El libreto

Alejandra Díaz

Fragmento

El_libreto_v2.2-1

El libreto

Primera edición: 2021

ISBN: 9788418500220
ISBN eBook: 9788418500756

© del texto:

Alejandra Díaz

© del diseño de esta edición:

Penguin Random House Grupo Editorial
(Caligrama, 2021

www.caligramaeditorial.com

info@caligramaeditorial.com)

Impreso en España – Printed in Spain

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El_libreto_v2.2-2

A Álvaro, quien vive, ama y comparte sueños conmigo.
A mis hijas, que son todo.
A los niños, que completan la dicha.
A mis padres, que siempre han estado.

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Para el que ha buscado, para el que se ha encontrado a sí mismo, para el que ha logrado amarse
como a ningún otro.

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Prólogo

El 18 de julio de 1936, mientras el general Francisco Franco llegaba desde Canarias para tomar el control del ejército del Protectorado y Santiago Casares Quiroga, incapaz de contener la rebelión ya generalizada, dimitía de su cargo de presidente del Gobierno, Hilda Valladares abrazaba su abultado vientre y le pedía al ser que habitaba en su interior que se mantuviese en silencio y tranquilo durante esta ola amenazante; el mismo silencio que ella mantendría meses más tarde, cuando se llevaran a su propio padre delante de sus narices… Nunca más supo de él.

A la mañana siguiente, entre el horror y el desconcierto, y con la adrenalina en descenso a causa del agotamiento y el hambre, Hilda sintió la oleada de oxitocina que su cuerpo gravídico necesitaba liberar. Ayudada por su madre, doña Lucía, y por una comadrona de manos grandes y fuertes, apodada doña Cata, que residía en su mismo barrio de la sacudida ciudad de Madrid, dio a luz con dolor y desesperación mientras España se quebraba para siempre.

Juan Domínguez Albornoz fue uno de los pocos hombres que no estaba en el frente. El trabajo de parto de su mujer lo mantuvo a salvo. Quería salir y defender su pensamiento y sus ideales republicanos. Las calles militarizadas y el ambiente de rebelión exaltaban su espíritu, pero cuando vio al recién nacido y sintió la esperanza del llanto enérgico de este nuevo ser que dependía de él, decidió que haría lo que fuese necesario para protegerlo de cualquier destino infantil indigno. Sin embargo, esto no se concretaría hasta trece meses después en Alicante, cuando tuvo la oportunidad de embarcar con destino a Argentina gracias a los contactos políticos de doña Lucía.

—¡Las oportunidades se presentan para tomarlas! —les comentó depositando sobre la desgastada mesa de la cocina los papeles que harían posible el viaje hacia América del Sur.

—¡Tengo miedo, madre!

—Hilda, vais a estar bien o, al menos, mejor que acá. ¡Eso os lo aseguro! —la calmó mientras la rodeaba con sus rollizos brazos.

—¡Si vinieses con nosotros…! —sollozó Hilda con un nudo en la garganta.

—Una madre nunca abandona a un hijo. Tu hermano no va a descansar hasta saber el paradero de vuestro padre —agregó doña Lucía a la par que le daba palmaditas en la espalda a su acongojada hija.

Las dudas y las preguntas merodearon por los sueños de Hilda. Los meses previos a iniciar la travesía fueron de incertidumbre, pero intuía que esa guerra civil anticiparía un cataclismo mundial y ello le pesaba aún más y alteraba su descanso. No quería dejar a su madre, pero la familia que estaba formando merecía una oportunidad para sobrevivir.

—Nos iremos a México. Es la alternativa más sensata en estos momentos. Es el único país que tiene una institución organizada para los españoles —manifestó Hilda.

—Si vamos a emigrar, prefiero que sea a la Argentina —rebatió Juan—. Es un país que ofrece un mayor potencial para mentes inquietas como la mía.

—Pero Argentina no recibe republicanos. Ellos simpatizan con el régimen franquista —discrepó ella, intentando calmar los nervios que la aquejaban desde hacía varios días.

—Los lazos intelectuales de este país de Sudamérica podrían acallar verbalmente mi espíritu para salvar a la familia que llevo —aseguró él para convencerla.

Fue así como los Domínguez Valladares partieron rumbo a América con su hijo Enrique, de tan solo dos años, bien sujeto a su espalda; y lo que en principio era un objetivo ansiado y desesperado se transformó en un sentimiento de angustia y desolación.

La travesía por mar duró veintiséis días y finalizó en el puerto de Buenos Aires. Viajaron con otras familias de españoles que lograron convertirse en la suya propia. Junto con ellos formaron una comunidad de refugiados de la guerra, con contactos que daban apoyo necesario para poder asentarse en las mejores condiciones posibles. A través de estas redes Juan consiguió su primer trabajo. Gracias a sus estudios y a sus conocimientos en el área de la filosofía, ocupó un cargo como asistente de catedrático en la Universidad Estatal de Buenos Aires.

El trabajo completaba la mente de Juan, pero la remuneración era insuficiente para mantener a una familia que anunciaba su crecimiento. Poco tiempo después se enteró de que en el país vecino existían tierras a la venta que poseían las condiciones necesarias para ser cultivadas; de buena calidad y a un precio mínimo. Todo ello con el objetivo de tratar de poblar ese país tan aislado.

—¿Dónde queda Chile? —preguntó Hilda, desconcertada. Los meses de adaptación habían sido un sufrimiento para ella, así que el simple hecho de pensar en la posibilidad de moverse otra vez la descolocó.

—Estamos cerca y la travesía será corta —le aseguró Juan, intentando calmarla.

La personalidad soñadora de este español le otorgaba audacia de sobra para conseguir cualquier objetivo propuesto. Hilda, por el contrario, era una mujer terrenal a la que las situaciones de riesgo o ambivalencia le provocaban ansiedad.

—No estoy segura —titub

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