El laberinto del mundo

Marguerite Yourcenar

Fragmento

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El ser a quien llamo yo llegó al mundo un lunes 8 de junio de 1903, hacia las 8 de la mañana, en Bruselas, y nacía de un francés perteneciente a una antigua familia del Norte y de una belga, cuyos ascendientes se habían establecido en Lieja durante unos cuantos siglos, para luego instalarse en el Hainaut. La casa donde ocurría este acontecimiento —ya que todo nacimiento lo es para el padre y la madre, así como para algunas personas que les son cercanas— se hallaba situada en el número 193 de la Avenue Louise, y ha desaparecido hará unos quince años, devorada por un edificio alto.

Tras haber consignado estos hechos que no significan nada por sí mismos y que, sin embargo, y para cada uno de nosotros, llevan más lejos que nuestra propia historia e incluso que la historia a secas, me detengo, presa de vértigo ante el inextricable enmarañamiento de incidentes y circunstancias que, más o menos, nos determinan a todos. Aquella criatura del sexo femenino, ya apresada entre las coordenadas de la era cristiana y de la Europa del siglo XX, aquel pedacito de carne color de rosa que lloraba dentro de una cuna azul, me obliga a plantearme una serie de preguntas tanto más temibles cuanto que parecen banales y que un literato que conoce su oficio se guarda muy bien de formularlas. Que esa niña sea yo, no puedo dudarlo sin dudar de todo. No obstante, para vencer en parte el sentimiento de irrealidad que me produce esta identificación, me veo obligada, como lo estaría con un personaje histórico que hubiera intentado recrear, a aterrarme a unos retazos de recuerdos obtenidos de segunda o décima mano, a informaciones extraídas de fragmentos de cartas o de las hojas de algún cuadernillo que olvidaron tirar a la papelera y que nuestra avidez por saber exprime más allá de lo que pueden dar; o acudir a las alcaldías y notarías para compulsar unas piezas auténticas, cuya jerga administrativa y legal elimina todo contenido humano. No ignoro que todo esto es falso o vago, como todo lo que ha sido reinterpretado por la memoria de muchos individuos diferentes, anodino como lo que se escribe en la línea de puntos al rellenar la solicitud de un pasaporte, bobo como las anécdotas que se transmiten en familia, corroído por lo que, entretanto, se ha ido acumulando dentro de nosotros, como una piedra por el líquen o el metal por el orín. Estos fragmentos de hechos que creo conocer son, sin embargo, entre aquella niña y yo, la única pasarela transitable; son asimismo el único salvavidas que nos sostiene a ambas sobre el mar del tiempo. Y ahora que me pongo aquí a rellenar las juntas que las separan, lo hago con curiosidad, para ver lo que dará su ensambladura: la imagen de una persona y de algunas otras, de un medio, de un paraje o bien, aquí y allá, una momentánea escapada sobre lo que no tiene nombre, ni forma.

El paraje mismo era más o menos fortuito, como iban a serlo muchas otras cosas en el transcurso de mi existencia, y probablemente de cualquier existencia vista desde cerca. Monsieur y Madame de C. acababan de pasar un verano bastante gris en la propiedad familiar del Mont-Noir, en una de las colinas del Flandes francés, y este lugar —que posee su belleza peculiar y que, sobre todo, la poseía por aquel entonces, antes de las devastaciones de la guerra— les había parecido destilar aburrimiento una vez más. La presencia del hijo de un primer matrimonio de Monsieur de C. no había mejorado las vacaciones: aquel huraño muchacho de dieciocho años era insolente con su madrastra quien, sin embargo, trataba tímidamente de hacerse amar por él. La única excursión que habían hecho había sido, a finales de septiembre, una corta estancia en Spa, el lugar más cercano donde Monsieur de C., a quien gustaba el juego, pudiera encontrar un casino y ensayar lindas martingalas sin que Fernande tuviese que afrontar las tormentas del equinoccio en el Belle de Ostende. Al acercarse el invierno, la perspectiva de instalarse durante la estación fría en la vieja casa de la Rue Marais, en Lille, les pareció aún más desprovista de encantos que los días de verano en el Mont-Noir.

La insoportable Noémi, madre de Monsieur de C. y aborrecida por él entre todas las mujeres, reinaba sobre aquellas dos moradas hacía cincuenta y un años. Era hija de un presidente del tribunal de Lille, había nacido siendo ya rica y se había casado únicamente por el prestigio que da el dinero, entrando a formar parte de una familia en la que aún se quejaban de las grandes pérdidas sufridas durante la Revolución; no permitía ni un solo instante que nadie se olvidara de que la presente opulencia provenía sobre todo de ella. Como era viuda y madre, sujetaba los cordones de la bolsa y subvenía con comparativa parsimonia a las necesidades de su hijo cuadragenario, quien se arruinaba alegremente pidiendo prestado en espera de su fallecimiento. Sentía gran pasión por el pronombre posesivo; uno se cansaba de oírle decir: «Cierra la puerta de mi salón; mira a ver si mi jardinero ha rastrillado los senderos de mi parque; a ver qué hora es en mi reloj». El embarazo de Madame de C. les prohibía viajar, lo que hasta entonces había sido para la pareja, aficionada a los bellos parajes y a las regiones soleadas, la respuesta a todas sus apetencias. Puesto que Alemania, Suiza, Italia y el Mediodía de Francia se hallaban momentáneamente excluidas, Monsieur y Madame de C. buscaban una vivienda que fuera sólo suya y a la que escasas veces invitarían a la temible Noémi.

Además, Fernande echaba de menos a sus hermanas, especialmente a su hermana mayor, Mademoiselle Jeanne de C. de M., inválida de nacimiento y que, como ni el matrimonio ni el convento eran para ella, se había instalado en Bruselas, en una modesta residencia que había elegido. Casi tanto como a ella o quizá más aún añoraba a su antigua institutriz alemana, ahora instalada al lado de Mademoiselle Jeanne como dama de compañía y haciéndole de factótum. Esta mujer austera, que llevaba un corpiño bordado en azabache y estaba dotada de una especie de inocencia y de jovialidad muy germánicas le había servido de madre a Fernande, que había perdido a la suya siendo muy pequeña. A decir verdad, la joven se había rebelado después contra aquellas dos influencias; fue en parte para escapar de aquel ambiente femenino, piadoso y un tanto apagado, por lo que se había casado con Monsieur de C. Ahora, después de dos años de matrimonio, Mademoiselle Jeanne y Mademoiselle Fraulein le parecían encarnar la razón, la virtud, la paz y una especie de sosegada dulzura de vivir. Además, educada como lo había sido en el respeto a todo lo que de cerca o de lejos tuviera relación con Alemania, se había empeñado en dar a luz en manos de un médico de Bruselas, que había estudiado en una universidad germánica y que había atendido, con buena fortuna, a sus hermanas casadas durante sus embarazos.

Monsieur de C. dio su aprobación. Casi siempre accedía a los deseos de sus mujeres sucesivas, igual que accedería más tarde a los de su hija, que era yo. Había en ello, sin duda, una generosidad que, llevada hasta tal punto, no he visto en nadie más que en él, y que le hacía decir sí en lugar de no a los que amaba, o incluso toleraba a su lado. Había también un fondo de indiferencia, debido al afán de evitar las discusiones, siempre irritantes, y al sentimiento de que, después de todo, las cosas no tienen importancia. Finalmente y sobre todo, era de esas mentes inquietas a quienes encanta, al menos por un tiempo, cualquier nueva proposición. Bruselas, donde quería instalarse Fernande, poseería los atractivos de la gran ciudad, ausentes de Lille, fumosa y gris. Un hombre más circunspecto hubiera pensado en alquilar una casa por unos meses, pero siempre se suponía que las decisiones tomadas por Monsieur de C. iban a ser para toda la vida. Le encargaron a una agencia inmobiliaria que les buscase la vivienda soñada; Monsieur de C. se personó allí para escoger entre las posibilidades ofrecidas, de las cuales, como era de suponer, únicamente la más costosa le pareció conveniente. La compró, sin pensarlo más. Era un palacete amueblado en sus tres cuartas partes, con un jardincillo cuyas tapias se hallaban cubiertas de yedra. Lo que particularmente sedujo a Monsieur de C. fue, en la planta baja, una biblioteca muy grande estilo Imperio, sobre cuya chimenea resaltaba un busto de Minerva, de mármol verde. Mademoiselle Jeanne y la Fraulein se las arreglaron para encontrar servidumbre y contratar a una enfermera que se ocuparía de Fernande y se quedaría después unas semanas para cuidar de la madre y del niño. Monsieur y Madame de C. llegaron a Bruselas con innumerables baúles, varios de los cuales estaban llenos de libros destinados a las estanterías de la biblioteca, y con el perro basset Trier, que Michel y Fernande habían comprado tres años atrás, durante un viaje a Alemania.

La instalación fue un entretenimiento; pasaron revista a los criados: la cocinera, Aldegonde, y la doncella, hermana menor de ésta, llamada Barbara o Barbe, nacidas ambas en los alrededores de Hasselt, en la frontera holandesa; un mozo que hacía las veces de jardinero y de mozo de cuadra, encargado del caballo y del pimpante carruaje previsto para pasear por el bosque, muy cercano. Conocieron el placer —pronto agotado— que consiste en enseñar a todo el que quiere verla una instalación flamante. La familia acudió numerosa: Monsieur de C. apreciaba a su cuñada Jeanne por su sólido y frío sentido común, y su valor ante sus achaques. Apreciaba algo menos a la Fraulein y su alegría bobona. Además, ésta les había enseñado tan bien el alemán a sus alumnas que se había convertido para ellas en una segunda lengua materna; la empleaban exclusivamente durante las visitas que Jeanne y la Fraulein le hacían a Fernande, lo que molestaba a Monsieur de C., menos por el hecho de no entender aquel parloteo femenino, que no le interesaba gran cosa, que por considerarlo una falta de educación intolerable.

Los hermanos de Fernande acudieron a cenar: Théobald, el mayor, presumía en los documentos oficiales de su diploma de ingeniero, pero jamás había emprendido trabajo de arte alguno, ni se preocupaba por hacerlo. Casinista inveterado a la edad de treinta y nueve años, vivía en su círculo, alimentándose con los cotilleos de su círculo. Su cuello grueso, siempre lleno de arañazos debido al roce del cuello de su camisa, demasiado duro y apretado, repugnaba a su cuñado. Octave, más joven, debía su romántico nombre en parte a un tío lejano, Octave Pirmez, ensayista meditativo y soñador, que fue uno de los buenos prosistas belgas del siglo XIX, pero sobre todo al hecho de ser el octavo de una serie de diez hermanos. Era un hombre de mediana estatura, aspecto agradable y algo insustancial. Lo mismo que al tío Octave de poética memoria, le gustaban los viajes y recorría Europa solo, a caballo o en un ligero tílburi de su invención. Hasta una vez —fantasía que resultaba extraña en aquella época— se embarcó para hacer una travesía por el Atlántico y visitó los Estados Unidos. No muy culto, aunque enriquecido por un ligero barniz literario (contó algunos de sus viajes en un ilegible librito que publicó a sus expensas), medianamente curioso de antigüedades y bellas artes, parece ser que lo que buscaba sobre todo en aquellas escapadas era lo pintoresco del camino, tan apreciado por los viajeros de la época, desde el viejo Töpffer de los Viajes en zigzag hasta el Stevenson del Viaje en burro, y quizá también una libertad de la que no hubiera gozado en Bruselas.

Las tres hermanas casadas en provincias no vinieron tan a menudo, pues se encontraban atadas por sus hijos, sus obligaciones de amas de casa y sus deberes de damas patrocinadoras de buenas obras. En cuanto a sus maridos, bien por negocios o bien por gusto, solían dar con frecuencia una vuelta por Bruselas. Monsieur de C. fumó en su compañía unos cuantos habanos mientras disertaban sobre temas candentes del momento: la entente franco-italiana de Monsieur Camille Barrère, el infame radicalismo del ministerio Combes, el ferrocarril de Bagdad y la infuencia de Alemania sobre el próximo Oriente, así como finalmente, y hasta la saciedad, de la expansión colonial y comercial de Bélgica. Aquellos señores se hallaban relativamente bien informados sobre todo lo que, de cerca o de lejos, tenía algo que ver con las fluctuaciones bursátiles; al hablar de política, repetían los tópicos conservadores. Todo esto interesaba bastante poco a Monsieur de C., quien, por el momento, no poseía fondos para invertir en aventurados buenos negocios y para el que toda noticia política era falsa, o al menos consistía en una amalgama de un poco de verdad y muchas mentiras, que él no iba a tomarse el trabajo de intentar disociar. Una de las razones que lo habían empujado a pedir la mano de Fernande era su libre estado de huérfana: empezaba a darse cuenta de que cinco cuñados y cuatro cuñadas pueden ser para un marido tan molestos como una suegra. La joven no había conocido, hasta ahora, de Bruselas, más que el convento en donde se había educado; sus relaciones mundanas no eran, en cierta manera, sino anejos de la familia. Las amigas del internado se habían dispersado; la más hermosa e inteligente, Mademoiselle G., una joven holandesa a quien había querido como sólo se puede querer a los quince años, y que deslumbró a Monsieur de C. el día de la boda, con su atuendo color de rosa de dama de honor, se había casado con un ruso y vivía a miles de leguas de allí; las dos jóvenes se escribían unas cartas serias y tiernas. La intolerable Noémi, a la que habían creído poder quitarse de encima, dejaba sentir aún todo su peso sobre la pareja, pues de ella dependía que fuese pagada o no con puntualidad el día correspondiente la renta que le pasaba a su hijo. Y, además, cosa particularmente desoladora para aquel francés del Norte a quien sólo le gustaba el Sur, la lluvia caía sin cesar, igual que en Lille. «No está uno bien sino en otra parte», repetía a menudo Monsieur de C. De momento, no se encontraba particularmente bien en Bruselas.

