Paralelo 42 (Trilogía USA 1)

John Dos Passos

Fragmento

Prólogo

PRÓLOGO

Manhattan Transfer, la novela emblemática de John Dos Passos, transporta al lector a las dos primeras décadas del siglo XX y a un escenario muy concreto: Nueva York. Pero Nueva York no es tanto el escenario como el verdadero protagonista de la novela. Una Nueva York en plena transformación, que crecía a un ritmo vertiginoso y acogía cada día a cientos, miles de emigrantes atraídos por la nueva tierra de promisión y llegados de todos los rincones del país y todos los países del mundo. Una Nueva York en la que, como dice uno de los personajes, «nadie es de aquí». Una Nueva York que se nos hace presente con todos los elementos que por aquellos años la configuraron como ciudad y la caracterizaron para siempre: con sus letreros luminosos, sus bocas de metro, sus ascensores y sus puertas giratorias, sus muelles, sus ferries, sus tranvías, sus chimeneas, y también, por supuesto, con sus inevitables rascacielos... Con Manhattan Transfer, Dos Passos aspiraba a hacer su particular Comedia humana, una novela total, exhaustiva, una especie de arca de Noé en la que convivieran y estuvieran representadas todas las clases sociales, las razas, los credos políticos, las profesiones, las experiencias, las situaciones..., y sus únicos límites eran los de la propia ciudad. El siguiente gran proyecto del escritor fue la trilogía USA, en la que esos límites se rebasaban ampliamente. Si con Manhattan Transfer había hecho la novela total sobre Nueva York, con USA quiso hacer la novela total sobre los Estados Unidos. Suele decirse que todo novelista estadounidense se propone en un momento u otro escribir la Gran Novela Americana. Dos Passos lo intentó con USA, y está claro que lo consiguió: cualquier lector reconocerá en ésta una obra mayor, acaso la mayor de las suyas.

El célebre crítico literario Edmund Wilson, en una carta escrita en agosto de 1929 (es decir, cuando todavía Dos Passos no había concluido la redacción de la primera parte de la trilogía), demostraba estar muy al corriente del proyecto, y lo definía como «una novela gigantesca acerca de la americanización del mundo occidental». Sin duda, ese tema estaba ya presente en Manhattan Transfer. Y no sólo como tema: también como forma. En un período de grandes innovaciones artísticas y literarias, que respondían en buena medida a la fractura histórica y cultural provocada por la Primera Guerra Mundial, Dos Passos asumió como propia la misión de adaptar el género novelístico a las nuevas coordenadas geopolíticas. Si la realidad había cambiado, también la novela debía cambiar. Los nuevos modelos de ciudad y las nuevas formas de vida exigían una nueva representación literaria, y John Dos Passos, con su novela Manhattan Transfer y su trilogía USA, venía a certificar la defunción del mito europeo. En palabras de Edmund Wilson, el mundo occidental se había americanizado.

Manhattan Transfer se publicó por primera vez en 1925. Dos años después, en la primavera de 1927, empezó Dos Passos a trabajar en la redacción de Paralelo 42. Parece ser que en principio la novela fue concebida de forma autónoma, y que la decisión de convertirla en primera parte de un ciclo más amplio se habría ido imponiendo sobre la marcha a medida que crecían las aspiraciones de Dos Passos y el material acopiado amenazaba con desbordar sus previsiones iniciales. Diez años más tarde, en 1937, el autor volvería la mirada sobre el conjunto ya acabado y destacaría su carácter unitario al definirlo como «un largo relato que trata de las vidas más o menos enredadas de cierto número de americanos durante las primeras tres décadas del presente siglo».

Lo que en ningún momento se modificó fue la intención original de cimentar la obra sobre personajes y acontecimientos tomados de la realidad. La idea de Dos Passos era construir sus historias con los materiales propios del reportaje o, lo que es lo mismo, incorporar la no ficción para en último término producir ficción. Su propuesta narrativa consistía en mezclar Historia y ficción, para por esa vía lograr, como recuerda Townsend Ludington, su objetivo de realizar «un comentario contemporáneo sobre los cambios históricos, vistos siempre desde una perspectiva individual». Para los escritores como Dos Passos, el novelista no sólo no debe renunciar a su vocación de cronista de su sociedad y de su tiempo, sino que entre sus principales misiones está precisamente la de reflejar la época que le ha tocado vivir, y en las tres novelas de USA, como en muchas otras del autor, se tiene la sensación de que las fronteras entre el trabajo del historiador y el del novelista se desdibujan y confunden. Por eso en USA no puede extrañar la reiterada inserción de la sección llamada «Noticiario», en la que, con una técnica cercana al collage, se reúnen titulares periodísticos, fragmentos de noticias, canciones populares...: en definitiva, elementos de la realidad que ayudan a fijar el marco histórico en el que se mueven los personajes. Éstos, los personajes, no son seres aislados, criaturas ajenas a su realidad social y a su época, y sus destinos están en gran medida determinados por un destino más amplio, el destino de todos: ¿acaso no es precisamente el conflicto entre el destino individual y el colectivo uno de los principales temas de la novela realista?

