El joyero de la reina

Nieves Herrero

Fragmento

Las joyas reales son la otra crónica de la historia de las monarquías; el legado más hermoso que han dejado reyes y reinas tras su paso por este mundo. Su querencia por las gemas y piedras preciosas son un fiel reflejo de sus reinados: desde los más austeros hasta los más opulentos. Ya sea bajo regímenes absolutistas o constitucionalistas, las joyas han servido como amuletos, símbolos del poder, regalos de amor o presentes envenenados; víctimas del expolio codiciado por todos, e incluso, tabla de salvación para muchos nobles en el exilio.

El oro, símbolo sagrado del Sol, les hacía sentirse descendientes del astro rey. El diamante, el más duro de los materiales naturales conocidos, el adámas de los griegos, simbolizaba la pureza, el amor y la valentía. El rubí, la piedra preciosa mejor valorada por la realeza debido, en gran medida, a la leyenda que atribuía la colocación de esta en el collar de Aaron a la voluntad de Dios. Algunas dinastías creyeron ver en su brillo el refulgir de un fuego eterno que ardía en su interior. El zafiro, considerada la piedra protectora por excelencia, ya se creía que atraía el favor divino. No en vano, la tradición sostiene que las tablas de la ley que recibió Moisés en el monte Sinaí se hallaban grabadas en esta piedra. Pero si ha habido una gema que destacara sobre las demás por su belleza y atractivo para los reyes, esa ha sido, sin lugar a dudas, la perla.

A lo largo de la historia, las perlas siempre han ocupado un lugar preferente en los joyeros reales. La perla natural, del latín permula —una especie de ostra— es posible que fuera la primera gema conocida por el hombre, ya que no necesitaba tratamiento alguno para resaltar su hermosura. Debido a su rareza y a su extraordinaria belleza, representan el amor y el afecto. Incluso, han marcado para siempre la historia de algunas dinastías. Tanto es así que princesas y reinas de todas las épocas las han recibido como regalo de compromiso o las han elegido para lucirlas en sus bodas. Pero la importancia de las joyas no solo reside en la historia de la que han formado parte, también por su complicidad en los grandes secretos de amor y desamor de quienes las han portado, convirtiéndose en grandes testigos silenciosos.

Primera parte

PRIMERA PARTE

Año 2014

—¿Estas son las joyas de Victoria Eugenia? —preguntó la reina Letizia al comenzar a examinar las alhajas que acababa de traspasarle la reina Sofía.

Durante unos minutos, bajo la atenta mirada del jefe de su Secretaría, José Zuleta, duque de Abrantes, fue abriendo los estuches uno por uno. Se quedó unos segundos contemplando la tiara de las flores de lis, sin hacer ningún comentario. El duque habló entonces:

—Son las llamadas «joyas de pasar», que dejó la bisabuela del rey, en un codicilo testamentario. Las tenía en gran estima, de ahí que quisiera que las más importantes estuvieran siempre en manos de las reinas de España. Se cuenta que, en ocasiones, estando convaleciente en la cama, hacía que le trajeran parte de su colección para mostrársela a sus damas. Parecía entonces que mejoraba y que desaparecían todos sus padecimientos al verla. Se sentía muy orgullosa de su joyero. La pieza que está contemplando, la tiara de las flores de lis, la lució la reina Victoria Eugenia por última vez en el baile de gala que los condes de Barcelona ofrecieron en el hotel Luz Palacio de Estoril en 1967, la víspera de la boda de la infanta Pilar de Borbón.

En ese momento, entró en la estancia Eva Fernández, encargada del estilismo de la reina. Se disculpó por interrumpir la conversación y se quedó fascinada contemplando las cajas abiertas... Después de examinar todas las joyas se dirigió a la reina.

—Me gusta mucho ese broche de perlas grises. Lo lucirá en alguna fecha especial.

—Ese broche —continuó el duque— lo lució Victoria Eugenia en numerosas ocasiones. Era una de sus joyas preferidas.

La reina dejó para el final un pequeño estuche misterioso, de cierre hermético y forrado en plomo. Por fin se decidió a abrirlo. Le dio varias vueltas con una pequeña llave y en su interior halló una bolsita negra de terciopelo.

—¿Por qué está cerrada bajo llave esta bolsita?

—Porque la joya que protege es la más emblemática de todas —añadió el duque.

—¿La Peregrina? —preguntó la reina Letizia con curiosidad, mientras sacaba la grandiosa perla en forma de pera sin perderla de vista en ningún momento. Iba unida a un broche de brillantes de una gran belleza.

La majestuosa pieza brillaba con luz propia sobre la palma de su mano derecha. La perla eclipsó al resto de las joyas. Parecía imposible apartar la mirada de algo tan hermoso. Había algo en ella que atrapaba con la fuerza de un imán, como si poseyera un poder especial. El misterio que la rodeaba despertó su curiosidad.

—¿Es la auténtica Peregrina? —insistió la flamante reina al jefe de su Secretaría.

—La reina Victoria Eugenia así lo creía...

—¿Puedo añadir algo? —preguntó Eva Fernández—. De lo que sí estamos seguros es de que forma parte de las consideradas como «perlas malditas» —lo dijo en un susurro, sin atreverse a mirar a los ojos a la reina. Me lo ha dicho alguien que sabe mucho de gemas.

—¡Qué cosas tienes! Entre las «joyas de pasar», esta sin duda es la más valiosa. Leí en algún libro que se la regaló Alfonso XIII a Victoria Eugenia por su boda.

—Yo la volvería a guardar bajo llave en el estuche forrado en plomo en el que ha venido. Dicen que las perlas son seres vivos que recogen todas las vivencias, buenas y malas, de quienes las han llevado —insistió la estilista—. Es la clase de joya que, por si acaso, resulta mejor no ponérsela jamás. Tiene forma de lágrima. ¡No me gusta! ¡Mejor no tentar a la suerte!

La reina se quedó mirando la perla y el resto de las piezas con curiosidad. «¿Qué vivencias y secretos encerrarán? El hecho de que las lucieran mis predecesoras no significa que las hicieran felices. Ser reina no te da la felicidad», pensó. Finalmente, volvió a guardar la fabulosa perla junto a su broche en la bolsita de terciopelo negro donde descansaba desde hacía años. Acto seguido, la depositó en el interior del joyero con mucho cuidado.

Eva lo cerró rápidamente y le dio varias vueltas a la llave para convencerse de que la emblemática gema había quedado bien guardada.

A los pocos días de la proclamación de Felipe VI, la reina Sofía había encargado que las «joyas de pasar» fueran enviadas a la estancia privada de doña Letizia. Acompañaban al conjunto dos copias de un codicilo ológrafo en papel timbrado de la Vieille Fontaine, la residencia suiza durante el exilio de la reina Victoria Eugenia. En él hacía referencia expresa a sus joyas:

Las alhajas que recibí en usufructo del rey don Alfonso XIII y de la infanta Isabel son las siguientes:

• Una diadema de brillantes con tres flores de lis.

• El collar de chatones más grande.

• El collar con 37 perlas grandes.

• Un broche de brillantes del cual cuelga una perla en forma de pera, de nombre la Peregrina.

• Un par de pendientes con un brillante grueso y brillantes más pequeños alrededor.

• Un broche con una perla grande gris pálido, rodeada de brillantes, del que cuelga una perla en forma de pera.

• Dos pulseras iguales de brillantes.

• Cuatro hilos de perlas grandes.

Desearía, si es posible, se adjudicasen a mi hijo don Juan, rogando a este que las transmita a mi nieto don Juan Carlos. El resto de mis alhajas, que se repartan entre mis dos hijas.

Cuando Letizia leyó la voluntad de la bisabuela del rey Felipe, se quedó pensativa. Aquellas eran las joyas que debería transmitir en su día a la princesa de Asturias. De entre todas, una le había fascinado sobre las demás: la magnética Peregrina.

Tras permanecer unos minutos en silencio preguntó.

—¿Hay alguien que se encargue de supervisar las joyas?

—Sí, desde hace más de un siglo la familia Ansorena desempeña ese cometido —le informó el duque—. La relación con la casa de joyeros empezó con Celestino Ansorena al final del reinado de Isabel II. Le sustituyó su yerno, José María García Moris, en la época de la reina María Cristina y a este le relevó su hijo Ramiro, que se convirtió en el joyero de la reina Victoria Eugenia poco tiempo antes de la boda real. Era una persona de tanta confianza que cuando entraba en palacio le anunciaban como: «de casa». Fue un gran apoyo para la reina a su llegada a España. Hablaba perfectamente inglés y francés. Gracias a sus largas conversaciones sobre perlas y todo tipo de joyas, consiguió que olvidara muchas de las penalidades que le tocó vivir.

La reina Letizia permaneció en silencio y, al cabo de un rato, se dio media vuelta y dijo en voz alta:

—Necesito conocer en detalle la historia de estas joyas...

1. El gran día

1

El gran día

31 de mayo de 1906, Madrid

Las calles de la corte se habían engalanado con banderas y guirnaldas. Gente venida de toda España, que quería presenciar el paso del cortejo nupcial, se agolpaba a lo largo de todo el itinerario desde primera hora de la mañana. Los curiosos habían llegado la noche anterior en diligencias, en coches de caballos y en tren. Las calles principales estaban atestadas de personas que se peleaban por conseguir un buen sitio desde donde poder ver bien a los novios.

Tanto en la capital como en El Pardo escaseaban los alojamientos. A la mayoría de los invitados extranjeros hubo que ubicarlos en las casas particulares de los nobles españoles.

Días antes de la ceremonia nupcial, la princesa Victoria Eugenia de Battenberg dio un paseo en coche y pensó que le costaría adaptarse a su nuevo hogar. Quedó impresionada por lo pequeña que le pareció la ciudad de Madrid en comparación con Londres... Solo había un hotel en condiciones, el París, ubicado en la calle Alcalá, haciendo esquina con la puerta del Sol. En él, se alojaban los periodistas que cubrirían la boda real y también algunos de los representantes de la nobleza.

El 31 de mayo, en el Palacio de El Pardo, donde tenía sus aposentos la futura reina, llevaban trabajando en las caballerizas enjaezando los caballos desde las tres de la madrugada.

En las habitaciones también había movimiento. Victoria Eugenia daba vueltas en la cama incapaz de conciliar el sueño. Miraba sin descanso el reloj de pared que presidía su habitación. Tenía la sensación de que las manillas no avanzaban, y el día de su boda no llegaría nunca. Cuando dieron las cinco, no pudo aguantar más y se puso en pie para comenzar a prepararse para el gran día. No tardaría en llegar su prometido, el rey.

A las seis y media apareció Alfonso XIII en el Palacio de El Pardo, conduciendo su Panhard 50 de color azul, el coche de moda en la alta sociedad. Iba vestido de almirante, haciendo gala de una energía fuera de lo común a esas horas tan tempranas. Desde que superara una meningitis de niño, derrochaba vitalidad y dinamismo a cualquier hora del día; el ejercicio físico se había convertido en su principal aliado.

Su futura esposa y él cruzaron sus miradas. Sobraban las palabras. Al rey le gustaba perderse en los ojos claros de Ena, como la llamaba familiarmente. Eran de un tono azul muy claro, y cuando fijaba la mirada en su interlocutor tenía la impresión de que podía adivinar su pensamiento. No estaba acostumbrada a sonreír, aunque al lado de Alfonso era imposible no hacerlo. Oyeron misa y después desayunaron observando cómo el sol se abría paso con rotundidad, dejando a la vista un cielo propio de Velázquez.

Victoria Eugenia se había bautizado, o mejor dicho rebautizado, para la boda —hasta entonces había sido anglicana—. La ceremonia tuvo lugar dos meses antes en el Palacio de Miramar, en San Sebastián, en la capilla privada de la reina María Cristina, madre del rey. Fue adornada con cientos de rosas y claveles blancos para la ocasión. Una imagen que se le quedaría grabada a la joven princesa en su memoria para siempre.

Ena apenas probó bocado durante esas primeras horas del día. Resultaba evidente que estaba muy nerviosa. Después de pensar tanto en los preparativos de su boda, había llegado el momento.

—Deberías comer algo más —le sugirió en francés el rey con una amplia sonrisa, mientras él se tomaba unos huevos fritos.

Este cogió un trozo de pan y comenzó a mojarlo en la yema ante la mirada atónita de Victoria Eugenia.

—¿Nunca has visto comer los huevos de esta manera?

—No.

—¡Pues en España los comemos así! —se echó a reír—. Ena, ¿no quieres probarlos?

Victoria Eugenia puso un gesto de desagrado y rechazó la invitación del rey.

—¡No sabes lo que te pierdes!

La gente del servicio sonreía ante esta ocurrencia de Su Majestad, que no había perdido el apetito a pesar de encontrarse a pocas horas de su enlace. El noveno monarca español de la casa Borbón estaba acostumbrado a hacer su voluntad. Nacido tras el fallecimiento de su padre, el rey Alfonso XII, había sido criado y consentido por su madre, María Cristina de Habsburgo-Lorena, que ejerció la regencia hasta la mayoría de edad de su hijo, a los dieciséis años. Desde niño se supo con poder y pronto aprendió que siempre se hacía su voluntad. Rodeado de mujeres: su madre, sus dos hermanas, sus tías y las demás damas de la corte, ejerció de rey antes de serlo oficialmente.

La educación de Victoria Eugenia había sido muy diferente, mucho más rígida que la de su prometido. Descendía de la reina británica Victoria I, que había reinado durante sesenta y cuatro años dejando la impronta de su rígida personalidad en toda la familia real. Ena era su última nieta. Su madre, la princesa Beatriz, también había sido la última y más querida de sus hijas. Una estricta educación desde niña había marcado la corrección en sus modales, que mantenía incluso en la intimidad.

—¡Ena! —le dijo el joven rey que trece días antes había cumplido veinte años—. Tendrás que aprender el idioma si quieres ganarte el corazón de los españoles.

—Ya casi lo entiendo —le contestó en francés—. Menos cuando habláis entre vosotros muy rápido.

Alfonso se echó a reír, apuró de un sorbo el café que le quedaba en la taza, y se despidió de su prometida, que debía prepararse para las nupcias.

A las ocho y media salieron juntos en un automóvil negro con cortinillas en compañía de la princesa Beatriz, la madre de Ena. El rey fue el primero en bajar del vehículo al llegar al Palacio Real. Se despidió de ellas y besó la mano de Victoria Eugenia.

—Esto ya no hay quien lo pare, Ena.

—Es el gran día —comentó la princesa Beatriz.

Victoria Eugenia se quedó mirándole con una leve sonrisa. No podía ocultar sus nervios. Madre e hija continuaron el viaje camino del Ministerio de la Marina, donde se vestirían para la ceremonia. Alcanzaron a oír los aplausos que el pueblo llano le dedicó al rey al bajar a pie por la calle Bailén y entrar andando por la puerta del Príncipe.

Dos coches de la caravana se desviaron siguiéndolas a ellas. En el primero viajaban dos de las doncellas que habían viajado a España para quedarse con la princesa Victoria Eugenia; las acompañaban dos oficiales españoles que trasladaban todas las cajas con los trajes de la novia y de la princesa Beatriz. En el segundo iban los tres hermanos de la princesa Victoria Eugenia: el mayor, Alejandro, iba vestido con el uniforme de la Royal Navy, y los otros dos, los príncipes Leopoldo y Mauricio de Battenberg, con trajes tradicionales propios de los highlanders escoceses.

Cuando comprobaron que el pueblo de Madrid se había echado literalmente a la calle, Ena se emocionó. Su madre no recordaba haberla visto llorar... y se quedó muy sorprendida. Dos toques de corneta anunciaron su llegada al «palacio tocador», como llamaban al Ministerio, habilitado excepcionalmente para que la futura reina y su madre pudieran prepararse para la ceremonia.

El duque de Lécera, grande de España, se puso a su servicio para acompañarlas hasta sus habitaciones.

—Señoras, las estancias en las que se van a cambiar sirvieron también para que la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena se preparara para su boda con el rey Alfonso XII.

—Será un honor utilizar la misma habitación que una dama tan ilustre —comentó en francés la futura reina.

Más de doscientas mujeres pertenecientes a familias de altos cargos del ejército, situadas a ambos lados de las escaleras, prorrumpieron en un aplauso al verla subir. Ena apenas les dedicó una tímida sonrisa. Se sentía abrumada ante tanta expectación. Su reacción dejó frustrada a la concurrencia que llevaba horas esperando.

2. El regalo del rey

2

El regalo del rey

Mientras Ena saludaba a los grandes de España que quisieron presentarle sus respetos, sintió cómo su corazón se desbocaba. Pero, como siempre, disimuló ante todos haciendo gala de un aplomo que a muchos sorprendió y que otros tacharon de frialdad.

Las doncellas inglesas comenzaron a planchar el traje de novia, regalo del rey. Se supo que había costado 80.000 francos, ¡toda una fortuna! Era de raso blanco, bordado en plata con adornos de encajes. Había sido confeccionado en Madrid por la modista Julia de Herce —que gozaba de una gran popularidad entre la alta sociedad y en el Madrid más pudiente—, auxiliada por treinta operarias. Adaptó parte del traje con el que se casó la reina Isabel II en 1846 a los nuevos tiempos y atendió también a los gustos de la novia. Influenciada por la moral victoriana se inspiró en una estética que gustaba de cubrir la totalidad del cuerpo. Al final, Julia de Herce hizo un espléndido trabajo: a la falda le proporcionó una caída acampanada que conseguía estilizar la silueta de la novia. El último toque se lo dio el velo, que también tenía su historia. Era de encaje de Alençon y había pertenecido a su suegra, la reina María Cristina, que lo llevó en su boda con Alfonso XII. A la familia real española le gustaba este tipo de tradiciones.

El elemento más espectacular que se añadió al vestido fue el manto blanco con un encaje de enormes dimensiones, que había pertenecido a la reina Isabel II. Como Ena era más alta, la reina María Cristina ordenó alargarlo y hacer que partiera de debajo de los brazos. El arreglo costó horas de bordados y las manos de muchas costureras avezadas, hasta que consiguieron darle al traje un corte regio que gustó a todos.

En la habitación de la reina, las doncellas se apostaron en la puerta para que nadie pudiera entrar ya a saludarla. Su fiel dama de compañía, la ilustrada lady William Cecil —baronesa Amherst of Hackney y una de las mujeres más interesantes de la corte inglesa— la fue ayudando a vestirse. Había venido ex profeso de Inglaterra para acompañarla en fecha tan señalada. Era una gran viajera y estudiosa de la arqueología. A Victoria Eugenia le gustaba tenerla cerca. Las largas conversaciones con May, como la llamaba familiarmente, treinta y un años mayor que ella, la llenaban más que las conversaciones huecas con las personas de su edad.

Cuando ya estaba casi lista, un hombre joven y elegante, que llevaba horas esperando en un saloncito contiguo, pasó a la habitación. Le había conocido días atrás. Se trataba del joyero Ramiro García-Ansorena, cuyo padre y abuelo habían sido también joyeros de la Casa Real. Llevaba un maletín aferrado a su mano derecha y, cuando se acercó al tocador donde la futura reina se miraba al espejo, quedó muy impresionado por su belleza. Ella le saludó tímidamente en francés y él la respondió en el mismo idioma.

—Aquí tiene —le dijo—, la tiara más bonita que haya lucido una reina —se la mostró y continuó dándole todos los detalles sobre el trabajo que habían realizado en la joyería—. Su diseño se compone de tres flores de lis, correspondientes al escudo de armas de la casa de Borbón. Están realizadas en diamantes engastados en platino. Como puede ver, la parte central posee una flor más grande que las otras dos, ahí los diamantes son de mayor tamaño. Hace que el conjunto parezca más señorial.

Se la dio a la doncella y esta comenzó a colocársela sobre el recogido que acababan de hacerle.

Ramiro García-Ansorena era un hombre de refinadas maneras. Dio un paso atrás para observar la colocación de la pieza que había diseñado su joyería. Al contemplar el resultado lanzó una expresión de admiración que hizo sonreír a la princesa. Se le quedó mirando con simpatía. Victoria Eugenia se fiaba de la primera impresión que le daban las personas. El joyero le cayó bien desde el primer minuto en que se lo presentó el rey.

Las doncellas abrocharon en el cuello de Victoria Eugenia el hilo de brillantes rivière que el rey le había regalado en uno de sus viajes a Inglaterra. Alfonso no tardó en descubrir que las joyas serían el mejor obsequio para su futura esposa.

—Ese collar que va a lucir Su Alteza en el cuello —comentó Ramiro— también es de nuestro taller. Le aseguro que se trata de una pieza de compleja elaboración. El collar rivière requiere un montaje que solo pueden desarrollar maestros artesanos. Se compone de treinta grandes brillantes montados «a la rusa» sobre platino.

—Tiene usted que explicarme con detenimiento todo lo que sepa sobre joyas. Me encanta su belleza y me gusta conocer la complejidad de su montaje.

—Cuando usted lo desee, alteza.

Ramiro García-Ansorena abrió otro estuche que extrajo del maletín. Dotó toda aquella operación de cierto misterio. Dentro había una bolsita negra de terciopelo cerrada con dos cordones. Una vez abierta, extrajo de su interior un broche de lazo cuajado de brillantes con la perla que más admiraba Victoria Eugenia.

—¡Oh! Esta es la famosa Peregrina —comentó la princesa a May—. Me ha dicho el rey que esta perla la compró Felipe II para Isabel de Valois y que varias reinas de España la han heredado después.

—He visto a todas esas grandes damas en pinturas donde aparecían retratadas con la perla. Me hace mucha ilusión que la lleves, Ena —comentó su dama de compañía.

—¡Necesito que me cuente la historia de esta perla! ¡Me gusta hasta su nombre!

—Bueno, habría mucho que contar de la Peregrina. Desconozco si esta es la misma que llevaban las reinas de los retratos. —Tenía su propia opinión sobre la perla, pero no quiso decepcionarla en un día tan importante para ella—. De cualquier manera, se trata de una perla bellísima, aunque no tanto como usted —tragó saliva—. Mire el lustre y el oriente que tiene, eso distingue a esta perla entre todas las demás. Después del diamante, ninguna gema ha fascinado más a la humanidad que la perla. Sobre todo, a las reinas.

C´est très jolie, très jolie —dijo sin poder dejar de contemplar aquella pieza tan hermosa.

Lady William Cecil cogió el broche y se lo puso. Después abrazó a Ena mientras le decía en inglés: «Eres la novia más hermosa que he visto jamás».

—Temo desmayarme cuando entre en la iglesia.

—Mi querida Ena, has nacido para esto. ¡No te vas a desmayar! Irás pensando que ahora es cuando tienes que demostrar tu cuna, tu linaje. ¡Vas a ser la reina de España!

Mientras Victoria Eugenia se miraba por última vez en el espejo, a pocos kilómetros de allí, en el Palacio Real, el conde de Romanones, ministro de la Gobernación, acudió no solo a presentar sus respetos al rey Alfonso XIII sino a advertirle del rumor que circulaba por algunos ambientes de Madrid.

—Majestad, Emilio Moreno, jefe de Orden Público del Ministerio, está muy preocupado por la seguridad de Sus Altezas. Le han informado de que algún anarquista va a aprovechar su boda para atentar contra su persona. A lo mejor habría que suspender el paseo en coche de caballos.

—¡Pues incrementen la seguridad! El pueblo se quedaría muy decepcionado si no hiciéramos ese paseo tras la boda. El personal más experto de la policía francesa, alemana, inglesa e italiana se encuentra aquí. ¡Que lo eviten!

Aunque el rey contestó así para mostrarse firme ante Romanones, se quedó muy preocupado. De hecho, después de un rato pensativo, añadió:

—Si tienen pensado atentar, estoy seguro de que será en la iglesia de los Jerónimos.

—Desde que tuvimos conocimiento del rumor, hemos adoptado todo tipo de medidas y varios agentes de la policía secreta han pasado la noche en el interior del templo. Han revisado una a una las quince tribunas de invitados. Se ha mandado encender todas las lámparas y se ha registrado la iglesia palmo a palmo. Confío plenamente en las personas que están a mi cargo. Sinceramente, allí es imposible que lo intenten. Por eso le insisto en que lo verdaderamente peligroso es el paseo en carroza por las calles de Madrid. Debería suspenderse.

—Pero los agentes de Madrid, los desplazados de Barcelona y toda la policía extranjera ¿no van a poder evitarlo? ¡Yo confío en ustedes incluso más que ustedes mismos!

—Los jefes de la policía extranjera han centrado su atención en los autores y en los cómplices del atentado contra Su Majestad en París, el año pasado.

El rey conservaba todavía fresco en su memoria el recuerdo de aquella noche. Había ocurrido durante una visita oficial a Francia, cuando yendo en un coche de caballos junto al presidente de la República francesa, Émile Loubet, después de acudir al teatro de la Ópera, un desconocido lanzó una bomba desde un balcón. La suerte quiso que el artefacto se desviara al chocar con un cable del tendido eléctrico del tranvía y resultaran ilesos. Se trataba de un anarquista español, Jesús Navarro Botella, al que se detuvo rápidamente. El conde de Romanones siguió con su exposición, sacándole de aquellos recuerdos...

—Todos estamos dando el máximo de nosotros mismos. Por eso le pido que no se exponga. Tiene que entender nuestra preocupación. Nuestras fuentes son muy fiables. No deberíamos ponérselo tan fácil a los anarquistas.

—A mí quien me preocupa es Ena. Seguramente, si quieren atentar, irán contra ella.

—Ambos tienen el mismo dispositivo de seguridad, pero el hecho de que haya tanta gente apostada en las calles de Madrid dificulta el control de la muchedumbre durante un recorrido tan largo. ¡Es imposible!

—El pueblo se ha volcado conmigo y no puedo defraudarlo. Tiene que entenderlo. No puedo seguir su consejo, debemos recorrer las calles de Madrid.

—Está bien. ¡Se hará como Su Majestad disponga!

—Vaya a hablar con Ena, pero ¡suavice la circunstancia!

El conde de Romanones abandonó el Palacio Real preocupado por un rumor que sonaba cada vez con más fuerza en determinados círculos policiales. Diferentes fuentes y confidentes confirmaban las sospechas de un atentado inminente contra el rey. Habló con sus hombres de confianza y les comunicó que Alfonso XIII se mantenía firme en la idea de no variar el desfile de carruajes por el corazón de Madrid. Ya no había marcha atrás.

3. Alea iacta est, la suerte está echada

3

Alea iacta est, la suerte está echada

El conde de Romanones se fue al Ministerio de la Marina, a rendir honores a la futura reina de España. Cuando llegó, informó a los hombres apostados allí de que ya nada detendría la boda ni tampoco el paseo de los recién casados por Madrid.

—Como dijo Cayo Julio César cuando decidió cruzar el río Rubicón: «Alea iacta est». Tengamos los ojos bien abiertos. De nosotros dependerá que esta boda no acabe en tragedia.

El conde subió las escaleras y se fue directamente hasta la habitación donde la reina estaba ya preparada para la ceremonia. Le hicieron esperar unos minutos hasta que Victoria Eugenia, vestida de novia, le recibió.

Al verla tan bella y elegante, el conde se quedó sin palabras por unos segundos. Parecía salida de un cuento de hadas. Sus ojos claros brillaban más que nunca envuelta entre sedas, perlas y diamantes.

—Señora, no tengo palabras. No he visto una novia más guapa en la vida —le comentó en francés.

—Gracias —alcanzó a decir escuetamente en español.

—Alteza, vengo a informarle de que tenga especial precaución en no saltarse el protocolo que nosotros le marquemos. Ya sabe que siempre puede haber algún loco mal intencionado que quiera estropearles la fiesta.

—¿Debo preocuparme? —Victoria Eugenia cambió su gesto.

—Debe estar prevenida. Vigilaremos todos sus pasos. No se preocupe, pero no se confíe.

—De acuerdo. Yo estaré siempre al lado del rey. Lo que él haga, lo haré yo.

—Muy bien. Le doy mi más sincera enhorabuena.

—Gracias.

La reina pasó de nuevo a la habitación-tocador donde comenzaron a ponerle el pesado manto. Ya solo permanecían junto a ella, Sarah y Hazel, las doncellas inglesas, y su madre, que observaba la complicada operación dirigida, con gran maestría, por lady William Cecil.

Ramiro García-Ansorena, el joven joyero, había abandonado la habitación para unirse al grupo de mujeres y guardias que querían observar la salida de la futura reina desde las escaleras del Ministerio. Su mano seguía aferrada al maletín a pesar de que ya no portaba ninguna de las joyas de la novia. Ahora estaban todas sobre la cabeza, el cuello y el pecho de Victoria Eugenia.

De pronto, se abrió la puerta y la princesa comenzó a bajar las escaleras con toda naturalidad, como si aquello hubiera formado siempre parte de su vida. El larguísimo manto fue llenando las escaleras de sedas y bordados. Después de un murmullo de admiración, los asistentes prorrumpieron en aplausos. Ver a la futura reina tan cerca, a punto de emprender su camino hacia la iglesia, era uno de los grandes privilegios de todos los que estaban allí. Ramiro observaba la tiara, la gran perla y el collar rivière sobre su cuello. Estaba realmente fascinado ante el porte y la elegancia de Victoria Eugenia. Se acordaba de sus palabras: «Quiero que me explique todo lo que sabe sobre las joyas y la complejidad de cada proceso». Pensó en leer y también en investigar sobre todo aquello que pudiera ser objeto de las preguntas de la que sería reina de España en menos de una hora.

El Consejo de Ministros celebrado tres meses antes, presidido por don Segismundo Moret, comunicó oficialmente la noticia de la boda del rey con todo boato y circunstancia. Redactaron un escrito en el que expresaban su voluntad de que «el enlace sirviera para contribuir a la continuidad de la dinastía, el afianzamiento de la paz pública y la grandeza de la Patria». Posteriormente, el ministro de Hacienda puso en marcha el artículo 3 de la Ley de 26 de junio de 1876, para disponer tras el enlace de otra ley que estipulara la dotación anual de su cónyuge, Victoria Eugenia de Battenberg. Una cantidad que ascendía a 450.000 pesetas anuales. En caso de quedarse viuda, la asignación se vería reducida a 250.000 pesetas.

Mientras el conde de Romanones observaba el descenso de Victoria Eugenia por la escalinata del Ministerio, recordó los muchos momentos que había vivido con el que sería su esposo en menos de dos horas. Le vino a la memoria el viaje a Canarias junto al joven rey, en el añoso trasatlántico que llevaba el nombre de su padre, el Alfonso XII. Las amarras del barco se soltaron accidentalmente y este chocó con los muros del muelle, consiguiendo que perdieran el equilibrio casi todos los asistentes a la fiesta en honor de Alfonso XIII. No le pasó nada al rey, ni un rasguño. Una vez más, tuvo mucha suerte. Después, ocurrió el atentado dirigido contra él en París. También entonces se libró de milagro de la bomba que le lanzaron camuflada en un ramo de flores. Parecía que el monarca tenía un talismán que le protegía de todas las adversidades que le salían al paso... Pero ¿y si esta vez el rumor de otro posible atentado se consumaba? Tenía un mal presentimiento y solo podía pensar en una cosa: ¿Y si la boda acababa en tragedia? Sin embargo, Romanones disimuló cuando Victoria Eugenia pasó a su lado, y cambió su rictus serio por una sonrisa.

La princesa Ena, antes de entrar en la carroza que la llevaría hasta la iglesia, recibió a una comisión del Instituto Agrícola Catalán de San Isidro. Esta le entregó un magnífico ramo de novia hecho de flores de azahar sujeto en un pañuelo de encaje, confeccionado por artesanas de Arenys de Mar.

Merci beaucoup... —dijo la reina en francés. Se le olvidó el «gracias» que tantas veces había ensayado. Su corazón latía desbocado, pero aparentaba serenidad. Una futura reina no podía mostrar sus sentimientos.

—Vamos, vamos, alteza —la apremió el conde de Romanones, deseando que se metiera en la carroza y que la primera parte del operativo de seguridad concluyera sin novedad.

Costó mucho introducir tanto el manto como el velo que su suegra llevó en su día al altar.

La princesa Beatriz esperó fuera del coche de caballos la llegada de la reina madre, doña María Cristina, que las acompañaría hasta la iglesia. En cuanto apareció en el Ministerio, las dos entraron en el coche de caballos donde sus enaguas y trajes apenas dejaban espacio para poder moverse.

Romanones preguntó por el presidente del Consejo de Ministros, Segismundo Moret, que debía escoltarlas hasta la iglesia, pero inexplicablemente no había llegado todavía.

—¿Alguien me puede decir por qué no ha llegado Moret? —preguntó el conde notoriamente contrariado.

—No, señor. No sabemos qué ha podido ocurrir —comentó uno de los guardias de seguridad.

—La orden que tenemos es la de partir con él. No nos podemos mover de aquí hasta que no aparezca. De modo que, sin la novia, el enlace no podrá empezar a su hora.

—Todas las novias llegan tarde a la ceremonia —insistió uno de los escoltas.

—Sí, pero esta no es una novia cualquiera —comentó Romanones—. Es la futura reina de España. Los reyes siempre llevan a gala la puntualidad. Pero, este hombre, ¿dónde se ha metido? —volvió a preguntar visiblemente enfadado.

A las diez la iglesia ya estaba llena con los invitados al enlace. Desde las nueve menos cuarto habían comenzado a llegar las representaciones de las diferentes embajadas. La primera en hacerlo fue la de Marruecos. Después, comenzaron a llegar los nobles y, por último, los representantes de las Casas Reales europeas. Especialmente los miembros de las dos líneas dinásticas de los novios: los Battenberg y los Borbón. Tampoco quiso perderse la ceremonia el maharajá de Kapurthala. Cuando este apareció en el recinto, se oyeron murmullos. De todos era sabido que el maharajá había asistido a una función de varietés días antes de la boda, donde se había enamorado de una de las artistas que trabajaban allí. Había sido un flechazo de película, que fue corriendo de boca en boca entre los círculos de la alta sociedad madrileña.

Una salva de veintiún cañonazos anunció a todo Madrid que Alfonso XIII salía del Palacio Real con destino a la iglesia. No tardó mucho en llegar, a pesar de hacer el recorrido en coche de caballos. El público, concentrado en los aledaños, comenzó a aplaudir al verle bajar vestido de gala para la ocasión. Subió la escalinata de piedra de San Jerónimo el Real, que fue construida ex profeso para la boda. Estaba ubicada en el mismo lugar que una antigua iglesia gótica, muy famosa en el Madrid del siglo XV, de la cual quedaban algunos vestigios. Alfonso XIII iba ataviado con el uniforme de gala de capitán general. Lucía sobre el pecho la banda de la Gran Cruz del Mérito Militar y el Toisón de Oro, condecoración que le concedió la reina María Cristina. El infante don Carlos, que tendría el honor de ejercer de padrino, le seguía detrás vestido con el uniforme de los Húsares de la Princesa.

