1
Elfrida Wing se movió, refunfuñó y cambió de postura en la cama, medio adormilada, cuando el sol oblicuo de la mañana de verano iluminó el dormitorio, imprimiendo muy cerca de su almohada un rectángulo torcido de luz entre limón y oro sobre las motas verde oliva del papel pintado. Despertada por el resplandor que se acercaba centímetro a centímetro, abrió los ojos y se quedó mirando la pared, enfocándola con cierta dificultad, tratando de obligar a su cerebro comatoso a ponerse en funcionamiento, a pensar. Como de costumbre, en el momento de despertarse se sentía fatal. Le parecía estar viendo un diseño de hojitas afiladas, muy delicadas, pensó. ¿O eran pájaros? ¿Siluetas de pájaros? O quizá fueran simples pinceladas y manchas verde oliva que evocaban imágenes de hojas y pájaros.
Daba igual. Hojas, pájaros o motas al azar: ¿qué importancia tenía a gran escala? Salió de la cama y, despacio, se puso la bata encima del pijama. Bajó las escaleras con el mayor sigilo posible, cerrando los ojos cada vez que crujía un peldaño, con una mano bien sujeta a la barandilla, intentando olvidarse del dolor de cabeza brutal —como si se le resquebrajara el cráneo— que, ahora que estaba de pie, había empezado a latir detrás de los ojos, inflándolos rítmicamente por compasión, o esa sensación tenía. Entonces se acordó de que Reggie se había ido hacía un buen rato al rodaje, con las primeras luces. Podía relajarse.
Se detuvo, tosió, se tiró un sonoro pedo y terminó de bajar las escaleras escandalosamente, entró en la cocina con pasos largos y abrió de golpe la puerta del frigo para coger el zumo de naranja. Cortó la esquina del cartón y se sirvió medio vaso antes de volverse hacia el armario de los condimentos y sacar la botella de vinagre blanco de Sarson que guardaba allí, detrás del paquete de azúcar. Añadió un buen chorro en el zumo de naranja. A veces lamentaba que el vodka no tuviera más sabor, como la ginebra, aunque reconocía que esa neutralidad era precisamente su mayor aliada. Un vaso de vodka con agua del grifo era lo que tomaba a diario para entonarse cuando Reggie estaba en casa. Por suerte, él nunca cuestionaba su sed casi constante ni preguntaba por qué había siempre en el armario tantas botellas de vinagre blanco de Sarson. Elfrida se sentó a la mesa de la cocina y se bebió el vodka con zumo de naranja a sorbitos, lo terminó enseguida y se sirvió otro vaso, hasta que notó el zumbido, el golpe tranquilizador. El dolor ya estaba desapareciendo.
El título de una novela le vino misteriosamente a la cabeza, sin pedirlo. El hombre en zigzag. Casi se imaginaba la cubierta. Una inteligente composición de las dos zetas; puede que en distintos colores el «zig» y el «zag»... Se sirvió más zumo de naranja, volvió al armario a por la botella de vinagre y vació en el vaso el dedo que quedaba. Tenía que comprar otra botellita de vodka, pensó. O dos. Buscó su libreta de notas y anotó el título. El hombre en zigzag, Elfrida Wing. Había anotado docenas de títulos de posibles novelas, vio mientras pasaba las páginas: El verano de las avispas, Petrificado, El acróbata, Guapa a morir, Una semana en Madrid, La regla de oro, Oscuro elogio, Jazz, Equinoccio de primavera, El proceso de iluminación, Sol fresco, Misterio en un pueblo, Alejamiento, Entrada de artistas, De Berlín a Hamburgo, El golpe de la hoz, Un intervalo en la Riviera, Un viaje seguro siempre adelante, Caída: títulos y títulos de novelas no escritas. Y ahora podía incluir en la lista El hombre en zigzag. Los títulos eran la parte fácil: escribir la novela era el gran desafío. Bebió un trago de zumo y de repente se puso triste. Habían pasado diez años, pensó con pena, desde que publicó su última novela, El gran espectáculo, en la primavera de 1958. Diez largos años en los que no había escrito una sola palabra: solo listas y listas de títulos. Se terminó el zumo con sensación de entumecimiento y el escozor de las lágrimas en los ojos. «Deja de pensar en las malditas novelas», se ordenó, enfadada. Tómate otra copa.
2
Talbot Kydd se despertó de pronto en mitad de un sueño. Había soñado que estaba en una playa grande, y un joven desnudo salía de entre las olas, saludándolo con la mano. Se sentó en la cama, medio dormido aún y miró a su alrededor. Sí, estaba en un hotel, claro, no en casa. En otro hotel: a veces pensaba que se había pasado la mitad de la vida en hoteles. En realidad le daba lo mismo: la habitación tenía un tamaño generoso y el baño funcionaba perfectamente. No necesitaba más para su estancia. Londres estaba cerca, y eso era lo principal.
