Semillas mágicas

V.S. Naipaul

Fragmento

1

LOS VENDEDORES DE ROSAS

Aquello había empezado hacía muchos años, en Berlín. Otro mundo. Estaba viviendo allí provisionalmente, como a medias, con su hermana Sarojini. Después de África fue una gran renovación, aquella nueva clase de vida protegida, casi de turista, sin exigencias ni angustias. Por supuesto, tenía que acabar, y empezó a acabar el día en que Sarojini le dijo:

—Llevas aquí seis meses. A lo mejor no consigo que te renueven el visado. Y ya sabes lo que significa eso, que a lo mejor no puedes quedarte aquí más tiempo. Así es el mundo. No puedes hacer nada. Tienes que empezar a pensar en marcharte. ¿Tienes alguna idea de adónde podrías ir? ¿Tienes ganas de hacer algo?

Willie contestó:
—Ya sé lo del visado. He estado pensándolo.
—Conozco tu forma de pensar. Significa intentar no pensarlo. Willie dijo:
—Es que no sé qué hacer. No sé adónde puedo ir.
—Nunca has tenido ganas de hacer nada. Nunca has comprendido que las personas tienen que hacer el mundo por sí mismas.

—Tienes razón.

—No me hables así. Así es como piensa la clase de los opresores. No tienen más que cruzarse de brazos, y el mundo les seguirá funcionando bien.

Willie dijo:
—No me sirve de nada que tergiverses las cosas. Sabes muy bien a qué me refiero. Creo que me han caído en suerte malas cartas. ¿Qué podría haber hecho en la India? ¿Qué podría haber hecho en Inglaterra en 1957 o 1958? ¿Y en África?

—Dieciocho años en África. Y tu pobre esposa, pensando que se llevaba un hombre de verdad. Tendría que haber hablado conmigo.

Willie dijo:
—Siempre he estado al margen de todo. Todavía estoy así. ¿Qué puedo hacer en Berlín?

—Has estado al margen porque has querido. Siempre has preferido esconderte. Es la psicosis colonial, la psicosis de casta. La has heredado de tu padre. Pasaste dieciocho años en África. Había una tremenda guerra de guerrillas, ¿o es que no te enteraste?

—Era algo muy lejano. Fue una guerra secreta, hasta el final. —Fue una guerra honrosa. Al menos al principio. Solo de pensarlo se te saltan las lágrimas. Un pueblo pobre y desprotegido, esclavos en su propia tierra, que tuvieron que empezar desde cero. ¿Qué hiciste tú? ¿Fuiste en su busca? ¿Te uniste a ellos? ¿Los ayudaste? Era una causa suficientemente importante para cualquiera que buscara una causa. Pero no. Tú te quedaste en tu finca, con tu encantadora esposa medio blanca, y te tapaste los oídos con la almohada, esperando que ningún luchador negro por la libertad entrara en tu casa por la noche con su fusil y sus botazas para darte un susto.

—No fue así, Sarojini. En el fondo, siempre estuve de parte de los africanos, pero yo no tenía una guerra en la que participar.

—Si todo el mundo hubiera dicho lo mismo, jamás habría habido ninguna revolución. Todos tenemos guerras en las que participar.

Estaban en un café de la Knesebecktrasse. El invierno anterior a Willie le había resultado acogedor, cálido, civilizado, con los cordiales camareros y camareras, que eran estudiantes. Al final del verano tenía un aire viciado y opresivo, con rituales demasiado conocidos, recordatorio para Willie, a pesar de lo que dijera Sarojini, del tiempo que pasaba infructuosamente, evocando el misterioso poema que había tenido que aprenderse de memoria en la escuela de la misión: Y no obstante, este tiempo disipado era el tiempo del verano…

Entró un joven tamil que vendía rosas rojas de tallo largo. Sarojini le hizo una seña con la mano y se puso a rebuscar en el bolso. El tamil se acercó y les ofreció las rosas, pero no los miró a los ojos. No quería tener nada que ver con ellos. Estaba en su mundo, aquel vendedor de rosas, convencido de su propia valía. Sin mirar a la cara a aquel hombre, concentrándose en sus pantalones marrones (confeccionados muy lejos) y en el reloj y la pulsera demasiado grandes, chapados en oro (quizá ni siquiera fuera oro) de su velluda muñeca, Willie comprendió que en su propio entorno el vendedor de rosas habría sido alguien sin importancia, alguien invisible. Allí, en un entorno que quizá comprendiera tan poco como Willie, un entorno que quizá aún no hubiera aprendido a ver, era como alguien sacado de sí mismo. Se había convertido en otra persona.

Willie había conocido un día a un hombre como aquel, unas semanas antes, cuando salió a dar una vuelta él solo. Se detuvo ante un restaurante del sur de la India, sin clientes, con unas cuantas moscas arrastrándose por las vitrinas, por encima de las macetas y los platos de arroz y dosas a la vista, y con camareros bajitos que parecían aficionados (quizá no fueran camareros realmente, sino electricistas o contables llegados ilegalmente) acechantes en la penumbra interior, contrastando con el oropel que, a saber quién, consideraba decoración oriental. Un indio o tamil se acercó a Willie. Blandengue, pero no gordo, de rostro ancho y blando, con una gorra gris con un dibujo de finas líneas azules cruzadas, como las gorras de golfista «Kangol» que Willie recordaba haber visto anunciadas en la contraportada de los primeros libros de Penguin; quizá el hombre hubiera adoptado ese estilo por los viejos anuncios.

Se puso a hablarle a Willie sobre la gran guerra de guerrillas en ciernes. A Willie le interesó; incluso estuvo amable. Le gustaba aquella cara blanda, sonriente. Le fascinaba la gorra. Le gustaba la charla en tono de complicidad, la idea que comportaba de un mundo a punto de quedarse pasmado. Pero cuando aquel hombre se puso a hablar de la gran necesidad de dinero, cuando insistió, Willie empezó a preocuparse, después a asustarse y acabó alejándose del escaparate del restaurante con las moscas atrapadas, amodorradas. Y aunque el hombre aún parecía sonreír, de sus labios blandos salió una maldición religiosa, larga, cruel, sentida, pronunciada en tamil, que Willie aún entendía un poco, al final de la cual había desaparecido la sonrisa, y el rostro bajo la gorra de cuadros azules se había retorcido en un terrible gesto de odio.

A Willie le desconcertó, la lengua tamil de repente, la antiquísima maldición religiosa en la que aquel hombre había puesto toda su fe religiosa, el odio profundo y súbito, como una cuchillada. No le contó a Sarojini el encuentro con aquel hombre. Tenía esa costumbre de guardarse las cosas para sí desde la infancia, en casa y en el colegio; se había desarrollado durante la época de Londres, y llegó a formar parte fundamental de su carácter durante los dieciocho años que había pasado en África, cuando tuvo que ocultarse a sí mismo tantas cosas evidentes. Dejaba que la gente le contara cosas que conocía muy bien, y no lo hacía por retorcimiento, por un plan trazado, sino por el deseo de no ofender, de que las cosas fueran bien.

Sarojini dejó la rosa junto a su plato. Siguió con la mirada al vendedor, que pasaba entre las mesas. Cuando salió le dijo a Willie:

—No sé qué pensarás de ese hombre, pero vale mucho más que tú. Willie replicó:
—Estoy seguro.
—No me pongas de mal humor. Esas gracias pueden resultarte bien con los extraños. Conmigo, no. ¿Sabes por qué vale más que tú ese hombre? Ha encontrado su guerra. Podría haberse escondido. Podría haber dicho que tenía otras cosas que hacer. Podría haber dicho que tenía que vivir su vida. Podría haber dicho: «Estoy en Berlín. Me ha costado mucho llegar aquí, con tantos papeles y visados falsos y tanto esconderme. He escapado de mi país y de todo lo que era yo allí. Voy a fingir que formo parte de este nuevo país, tan rico. Voy a ver la televisión y a conocer los programas extranjeros, y a pensar que son de verdad míos. Iré al KDW y comeré en restaurantes. Aprenderé a beber whisky y vino, y dentro de poco tendré dinero contante y sonante y coche, y me sentiré como la gente de los anuncios. Descubriré que, al fin y al cabo, no era nada difícil cambiar de mundo, y pensaré que así tiene que ser para todos nosotros». Podría haber pensado eso, algo tan falso como vergonzoso. Pero comprendió que tenía una guerra que librar. ¿No te has dado cuenta? Ni nos ha mirado. Y sabe quiénes somos. Sabe que tenemos algo que ver con él, pero nos ha mirado por encima del hombro. Piensa que somos de los que fingen.