Aquel matrimonio, ya estriado por pequeñas resquebrajaduras, se había concertado para Monsieur de C. poco tiempo después de haber perdido a su primera mujer, a quien le unían unos lazos muy fuertes, hechos de pasión, de aversión, de rencores recíprocos, y quince años de una vida agitada transcurrida más o menos uno al lado del otro. La primera Madame de C. había muerto en unas circunstancias patéticas, de las que este hombre —que hablaba libremente de todo— hablaba lo menos posible. Había contado con el renuevo de alegría de vivir que le aportaría una cara nueva y seductora: se había equivocado. No era que no amase a Fernande; era, además, casi incapaz de vivir con una mujer sin encariñarse con ella y mimarla. Incluso dejando de lado su aspecto físico, que trataré de evocar más adelante, Fernande poseía encantos que le eran propios. El mayor de todos era su voz. Se expresaba bien, sin la menor sombra de acento belga que hubiese irritado a aquel francés; contaba las cosas con una imaginación y una fantasía encantadora. Él no se cansaba de oír de sus labios sus recuerdos de infancia, ni de hacer que recitase sus poemas favoritos, que se sabía de memoria. Se había dado a sí misma una especie de educación liberal; comprendía un poco las lenguas clásicas, había leído o leía todo lo que estaba de moda, y algunos hermosos libros a los que la moda no alcanza. Le gustaba la historia, como a él y también como a él para, sobre todo, o más bien exclusivamente, buscar en ella unas anécdotas novelescas o dramáticas, y aquí y allá, algunos bellos ejemplos de elegancia moral o de arrogancia en la desgracia. Las tardes vacías en que uno se queda en su casa, era para ellos un juego de sociedad coger de la estantería un grueso diccionario histórico, que Monsieur de C. abría para leer un nombre al azar: pocas veces sucedía que Fernande no estuviera informada sobre el personaje, bien se tratase de un semidiós mitológico, de un monarca inglés o escandinavo, o de un pintor o compositor olvidado. Los mejores momentos para ambos eran los que pasaban juntos en la biblioteca, ante la mirada de su Minerva, obra del cincel de un Premio de Roma allá por 1890. Fernande sabía ocupar tranquilamente días enteros leyendo o soñando. Nunca caía con él en charloteos de mujeres; tal vez lo reservaba para las conversaciones en alemán con Jeanne y Mademoiselle Fraulein.

Tantas buenas cualidades tenían su contrapartida. Como ama de casa era incapaz. Cuando había invitados a cenar, Monsieur de C. la sustituía, manteniendo largos conciliábulos con Aldegonde, atento a evitar que apareciesen en la mesa ciertas combinaciones apreciadas por las cocineras belgas, tales como la gallina con arroz, con guarnición de patatas, o que el postre consistiera en una tarta de ciruelas pasas. En el restaurante, mientras él pedía con apetito y discernimiento platos sencillos, se irritaba viéndola escoger al azar manjares complicados y contentándose finalmente con una fruta. Los antojos del embarazo no tenían nada que ver en ello. Desde los primeros tiempos de su vida en común se había escandalizado al oírla decir, cuando él le proponía que probasen alguna especialidad más del Café Riche: «Pero ¿por qué? Aún queda verdura». Amante de disfrutar del momento, cualquiera que fuese, veía en esto una manera de refunfuñar ante un placer que se ofrecía, o tal vez, cosa que detestaba más que nada en el mundo, cierta parsimonia inculcada por una educación pequeñoburguesa. Se equivocaba al no advertir en Fernande unas veleidades de ascetismo. El hecho es que, incluso para los menos refinados, los menos golosos o los menos tragones, vivir juntos es en parte comer juntos. Monsieur y Madame de C. no hacían buena pareja en la mesa.

Sus atuendos dejaban mucho que desear. Llevaba los vestidos de los mejores modistos con una negligencia que no carecía de gracia; esta desenvoltura irritaba, no obstante, al marido, que tropezaba en la habitación de su mujer con un elegante sombrero o con un manguito tirados por el suelo. Nada más estrenado, el vestido nuevo ya estaba arrugado o roto; se le caían los botones. Fernande tenía unos dedos que perdían todas las sortijas: había perdido su anillo de esponsales un día en que, por la ventanilla abierta de un vagón, le indicaba a Michel un bello paisaje. Su pelo largo, por el que Michel sentía la predilección propia de un hombre de la Belle Époque, era la desesperación de los peluqueros, que no comprendían cómo la señora no era ni siquiera capaz de ponerse una horquilla, ni una peineta en el lugar debido. Había en ella algo de hada, y no hay nada más insoportable, si creemos lo que dicen los cuentos, que vivir con un hada. Peor aún, era miedosa. La dulce y pequeña yegua que él le había regalado languidecía en el establo del Mont-Noir. Madame no consentía en montarla a no ser que su marido o un groom llevaran las riendas. Los inocentes caracoleos del animal la horrorizaban. El mar no le atraía más que el caballo; en su reciente crucero a Córcega y a la isla de Elba, había creído más de veinte veces naufragar, cuando el mar se hallaba agradablemente movido por una pequeña brisa; en la costa ligur, sólo por excepción consintió en dormir dentro del estrecho camarote del yate, aun estando anclado en el puerto, e insistía para que le pusieran la mesa, a la hora de las comidas, en el muelle. Monsieur de C. recordaba el rostro tostado de su primera mujer ayudando a hacer la maniobra cuando hacía mal tiempo, y a la misma, vestida con falda y chaqueta de amazona, en un picadero, ofreciéndose a domar un caballo y resistiendo bien, pese a las salvajes coces y brincos del animal, pegada a su silla de mujer, y tan sacudida que acababa por vomitar.

No se conoce bien a dos seres así unidos si no se saben sus intimidades en la cama. Lo poco que adivino de la vida amorosa de mis padres me hace creer que representaban bastante bien a la pareja de los años 1900, con sus problemas y sus prejuicios que ya no son los nuestros. Michel amaba tiernamente los senos ligeramente caídos de Fernande, tal vez un poco demasiado voluminosos para su estrecha cintura, pero sufría, como tantos hombres de su época, debido a sus propias ambivalencias ante el placer femenino, empeñado en creer que una mujer casta no se entregaba sino para satisfacer al hombre amado, y molesto sucesivamente por la frialdad o por la emoción de su compañera. En parte, sin duda, porque sus lecturas novelescas la habían convencido de que una segunda mujer debe estar celosa de la primera, Fernande hacía unas preguntas que a Michel le parecían algo ridículas, en todo caso, intempestivas. Al pasar los meses e ir convirtiéndose en años, Fernande empezó a dar discretas muestras de querer ser madre, deseo que, en un principio, parecía poco pronunciado en ella. La primera y única experiencia que Monsieur de C. tenía de la paternidad no era como para darle confianza, pero sustentaba por principio que una mujer, si desea un hijo, tiene derecho a tener uno y, salvo error, no más de uno.

Todo procedía, pues, como él lo había querido o, al menos, como él creía que debían pasar las cosas. No obstante, se sentía cogido en la trampa. Cogido en la trampa igual que lo estuvo cuando, para contrarrestar los proyectos de su madre —que veía en él a su futuro administrador, destinado igual que su padre antes que él a escuchar las quejas de los granjeros y a discutir sobre nuevos arrendamientos—, se había enrolado en el ejército sin decir ni una palabra. (Y el ejército le gustó, pero su decisión no dejaba de ser la repercusión de una querella familiar y una especie de torpe chantaje hecho a los suyos.) Cogido en la trampa como cuando abandonó el ejército, también sin avisar, a causa del lindo rostro de una inglesa. Cogido en la trampa como cuando consintió, para darle gusto a su padre, aquejado de una enfermedad que no perdona, en romper aquella ya duradera relación (¡qué dulces eran los verdes paisajes de Inglaterra, qué encantadores los días de sol y de lluvia que habían pasado juntos vagabundeando por los campos, y las meriendas en las granjas!) para casarse con Mademoiselle de L., mujer perfectamente adecuada para él por su situación social, por antiguas alianzas existentes entre las dos familias y más aún por su afición a los caballos y a lo que su madre llamaba «la vida a todo tren». (Y no todo había sido malo durante aquellos años que pasó con Berthe: hubo lo bueno y lo regular, así como lo peor.) A los cuarenta y nueve años se encontraba otra vez cogido en la trampa al lado de una mujer por quien sentía afecto mezclado con una puntita de irritación y de un hijo del que aún no se sabía nada, sino que él llegaría a quererlo para acabar, sin duda —en caso de ser un varón—, con desilusiones y disputas y, en el caso de ser una niña, entregándosela con gran pompa a un extraño con quien se acostaría. Había momentos en que Monsieur de C. sentía deseos de hacer la maleta. Pero la instalación en Bruselas tenía algo bueno. Si esta situación tenía por desenlace, no un divorcio —inimaginable en su ambiente—, sino una discreta separación, nada más natural para Fernande que permanecer con el niño en Bélgica, al lado de los suyos, mientras que él pretextaría la necesidad de resolver ciertos negocios para viajar o regresar a Francia. Y en fin, si el niño era varón, sería una ventaja para él, en los tiempos que corrían, tan dados a la carrera de armamentos, el poder optar algún día por un país neutral. Como se ve, tres años, en números redondos, pasados en el ejército no habían convertido a Monsieur de C. en un patriota dispuesto a entregar a sus hijos para la reconquista de Alsacia y Lorena; le dejaba esos grandes arrebatos a su primo P., diputado de la derecha, que llenaba la Cámara con sus homilías en honor de la natalidad francesa.

No conozco tantos detalles sobre los sentimientos de Fernande durante aquel invierno y, todo lo más, puedo inferir en qué pensaba durante sus insomnios, tendida en su cama gemela de caoba, separada de la de Michel por un biombo; éste también reflexionaba por su lado. Teniendo en cuenta lo poco que sé de ella, llego a preguntarme si ese deseo de maternidad, expresado de cuando en cuando por Fernande al ver a una campesina dándole el pecho a su niño, o al contemplar en un museo a un bambino de Lawrence, era tan profundo como ella misma y Michel lo creían. El instinto maternal no es tan apremiante como suele decirse ya que, en todas las épocas, las mujeres de una condición social llamada privilegiada han entregado, sin grandes remordimientos, sus hijos a unos subalternos; antaño se los dejaban a una nodriza, cuando la comodidad y la situación social de los padres lo exigían; no hace mucho, los abandonaban en las manos, a menudo torpes e indiferentes, de las criadas y, en nuestros días, los dejan en una impersonal guardería. Podríamos también reflexionar en la facilidad con que tantas mujeres han ofrecido sus hijos al Moloch de los ejércitos, vanagloriándose de semejante sacrificio.

Pero volvamos a Fernande. La maternidad era parte integrante de la mujer ideal tal como la describían los tópicos corrientes a su alrededor: una mujer casada tenía la obligación de desear ser madre, lo mismo que la de amar a su marido y practicar las artes de adorno. Todo lo que se enseñaba sobre este particular era, además, confuso y contradictorio: el hijo era una gracia, un don de Dios; era también la justificación de unos actos considerados groseros y casi reprensibles incluso entre esposos cuando no los justificaba la concepción. El nacimiento de un hijo era motivo de gran alborozo en el seno de la familia y, al mismo tiempo, el embarazo era una cruz que una mujer piadosa y que conoce sus deberes llevaba con resignación. En otro aspecto, el niño era un juguete, un lujo más, una razón para vivir un poco más consistente que la de ir de compras o dar paseos por el bosque. Su llegada era inseparable de las ropitas azules o rosas de la canastilla, de las visitas a la recién parida que las recibía en bata de encaje; era impensable que una mujer colmada por todos los dones no recibiera también éste. En suma, el hijo culminaba la plena realización de su vida de joven esposa, y este último punto era seguramente muy importante para Fernande, que se había casado siendo ya algo mayor y que acababa de cumplir treinta y un años el 23 de febrero.