Sacó las piernas de la cama y se levantó despacio, parpadeando; se estaba frotando la cara cuando sonó la alarma del despertador. Las seis. Qué hora tan absurda de empezar el día, pensó, como hacía siempre cuando su trabajo imposible le imponía estas exigencias. Sin moverse del sitio, se estiró con cuidado, subió los brazos por encima de la cabeza unos segundos, como si quisiera tocar el techo, hasta que oyó el crujido de las articulaciones, y entonces pasó tranquilamente al cuarto de baño.
Tumbado en la bañera y rodeado de vapor, pensó de nuevo en el sueño que había tenido. ¿Era un sueño o era un recuerdo? En cualquier caso agradablemente erótico, y sobre un chico joven, pálido y esbelto... ¿O era su hermano Kit? ¿O una foto que había hecho en realidad, uno de sus modelos? Recordaba el cuerpo pero no la cara. Intentó recuperar más detalles, pero los recuerdos del sueño no cuajaban y el chico seguía siendo inmutablemente genérico: atractivo, delgado, inidentificable.
Se afeitó, se vistió —traje clásico gris carbón, camisa blanca, corbata del regimiento de Infantería Ligera de East Sussex— y se pasó el cepillo dos veces por las sienes casi blancas. Las luces del techo del cuarto de baño le iluminaban la calva pecosa. «Calvo a los veinticinco años —dijo una vez su padre—: Espero que seas hijo mío». Fue un comentario muy desagradable para un chico avergonzado por la calvicie prematura, pensó Talbot, y se acordó de su padre, que tenía una buena mata de pelo pajizo, ondulado y peinado hacia atrás, como un hombre enfrentado a un temporal. Pero como la amabilidad no era una virtud que pudiera asociarse con Peverell Kydd, el desliz tal vez fue una muestra de sincera sospecha...
Bajó por las escaleras al comedor, para desayunar, y se quitó de la cabeza los recuerdos de ese cabronazo. Peverell Kydd llevaba ya dos décadas muerto. Bien. A la mierda, él y su sombra.
Estaba casi solo en el comedor del Grand, porque era muy temprano. Una pareja de mediana edad con ropa de tweed y un chico gordito con el pelo hasta los hombros que estaba fumando, esos eran sus tres compañeros. Talbot pidió como siempre su arenque, se bebió cuatro tazas de té y se comió dos rebanadas de pan blanco con mermelada de frambuesa mientras observaba perezosamente la lenta transformación de un rombo de sol en un triángulo isósceles sobre la alfombra de color granate. Un día soleado, perfecto para Beachy Head.
Casi se había terminado la quinta taza de té cuando apareció Joe Swire, su coordinador de producción, y le pidió una jarra de café a la camarera joven y guapa, con una mancha de nacimiento en el cuello. ¿Por qué se fijaba en esos defectos —pensó Talbot— en vez de celebrar la inocente belleza de la camarera? Y miró a Joe, sentado enfrente de él: un chico joven y guapo al que afeaban los dientes picados y amontonados.
—Suéltalo despacito, anda —dijo Talbot, mientras Joe consultaba la carpeta con la agenda y el horario del día.
—Los Appleby han aplazado la cita —anunció Joe.
—Estupendo.
—Pero han pedido otra copia del contrato de Troy.
—¿Por qué? Ya lo tienen. Lo firmaron.
—Ya lo sé, jefe. Y Tony está enfermo.
—¿Qué Tony?
—El director de fotografía.
—¿Qué le pasa?
—Ha cogido la gripe.
—¿Otra vez? ¿Qué vamos a hacer?
—Que lo sustituya Frank.
—¿Frank?
—El operador de cámara.
—Ese Frank: vale. ¿RT está de acuerdo?
—Parece que sí.
Charlaron un rato mientras repasaban la agenda y anticipaban posibles problemas. Talbot era consciente de que confiaba demasiado en la experiencia de Joe para garantizar el buen funcionamiento del rodaje. No le gustaban nada los intríngulis del rodaje; no era su fuerte. Por eso contrataba a un tipo resolutivo como Joe, para que se ocupara de lo que en realidad eran obligaciones suyas. Era consciente de que tenía que esforzarse más y mostrar más interés, por ejemplo, en recordar el nombre de la gente. Ese fue uno de los principales consejos de Peverell Kydd. Si sabes cómo se llaman y cuál es su oficio te conviertes en un dios para ellos, o al menos en un semidiós. Como ocurría con la mayor parte de los sabios consejos de su padre, Talbot era reacio a aceptar este. «Haz lo que quieras en la vida, hijo —le repetía su padre—, pero no te metas en la industria del cine; no es para ti». Se lo advirtió con estas palabras. Y ¿qué hizo Talbot?: era productor, con más de doce películas en su haber. Como su padre, aunque Talbot no era una leyenda; definitivamente no lo era, y tampoco tan rico como él.