Willie dijo:
—A lo mejor le ha dado vergüenza, ser tamil y estar vendiendo rosas a esa gente delante de nosotros.

—No parecía avergonzado. Tenía la expresión de un hombre con una causa, de un hombre especial. Es algo que podrías haber visto en África, si hubieras aprendido a mirar. Este hombre vende rosas aquí, pero esas rosas se están transformando en armas en un sitio muy lejano. Así es como se hacen las revoluciones. Yo he estado en algunos campamentos suyos. Wolf y yo estamos trabajando en una película sobre ellos. Dentro de poco se sabrá mucho más de ellos. No existe un ejército guerrillero más disciplinado en el mundo. Son despiadados, terribles. Y si conocieras mejor tu propia historia comprenderías el milagro que eso supone.

Otro día, en el zoo, con el espantoso olor de las fieras cautivas, sin nada que hacer, Sarojini dijo:

—Tengo que hablar contigo de historia. Si no, vas a pensar que estoy loca, como el tío de nuestra madre. Toda la historia que tú y la gente como tú conocéis es la de un libro de texto británico del siglo XIX escrito por un inspector escolar inglés en la India, Roper Lethbridge. ¿No lo sabías? Fue el primer gran libro escolar de historia en la India, y lo publicó la empresa británica Macmillan en los años ochenta del siglo XIX. O sea, unos veinte años después del motín, y por supuesto era una obra imperialista, destinada también a sacar dinero, pero a pesar de todo una obra de cierta erudición al estilo británico, y tuvo mucho éxito. Durante los siglos anteriores no había existido nada parecido en la India, ni un sistema educativo como ese, ni un aprendizaje de esa clase de historia. Roper Lethbridge sacó muchas ediciones y nos transmitió muchas de las ideas que aún tenemos sobre nosotros mismos. Una de las ideas más importantes consistía en que en la India existían las razas serviles, la gente nacida para ser esclavos, y las razas marciales. Las razas marciales eran buenas, pero las serviles no. Tú y yo formamos parte a medias de las razas serviles. Seguro que lo sabes. Seguro que lo aceptas a medias. Por eso has vivido como has vivido. Los tamiles que venden rosas en Berlín son por completo de las razas serviles. Les han inculcado esa idea de todas las maneras posibles. Y la idea británica de las razas serviles y marciales es totalmente errónea. El ejército de la British East India Company, al norte de la India, era un ejército hindú de las castas superiores. Fue el ejército que llevó las fronteras del Imperio británico casi hasta Afganistán. Pero tras el gran motín de 1857 aquel ejército fue degradado. Se les negaron más posibilidades militares. Y los guerreros que habían construido el imperio pasaron a ser siervos para los británicos y su propaganda, y los pueblos fronterizos que habían conquistado antes del motín, los marciales. Así funciona el imperialismo. Y como en la India no tenemos ni idea de la historia, olvidamos rápidamente nuestro pasado y siempre nos creemos lo que nos cuentan. Para la nueva distribución que hicieron los británicos, los tamiles del sur quedaron reducidos a basura. Eran de piel oscura y poco dados a la guerra. Solo valían para trabajar. Los despacharon como siervos a las plantaciones de Malaya, Ceilán y otros sitios. Estos tamiles que venden rosas en Berlín para comprar armas se han quitado de encima un gran peso de historia y de propaganda. Se han convertido en un pueblo realmente marcial, en contra de todas las circunstancias. Debes respetarlos, Willie.