No obstante, aunque sus relaciones con sus hermanas fueran muy cariñosas, no les había dicho ni palabra de su embarazo (excepto a Jeanne, que era su consejera para todo), haciéndolo lo más tarde posible, cosa que no suele ser corriente en una mujer exultante ante sus esperanzas de ser madre. Las hermanas no lo habían sabido hasta después de que Madame de C. llegara a Bruselas. A medida que se iba acercando el momento de dar a luz, los piadosos y encantadores tópicos iban dejando cada vez más al desnudo una emoción muy simple, que era el miedo. Su propia madre, agotada por diez partos, había muerto un año después de nacer ella, «de una corta y cruel enfermedad» ocasionada quizá por un nuevo y fatal embarazo; su abuela había muerto de parto a los veintiún años. Una parte del folklore que se transmitían en voz baja las mujeres de la familia estaba compuesta de recetas en caso de partos difíciles, de historias de niños que nacieron muertos o murieron al nacer, antes de que se les hubiese podido administrar el bautismo, de madres jóvenes que murieron a consecuencia de las fiebres de leche. En la cocina y en el cuarto de costura, aquellos relatos ni siquiera se hacían en voz baja. Pero estos terrores que la obsesionaban permanecían indefinidos. Pertenecía a una época y a un medio en que no sólo la ignorancia era para las solteras una parte indispensable de la virginidad, sino que las mujeres, aunque estuvieran ya casadas y fueran madres, ponían su empeño en no saber gran cosa sobre la concepción y el parto, y ni siquiera hubieran creído poder nombrar los órganos correspondientes. Todo lo relacionado con la parte central del cuerpo era asunto de los maridos, de las comadronas y de los médicos. Por mucho que las hermanas de Fernande —que abundaban en consejos en cuanto al régimen y tiernas exhortaciones— le dijesen que se quiere de antemano al niño que va a nacer, no conseguía establecer una relación entre sus náuseas, sus malestares, el peso de esa cosa que iba creciendo dentro de ella y que saldría, de un modo que no se imaginaba bien, por la vía más secreta, y la pequeña criatura, parecida a los preciosos Jesusitos de cera, cuyos vestidos llenos de puntillas y gorritos bordados estaban preparados ya. Sentía miedo ante aquella prueba cuyas peripecias sólo se figuraba por encima, y para la cual sólo dependería de su propio valor y de sus propias fuerzas. La oración era para ella un recurso; se tranquilizaba pensando que le había pedido, a las monjas del convento en donde fue educada, una novena a su intención.

Los peores momentos eran sin duda los del vacío de la noche, cuando la despertaba su habitual dolor de muelas. Se oían circular los primeros coches, a largos intervalos, sobre los adoquines de la Avenue Louise, llevando a sus casas a la gente que regresaba de alguna velada o del teatro, el ruido agradablemente amortiguado por lo que entonces era una cuádruple fila de árboles. Se refugiaba en tranquilizadores detalles prácticos: el acontecimiento no estaba previsto hasta el 15 de junio, pero Azélie, la enfermera, entraría en funciones a partir del 5; habría que acordarse de escribir a Madame de B., Rue Philippe le Bon, en cuya casa trabajaba Azélie en aquellos momentos, para agradecerle el habérsela cedido unos días antes de lo concertado. Todo sería más fácil en cuanto tuviese a su lado a una persona experimentada. Al despertarse, sin darse cuenta de que se había vuelto a dormir, miraba la hora en el relojito que había encima de la mesilla de noche: era la hora de tomar el reconstituyente que le había recetado el médico. Un rayo de sol atravesaba las tupidas cortinas; haría buen tiempo; podría ir en coche a hacer unas compras, o a pasearse con Trier por el jardincillo. El peso del porvenir ya no era tan abrumador, se subdividía en pequeños quebraderos de cabeza o en fútiles ocupaciones, unas agradables y otras menos, pero todas distraídas y que le llenaban las horas hasta el punto de hacérselas olvidar. Mientras tanto, la tierra seguía dando vueltas.

 

A principios de abril, los dolores de muelas de Fernande no la dejaban descansar, así que decidieron arrancarle la del juicio, que había salido mal. Perdió mucha sangre. El dentista Quatermann, que acudió a domicilio, le dio los habituales consejos de prudencia: trocitos de hielo dentro de la boca, unas cuantas horas de reposo sin tomar alimentos sólidos ni bebidas calientes y el más completo mutismo. Monsieur de C. se instaló a su lado y, conforme a las recomendaciones del dentista, le dio un lápiz y una hoja de papel para que escribiera en ella sus menores deseos. Conservó después aquella hoja, en donde Fernande había garabateado unas notas casi ilegibles. Son las siguientes:

 

—Baudoin ya ha tenido eso.

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—Quatermann es inteligente, activo y simpático... muy diferente del doctor Dubois de ayer.

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—Estoy muda, igual que Trier.

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—Y además me duele hasta cuando quiero chupar una pasta...

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—No está en el agua hirviendo...

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—Llama... Manda que traigan un tapón... Vino...

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—¿En la habitación de al lado, encima de la lumbre?

 

Y eso es todo. Pero basta para darme el tono y el ritmo de lo que se decían en la intimidad aquellas dos personas, sentadas una al lado de la otra en una casa desaparecida, hará sesenta y nueve años. No presumo las razones que le hicieron guardar a Monsieur de C. este trozo de papel, pero el hecho de que lo conservara me hace pensar que no todo fueron malos recuerdos los de aquellas veladas de Bruselas.

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El 8 de junio, hacia las seis de la mañana, Aldegonde iba y venía por la cocina sirviendo café en los tazones para Barbara y el jardinero. La enorme estufa de carbón se estaba poniendo ya roja, cargada con toda clase de recipientes llenos de agua hirviendo. Su calor era grato; pese a la estación en que estaban, hacía fresco en aquel cuarto del subsuelo. Nadie había pegado ojo. Aldegonde había tenido que preparar tentempiés nocturnos para el señor y para el médico, que no habían abandonado la habitación de la señora desde la noche anterior. También hubo que hacer caldo y leche con yema para fortalecer a la señora que, por lo demás, apenas si los había tocado. Barbara se había pasado toda la noche yendo de acá para allá, entre la habitación del primer piso y la cocina, llevando bandejas, jarros y ropa. En principio, a Monsieur de C. le hubiera parecido más decente que aquella delicada muchacha de veinte años no asistiera a las peripecias del parto, pero no suelen guardarse con una criada, hija de un aparcero limburgués, las mismas consideraciones que con las señoritas de la ciudad y, de todos modos, Azélie la necesitaba constantemente. Barbara había tenido que subir y bajar veinte veces aquellos dos pisos.

Imagino sin dificultad a los tres criados sentados al calor de la estufa, con sus largas rebanadas de pan colocadas en el borde del tazón, en el que mojaban cada uno de los bocados, compadeciendo a la señora para quien la cosa se presentaba mal, pero saboreando al mismo tiempo aquel momento de descanso y de buena comida que pronto, sin duda, se vería turbado por el timbre o por nuevos gritos. A decir verdad, desde la medianoche ya se habían acostumbrado a los gritos. Cuando se producía un momento de calma, el no oírlos daba miedo; las mujeres se acercaban a la puerta de la escalera de servicio, que habían dejado entreabierta; los lamentos entrecortados casi los tranquilizaban. Pasó el lechero con su carreta, arrastrada por un perro muy grande. Aldegonde salió a su encuentro con su cacerola de cobre, que el hombre llenó inclinando el cántaro; cuando el cántaro se quedaba casi vacío, las últimas gotas eran para el perro, que llevaba una escudilla colgando de sus arreos. El mozo de la panadería llegó después del lechero, trayendo los panecillos para el desayuno, aún calientes. Luego llegó la asistenta, persona a quien los criados miraban por encima del hombro, y cuyas funciones consistían en fregar los escalones del umbral y el segmento de acera, sacarle brillo al timbre, al picaporte de la puerta y a la tapa del buzón que llevaba grabados los nombres de los propietarios. A cada nueva llegada se iniciaba un poco de conversación; se intercambiaban compasivos tópicos mezclados con unas cuantas verdades primordiales: «Dios quiere que los ricos en esto sean iguales a los pobres...». Un momento más tarde, Madame Azélie, a quien no habían oído llamar de nuevo, bajó a por café y una rebanada de pan y dijo que el médico había decidido utilizar el fórceps. No, de momento no necesitaban a Barbara; una persona más hubiera estorbado; había que dejarle al médico libertad de movimientos.

Al cabo de veinte minutos, Barbara, a quien Azélie había llamado imperativamente, entró con una especie de temor en el cuarto de la señora. La hermosa estancia parecía el escenario de un crimen. Barbara, muy ocupada con las órdenes que le daba la enfermera, sólo echó una tímida ojeada al rostro terroso de la parturienta, a sus rodillas dobladas y a sus pies que sobresalían por debajo de la sábana, sostenidos por una almohada. La niña, ya separada de la madre, daba vagidos dentro de una cesta, tapada con una manta. Un violento altercado acababa de estallar entre el señor y el médico, cuyas manos y mejillas temblaban. El señor le llamaba carnicero. Azélie supo intervenir hábilmente para poner fin a las voces mal reprimidas de ambos hombres: el doctor estaba agotado y haría bien en irse a descansar a su casa; no era la primera vez que ella, Azélie, prestaba su ayuda en un parto difícil. El señor ordenó salvajemente a Barbara que acompañara al doctor hasta la puerta.

Pasó éste delante de ella y bajó casi corriendo las escaleras. Cogió el abrigo de color beige claro de una percha que había en el recibidor, con el que cubrió su traje manchado y salió de allí.

 

Con ayuda de Aldegonde, a quien llamaron para echar una mano, las mujeres devolvieron al caos las apariencias del orden. Las sábanas manchadas con la sangre y los excrementos del parto fueron hechas una bola y transportadas al lavadero. Los viscosos y sagrados apéndices de toda natividad, de los que ningún adulto apenas puede imaginarse haberse hallado provisto, acabaron incinerados en las brasas de la cocina. Lavaron a la recién nacida: era una niña robusta, con el cráneo cubierto por una pelusilla negra parecida a la piel de un ratón. Tenía los ojos azules. Volvieron a repetirse los gestos que, desde hace milenios, vienen haciendo una sucesión de mujeres: el ademán de la criada que llena con precaución un barreño, el de la comadrona que mete la mano en el agua para asegurarse de que no está ni demasiado caliente, ni demasiado fría. La madre, harto extenuada para soportar ningún cansancio más, volvió la cabeza cuando le presentaron a la niña. Metieron a la pequeña en una hermosa cuna de raso azul, instalada en el cuarto de al lado: debido a una manifestación típica de su religiosidad, que a Monsieur de C., según los días, le parecía bobalicona o conmovedora, Fernande había prometido vestir a su retoño de azul durante siete años, cualquiera que fuese su sexo, en honor a la Virgen María.

La recién nacida gritaba a pleno pulmón, probando sus fuerzas, manifestando ya esa vitalidad casi terrible que llena a todo ser, incluso a la mosca, que la mayoría de la gente aplasta de un manotazo sin fijarse siquiera. Probablemente —como hoy dicen los psicólogos— gritaba de horror por haber sido expulsada del lugar materno, por terror al recuerdo del estrecho túnel que había tenido que atravesar, por miedo a un mundo en donde todo es insólito, hasta el hecho de respirar y de percibir confusamente algo que es la luz de una mañana de verano. Tal vez hubiera experimentado ya unas salidas y entradas análogas, situadas en otra parte del tiempo; confusos retazos de recuerdos, abolidos en el adulto, ni más ni menos que los de la gestación y el nacimiento, notaban quizá bajo aquel cráneo pequeño aún no suturado. No sabemos nada sobre todo esto: las puertas de la vida y de la muerte son opacas y se cierran pronto y bien para siempre.

Esta niñita, que apenas acaba de cumplir una hora, se halla, en todo caso, atrapada como en una red por las realidades del sufrimiento animal y de la pena humana; también lo está por futilidades de una época; por las pequeñas y grandes noticias del periódico que nadie, esta mañana, ha tenido tiempo de leer y que yace encima del banco del vestíbulo; por lo que está de moda y por lo que es pura rutina. Colgada en la cuna se balancea una cruz de marfil adornada con una cabeza de angelote que, por una serie de casualidades casi irrisorias, poseo yo todavía. El objeto es banal: es un piadoso bibelot colocado allí entre unos lazos casi igualmente rituales, pero al que, probablemente, Fernande había mandado bendecir. El marfil procede de un elefante muerto en la selva congoleña, cuyos colmillos serían vendidos a bajo precio por los indígenas a cualquier traficante belga. Aquella enorme masa de vida inteligente, procedente de una dinastía que se remonta por lo menos a principios del Pleistoceno, ha terminado en esto. Esta chuchería formó parte de un animal que pastó hierba y bebió el agua de los ríos, que se bañó en el barro agradable y tibio, que utilizó este marfil para luchar contra alguno de sus rivales, o para tratar de defenderse de los ataques de los hombres; que acarició con su trompa a la hembra con la que se apareaba. El artista que labró esta materia no supo hacer con ella sino una beatería de lujo: el angelito al que atribuyen el oficio de ángel de la guarda, en quien el niño creerá algún día, se parece a esos cupidos mofletudos también fabricados en serie por los trabajadores a destajo grecorromanos.

Las vainicas y puntillas de la minúscula colcha son obra de unas trabajadoras a domicilio, mal pagadas por la propietaria de la elegante tienda de ropa blanca situada en los barrios lujosos, o por el intermediario que suministra a ésta. Madame de C., aunque posee un corazón sensible, no habrá pensado jamás, seguramente, en las condiciones de vida de esa especie de Parcas que tejen y bordan, invisibles, los trajes de boda y las canastillas. Monsieur de C., a quien dan veleidades caritativas, se ha preocupado por los pobres del pueblo de Saint-Jean-Cappele, más abajo del Mont-Noir: conoce las casuchas en donde, muy de mañana, se instalan las mujeres ante un cojinete apoyado en el antepecho de la ventana, para ganar unas monedas con su trabajo de encajeras, antes de emprender las otras y fatigosas tareas del día; le parecen escandalosas las ganancias de la elegante tendera, pero paga la factura sin rechistar. Quizá, después de todo, gocen también esas mujeres con los exquisitos dibujos que se van formando entre sus dedos; pero también es verdad que más de una dejó su vista en ello. El marido de Fernande no ha querido que empleasen a una nodriza, pues le parece odioso que una madre abandone a su hijo para dar de mamar, a cambio de un salario, al hijo de unos extraños. También en esto le han hecho abrir los ojos las sórdidas aglomeraciones rurales del Norte de Francia: se indigna de que una muchacha pobre se deje cubrir por un amante de paso, a menudo en connivencia con su propia madre, con la esperanza de poder encasquetarse, a los diez u once meses, el gorro lleno de lazos que se ponen las nodrizas, y de encontrar un buen puesto en la casa de algún rico, que acaso pueda conservar durante años si, más tarde, de ser ama de cría pasa a ser la criada de los niños. Hay en él, como en muchos hombres de su época, un Tolstói en ciernes, atrapado a pesar suyo por unos usos y convencionalismos de los que no puede —por falta de valor y de ganas— desprenderse del todo. No hay ni que pensar siquiera en que Fernande se estropee los senos; criarán a la niña con biberón.

La leche apacigua los gritos de la niña. Ha aprendido muy pronto a tirar, casi con salvajismo, del pezón de goma; la sensación agradable del líquido que fluye dentro de ella es, seguramente, su primer placer. El rico alimento proviene de una bestia nutricia, símbolo animal de la tierra fecunda, que da a los hombres no sólo su leche, sino más tarde, cuando ya sus mamas se hayan agotado definitivamente, su pobre carne y, finalmente, su piel, sus tendones y sus huesos, con los que harán cola y negro animal. Morirá de una muerte casi siempre atroz, arrancada de sus prados habituales, tras un viaje largo en el vagón para animales, que no dejará de sacudirla hasta llegar al matadero; a menudo dolorida, sedienta, asustada, en todo caso, por aquellas sacudidas y ruidos tan nuevos para ella. O bien la empujarán, a pleno sol, a lo largo de un camino, unos hombres que la pincharán con sus largas aijadas y la maltratarán si se resiste; llegará jadeante al lugar de ejecución, con la cuerda al cuello, en ocasiones con un ojo reventado, y la entregarán en manos de los matarifes, gente que se ha vuelto brutal a fuerza de ejercer su miserable oficio y que empezarán a despedazarla cuando aún no esté muerta del todo. Su mismo nombre, que debería ser sagrado para los hombres a quienes alimenta, resulta ridículo en francés, y probablemente también algunos lectores pensarán que tanto esta observación como las precedentes son igualmente ridículas.

La niña pertenece a un tiempo y a un medio en que la domesticidad era una institución; se da por descontado que Monsieur y Madame de C. tienen «inferiores». No es el momento de preguntarse aquí si Aldegonde y Barbara están más satisfechas de su suerte que los antiguos esclavos o que las obreras de una fábrica; señalemos, no obstante, que la recién nacida, en el transcurso de su vida apenas empezada, verá proliferar otras formas de servidumbre más degradantes que el trabajo doméstico. Por el momento, Barbara y Aldegonde dirían seguramente que no tienen motivo alguno de queja. De cuando en cuando, una de ellas, o Madame Azélie, le echa una ojeada a la cuna y se vuelve a toda prisa a los aposentos de la señora. La niña que aún no sabe (o que ya no sabe) lo que es un rostro humano, ve inclinarse sobre ella a unos grandes orbes confusos que se mueven y de los que sale ruido. Del mismo modo, muchos años más tarde, borrosos esta vez por la confusión de la agonía, acaso verá inclinarse sobre ella el rostro de las enfermeras y del médico. Me gusta pensar que Trier, el perro, a quien habían echado de su cómodo sitio de costumbre, encima de la colcha de Fernande, encuentra la manera de deslizarse hasta la cuna, husmear a esa cosa nueva cuyo olor aún no conoce, y mueve su larga cola para mostrar que confía, para luego regresar con sus patas torcidas a la cocina, donde se encuentran las buenas tajadas.

Hacia las dos de la tarde, descartado al parecer todo peligro de hemorragia, Monsieur de C. se fue a buscar al Círculo a su cuñado Théobald, y luego a su cuñado Georges —que había venido de Lieja para pasar unos días con Jeanne— y a quienes una esquela había informado ya sobre los acontecimientos de la mañana. Aquellos tres señores fueron a inscribir a la niña en el ayuntamiento de Ixelles. Monsieur de C. ignoraba quizá que este edificio, nada feo, había sido unos cincuenta años atrás la residencia campestre de la Malibran, la ilustre cantante cuya muerte prematura inspiró a Musset un poema que a Fernande y a él les gustaba mucho, y más de una vez se lo habían recitado uno al otro (Sin duda ya es muy tarde para hablar aún de ella; / Desde que ella no está quince días han pasado...). No lejos de allí, en el cementerio de Ixelles, reposa desde hace unos años un suicida francés, a quien Monsieur de C. hizo recientemente una visita respetuosa: el valeroso general Boulanger, enaltecido por las canciones de café cantante, que faltó a su compromiso con los diputados de la derecha, los cuales urdían en su favor un golpe de Estado, para reunirse en Bruselas con su amante moribunda, la tuberculosa señora de Bonnemain. El valiente general es para Monsieur de C. un personaje políticamente ridículo, pero sólo admiración siente por esa muerte de amante fiel («¿Cómo he podido yo vivir ocho días sin ti?»). El momento, empero, no era apropiado para ideas fúnebres. El teniente alcalde inscribió debidamente en su registro a la hija de Michel-Charles-René-Joseph C. de C., propietario, nacido en Lille (Norte, Francia), y de Fernande-Louise-Marie-Ghislaine de C. de M., nacida en Namur, cónyuges, residentes en la misma vivienda y domiciliados en Saint-Jean-Cappelle (Norte, Francia). La primera C. del apellido paterno era la inicial de un antiguo patronímico flamenco que ponían en documentos oficiales, pero que utilizaban cada vez menos en la vida diaria, prefiriendo a éste el nombre, de sonido muy francés, de una propiedad adquirida en el siglo XVIII.

Este documento oficial está, por lo demás, casi tan lleno de errores como un texto de escriba antiguo o medieval. Uno de los nombres de Fernande está repetido por error; en la lista de nombres y calidades de los testimonios, el barón Georges de C. de Y., residente en Lieja, industrial (ignoro qué clase de industrias dirigiría aquel año, pero sé que más tarde se ocupó de un negocio de importación de vinos franceses), a pesar de su firma harto legible, ve cómo le ponen el mismo apellido que a su cuñado Théobald de C. de M., quien residía en Bruselas y no era barón. Por una confusión que era debida, probablemente, al lenguaje familiar, Georges, además, es presentado como tío abuelo de la recién nacida; en realidad, era primo hermano de Fernande y marido de la hermana mayor de ésta. Son pequeñas equivocaciones o simplemente inexactitudes, pero capaces de enfurecer a varias generaciones de eruditos, cuando se trata de un documento más importante que éste.

El médico que había sustituido al doctor Dubois manifestó que, bien mirado, el estado de la parturienta era bastante satisfactorio. Los dos días que siguieron transcurrieron sin problemas: Jeanne y Fraulein acudían un ratito cada mañana para ver a Fernande, después de oír misa en la iglesia de los Cármenes, a la que Mademoiselle Jeanne no habría faltado por nada del mundo. No obstante, al llegar el jueves, una ligera fiebre inquietó a Madame Azélie. Al día siguiente, Monsieur de C. tomó la decisión de anotar en lo sucesivo la temperatura y el pulso de la enferma, que la enfermera tomaba mañana y tarde. Cogió al azar un tarjetón que llevaba enlazados casi irrisoriamente los blasones de ambas familias y empezó por anotar la fecha del día anterior, tratando de recordar exactamente cuál había sido la temperatura y el pulso en ese día. Ni él, ni Madame Azélie se acordaban ya. Su lista se establece de la manera siguiente:

 

11 de junio

8 h. de la mañana

8 h. de la tarde

3...

12 de junio

8 h. de la mañana

38.7

pulso,100

4 h. de la tarde

39.9

p.120

8 h. de la tarde

39

p.100

mediodía

38.2

p.108

4 h.

38.7

p.106

10 h. de la noche

39

p.120

14 de junio

8 h. de la mañana

38.5

p.108

10 h. de la noche

39.6

p.110

15 de junio

8 h. de la mañana

38.2

p....

mediodía

38.2

p....

16 de junio

8 h. de la mañana

39.6

p.130

mediodía

38.3

p.108

4 h.

40.3

p.130

9 h.

40.4

p.135

17 de junio

8 h. de la mañana

39.7

p.134

mediodía

38.7

p.124

4 h.

37.2

p....

9 h.

39.6

p.134

18 de junio

8 h. de la mañana

38.6

p.130

4 h.

39.6

p.133

 

Fernande murió en la noche del 18, de una fiebre puerperal acompañada de peritonitis. El único día del mes que Monsieur de C. no indicó en su lista es un trece, aunque sí apuntó el pulso y la temperatura en esa fecha. Acaso omitió escribir este número por superstición.

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Aquella agitada semana fue señalada por algunos pequeños acontecimientos más secundarios. El primero fue el bautizo. Tuvo lugar sin pompa alguna, en la vulgar iglesia parroquial de Sainte-Croix, construida en 1859 y arreglada chapuceramente después de la época sobre la que escribo, sin duda para adaptarla lo mejor posible a la arquitectura de un imponente centro de televisión y radio muy cercano. En aquella misma parroquia, dos años y medio antes, se habían casado Michel y Fernande. Aparte del cura y del monaguillo, sólo estaban presentes el padrino, Monsieur Théobald, Mademoiselle Jeanne, la madrina —sostenida como siempre por la Fraulein y la doncella, a quienes ella llamaba sus dos bastones—, y Madame Azélie, que llevaba en brazos a la niña y tenía prisa por volver al lado de su enferma, a cuya cabecera la sustituían en aquellos momentos el señor y Barbara.

Pusieron a la niña los nombres de Marguerite —a causa de la tan querida institutriz alemana que se había llamado Margareta antes de convertirse para todo el mundo en Mademoiselle Fraulein—, de Antoinette —nombre que, conjuntamente con el de Adrienne, llevaba la detestable Noémi, cuyo nombre habitual parecía pasado de moda y un poco grotesco—, de Jeanne —por Jeanne la impedida y un poco también en recuerdo de una amiga de Fernande que llevaba ese nombre, entre otros, y estaba destinada a desempeñar un papel bastante grande en mi vida—, de Marie —por Aquella que ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte— y finalmente de Ghislaine, como acostumbran a hacer en el Norte de Francia y en Bélgica, ya que se supone que San Ghislain protege de las enfermedades de la infancia. Las rituales cajas de peladillas habían sido encargadas de antemano, y sólo esperaban para su reparto el que se pudiera escribir el nombre de la niña con cursivas de plata en la tapa de cartón color crema, adornado con una maternidad de Fragonard. Barbara conservó la suya durante mucho tiempo. Unos años más tarde, pude yo chupar pensativamente aquellas almendras envueltas en azúcar, a la vez duras y quebradizas, que provenían de mi bautizo.

 

Un hecho más importante, por lo menos a los ojos de Monsieur de C., tuvo lugar al día siguiente. Fernande, en uno de esos momentos en que recuperaba fuerzas para desear algo, buscó ayuda espiritual. Recordaba haber venerado varias veces las reliquias expuestas en la iglesia de los Carmelitas a la que iba con Jeanne. En los casos graves, se solían llevar algunas veces estas reliquias a casa de quienes así lo pedían. Fernande le pidió a Monsieur de C. que solicitara para ella aquel favor del superior del convento.

Tenía, sin embargo, otras reliquias más al alcance de la mano. Encima de una consola, en un rincón del cuarto conyugal donde se aislaba para rezar, se erguía en su peana un crucifijo del siglo XVII, procedente de la capilla de la mansión de Suarlée, en donde se había criado. La peana y los brazos de la cruz llevaban incrustados pequeños relicarios: a través de un fino cristal abombado veíanse unos trocitos de hueso incrustados sobre un fondo de terciopelo rojo y descolorido, provistos —cada uno de ellos— de una estrecha banderola de pergamino en la que se indicaba a qué mártir habían pertenecido. Pero la tinta de las diminutas inscripciones latinas había palidecido, y los mártires habían vuelto a ser anónimos. Lo único que se sabía era que uno de los abuelos se había traído de Roma aquel piadoso tesoro, y que aquellos trocitos de hueso procedían del polvo de las Catacumbas. Acaso por el hecho de ignorar a qué santos habían pertenecido, tal vez por la costumbre de ver aquel objeto un poco lúgubre, con su Cristo de plata de formas blandas y sus ribetes de concha ligeramente deteriorados, mitigaban en Fernande la fe en su eficacia. Las reliquias que se veneraban en los Carmelitas, al contrario, eran tenidas como milagrosas en el barrio.

Se presentó un joven fraile aquel mismo día. Entró discretamente en la hermosa estancia del primer piso; sacando de un repliegue de su hábito la caja-relicario, la colocó encima de la almohada con una deferencia y unos cuidados infinitos, pero Fernande, que había recaído en su inquieto sopor, ni siquiera advirtió la llegada de aquel tan anhelado socorro. Luego, arrodillándose, el joven carmelita dijo en voz alta unas preces en latín, seguidas de una silenciosa oración. Monsieur de C., también arrodillado por decoro más que por convicción, lo miraba rezar. Al cabo de un buen rato, el visitante vestido de estameña se levantó, miró pensativamente a la enferma con lo que a Monsieur de C. le pareció una profunda tristeza, recogió delicadamente el relicario portátil, lo envolvió de nuevo y se dirigió a la puerta. Monsieur de C. lo acompañó hasta la calle. Tenía la impresión de que la melancolía del joven fraile no era debida sólo a la compasión por la agonizante, sino que, dudando él mismo del poder de las reliquias que llevaba, había esperado encontrar una prueba, ver en la enferma una mejoría repentina que disipara aquella duda culpable, y que se marchaba desalentado. Quizá Monsieur de C. se inventara todo aquello.

La segunda visita fue la de Noémi. Por cariño al hijo de Monsieur de C., a quien continuaba llamando el pequeño Michel a pesar de su alta estatura y de sus diecinueve años, había reprobado el segundo matrimonio de su hijo, y aún más el embarazo de Fernande. El telegrama que anunciaba el feliz acontecimiento provocó su habitual ademán de descontento, que consistía en darse un azote en el muslo, señal de vulgaridad que irritaba a los suyos. «¡Habéis cortado en dos al pequeño Michel!» —había exclamado, significando con esta metáfora que su favorito sólo heredaría la mitad de los bienes paternales. No obstante, acabó por acudir a Bruselas, sin duda por curiosidad de mujer y, sobre todo, de mujer vieja que no resiste la tentación de visitar el cuarto de una parturienta, y también un poco porque Monsieur de C., a quien toda esta historia costaba muy cara, le había pedido a su madre que le adelantase unos cuantos billetes de mil francos; los llevaría ella en persona y así gozaría del placer de intercambiar, como solía en esas ocasiones, unas cuantas palabras agrias con su hijo. A pesar de su edad, iba de vez en cuando por la capital belga para hacer compras, ya que París estaba demasiado lejos y en Lille no había mucho donde elegir. El único inconveniente consistía en que, al volver, había que pagar derechos de aduana por algunos artículos, pero ella se las arreglaba generalmente para no tener que pagar nada.

Nada más bajar del coche de punto, pudo percatarse del estado de Fernande. En efecto, la acera, delante del número 193 de la avenida, se hallaba cubierta de una abundante capa de paja, destinada a amortiguar el ruido de los coches, precaución que siempre se tomaba en los casos de enfermedad grave, lo que ya había informado a la vecindad sobre el estado crítico de la recién parida. Barbara hizo pasar a la Señora Madre, quien se negó a instalarse en el saloncito de la planta baja, y a soltar su sombrilla. Se sentó en el banco del vestíbulo.

Habían avisado a Monsieur de C., quien reconoció, desde el rellano del primer piso, la silueta corpulenta y un poco achaparrada de su madre, y la manera en que apretaba contra su vientre, como si alguien se lo fuera a quitar, el bolso de cuero negro adornado con una corona condal de fantasía que irritaba a Michel, aunque él se dejara tratar como el que no quiere la cosa de conde por los proveedores en ocasiones. Tan pronto estuvo al lado de la anciana señora le resumió sin ambages la situación: no existía ninguna esperanza de poder salvar a Fernande. No obstante, la fiebre había bajado un poco y no había ningún inconveniente en que la enferma recibiera una visita breve; de momento, conservaba su pleno conocimiento y aquella atención por parte de su suegra la conmovería.

Pero la vieja señora había olido a la muerte. Su rostro se crispó y, apretando un poco más el bolso contra sí, dijo:

—¿No crees que yo podría contagiarme?

Monsieur de C. se contuvo para no asegurar a su madre que la fiebre puerperal era un riesgo que ella ya no corría. La Señora Madre, acurrucada en su banco, se negó a almorzar, ofrecimiento en el que Michel no insistió, ya que Aldegonde, que velaba a la cabecera de Fernande gran parte de la noche, había apagado ya casi todos sus hornillos. La noble viuda volvió a subir al coche que la estaba esperando y salió para el Mont-Noir sin entretenerse más. Más tarde dijo que, con la emoción, se había olvidado de entregarle a su hijo los billetes que le había pedido.

 

Un poco más tarde, Fernande recibió una última visita, pero ahora ya no era cuestión de intercambiar unas palabras con aquella persona, ni de acogerla con una sonrisa. Era el fotógrafo. Hizo su entrada con los instrumentos propios de su arte brujo: las placas de cristal sensibilizadas de manera que pudiesen fijar, para mucho tiempo, si no para siempre, el aspecto de las cosas; la cámara oscura construida a semejanza del ojo y para suplir los fallos de la memoria, el trípode con su trapo negro. Además de la última imagen de Madame de C., aquel desconocido conservó para mí de ese modo los últimos vestigios del escenario, gracias a los cuales puedo recrear aquel interior olvidado. A la cabecera de Fernande, dos candelabros de cinco brazos, cada uno de ellos con sólo tres velas rituales encendidas, dan un no sé qué de lúgubre a la escena que, de otro modo, sólo sería solemne y sosegada. El cabezal de la cama de caoba se destaca sobre los pliegues del dosel, junto con —entrevisto a la izquierda— un segmento de otro lecho exactamente igual, cuidadosamente tapado por la colcha de tul encañonada y en el que, seguramente, no durmió nadie aquella noche. Me equivoco; examinando más de cerca la imagen, vislumbro en un rincón, encima de la colcha, una masa negra: las patas de delante y la nariz de Trier, hecho un ovillo encima de la cama de su amo, y al que Monsieur de C. consentiría en dejar allí por parecerle amable y conmovedor.

Las tres mujeres habían arreglado a Fernande con el mayor cuidado. Sobre todo, da la impresión de estar exquisitamente pulcra: los rastros de sudor, la supuración de los loquios han sido lavados y enjugados; una especie de tregua temporal parece producirse entre las disoluciones de la vida y las de la muerte. Esta yacente de 1903 está vestida con un camisón de batista, de cuello y puños adornados con encaje; un tul diáfano vela imperceptiblemente su rostro y pone un nimbo a sus cabellos, que parecen muy oscuros, por contraste con la blancura de la ropa. Sus manos, en las que se entrelaza un rosario, se hallan juntas sobre la parte alta del vientre, hinchado por la peritonitis, que le ahueca la sábana como si todavía estuviera esperando a su hija. Se ha convertido en lo que se convierten los muertos: en un bloque inerte y cerrado, insensible a la luz, al calor, al contacto, que ya no recibe dentro de sí unos alimentos para excretar parte de ellos después. Mientras que en sus retratos de soltera y de recién casada, Madame de C. no ofrece a las miradas sino un rostro agradable y fino, sin más, por lo menos algunas de sus fotografías mortuorias dan la impresión de belleza. El rostro demacrado por la enfermedad, el sosiego de la muerte, la ya total ausencia del deseo de gustar o de causar buena impresión, y quizá también la iluminación hábil del fotógrafo, hacen resaltar el modelado de aquella cara humana, subrayando los pómulos algo altos, los arcos profundos de las cejas, la nariz delicadamente arqueada, de estrechos orificios, y le confieren una dignidad y una firmeza que nadie sospechaba. Los anchos párpados cerrados, al producir la ilusión del sueño, le dispensan una dulzura que, de otro modo, le faltaría. La boca sinuosa es amarga, con ese pliegue de orgullo que a menudo vemos en los labios de los muertos, como si hubiesen obtenido una victoria caramente conseguida. Se nota que las tres mujeres han dispuesto con cuidado la sábana recién planchada formando grandes pliegues paralelos, casi esculturales, extendidos por todo lo ancho de la cama, y han ahuecado la almohada de la señora.

 

Dos comunicaciones llegaron casi al mismo tiempo aquella semana a los amigos y conocidos. Una de ellas era un sobrecito discretamente orlado de una franja azul, que había sido encargado, lo mismo que las cajas de peladillas, largo tiempo atrás. Una hoja de papel haciendo juego llevaba grabadas unas letras en bastardilla, del mismo color azul, informando de que Monsieur y Madame de C. tenían la alegría de comunicar el nacimiento de su hija Marguerite. La segunda estaba brutalmente orlada con una ancha franja negra. Marido, hija, hijastro, madre política, hermanos, hermanas, cuñados, tía, sobrinos, sobrinas y primos hermanos de Fernande comunicaban, con el más profundo dolor, la pérdida irreparable que acababan de sufrir. El entierro tendría lugar el 22 de junio, a las 10, en el panteón perteneciente a la familia de la difunta, en Suarlée, después de una misa de cuerpo presente, sin menoscabo de otra misa que se celebraría ocho días después en Bruselas. Habría unos coches esperando en la estación de Rhisnes, donde se efectuaría el levantamiento del cadáver, a la llegada del tren que salía de Bruselas a las 8 y 45 de la mañana.

La ceremonia transcurrió como estaba previsto, ignoro si bajo la lluvia o a pleno sol. La madre política y el hijastro se habían quedado en el Mont-Noir. Tras un desayuno apresurado, aunque tal vez algo más copioso que de costumbre, los participantes acudieron a la hora señalada a la estación del Quartier Léopold. En Rhisnes, unos cocheros procedentes de Namur y para los que esta ceremonia representaba un buen día, esperaban con sus coches a lo largo de la vía; los caballos agachaban de cuando en cuando la cabeza para arrancar un suculento bocado de hierba. Bajaron a Fernande al panteón adosado al muro exterior de la iglesia del pueblo; una verja lo separaba del resto del cementerio. Después de haber pasado tres años y tres meses junto a Monsieur de C., volvía con los suyos. El pequeño recinto familiar, con cruces todas iguales, se hallaba ya habitado por sus padres, así como por dos de sus hermanos y una hermana que murieron jóvenes. Después de los funerales, Monsieur de C. estuvo hablando con el cura, quien le hizo notar la pobreza de la iglesia. En efecto, era bastante fea, poco antigua o mal construida, y el interior estaba enlucido con un color pardo amarillento. Pero lo que, sobre todo, afligía al cura era la falta de vidrieras en el coro. Una hermosa vidriera que representara a San Fernando, colocada cerca del recinto funerario, sería, con toda seguridad, el más conmovedor monumento en memoria de la difunta. El viudo sacó su talonario de cheques.

Unos cuantos meses más tarde, estando en el Mont-Noir, recibió una fotografía de la nueva vidriera ya colocada en su sitio, y que le pareció horrorosa. Una obsequiosa carta del cura acompañaba el envío. Cierto era que la vidriera embellecía el coro de la iglesia pero, por contraste, la ventana del lado izquierdo, con su cristal blanco, hacía peor efecto que nunca. Tal vez se pudiera ornarla, para que hiciera juego, con otra vidriera que representara a San Miguel. Monsieur de C. tiró aquella carta a la papelera.

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Durante aquellos días tan llenos de ocupaciones, nadie tuvo mucho tiempo para dedicárselo a la niña, a quien a menudo alimentaban con leche fría, sin hervirla siquiera, y a quien este régimen sentaba muy bien. Tan sólo una vez se ocuparon seriamente de ella. En uno de esos momentos en que Fernande tomaba conciencia de lo que estaba sucediendo y de hacia dónde se encaminaba, le hizo a su marido la recomendación siguiente, en presencia de Mademoiselle Jeanne y de la Fraulein:

—Si la pequeña quiere hacerse religiosa algún día, que nadie se lo impida.

Monsieur de C. no me transmitió nunca esta frase y Jeanne tuvo la discreción de callársela. No ocurrió lo mismo con la Fraulein. Cada vez que iba a pasar unos días en casa de la que para mí era tía Jeanne, Mademoiselle Fraulein me repetía estas últimas palabras de mi madre, lo que me hacía considerar aún más insoportable a la pobre vieja alemana, cuyas caricias y ruidosas bromas ya de por sí me irritaban. Desde la edad de siete u ocho años, me parecía que aquella madre, de la que yo no sabía casi nada y de quien mi padre nunca me había enseñado una fotografía (Mademoiselle Jeanne tenía una fotografía suya entre otras muchas, encima del piano, pero no se tomó la molestia de indicármelo), invadía indebidamente mi vida y mi libertad, tratando de empujarme así, de manera harto visible, en una determinada dirección. Cierto era que el convento no me seducía nada pero, probablemente, me hubiera mostrado igual de reticente si hubiese sabido que, en su lecho de muerte, ella había dispuesto mi futuro matrimonio o indicado la institución en donde deberían educarme. ¿Por qué se metían donde no les importaba todas aquellas gentes? Yo reaccionaba con el mismo imperceptible retroceso del perro que aparta el cuello cuando alguien le muestra un collar.

Pensándolo bien, esta recomendación no me parece proceder de la religiosidad que admiraba la Fraulein. Todo me empuja a creer que, ni en su primera juventud, atravesada por las ensoñaciones y arrebatos sentimentales que se llevaban en su época, ni el matrimonio y la existencia colmada que trató de darle Monsieur de C. habían satisfecho del todo a Fernande. Visto desde sus sufrimientos, que debieron ser atroces, su corto pasado le parecía sin duda irrisorio; su desamparo presente tachó de él, como con una raya negra, la felicidad que pudo haber aquí y allá, y deseó evitarle a su hija la repetición de una experiencia que tomaba tan mal cariz para ella. En cierto sentido, aquellas palabras constituían un discreto reproche al marido que tan bien había creído cumplir con ella en todo lo que se le debe a una mujer: le significaba que, al igual que Mélisande, su contemporánea, no había sido dichosa.

No quiere esto decir que Madame de C. no tuviese sentimientos religiosos; ya he mostrado lo contrario. Puede ser, pues, que Fernande en su agonía diera un salto hacia Dios y que no sólo su vida personal, sino cualquier vida terrestre le pareciese vana y ficticia a la confusa luz de la muerte. Acaso al desear para la niña lo que a ella le parecía la tranquila vida del convento, tal y como se la presentaban sus recuerdos, Fernande trataba de entreabrir para la pequeña la única puerta que conocía y que llevaba fuera de lo que en otros tiempos llamaban el siglo, y hacia la única trascendencia cuyo nombre sabía. A veces me digo a mí misma que, tardíamente y a mi manera, he abrazado el estado religioso, y que el deseo de Madame de C. se ha realizado de un modo que, probablemente, ella no hubiese aprobado ni entendido.

 

Pasaron más de cincuenta y tres años antes de mi primera visita a Suarlée. Fue en 1956. Yo atravesaba Bélgica, procedente de Holanda y de Alemania; acababa de ir a respirar en Westfalia la atmósfera de Münster, con vistas a un libro que tenía empezado. Caí en esta sombría ciudad un día de fiesta patriótica y religiosa: se celebraba la reanudación del culto en la catedral, medio destruida por los bombardeos de 1944. La vieja ciudad estaba llena de enormes oriflamas; ruidosos discursos salían de los altavoces. La explanada de la catedral que vio, en el siglo XVI, las locuras de Hans Bockhold y la sangrienta represión de los anabaptistas, se hallaba repleta de una multitud amargamente instalada en el recuerdo de sus propias ruinas. Yo misma, la amiga americana que me acompañaba y el chófer holandés que nos conducía, todos teníamos recuerdos igualmente amargos de aquel año 1944: no eran los mismos que los de aquellos westfalianos. Nos sentíamos intrusos y a disgusto en aquella solemnidad, aun comprendiendo su importancia para la vieja ciudad alemana, pero en el seno de la cual éramos sus enemigos de ayer y, ahora, unos extranjeros. Dejamos rápidamente Münster.

En La Haya, los periódicos no hablaban más que del rapto de Ben Bella, golpe de efecto en el melodrama del Norte de África. Unos días más tarde, divulgada por radio y prensa a bombo y platillo, luego de preparativos torpemente subrepticios, empezó la malhadada locura de Suez. En una gran ciudad de la Bélgica flamenca asistí al delirio patriotero de un grupo de franceses de la variedad oficial, que brindaban por la victoria no se sabe muy bien sobre quién. Industriales ingleses, vislumbrados al día siguiente o dos días después, hacían eco a este belicismo con acento británico. Se hablaba ya de mercado negro y las amas de casa belgas coleccionaban kilos de azúcar. Los más listos compraban láminas de plomo para tapar con ellas sus ventanas, ya que el plomo protege de las radiaciones atómicas. Entretanto, los Soviets se aprovechaban para consolidar su glacis en un momento en que Occidente se ocupaba de otra cosa. Llegué a Bruselas cuando estalló la noticia de que los tanques rusos cercaban Budapest. Para ennegrecer todavía más este cuadro, ya de por sí bastante sombrío, mi jovial taxista exclamaba: «¡Los rusos largan bombas de fósforo! Todo arde. ¡Hay que ver eso!». El buen hombre también estaba excitado, no por el entusiasmo, en verdad, ya que tenía miedo de los rusos, sino por esa especie de excitación casi gozosa que inspiran a las tres cuartas partes de la gente un buen incendio o un buen accidente de ferrocarril. Invitada en casa de una anciana dama, que más tarde murió, oí una opinión muy distinta. La dueña de la casa aborrecía, como es de suponer, a los soviéticos; no obstante, miraba por encima del hombro la insurrección húngara. «¡Un motín de obreros!», exclamaba con desdén y uno se percataba de que, fiel hasta el final a los buenos principios, la llevasen donde la llevasen, daba por primera vez en su vida la razón al Kremlin. Con todo aquel barullo, el drama creciente de la Indochina francesa, premonitor de otros dramas más sombríos, se había olvidado ya; no obstante, al llegar a París y atravesar la calle para volver a ver el interior de Saint-Roch, encontré allí a un sacerdote y a unas cuantas mujeres de luto que seguían rezando por los muertos de Dien-Bien-Fú.

Antes de abandonar Bruselas fui a presentarles mis respetos a los Breughels del Museo de Arte Antiguo. La penumbra de una tarde gris de noviembre invadía ya El empadronamiento en Belén y sus dóciles villanos diseminados por entre la nieve; La lucha entre los Ángeles buenos y los Ángeles malos, estos últimos con sus hocicos subhumanos; La caída de Ícaro, que se precipitaba del cielo mientras un rústico, a quien para nada interesa aquel primer accidente de avión, continúa con su siembra. Otras pinturas de otros museos parecían surgir detrás de éstas: Greete la idiota aullando su justo y vano furor en medio de un puente convertido en cenizas; La matanza de los Inocentes, cuadro lúgubre que forma pareja con el del Empadronamiento; La torre de Babel y su jefe de Estado, recibido con respeto por los obreros que edifican para él aquel amasijo de errores; El triunfo de la Muerte, con sus regimientos de esqueletos; y la más pertinente quizá de todas estas alegorías, Los ciegos guiados por otros ciegos. La brutalidad, la codicia, la indiferencia ante los males del prójimo, la locura y la estupidez reinaban más que nunca sobre el mundo, multiplicadas por la proliferación de la especie humana, y provistas por vez primera con las herramientas para la destrucción final. La presente crisis se resolvería quizá tras haber causado estragos tan sólo sobre un número limitado de seres humanos; otras vendrían, agravadas cada una de ellas por las secuelas de las crisis anteriores: lo inevitable ha empezado ya. Los guardas que pasean con paso militar por las salas del museo para anunciar su cierre parecían proclamar el cierre de todo.

 

La breve estancia en Namur fue una distracción. Era mi primera visita: vi todo lo que debe ver un turista. Recorrí escrupulosamente la catedral, que la presencia del corazón de Don Juan de Austria enlaza con el Pudridero del Escorial, al que llevaron su cuerpo. Visité la iglesia de Saint-Loup, obra maestra del barroco, «tocador fúnebre» que admiraba Baudelaire, quien fue allí arrollado por vez primera por ese «viento de la imbecilidad» cuyos avances sentía desde hacía mucho tiempo. Subí a la Ciudadela, lugar eminente adonde llevaron seguramente a Fernande de pequeña para que contemplase la hermosa vista, y que antaño patearon los guerreros, las mujeres y los niños de las tribus celtas que acudieron para protegerse de los soldados de César. Fui al Museo Arqueológico para ver los pequeños bronces galorromanos y las pesadas joyas pertenecientes a la época de las invasiones bárbaras. La tarde se la dediqué a Suarlée. Sólo hablaré aquí de mi visita al cementerio.

El recinto familiar se había poblado más desde que Michel dejó allí a su mujer. Jeanne, Théobald y Octave, que murió loco, estaban allí. Faltaban las hermanas casadas, que yacían con sus cónyuges en otros cementerios. Los epitafios, que no habían sido grabados con profundidad suficiente, se descifraban con dificultad. Hacían pensar con nostalgia en las hermosas y firmes letras de las inscripciones antiguas, que perpetúan a través de los siglos la memoria de un individuo cualquiera. Renuncié a comprobar si Fraulein tenía o no su puesto entre Fernande y Jeanne; lo dudo. Por más que se quiera y se honre a una antigua institutriz, la familia es la familia.

Por mucho que yo hiciese, no conseguía establecer una relación entre aquellas gentes allí tendidas y yo. No conocía personalmente más que a tres: los dos tíos y la tía; y aún así, los había perdido de vista hacia los diez años. Yo había pasado por Fernande, me había alimentado con su sustancia durante unos meses, pero sólo tenía de estos hechos un conocimiento tan frío como una verdad de manual; su tumba no me enternecía más que la de cualquier desconocida cuyo fin me hubieran contado brevemente y por casualidad. Aún era más difícil para mí imaginar que aquel Arthur de C. de M. y su mujer Mathilde T., de los que sabía menos que de Baudelaire o de la madre de Don Juan de Austria, pudiesen haber llevado dentro de sí ciertos elementos de los que estoy hecha. Y, sin embargo, tras aquel señor y aquella señora encerrados en su siglo XIX, se escalonaban millares de ascendientes que se remontaban hasta la prehistoria, perdiendo luego su figura humana y llegando hasta el origen mismo de la vida en la tierra. La mitad de la amalgama en que consisto estaba allí.

¿La mitad? Tras ese amasijo que hace de cada uno de nosotros una criatura única, ¿cómo conjeturar el porcentaje de particularidades morales o físicas que de ellos subsistían? Eso es tanto como disecar mis propios huesos para analizar y pesar los minerales que los forman. Si además, como cada día me inclino más a creer, no son sólo la sangre y el esperma los que nos hacen lo que somos, todo cálculo de este tipo es falso desde un principio. Y, sin embargo, Arthur y Mathilde estaban en el segundo entrecruzamiento de los hilos que me unen a todo. Cualesquiera que sean nuestras hipótesis sobre la extraña zona de sombra de dónde hemos salido y adonde hemos de volver, siempre es malo eliminar de nuestro espíritu los datos simples, las evidencias banales y, no obstante, tan extrañas que nunca se adhieren por completo a nosotros. Arthur y Mathilde eran mi abuelo y mi abuela. Yo era la hija de Fernande.

Por otra parte, me daba cuenta de que, al meditar sobre las tumbas de Suarlée, yo atraía indebidamente aquellas personas a mí. Si Arthur, Mathilde y Fernande no eran casi nada para mí, yo lo era aún menos para ellos. En sus treinta y un años y cuatro meses de existencia, yo sólo había ocupado el pensamiento de mi madre algo más de ocho meses como mucho: primero, había sido para ella una incertidumbre; luego, una esperanza, una aprensión, un temor; durante unas horas, un tormento. En los días que siguieron a mi nacimiento, debió sentir respecto a mí, en ocasiones, un sentimiento de ternura, de asombro, de orgullo quizá, mezclados con el alivio de haber o de creer haber salido con bien de aquella peligrosa aventura, cuando Madame Azélie le presentaba a la recién nacida a quien acababan de acicalar. Luego, la subida de la fiebre había arrastrado todo. Ya hemos visto que, durante unos momentos, se preocupó por la suerte de aquella niña que dejaba tras de sí, pero está claro que su próxima muerte le preocupaba más que mi porvenir. En cuanto a Monsieur Arthur y a Madame Mathilde, que murieron el primero diez y la segunda veintisiete años antes del matrimonio de su hija, yo no fui para ellos más que uno de esos indefinidos nietecitos a los que nombran en la misa de esponsales, deseando a los cónyuges que vivan muchos años para verse un día rodeados por ellos.

 

Las palmas de mis manos, posadas sobre los barrotes, estaban manchadas de herrumbre. Generaciones de malas hierbas habían crecido desde que aquella verja se había abierto para dejar paso al último de sus ocupantes: Octave o Théobald, no sé muy bien cuál de los dos. De los diez hijos de Arthur y de Mathilde, siete yacían allí; de los siete, en aquel año de 1956, sólo quedaba un retoño que era yo misma. Yo era, pues, quien tenía que hacer algo. Pero ¿qué? Dos mil años atrás habría ofrecido alimentos a unos muertos enterrados en la postura del embrión dispuesto a nacer: uno de los símbolos más hermosos de la inmortalidad que el hombre ha inventado. En tiempos galorromanos hubiera derramado leche y miel al pie de un columbarium lleno de cenizas. En los siglos del cristianismo habría rezado para que aquellas gentes gozasen del descanso eterno o para que, tras unos cuantos años de purgatorio, participasen en la beatitud celestial. Deseos contradictorios pero que, sin duda, expresan en el fondo lo mismo. Tal como yo era y suponiendo que aquellas personas estuvieran en alguna parte, lo único que podía hacer era desearles buena suerte por el camino inextricable que todos recorremos, y también esto es una manera de rezar. Hubiera podido, es verdad, mandar repintar la reja y escardar la tierra. Pero me marchaba al día siguiente; no había tiempo. Y además, ni siquiera se me ocurrió la idea.

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Aproximadamente unos quince días después de haber muerto Fernande (Sin duda ya es muy tarde para hablar aún de ella; / Desde que ella no está quince días han pasado...), los padres y amigos íntimos recibieron por correo una última comunicación sobre la joven señora. Era lo que se llama un Recordatorio, una estampa de formato lo bastante pequeño para poder insertarla entre las páginas de un misal, en cuyo anverso se ve una imagen piadosa, acompañada de una o más oraciones, cada una de las cuales suele llevar debajo, en letras muy menudas, la indicación exacta de las horas, días, meses y años de indulgencias que el recitarlas procura a las ánimas del Purgatorio; en el reverso, la súplica de rogar a Dios por el difunto o la difunta, seguida de unas cuantas citas extraídas de las Escrituras o de obras devotas, y de algunas jaculatorias. El Recordatorio de Fernande era discreto. La oración, que solía ser propuesta por el impresor a las apenadas familias en aquellos años, era de una unción superficial; había sido recomendada a los fieles el 31 de julio de 1858 por Pío IX, como aplicable a las almas dolientes, pero no le estorbaba con ninguna computación ingenuamente basada en los relojes o en el calendario de los vivos. En el dorso, seguidas de jaculatorias con las usuales indulgencias, figuraban dos frases sin nombre de autor, que yo supongo redactadas por Monsieur de C.:

 

No hay que llorar porque ya no es, hay que sonreír porque ha sido. Siempre trató de obrar lo mejor que pudo.

 

El primero de estos pensamientos me conmueve. Dentro del lamentable arsenal de nuestras consolaciones, tal vez sea ésta una de las más eficaces. El viudo quería decir que la existencia de la joven seguía siendo un hecho, un bien en sí, por muy efímera que hubiera sido, y que la muerte no la anulaba. Pero este aforismo carecía de la acostumbrada nitidez de Monsieur de C. Se sonríe de compasión; se sonríe por desprecio; se sonríe con escepticismo tanto o más de lo que se sonríe de ternura y amor. Seguramente Monsieur de C. habría puesto primero «Hay que alegrarse de que haya sido», y después aquella frase le pareció demasiado fuerte para una composición fúnebre, o bien triunfó el gusto por la simetría. La segunda frase nos deja igualmente perplejos. Michel pensaba, con toda seguridad, que decir alguien que había obrado lo mejor que pudo es el mayor elogio que puede concedérsele. La fórmula recuerda la divisa de los Van Eyck, Als ik kan, que siempre quise hacer mía. Mas la frase se repliega con embarazo sobre sí misma: «Siempre trató de obrar lo mejor que pudo», aumentando la impresión de que Fernande sólo lo había conseguido parcialmente. De entre los amigos y parientes que leyeron este elogio, algunos debieron encontrarle un parecido con esos «certificados» que un hombre bueno, pero que no quiere mentir, entrega a la persona que deja su servicio, y en la que no encuentra ningún talento especial que alabar. La frase es o condescendiente o conmovedora. Monsieur de C. quería que fuese conmovedora.

El dolor agudo provocado por la pérdida se iba debilitando. Se le oyó decir a uno de sus cuñados que, en suma, el parto es el servicio impuesto a las mujeres: Fernande había muerto en el campo del honor. Esta metáfora sorprende a Michel quien, lejos de exigirle a Fernande la fecundidad, me había, por decirlo así, concedido a la joven para no contrariar sus proclividades maternales; tampoco era de los que piensan que Dios impone a las parejas el deber de procrear. Pero le debió parecer que aquellas palabras sonaban bien en labios de un antiguo coracero y llegaron sin duda a punto en uno de esos momentos en que no se sabe qué decir. La realidad había sido un odioso caos: Monsieur de C. la hacía entrar a duras penas en un lugar común que, con toda seguridad, aprobaron Théobald y Georges.

Anduvo muy ocupado aquella semana. El doctor Dubois, tras su precipitada marcha, había olvidado el fórceps y el delantal en un rincón del cuarto de Fernande. Monsieur de C. mandó que los envolvieran y ataran y los llevó en persona al domicilio del médico. Acudió a abrirle una criada. Tiró el paquete por el hueco de la puerta y se fue sin decir ni una palabra.

Se encaminó seguidamente a las oficinas de la agencia inmobiliaria y mandó poner en venta la casa de la Avenue Louise. En cuanto a él, volvería a pasar la frontera y regresaría al Mont-Noir con la pequeña, acompañado por la enfermera Azélie, a quien había convencido para que permaneciera a su servicio hasta finales de verano para que iniciara a Barbara en sus nuevas funciones de niñera. Aldegonde y el jardinero fueron despedidos con abundantes compensaciones. Se llevarían el caballo, que haría su cura de verdor en las praderas del Mont-Noir, y a Trier —llamado así por haber nacido en Tréveris—, que había acompañado a Michel y a Fernande en todos sus viajes y por ello era un recuerdo aún más vivo de la desaparecida que la misma niña.

También se llevarían los libros. Monsieur de C. se hubiera quedado con gusto con la enorme mesa de la biblioteca, sobre la cual se habían amontonado, unos junto a otros, sus autores favoritos y los de la madre de Marguerite (así fue como llamó en lo sucesivo a la difunta). El peso y la necesidad de recurrir a un profesional de las mudanzas le hicieron desistir de ello. Lo mismo ocurrió con la Minerva y su casco, que acabó quedándose en su sitio, sobre la peana de mármol verde, indiferente como siempre a las transacciones de compra y venta.

Antes de marchar, Monsieur de C. hizo una última gestión. Fue a ver al anticuario a quien Fernande había comprado algunos objetos y le devolvió otro que ella se había llevado a prueba. El anticuario, un viejo judío de facciones suaves y finas, era un hombre de buen gusto; en sus anteriores encuentros, Monsieur de C. había intercambiado con él algunas palabras con sumo agrado. Puede que fuera el único hombre con quien había conversado gratamente durante su estancia en Bruselas. Esta vez se contentó con explicarle brevemente que se trataba de una devolución. El anticuario se fijó en el traje enlutado de su cliente y se informó discretamente. Monsieur de C. le contó lo que había pasado.

—¿Y la niña? —le preguntó el viejo judío después de las usuales palabras de condolencia.

—La niña vive.

—Es una pena —dijo suavemente el anciano.

Monsieur de C. le hizo eco.

—Sí —repitió—. Es una pena.

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Debo tachar de falsa la afirmación, tan a menudo oída, de que la pérdida prematura de una madre es siempre un desastre, o de que el niño que no la tiene experimenta durante toda su vida la impresión de una carencia y la nostalgia de la ausente. En mi caso, al menos, las cosas fueron de otro modo. Barbara no sólo reemplazó para mí a la madre hasta que cumplí siete años: fue mi madre, y más tarde se verá que mi primer desgarramiento no fue la muerte de Fernande, sino la partida de mi niñera. Pasado el tiempo, o simultáneamente, las amantes o casi amantes de mi padre, así como, más tarde, su tercera mujer, me aseguraron ampliamente mi parte de relaciones de madre a hija: alegría de ser mimada o pena por no serlo, necesidad indefinida de devolver ternura por ternura, admiración por la hermosa señora y, en una ocasión al menos, amor y respeto; en otra, esa benevolencia un poco irritada que nos inspira una persona buena, pero no muy capacitada para la reflexión.

Mas no es de mí de quien se trata, sino del hecho de que, sin este accidente, Fernande tal vez hubiera vivido treinta o cuarenta años más. A veces he intentado representarme su vida. Si hubiese acaecido la separación prevista por Michel, Fernande hubiera ocupado su puesto en el grupo un poco gris de mujeres abandonadas, lo que era bastante frecuente en aquel medio. No era de las que se consuelan con un amante, o no lo hubiera hecho sin sentir horribles remordimientos. Si, al contrario, mi nacimiento hubiese consolidado aquella pareja, es poco probable que la armonía, por ello, hubiese vuelto a ser deliciosa. El tiempo, sin duda, habría instruido a Fernande, le hubiera quitado sus languideces y melancolías típicas de una dama de 1900, pero la experiencia nos demuestra que la mayoría de los seres cambian muy poco. Influenciada por ella, o irritada por su causa, mi adolescencia se hubiera inclinado más a la sumisión o a la rebeldía, y casi inevitablemente hubiera prevalecido la rebeldía hacia 1920 en una muchacha de diecisiete años. En el caso, poco corriente en las mujeres de su familia, de que hubiese vivido hasta llegar a ser muy vieja, me figuro muy bien sus últimos años de dama pensionista en un convento, o de residente en un hotel suizo, y las visitas —no muy frecuentes— que yo le hubiera hecho por obligación. ¿La hubiera yo querido? Es una pregunta a la que me parece arriesgado contestar, tratándose de una persona a quien no conocí. Todo me lleva a creer que, al principio, yo la hubiera querido con un cariño egoísta y distraído, como el de la mayor parte de los niños, y después con un afecto hecho más que nada de costumbre, atravesado por querellas, cada vez más mitigado por la indiferencia, como es el caso para tantos adultos que quieren a su madre. No escribo esto para disgustar a nadie, sino para mirar las cosas de frente y verlas como son.

Hoy, sin embargo, mi presente esfuerzo por recuperar y contar su historia me llena de una simpatía hacia ella, que hasta ahora no sentí. Me ocurre con ella como con esos personajes imaginarios o reales que yo alimento con mi sustancia para intentar hacerlos vivir o revivir. El paso del tiempo, además, invierte nuestras relaciones. Tengo el doble de la edad que ella tenía en aquel 18 de junio de 1903 y me inclino hacia ella como si fuera una hija a quien yo tratase de comprender mejor sin conseguirlo del todo. Los mismos efectos del tiempo explican que mi padre, muerto a los setenta y cinco años, me parezca en lo sucesivo menos un padre que un hermano mayor. Bien es verdad que esta misma impresión ya la sentía cuando yo tenía veinticinco años.

 

Monsieur de C. se dedicó, durante aquel mes de junio, a una ceremonia más desgarradora que la que se desarrolló en Suarlée y que la llamaría, a falta de otro nombre mejor, la ocultación de las reliquias. La ropa blanca y los vestidos de la difunta habían sido entregados a las Hermanitas de los Pobres para ser vendidos a beneficio de sus protegidos, cosa que Jeanne aprobaba. Quedaban los restos dispares que siempre subsisten, incluso en aquellos que, por temperamento, son más proclives a deshacerse de todo. Monsieur de C. metió en una arqueta estos residuos de Fernande: una carta muy tierna que ella le había escrito antes del matrimonio, mensajes de sus hermanas, las escasas notas tomadas por él durante la enfermedad, humildes recuerdos del internado, diplomas, ejercicios o buenas notas de colegiala y, finalmente, un cuaderno que yo tiré después y en donde Fernande, ya casada, había escrito una composición literaria bastante lamentable; era un cuento romántico que tenía por marco una vieja mansión bretona (Madame de C. no conocía Bretaña) y que describía, a lo largo de la novela, los celos de una segunda mujer por la primera esposa, cuyo fantasma la obsesionaba. Monsieur de C. adquiría allí el aspecto de un sportsman dotado de elegancia británica. No juzgo a Fernande por esta obrita, que atestigua sobre todo su necesidad de novelar su propia vida.

Michel amontonó asimismo en el cofrecito las fotografías de su mujer, tanto las hechas en vida como después de su muerte, y las instantáneas que había tomado en el transcurso de sus viajes. Metió dentro de un sobre cuidadosamente sellado las puntas del pelo que la madre de Marguerite se había cortado un día antes de dar a luz. Al examinarlos, hacia 1929, advertí que aquellos cabellos muy finos, de un color castaño tan oscuro que casi parecía negro, eran idénticos a los míos.

Otras reliquias capilares me horripilaron. Eran unas pesadas pulseras de trenzas, de un castaño tirando a rojizo, que debían provenir de la madre o de una de las tías de Fernande. Aquellas trenzas de una rigidez casi metálica ya no tenían nada en común con una materia vegetal segregada por la piel humana, del mismo modo que el cuero artísticamente repujado tampoco conserva la apariencia de una piel de animal desollado. Me libré de ellas vendiéndolas por sus broches de oro. Un cofrecillo de tafilete contenía, aparte de unos cuantos trofeos de antiguos cotillones, uno de esos collares que se compran en Nápoles y que Madame de C. eligió, sin duda, al salir de un restaurante de la Via Partenope o al regresar de un paseo en coche por el Posillipo; las frágiles hileras se hallaban casi deshechas dentro de su capullo de papel de seda. Las joyas más importantes, depositadas en la caja fuerte de un banco, fueron vendidas por mí un día en que me hallaba escasa de fondos, o bien vueltas a engarzar y transformadas hasta tal punto que Madame de C. no las reconocería. Una alianza se ocultaba al fondo del cofrecillo; tomó asimismo el camino de la fundición, ya que esa clase de anillos sólo es sagrado si se deja en el dedo de una muerta. Regalé unas medallas bendecidas ya no sé a quién. El relicario de ébano y de concha encontró asilo en un convento.

Algunos otros restos del naufragio completaban aquella mezcla. Un libro de Bossuet, sus Meditaciones sobre el Evangelio, edición Garnier Hermanos, con su encuadernación con lomo de piel de color rojo y cantos dorados, llevaba una angulosa dedicatoria, escrita en letras góticas, indicando que se trataba de un regalo hecho a la Fraulein por una de sus queridas pequeñas, Zoé, en un aniversario; un exlibris sellado con los diez rombos de plata ancestrales prueba que Fraulein, que prefería seguramente las obras religiosas en alemán, había entregado ésta al escaso fondo común de la biblioteca de Suarlée. Estas Meditaciones conservaban el aspecto nuevo de los libros poco leídos. Un Misal de los fieles, en dos volúmenes, publicado en Tournai por Desclée, Lefebbre et Cie en 1897, había sido muy utilizado, según daba a entender su desgastada badana; una corona dibujada encima de las iniciales de Fernande antes de su matrimonio mancha de vanidad su tapa. El Misal contiene un calendario perpetuo que yo consulto de cuando en cuando; también releo en él alguna vez las nobles oraciones en latín que según Fernande imaginaba deberían seguirse recitando hasta el fin del mundo, y que la Iglesia, hoy en día, ha arrinconado.

Un carné de baile muy pequeño en forma de abanico conservaba, garabateados con lápiz en sus laminillas de marfil, los nombres de las parejas de baile de Fernande; descifré algunos de ellos. Dos piezas de un comerciante en tafiletes parisino debían de ser regalos de Michel. Una de ellas, de aspecto muy Belle Époque, era un portatarjetas con fondo medio violeta, medio verde agua, en el que destacaban, con una elegancia muy japonesa, unos lirios esmaltados. La moda de los portatarjetas había pasado ya, así que yo metí en ellos, copiados en minúsculas cartulinas, unos versos o pensamientos que me eran muy queridos allá por 1929, o que me ayudaban a caminar por la vida. Este viático ocupó su lugar entre las llaves, la estilográfica y toda la chatarrería de un bolso de señora. Arañado, manchado de tinta y de barra de labios, acabó por ir adonde van todas las cosas. La otra, de mejor estilo, era un monedero de color verde Imperio, de una piel tan fina que parecía lacada; un pavo real y su cola abierta constituían el broche y el ribete. Aunque más bien destinado a guardar los luises con la efigie de la Sembradora que nuestros níqueles y billetes sucios, mi antipatía por los objetos que yacen inútiles en el fondo de un cajón hizo que me decidiera, hacia 1952, a usarlo. Lo perdí dos años más tarde durante un largo paseo por el Taunus. Si es verdad que los objetos perdidos acaban por reunirse con sus poseedores muertos, Madame de C. se habrá puesto contenta al enterarse de que su hija también se ha paseado por los caminos de Alemania.

La arqueta sellada por Michel ha cumplido su cometido, que era el de hacerme soñar con todo esto. No obstante, estos piadosos desechos nos hacen envidiar a los animales, que nada poseen si no es su vida, que tan a menudo les quitamos nosotros; nos hacen envidiar asimismo a los saddhus y anacoretas. Sabemos que estas chucherías han sido queridas por alguien, útiles en ocasiones, valiosas sobre todo porque han ayudado a definir o a realzar la imagen que esa persona se hacía de sí misma. Pero la muerte de su dueño las convierte en inútiles, como esos accesorios-juguetes que encontramos en las tumbas. No hay nada que mejor demuestre la poca importancia de esa individualidad humana, en la que ponemos tanto interés, como la rapidez con que los pocos objetos que son su soporte y, a veces, su símbolo se quedan anticuados, deteriorados o perdidos.

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El itinerario de las mansiones

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Aprovecho la velocidad adquirida en las páginas anteriores para poner por escrito lo poco que sé de la familia de Fernande y de los primeros años de ésta. Para sumergirme en su pasado ancestral, me valgo de las escasas informaciones espigadas en genealogías u obras de eruditos locales. Para los años más cercanos, dependo de los recuerdos de Fernande retransmitidos a través de Michel. La historia de mi ambiente paterno, cuyos detalles conozco mejor, la de mi padre, que vislumbro a través de los retazos de relatos que él me ha contado y vuelto a contar, se hallan ya más cerca de la mía, y lo mismo sucede con la descripción de los lugares citados y de las regiones donde pasé mi primera infancia. Son inseparables de mis propios recuerdos y las expondré más adelante. Lo que sigue a continuación es, al contrario, en gran parte ajeno a mí.

 

De creer las crónicas locales, la familia de Quartier (el nombre se escribió con esta ortografía hasta mediados del siglo XVII) era muy antigua en la comarca de Lieja. Cierto caballero Libier de Quartier, casado con una tal Ide de Hollogne, fue «maître à temps» de la ciudad de Lieja en 1386, cargo que significa algo así como un corregidor, ya que la ciudad, en el siglo XIV, tenía dos «maîtres», uno elegido entre los «linajes» y otro entre los «oficios». Esta familia hizo lo que acaban siempre por hacer la mayor parte de las familias de abolengo: se extinguió, o lo hubiera hecho de no ser por un tal Jean de Forvie, que casó en 1427 con Marie de Quartier, y volvió a adoptar el nombre y los blasones. Injertados de este modo en un nuevo tronco, los Quartier continuaron prosperando en aquel extraño principado eclesiástico, dependiente del Sacro Imperio, que fue Lieja antes de 1789. Aquellas gentes contraían prudentes matrimonios, dentro de su casta, y sus dotes consistían en buenas tierras o en el apoyo de padres y tíos con influencia ante el Príncipe Obispo o ante la Ciudad. Redondean sus bienes inmuebles: Forvie permaneció hasta finales del siglo XVIII en su nomenclatura; Flémalle hace en ella su aparición hacia 1545, aunque fue sólo en 1714 cuando Louis Joseph de C. (se puede, en lo sucesivo, utilizar esta inicial, más decorosa que la anterior), señor asimismo de Souxon, de un lugar llamado Mons y del feudo de Kerchrade, adquiere de una tía suya los derechos señoriales sobre Flémalle-Grande, antaño encomienda de la orden de San Juan de Jerusalén.

Encontramos a diversos miembros de la familia que ejercen sucesiva o simultáneamente cargos oficiales: regidor noble, regidor de alta, baja y media justicia, alto magistrado, diputado perpetuo en los Estados de Lieja, secretario de finanzas, consejero privado de Monseñor Maximilien-Henri de Bavière, consejero privado y tesorero de Monseñor Joseph-Clément de Bavière, canónigo tréfoncier de la colegiata de Saint-Jean y de Notre-Dame d’Huy. Cinco fueron burgomaestres de Lieja en el siglo XVIII, tres de ellos en dos ocasiones. Un siglo antes, este honor hubiera llevado consigo algunos riesgos: cinco burgomaestres de Lieja habían perecido en el cadalso en el siglo XVII y un sexto fue asesinado. Éstos pertenecían al partido de la reforma. Los antepasados de Fernande estaban del lado de la mitra. Incluso en este caso, por lo demás, los empleos públicos no eran sinecuras. Hacia 1637, un regidor noble de quien se suponía había participado en el asesinato del burgomaestre La Ruelle fue desgarrado por la multitud que, según cuentan, bebió la sangre del desdichado y laceró sus carnes a dentelladas.

No ofrecería casi ningún interés evocar la historia de una familia si ésta no fuera para nosotros una ventana abierta a la historia de un Estado pequeño de la antigua Europa. Ciudad eclesiástica fundada —según se asegura— por el legendario San Huberto, cuna de la familia de ese Carlomagno que nosotros hemos, con razón o sin ella, naturalizado como uno de los nuestros, apasionadamente mezclada a aquel movimiento tan francés que fue la primera cruzada, enriqueciendo con sus leyendas nuestros cantares de gesta, Lieja nos hace el efecto, desde la distancia, de una gran ciudad francesa. Todo nos induce a creerlo: ese hablar valón tan próximo a nuestra lengua d’oïl (algunas personas de Lieja hicieron mal en ofuscarse cuando les dije que, al intercambiar unas palabras con una granjera de la región, me había creído transportada al siglo XIII), su «pueblo loco» del que habla Commynes, colérico y alegre, devoto y anticlerical, orgulloso de su ciudad, «en donde se decían al día tantas misas como en Roma», pero que vivió cómodamente durante cinco años bajo la excomunión pronunciada por su obispo; la disposición tan francesa de sus hermosos palacios del siglo XVIII; la música de Grétry y, más tarde, la de César Franck; la llamarada de entusiasmo que levantó la Declaración de los Derechos del Hombre, y hasta incluso la aventura de Théroigne de Méricourt. Estamos dispuestos a ver en los barrios populares de Lieja una prolongación del Faubourg Saint-Antoine, y a considerar la misma Lieja como esa capital del departamento del Ourthe en que la convirtió la Revolución.

Es ésta una de las hojas del díptico. La otra tiene por telón de fondo las regiones moselanas y renanas a las que debe Lieja su esplendor precoz por los alrededores del año mil, sus marfiles, sus esmaltes, sus evangeliarios, suprema eflorescencia de los Renacimientos carolingio y otoniano. Este arte, que comunica con la antigüedad a través de Aix-la-Chapelle y, más allá, por Bizancio, es, sin ningún género de duda, un arte imperial. El brillante estilo de las pilas bautismales de Saint-Barthélemy, esculpidas hacia 1110, parece haberse adelantado cuatro siglos, o haberse atrasado un milenio. Por una parte, preludia los pliegues y desnudos elaborados de Ghiberti; por otra, esa espalda musculosa del legendario filósofo Craton recibiendo el bautismo nos hace retroceder a los bajorrelieves de la Roma de Augusto. Obra de un tal Renier de Huy, que modelaba como los clásicos, nos hace evocar irresistiblemente a un filósofo de la comarca de Lieja que pensó como los clásicos un siglo más tarde, y fue por ello quemado en París en 1210, en el actual emplazamiento de las Halles, por haberse inspirado en Anaximandro y Séneca: el panteísta David de Dinant. Quis est Deus? Mens Universi. Puedo afirmar casi con toda seguridad que los lejanos ascendientes de los Quartier nada tuvieron que ver con aquel escultor ni con este herético genial: todo lo más se maravillarían ante el hermoso trabajo del primero, y se indignarían, si es que las conocieron, por las ideas del segundo. Evoco, no obstante, esta obra y este destino excepcionales porque se tiende demasiado a ignorar esas grandes corrientes procedentes de la antigüedad y que circulan por lo que nos parece —sin razón— la monolítica Edad Media. Situada entre la Colonia de Alberto el Grande y el París de Abelardo, en contacto con Roma y Claraval por el vaivén de los clérigos y de los eclesiásticos, Lieja permanece hasta finales del siglo XIII como una etapa en los caminos del espíritu. Agotada seguidamente por doscientos años de luchas civiles, embarazada ya de los disturbios sociales del siglo XVII, la ciudad fracasa en su Renacimiento, y se une a él sobre todo gracias al delgado hilo de unos cuantos artistas italianizantes. La influencia de las elegancias francesas marca muy pronto a los «Grandes», así como más tarde la de las Luces entusiasmará a la burguesía liberal que se ha ido formando poco a poco. Pero aunque Jean-Louis, Louis-Joseph, Jean-Arnould y Pierre-Robert hablen, en la corte de los Príncipes Obispos de la Casa de Baviera, el francés de Versalles, no sin una pizca de acento valón, el tono y el ambiente no dejarán de ser por ello, hasta finales del Antiguo Régimen, los gratamente arcaicos de los pequeños principados de Alemania.

Estas gentes de linaje, que consideraban mal el comercio y la banca, son, o, lo que es más importante, desean ser, exclusivamente propietarios de tierras, guerreros o eclesiásticos; en la Edad Media, sus canónigos nobles, que llevaban espada, escandalizaban a Commynes. Igual que toda la nobleza del Sacro Imperio, se hallan infatuados con sus títulos, blasones, árboles genealógicos, hermosas chucherías igualmente apreciados, bien es verdad, por los gentileshombres franceses, pero de los cuales no han aprendido a hablar con una sonrisa, como exige el buen tono en Francia. No obstante sus alianzas con una burguesía rica, que no pide otra cosa sino fundirse con ellos, forman una casta ligada por interés a un cierto statu quo, y maniobran frente a los «Pequeños» como un ejército ante el adversario. En otras ciudades de Bélgica se tiene la impresión —en parte falsa— de que, pese a sus luchas feroces de partidos y de clases, nobleza, patriciado, burguesía y artesanos forman en ocasiones un frente común: grandes señores rebeldes, los Gueux se sienten apoyados por el pueblo llano de Flandes, y sacan de ello su gloria; el conde Egmont es llorado por el populacho de Bruselas. Estos breves arrebatos de unión sagrada no tienen lugar entre los Príncipes Obispos. El perpetuo juego de báscula entre Grandes y Pequeños, la llamada constante de una parte y de otra al aliado extranjero, la inteligencia o la energía que se ejercen para nada o para fines únicamente destructores hacen de la crónica liejense un perfecto ejemplo de esa agitación política desordenada que caracteriza las tres cuartas partes de la historia política de las Ciudades-Estados, sin exceptuar la falsamente prestigiosa de Florencia y de

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