capítulo
Estaba seguro de que había soñado aquel sueño anoche o anteanoche
anoche
y por eso mismo, sin despertarme, pensaba
–No merece la pena preocuparme, ya sé de qué va
sin interés por episodios que sabía falsos
–Estoy durmiendo
me asustaron ayer, ya no volverían a asustarme
–Para qué afligirme, es todo mentira
consciente de la posición del cuerpo en la cama, de una arruga de la sábana que me lastimaba bajo la pierna, de la almohada
como siempre
que se deslizaba entre el colchón y la pared, los dedos
independientes, por su cuenta
la buscaban, la agarraban, la atraían de nuevo, la plegaban bajo la mejilla que a su vez se plegaba en ella, qué parte de mí la almohada y qué parte la mejilla, los brazos aferraban la funda y yo observaba los brazos
–Son míos
sorprendido de que me perteneciesen, consciente de que uno de los plátanos de la cerca, por la noche un borrón en el cristal y ahora nítido, entraba en el sueño y me hacía alzar la cabeza
sólo la cabeza dado que la arruga de la sábana seguía lastimándome
hacia la ventana después del despacho donde el médico escribía un diagnóstico o un informe
el escritorio, la silla y el armario viejos, la puerta siempre abierta por la que acechaban los enfermos pidiendo cigarrillos, sucios de barba, con los ojos muertos
nunca he sido capaz de comer ojos de pescado en el restaurante, mi tío clavaba el tenedor y yo ciego, gritando
no reparan en mí, nadie repara nunca en mí, los enfermeros se limitaban a empujarme hacia fuera
–Vamos, vamos
y los peces sentados en bancos, con la mano extendida, pidiendo cigarrillos, mi tío inmovilizando el tenedor
–¿No te gustan los ojos, Paulo?
el escritorio, la silla, el armario, el médico que firma cualquier cosa, que me mira, que coge el tenedor deprisa, lo acerca al pagro o a la dorada, me gustan los ojos, tío
–Mañana puedes irte a casa
y a medida que me despertaba y una paloma se balanceaba hacia abajo y hacia arriba en una rama de plátano la arruga de la sábana dejaba de lastimarme, el pez que soy separado de la almohada que al final no soy, el tío retrocedía divertido al sueño de anoche en el que unos congrios enormes, transformados por los comprimidos en muñecos a cuerda, me pedían cigarrillos
–¿No te gustan los ojos, Paulo?
por ejemplo el ahogado a mi izquierda que subía a la superficie de la colcha con una lentitud de marea, la mujer lo visitaba los domingos con un cartuchito con melocotones y él despreciaba los melocotones con un esfuerzo de cuerda, sin completar el gesto
–¿Traes cigarrillos, Ivone?
mi madre Judite, mi padre Carlos, el médico, no éste, uno más gordo,
me acordaba de su corbata roja cuando me internaron, de una gitana que gritaba
¿o era yo el que gritaba?
el médico
–¿Cómo se llama tu madre?
así como me acordaba de los enfermeros que llamó doña Helena y me sujetaron por las muñecas
–Quieto, muchacho
tantos platos sin romper en la cocina, el búcaro intacto, las manecillas del reloj que controlaban el cocido
–Destrúyenos
si los enfermeros me ayudasen en lugar del médico más gordo, con corbata roja, no en este despacho, en una sala sin ventana ni armario donde la gitana o yo gritábamos o si no ninguno de nosotros, el ruido de la vajilla
–¿Cómo se llama tu madre?
mi madre Judite mi padre Carlos
la mano que despreciaba los melocotones sin completar el gesto
–¿Traes cigarrillos, Ivone?
cinco cigarrillos los sábados pero los cigarrillos se apagan, una seña hacia un vaso de leche en el bar pero la leche, incapaz de sostenerse, se derrama en la barra en cuanto uno la toca, el enfermero limpia la barra, nos limpia la chaqueta y el mentón con un trapo apolillado que es un fósil de toalla, el televisor vocifera en un estante alto
–Tan guarros
croquetas que se desmigajan al comerlas, bocadillos cuyo fiambre se resiste, el cigarrillo encendido a la décima cerilla por el lado del filtro y una llamita que devora el algodón
–No se dan ni cuenta, infelices
la cerilla apagada demasiado pronto o que se niega a apagarse y nos quema la piel, seguro de que había soñado estos días anoche o anteanoche y por tanto por qué preocuparme si más allá de anteanoche sólo me acuerdo de una gitana a gritos y de que me ataban a la cama con vendas anudadas, de los enfermeros tal vez
–Quieto, quieto
el jarro que robé en el fregadero se estrelló en el suelo, doña Helena a lágrima viva, necesito romper estos platos, el búcaro intacto, ofendido
lo que me gustó del búcaro
preguntando
–¿Y yo?
el médico con dos o tres psicólogos o estudiantes o clientes de la discoteca donde trabajaba mi padre y la rama del plátano finalmente quieta como siempre al mediodía, con el codo en el alféizar sujetando las mechas de gorriones de la frente, gatos en una mata de espinos o junto a las sobras del comedor donde una muchacha con cofia vaciaba cubos, el médico a los estudiantes
–Viven dentro de sí mismos, no sienten casi nada, es tan difícil ayudarlos a sentir de nuevo
ofreciéndome un cestito de melocotones, no, ofreciéndome un cigarrillo, la cerilla se encendió cuando debía encenderse, se apagó cuando debía apagarse, el cenicero con ceniza y siendo así dónde pongo mi ceniza, me pareció que el marido de doña Helena acompañaba a los enfermeros señalando la alfombra, el suelo
–Nos llena todo de ceniza
me pareció que el médico
–Viven dentro de sí mismos, ni a la familia conocen
y los psicólogos o estudiantes o clientes de la discoteca que se burlaban de mi padre repitiendo en cuadernos, obedientes, viven dentro de sí mismos, ni a la familia conocen, la alianza del médico avanzaba en el escritorio
–Ahora fíjense
la pluma golpeaba en el tablero y me despertaba, consciente de la posición del cuerpo en la cama, de una arruga de la sábana bajo la pierna
–Paulo
romper la pluma y los platos de la cocina, doña Helena me quitó el búcaro con la marca de la rotura en el sitio donde lo habían pegado, la pluma insistía en el tablero impidiéndome fumar
–Paulo
la segunda tumba y yo fingiendo no verla
–¿Cómo se llama tu madre?
y en esto, casi sin darme cuenta, me eché a reír, cuando mi padre murió me eché a reír también, personas en bancos largos, un viejo con la boca pintada con un caniche en brazos, la segunda tumba que fingí no ver, el cura avanzaba desde una cortina y yo apoyado en el ataúd riéndome
–¿Cómo se llama mi madre, dice? ¿Cómo se llama mi madre, dice?
impidiendo a los psicólogos o a los estudiantes o a los clientes de la discoteca que viesen el cadáver y se burlasen de él, mi padre es un payaso con plumas y lentejuelas y peluca, los rellenos en las nalgas, en el pecho, la boca pintada del viejo con el caniche que se encrespaba frente a mí y me ladraba, en una ocasión traje al mastín con lazo de mi padre al jardín del Príncipe Real donde nunca jugaron conmigo en los columpios, había peces en el estanque, no les eché migas de galleta a los peces
–Come la galleta, Paulo
desenganché la correa del collar
–Vete
y el animal indeciso, se escondía bajo los muebles goteando pis en la alfombra, si le pagásemos un vaso de leche en el bar del hospital lo derramaría en la barra, mi padre le limpiaba el hocico con un trapo apolillado que era un fósil de toalla, le tiré piedras hasta obligarlo a desaparecer en una esquina, aterrado, estúpido, el lazo se le deshacía enredado entre las patas, si le tirase piedras a mi padre
–Vete
hasta obligarlo a desaparecer en una esquina, las plumas, las lentejuelas, la peluca, si pudiese parar de reír
–Viven dentro de sí mismos, ni a la familia conocen
sin que una sola lágrima ocultase el ataúd, la música, el cono de luz que se encendía en el tablado y mi padre cantando
no mi padre, un payaso con plumas y lentejuelas y peluca
no el payaso, una mujer, tantos platos sin romper en la cocina, en su habitación los frascos de perfume, las lacas, los pintalabios, la navaja para disimular la barba, faldas y faldas en una cuerda de ropa, si pudiese tirarle piedras al mé
–¿Cómo se llama tu madre?