Pero, pese a esas cuñas en las que la realidad histórica se nos presenta sin maquillaje alguno, el peso de la novela lo sostienen los personajes de ficción. Está Mac, impresor de ideas socialistas que decide viajar al México revolucionario. Está Janey, que intenta salir adelante trabajando como secretaria. Está John Ward Moorehouse, quien, gracias a las relaciones establecidas tras dos matrimonios ventajosos, consigue entrar en el mundo de los negocios y acaba montando una agencia desde la que defender la cooperación entre patronos y obreros. Está también Eleanor Stoddard, una joven de sensibilidad artística y serios problemas de relación con los hombres que se abre camino en el sector de la decoración. Y está Charley Anderson, un mecánico que, tras largos vagabundeos, opta por alistarse en el ejército... En un momento u otro, sus historias se acaban cruzando, y el nexo de unión entre ellas siempre tiene algo que ver con alguna actividad de John Ward Moorehouse. Pero lo que de verdad une las trayectorias de unos y otros es el propósito común de escapar a la pobreza. Uno de los temas centrales es, por tanto, el de la lucha por la vida, y el libro puede leerse como una novela de novelas en la que el autor recurre una y otra vez al mismo esquema, el de la novela de aprendizaje. ¿Qué mejor que el relato de formación para reflejar un país que está precisamente en fase de formación, haciéndose y rehaciéndose a sí mismo cada día?

Algunos de los personajes del libro aspiran a cambiar la sociedad para hacerla más igualitaria y más justa. Otros, por el contrario, prefieren integrarse en ella y aprovechar las posibilidades que ofrece para ascender en el escalafón social. Si la peripecia de aquéllos nos acerca a un paisaje de miseria y desigualdad y a cierta atmósfera prerrevolucionaria, la de éstos nos habla de la enorme potencia del capitalismo y certifica el mito de los Estados Unidos como tierra de las oportunidades. Desde luego, ni unos ni otros están solos en la todavía corta historia norteamericana y, para demostrarlo, Dos Passos convoca a algunas figuras ilustres que han contribuido al engrandecimiento del país: líderes obreros, magnates, políticos, predicadores o inventores de los que traza breves semblanzas y que pueden tomarse como pequeños dioses tutelares de la novela y modelos lejanos de sus protagonistas.

En agosto de 1929, Dos Passos contrajo matrimonio con Katy Smith. Para entonces estaba ya dando los últimos retoques al texto de Paralelo 42, que tenía previsto entregar a su editor en el mes de octubre. Justo ese mes se produjo el crash de Wall Street, que condujo a la gran depresión económica de los años siguientes. Para un norteamericano como él, crítico con los abusos y las contradicciones del capitalismo, aquello quería decir que sus diagnósticos sobre los males que aquejaban a las sociedades industrializadas no andaban desencaminados, y Dos Passos confiaba en que su literatura contribuyera a reflexionar sobre las raíces del problema. Por otro lado, para un escritor como él, que estaba edificando su mundo literario sobre la realidad estadounidense, aquello le garantizaba un material rico y cambiante y se diría que inagotable. Pero, por supuesto, la trilogía aún no había hecho otra cosa que echar a andar. John Dos Passos había concluido la redacción de Paralelo 42, pero todavía tenía que escribir las otras dos novelas.

IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN

Prólogo del autor a la edición de un solo volumen de USA (1938)

PRÓLOGO DEL AUTOR A LA EDICIÓN
EN UN SOLO VOLUMEN DE USA (1938)

El hombre joven camina deprisa en silencio entre el gentío que se escurre por las calles de la noche; los pies cansados tras horas de caminar; los ojos ávidos de la cordialidad de un intercambio de miradas respondiendo al aleteo de unos ojos, al asentimiento de una cabeza, al roce de un hombro, al modo en que se abren y se contraen los puños; la sangre hormiguea de deseos; la mente es un avispero de esperanzas zumbando y aguijoneando; músculos doloridos por haber conocido un empleo, por el trabajo del pico y la pala del obrero, el arte del pescador con el gancho cuando hala la resbaladiza red desde la batayola de una jábega que va dando bandazos, el balanceo del brazo del hombre del puente cuando deja caer el ardiente remache, el uso de todo el cuerpo del granjero mugriento cuando, arreando a las mulas, tira del arado desde el surco. El hombre joven camina en silencio buscando entre el gentío con ojos ávidos, los ávidos oídos en tensión, en silencio, en soledad.

Las calles están vacías. La gente se ha apiñado en el metro, subido a los tranvías y los autobuses; en las estaciones ha corrido hacia trenes suburbanos, se ha deslizado hacia sus albergues o habitaciones, ha tomado ascensores hasta sus pisos. En un escaparate, dos cetrinos escaparatistas en mangas de camisa están sacando un maniquí en traje de noche rojo; en una esquina, soldadores con máscara se inclinan sobre espadas de llama azul reparando el pavimento; algunos borrachos holgazanean dando tumbos; un triste paseante inquieto bajo un arco de luz. Del río llega el intenso y prolongado silbido de un vapor abandonando el muelle. Un grito se arrastra en la lejanía.

El hombre joven camina deprisa pero no lo suficiente, lejos pero no lo bastante lejos (caras que desaparecen de la vista, conversaciones que se pierden en restos deshilachados, ruido de pisadas desvaneciéndose por callejones); debe tomar el último metro, el tranvía, el autobús, correr por la pasarela de todos los vapores, registrarse en todos los hoteles, trabajar en las ciudades, responder a las solicitudes, conocer los oficios, coger los empleos, vivir en todas las pensiones, dormir en todas las camas. Una cama no es suficiente, un empleo no es suficiente, una vida no es suficiente. Por la noche, con la mente nadando en deseos, camina solo en silencio.

Sin empleo, sin mujer, sin casa, sin ciudad.

Sólo los oídos ocupados en captar el habla no están solos; los oídos están en tensión, estrechamente unidos por zarcillos de frases hechas, el giro de una broma, el estribillo apagado de una historia, la cadencia de una frase; uniendo zarcillos de habla entretejidos a través de las manzanas de la ciudad, cubriendo el pavimento, creciendo a lo largo de amplias avenidas ajardinadas, acelerándose con los camiones que en su carrera nocturna desbordan con su rugido las autopistas, susurrando por caminos arenosos más allá de cochambrosas granjas, uniendo ciudades y estaciones de servicio, depósitos de locomotoras, buques de vapor, aeroplanos surcando líneas aéreas; palabras llamando en montes de pasto, deslizándose lentamente por ríos que se ensanchan hacia el mar y las sosegadas playas.

No es en las largas caminatas entre el atropellado gentío nocturno cuando está menos solo, o en el campo de entrenamiento en Allentown, o durante el día en los muelles de Seattle, o en el hueco vapor de Washington durante las cálidas noches veraniegas de su juventud, o en la comida de Market Street, o nadando a la altura de las piedras rojas de San Diego, o en la cama llena de pulgas en Nueva Orleans, o en el frío y acerado viento del lago, o en los rostros grisáceos estremeciéndose al afilar las herramientas en la calle bajo Michigan Avenue, o en el coche de fumadores de selectos trenes expresos, o caminando campo a través, o escalando los secos cañones en las montañas, o durante la noche sin saco de dormir en medio de las heladas huellas de oso en Yellowstone, o remando en canoa los domingos en el Quinnipiac;

sino en las palabras de su madre hablándole de hacemuchotiempo, en las palabras de su padre hablándole de cuandoyoerachico, en los relatos infantiles de sus tíos, en las mentiras de chiquillos contadas en la escuela, el cuento del niño perdido, los chismes que los soldados de infantería cuentan después del toque de silencio;

fue el habla que se adhirió al oído, el vínculo que hormiguea en la sangre; USA

USA es la tajada de un continente, USA es un grupo de holdings empresariales, el conjunto de algunos sindicatos, un paquete de leyes encuadernadas en piel, un canal de radio, una cadena de cines, un repertorio de citas borradas y reescritas por un chico de la Western Union en una pizarra, una biblioteca pública repleta de periódicos viejos y manoseados libros de historia con protestas garabateadas a lápiz en los márgenes. USA es el mayor valle orlado de montañas y colinas del mundo, USA es una colección de oficiales bocazas con demasiadas cuentas bancarias. USA es un montón de hombres aburridos en sus uniformes en el cementerio de Arlington. USA son las letras al final de una dirección cuando estás lejos de casa. Pero sobre todo USA es el habla de un pueblo.

Estas tormentas han constituido un tema permanente de atención para todas las investigaciones meteorológicas americanas, y las hipótesis relacionadas con sus leyes han sido fuente de una labor constante. Algunas de esas hipótesis, en particular las vinculadas a la manifestación exterior y los rasgos generales, pueden considerarse de muy feliz elaboración. Los fenómenos corrientes se producen con tanta frecuencia e intensidad que las condiciones no pueden resultar extrañas ni siquiera al observador más inexperto.

Digamos, en resumen, que las mencionadas tormentas evolucionan sobre tres trayectos o recorridos, desde las Montañas Rocosas al océano Atlántico, y que su punto neurálgico corresponde aproximadamente al paralelo 42 de latitud norte; todo fenómeno de allí emanado se dirige hacia el Este a una velocidad no inferior a los treinta kilómetros por hora, que es de cuarenta y cinco o sesenta en invierno o bien cuando soplan vientos fuertes del Oeste.

E. W. HODGINS

Climatología americana

Chicago, 1865

Noticiario I

Noticiario I

Era una raza de hombres libres

La que atacaba la colina

Donde los insurrectos

Luchaban hasta morir

FIN DE SIGLO EN LA CAPITAL

En su uniforme brillante y montado sobre su brioso corcel, el general Miles era el centro de todas las miradas, más aún porque el caballo estaba muy nervioso. En el preciso instante en que la banda pasaba frente al general, el animal se elevó sobre sus patas traseras hasta erguirse casi por completo. En un esfuerzo por controlarlo, el general tiró de las riendas y le clavó las espuelas pero, ante el horror de los espectadores, el animal cayó hacia atrás con su cuerpo sobre el del general. Para gran alivio de los presentes el general Miles no sufrió herida alguna, si bien una considerable porción del flanco del caballo quedó en carne viva. Puede decirse que el abrigo del general quedó cubierto de polvo hasta el último milímetro, al tiempo que se le observaba un agujero de una pulgada de diámetro entre las dos hombreras. Sin esperar que fueran a cepillarle el uniforme, el general Miles volvió a montar y siguió presenciando el desfile como si se hubiese tratado de un accidente cotidiano.

Como es lógico, el incidente concitó la atención de la muchedumbre, la cual reparó entonces en el hecho de que el general siempre se descubre cuando una bandera pasa frente a él y así permanece hasta que la insignia se aleja

Y el bravo capitán de la Compañía B

Iba al frente de sus hombres

Y por ser soldado de veras

A las balas no temía

LOS FUNCIONARIOS NO SABEN NADA DE VICIOS

Administradores de una empresa hidráulica desvían el río Chicago hacia un canal de drenaje EL LAGO MICHIGAN SE DA LA MANO CON EL PADRE DE LAS AGUAS German zuchterverein concurso de canto para canarios La batalla por el bimetalismo en proporción de 16 a 1 aún no se ha perdido, afirma Bryan

DERROTA INGLESA EN MAFEKING

Porque muchos hombres han sido asesinados en Luzón

RECLAMA LAS ISLAS PARA SIEMPRE

El ex congresista Posey, de Indiana, pronuncia un discurso en el Hamilton Club

EL BULLICIO SALUDA AL NUEVO SIGLO

LOS TRABAJADORES SALUDAN AL NUEVO SIGLO

LAS IGLESIAS SALUDAN AL NUEVO SIGLO

Mientras comienza un nuevo año, el señor Mc Kinley se encierra a trabajar en su oficina.

LA NACIÓN ENTERA SALUDA EL AMANECER
DE UN NUEVO SIGLO

En un brindis propuesto durante el banquete realizado por el Club Columbia de Indianápolis, Indiana, el ex presidente Benjamin Harrison dijo entre otras cosas: «Ni aquí ni en ningún sitio puedo desplegar argumentos en contra de la expansión territorial; pero no pienso, como piensan muchos, que la expansión territorial sea el sendero más seguro y satisfactorio para lograr el desarrollo de nuestra nación. Gracias a las ventajas derivadas de la abundancia de carbón y hierro baratos, de una tremenda superproducción de alimentos y de la imaginación y la economía aplicadas al quehacer empresarial, nos hemos puesto a la cabeza de las más auténticas y poderosas naciones colonizadoras».

Chicas de sociedad aterradas tras bailar con detectives

Porque muchos hombres han sido asesinados en Luzón

y en Mindanao

CORISTAS MALTRATADAS EN NUEVA JERSEY

Una de las litografías de la primera actriz la presentaba sentada sobre una estufa incandescente, con menos ropa encima que un traje de baño de Atlantic City; en una mano sostenía un vaso lleno de vino y en la otra un par de enormes langostas cubiertas de cintas.

Porque muchos hombres han sido asesinados en Luzón

y en Mindanao

y en Samar

En su intervención durante el brindis «Siglo veinte», el senador Albert J. Beveridge dijo entre otras cosas: El siglo veinte será el siglo americano. Los americanos han decidido dominarlo. El progreso americano le otorgará su color y sus objetivos. Las hazañas americanas lo harán memorable.

La civilización no se olvidará jamás de Shanghai. La civilización jamás abandonará Hong Kong. Ya nunca las puertas de Pekín volverán a cerrarse a los métodos del hombre moderno. Ha comenzado la regeneración física y moral del mundo, y las revoluciones nunca dan un paso atrás.

Más de un hombre bueno asesinado en Filipinas

Reposa en una tumba solitaria.

El Ojo de la Cámara (1)

cuando se camina por la calle se debe tener cuidado con los guijarros para no aplastar las brillantes, ansiosas briznas de hierba es más fácil si le das la mano a Madre y te cuelgas de ella de ese modo se pueden apartar los pies a tiempo pero cuando se camina deprisa hay que vérselas con una cantidad enorme de briznas las pobres lenguas verdes se encogen heridas bajo las suelas quizá sea por eso que tanta gente enojada nos sigue agitando los puños están tirando piedras gente mayor tirando piedras Ella camina más rápido empezamos a correr sus dedos afilados cortan las pobres hierbitas pisoteadas bajo los bordes ondulantes de su vestido de tela marrón Englander una piedrita tintinea entre los guijarros

Rápido querido rápido la tienda de postales está tranquila y la gente furiosa de afuera no puede entrar non nein nicht englander amerikanisch americain Hoch Amerika Vive L’Amerique Se ríe Caray me habían asustado de verdad

guerra en el veldt Kruguer Bloemfontein Ladysmith y la Reina Victoria y la vieja del gorro en punta con encajes mandó chocolates para los soldados en Navidad

bajo el mostrador está oscuro y la señora la simpática señora holandesa que quiere a los americanos y tiene parientes en Trenton te enseña postales que brillan con la oscuridad de los bonitos hoteles y palacios O que c’est beau schön linde linde y la luz de la luna susurra bajo un puente y los pequeños reverberes son ligeros en la oscuridad bajo el mostrador y en las ventanitas de los hoteles alrededor del puerto que c’est beau la lune

y la gran luna

Mac

Cuando desde las fábricas plateadas el viento soplaba a través del río sobre la gris casa de madera para cuatro donde Fainy Mc Creary había nacido, esparcía hasta la noche un hedor a jabón de grasa de ballena. Otras veces olía a col y a bebés y a palanganas de mistress Mc Creary. Fainy nunca podía jugar en casa porque Papá, un hombre cojo y esmirriado con un ralo bigote rubiogrís, trabajaba de sereno en la Chadwick y dormía todo el día. A eso de las cinco un hilo rizado de humo de pipa empezaba a escaparse de la habitación delantera hacia la cocina. Ésa era la señal de que Papá se había levantado de buen humor y pronto tendría ganas de comer.

Entonces era cuando a Fainy lo enviaban corriendo a una de las dos esquinas de la corta calle embarrada de idénticas casas de madera en donde vivían.

A la derecha había media calle hasta lo de Finley, donde en el bar, entre un bosque de pantalones enfangados, tenía que esperar que todas las bocas pendencieras de los grandullones terminaran de atestarse de whiskis y cervezas. Entonces volvía a casa caminando con mucho cuidado, el asa del cubo lleno de agua jabonosa cortándole la mano.

A la izquierda había media calle hasta la Variada Tienda de Maginni, Productos Nacionales e Importados. A Fainy le gustaba la amarillenta propaganda de Crema de Trigo que había en el escaparate, la caja de vidrio con distintas clases de salami, los cajones de coles y patatas, el perfume marrón de azúcar, aserrín, jengibre, arenque ahumado, jamón, vinagre, pan, pimienta, tocino.

—Una barra de pan, por favor, señor, media libra de mantequilla y una caja de galletas de jengibre.

Algunas tardes, cuando Mamá se sentía mal, Fainy tenía que ir más lejos; doblar la esquina de lo de Maginni, bajar por Riverside Avenue, por donde pasaba el trolebús y cruzar el puente sobre el río angosto que en invierno fluía negro entre orillas nevadas filosas de hielo, en primavera amarillo y espumoso, y en verano marrón y cubierto de aceite. Al otro lado del río, en la esquina de Riverside y Main donde estaba la farmacia, vivían los bohemios y los polacos. Sus hijos siempre se estaban peleando con los de los Murphy, los O’Hara y los O’Flannagan que vivían en Orchard Street.

Fainy caminaba con las rodillas temblando, el frasco del remedio bien envuelto en papel blanco y apretado en la mano con el mitón. En la esquina de Quince tenía que pasar por delante de un grupo de muchachos. No era tan terrible; sabía que al encontrarse a veinte metros de ellos le zumbaría cerca de la oreja la primera bola de nieve. No podía retroceder. Si se echaba a correr lo cazarían. Si dejaba caer el frasco, cuando llegara a casa le darían una paliza. Alguna de las bolas blandas le daba en la nuca y la nieve empezaba a resbalársele por el cuello. Cuando estuviera a cincuenta metros del puente correría el riesgo y se echaría a correr.

—Gato muerto de miedo... Irlandés miserable... Murphy patizambo... Ahí va corriendo a contarle al policía... —aullaban los chicos polacos y bohemios entre proyectiles de nieve. Endurecían las bolas mojándolas con agua y dejándolas congelarse toda la noche; si le daban con una lo hacían sangrar.

El patio trasero era el único lugar en donde realmente podía jugar tranquilo. Había vallas vencidas, cubos de basura abollados, ollas y sartenes viejas demasiado arruinadas como para repararlas, un gallinero vacío con el suelo todavía salpicado de plumas y excrementos, pasto para los cerdos en verano, barro en invierno; pero la gloria del patio trasero de los McCreary era la conejera de Tony Harriman, en donde éste criaba liebres belgas. Tony Harriman era tísico y vivía con su madre en la planta baja izquierda. Hubiera querido criar toda clase de animales, nutrias, mapaches, hasta zorros plateados: de esa manera se haría rico. El día que murió nadie logró encontrar la llave del gran candado que cerraba la puerta de la conejera. Fainy alimentó a las liebres durante varios días metiendo col y hojas de lechuga por entre la doble red de alambre. Después vino una semana de lluvia y aguanieve y no salió a jugar al patio. El primer día que pudo salir a mirar había muerto una de las liebres. Fainy se puso lívido; intentó convencerse de que el animal estaba dormido, pero el hecho era que ya no se despertaría nunca; las otras estaban acurrucadas en un rincón mirando alrededor con los hocicos fruncidos, las largas orejas expuestas echadas hacia atrás sobre los lomos. Pobres liebres. Fainy tuvo ganas de llorar. Subió corriendo los escalones hasta la cocina de su madre, pasó por debajo de la tabla de planchar y sacó el martillo de uno de los cajones de la mesa. La primera vez se martilló un dedo, pero al segundo intento rompió el candado. Dentro de la jaula había un olor ácido y gracioso. Fainy agarró la liebre muerta por las orejas. Se le estaba empezando a hinchar la suave panza blanca y tenía un ojo abierto de terror. De pronto algo se apoderó de Fainy y le hizo tirar la liebre en el cubo de basura que había más cerca y echarse a correr escaleras arriba. Temblando de frío, se asomó sigilosamente al porche trasero y miró hacia abajo. Observó a las otras liebres conteniendo la respiración. Se estaban acercando a la puerta abierta con saltitos cautelosos. Había una que ya estaba en el patio. Se sentó en las piernas posteriores, las orejas súbitamente rígidas. Mamá le pidió que le alcanzara una plancha que estaba sobre el horno. Cuando volvió al porche habían desaparecido todas las liebres.

Ese invierno hubo una huelga en la Chadwick y Papá perdió su trabajo. Se pasaba el día sentado en la habitación delantera, fumando y maldiciendo:

—Hombres sanos, Jesús, podría hacer pedazos a cualquiera de esos condenados polacos con mi muleta atada a la espalda... Se lo dije a míster Barry; no voy a apoyar ninguna huelga. Mire, míster Barry, un tipo tranquilo, casi inválido, sensible, con esposa e hijos que mantener. Ocho años trabajando de sereno y ahora usted me deja en la calle para contratar a una pandilla de facinerosos de una agencia de detectives. Sucio hijo de puta.

—Si no se hubieran metido esos malditos extranjeros podridos... —respondía alguien para calmarlo.

La huelga no tuvo mucho éxito en Orchard Street. Mamá tuvo que trabajar más y más, llenar más y más palanganas de ropa, y Fainy y su hermana mayor, Milly, debieron empezar a ayudarla al volver del colegio. Y entonces un día Mamá enfermó y tuvo que quedarse en la cama en vez de ponerse a planchar, el pálido, redondo rostro arrugado más blanco que la almohada y las manos ajadas por el agua anudadas bajo el mentón. Vinieron el doctor del barrio y una enfermera, y las tres habitaciones de la casa se llenaron de un olor a médicos, enfermeras y medicinas, y el único sitio que a Fainy y Milly les quedó para sentarse fue la escalera. Allí lloraban en silencio los dos juntos. Después la cara de Mamá sobre la almohada empequeñeció y se arrugó como un pañuelo muy usado y dijeron que había muerto y se la llevaron.

Del entierro se ocupó la funeraria que había una manzana más allá, en Riverside Avenue. Fainy se sintió importante y orgulloso porque todo el mundo lo besaba y le daba palmaditas en la espalda y le decía que se estaba portando como un hombrecito. Tenía puesto un traje negro nuevo como los de los mayores, con bolsillos y todo, salvo que los pantalones eran cortos. En la funeraria había un montón de gente que nunca había visto de cerca: míster Russell, el carnicero, y el padre O’Donnell y el tío Tim O’Hara que había venido desde Chicago y olía a whisky y cerveza como los del Finley. El tío Tim era un hombre flaco de nudosa cara roja y brumosos ojos azules. Usaba una corbata negra de seda que a Fainy lo tenía preocupado y se pasaba el tiempo inclinándose de golpe, doblado por la cintura, para acercarse como un navajero a murmurar cosas al oído de Fainy con su voz espesa.

—No les hagas caso, viejo, son un racimo de vagos e hipócritas, la mayoría borrachos hasta las orejas. Fíjate en el padre O’Donnell, ese gordo que está calculando los gastos del funeral. Pero no les hagas caso, recuerda que por parte de tu madre eres un O’Hara. Yo no les hago caso, viejo, y eso que era mi propia hermana, mi carne y mi sangre.

Cuando regresaron a casa se moría de sueño y tenía los pies fríos y húmedos. Nadie se ocupó de él. Se sentó en el borde de la cama, a oscuras y lloriqueando. De la habitación de delante le llegaban voces y un sonido de cuchillos y tenedores, pero no se atrevió a entrar. Se apretó contra la pared y se quedó dormido. Lo despertó una luz en los ojos. El tío Tim y Papá estaban de pie al lado de la cama, hablando en voz alta. Tenían un aspecto gracioso y no parecían demasiado sobrios. El tío Tim sostenía la lámpara.

—Bien, Fainy, viejo —dijo el tío Tim haciendo oscilar la lámpara peligrosamente sobre la cabeza del chico—. Fenian O’Hara Mc Creary, siéntate y presta atención y dinos qué piensas de nuestro proyecto de trasladarnos a la grande y pujante ciudad de Chicago. Si quieres saber mi opinión, Middletown es un lugar de mierda... Sin ofender, John. Pero Chicago... Jesús, hombre, cuando llegues allí te parecerá que todos estos años has estado encerrado en un ataúd.

Fainy se asustó. Subió las rodillas hasta el mentón y miró las dos siluetas que se bamboleaban a la luz de la lámpara oscilante. Trató de hablar, pero las palabras se le secaron en los labios.

—Por mucho que cotorrees, Tim, el chico está dormido... Fainy, desvístete, métete en la cama y duerme bien. Mañana partiremos.

Y partieron bien avanzada la mañana siguiente, sin haber desayunado, con un barril abultado sujeto con una cuerda y en precario equilibrio sobre el techo del coche que a Fainy le habían mandado a buscar a la caballeriza de Hodgeson. Milly lloraba. Papá no abría la boca: se dedicaba a chupar una pipa consumida. El tío Tim se ocupaba de todo, haciendo sin cesar chistes que a nadie le hacían gracia, sacando un fajo de billetes del bolsillo en cada bocacalle o hurtando largos tragos ruidosos de la botella que llevaba. Milly no paraba de llorar. Fainy contemplaba con ojos secos las calles familiares, de pronto extrañas y desproporcionadas, que se extendían al paso del coche; el puente rojo, las casas mugrientas donde vivían los polacos, la farmacia de Smith and Smith en la esquina... Billy Hogan acababa de salir con un paquete de goma de mascar en la mano. Otra vez iba a burlarse de él. Fainy tuvo ganas de gritarle, pero algo lo dejó helado... La calle principal con sus álamos y sus tranvías, las tiendas frente a la esquina de la iglesia, el cuartel de bomberos. Fainy contempló por última vez la gruta oscura al fondo de la cual brillaban, ostentosas, las curvas de bronce y cobre de la autobomba, y después los carteles al frente de la primera iglesia congregacional, la iglesia bautista carmelita, la iglesia episcopal San Andrés construida con ladrillos y mirando de costado, no como las demás, cuyas fachadas severas daban directamente a la calle, por último los tres ciervos de bronce sobre la hierba, delante de la Cámara de Comercio, y las residencias, cada una con su parque privado, su complicada galería y sus hortensias. Después las casas se volvieron pequeñas y la hierba se perdió de vista; el coche pasó dando tumbos frente al Almacén Simpson de Cereales y Alimentos, frente a una hilera de peluquerías, bares y casas de comidas, y por fin se bajaron en la estación.

En el bar de la estación el tío Tim pagó el desayuno para todo el mundo. Secó las lágrimas de Milly y le sonó la nariz a Fainy con un gran pañuelo flamante que todavía tenía la etiqueta en una punta, y los puso a trabajar en el café y los huevos con tocino. Era la primera vez que a Fainy le daban café, de modo que la idea de sentarse como un hombre a beberlo lo alegró mucho. Milly no bebió el suyo, dijo que era amargo. Los dejaron un rato en el bar, solos con los platos y las tazas vacías bajo los ojos brillosos de una mujer de cuello largo y afilada cara de gallina que los miraba con desaprobación tras el mostrador. Entonces, en medio de un enorme estrépito atronador el tren entró jadeando a la estación. Los empujaron y arrastraron por el andén hasta un vagón que apestaba a humo de pipa y, antes de que lograran darse cuenta, el tren se puso en movimiento y el bermejo paisaje invernal de Connecticut desfiló traqueteando ante sus ojos.

El Ojo de la Cámara (2)

tambaleándonos como en un barco nos damos prisa en el coche rancio de olor a ganado Él seguía diciendo Pero Lucy ¿qué harías si tuviera que invitar a uno de ellos a mi mesa? Son gente encantadora Lucy los negros y Él guardaba clavos de olor en una cajita de plata y su aliento olía a whisky de centeno y tenía prisa por alcanzar el tren que iba a Nueva York.

y Ella decía Oh cariño espero que no lleguemos tarde y Scott estaba esperando con los billetes y tuvimos que correr por el andén de la estación de la calle Siete y seguían cayéndose cañoncitos de la valija Olympia y todo el mundo se paraba a recogerlos y el conductor Vamos señora suba señora rápido

eran pequeños cañones de bronce y brillaban bajo el sol en el andén de la estación de la calle Siete y Scott nos ayudó a subir a todos y el tren empezó a moverse y sonaba la campana de la locomotora y Scott te puso en la mano un puñado de minúsculos cañones de bronce la mano apenas grande como para sostener el pistolón de menor tamaño en la batalla de la Bahía de Manila y dijo Aquí está la artillería Jack

y en el vestíbulo Él seguía insistiendo Así es Lucy si el bien de la humanidad lo demandara yo iría al frente y me matarían el día menos pensado tú también Jack ¿verdad? ¿y usted no mozo? Él traía una botella de apollinaris en la maleta marrón donde estaban los pañuelos de seda con iniciales que siempre olían a bay rum

y cuando llegamos a Havre de Grace Él dijo Lucy ¿recuerdas que antes de que construyeran el puente solíamos cruzar el Susquehanna con el ferry?

y también el Gunpowder Creek

Mac

Colinas rojizas, retazos de bosques, granjas, vacas, un portillo colorado hundiendo los cascos en la hierba, vallados, pantanos.

—Bueno, Tim, me siento como un perro apaleado... Toda mi vida he intentado hacer lo correcto, Tim —seguía repitiendo Papá con una voz golpeteante—. Y ahora, ¿qué van a decir de mí?

—Jesús, hombre, no te quedaba otra cosa que hacer, ¿no? ¿Qué diablos vas a hacer si no tienes dinero y no tienes trabajo y te anda persiguiendo un montón de médicos y propietarios y porteros con facturas y tú con dos hijos que mantener?

—Pero yo he sido un hombre sereno y respetable, tenaz y con mala suerte desde el momento en que me casé y decidí sentar cabeza. ¿Y qué va

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos