Miña nena

Josefina Novoa

Fragmento

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1
Anhelado reencuentro

Después de tanto tiempo, volvíamos a encontrarnos, habían pasado casi tres años desde aquella terrible tarde. Del ultimátum, del adiós definitivo.

—¿Cómo has estado? —preguntó Henry con una voz automatizada carente de emoción.

—Todo bien, supongo —contesté incómoda—. ¿Y tú?

—Todo igual por aquí, mucho trabajo, problemas, lo de siempre —replicó a media voz.

—Si vamos a trabajar juntos durante unos días, intentemos dejar de odiarnos —dije a modo de cortar la evidente tensión que causaba el reencuentro en ambos.

—Estamos en tregua, de momento —me aseguró con una mueca que difícilmente podía calificar como sonrisa—. No podría odiarte aunque quisiera —alcanzó a balbucear con una sonrisa cargada de complicidad.

Y al escuchar esa voz ronca, tenerlo frente a mí nuevamente, posar mis ojos en los suyos, me sorprendió descubrir que todo en nosotros estaba intacto. Me dolió ver en su mirada cicatrices imperceptibles para otros ojos. Había envejecido, numerosas líneas en la frente y el entrecejo adornaban su rostro, estaba visiblemente más delgado, lucía preocupado y cansado. Como quien regresa del campo de batalla con los estigmas de la derrota tatuados en el cuerpo y en el alma.

Tomamos asientos contiguos cerca de un gran ventanal donde se asomaba a lo lejos la majestuosa montaña enmarcada por frondosos árboles de hojas de un amarillo intenso empapadas por gotas de lluvia, separando imponente el mar Caribe de la urbe. El perfecto ornamento que acobija con sus faldas y curvas a los habitantes de esta ciudad tan violenta y caótica, pero a la vez tan añorada para los que marchan lejos, llamada Caracas. Entre sus tupidas ramas unas cuantas guacamayas revoloteaban y se posaban majestuosas, alegres, ruidosas, despreocupadas. Aves tropicales convertidas en un patrimonio para la ciudad y una costumbre cultural convidar girasoles desde sus ventanas para agasajar al descortés invitado.

Cada atardecer, como perfecto complemento, cientos de ellas llenan de colores y sonidos el azul del cielo. Una suerte de contraste perfecto, digno de postal. El eco de sus gritos y su destellante plumaje, con retazos de los colores de nuestra bandera nacional, pareciera ser en medio de la convulsa vida de los citadinos un recordatorio perenne de lo injusto de este oscuro episodio en nuestra historia reciente.

Arropados por ese majestuoso paisaje, nos dispusimos a abrir la primera de las numerosas carpetas apiladas sobre el imponente escritorio caoba. Libreta y pluma en mano, me proponía encontrar alguna solución milagrosa que cambiara el destino de nuestro legado.

Adentrándome en el contenido de aquellos papeles que nuestros padres, socios y amigos, desde antes de que naciéramos, habían seleccionado especialmente, con la intención de hacernos cambiar de parecer. Una serie de documentos fatídicos; cuentas y proyecciones nada alentadoras. Era mucho lo que había que revisar, asimilar e idear.

Lo más lógico en este punto era vender; pero Henry y yo, a diferencia del resto, estábamos negados a la idea, esperanzados en buscar fórmulas que permitieran continuar el funcionamiento de la empresa perteneciente a ambas familias.

Contábamos con poco tiempo antes que la decisión final fuera tomada. Una semana, para ser exactos, plazo estipulado con los posibles compradores para mantener la oferta.

Ambos sentíamos que despojarnos de la compañía sería traicionar nuestra historia, el trabajo familiar de toda una vida. Como si los fuertes lazos que nos unían a todos fueran a desaparecer junto con esta.

Mientras leía cada expediente no podía sacar de mi mente a mi abuelo, quien jamás pensó abandonar las cuatro calles de su pueblo y llegó a este hermoso rincón de América cuando en un arrebato de esperanza decidió buscar mayores posibilidades económicas para él y su familia al otro lado del charco, obteniendo más de lo que había soñado. ¿Qué pensaría él si abandonamos esta lucha?

¿Cómo se sentiría al saber que la materialización de su esfuerzo moriría junto con las pocas libertades que quedaban en el país?

—¿Te quitaste dos lunares? —murmuró Henry observándome cuidadosamente, apartándome súbitamente de mis pensamientos.

En ese instante le había dado la espalda para intentar alcanzar otra de las carpetas que reposaban en el escritorio. La pregunta me pilló desprevenida. Llevaba el cabello recogido en un moño al descuido, vestía de manera informal unos vaqueros rotos a la altura de las rodillas y una camiseta de tiras blancas que dejaba al descubierto mi cuello y parte de la espalda con un collar a cuencas con una medalla de la virgen de Guadalupe de colorines.

—Sí, me recomendaron remover todos los lunares que tenía en la espada hace unos cuantos meses —le comenté volteando y posando mis ojos en los suyos—. La verdad, ni sé cuántos tenía.

—Ocho —susurró mientras su mirada se llenaba de nostalgia, moviendo cada fibra de mi ser—, tenías ocho en total.

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2
El albañil gallego

José, con veinticinco años, trabajaba como albañil en Vilar de Santos, un pequeño pueblo al norte de España que pertenece a la provincia de Ourense, la única capital gallega que no mira al mar, donde conviven la belleza de la verde vegetación con el aroma a flores silvestres, bellos cruceiros que adornan los caminos, montañas de poca altura y ríos de aguas claras y discurrir tranquilo, además de un clima extremo durante los meses de calor y frío.

—Un clima propio —decía mi abuelo—, caprichoso, diferente al resto de los pueblos cercanos.

En aquella época sombría de la reciente historia española el trabajo había disminuido notablemente y las familias tenían verdaderas dificultades para cubrir sus necesidades básicas. Después de la guerra civil española el hambre se hizo sentir con fuerza, especialmente en las aldeas. Los escasos bienes eran repartidos entre los habitantes según lo estipulado en cartillas de racionamiento que apenas cubrían las necesidades familiares, las matanzas debían de ser autorizadas y artículos a precios desorbitados en el mercado negro o paralelo inalcanzable para la mayoría. Escasez y hambre tanto para los vencedores como para los vencidos. La pobreza aún convivía, años después de finalizada la batalla, en los pequeños poblados, donde sus habitantes emprendieron un éxodo rural a las grandes ciudades, por lo que el campo quedaba cada vez más solo.

Gracias al dinero que enviaban aquellos que habían partido, principalmente a Alemania, Suiza o Francia, y que soñaban con un pronto retorno, siempre había algo que hacer en las canteras.

Se reparaban techos, se mejoraban estructuras, el dinero que llegaba contribuía a mejorar la calidad de vida de los pocos que quedaban, privilegiados con ese aporte mensual que enviaban sus seres queridos.

Galicia fue un vivero de emigrantes para el mundo. Corazones errantes con una mirada cargada de mo

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