Jazz

Toni Morrison

Fragmento

Capítulo 1

Sssst… yo conozco a esa mujer. Vivía rodeada de pájaros en la avenida Lenox. También conozco a su marido. Se encaprichó de una chiquilla de dieciocho años y le dio uno de esos arrebatos que te calan hasta lo más hondo y que a él le metió dentro tanta pena y tanta felicidad que mató a la muchacha de un tiro solo para que aquel sentimiento no acabara nunca. Cuando la mujer, que se llama Violet, fue al entierro para ver a la chica y acuchillarle la cara sin vida, la derribaron al suelo y la expulsaron de la iglesia. Entonces echó a correr, en medio de toda aquella nieve, y en cuanto estuvo de vuelta en su apartamento sacó a los pájaros de las jaulas y les abrió las ventanas para que emprendiesen el vuelo o para que se helaran, incluido el loro, que decía: «Te quiero».

El viento barría de tal manera la nieve por donde Violet había corrido que en la acera no quedó la menor huella de sus pisadas, así que por algún tiempo nadie supo exactamente en qué punto de la avenida Lenox residía. Pero, igual que yo, sí sabían quién era, quién tenía que ser, porque sabían que su marido, Joe Trace, era quien había matado a la chica. Nadie, en ningún momento, le acusó públicamente, porque en realidad nadie le había visto hacerlo y la tía de la chica muerta no quiso malgastar dinero con abogados incompetentes o policías burlones, a sabiendas de que el despilfarro no mejoraría nada. Además, se enteró de que el hombre que había matado a su sobrina lloraba todo el día, y para él y Violet eso era tan malo como la cárcel.

Pese a la aflicción que Violet provocó, su nombre fue mencionado en la reunión correspondiente al mes de enero del Club de Mujeres de Salem como el de alguien necesitado de asistencia, aunque se desestimó por votación, considerando que únicamente la plegaria —no el dinero— podía ya ayudarla, pues tenía un marido más o menos capacitado (cuya necesidad principal era dejar de compadecerse de sí mismo) y porque otro hombre y su familia, en la calle Ciento treinta y cuatro, lo habían perdido todo en un incendio. El club se movilizó para acudir en socorro de las víctimas del fuego y dejó que Violet aclarase por sí misma cuál era su problema y de qué modo debía solucionarlo.

Es atrozmente flaca esa Violet; tenía cincuenta años, pero se conservaba guapa todavía, al menos el día en que interrumpió la ceremonia del entierro. Cualquiera habría pensado que el hecho de que la echaran de la iglesia sería el fin de todo —por aquello de la vergüenza y esas cosas —, y, sin embargo, no lo fue. Violet es lo bastante obstinada y lo bastante atractiva para creer que incluso sin caderas y sin juventud podría castigar a Joe echándose un amante y consintiendo que la visitara en su propia casa. Consideró que eso secaría sus lágrimas y de paso le proporcionaría a ella alguna satisfacción. La idea pudo haber salido bien, supongo yo, salvo que los hijos de los suicidas son difíciles de contentar y enseguida creen que nadie los quiere porque no están realmente donde tienen que estar.

Sea como fuere, Joe no prestó a Violet ni a su amigo la menor atención. Si ella despachó a su amante o si este la abandonó, eso no lo sé. Puede que él llegara a la conclusión de que las virtudes de Violet eran poca cosa comparadas con la simpatía que le inspiraba el hombre que estaba en la habitación contigua con el corazón destrozado. Pero sí sé que aquel apaño no duró ni dos semanas. El siguiente plan de Violet para restablecer el amor que la había unido a su marido se volvió contra ella antes de consolidarse. No consiguió otra cosa que lavarle los pañuelos a Joe y ponerle la comida en la mesa. Un silencio envenenado flotaba por las habitaciones como una gran red que únicamente Violet rasgaba vociferando recriminaciones. La indiferencia de Joe durante el día y las preocupaciones de ambos durante la noche debieron de agotar la resistencia de ella. Así pues, decidió querer —o, digamos, investigar— a la criatura de dieciocho años cuya carita como de crema había tratado de abrir a cuchilladas, aunque solo hubiera salido paja de su interior.

