Simpatía

Rodrigo Blanco Calderón

Fragmento

libro-2

 

simpatía

Del lat. sympathīa, y este del gr. συμπάθεια sympátheia ‘comunidad de sentimientos’.

1. f. Inclinación afectiva entre personas, generalmente espontánea y mutua.

2. f. Inclinación afectiva hacia animales o cosas, y la que se supone en algunos animales.

3. f. Modo de ser y carácter de una persona que la hacen atractiva o agradable a las demás.

4. f. Biol. Relación de actividad fisiopatológica entre órganos sin conexión directa.

5. f. Fís. Relación entre dos cuerpos o sistemas por la que la acción de uno induce el mismo comportamiento en el otro.

DICCIONARIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA

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I would like, to begin with, to say that though parents, husbands, children, lovers and friends are all very well, they are not dogs.

ELIZABETH VON ARNIM

Te sigue un perro grande, el perro fiel y lento de nuestra lejanía.

VICENTE GERBASI

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I

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1

El día en que su mujer se marchó del país, Ulises Kan decidió buscarse un perro.

Viéndolo todo desde la perspectiva de lujo, inclemente, que brinda un matrimonio cuando se termina, aquello tenía sentido. Antes de casarse, él le había advertido que no quería tener hijos. Paulina respondió que ella era alérgica a los perros.

Martín, su suegro, en la primera conversación que sostuvieron, poco después de la luna de miel, le reveló que su hija no era alérgica ni a los perros ni al polvo ni a nada.

—Si acaso a la alegría, como la madre, que en paz descanse.

Había dicho eso y luego soltado una carcajada estentórea. Él hizo un esfuerzo por reír también, pero al viejo le entró un ataque de tos tan fuerte que Ulises creyó que se moría.

—Es cierto que se puede vivir sin perros, pero no hace falta —dijo cuando recuperó el aliento.

Desde ese día, Ulises supo que su matrimonio estaba condenado al fracaso. Ahora que navegaba en internet buscando información sobre albergues de perros donde los dieran en adopción, se dio cuenta de que Martín tenía razón. La había tenido desde el principio.

Su suegro era un hombre «jodidamente hermoso». Así lo describía en sus conversaciones imaginarias con algunos amigos. Cuando el último de estos se instaló con su familia en Buenos Aires, Ulises se salió del grupo de WhatsApp que compartían.

Así nos marchamos los que nos quedamos, pensó.

La belleza de su suegro recordaba la de Alain Delon. Ulises tenía la impresión de que Martín no solo estaba al tanto del parecido sino que, incluso, lo subrayaba en secreto. El haber sido abandonado cuando niño, el odio hacia los hijos y las mujeres, el recuerdo idílico de su tiempo de servicio en el Ejército, el cementerio de perros en el jardín de la casa, esa adicción a la soledad que se recrudecía a medida que se acercaba el final de su vida. Todos los rasgos decisivos y no tan conocidos de la vida de Alain Delon encontraban en él un eco.

La conexión la había hecho el día que vieron juntos en la televisión un documental con motivo del cincuenta aniversario de El gatopardo, de Luchino Visconti. A Delon lo entrevistaban en el barrio de Palermo donde estaba el palacio de Gangi, el mismo en el que se rodó la famosa escena del baile.

—Nunca ha habido tanta belleza junta: Alain Delon, Claudia Cardinale y Burt Lancaster —dijo Martín, contando el reparto con los dedos, como si estuviera nombrando la alineación del Napoli de 1987.

Ulises pensó que en la vida de su suegro, en alguna sala suntuosa del pasado, debía de haber una Claudia Cardinale.

Cuando se lo preguntó, Martín resopló.

—Si preguntas pendejadas, Ulises. Claro que tengo una Claudia Cardinale. Y yo sé que tú también. Pero incluso un hombre que no haya tenido nunca una Claudia Cardinale siempre podrá ver a Claudia Cardinale —dijo señalando la pantalla del televisor—. ¿Me entiendes?