Y Willie la escuchó con su inexpresividad de costumbre, en medio del mal olor de los desgraciados animales del zoo, sin decir nada. Sarojini era su hermana. Nadie en el mundo lo comprendía mejor. Sarojini comprendía todos los entresijos de sus fantasías, toda su vida en Inglaterra y en África, a pesar de que durante aquellos veinte años solo se habían visto una vez. Willie tenía la impresión de que, sin necesidad de palabras, ella, que se había desarrollado en tantos sentidos, podría comprender incluso los detalles físicos de la vida sexual que había tenido. A Sarojini no se le ocultaba nada, e incluso en los momentos de mayor exaltación revolucionaria, cuando se ponía vulgar, bravucona y decía cosas que ya había dicho muchas veces, con una frase aquí y allá, evocando ciertos aspectos del pasado especial que habían compartido, era capaz de reavivar cosas que él habría preferido olvidar.

Willie no decía nada cuando Sarojini hablaba, pero tampoco despreciaba nada de lo que decía. Poco a poco, en Berlín fue dándose cuenta de algo que no había notado en su hermana. Aunque no paraba de hablar sobre injusticias y crueldades y la necesidad de la revolución, aunque le resultaba fácil jugar con imágenes de sangre y fuego en los cinco continentes, estaba extrañamente serena. Ya no tenía aquella agresividad cortante de los primeros tiempos. En el ashram de la familia estaba muriéndose de aburrimiento, sin otra perspectiva que la devoción y la sumisión, y después de marcharse, durante muchos años, aquella terrible vida del ashram, que ofrecía a las gentes sencillas y necesitadas curas ficticias para todo, aún estaba cercana, como algo a lo que tendría que volver si las cosas le iban mal con Wolf.

Ya no tenía esa angustia. Al igual que había aprendido a vestirse para un clima frío y a ponerse atractiva (atrás quedaban los tiempos de la rebeca y los calcetines de lana con el sari), los viajes, el estudio, la estrategia revolucionaria y la tranquila vida a medias con aquel fotógrafo tan poco exigente parecían haberla dotado de un sistema intelectual completo. Ya nada la sorprendía ni la hería. Su visión del mundo era capaz de absorberlo todo: los asesinatos políticos en Guatemala, la revolución islámica en Irán, los disturbios de casta en la India, e incluso las sisas que hacía por costumbre o principios el dueño de la tienda de vinos cada vez que iba a entregar un pedido a la casa, siempre con dos o tres botellas de menos o cambiadas, y los precios alterados de una forma complicada, desconcertante.

Sarojini decía:

—Es lo que pasa en Berlín occidental. Están al final de un pasillo aéreo, y como todo funciona con subvenciones, se les va toda la fuerza en sisar. Es el gran defecto de Occidente. Ya se darán cuenta.

Gracias a su fotógrafo, Sarojini vivía de la subvención de un organismo gubernamental de Alemania occidental. De modo que sabía de qué hablaba, y lo llevaba bien.

Cuando llegaba la caja de vino y cervezas, decía:
—A ver qué se le ha ocurrido a ese sinvergüenza esta vez.

La Sarojini que Willie había dejado en casa hacía veinte años o más no habría hecho una cosa así. Y fue a esa serenidad suya, a esa elegancia verbal, recién adquirida, a lo que Willie empezó a responder, cada día más, en Berlín. Se maravillaba al ver a su hermana. Le sorprendía y le fascinaba que fuera su hermana. Tras seis meses con ella —nunca habían pasado tanto tiempo juntos en la edad adulta—, el mundo empezó a cambiar para él. Igual que pensaba que Sarojini podía adentrarse en todas sus emociones, incluso en sus necesidades sexuales, él empezó a adentrarse en la forma de ver las cosas de su hermana. Cuanto ella decía tenía una lógica y un orden.

Y entonces vio algo que en el fondo siempre había creído comprender: que existían los dos mundos de los que hablaba Sarojini. Uno de esos mundos estaba ordenado, era estable, con sus guerras ya libradas. En ese mundo sin guerras ni peligros reales la gente se había simplificado. Veían la televisión y encontraban la comunidad a la que pertenecían; comían y bebían cosas como es debido, y tenían dinero contante y sonante. En el otro mundo andaban más desquiciados. Estaban locos por entrar en el mundo ordenado, más sencillo; pero mientras se quedaban fuera se sentían atados por cientos de lealtades, residuos de la antigua historia, y cientos de pequeñas guerras los llenaban de odio y dispersaban sus fuerzas. Todo parecía fácil en la atmósfera libre y ajetreada de Berlín occidental, pero no muy lejos existía una frontera artificial, y tras aquella frontera había opresión y otra clase de personas. En las viejas ruinas de los grandes edificios crecían hierbajos y en algunos casos árboles; por todas partes había metralla y proyectiles incrustados en la piedra y el estuco.

Los dos mundos coexistían. Era absurdo fingir lo contrario. Willie ya tenía muy claro a cuál de los dos mundos pertenecía. En su país, hacía más de veinte años, el deseo de esconderse le parecía algo natural. Ahora, todo lo que había derivado de aquel deseo le parecía vergonzoso. Su vida a medias en Londres y después su vida entera en África, aquella vida en la que estaba continuamente medio escondido, calibrando su éxito por el hecho de no sobresalir especialmente en su grupo de semiportugueses de segunda clase y de «ir tirando», toda aquella vida le parecía vergonzosa.

Un día Sarojini llevó a su casa The Herald Tribune. Estaba doblado de tal forma que se veía un artículo concreto. Se lo dio a Willie y dijo:

—Es sobre donde vivías antes.
Él dijo:
—No me lo enseñes, por favor. Ya te lo he contado.
—Tienes que empezar a mirar.

Willie cogió el periódico y se dijo para sus adentros, pronunciando el nombre de su mujer: «Ana, perdóname». Apenas leyó las palabras del artículo. No le hacía falta. Lo vivió mentalmente. La guerra civil era realmente sangrienta. No había habido movimiento de tropas; solo incursiones desde el otro lado de la frontera, gente que iba a matar, quemar y aterrorizar y después se marchaba. Aparecía una fotografía de unos edificios de hormigón blanco con los tejados quemados y manchas de humo alrededor de las ventanas sin cristales, la sencilla arquitectura del África rural de los colonos reducida a ruinas. Pensó en las carreteras que conocía, en los conos de piedra azul, en el pueblecito de la costa. Todos habían fingido que el mundo era un lugar seguro, pero en el fondo todos sabían que la guerra estaba cerca y que algún día desaparecerían las carreteras.

Un día, al principio de la insurrección, inventaron un juego durante el almuerzo de los domingos. Supongamos que estamos aislados del mundo, dijeron. Vamos a imaginarnos cómo sería vivir aquí sin que nos llegara nada. En primer lugar, desaparecerían los coches, desde luego. Después no habría medicinas. Después no habría tela, ni luz. A eso habían jugado durante el almuerzo, con los mozos de uniforme y los todoterrenos en la arena del patio, a imaginarse las privaciones. Y todo aquello había ocurrido.

Terriblemente avergonzado al pensar en su conducta en África, Willie pensaba en Berlín: «No puedo seguir escondiéndome. Sarojini tiene razón».

Pero, por una cuestión de costumbre, no le contó a Sarojini lo que pensaba.

Una tarde iban paseando bajo los árboles de una de las grandes calles comerciales. Willie se detuvo ante el escaparate de la tienda de Patrick Hellmann para mirar la ropa de Armani. Veinte años antes no sabía nada de ropa, no distinguía tejidos ni cortes; pero eso había cambiado.

Sarojini le preguntó:
—¿Quién dirías que es la persona más importante del mundo? Willie contestó:
—Armani es bastante importante, pero no creo que quieras que diga eso. ¿Quieres que diga otra cosa?

—A ver.
—Ronald Reagan.
—Ya sabía yo que dirías eso.
Willie dijo:

—Era para ponerte nerviosa.
—No, qué va. Pienso que lo crees de verdad. Pero no me refiero a alguien con poder, sino a alguien importante. El nombre de Kandapalli Seetaramiah, ¿te suena de algo?

—¿Es el hombre más importante?
—Un hombre importante no es necesariamente poderoso. En 1915 o 1916, Lenin no era poderoso. Según mi código, una persona importante es alguien que va a cambiar el rumbo de la historia. Dentro de cien años, cuando se escriba la historia definitiva de las revoluciones del siglo XX y hayan desaparecido los diversos prejuicios etnocéntricos, Kandapalli aparecerá junto a Lenin y Mao. No me cabe duda. Y tú ni siquiera has oído hablar de él.

—¿Forma parte del movimiento tamil?
—Kandapalli no es tamil, pero él y el movimiento tamil forman parte del mismo proceso de regeneración de nuestro mundo. Si consiguiera que empezaras a creer en ese proceso, serías un hombre distinto.

Willie dijo:
—No sé nada sobre la historia de Francia, aparte de la toma de la Bastilla, pero sí sé algunas cosas sobre Napoleón. Si me lo explicas, seguro que comprenderé lo de Kandapalli.

—Ya me extraña. Por lo que Kandapalli sobresale como revolucionario es por haber roto con la línea de Lin Piao.

Willie dijo:
—Un momento. Vas demasiado rápido.
—Estás poniéndome nerviosa. Te estás haciendo el tonto. Tienes que conocer a Lin Piao. Todo el mundo lo conoce. Él aportó la idea de liquidar al enemigo de clase. Al principio era sencilla y fascinante, y parecía el camino que había que seguir. También gustó en la India porque venía de China y pensábamos que nos ponía a la par con los chinos. En realidad, destruyó la revolución. La línea de Lin Piao convirtió la revolución en un circo de la clase media. Jóvenes exhibicionistas de clase media con ropa de campesino en las ciudades con la piel teñida con nogalina que se unían a las brigadas pensando que la revolución significaba matar policías. A la policía no le costó nada borrarlos del mapa. No sé por qué, pero en esa clase de movimientos, la gente siempre subestima a la policía. Supongo que porque se lo tienen muy creído.

»Todo eso ocurrió mientras estabas en África, donde fuiste testigo de una guerra de verdad. Después, aquí la gente decía que habíamos perdido a toda una generación de revolucionarios jóvenes e inteligentes y que nunca podríamos sustituirlos. Eso mismo pensaba yo, y estuve fatal muchos meses. El avance intelectual es muy lento en la India. No hace falta que yo te lo diga. El jornalero sin tierras se traslada a la ciudad, y quizá su hijo llegue a administrativo. El hijo del administrativo quizá acceda a una educación superior, y después su hijo puede ser médico o científico. Y así seguíamos penando. Se necesitaron varias generaciones para crear esa cantera de talento revolucionario, y la policía destruyó en poco tiempo la lucha y el desarrollo intelectual de cincuenta o sesenta años. Era terrible pensarlo.

»Voy a contarte qué sensación se tenía. A veces, en una tormenta quedan arrancados de cuajo unos árboles preciosos, muy viejos. No sabes qué hacer. La emoción más inmediata es la rabia. Te pones a buscar un enemigo. Y enseguida comprendes que esa rabia, aunque te consuela, no sirve para nada, que no hay nada ni nadie con que ni con quien enfadarse. Tienes que buscar otras formas de enfrentarte a esa pérdida. Yo me encontraba en ese estado de ánimo, de vacío y tristeza, cuando oí hablar de Kandapalli. La verdad, creo que hasta entonces no había oído hablar de él. Proclamaba una nueva revolución. Decía que hablar de la generación perdida de revolucionarios inteligentes era puro sentimentalismo, una estupidez. No eran ni especialmente inteligentes, ni cultos ni revolucionarios. Si lo hubieran sido, no habrían caído en la absurda línea de Lin Piao. Todo lo contrario. Lo que decía Kandapalli era que habíamos tenido la suerte de perder una generación de idiotas egocéntricos y medio analfabetos.

»Eso me hizo daño. Wolf y yo habíamos trabajado mucho con los revolucionarios. Conocíamos a algunos personalmente; pero las brutales palabras de Kandapalli me hicieron pensar en ciertas cosas que yo había notado pero había dejado de lado. Pensé en el hombre que había venido a vernos al hotel. Era ridículo, vanidoso. Quería que nos enterásemos de los buenos contactos que tenía con el mundo exterior. Cuando le ofrecimos una copa, pidió, algo muy significativo, un whisky triple, de una marca de importación. En aquella época, el whisky de importación costaba tres o cuatro veces más que el indio. Nos pidió algo carísimo, y con una especie de aire de autosuficiencia observó nuestras caras, para ver cómo reaccionábamos. Me pareció despreciable pero, claro, nosotros estábamos acostumbrados a controlar nuestras expresiones. Y claro, el whisky triple fue demasiado para él.

»Pensé en eso y en otras cosas, y pasé de sentirme herida por las palabras de Kandapalli a sentirme deslumbrada por la brillantez y la sencillez de su análisis. Proclamaba la muerte de la línea de Lin Piao. En su lugar, defendía la línea de las masas. La revolución tenía que surgir desde abajo, de los pueblos, de la gente. En ese movimiento no tenían cabida los farsantes de la clase media. Y aunque no te lo creas, a partir de las ruinas de esa revolución anterior, falsa, ya ha puesto en marcha una verdadera revolución. Ha liberado zonas muy extensas. No le interesa la publicidad, al contrario que a los de antes.

»Nos costó mucho trabajo vernos con él. Los correos tenían sospechas. Funcionaban por relevos. No querían relacionarse con nosotros. Tuvimos que caminar durante muchos días por el bosque. Yo pensaba que no íbamos a llegar a ninguna parte. Pero al fin, una tarde, cuando ya era casi la hora de montar el campamento para pasar la noche, llegamos a un pequeño claro. La luz del sol caía de una forma maravillosa sobre una choza de barro, alargada, con techo de ramas. Delante había un mostazal a medio cosechar. Era el cuartel general de Kandapalli. Uno de los cuarteles generales. Después de tanto lío, nos vimos cara a cara con un hombre sencillo. Era bajo y de piel oscura. Maestro de escuela primaria, sin título. Nacido en Warangal. Nadie se habría fijado en él en una ciudad. Warangal es uno de los sitios de la India donde hace más calor, y cuando empezó a hablar de los pobres se echó a temblar y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Así fue como a Willie le invadió una nueva vida emocional, al final del verano en Berlín.

Sarojini dijo un día:
—Cuando te levantas por la mañana, no solo tienes que pensar en ti mismo, sino en otros. Piensa en algo cercano a ti. Aquí, piensa en Berlín oriental, en las ruinas recubiertas de maleza, las marcas de metralla de 1945 en las paredes, y en toda la gente que anda por la calle con la mirada baja. Piensa en dónde estuviste en África. Quizá quieras olvidar a la pobre Ana, pero piensa en la guerra de allí. Aún sigue. Piensa en tu casa. Intenta imaginarte a Kandapalli en el bosque. Esos son lugares reales, con personas reales.

Otro día dijo:
—Me porté fatal contigo hace veinte años. Te reñía constantemente. Era tonta. No sabía casi nada. Había leído muy poco. Solo conocía la historia de nuestra madre y lo del tío radical de nuestra madre. Ahora comprendo que no eras distinto del mahatma Gandhi, y que no podías evitar ser lo que eras.

Willie dijo:

—Por Dios, Gandhi… Ni se me habría ocurrido. Me queda eso muy lejos.

—Ya sabía yo que te iba a sorprender, pero es verdad. Gandhi fue a Inglaterra a estudiar derecho cuando tenía dieciocho o diecinueve años. En Londres iba como un sonámbulo. No tenía recursos para comprender la gran ciudad. Casi no sabía lo que veía. No tenía ni idea de la arquitectura ni de los museos, ni idea de los grandes escritores y políticos que estaban ocultos en la ciudad de finales del siglo XIX. No creo que fuera a ningún teatro. En lo único que podía pensar era en sus estudios de derecho, en su comida vegetariana y en cortarse el pelo él solo. Como Vishnú, que flotaba en el océano primigenio del no ser, en 1890 Gandhi flotaba en el océano de Londres del no ver y no saber. Al final de esos tres años de esa vida a medias o a una cuarta parte sufrió una terrible depresión. Se dio cuenta de que necesitaba ayuda. Había un diputado conservador que, según decían, se interesaba por los indios. Era la única persona a la que Gandhi pensaba que podía acudir. Le escribió y fu

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