Violet, al principio, no sabía nada de la chica, excepto su nombre, su edad y el hecho de que estuviera muy bien considerada en el salón de belleza legalmente autorizado. De modo que comenzó a reunir el resto de la información. Quizá pensó que por aquella vía podría resolver el misterio del amor. Buena suerte y… ya me contarás.

Interrogó a todo el mundo, empezando por Malvonne, una vecina de más arriba, la que en primer lugar le había contado la cochinada de Joe y cuyo apartamento la chica y él utilizaban como nido de amor. A través de Malvonne, se enteró de las señas de la muchacha y supo a qué familia pertenecía. Por las empleadas del salón de belleza legalmente autorizado averiguó qué tipo de lápiz de labios usaba; qué producto empleaban para alisarle el pelo (aunque yo sospecho que aquella niña poco necesitaba alisárselo); cuál era su grupo musical preferido (los Ebony Keys de Slim Bates, bastante buenos excepto la vocalista, que debe de ser la mujer del líder; de lo contrario, cómo iba Slim Bates a consentir que degradara de aquel modo al grupo). Y cuando le enseñaron cómo hacerlo, Violet repitió los pasos de baile que la chica muerta solía hacer. Todo. Cuando se supo los pasos al dedillo —incluido el movimiento de rodillas—, todo el mundo, empezando por su examante, sintió asco de ella, cosa que comprendo muy bien. Era como ver a una vieja paloma callejera picoteando las migajas de un bocata de sardina desdeñadas por los gatos. Pero Violet era por encima de todo persistente, y ningún comentario burlón, ninguna mirada aviesa iban a detenerla. Sometió a un duro acoso a la escuela pública a la que había asistido la muchacha para hablar con los profesores que la habían conocido, y lo mismo hizo en dos escuelas superiores, porque la chica había tenido que pasar a Wadleigh en undécimo grado, al no encontrar en su distrito ninguna otra escuela que admitiera a alumnos de color. Y durante mucho tiempo incordió a su tía, una decorosa dama que de vez en cuando hacía trabajos delicados para las casas de confección, hasta que la resistencia de la señora cedió y comenzó a esperar con interés las visitas de Violet para despotricar de la juventud y sus malas costumbres. La tía mostró a Violet todas las pertenencias de la chica muerta, y quedó claro (como ya lo estaba para mí) que su sobrina había sido al mismo tiempo obstinada y marrullera.

Concretamente, una de las cosas que la tía le mostró, y que después le permitió conservar durante unas semanas, fue un retrato de la muchacha. Esta, en la foto, no sonreía, pero por lo menos se la veía viva y muy enérgica. Violet tuvo la sangre fría de colocarla sobre la repisa de la chimenea en su propia sala de estar, donde ambos, Joe y ella, la contemplaban luego fascinados.

El futuro de aquel hogar prometía ser francamente sombrío, desaparecidos los pájaros y con la pareja secándose las lágrimas todo el día, pero, al llegar la primavera a la Ciudad, Violet descubrió a una muchacha que llevaba cuatro ondas de permanente a cada lado de la cabeza y entraba en el edificio con un disco de Okeh bajo el brazo y, entre las manos, un paquete de la carnicería. Violet la invitó a pasar a su apartamento para echar una mirada al disco, y así fue como se inició aquel escandaloso juego a tres de la avenida Lenox. Lo que en esta ocasión resultó diferente fueron los papeles de víctima y verdugo.

Estoy loca por la Ciudad.

La luz del día entra al sesgo como una navaja, cortando los edificios por la mitad. En la mitad superior veo rostros que miran, y no es fácil decir cuáles son personas y cuáles obras de mampostería. Abajo está la sombra en la que se cobija todo el hastío: clarinetes y coitos, puñetazos y voces de mujeres acongojadas. Una ciudad como esta me hace soñar sin freno y sentir dentro de mí el eco de todas las cosas. Pues sí. El motivo es el acero bruñido en contraste con la sombra de más abajo. Cuando tiendo la mirada sobre las franjas de hierba verde que bordean el río, las torres de las iglesias y los vestíbulos crema y cobre de los edificios de apartamentos, me siento fuerte. Sola, sí, pero superior e indestructible; como la Ciudad en 1926, cuando todas las guerras habían terminado y jamás volvería a haber ninguna. La gente que está allá abajo, en la sombra, se congratula de ello. Por fin, por fin lo tenemos todo ante nosotros. Eso es lo que dicen los enterados, y cuantos los escuchan o leen lo que escriben están de acuerdo: ahora viene lo nuevo. Alerta. Mirad. Por allá se alejan las cosas tristes; las cosas malas; las cosas que «nadie podría remediar». La forma de ser de todos, allí y entonces. Olvidadlo. Es historia pasada, eh, vosotros; al fin está el futuro ahí delante. En salones y oficinas la gente se reúne a debatir grandes ideas sobre proyectos y puentes y trenes que se deslizan veloces bajo la tierra. La A & P contrata a un empleado negro. Mujeres de piernas fuertes y rosadas lenguas de gatita guardan en rollos los billetes verdes, para más adelante; luego ríen y se abrazan unas a otras. Personas decentes atrapan ladrones en los callejones para obtener una rápida revancha, y, si son estúpidas y cometen errores, también los ladrones las atrapan a ellas. Los rufianes reparten golosinas, hacen cuanto pueden para despertar interés y, dado que son observados como si se tratara de un espectáculo, prestan mayor atención a sus ropas y a la agresividad de sus insultos. Nadie quiere ingresar de urgencias en el hospital de Harlem, pero, si está de guardia el médico negro, puede más el orgullo que el dolor. Y a pesar de haberse dictaminado que el cabello de las primeras enfermeras de color era inadecuado para la cofia reglamentaria usada en Bellevue, ahora las enfermeras de color son ya treinta y cinco, todas ellas de una entrega ejemplar y excelentes en su profesión.

Nadie dice que las cosas sean muy bonitas; nadie dice tampoco que sean fáciles. Pero sí son contundentes, y, si prestas atención a los planos de calles, que están todos bien expuestos, la Ciudad no puede causarte daño alguno.

Yo no valgo nada en lo que a músculos se refiere, así que, bien mirado, no se puede esperar que sea capaz de defenderme sola. Pero sé bien cómo tomar precauciones. Lo principal es asegurarme de que nadie sabe de mí todo lo que hay que saber; en segundo lugar, lo vigilo todo y a todos y procuro adivinar sus planes, sus razonamientos, mucho antes de que se produzcan. Hay que entender lo que representa enfrentarse a una gran ciudad: una está expuesta a toda clase de crímenes y formas de ignorancia. Aun así, es la única vida que tengo. Me gusta la manera en que la Ciudad hace creer a las personas que pueden hacer lo que les dé la gana con absoluta impunidad. Yo lo veo por todas partes: blancos ricos, e incluso blancos del montón, apiñados en mansiones decoradas y redecoradas por mujeres negras más ricas que ellos, muy complacido cada bando por el espectáculo que ofrece el otro. He visto los ojos de los judíos negros, rebosantes de compasión por todo aquel que no es uno de los suyos, acariciar con la mirada los puestos de comestibles y los tobillos de las mujeres de moral dudosa, mientras la brisa agita las blancas plumas que los hombres de la UNIA[1] lucen en sus cascos. Un negro baja flotando del cielo mientras toca el saxofón y, por debajo de él, en el espacio que separa dos edificios, una muchacha habla enérgicamente con un hombre que lleva un sombrero de paja. Él le roza un labio con el dedo meñique para quitarle una brizna de algo. Súbitamente, ella guarda silencio. Él le levanta el mentón. Allí están, parados los dos. El brazo con que ella sostiene su bolso se relaja y su cuello dibuja una bonita curva. El hombre apoya una mano en la pared de piedra, por encima de la cabeza de la muchacha. Por la manera en que se mueve su mandíbula y se inclina su cabeza, sé que tiene un pico de oro. El sol se cuela en el callejón que hay detrás de ellos; ofrece en su descenso una bella estampa.

Haz pues lo que te venga en gana en la Ciudad; está ahí para servirte de fondo y de marco, hagas lo que hagas. Y en sus bloques de viviendas, en sus solares vacíos y en sus calles secundarias ocurrirá todo aquello que los fuertes son capaces de imaginar y que los débiles admirarán. Lo único que a ti te incumbe es adecuarte al modelo, al proyecto; tal como se ha diseñado para ti, siempre juiciosa, consciente de a dónde quieres ir y de lo que puedas necesitar mañana.

Yo viví mucho tiempo, quizá demasiado, encerrada en mi propia mente. La gente dice que debería salir más. Alternar, mezclarme. Reconozco que en determinados lugares me cierro sobre mí misma, pero, si te dejan plantada, como me ha ocurrido a mí, mientras tu pareja se entretiene con otra cita, o promete dedicarte atención exclusiva después de cenar y se queda dormido justo cuanto tú acabas de empezar a hablar, bien, eso puede hacer de ti una mujer muy arisca, cosa que no me gusta nada, si no tienes cuidado.

La hospitalidad es oro en esta ciudad: has de ser hábil para adivinar cómo debes comportarte para ser acogedora y al mismo tiempo permanecer a la defensiva. Cuándo amar algo y cuándo abandonarlo. Si no sabes cómo hacerlo, puedes terminar perdiendo el control o acabar controlada por algo extraño a ti, como aquel penoso caso del pasado invierno. Se rumoreaba que, por debajo de tanta diversión y tanto dinero fácil, algo maligno recorría las calles y nada era seguro, ni siquiera la muerte. Prueba de ello sería el ataque directo de Violet a la mismísima protagonista de un funeral. Apenas tres días después de que se iniciase el año 1926. Una multitud de personas precavidas estudió los signos (el tiempo, el número, sus propios sueños) y creyó que era el comienzo de todo género de catástrofes. Que el escándalo era un mensaje enviado para poner sobre aviso a los buenos y convencer a los incrédulos. No sé quién era más ambicioso, si aquellos agoreros o Violet; pero es difícil competir con los supersticiosos cuando están en juego grandes expectativas.

Habían transcurrido siete años desde el armisticio el invierno en que Violet interrumpió la ceremonia del entierro, y los excombatientes todavía vestían en la Séptima avenida los capotes que un día les suministró el ejército, puesto que nada que estuviera al alcance de sus bolsillos es tan recio o esconde tan bien aquello de lo que en 1919 se habían vanagloriado. Ocho años después, la víspera del reprobable comportamiento de Violet, la nieve cae en la avenida Lexington y en la avenida del Parque y permanece allí donde ha caído, a la espera de que los carromatos tirados por caballos la apisonen cuando repartan carbón para las calderas que empiezan ya a enfriarse en los sótanos. Arriba, en aquellos grandes edificios de apartamentos de cinco pisos de altura y en las angostas casas de madera intercaladas entre sus moles, los vecinos llaman unos a la puerta de otros para saber si se necesita o sobra algo. ¿Una pastilla de jabón? ¿Un poco de petróleo? ¿Algo de pollo o de tocino para darle sustancia a la sopa una vez más? ¿Qué marido está dispuesto a salir para ver si encuentra una tienda abierta? ¿Hay tiempo de añadir aguarrás a la lista que ya han hecho y le han entregado las esposas?