Ulises asintió pero no estaba seguro de haber entendido.

No sabía por qué su suegro había dejado de hablarles a sus hijos. Paulina tampoco lo tenía claro y, aunque decía haberlo superado, en el fondo aún le escocía el rencor. Ulises había llegado a él por su propia insistencia. Le parecía un escándalo no conocer a su suegro. Ella esquivó el asunto hasta que no pudo más y un buen día lo condujo hasta una casa que colindaba con el parque Los Chorros, al final de una empinada calle ciega. Ulises solo había ido una vez a ese parque del noreste de Caracas, uno de los más antiguos de la ciudad, famoso por sus cascadas y sus pozos de agua. La familia Khan lo había llevado para hacer un pícnic y celebrar la noticia del embarazo de la señora. «Tendrás un hermanito», le dijeron, forzando una sonrisa. Ulises recordaba el silencio en que transcurrió aquella excursión de su infancia, solo interrumpido por el sonido del agua al caer.

—¿De dónde viene? —había preguntado Ulises, señalando una cascada.

—¿El agua? —dijo el señor Khan.

—Sí.

—Del Ávila. De allá arriba —le respondió.

Ulises observó la enorme masa verde a la que apuntaba el brazo del señor Khan. Esa cadena montañosa que protegía la ciudad, dándole la espalda como un gigante dormido.

—¿Esto no es el Ávila? —preguntó.

—No, Ulises. Este es el parque Los Chorros. El Ávila está allá atrás. Pero si remontas la corriente del agua, llegas a la montaña.

Esa primera vez, Paulina detuvo el carro frente a una fachada de ladrillos con un portón negro y le advirtió:

—Ni se te ocurra tocarle el tema.

—¿Cuál tema?

—De por qué no nos hablamos y todo eso. Te caería a gritos y te botaría de la casa. Bueno, puede que de todas formas lo haga.

Cuando arrancó y lo dejó solo ante el timbre de la puerta, Ulises se sintió como Chris O’Donnell a punto de entrar en la cabaña de Al Pacino en Perfume de mujer. A diferencia del personaje de la película, a Martín lo mantenía aislado no la ceguera sino un enfisema pulmonar.

—De grado cuatro. Estoy jodido —le dijo su suegro a modo de bienvenida.

Martín se dedicaba a ver películas viejas y a leer. Sus únicas pasiones de hombre retirado eran cuidar el jardín y sacar a pasear a los perros. Cada día acompañaba al señor Segovia, su chófer y mano derecha, a pasear a Michael, Sonny y Fredo. Dos pastores alemanes y un perro callejero que eran, según él, «un espectáculo de ver». Los llevaban en la camioneta a un parque que quedaba antes de llegar a la Cota Mil y allí los soltaban. Martín a veces se bajaba con ellos. Otras, prefería observarlos desde su asiento en la camioneta, siguiendo las idas y vueltas, los saltos, los ladridos, los gruñidos y los mordiscos, como una carrera en un hipódromo enloquecido. Martín siempre regresaba contento, como si hubiera ganado o perdido una apuesta contra sí mismo.

Aquella primera tarde conversaron unas seis horas. Cuando Paulina lo pasó a buscar, ya de noche, no podía creerlo. Quería que le contara cómo estaba su padre, de qué habían hablado, cómo había sucedido todo.

Ulises trató de hacerle un resumen pero no lo tenía claro. Solo sabía que había sido una velada magnífica.

—Por cierto, qué guapo es tu padre —dijo Ulises—. Ahora entiendo de dónde sacaste esos ojos.

Ella suavizó la expresión y por un instante Ulises vio a la pequeña Paulina reaparecer como una ahogada de entre las profundidades de su propio rostro, para volver a hundirse un segundo después.

—Yo creo que es por este asunto de que yo también soy huérfano —dijo Ulises, casi como una excusa.

—¿Hablaron de eso?

—No.

—¿Los huerfanitos se reconocen entre sí?

Después de pensarlo unos segundos, Ulises respondió:

—Sí. Creo que sí.

Hicieron el resto del camino en silencio. Cuando ya estaban entrando al apartamento, Paulina le dijo:

—Discúlpame.

—No te preocupes —dijo Ulises.

—De verdad, gracias por ir a verlo.

—Yo, encantado. Quedamos en que volvería la semana que viene.

—Ok.

—Pero si te molesta, no voy.

—¿Por qué habría de molestarme? Ve.

Y fue así como Ulises Kan se hizo amigo de su suegro, un hombre tan hermoso que se parecía a Alain Delon.

libro-6

2

La mañana del día decisivo, Ulises soñó con Claudia Cardinale. La actriz repetía la secuencia que la hizo célebre en El gatopardo, cuando el personaje interpretado por Alain Delon la ve por primera vez. En el sueño, Claudia Cardinale era también Nadine, y el escenario no era el palacio de Gangi, en Palermo, sino el centro cultural donde Ulises daba sus talleres de apreciación cinematográfica. Ese centro consistía, en realidad, en una librería con varias aulas en el segundo piso. Claudia, o Nadine, llevaba en la mano un teléfono celular.

—¿Qué haces aquí? —le preguntaba Ulises.

—Tú me llamaste —le respondía, mostrándole el celular. Él veía el teléfono que le tendía aquella mujer encorsetada en un vestido de la época de Garibaldi y no entendía nada.

Ulises leyó un mensaje de texto de él para ella que solo decía: «Ven». Entonces empezaban a hacer el amor.

Despertó llorando y con una erección tremenda. Eran casi las nueve de la mañana. Paulina hacía rato que se había ido a su oficina. Se secó las lágrimas y después tomó una ducha fría.

Mientras bebía el primer café, entró en Twitter y revisó las noticias. En la noche, en la avenida Francisco de Miranda, un estudiante había sido asesinado por los grupos paramilitares. Apenas estaban a primeros de abril y ya el mes amenazaba con culminar como una granada madura, cargada de arilos empozados en su propia sangre. Ulises se detuvo en la foto de la madre del muchacho, que lloraba a mares, pero solo pudo pensar en las lágrimas de su propio despertar. El sueño había sido interrumpido en el momento en que ellos hacían el amor. ¿Acaso lloró por eso? Podía ser. Solo que para llorar por la interrupción tenía que haber habido un momento de conciencia donde entendiera que todo era un sueño. ¿La extraña combinación del teléfono y el vestido? Lo cierto es que de un lado del espejo, por así decirlo, estaba el cuerpo de Nadine. Del otro lado, su propio cuerpo entre las sábanas de aquella cama demasiado grande, y las lágrimas.

Se puso a leer el ensayo de Borges «La flor de Coleridge» y perdió la mañana saltando de un lugar a otro del viejo tomo verde de sus Obras completas, como un abejorro distraído en las estribaciones de una montaña. Hacia el mediodía abrió su cuaderno de notas y consignó un título: El pene de Coleridge. Se disponía a escribir unas páginas con lo primero que se le ocurriera cuando recibió un mensaje de Paulina: «Me voy del país. Ya no aguanto».

Ulises observó la pantalla del teléfono durante algunos instantes. La pantalla se oscurecía y él la volvía a tocar para cerciorarse de que el mensaje todavía estaba ahí.

«Ven», le hubiera gustado haberle escrito aquella vez a Nadine, pero no lo hizo.

Entonces contestó: «Ok».

A lo que Paulina respondió de inmediato: «Me quiero ir sola, Ulises. ¿Entiendes lo que te quiero decir?».

Ulises no tardó en volver a responder: «Lo entiendo, Paulina. Así se hará. Lo hablamos esta noche».

Tenía que buscar a Nadine. Ahora estaba claro. Pero ¿y si no la encontraba? ¿O si ella no le respondía?

Esta vez fue Paulina quien necesitó un tiempo para contestar: «Gracias».

Como aún no tenían cinco años de casados, hacía poco había sido el cuarto aniversario, no podían divorciarse de inmediato. Lo mejor, le dijo Paulina al llegar en la noche, era firmar una separación de cuerpos y otorgarle un poder a un abogado para hacer efectivo el divorcio cuando transcurriera un año.

—Como el apartamento está a mi nombre, yo me encargo de los trámites para venderlo y de los honorarios del abogado, que es amigo de la familia. A ti te tocaría el diez por ciento de lo que nos den, si te parece. Puedes quedarte hasta que tengamos al comprador. Incluso, mostrar el apartamento. También te puedes quedar con el carro —dijo Paulina.

Ulises aceptó. Paulina solo le pidió a cambio que intercediera ante su padre para verlo antes de partir.

Después de esa conversación, Ulises visitó a Martín y sin preámbulos le contó del divorcio y del viaje de Paulina.

—Se va en un par de meses. Máximo tres. Me rogó que hablara con usted para que por favor la reciba antes de irse.

—No —dijo el viejo y le subió el volumen al televisor.

Ulises esperó unos segundos y volvió a la carga.

—Paulina está muy mal —mintió.

—Mira, Ulises —dijo Martín de repente, apagando el televisor—, te lo voy a decir una sola vez para que te quede bien claro. El apartamento donde ustedes han estado viviendo es mío, no de Paulina. ¿Quieres seguir allí cuando ella se vaya?

Ulises sintió que se le secaba la garganta.

—¿Quieres o no quieres? —insistió Martín.

—Sí —dijo al fin.

—Muy bien. Por mí, puedes seguir viviendo allí todo el tiempo que quieras. Pero si me vuelves a tocar el temita de Paulina, mañana mismo estás en la calle. ¿Entendido?

—Entendido.

Ulises supuso que debía marcharse. Sin embargo, como si no hubiera pasado nada, Martín le preguntó:

—¿Has leído a Elizabeth von Arnim?

—¿A quién?

—Elizabeth von Arnim.

—No.

—Yo tampoco, pero me hablaron de ella una vez y nunca se me olvidó. Era una escritora australiana, muy famosa en su tiempo. Al final escribió sus memorias y las tituló Todos los perros de mi vida. Al parecer, solo cuenta eso. La historia de cada uno de los perros que tuvo. No habla de los maridos, ni de los hijos, ni de los amantes. Solo de sus perros. Cojonudo, ¿no?

—Sí —dijo Ulises.

—Vamos fuera, a que conozcas el jardín —dijo Martín poniéndose de pie.

Ulises había querido ver el jardín desde que supo que su suegro tenía allí un cementerio de perros. En todo ese tiempo, de la casa no había visto más que la sala de la entrada, la amplia escalera que conducía al segundo piso y, allí, la habitación donde Martín lo recibía. Una sola vez se había perdido, al salir del baño que estaba en el rellano, y terminó en la biblioteca. Una sala de techos altos, cuyas paredes estaban cubiertas con estanterías repletas de libros. Y entre una estantería y otra y en el espacio que mediaba entre el tramo final de estas y el techo, la colección más grande que hubiera visto de retratos del Libertador Simón Bolívar.

El jardín era enorme. Se prolongaba hasta el comienzo de una montaña que formaba parte del parque Los Chorros. El jardín y el parque estaban separados por una delgada reja de metal que desde lejos parecía una telaraña.

—¿No le da miedo? —dijo Ulises, señalando el fondo del jardín.

—¿Qué cosa?

—Que se metan por ahí. O que con un palo de agua se venga abajo la montaña.

Martín sonrió.

—Cuando se hunda Caracas, que se va a hundir, lo único que va a sobrevivir es ese pico de montaña. Además, en el parque hay un puesto de la Guardia Nacional que patrulla todo el tiempo. Yo mismo me encargué de que lo instalaran, hace años, cuando compré la casa.

El jardín estaba separado en dos áreas. Una muy extensa donde andaban sueltos Michael, Sonny y Fredo, limitada por una reja interna con portezuela de apenas un metro de altura que los perros respetaban con misteriosa obediencia. Y otra área mucho más pequeña, escondida detrás de una hilera de arbustos podados de forma irregular, con su respectiva puertecilla de acceso, donde reposaban los restos de los perros que habían fallecido en los últimos años.

Había cuatro tumbas. Eran cuatro parcelitas de tierra aplanada, con una piedra de mar y una pequeña placa de madera en cada una. Las placas tenían los nombres de los perros y las fechas de sus muertes.

—Ying-Ying, Chirú, Oreo y Chobi —dijo Martín.

Su suegro se veía tranquilo.

—¿Cuándo empezó con esto del cementerio?

Martín suspiró y dijo:

—El día que comprendí que, a pesar de todas las pruebas en contra, podía ser que a lo mejor Dios sí existiera. Un día vi a mis perros y a través de mis perros me pareció ver a Dios y lo supe. Me di cuenta muy tarde, lamentablemente.

—Y su esposa ¿qué decía?

—¿Mi esposa?

—La mamá de Paulina. ¿Qué decía del cementerio de perros?

—¿Y a ti qué te importa lo que pensaba o no pensaba la madre de Paulina? No tiene nada que ver con lo que te estoy contando.

—Disculpe. No sé por qué lo dije.

—O sí tiene que ver, ahora que lo pienso. Los curas de la Edad Media al final tenían razón. Las mujeres son lo contrario a los perros, son la prueba de que el demonio también existe.

—¿En verdad piensa eso, Martín?

—Por supuesto que lo pienso. Mira a Paulina, por ejemplo.

—¿Qué pasa con ella?

—¿No te has dado cuenta, Ulisito?

—¿De qué?

—Anda loca con el asunto de la herencia. Tiene miedo de que me muera y la deje sin nada. Lo que quiere es el apartamento para venderlo. Y dejarte a ti en la calle, como un perro y sin un céntimo.

libro-7

3

Paulina se marchó la última semana de junio y Ulises volvió a verla en Caracas a comienzos de septiembre, cuando murió el general Martín Ayala.

El velorio fue en el Cementerio del Este. Ulises había entrado en la capilla, temeroso de enfrentarse a la imagen yerta de su suegro. Sin embargo, la tensión que encontró allí bastó para hacerle olvidar aquel temor. Los pocos deudos se ubicaban en dos grupos a ambos lados de la urna. Todos eran militares vestidos con sus uniformes de gala. Lo extraño era que los grupos no se comunicaban entre sí. Nadie cruzaba de la izquierda hacia la derecha ni viceversa. Se miraban unos a otros como separados por un río que en cualquier momento atravesarían con una carga de infantería para conquistar la orilla enemiga.

Ulises se aproximó y se detuvo ante la urna. A su espalda oyó los murmullos.

—Es el yerno, creo —dijo una voz en un susurro que todos escucharon.

Se quedó con la cabeza gacha, observando el rostro petrificado de su suegro, aparentando un recogimiento que era imposible sentir en medio de ese aire enrarecido. Dos minutos después se enderezó, dio unos pasos y se puso a leer las cintas de las coronas.

«Al general Martín Ayala Ayala, soldado valiente de la patria. Condolencias a sus familiares y amigos. Academia Militar de Caracas.» «Al general M. Ayala Ayala. Pilar del Ejército venezolano. Academia Militar de la Aviación Bolivariana, Edo. Aragua.» «A la memoria de nuestro ilustre compañero. Sociedad Bolivariana de Caracas.» «Siempre en nuestros corazones. Asociación de Trabajadores del Hotel Humboldt.»

¿Hotel Humboldt?, se preguntó Ulises.

Sintió que lo agarraban del brazo. Era el señor Segovia.

—Acaba de llegar la niña —le dijo señalando hacia afuera.

Ulises parecía perdido.

—La señora Paulina —precisó Segovia.

—Por supuesto —dijo Ulises y salió al salón principal.

Al verla, la sintió devastada. Parecía como si una remoción de tierra, previa a un hundimiento, socavara sus gestos. Él trató de a

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