Se recostó en el asiento y soltó el aire. ¿Por qué se había levantado así, amargado y cascarrabias?, pensó. Hacía sol; iban por la quinta semana, casi por la mitad del calendario previsto; había habido crisis, por supuesto, pero ninguna catastrófica. Tenía dinero suficiente, un matrimonio feliz, buena salud y unos hijos adultos que prosperaban en la vida, a su manera... Entonces ¿qué le picaba?
—¿Estás bien, jefe? —le preguntó Joe, como si notara el mal humor de Talbot.
—Sí, sí. Todo en orden. ¿Vamos a trabajar?
3
Anny Viklund se despertó y, como hacía todas las mañanas mientras recuperaba poco a poco la conciencia, se preguntó si ese sería el día de su muerte. ¿Por qué le venía a la cabeza esta morbosa pregunta todas las mañanas, sin excepción? ¿Por qué era su primer pensamiento que este día, recién empezado, pudiera ser el último de su vida? «Estúpida. No pienses esas cosas, estúpida.» Se quedó un rato acostada, concentrándose, hasta que tomó conciencia poco a poco del chico que estaba a su lado, dormido como un tronco. Troy. Sí, claro. Troy se había quedado a dormir... Se frotó los ojos. Se acordó de que Troy había sido encantador, de que echaron un buen polvo, con ganas: justo lo que Anny quería, lo que necesitaba.
Se deslizó de la cama y fue al baño, desnuda. Se miró la cara en el espejo, como siempre un poco sorprendida del pelo corto, negro como la tinta y con flequillo. A lo mejor se lo dejaba así y no volvía a ser rubia nunca más. Hizo pis, se lavó los dientes y volvió al dormitorio.
Troy estaba sentado en el lado de la cama de Anny, hurgándose entre el pelo castaño y denso con los dedos agarrotados. Sonrió al verla.
—Lo de anoche estuvo muy bien, ¿no? —preguntó, visiblemente satisfecho de sí mismo.
—¿Tú crees? —Anny volvió a la cama y se sentó, abrazándose las rodillas.
Troy le enseñó su erección matinal.
—Yo diría que tiene ganas de más —se acercó y le dio un beso a Anny en la rodilla izquierda.
—Tenemos que estar en el rodaje dentro de una hora. No sabrán dónde estás.
—Mierda. Sí. Es verdad —Troy puso mala cara. Miró a Anny—. ¿Cómo es que tienes el vello púbico de distinto color que el pelo? ¿Eh?
Anny sonrió. Cayó en la cuenta en ese momento de que esa era una pregunta típica de Troy.
—Me he teñido el pelo. El de la cabeza.
—Entonces ¿eres rubia natural? Me gusta.
—Mi familia es sueca.
—Sí, pero tú eres de Estados Unidos.
—Eso no afecta a mis antepasados.
Troy se levantó y dio una vuelta por la suite, buscando su ropa.
—Más vale que vuelva a mi habitación —dijo vagamente.
Anny lo miró mientras se vestía. Sabía que Troy tenía veinticuatro años, o sea, casi cuatro menos que ella. A lo mejor por eso se había acostado con él. «Me he acostado con demasiados tíos mayores —pensó—: primero Mavrocordato, luego Cornell, luego Jacques... Se me había olvidado cómo era hacerlo con un chico joven». Llegó a la conclusión de que Troy era muy mono, casi inocente: sí, seguía pensando en que la vida era para divertirse. Agachó la cabeza y apoyó la frente en las rodillas. El movimiento le hizo acordarse de Jacques. Era uno de sus dichos: el mundo se divide entre la gente que agacha la cabeza y la que no... ¿Dónde estaría Jacques? ¿En París? No, dijo que iba a África, a reunirse con un presidente depuesto en el exilio. ¿Cómo se llamaba? Nkrumah. Sí. Muy propio de Jacques. Un viaje a África para conocer a un presidente: Anny siempre se olvidaba de que Jacques era muy famoso en Francia. Levantó la cabeza. Troy estaba delante de ella, ya vestido, con los vaqueros y la chaqueta de ante, mirándola.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, claro. Me lo he pasado muy bien. Estoy muy contenta.
Troy se sentó en la cama y le dio un beso.
—¿Qué vamos a hacer?
—No podemos decírselo a nadie —dijo Anny—. Nadie puede enterarse.
—Pero yo quiero volver a verte. Muchas veces —le acarició la mejilla con los dedos—. Eres genial, Anny. Me gustas mucho. Nunca he conocido a nadie como tú.
—Pues tenemos que tener mucho cuidado. Ser discretos. No se puede enterar nadie. Nadie puede adivinarlo o sospechar —siguió pensando—. Mientras estemos rodando en el plató tenemos que ser profesionales: ya sabes, amigos.
—Un poco difícil ahora.
—Nadie puede enterarse, Troy. Mi vida es demasiado complicada.
—Vale —Troy se encogió de hombros—. Como quieras, tendremos mucho cuidado. Al fin y al cabo somos actores. Bueno, tú lo eres —la miró con perspicacia—. ¿No estarás casada?
—Estoy divorciada. Pero tengo... Otro amigo.
—¿En Estados Unidos?
—En París.
—Eso está muy bien —Troy sonrió—. Ojos que no ven, corazón que no siente.
—Ojos que no ven pero corazón que siente mucho.
De repente, Anny le cogió del cuello y le acercó la cabeza para besarlo apasionadamente.
Se separaron. Troy parecía un poco aturdido.
—Vete —dijo Anny.
—Anny, yo puedo...
—Vete.
—No.
4
Talbot miró a Reggie Tipton y sonrió, tratando de olvidar su mal humor, de ser amable, de ser buen compañero y comprensivo, aunque en el fondo estaba pensando que Reggie era un tipo insufrible, engañado y pagado de sí mismo.
—Creía, perdóname, que teníamos que estar en Beachy Head esta mañana —dijo Talbot, en tono neutro.
—Y estaremos. Solo necesito hacer un plano.
—¿Qué plano? Joe dice que no está en el plan de rodaje.
—Una idea de última hora. Que se dé prisa Joe. Solo Anny: un plano corto. Pensando: no tiene que decir nada —unió las puntas de los índices con los pulgares para formar un rectángulo imaginario y se lo puso delante de la cara... «Como si —pensó Talbot— tuviera que explicarme el concepto de plano corto». Qué cansino podía llegar a ser Reggie.
—Un plano corto. Una sola toma; no más de diez minutos. Confía en mí, Talbot. Haremos todo lo que está previsto para hoy.
—Muy bien, tú eres el director. ¿Dónde está Anny, por cierto?
—Peluquería y maquillaje. Ha llegado tarde. Por desgracia.
—¿Sabemos por qué? —Talbot seguía sin perder la leve sonrisa.
—No. Al menos yo no lo sé. La avisaron de que pasarían a recogerla, y el coche llegó a su hora. Llamamos a su habitación... No contestó. La esperamos. Tardó una hora en bajar.
—Entiendo. ¿Está bien?
Reggie contestó con desdén.
—¿Cómo va a estar «bien» Anny Viklund, conociendo su historial? Se está portando bastante bien, tenemos suerte. No podemos pedir más.
—Tú la elegiste.
—Perdona, Talbot, eso no es justo. La elegí presionado a tope, por ti y por Yorgos.
—No es verdad. Yorgos la quería, por algún motivo. Yo quería a Suzy Kendall. O a Judy Geeson.
—Suzy Kendall no habría funcionado. Habría estado muy bien... —Reggie frunció el ceño, como si imaginara su película en un universo paralelo.
—O esa cantante. ¿Cómo se llama? —dijo Talbot.
—¿Lulu?
—No. Sandra Shaw.
—Sandie Shaw... ¿Sabe actuar?
—Reggie, no es difícil. Al menos no lo es en esta película. Sandie Shaw habría sido perfecta, junto a Troy Blaze. Y mil veces más barata que Anny Viklund.
—Actuar es difícil —replicó Reggie con algo de arrogancia. Bajó la voz y se llevó a Talbot a unos metros del equipo de cámara.
—Talbot, ¿me harías el inmenso favor de no llamarme «Reggie» en el plató? Si necesitas un nombre, por favor, llámame Rodrigo. Por favor. Es importante para mí. He cambiado de nombre en el carnet de conducir, en el pasaporte, en todo: es así como quiero que me conozcan, al menos profesionalmente. Es muy importante para mí.
—Muy bien, muy bien. Rodrigo.
—Gracias —Reggie/Rodrigo suspiró—. De todos modos, supongo que es increíble contar con Anny Viklund en una modesta película británica. ¿Has visto cuánto ha recaudado La montaña amarilla? Decenas de millones. Anny está impresionante. Y parece que Troy se lleva bien con ella. Todo son ventajas —levantó la mano derecha y se frotó las puntas de los dedos—. Nos vendrá muy bien en taquilla.
—Más vale —Talbot dejó de sonreír.
—Hola, cariño. ¿Qué haces aquí? —preguntó Reggie, mirando por encima del hombro de Talbot.
Talbot volvió la cabeza y vio que quien se acercaba era Elfrida, la mujer de Reggie. Una mujer rarísima, pensaba siempre. Alta, delgada, como si quisiera esconder la cara detrás del pelo oscuro. El flequillo le llegaba hasta las pestañas, y las mejillas y las orejas quedaban escondidas por dos cortinas de pelo, hasta la barbilla, cepillado hacia delante como una especie de casco. Normalmente llevaba unas gafas de montura gruesa y negra que volvían la barrera aún más impenetrable, aunque, y esto también era raro, siempre se pintaba los labios de rojo chillón. Una mujer inteligente, saltaba a la vista, aunque muy extraña. No entendía cómo Reggie y ella habían llegado a casarse.
—Elfrida, me alegro de verte —Talbot le dio la mano. Había leído una novela suya hacía años, y le había gustado... No recordaba el título.
—Talbot, hola, hola —contestó Elfrida, separando enseguida los labios rojos para sonreír. Tenía la voz ronca, como de fumadora empedernida, aunque Talbot nunca la había visto fumando.
—No tengo dinero —le dijo a Reggie—. Y no quedan cheques en la chequera.
—Discúlpanos, Talbot —pidió Reggie.
Talbot los vio alejarse, hablando en voz muy baja. Elfrida era tan alta como Reggie, si no más. Parejas, pensó, qué curiosas son. Apartó la idea, acordándose de pronto de la pareja que formaba él con Naomi: no más curiosa que la de Reggie Tipton y Elfrida Wing, seguramente.
Fue a ver si encontraba a Joe para preguntarle cuándo narices llegarían a Beachy Head. Mientras lo buscaba entre las furgonetas, las caravanas y los camiones del plató, cayó en la cuenta poco a poco de que prácticamente todos los transistores de radio estaban sintonizados en la misma emisora, de que en todos sonaba la misma canción absurda. Le pareció que la canción se iba apagando a medida que iba pasando de una zona auditiva a otra, pero al llegar a donde estaba otro grupo de hombres, fumando, tomando café, prendió otra vez con fuerza. No sé qué de un jardín y una tarta y el azúcar glas verde derretido. ¡Por favor! ¿Cuánto duraba la maldita canción? No paraba de oír el mismo estribillo. Un jardín, de un tal señor MacArthur, donde habían dejado una tarta bajo la lluvia, y algo de una receta que no aparecía. ¡Por favor! No era admirador de la música pop moderna, pero esta canción le parecía especialmente abstrusa, por lo poco que llegaba a entender de la letra a retazos.
Por fin vio a Joe.
—¡Joe! Sálvame de esta locura —dijo—. Llévame a Beachy Head.
5
Elfrida se acercó a la barra del reservado del Repulse y pidió otro gin-tonic. Era su bar favorito de Brighton, a dos calles del paseo marítimo. Tirando a pequeño, con una barra en el salón además del reservado, y escasa decoración, presumía únicamente de colores apagados y neutros —marrones, verdes, grises oscuros—, sin nada temático ni chabacano. Sin música a todo volumen, sin máquinas tragaperras ni juegos para los hombres. Se llamaba Repulse por un barco excelente de principios del siglo XIX, hundido con toda su tripulación a bordo en alguna remota batalla naval, en el mar de Java Oriental o por ahí —lejos de Inglaterra, eso seguro—, conmemorada para siempre en un modesto bar de Brighton que se construyó con las aportaciones de las viudas de los marinos. Un pergamino enmarcado en el breve pasillo que llevaba a la barra del salón contaba la historia. Una idea bonita, pensó Elfrida; un buen modo de recordar a los ahogados. Un sitio en el que ahogar las penas... Y se le ocurrió que le gustaría mucho que la recordaran con un bar. Mejor que con una hilera de libros en un anaquel. Un barecito en cualquier parte, con un cartel: «Elfrida Wing». Se llevó la copa a la mesa, en el rincón, jugando con la idea, imaginándose el bar: su retrato esquemático en el cartel; flores blancas en cajones en la ventana; bancos en la calle; un jardincito detrás...
El reservado estaba tranquilo: faltaba poco para el cierre de después de comer y solo había otras tres personas bebiendo, todos hombres. Dio un sorbo a la copa y buscó en el bolso (cargado ahora con una botella de vodka recién comprada) su libreta de notas. La abrió y cogió su estilográfica. No tenía intención de escribir nada; solo quería aparentar que estaba haciendo algo, pensando, que no era una bebedora bebiendo. Garabateó unas espirales en una página en blanco y después hizo unos cuadrados y los sombreó con rayas.
Con el rabillo del ojo se fijó en un hombre que, al parecer, la estaba mirando; un hombre de su edad —cuarenta y pico—, vestido con traje y corbata, que estaba leyendo un libro. No paraba de mirarla. Elfrida se escondió con el pelo y el flequillo y se puso las gafas. «A lo mejor me ha reconocido —pensó—; ¡qué horror!». A lo mejor había leído alguna de sus novelas y estaba pensando: «¿Esa podría ser Elfrida Wing?». Vio entonces que el hombre terminaba su media pinta, se levantaba y se acercaba hacia ella. Se concentró en su libreta.
—Disculpe, perdone que la interrumpa, pero ¿por casualidad es usted Elfrida Wing?
Elfrida levantó la vista.
—No. Me llamo Jennifer Tipton.
—Lo siento. Es que se parece a ella. A su foto, quiero decir.
—¿Quién es Elspeth Wing?
—Elfrida. Es una novelista estupenda. He leído todas sus novelas.
—Yo soy comadrona —dijo Elfrida—. Lo siento —señaló su ginebra—. Es mi día libre.
El desconocido sonrió con recelo, como si no estuviera del todo convencido.
—Ojalá fuera capaz de escribir una novela —dijo Elfrida. Al menos eso era cierto.
—Bueno, siento haberla molestado —repitió el desconocido—. Que disfrute de su día libre —y salió tranquilamente del bar, volviéndose a mirarla un momento antes de cruzar la puerta.
El incidente alteró a Elfrida. Parecía mentira que, después de diez años de silencio, de diez años de bloqueo total, aún quedaran lectores fieles y entregados, capaces de reconocerla. Aterrador. Recordó que le hicieron muchas fotos y entrevistas, sobre todo a raíz del éxito de su última novela, y luego por la película, y luego cuando se casó con Reggie en el ayuntamiento de Islington. Reggie convocó a montones de fotógrafos. Él iba de blanco y ella de negro; por lo visto a la gente le hizo gracia. Había algo en sus facciones, en su imagen «pública» —de escritora joven disfrutando del éxito— que se quedaba grabado en la memoria de la gente. Los novelistas, pensó, deberían ser —lo son— los menos reconocidos de las celebridades menores, casi invisibles. Directores, artistas, bailarines, atletas, magos, deportistas, hombres del tiempo o presentadores de concursos son mucho más familiares. Pero algunos novelistas al parecer perduran en el recuerdo de la gente. Quizá fuera el corte de pelo: el flequillo. ¿Le convenía cambiarlo? Se terminó la ginebra y volvió a la barra a pedir otra.
Se quedó bebiendo en la penumbra del bar hasta que anunciaron «la última ronda», pensando en el desconocido y en lo que había dicho. «Una novelista estupenda.» Pensó que habría leído su primera novela, El día de la señora Bristow. A Elfrida le asqueaba esa novela. Era corta, de unas ciento sesenta páginas, y contaba —con todo lujo de detalles y matices— un día en la vida de una mujer corriente, de mediana edad, la susodicha señora Bristow, casada y con tres hijos adultos, que simplemente sigue desempeñando la tarea de vivir hasta que muere. Hace la compra; discute con una vecina por culpa de un perro que no para de ladrar y va al dentista. En la sala de espera de la clínica lee revistas y piensa en sus hijos: dónde estarán y qué andarán haciendo. Le arreglan un empaste viejo en un molar y a la vuelta para a comprar un periódico. En casa prepara la cena de su marido y espera a que él vuelva del trabajo; luego echa un vistazo a los titulares y reflexiona sobre las noticias del país y del extranjero. Oye un ruido, va a investigar y se encuentra con un chico que ha entrado en la casa rompiendo una ventana del fregadero. Presa del pánico, el intruso ataca a la señora Bristow y la mata.
El problema que se planteó entonces, piensa Elfrida, no fue el sorprendente éxito que tuvo la novela. Funcionó excepcionalmente bien para tratarse de la primera novela de una escritora de solo veinticinco años, recién salida de Cambridge (Girton College)... No, el problema fue que un famoso crítico literario, en su entusiasmada reseña, la apodaba «la nueva Virginia Woolf», como sí El día de la señora Bristow fuera una inteligente reelaboración moderna de La señora Dalloway. Al principio no le dio importancia, ni siquiera había leído La señora Dalloway, pero al ver que el epíteto se repetía cuando salió su segunda novela, Excesos («Elfrida Wing, considerada por muchos como la nueva Virginia Woolf, cosecha una nueva victoria con Excesos»), empezó a fastidiarle un poco. Otros críticos reprodujeron la comparación irreflexivamente, temerariamente a juicio de Elfrida. Tenía la sensación de que el fantasma de Virginia Woolf la perseguía. Era imposible nombrar a Elfrida Wing sin que alguien dijera: «Ah, la nueva Virginia Woolf». Fue con la publicación de su tercera novela, El gran espectáculo, cuando comprendió que su nombre quedaría ligado al de Virginia Woolf para el resto de su vida literaria. «Elfrida Wing, celebrada y aclamada como la legítima heredera de Virginia Woolf, nos deja anonadados con El gran espectáculo.»
Lo peor era que a Elfrida no le gustaban especialmente las novelas de Virginia Woolf. Para entonces había leído La señora Dalloway y no la había impresionado. Las novelas de Woolf le parecían recargadas y afectadas. No encontraba ninguna similitud entre su espíritu, su inteligencia y su estilo como novelista, y el de Virginia Woolf. No pensaban lo mismo todos los críticos que reseñaron sus libros. Tampoco su creciente ejército de lectores leales, porque los editores reproducían continuamente la afirmación —en negrita— en la contracubierta. Empezaba a hartarse de ver sus novelas. Y quizá por eso dejó de escribir, pensó. Virginia Woolf tenía la culpa de todo.
Dio un trago al gin-tonic y cerró los ojos para disfrutar de su efecto, apacible y sublime. ¿Quién iba a imaginarse que las bayas de un arbusto tan humilde como el enebro pudieran inspirar semejante elixir? Sintió el placentero vaivén en la cabeza, hizo otro cuadrado en su libreta y lo sombreó.
A lo mejor, pensó mientras dibujaba una serie de flechas grandes y pequeñas, estaba poniendo excusas para lo que era pura y simple falta de inspiración. ¿Se había quedado sin fuelle literario después de tres novelas? Tal vez, tal vez; no tenía nada que ver con que la llamasen la nueva Virginia Woolf...
Conoció a Reggie Tipton después de publicar El gran espectáculo (dieciséis traducciones y derechos de edición en bolsillo vendidos por una suma de cinco dígitos). Reggie, un director de cine joven y muy prometedor, quería hacer una película basada en su novela. Los derechos cinematográficos se vendieron por otra suma de cinco dígitos aún más elevada y, temporalmente, Elfrida vio que era muy rica. Se compró una casita en el valle de Health, en Hampstead, y se lio con Reggie, cómo no. La futura película de Reggie, que ahora se conocía simplemente como ¡Espectáculo!, la protagonizaron Melanie Todd y Sebastian Brandt, pero ni siquiera estas dos estrellas rutilantes consiguieron convertirla en un éxito. Elfrida, sin embargo, vendió muchos más libros y se hizo aún más rica. Reggie dejó entonces a su mujer (y a sus hijas), y Elfrida y él se casaron. Poco después Elfrida tuvo un aborto. Desde entonces todo se había torcido, sí: ese fue el punto crítico.
Rememoró aquellos días con recelo, con miedo a despertar recuerdos. Cuando Elfrida lo conoció, Reggie estaba casado con Marion, una mujer pretenciosa y sin sentido del humor («El error más grande y grotesco de mi vida», le había confesado a Elfrida en los comienzos de su relación). Reggie y Marion Tipton tenían dos hijas, Butterfly y Evergreen, de ocho y seis años. Desde que Reggie se separó formalmente de Marion, se fue a vivir con Elfrida y puso en marcha los trámites del divorcio, el régimen de visitas que le asignaron fue disminuyendo progresivamente. A los dieciséis años, Butterfly escribió a su padre para decirle que no quería volver a verlo. Reggie le enseñó la carta a Elfrida, no parecía demasiado angustiado. A Elfrida le impresionó más que a él el tono frío y cruel de la carta. Reggie siguió viendo a Evergreen de vez en cuando, hasta que el eterno rencor de Marion consiguió convencerla también a ella para que cortase todos los vínculos con su padre. Reggie, seguro en el castillo de su ego, se lo tomó sorprendentemente bien.
Elfrida, por su parte, siempre tuvo cargo de conciencia. No soportaba la idea de ser significativamente responsable de esta ciénaga de sufrimiento en la familia Tipton, pero la fuerza embriagadora y estimulante de su aventura con Reggie ahogaba cualquier otra emoción. Hasta que, poco después de casarse, al quedarse embarazada, deseó sinceramente que ese hijo consolara a Reggie por la pérdida de las otras dos. Pero tuvo un aborto en el tercer mes de embarazo. El ingreso en el hospital y la minidepresión posterior de un año, ahora lo comprendía, fueron un punto de inflexión para su matrimonio. Poco a poco se dio cuenta de que para Reggie en realidad era un alivio no volver a ser padre. El aborto, pensaba Elfrida, había derivado en un matrimonio abortado. Intentaron tener otro hijo, pero no pudieron; poco después, Reggie pareció perder el poco interés que tenía en el proyecto, y así murió para Elfrida el sueño de ser madre.
Nada volvió a ser igual; Reggie empezó a liarse con mujeres y Elfrida dejó de escribir.
—¡Última ronda, por favor! —anunció el camarero.
Elfrida terminó la ginebra y fue a la barra a pedir la última y un paquete de cacahuetes. Tendría que contentarse con eso para comer.
6
Anny y Troy estaban sentados dentro del Mini amarillo plátano, en los acantilados de Beachy Head, envueltos en un resplandor soporífero, contemplando los refulgentes destellos de plata en el canal de la Mancha. Arriba, en lo alto del cielo, una estela blanca y perfectamente recta dividía el azul.
—Nadie sospecha nada —dijo Troy—. Eres genial. Eres muy serena. ¿Cuál es la palabra? Impresionante.
—¿Impresionante o impasible?
—Las dos cosas. Sí. Pareces tan tranquila con esas gafas de sol. Nadie adivinaría que estás locamente enamorada de mí.
—Ja, ja.
Troy tenía la mano en la pierna de Anny y había empezado a deslizar los dedos por debajo de la falda corta; ella notaba la palma caliente en la cara interior del muslo a través de las medias de rejilla de color marfil.
Tenían delante a un equipo de rodaje al completo, alrededor de una cámara montada en una grúa. Aunque hacía sol, habían encendido unos focos potentes. El primer ayudante de dirección estaba gritando por un altavoz.
—¡Cámara! ¡Acción!
Anny y Troy salieron por sus respectivas puertas, se cogieron de la mano y echaron a correr hacia la cámara. Cuando se separaron —alejándose cada uno por un lado distinto de la cámara— se detuvieron. Anny sabía que en la escena siguiente, rodada de espaldas, saldrían sus dobles: saltarían desde el acantilado, cogidos de la mano, y caerían en una red montada a algo menos de dos metros del borde de turba. Sería la penúltima escena de la película.
En cuanto a la escena final, no tenía la más remota idea de cómo iban a hacerla. Según el guion, en lugar de morir en la caída, los personajes de Anny y Troy saldrían volando milagrosamente por el cielo, hasta perderse de vista, como esos cohetes que lanzaban desde cabo Kennedy, pensó Anny, y nunca volverían a verse.
Rodrigo Tipton salió de detrás de la cámara y se acercó.
—Estupendo —dijo—. ¿Podemos repetirlo solo una vez más, sin las gafas, por favor, Anny?
—No me apetece hacerlo sin las gafas —dijo Anny, sin pararse a pensarlo.
—Lo más probable es que no utilicemos la toma, pero podría ser una opción interesante. Solo por si acaso —Rodrigo sonrió.
Anny consideró la posibilidad de negarse —normalmente se habría negado— pero, por algún motivo, tener a Troy a su lado hizo que se lo pensara.
—Vale.
Después de repetir otras dos veces la carrera hasta el borde del acantilado, sin gafas, Rodrigo anunció que había quedado genial y pasaban a la escena con los dobles. El rodaje había terminado para Anny y Troy. Anny le dijo a Troy en voz baja que se fuera, que ella se quedaría un rato más. Era mejor que no se marcharan juntos. Troy estaba de acuerdo.
—Sí, pero iré a tu habitación esta noche —dijo—. A medianoche.
—No.
—Sí. No me verá nadie.
—A lo mejor no estoy a esa hora.
—Estarás, cariño.
Troy echó a andar hacia su coche y su chófer. Anny le pidió a su ayudante, Shirley, que le llevara una taza de té, y se puso con Rodrigo detrás de la cámara para ver la toma alternativa de Anny Viklund y Troy Blaze saltando desde Beachy Head. Qué manera de morir, pensó, acordándose de la macabra pregunta que se había hecho esa mañana. A lo mejor, en un sentido extraño, había ocurrido de verdad. Había «muerto» ese día de verdad. La idea le resultó extrañamente liberadora, y empezó a pensar en Troy y en su visita a medianoche. Estaba muy seguro de sí mismo, pero de una forma agradable, de una forma que...
—¿Cómo va todo, Anny?
Se volvió para ver quién era, y vio a un hombre alto y calvo que se acercaba hacia ella. Era el productor. ¿Tony? ¿Terence? Como solo lo había visto un par de veces, decidió no arriesgarse a adivinar y se limitó a decir que todo iba de maravilla, muy bien, gracias, que todo el mundo era amabilísimo.
—Bien, estupendo, me alegro mucho —dijo Tony o Terence. Tenía ese clásico acento inglés entrecortado y seco, pensó Anny. ¿Cómo pueden hablar así, sin apenas mover los labios? En realidad nadie sabe lo que piensan o sienten, t
