuelta el mayordomo había pasado por nuestra casa para ver qué había sido de ella tras las revueltas de los últimos días. No nos quiso decir cómo estaba, pero sí que sus familiares habían conseguido poner a buen recaudo casi toda la ropa, utensilios de cocina, cuadros, figuras, lámparas y otros objetos de valor, pocas horas antes de que llegaran los insurrectos, lo cual nos produjo cierto alivio y nos llenó de agradecimiento.

—Cuando lleguemoh mañana a Cartagena, puedo acercarme a casa de mi cuñao pa’ que al día siguiente noh traiga al puerto to lo que uhtedeh quieran llevarse: ropa, lámparah, cuadroh... —nos propuso el mayordomo con la voz cargada de desconsuelo—. Lo que uhtedeh digan.

Zoilo y yo nos miramos sorprendidos por aquella propuesta genial. Ya no necesitábamos que nuestros amigos de San Pedro del Pinatar nos dejaran ropa para la larga travesía. Instintivamente me abracé a nuestro querido mayordomo, incapaz de contener las lágrimas que pausadas descendían desde mi mejilla a su hombro.

—¡Cuánto te echaré de menos!

Ain señora, que mese pone un nudo en el ehtógamo que no me deja ni hablar. En cuanto ehtén uhtedeh ihtalaos cruzo el charco con mi familia pa’ seguir sirviéndoleh, aunque se vayan al quinto coño, que allí también necesitarán personal de confianza.

—Así es —contestó Zoilo—. Ten por descontado que tendréis noticias nuestras y si decidimos quedarnos a vivir allí, os pediremos que vengáis, con todos los gastos pagados, por supuesto. Pero vayamos paso a paso. De momento, veamos dónde nos instalamos y qué tal nos va. Respecto a lo de tu cuñado, la ropa sí que nos vendría muy bien, sobre todo a Elisa. El resto quedáoslo en señal de agradecimiento o vended, si queréis, los objetos de valor. Ya no nos harán falta.

—¡No, señor! ¡Venderlo no! Lo guardaremoh por si vuelven o por si quieren que leh llevemoh algo cuando vayamoh con uhtedeh.

—Como prefiráis, pero si cambiáis de opinión tenéis nuestro permiso para vender lo que os plazca.

—Lo que uhtedeh manden, que pa’ servir ehtamoh —repuso visiblemente emocionado.

La mañana siguiente fue de lágrimas, buenos deseos y emoción contenida. Tras el desayuno salimos a la soledad del camino con la ansiedad tatuada en nuestra mirada y con la maleta de los dineros, atestada ahora con varios paquetes que nuestros amigos nos habían preparado para la higiene personal y la lectura. La idea era dormir en una fonda del Barrio Peral, a las afueras de la urbe amurallada, y poder así llegar al puerto a primera hora del día siguiente. Habría preferido alojarme en la fonda Burdeos con la excusa de que estaba situada en la plaza de los Caballos, a solo quinientos metros del puerto, pero desistí rápida convencida por los sabios argumentos de mi marido: «Con el estado de crispación que hay, debemos pasar desapercibidos en la medida de lo posible. No creo que sea aconsejable alojarnos en un lugar tan céntrico y concurrido».

Efectivamente, Zoilo durmió más tranquilo. Yo no pegué ojo. Toda la noche de pie, asomada a la mosquitera de la ventana.

Capítulo 3

3

Cartagena, España

Lunes, 9 de mayo de 1898

A las ocho y media de la mañana nos esperaba en la puerta nuestro fiel mayordomo. Perfectamente uniformado a pesar de las urgencias e improvisaciones: camisa blanca, pajarita negra, chaleco granate de rayas verticales, pantalón negro y pelo abrillantado con unas gotitas de limón. En el rostro llevaba incrustado el desaliento de nuestro inminente adiós. Clavé la mirada en la tierra y evité sus ojos cuando Zoilo y yo subíamos al carruaje. Cerró la puerta, subió al pescante y arreó a la yegua para encaminarnos a la ciudad amurallada por la alameda de San Antón.

Durante el trayecto solo nos cruzamos con un par de carros y con el tranvía de tracción animal. Si para finales de año estaba previsto que la empresa Tramways de Carthagène Societé Anonyme Belge presentara el proyecto del primer tranvía eléctrico de Cartagena, hubo que esperar nueve años para que se hiciera realidad.