dico, mi madre vive en Bico da Areia al otro lado del Tajo, un autobús, un segundo autobús, Lisboa invertida en el agua, si golpeo su puerta me desengancha la correa del collar y un hombre en el peldaño del portón, mi madre
–Vete
observar la luz encendida, las casas sólo tejados de madera y cinc, chozas de negros, pequeños arriates de flores secas, marrones, con mi padre las flores no acababan así
–Fíjate en si el hijo del marica sigue ahí fuera
siempre flores frescas en la sala, cuál es el motivo de sus uñas violetas, padre, del trazo de pintura que inventa cejas, el hombre apareció en el peldaño masticando, con servilleta al cuello y las flores secas
–Fíjate si está el hijo del marica
el Tajo iba y venía descubriendo el pontón, es decir, simulaba que iba y venía permaneciendo allí, los caballos de los gitanos comían hierba en la duna, me dio la impresión de que un grillo o un pájaro de la noche por el lado de la calle, el hombre de servilleta al cuello restregó las zapatillas en el peldaño y regresó a la mesa masticando
–No hay nadie ahí fuera
cortinas con volantes, magnolias de cartón, mi madre lavaba cacerolas en el barreño del patio, no vestida de novia, descalza, sin la diadema de perlas en la frente, mi padre y ella cortaban la tarta y en el extremo de la tarta una pareja de figuritas de cera, me desperté en el colchón de la cocina porque la discusión de ellos me arrancaba de la cama y me llevé conmigo el cocodrilo de goma, mi madre ni novia ya ni tampoco descalza, sin lavar cacerolas en el barreño ni vaciar el barreño en el arriate, le mostraba un sostén a mi padre
había guardado las perlas en una caja de botones y las figuritas de la tarta adornaban la radio
–¿Tú usas esto, Carlos?
mi madre se llama Judite, desde ese momento prometí no decirlo
cuando los ojos de mi madre se volvieron raros y mi tío me los señalaba con el tenedor
–¿No te gustan los ojos, Paulo?
el cocodrilo se me escapó y se le enredó entre las piernas
–Madre
y yo pensaba ojalá que los psicólogos o los estudiantes o los clientes de la discoteca no se den cuenta, dónde estarán las figuritas de la tarta, dónde estará el collar, uno de los gitanos apareció con una varita y aguijó a los caballos hacia el pinar, me encogía bajo los muebles como el perro que perdía cerdas y goteaba pis, tú usas esto Carlos y mi padre callado tirándole piedras hasta obligarlo a desaparecer en una esquina a medida que el cocodrilo
–Madre
no permitan que me quede solo al cerrar la persiana y el hombre de la servilleta
–Judite
no hombre, lonchas de hombre en las rendijas de la persiana, aguíjenme con los caballos hacia el pinar, el cocodrilo obstinado en el portón
–Dejen que me quede con ustedes
explicarles que no soy yo, no tengo la culpa de que se les agarre a las piernas, las lonchas de mi madre aumentaban, la mitad de las gafas indagaban desde las tablas
–¿Has oído tú los goznes?
me pareció advertir lonchas de botella que volvían a colocar en lonchas de aparador, se oían las agujas de los pinos y el río en el pontón chupándose los dientes con la lengua, alzaron las lonchas de botella y el hombre de la servilleta apareció con la botella entera en el peldaño, contrariado, rascándose
el frigorífico con el enano de Blancanieves encima, aquél con el pico al hombro que dirige a sus compañeros, el enano a mi madre
–No se oye nada, Judite, deben de haber sido los caballos
que corrían en una balsa donde tiendas, carrozas, la botella se dividió de nuevo, en el aparador, en tiritas apenas vidrio ahora, otro sostén, estuches de crema, una botita, en la balda más alta de la despensa, lanzada contra mi padre en un lento gesto de desdén, la lentitud con la que bajo el agua las algas y los guijarros, no comprendo si llegan a moverse o son las sombras
–¿Tú usas esto, Carlos?
que deslizan la palma por la superficie de las cosas tal como el apeadero que se desvía hacia atrás, no el tren, nosotros inmóviles y en esto un suspiro de vapores y metales, el andén que se aleja, lo mismo con el tiempo, con la muerte, las caras de los finados a nuestro alcance y no obstante lejísimos, más serios, más dignos, si mi madre
–¿Tú usas esto, Carlos?
mi padre sin responder en el ataúd y yo defendiéndolo entre risas, le pusieron una corbata, una camisa sin encajes, un chaleco que él detestaría, lo peinaron como antes de las plumas, de las lentejuelas y de la peluca, la figurita cortando la tarta de bodas en la foto, la mejilla apoyada en la mejilla de mi madre a la vez que mi mejilla apoyada en la almohada con el plátano que me arrastraba desde el interior del sueño, consciente de la posición de mi cuerpo en la cama, del olor a creolina con la que fregaban el suelo
–Mañana puedes irte a casa
y en la casa el barreño a la espera de la mañana en el patio
–Fíjate en si el hijo del marica sigue ahí fuera
y en la casa
–¿Has oído los goznes del portón?
la otra casa, la de la plaza del Príncipe Real desierta, la tumba de Rui a la izquierda de mi padre, una corbata, una camisa sin encajes y un chaleco idénticos, no falleció como el payaso
los zapatos de los dos, separados de los pantalones, apuntando al techo
lo encontraron en la playa con el perro con lazo que lo husmeaba o ladraba a las olas
no lo husmeaba ni ladraba a las olas, sino en círculos, excitado con una caña o un gollete, en casa de mi padre le interesaban los dibujos de la alfombra, horas y horas contemplando rombos
–Desaparece
el policía a mí
–¿Sabes quién es, lo conoces?
cuatro estacas y una cuerda en torno al cuerpo de Rui, los faros de los automóviles lo apuntaban como en el teatro, dentro de unos instantes primero tambores, después música, después silencio porque el equipo de música se ha estropeado, después una carrera invisible, después
–Nunca aprenderás, idiota
después
–No tengo la culpa, lo desenchufaron
después música fuerte, un óvalo de luz en la cortina con marcas de quemaduras, mi padre con las piernas al aire y una diadema que se le deslizaba hacia la oreja cantaba con los brazos en cruz perdonando pecados, mi madre hacía girar una y otra vez la diadema con brillantes de menos
–¿Tú usas esto, Carlos?
si yo viviese en Bico da Areia correría en el pinar o en la playa o donde tiendas, carretas, una caravana sin neumáticos, los gitanos me vendaban los ojos como hacían a los caballos antes de dispararles el tiro, y yo de rodillas, yo tumbado, yo en un ataúd de la iglesia, cuando llegábamos a la aldea mi abuela ciega me recorría las facciones con los dedos transformándolas en movimientos de alfarero, me modificaba la nariz, los pómulos, el mentón, he cambiado, no me reconozco en los espejos
–Su nieto, madrecita
mi abuela en la salita a oscuras coronada de imágenes y velas prolongaba mis orejas y aumentaba mis dientes, va a devorarme y desparramarme en la tierra como hacen los cerdos, los dedos desistían de repente barajados en el regazo, una pregunta empolvada se abría camino a través de pañuelos negros
vestida de luto hasta el alma
–¿Qué nieto, hijita?
dirigiéndose no a mi madre, a un pollo que se cataba bajo las alas en un frenesí de caliza, las palmas apartaban tinieblas, desistían
–¿Qué nieto, hijita?
mientras volvía a ponerme las facciones en su lugar con gestos apresurados, si yo viviese en Bico da Areia correría más deprisa que los enfermeros, que los caballos, mi abuela buscaba a mi madre, le reconocía la cara con los pulgares
–Has adelgazado, Judite
cualquier día la visito en la aldea entre los olmos, escapando de las ortigas, de los ratones, sus ojos adivinan mis pasos sin oírlos, sus dedos amasaban el vacío intrigados, se decía que mi difunto abuelo entraba por la noche con la azada en ristre
–Camélia
destapando sartenes con esa hambre de los muertos, su respiración mohosa también, deseábamos vivir, no lográbamos huir y todo quieto alrededor, la profesora paseaba por el camino del cementerio acabada la escuela, abejas y más abejas en los troncos de los chopos, mi abuela a la azada
–No vienes a robar, ¿no?
no vengo a robarle, abuela, vengo a pedirle que me toque, a mirar mientras trabaja en la huerta, saca los cubos del pozo, modifica la tarde con sus manos, si estuviese usted en la iglesia le construiría en un instante un rostro decente a mi padre y yo ya no tendría vergüenza, un hombre, no un payaso con plumas y lentejuelas y peluca, la tarde en que me visitó disfrazado en el hospital
uno de los enfermeros silbaba o tosía, las criadas se llamaban entre muecas desde la lavandería, quise tanto ser caballo y trotar lejos en la playa, que me tapasen los ojos, me disparasen un tiro, el animal se arrodilló y se detuvo a pensar, el gitano me daba en el ijar con el pie, cuando la cola dejó de temblar la música aumentó, el óvalo de luz en la cortina con marcas de quemaduras desapareció, que yo supiese ninguna artista se había acercado a ningún micrófono con una estola y una diadema de brillantes, el policía
no, el médico a mí
ya he soñado este sueño ya he soñado este sue
–¿Sabes quién es, lo conoces?
no, no he soñado este sueño, cuatro estacas y una cuerda rodeando el cuerpo, el perro que ladraba a las olas, lo golpeaban con una varita, daba un salto de lado, regresaba, mi padre y Rui tuvieron otro perro pero lo atropelló un autobús, las caderas aplastadas la boca hablando todavía
–Mañana puede irse a casa
lo llevamos a casa, envolvimos sus caderas con una manta para evitar que la sangre, sacudía la manga impidiendo que las moscas
–Sacuda la manga, impida que las moscas
las moscas, padre, a partir de marzo en el Príncipe Real, moscas en la sala, en la habitación, en el cubículo del lavabo, el veterinario preparaba la jeringuilla, si mi padre llorase la pintura de los párpados en rayas negras mojadas, se pasaba el pañuelo y más rayas y manchas
–Cállese, padre
cuatro estacas y una cuerda rodeando el cuerpo en el lugar al que iban siempre en verano, mi padre no se bañaba debido a la peluca, primero tambores, después música, después silencio, después
–No tengo la culpa, lo desenchufaron
después música de nuevo
–Cante, padre
aunque fuese la música la que cantaba, no él, la voz en los altavoces y mi padre mentón arriba recogiéndola, se lanzaba una bola en la sala y el perro igualmente hacia la derecha y hacia la izquierda engañado por los ecos del sonido, los payasos
las mujeres
los payasos que acompañaban a mi padre, más jóvenes que él, con menos plumas, movían las caderas al fondo, se ajustaban los vestidos con imperdibles, uno de ellos, sin peluca, se afeitaba ante un espejito de bolsillo, perseguía con una pinza los pelos que se escapaban, el policía a mí
–¿Sabes quiénes son, los conoces?
no, el médico
–¿Cómo se llama tu madre?
mi madre Judite y mi padre Carlos no sienten casi nada tan difícil ayudarlos a sentir de nuevo
no tengo madre, tengo dos madres y Rui en la segunda tumba de la iglesia, personas en bancos largos, el viejo con el caniche en brazos y yo apoyado en las argollas de bronce riendo, un traje antiguo del marido de doña Helena con pastillas para la tos en el bolsillo y un envase de palillos vacío
no, un único palillo toc toc
que me quedaba corto, me cepillaron los faldones, me pusieron una gota de brillantina, se torcían para comprobar el aspecto, satisfechos, olvidados del entierro, me compusieron la raya
–No te sobra en la barriga, póntelo
me colocaron frente al tocador, el marido de doña Helena giró en torno estudiándome, pregunté callado apartándome de él
–¿No quiere ser mi padre?
no sienten casi nada tan difícil ayudarlos a sentir de nuevo
y él ocupado en acomodarme el hombro, sabía los nombres de los árboles en latín, acariciaba el tronco y los árboles agradecidos, creo yo
–Señor Couceiro
hizo el servicio militar en Timor donde una bala en la cadera
–Los japoneses, chico, días y días hundido hasta el cuello en un arrozal de búfalos
no lo creo
cuando me recogía en la comisaría debido a la droga y cada víscera flotaba sola advertía su bastón antes de entrar, sabía exactamente el instante en que iba a secarse la nuca con el pañuelo que, agarrotado de nudos, no acababa de salir del bolsillo, el bastón me registraba entre raíces de arbustos, cuernos, cadáveres de indígenas
–Los japoneses, chico
guardaba el pañuelo para ayudarme a reunir el estómago, un pulmón, el brazo que yo creía que le daría las gracias y levitaba en el techo, esconderme bajo los muebles goteando pis en la alfombra, si me ofreciesen un vaso de leche lo derramaría en la barra, el señor Couceiro no me tiraba piedras, no me ordenaba
–Desaparece
saludaba a los árboles, se acordaba de los japoneses, me mostró el uniforme de cabo que destiñeron los arrozales, tres días y tres noches con el agua al cuello y ellos acabaron cansándose, chico, me miraba como mi madre miraba a mi padre
–¿Tú usas esto, Carlos?
ni siquiera desilusionado, humilde, cuando la lámpara lo encontraba no poseía pupilas, arrugas arriba y abajo y en lugar de pupilas unas pequeñas esferas de luz, doña Helena
la alianza del médico golpeaba el tablero con la pluma
–¿Cómo se llama tu madre?
y ninguna paloma se balanceaba en el plátano
conmigo en brazos
–¿Has visto lo que traigo aquí, Couceiro?
un piso escondido, plantas en latas de pintura, el felpudo enrollado con el cual tropezaba siempre, habitaciones encajadas unas en otras
la mesa de las comidas acababa en la cama
en las que los picaportes giraban en falso, cualquiera de ellos que se cogiese acababa suelto en la mano, es decir una bola de porcelana y un fuste oxidado, paneles a los que les faltaban azulejos, el señor Couceiro venido de los antípodas en los que sonaba una radio, no la que yo rompí, otra más antigua junto al canapé zurcido, el señor Couceiro con bastón, de bolina en una corriente de aire que le inflaba la camisa
–Igualita a los monzones en Timor, chico, tantas palmeras caídas
doña Helena entre chasquidos indignados de la lengua remolineó como si alguien me atacase y se fue conmigo en brazos a la trinchera de la despensa, me ofreció peras en almíbar, me ofreció bizcochos, me mostró la cajita de música y arrancó el vals
–Lo asustaste y se echó a llorar, ¿quién lo hará callar ahora?
hoy me basta con pensar en ellos
no sienten casi nada tan difícil hacerlos sentir con un poco de suerte las medicinas a veces
y me acuerdo de todas las notas, me descubro repitiéndolas si me enternezco, no tengo dos madres, mi madre se llama doña Helena, me mostró la cajita otra vez, se sentó en el sofá junto a la máquina de coser, exilió al señor Couceiro hacia la lejanía de la radio
la aguja se desplazaba en el dial y lenguas extranjeras silbidos chasquidos, se inmovilizó donde el cura rezaba el rosario de las seis, ecos helados de capilla, mitad de las oraciones él y mitad las mujeres, hacían una pausa y comenzaban las mujeres y el cura acababa, después de la heroína las voces se confundían, la máquina de coser
hacia atrás y hacia delante pespunteándome, intenté llamar y la garganta se cerró, la lamparilla para calentar la cuchara se deslizó por la estera, no lograba arrancar la aguja, una gotita de sangre asomaba y bajaba, el señor Couceiro preocupado
–¿Qué es lo que tiene?
mi madre doña Helena y mi padre señor Couceiro se echó a llorar por tu culpa quién podrá hacerlo callar ahora intenta entretenerlo con tus japoneses tus búfalos los meses que pasaste hasta el cuello en un pantano de arroz mañana cuando vuelva del hospital no lo atormentes déjalo háblale de los árboles ponle el rosario en la radio
en la trasera de la casa un balcón hacia la iglesia de los Ángeles, dos palmos de río y casi nunca barcos, me sentaba en un tiesto con el limón y la jeringuilla, apretaba el brazo con una goma como Rui me enseñó para elegir la vena, llegaba con un anillito o una pulsera o el dinero del espectáculo de la víspera destinado a la letra de la lavadora o a la reparación de la cocina
–No te preocupes, es tu padre quien paga
mi padre se llama señor Couceiro, mi madre doña Helena, el payaso que Rui creía que era mi padre juro que no es mi padre, no sé nada de él, no lo conozco, mi padre se marchó o si no no lo tuve o si no se desvaneció en el aire y se materializó años después para que me apoyase en su ataúd riendo, el viejo del caniche entre aspavientos de indignación
–Dios mío
el payaso que no era mi padre revolviendo estuches, frascos de silicona, algodones
–¿El sobre del dinero, Rui?
registrando el estante de las blusas, apartando cintas, capelinas, mantillas, mi padre es un hombre, lo sabe todo acerca de los japoneses, conoce los nombres de los árboles en latín, mató búfalos en Timor, se llama señor Couceiro
–Lo asustaste y se echó a llorar, ¿quién lo hará callar ahora?
encontramos un resto de pared al bajar de los caboverdianos no por la carretera, sino por un camino de hierbas, pedazos de verja de jardín, lo que fuera una estatua
¿un Neptuno, un Apolo?
pero sin miembros, una tartera abollada que suplicaba
–Pateadme
que yo bien la oí
–Por favor, pateadme
lo mismo con las naranjas que caían del cochecito de la fruta y yo
–ahora no tenemos tiempo
abrimos el periódico y un polvillo blanco, impedir que los granos se deslicen a lo largo de la arruga, separar una parte, guardar la otra parte, en el resto de pared tantos encendedores, elásticos, señales de pasos, frases a navaja imposibles de leer, entregábamos los billetes por un postigo sin distinguir a nadie, esperábamos un poco, recibíamos el periódico, un mulato montaba guardia en la esquina abriendo y cerrando una navaja de niño, las palmas más suaves que las mías, rosadas y con arrugas negras, creí que tenía miedo y no tenía o sea tenía menos miedo del que creía tener, estudiar el polvo, acaso tiza, acaso greda, cómo se hace, Rui, explícame cómo se hace, el marido de mi
no el marido de mi padre, el marido del payaso, dormían en la misma cama y por tanto se casaron, hubo otros antes de éste, Alcides, Fausto
el payaso
–Te presento a Alcides, te presento a Fausto
pero no dormían con él, se marchaban, Fausto lo golpeó contra el arcón chino en el que mi padre se dobló gimiendo
mira, dijo mi padre, me he equivocado
–Maricón de mierda
le arrancó la cadena, guarda la cadena en los pantalones y el payaso
–Perdona
la mujer de Rui llegó en una ocasión a la plaza del Príncipe Real a insultarlos, la inquilina del tercer piso
doña Auroriña
–Señorita
caminaba despacio, no se exaltaba nunca, media hora cada escalón con la bolsa de la compra, se sofocaba comprimiendo el pecho
–No hay problema, estoy muy bien
insistía en que probase su dulce de guayaba, habitaciones en tinieblas por no pagar la luz, encendía una vela
–La electricidad me molesta
se abrían los grifos y ni una gota siquiera
–No me hace falta agua, estoy limpia
los muebles blancos de hongos, fugas desesperadas de cucarachas, en abril un aneurisma se la llevó, la mujer de Rui a los cristales desiertos
–Acercaos, sabandijas
intentó forzar el cerrojo con un ladrillo y doña Auroriña
–No se haga daño, señorita
hizo rodar el cubo de basura calle abajo, se marchó
–Sabandijas
mi padre
el señor Couceiro
¿mi padre?
mi padre con las pestañas postizas de uno de los párpados en la pinza, el otro estremecido de angustia
–Qué vergüenza
y algo le vibraba en la cara, un tendón o un músculo, los ojos nublados de cataratas como los de mi abuela, casi cayendo contra el arcón sin que Fausto lo golpease, doña Auroriña ofreciéndole dulce de guayaba
–Señor Carlos
bajando escalón tras escalón con un heroísmo difícil, el payaso, con el meñique en arco, consolaba la vergüenza con tisanas de manzanilla, extendía una taza
–¿Le apetece, doña Auroriña?
se pegaba las pestañas postizas frente al espejo donde años antes se cortaba el bigote, Alcides o Fausto sí, con
bigote mientras mi padre freía unas chuletas, con delantal, a ellos les entregaba el reloj de pulsera, les entregaba collares, esperanzado, sumiso
–Un recuerdo de amigo
Alcides o Fausto desconfiados del regalo examinaban sus tesoros
–¿Esto vale algo por lo menos?
chales, cintas con amapolas, vicuñas de plástico, mi madre pisaba aquellos lujos que yo creía de ella
–¿Tú usas esto, Carlos?
encontramos un resto de pared al bajar de los caboverdianos, no por la carretera, por un camino de hierbas, pedazos de verja de jardín, lo que fuera una estatua
¿un Neptuno, un Apolo?
pero sin miembros, sin miembros, abrimos el periódico y un polvillo blanco, en el suelo del resto de pared tantos encendedores, elásticos, señales de pasos, Rui, se exprime el limón así, se mezcla el agua así, se hace así con la cuchara, se calienta así y en cuanto echa el primer hervor se amarra una goma encima del codo así, me pareció que un grajo en una cueva de piedra,
la cabeza titilante, los espasmos de la cola, dentro de unos instantes soy un pájaro, alcanzo la copa de la higuera agitándome o si no quieto, contento, la aguja donde la vena más ancha, no tengas prisa con el émbolo, así, una especie de calor, una especie de frío, el resto de pared, el grajo, calor de nuevo en la barriga, en el interior del pecho donde el corazón no latía, se dilataba, perdía peso, se desprendía de mí, lo llegué a ver casi morado en la cueva del pájaro, cómo te llamas, cómo me llamo, dime cómo me llamo y Rui que ajustaba la goma suya, así
–Cállate
viento donde no había viento, sed donde no sed, comprendo todo lo del polvo, Rui, lo comprendo todo, las frases a navaja ya legibles, quieres que te las lea, Rui, también tienes frío, ¿no?, también eres un grajo, no te tumbes en el barro, la cabeza titilante, los espasmos de la cola, los frutitos de la higuera minúsculos, repara en cómo mis hojas se cruzan, repara en cómo crezco, no te tumbes en los sauces llorones, levántate, por qué motivo me riñes, Rui, no me riñas, no me pidas que me calle, las frases a navaja dicen
–No sienten nada
dicen
–Tan difícil ayudarlos a sentir
dicen
–Fíjate en si el hijo del marica sigue ahí fuera
no una higuera, dos en el mismo tronco, Rui cubrió el orificio de la aguja y la gota roja
más oscura que roja, rojo es lo que pensamos de la sangre, granate
–Cállate
el mulato se acercó a una furgoneta sin neumáticos abriendo y cerrando la navaja de niño, un chasquido cuando se veía la hoja, un chasquido cuando no se la veía, doña Helena conmigo en brazos se marchaba en dirección a la despensa
–Lo asustaste y se echó a llorar, ¿quién lo calmará ahora?
el mulato apoyó la sandalia en el rellano en el que una mancha de lluvia, esos vestigios de octubre y los vestigios de octubre mientras yo sumaba las rejas del jardín, dieciséis
–Aquí no
volver a sumar, me quedó la duda de si quince o dieciséis, acerté, cuatro cerca de nosotros y siete más y cinco más, el mulato señalaba la ciudad allá abajo
–Aquí no
la certeza de que soñé este sueño ayer o anteayer
ayer
y por eso mismo, sin despertar, pensé
–No merece la pena preocuparme, ya sé de qué va
sin interés por episodios que sabía falsos, la navaja en mi garganta, la sandalia pisándome
–Estoy durmiendo
y como estoy durmiendo no me preocupo, todo mentira, consciente de la almohada que se escurre entre el colchón y el arcón contra el cual me golpeaban
–No tengo ninguna cadena que puedan llevarse
doña Auroriña con la bolsa de la compra
–Paulo
media hora en cada escalón, los pies enormes, exhaustos
–No hay problema, estás muy bien
caminando delante de mí con una vela encendida y yo tras la vela en el pasillo a oscuras hasta que doña Auroriña me aconseja
–Siéntate
en una silla invisible y nos quedamos los dos, sin hablar, oyendo los ruidos del edificio y algo remoto que se burlaba de mí.
¿Un grajo?
que se burlaba de mí.
capítulo
Cuando era pequeño me instalaban aquí fuera, cerca de los caballos y el mar de modo que las olas apagaban sus voces en el interior de la casa y gracias a Dios durante una hora o dos me olvidaba de ellos, mi padre junto al frigorífico con el enano de Blancanieves encima, girándolo sin verlo, mi madre preguntaba en un susurro que se llevaban los pinos y me hacía llamarlos golpeando con las manos en el ropero o destruyendo el automóvil con ruedas de madera apenas mi madre
–¿Por qué, Carlos?
y el
–¿Por qué, Carlos?
no en la sala, de árbol en árbol junto con las manchas de luz en el borrajo, el enano de Blancanieves hacia un lado y hacia el otro en el frigorífico y la pregunta de mi madre sin mi madre
–¿Por qué, Carlos?
la misma pregunta aún hoy
aún ayer
aún hoy en el hospital a lo largo de los plátanos, era mirar los troncos y la pregunta en cada rama, las sílabas claras, golpear con las manos en el ropero, no oír a las palomas, las camareras del comedor, el hombre de la unidad siguiente tumbado boca arriba en medio de un murmullo, su ombligo
ayer
hoy, he dicho hoy
–No se entienden con el tiempo
–¿Por qué, Carlos?
me entiendo con el tiempo, sé ver la hora en los relojes, las seis menos cinco, las siete y veinte, las ocho y doce, qué idea la de los médicos esa de que no me entiendo con el tiempo, muéstreme la muñeca y se lo digo en vez de mandarme dibujar una familia y la persona con faldas, vestida de novia, con perlas en el pelo, mayor que el marido y el hijo, el marido junto al frigorífico, el hijo destruyendo el automóvil en la estera de rafia y la estera rasgada
–¿Por qué, Carlos?
la novia cogió el enano de Blancanieves y le impidió bailar, explicarle al psicólogo que me dio el papel y el lápiz que no se trata de una sandía ni nada parecido
–No se trata de una sandía ni nada parecido
se trata del enano de Blancanieves que la novia, colocándolo más lejos
–No muevas eso que me pones nerviosa
impedía a su marido tocarlo, éste es el marido, éste es el hijo, éste es el automóvil con ruedas de madera del hijo, tuve uno grande, si no pide a los plátanos que se callen me marcho, el ombligo del hombre en el muro, no lo golpeé, golpeé con las manos en el ropero y el enfermero como si yo tuviese a alguien y no lo herí, estaba herido aquí fuera frente a los caballos y el mar
–Suéltalo
adonde no llegan las voces, la ducha también aquí fuera y gotas toda la noche en el cemento, un charco en el que avispas en agosto, se abría el grifo y se posaba la pastilla de jabón en el pretil, o sea con mis padres la pastilla de jabón en el pretil, conmigo se aguantaba un segundo y después, como yo era un niño y no tenía autoridad, se escurría hacia el suelo, cogerlo deprisa antes de que las avispas, los domingos entraban por una brecha en la red de la ventana que cuadriculaba las olas, más allá de la pastilla de jabón mi padre
desodorante, perfume, la crema de mi madre a escondidas, acechaba y mi padre dejando de frotarlo me miraba, algo extraño en la persona del dibujo, no en él, una timidez, una vergüenza, una especie de recelo, el psicólogo un trazo oval y una flecha, crema en las nalgas, en los hombros, en el pecho
–¿Es tu padre?
uno de los vecinos, el dueño de la terraza, encaramado en la tapia, de modo que para impedir que lo viese y se lo contase a los clientes escondí el payaso con el codo y sólo yo en el ángulo de la casa acechando, los caballos trotaban debido a la fusta, uno de mis pies inacabado en el dibujo me impedía correr, coger el lápiz, fabricar un zapato, salir del dibujo por el patio, la cerca del hospital, el río
–Que le vaya bien
el río mañana al despedirme del médico, hoy el patio y la cerca, un cigarrillo, amigo, una moneda para un café, amigo, no soy un enfermo, amigo, me encarcelaron aquí, el cestito de melocotones abandonado en el plátano, el señor Couceiro me ayudó con la maleta, ropa, zapatillas, un cartel de mi padre con vestido de noche que ni siquiera recordaba haber traído conmigo
–¿Por qué, Carlos?
–No
–¿Por qué, padre?
y que el señor Couceiro dobló muy deprisa y desapareció entre las camisas, si yo
–¿Por qué, padre?
mi padre mudo, me parecía que iba a hablar y mudo
hable conmigo, dígame
despertaba en Bico da Areia y los muelles de la cama se movían a través del tabique, con los muelles la pierna de mi madre
despacito
sobre una pierna dormida, una pausa sin fin en la que los caballos
el mar
en silencio, la pierna dormida se escapó en medio de un crujido de tablas, la voz de mi padre
–No
–¿Por qué, padre?
y los caballos o el mar o ni mar ni caballos, las zapatillas de mi madre en el suelo después de moverse de vuelta, quejosos, los muelles de la cama, me di cuenta de que se lastimó en el ropero, nos lastimábamos siempre en el ropero, nuestra casa tropezaba en nosotros mismos, sorprendida primero y enfadada después, la rodilla agarrada con las dos manos, el reflejo furioso antes de nuestra boca
–Hostia
me di cuenta de que bajaba el escalón, las manos de ella en el portón dado el vaivén de los goznes, ni luna ni pinos, sólo las escamas del agua, me di cuenta de que la respiración extraña, el camisón se encogía, es decir, algo blanco que se agitaba y yo
–No llore
ni mar ni caballos, la nariz sonándose en la manga, las manos entre abrazarme y echarme
–Ve para dentro que te constipas, borrico
al final abrazándome, más meneos de camisón, el cuerpo de ella tan tibio, lágrimas que no me pertenecían convertidas en mías ahora, no llores Paulo no llores, si doña Helena me cogiese en brazos y se alejase conmigo, si el señor Couceiro me hablase de Timor, si me llenasen la boca de cucharas de dulce de guayaba, al levantar la cabeza mi padre en el postigo
trotar con los caballos
al comprender que lo vi se apartó del marco y el cristal pálido, al entrar lo vi crucificado en la pared muy detrás de mí, no en camisón, en pijama
–¿Quiere que le preste mi manga, padre?
los camisones sólo en Príncipe Real, rojos, plateados, no de algodón, de seda, si llegaba a sorprenderlo sin la peluca un gritito nervioso, deditos que me ahuyentaban
–Ay, Paulo
y sin la peluca la calvicie, las pecas, se ponía un pañuelo al acostarse, el cedro de Príncipe Real a mí
–No hay que mirar tanto a los tullidos, es feo
doña Auroriña en el vestíbulo con la bolsa de la compra, una breca, dos patatas, verduras secas, alcanzarla piso arriba
–Yo la ayudo
rumiando asombros, cada tabla al ser pisada
–¿Qué tal el padre de Paulo, doña Auroriña?
el tío de ella sargento
–Mi tío fue sargento
y en consecuencia doña Auroriña importante, pobre, si le faltaban al respeto amenazaba con el ejército
–Voy a dar parte al cuartel
se presentaba ante el centinela con la breca, las patatas, los zapatos tan gastados, alzaba el paraguas en una reverencia solemne, sacaba del bolso la fotografía de un vejete con bicornio, la limpiaba en el dobladillo de la chaqueta en actitud ceremoniosa, observaba la bandera con una familiaridad de prima
–Soy sobrina del sargento Cuaresma de Infantería Dos
segura de que los coroneles, temerosos
–Es sobrina del sargento Cuaresma, así que mucho cuidado
la sobrina del sargento Cuaresma toda la noche tosiendo, en el funeral ningún coronel, ningún centinela, ningún honor militar, unos gorriones en los cipreses pero desatentos y pocos, mi padre y yo acompañábamos el ataúd, él felizmente con pantalones y sin laca en las uñas, casi hombre salvo vestigios de payaso en las cejas, del espectáculo de la víspera, mi madre señalándoselos con el índice
teníamos una lámpara de cristal con una pantalla pintada
–Quién es ella, no mientas
palabras en el espejo antes de su boca, la lámpara en el ropero más valiosa, más bonita, el borde roto casi un adorno o un capricho, guirnaldas de flores en una orla lila, cayó en el reflejo sin ruido alguno y al despeñarse aquí, una eternidad después
–Quién es ella, no mientas
una tempestad de brillos, el tiempo coagulado a la espera, los caballos suspendidos a pesar de la fusta, una ola que ensanchaba los brazos en la playa reuniendo desechos
yo un desecho, llévame contigo, no esos cestos, no esas algas, yo
mi madre
–Apártate, Paulo
tirando los añicos en el cubo, relieves, aquella parte fruncida
pintada a mano, me dijeron
–Fue pintada a mano, no te acerques, no la toques
no tirándome a mí, mi padre se lavaba la cara en la pila, doña Helena interrumpiendo la cocina
–¿Tirarte, hijo?
me ha llamado hijo, ¿veis que me ha llamado hijo?
olía a rehogado, a goma, a bondad, podía adormilarse en el pecho de ella, el señor Couceiro se atrevía después de muchas vueltas a ponerme un dedo en la frente, el bastón picoteando al azar
–¿Tiene fiebre?
el ropero de ellos no me lastimó nunca, un espejo grande, benigno, con la habitación entera dentro, el espejo del tocador enfrente y doña Helena tres, yo tres, el señor Couceiro tres cabos en los arrozales de Timor, deje el dedo en mi frente, no me molesta, me gusta, doña Helena
–No lo asustes, cuidado
permitía que le quitase los pendientes, le cambiase de posición las horquillas del pelo, al internarme el médico al señor Couceiro mientras los enfermeros me aflojaban las muñecas, los cólicos de la falta de heroína, mi padre muerto y no obstante risas
risas
explicar que si no riese, no continuase riéndome
–Necesito tanto reírme, ¿comprende que necesite reírme, doctor?
el médico al señor Couceiro
–¿Es su nieto?
Paulo apoyado en el ataúd de su propio padre qué horror en el ataúd de su propio padre con las manos entre abrazarlo y expuls
la lámpara se encendía en el techo de la ambulancia de modo que un tremolar de pared a pared
–Paulo
robé el dinero a doña Helena y doña Helena no se quejó de mí, rompí el cofre con las cadenas del Miño y ni un aro, horquillas y limaduras para que se oyese si alguien lo cogía, pedir prestado en su nombre en la tienda de comestibles, en la carnicería, el tendero empuñando el escobón
no me pegó
–Vete de mi vista, ratero
hacerle más agujeros al cinturón porque los pantalones son muy anchos y doña Helena sopa, vino quinado, jarabes
–Toma el reconstituyente, Paulo
póngame el dedo en la frente, señor Couceiro, mientras lo mantiene en la frente se atenúan los cólicos, tantas marcas de aguja en los brazos, las venas duras, negras, no son brazos, son ramas, soy un arbusto, doña Helena, las encías se disuelven, oculto con el labio los dientes que faltan, el cenicero del escritorio del médico, desesperado, ansioso
–Rómpeme ya
siempre que la lámpara de la ambulancia lo obligaba a existir, vendí el reloj de pared y doña Helena ni mu, el señor Couceiro
–¿Es su nieto?
ni mu, el clavo solitario acusándome, un segundo clavo a la izquierda, el bastón hizo ademán de moverse ni siquiera furioso
por favor enfádese, grite, enfurézcase conmigo
doña Helena deteniéndolo con los ojos
–Jaime
Jaime Couceiro Marques
arrancar el clavo, impedirle que me acusase, plantarme frente a ellos a la hora de cenar, el señor Couceiro en el sillón, doña Helena en la silla de velludillo debido a la columna, a veces la encontraba en la cocina poniendo la tirita de una sonrisa sobre la mueca de dolor
–Ya se pasará
la sonrisa menor que la mueca de manera que las comisuras de los labios a la vista, cuando supuso que me había ido la sonrisa se esfumó, avanzó apoyada en la encimera
el tostador para llevar también, la picadora de carne, plantarme frente a ellos señalando el clavo
–No he sido yo
no
claveles en el búcaro intacto, esterlicias
–He sido yo, échenme a la calle, he sido yo
dos tulipanes
no, una indignación fingida, la mano abierta de inocencia
–Hoy no estuve en casa, ¿cómo podía ser yo?
dos tulipanes y geranios, no respondan, por favor no discutan conmigo, el señor Couceiro sabía el nombre de los árboles en latín, les pellizcaba el tronco y respondían, el clavo inmenso, si pidiese de vuelta el reloj al caboverdiano
–Présteme el reloj por una semana, se lo devolveré
la navaja de niño abriéndose y cerrándose, la sandalia que me empujaba
–¿Sigues ahí?
un laberinto de travesías y ninguna salida, muros viejos, ventanucos rajados, dónde queda la ciudad, se veía un busto pero qué busto y en qué plaza, por la noche mi padre con peluca en busca de Rui, el payaso con tacones altos y vestido de baile que lo levantaba de las piedras, yo no existo siquiera
–Rui
Rui en el suelo de barro
–Maricón de mierda
y el payaso, mi padre, limpiándole una herida, ensuciándose el echarpe, be
¿digo besándolo, madre?
besándolo, los dos
disculpe
en la misma cama, mi padre con un pañuelo en la cabeza, yo no existo siquiera, acostaba a Rui en el automóvil, le acomodaba la manta, los faros entrechocándose en los desniveles de la tierra, yo en Chelas solo,
no ves que lo has asustado, quién lo calmará ahora, la navaja de niño cambiando de voz, interesada
–¿Ese maricón de mierda es tu padre?
en Príncipe Real el lago a oscuras, los árboles de los que el señor Couceiro sabía el nombre y yo no, la llave en la cerradura que me impedía entrar, los camiones de la basura recogían cajones con una lámpara
dos
en el techo también
amarillas, no azules
que me destacaban y me escondían, se iban y volvían
y yo me iba y volvía
la bolsa de la compra de doña Auroriña con las patatas, que ella difunta en el cementerio no cocinaba sin duda, sofocada por la bronquitis, la claridad en el rellano de Anjos antes de que yo llegase al felpudo, doña Helena tropezando en el insomnio, aliviada, contenta
–Hijo
yo que pensaba odiándola que podía robar la aspiradora, el tintero de bronce, las alianzas de los suegros en un cojín de algodón, coger la caja de las herramientas
–¿No se da cuenta de que me aburre, me da asco, la detesto?
y martillar la radio del rosario donde acompañaba al cura sin interrumpir el ganchillo y rezaba por mí, el señor Couceiro desde el tendedero en el que emanaciones de tila
–¿Es el chaval, Helena?
que yo no oiga el bastón, ay de él si el bastón, por suerte únicamente las pantuflas en el suelo y el carraspeo de los viejos, tirar la tetera
quemarlo todo, estropearlo todo, doña Helena
–Paulo
no hijo
–Paulo
no soy su hijo, nunca fui su hijo, la llave en la cerradura de la puerta de mi padre impidiéndome entrar, chinchillas sintéticas en una percha de alambre, muselinas, abanicos, Rui y el payaso que no se fijan en mí jugando a las damas, si doña Helena se atreve a
–Hijo
destrozo enseguida la sopera
–Usted no es mi madre
al principio calor, después frío, después ganas de destrozarme a mí, no sé qué significa morir pero desembarácenme del cuerpo, diálogos que se me escapan, espantajos con bata que me encajaban una palangana contra la tabla del pecho
–Vomita
cuando yo era un grajo incapaz de volar, un pájaro enfermo, un envoltorio atado por un cordel de nervios pidiendo una jeringuilla, un limón, una goma para ayudar a la aguja, cuando yo era un fardo húmedo que se inclinaba y caía, los japoneses del señor Couceiro o enfermeros o médicos me sumergían a gritos en el arrozal de Timor, los búfalos a la deriva me prohibían respirar, observen las cabezas con los ojos muertos, vacíos, pedir el reloj prestado para venderlo de nuevo, si yo recito la tabla del siete o los afluentes del Guadiana mejoro, el criado del hospital
–Has vuelto al cole, panoli
en una ocasión me ofrecí para acompañar a doña Auroriña transportándole la breca, las patatas, las hortalizas moribundas, una botellita de aceite que goteaba lágrimas verdes, nosotros uno tras otro quietos en los escalones, ella sólo piedras descoyuntadas de bronquitis, yo con los caboverdianos en la cabeza
–No te me mueras ahora
las piedras se reunían a duras penas, un estremecimiento, un derrumbe y más bronquitis, me parecía que se le soltaban de la carne unos tornillos mal ajustados, el cuello tan fino, los cartílagos de insecto, de vez en cuando la pregunta bajo la forma de un soplido
–¿No estás cansado, chaval?
no una pregunta, una esperanza
–Si estás cansado, apóyate en el revoque que yo espero
y junto con la invitación varios tornillos en un túnel de cinc, la claraboya cada vez más lejos, el pasamanos eterno, el monedero lustroso de viejo con una cremallera cromada
–¿Cuántas monedas, vieja?
ninguna pulsera, ningún anillo, el paraguas que no valía un pimiento, si al menos fueses rica, vieja, cubiertos de plata, acuarelas, cristales, en lugar de las acuarelas y los cristales tiestos de flores en el rellano, sólo tiestos, no flores, es decir, arena sucia que apestaba a gato, una tórtola en la claraboya o un grajo que caminaba sobre el vidrio
apostaría que era un grajo que caminaba sobre el vidrio
la llave que asomaba con difíciles maniobras
otro tornillo que caía
de las profundidades de la falda con una risita lodosa que la empapaba de júbilo, la comisura izquierda de la boca se deslizaba mentón abajo
¿si reventases a quién le importaría?
la llave tanteaba la ranura y desconchaba la pintura
–Los ladrones no pueden con ella, chaval
las bisagras con un desgarrón de herida como si una navaja y el cerrojo que saltaba, el mismo olor intrigante a gato dado que no había gato, doña Auroriña flotando no sé dónde, la presencia de los muebles adivinada en la oscuridad, yo con las manos frente a los ojos con temor a que una cómoda o un aparador me atacasen, si hablase conmigo, si me cogiese en brazos
antes me cogía en brazos
–Chaval
no la robo, ayúdeme, el enfermero del hospital en un empujón condolido
–al panoli le ha dado por pedir socorro
grajos no sólo en la claraboya, en el cedro de Príncipe Real, en los árboles que el señor Couceiro conocía, grajos no llores, grajos vete adentro que te constipas idiota, grajos olas, grajos caballos, grajos enfermeros al panoli le ha dado por pedir socorro, grajos médicos ordenando que me sujetasen a la cama
–¿Es su nieto?
el bastón del señor Couceiro al principio en un arabesco vago y después enfrentándose a los japoneses
–No es mi nieto es mi
si me llama hijo le destrozo enseguida la sopera
grajos cuatro veces siete, cinco veces siete, seis veces siete, has vuelto al cole panoli, cólicos, vómitos, ese frío en la barriga, una cuchara, la cerilla, no me den medicinas y no destruyo el coche con ruedas de madera, no es mi abuelo es mi padre, quién lo hace callar ahora, mi padre, el payaso
–¿Por qué, Carlos?
con peluca con el carmín fuera de los labios, los tirantes del vestido no en los hombros, en los brazos, por una rendija de la ventana
la cortina, la lámpara, un armazón de estaño y los casquillos en círculo, tres de ellos encendidos
¿cuánto es siete veces tres?
los restantes en la sombra
–Vuelve con doña Helena, no despiertes a los vecinos
una voz tan diferente de las canciones del espectáculo, aderezos que sin los focos no conseguían brillar, no había bañera, un lavabo de marmolina y perfume español en vez del olor a gato, se calentaba el agua en cacerolas, se tambaleaba en medio del humo con una agarradera en cada asa derramando vapores, el payaso
–Me he quemado
Rui tumbado alcanzando el periódico
–¿Te has quemado, querida?
una mancha roja con burbujas, mi padre en busca de la crema de la playa y lavanda, acetonas, fotos de él pelirroja, de él rubia, de él sevillana con una exageración de castañuelas y velos, Rui entre dos páginas comprobando el cigarrillo
–¿No encuentras la crema, querida?
en la tapa de la cocina un ramillete de nomeolvides de lana, doña Auroriña ilocalizable, una presencia tenue en pasados distantes como la añoranza de los muertos, las piedras de la bronquitis se desmoronaban en alguna parte, una garra raquítica las juntó a duras penas
–Ven aquí
la persiana apareció con un crujido de huesos y descubrió una jaula vacía que aprisionaba un sello, que alguien me aclare si los sellos cantan
¿cuánto vale un sello?
un baulito abierto para mí
gracias, baúl
con una o dos postales en las que unas manchas de grasa disolvían las letras
Se orita Auroriña creáme que aunque viva il años no olvi aré aquel sábado, suyo para iempre Rosendo
el novio muerto hace muchos años de una enfermedad indefinida, crepúsculos de julio en los que adelgazaba
suavemente
en el balneario bebiendo copas de agua carbonatada a medida que unos músicos brujuleaban valses en un templete de bambú
Se orita Auroriña esta noche la fiebre ha bajado y ya o escupo sangre
mensajes lilas, nardos en libros, declaraciones de amor, una frase completa que los caboverdianos no me cambiarían por nada
–¿Para qué quiero esto?
coronada por un borrón en estrella
En cuanto me cure y si me acepta nos casamos
y al final no se curó, el vals inaudible, médicos de sombrero de copa recetaban ventosas, pollo cocido, siestas
Con el reposo me siento casi fuerte y di un pa eo esta tarde, l beso las manos Rosendo
doña Auroriña se daba prisa con el ajuar entrelazando iniciales, convenciendo al tío sargento de que la acompañase a Luso, trenes más lentos que carros de bueyes, tilos, nieblas, chalés, sujetos sólo ojos y boca envueltos en las mantas en mecedoras de mimbre y los crujidos del mimbre nos impedían comprender quién se quejaba, no un Rosendo, diez o quince Rosendos en el desamparo de la barba, en las botas sin inquilino, en la blandura del asma, la fuente de agua carbonatada sollozaba en el bosque, los milanos se suspendían del cielo en un columpio de cables, diez o quince Rosendos
Si usted, señorita Auroriña, se imaginase cuánto la quiero, mi adrino me prometió que sería ocio en el establecimiento y una parte de la casa en Arroios
que la reconocían, se olvidaban de ella, la reconocían de nuevo, exultantes
–Señorita
el tren de regreso averiado en Coimbra, el tío sargento en el andén consultando horarios con los milanos colgados del cielo en la mente y ninguna delicada pasión más, ninguna postal más, el de la navaja de niño burlándose de mí
–¿Qué hago con esto?
qué hago con aunque viva mil años jamás olvi aré aquel sábado acepte i home aje sincero Rosendo, qué hago con franca ente alegre le comunico que estoy casi recuperado sólo he erdido medio kilo en la última se ana y voy al comedor con la ayuda del enfermero, qué hago yo con un bonito día oy en el balneario acordándome de cierto inolvidable domin o en Algés durante el cual
le juro
la quise como nunca, yo discutiendo con los caboverdianos mientras el frío, el calor, una comezón que me obligaba a rascarme todo el tiempo, a arrancarme la piel con las uñas, a arrancarme de mí, a liberarme de esta imposibilidad de estar quieto, de este apartamento a oscuras, de este olor a gato sin gato, de estos muebles invisibles que me observan, me amenazan, me atacan, fíjense bien son postales carísimas, montones de coleccionistas darían una fortuna por ellas, se venden como pan en esas tiendas de los ricos y doña Auroriña tosiendo en las escaleras con su breca, sus dos patatas, sus esqueletos de hortalizas y tornillos y roscas
–¿No estás cansado, chaval?
tan amable conmigo, tan atenta siempre
–Si estás cansado, apóyate en el revoque que yo espero
Rosendo que la acompañaba por los escalones con su ceremonia, la discreción de su enfermedad y su caligrafía primorosa, mi padre tuvo una pluma así, se cogía por el mango y escribía sola, sin errores
Si me permite la osada expresión de mi atrevimiento la adoro
la profesora exigía los nombres de los reyes de la primera dinastía y la pluma
si me permite la osada expresión de mi atrevimiento la adoro
el cuaderno mostrado en círculo a los compañeros
–Fijaos en esto
Ricardo deletreaba siguiendo las sílabas con la yema del dedo,
si me permite la osada expresión de mi atrevimiento la adoro, el mulato atormentaba el oído luchando con las espinas de las consonantes la adoro, bajó de la postal hacia mí
cuántas dosis en su bolsillo, cuánta paz, el resto de pared, la jeringuilla, la goma que despertaba a las venas, una piedra donde doblar la gabardina a pesar de la lluvia y descansar la cabeza
–¿Qué hago yo con esto?
vuelvo a colocarlos en el baúl, no los coloco en el baúl, cajones y en los cajones no ropa, una última postal
Ahora que me despido de usted estoy cansad
exactamente como digo
Ahora que me despido de usted estoy cansad
del otro lado una señora y un caballero con los labios pintados como el payaso, sonrisas de doncella, mejillas demasiado rosadas, si le pusiese una peluca
–Buenos días, papá
la señora y el caballero con un recato casto, enmarcados en un corazón de flores, ahora que me despido de usted estoy cansad
un silbato de cerámica más, un billete de tranvía más, paseos los festivos a Belém y a Graça, el caballero con mejillas demasiado rosadas
–Señorita
y en esto aunque la casa fuese idéntica a la nuestra, es decir, los mismos cuartos minúsculos, el mismo pasillo estrecho al que le faltaban tablas, doña Auroriña desde zonas remotas en las que burbujeaban condimentos
no, hierbecitas insulsas, restos de vinagre, lo que quedaba de los cilantros, los caboverdianos aceptarían cilantros, una dosis de heroína por un puñado de cilantros, aceptarían un billete de tranvía, un festivo, un corazón de flores, aceptarían esta bronquitis, estos tornillos, este chirrido solícito
–¿Te apetece una sopa, chaval?
buscar en la habitación y en la habitación un jergón sin sábanas, un muñeco de trapo sólo con la pierna izquierda y en el interior del muñeco lo que me pareció una pitillera labrada, un medallón de plata, un oro que
Señorita Auroriña le solicito que me haga el obsequio de conservar como prenda de afecto y genuino home aje este sencillo recuer o de mi difunta madre
los compañeros pasmados con la sorpresa, la profesora que exhibía a la clase mi cuaderno donde la pluma
Señorita Auroriña le solicito que me haga el obsequio de conservar como prenda de afecto y genuino home aje este sencillo recuer o de mi difunda madre
–Leed
el nogal en el patio al que nunca vi dar frutos, bayas del tamaño de guisantes que apenas nacían se desprendían de las ramas y un montón de moscardones en un agujero del tronco, te apetece una sopa chaval y apuesto que la breca, resucitada, navegaba en la olla, el ojo que el tenedor de mi tío me ofrecía
–¿No te gustan los ojos, Paulo?
de modo que
–¿Tiene un tenedor que me preste, doña Auroriña?
sacarlo de un tirón del fregadero
del escurridor de rejilla sobre la pila donde una taza, un jarro, el bote de guisantes que servía de vaso, de cacerola, de cafetera, Suyo para siempre Rosendo, mejillas demasiado rosadas, melenas demasiado negras, el anular en arco
–Maricón de mierda
para besar con elegancia la frente de la señora en el interior de su corazón de flores o la frente de mi madre en Bico da Areia disculpándose por el resto de carmín o del trazo en las cejas y ella persiguiéndolo hasta el frigorífico
el enano de Blancanieves osciló y enmudeció
–No te voy a perdonar, Carlos, ni lo sueñes, haz la maleta enseguida
los caballos trotaban en el pinar y con el ímpetu de los cascos no se oía el mar, se oía a quien no era yo
era yo
sonándose en la manga en el portón y para evitar que fuese yo sonándose rasgué el muñeco de doña Auroriña así como destruí el automóvil con ruedas de madera aplastándolo en el suelo, en el relleno del muñeco paja, serrín, déme la cigarrera labrada, el medallón de plata, el oro, anoche me bajó la temperatura y no tuve sudores, en cuanto esté curado, me aseguraron que quince días tres semanas a lo sumo, fijaremos el día de la boda, dígnese recibir con indul encia mis saludos Rosendo, doña Auroriña en la puerta de la habitación con la lata oliendo a sopa
a gato
a sopa
la boca de ella
–Paulo
sin pronunciar
–Paulo
la blusa más raída que el delantal de mi madre en Bico da Areia
–No te voy a perdonar, Carlos
colgado en la percha de los hombros, nos quedamos viéndolo partir en el autobús de Lisboa, el trazo de las cejas, las mejillas rosadas, lo que se me antojó una chaqueta de mujer en el brazo
–¿Por qué, Carlos?
destruir el automóvil con ruedas de madera, rasgar el muñeco con el tenedor y al final paja, serrín que se me disolvía entre los dedos, dónde guardas el dinero, vieja, confiesa dónde guardas el dinero, no inventes que solamente basura, un silbato de cerámica, no te quedes callada, no me perdones, no me toques
quiere decir quédese callada, perdone, toque a su fantoche, a su payaso, a su marica muerto, sienta este frío en mí, este calor, estos cólicos
Señorita Auro iña si por fortuna y con la intervención de Dios mis pulmones
quiere decir doña Auroriña no puedo, ayúdeme
quiere decir doña Auroriña aun así de vieja, aun así de enferma, aun así de incapaz de moverse déjeme sentarme un ratito en este resto de pared, sentarme un ratito en el suelo, encender la lamparilla, encontrar la aguja, ayúdeme a apretar la goma en el brazo, a empujar el émbolo y después, si no le importa, quédese un rato conmigo hasta que yo
disculpe
me duerma.
capítulo
Me gustaba ir a Príncipe Real los domingos a causa de los sombreros, capelinas, chisteras con cintas de raso que caían espalda abajo, cascos que parecían metálicos y eran de fieltro con penachos azules, en Bico da Areia el armario con espejo cuyo reflejo se deformaba antes que nosotros, que sin ningún dolor examinábamos la rodilla porque la imagen la examinaba y la cubríamos de tintura porque ella la cubría, el armario casi vacío, unos trapos, unos cinturones, unas chaquetas de lana mientras que en casa de mi padre la ropa de mujer ocupaba la cocina, la despensa, se desparramaba en el sofá con desperezo de mangas, doña Helena, apartando las telarañas del olor a perfume, me posaba en el suelo despavorida, Rui
Rui todavía no en esa época, Luciano, Tadeu
pasaba al fondo
me pareció que desnudo
sin un buenos días, un hola, me viene a la memoria un señor con el pelo canoso que encajaba un billete bajo el pie de la lámpara mirando de reojo el teléfono, mi padre
–¿Estás seguro de que tu esposa no lo sabe?
la billetera salía de la chaqueta, dos billetes, tres billetes, mi padre serenándolo cubría el teléfono con la mano
–No lo sabe
el señor Couceiro incómodo quién sabe con qué me cogía de regreso a Anjos, me alzaba un centímetro o dos y doña Helena
Jaime
el señor de pelo canoso, fingiendo estar de visita, elaboraba diente a diente una sonrisa complicada tratando a mi padre de señora, buscando en la mejilla el rímel que le faltaba al payaso, pidiéndonos disculpas por las gotas de los ojos que resbalaban por el nudo de la corbata, el mastín del lazo le restregaba intimidades en las piernas y el señor de pelo canoso que parecía mendigar crean en mí, si no es mucho pedir hagan como que creen en mí
–Nunca me había cruzado con este animal en mi vida
en Bico da Areia, en diciembre, la lluvia se lamentaba de aquella forma en los cristales, veía las nubes llegar una a una empujadas desde el este sobre la cresta de la sierra, nubes con miedo a las compañeras, a los amigos, a las esposas
–Si no es mucho pedir hagan como que creen en mí
me acercaba a la ventana y el mar junto a las casas, cuando las olas se retiraban un caballo ahogado en la playa y un albatros que nos vigilaba desde arriba, los gitanos anudaron las patas del caballo con una cuerda, ataron la cuerda a la furgoneta y lo arrastraron al viento en dirección al pinar, mi madre se apoyaba en la puerta después de tapar los cristales con una prisa de toallas y el miedo en su cara igualmente, las piernas y los brazos que una cuerda anudaba perdiendo en la tierra las zapatillas, las medias, el caballo sepultado, mi madre sepultada y el invierno que me perseguía en el interior de la casa, si no hubiese sido por el enano de Blancanieves o uno de los muelles del colchón
–Está allí
no me habrían descubierto nunca, los muelles del lado de mi padre donde él arrugaba y alisaba la colcha, examinaba los pliegues de la camisa, creía que una mancha, protestas, alboroto y no una mancha, comprobaba el peinado con las palmas ahuecadas, todo como debe ser, padre, no se preocupe, se estudiaba de perfil en una postura de torero o de friso egipcio y ni barriga siquiera, ¿está satisfecho, padre?
¿está tranquilo?
deje de arrugar y de alisar la colcha, de regres