Los capellanes le esperaron a la entrada de la iglesia con todos los honores. Los obispos de Madrid y de Sión fueron los encargados de darle la bienvenida. A las diez y cuarenta minutos, al son de la Marcha Real, el rey hizo su entrada en el templo bajo palio.

Mientras, en otra de las puertas laterales, un hombre intentaba colarse en la iglesia con un carnet de periodista. Llevaba una cartera que no soltó en ningún momento. La guardia de seguridad impidió el acceso a este individuo cetrino, vestido de negro y con un aspecto que a todos les hizo sospechar que se trataba de un indeseable. Finalmente, le echaron con cajas destempladas y el hombre se fue de allí refunfuñando sin soltar su cartera, bien ceñida al brazo.

Después de un rato esperando dentro del templo, el rey empezó a impacientarse pensando que algo les podría haber ocurrido a Ena y a su madre, así como a la princesa Beatriz. Recordó que esa mañana le había llegado un anónimo asegurándole que impedirían su boda por todos los medios. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.

—No se preocupe, majestad, que las novias siempre llegan con retraso —le dijo su asistente.

No quiso comentar nada de la amenaza de atentado que habían recibido tanto él como su madre esa misma mañana. El rey respiró hondo cuando el grande de su servicio, Benalúa, se le acercó para informarle de que el presidente del Consejo se había dormido y que llegaría tarde a recoger a la novia.

—Pero ¿cómo demonios se ha podido dormir? —alcanzó a comentar entre dientes Alfonso XIII.

El conde de Romanones se subió al caballo refunfuñando al ver aparecer a Segismundo Moret, acalorado y pidiendo excusas, en el Ministerio de la Marina. Por fin, la carroza con la novia podía partir. Llegaron a la iglesia con treinta y cinco minutos de retraso. Algo inconcebible en el protocolo inglés al que estaba acostumbrada Victoria Eugenia.

El ministro de la Gobernación tenía agentes apostados en todas las direcciones cercanas al templo: en la calle Alcalá, por el norte; la avenida Menéndez Pelayo, por el este; el paseo del Prado, por el oeste; y en el paseo Reina Cristina, por el sur. Finalmente, respiró hondo cuando la novia comenzó a subir las escaleras de los Jerónimos y pudo lucir todo su regio vestido, los cuatro metros de manto, por la alfombra roja instalada para la ocasión.

Cuando Victoria Eugenia entró en la iglesia, algunos de los invitados llevaban horas esperando. En concreto, los diputados a Cortes y los miembros del Gobierno. Las damas de la reina, incluida lady William Cecil, ataviadas con trajes de largas colas, habían hecho su entrada poco antes de la llegada de la futura reina. Al verla camino del altar, junto a la reina María Cristina y a la princesa Beatriz, un largo murmullo se pudo escuchar en todo el templo.

4. El «sí, quiero» de la reina

4

El «sí, quiero» de la reina

Al verla llegar, Alfonso XIII se quedó muy impresionado por la belleza de Victoria Eugenia. Le hizo un comentario que solo oyó ella. Antes de que comenzara la ceremonia, besó la mano de su madre, que era la madrina, y el infante Carlos de Borbón-Dos Sicilias se colocó a la derecha de la novia para ejercer de padrino. Inmediatamente después, Sancha, el cardenal primado, inició la ceremonia nupcial con la pregunta de rigor: «¿Alguien conoce algún impedimento para la celebración de este enlace?». Tras un breve silencio, siguió adelante con el rito. Al llegar al momento clave de la ceremonia, el rey contestó con un rotundo «Sí, quiero», que se escuchó prácticamente en todos los bancos de la basílica. Sin embargo, a Ena, que tanto había ensayado para no equivocarse y decirlo en español, solo alcanzaron a escucharla los padrinos y el novio. Ella, que tanto dominaba sus nervios, en ese preciso instante, apenas le salió un susurro de su boca.

Después de la misa, firmaron el acta matrimonial en el claustro y, finalmente, los reyes, ya convertidos en marido y mujer, salieron de la iglesia y bajaron la gran escalinata, que desembocaba en el Museo del Prado, en medio de grandes aplausos. Los monarcas se subieron al más suntuoso coche de caballos, que abría el gran cortejo. Más de cuatrocientos caballos tiraban de diecinueve carrozas reales, y veintidós de la grandeza.

El pueblo de Madrid, volcado con sus reyes, abarrotó todo el recorrido del séquito nupcial: la puerta del Sol, la calle Mayor... Justo cuando el rey divisó la calle Bailén le habló ya más tranquilo a su flamante esposa.

—Ya casi hemos llegado, Ena. Podemos relajarnos.

—¡Gracias a Dios!

El conde de Romanones, a caballo, no paraba de dar órdenes. Ya se vislumbraba el final de ese paseo por Madrid que se había convertido para él en una pesadilla. Al llegar a la calle Mayor, parecía haber pasado lo peor. Había mucho ruido porque las iglesias hacían repicar sus campanas, mientras las diferentes bandas de música tocaban marchas militares al paso de las carrozas. Un fotógrafo apostado sobre una de las terrazas esperaba el mejor momento para disparar su cámara... El sol apretaba con fuerza en ese último día del mes de mayo. La gente comenzó a lanzar flores desde los balcones... De repente, la carroza se detuvo.

—Qué extraño. Aunque puede que nos detengamos mientras los invitados se apean a su llegada a palacio. Dentro de unos momentos estaremos en casa —le comentó a Ena en francés.

Las flores y los ramos no paraban de caer de los balcones y ventanas.

—Mira que he dado orden de no lanzar flores, pero bueno, ahora ya no hay peligro.

—¿De qué peli...?

La reina no pudo terminar la frase. Un estruendo dejó en silencio a Ena durante unos segundos. Poco después, una nube negra envolvió la carroza real mientras comenzaban a oírse los primeros gritos desesperados del público allí presente. Los caballos que tiraban de la carroza se asustaron y emprendieron desbocados una veloz carrera hasta que, finalmente, el cochero logró hacerse con ellos. El rey Alfonso XIII supo al instante que se trataba de un atentado e intentó proteger a su mujer. El lacayo que iba a caballo cubriendo el lateral en el que viajaba la reina, resultó alcanzado por la bomba y cayó fulminado. El vestido de novia se manchó con su sangre.

—¿Estás herida? —le preguntó el rey asustado.

Pero Ena no podía contestarle. Lloraba desconsoladamente mientras decía que no con la cabeza. Uno de los caballos que tiraban de la carroza se precipitó contra el suelo, muriendo en el acto. El coche quedó vencido del lado derecho haciendo caer al cochero. Era imposible seguir. El rey pedía calma sacando la cabeza por la ventanilla. Reconoció entre el público al doctor Cervera.

—Majestad, ¿se encuentra bien? —le preguntó el médico—. Han lanzado una bomba desde una de las casas. Esto es una carnicería.

—Atienda a los heridos, la reina y yo estamos bien.

La confusión era total. Había muertos y heridos desperdigados por la calle Mayor. El conde de Grove y el caballerizo de servicio, el conde de Fuenteblanca, se acercaron hasta la carroza real.

—Señor, ¿está bien? Es imposible seguir.

—Abrid la puerta, estamos llenos de cristales; que nos acerquen el coche de respeto. Comunicad a la reina madre y a la princesa Beatriz que no nos ha ocurrido nada.

—Por favor, antes de preocuparse por nosotros, preocúpese de sí mismo. Está sangrando —le dijo la reina en francés al caballerizo herido por uno de los cascotes tras la explosión de la bomba.

Al galope llegó la Guardia Civil junto al general Aznar, el presidente del Consejo de Ministros; el duque de Almodóvar, y el senador Alberto Aguilera.

—Cierren ahora mismo el portal desde donde han tirado las flores con la bomba. Creo que ha sido en el número 88... ¡Ciérrenlo ahora mismo! —gritó el general.

—¡Calma, general, calma! La confusión puede provocar más víctimas —le dijo el rey.

La reina no podía dejar de llorar entre los gritos, los llantos de los heridos y las órdenes de unos y otros intentando proteger la zona donde había ocurrido todo. Por fin, llegó el coche de respeto. El rey se bajó para ayudar a descender a la reina. Esta, antes de darle la mano, se secó las lágrimas y salió sin decir nada, tan pálida como su vestido, que ya no era blanco. Estaba salpicado de sangre.

—¡Qué desgracia! —lamentó el rey—. ¡Qué infamia!

C´est terrible. Terrible! —decía la reina en un tono casi inaudible.

Se acercó un lacayo ofreciéndose a ayudarles. En cuestión de minutos, su pelo se había vuelto completamente blanco.

Mientras tanto, en el Palacio Real, ajenos a toda la tragedia, pensaron que se trataba de una salva. Fue un sonido seco, poco aparatoso. Entre los invitados que iban llegando alguien preguntó: «¿No será una bomba? Hace justo un año del atentado que el rey sufrió en París». Nadie contestó... Los gritos de la gente respondieron por sí solos a la pregunta. El rey había sufrido un nuevo ataque el mismo día de su boda.

Los príncipes extranjeros y sus séquitos, que aguardaban al pie de la escalera de palacio la llegada de los novios, comenzaron a alarmarse al ver que se retrasaban. Surgieron todo tipo de especulaciones sobre el alcance de la explosión, hasta que el correo de gabinete regresó a galope al palacio para comunicar que no les había ocurrido nada: «Los reyes están a salvo. ¡Ha sido una bomba a su paso por la calle Mayor! ¡Están bien!».

No solo los invitados escucharon la buena nueva, también el público que estaba fuera aguardando en la entrada comenzó a aplaudir y a agitar sus pañuelos. Al llegar la carroza con los reyes dentro, se oyeron más fuertes que nunca los gritos de: «¡Viva el rey!» y «¡Vivan los reyes!».

Las infantas Paz y Eulalia, tías de Alfonso XIII, salieron a su encuentro.

—¿Cómo estáis?

—Los consabidos gajes del oficio —dijo el rey intentando quitar hierro a la situación—. Lo único que siento son los muertos y los numerosos heridos. Venían para algo tan festivo como ver casar a su rey y se han encontrado con su propio funeral.

Empezaron a llegar las autoridades que habían ido a caballo escoltando a los reyes, afortunadamente todas ilesas o heridas leves: Moret, Alberto Aguilera y los ayudantes del Cuarto Militar, con su jefe, el general Bascarán. Estaban sudorosos y jadeantes tras haber custodiado la carroza después del atentado. Otros, como el conde de Fuenteblanca y Jesús María Saiz Álvarez de Toledo, conde de Cervera, llegaron heridos. El primero en una pierna y el segundo en la cara. El conde del Grove se presentó en palacio con todo el uniforme manchado de polvo y desgarrado por todas partes.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó el rey con genuino interés al verle el uniforme destrozado.

—He recibido un golpe muy grande al caer muerto mi caballo. Ya he visto que Vuestra Majestad se ha comportado como un veterano.

La reina madre y la princesa Beatriz salieron al encuentro de sus hijos. Estaban muy conmovidas por lo ocurrido. Les abrazaron olvidándose de sus rangos. La escalera que subía a los salones se llenó de invitados apostados a ambos lados. Comenzaron a aplaudir de forma espontánea. Cuando iba por la mitad se paró el rey y dijo en voz alta:

—Muchos son los que se casan a los veinte años, pero la verdad es que pocos podrán decir lo que yo: que se han casado en el mismo día en que han nacido.

Los invitados rieron y continuaron aplaudiendo. La reina Victoria Eugenia no podía responder con una sonrisa. Sus ojos enrojecidos por el llanto hablaban por sí solos.

La comida del banquete se mantuvo, aunque sin el ambiente festivo que caracteriza a las bodas. No se hablaba de otra cosa que del atentado y de lo poco que les había faltado a los reyes para no contarlo. Las aclamaciones del pueblo iban creciendo en intensidad hasta el punto de que los reyes tuvieron que salir a la terraza de la plaza de la Armería y después al balcón que da a la puerta del Príncipe. Su aparición fue acogida con verdaderas muestras de alegría.

Los reyes volvieron al banquete donde Victoria Eugenia tuvo la única sorpresa agradable de este día: una tarta de seis metros de altura.

—Hemos querido traer a España la costumbre de las bodas inglesas de acabar el ágape con una tarta. Hoy no has recibido la bienvenida que mereces, pero aquí tienes esta tarta elaborada por reposteros ingleses. Has vivido la cara más amarga del momento que nos ha tocado vivir a reyes y gobernantes. Pero espero que te sorprendamos con situaciones tan dulces y especiales como esta.

Los dos se levantaron de la mesa y cortaron la tarta con un cuchillo de hoja de oro y mango de plata. El aplauso de todos los asistentes fue generalizado. Gustó tanto la tarta nupcial que más de uno pensó en incorporarla a las bodas de sus hijos. Victoria Eugenia disimuló con una sonrisa. La primera que vieron los invitados en su cara. Su boda se había truncado en el momento del atentado y nada conseguiría borrar el sonido de los gritos, las imágenes de los muertos y heridos y las manchas de sangre de su vestido de novia. Solo tenía ganas de llorar y de que todo acabara cuanto antes. Pero, como estaba acostumbrada, disimuló.

5. En casa de los García-Ansorena

5

En casa de los García-Ansorena

No tardó mucho en extenderse la noticia del atentado a todos los barrios de Madrid. Era de esas informaciones que corrían de puerta en puerta en muy corto espacio de tiempo. Al poco de llegar Ramiro García-Ansorena a su casa en pleno centro de Madrid y comentar con su padre, el experimentado joyero José María García Moris, lo bella que estaba Victoria Eugenia con la tiara que habían confeccionado durante meses en la joyería familiar, unos golpes en la puerta de la casa interrumpieron la conversación.

—Pero ¿quién llamará así? —comentó el cabeza de familia.

Consuelo Ansorena, la madre del joven, salió de su cuarto asustada por los golpes repetitivos en la cancela. María, la sirvienta, se apresuró a abrir. Allí se encontró con la pequeña de la familia.

—¡Señorita Carmen! ¿Qué le ha pasado? —era evidente que algo malo le había sucedido.

La tercera y última hija de la familia García-Ansorena, hermana de Ramiro, estaba aturdida, con la cara demudada y con la respiración agitada. Traía un susto tremendo y tan solo podía decir un par de frases ininteligibles.

—Una... tragedia. Algo... terrible —se puso a llorar desconsoladamente.

—¿Te han robado? Te dije que no fueras al paso de los carruajes reales que allí hay muchos carteristas —comentó García Moris mientras se mesaba el bigote, estaba convencido de que acababan de robarla.

—No, no... no es eso.

Su madre le alcanzó un vaso de agua y le acercó una silla para que se sentara y se tranquilizara. Pero su respiración seguía agitada.

—Pero ¿qué ha ocurrido? —le preguntó Consuelo preocupada.

—Estaba en la calle Mayor y vi pasar la carroza de los reyes... Me apetecía presumir con mi amiga Pilar de la tiara que llevaba Victoria Eugenia. Las dos aplaudimos mucho cuando los reyes pasaron a nuestro lado. A los cinco minutos, cuando ya nos estábamos yendo, oímos una gran explosión y comenzamos a correr. En la huida, alguien nos dijo que habían lanzado un ramo de flores con una bomba al coche de caballos donde iban Sus Majestades... Nos metimos en un portal y no paramos de ver pasar a gente en camilla que llevaban hasta la Capitanía General o hasta la Farmacia Militar que se encontraba en esa misma calle. Ver a los heridos destrozados... ha sido horrible. ¡Horrible! —no pudo seguir con el relato y se echó a llorar.

—¿Han atentado contra los reyes? —comentó Ramiro incrédulo ante lo que le narraba su hermana—. Pero ¿cómo ha podido pasar? Yo la he dejado bajando las escaleras del Ministerio de la Marina con el porte de una reina. La novia más guapa que he visto en mi vida. ¿Sabes si ha sobrevivido? —Se puso en pie mientras esperaba una respuesta de su hermana.

—Todo es muy confuso. Pero los camilleros gritaban: «¡Los reyes están bien! ¡Los reyes están bien!». La peor parte se la han llevado su guardia y el público asistente. ¿Os dais cuenta? ¡Podría haber sido yo la que estuviera en el suelo herida de muerte!

—¡Hija mía! Hay que dar gracias a Dios de que no haya sido así. —Su madre la abrazó.

Ramiro se quedó unos segundos pensando en Victoria Eugenia y en el brillo en sus ojos cuando la doncella le colocó la tiara de flores de lis en el recogido del pelo. No podía quitarse de la cabeza la imagen de ella bajando las escaleras, una mezcla entre sueño y realidad.

—¡Espero que no haya resultado herida! ¡Menudo recibimiento le hemos dado en España! ¡Y el día de sus nupcias! Seguro que está destrozada. Es una mujer de una gran sensibilidad, aunque parezca muy fría. Alguien como ella, a quien le gustan las joyas y aprecia su hermosura y su valor, no puede ser insensible. El problema que tienen las reinas extranjeras es el idioma. Será siempre una barrera entre ella y los españoles.

—¿Dónde está Milagros? ¿Alguien lo sabe? —preguntó la madre por la mayor de sus hijas—. Con todo lo que está pasando debería regresar a casa cuanto antes.

—Me voy a buscarla. Sé dónde está —comentó María saliendo a su encuentro apresuradamente.

No tuvo que andar mucho. Desde la calle Espoz y Mina donde vivían y tenían el taller, fue directamente a la calle del Carmen, donde se encontraba la iglesia construida en el siglo XVII, Nuestra Señora del Carmen y San Luis. Estaba ubicada muy cerca de la céntrica puerta del Sol. María sabía que antes de comer, a la mayor de los García-Ansorena le gustaba ir hasta allí. Y no se equivocó, la joven conversaba con el cura en la sacristía. El buenazo del padre Manuel, que estaba a punto de cerrar el recinto sagrado, la escuchaba con mucho interés. Llevaba meses yendo de casa a la iglesia y de la iglesia a casa.

—¡Esta chica! —se repetía María a sí misma—. Disculpen que les interrumpa. Milagros, ¡la esperan en casa! Dicen sus padres que regrese inmediatamente.

—¿Pasa algo?

—Sí, que han querido matar a los reyes y están las cosas muy revueltas por la calle. ¡Vámonos, por favor!

Milagros se despidió del sacerdote y al salir caminaron tan solo dos pasos y enseguida se vieron envueltas en una avalancha de gente que corría y gritaba. Con mucha dificultad llegaron hasta su casa, una de las más señoriales de todas las que había en el barrio. Un gran portalón de madera blindaba la entrada. La familia al completo se había asomado al balcón al oír tanto ruido en la calle. Las increparon para que subieran aprisa.

—Pero ¡¿cómo habéis tardado tanto?! ¡Haced el favor de subir inmediatamente! Mirad cómo está la calle —comentó José María García Moris.

La gente corría y chillaba sin rumbo. Se trataba de salir de allí dando empujones o codazos a quien fuera. Un vecino del portal de al lado, al pasar cerca de ellas, les dijo que se trataba de una falsa alarma. Era una avalancha de gente provocada por el miedo. Carmen y María consiguieron meterse en el portal y una vez arriba, comentaron lo sucedido con la familia al completo.

—¿Dónde estabas, Milagros? —le preguntó su madre.

—Mamá, en la iglesia.

—Pues habrá que rezar menos y darse cuenta de la hora que es —añadió su padre seriamente enfadado—. Prefiero que aprendas piano y salgas menos de casa.

—Pero, padre, si no salgo apenas. Además, para qué ocultarlo más. Quiero ser monja.

Después de hacerse un silencio sepulcral, habló el padre.

—Pero ¿esta chica está loca? ¿Vas a meterte a monja? Tú no sabes bien lo que quieres. Espera a conocer a un chico bien situado y se te quitará esa idea. ¡Voy a hablar con ese cura que te ha metido pájaros en la cabeza!

Milagros se echó a llorar mientras el resto de la familia trataba de asimilar lo que acababa de decir.

—Lo tengo muy pensado y meditado. ¡Tengo vocación!

—Pero ¿qué vocación ni qué niño muerto? —Se levantó don José María de la silla y comenzó a andar de un lado a otro de la habitación.

Carmen se enjugó las lágrimas y se levantó para abrazar a su hermana.

—Por favor, un poco de comprensión. Milagros no dice las cosas por capricho. Seguro que lo ha meditado mucho. Y ninguno nos habíamos dado cuenta.

—¡No saldrás de casa en un tiempo! Es mi decisión —ordenó su padre.

—Pero ¿qué vas a hacer con la chica? ¿Tenerla recluida? —comentó la madre.

—Si es necesario, ¡sí! No quiero hablar más de este tema. Con la que tenemos encima. ¡Un atentado a los reyes! Y ahora me vienes con estas.

—Id a vuestro cuarto. No es momento de seguir con esta discusión. Os llamaremos cuando esté la comida sobre la mesa —comentó Ramiro para que las cosas no fueran a peor.

Las dos se retiraron del salón decorado con muebles de madera de caoba haciendo mucho ruido al levantarse ya que se cayó una de las sillas. Un gran espejo ocupaba una de las paredes que presidía el comedor. La otra dejaba a la vista una vitrina que mostraba la vajilla de Limoges y las copas de cristal de Bohemia, que solo se utilizaban en las grandes ocasiones. Consuelo miró el reloj de pared que separaba el comedor del salón y pensó que hoy comerían más tarde de lo habitual. Abandonó la estancia tras sus hijas dejando de nuevo solos a los dos hombres de la casa.

Don José María se levantó y se fue al aparador a servirse una copa de Jerez.

—Lo que nos faltaba en esta casa. ¡Una monja!

—No es ninguna deshonra. Todo lo contrario —dijo Ramiro intentando quitar hierro al momento tan tenso que estaban viviendo.

—¡Perder a una hija! ¡Qué barbaridad!

—Padre, me temo que hoy hemos vivido muchas emociones seguidas. Le dejo a solas. Me voy a mi cuarto, estoy haciendo el boceto de la joya que nos encargó la condesa de Gondomar.

—Está bien.

El joyero se quedó solo pensando en cómo las cosas se podían poner del revés en cuestión de segundos. Tuvo la sensación de que le estaban robando a una hija. Haría todo lo posible para impedirlo.

6. El día después

6

El día después

Al día siguiente, los periódicos dieron en portada la foto del atentado sufrido por los reyes. Al fotógrafo que esperaba en un balcón para captar la imagen de la carroza real, a su paso por la calle Mayor, se le disparó la cámara con la onda expansiva de la bomba. Gracias a eso, la imagen quedó grabada para la historia. Se podían ver los caballos desbocados y el humo de la explosión, así como el desconcierto de la escolta y del público tras el atentado.

José María García Moris leía el ABC, que ya informaba de quién era el autor de aquella escena terrible, que había dejado un reguero de muerte y de heridos. Se trataba del anarquista Mateo Morral. Concretamente, contabilizaban en el periódico veintiocho muertos y casi un centenar de heridos. Algunos de ellos, alrededor de veinte, habían quedado ciegos como consecuencia de la explosión. El joyero cerró el periódico de golpe angustiado ante la idea de que podía haber sido su propia hija la que estuviera en las noticias. Las mismas crónicas hablaban de treinta y tres heridos atendidos en la Casa de Socorro del distrito Centro. Otros tantos en palacio y otra treintena en el distrito de La Latina. El Juzgado Militar, por su parte, hablaba de otros veinticinco heridos curados, sin contar dos agentes de seguridad, que también fueron atendidos allí.

Mateo Morral, el autor del atentado, logró escapar aprovechando el desconcierto que se produjo en la calle Mayor tras la explosión. De la noche a la mañana, se había convertido en la persona más buscada por la policía y por la guardia civil. Sin embargo, no daban con su paradero, lo que produjo que comenzaran las críticas a la seguridad del rey y al hecho de que hubiera sido tan fácil para el regicida llevar a cabo el atentado. Se supo que el anarquista se había hecho pasar por periodista y había intentado entrar por la puerta de atrás de la iglesia de los Jerónimos. Los guardias le echaron de allí, pero sin ver qué era lo que escondía en esa cartera que llevaba debajo del brazo. De haberle registrado, habrían descubierto sus intenciones y habrían evitado muchos muertos y heridos.

El cabeza de familia andaba inmerso en estos pensamientos relacionados con el atentado, hasta que apareció en el salón su hijo Ramiro. El mediano de sus vástagos era el único que había seguido sus pasos. Desde niño le había gustado pisar el taller de joyería y, recién cumplidos los dieciocho años, ya ocupaba un puesto de responsabilidad en el negocio familiar. Al estar más cercano en edad a los reyes, su padre le había cedido el testigo con la Casa Real.

—Ya tengo un boceto para la joya que nos ha encargado la condesa de Gondomar —dijo enseñándoselo a su padre.

—Muy bonito. ¡Qué destreza tienes para el dibujo! Ya me hubiera gustado tenerla a mí. No me extraña que la condesa quiera que todo se lo hagas tú.

—Bueno, mucho ha tenido que ver el encargo del año pasado. El diseño de la corona de la Virgen del Pilar me ayudó a que reconocieran el trabajo que hice a pesar de mis pocos años. Además, padre, usted tiene otras habilidades. Sabe todos los pasos que sigue una joya hasta que está montada. De ahí que dirija el taller como nadie, porque eso no lo puede hacer cualquiera.

—Bueno, cuando entré a trabajar lo hice con todo mi empeño. Lo que no imaginé nunca es que un día sería el dueño de la joyería. Enamorarme de tu madre, una Ansorena, me dio esa gran oportunidad. A tu abuelo Celestino no creo que le hiciera mucha gracia que yo me casara con ella, pero al final... tuvo que cargar conmigo —se echó a reír.

—El hecho de que el negocio descansara en las manos de su yerno también le dio mucha tranquilidad. Sobre todo, cuando se jubiló. Mírelo por ahí también. Pocas personas he conocido tan trabajadoras como usted.

—Eso es lo que he hecho toda mi vida, trabajar como un descosido. Me he esforzado por daros un futuro a los tres hijos y ahora... me sale Milagros con que quiere ser monja y tirar todos mis esfuerzos a la basura.

—Padre, no insista en ese tema. Debe dejar correr el tiempo para comprobar si se trata de algo efímero o realmente su vocación es la de ingresar en una orden religiosa.

Consuelo Ansorena entró en ese momento en el salón, interrumpiendo la conversación que mantenían padre e hijo. Al rato, María llegaba de la cocina con una enorme bandeja para el desayuno. Ninguno de los dos volvió a hablar del tema. Optaron por no hacer ni un solo comentario de la confesión de Milagros la tarde anterior. Cuando aparecieron sus hijas para desayunar todos hablaban del anarquista que todavía no había sido detenido.

A pocos metros de allí, en el Palacio Real, el día comenzaba para los reyes tratando de asimilar que hubieran querido matarles el mismo día de su boda. Alfonso XIII desayunaba en su habitación, ya perfectamente vestido, con el mismo apetito de siempre. Sin embargo, Victoria Eugenia, todavía en su bata de seda blanca, apenas abría la boca para tomar un té.

—Ena, tienes que animarte. No nos ha pasado nada. Debes olvidar el suceso de ayer.

—Acabo de ver mi traje de novia manchado de sangre. No me puedo olvidar. Es imposible. —Volvió a echarse a llorar.

El rey llamó al servicio y de forma enérgica solicitó retirar el vestido de la habitación.

—Hagan el favor de llevarse de aquí el vestido de novia. Hasta que no le quiten las manchas no lo traigan a nuestras dependencias. ¿Me han entendido? No lo quiero de vuelta hasta que borren la sangre del traje.

Se retiraron las doncellas que acudieron a la llamada del rey. Mientras tanto, Victoria Eugenia miraba a su flamante esposo muy seria, parecía ausente. Todavía se preguntaba cómo podía haber ocurrido y cómo se habían librado.

—No entiendo —comentó Ena—. ¿Tú sabías que corríamos algún riesgo? Antes de que estallara la bomba me comentaste que ya había pasado el peligro... Yo te estaba preguntando a qué te referías, cuando estalló la bomba.

—Bueno, tampoco te quería asustar. Cuando hay tanta gente en la calle la seguridad total no existe. Y ese día tanto mi madre como yo recibimos un anónimo con la foto del terrorista que ahora están buscando. Alguien nos quiso advertir... Corría un rumor. Pero si fuera por los rumores jamás saldríamos a la calle, y los reyes nos tenemos que dejar ver. Aquí la ineficacia ha sido de la policía y de su responsable, el ministro de la Gobernación, el conde de Romanones.

—Alfonso, deberías haber sido más claro conmigo y contarme lo de las amenazas. A lo mejor no deberíamos haber hecho el paseo por las calles. Sabiendo que estabas amenazado te expusiste y me expusiste a mí.

—Los reyes cuando nos casamos compartimos la alegría con nuestro pueblo. ¡Es nuestro deber! —se molestó Alfonso con el comentario de Ena.

Durante unos minutos estuvieron callados. Solo sonaban las tazas y las cucharillas del desayuno. Irrumpió en las estancias personales el ministro de la Gobernación, mencionado hacía tan solo un minuto: el conde de Romanones.

—Majestad, vengo a decirle que estamos pisando los talones a Mateo Morral, que es como se llama el anarquista que atentó contra Sus Majestades. Este anarquista era discípulo del ácrata, Francisco Ferrer, cofundador de la Escuela Moderna de Barcelona. También hemos sabido que ha tenido contacto en las últimas horas con el escritor José Nakens. ¡Tarde o temprano daremos con él!

—Si no ofrecen una recompensa para que alguien le delate, no le encontrarán ustedes jamás —comentó el rey—. ¿Esos nombres que me ha dado no estarán ligados a la masonería?

—Efectivamente. Son masones y tienen el beneplácito de toda la izquierda.

—Aquí vamos a la contra del resto de Europa, donde la masonería está en total decadencia.

—La masonería no desaparecerá jamás, majestad.

Victoria Eugenia miraba al ministro con la frialdad de una estatua de mármol. Le hacía responsable de lo ocurrido.

—Señora, no sabe cómo lo siento. No me puedo quitar de la cabeza los hechos tan terribles que presenció.

—Yo tampoco —fue el único comentario que salió de su boca—. No lo olvidaré jamás.

Romanones se despidió prometiéndoles que el autor del atentado sería detenido en las próximas horas. El rey continuó desayunando como si no hubiera pasado nada. Al rato, comenzaron a escuchar aplausos y vítores a través de la ventana. No tardó en entrar en su estancia la reina María Cristina.

—¿Es que no escucháis? Está la gente aclamando a sus reyes. Tenéis que responder saliendo al balcón.

Alfonso ni se lo pensó, abrió el gran ventanal y comenzó a saludar al público allí congregado. La reina Victoria Eugenia le siguió y asomó también su cabeza saludando al gentío que los apoyaba. Volvieron a entrar en la habitación después de un buen rato saludando al pueblo.

—Ha sido muy bonito el gesto de seguirme en el saludo. —Besó su mano mirando sus ojos claros—. Cuando acaben los actos que tenemos preparados con las Casas Reales que nos han acompañado en la boda, nos iremos de viaje de novios a La Granja. Aquí seguirás recordando lo ocurrido y debes olvidarlo cuanto antes.

—Te encantará el palacio que perteneció a Felipe V e Isabel de Farnesio. Te recordará el paisaje a la frescura de Escocia —comentó la reina madre.

—Me gustará ir allí —pensó que un cambio de aires le sentaría bien. Todo cuanto veía y escuchaba allí le recordaba el atentado. Necesitaba olvidarlo. Su matrimonio no podía haber comenzado peor—. Les diré a mis doncellas que en unos días nos iremos.

Ena se retiró a su vestidor y salió a la media hora completamente vestida de blanco. Alfonso se quedó con los ojos muy abiertos al verla tan bella. Se excusó ante su marido.

—Vuelvo en unos minutos.

Antes de salir a dar un paseo por Madrid en el Panhard que le gustaba conducir a Alfonso, acudió a la habitación de lady William Cecil. Debía despedirse de la persona con la que más le gustaba conversar. Ella regresaba a Reino Unido, no se quedaba al resto de las celebraciones. Para Ena era como si se despojara de su identidad inglesa para siempre.

—May...

Lady William Cecil se abrazó a ella en cuanto la vio. Así permanecieron durante un buen rato. La dama inglesa sabía perfectamente cómo se sentía su amiga. La conocía muy bien y, además, la edad le daba alguna ventaja.

—Ena, tú sabes que me paso la vida despidiéndome de todos. Mi pasión por conocer otros mundos y adentrarme en otras culturas me obliga a ausentarme largas temporadas. Si no, ¿cómo te iba a contar con detalle mis viajes? Tranquila... todo va a salir bien.

—Nada ha salido bien. Mi boda ha dejado tras de sí un reguero de sangre de muertos y heridos por el atentado. No creo que pueda quitarme de la cabeza esa imagen de mis guardias destrozados en pedazos...

—Te costará, pero lo conseguirás. Afortunadamente tú y tu marido, el rey, estáis bien. Ha sido terrible, sí, pero podía haber sido peor. Hazme caso, lo superarás y serás una gran reina.

May quiso mirarla y deshizo el abrazo. Se quedó frente a ella observando sus ojos.

—A pesar del horror que has vivido, tengo la impresión de que la noche no ha sido nada mala.

—¡May! ¿Qué estás diciendo? —Se puso muy colorada.

—¡La primera noche es muy importante y me da la sensación de que la experiencia no te ha disgustado! ¡Te lo noto! No, no me digas nada. No hace falta.

—No puedo tener secretos contigo. Lees en mis ojos. No te equivocas. Alfonso ha sido muy afectuoso conmigo y creo que he sabido corresponderle... May, no me dejes. Vente a La Granja conmigo. Te necesito. Sabes que eres como una hermana para mí.

—El rey no lo entendería. No podemos ser multitud en la luna de miel. —Las dos se echaron a reír—. Además, me pondría muy pesada hablando de mi último viaje a Egipto.

—Nada me parece más interesante que escucharte.

—Volveré pronto a verte. Te lo prometo. Eres ya una mujer casada y responsable de formar tu propia familia. Ya sabes que la obligación de una reina es dar descendencia al rey, proporcionar un heredero a la Corona. Y ahí no puedo entrar yo. —Volvió May a hacer reír a la reina—. Pero prométeme que no te volverás una dama insulsa y aburrida.

—Eso nunca. Todo me interesa. Y ahí tengo los libros que me has recomendado, los museos, la música... para no adocenarme. No me gusta hablar del tiempo ni de los hombres, como hacen las damas cuando se quedan a solas.

—No te olvides de

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos