Teatro II

Molière

Fragmento

cap-1

Jorge Dandín o El marido confundido

Comedia

Traducción de Mauro Armiño

 

JORGE DANDÍN O EL MARIDO CONFUNDIDO

El final de la llamada guerra de Devolución entre Francia y España por la dote no pagada a la corona francesa de la reina María Teresa de Austria, con el Franco Condado como campo de batalla, impidió la celebración de las fiestas de Carnaval en París: tras las victorias del príncipe de Condé, Luis XIV había abandonado París para asistir a los últimos hechos de la victoria. Tras la firma de la paz en Aix-la-Chapelle, el 2 de mayo de 1668, a su regreso el rey decide compensar esa falta de «alegría» con la organización de unos festejos que debían deslumbrar a la corte: Le Grand Divertissement Royal de Versailles, cuyo contenido refleja un Livret —el programa que se entregaba a los espectadores, sería descrito por diversas crónicas: desde una «Relación» oficial, ilustrada con fabulosos e imaginativos grabados y debida a André Félibien (1619-1695), arquitecto, cronista de las artes e historiador titulado del monarca, hasta distintas crónicas de periodistas que, como Robinet, describían de manera pormenorizada la vida de la corte. El Grand Divertissement quedó fijado mucho tiempo en la memoria de los espectadores y de la fama: «Todo el mundo ha oído hablar de las maravillas de esa fiesta, de los palacios convertidos en jardines, y de los jardines convertidos en palacios; de lo súbito con que se han creado, si hay que decirlo así, estas cosas, y que hará creíbles en el futuro los encantamientos», escribirá La Fontaine.

Ese Gran divertimento escenificado el 18 de julio de 1668 abrió los jardines de Versalles no solo a la aristocracia, sino también a los curiosos, hasta un total de tres mil espectadores según el embajador de Florencia; el rey victorioso quiso dar «la comedia después de una colación, y la cena después de la comedia, que fue seguida de un baile y de fuegos artificiales», según Félibien. El músico Lully creó para el espectáculo las partituras y organizó los ballets, mientras Molière escribía la letra de una escena pastoril al que iba engarzada su comedia Georges Dandin, ou Le Mari confondu (Jorge Dandín o El marido confundido). Del marco, que resultó fantasioso, hiperbólico, deslumbrante, se había hecho cargo el arquitecto de origen italiano e ingeniero de máquinas del rey Carlo Vigarini (1637-1713). En los jardines de Versalles, delante del palacio, el italiano dispuso cinco buffets para los que creó, entre las frondas, palacios de mazapán y pirámides de confituras, entre surtidores de agua, espejos y veinticinco arañas de cristal, mientras las flores rebosaban de casi ciento cincuenta jarrones de porcelana y de plata adornando todo el espacio. De fondo, la espléndida fachada del palacio de Versalles profusamente iluminada.

Para el espectáculo en sí, Vigarini había levantado un teatro entre empalizadas de follaje, con un escenario de doce metros de ancho y dieciocho de fondo iluminado por trescientas velas, al que se añadía el uso de alamedas laterales y terrazas, todo ello arbolado y vegetalizado por Vigarini. Tras una primera colación, y una vez aposentados los espectadores, dio principio el espectáculo, que abrían los primeros bailarines y cantantes del centenar de ellos que figuraron en la obra. En el mejor de los casos, era de pies a cabeza una improvisación, pues solo habían tenido dos meses y medio para preparar la compleja estructura, escribir tanto las partituras de Lully como la letra y la comedia de Molière, ensayarlas, etc.

Tras la obertura de bailables y cantos, los entreactos de cada uno de los tres actos iba amenizado por recitados y bailables que remataban ampliamente el final; el festejo continuaba con los bailes y los fuegos artificiales.

Molière, como requerían los cánones del teatro cortesano y la breve farsa pastoril de amores desilusionados, utilizó el verso para este apartado, pero la prosa —¿por falta de tiempo?— para una trama que avanza el Libreto: «El tema es un campesino que se ha casado con la hija de un gentilhombre, y que a lo largo de toda la comedia resulta castigado por su ambición; como debéis verla, me guardaré, por amor a vosotros, a detallarla; y no quiero quitarle la gracia de la novedad y a vosotros el placer de la sorpresa». Cuando escribe el libreto, Molière no parece tener decidido todavía el derrotero de la intriga. También la premura le hizo volver sobre una farsa de la etapa de provincias, anterior a su instalación en París en 1658, La Jalousie du Barbouillé (Los celos del Embadurnado), cuyo protagonista, barbouillé, es decir, embadurnado el rostro de harina, procedía de la farsa del teatro romano. Ese breve canevas escenificaba un relato del Decamerón de Boccaccio (séptima jornada, novela cuarta), en el que la esposa de Tofano finge tirarse a un pozo lance que el italiano recoge de los cuentos populares cuando su marido, borracho sempiterno, no la deja entrar en casa para que todo el mundo vea sus licenciosas costumbres y sus andanzas nocherniegas. Jorge Dandín amplía el esbozo del Embadurnado, convertirá el cuadro único de esta pieza en tres actos, y le dará unas intenciones satíricas que aprovechan el tono farsesco para censurar aspectos de las relaciones de clase de la sociedad francesa; otra de las novelitas boccaccianas de esa jornada (la octava) ya narraba las desavenencias de un matrimonio de distinto rango.

En efecto, detrás del marido hay una situación de desigualdad de estirpe: Dandín es un campesino enriquecido que se ha enquistado mediante matrimonio en la familia Sotenville, de cierto abolengo, mucho menor del que presumen, pero admitido socialmente. La compra que Dandín hace de un título de nobleza mediante el casamiento a la fuerza con Angélica no le sirve de nada, o, mejor, es la fuente de su angustia: el carácter de Dandín, enfrentado a Angélica y a sus suegros que en todo momento le muestran la importancia de su nobleza, se desmorona; su tentativa para poner en evidencia a su mujer queda desbaratada por la astucia de Angélica, que invierte por dos veces la situación, y el burlador queda burlado y castigado, y ha de aceptar la situación con el rabo entre las piernas. Lección amarga, que Dandín enuncia nada más aparecer en el escenario: «[...] ya que soy tan rico, habría hecho mucho mejor casándome con alguien de la buena y franca vida campesina antes que tomar una mujer que se considera por encima de mí, se ofende por llevar mi apellido y piensa que, con toda mi hacienda, no he pagado bastante el honor de ser su marido».

En ese ambiente farsesco, Molière no tiene la menor piedad del personaje escarnecido, a la vez que se burla de las pretensiones nobiliarias de su familia política. Los papeles moralmente se han cambiado: el hombre preocupado por el honor de su casa termina mereciendo la burla, mientras la astuta engañadora es elevada a la categoría de protagonista sin recibir la menor reprensión por su impudor. De ahí que la risa provocada por Jorge Dandín haya sido vista como amarga, en un autor que camina hacia el final con tramas cada vez más agrias, pese a su estatuto de comedias para reír.

 

Jorge Dandín o El marido confundido

PERSONAJES[1]

JORGE DANDÍN,[2] campesino rico,[3] marido de Angélica

ANGÉLICA, esposa de Jorge Dandín e hija del señor de Sotenville

SEÑOR DE SOTENVILLE, gentilhombre rural, padre de Angélica

SEÑORA DE SOTENVILLE, su esposa

CLITANDRO, enamorado de Angélica

CLAUDINA, doncella de Angélica

LUBÍN, campesino, sirviente de Clitandro

COLÍN, criado de Jorge Dandín

La escena es delante de la casa de Jorge Dandín

 

ACTO I

ESCENA I

JORGE DANDÍN

¡Ah!, ¡qué cosa tan extraña es una dama noble, y qué lección tan elocuente mi matrimonio para todos los campesinos que quieren elevarse por encima de su condición y unirse, como he hecho yo, a la familia de un gentilhombre![4] En sí, la nobleza es buena, es, con toda seguridad, algo digno de consideración; pero va acompañada de tantas circunstancias malas que es muy conveniente no rozarse con ella. En este punto he llegado a ser sabio a mi costa, y conozco el estilo de los nobles cuando a nosotros nos permiten entrar en su familia. La alianza que contraen tiene poco que ver con nuestras personas; solo se casan con nuestra hacienda, y, ya que soy tan rico, habría hecho mucho mejor casándome con alguien de la buena y franca vida campesina antes que tomar una mujer que se considera por encima de mí, se ofende por llevar mi apellido y piensa que, con toda mi hacienda, no he pagado bastante el honor de ser su marido. Jorge Dandín, Jorge Dandín, has cometido la mayor tontería del mundo. Ahora mi casa me resulta espantosa, y no vuelvo a ella sin que me tope con algún disgusto.

ESCENA II

JORGE DANDÍN, LUBÍN

JORGE DANDÍN, aparte, al ver salir a Lubín de su casa. —¿Qué diablos viene a hacer este pillo a mi casa?

LUBÍN, aparte, al ver a Jorge Dandín. —Ahí hay un hombre que me mira.

JORGE DANDÍN, aparte. —No me reconoce.

LUBÍN. —Algo se barrunta.

JORGE DANDÍN. —¡Vaya!, cuánto le cuesta saludar.

LUBÍN. —Temo que vaya a decir que me ha visto salir de esta casa.

JORGE DANDÍN. —Buenos días.

LUBÍN. —Servidor.

JORGE DANDÍN. —Me parece que no sois de aquí.

LUBÍN. —No, solo he venido a ver la fiesta de mañana.[5]

JORGE DANDÍN. —¡Ah!, y decidme por favor, ¿salís de ahí dentro?

LUBÍN. —¡Chist!

JORGE DANDÍN. —¿Cómo?

LUBÍN. —¡Silencio!

JORGE DANDÍN. —¿Qué ocurre?

LUBÍN. —¡Chitón! No hay que decir que me habéis visto salir de ahí.

JORGE DANDÍN. —¿Por qué?

LUBÍN. —¡Dios mío! Pues porque sí.

JORGE DANDÍN. —¿Porque sí?

LUBÍN. —Más bajo. Tengo miedo de que alguien nos escuche.

JORGE DANDÍN. —No, no hay nadie.

LUBÍN. —Es que acabo de hablar con la dueña de la casa de parte de cierto señor que le pone los ojos tiernos, y eso no debe saberse. ¿Lo entendéis?

JORGE DANDÍN. —Sí.

LUBÍN. —Esa es la razón. Me han insistido en que tuviera cuidado de que nadie me viese, y os ruego que, al menos, no digáis que me habéis visto.

JORGE DANDÍN. —Así lo haré.

LUBÍN. —Mucho me satisface hacer las cosas en secreto, como se me ha recomendado.

JORGE DANDÍN. —Bien hecho.

LUBÍN. —El marido, según dicen, es un celoso que no quiere que nadie corteje a su mujer, y se pondría hecho una fiera si esto llegase a sus oídos; ¿lo comprendéis?

JORGE DANDÍN. —Perfectamente.

LUBÍN. —No tiene que enterarse de nada

JORGE DANDÍN. —Por supuesto.

LUBÍN. —Quieren engañarle sin sobresaltos, ¿lo comprendéis?

JORGE DANDÍN. —Estupendamente.

LUBÍN. —Si llegarais a decir que me habéis visto salir de su casa, echaríais a perder todo el asunto, ¿comprendéis?

JORGE DANDÍN. —Desde luego. ¡Eh! ¿Y cómo llamáis al que os ha enviado aquí?

LUBÍN. —Es el señor de nuestra tierra, el señor vizconde de no sé qué... ¡Maldita sea!, nunca me acuerdo de cómo diantre chapurrean ese nombre. El señor Cli... Clitando.

JORGE DANDÍN. —¿Ese joven cortesano que vive...?

LUBÍN. —Sí, junto a aquellos árboles.

JORGE DANDÍN, aparte. —Por eso, ese cortés galán ha venido hace poco a vivir cerca de mi casa; mi buen olfato no me engañaba, que su vecindad ya me había dado alguna sospecha.

LUBÍN. —¡Por todos los diablos!, es el hombre más honrado que jamás hayáis visto. Me ha dado tres monedas de oro solo por venir a decirle a la mujer que está enamorado de ella, y que desea ardientemente el honor de poder hablarle. Ved si cuesta tanto el encargo como para pagarme tan bien, y lo que supone a ese precio una jornada de trabajo, por la que solo gano diez sueldos.

JORGE DANDÍN. —Y bien, ¿habéis dado vuestro mensaje?

LUBÍN. —Sí, y ahí dentro he encontrado a una tal Claudina, que nada más verme ha comprendido a la primera lo que yo quería y me ha dejado hablar con su señora.

JORGE DANDÍN, aparte. —¡Ah, granuja de sirvienta!

LUBÍN. —¡Caray! ¡Y qué bonita es esa Claudina! Se ha ganado mi amistad, y solo de ella dependerá que nos casemos.

JORGE DANDÍN. —Pero ¿qué respuesta ha dado la señora a ese caballero cortesano?

LUBÍN. —Me ha dicho que le diga... esperad, no sé si me acordaré bien de todo eso... que le queda muy agradecida por el afecto que le tiene, y que, debido a su marido, que es un extravagante, tenga cuidado de no dejar traslucir nada, y que habrá que pensar en buscar alguna treta para poder verse los dos.

JORGE DANDÍN, aparte. —¡Ah!, ¡qué mujer tan canalla!

LUBÍN. —¡Por todos los demonios! Será divertido, porque el marido no sospechará la artimaña, eso es lo bueno; y hará el ridículo con sus celos, ¿verdad?

JORGE DANDÍN. —Totalmente verdad.

LUBÍN. —Adiós. Punto en boca por lo menos. Guardad bien el secreto para que el marido no se entere.

JORGE DANDÍN. —Sí, sí.

LUBÍN. —Por mi parte, fingiré que no sé nada: soy muy astuto y nadie diría que no parezco un ingenuo.

ESCENA III

JORGE DANDÍN

Bien, Jorge Dandín, ya ves cómo te trata tu mujer. Eso pasa por haber querido casarte con una dama: te maltratan por todas partes sin que puedas vengarte, y por ser gentilhombre tienes atados los brazos. La igualdad de condición deja al menos al honor de un marido libertad para expresar su rabia; y si fuera una aldeana, ahora tendrías las manos libres para hacer justicia con unos buenos garrotazos. Pero has querido catar la nobleza, y te aburría ser amo en tu casa. ¡Ah!, rabio de todo corazón, y de buena gana me daría de bofetadas. ¿Cómo? ¡Escuchar sin el menor pudor el amor de un galán, y prometer al mismo tiempo reciprocidad! ¡Diablos! No quiero dejar pasar una ocasión como esta. Ahora mismo tengo que ir con mis quejas al padre y a la madre, y tomarlos por testigo, por lo que pueda ocurrir, de los motivos de disgusto y rabia que su hija me da. Pero ahí llegan muy a propósito los dos.

ESCENA IV

EL SEÑOR Y LA SEÑORA DE SOTENVILLE, JORGE DANDÍN

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¿Qué pasa, yerno? Me parecéis muy alterado.

JORGE DANDÍN. —Es que tengo motivos y...

SEÑORA DE SOTENVILLE. —¡Por Dios, yerno mío, qué poca cortesía mostráis no saludando a la gente que se os acerca!

JORGE DANDÍN. —La verdad, suegra, es que tengo otras cosas en la cabeza y ...

SEÑORA DE SOTENVILLE. —¡Otra vez! ¿Es posible, yerno, que conozcáis tan poco los modales de la buena sociedad, y que no haya medio de enseñaros la manera de vivir como es debido entre personas de alcurnia?[6]

JORGE DANDÍN. —¿Cómo?

SEÑORA DE SOTENVILLE. —¿No abandonaréis nunca conmigo la familiaridad de esa palabra de «suegra», y no podríais acostumbraros a llamarme «señora»?

JORGE DANDÍN. —Pardiez, si vos me llamáis yerno, creo que puedo llamaros suegra.

SEÑORA DE SOTENVILLE. —Mucho habría que decir sobre eso, que las cosas no son iguales. Aprended, si os place, que no os corresponde serviros de esa palabra con una persona de mi clase; que por muy yerno que seáis, hay gran diferencia de vos a nosotros, y que debéis daros cuenta de quién sois.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Basta, amorcito,[7] dejemos eso.

SEÑORA DE SOTENVILLE. —¡Dios mío! Señor de Sotenville, mostráis una indulgencia que es solo vuestra, que no sabéis hacer que la gente os dé lo que se os debe.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¡Maldita sea!, perdonadme, pero no se me pueden dar lecciones en este punto, que he sabido demostrar en mi vida, con veinte ocasiones enérgicas, que no soy hombre que ceda nunca una parte de mis pretensiones. Pero basta con haberle hecho una pequeña advertencia. Sepamos ahora, yerno mío, lo que os preocupa.

JORGE DANDÍN. —Puesto que hay que hablar sin rodeos, os diré, señor de Sotenville, que tengo motivos para...

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Más despacio, yerno mío. Debéis saber que no es respetuoso llamar a la gente por su apellido, y que, a los que están por encima de nosotros, debemos llamarlos «señor» a secas.

JORGE DANDÍN. —Pues bien, señor a secas, y no señor de Sotenville, debo deciros que mi mujer me da...

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¡Poco a poco! Sabed también que no debéis decir «mi mujer» cuando habláis de nuestra hija.

JORGE DANDÍN. —Me muero de rabia. ¡Cómo! ¿Mi mujer no es mi mujer?

SEÑORA DE SOTENVILLE. —Sí, yerno nuestro, es vuestra mujer; pero no os está permitido llamarla así, que eso es lo que podríais hacer si os hubierais casado con una de vuestras iguales.

JORGE DANDÍN, en voz baja, aparte. —¡Ah!, Jorge Dandín, ¿dónde te has metido! (En voz alta.) ¡Eh!, por favor, dejad por un momento vuestra gentilhombrería a un lado, y permitid que os hable ahora como pueda. (Aparte.) ¡Al diablo con todas estas historias! (Al Señor de Sotenville.) Os digo, pues, que no estoy satisfecho de mi matrimonio.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¿Y por qué razón, yerno mío?

SEÑORA DE SOTENVILLE. —¿Cómo? ¿Hablar así de algo de lo que habéis sacado tantas ventajas?

JORGE DANDÍN. —¿Y qué ventajas, señora, ya que señora sois? La aventura no ha sido mala para vos, porque, sin mí, vuestros negocios, con vuestro permiso, estarían bastante arruinados, que mi dinero ha servido para taponar agujeros muy considerables; pero yo ¿de qué me he aprovechado yo, decidme, como no sea de una ampliación de apellido, y en lugar de Jorge Dandín haber recibido de vos el título de Señor de la Dandiniera?[8]

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¿No cuenta nada para vos, yerno mío, la ventaja de haberos unido a la casa de Sotenville?

SEÑORA DE SOTENVILLE. —Y a la de Gazmoñería,[9] de la que tengo el honor de descender. Casa en la que el vientre ennoblece;[10] y que, por ese honroso privilegio, hará a vuestros hijos gentilhombres.

JORGE DANDÍN. —Sí, eso está muy bien, mis hijos serán gentilhombres, pero yo seré cornudo si no se pone remedio.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¿Qué quiere decir eso, yerno mío?

JORGE DANDÍN. —Quiere decir que vuestra hija no vive como debe vivir una esposa, y que hace cosas contrarias al honor.

SEÑORA DE SOTENVILLE. —Más despacio. Cuidado con lo que decís. Mi hija es de una estirpe demasiado virtuosa para llegar a cometer nunca algo en lo que salga ofendida la honestidad, y en la casa de la Gazmoñería no se ha observado desde hace más de trescientos años que haya habido una sola mujer, a Dios gracias, que haya dado que hablar.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¡Diablo!, en la casa de Sotenville nunca se ha visto ninguna mujer ligera, y no es más hereditaria en los varones la bravura que la castidad en las hembras.

SEÑORA DE SOTENVILLE. —Tuvimos una Jacobina de la Gazmoñería que nunca quiso ser la amante de un duque y par, gobernador de nuestra provincia.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Hubo una Maturina de Sotenville que rechazó veinte mil escudos de un favorito del rey, que únicamente le pedía el favor de hablar con ella.

JORGE DANDÍN. —Pues vuestra hija no es tan intratable como esas, que desde que está en mi casa se ha vuelto más accesible.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Explicaos, yerno mío, nosotros no somos gente que la apoyemos en malas acciones, y su madre y yo seremos los primeros en daros la razón.

SEÑORA DE SOTENVILLE. —Nosotros no entendemos de burlas en cuestiones de honor, y la hemos educado en la mayor severidad posible.

JORGE DANDÍN. —Todo cuanto puedo deciros es que hay aquí cierto cortesano al que habéis visto, que la corteja en mis barbas, y que le ha enviado declaraciones de amor a las que ella ha prestado oídos complacientes.

SEÑORA DE SOTENVILLE. —¡Vive Dios que la estrangularía con mis propias manos si en algo se apartase de la honestidad de su madre!

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¡Diablos!, yo la atravesaría con la espada, a ella y al galán, si hubiera faltado a su honor.

JORGE DANDÍN. —Os he dicho lo que ocurre para presentaros mis quejas, y os pido satisfacción en este asunto.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —No os atormentéis, yo os la daré de los dos, que soy hombre para sujetar por la brida a quien fuere. Pero ¿estáis totalmente seguro de lo que nos decís?

JORGE DANDÍN. —Muy seguro.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Pues al menos tened cuidado, porque entre gentilhombres son cosas delicadas, y no es cuestión de ir a dar, en un asunto como este, un paso en falso.

JORGE DANDÍN. —No os he dicho nada, repito, que no sea cierto.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Amorcito mío, id a hablar con vuestra hija, mientras yo voy con mi yerno a hablar con el hombre.

SEÑORA DE SOTENVILLE. —¿Sería posible, hijito mío, que ella haya olvidado su rango, después del sabio ejemplo que vos mismo sabéis que yo le he dado?

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Vamos a aclarar el asunto. Seguidme, yerno mío, y no os apenéis, veréis con qué madera nos calentamos cuando atacan a los que nos pueden pertenecer.[11]

JORGE DANDÍN. —Ahí viene hacia nosotros.

ESCENA V

SEÑOR DE SOTENVILLE, CLITANDRO, JORGE DANDÍN

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¿Me conocéis, señor?

CLITANDRO. —No que yo sepa, señor.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Me llamo barón de Sotenville.[12]

CLITANDRO. —Me alegro mucho.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Mi nombre es conocido en la corte, y en mi juventud tuve el honor de señalarme entre los primeros en la leva de Nancy.[13]

CLITANDRO. —Enhorabuena.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Señor, mi padre Juan Gil de Sotenville tuvo la gloria de asistir en persona al gran asedio de Montauban.[14]

CLITANDRO. —Me alegro mucho.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Y tuve un abuelo, Beltrán de Sotenville, a quien se consideró tanto en su época que se le permitió vender toda su hacienda para viajar a ultramar.[15]

CLITANDRO. —Lo creo, por supuesto.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Me han contado, señor, que amáis y perseguís a una joven, que es hija mía, por la que me intereso, y también por este hombre que aquí veis (señalando a Jorge Dandín), que tiene el honor de ser mi yerno.

CLITANDRO. —¿Quién? ¿Yo?

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Sí. Y me alegra hablar con vos para que, si os place, me deis una explicación sobre este asunto.

CLITANDRO. —¡Qué singular maledicencia! ¿Quién os ha dicho eso, señor?

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Alguien que cree saberlo bien.

CLITANDRO. —Ese alguien ha mentido. Soy un hombre honrado. ¿Me creéis capaz, señor, de una acción tan cobarde como esa? ¡Amar yo a una bella joven que tiene el honor de ser hija del señor barón de Sotenville! Os reverencio en demasía para eso, y soy demasiado servidor vuestro. Quien os lo ha dicho, es un necio.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Vamos, yerno mío.

JORGE DANDÍN. —¿Qué?

CLITANDRO. —Es un pillo y un canalla.

SEÑOR DE SOTENVILLE, a Jorge Dandín. —Responded.

JORGE DANDÍN. —Responded vos mismo.

CLITANDRO. —Si supiera quién puede ser, le daría en vuestra presencia una estocada en el vientre.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Sostened lo que decís.

JORGE DANDÍN. —En todo lo sostengo, es cierto.

CLITANDRO. —¿Es vuestro yerno, señor, el que...?

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Sí, él mismo se ha quejado a mí.

CLITANDRO. —Desde luego, puede agradecer la ventaja que tiene de perteneceros, pues, de no ser así, bien le enseñaría yo a decir tales cosas de una persona como yo.

ESCENA VI

SEÑOR Y SEÑORA DE SOTENVILLE, ANGÉLICA, CLITANDRO, JORGE DANDÍN, CLAUDINA

SEÑORA DE SOTENVILLE. —Por lo que a este caso se refiere, ¡qué cosa tan extraordinaria son los celos! Aquí traigo a mi hija para aclarar el asunto en presencia de todos.

CLITANDRO, a Angélica. —Entonces ¿sois vos, señora, la que habéis dicho a vuestro marido que estoy enamorado de vos?

ANGÉLICA. —¿Yo? ¿Y cómo se lo habría de decir? ¿Es así acaso? Mucho me gustaría ver que estuvieseis enamorado de mí. Intentadlo, os lo ruego, encontraréis buena respuesta. Es algo que os aconsejo que hagáis. Recurrid, por probar, a todas las tretas de los amantes. Probad, solo por gusto, a enviarme embajadas, a escribirme en secreto billetitos amorosos, a espiar los momentos en que mi marido no esté, o el rato que salga sola para hablarme de vuestro amor. No tenéis más que venir, os prometo que seréis recibido como conviene.

CLITANDRO. —¡Eh, eh!, señora, más despacio. No es necesario que me deis tantas lecciones, ni que os escandalicéis tanto. ¿Quién os dice que pienso en amaros?

ANGÉLICA. —¿Qué sé yo de lo que vienen a contarme?

CLITANDRO. —Que digan lo que quieran. Vos sabéis si os he hablado de amor cuando os he encontrado.

ANGÉLICA. —No teníais más que hacerlo, que bien recibido habríais sido.

CLITANDRO. —Os aseguro que conmigo no tenéis nada que temer. Que no soy hombre que aflija a las mujeres bellas, y que os respeto demasiado, a vos y a vuestros señores padres, para concebir la idea de enamorarme de vos.

SEÑORA DE SOTENVILLE, a Jorge Dandín. —Bueno, ya lo veis.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Así queda satisfecho vuestro honor, yerno mío, ¿qué decís a eso?

JORGE DANDÍN. —Digo que todo esto no son más que cuentos para niños. Que yo bien me sé lo que me sé, y que hace poco, ya que hay que hablar claro, ella ha recibido una embajada de su parte.

ANGÉLICA. —¿Que yo he recibido una embajada?

CLITANDRO. —¿Que yo he enviado una embajada?

ANGÉLICA. —Claudina.

CLITANDRO. —¿Es eso cierto?

CLAUDINA, a Angélica. —Palabra que es una mentira como una casa.

JORGE DANDÍN. —Callaos, que no sois más que una granuja. Sé lo que hacéis, que habéis sido vos la que hace poco ha introducido al mensajero.

CLAUDINA. —¿Quién? ¿Yo?

JORGE DANDÍN. —Sí, vos. No os hagáis la remilgada.

CLAUDINA. —¡Ay! ¡Cuán lleno de maldad está hoy el mundo! ¡Sospechar así de mí, que soy la inocencia misma!

JORGE DANDÍN. —Callaos, buena pieza. Os hacéis la mojigata. Pero os tengo calada desde hace mucho tiempo, y sois una taimada.

CLAUDINA, a Angélica. —Señora, ¿es que yo...?

JORGE DANDÍN. —Callaos, os digo, que bien podríais pagar los platos rotos por todos los demás. Y vos no tenéis un padre gentilhombre.

ANGÉLICA. —Es una impostura tan grande, y me llega tan hondo al corazón, que ni siquiera tengo fuerzas para responder a ella; ¡qué horrible ser acusada por un marido cuando no se le hace nada que no haya que hacer! ¡Ay!, si algo se me puede reprochar es portarme demasiado bien con él.

CLAUDINA. —Desde luego.

ANGÉLICA. —Toda mi desgracia es tenerle demasiada consideración, ¡ojalá quiera el Cielo que yo fuese capaz de tolerar, como él dice, las galanterías de alguno! No sería entonces tan digna de lástima. Adiós, me retiro, no puedo seguir soportando que se me ultraje de esta suerte.

SEÑORA DE SOTENVILLE, a Jorge Dandín. —Vamos, no merecéis la honrada esposa que os han dado.

CLAUDINA. —A fe que él se merecía que fuera verdad y, si yo estuviera en su lugar, no me lo pensaría dos veces. (A Clitandro.) Sí, señor, para castigarlo, debéis cortejar a mi ama. Adelante, os digo, le estará bien empleado, y me ofrezco a serviros, puesto que ya me acusa de hacerlo.

Claudina sale.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Merecéis, yerno, que os digan estas cosas, que vuestra conducta vuelve contra vos a todo el mundo.

SEÑORA DE SOTENVILLE. —Vamos, pensad en tratar mejor a una dama de buena cuna, y tened cuidado en adelante para no cometer tales errores.

JORGE DANDÍN, aparte. —¡Qué rabia me da estar equivocado cuando tengo razón!

CLITANDRO, al Señor de Sotenville. —Ya veis, señor, de qué manera he sido falsamente acusado. Vos sois hombre que conoce las máximas del pundonor,[16] y os pido satisfacción por la afrenta que se me ha hecho.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Eso es justo, y es lo que mandan las normas en estos casos. Vamos, yerno mío, dad satisfacción al señor.

JORGE DANDÍN. —¿Cómo? ¿Darle satisfacción?

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Sí. Es lo que se debe hacer según las reglas por haberle acusado falsamente.

JORGE DANDÍN. —No estoy de acuerdo en eso de haberle acusado falsamente, y bien sé yo lo que pienso sobre eso.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —No importa. Aunque os pueda quedar otra idea, él ha negado: hay que dar satisfacción a las personas, y nadie tiene derecho a reclamar nada de un hombre que niega.

JORGE DANDÍN. —¿De modo que, si lo encontrase acostado con mi mujer, le bastaría con negarlo?

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Dejémonos de razonamientos. Presentadle las excusas que os digo.

JORGE DANDÍN. —Presentarle yo excusas después de que...

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Vamos, os digo. Nada de titubeos, y no debéis temer en excederos, puesto que soy yo el que os lo aconseja.

JORGE DANDÍN. —No sabría...

SEÑOR DE SOTENVILLE. —¡Diablos, yerno mío!, no me calentéis la bilis, que me pondré de su parte contra vos. Venga. Dejaos dirigir por mí.

JORGE DANDÍN, aparte. —¡Ay, Jorge Dandín!

SEÑOR DE SOTENVILLE. —En primer lugar, vuestro gorro en la mano, el señor es gentilhombre y vos no lo sois.

JORGE DANDÍN, aparte, con el gorro en la mano. —Me muero de rabia.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Repetid conmigo. «Señor...»

JORGE DANDÍN. —Señor...

SEÑOR DE SOTENVILLE, viendo que su yerno se resiste a obedecerle. —«Os pido perdón.» ¡Vamos!

JORGE DANDÍN. —Os pido perdón.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —«Las malas ideas que he tenido de vos...»

JORGE DANDÍN. —Las malas ideas que he tenido de vos...

SEÑOR DE SOTENVILLE. —«Ha sido porque no tenía el honor de conoceros.»

JORGE DANDÍN. —Ha sido porque no tenía el honor de conoceros.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —«Y os pido que creáis...»

JORGE DANDÍN. —Y os pido que creáis...

SEÑOR DE SOTENVILLE. —«Que soy vuestro servidor.»

JORGE DANDÍN. —¿Queréis que sea servidor de un hombre que quiere hacerme cornudo?

SEÑOR DE SOTENVILLE, amenazándolo de nuevo. —¡Vamos!

CLITANDRO. —Basta, señor.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —No, quiero que termine, y que se haga todo según las reglas. «Que soy vuestro servidor...»

JORGE DANDÍN. —Que soy vuestro servidor...

CLITANDRO, a Jorge Dandín. —Señor, yo soy el vuestro de todo corazón, y ya no pienso en lo que ha pasado. (Al Señor de Sotenville.) En cuanto a vos, señor, os saludo, y lamento el pequeño disgusto que habéis tenido.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Os beso las manos, y cuando os plazca os proporcionaré el entretenimiento de correr una liebre.

CLITANDRO. —Es demasiada merced la que me hacéis.

Clitandro sale.

SEÑOR DE SOTENVILLE. —Así es como hay que hacer las cosas, yerno mío. Adiós. Sabed que habéis entrado en una familia que os prestará apoyo y, no tolerará que os hagan la menor afrenta.

ESCENA VII

JORGE DANDÍN

¡Ay, cómo me...! Tú lo has querido, tú lo has querido, Jorge Dandín, tú lo has querido, te está muy bien empleado, y has caído en la trampa como corresponde, tienes precisamente lo que te mereces. Vamos, solo se trata de desengañar al padre y a la madre, y tal vez pueda encontrar algún modo de conseguirlo.

 

ACTO II

ESCENA I

CLAUDINA, LUBÍN

CLAUDINA. —Sí, enseguida he adivinado que esto debía de venir de ti, y que se lo has dicho a alguien que se lo ha contado a nuestro amo.

LUBÍN. —A fe mía que solo he cruzado unas palabras de pasada con un hombre, para que no dijese que me había visto salir; qué charlatana debe de ser la gente de esta tierra.

CLAUDINA. —Pues sí que ese señor vizconde ha escogido bien a sus criados tomándote a ti por embajador suyo, porque ha ido a servirse de un pobre ingenuo.

LUBÍN. —Bueno, otra vez seré más astuto y pondré más cuidado en lo que hago.

CLAUDINA. —Sí, sí, sería conveniente.

LUBÍN. —No hablemos más de eso. Escucha.

CLAUDINA. —¿Qué quieres que escuche?

LUBÍN. —Pero vuelve un poco la cara hacia mí.

CLAUDINA. —Bueno, ¿de qué se trata?

LUBÍN. —Claudina.

CLAUDINA. —¿Qué?

LUBÍN. —¡Vamos!, ¿es que no sabes lo que quiero decir?

CLAUDINA. —No.

LUBÍN. —¡Diantre! Te quiero.

CLAUDINA. —¿De verdad?

LUBÍN. —Sí. El diablo me lleve, puedes creerme porque lo juro.

CLAUDINA. —Enhorabuena.

LUBÍN. —Siento que el corazón me da brincos cuando te miro.

CLAUDINA. —Me alegro mucho.

LUBÍN. —¿Qué haces para ser tan guapa?

CLAUDINA. —Hago lo mismo que las otras.

LUBÍN. —Mira, no se necesita tantos melindres para hacer un queso. Si quieres, tú serás mi mujer, yo seré tu marido, y los dos seremos marido y mujer.

CLAUDINA. —Quizá serías celoso como nuestro amo.

LUBÍN. —Nada de eso.

CLAUDINA. —Porque odio a los maridos suspicaces, y quiero uno que no se asuste de nada, tan lleno de confianza y tan seguro de mi castidad que pudiera verme, sin la menor inquietud, en medio de treinta hombres.

LUBÍN. —Bueno, seré así.

CLAUDINA. —La cosa más tonta del mundo es desconfiar de una mujer y torturarla. La verdad es que así no se consigue nada. Eso nos hace pensar mal, y a menudo son los maridos los que, con sus alborotos, se convierten ellos mismos en lo que son.

LUBÍN. —Bueno, te daré la libertad de hacer cuanto te plazca.

CLAUDINA. —Mira lo que hay que hacer para no ser engañado. Cuando un marido confía en nosotras, solo nos tomamos la libertad necesaria, y es como con aquellos que nos abren su bolsa y nos dicen: tomad. Usamos de ella honradamente, y nos contentamos con lo razonable. Pero, a los que nos agobian, nos esforzamos en arruinarlos y no los perdonamos nunca.

LUBÍN. —Bueno. Yo seré de los que abren su bolsa, no tienes más que casarte conmigo.

CLAUDINA. —Bien, ya veremos.

LUBÍN. —Entonces, ven aquí, Claudina.

CLAUDINA. —¿Qué quieres?

LUBÍN. —Ven, te digo.

CLAUDINA. —¡Ah!, más despacio. No me gustan los sobones.

LUBÍN. —¡Eh!, un poquito de cariño.

CLAUDINA. —Déjame, te digo, no me gustan las bromas.

LUBÍN. —Claudina.

CLAUDINA, rechazando a Lubín. —¡Ay!

LUBÍN. —¡Ah, qué dura eres con la gente! ¡Huy, qué grosería rechazar a las personas! ¿No te da vergüenza ser hermosa y no querer que te acaricien? ¡Eh!

CLAUDINA, rechazando a Lubín. —Te atizaré en las narices.

LUBÍN. —¡Oh, qué feroz! ¡Qué salvaje! ¡Huy! ¡Puaf! ¡Qué cruel es la maldita!

CLAUDINA. —Te propasas demasiado.

LUBÍN. —¿Qué te costaría dejarme hacer un poco?

CLAUDINA. —Has de tener paciencia.

LUBÍN. —Solo un besito, a cuenta de los que nos daremos cuando estemos casados.

CLAUDINA. —Hasta la vista.

LUBÍN. —Claudina, te lo ruego, ya los descontaremos después.

CLAUDINA. —Ni hablar, que ya me han engañado con eso. Adiós. Vete, y dile al señor vizconde que me cuidaré de entregar su billete.

LUBÍN. —Adiós, arisca belleza.

CLAUDINA. —¡Vaya expresión tan amorosa!

LUBÍN. —Adiós, roca, guijarro, piedra sillar, y todo lo más duro que hay en el mundo.

CLAUDINA, sola. —Voy a poner en las manos de mi ama... Pero ahí viene con su marido, alejémonos, y aguardemos a que esté sola.

ESCENA II

JORGE DANDÍN, ANGÉLICA, CLITANDRO

JORGE DANDÍN. —No, no, no se me engaña con tanta facilidad, y estoy de sobra seguro de que el informe que me han hecho es cierto. Tengo mejor vista de lo que se cree, y vuestro galimatías de hace un rato no me ha engatusado.

CLITANDRO, aparte, en el fondo del escenario. —¡Ah, ahí está! Pero el marido va con ella.

JORGE DANDÍN, sin ver a Clitandro. —A través de todos vuestros melindres he visto la verdad de lo que me han dicho, y el poco respeto que tenéis por el lazo que nos une. (Clitandro y Angélica se saludan.) ¡Por Dios!, dejaos de reverencias, no es esa la clase de respeto de que os hablo, y no es este el momento de burlaros.

ANGÉLICA. —¿Burlarme yo? De ninguna manera.

JORGE DANDÍN. —Sé lo que estáis pensando (Clitandro y Angélica vuelven a saludarse), y conozco... (Clitandro y Angélica se saludan de nuevo.) ¿Otra vez? ¡Ah, basta de bromas! No ignoro que, a causa de vuestra nobleza, me consideráis muy por debajo de vos, y el respeto al que me refiero no tiene que ver con mi persona. Me refiero al que debéis a lazos tan venerables como son los del matrimonio. (Angélica hace una seña a Clitandro.) No hay por qué encogerse de hombros, que yo no digo tonterías.

ANGÉLICA. —¿Quién piensa en encogerse de hombros?

JORGE DANDÍN. —¡Dios mío, si todo está muy claro! Os digo una vez más que el matrimonio es una cadena a la que debe concederse toda clase de respeto, y que está muy mal por vuestra parte obrar como venís haciendo. (Angélica hace una seña con la cabeza a Clitandro.) Sí, sí, está muy mal por vuestra parte. Y no tenéis que mover la cabeza y hacer melindres.

ANGÉLICA. —¿Yo? No sé a qué os referís.

JORGE DANDÍN. —Yo sí lo sé muy bien, y conozco de sobra vuestros desdenes. Si no nací noble, al menos soy de una estirpe a la que no puede hacérsele ningún reproche, que la familia de los Dandín...

CLITANDRO, detrás de Angélica, si ser visto por Dandín. —Un momento de conversación.

JORGE DANDÍN, sin ver a Clitandro. —¿Eh?

ANGÉLICA. —¿Qué? Si no digo nada.

JORGE DANDÍN da vueltas alrededor de su mujer, y Clitandro se retira haciendo una reverencia a Jorge Dandín. —Ahí lo tenéis, viniendo a merodear a vuestro alrededor.

ANGÉLICA. —¿Y eso es culpa mía? ¿Qué queréis que yo le haga?

JORGE DANDÍN. —Quiero que hagáis lo que hace una esposa que solo quiere complacer a su marido. Digan lo que digan, los galanes no persiguen si una no quiere. Hay cierto aire tierno que los atrae como la miel a las moscas, y las mujeres honradas tienen modales que consiguen apartarlos enseguida.

ANGÉLICA. —¿Apartarlos yo? ¿Y por qué razón? No me escandaliza que me encuentren atractiva, y eso me complace.

JORGE DANDÍN. —Sí. Pero ¿qué papel queréis que represente un marido durante ese galanteo?

ANGÉLICA. —El papel de un hombre honrado al que satisface ver a su mujer estimada.

JORGE DANDÍN. —Muchas gracias. Pero eso no es para mí, y los Dandín no están acostumbrados a esa moda.

ANGÉLICA. —¡Oh!, los Dandín ya se acostumbrarán si quieren. Pues, en lo que a mí se refiere, os declaro que no tengo intención de renunciar al mundo ni de enterrarme en vida con un marido. ¡Cómo!, porque a un hombre se le ocurra casarse con una, ¿es preciso que desde entonces todo haya acabado para nosotras, y que rompamos toda relación con los seres vivos? Qué cosa tan pasmosa esa tiranía de los señores maridos, y me parecen estupendos por pretender que una muera para toda clase de diversiones y que solo se viva para ellos. Me río yo de todo eso, que no quiero morir tan joven.

JORGE DANDÍN. —¿Es así como cumplís los juramentos de fidelidad que públicamente me habéis hecho?

ANGÉLICA. —¿Yo? No os los hice voluntariamente, que vos me los arrancasteis. ¿Me pedisteis antes del matrimonio mi consentimiento y me preguntasteis si os quería? Sobre eso, solo consultasteis con mi padre y mi madre, son ellos de hecho los que se casaron con vos, y por ello bien haréis en quejaros siempre a ellos de las afrentas que se os puedan hacer. En cuanto a mí, que no os pedí que os casarais conmigo y a quien tomasteis sin consultar mis sentimientos, pretendo no estar obligada a someterme como esclava a vuestra voluntad, que quiero gozar, si lo tenéis a bien, de cierto número de bellos días que la juventud me ofrece, tomarme las dulces libertades que la edad me permite, frecuentar algo la buena sociedad, y gustar el placer de oírme decir requiebros. Preparaos para vuestro castigo, y dad gracias al Cielo de que no soy capaz de algo peor.

JORGE DANDÍN. —¡Sí! ¡Así es como os lo tomáis! Yo soy vuestro marido, y os digo que no lo acepto.

ANGÉLICA. —Y yo soy vuestra esposa, y os digo que lo acepto.

JORGE DANDÍN, aparte. —Me entran ganas de reducir toda su cara a compota, y dejarla en condiciones de no agradar en su vida a los galanteadores. ¡Ah!, vamos, Jorge Dandín, que no podría contenerme, y más vale marcharse.

ESCENA III

CLAUDINA, ANGÉLICA

CLAUDINA. —Estaba impaciente, señora, por que se fuera para entregaros este billete de parte de quien sabéis.

ANGÉLICA. —Veamos.

Lee en voz baja.

CLAUDINA, aparte. —Por lo que puedo observar, no le desagrada demasiado lo que le dicen.

ANGÉLICA. —¡Ah, Claudina, de qué forma tan galante se expresa este billete! ¡Qué maneras tan agradables muestra la gente de corte en todas sus palabras y en todos sus actos! ¡Y qué son, comparados con ellas, nuestros provincianos!

CLAUDINA. —Creo que, después de haberlos visto, los Dandín no os gustan demasiado.

ANGÉLICA. —Aguarda aquí, voy a escribir la respuesta.

CLAUDINA, sola. —No tengo necesidad, creo yo, de recomendarle que lo haga agradable. Pero he aquí...

ESCENA IV

CLITANDRO, LUBÍN, CLAUDINA

CLAUDINA. —De veras, señor, ¡vaya un mensajero hábil que habéis elegido!

CLITANDRO. —No me he atrevido a enviar a uno de mis criados. Pero, mi pobre Claudina, tengo que recompensarte por los buenos oficios que sé que me has prestado.

Hurga en su bolsillo.

CLAUDINA. —¡Bah!, señor, no es necesario.[17] No, señor, no tenéis que tomaros esa molestia, que os sirvo porque lo merecéis, y porque siento en mi corazón simpatía por vos.

CLITANDRO, dándole dinero. —Te quedo agradecido.

LUBÍN, a Claudina. —Puesto que vamos a casarnos, dame eso para que lo ponga con lo mío.

CLAUDINA. —Te lo guardaré tan bien como el beso.

CLITANDRO, a Claudina. —Dime, Claudina, ¿entregaste mi billete a tu bella señora?

CLAUDINA. —Sí, ha ido a contestarlo.

CLITANDRO. —Pero, Claudina, ¿no hay algún medio de que pueda hablarle?

CLAUDINA. —Sí, venid conmigo, os haré hablar con ella.

CLITANDRO. —Pero ¿le parecerá bien? ¿Y no hay ningún riesgo?

CLAUDINA. —No, no, su marido no está en casa, y puesto que no es a él a quien debe guardar más respeto, sino a su padre y a su madre, y, con tal de que sigan creyendo en su inocencia, no hay nada que temer de todo lo demás.

CLITANDRO. —Me pongo en tus manos.

LUBÍN. —¡Por todos los diablos!, qué astuta mujer voy a tener, tiene ingenio por cuatro.

ESCENA V

JORGE DANDÍN, LUBÍN

JORGE DANDÍN, bajo, aparte. —Aquí está mi hombre de antes. ¡Quiera el Cielo que consienta en dar testimonio ante el padre y la madre de lo que no quieren creer!

LUBÍN. —¡Ah!, estáis ahí, señor charlatán, a quien tanto recomendé que no dijese nada, y que tanto me lo prometisteis. Sois pues un bocazas, y os apresuráis a repetir lo que se os dice en secreto.

JORGE DANDÍN. —¿Yo?

LUBÍN. —Sí. Le contasteis todo al marido, y sois la causa del jaleo que armó. Me encanta saber que tenéis larga la lengua, que eso me enseñará a no deciros nada más.

JORGE DANDÍN. —Escucha, amigo mío.

LUBÍN. —Si no hubierais parloteado nada, os habría contado lo que ocurre en este momento; pero, como castigo, no sabréis nada de nada.

JORGE DANDÍN. —¿Cómo? ¿Qué es lo que pasa?

LUBÍN. —Nada, nada. Por haber hablado, os quedaréis a dos velas, y os dejo con la miel en los labios.

JORGE DANDÍN. —Espera un poco.

LUBÍN. —Ni hablar.

JORGE DANDÍN. —Solo quiero decirte una palabra.

LUBÍN. —Os digo que ni hablar. Tenéis ganas de tirarme de la lengua.

JORGE DANDÍN. —No, no es eso.

LUBÍN. —Solo un tonto...[18] Os veo venir.

JORGE DANDÍN. —Es otra cosa. Escucha.

LUBÍN. —No hay nada que hacer. Querríais que os dijese que el señor vizconde acaba de dar dinero a Claudina, y que lo ha llevado a casa de su ama. Pero no soy tan idiota.

JORGE DANDÍN. —Por favor.

LUBÍN. —No.

JORGE DANDÍN. —Te daré...

LUBÍN. —¡Tururú!

ESCENA VI

JORGE DANDÍN

No he podido servirme con este inocente de la idea que se me había ocurrido. Pero la nueva noticia que se le ha escapado causará el mismo efecto, y, si el galán está en mi casa, bastaría para tener razón a ojos del padre y de la madre, y convencerlos plenamente de la desvergüenza de su hija. Lo malo de todo esto es que no sé cómo arreglármelas para sacar partido de este aviso. Si vuelvo a casa, haré que el granuja escape, y, sobre cualquier cosa que yo mismo pueda ver de mi deshonra, no seré creído ni bajo juramento y me dirán que sueño. Si, por otra parte, voy a buscar a suegro y suegra sin estar seguro de encontrar en mi casa al galán, ocurrirá lo mismo, y volveré a caer en el inconveniente anterior. ¿Podría averiguar con sigilo si todavía está? (Después de haber ido a mirar por el agujero de la cerradura.) ¡Ah, Cielo!, no cabe la menor duda, que acabo de verlo por el agujero de la puerta. La suerte me ofrece la oportunidad de confundir a mi adversario, y, para rematar la aventura, hace venir justo a tiempo a los jueces que yo necesitaba.

ESCENA VII

SEÑOR Y SEÑORA DE SOTENVILLE,

JORGE DANDÍN

JORGE DANDÍN. —En fin, no habéis querido creerme hace un rato, y vuestra hija me ha vencido. Pero tengo a mano pruebas de cómo me trata, y gracias a Dios mi desh

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