Octubre, octubre (Los círculos del tiempo 2)

José Luis Sampedro

Fragmento

cap-2

OCTUBRE, OCTUBRE
En el principio el retorno

Lunes, 2 de octubre 1961

LUIS

¿Om?... ¿Som?...

Si abro los ojos se borrará todo, huirá ese sueño, ¡y es revelador!, ¿shaman?, ¿semám?, tampoco era eso, ¡no dejar escapar mi arcano entrevisto!, asomó ya en otros sueños, se aparecía el mismo lugar pero nunca estalló en las palabras, en ellos quiero decirme algo de mí, del fondo de mi pasado, ¿simán, simún?... ¡Simón, eso era! seguro, Simón, es ... ¿qué?, escrutar mi destino en ese abismo, ahora, ahora, antes de que madame Mercier toque el timbre y ahuyente la visión, ¡ah! «es un perro», ¡eso: «Simón es un perro»!, así clamaba la voz, ¿qué Simón?, ¡cuánto odio gritando la palabra «perro»!, ¿a quién odio así, quién me odia, a quién odia ese otro, el de mi fondo?, no es seguro Simón, pero no abrir los ojos, seguir adormilado, se escabulle, esa palabra clave de mi vida, ¿quién es un perro?, ¡que no se me escape: aferrarle por el caftán y...!, ¿por qué ha de vestir caftán?, ¿dónde ocurrió lo que fuese?, no abrir los ojos, no abrir los ojos...

Voz en el mismo sitio de otras veces, hoy más detallado aquel recinto, cámara funeraria y yo tendido, ¿en una pirámide?, la bóveda con la diosa del cielo, Nut como en el papiro de Tamienu, la voz brotando desde todas las piedras, clamando «¡Simón es un perro!», ese grito envenenado, ¿y qué hacía un ciprés en la caverna?, ¿de dónde un toque de sol en su cúspide?, y aquel rumor de agua, no era Simón pero soy yo quien odia con esa violencia, me estremezco al sentirlo, sabré quién es ese nombre, yo tendido y odiando, inerme en el sarcófago, me retiene su olor a sicomoro, ¿y ese frío vacío en mi entrepierna?, ¡necesito ese nombre!, ya sube otra oleada del abismo, ¡el grito!, ¡la verdad!: ¡Salomón es un perro, sí clamó la voz, «Salomón es un perro»... ¡ya es mío, mi secreto!, ¡estoy seguro!

Repetírmelo, retenerlo, en cuanto abra los ojos escribirlo, con la luz me rodeará la rue Huyghens, la portera, mi trabajo en la agencia, la rutina publicitaria, aferrar el secreto, ¿quién fue Salomón?, ¿a quién odio en mi abismo bajo la gran pirámide?, símbolo, disfraz de un enemigo, ¿acaso Max?, repetiré «Salomón» hasta que mi lengua disuelva esa máscara como una hostia, reventará el absceso, sabré a quién maté, «Salomón es un perro», inolvidable, la cámara con el ciprés, el agua corriendo bajo la oscura Nut, ya no se me escapa: «¡Salomón es un perro!», ya puede venir a despertarme madame Mercier.

Pero ¡si esto es Madrid! ¿estimuló eso el sueño, este retorno a mi origen?, ¿cómo no he olido apenas despierto este otro aire, incluso a ojos cerrados? mi prehistoria infantil, también una pera de la luz colgando sobre la cabecera, y la Purísima, nauseabundo cromo, entonces Corazón Santo Tú Reinarás, Cristo Rey, los mártires de Méjico, el padre Anacleto inculcando su ejemplo, ¡siniestros ejercicios espirituales!, salir a la calle cuanto antes, quizás esté aquí el secreto, he vuelto pero no yo, Luisito murió en el Sena, viscoso río envolviéndome, la caída y el líquido helado, el cuerpo retorcido por la corriente, los sentidos escapándose, Luisito acabado ya cuando se arrojó, destruido por Marga o más bien por Max, la ducha no está precisamente hirviendo, ¿un cuarto de siglo!, todo parece igual, baldosas blancas y negras, anoche no pude ver Madrid, el horario tardío del vuelo especial, pero la autopista muy moderna, qué golpe el corazón al ver la Cibeles, al fin, las Calatravas, el taxi se detuvo, cualquier pensión cerca de Sol, y el mágico sereno tantas veces echado de menos por esos mundos, su nombre nada menos que Teodomiro, del tiempo de los godos, sobre el portal un lamentable rótulo, grotesco, rojo y negro sobre el plástico iluminado, este mundo se me revela en sus signos, un texto en cuatro líneas, «HOSTAL/NUEVA ESPAÑA/COCA-COLA/refresca mejor», repelía y fascinaba, subiendo la escalera pedí a mis dioses que no tuvieran habitación, pero era mi destino, soñoliento viejo despertado por el sereno, «¿español y sin documento nacional de identidad?», «llevo muchos años viviendo fuera», «a ver el pasaporte; está bien», el destino me conducía hacía un cuarto interior, un presagio la puerta y su pasador de seguridad sin ajustar, otro la maleta con su cerradura resistiéndose pero ya no había escape, caí en la cama en un pozo, sueño instantáneo, envolviéndome pese a los burujos de lana en la almohada, uno justo en la carótida donde los comandos aprietan el pulgar para matar, mi cerebro se oscureció en seguida, ¿ignorarán aquí la gomaspuma, sustentación fisiológica, colchón de anuncio con bella durmiente?

¡Qué grito esa lanza de luz repentina!, dardo de sol clavándose en el ajedrez blanquinegro, acudo a él, le ofrezco mi costado, entibia mi sexo, el pijama, le doy mis manos, me crucifico en luz gozosamente, otro signo, resucitaré en mi tierra, mis restos sembrados en ella para renacer, oh Tammuz, rebrotaré del mundo subterráneo, del sueño, y la lanza de oro se ensancha y ensancha, espada, lámina, prisma ya dorando el cuarto, me reinstala en remotos septiembres, soles como racimos de ámbar y miel, se ensancha mi pecho, ya no tengo miedo, desafío a Marga, me pongo en la camisa sus gemelos, con qué sarcasmo los describió Max (¡y aún ignoraba yo que era su hermana!), «dos monedas antiguas que compran al esclavo, con su cadenita, para que vayas esposado», su sonrisa esotérica mirándome desde lo alto con su anacrónica raya al lado y su mechón sobre la frente, mientras hacía ostentación de sus gemelos de siempre, ámbar del Báltico, de su nativa Lituania, leyendas del elektron, lágrimas de Apolo desterrado del Olimpo, Max prefería la leyenda céltica del gigante Ogmios, arrastrando a los hombres con cadenas de ámbar, ah, Max, Max, ¿qué te ocurrió en tu eclipse aquellos años? ¿cómo reapareciste para ser mi enemigo?, para aplastarme, castrarme, pero fue Marga, tu hermana, ¿tu amante?, ¡qué importa ya! ahora a la calle, me resucita mi sol, me espera mi infancia, vibrando en azul y oro.

Sombrío muro gris frente al portal, sus arcos-túneles hacia patios secretos, más caverna que casa, Ministerio de Hacienda recordándome aquella visita a un señor importante, nos tragó la altísima puerta con cabeza de león en la clave del arco, nos perdimos por escaleras y pasillos, rozando legajos apilados contra la pared, tía Chelo tirando de mi manita dolorida, vigilados por ordenanzas mudos, hasta decírsenos que aquel funcionario no estaba, quizás no existía, ¿o no era tía Chelo?

O sí era tía Chelo quien luego me arrastró en dirección Sol, allí al lado, al locutorio de teléfonos en la misma acera, aquel palacete ha desaparecido, hoy aparcamiento lleno de coches, puerta de la cabina doblándose hacia adentro, difícilmente entramos los dos, en la oscuridad me apreté contra el flanco de aquella mujer, quien fuera, mi cara junto a una mano estrujando nerviosa un pañuelito, qué calor, de pronto aquella gota en mi oreja, miré a lo alto, pesadas lágrimas resbalándole, temblorosa su voz, no acertaba a colgar, me vi ante el fin del mundo, reventó mi llanto como un vómito de sangre, mis sollozos ahogándose contra su vientre, mis manecitas aferrando sus nalgas, ¿una trampa la complicada puerta plegable?, salimos al fin, cataclismo: las madres también lloran —¿era, pues, mi madre?—, sacrilegio, pecado nefando como decía el padre Anacleto, ¿qué significaría «nefando»?, y solo ante el fin del mundo porque ella me arrastraba de la mano, sin cogerme en brazos, y aún faltaba lo peor, su voz como un latigazo, «o te callas o te doy un bofetón», precisamente cuando yo hubiera querido defenderla con mi sangre, no, no podía ser mi madre, qué caos, qué desgarramiento, yo arrastrado hacia Sol, ¿de quién aquella carne elástica que abracé en la trampa?, me turba ese recuerdo, Espumosos Herranz y Doña Mariquita estaban enfrente, donde ahora ese Banco Zaragozano, refrescos exquisitos, qué chocolate con picatostes...

Sobrevive la Puerta del Sol, inmóvil cero de las carreteras y sin embargo vorágine, vórtice del latido nacional, todo a parar allí como a un tragadero, vengo con mi recuerdo inmutable, tan intacto en su ayer que no encaja en el ahora, allí los tintineantes tranvías como enormes cascabeles amarillos, borrados por estos autobuses humeantes, el quiosco central para bajar al Metro convertido en dos mediocres fuentes, me falla este retorno, destruye mis tesoros, hasta el anuncio de Domecq es otro anuncio de Domecq, y este fragor automóvil aniquila mi apacible recuerdo, pienso espantado que aquella dulce tarde, polvillo de oro y cielo violeta, aquel jueves con el globo más azul del mundo, aquel triunfo infantil no existió nunca, esto que contemplo es memoria y piedra, eternidad y sueño superpuestos, no hay una Puerta del Sol sino millones, cada cual la suya, incomunicables, y hasta la mía de ayer enemiga de la actual, ¡qué horror!, y hemos de sufrir el tiempo a pie firme, sus dentelladas a nuestras fibras, oírlas quebrarse como hojas en octubre, lágrimas en mis párpados, los del hombre en ocaso que soy yo, andando muerto por esta esquina del planeta, la de Alcalá con Sol, suicidándome de nuevo en el fracaso de mi recuerdo, salvado del Sena para morir aquí.

Mas no todo es fracaso, emergen concordancias, ese programa de música es un bálsamo, increíble supervivencia de lo más frágil, café Universal con aquella orquestina de cinco señoritas, ahí continúan, casi el mismo programa, Molinos de viento, la Alborada gallega de Veiga, quién se acuerda, El Conde de Luxemburgo (tanda de valses), qué ola de emoción y de esperanza, esa palabra «tanda» ya olvidada, sin embargo ahí figura, «a petición de numeroso público», de viejos supongo, señoras pensionistas, de un café con leche para toda la tarde, la que más un suizo, «permítame convidarla, Edeldmira, hoy me toca a mí», recobro del todo la moral junto a esa bombonería intacta La Flor de Lis, contemplo ya sin miedo la gran plaza, la torrecilla de Gobernación, su famosa bola dorada cayendo a las doce, éxtasis de paletos, y el Bar Sol allá enfrente, esquina a Carretas, bendito el dueño que le conservó el rótulo con letras «modernistas» del año treinta, cuando los primeros muebles de tubo de acero en las películas de la Ufa, también la librería de San Martín, pero falta el Café de la Montaña, el de Levante, falta no sé qué, aquel garbo simpático de capital y pueblo, ahora provinciana la plaza y pretenciosa, demasiado automóvil, como exceso de pulseras en nueva rica, falta todo y sobra prisa, ya no hay corros charlando, mentideros de arbitristas y ociosos acechando el paso de la hembra de trapío, las estudiantes del año treinta y cinco con su boina ladeada o con los sombreritos como tricornios venecianos.