Duele respirar con un tiempo tan frío, pero cualesquiera que sean los problemas de estar apresado en la Ciudad en invierno, todos los soportan porque no tiene precio estar en la avenida Lenox a salvo de trasgos y de las cosas que trasgos y duendes maquinan; estar allí donde las aceras, cubiertas o no de nieve, son más anchas que las calles principales de los pueblos donde nacieron y las personas corrientes y molientes pueden esperar en la parada, subir al tranvía, pagarle los cinco centavos al hombre y viajar hasta el lugar que más les guste, aunque a nadie le apetezca demasiado ir a otros lugares porque todo cuanto se pueda desear está precisamente ahí: la iglesia, la tienda, la tertulia, las mujeres, los hombres, el buzón de correos (aunque no haya escuela superior), el almacén de muebles, los vendedores callejeros de periódicos, los bares y licorerías clandestinos (aunque no haya tampoco bancos), los salones de belleza, las barberías, los prostíbulos, los carros repartidores de hielo, los traperos, las oficinas de apuestas, los mercados de comestibles al aire libre, los vendedores de lotería y todos los clubes, organizaciones, grupos, órdenes, sindicatos, sociedades, hermandades masculinas, hermandades femeninas y asociaciones imaginables. Las rutas más concurridas, por supuesto, muestran muy desgastado el pavimento, y algunas vías sufren las incursiones de unos grupos en los territorios de otros, donde se supone que se oculta algo emocionante, o por lo menos curioso. Algo fulgurante, extraordinario, pavoroso. Donde puedes arrancar el tapón de corcho y apoyar directamente en la tuya la fría boca de vidrio. Donde puedes tropezar con el peligro, o ser tú mismo el peligro; donde puedes pelear hasta derrumbarte y sonreír al cuchillo tanto cuando falla el golpe como cuando no lo hace. Solo verlo ya es una maravilla. Como es una maravilla saber que en el edificio donde vives las esposas han escrito listas de cosas para el marido que salga de expedición al mercado, y que las sábanas que es imposible sacar fuera debido a la nevada cuelgan en las cocinas como los telones de las representaciones teatrales en las escuelas dominicales de Abisinia.

Los jóvenes no son aquí tan jóvenes, y no existe nada parecido a la mediana edad. Sesenta años, cuarenta incluso, es lo máximo que la mayoría cree que va a tener que aguantar. Si alguien alcanza esas edades, o si envejece mucho, se sienta a ver lo que pasa por allí como si estuviera en la sesión triple de los domingos, cinco centavos la entrada. De lo contrario, aquellos viejos se encuentran involucrados en los asuntos de unas personas cuyos nombres no consiguen siquiera recordar y cuyos problemas no les conciernen para nada. Y solo para oírse a sí mismos hablar y gozar con la visión de las caras acongojadas de quienes escuchan. Yo he conocido unas pocas excepciones. Algunas personas ancianas que no abofetean a los niños solo porque se los puede abofetear; que ahorran tales energías para el caso de que las necesiten con una finalidad importante. Un último cortejo lleno de sonrisas y regalitos. O la consagración al cuidado de un viejo amigo o amiga que no saldría de apuros sin su ayuda. En ocasiones se esfuerzan en asegurarse de que la persona con quien han compartido sus largas vidas tiene una compañía alegre y todo lo necesario para pasar la noche.

Pero allá en Lenox, en el apartamento de Violet y Joe Trace, las habitaciones son como jaulas sin pájaros cubiertas de trapos. Y el rostro de una chica muerta se ha convertido en algo necesario para sus noches. Ambos se turnan en apartar mantas y sábanas, levantarse del hundido colchón y caminar de puntillas por el frío linóleo hasta la sala de estar, para allí fijar la mirada en lo que parece ser la única presencia viva en la casa: la fotografía de una chica descarada que no sonríe, devolviéndoles la mirada desde la repisa de la chimenea. Si quien acude de puntillas es Joe Trace, arrancado por la melancolía del costado de su esposa, el rostro le mira sin esperanza ni rencor, y es la falta de acusación lo que le despierta de su sueño ávido de disfrutar de la compañía de aquella chica. Ningún dedo le señala. Sus labios no dibujan una mueca de desdén. Tiene un rostro tranquilo, generoso y dulce. Pero si quien camina de puntillas es Violet, entonces la fotografía no es en absoluto la misma. El rostro de la chica parece codicioso, arrogante, perezoso en extremo. El rostro como de crema batida de una persona que nunca se esforzará por nada; de alguien que hurta cosas que otra persona ha dejado sobre la cómoda o el tocador y no se turba cuando la sorprenden. Es el rostro de una criatura sigilosa que se escurre hacia tu fregadero para enjuagar el tenedor que has colocado junto a su plato. Un rostro vuelto hacia dentro: todo lo que ve es su propio interés. Tú estás ahí, dice, porque yo te estoy mirando.

Dos o tres veces cada noche, en el curso de sus turnos dedicados a contemplar aquella fotografía, uno de los dos pronunciará su nombre. ¿Dorcas? Dorcas. Las oscuras habitaciones se oscurecen más aún: en la sala de estar hay que encender un fósforo para ver aquel rostro. Más allá están el comedor, dos dormitorios, la cocina…, todo interior, de modo que a las ventanas del apartamento no llega ni la luz de la luna ni la de ninguna farola de la calle. El cuarto de baño dispone de la mejor iluminación de la casa porque sobresale a continuación de la cocina y le toca el sol de la tarde. Violet y Joe han distribuido su mobiliario de un modo que quizá no recordará a nadie las habitaciones que se ven en Modern Homemaker, pero que se adapta a los hábitos del cuerpo, es decir, a la forma en que una persona anda de un cuarto a otro sin chocar contra nada y a lo que querrá hacer cuando se siente. ¿Te has fijado en que algunas personas colocan una butaca o una mesa en un rincón en el que lucen mucho, pero donde a nadie en el mundo se le ocurrirá utilizarlos, ni mucho menos sentarse allí? Violet no hizo tales cosas en su casa. Todo está colocado donde a una persona le gustaría tenerlo, o donde lo utilizaría, o donde lo necesitaría. Así, en el comedor no hay lo que suele llamarse una mesa de comedor, con sus sillas correspondientes; hay unas butacas hondas y cómodas y una mesa de juego junto a la ventana, con tablero de jade, con una dracaena y otras plantas de interior que allí están siempre que no se les antoje a ellos jugar a las cartas o al tonk mano a mano. La cocina dispone de espacio suficiente para acomodar a cuatro comensales o para que una clienta se sienta a gusto y estire las piernas si quiere, mientras Violet le arregla el pelo. La habitación delantera, o sala, no se desperdicia tampoco en espera de la celebración de una boda o de cualquier otro acontecimiento para el que pueda ser útil. Contiene jaulas de pájaros y espejos para que los pájaros se contemplen a sí mismos, aunque ahora, por descontado, los pájaros ya no están, dado que Violet los soltó el día que fue al entierro de Dorcas con un cuchillo. Ahora solo hay un sofá y unas cuantas sillas de madera tallada con sendas mesitas al lado a fin de que puedas posar tu taza de café o tu platito de helado, o si quieres leer el periódico puedas hacerlo fácilmente sin que se te embarullen las páginas. En la repisa de la chimenea solían verse conchas y piedras de colores, pero ahora todo ello ha desaparecido y solo se encuentra allí la fotografía de Dorcas Manfred en un marco de plata para irles despertando a lo largo de la noche.

Esas noches tan agitadas hacen que luego duerman hasta muy tarde, y Violet tiene que correr para preparar algo de comer antes de estar lista para empezar con los peinados. Aunque es muy hábil en ese trabajo, no tuvo una formación reconocida oficialmente, por lo que no dispone de licencia para ejercer, así que no puede cobrar más de veinticinco o cincuenta centavos; aun así, desde aquella historia del entierro de Dorcas, muchas de sus clientas habituales han encontrado excusas para cuidarse ellas mismas el pelo o encomendar a alguna de sus hijas que les calienten los rizadores. Violet y Joe Trace, por lo general, no necesitaban aquella calderilla procedente del trabajo de peluquería, aunque ahora que Joe falta mucho al trabajo Violet transportaba sus herramientas y su oficio con más y más frecuencia a los recalentados apartamentos de esas mujeres que se levantan por la tarde, echan ginebra al té y nada les importa lo que ella haya hecho. Esas mujeres siempre necesitan llevar el cabello bien cuidado, y en ocasiones la compasión oscurece el brillo de sus ojos y son capaces de darle hasta un dólar de propina.

—Tú necesitas comer algo —le dice una—. No querrás abultar menos que ese rizador, ¿eh?

—Cierra la boca —replica Violet.

—Lo digo en serio —insiste la mujer. Está todavía medio dormida y apoya el mentón en la mano izquierda mientras con la derecha se sostiene la oreja—. Los hombres, si se lo consientes, te consumen hasta dejarte hecha puro cartílago.

—Las mujeres —responde Violet—. A mí me consumen las mujeres. Ningún hombre me ha dejado hecha cartílago ni nada parecido. Son esas chiquillas hambrientas que se comportan como mujeres. No se contentan con los chicos de su edad, no; quieren alguien tan viejo como su padre, o más. Castigando por ahí con los labios pintados, las medias transparentes, las faldas cortas hasta enseñar ya sabes qué…

—¡Eso es mi oreja, chica! ¿También me la vas a rizar?

—Perdona. Lo siento, de veras que lo siento.

Violet interrumpe su tarea para sonarse la nariz y secarse las lágrimas con el dorso de la mano.

—Ah, qué demonios. —La mujer suspira y aprovecha la pausa para encender un cigarrillo—. Supongo que ahora vas a contarme una de esas viejas historias abominables acerca de alguna jovencita que te fastidió la vida y me dirás que él no es culpable porque él se limitaba a caminar calle abajo ocupándose de sus asuntos cuando ese coñito le saltó encima y se lo llevó a rastras a su cama. Ahórrate el aliento. Lo necesitarás en tu lecho de muerte.

—El aliento lo necesito ahora.

Violet comprueba si el peine está caliente. Estampa con él un largo dedo marrón en el papel del periódico.

—¿Se largó? ¿Está con ella?

—No. Seguimos juntos. Ella ha muerto.

—¿Muerta? Entonces ¿a ti qué te importa?

—Él piensa constantemente en ella. No se la quita de la cabeza. No trabaja. No duerme. Se lamenta todo el día, toda la noche…

—Oh… —dice la mujer. Desprende la brasa de su cigarrillo, pinza la punta con las uñas y deposita cuidadosamente la colilla en el cenicero. Reclinándose en la silla, se aprieta con dos dedos el lóbulo de la oreja—. Estás en un buen apuro —añade con un bostezo—. Un buen, buen apuro. No se puede competir con una muerta, en cuestiones de amor. Siempre tienes las de perder.

Violet reconoce que así debe de ser; porque no solo está perdiendo a Joe por una chica muerta, sino que se pregunta si no estará ella misma enamorándose de aquella criatura. Cuando no intenta humillar a Joe, se dedica a admirar el pelo de la muchacha muerta; cuando no se preocupa de su pérdida de apetito o de su insomnio, trata de imaginar de qué color tenía Dorcas los ojos. Su tía había dicho que pardos; en el salón de belleza decían que negros, pero Violet nunca había visto a una persona de piel clara con ojos como el carbón. Una cosa era segura: necesitaba que le recortaran las puntas. En la fotografía, y por lo que Violet podía recordar del ataúd, la chica necesitaba que le recortaran las puntas. Un cabello tan largo se vuelve fácilmente quebradizo. Un simple corte de medio centímetro haría maravillas, Dorcas, Dorcas.

Violet abandona la casa de la soñolienta mujer. La nieve enlodada que se acumula en la acera se está helando otra vez, y, aunque ella tiene por delante siete manzanas heladas, agradece que la clienta a la que ha citado en su cocina no acuda hasta las tres, pues tendrá tiempo, antes de que llegue, de hacer algunas tareas domésticas. Tareas que es necesario hacer porque no tener nada en que ocuparse es imposible, imposible no tener una lista de encargos o una relación de labores pendientes. Agitaría las manos en el aire o se echaría a temblar si no emprendiera un nuevo trabajo en el instante mismo en que termina el que la ocupa. Enciende el horno para caldear la cocina. Y mientras rocía con agua el cuello de una camisa blanca que se dispone a planchar, su mente vuela a los pies de la cama que tiene una pata rota y está separada del armazón de tal forma que costará mucho volver a clavarla. La clienta aparece y Violet procede a lavarle el escaso pelo gris murmurando «Ah, qué pena» en cada pausa de la retahíla de confidencias de la anciana dama, mientras al mismo tiempo se dedica a reinstalar el cordel que mantiene en su bisagra correspondiente la puerta del horno y a ensayar mentalmente la súplica que recitará al cobrador del alquiler para que retrase tres días el cobro del mes en curso. Piensa que se muere de ganas de descansar, de disfrutar de una tarde sin preocupaciones para decidir súbitamente que se marcha al cine, o simplemente para sentarse entre las jaulas y escuchar las voces de los niños que juegan en la nieve.

La idea de poder descansar es atractiva para ella, pero no creo yo que en el fondo le gustase. Son todas así, esas mujeres. Siempre esperando el reposo, el espacio que no necesitarán llenar con otra cosa que no sea el fluir de sus propios pensamientos. Y sin embargo, no les gustaría. Están muy ocupadas y piensan en la manera de estarlo aún más, porque un intervalo así, sin nada que las presione, las hundiría. Ese respiro no lo ocuparán los prados donde florecen las prímulas, ni las mañanas sin moscas ni calor en las que la luz parece como recatada. No. Absolutamente no. Se llenan la mente y las manos de jabón, remiendos y enfrentamientos arriesgados porque lo que les espera, en un repentino momento de ocio, son los posos de la ira. La ira derretida. Espesa y que se mueve despacio. Seleccionando meticulosamente lo que va a destruir en su camino. Y, cuando no es así, se desliza de repente por debajo de sus senos, y en el costado, una pena cuya procedencia desconocen. Una vecina devuelve el ovillo de lana que pidió prestado, y no solo el ovillo, sino también las agujas de tejer, y ambas se quedan en el quicio de la puerta unos momentos, mientras la vecina cuenta a la dueña del ovillo una pintoresca conversación que sostuvo con la inquilina del piso de abajo; es tan pintoresca que ambas ríen, una ruidosamente mientras se oprime la frente con la mano, la otra con tanta fuerza que la risa le produce dolor de estómago. La dueña del ovillo cierra la puerta y más tarde, sonriente aún, se roza el ojo con la lana del suéter para borrar los restos de risa y luego se deja caer sobre el brazo del sofá, y las lágrimas brotan tan deprisa que necesita ambas manos para contenerlas.

Así pues, Violet salpica los cuellos y los puños. Luego enjabona con todo su cariño los menos de cien gramos de cabello gris, suave, tan agradable como el de un bebé.

No es la clase de cabello infantil que su abuela había enjabonado, con el que se habría recreado, el que había recordado durante cuarenta años. El cabello del niño a quien aquel cabello dio nombre. Quizá por ello Violet es hoy peluquera: tantos años escuchando a su abuela, la liberadora, True Belle, contar historias de Baltimore. Los años con la señorita Vera Louise en la elegante casa de piedra de la calle Edison, donde la ropa blanca estaba bordada con hilo azul, donde no había otra cosa que hacer sino criar y adorar a aquel niño rubio que un día escapó de ellas quitándoles para siempre su cabello tan esmeradamente cuidado.

La gente se enfureció cuando Violet interrumpió el entierro, pero yo me resisto a creer que su acción fuer

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