A pocos metros de la puerta de Madrid nos saludó un labrador, botijo en mano, mientras sus burros esqueléticos bebían en un pilón dispuesto junto a la entrada para el alivio de las bestias viajeras. Frente a nosotros se desplegaba el imponente lienzo de muralla con los dos vanos de la puerta y una garita en desuso, utilizada aquella mañana como escondite por un grupo de niños. A los lados de la puerta, la impávida majestuosidad de dos enormes baluartes poligonales, coronados por una retahíla de cañoneras y merlones. Y a lo lejos, más baluartes estratégicamente repartidos, con sus respectivas garitas asomadas al camino de tierra que acompañaba la línea zigzagueante de la muralla. Unos tramos se advertían destruidos en parte por los miles de proyectiles que veinticinco años atrás acallaron la revolución cantonal.

Cada vez que contemplaba alguna de aquellas mellas, recordaba los estremecedores relatos de mi padre, cuando en 1873 defendieron la ciudad del asedio de las tropas centralistas con el apoyo de miles de cantonales llegados de municipios cercanos y ante la pasividad de buques ingleses, italianos, americanos y franceses. Con los prismáticos veían cómo se acercaban los proyectiles de hasta cien kilos, en movimiento parabólico, desde las catorce baterías que los sitiadores habían situado de forma estratégica. Veintisiete mil disparos frente a los dieciséis mil de los defensores de la plaza. También me contó anécdotas ajenas al conflicto, como el día en el que un grupo de vecinos se reunieron frente al Arsenal para votar la sentencia a un procesado por muerte violenta, situándose a un lado u otro del balcón en el que el presidente de la Comisión de Justicia había leído las pruebas y circunstancias del hecho.

Decía un periódico de la época: «La actual revolución que es hecha para el progreso y el bien social, para reparar las injusticias, para que obtengamos las dichas de la paz y del trabajo, para que cese la explotación del débil por el fuerte, para que el pueblo se gobierne a sí mismo... Pueblo de Cartagena, tú eres hoy la esperanza de la patria... Pueblo de Cartagena, tú eres sufrido y digno».

Sin suministro exterior de alimentos y con el agua de las fuentes cortada por los sitiadores, tuvieron que racionarse un cupo máximo diario e inspeccionar los domicilios, comercios y almacenes abandonados en busca de alimentos, ropa y armas, levantando acta de los bienes decomisados con la intención de devolverlos en el futuro a sus respectivos dueños. Dueños que, antes de huir de la ciudad, habían escondido en lugares considerados seguros los bienes preciados que no habían podido llevar consigo. Fue sonado el caso de una familia adinerada que había guardado parte de sus alhajas y objetos de valor en tres cofres dentro del Hospital de la Caridad, en el primer piso, en la misma esquina que fue devastada por un incendio como consecuencia de la explosión de un proyectil.

Y como toda tragedia tiene sus beneficiarios, algunos campesinos se jugaban la vida burlando la vigilancia de los sitiadores para acercar víveres hasta la muralla y venderlos a precios desorbitados.

Aquel viacrucis me separó de mi padre durante seis interminables meses cuando yo solo contaba seis años. No sufrí la insensatez de semejante infierno gracias a que nos trasladamos a la casa del campo pocos días antes de la proclamación del Cantón. Quizá ahora, con el paso de los años, solo puedo alabar la labor de la Cruz Roja, que intentó mediar entre ambas partes para resolver el conflicto y que solicitó una tregua de diez horas para sacar a los enfermos, heridos y a las personas pacíficas que quisieran salir.

A pesar del miedo a que algún indignado minero nos reconociera, saqué la cabeza de la capota para contemplar mi Cartagena, quizá por última vez. Zoilo no mostraba ningún interés por el entorno, perdido en pensamientos baldíos. Atravesamos la muralla y el mayordomo giró a la izquierda, en dirección a la plaza de los Carros, para que nuestra nostálgica entrada en el puerto fuera a través de la calle Gisbert, supuse que con la prudente intención de evitar el siempre concurrido centro. Eso pensé inicialmente, hasta que llegamos a la plaza y contemplé sorprendida la cantidad de campesinos, artesanos y tratantes que ofrecían sus mercancías a gritos. No era una zona que yo frecuentara y menos a esas horas tempranas de trajines insanos. Pasamos junto a un taller de artículos de pleita —cestos, sogas, serones, alfombras—, sorteamos despacio el ir y venir enmarañado de mercaderes, parroquianos, holgazanes y mendigos. Todos varones. La mayoría con gorrilla y alpargatas blancas. Unos con sombrero y zapatos de cuero. Pieles tostadas, rostros castigados, unos con densos mostachos y ropas estampadas de huerto y granja.

Dejamos el ruido de la plaza y paralelos a la muralla nos adentramos en la calle Salitre, colmada de establecimientos y almacenes: una fábrica de hielo en el número veinte con el toldo azul desplegado, una fábrica de pan con un gran cartel tras el escaparate que matizaba la calidad del producto «elaborado mecánicamente para que no se halle regado con el sudor de los operarios», una peluquería con un caballero en la puerta a la espera de que abriera y un taller de maquinaria con exposición y venta de estufas, hornos y parrillas. El bullicio resultaba algo menos molesto; el tráfico rodado, casi imposible y el olor a excrementos y orines, bastante desagradable.

Sobre los toldos y escaparates se alzaban viviendas de tres alturas, ventanas con persianas de madera y pequeños balcones de hierro forjado. Miré fijamente uno de aquellos balcones, en cuyo consultorio había estado tantas veces de pequeña, y recordé los llantos y rabietas. Resistirme a las escaleras me costaba algún que otro cachete y la jeringuilla hirviendo en el cazo me removía las entrañas. Bajé la mirada y vi a un niño de la mano de su madre, arrastrando los pies sobre la acera, llorando como yo lloraba, y no pude evitar imaginar el motivo. Como nuestro carruaje seguía avanzando, me asomé hacia atrás y, en efecto, entraban en el mismo portal. Me extrañó que después de tantos años, aquel practicante siguiera con sus inyecciones, curas y vendajes. Quizá un familiar había dado continuidad al negocio.

A cada momento debíamos aminorar la marcha para que pasaran otros carruajes y carretillas de mano. El pueblo parecía vivir en la calle; las principales, adoquinadas, el resto, de tierra y orines. Por entontes, el Ayuntamiento decía que era inminente el comienzo de las obras de alcantarillado, pero el proyecto seguía posponiéndose año tras año.

La calle Salitre nos condujo a los muros de piedra del parque de Artillería, pendientes de restauración desde su explosión durante la revolución cantonal. El día de Reyes de 1874 un proyectil había impactado en los almacenes de pólvora y municiones y acabado con la vida de centenares de mujeres y niños guarecidos en el interior. Y la tragedia pudo haber sido mayor de no ser porque otro proyectil había causado el día anterior la suficiente alarma como para que más de seiscientas personas salieran del edificio en busca de lugares más seguros. Hacía veinticuatro años de aquel suceso devastador, pero las huellas seguían visibles. La zona más dañada, la esquina noroeste del parque, nos recibió como triste recuerdo de las insistentes miserias humanas.

Avanzamos por el lateral del parque de Artillería y me sorprendió el trasiego de mujeres y niñas con enormes cántaros sobre la cabeza o el costado. Rebasado el recinto militar, ya en la calle de la Serreta, vi en una perpendicular una hilera de mujeres con delantales y faldas largas, junto a sus respectivas vasijas de cerámica, algunas recubiertas de pleita. Intenté alcanzar con la vista el origen de la fila y me extrañó que fuera la puerta abierta de una vivienda. Pregunté a mi marido.

—¿Qué están haciendo?

—Comprando agua a uno de los pocos vecinos que les llega por tubería desde el depósito del Monte Sacro —contestó sin levantar la mirada. Parecía un reo de camino al cadalso.

Me resultó curioso que existieran aquellos privilegiados del agua y supuse que no lo serían por casualidad. Zoilo reconstruyó su ausencia y yo volví al trasiego de almas con semblante serio y olor a penuria. Levanté la cabeza y vi que de un balcón colgaba una tabla escrita a mano: NODRIZA. JOSEFA GARCÍA, LECHE DE UN AÑO, EDÁ 20, PRIMERIZA, RAZON AQUI. Era usual encontrar anuncios de nodrizas en el periódico, pero la primera vez, al menos que yo hubiera visto, que alguien se publicitaba de aquella manera.

A paso lánguido dejamos la calle de la Serreta y continuamos recto por la calle Caridad, directos hacia el puerto. A la altura de la majestuosa iglesia que daba nombre a la calle, nos cruzamos con el aguador que tantas veces había ido a casa de mis padres: Manolo, «el comino». Con su mula escuálida y cabizbaja, el carro desvencijado de ruedas escoradas y un gran barril encajado entre los varales. Otros aguadores llevaban cántaros, pero resultaban más trabajosos que un barril con grifo en la zaguera. Y para evitar el movimiento del animal en los trasiegos, disponía de un juego de cuñas que colocaba bajo las ruedas. El dueño era inconfundible a la legua. Su indumentaria perenne: sombrero de ala ancha sobre orejas despegadas, mostacho denso, camisa blanquecina, chaqueta de paño gris con un único botón superviviente, pantalón remendado, cuerda a modo de cinturón y alpargatas ajadas. Solía llevar a bordo varios ejemplares de la revista de espectáculos El Cuerno, que ojeaba en diagonal durante los trasiegos del agua. De mirada afilada y directa, era tan simpático y cordial como tierra y polvo llevaba en su indumentaria.

Al aproximarnos me escondí en el interior del carruaje, pero justo cuando coincidimos, la mula se paró en seco. El aguador, que caminaba a su lado, le dio una palmada en el lomo y continuaron su marcha, momento que aproveché para asomarme hacia la mula, que marchaba reacia con la cabeza girada. Sé que el animal no pudo verme debido a las anteojeras, pero estoy convencida de que me olió, acostumbrada a que le diera verduras frescas como desayuno mientras su dueño nos llenaba los cántaros. Agua que utilizábamos para el aseo personal, para el riego de plantas y para dar de beber a los animales. Para nuestro consumo y para cocinar comprábamos Agua de Villa-Cruz, en garrafones de doce litros.

Me resultó extraño verlo por el centro de Cartagena. Según nos contaba, traía el agua directamente de Perín, a unos quince kilómetros en dirección al municipio de Mazarrón, de los mismos manantiales que surtían al depósito del Monte Sacro, pero más limpia al evitar tuberías y filtros. Por eso su agua era bastante más cara que la de otros aguadores, que se abastecían en las fuentes de la urbe. Si no había ido allí a por agua, carecía de sentido que estuviera vendiéndola a aquellas gentes que la tenían más cercana y barata. De hecho, nos contaba que sus clientes eran exclusivamente familias acomodadas de los barrios extramuros. Yo siempre había pensado que Manolo era un tipo listo, pero no tanto.

Asomada con descaro contemplé, quizá por última vez, cómo se alejaba uno de los símbolos de mi vida acomodada. Me llevé un susto tremendo al notar que alguien me tocaba en el hombro. Era Enrique Nier, muy buen amigo y dueño de la fonda Burdeos, situada más adelante, en el número ocho de la plaza de los Caballos. Hijo del fundador, Celestino Nier, había conseguido reflotar el negocio, expoliado durante la insurrección cantonal, para darle el esplendor y la categoría de antaño.

Pedí al mayordomo que parara.

—¡Hola, guapo! ¡Cuánto tiempo sin verte!

—¡Uy! ¡Meses! —corroboró con su tono afeminado—. Como ya no organizo fiestas, no queréis saber nada de mí, y razón no os falta: ahora soy mucho más aburrido, ya solo me dedico a trabajar, trabajar y trabajar. Por cierto, ¿no conocerás a alguien de confianza? Necesito un mozo fuertote y una planchadora.

—¿Te sirvo yo? —bromeé tras negarle con la cabeza.

—Tú me servirías para poner orden en el negocio. Si tú quisieras, podrías ser mi regenta. Ayer me rompieron una mantequera de porcelana y esta mañana me he enterado, de casualidad, de que no nos queda vino de Burdeos... ¡Mira, estoy de los nervios! Bueno, como siempre, ya me conoces. Ahora mismo voy a encargar dos cajas de vino, media docena de sábanas de hilo y varias cubiertas de cama de zaraza. Dicen que el negocio es un reflejo de tu vida y es verdad. Mi vida es un puro caos y el negocio también.

—Sabes que no es así —negué—. Tu padre estaría muy orgulloso de ti.

—Pobrecillo. Estoy convencido de que no pudo superar el disgusto de encontrarse la fonda destrozada y expoliada. Si no hubiera sido por los bombardeos estoy seguro de que no se habría marchado y todo habría sido más fácil. —Se acercó para susurrarme—: Necesito un hombre en mi vida. —Al aproximarse a la ventanilla vio que no estaba sola—. ¡Zoilo! Hola, guapo. ¿Qué tal? ¿De paseo? Qué bien vivís los que tenéis dinero y qué envidia me dais. No recuerdo cuándo fue la última vez que subí en carruaje para pasearme. Para pasearme no —volvió a susurrarme—, pero para otras cosas sí. —Soltó un suspiro y elevó de nuevo el volumen—. Bueno, no os entretengo más que tendréis cosas que hacer mejor que estar aquí parados oliendo a mierda. ¡Qué peste, por Dios! En la próxima sesión del Ayuntamiento me quejaré de la falta de limpieza de las calles. Esto es inadmisible. Bueno, lo dicho, que lo paséis muy bien. ¡Muchos besitos!

Mi marido se limitó a forzar una leve sonrisa, mientras nuestro amigo zarandeaba la diestra y reanudaba su camino. Enrique Nier era todo amabilidad y su mirada, persuasiva.

—¡A ver cuándo me hacéis una visita! —exclamó alejándose casi a la carrera.

Asentí con la cabeza y pedí al mayordomo que retomara la marcha. Ahora era Zoilo quien me tocaba en el hombro requiriendo atención. Al parecer había resurgido de su letargo.

—Tenemos que ser un poco más discretos. Se supone que por ese motivo no nos hemos alojado en esa fonda.

Asentí apocada, pero inmersa en los bonitos recuerdos de aquellos bailes de disfraces que organizaba nuestro amigo en el comedor de la fonda. Eran fiestas más modestas, pero mucho más locas y divertidas que las celebradas en el Casino, en el Ateneo, en la casa del gobernador militar o en la del capitán general del Departamento. Siempre he pensado que cualquier tipo de evento con reglas impuestas carece de chispa. Nada más insípido para una soltera que un carné de baile y un lápiz donde emparejar canciones y pretendientes.

Mientras recordaba aquella vez en que mi adorado Enrique Nier apareció disfrazado de una especie de chimpancé volador, con un manojo de ramitas que lanzaba con gracia a nuestros maridos, entramos en la calle que desembocaba en el puerto. Por primera vez cruzaba aquel inmenso surco excavado en el monte, que separaba para siempre el cerro de la Concepción y el Hospital Naval.

A lo lejos se oía el incesante trajín de personas, herramientas, carruajes, poleas y gaviotas.

Faltaban varios minutos para las nueve cuando desfilamos entre montículos de carbón y mineral directos al muelle de Alfonso XII. El mayordomo detuvo el carruaje y buscó la ubicación de nuestro crucero, momento que aproveché para espirar mi nerviosismo y observar desde la ventana izquierda aquel paisaje inolvidable. Lo que hasta entonces me había resultado anodino y vulgar, se me ofrecía ahora como un banquete de contrastes: barcos de gran tonelaje, carruajes y mucho ajetreo. A lo lejos, el ferrocarril llegaba cargado de mineral, bajo una densa nube de vapor y humo. Cambié de ventana y observé a nuestra derecha más vapores atracados en el muelle con decenas de personas trasegando mercancía. A continuación, los barracones para el almacenaje y el hermoso paseo donde se celebraba la Feria de Verano cada año desde el 25 de julio hasta el 15 de agosto. En esas fechas era imposible encontrar habitación en ninguna fonda. Familiares y forasteros llegados por miles, se nos unían para disfrutar de las bandas de música, los desfiles militares, los puestos de dulces y los maravillosos pabellones engalanados con luz eléctrica. Normalmente bajo un sol intenso que las señoras evitábamos con parasoles y los señores con sombrero. Todos muy elegantes bajo los gallardetes y farolillos. Como si transitáramos por la calle Mayor. Nuestro círculo de amistades solía frecuentar el pabellón del casino, rodeado de jardines y vegetación, en cuyo interior se celebraban bailes los jueves y domingos por la noche.

Miré a la apatía de mi marido y suspiré de nuevo hacia la zona del muelle donde esperaba el vapor que nos cambiaría la vida. Ahora yo también parecía que fuera al cadalso. Consciente de que ya no había marcha atrás, angustiada ante la incertidumbre de no saber si habíamos hecho bien en improvisar una nueva existencia a diez mil kilómetros de distancia.

Nuestro buque era inconfundible por su tamaño y por el trasiego de personas, maletas y carruajes. Un vapor-correo —de tres mástiles y una hélice— que alcanzaba, según se publicitaba en periódicos y folletos, una velocidad de quince nudos. Insignificante cuando se navega engullido por la inmensidad del océano.

Paramos a la altura del crucero, nos apeamos y enseguida estuvimos rodeados de mendigos que se nos acercaban con la palma de la mano extendida. Allí estaba el cuñado de nuestro mayordomo, junto a cuatro maletas enormes. Reconocí las dos más nuevas, de Louis Vuitton.

—¡Qué disparate de ropa! —me soltó Zoilo al oído—. Nos llevamos solo una y la nuestra. El resto que se las queden ellos.

Ajena al comentario, me acerqué al hombre para agradecerle la ayuda. Retrocedí hacia mi marido, que junto al carruaje contemplaba sorprendido el volumen del equipaje.

—¿Y cuál elegimos? —le pregunté moderando el tono de voz—. No sabemos cómo han repartido la ropa y no es cuestión de abrir aquí las maletas. Igual nos quedamos con la que solo lleva calzoncillos.

—No tengo tantos. Sabes perfectamente que toda mi ropa cabe en una talega.

—Zoilo —lo miré con gesto tajante—, el trabajo de empaquetarlas y traerlas hasta aquí ya está hecho. Lo de menos es subirlas al barco. Además, sería un insulto para ellos. ¡Decidido!

Agarré su mano y recorrimos la pasarela, entretanto nuestro mayordomo y su pariente se encargaban de entregar el equipaje a la tripulación.

Intentando calmar nuestro nerviosismo, para atender las indicaciones que sobre la cubierta nos daban dos señores con uniforme, vi de soslayo que nuestro mayordomo nos hacía un leve gesto de despedida con la mano, mientras con la otra se enjugaba las lágrimas. Como odiaba las despedidas tanto como yo, subió al pescante y sin mirar atrás arreó a la yegua para volver a San Pedro del Pinatar, donde trabajaría, junto con su mujer, para nuestros amigos Matilde y Salvador. Así lo habíamos acordado.

En poco más de media hora zarpamos, sorprendida de que hubiera pocos pasajeros en la cubierta y menos familiares en el puerto. Unos y otros se lanzaban besos y adioses. Los silbidos del barco nos despedían de Cartagena y como nosotros no teníamos a nadie en el muelle, saqué un pañuelo del bolso para agitarlo al aire.

—¿Qué haces? —me preguntó Zoilo.

—No quiero que piensen que no tenemos familiares ni amigos.

—¡Qué más da! ¡Nadie nos conoce!

—Nunca se sabe. Puede que más adelante entablemos amistad con otros pasajeros.

—¿Y se van a acordar de si agitabas el pañuelo?

—Nunca se sabe —repetí—. Y tú deberías hacer lo mismo.

Sin pensarlo dos veces, comenzó a ondear el periódico que nos había ofrecido la tripulación al darnos la bienvenida.

—Adiós, Venancio. Adiós, Faustina. Tiburcio, nos vemos a la vuelta. Un abrazo, Teófilo.

—¡Qué dices! —interrumpí visiblemente enfadada.

—Estoy despidiéndome.

Lo miré fijamente y acabé por esbozar una ligera sonrisa.

—¡Anda! Vamos a ver cómo es nuestro camarote.

No llegamos a la habitación. Sentir el bullicio y que era muy probable que no volviera a ver mi tierra me hizo dar la vuelta de nuevo hacia la cubierta. Esta vez sin pañuelos ni farsas, me limité a contemplar el paisaje desde el desamparo gélido de la barandilla, quizá por última vez, mientras Zoilo —que había seguido sigiloso mi recorrido de ida y vuelta— se acomodaba en una hamaca para leer el periódico. Algunos familiares en tierra ya habían regresado a sus carruajes, otros contemplaban en silencio cómo nos alejábamos y unos pocos seguían despidiéndose con escaso ímpetu en sus pañuelos.

El día era claro

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