¡Aquella densidad vital, aquel limo fecundo en las aceras y en los bares!, ¡cómo cuajaban las noches de verano!, galopaban por tejados y balcones los relámpagos de anuncios luminosos (Tío Pepe, La Asturiana, Carlos Albo), coronaban de fuego la plaza, océano recibiendo gente por los ríos de sus ocho bocacalles, despidiéndola por ellas como un gran corazón urbano, yo me atrevía a asomar por Arenal en mis primeras salidas solo, me adentraba en la vorágine intimidado, me confortaba en la esquina de La Mallorquina con el olor a ensaimada despedido por los respiraderos del sótano, en París me lo recordaba la esquina de Fauchon en la Magdalena, aún podía volver a casa por Mayor, pero decidía rodear la plaza, sus riberas, qué temor voluptuoso, cuánto misterio y maravilla, cuánto pregón, «la pelota mágica», «el ratón y el gato», «el lápiz que escribe mejor que la tinta con borrador y guardapunta», qué vendedores callejeros, los chinos con colbatas a peseta serían espías de Fu-Manchú, los gitanos vendían sortijas o estilográficas robadas, los periquitos verdiazules no echaban a volar porque les hacían tragar perdigones, como a la rana de Bret Harte en el Condado de Calaveras, ¿cómo se podía vivir vendiendo sólo gomas para los paraguas si no se veía usarlas a nadie?, «el cerdo triste», «don Genaro saludando», naipes trucados para juegos de mano, «el Don Nicanor tocando el tambor», me compré uno, embobado ante tanta maravilla había cerrado ya la noche, me volvía el miedo, llegaré a casa tarde, como los hombres perdidos que aborrecía tía Chelo, seré castigado, y ya era oscuro, cambiaban los pregones y las ofertas, de día vendían El Tren Expreso de Campoamor o los «últimos» chistes de Quevedo, de noche El Tenorio picaresco o, por sólo dos reales, nada menos que Todos los secretos de la noche de bodas, más de una vez tuve ya en la mano las dos moneditas de a real, dos «carabelas» de las destinadas a la hucha, sudorosos mis dedos dentro aún del bolsillo, pagaría, cogería el librito y echaría a correr, que vergüenza, con mi pantalón corto, a veces todavía orinaba levantándome la pernera, sin desabrocharme, hasta que me dijeron que eso no era de hombres, al fin nunca me decidí a comprar, la plaza entera me miraba, adivinaba mi deseo, mi febril vacilación detenido frente al vendedor de los terribles libritos, qué pecado, y yo huía, huía...

Me vuelve a retumbar aquel corazón, ¿dónde estaba mi ángel de la guarda?, en torno todo chispas, electricidad luciferina, yo la percibía como gato erizado, engendrada por el frote de pies sobre la acera, el de las ruedas sobre adoquines, las bocinas locas, luces en movimiento, los motores, palpables deseos, piropos al oído de la hembra, rubores, ramalazos de olor a carne con sudor o perfume, todo se me subía a la cabeza con aquel pozo, caldero de brujas bajo el oscuro cielo, inmenso tiovivo en la feria de la vida, girando, mareándome como vino fuerte, mi cuerpo cortaba al andar las invisibles serpentinas del deseo entre unos y otras, hubiera querido también engancharme, pero al fin me apartaba, embocaba por Arenal, como ahora, reprochándome mi cobardía, al día siguiente compraría los famosos secretos, seguía calle adelante hacia la plaza de Fermín Galán, pensando en el castigo si me ganaba por un minuto el octogonal reloj del comedor, había que nivelarlo de vez en cuando, oía por anticipado a la tía Chelo, «no permitiré que tú también te pierdas» (el «también» aludía a mi padre), antes de mandarme al rincón, penitencia purificadora bajo la lamparilla de la Inmaculada, «pide a la Virgen que te conserve siempre la pureza», siempre obsesionada por la pureza, qué sería eso, «mientras más tiempo lo ignores, mejor» me contestó cuando se lo pregunté, ahí mismo en la puerta de San Ginés saliendo de una novena, al menos sobrevive la iglesia, arrodillado en aquel rincón yo paladeaba mi castigo, «soy malo, perderé mi alma, merezco este dolor en mis rodillas», asombrándome al mismo tiempo de lo iguales que eran las florecillas en el empapelado a un palmo de mis ojos, las pintarían con calco, por cierto la pureza era una flor, lo decía mi devocionario, dónde tendría yo esa flor, todas las alusiones apuntaban a la entrepierna, la colita, quería yo y no quería estar seguro, pero no se veía tal flor, sólo el pensar «ahí» era ya pecado mortal...

Mortal fue ella, tía Chelo, el cuarenta y seis, en Cuenca, me lo escribió su amiga doña Ramona, «el último suspiro arrodillada en su balcón», un fallo cardíaco ante la procesión de Semana Santa, «murió como una santa», qué carcajadas las de Max Krevo, «tu piadosa tía reventó como un urogallo cazado en los montes Tatras: estallando de pasión», siempre Max desdeñoso desde su aristocrática ascendencia, grandes duques de Lituania, Lubart hermano de Algirdas el fundador, sangre de los Jaguelones, entonces debí volver a Madrid, estuve a punto cuando las esperanzas en el hundimiento de Franco al acabar la guerra mundial, pero la pobre tía Hélène se quedaría sola, sus tres hijos la dejaban, qué hubiera sido de ella sin mí, sola en su casa de viuda, mi segunda madre, cómo abandonarla, y la vida en Argel, el mar azul sobre las blancas azoteas, la Universidad, pero ella sobre todo, la única que me ha querido de verdad, no me arrepiento, aunque debí volver, acabar mi carrera y volver, me hubiera evitado esta última catástrofe...

¡Aquel ciego, ahora me asalta el recuerdo, en la esquina del teatro Eslava con su armónium, todas las mañanas, sus melenas, su frente de amplia entrada, su chalina, sus ojos blancos hacia lo alto, sus manos con mitones sobre las teclas amarillentas!, su fotografía en Estampa, qué revista por treinta céntimos, las historietas de Pipo y Pipa mejores que el Pinocho, luego leíamos Crónica, o mejor la veíamos, siempre traía dos desnudos, el dibujo de Ribas y la foto de arte de Manassé, a escondidas en el colegio, pero se me hace tarde, aún he de presentarme esta mañana en IDEA Instituto de Estudios Avicológicos, mi medio de vida ahora, providencial viaje de Martín Arango a París, qué hubiera hecho yo después de la catástrofe si no me ofrece este empleo, pero antes ver mi antigua casa, me urge aunque me resisto, siento miedo, cómo se hallará, quién la habitará ahora, ciego voy sin lazarillo…

¡Esa señora, otro signo, caminando ante mí, como si me guiara! tía Hélène rediviva, idénticos andares y figura, su encanto de otoño, su vestido listado en suaves colores, su estilo, me adelantaré a ver su cara, saber que no es un milagro, una aparición ¡lástima, se ha metido en «La Hebe»!, la famosa corsetería, quedo temblando, ¿es que la veo en todas partes?, Hélène, Helena, «resplandor solar», quedó encantada cuando le revelé ese significado de su nombre, en mi primer curso de griego... pero yo aquí parado ante el escaparate de prendas íntimas, y mi casa esperándome, el doctor Calasans en IDEA...

¿Y eso?, ¡qué chafarrinones en lo alto del Teatro Real!, esas mandolinas cruzadas con saxofones entre cintajos de barraca de feria, qué decoración, quién dirige esas obras, qué ministro de la «Nueva España» habrá aprobado esa birria, pero no detenerme, cruzar la plaza, embocar la calle Vergara arriba, ese es el camino, ¿por qué esta angustia?, ando como por las nubes...

Me derrumba en tierra ese chirriar siniestro, desgarradura del aire, puñalada cósmica, ese frenazo casi un accidente, la muerte rozando a la mujer que ni se entera, increíble, ni escucha los insultos del taxista, sigue andando, astral indiferencia, como si fuera invulnerable, quizás por eso su silueta me recuerda a Marga, y también el firme pisar de sus zapatos planos, esa seguridad, la pierna distendiendo a cada paso la falda recta, ¿y va en mi dirección!, sigo a ese traje sastre gris, a ese pelo estirado recogido en un moño, a esa guía sin rostro llevándome a mi barrio, el de Larra, el suicida social, absoluto, numen de estas calles, de este aire, ¿también inconsciente suicida la mujer ante el taxi?

La mujer se desvía de mi ruta a la plaza de Ramales, me da lo mismo, nada importa ya porque he llegado; sí, pero a la nada. A nada, murió mi vieja casa, sepultada bajo esa fachada nueva, de ladrillo agrio, asesino de mis tesoros, la bola de cristal verde al pie del pasamanos de la escalera, los peldaños de baldosín rojo con gastado borde de madera, la tupida tela metálica de la fresquera, la cortina en el pasillo aislando la cocina, el empapelado del comedor, el gran filtro de porcelana sobre su pedestal, la emocionante ventanita del sótano del portero para ver pasar tobillos y piernas... ¿La mató la guerra, la especulación? ¿la reventó una bomba o un sórdido interés?, qué importa, mi destino es la nada, hubo de ser precisamente ella, toda la plaza intacta, ya he muerto hasta en mis piedras, mis maderas, mis cristales.

Alguien invisible parte leña con hacha hacia las calles de Noblejas y Rebeque, sus golpes paletadas sobre ataúd, mi infancia enterrada, ¡un muro, una pared para mi espalda que mis rodillas ceden!, me dejo caer contra una fachada superviviente, dos lágrimas saltan, apenas oigo pasos, rodar coches... Aniquilado, sólo sobrevive mi garganta, donde rompe un sollozo por la muerte de todo.

ÁGUEDA

Y ahora ¡la media soltándose: lo que faltaba! Me hará perder minutos en un portal. Los decisivos, seguro. Ese tirante del liguero nunca agarró bien. Llegaré demasiado tarde. El reino perdido por una herradura. El destino. Ya me ocurrió anteayer; debí preverlo. La catástrofe.

No vuelvo a esa mercería. Se lo dije a la dependienta: «¿No tiene de la otra clase? Ya sabe, con el botón de goma. Pero en rosa, no.»

También es que me las pongo demasiado tirantes. Pero las medias caídas, un asco. De beata.

La dependienta, ¡qué antipática! De esas guapas muy creídas y hablando por la nariz.

¿Por qué se les caerán tanto a las beatas? Sus tacones torcidos, además. Y la puntilla de la combinación asomando. Aquella Elvira. Pero todas el mismo estilo. En serie.

Muy creída esa guapa, no sé por qué. Vulgar. Negra por trabajar en tienda donde sólo entran mujeres. En una camisería se volvía loca. Su ilusión, un estanco; seguro. ¡Qué miraditas lanzaría! Con esos ojos de vaca, salientes... «¡Vaya ojos!», celebrarían ellos, los muy tontos. No, no vuelvo a esa tienda.

¡Si nos vestimos como imbéciles! Nos metemos las cosas por abajo y luego, claro hay que colgarlas desde arriba. Cuánto mejor los pantis, las medias hasta la cintura. Ni cintajos, ni portaligas.

Pero no le gustan. Prohibidos. No son femeninos. No piensa con lógica. Por eso me tiene siempre en vilo. Alerta, a ver por dónde salta. Como ahora: angustiada por llegar a casa.

En plena Gran Vía y ni un taxi. Para colmo, el cruce en rojo, ¿cómo no? El universo contra mí, naturalmente. Y cuando verde, ¿ahí va!, una ambulancia cortando el paso.

«Corro porque quiero, idiota. ¿A usted que le importa?» Don Rafael porfiando. Debí dejarle que me trajera en su coche. «¿Se siente usted mal, niña? Lo que le hase falta es una copita.» Odiosa piedra de su anillo, ese falso rubí. «Bueno, bueno; no me mire usté así, como si me quisiera dar un latigaso. Dejemos hoy el coche; otro día será.» Convencido de que habrá otro día, de que al final caeré.

¡Qué empujón, qué bruto! Quisiera andar agitando un pañuelo con la mano, como los taxis que llevan a una parturienta. Más tranquilas van ellas que yo. Su único problema es soltar el paquete. Tan ufanas, además. Ya les daría yo mi angustia. Verían lo que importa cada segundo. Un día se me romperá el corazón en estas carreras. ¡Ojalá; así acabaría de una vez!

¡Qué hombre más odioso! Aquella única vez que me trajo parecía que esperaba por cortesía a cerrarme la puerta del Volkswagen y era para tratar de verme los muslos al sentarme. Y los rocecitos dentro; sus ojos en mis rodillas; casi nos estrellamos. Una y no más, Santo Tomás. Lo peor, su sonrisa de triunfo bajo el bigotito.

La media parece aguantar. Al haber cedido un poco, ya tira menos. Calor de pleno verano. O será mi sofoco. ¿Seguirá en casa? ¿Se habrá...? Si no es hoy, mañana. Cualquier día. ¿A qué engañarme? No me quiere. Un día llegaré tarde.

¿Me ha querido alguna vez? Antes, por lo menos, se dejaba querer; saboreaba los mimos. ¡Cómo me los agradecían sus ojos! Por algo se vendría a vivir conmigo. También por el gusto de conquistarme, claro. Un triunfo. Como los misioneros: convertirme. Despertarme una vocación tardía. No para el cielo; para la cama. Se ha empeñado y ¿por qué no? ¿Qué más me da? Cualquier cosa para conservar lo que tengo. Pero ¿lo tengo? Pues si no, razón de más.

«La diosa impasible», me llama don Rafael arrastrando las eses. Comiéndose las letras y aspirando: «Uhté eh de mármo, niña». Odioso pero ¡si me hubiese traído en el Volkswagen! Porque el mármol, ahora, gelatina. Manojo de nervios. Angustia al rojo vivo.

Quiere hacerme un favor: abrirme los ojos. Despabilarme. Y tiene razón. O, más bien, quería; ahora a ratos se aburre. Lo veo venir: Volveré a quedarme sola; se me abren las carnes. Para una vez que encuentro algo. Amor o lo que sea, da lo mismo. Intimidad con alguien, compromiso, emoción. Distinto del manual de urbanidad. Estoy decidida. Lo que se le antoje. Seré su alfombra, sus zapatos, su toalla de baño. Romperé mi cárcel vitalicia, la que me inhibe siempre.

La dependienta, ni piensa en tales cosas. «Anda, vamos» y allá va. No, me engaño; esto no es Londres. Ésa tendrá el problema de aquí; el qué dirán, el pecado, el cura que confiesa... Pero todo eso tiene fácil solución. Son trabas externas; no por dentro. Su problema es pescar a cualquiera: el primero que se deje llevar ante el cura.

Es lo que me pierde: querer ser sus zapatos, estar siempre a sus pies. Pero ¿si no conozco otra manera! «La diosa impasible»... ¡sí, sí! Una esclava y nada más. Y empalago, claro. Aburro. Debería empuñar yo el látigo, como Gerta. Sacar las uñas; seguro que la Ojos-de-Vaca se las saca al marido en cuanto los bendigan. Me limaron las garras de niña. «Es sencillo, mujer: tira y afloja», reía Gerta, «hoy de miel, mañana de hiel... y luego siempre de hiel. Les gusta». La miel, hasta que caigan, nada más. The carrot and the stick, you know. ¡Qué fácil el consejo! Sobre todo llamándose Gerta, Gertrudis, la «doncella con lanza» en viejo teutón; ella lo repetía. Presumía de nombre. Fácil pero ¿cómo se aplica? ¡Que me enseñen!

He de volver a ese escaparate. Hay cosas que le gustarían. Esquina a la Costanilla. Ese baby-doll amarillo pálido entre oro y marfil. Un «picardías», lo llaman. ¡Qué idiotez! Le encantan esas cosas; realzan mucho, dice. Habré de verlo sin prisa. ¡Qué gusto, la cuesta abajo! ¡Dios mío, ya están cerrando la papelería: no llego!

¿Por qué no me habrán enseñado lo más importante? ¿A qué llaman educar, si no preparan para vivir? Literatura, ciencias, urbanidad, tonterías. Latín y todo lo muerto. Lo vital, con decir que es feo, que no se hace, que es pecado, ya está. A hablar de otra cosa. Como si no lo hiciera nadie.

Ya han estrenado la película en el Real Cinema. «Iremos», dijo cuando vimos el anuncio. Claro; morbosa. Entre cruda y sentimental. «De las que arriman», para usar su frase. Y aquí cerca de casa; servida a domicilio.

En la vida, todo conspira para excitarnos; en los libros se simula creer en la moral. Estoy harta. Pero ya es tarde para sacar las uñas. No me lo iba a consentir; con eso le daría el pretexto para dejarme. ¡Qué tristeza, tener que sujetar el amor! O el cariño, deseo, lo que sea. Si me abandona ¡qué va a ser de mí! No debí salir esta mañana pero ¡cómo faltar a la Academia a principio de curso!

Maldita relojería: es tardísimo. Con lo que le gusta su aperitivo sin prisas y comer pronto. Luego, echarse, con toda la tarde por delante. Sabe vivir. ¡Por fin, el último semáforo! ¿Y se pone a cambiar ahora? ¡Ni pensarlo! ¡Que se esperen los autos!

¿Qué pasa; se ha roto algo? El mundo, por lo visto. Bueno, no es para tanto; no me han atropellado. Ni siquiera se me ha soltado la media al saltar. ¡Qué alboroto! Que me insulte lo que quiera. Pues no haber frenado, hombre, ¿qué le importo yo? ¿Que vivo de milagro? ¡No diga tonterías! Vivir no es un milagro; es un error. Si me atropella, en paz. ¡Esquina de Vergara, todavía!

¿Será un presagio ese amago de accidente? ¿Debo irme preparando a lo peor? ¡Qué ahogo! Se enfadará y con razón. Esta cuesta, más empinada que nunca. No mire, señor Urbano, que no estoy para usted. Hoy no compro huevos, aunque sólo queda uno en casa; perdería minutos. Sí, buenos días. ¡Qué afán por retenerme!

¿Por qué mi corazón encadenado a Noblejas, 17? Un cordón umbilical elástico atrayendo hacia el estudio mis piernas, metidas en el nylon y los zapatos, matándose por correr, por llegar antes de que...

Hoy no, por Dios; hoy no. Que no me haya dejado. Hasta mañana, por lo menos: dame una oportunidad. Estoy loca. Vaya, Tere en el portal. Le preguntaré; saldré de dudas. ¿Para qué, para dar aquí el espectáculo? Nada de preguntarle. ¡Gracias a Dios; dice que llegó hace un momentito! Eso es que regresó hace mucho; Tere miente para calmarme. Lo sabe todo.

Estas escaleras me matan. Y la condenada llave. Está viva, se escurre por todo el bolso, juega al escondite con mis dedos. ¡Mira que si la he perdido y he de llamar! Le revienta levantarse para abrir; pondrá morros. Sería el completo. ¡Por fin!

Abro. La veo. Con mis propios ojos. Mi tormento, mi delirio. Gloria. Gloria Brunet de Lorca. Recostada. Odalisca; cuando lo pienso, aún lo comprendo menos todo. Tampoco ella a mí, pero se trata de vivir; no de comprender. Ella vive tumbada. ¡Qué bien le sienta! Todo resalta en su cuerpo hecho para yacer. De pie resulta menos. Al revés que yo: valgo poco acostada.

¡Si supieran en la Residencia, donde se excusaron tanto por meter a otra chica en mi cuarto! Una antigua alumna venía a leer su tesina, sólo estaría unos días... La esperé con recelo ¡cómo iba a suponer!... Invadió mi habitación desde el primer momento. Abrió la maleta y saltaron sus ropas como seres vivos.

¿Qué piensa, mientras me quito la chaqueta? Nunca sé lo que piensa; vivo en vilo. Me justifico: principio de curso, organizar mi clase, muchos preguntones al final... Me tiembla la voz como a una culpable. Le quita importancia, melosamente. Me asusta esa suavidad: el peor síntoma. ¿Proyecta ya dejarme? Con ese nudo en mi garganta, ¿cómo hablar frívolamente? Lo intento: «Te preparo una copita, mientras te vistes y salimos a comer.» Me interrumpe y me quedo de piedra, con la botella en la mano: No le apetece salir.

Cuando llegó, su maleta de prestidigitador; un aprendiz de brujo inundando de colores el cuarto. Una combinación azul se tendió en mi cama. Una blusa amarilla se instaló en la butaca. Los maquillajes llenaron la repisa. Sólo faltaban las palomas que siempre brotan de la chistera mágica. Las flores de papel. Yo, fascinada ante aquella exuberancia vital. Descubriendo por primera vez el abismo de mi soledad.

Apetecer: palabra clave para ella. Le apetece o no algo: ésa es su ética, su tabla de valores. Tiemblo: ahora haría de mí lo que quisiera. «¿No vas a comer?» Lo que quisiera; ¿por qué no darle gusto? ¿Hacemos por fin el amor como dos buenas lesbianas? ¡Aprovéchate, Gloria: éste es mi cuarto de hora! A lo mejor a mí también me gusta... Pero ¿qué oigo? ¿Que no se encuentra bien...? ¡Cierto, debí fijarme antes en sus ojeras! Mi obsesión me cegaba. Ahora comprendo. ¡Qué alivio!

A las demás les cayó antipática. Que si parecía boba, que no tenía conversación... ¿Y para qué? Su fuerza consiste en ser, estar. Decía Luisa María que la tesina era una birria. Puede, pero al Tribunal se le caía la baba. ¿Cómo iba a comprenderlo Luisa María, que iba a misa con su novio formal de Navales, devocionario en mano cada uno?

Calculo sus fechas, ¡claro que es eso! Pregunto y me lo confirma cerrando y abriendo lánguidamente los ojos. Disimulo: si percibe mi júbilo me lo hará pagar después. Abandono ya la guardia; soy la feliz esclava. «Baja tú a comer a Casa Eugenio; yo me quedo.» ¡Por nada del mundo! Calentaré aquí algo; cuidarla es mi triunfo. Ya no me abandonará en tres días, le resultaría demasiado incómodo.

Aparecieron las palomas, y ¡qué palomas! Remacharon mis cadenas. Fue cuando, al regreso del comedor, bajamos las persianas contra el fuego de junio. La penumbra nos sumergió en una claridad submarina. Océano de intimidad. Se levantó la blusa y me volvió la espalda. Suplicó imperiosamente, con su tiránico mimo, inolvidable: «Ayúdame, ¿quieres?» Desabroché su sostén, tiró luego de una hombrera por la manga...

¡Tres días seguros, tres días! Y yo temiendo que ese hombre, el que hablaba ayer con Tere en el portal... ¿Qué preguntaba a Tere, por qué retrocedió tan de golpe para dejarme pasar? Como si me reconociera o supiera de mí. Y me miró —seguro— mientras yo me alejaba, pero no como todos... El miedo me hace ver visiones. No puedo seguir así.

...tiró luego de la otra hombrera y entonces pudo quitase el sostén sacándolo por el escote, conservando la blusa. Lo lanzó sobre la silla y cayó despacio, como un paracaídas de juguete. El gesto se me hizo tan chocante (¿y por qué?) que quise justificarla: «Hace calor, ¿verdad?» Desdeñó la excusa tranquilamente: «Me gusta sentirlas sueltas.» En femenino, porque ella dice siempre «las tetas». Todavía me choca oírla.

Mientras me pongo la bata comenta meliflua desde la cama: «Estás más delgada.» No suele inquietarse por mí; me conmuevo. ¿Será que no piensa dejarme? ¿Estaré preocupándome en vano? Acabaré neurótica. Y no estoy más delgada; es que no concibe los pechos menudos.

«Me gustan sueltas», proclamó con inocencia, y soy su esclava desde entonces. Las dos palomas de la chistera mágica. Vivas, independientes. Dos bestezuelas jóvenes, dos morritos juguetones. ¡Qué bien he llegado a conocerlas! Hänsel y Gretel, acabé llamándolas, porque eran diferentes. Hänsel más rebelde, más agresiva; siempre tenía que acomodarla con la mano, dentro de la copa del sostén. Y hasta en la forma, ligeramente más picuda, incluso cuando estaba tranquila. Gretel, la izquierda, una loma redonda, se instalaba sola en su nido, apaciblemente.

Para ella los pechos pequeños son imposibles, sin más, en una mujer. No puede representárselos ni aun teniéndolos ante los ojos. Siempre la sorprenden los míos. ¡Me ha herido tantas veces su mirada de asombro, incidiendo en cruel silencio sobre mi obsesión antigua! Ese «estás más delgada...». ¿Tendrá remordimientos? Soy tonta: Gloria es tan incapaz de remordimientos como una pantera.

Alzó los brazos y ambas se irguieron, levantando la blusa. Se tumbó en la cama y se fueron con ella, se recostaron sobre el cuerpo boca arriba, un poco a cada lado una y otra, como en la Maja de Goya. Santa Águeda mutilada se rindió ante aquel doble prodigio. Orbes, imanes, cumbres. Ella, Gran Hembra Reina; obrera yo, sin atributos, larva de termita.

¡Olvidé mi media casi suelta! Me meto en el baño a sujetármela y me siento grotesca. Ese ocultarme no puede ser pudor a estas alturas, sino un tabú remoto... Cuánto le cuesta al butano encenderse. Debe quedar poco; luego veré. ¿Dónde está el huevo? «Me apeteció una yema y, como tardabas, la tomé con jerez... Lo siento por ti. Dame cualquier cosa, no tengo hambre.» Su voz la delata: tiene un hambre canina. Saldré a buscar algo.

Aquella primera tarde dio media vuelta hacia mi lado. «Voy a dormir un poco», dijo. Se sentó en la cama, se quitó la blusa y quedó en combinación. Se tumbó nuevamente de lado, frente a mí. Hänsel pesando sobre Gretel. Tampoco eran rebosantes: lo justo para fascinarme. Me acosté con ella y simulé dormir también. Cuando percibí en su respiración el sueño, abrí los ojos y me puse a contemplarlas en la penumbra verdosa. Subían y bajaban levemente en la alfombrilla entre ambas camas y acerqué la cara. Sin tocarlas, me llegaba su olor, su tibieza, su aliento vital... Se me saltaron las lágrimas, mientras oprimía mi propio pecho.

Vuelvo a vestirme, feliz al servirla. Se saldrá así con la suya el señor Urbano; le daré conversación. De paso subiré lomo embuchado. Y melocotones: le encantan; seguro que por morderlos. ¡Cómo les hinca el diente, qué asunto para un Greuze! «La niña del melocotón.» Sus labios junto al terciopelo vegetal y, en un destello, el relámpago blanco de sus dientes... ¿Qué otra cosa podrá apetecerle? Delicia: jugar así a las comiditas.

Desde aquella tarde, esclava de sus dos palomas. A veces juegan de buen humor, ligeras; otras, pesan exigentes. En la Edad Media me declararían hechizada. Allí aún no me atrevía, pero en cuanto alquilamos el estudio, ¡qué días de adoración callada! Mis imágenes santas, mis iconos. Si algún día nos mudamos, acariciaré estas paredes como Greta Garbo el cuarto de la posada en Cristina de Suecia. También sin pechos. Greta, bajo su traje masculino.

Hasta el señor Urbano me resulta agradable. A él se le ha ocurrido añadir el quesito de importación espolvoreado de comino; a Gloria le encantará. Y ¡qué tibio el sol, qué alegría pone en la calle de otoño! ¡Esos chopos dorados en el talud de Bailén! Aún apetece ir a la piscina, pensando además en la carne de gallina al salir del agua. Ya digo «apetece», como ella. ¡Águeda, progresas!

La piscina azul, puntilleos de luz, móviles sombras verdes, colores sobre los cuerpos. Intimidad en la caseta cómplice; su olor húmedo y caliente. Allí me atreví al fin a rozarme con ella. Resultaba natural, hasta inocente. ¡Qué descubrimiento de placer, vestirnos juntas en tan poco espacio! Ejercicio de equilibrio, sosteniéndonos mutuamente, suave rebote desde la pared al otro cuerpo. Largas caricias no buscadas. Sus pechos elásticos: los tocaba mi brazo sin sentirme culpable. Mis tiranos, mi obsesión. ¡Qué nudo de felicidad en la garganta!

El portal: ¿Quién sería ese hombre? ¿Qué más da? Si no es él, será otro. U otra, mientras yo... Gloria no renuncia a su placer. Tampoco lo busca: lo coge. Sin esfuerzo, sin agresividad. Su absoluto poder es pasivo. No es rayo, sino selva y sus lianas. Medusa. Dionaea, la planta carnívora. Quiere sexo, pues habrá que dárselo. ¿O voy a estar toda la vida deteniéndome ante esa puerta? ¿por qué, en aras de qué? ¿Si ya sólo me faltaba hacerlo!

Repetir con coraje esa palabra: Sexo. Moldeo mis labios sobre ella. La oigo explotar, una vez y otra, partida por esa X que la corta y la multiplica, como en la división celular. Esa X estrangula el sonido: primero casi lo mata con una afilada K, para devolverle la vida dejándolo susurrar por la pendiente voluptuosa de la S. Repito, repito escalera arriba: SEK-SO.

QUARTEL DE PALACIO

Chillaron las ruedas y el mundo quedó en vilo.

¡Antes todo tan sereno! La plaza de Isabel II, un estanque de paz. Sólo aquella mujer cruzaba corriendo, sin mirar, cuando cayó la guillotina. Aullido de rata gigante, pavoroso frenazo rasgando el aire. Los neumáticos se crisparon sobre su doble huella caliente y negra, como raíles de muerte. El taxi logró parar justo ante la mujer apresurada, y la guadaña no acabó de caer. Pero su presencia congeló la vida, flores en la bola cristalina de un pisapapeles, petrificando transeúntes y cuerpos en ventanas como cuando se para una película: el lotero de la Escalinata, el mancebo de la botica dejando el toldo a medio bajar, la cerillera de El Túnel, el guardacoches tartamudo, el portero de Baños Oriente, el rapaz recién llegado de Becerreá para la taberna El Pulpo, el municipal de las multas, el florista de El Jacinto de Oro, la taquillera del Real Cinema, el mecánico del garaje Carlos III, la mecanógrafa de Venus Films, las dos señoras volviendo de San Ginés, el repartidor de La Julita, el encargado de la gasolinera, las estudiantillas de inglés en Berlitz, el camarero de Siboney, el jubilado pífano de Alabarderos, el cajista de la imprenta Solano, el fraile servita de San Nicolás, el pipero de la esquina de la Priora, y así hasta medio centenar, cuya identificación no podemos completar (sesenta y dos, según la observación nunca fallida de la portera del 12). Sin olvidar las palomas, haciéndose eco del espanto en aletazos de perla y plomo. Más los insectos camuflándose entre hojas, fingiéndose muertos, refugiándose en grietas y agujeros. Y el mundo vegetal —sensitivo como ha probado ya la ciencia— estremeciéndose ante aquella desgarradura del cosmos, aquel triple diamante dando un tajo divisorio al cristal continuo del mundo.

Sólo un indiferente al pasmo: el hombre aparecido en el banco donde un segundo antes no había nadie. ¿Se infiltró desde otro espacio aprovechando el corte de la película, la rotura del tiempo? ¿O acaso estaba ya antes, invisible? De todos modos, allí se le vio cuando el llanto de un niño rompió el encanto y se reanudó el torrente de la vida. Las gentes se movieron, comentaron, se encogieron de hombros o se santiguaron (el servita y las señoras de San Ginés). Blasfemó el taxista, insultando rabioso a la mujer que se alejaba, toda indiferente al rasponazo de su propia muerte. En su habitual velador del café La Ópera, don Pablo dejó la estilográfica sobre las cuartillas y miró su reloj de bolsillo. Eran exactamente las once y treinta y nueve minutos de la mañana —hora oficial— del dos de octubre; cuando el hemisferio norte empieza a enfriarse y van cayendo las hojas a pudrirse en los senderos. Aunque es también por San Miguel cuando se contratan los pastores para un nuevo año y cuando, tras la apoteosis báquica de la vendimia, las rejas de arar violan a la tierra para su fecundación por la semilla.

—Si no frena a tiempo, la mata —sentencia Rogelio, trayendo a don Pablo su habitual café con media tostada.

«Si no frena a tiempo —repiensa don Pablo—..., si el freno falla... si la mujer anda torpe... De eso depende la muerte o la vida. ¿Azar o determinación? ¿Es verdad que ni una mariposa muere sin ordenarlo así la Providencia o acaso se pierde Waterloo por un error de Grouchy? Pero el error puede ser visto como providencial. Entonces, ¿azar determinado, necesidad casual? Así ruedan los hombres y las estrellas.»

Como aquel fuego, por ejemplo: don Pablo está describiendo en su artículo para un semanario el que devoró media Plaza Mayor entre el 16 y el 26 de agosto de 1790. ¿Brotó de un candil mal apagado en el rincón de Mesón de Paños o —como se dijo entonces— lo provocó un envidioso de la fortuna acumulada por el pañero don Esteban de la Torre? El caso es que las llamas no se rindieron ni ante el Santísimo Sacramento, solemnemente expuesto ante ellas; lo que apoya la hipótesis de la venganza, al tratarse por fuerza de llamas infernalmente irrespetuosas.

Don Pablo ironiza a base de ese histórico detalle, para irritar a los censores y a la pía clientela del periódico, mientras se burla de sí mismo, pobre hombre reducido a tan pueril pataleta en el país dictatorial que le frustró su vida de profesor y de hombre político republicano. «Sólo me atrevo a esto. Somos cobardes ante el poder.» Evoca por contraste a Villamediana, mandando secretamente encender una humeante pajaza en el teatro del Buen Retiro cuando, en calderoniana nube de barroca maquinaria, su amada reina doña Isabel descendía de lo alto ante el rey y la corte. Alarma general, serenidad del conde, su pecho saltando con la cruz de Santiago para coger a la reina y ponerla a salvo, abrazándola contra su corazón en las mismas narices del real esposo, sus calzas verdes resistiendo la desaforada erección. ¡Qué fuego ella en su Don Juan, qué hoguera él en torno al cuerpo deseado, qué abrazo supremo en sacrílego escarnio al marido de derecho divino! Pasado el susto —quién sería el bromista— el gran Filipo, dueño de dos mundos, agradeciendo el riesgo a su vasallo, disimulando éste su excitada fisiología al doblarse en rendida reverencia, más aguanosos los ojos de la Sacra y Católica Majestad, pálido su rostro junto al arrebolado de la reina y el aún más encendido del enamorado conde... Pero ese fue otro incendio (se saldó, tiempo adelante, con alevosa puñalada) y don Pablo vuelve a su artículo sobre la Plaza Mayor.

Escribe con letra cada día más grande, a medida que lentísimamente van cuajando sus cataratas: la del ojo derecho estará operable para el verano. Pero al fin se extingue en sus cuartillas el incendio de la Plaza. Don Pablo pone el capuchón a la pluma, la guarda, paga, se levanta. «¿Qué? ¿Ya echamos el cierre a la tienda?» «Eso es, Rogelio; hasta mañana.»

Desde la puerta, un mundo reducido a manchas coloreadas. Gris y marrón abajo, verdes horizontales y otros erguidos, un fondo de blanco y ocre, sospecha de azul en lo alto. Don Pablo interpreta: asfalto y tierra, evónimos y árboles, casas, cielo. Evita las ruidosas sombras fugitivas al cruzar la calzada hacia el jardín central. De poco le sirve ya ese invento de dos cristales montados en bicicleta. Gafas, dicen ahora; lentes, prefiere él; anteojos, los llamaba su padre. «Saulito, ¿has visto por ahí mis anteojos?» Más de medio siglo que nadie le llama Saulo, nombre heredado de aquel bisabuelo que murmuraban fue negrero. Nadie viviente sabe que así le bautizaron. ¡Saulito! La nostalgia inclina al llanto, pero hace tiempo que don Pablo no llora. Aunque no es imposible que haya maneras del llorar sin lágrimas.

De esa como niebla emerge el quiosco de periódicos. Centro del mundo de don Pablo, Omphalos de su Delfos, en el templo de Apolo. Modera el paso para saborear ese acercamiento y se sienta en el banco donde está aquel hombre. ¡Cómo ha cambiado ese quiosco a lo largo del tiempo! Hasta hace años aún era de estilo rústico, imitando una cabaña de troncos en un jardín romántico; ahora es «funcional». ¿Lo montaron el veintiuno o el veintidós? Un invierno, poco antes de la otra Dictadura. ¡Qué ufana Beatriz al estrenarlo, ofreciendo «su casa» a sus amigos! Antes vendía en la esquina de la Escalinata, sentada en un cajón, con los pies sobre una tabla, junto a la lata con ascuas, a modo de brasero. El mantoncillo liado a la cabeza fingía virginal su cara pícara o, acaso, pícara su cara virginal. Pese a las gordas medias negras, unos tobillos delicados: primera revelación, para Pablo, de la escondida finura que después gozó en Beatriz. Para conseguir la licencia municipal hubo de irse a la cama con aquel parroquiano concejal, lo que no le pareció caro ni desacostumbrado: era mujer baqueteada por la vida. Poco pudo disfrutar el quiosco, pero lo dejó como refugio y templete de su María que, en los últimos tiempos de la venta junto a la Escalinata, había aparecido —todavía lactante— metida en otro cajón a modo de cuna.

María. Irrumpe de pronto en la memoria de don Pablo el Allegro inicial del mozartiano quinteto en sol menor (Köchel 516). la misma tonalidad cuyo melancólico fatalismo reservó el músico para contadas ocasiones: el «Ach, ich fuhl’s» de Pamina en La Flauta Mágica, por ejemplo, y dos sinfonías, la de juventud y la penúltima. ¡Ese quinteto, ese Allegro! En el compás treinta gime esa sexta invocante, luego desmayada; se repite después y, al no tener respuesta, clama en una novena aún más patética y vuelve a caer. Todo en cuatro compases, el «Eli, Eli» más penetrante de toda la música europea: «Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado?»

Don Pablo se expresa silbando. Algunos transeúntes sonríen al pasar; don Pablo se ríe interiormente de los burlones. En cambio, cosa extraña, el compañero de banco escucha muy atento. Su perfil aguileño, su largo cuello de saliente nuez, recuerdan a don Pablo la silueta del General Queipo de Llano, aunque sin bigotes. ¿Por qué intranquiliza esa figura, sobre todo el huesudo vigor de sus manos? ¿Por qué resulta extraordinario el hecho de que saque un pañuelo rojo del bolsillo? Se diría un gesto convenido, una ceremonia de identificación. Don Pablo se siente incómodo, se levanta y se acerca al quiosco.

—Eso es de Mozart, ¿no? —sonríe María, siempre irradiando paz con su mirar transparente.

Don Pablo tarda un momento en asombrarse: esa muchacha, a la que conoce desde niña, le sorprende ahora cada día.

—¡Mozart, entero y verdadero! ¿Dónde lo has oído?

—En casa de la marquesa. En disco.

Ah, la marquesa. Uno de los pocos sombreritos que hoy se ven; unos rizos blancos escapándose; ojos azules, cuerpo frágil; andar distinguido; manos que fueron muy bellas y donde las venas son aún vetas azules más que cordones abultados. Extraña amistad de María. Pero ¿por qué extraña? María es como Fray Luis: todo lo convierte en natural y sencillo, desde las fantasías a los milagros. A su lado hasta el extraño hombre del banco se hace consuetudinario, e incluso ese gato negro ronroneando junto a él, sin duda uno de los muchos que viven casi salvajes en la Plaza de Oriente, pero de una negrura deslumbrante. El hombre ha encendido una pipa que exhala un aroma dulzarrón y exótico, pero eso tampoco afecta a María que, a esta hora de parroquianos sin prisa —tan distinta de la matutina aspiración y espiración de trabajadores por la boca del Metro—, charla con el niño comprador de un Capitán Trueno y con la mujer en busca de revista con bodas principescas y escándalos de artistas, capaces de introducir algo apasionante en su doméstica desolación. Don Pablo entretanto saluda a doña Flora y admira una vez más sus andares; madura gracia, levísimo quiebro de los tobillos al taconear.

¡Si don Pablo supiera! Porque no solamente los tobillos: todo el cuerpo le tiembla a la mujer al recibir la mirada taladrante del fumador. ¿Sus corazonadas! Una angustia la oprime en ese instante, un miedo no sentido ante ningún hombre. Por eso devuelve el saludo a don Pablo, pero se aleja sin comprar su semanario habitual.

¡A buenas horas va a empezar a asustarse de un mirar de hombre! Porque miradas, las ha conocido todas, especialmente las devoradoras. Aun ahora, ya entrada en la cincuentena, doña Flora se siente alguna vez desnudada por el ojo del macho que sopesa sus senos, ciñe sus caderas, se enreda en los rizos del pubis, se insinúa como un dedo en el sexo antes de resbalar muslos abajo. Pero es que esta otra mirada calaba en el corazón o donde se encuentre nuestro abismo interior. Doña Flora se sintió identificada, clasificada, marcada a fuego. «Tonterías», se repite al alejarse; pero su mano, independiente y por su cuenta, hace la cuerna contra el mal de ojo.

—No sé de dónde saca doña Flora esas telas listadas tan bonitas —comenta María.

—Pero ¿a ti te preocupan las telas, niña?

Lo dice mirando la blusita camisera de siempre, imaginando tras el mostrador la falda consabida y los zapatitos, que al avanzar el otoño cambiará por zapatillas gruesas al llegar al quiosco.

—No me llame usted «niña», por favor. Y me gustan las telas, sí señor. Como a todas las mujeres.

—No te enfades. Llámame tú «viejo» y estamos en paz.

—Usted no es viejo. No diga bobadas.

Cierto: no es un viejo. Todavía es un hombre viejo: algo muy diferente. Pero, ¿cómo discutir con María? Su fragilidad es invulnerable. Desde aquel su cajón-cuna en la esquina de Escalinata ha atravesado la agitada historia de la plaza sin recibir la menor salpicadura. Ha superado el desastre final de su madre, la orfandad y la miseria, los alborotos y los tres cambios de régimen, el derribo de la estatua de Isabel II, la guerra civil con los obuses y el hambre, la reposición de la estatua, la carcoma del tiempo. En medio de las mutaciones, los clamores, las banderas izándose y cayendo, la revolución, la metralla, las modas, los clientes que no vuelven nunca más y los nuevos arribantes, María intacta, isla de serenidad, fina y poderosa, alma de ese quiosco centro del universo. Don Pablo está descubriendo esa fuerza. ¡Ahora, como si no debiese a María la salvación de su propia casa, defendida por la muchacha durante la Guerra Civil contra ocupantes militares y evacuados, mientras él estaba en Santander! Hay cegueras que no son de cataratas.

María sale del quiosco para conversar con don Pablo y lanza una mirada de simple curiosidad hacia el hombre sentado en el banco. ¡Ojalá no lo hubiera hecho, porque también ella, como antes doña Flora, se siente traspasada hasta el fondo! Los ojos del hombre, desollando su corazón, remueven dolorosamente la espina que ella decidió enterrar veinte años atrás, en 1939, cuando el retorno de don Pablo a su casa y los primeros meses siguientes sólo le trajeron a María la más espantosa frustración. Esa espina que María quiere ignorar, no vivir, pero que está ahí, amenazando siempre. Así ahora, contemplando con otros ojos a don Pablo: su gabán con cuello de terciopelo, las arrugas que entonces no tenía, los labios finos, imprecisamente dibujados. «Ése es mi verdugo y mi consuelo», piensa María mientras don Pablo sólo percibe serenidad en el rostro de la mujer. Sigue charlando todavía un rato, hasta que al fin se aleja hacia Ramales, pasando ante la puerta de su casa, en la calle de Vergara, distrito de Palacio.

Quartel de Palacio, como se decía en el siglo XVIII. Ese barrio sobre el solar del primer Madrid amurallado, sucesor del Magerit musulmán, entre la Puerta de la Vega al oeste y la de Guadalajara al este, la de Moros al sur y la de Balnadú al norte: justamente donde ahora está el quiosco. Don Pablo pasa junto a Feli, la ciega, vendedora de cupones en su esquina de la iglesia de Santiago, y continúa hacia la taberna La Cruzada, a reunirse con los habituales del aperitivo.

Feli, en ese momento, está encantada ante una verdadera voz de hombre, de las que casi nunca se le acercan. Joven, viril, tajante, con un fuerte acento andaluz que pone en la ceguera una blanca pared con geranios. ¿Por qué este mozo bravío, no muy alto —Feli lo nota al situar la voz—, viene a darle palique algunas veces desde hace un mes? La vieja lo ignora. Sólo sabe que esa nueva alegría se llama Paco. «Curro, en mi tierra, pero aquí no.»

—Mis parroquianos creen que me llamo Felisa. ¡Mira tú si les digo que mi nombre es Felicidad! ¡Para tumbarse de risa!

Y ríe, en efecto; no hay en todo el barrio humor más alegre. Después de todo -explica— no se puede quejar. No fue ciega siempre, ¡qué va!, y tuvo su hombre, un marido cabal. Luego se quedó sola, pero tiene salud...

En ese momento percibe algo en la voz del mozo. No puede ver la causa: por la esquina ha aparecido Jimena, que se ruboriza al reconocer a Paco y lamenta ir ahora cargada con algo tan tosco como una silla mal envuelta en periódicos. Iba a comprar cupones y no puede ya desviarse. Pregunta a Feli si interrumpe.

—¡Qué va! Es un buen amigo. Mira, la semana pasada me regaló un clavel. Yo me lo puse —ríe— ¿por qué no? Otros lo ven; yo lo huelo y lo disfruto.

Caerá bien un clavel —piensa Jimena— en ese limpio pelo blanco, sobre la cara simpática. Como si lo adivinase, Paco exclama:

—Estaba usted guapa, Feli.

Penetra en Jimena esa voz, hasta ahora sólo oída a distancia, cuando Paco hablaba con Tere o con Mateo en la calle. Voz para el canto y el reto, para dar órdenes y soltar verdades.

—¿Cuántos se lleva usted hoy, señorita?

Al salir Jimena a por la silla su madre quedaba en casa hablando misteriosamente a doña Flora. Seguramente para un préstamo, hasta que tengan un huésped, pues al fin ha consentido en ello don Ramiro. Y puesto que su madre está en apuros, Jimena quiere tentar la suerte.

—Una tira completa, Feli.

—Vaya, estás rica. Me quedan dos, ¿cuál quieres? Difícil elección. ¡Desea tanto dar a su madre una buena sorpresa!

—La que acaba en cero —decreta la voz masculina. Jimena duda, aunque desea obedecer. La ciega insiste:

—Llévatela. Seguro que este mozo tiene suerte.

—Hoy la tengo.

Jimena paga y se dispone a levantar su carga, pero el hombre ya la ha cogido y echa a andar, pese a las negativas de Jimena.

—Llevar esto no le pertenece a una señorita como usté. Además —sonríe— vivo en su misma casa, en el almacén. Ayudo al Mateo. Usté ya lo sabe, ¿verdad?

—Sí —ha de confesar ante esos ojos—. Ya le había visto.

Pero no dice cómo ni cuántas veces, oculta tras los visillos de su balcón. Plantado en mitad de la calle, descargando mercancía desde las furgonetas al almacén por la puerta de atrás, partiendo cajones con un hacha para la señora Lorenza. Haciéndolo todo como no lo hace nadie, piensa Jimena.

Al llegar al portal de Noblejas 17, el mozo deja la silla en el suelo.

—Mejor no subo, ¿verdad? —Y el tono establece una complicidad—. Me llamo Paco.

—Sí, muchas gracias —le tiende la mano—. Yo soy Jimena.

—Lo sabía —muestra su mano manchada, en muda disculpa, pero Jimena mantiene tendida la suya y ambas se encuentran—. Hasta más ver.

Jimena corre escaleras arriba, sintiéndose seguida —la cintura, las nalgas, las piernas— por la mirada del hombre. Entra impetuosa en su casa, suelta la silla y, dejando a su madre con la palabra en la boca, corre a su cuarto a mirarse en el espejo. ¡Qué arrebatado su corazón! Pero sólo un rosa vivo en sus mejillas. Se indigna consigo misma: «¡Qué tonta! ¡Ya no soy una cría!» Y piensa una vez más en ponerse a trabajar —aunque se oponga su padre— para ser independiente, para... en fin, vivir. ¡Vivir! Su madre abre la puerta y corta los ensueños, pero la noticia vale la pena: a la tarde vendrá a ver el cuarto libre un recomendado de Guillermo. Si lo alquila saldrán de apuros.

En efecto, después de comer camina Luis hacia Noblejas 17, evocando su presentación en IDEA, donde obtuvo esa dirección, con la que quizá el destino le vuelve a instalar en su viejo barrio. Fue cosa de ese Guillermo, que le recibió en ausencia de Martín Arango, y que va a dirigir la revista. Tras cambiar unas primeras impresiones, en las que ya comenzaron a entenderse, Luis fue conducido a la secretaría del Director del Instituto. ¡Impecable oficina! Tablero de planning, gran fotografía de una maternal gallina blanca —«Nevita experimental. Long Dodd, X-927»—, muebles de calidad. Saludo a María Dolores, la secretaria que le anuncia por el interfono. Impecable también, tras una mesa cerrada por delante para ocultar las piernas a los que esperan en el sofá bajo. Al levantarse descubrió una anchura de caderas más sintomática de sedentarismo y de falta de uso que de fecundidad como en la Long Dodd. Al decir «el Doctor le espera» su voz delató además la platónica admiración por el jefe. (Ya había advertido Guillermo que a Calasans se le llama siempre «Doctor», casi con k, para recordar a todos que estudió en Alemania.)

Apariencia cuidada y correcta del doktor, rozando el maneramiento en su cortesía superficial, mientras explicaba sus planes en cuanto a las traducciones que necesita la revista, al servicio siempre de la organización en equipo. «Sin equipo no se consigue nada, ni en ciencia ni en deporte.» Por cierto, al doktor le interesó saber si Luis había visto al Real Madrid en el extranjero. Manos gordezuelas de Calasans, con un solo anillo, en donde lucía un aguamarina, y la franjita recta del pañuelo asomando por el bolsillo superior de la americana. El doktor se excusó por no poder presentar a Verdero, ausente con una misión en la Dirección General de Ganadería (lo dijo tras comprobarlo en una libretita y exclamar: «el control es el secreto de la eficacia») y terminó ofreciéndose para todo. «Mi despacho está siempre abierto a nuestro equipo.»

Luis le contó luego a Lavilla cómo en París hubo de atender bien a Martín Arango, por encargo de la Agencia, que le consideraba una eminencia gris de IDEA. Ante la sonrisa comprensiva de Guillermo, Luis le confió sus impresiones sobre aquel joven ejecutivo de gafas Truman y vestir atildado. Sorprendentemente no le había interesado como a todos el strip-tease, sino que prefirió el teatro moderno y el cine, aunque no quiso ver Mourir à Madrid. «Claro —comentó Guillermo Lavilla— temería que le viesen allí.» La verdad es que luego Martín Arango se reveló menos interesante: se informaba pero no se definía nunca. En todas las visitas a las que Luis le acompañó cantó el éxito del plan español de estabilización, a la vez que los planes de IDEA. Sus palabras favoritas eran «modernizar», «reactivar», «cambiar las estructuras». Fue el último día cuando ofreció a Luis el puesto de traductor en IDEA, que resultó siendo su salvación.

Guillermo luego explicó las fuentes de donde sacarían los artículos extranjeros indispensables para llenar mejor la revista y después entraron en temas personales. Fue entonces cuando recomendó una familia donde quieren un huésped único. «No piden mucho, y el sitio es tranquilo. La señora es lejana parienta mía —dijo—. Ella y su hija son buenísimas. El padre también, pero es de la Edad Media», ríe Guillermo mientras coge el teléfono para saber si el cuarto aún está libre. Es en Noblejas 17.

Y en Noblejas 17 llama Luis aquella misma tarde a la única puerta del primer piso. Le abre doña Emilia, y la primera impresión mutua es de simpatía. La habitación le gusta a Luis, con su claro balcón al poniente, entre el Palacio Real y la Almudena. Al rato, sólo falta tratar el problema de precio. Doña Emilia, tras algunos rodeos, propone una razonable cifra, aceptada por Luis en el acto.

¿Por qué retiene aún la señora a Luis? ¿Por qué mira con disimulo hacia una cerrada puerta? Luis, mientras piensa en cómo despedirse, comenta el extraño blasón inacabado, con cinco roelas de plata en campo de azur ocupando el cantón diestro, sin ninguna figura en el siniestro. En ese momento Luis cree oír pasos sigilosos en el corredor y, en seguida, se abre y cierra ruidosamente la puerta de entrada. A doña Emilia se le ilumina la cara: «Debe de ser mi marido.»

En efecto, es don Ramiro Gomes de Bozmediano (Gomes con «s», había advertido Guillermo a Luis; una manía del buen señor). Alto y desgarbado, viste con cuello duro algo rozado. Lleva larga la uña del meñique derecho, y en el anular un anillo de sello. El caballero estrecha a Luis la mano ceremoniosamente, y luego se pasa la suya por el cráneo para echar hacia atrás los ralos cabellos, entre canosos y amarillentos. En tono solemne se congratula del honor de alojar a Luis, que reprime una sonrisa. Pero la prosopopeya no es astuta ni falsa. Su énfasis es natural. Don Ramiro perora hasta que al fin consigue Luis salir en busca de su maleta, pues se instalará ya antes de cenar.

Como tiene tiempo, se acerca a esa Plaza de la Armería de sus juegos infantiles y las paradas de los alabarderos. Baja por la escalerilla, cruza Bailén y camina hasta la arquería sobre el Campo del Moro. Sólo se encuentra allí un señor con gabán de cuello de terciopelo, al que Luis cree haber visto en la mañana, durante su paseo. Sí, en el velador del café La Ópera. Una silueta de otros tiempos. Unidos por la soledad del lugar, ambos sonríen. Luis tiene ansias de comunicación.

—Le vi a usted escribiendo esta mañana.

—Voy siempre a ese café. Modestas crónicas, madrileñismos. Por cierto que momentos después...

—Sí, aquella mujer. Iba ciega. Por poco la mata el taxi. Inexplicablemente. ¿Usted la conoce?

—Vive en el barrio. La he visto por la Plaza de la Ópera más de una vez.

—Plaza de la Ópera —repite lentamente Luis—. ¿Se llama así ahora?

—¡Se ha llamado tantas cosas...! Fue arenal de la abadía, paseo de las Descalzas, Caños del Peral, Plaza de Isabel II, de Fermín Galán, de la Ópera y ahora otra vez Isabel II. Yo la llamo de la Ópera, como la estación del Metro. ¿Y usted?

—Yo la llamaba de Fermín Galán.

—¡No lo recuerde aquí ahora! —sonríe don Pablo significativamente, pensando que el recién llegado es de los suyos—. Entonces, ¿hace tiempo que vive fuera?

—Salí el 26 de diciembre de 1936. A los trece años.

—Evacuado, claro.

Luis asiente. Dos hombres se tantean en silencio, como insectos cruzando sus antenas. Ambos recuerdan por su lado aquella primera Navidad patética. En Madrid, para Luis; en Santander, para don Pablo, frente al mar que había ido a buscar en vacaciones con su madre, poco antes de la sublevación militar.

Indiferente a las nostalgias, sigue descendiendo a lo lejos el telón púrpura del ocaso. El aire no existe —tal es su transparencia— pero acaricia el rostro una invisible seda. Prolonga la piel hacia fuera, como para absorber a todo lo viviente en la unidad cósmica. Es como abrirse las venas, pero no para morir sino, al revés para revivir en la sangre oceánica del mundo. «Ven, dulce muerte», canta Bach en el violoncelo de Pablo Casals y en la memoria de don Pablo.

—Cómo ha cambiado esto —se duele la voz del recién llegado—. Cuando yo era niño había árboles junto al río y, hacia la sierra, colinas velazqueñas. Aguas abajo quedaban lavaderos; arriba, los merenderos de la Bombilla.

Don Pablo mira hacia los aplastantes bloques de las viviendas suburbanas, y distingue confusamente, por la carretera de Extremadura, el continuo tránsito de faros encendidos.

—Pero el ocaso —replica— no ha cambiado desde que hombres neolíticos tallaban aquí el sílex. Así lo vieron los moros desde la puerta de la Vega, los pajes del Alcázar, los mendigos desde el Pretil de Palacio... Perdone esta pedantería: costumbre de mis croniquillas.

Mientras dialogan el horizonte se vuelve todo sangre, bajo una nube de nácar con inexplicable filo verde. El campo exhala un vaho cárdeno, y el enorme coágulo solar se achata por su base al tocar la tierra, y va siendo absorbido por ella como una semilla. Al fin se extingue en un último suspiro de luz. El incendio del cielo va virando al violeta, para reclinarse poco a poco en el seno azul profundo de la noche.

—Se acabó —dice Luis con melancolía. Su nuevo amigo recoge el reto.

—Mañana resucita.

—Sí, el sol renace —admite Luis.

¡El sol! ¿Por qué no los hombres? Los árboles reviven su primavera: ¿y nosotros?

Dejémonos de sueños —se dice Luis—. Ese ocaso es mi ocaso.

cap-3

PAPELES DE MIGUEL
(Fragmentos de los cuadernos de Miguel, seleccionados y fechados por su amigo.)

Ciudades enterradas

Principios de septiembre, 1975

En el hogar, brasas ennegreciéndose, con rojos espasmos. El cuarto en tinieblas, yo en angustia. ¡Noche de tribulación, emergencia de mis enterradas ciudades! No había encendido esta chimenea desde la quema de mi diario. ¡Y creí entonces haber conquistado al fin la serenidad!

En la congoja, mi instinto busca su refugio: la invisible mano de Nerissa en mi hombro. Otra vez sin saberme ni encontrarme. Volviendo a escribirme a mí mismo, tanteando mis adentros. Reflejarme en el papel. Si no, ¿cómo seguir?

Esta tarde aún eran serenidad mis horas, las instauradas por Lulio tras el Almendro en llamas. Paseo final por Rosales: ni siquiera el crepúsculo reblandecía mis mármoles. Aliento celeste, serranía violeta, pálidos oros. Septiembre: frutal belleza. Y yo lenta saeta: paso a paso, pero certera. Al Absoluto.

Ni siquiera mis recuerdos allí anclados desnivelaron mi equilibrio. Sereno volví a casa. ¿Casa? Levantada ya para la mudanza, más bien hostal de caravanas. Libros destinados a la Facultad, ropa enfardada para los del asilo, muebles ajenos ya, cuadros colgados, el reloj de pared en el suelo, helado su corazón. Todo compartió mi vida, pero todo ya sobrante. Hojas secas arrebatadas por las ráfagas de mi desnudamiento.

Palmadas en algún sitio de la noche. Frío por la ventana. La abrí al llegar. Entre estas ruinas domésticas creí aspirar a bocanadas la libertad del nómada. ¡Tan engañado estaba! Encendí la chimenea para aniquilar los últimos papeles del cuarto oscuro. Tenían derecho a morir dignamente: no merecían rodar por el Rastro. El «cuarto oscuro»: así lo llamó Miguelito siempre. Desde que me lo traje a Madrid y él dejó de ser Michel.

Papeles... ¿Y esos legajos? ¡Las novelas! ¡Había llegado a olvidarlas! ¡Increíble! Al pronto vi en ello una prueba de mi desasimiento. Bajo esa impresión acerqué los papeles al fuego, desaté el primero... ¡El pasado saltó como un tigre! ¿Qué pasado? ¿De quién? ¿No quedaron aventadas sus cenizas durante ocho meses de purificación?

Una vez abierta la carpeta, sueltas las páginas, inevitable ojearlas. Resbalan vivas. Sus tentáculos me apresaron con nombres reconocibles. Final de Octubre, Octubre, de Luis con Ágata. Final-continuación, final comienzo... El pasado en mis máscaras. ¿Máscaras? ¡Pero la máscara es el yo más verdadero; el yo elegido...! Bastaron pocas páginas para aterrarme ante mi abismo. Mi torre, erigida tan penosamente, desplomándose con silencioso estrépito. Las hojas secas amenazándome como fantasmas arremolinados; el aire nocturno oliendo a cripta profanada.

Aterrado. Acabar con todo eso. Las fauces de la hoguera reclamando el pasado, mi mano ofreciéndoles ya el legajo, pero algo dio un vuelco dentro de mí; el miedo se tornó curiosidad. ¿Morbosa? Ávida. Otro paquete abierto. Oscuro resplandor, la primera novela, dejada sin concluir por la muerte de Miguelito y mi amnesia después del accidente.

Oscuro resplandor, como estas últimas brasas. Dos cuerpos en espasmos ardientes, agonías jubilosas en el horno del lecho, pasión sin salida, Luis pendiendo de una cuerda, Ágata saliendo desnuda por la buhardilla, haciendo trampolín de un alero, de cabeza a la calle con su impecable estilo de saltadora... ¿Máscaras mías? ¿Será posible? ¡Ellos, ellos!

Olvidé el frío, el miedo, la saeta. Curiosidad frenética. La espiral hacia dentro me arrancó el llanto. Alivio doloroso, mi pecho sacudido de sollozos, deformada mi boca por gemidos. Ágata encarnando a Nerissa, Luis su fedele d’amore, Majmun de su Layla, hombre-luna de la hembra-sol. Sentí a Nerissa leyendo a mi lado aquella tercera novela: una larga carta a ella. Oí su voz de viola como cuando al teléfono («Miguel...») me reconocía en seguida. ¡Garras de la pena! Olí L’heure bleue vistiendo su piel. Reviví aquel último beso, su mejilla en mi hombro, su cintura entre mis manos. Vestido estampado en azul, con motivos persas. Lo último de mi último amor... ¡Y dicen ser el primero el que no se olvida! ¡Pero si en mí los dos fundidos; si Nerissa era Hannah reencarnada!

Cerco de hierro en mi pecho, arritmia en mi corazón, agotamiento de mis lágrimas; todo eso me apaciguó. Exhausto hasta para el dolor. Al fin comprendo: has de ser aniquilado para abrirte a la verdad. Morir para vivir; «hazte grano en el molino», enseña Rumí. Sabio me fui haciendo mientras el alba se infiltraba ya por la ventana. ¡Pobre hombre! ¿Creíste fácil dejar atrás las ruinas de sesenta y dos años? ¿Incluso aquella muerte y tu volcán y tu terremoto? No basta decir «dejo atrás todo»: «Todo» no resuelve nada; imposible desnudarse de un golpe. Hay que hacer inventario; disolver por asimilación. La vida sólo se comprende hacia atrás, escribió Kierkegaard. Recorro la casa desmantelada, miro de hito en hito a los fantasmas. Ya han vuelto a ser cosas. Contemplo lo que me llevaré: objetos de Miguelito y, sobre todo, su música. Mi ajuar indispensable —cabe en el viejo arcón— y los libros que ahora me nutren. Ibn-Arabí, Rumí, Attar, Sohrawardi y el que me los dio a conocer, Raimón Llull. Y las novelas, antes, con, después de Nerissa. Sajar, desbridar la herida cerrada en falso. Engañosamente limpia sobre el recuerdo grabado a fuego en cada hueso mío, sobre Nerissa mi habitante, nombre de todas mis calles interiores, perfume de todas mis moradas…

Los legajos, mis espejos. ¡Qué error, destruirlos! Al contrario, digerirlos, inyectarlos en mi sangre, eliminarlos después como toxinas. Imposible desnudarme sin conocer mis vestidos, sin sangrar con los alfileres agazapados en los pliegues. Por eso había olvidado esos legajos: porque es vital rememorarlos, revivirlos. Sólo así se comprende ese casi concluir cuatro novelas, sin publicar ninguna: porque estaban destinadas exclusivamente a mí. Como estas palabras de ahora: para desnudarme.

Ahondar en esos textos. Estoy acostumbrado. Siempre fui minero de mí mismo; no escultor ni navegante. Viviendo hacia lo oscuro, por galerías y pozos, con mi excavadora que vuelca en el papel montañas de sudor y de fatiga. Entre esa ganga aflora a veces una punta de estalactita, un sílex labrado, alguna rara pepita dorada. Surcar el aire con el pecho no me basta; preciso toparme con la sorda tierra, tantear en las ciegas galerías. Como en el verso de Rilke: «Madurar queremos nosotros / y eso es ser algo oscuro y esforzarse sin tregua».

Minero toda mi vida y, ahora, arqueólogo. Las novelas, mis mundos sepultados. Niveles I, II, III y IV, como en las escavaciones. Capiteles, cerámica, espadas de bronce, fíbulas, diademas. Cuatro ciudades superpuestas. Planeadas bajo dioses diferentes; asoladas por sucesivas catástrofes. Como las distintas culturas; disfraces colectivos, máscaras de los pueblos. Dejar atrás esta casa ya no es mi fin, sino mi principio. Me voy pero me llevo. A mis testigos, mis cadáveres vivos, mis ángeles de cada época. Laberintos como alcazabas del Atlas, con patinillos imprevistos, alcobas yuxtapuestas, ventanitas mínimas, niveles descabalados y, de pronto un surtidor como un milagro: ¿de dónde el agua, de dónde?

Me llevo esos esqueletos para combatirlos a brazo partido, para amarles a abrazo encendido hasta que se vuelvan polvo contra mí, conmigo, y al fin descansemos en la cima de lo Alto. Ya el día es de oro y de certeza.

Mañana vienen. En dos días casi no he salido, descifrando textos con mis técnicas de antropólogo. Sólo que ahora el «primitivo» soy yo mismo. Oscuro resplandor: una cama centro del mundo. ¡Pobre palabra —cama— para tal escenario, trono, campo de batalla! Tálamo y túmulo, altar y piedra del sacrificio. De tan ancha, con sus columnas renacimiento y su dosel, resultaba cúbica. Como la Ka’aba, pero de sangre y no negra, con el damasco que la cerraba. Jaula y alambique, templo y cárcel, crisol para Luis y Ágata. Homúnculos en redoma de nigromante, dando de sí el licor de la vida en la pira de sus propias llamas. Sorbiéndose, anudándose, interpenetrándose, eyaculándose. Esgrima de dioses y orgasmos, dádivas y mentiras, compartidas como buenos camaradas. ¿Odios?

¡Si yo entonces no odiaba todavía! ¿O sí, pero ignorándolo?

Paralelo a la lectura, tantos recuerdos ignorados. ¡Afloren los abismos; fuera todo! Lentos Ganges con cadáveres flotantes. Chispazos de relámpago. Sombríos fulgores de esmeralda. Pómulos de aquella Uled-Nail todavía niña, vendiéndose ya en el palmeral de Biskra, con sus altivos ojos de mujer. El abanico de tía Magdalena, moviéndose dulcemente sobre su pecho en la terraza de Aranjuez, contra la oscura fronda del magnolio gigante. Sorbete de fresa en el ramoniano Pombo, costumbre de mi padre los domingos...Y, sobre todo ello, aquel verano en Tánger, obstinado, tornando y retornando a mi memoria —¿el veintisiete, el veintiocho?— con nuestros castillos de arena delante de la caseta.

¡La caseta! De madera, respiraderos con listones entrecruzados, pintada de anchas rayas verticales azules y blancas... Dentro siempre caliente, oliendo a mar y a tabla soleada y a sudor, y a oxidados cubitos de juguete, y a caracoles cuyos cuerpos se pudrían y que los mayores tiraban fuera —«¡no metáis porquerías!»— y nosotros renovábamos. La caseta con sus misterios: nuestro propio cuerpo desnudo con la cosa que era pecado tocarse pero que se levantaba sola, el cuerpo de los mayores a veces entrevisto si cerraban mal la puerta y empujábamos, ¡qué grito las mujeres!

¡Aquel verano eterno y crítico, aquel choque! Leonorcita llevada a un sanatorio; ¡la pobre! No hablaba ni andaba, se agitaba a sacudidas en su silla, se orinaba encima, se le caía la baba. No volvió: «Tu hermanita está en el cielo»; esas cosas. Mamá llorando, pero ¡qué alivio! ¡Y qué vergüenza de ese alivio! me confesé. Aún años después, durante el embarazo de Monique, tuve miedo. Pero al contrario; Miguelito nació tan lleno de vida que atrajo el rayo.

Leyendo, recordando, vaciándome de mí, desangrándome de pasado como Séneca en el baño. Sangre: a borbotones en aquella cama roja de la Novela I. Derramándose de las venas amantes, camino del desastre inevitable.

Mientras yo escribía, el desastre se preparaba para mí, a mi espalda se iba alzando el hacha que me decapitó, me hundió en la amnesia. Miguelito cayendo en el avión... Oscuro resplandor se ocultó en mi olvido. Ceniza se tornaron sus palabras. «... Y los libros que dejo escritos son la ceniza», afirmaba de su vida el desesperado Pavese en sus últimas cartas a Pierina, antes de beberse su muerte aquel agosto del cincuenta, en el Hotel Roma, frente a la estación turinesa. La Novela II no he podido seguirla sino a saltos. Falsa, de otro autor, La hierba crece de noche, el verso espléndido de Enrique V. Por supuesto, las tripas revueltas ante la injusticia eran mías. Pero ¡qué mediocre protesta contra la dictadura! ¿Qué pena Luis y Ágata, dejando su trágico lecho para unirse a los tolerados aspavientos contra el menguado dictador de aldea! La enterrada ciudad de Nivel II resulta cartón-piedra, como para filmar «exteriores del oeste» en Almería. No pude acabarla; me duró tan poco como mi propia excursión al «rebeldismo» universitario, con sus personajillos aspirando todos a cabeza de grupúsculo. ¡Y yo me reprochaba entonces mi incapacidad para integrarme en sus maniobras! ¡Qué ingenuidad! ¿Cómo podía interesar aquello?

Además, la vida me empujó a otros caminos. Me fue preparando —ahora lo descubro— con aquel crucero mediterráneo de Semana Santa. «Allá a mi frente Stambul.» ¿Qué o quién me inspiró aquel viaje decisivo? Es curioso; ¿por qué mi antropología había pasado siempre de largo ante el Islam? Sabía más de Bizancio, de su esplendor y su barbarie, de su teología y sus príncipes cegados por el emperador para yugular conspiraciones. No me esperaba el Stambul de los minaretes y de las mezquitas como montañas excavadas. Mi pasmo en la Suleimanyé me preparó. En la inmensa caverna alfombrada, entre la sensual caligrafía coránica, empecé a ser el amador de Nerissa aun antes de encontrarla. En Stambul era posible la reencarnación de Hannah en Nerissa; como también el eunuco inmolando su sexo por amor (otro Orígenes) y que por amor lloró el haberlo perdido, y decidió reconquistarlo en otra vida.

¡Cómo he releído esa Novela III, La espiral hacia dentro, morada de mi amor primero y último, Hannah y Nerissa, dos diosas distintas y una sola verdadera! Construí esa sepultada ciudad con mi sangre y mi carne, se desplomó cuando Nerissa me desterró de sí aquella tarde, por aquel teléfono. ¿Nació entonces el odio del eunuco contra Solimán? ¡Si me hubiese encontrado a Eduardo aquellos días! A ti nunca te odié, Nerissa; pero sí a tu tirano, con su odioso chantaje sobre ti, el de su enfermedad para necesitarte... ¿Sabes que os espié, para asegurarme de que su cara y su andar no eran de enfermo?

Ahora me explico la cuarta novela, Octubre, Octubre, para derramar mi odio y mi venganza. Ciudad construida con adobes de saliva y esperma, vigas de fémures y vértebras, cal de huesos, cordajes de tendones. Así la proyecté y ahora, al desenterrarla, mi sorpresa: ¿dónde puse la bilis y el veneno?

Mañana vienen; mañana dejo atrás mi viejo escenario. Ese pensamiento me llevo conmigo: no odié; me lo imaginé nada más. Y otro: me dejaste solo, pero no me abandonaste. Siempre, desde entonces, has estado conmigo... Sólo una explicación para algo tan extraño: ¿no será que aquél no era el camino, el nuestro? Adelantada del Árbol de Fuego, me acompañas todavía guiándome otra vez hacia Ti.

¡Mañana ya! La última frontera de mi vida, mi mudanza final. Voluptuosa tensión. Seguirán guiándome. Ahora no me asustan mis cuatro ciudades; las asumo. He preparado los legajos para llevármelos. También el baúl de Miguelito. ¡Cómo me hubiese alentado salvar toda su infancia en los juguetes, los libros escolares, los cuadernos pintarrajeados que hubimos de abandonar en Argel! Por fortuna conservé sus primeras notas en papel pautado. Y la caja de lata, su primer instrumento musical. Sus deditos tamborileando en ella el ritmo de la lluvia sobre la chapa ondulada del tejadillo. Para un niño de tres años equivalía al famoso preludio chopiniano. ¡Hijo, hijo! El tajo dado por tu muerte a mi corazón forma mi cruz con la pérdida de Nerissa.

Con adoración he recogido de sobre la chimenea la fotografía «de Nerissa». La que me hice sin ella, por la misma fotógrafa ambulante, en el mismo rincón del Embankment donde, meses antes, nos habíamos retratado juntos. Nadie puede ver a Nerissa a mi lado, en esta cartulina. Pero está: «Nerissa, Nerissa, Nerissa», repito muchas veces. ¿A dónde me llevas ahora? ¿A dónde te llevo? La respuesta no es para mineros; no se encuentra con la excavadora y el esfuerzo. Pero ya voy siendo pescador; ya me vuelvo mera paciencia esperanzada, mientras sigo desnudándome, clamando con Quevedo:

«Un nuevo corazón, un hombre nuevo

ha menester, Señor, la ánima mía;

¡desnúdame de mí...!»

cap-4

2. ¡BABILONIA, BABILONIA!
A la sombra de Magda

cap-5

OCTUBRE, OCTUBRE
¡Babilonia, Babilonia!

Miércoles, 11 de octubre de 1961

LUIS

El sabor de mi infancia, estaba aquí, recobrarlo, sin atreverme todavía, desde que me trajo don Pablo, a esta taberna modelo, La Cruzada, eterna en mi recuerdo, achicando a los cafés morunos y los bistrots y los pubs y las trattorie de toda mi historia, ¡el sabor de mi infancia!, miedo de que sin padre no sea el mismo, quizá desvanecido como mi casa, aquellas migas con tropezones y huevo frito, consagradas por unas palabras suyas, «plato de pastores, hijo», todo un mundo campestre y primitivo en aquel olor, en los colores del plato, amarillo de yema, envuelto en blanco sobre una parda tierra granujienta, no volví desde su muerte, retorné con don Pablo, tomábamos un vino a mediodía, él siempre su oporto, el grito en ese cartel de la pared, ahí me esperaba, «migas con tropezones, veinte pesetas», el sabor de mi infancia, pero sin atreverme, hoy la decisión, agotado por la oficina, el doktor obsesionado con parecer eficaz ante sus superiores, y dale con la productividad, multiplicando informes anodinos, armando estadísticas, exagerando nuestra labor con medias verdades, he acabado harto, necesario reponerme, fui capaz de un arranque, «me quedo a comer», sonrió el tabernero, «pues están las migas, don Luis, para chuparse los dedos», como si me hubiese adivinado, me metió en el cuartito a la derecha, con sus azulejos, y ahora en inquieta espera, asombrado de mi audacia, ¿recobraré el sabor de aquellos días?, por la ventana enrejada el caserón, antes Cuartel de Inválidos, allí sirvió el abuelo, en este mundo empezó todo, mi equivocada ruta, ¡ay si pudiese volver atrás y emprender otra!, la fácil de los demás, la que me cerraron entre todos, la maldita tía Chelo, si el reloj girase al revés, imposible y, sin embargo, ¿por qué no, si veo pasar a las mismas gentes?, con otro o el mismo nombre, me ha traído el destino a mis orígenes, ¡que mi portero actual conociese a mi familia!, todavía me asombro, pobre Ildefonso, baldado junto a su brasero, testigo vivo del barrio, viejo republicano, ¡qué hombre tan entero!, hasta don Ramiro le respeta, pese a sus ideas «nefandas», su mujer la Lorenza, pequeñita y vivaz, carne de pueblo inalterada por la ciudad, sin embargo tan afín a doña Emilia, manos de bordar y tocar el piano tan agrietadas como las de la portera, arañadas por la lejía y las faenas, cuántas mujeres así en España, envejecidas por la vida antes que por los años, llega el tabernero, «y un buen tinto de Noblejas, don Luis... ¡que le aproveche!», he cerrado los ojos, tiemblo, pero es aquel olor, reencarnado en este plato humeante, violencia de emociones verdaderas, ¡con qué reverencia empuño el tenedor!, como un celebrante el cáliz, alzaría el plato como una patena, ¡ofrendar a mis dioses el sabor de mi infancia!, qué duro reprimir este llanto.

Estaba escrito que sucedería hoy, empezó por la mañana, coincidir en el portal con don Ramiro, ocupado en arreglarse el embozo de la capa, raídas sus vueltas rojas, pero él tan ufano, esperando la admiración en mi rostro, «no hay prenda más garbosa para un caballero», pobre hombre viviendo a lo grande, a su edad y en busca de trabajo, pero pobre ¿por qué?, yo soy el derrotado, él no vive su fracaso, habita un mundo irreal, un Quijote burgués, admirado por su mujer, viéndose a sí mismo como espejo de caballeros, sin tacha y sin reproche, héroe hasta en su paro involuntario, portador de una cruz, y además ahora misionero, catequizarme a sus ideas, ha visto en mí «madera», siempre repite ese chiste con mi apellido, y el caso es que lo dice con cariño, estos días en sus glorias, he caído aquí en pleno santoral franquista, patriotería de discursos y pandereta, la Hispanidad, la Virgen del Pilar con música de los Sitios de Zaragoza, don Ramiro emocionado, y además el Descubrimiento, cristianizar un orbe, y el Santo de su Caudillo, y pronto Santa Teresa, vaya mesecito, a ver si me deja en paz con esas manías, pero si octubre es la revolución, si es portador de Scorpio con su dardo mortífero, eso pensaba yo, pero él seguía machacando, ahora comprendo su misión secreta, ignorada de él mismo, guiarme aquí para mi decisión, insinuó la idea de un cafetito, se hizo invitar pero con toda dignidad, caballerosamente, haciéndome un favor, saboreando la mezcla como si fuese moka, colocó en su vieja boquilla de ámbar un pitillo con el mismo ritual que un habano, todo lo transmuta, vive en su mundo como un gran señor, todas sus palabras son elevadas, «La Cruzada, amigo Madero, ¡qué símbolo!, España es perpetuo cruzado de la historia», si yo pudiera transmutar así mi vida entera, como volviendo a empezar, o al menos mi fracaso con Marga, me convertiría en el caballero que la respetó con un esfuerzo heroico, en el trovador pidiendo sólo amour de loing, pero yo no soy don Ramiro, no puedo disfrazar aquella catástrofe.

Tuve que correr luego hacia el metro para llegar a tiempo a la oficina, mientras él con su capa calle abajo, majestuosamente, pero ya había cumplido, me había recordado esto, sembrando la semilla que me haría volver a la salida, y atreverme, y recobrar el gusto de mi infancia, porque es el mismo, sí, como las gentes, esa Tere que vive también en casa, en el piso de encima, su tiendecita ahí al lado en Amnistía, tan en la realidad como su marido, luchando a brazo partido para levantar cabeza, pone el transistor a sus clientas para que acudan a la hora del serial, allí caí con don Ramiro el otro día, condescendió a «dialogar con el pueblo», «¿oíste el discurso de Franco en Burgos, Tere?», saltó la respuesta como una ardilla, sin mala intención, «¡ay, don Ramiro, esas cosas no son para los pobres!», don Ramiro imperturbable, claro, de nuevo hizo el milagro de la transubstanciación, se aplicó la respuesta a su favor, una prueba de que a la gente no le interesa la política, el pueblo es sano y desconfía de los partidos, quiere un jefe cristiano, paternal y fuerte, al timón del Estado sólo las minorías, inasequibles al desaliento, un jefe solitario como el águila caudal, derramando el bien desde la altura, ¿cómo van a pensar ni a decidir las masas?, he ahí el error liberal, el pueblo está para conservar las tradiciones, defenderlas con su sangre, «verá usted, Madero, le prestaré a Donoso Cortés, le convencerá», me exasperó, le dije algunas cosas sobre su águila caudal, pero es invulnerable, sonrió tolerante, «calumnias extrajeras sobre la Nueva España, conspiración judeo-masónica», me puso un ejemplo, el marqués de Corduente, su palacio en la calle de la Bola, don Hipólito José Manríquez de Ataide, malas lenguas le achacan especulaciones de solares, pura infamia, es un español de pro, labora en silencio por el pueblo, «me honra con su amistad, Madero, ¡si yo le contara sus buenas obras!, pero la caridad no se pregona», claro que me las contó, pero yo no le hacía caso, había aparecido ella por la esquina, la mujer de mi primer día, hubiera muerto sin aquel frenazo, Águeda, resulta que vive en mi casa, increíble, frente a la buhardilla interior de Tere, quién me lo iba a decir cuando casi presencié su atropello, al fin calló don Ramiro al verla, le dedicó un galante sombrerazo de noble hidalgo, con la misma dignidad que si su chambergo no estuviera grasiento.

Otro milagro, ella y yo en la misma casa, qué asombro al enterarme, y esa extraña amiga viviendo con ella, Gloria o Claudia, como sea, aparatosa, inexpresiva, grandes pechos, muy blanca, no le va nada a Águeda, a su tez entre ámbar y oliva, delicado cuello, andares decididos y absortos a la vez, doña Emilia aludiendo la otra noche a murmuraciones, don Ramiro defendió solemne el honor de una dama, según él dos mujeres de moral ejemplar, nunca van con hombres, siempre juntas, si acaso un reproche a Águeda, sus pantalones, impropios de una hembra, deberían prohibirse a la mujer como se prohibió el Carnaval, la confusión de sexos atentando al orden natural impuesto por Dios, en cambio esa Gloria tan femenina, tan rellena de formas, almíbar en la voz de don Ramiro, de ella debía aprender Águeda, y corregir sus andares masculinos, doña Emilia le dio la razón como siempre, se levantó y volvió con una tortilla, los primeros días yo no me cansaba de comerla, en eso sí que hay Pirineos, al norte la francesa con alguna patata entre el huevo batido, al sur nuestra muralla numantina, tía Hélène seguía siendo española, su tortilla encantaba a sus hijos, tan franceses, también al tío Augusto, aunque no fuera especialidad de su adorada Occitania, absurda idea de don Ramiro, no ve lo que es sino lo que está mandado, Águeda con pantalones es todo lo contrario de masculina, mucho más encantadora, más femenina, y qué campero este vino de Noblejas, me he pasado un poco del presupuesto, pero estoy celebrando la buena noticia, ya han llegado mis cosas de París, pronto me las traerán a casa, podré al fin instalarme con los restos del naufragio, Robinson en mi vieja isla.

¡Colmo de la delicia, día completo!, don Pablo Abarca entrando, se sienta conmigo, así me desahogo, comprende mi oficina mejor que yo, la obsesión organizadora del doktor, los estudios de tiempo, el memorándum sobre la circulación de documentos, cinco minutos para registrar una instancia, minuto y medio para llegar al negociado por medio del portero, media hora para su clasificación inicial y su remisión al departamento correspondiente, y así todo, han evaluado el minuto y medio del ordenanza en un coste de no sé cuántas pesetas mensuales, carcajadas de don Pablo, se sabe de memoria a esa gente, de qué grupo son, celebra sus ilusiones con lo que Guillermo llama nuestra gallina experimental, la vedette de la organización, le regocija el proyecto de patentar nuestro bebedor standard de nivel constante, tipificado, normalizado, luego resulta que su diseño impide a las gallinas alcanzar el agua, la única solución cruzarlas con cisnes para alargarles el cuello, pero don Pablo tiene razón, he de ser prudente con las bromas, son muy susceptibles, lo encajan todo cuando son más débiles, pero implacables si tienen la sartén por el mango, echan por la borda el amor al prójimo, es raro que me hayan contratado a mí conociendo mis ideas, por lo visto formo parte de la táctica, soy prueba viviente de tolerancia, de cualquier modo Martín Arango me lanzó un cable a tiempo, aunque él no lo supiera.

¿Y ése? No estaba cuando entré aquí, ¿dónde lo he visto antes?, alto, perfil de águila, ojos magnéticos, don Pablo pregunta discretamente, el tabernero le llama don Gil, Gil Gámez por lo visto, un dorador que vive en la Costanilla de Santiago, vegetariano, se trae yogur y le echa un poco de vino, «como un cura vertiendo en el cáliz», comenta risueño el tabernero, a veces le acompaña un gato negro, según don Pablo la Costanilla fue el foso de las atalayas árabes, domina la historia de Madrid, me muestra enfrente la casa de Núñez de Arce, es tan fanático de su ciudad como el tío Augusto del país de Oc, la patria del buen rey René, de los alegres trovadores, para disfrutar de la vida como él, en cambio para Max era lo contrario, el mundo de los cátaros, es decir, de los puros, prefirieron morir por su fe en la pira de Montsegur, entraron sonriendo en las llamas, y para Marga era otra cosa, Provenza significaba los estampados, la moda en el vestir y en la decoración rústica, lo que se vende bien y deja beneficios, pero el Languedoc de Max era místico, también judío, la Kabbala del Sefer ha-bahir y de Isaac el Ciego, heredada por los catalanes, Azriel de Gerona, precursores teosóficos con el yesod, el noveno sefirot, superimpuesto en el sexo humano, tantos Languedoc diferentes, todo es distinto según quien lo ve, descubrí con el tiempo que los trovadores fueron agitadores sociales, así en el aire hay poros para otros aires, en los muros rendijas para otros muros, en cada cuerpo habitan varios, en el mío aquel niño de este barrio, y el aspirante a «Guardián de la Luz», y qué sé yo cuántos Luises acumulados, qué sé yo si alguno insospechado todavía, gestándose en secreto, pero ya no es posible.

QUARTEL DE PALACIO

El aguzanieves planea sobre el Quartel de Palacio, vacilando entre los aleros urbanos y los chopos del talud junto a Bailén, en cuyos arbustos empiezan a endurecers

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos