El ruedo ibérico (Obras completas Valle-Inclán 5)

Ramón del Valle-Inclán

Fragmento

cap-1

 

Presentación

Puede que Ramón del Valle-Inclán sea, entre los clásicos españoles del siglo XX, el que con más razones venía reclamando una edición popular de sus Obras completas. Por un lado, su figura y su personalidad extravagantes, rodeadas de un fabuloso anecdotario, han solido distraer, cuando no eximir, la lectura de sus libros. Por otro, la enmarañada historia editorial de sus publicaciones ha plagado de confusiones y malentendidos la transmisión de no pocos de sus títulos, dificultando la obtención de una adecuada perspectiva de conjunto.

El caso es que la obra de Valle-Inclán exige como pocas ser contemplada en su recorrido. Entre otros motivos, porque sólo así es posible apreciar la espectacular evolución de su estética, que en pocos años transita desde el preciosismo decadentista de sus primeros años a la furia guiñolesca del esperpento. Únicamente observándola en su desarrollo se explica por qué la obra de Valle, conforme ha dicho Pere Gimferrer, constituye, al menos en España, «el gozne en el que se produce el quiebro o cambio de óptica que separa a la narrativa clásica —cuyos últimos representantes son Galdós y Clarín— de la narrativa contemporánea». Una opinión que cabe extender, con más fundamento todavía, al teatro. Y a la que debe añadirse otra consideración pendiente aún de ser suficientemente atendida, relativa a la lengua empleada por Valle. Éste quizá sea el escritor contemporáneo que con más vigor y atrevimiento ha planteado la posibilidad de un español total, de un idioma que combina con admirable naturalidad una multitud asombrosa de variedades y de registros, tanto peninsulares como de América, ensayando una lengua de extraordinario colorido y eficacia que sigue destellando —incluso décadas después de acontecido el llamado boom de la literatura latinoamericana— con fulgores de utopía.

La edición de las obras de Valle-Inclán entraña enormes dificultades, que explican las limitaciones a que han debido resignarse hasta hoy mismo los sucesivos proyectos de publicar sus Obras completas. Hace apenas unos años que se dispone de un censo fiable y contrastado de todos los textos publicados por el autor, dispersos en todo tipo de publicaciones (españolas y extranjeras) y a menudo repetidos bajo títulos distintos. A los múltiples aprovechamientos que hacía Valle de sus propios escritos, hay que sumar las continuas y a menudo profundas revisiones a que solía someterlos toda vez que volvía a publicarlos, en particular con motivo de recogerlos en sus Opera Omnia, proyecto de «obras completas» que él mismo impulsó en fecha tan temprana como 1913. Es comprensible, así, que sólo muy poco a poco, y no sin grandes esfuerzos, estén viendo la luz ediciones críticas de unos textos que entrañan problemas a veces complejísimos a la hora de fijarlos con alguna seguridad.

La presente edición de las Obras completas de Valle, en el marco de una colección de bolsillo, tiene una vocación eminentemente divulgativa, razón por la cual no entra, ni mucho menos, en el detalle de los problemas apuntados, como tampoco aspira a una exhaustividad por el momento aún difícil de garantizar. Se sirve del ímprobo trabajo de editores anteriores para brindar al lector, pulidas en lo posible de erratas y confusiones, las últimas versiones revisadas por el autor de unos textos que, según se lleva dicho, conocen a menudo versiones muy diferentes. La edición de referencia empleada ha sido la de las Obras completas de Ramón del Valle-Inclán publicadas por Espasa-Calpe en 2002, en dos gruesos volúmenes. Esta edición, que se presenta sin firma alguna, es la más abarcadora de cuantas se han impulsado hasta la fecha, y cosecha en amplio grado las múltiples aportaciones hechas por distintos estudiosos en las por lo general concienzudas ediciones de los libros de Valle publicadas en la «Colección Austral». Se han consultado además otras ediciones también solventes (como las aparecidas en la colección «Letras Hispánicas» de Cátedra), así como las muy poco conocidas Obras completas en treinta volúmenes (de los cuales tres no llegaron a ver la luz, por problemas de derechos) emprendidas en 1990 por Círculo de Lectores bajo la dirección de Alonso Zamora Vicente, que contó, para prologar y anotar los sucesivos volúmenes, con un extenso elenco de eminentes valleinclanistas. En cuanto a las Obras completas en cinco volúmenes que, por las fechas en que esto se escribe, está a punto de lanzar la Biblioteca Castro, bajo la dirección de Margarita Santos Zas, no ha sido posible consultarlas, por razones de simultaneidad de los trabajos, pero se trata, en cualquier caso, de una edición de características muy distintas de la presente.

La ordenación de los seis volúmenes que integran estas Obras completas combina dos criterios: el de género y el cronológico. En general, se evita duplicar piezas cuyo contenido, por muchas variantes que presente, viene a resultar muy parecido para el lector, tanto más si no se cotejan las distintas versiones. Esto conlleva la aparente «omisión» de algunos títulos subsumidos con posterioridad en otros. En el prólogo y en las notas bibliográficas específicas de cada volumen se detalla este tipo de cuestiones y se justifican las decisiones tomadas en cada caso. Por lo demás, las notas bibliográficas, reunidas siempre al final, se limitan a dar escueta noticia de la historia particular de cada uno de los títulos recogidos en el volumen en cuestión, detallando el lugar en que fueron originalmente publicados y esbozando el recorrido editorial previo a la versión empleada.

Especial comentario requiere la puntuación de los textos, que difiere a veces de forma muy notoria de la empleada por Valle. Recordaba Alonso Zamora Vicente cómo «Valle-Inclán declamaba sus escritos, y no los daba por buenos hasta que sonaban bien: ése es el origen de las comas mal colocadas en su prosa, comas que reflejan una pausa prosódica pero no ortográfica, comas que los correctores de imprenta han ido eliminando poco a poco». Lo cierto es que respetar la puntuación de Valle, sobre todo en lo que respecta a sus primeros escritos, daría por resultado un texto a veces ilegible. En la presente edición no se ha tenido empacho en adaptar la puntuación a los usos corrientes, a efectos de no añadir dificultades a la lectura de unos textos ya de por sí bastante exigentes. Se han respetado, sin embargo, algunas peculiaridades que se estiman características, como es el recurrente empleo de los dos puntos a modo de pausa, no siempre en sentido concluyente. O como la combinación de los signos de exclamación y de interrogación para según qué frases en las que se mezclan los dos registros. También se ha solido respetar el empleo que hace Valle de las mayúsculas, mucho más abundante del que suele hacerse hoy, en particular por lo que se refiere a los tratamientos de todo tipo y a las frases que comienzan a continuación de los dos puntos. De igual manera, se mantienen ciertos rasgos significativos, como los laísmos en que incurre ocasionalmente el autor.

Por último, cabe añadir que los textos se presentan limpios de toda intromisión de los editores, es decir, sin aclaraciones entre corchetes ni llamadas de notas de ningún tipo. Enmendadas por lo general las eventuales fallas e inconsecuencias que ofrecen las versiones empleadas como base, la mayor parte de las perplejidades que los textos puedan ocasionar al lector derivan de la extraordinaria riqueza léxica que es propia de Valle. Los glosarios añadidos al final de cada volumen tratan de esclarecer aquellos términos no registrados en la última edición del DRAE (así sea en acepciones raras o remotas), al tiempo que, de paso, procuran aclarar también ciertas referencias que pueden resultar oscuras para el lector común. Para esta tarea, realizada de modo muy sumario, se ha recurrido con frecuencia a los glosarios y a las notas de las ediciones consultadas, a cuyos responsables se expresa aquí sincera gratitud, extensiva a la legión de valleinclanistas que de un modo u otro han allanado con su labor una edición como la presente. Una cronología de la vida y de las obras de Valle recuerda, en los siguientes, su trayectoria.

cap-2

 

Prólogo

Pese a haber quedado inconcluso, muy lejos de su terminación, El ruedo ibérico fue el proyecto más ambicioso de Valle-Inclán, y aquel en el que más perseveró. Se trata de una obra de madurez en la que el autor, dueño de sus recursos, despliega con asombrosa maestría su arte literario, fiel a los presupuestos declarados en La lámpara maravillosa (1916), por un lado, así como en los célebres pasajes de Luces de bohemia (1920) y Los cuernos de Don Friolera (1921) en que formula explícitamente su propia estética: el esperpento. Los primeros pálpitos de la novela remontan mucho más atrás, a determinados pasajes de las Sonatas (1902-1905) —cuyo protagonista, el Marqués de Bradomín, reaparece en estas páginas— y de La guerra carlista (1908-1909), en particular «Una tertulia de antaño» (1909). Mucho más cerca, y de manera mucho más flagrante, su precedente más directo lo constituye la Farsa y licencia de la Reina castiza (1922), con la que, además de ciertos motivos temáticos, comparte El ruedo ibérico un semejante sentido de lo grotesco.

Se acaba de aludir a El ruedo ibérico como «una novela». El mismo Valle se preocupaba de precisarlo en las entrevistas que le hicieron con ocasión de la publicación tanto de La Corte de los Milagros como de Viva mi dueño: «Toda la serie es una sola novela. La voy dando en volúmenes de trescientas o cuatrocientas páginas para ajustarme a las normas editoriales del día. No hay otra razón. Mi gusto hubiera sido darla íntegra en dos o tres grandes tomos». Que la novela haya quedado incompleta no debería disuadir a nadie de emprender su lectura, pero sí servir de advertencia sobre sus alcances, muy grandes pero sin duda parciales, al menos en relación a los propósitos que abrigaba su autor. Los planes que éste tenía cuando se embarcó en su proyecto fueron cambiando con el transcurso del tiempo. Empezó hablando de «una gran novela en seis tomos», para diseñar luego un plan que comprendía tres series integradas por tres tomos cada una (véanse las «Notas bibliográficas»). Él mismo fue vislumbrando, sin embargo, las dificultades de atenerse a este diseño, debido a los pormenores y a la complejidad con que iba desarrollándolo. Hacia el final de su vida, desesperando de llevarlo a término —a consecuencia, entre otras razones, de su mermada salud, así como de los ímprobos trabajos de documentación que le exigía—, lo mantenía abierto.

Lo que nos queda del proyecto, aparte de apuntes, esbozos y breves piezas manuscritas, son los dos primeros tomos (La Corte de los Milagros y Viva mi dueño), terminados y publicados en vida del autor; la primera parte del tercero (Baza de espadas), publicada póstumamente, y diversos episodios sueltos relacionados con el conjunto, dos de los cuales (Fin de un revolucionario y El trueno dorado) retoman y amplían otros tantos episodios de los tomos publicados, mientras que el tercero (Correo diplomático) desarrolla la acción de otro solamente apuntado en Viva mi dueño. Más que suficiente, en cualquier caso, para hacerse una idea cabal de cuáles eran las miras de Valle y cómo su modo de proceder, afín en buena medida al de Tirano Banderas (1926).

Desde cierto punto de vista —sin duda muy esquinado—, Tirano Banderas admite ser contemplada como un «ensayo en miniatura» —perfectamente logrado, por otro lado— de lo que Valle trató luego de hacer en El ruedo ibérico. Por supuesto que poco tiene que ver el relato de los tres días en que se precipita la caída de un ficticio dictador latinoamericano con la reconstrucción novelada del complejo periodo de la historia de España comprendido entre el destronamiento de Isabel II y la muerte de Alfonso XII (es decir, desde 1868 a 1885, si bien los planes de Valle varían respecto al número de años que se disponía a abarcar). Pero, aparte de que un caso como en otro se trata en cierta medida de los preparativos de una revolución, en las dos novelas se plantea Valle dar cuenta de toda una colectividad, en todos sus niveles, sirviéndose para conseguirlo de un cuidado diseño estructural de desarrollo concéntrico basado en el número 3, mediante el cual trata de obtener un efecto de multiplicidad tanto espacial como temporal, conforme a los atisbos esotéricamente formulados en La lámpara maravillosa.

De este diseño sólo nos quedan, por lo que respecta a El ruedo ibérico, sus líneas generales, aparte de la estructura propia de La Corte de los Milagros y Viva mi dueño, suficientemente indicativa, en los dos casos, del minucioso trazado que sostiene la aparentemente caótica sucesión de cuadros y escenas.

«Hay una desarticulación de motivos y una vibración cromática en mi voluntad», diría Valle explicando en 1928 por qué la técnica de la obra se asemeja a «la técnica del puntillismo en pintura». Y es que también en ésta lo que mirado de cerca parece un indiscriminado amontonamiento de trazos de colores cobra a la distancia justa contornos y matices imprevistos.

Por los años veinte del pasado siglo Valle se hallaba a la vanguardia de la novela europea. Si se compara El ruedo ibérico con La guerra carlista, es fácil apreciar cómo las intuiciones que no acertó a resolver satisfactoriamente en 1909, frustrando aquel proyecto, han cuajado, quince años después, en una audacísima concepción de la novela, muy sensible a las grandes tensiones que en esos años conmovían al mundo. Más que nunca, Valle está persuadido de que la novela ya no puede seguir ocupándose del individuo sino que debe afrontar el problema nuevo y fundamental de la masa, de las multitudes, y abordar la vida entera de la colectividad.

«Hoy se da una interpretación nueva de los hechos. Se les estima necesarios, fatales. El individuo es lo de menos. Sin él, los hechos se darán igual [...] El nombre ya no tiene importancia. Ahora, el protagonista de la vida es el grupo, la colectividad, el gremio, la multitud. Es la supremacía de lo social sobre lo individual, que ha perdido su valor [...] La vida marcha ahora por las rutas de lo social, y esta nueva interpretación se refleja, lógica y necesariamente, en la novela, que es la historia...», declara Valle en 1926. Y son palabras que ilustran bien las premisas por las que se rige para escribir El ruedo ibérico, que él mismo describe como «la novela de una colectividad, de un pueblo», para añadir a continuación: «El ruedo ibérico no tendrá protagonistas. Su gran personaje es el medio social, el ambiente... Quiero llevar a la novela la sensibilidad española tal como se muestra en su reacción ante los hechos que tienen una importancia. Ver cómo la sensibilidad española reaccionó ante los hechos de aquel periodo tan interesante que va desde la revolución, en el año 68, hasta la muerte de Alfonso XII, en el 83...».

Tolstoi era para Valle el gran referente de la clase de novela que se proponía hacer. De Guerra y paz, destaca cómo en ella Tolstoi sintetiza «el sentir y el pensar del pueblo» haciendo una «novela colectiva», y la forma en que, al no poder «pintar con todo detalle las grandes ciudades rusas, pinta admirablemente varias de sus familias típicas, en las que sintetiza el espíritu de aquellas grandes urbes». Más o menos como, salvadas las distancias, haría él mismo.

Se ha hablado mucho, y no sin fundamento, de la relación —y de las deudas— de El ruedo ibérico con los Episodios nacionales de Galdós, pero el mismo Valle apuntaba en la dirección correcta al afirmar en 1926 que la suya era «una novela única y grande al estilo de La guerra y la paz». En cualquier caso, tanto con Tolstoi como con Galdós compartía Valle la convicción de que lo propio del novelista que decide enfrentarse a la vida de la colectividad es trabajar con eso que el historiador desprecia: «la anécdota, que es el nervio de la Historia». «Quiero hacer un ensayo de algo que no es novela ni es Historia, entendiendo éstas al modo clásico —llegó a decir Valle—. Los libros de El ruedo ibérico vendrán a ser la historia que no ha llegado a la Historia. El aspecto familiar e íntimo de los hombres y de los hechos.»

Valle ya había emprendido esta vía en La guerra carlista. Lo nuevo ahora es la perspectiva que asume para conducir su empeño: «Mire usted —declaraba refiriéndose en 1928 a El ruedo ibérico—, hay autores que siguen a sus personajes como mendigos; otros toman el aire de perros olfateros; otros van a su espalda como comadres curiosas, y otros, como en el caso de Proust, se convierten en verdaderos parásitos... Yo no. Yo tengo a los míos siempre de cara y no los sigo. Un general no sigue los pasos de sus soldados. Los tiene delante de los ojos, en los planos, y ve, al mismo tiempo, dónde han estado y dónde es posible que estén, lo que es y lo que puede ser».

Resuenan aquí ecos tanto de La lámpara maravillosa como de los esperpentos. Ecos que explican, por un lado, la ya aludida preocupación de Valle por urdir, a través de la estructura de sus novelas, esa «visión astral» abarcadora de una multiplicidad que excede los límites convencionales del espacio y del tiempo; pero también por derivar, de esa perspectiva «superior», una estética superadora del dolor y de la risa, como la que predica Don Estrafalario en el prólogo de Los cuernos de Don Friolera (1921).

Preguntado en 1928 por lo que se proponía al escribir El ruedo ibérico, Valle responde provocativamente: «Burlarme, burlarme de todo y de todos». Y a continuación remite a la tradición satírica española, muy en particular a la Crónica burlesca de don Francesillo de Zúñiga, bufón de la corte de Carlos V: allí «don Francesillo, o quien fuere, va pasando lista a todas las grandes figuras y viéndolas a un luz traviesa y zumbona». Referencia que procura un oportuno trasfondo a la rica panoplia de recursos «esperpentizadores» de la que se sirve Valle para presentar a sus personajes, vistos siempre a una cruel luz de guiñol.

Conviene llamar la atención sobre esto último, dado que El ruedo ibérico constituye la más acabada muestra de una escritura novelística —la del propio Valle— que trasciende tanto la prosa narrativa y descriptiva como la escritura dramática, combinándolas prodigiosamente. Sólo el asunto de que se ocupa determina que Valle opte por el teatro o por la novela: la estética del esperpento emplea, en un caso como en otro, una misma lente, a través de la cual aquello que se contempla aparece igualmente estilizado, deformado. Cualquiera sea el género en que se emplee, la técnica esperpéntica apenas cambia de instrumental, opera de manera casi idéntica.

Ya muchas veces se ha observado cómo Valle contempla el mundo sub specie theatri. El ruedo ibérico está constituido por una sucesión de escenas dramatizadas, «cuadros» de enorme plasticidad engastados con pasajes descriptivos que desempeñan un papel semejante al de las prolijas acotaciones que caracterizan su teatro. «Yo escribo en forma escénica, dialogada, casi siempre... Escribo de esa manera porque me gusta mucho, porque me parece que es la forma literaria mejor, más serena», declara Valle en distintas ocasiones. Y en una entrevista de 1926 añade: «Quiero que mis personajes se representen siempre solos y sean en todo momento ellos, sin el comentario, sin la explicación del autor. Que todo sea la acción misma».

Poco antes de ver la luz La Corte de los Milagros, Valle anunciaba el tomo diciendo de él que «serán páginas de mucha acción, de muchos personajes». Y así ocurre en efecto en El ruedo ibérico, donde la palabra misma es acción. Lo es no sólo por la expresividad y eficacia de los diálogos: también por la ya proverbial riqueza léxica con que Valle hace gala, una vez más, de su virtuosismo estilístico, de su insólita capacidad de «dar el tono» de cada situación, de cada personaje, escogiendo cuidadosamente los términos que emplea.

En su primera edición en forma de libro, La Corte de los Milagros estaba compuesta por nueve «libros». Cuatro años después, en 1931, al publicarla por entregas en el diario El Sol, Valle añadió al frente un «libro» más, titulado «Aires nacionales». El nuevo libro rompe la cuidada estructura «ternaria» del texto, lo que invita a pensar que —como especula José Manuel García de la Torre— quizás estuviera destinado a servir de introducción general a toda la primera «serie» de El ruedo ibérico: «Los amenes de un reinado». Lo cierto es que este «libro» se distingue de los que le siguen por cuanto brinda, muy sucintamente, una panorámica general de la visión que Valle tenía de la vida española. Una visión que desborda el marco histórico contemplado, contribuyendo así a explicarse el devenir del país hasta el presente mismo en que el autor escribe. Algo que conviene subrayar para destacar el significado que tiene la sostenida decisión de Valle de «novelar» la Historia de España, más en concreto el siglo XIX español. Se trata de la vía que él escoge para explicarse la realidad de su tiempo, heredero directo de aquél.

Desde este punto de vista, El ruedo ibérico contribuye más que ninguna de las otras obras de Valle a entender la compleja coyuntura española en los años que preceden a la Segunda República y a la Guerra Civil. El inclemente retrato que en la novela se hace de la sociedad española no deja fuera ninguno de los estamentos que la conforman, ninguna de las tendencias ideológicas que operan dentro de ella. «Aires nacionales» constituye en este sentido un impresionante tráiler de lo que viene a continuación, en el que se aprecia ya la escéptica simpatía que Valle siente por los conspiradores anarquistas y comunistas y, más sentimentalmente, por la causa del pueblo. Aunque conviene no precipitarse a sacar conclusiones sobre el pensamiento político de Valle, aguerridamente crítico y contestatario, a menudo incendiario, pero atravesado del pesimismo, del fatalismo a que lo aboca su propia «visión estelar». A la distancia a la que él la contempla, la historia de España, la sociedad española, se le aparecen a Valle impregnadas de una atávica crueldad, que se traduce en una marcada indiferencia ante el dolor. La figura en que, a la altura adoptada por la visión de Valle, se resumen dicha historia, dicha sociedad, es precisamente «el ruedo», con sus inevitables connotaciones taurinas: el círculo en que un pueblo entero celebra su «fiesta» mirándose a sí mismo mientras contempla, en su centro, un espectáculo trágico.

De El ruedo ibérico dijo Valle, en 1932, que «la obra total aspira a ser muy compleja y muy diversa... No hay en aquellos tiempos españoles una política directora, un pensamiento que rija los hechos, una voluntad que sea timón y guía de la vida nacional. Todo, como en la frase del rey de Prusia (“Su Majestad el Azar gobierna el Mundo”), está gobernado por el Azar. Son los días del porque sí, de la casualidad, de la suerte descendiendo los rumbos de la vida española». De la mala suerte, cabría añadir.

«Hay que crear la estética de la revolución española», dejó dicho Valle. Y probablemente sea El ruedo ibérico el más atrevido intento de lograrla. La novela se suma a los grandes proyectos incumplidos de la modernidad literaria, transidos de utopía.

Interrogado en otra ocasión sobre cómo pensaba él que sería la literatura en el año 2000, Valle respondió: «Si yo supiera, si yo intuyera cómo podría ser la literatura del año 2000, ya la estaría escribiendo». Pero eso mismo es lo que estaba haciendo, en efecto.

I.E.

cap-3

 

Nota sobre esta edición

Como ya ha quedado dicho en el Prólogo, El ruedo ibérico fue concebido por Valle como una sola y única novela, de gran extensión y de diseño muy complejo, razón por la que, presumiendo que la tarea de redactarla le ocuparía varios años, optó por irla publicando por entregas. Es importante subrayar esta condición unitaria para encajar bien las diferentes piezas conservadas del proyecto. Son seis en total, dejando a un lado el importante cuerpo de manuscritos aún por escrutar, ordenar y clasificar. La presente edición recoge las seis piezas, siempre en la versión que se estima más cercana a la voluntad última del autor (una decisión que no entraña en este caso mayores dificultades, siendo como es la historia editorial de estas piezas poco enrevesada). Si bien todas pertenecen al plan de la novela, no todas encuentran su lugar en ella. Fin de un revolucionario y El trueno dorado vienen a constituir desarrollos o ampliaciones de episodios ya narrados para su edición independiente. Pese a lo cual no es sencillo, ni mucho menos, aventurar si, de haber llevado su plan a término, Valle —muy dado, desde el comienzo de su trayectoria, al trasiego de sus propios textos— se hubiera servido en alguna medida de estos desarrollos paralelos. En cualquier caso, aquí se dan ordenados cronológicamente los fragmentos sueltos después de las tres piezas que sin margen de dudas corresponden a la primera «serie» de la novela, la única que Valle llegó, aunque incompletamente, a redactar. En las «Notas bibliográficas» encontrará el lector el «plan» de la novela tal y como lo contemplaba su autor a la altura de 1928, cuando lo incluyó en el tomo de Viva mi dueño. Es sin duda el plan más perfilado de cuantos llegó a diseñar, a menudo sólo mentalmente.

Dos aspectos de El ruedo ibérico reclaman una especial atención, por cuanto dificultan su lectura. El primero es común a casi toda la obra de Valle: la riqueza de su léxico, que en este caso incluye un número particularmente abundante de palabras no registradas en el DRAE. Dado que se propone hacer un retrato de toda la sociedad española, Valle hace uso en El ruedo ibérico de todo tipo de registros lingüísticos, tanto por lo que toca a la diversidad geográfica de España como a la social. Términos de germanía se mezclan aquí con galleguismos, andalucismos, gitanismos, extranjerismos, jergas específicas del ambiente taurino, del hampa, del juego, de las logias masónicas, de las organizaciones políticas clandestinas, etcétera, etcétera. De ahí que el glosario con que se equipa el presente volumen alcance una extensión superior a la de otros, pese a que no recoge, ni muchos menos, todos los términos que requerirían aclaración (aparte de obviar, como ya se advierte en la Presentación, las acepciones recogidas en el DRAE). Por otro lado, conviene advertir del uso exagerado que —como es común en él— hace Valle de las mayúsculas, especialmente en los tratamientos (el Rey Don Francisco, el Marqués de Torre-Mellada, etc.), respetado aquí en líneas generales por entenderse que cabe atribuirle, en este libro más que nunca, una intención paródica.

Mayor problema presentan las abundantísimas referencias históricas, que difícilmente alcanzará el lector común de la actualidad y que sin embargo resultan iluminadoras de los alcances de la novela. En un prólogo que escribió en 1938 para La Corte de los Milagros decía Antonio Machado: «Don Ramón, que escribe para la posteridad y, por ende, para los jóvenes de hoy, olvida a veces lo que nunca olvidaba Galdós: mostrar al lector el esquema histórico en el cual encuadraba las novelas un tanto frívolas de sus Episodios Nacionales». Para paliar este «olvido» y favorecer una mejor comprensión del texto, se ha equipado el presente volumen con un índice razonado de nombres y de sucesos históricos mencionados, así como de una apurada sinopsis histórica del periodo que abarca la acción de la novela. Se trata de dos herramientas cuyo desarrollo cabal daría lugar a un volumen de casi tanta extensión como el presente. Tratándose aquí de una edición de bolsillo, valga su esquemático bosquejo en ayuda del lector.

cap-3

EL RUEDO IBÉRICO

cap-3

EL RUEDO IBÉRICO I

LA CORTE DE LOS MILAGROS

cap-4

LIBRO PRIMERO

AIRES NACIONALES

I

El reinado isabelino fue un albur de espadas: Espadas de sargentos y espadas de generales. Bazas fulleras de sotas y ases.

II

El General Prim caracoleaba su caballo de naipes en todos los baratillos de estampas litográficas: Teatral, Santiago Matamoros atropella infieles tremolando la jaleada enseña de los Castillejos:

—¡Soldados, viva la Reina!

III

Los héroes marciales de la revolución española no mudaron de grito hasta los últimos amenes. Sus laureadas calvas se fruncían de perplejidades con los tropos de la oratoria demagógica. Aquellos mílites gloriosos alumbraban en secreto una devota candelilla por la Señora. Ante la retórica de los motines populares, los espadones de la ronca revolucionaria nunca excusaron sus filos para acuchillar descamisados. El Ejército Español jamás ha malogrado ocasión de mostrarse heroico con la turba descalza y pelona que corre tras la charanga.

IV

—¡Pegar fuerte!

La rufa consigna bajaba de las alturas hasta la soldadesca, que relinchaba de gusto porque la orden nunca venía sin el regalo del rancho con chorizo, cafelito, copa y tagarnina. Los edictos militares, con sus bravatas cherinolas proclamadas al son de redoblados tambores, hacían malparir a las viejas. El palo, numen de generales y sargentos, simbolizaba la más oportuna política en las cámaras reales. La Señora, encendida de erisipelas, se inflaba con bucheo de paloma:

—¡Pegar fuerte, a ver si se enmiendan!

V

¡No se enmendaban! Ante aquella pertinaz relajación, la gente nea se santigua con susto y aspaviento. Las doctas calvas del moderantismo enrojecen. Los banqueros sacan el oro de sus cajas fuertes para situarlo en la pérfida Albión. La tea revolucionaria atorbellina sus resplandores sobre la católica España. Las utopías socialistas y la pestilencia masónica amenazan convertirla en una roja hoguera. El bandolerismo andaluz llama a sus desafueros rebaja de caudales. El labriego galaico, pleiteante de mala fe, rehúsa el pago de las rentas forales. Astures y vizcaínos de las minas promueven utópicas rebeldías por aumentar sus salarios. El huertano levantino, hombre de rencores, dispara su trabuco en las encrucijadas, bajo el vuelo crepuscular de los murciélagos. El pueblo vive fuera de ley desde los olivares andaluces a las cántabras pomaradas, desde los toronjiles levantinos a los miñotos castañares. Falsos apóstoles predican en el campo y en los talleres el credo comunista, y las gacetas del moderantismo claman por ejemplares rigores. Entre tricornios y fusiles, por las soleadas carreteras, cuerdas de galeotes proletarios caminan a los presidios de África.

VI

Se pegó muy a conciencia. No faltó la ley de fugas, ni se excusaron encarcelamientos regidos de ayuno y maltrato de verdugones, como pide el restablecimiento del orden, frente al desmán popular que rompe faroles y apedrea conventos. Los edictos militares, con sus hipérboles baladronas, se emulaban en aquel retórico escupir por el colmillo. Desde todas las esquinas nacionales lanzaban roncas contra las logias masónicas, que en sus concilios de medianoche habían decretado la revolución incendiaria, el amor libre y el reparto de bienes. Con tales alarmas se asustaba la gente crédula, y las comunidades de monjas rezaban trisagios, esperando la hora de ser violadas. El maligno andaba suelto, sin que pudiese fusilarlo el General Narváez. ¡Y todo lo exigía el restablecimiento del orden! Se zurró con tan generosa voluntad y se quebraron en la fiesta tantas varas, que se peló de florestas Castilla. Valladolid estuvo tres días con tres noches tartamuda bajo las ráfagas del tiroteo, con las manos en las orejas, medio ojo abierto sobre la soldadesca tiznada de pólvora, que penetraba a culatazos en las tabernas y hacía servicio de retén a la custodia de conventos y Bancos.

VII

En Santa Clara, de Valladolid, la monja organista quedó loca para muchos días, suceso no extraño si se atiende a que una bala le rozó las tocas cuando sacaba agua del pozo. En aquel tiroteo hubo cinco muertos en la calle y un lorito en el balcón de Capitanía. Todo lo acarreaba la judaica pasión por los bienes terrenales, ahora más temosa con la quiebra fraudulenta del Banco de Castilla. Eran muchos los que se lloraban arruinados, y unánimes en el rencoroso clamor por el castigo del presidente y los consejeros, santones de la opinión moderantista en las riberas del Pisuerga. Una providencia judicial, alzando el auto que los tenía en cárcel, sirvió de pretexto a los enemigos del orden. Comenzó la jarana con pedrea y rotura de cristales, alarma de gritos y susto de carreras. Salió la tropa, resbaló un caballo, holgose el motín callejero alternando chifles y vayas, abroncáronse con esto los pechos militares, sonaron cornetas, encendió el aire la fusilada, y entre cirrus de pólvora, en charcas de sangre, cantaron su triunfo las ranas del orden. Cinco paisanos muertos, y aquel verdigualda cotorrín antillano, que las furias populares inmolaron a pedradas en el balcón de Capitanía. El restablecimiento del orden nunca se logra sin el sacrificio de vidas inocentes. La muerte de su cotorrín desconsoló a la Señora Generala. Recibía visitas de pésame en el estrado, y con mimos de cuarentona solicitaba del veterano esposo un castigo ejemplar para los crímenes de la demagogia. El General, marido complaciente, dictó un bando de farrucas retóricas y extremó ternezas conyugales disponiendo que fuese disecado el cotorrín para consuelo de su dueña y adorno de consola. La Generala, entre soponcios y congojas, con beata simplicidad, prometía donárselo a las monjas de Santa Clara: Su mitológica fantasía de criolla cuarterona ambicionaba que la maravilla verdigualda del cotorrín emulase en los limbos monjiles a la blanca paloma del Espíritu Santo.

VIII

La gente nea rezaba trisagios implorando la salvación de España. Toda Andalucía, delirante de rencores proletarios, sentíase convulsa por la fiebre anarquista. En Lucena, Montilla y Villar del Duque, los gremios menestrales y las peonadas agrarias asaltaban los archivos municipales y les ponían lumbre. Era su clamor por el reparto de tierras. Con el susto de las represalias se fugaban a las capitales de provincias los caciques y alcaldes de Real Orden. Se desvanecían los alguaciles y chulos del resguardo. En las casas consistoriales, llenas de humo, sólo aparecían por raro caso los famélicos chupatintas que se dejan crecer la uña del meñique: Aparentaban simpatía por la causa popular, y con falso guiño leguleyo aconsejaban cordura: Sórdidos, desgalichados, retuertos, insinuaban tramposos arbitrios convenientes a la defensa de los amotinados si, fallado el golpe, los empapelaban en un proceso. Y, a hurto, echaban un ojo por las ventanas, en avizorada espera de que asomase la Guardia Civil.

IX

En Villar del Duque, el alcalde, un usurero ricachón con mucha gramática parda, salvó la vida declarándose conforme con el reparto de bienes. Caído en poder de los revoltosos, cuando a lomos de un asno se fugaba con disfraz de melero, fue arrastrado hasta la Casa Consistorial: Entre pitos y befas, a empellones, siempre en un cerco de roncos y estentóreos amotinados, salió al balcón:

—¡Ea, caballeros, haremos el reparto, y no se hable más cosa ninguna! A lo que sea de razón no ha de negarse vuestro alcalde.

Se arrancó un curda:

—¡Eso es canela!

El alcalde le descubrió entre los amotinados bajo el laurel de una taberna: Era un viejo cañí, esquilador de oficio, con ribetes de cuatrero. Le cayó encima el alguacil, que aún llevaba en el quepis las telarañas del desván donde se había ocultado:

—¡Cállate la boca y no metas el corvejón! Esto es muy serio.

El alcalde se enjugaba el sudor:

—¡Un botijo, no tenéis a mano?

Salió una voz del grupo que lo cercaba:

—¡Un botijo para el señor alcalde!

Otra voz oficiosa:

—¡Mejor una limoná si está acalorado!

Un malasangre:

—¡Que reviente!

Sorna del señor alcalde:

—¿Y quién os hace la partijuela? Yo no os la hago sin refrescarme el gaznate.

Por encima de las cabezas, de mano en mano, volaba una pintada botija de Andújar. El alcalde, luego de beber largo y despacio, la posó a su lado, en el arrimo del balconaje:

—¡Vamos allá! Para mis luces, antes de adelantar paso ninguno, todos los presentes os habéis de disponer en tres bandos: Los que tengan más de una yunta: Los que no pasen de la pareja, y los pelanas.

Un tío lagartón:

—Baje su merced a ponerse en el bando que le corresponde.

Un disidente:

—Lo primero es el reparto de tierras.

Otro:

—Y de yuntas.

Un pelanas:

—Conmigo no reza.

El alcalde:

—Donde que no haya avenencia, nombráis una comisión de vuestro seno para que se entienda con mi autoridad.

Un terne:

—No hay autoridad.

Otras voces:

—¡Abajo los Consumos!

Un violento:

—¡Haremos una degollina!

El alcalde:

—¡El que tenga dos parejas dará una!

Cada bando encrespaba su protesta:

—¡Eso no es razón!

—¡Queremos el reparto de tierras!

—¡La rebaja de caudales!

—¡Abajo los Consumos!

—¡Abajooo!...

—¡Abajo las quintas!

—¡Abajooo!...

Cuando mayor era el tumulto oyose el toque de militares cornetas que sonaban fuera de la villa, y del balcón municipal se fugaron los amotinados que rodeaban al señor alcalde. Por la lontananza amarilla del rastrojo, moviéndose en hileras, fulgían brillos de roses y fusiles. Los pantalones colorados escalaban los cerros: Latían los gozques de corral sobre las bardas: Eran un clamoroso guirigay todos los gallineros.

X

Al dramatismo libertario y anárquico de las peonadas andaluzas, romántica falseta de cante jondo, respondían bromas de vinazo, bermejas de pimentón, las ribereñas cabilas del Ebro. Los bonetes de aldea predicaban la cruzada carlista, y el jaque valentón rasgueaba el guitarrín patriótico, cantando la jota. La musa popular coronada de ajos y guindillas romanceaba en el laureado umbral de los ventorros: El rejo temerón y selvático de aquellas métricas era punteado por todos los guitarros del Ebro. En las sacristías se iniciaban colectas para contrabandear fusiles por la muga de Francia: Las comunidades de monjas bordaban escapularios con el «Detente, bala». Si en el silencio de la medianoche oían el punteado de las rondallas, deslizábanse, furtivas y descalzas, de sus catres penitentes, para acechar, como novias, tras de las rejas:

—Levantaremos pendones

por la Santa Religión,

que nos sobran los riñones

a los hijos de Aragón.

XI

La tea anarquista y las hogueras inquisitoriales atorbellinaban sus negros humos sobre el haz de España. La furia popular trágica de rencores, milagrera y alucinante, incendiaba los campos, y en el cielo rojo del incendio creía ver apariciones celestiales. La fiebre revolucionaria, en la hora de máxima turbulencia, se infantilizaba con apariciones y presagios del mileno. El clero aldeano, predicador de la cruzada carcunda, conducía a sus feligreses a las gándaras de los ejidos comunales. Ágiles pastores de cándidos ojos mostraban el sendero, como en las viejas crónicas que refieren las batallas contra el moro, con la blanca aparición de Santiago. Las negras sotanas escalaban los cerros capitaneando las fanáticas rogativas. Sobre el horizonte incendiado, los niños pastores señalaban las celestes apariciones. La comunión de feligreses esperaba inmovilizada. En el silencio atento, rompía los cristales de la tarde el suspiro histérico de las beatas como en una cópula sagrada. Sobre las rojas lumbres de las represalias se encendían las cándidas luces del milagro. Todos los ojos contemplaban el teologal prodigio de las escalas angélicas y el trono de nubes donde pacen ovejas e hila su copo de oro Nuestra Señora. Y el incendio de las furias populares corría sobre los campos, y el rico avariento, huido de su fundo, se refugiaba en las ciudades, y por las hispánicas veredas, con los últimos reflejos del día, destellaban tricornios y fusiles.

XII

En las sedientas villas labradoras, negras de moscas, cercadas de corrales, encendidas de sol, los alcaldes de capa y monterilla reclamaban el amparo de la Guardia Civil. Temían el desmán de las glebas hambrientas desbandadas por los caminos con adusto duelo, sin hallar trabajo: En cuadrillas, implorando limosna, emigraban a las tierras bajas ribereñas del mar, menos castigadas del hambre que las altas llanuras trigueras: Dormían bajo el cielo de luceros, por las lindes de los campos asolados. En los villajes de la ruta pedían pan. Algunas mozuelas bailaban a la puerta de los ricos: Viejas de greña caída y ojos de brasa se metían por los zaguanes enlabiando bernardinas: Lloriqueaban los críos encadillados al refajo de las madres, pardas mujerucas en preñez: Tenían una canturia lastimera, y las madres les daban lección de humildad cristiana enseñándoles a besar el mendrugo de la limosna. Las sarracenas peonadas que aún cargaban al hombro las hoces en huelgo pedían un polvo de tabaco, la palabra adusta, los ojos esquivos bajo el negro zorongo, el rojo pañolete, el catite o la montera, según fuese su éxodo riberas del Ebro, del Guadalquivir, del Tajo, del Sil, del Duero. Se salían del camino real para rastrear por los majuelos algún racimo olvidado del gorrión: Divertían el hambre con raíces y langostas silvestres como los Profetas del Desierto: Soportaban con enconado rencor la ceñuda hostilidad de la Guardia Civil: Temían su encuentro en el despoblado de las carreteras: Se descubrían y saludaban:

—¡Con Dios la Señora Pareja!

XIII

Entre tricornios y fusiles, cuerdas de proletarios sospechosos de anarquismo acezaban por todas las carreteras de España: En los páramos y soledades camperas se atribulan con el presentimiento de la muerte: Sus ojos, quemados del sol y del polvo, tienen lumbre de rencores: Aletea su pensamiento en una noche de recelos y penas: Caminan esposados, taciturnos: Cargan escuetos hatillos sobre los hombros, y con mirada de través acechan las dañinas intenciones de los tricornios. Nunca se les autoriza para descansar en poblado: Frecuentemente son conducidos fuera del camino real por tajos de rastrojera, sendas de olivar y negros pinares de silencio, con huellas de lobos y raposos. Entre luces salen a la vista de algún remoto villorrio de los que todavía tienen cárcel con cadena, cepo para borrachos blasfemos, y en la plaza el rollo labrado por toscos y barrocos cinceles. En torno del campanario aletean vencejos y murciélagos. Dan un humo azul los tejados. Una guitarra llora penas. El nocturno morado del cielo solemniza las voces y las sombras. Los tricornios se contraseñan en silencio, inician un despliegue sobre los flancos, retroceden de espalda con los fusiles prevenidos, ganan distancia, hacen fuego. Un guardia lleva el parte al villorrio. El alcalde lo convida a unas copas. El secretario, en la misma mesa, moja la pluma en el tintero de asta. Redacta entre dientes: «Viéndose esta fuerza agredida por un grupo que intentaba facilitar la fuga de los presos»...

El monterilla bebe con el guardia:

—Y menos mal que por esta vez los habéis caído cerca del pueblo.

XIV

Las tropas salían de los cuarteles batiendo marcha, se acantonaban en los villorrios, merodeaban por los corrales. Las mujerucas que sufrían el daño sacaban de lejos las uñas, enronqueciendo clamores. Los pantalones colorados perseguidos por la zalagarda de los perros, el gruñido de los marranos y el rebuzno de los asnos escapaban transponiendo las bardas. Los jaques de pueblo se reunían en la taberna: Si el mosto acaloraba los ánimos y encendía la trifulca popular, tres toques de atención para empezar la fusilada y restablecer el orden como previenen las sabias leyes marciales. El Caballo de Espadas, levantado en corveta, arenga con rutilantes tropos. En las mochilas cacarea un gallinero. Ladran los perros, innúmeros perros, nubes de perros: En fuga, cojeando, se expanden por la redondez del ruedo ibérico. Y sobre todos los horizontes, en el curvo límite, donde se juntan la tierra sin sembrar y el cielo, roses y pantalones colorados, brillo de bayonetas, fusilada y humo de pólvora. De la mochila de un quinto vuelan plumas de gallina. El Caballo de Espadas comenta en plática doctrinal con el rucio de Sancho:

—¡El mundo se arregla pegando fuerte!

XV

Los generales de la Unión Liberal conspiraban fumando vegueros en las tertulias del Casino de Madrid. Aquellos Martes con reuma sifilítico, con juanetes, con bigotes y perillona de química buhonera compadreaban por las prebendas en ciernes, y comprometían pactos para coronar al Duque de Montpensier. En la espera acudían al tapete verde para probar fortuna, y firmaban pagarés a cuenta de la cucaña revolucionaria: Con sesuda cuquería de tresillistas, premeditaban una función de pólvora, sin plebe, sin muertos, liberal en el reparto de mercedes, y les ponía en cuidado la ambiciosa condición del Conde de Reus. ¡Aquel soldado de aventura que caracoleaba un caballo de naipes en todos los baratillos de estampas litográficas!

XVI

El reinado isabelino fue un albur de espadas: Espadas de sargentos y espadas de generales. Bazas fulleras de sotas y ases.

cap-5

LIBRO SEGUNDO

LA ROSA DE ORO

I

La Santidad de Pío IX, corriendo aquel año subversivo de 1868, quiso premiar con la Rosa de Oro, que bendice en la Cuarta Dominica Cuaresmal, las altas prendas y ejemplares virtudes de la Reina Nuestra Señora. A la significación de tan fausto suceso no correspondió, como prometía, el cristiano sentimiento de la Nación Española: Aquellos que más debieran celebrarlo tenían intrigado en las camarillas vaticanas contra la designación de esta señalada merced para la Reina Nuestra Señora. Hubo una difusa intriga diplomática con mitras, frailes y monjas, recordando el tiempo de los Apostólicos. Personajes muy señalados terciaron en aquel enredo: Del Padre Fulgencio, confesor del Rey Don Francisco, parece probado, y acaso no estuvo tan ajeno como debiera el Augusto Consorte. Una monja milagrera también anduvo en ello, según se propaló en murmuraciones de antecámara: Esta monja, que tenía captadas las regias voluntades, preciaba sus artes políticas por mejores que las de Roma. El Confesor y la Madre Patrocinio estimaban más eficaces que las muestras de amor indulgente los anatemas con su cortejo de diablos y espantos: La monja y el fraile trataban de purificar al pueblo español de la contaminación masónica, y, escarmentados de otras veces, recelaban que por el conforto de las bulas pontificias se les fuese de las manos el gobierno de la Señora. La Reina, libre de miedos, candorosa y desmemoriada, podía volver a los descarríos de antaño y firmar paces con las facciones liberales, que, emigradas, conspiraban en Francia. Eran muchos los palaciegos que acogían este linaje de suspicacias cuando llegó a la Corte el Enviado Apostólico. Con tal motivo hubo grandes fiestas en el Real Palacio: Capilla con señores obispos y cantantes de la ópera: Besamanos y parada: Banquete de gala y rigodón diplomático. Todo el lucido y barroco ceremonial de la Corte de España.

II

La Rosa de Oro, salvado el símbolo y mirada en su ser de orfebrería, no era un primor del cincel: Si deslumbraba a los legos ingenuos, a los peritos edificaba contándoles las estrecheces del Santo Padre. Su Majestad la Reina, muy experta tasadora de alhajas, en el ceremonial de la entrega, se afligió con un ahogo de lágrimas, secundado por todo el cortejo de plumas y bandas que llenaba la Real Capilla. —Fue la solemnidad del acto en consonancia a la señalada muestra con que distinguía a su amada hija en Cristo la Santidad de Pío IX. Ofició el Señor Patriarca, asistido por los mitrados de Tuy y Salamanca. Estrenose un terno pluvial, que la regia munificencia había encargado a las Seráficas Madres de Jesús: Era muy rico y refulgente, sin que pasase a competir con otros más antiguos que guarda aquella Real Sacristía. Alguna gente de tonsura lo denigró más de lo justo, comentándose que, por sólo el bordado de aquellos sacros paños, hubiesen percibido doscientos mil reales las Benditas de Jesús. —Vicarios y sacristanes de otras monjas promovían estas murmuraciones. El reparto de las regias mercedes siempre acongoja más ánimos de los que congracia.

III

Fue muy conmovedor el momento, y escasos ojos permanecieron enjutos cuando se alzó para leer la salutación pontificia el rojo Legado Apostólico:

—Nos, Sumo Vicario de la Iglesia, para conocimiento y edificación de todos los fieles, queremos atestiguar solemnemente, con acendrado empeño y perenne monumento, el amor ardientísimo que te profesamos, carísima hija en Cristo. Con excelso gozo te confirmamos en esta predilección, así por las altas virtudes con que brillas, como por tus egregios méritos para con Nos, para con la Iglesia y para con esta Sede Apostólica.

Se oían suspiros y sollozos. El reverendo Padre Claret, arzobispo de Trajanópolis, había traducido al romance castellano el mensaje latino, y los monagos repartían la bula en vitelas impresas con oros chabacanos. Salmodiaba ante el altar refulgente de luces el Legado de Roma:

—Nos, Sumo Vicario de Cristo, asistido de su gracia, desde esta Sede Apostólica, te hacemos presente de la Rosa de Oro, como símbolo de celestial auxilio para que a tu Majestad, y a tu Augusto Esposo, y a toda tu Real Familia, acompañe siempre un suceso fausto, feliz y saludable.

Las cláusulas prosódicas subían en ampulosas volutas con el humo de los incensarios, y el cortejo palatino, asegurado en la bula del fraile, se maravillaba entendiendo aquel latín ungido de dulces inflexiones toscanas. La Familia Real tenía un resplandor de códice miniado. La Señora, particularmente, estaba muy majestuosa con el incendio que le subía a la cara: Sobre su conciencia, turbada de lujurias, milagrerías y agüeros, caían plenos de redención los oráculos papales.

IV

Cuando, al término de la ceremonia, el palatino cortejo de plumas, bandas, espadines y mantos se acogió a los regios estrados, la Reina Nuestra Señora hubo de pasar a su camarín para aflojarse el talle. La Doña Pepita Rúa acudió pulcra y beatona: Era dueña del tiempo fernandino, una sombra familiar en las antecámaras reales. La Señora, al aflojarle la opresa cintura las manos serviles de la azafata, suspiró aliviándose: Estaba muy conmovida y olorosa de incienso: En la Capilla, oyendo leer la salutación del Santo Padre, casi se transportaba, y el ahogo feliz del ceremonial veníale de nuevo. La Reina sentíase desmayar en una onda de piedad candorosa, y batía los párpados presintiendo un regalado deleite:

—Pepita, voy a confiarte un secreto. ¡Es para ti sola y no vayas a publicarlo por los desvanes!

Saltó la Doña Pepita muy avispada:

—¡No me cuente ninguna cosa la Señora, porque hay duendes en Palacio! Sin fin de veces me tiene ocurrido callar como una muerta (tampoco es otra mi obligación) y divulgarse cosas muy secretas que me había confiado Vuestra Majestad. ¡Y más no digo!

—Haces bien, porque eres un badajo cascado. ¡Mira que con lo que sales!

—No he querido disgustar a la Señora. ¡Ay, Jesús, qué pena tan grande!

Se arrugaba la vieja con un fuelle rumoroso de enaguas almidonadas. La Reina se abanicaba con aquel su garbo y simpatía de comadre chulapona:

—¡Pepita, no hagas visajes!

—¡Si Vuestra Majestad querría desenojarse conmigo!

—No seas pánfila.

—¡Estoy desolada!

Isabel II abultaba con una sonrisa de pícaras mieles el belfo borbónico heredado del difunto Rey Narizotas:

—Mira, dame un dedal de marrasquino. Se me barre la vista y creo que va a darme un vahído.

La Doña Pepita pasó del remilgarse compungido al remilgo consternado:

—¡No es de extrañar con tanta opresión del talle!

—¡Y la emoción oyendo leer aquellas expresiones cariñosísimas del Santo Padre!

—¡Eso lo primero!

—¡Naturalmente, tarambana!

La Reina Nuestra Señora extasiaba el claro azul de sus pupilas sobre la pedrería de las manos, y un suspiro feliz deleitaba sus crasas mantecas. Salió del éxtasis para mojar los labios en la copa de marrasquino, y, melificada totalmente con la golosina, paró los ojos sobre la vieja azafata:

—¡Ay, Pepita, no debía contarte nada!

—¡Mi Reina y Señora, yo hablé como hablé, por un escrúpulo! ¡Estoy traspasada!

La Majestad de Isabel, benévola y zumbona, hacía el ademán de espantarse un tábano:

—Pues he pensado mandar un millón de reales para la limosna de San Pedro. ¿Te parece que será poco? Yo, francamente, no sé lo que puede hacerse con esos cuartos.

Reflexionó la Doña Pepita, con los ojos en el techo de amorcillos:

—Con un millón, bien se hace una casa.

—¡No, mujer! Se harán muchas.

—Casitas pequeñas. Yo hablaba de una casa de renta, una casa como las del barrio.

—¡Y tú, grandísima tonta, crees que un millón no da para más misas?

—¡Yo, por lo que oigo!

—¿Pero entonces un millón no es nada?

—Paco Veguillas compró en treinta mil duros un cascajo en la calle de la Cabeza.

—Le habrán timado.

—¡Bueno es Veguillas!

—¡Ay, hija! ¿Y quién es ese personaje?

—Paco Veguillas, el barbero de Su Majestad el Rey Don Francisco.

—¡Rigoletto! Hablarás claro. ¿Conque compró una casa? Mucho se gana rapando barbas de papanatas.

La Reina de España, un momento quedó suspensa, hilvanando recuerdos de tantas intrigas donde había mediado muy principalmente aquel ilustre personaje, uno de los que más valimiento alcanzaban en la camarilla de Nuestro Señor Don Francisco. —Cuando se celebraron las bodas reales, había entrado en Palacio con la servidumbre ultramontana del Augusto Consorte, y, desde entonces, pesaba su consejo en los negocios de Estado.— La Señora almibaró el acíbar de aquellos recuerdos, volviendo a catar el marrasquino:

—¿Y tú cuándo te compras una casa, Pepita?

—Cuando junte una peseta y muchos cuartos, y no tenga una población de sobrinos a quien ayudar... El Gervasio, que está de guarda en el Real Sitio de Aranjuez, quiere cambiar de puesto y venir al Buen Retiro... Si Vuestra Majestad se interesase...

—Claro que me intereso, y he dado la nota. ¡Por tu sobrino me intereso, y basta!

De un sorbo apuró el marrasquino, poniendo el sello a su palabra real.

V

La Majestad de Isabel II, pomposa, frondosa, bombona, campaneando sobre los erguidos chapines, pasó del camarín a la vecina saleta. La dama de servicio, con el aire maquinal de los sacristanes viejos cuando mascullan sacros latines, le prendió en los hombros el manto de armiño. Los regios ojos, los claros ojos parleros, el labio popular y amable, agradecieron con una sonrisa a la cotorrona de casa y boca. Aquella estantigua de credo apostólico, nobleza rancia, cacumen escaso, chismes de monja y chascarrillos de fraile, también intrigaba en las tertulias de antecámara desde el año feliz de las bodas reales. Era Duquesa de Fitero y Marquesa de Villanueva de los Olivares, con otros títulos y sobrenombres de claro abolengo, mucha hacienda en cortijos, dehesas, ganados, paneras, cotos, granjas, castillos y palacios. El escudo de sus armas está repartido por toda la redondez de España. La vejancona, confusamente, se sabía de un gran linaje, sangre bastarda de reyes aragoneses y judíos castellanos. Luego, tras estas exiguas luces, todo el saber histórico y familiar de la rancia señora constituía una fábula trivial, llena de incertidumbre, cubierta de polvo como los legajos de Simancas. —En la puerta, cuando salía, se detuvo la Reina Nuestra Señora:

—Eulalia, de ti para mí, y no vayas más lejos...

Respondió hueca y espetada la rancia infanzona:

—¡Sobradamente me penetro, Señora!

—Tengo en pensamiento mandar dos millones a la limosna de San Pedro. ¿Será poco? Claro que no pretendo pagar tan señaladas muestras de amor como me da el Santo Padre. ¡Eso no se paga! ¿Quedaré mal con dos millones, Eulalia?

—Yo creo que no.

—¿Qué se puede hacer con dos millones?

—Muchas mandas y sufragios para tener lejos a Patillas.

La Duquesa de Fitero era muy temerosa de que la muerte la sorprendiese en pecado, y al dormirse la veía ensabanada como un antruejo, terrible y burlona con su hoz. Aquella vieja orgullosa y pueril trascendía todos sus conceptos a imágenes corporales: El Infierno con sus calderas de pez hirviente y su tropa de rabos y cuernos entenebrecíale los nocharniegos trisagios: El Purgatorio también le daba espeluznos, sin ser parte a confortarla el pensamiento de que con llamas a los pechos pudiera verse entre un tiarado y un coronado, conforme al ritual de todos los retablos de ánimas. Se hacía cruces la Reina de España:

—¡Qué cosas sacas! El Santo Padre tiene poder para confundir a Patillas.

La rancia estantigua, bajo las plumas del moño, acentuaba su gesto de cotorra disecada:

—Con dos millones también puede comprarse papel del Estado.

La Majestad de Isabel II recapitulaba:

—Dos millones, tengo idea de que en los últimos monos le pedía Paco a Narváez... Dos millones debe ser una cantidad decente, porque en el pedir nunca se queda corto Pacomio.

La Duquesa petrificaba su gesto magro y curvo de pajarraco:

—Esa limosna debe darla el Gobierno.

—No querrá.

—¡Herejes!

—¡Mujer!...

—¡Herejotes y masones todos ellos!

—¡No me impacientes! Narváez es muy escrupuloso y defiende el dinero del presupuesto como si fuese suyo.

—Porque es un cascarrabias. Del General nada digo, pero el que no me entra es el tal Don Luis Bravo.

—Pues me ha servido lealmente.

—Es un ambicioso con una historia muy negra. Narváez y otras personas debían estar muy sobre sí, con ese gitano.

—Eulalia, no me traigas cuentos, porque los creo y entre unos y otros me revolvéis la cabeza.

—¡Vuestra Majestad es demasiado buena!

—Ya lo sé, pero eso no tiene remedio. Nací buena, como nació marraja Luisa Fernanda. ¡Mira que revolucionar para quitarle a su hermana el Trono! ¡A su hermana, de quien sólo ha recibido favores y muestras de cariño! ¿Has visto maldad tan refinada?

La Duquesa de Fitero hizo el comentario de protocolo:

—Vuestra Majestad tiene el amor de sus súbditos y le basta. ¿La Señora ha reparado qué mala cara tiene hoy Narváez?

—¡Bilis que le hacen tragar esos pilletes que conspiran en Francia!

La Duquesa, en la punta de los pies, aseguraba con sus manos de momia los postizos y la diadema, que hacían un guiño en la cabeza de la Reina Nuestra Señora.

VI

Entre un cortejo de plumas fatuas y chafados visajes, pasó la Reina Nuestra Señora al salón de Gasparini. Una gran mesa fulgente de cristal y argentería estaba dispuesta a fin de que hubiesen reparo para sus fallecidos ánimos las ilustres personas que habían recibido el pan eucarístico en la solemne función de Capilla. Para todos tenía una zumba popular y amable la Majestad de Isabel II. El Rey Don Francisco hacía chifles de faldero al flanco opulento de la Reina. Las Augustas Personas, agotado el repertorio de sonrisas y lisonjas, se entretuvieron largo espacio con el Duque de Valencia: Estaban los tres en el hueco de un balcón, tan profundo y amplio, que parecía una recámara. El Rey, menudo y rosado, tenía un lindo empaque de bailarín de porcelana. La Reina, con el pavo sanguíneo, se abanicaba. El Espadón, puesto en medio, abría las zancas y miraba de través, bajando una ceja, a las Personas Reales:

—Mi deber es aconsejar lealmente, sin perder de vista los intereses políticos y las altas responsabilidades de mis actos. La Real Familia no puede reconocer públicamente, ni tampoco con relaciones privadas, el origen misterioso de ese personaje.

Acudió severa la Reina:

—¡Es nieto de reyes, Narváez!

—Señora, dice serlo.

—Haces mal en dudarlo. Estoy bien enterada y creía que tú lo estuvieses. A Luis Fernando, fruto de unos amores de mi padre, tú le has conocido en París. Éste es su hijo.

El Augusto Consorte se arrimó con respingo de perro faldero al recadén propincuo de la Reina:

—¡Nuestro sobrino, Narváez!

El Espadón, bajando el párpado, miraba al bailarín de porcelana como los esquiladores al jaco antes de esquilarle:

—Señor, mi deber es advertir a Vuestras Majestades.

Insistió la Reina:

—Yo tengo secretas razones de conciencia para recibir al Príncipe Luis de Borbón.

—Señora, permitidme que os recuerde los disgustos pasados cuando os visitó en Zarauz el Infante Don Juan.

—Porque yo dije una cosa y mi primo entendió otra.

—Seguramente.

—¿Y ahora, qué temes? Sé franco.

—No puedo serlo.

El Rey Don Francisco, como a impulsos de un resorte, sacó del buche los enojados tiples de su voz:

—¿Y si te lo exigiese Isabelita?

—No podría menos de complacerla.

Acudió la Reina:

—Pues yo te lo pido. ¿Cuál es tu recelo?

Se impacientó el Espadón:

—Señora, mi deber es hablaros lealmente. El Gobierno tiene pésimas referencias del que se titula sobrino por la mano izquierda de Vuestras Majestades: Ha recorrido varias cortes europeas llamándose unas veces Conde Blanc y otras Príncipe Luis María César de Borbón: En todas partes ha vivido de un modo turbio: La Policía, alguna vez, le condujo a la frontera: Últimamente acompañaba al Infante Don Juan, en Italia: No me extrañaría que hubiese llegado aquí bajo el patrocinio de alguna monja.

Cortó con un hipo de paloma buchona, envuelta en majestuosos arreboles, la Reina Nuestra Señora:

—Está bien, Narváez. Has hablado lealmente y te lo agradezco. Como reina constitucional he querido someterte este asunto de familia. Haré lo que me aconsejas y no recibiré a mi sobrino, a ese personaje, como tú has recalcado con la intención de un colmenareño. Eres un cascarrabias, y me has ofendido, porque se trata de mi sangre.

El Rey Consorte acucó la voz, acogido al flanco matronil de la Reina:

—¡Nuestra sangre, Narváez!

La Majestad de Isabel II tenía en el celaje de los ojos el azul de la mañana madrileña: Murmuró con donosa labia:

—Mira, Narváez, amor con amor se paga. Deseo atraer a mi lado con algún cargo al hijo de un leal servidor que no ha sido recompensado. ¡Los reyes, algunas veces, somos muy ingratos! El Barón de Bonifaz ha sacrificado su vida por mi causa. Yo quiero que el hijo venga a mi lado, con un puesto en la alta servidumbre de Palacio. Tengo una deuda sagrada con la memoria del padre, y para borrar ese olvido, esa ingratitud, te recuerdo al hijo de aquel servidor tan leal, a fin de que le tengas presente en la nueva combinación de cargos palatinos.

Resopló el Espadón:

—¿Sabe Vuestra Majestad que ese pollo es un perdis?

Se acachazó burlona la Reina de España:

—Aquí le sentaremos la cabeza.

El Espadón bajaba el párpado y abría el compás de las zancas, con aire de jácaro viejo:

—Señora, mi deseo es complacer siempre a Vuestras Majestades, y si el nombramiento no halla oposición en el seno del Gobierno...

—¡Me traes la cabeza del que disienta!

La Reina Nuestra Señora, chungona y jamona, regia y plebeya, enderezaba con su abanico el borrego del toisón que llevaba al cuello el adusto Duque de Valencia, Presidente del Real Consejo.

VII

La Majestad de Isabel II —luego de haber repartido retratos, con laudosas dedicatorias, entre obispos, monseñores y palaciegos— se retiró a los limbos familiares de su cámara. El Excelentísimo Señor Don Jerónimo Fernando Baltasar de Cisneros y Carvajal, Maldonado y Pacheco, Grande de España, Marqués de Torre-Mellada, Conde de Cetina y Villar del Monte, Maestrante de Sevilla, Caballero del Hábito de Alcántara, Gran Cruz de la ínclita Orden de Carlos III, gentilhombre de casa y boca con ejercicio y servidumbre, Hermano Mayor de la Venerable Orden Tercera y Teniente Hermano de la Cofradía del Rosario, hacía las veces como Sumiller de Corps. En la Cámara de la Reina el personaje ponía los ojos en blanco, doliéndose respetuosamente, pues también había esperado un retrato de la graciosa voluntad de la Señora. Era un vejete rubiales, pintado y perfumado, con malicias y melindres de monja boba: En cuanto a letras y seso, no desdecía en las cotorronas tertulias de antecámara: Vano, charlatán, muy cortés, un poco falso, visitaba conventos por la mañana, lucía hermosos troncos por la tarde, a la hora del rosario acudía secretamente al reclamo de una suripanta, y ponía fin a la jornada en un palco de los Bufos, donde se hablaba invariablemente del cuerpo de baile y de caballos. La Señora le consoló populachera y jovial:

—¿No comprendes, calabaza, que a las personas de mi íntimo aprecio quiero hacerles un presente más señalado? ¿Te parece mandar fundir una medallita? Precisamente quería consultarte.

El Marqués de Torre-Mellada se desbarató con una escala de gallos:

—¡Señora, es una gran idea la medallita!

—¿De oro o de plata?

Se precipitó el palaciego:

—¡De oro!

La Majestad de Isabel II abultaba el belfo con chunga borbónica:

—Tú no te paras en barras. Mira, Jeromo, el retrato no te lo di porque no quise. ¿Hasta cuándo le van a durar a tu mujer las jaquecas nerviosas?

Se atontiló el repintado vejete:

—¡Pobrecita! ¡Esta madrugada ha tenido un ataque que nos ha consternado!

—¡Vaya, vaya! Dile a Carolina que si quiere ponerse buena inmediatamente y contentarme, renuncie a ser dama de la Duquesa de Montpensier.

—¿Es el deseo de Vuestra Majestad?

El palatino estafermo inclinábase con tan arrugada pesadumbre, que se compadeció la Reina Nuestra Señora:

—Yo agradezco mucho las muestras de amor y lealtad de mis súbditos. El que me quiere, ya me tira tierra a los ojos. Mi deseo es hacer la felicidad de los españoles y que ellos me quieran. Pero esto debe ser algo muy malo, porque sólo recibo ingratitudes. Mi hermana y su marido, que tanto me deben, conspiran para destronarme: El Gobierno ha sorprendido una carta del franchute a Serrano: ¡El General Bonito se ha vuelto contra mí! ¡Le hice cuanto es, no he podido hacerle caballero! ¡Figúrate si con esta espina puedo mirar con buenos ojos a tu mujer en el puesto de dama de la Duquesa de Montpensier! Narváez ya te hizo una advertencia. Estoy enterada. Por lo visto querías oírlo de mis labios.

—¡Señora, no me dolería más un puñal que me hubiesen clavado!...

—El Puñal del Godo.

La Reina, siempre indulgente, tendió la mano al palaciego, que la besó inclinándose cuanto el corsé le autorizaba. Viéndole arrugar el apenado visaje, entre crédula y burlona, le ofreció su pomo de sales la Reina:

—No he dejado de quereros. Tú, para mí, eres siempre el mismo. Mi confianza en ti no ha menguado, y precisamente quería someter a tus luces una duda. ¿Qué se puede hacer con dos millones?

—¡Muchas cosas!

—No me entiendes. ¿Cuánto dinero es?

—Pues dos millones. ¡Cien mil duros! ¡Quinientas mil pesetas!

Se embobó la Reina:

—Ponlo también en reales.

—Pues dos millones de reales son precisamente dos millones de reales.

La Majestad de Isabel II hizo un aspaviento de graciosa soflama:

—¡Qué talento matemático tienes, Torre-Mellada! Pues verás; quiero hacer un donativo a Roma... Había pensado algo... Pero con certeza no sé. Tú, si te lloviesen dos millones, ¿qué harías?

El Marqués de Torre-Mellada no dudó, que de antiguo lo tenía meditado:

—¡Yo, Señora, tendría una cuadra de caballos como las mejores de Inglaterra!

—Tú, sí... ¡Pero el Santo Padre!

—¡Es que, francamente, no sé por dónde puede irse el dinero siendo Papa!

—¡Nadie lo sabe y nadie me saca de la duda!

Se levantó con mecimiento de bombona, pasando al camarín para aliviarse de nuevo.

VIII

El besamanos estaba señalado para las tres de la tarde, pero comenzó lindando las cuatro. La clara luz de la tarde madrileña entraba por los balcones reales, y el séquito joyante de tornasoles, plumas, mantos y entorchados evocaba las luces de la Corte de Carlos IV. La Reina Nuestra Señora, revestida de corona y armiños, empechada como una matrona popular, entró con mucha ceremonia en el Salón del Trono. El Rey Don Francisco dábale el brazo: Vestido de Capitán General, muy perejil, todo colgado de cruces y bandas, casi desaparecía al flanco pomposo y maduro de la Señora: Asidos levemente de la mano, subieron las gradas del trono: Se saludaron con una genuflexión, como pastores de villancico, y tomaron asiento, sonrientes para el concurso, con gracia amanerada de danzantes que miman su dúo sobre un reloj de consola. Su Alteza Real el Príncipe de Asturias, vestido con marcial uniforme y luciendo divisas de cabo, hizo besamanos el primero: Era un niño pálido, con las orejas muy separadas: El enclenque desparpajo de la figura, la tristeza de la mirada llena de prematuras curiosidades, promovían, con aquel disfraz del charrasco y el pantalón colorado, un recóndito dejo de cruel mojiganga. La expresión aguzada, enfermiza y precoz del Augusto Niño no prometía una vida lozana. Le agasajó con maternal orgullo la Señora. Alargó el Rey, sin llegar a tocarle, una mano blanca y llena de hoyos. Resplandeció el palatino cortejo, con sonrisa extasiada, y todos los rostros se asemejaron en una expresión de embobamiento familiar. El bálsamo cadencioso de la ceremonia religiosa se decantaba en los pechos cruzados de bandas: Todos eran felices en aquel momento y casi se amaban, complacidos en el júbilo maternal de la Reina Nuestra Señora. Sentían la protección celeste, estaba en sus corazones como una miel acendrada. El besamanos fue largo, pero tan lucido de mantos y oropeles, que muchos en su embeleso no lo reputaron cansado, y las horas se les hicieron instantes. La Señora, siempre de la mano de su Augusto Esposo, sonriendo purpúrea bajo la corona real, descendió del trono: Tuvo palabras gratas para sus cortesanos: Era pimpante, donosa y feliz de malicias en la vana charla de la etiqueta: Entonces advertíase reina. ¡Hada de alcázares! Pero en las asperezas del gobernar político se le desvanecía la atención, dolorosamente incomprensiva. En este año de la Rosa de Oro se amargaba con la duda de que muchos españoles habían dejado de quererla. ¡Eran bien ingratos! ¡Y cuántos tendrían que condenarse por sus ideas extraviadas de progreso! ¡Condenarse! La Señora no deseaba el fuego eterno ni a sus mayores enemigos: Era pecado del que jamás había tenido que lavar su conciencia ante el Santo Tribunal. ¡El infierno para nadie! La Señora, por el hilo de los pensamientos, llevó la mirada de sus claros ojos al Señor Duque de Valencia, que, vestido de gran uniforme, destacaba en medio del dorado salón, su angosto talle de gitano viejo. La Señora le sonrió llamándole: Hablaron a solas. Los que estaban vecinos, respetuosamente, se distanciaban:

—Te estuve mirando y me parece que algo te pasa. Estás preocupado. ¿Hay malas noticias? ¿Se han pronunciado en algún cuartel?

—Vuestra Majestad puede estar tranquila.

—¿De manera que reina la paz en Varsovia?

—Por ahora tienen buen vino.

—Pero a ti algo te sucede.

—Estoy enfermo, y me retiraría si mereciese la venia de Vuestra Majestad.

—¿De veras estás enfermo? ¿No me engañas? ¡Tienes muy mala cara! Dame la mano. ¡Ardes! Cuídate mucho. Te necesitan España y la Reina. Retírate. Afortunadamente no será nada. Voy a poner una esquelita para que iluminen la Santísima Imagen de Jesús. Si mañana continúas mal, yo iré a rezarle. No será nada.

Murmuró displicente el Espadón:

—Un enfriamiento esta mañana en la Capilla Real. Creo, en efecto, que con un ponche y sudar...

—¡El ponche bien cargado!

El General Narváez cambió en sonrisa el gesto de vinagre:

—¡De campamento!

La Señora le dio a besar su real mano, y apagó el celaje de los ojos bajo el vuelo de un presentimiento que la llenó de pavorosa inquietud. El General Narváez, abriendo el flamenco compás de las zancas, desaparecía como un fantasma, entre el fatuo susurro de las camarillas.

IX

Por las galerías y a lo largo de las escaleras, uniformes y mantos susurraban al despedirse loores de aquel paso donde habían sido vistosos comparsas. Con aire de pedrisco pasó de pronto la nueva y el comento, del agrio talante con que se tenía despedido de las Reales Personas, el Señor Duque de Valencia. Algunos políticos decían que enfermo: Casi todos los palatinos que enojado. El Marqués de Torre-Mellada se afligía, y en secreto comunicaba sus temores al Marqués de Redín: Eran cuñados los dos marqueses: Este de Redín, casado con una hermana de Torre-Mellada: Bajaban despacio y retardándose la gran escalera. Sobre la gala de los uniformes destacaban los guantes blancos su cruel desentono, y eran todas las manos, manos de payaso. El Marqués de Redín, que pertenecía al Cuerpo Diplomático, comentó con inflexiones perspicaces y erres francesas de salón de Embajada:

—Lo peligroso, realmente, sería una auténtica enfermedad del General Narváez.

Bajaron tres escalones, y en un rellano:

—¡Después de O’Donnell, Narváez! Habría para preocuparse.

Un tramo de la gran escalera, madurando reflexiones. Otro descanso. Voz de confesonario:

—En París y en Londres, unionistas, progresistas y radicales conspiran para cambiar el Trono. ¡Y aquí no queda otro hombre que González Bravo!...

Pausa. El soplo del aire:

—¡Un vesánico!

Chascó afligida la caña hueca del otro marqués:

—¡Calla, por favor, Fernandito! ¡Las paredes oyen! ¡Ya nos han mirado! ¡No pareces de la carrera!

El Marqués de Redín, ante la simpleza pueril y medrosa del palaciego, sonrió con un rincón de la boca, entornando desdeñoso los párpados. Torre-Mellada se esquivó refitolero, saludando a unas damas que estaban detenidas en la escalera. Luego emparejaron los maridos, ataviados como para comedia antigua, con plumas y capas de maestrantes: Eran primos remotos, pero extremados en el parecido: Los dos zancudos, pecosos y ojiverdes, muy angostos de mejillas, aguileños y de narices tuertas: Los dos hablaban borroso, con un casi baladro, y eran por igual de gran linaje extremeño, con guarros y dehesas hipotecadas en las lindes de Villanueva de la Encomienda. El Marqués de Redín, bajando la escalera, respondía con gestos y cabezadas al General Fernández de Tamarite, un viejo embetunado y completamente sordo. Se les juntó, disculpándose cumplimentero, el Marqués de Torre-Mellada. Pasaban otras madamas risueñas, que hacían monadas y saludos, tocando con los abanicos el hombro de los caballeros. El Marqués de Torre-Mellada las acogía cacareando un añejo repertorio de donosuras galantes. La Duquesa de Santa Fe de Tierra Firme y la Condesa de Olite, en espera de sus carruajes, las celebraban con guiños de burlas. Comentó la Santa Fe:

—¡Jeromo, para ti no hay penas!

El repintado palatino filosofó con epicúreo cacareo:

—¡Y si las hay, me las espanto!

Insinuó delicadamente la de Olite:

—¡Con el rabo!

Y la Santa Fe completó el juego de sales madrigalescas con un susurro en el oído de la otra:

—Se las espanta con la cuerna.

La Condesa de Olite se sofocó reprimiendo la risa. Curioseó el palatino fingiendo candor:

—¿Qué ha dicho esa loca?

—¡Nada!

—¡Con qué me las espanto, Pilín?

La Santa Fe respondió con descoco:

—Acércate. No es para publicarlo.

El Marqués de Torre-Mellada, salvando en la punta de los pies colas y mantos, pasó al costado de la madama:

—¿Qué has dicho, Pilín?

Silabeó la Santa Fe en la oreja del palaciego:

—Un eufemismo del rabo.

El vejestorio repitió turulato:

—¿Un eufemismo? ¿Cuál? ¡No entiendo! ¿Qué eufemismo?

La Santa Fe, impaciente, le sopló en la oreja con popular desgaire:

—¡Carraco!

El repintado palatino agitó las manos, bullicioso de risas:

—¡Eres terrible, Pilín!

Asintió burlona la madama: Montó en el carruaje y saludó asomando la cabeza prendida de plumas y joyeles:

—¡Ática!

Sucédense los años, y todavía, cuando se pondera el ingenio tradicional de las grandes damas, se recuerda en las tertulias aristocráticas a la Duquesa de Santa Fe de Tierra Firme. En la Corte Isabelina se hizo famoso su desgarro, y cuchicheaban sus salaces donaires todos aquellos palaciegos gazmoños que tenían, otras veces, llorado de risa, con las gracias de fray Gerundio y Tirabeque. ¡El lego y el frailuco droláticos habían sido los maestros humanistas en aquella Corte de Licencias y Milagros!

X

El ceremonial conmemorando el fausto suceso de la Rosa de Oro finó con banquete y baile de gran gala. El Señor Duque de Valencia, Presidente del Real Consejo, no pudo asistir, enfermo, según se susurró, con fiebres y punto de costado. El Ministro de la Gobernación tuvo una plática muy reservada con los reyes. Era un viejo craso y cetrino, con ojos duros de fanático africano: Ceceaba:

—Abrigo el presentimiento de un luto nacional. El Duque se halla realmente grave, y esta tarde ha tenido momentos de delirio.

La Reina, gozosa y encendida de la fiesta, imbuida de ilusa confianza, cerraba los oídos a las agoreras nuevas del Señor González Bravo:

—¡No puede ser! Dios no abandona a España ni a su Reina... ¡Tú todo lo ves negro!

Don Luis González Bravo murmuró apesadumbrándose, sin un matiz de duda en el ceceo:

—¡El General nos deja!

Y parecía que no fuese el filo de la dolencia, sino el augurio implacable de aquel búho semítico, quien le matase. La Señora, purpúrea de piadosos fervores, mareándose un poco, se abanicaba ahuyentando el espectro de la muerte:

—¡No se debe ensombrecer con esos pesimismos el júbilo de un día tan señalado! ¡Dios no abandonará ni a España, ni a su Reina!

—Señora, mis pesimismos están confirmados por la opinión de los médicos.

—¡Pues yo tengo puesta toda mi confianza en la ayuda divina!

La Reina de España se abanicaba con soberanía de alcaldesa. Intervino el Augusto Consorte:

—¡Una sangría a tiempo hace milagros!

—Se le han aplicado cáusticos en el pecho.

Se afligió la Señora:

—¡Qué gana de hacerle sufrir! A Narváez, quien lo ha de poner bueno es el Santísimo Cristo de Medinaceli. Esta misma noche le empiezo la novena. Mira, Bravo, el corazón a mí no me engaña y en este momento lo siento rebosar de esperanza, a pesar de tu cara larga y de tus pronósticos. ¡Durante el día me he preocupado, y ahora tengo la más ciega seguridad!

Tocaba la orquesta unos lanceros, y salió a bailarlos la Reina Nuestra Señora con el Señor González Bravo. En los pasos y figuras tuvo sonrisas muy zalameras para un pollastrón sobre la treintena, que lucía la llave de gentilhombre. El Señor González Bravo atisbaba con su gesto de búho, formulando un monólogo poco piadoso:

—¡Está grandísima...!

XI

El Barón de Bonifaz —Adolfito Bonifaz en los salones—, después de los lanceros, mereció el honor de dar unas vueltas de habanera con la Señora. La Majestad de Isabel suspiraba en la danza, y el galán interrogaba con rendimiento:

—¿Se fatiga Vuestra Majestad?

—Tú debes ser el fatigado, porque estoy muy pesada.

—No se advierte, Señora.

—¿Me dirás que soy una pluma?

—¡Si Vuestra Majestad me autorizara para decírselo!

—¡Pues eres un solemnísimo embustero!

Bromeó marchoso Adolfito Bonifaz:

—Señora, hay pesos tan gratos que no se sienten... ¡El peso de la Corona!

—¡Te lo imaginas! ¡Cuántas veces se quisiera no sentirla en las sienes! ¡También rinde el peso de la Corona!

La Majestad de Isabel sonreía frondosa, y adrede se reposaba en los brazos del pollastrón:

—Me gusta bailar contigo porque me llevas muy bien.

La voz tenía una intimidad insinuante. Adolfito, advertido, estrechó el talle matronil de la Señora:

—¡Vuestra Majestad me honra en extremo!

La Reina de España, encendida y risueña, juntó los labios con cálido murmullo:

—Voy a tenerte muy cerca... He pedido un puesto para ti en la nueva combinación de cargos palatinos.

—¡Señora, mi gratitud!...

—Pero tendrás que sentar la cabeza si quieres estar cerca de mí.

Adolfito apasionó la voz:

—¡Muero por ello!

La Majestad de Isabel II iba en los brazos del pollastre, meciendo las caderas al compás de la música criolla, gachoneando los ojos. El voluptuoso ritmo complicaba una afrodita esencia tropical y todas las parejas velaban una llama en los párpados. Adolfito, propasándose, se acercaba más, y consentía candorosa la Reina Nuestra Señora. Era muy feliz en el mareo de las luces, viendo brillar en el fondo de los espejos multiplicados jardines de oro.

XII

La Católica Majestad de Isabel adormecíase con las luces del alba, mecida en confusos pensamientos de reina —terrores, liviandades, milagros, rosadas esperanzas, clamoreo de cismas políticos, fusilada de pronunciamientos militares—. Isabel II, en este año subversivo de 1868, se contristaba con el espectro de la Revolución, causa de tantos males en el Reino: Juzgaba, candorosamente, que, extirpada la impiedad liberal y masónica, tornaría a la ruta de sus grandes destinos la Nación Española. —Era muy reverenciosa de las conquistas sobre infieles de su abuelo San Fernando.— España —la hija predilecta de la Iglesia—, vilmente calumniada por los malos patriotas desterrados en la frontera, la encendía en lumbres y corajes populares de Dos de Mayo: Visitaba todos los sábados por la tarde el Convento de Jesús: Hacía en el camarín largos rezos pasando la camándula de la Madre Patrocinio: Mudaba más que nunca de la risa al llanto, y era tan pronto amor como esquivez lo que sentía por el Príncipe de Asturias.— En Francia, algunos emigrados fomentaban una intriga para que abdicase la Señora. —Felizmente, Roma, en aquella hora tan atribulada, acudía con sus bálsamos al conforto de su amada hija en Cristo. La Reina adormecíase cobijando ilusas esperanzas: El dejo azul de los ojos se velaba en el oro de las pestañas: Soñaba con labrar la felicidad de todos los españoles: El Santo Padre, señalándola con nuevas prendas de amor, promulgaba una bula que redimía de las calderas infernales a todos los súbditos de Isabel: Las logias masónicas, en procesiones de penitentes, con capuchas y velillas verdes, se acogían al seno de la Iglesia. La Reina de España sentía el aliento del milagro en el murmullo ardiente con que la bendecía su pueblo. ¡Y en este limbo de nieblas babionas y piadosas imágenes, brillaba con halo de indulgencias y felices oráculos la Rosa de Oro!

cap-6

LIBRO TERCERO

ECOS DE ASMODEO

I

El Palacio de los Marqueses de Torre-Mellada estuvo en la Costanilla de San Martín. —El Palacio de los Picos, le decían por el ornamento del muro.— Aquel caserón, con gran portada barroca, rejas y chatos balcones montados sobre garabatos de hierro, fue, en las postrimerías del reinado isabelino, lugar de muchas cábalas y conjuras políticas. La crónica secreta conserva en donosos relatos y malignas hablillas el recuerdo del vetusto caserón con rejas de cárcel y portada de retablo, la clásica portada de los palacios de nobles en Madrid.

II

El Salón de la Marquesa Carolina —rancia sedería, doradas consolas, desconcertados relojes— repetía un poco desafinado los ecos literarios y galantes de los salones franceses en el Segundo Imperio. La Marquesa, ahora en su cautivante y melancólico otoño, escéptica de las ilusionadas peregrinaciones en busca del amor, conspiraba soñándose una Marquesa de la Fronda. Acababa de encender las luces el lacayo de estrados, y la doncella, reflejada sucesivamente en los espejos de las consolas, reponía las flores en los jarrones. La Marquesa Carolina, esta noche, como otras noches, mimaba la comedia del frágil melindre nervioso, recostada en el gran sofá de góndola, entre tules y encajes, rubia pintada, casi desvanecida en la penumbra del salón retumbante de curvas y faralaes, pomposo y vacuo como el miriñaque de las madamas. La Marquesa Carolina era de un gran linaje francés, hija del célebre Duque de Ramilly, Mariscal y Par del Reino en la Corte de Luis Felipe. Reclinada en el sofá de góndola, perezosa y lánguida, quejábase de una enfermedad imaginaria: Hacíanle tertulia dos damiselas y un caballero con empaque de rancio gentilhombre: Este caballero era el afrancesado Marqués de Bradomín. Las damiselas —lindas las dos— eran Feliche Bonifaz y Teresita Ozores. La Marquesa se oprimía las sienes con las manos: El gesto doliente agraciaba su expresión de rubia otoñal. Teresita Ozores encarecía los encantos de París: Acababa de llegar, y suspiraba por volver:

—¡Los franceses, locos con el Imperio! ¡París, maravilloso! ¡La ópera, brillante! ¡Los modistos, un escándalo! ¡Pero qué lujo, qué gracia, qué esprit! Esta primavera, el último grito, los fulares estampados con rosas. Eugenia ha puesto la moda. ¡Para las rubias, admirable! ¡Tú, Carolina, estarás encantadora!

Teresita Ozores escondía sus treinta abriles bajo un vistoso plumaje de pájaro perejil: Hablaba con voluble y casquivano gorjeo. La Marquesa Carolina murmuró declinando los ojos y la sonrisa:

—¿Te has divertido mucho, a lo que parece?

—¡Locamente, Carolina! ¡Locamente! ¡No hay más que París!

—¡Cierto! París es único.

III

El Marqués de Torre-Mellada, con uniforme muy papagayo, cubierto de cruces y bandas, retocado y rubiales, entró haciendo gallos:

—La conjura revolucionaria parece abortada. Se confirma que unionistas y progresistas andan a la greña, sin ponerse de acuerdo para designar candidato al Trono. Hacen como los compadres que peleaban una noche por quién echaría en la olla un tordo que habían visto en el aire aquella mañana. ¡Hay que rezarle un responso al Duque!

—¡Muy interesante! ¡Muy interesante!

La Marquesa desviaba la flecha con su amable sonrisa pintada. El Marqués exprimía su regocijo, alternando dos voces en falsete:

—El General Dulce, que corrió estos tiempos de la Ceca a la Meca oficiando para avenir a los mal avenidos, ha vuelto con el rabo entre piernas, y completamente descorazonado de que puedan entenderse. ¡Jesús! ¡Qué tardísimo! ¡Me voy a Palacio!

Se apartó con almibarada morisqueta, cediendo el paso a unas damas que hacían estación en la tertulia, para llegar después del primer acto a los Bufos de Arderíus. Eran señoras casquivanas y un poco tontas, con los talles altos, el pelo en bucles y el escote adornado con camelias: Hablaban de modas, de amoríos, de un tenor italiano: Se abanicaban y reían sin causa. Sonaban confundidas las voces, como en una selva tropical el grito de las monas. En rigor ninguna hablaba: Sus labios de falso carmín lanzaban exclamaciones y desgranaban frases triviales, animándolas con gestos, con golpes de abanico, con zalamerías:

—¡Pero qué elegante!

—¡Encantadora! ¡Encantadora! ¡Encantadora!

—¡Ay, qué gracia!

—¡Date pisto!

—¡Ni pensarlo!

Y en medio de cada frase el gorgorito de una risa que presta a las palabras la gracia que no tienen, y muestra la blancura de los dientes, al mismo tiempo que esparce la fragancia del seno alzándole en una armoniosa palpitación. Todas aquellas señoras intrigaban: Para ellas la política era el botín de las bandas, de las grandes cruces, de los títulos de Castilla: Amaban los besamanos y los enredos de antecámara: Curiosas y noveleras, procuraban descubrir entre los caballerizos y gentileshombres al futuro favorito de aquella reina tan española, tan caritativa, tan devota de la Virgen de la Paloma. El salón de Carolina Torre-Mellada fue famoso en las postrimerías del régimen isabelino, cuando rodaba en coplas de guitarrón la sátira chispera de licencias y milagros.

IV

Dolorcitas Chamorro, en el sofá, secreteaba con la francina Marquesa. La Chamorro, vejancona nariguda, con ojos de verdulera, negros y enconados, era sangre ilustre de aquel famoso aguador camarillero y compadre del difunto Narizotas. Dolorcitas picoteaba:

—¡El Duque está indignado! ¡Hija de mi alma, le cuesta un dineral la danza revolucionaria, y ahora quieren darle carpetazo! ¡Ya sabes que pone el veto a su candidatura para rey, el trasto de Pringue! ¡Le dejarán compuesto y sin novia! ¡Me lo estoy temiendo! Si Ayala viene esta noche procura sonsacarle. Dicen que el candidato de los radicales es el Niño Terso. ¿Has visto mayor escándalo?

Murmuró Carolina Torre-Mellada con un gesto distraído, como si diese respuesta a sus callados pensamientos:

—¡Serrano tiene un compromiso de honor con el Duque!

Saltó la Chamorro:

—¡Compromisos de honor, Serrano!

Hablaba con desgarro vivo y popular, rasgando la boca sin dientes: Tenía la cara arrugada, las cejas con retoque, y llevaba sobre la frente un peinado de rizos aplastados, que acababa de darle cierta semejanza con los retratos de la Reina María Luisa: Espetose de pronto en el sofá, advirtiendo con el codo a Carolina:

—¡Aquí está Ayala! ¡Sonsácale!

Era el que entraba un caballero alto, fuerte, cabezudo, gran mostacho y gran piocha: Vanidad de sargento de guardias.

V

Feliche Bonifaz miraba furtiva al Marqués de Bradomín. La Chamorro se allegó cotillona:

—Tu hermano, si ahora tuviese juicio... Me han contado que han sido marcadísimas las diferencias de la Señora. ¡Ya os veo en Palacio!...

Feliche se había encendido, y estaba muy bella:

—A mí me verá usted donde pueda estar dignamente. Ya lo sabe usted.

La vejancona comadreó:

—¡Soñadora! ¡Romántica! La Reina ha estado deferentísima con el perdis de tu hermano, y no puede serte indiferente.

—¡Dolorcitas, es usted cruel insistiendo!

—¡No seas loca! Ya sabes dónde están mis simpatías, no las oculto. Sin embargo, comprendo que aún tiene mucho arraigo el Trono...

Gimió Feliche abrasada, enjugándose los ojos:

—¿Pero insiste usted?

—Insisto porque te veo huérfana, sin experiencia. El orgullo es muy mal consejero, y tú no estás en situación de hacer la Doña Quijota...

Feliche le clavó los ojos:

—Dolorcitas, mi hermano no ha caído tan bajo como usted sospecha.

—¡Pamplinas! Ahora, si las cosas van por donde muchos piensan, lo que necesita es tener cabeza. Ya le rezaré yo la cartilla a ese perdis.

Feliche se avizoraba, encendida y perpleja, batiendo los párpados: Sentía el atisbo sagaz del Marqués de Bradomín: Adivinaba la sonrisa, la mirada, la triste y amable expresión, el dejo romántico de ciencia y solimanes mundano. Alzó los ojos. No se había equivocado: El viejo dandi estaba mirándola, y en aquella sonrisa deferente, dilecta, se acogió la azorada damisela con largo mirar agacelado. El Marqués de Bradomín, en pie, de espaldas a la monumental consola, adoptaba la actitud de galante melancolía que, como suprema lección de donjuanismo, legó a los liones de Francia el señor Vizconde de Chateaubriand. Cotilleó la Chamorro:

—¡No morderá, que si mordiese hacías boda!... Y los años no hay que mirarlos. Yo no los miré tampoco.

Dolorcitas Chamorro jamás repudiaba su estirpe aguadora de la Fuente de Pontejos: Era, por gracia de sus doblones, Condesa-Duquesa de Villanueva del Condestable: Había feriado en lote las deudas, los pergaminos y los alifafes de un linajudo vejestorio. —¡Aquel Don Pedro de Borja y Azlor, Carvajal y Pacheco, descendiente por la mano izquierda de reyes aragoneses y valencianos tiarados!— La Chamorro, con sus husmas cotillonas, sus postizos y remangues, no era un anacronismo en la Corte Isabelina. Acaso un poco anticuado el estilo de sus derrotes, que lozaneaban la tradición del difunto Rey Narizotas.

VI

López de Ayala, el figurón cabezudo y basto de remos, autor de comedias lloronas que celebraba por obras maestras un público sensiblero y sin caletre, saludaba con pomposa redundancia a las madamas del estrado: Tenía el alarde barroco del gallo polainero. La Marquesa Carolina le acogió con bella sonrisa:

—¿Trae usted alguna noticia? Nosotras estamos rezando el trisagio como las viejas cuando truena.

—¡No es para que los luceros lloren perlas!

El figurón era gongorino y rutilante en el estrado de las damas. La Chamorro, por contraste, se arrancó con desgaire chulapo:

—¿Se confirma que los carcas se entienden con Pringue?

—Eso parece, querida Duquesa.

Acercose Teresita Ozores, linda y mariposera con tantos lazos y perifollos:

—¡Me arrebatan, Carolina! ¡Me raptan!

El figurón abrió la cola con floreo de galantería:

—¿Quién es el audaz robador de la ninfa?

Repuso la damisela, coqueta y donosa:

—¡Los Bufos, Ayala! ¡Los Bufos! Pero me encantan más las buenas comedias.

Se fue con un ritmo de baile. La Torre-Mellada insinuó:

—Adelardo, si a usted le interesan los Bufos...

—Maliciosa es usted, Marquesa.

Jugaba del guante el poeta, con aquel artificio de los cómicos cuando galanean, y cantaba en sordina su madrigal revolucionario:

—¡Queridas señoras, la única candidatura posible es la Infanta Luisa Fernanda! ¡Cuando la torpe mano real deja caer el cetro en el fango, sólo puede recogerlo, sin mancharse, la mano de un ángel!

Saltó la Chamorro:

—Explíqueme usted, Ayala: ¿Es Pringue quien se pone la boina, o se pone el morrión el Pretendiente?

—Querida Duquesa, las arras en estos esponsales serían un cambio mutuo de monteras.

Dolorcitas volvió a meter la husma:

—¿Qué dice el Duque? He oído que está furioso.

—Acaso. Pero no creo que lo demuestre.

Ayala calló aparentando reservarse grandes secretos, y las damas esperaron el final de la pausa, con una sonrisa retocada y fatigada. El poeta levantó su guante, con un arabesco:

—La revolución es fatal, y, ante la ola demagógica, se impone la solidaridad de cuantos aman las libertades dentro del orden, representado en la Monarquía Constitucional.

—¡Chito! ¡Chito!

Carolina miraba en torno, el gesto entre risueño y contrariado. Damas y galanes conversaban en grupos: Afortunadamente ninguno ponía atención a lo que se conspiraba en el estrado. El figurón bajó el tono:

—La Infanta Luisa Fernanda hoy encarna los ideales que triunfaron en las sangrientas discordias civiles, y me parece locura insigne la de los radicales cabildeando con la rama de Don Carlos. Es renegar de su historia, y diré más, es un perjurio a los mártires de la causa constitucional.

Carolina inclinó la cabeza, apiadada y lánguida:

—¡Me da tanta pena la pobre Reina!

Lamentó Ayala:

—¡Desgraciadamente, se ha hecho imposible!

Y Dolorcitas Chamorro puso la rúbrica de su respingo:

—¡Se deja embaucar como una pánfila!

Suspiró Carolina:

—¡Está ciega! ¡Qué dolor no encontrar modo de salvarla!

El celebrado poeta sentenció:

—¡Ha perdido el amor de los españoles!

—¡La pobre lo sabe y se duele, porque es muy buena!

Carolina juntaba las manos, como en una visita de pésame.

VII

Con gritos y aspavientos, irrumpieron los que se habían ido a los Bufos: Damas y galanes:

—¡Hay barricadas!

—¡No se puede tolerar!

—¡El caos! ¡El caos!

—¡Todos los días un motín!

—¡El caos! ¡El caos!

—¡Aún el corazón me da saltos!

—¡Y esto ocurre gobernando Narváez!

Explicó el Barón de Bonifaz:

—¡Nada! ¡Total, nada! ¡Cuatro señoras que arañaron a un guardia!

Preguntó la Chamorro:

—¿Hubo tiros?

Chilló una tarasca, tapándose las orejas:

—¡Descargas cerradas!

Adolfito Bonifaz hizo una mueca de valentón:

—¡Panoli!

—¿No hubo descargas?

—El cierre de puertas.

Buscó testigos la tarasca:

—¿No hubo descargas, Teresita?

Teresita Ozores amurrió la cara con sal y desgaire:

—Yo sólo sé que hemos perdido el palco, y que es intolerable.

El isabelino salón, con las luces multiplicándose en los espejos, por gracia del garrulero parlar se convertía en una jaula, cromática de gritos y destellos. Cuando remansaba el chachareo percibíase un acompañamiento de guitarra y los jipados floripondios de un cante flamenco. La Marquesa Carolina, graciosamente consternada, se recogió en su nido de cojines:

—Tenemos de huésped a Paco el Feo.

Desgarrose la Chamorro:

—¡Está de moda! También es el maestro de mis hijos.

Llegaba el jipar del cantador, florido y dramático. Saludó Adolfito con una cortesía versallesca:

—Voy a ver los progresos que hace Gonzalón.

Teresita le guiñaba un ojo:

—¡Olé tu madre, resalado!

VIII

Gonzalón Torre-Mellada recibía las lecciones de cante y acompañamiento de guitarra en la biblioteca, vasta sala frailuna y silente, propicia al trato de las musas y al estudio de la guitarra por cifra, que profesaba Paco el Feo. Asistían a la lección y terciaban con timos y sentencias Pepe Río-Hermoso, el Duque de Ordax y el Pollo de los Brillantes. —Una redoma pintada de rubio sobre dos pies de bailarín, con tacones muy altos.— El Pollo de los Brillantes era una momia acicalada: En este tiempo vivía del juego, y algunos sospechaban si de acuñar moneda: Era muy camarada del Barón de Bonifaz: Corrían las mismas chirlatas y cenaban juntos. El Duquesito de Ordax era un pollo, teniente de húsares, que llevaba el luto de su padre, y se divertía por los colmados no pudiendo hacerlo en su mundo. Pepe Río-Hermoso, primogénito de esta casa condal, asistía a la lección por matar el tiempo, y sin conseguirlo: Le miró, templando, Paco el Feo:

—Pepillo, para ti, mi vida, estos tientos. A ver si sueltas la murria, pelmazo. ¡Allá va!

Abría la boca el cañí, sacando la nuez, y entraba Adolfito:

—¡Estáis escandalizando!

—¿Se nos oye?

—¡La tertulia de tu madre queda haciéndose cruces!

Ceceó el Feo:

—No parece posible que se pueda tanto escandalizar, porque aquí estamos como en el panegírico de la misa.

Gonzalón bajó la voz:

—¿De veras se han enterado? Pues ya tengo que aguantarle caras a mi madre.

—¡Y no es para menos! ¡Haber convertido el solar de tus abuelos en café del cante!

—¡Asadura!

—¿Y no tenéis nada que pueda beberse?

Gonzalón callaba: Aquella carota de niño cebado a manteca tenía un gesto preocupado: A Gonzalón escaseábale el dinero, y se inquietaba con la suspicacia de no poder sacárselo a su madre. ¡Una vez más, caprichos y nervios iban a conjurarse en contra suya y de Toñete! Toñete era ayuda de cámara, oráculo y alquimista del repintado Marqués de Torre-Mellada. Gonzalón, si había de pedirle dinero, paralelamente tenía que maltratarlo de palabra y de obra. Era siempre la misma comedia: El puntapié, el llanto del vejete, con las manos en las nalgas, el abrazo de reconciliación. Una comedia aburrida y dolorosa. A Gonzalón aquellos lances melodramáticos y grotescos, monótonamente repetidos, le dejaban siempre malhumorado, con una sorpresa dolorida y remota de afecto al viejo servidor. Toñete, en medio de sus lágrimas, jipón y tunante, las manos en las posaderas, nunca dejaba de recordar que le había visto nacer una noche de muchos truenos. Gonzalón, después de tales farsas, sentía la nerviosidad de un niño que hubiese maltratado a un pelele. Insistió Adolfito:

—¿Hacéis la juerga a palo seco?

El Pollo de los Brillantes taconeó el vito:

—Mira si queda alguna cosa en ese infolio.

Y señaló el caneco de ginebra derrengado bajo la silla del cantador. Pepe Río-Hermoso se despedía de Gonzalón:

—¡Me voy! ¡Que por la tertulia de tu madre se divulgase que asisto a la juerga, me haría la Pascua! El autor de mis días también tiene ojeriza al género flamenco, y no hay posibilidad de que uno se divierta sin que lo achaque a la vagancia. Estos tiempos le ha dado por leer filosofía krausista, y está insoportable: Se le ha puesto entre cejas la austeridad, que consiste en andar a pie con unas botas muy gordas, y comer bellotas del Pardo. Antes, aunque poco, me daba algún dinero, pero con el krausismo le ha entrado regalarme libros y aconsejarme que estudie. ¡Para qué quiero yo ser un sabio! A mí no me gusta andar a pie, el calzado gordo me molesta, las bellotas me dan cólicos. ¡Chico, te digo que está mi padre!...

Suspiró Gonzalón:

—Para ponerlo en tronco con mi madre.

—Tú llevas otra vida. A ti te divierte la juerga de vino y guitarra. Eso se hace hasta sin dinero. Pero a mí sólo me gustan los caballos, y es un gusto muy caro.

—Hazte veterinario.

Paco el Feo, con la gorrilla de seda sobre la oreja, enfundaba la guitarra:

—¿Hay algún rumboso que convide a unos chatos en casa de Garabato? ¡Le ha llegado una manzanilla sanluqueña de picho canela!

Puso su veto el Duquesito de Ordax:

—Yo no voy de uniforme a las tabernas.

Había en su voz y en su actitud una contrariada resolución. Paco el Feo cambió un guiño con Adolfito:

—¡Es muy actorazo para el drama!

Decidió Gonzalón:

—Esperadme en el Suizo. Yo tengo que ver de capear a Toñete.

—Pues mano izquierda.

—Me sé la faena. Es un toro mecánico.

—¡Hasta la vista, majito!

Dispersose el alegre cotarro. Gonzalón dio un suspiro y tiró de la campanilla para que compareciese Toñete.

IX

Una sombra apareció en la puerta de la biblioteca. Gonzalón, que apuraba el caneco, cloqueó con el gollete en la boca:

—¡Toñete!

—¡Se ha evaporado!

Y la sombra desapareció con una zapateta. Gonzalón le tiró el caneco:

—¡Mamarracho!

Salió a grandes zancadas. La sombra se escurría por el corredor: Llevaba las manos en las posaderas:

—¡Se acabaron las danzas!

—¡Toñete!

—¡Se ha evaporado!

—¡Imbécil!

Gonzalón, porque se arrestase, rezábale detrás el clásico ensalmo de injurias, denuestos y amenazas. Tendía el brazo sobre el pelele huidizo y engarraba la mano. La sombra desapareció por una puerta, y corrió el cerrojo:

—¡Se acabaron las danzas!

Gonzalón sacudió la puerta:

—¡Donde te agarre te estrangulo!

—¡Muy buenas ideas!

—¡Abre! Tengo necesidad de hablarte.

—Diga su excelencia lo que desea, y se verá de servirle.

—¡Abre!

—¡No abro! ¡Primero dejaré el servicio de esta casa!

—¡Toñete, que te estás aparejando una tunda!

—¡Sería usted capaz! ¡A un pobre viejo que le ha visto nacer!

Gonzalón puso el hombro en la puerta, apartose, tomando impulso, y saltó el aldabillo. Toñete retrocedió con una espantada:

—¡Ave María!

Rugió Gonzalón:

—¡Insolente! ¿Quién eres tú para cerrarme las puertas de mi casa? ¡Voy a desollarte vivo!

—¡Ya lo estoy! ¡Me he visto negro para desempeñar las condecoraciones del Señor Marqués! ¡Todo por cubrir el honor de quien no sabe agradecerlo! ¿Qué hubiera sido de mí si no hubiese encontrado un amigo que me prestó ese dinero? ¡Quedar por ladrón o declarar que habían sido pignoradas por el señorito!

—Pero has hallado un amigo, y eso es lo importante. Ya sabes que yo nunca discuto réditos. A ese amigo le pides, para mí, dos mil reales, y hemos acabado.

—¡Precisamente ésa es la cantidad que, con muchos apuros, me ha prestado para sacar de donde estaban las condecoraciones!

—Mañana se vuelven a empeñar, y me das las beatas. Ahora me arreglaré con veinte duros. Pero ahora mismo, sin salir de aquí, porque estoy en un apuro.

—¡Imposible! He arañado los bolsillos hasta el último chavo. Los réditos ya subían cuarenta machacantes.

—¡Toñete, no me pongas en el disparadero! ¡Mira que estoy desesperado!

—¿Y Toñete qué culpa tiene?

—Toñete, no seas gato, que tu misión en esta casa es robar para los dos.

—¡No condene el alma! ¿Que yo robo? ¡Si el venir a esta casa ha sido mi ruina!

—Puede que en otra robases más, aun cuando lo dudo. Apoquina, y guardémonos mutuamente los secretos.

Y remató haciendo bailar con la punta del pie al desprevenido pelele, que, puestas las manos en las nalgas, rompió a llorar en falsete.

X

El Café Suizo no cerraba sus puertas. El madruguero cazador —morral, escopeta y perro— podía entrar con el alba a beberse una taza de café caliente, antes de salir al ojeo en la paramera de Vicálvaro. El Suizo mantenía siempre encendidos los pomposos tulipanes de la rinconada frontera al mostrador: Allí aposentábase un cenáculo de noctámbulos: El periodista mordaz, el provinciano alucinado, el cómico vanidoso, el militar de fanfarria, el respetuoso borracho profesional, admirador de los cráneos privilegiados, el guitarrista alcahuete, el opulento mendigo, primogénito de noble casa: Era una trinca apicarada y donosa, con ajadas plumas calderonianas, un eco de arrogancias y estocadas, recogido en aire de jácara matona. Aquella noche se juntaban Toñete Bringas, Perico el Maño, el Coronel Zárate, Manolo Gandarías, el Barón de Bonifaz, Paco Cembrano, el Cura Regalado, Don Joselito el Pollo de los Brillantes, y el Rey de Navarra. Las horas luminosas de aquella tertulia solían ser las de madrugada, cuando aparecía el sablista famélico, siempre cesante. El ilustre primogénito, el militar, el torero, guiñando la pestaña, roncos de la misma ronquera, hacían gárgaras con ron de Jamaica. Entonces el gacetillero cruel jugaba del vocablo, el provinciano se extasiaba, el cómico encarecía el corte de su sastre, el borracho profesional, lloroso y babón, le adulaba, y el guitarrista, con sonsoniche, feriaba a una niña de tablado: Era aquel uno de los círculos más depurados de la sensibilidad española, y lo fue muchos años. El Suizo y sus tertulias noctámbulas fueron las mil y una noches del romanticismo provinciano. Adolfito Bonifaz propuso salir a robar capas: Celebraron la ocurrencia Toñete Bringas y Perico el Maño: Sin pagar, en cuerpo, se echaron a la calle. Comentó el mozo que los vio tan dispuestos:

—¡Vaya unos perdularios!

El Cura Regalado les echó una bendición: Paco Cembrano y el Rey de Navarra, con absoluta indiferencia, siguieron dándose jaque mate, atentos al tablero, en la última mesa de la rinconada. Pero se alzó como un león el Coronel Zárate:

—¡Mozo, cierra las puertas! ¡Esta peña no patrocina esas bromas de mal género! ¡Es una peña de caballeros! ¡La broma de esos niños tiene muy mala pata! ¡Echa los tableros, Gabino! Que busquen dónde meterse si se les van encima los del Orden. La broma es broma, yo soy el primer bromista, pero esta relajación no es de caballeros.

Gabino permaneció mudo, asintiendo con la cabeza, sin moverse para echar los tableros, obediente a la mirada de la rubia del mostrador, que le advertía de estarse quieto. El Coronel, muy galante, saludó a la rubia y, acogido con sonrisa, haciendo piernas y sonando espuelas, llegose al mostrador, con bordeo de gallo viejo:

—¡Está usted cada día más guapa, Enriqueta!

—¡Siempre el mismo! Usted sí que está bueno.

—Tal cual. Pues la broma de esos niños me ha puesto frenético. ¡A mí, hace tres noches, me robaron la capa!

—¡Ellos!

Con piadoso regocijo se volvían todas las cabezas interrogando al Coronel. Repuso el héroe:

—Ha sido en las afueras.

Husmeó impertinente la rubia:

—¿Cuántos eran ellos, Coronel?

—No me paré a contarlos.

—¿Iba usted de paisano?

—¡Naturalmente! Si voy de uniforme, ni ellos se atreven, ni yo me dejo.

Hubo un tácito acuerdo. El Rey de Navarra, volcando las piezas sobre el tablero, insinuó con delicada majestad:

—¿Era buena la prenda?

—Era de mi suegro.

—¿Paño de Béjar?

—¡Indudablemente!

—¿Embozos de felpilla?

—Creo que sí.

—¿Siete duros de empeño?

—Te equivocas. El invierno pasado daban doce, si la llevaba mi suegra.

Sentenció el Rey de Navarra:

—¡Una buena prenda!

Este Rey de Navarra, quimérico y perdulario, era en verdad un gran señor, rama primogénita de Alfonso X el Sabio: Pleitos, usuras y dádivas le habían empobrecido, y desde muy joven vivía de trampas: En este momento isabelino, su edad no pasaría de los cincuenta: Indulgente, con una magnánima y desdeñosa comprensión de todos los pecados, no se pasmaba de nada: Era ingenioso, placentero y muy cortesano. Los amigos de aquella tertulia, recordando alguna de sus fantasías, le llamaban siempre Rey de Navarra. Paco Cembrano, viejo cínico, de pintoresca labia, con un dejo de jugador del mus, le llamaba simplemente Monarca. El Cura Regalado, cuando tenía cuatro copas, le decía César Imperator. Otros, Majestad. Por su nombre, ninguno le llamaba. Pero el mote burlesco, en su pompa resonante llevaba un reconocimiento de jerarquía y una amistosa complacencia en señalarlo. El arruinado prócer inspiraba el respeto de las imágenes sacras cubiertas de polvo y maltratadas del tiempo. Piedad y lástima. La rubia del mostrador le amaba en secreto, y era visible la emoción con que le nombraba. En rigor, la rubia habíase prendado de aquel círculo luminoso y romántico, donde se referían, como en las novelas, amores y adulterios de grandes damas. La tertulia del Suizo, en sus horas más brillantes, con sus eternos temas de conspiraciones y valentías, lances de naipes y de tauromaquia, cobraba un interés expresivo, una contorsión de teatral jactancia. En aquellos momentos, el corazón marchito de la rubia se conmovía con una primaveral floración, que le recordaba oscuramente la fiesta patriótica del Dos de Mayo.

XI

El Barón de Bonifaz, Toñete Bringas y Perico el Maño celebraron consejo en la puerta del Suizo: Allí, bajo el parpadeo de las estrellas sonámbulas, se concertaron para la burla en aquellas noches madrileñas, reverdecida por una juvenil cuadrilla de chulos parásitos, jaques marchosos y aristócratas tronados. Por la calle desierta cruzaba el coche ministerial que conducía a González Bravo. Adolfito apenas pudo saludar desde la acera con un afanoso golpe de sombrero: Súbitamente recobraba el modo fatuo y ceremonioso de los elegantes isabelinos en las postrimerías de aquel reinado, cierto automatismo petulante de fantoche británico. Habían impuesto la moda de aquel saludo algunos pollos de la goma, que se vestían en Londres. El Ministro de la Corona, incierto en el fondo del coche, respondió inclinándose, maquinal y preocupado. El cochero, desabrido, dijo al lacayo:

—¡Vaya unos pollos!

Y el lacayo filosofó:

—Del día se hace noche, y la viceversa. Todo anda del revés en España.

Adolfito, a espaldas del coche, hizo un corte de mangas. Puestos de acuerdo para la befa, y caminando juntos, diéronse de manos los alegres compadres con Jorge Ordax y Gonzalón Torre-Mellada. Comunicados los planes, no merecieron el acuerdo de Jorge Ordax: Se inhibió, con gesto despectivo. Mostrose vacilante el primogénito de Torre-Mellada:

—¡Me hace la pascua no poder correr! Es el caso que aún me resiento de la coz que me ha dado Redy.

Preguntó el Maño:

—¿Es verdad que lo vendes?

—Si me lo pagan...

El Maño le tendió el brazo por el hombro y le llevó unos pasos lejos:

—Yo tengo un amigo que bebe los vientos por un caballo de esas condiciones. Si estás en venderlo, acuérdate que puedo ganarme un corretaje. Ese animal a ti no te conviene, y hay que largárselo a un encaprichado. A ti te conviene una jaca andaluza, cuatro años, el pelo un velón de Lucena. Ya te hablaré.

Interrumpió Toñete Bringas, que estaba bastante iluminado:

—¡Rediós! ¿Qué se hace?

Jorge Ordax repitió su gesto indiferente, llamó un simón y se metió dentro, dando las señas en voz baja. Sacó la cabeza por la portezuela:

—Caballeros, que salga bien el trabajo.

Gonzalón Torre-Mellada, súbitamente decidido a correrla, respondió fingiendo el empaque de un cumplido de la trena:

—¡Bien y lucido!

En este tiempo venían de par por la acera, con amplias pañosas y enchisterados, dos respetables carcamales frioleros: Apenas asomaban las narices por el embozo, Toñete Bringas hizo un quiebro postinero recortándolos en corto. A cuerno pasado, asió la punta de un embozo y con clásica rebolera salió por pies, liándose en la pañosa de la momia, primero alelada, después iracunda. Corrieron los otros burlones y en tropel, cayendo sobre ambos viejos, les enterraron las chisteras hasta los dientes. En esta trifulca perdió la capa el que aún quedaba con ella. Tremantes de furia senil gritaban los dos carcamales, arrancándose los abollados sombreros:

—¡Sereno!

—¡Guardias!

El farol colgado del chuzo, en la esquina de una puerta, respondía con un guiño triste. Roncaba el sereno. Los dos viejos iracundos deshacían el acordeón de las chisteras bajo el alero, donde un gato mayaba a la luna: Renegaban alternativamente, con la misma bilis y los mismos arabescos del vocablo:

—¡Me corto!

—¡Me rajo!

—¡Esto no quedará impune!

—¡Es un escándalo la Policía!

—¡El Patio de Monipodio!

—¡Me oirá Luis Bravo!

—¡Me rajo!

—¡Me corto!

Los burlones asomaban en las esquinas, solazándose con la furia de los viejos catarrosos, que atravesaban la plaza, aspados los brazos, negros y grotescos. Los alegres compadres se alertaron viéndoles entrar en la antigua Casa de Correos. Disimulando el jadear de la carrera, se metieron en un colmado andaluz, donde nunca faltaban niñas, guitarra y cante. —La Taurina, de Pepe Garabato.— Penetraron en fila india y se acogieron a un cuarto del piso alto, adornado con carteles de toros: Batiendo palmas, armando jarana, pidieron manzanilla y jamón de la Sierra. Tras el chaval en jubón y mandil, entraron dos niñas ceceosas, con revuelo de faldas, y a la cola, con la guitarra al brazo, Paco el Feo. Toñete Bringas, descolgándose la capa que llevaba sobre los hombros, se la tiró al gitano:

—¡A Peñaranda!

Se desembozó no menos marchoso Perico el Maño:

—Y ésa.

Las recibió sobre su cabeza el cañí:

—¿En cuánto?

—Lo que quieran darte.

—¿Y a nombre de quién?

—Del Nuncio. ¡Ya estás de naja!

Trajo el chaval las cañas de manzanilla. Se convidaron incontinenti las dos mozas del trato. Pidió el Feo refrescarse el gaznate, antes de salir a beberse los vientos: Ceremonioso, se limpió la punta de los dátiles en el escurrido talle, apagó la tagarnina en la suela del zapato, se puso el chicote en la oreja, tomó una caña, y la refrescó con un olé pinturero: Ondulose en el aire como un surtidor el vino dorado, y, sin derramarse una gota, volvió al cristal que levantaba el cañí, rematando la suerte con un arabesco de mucho estilo: Arrimó la guitarra después de aflojarle los trastes, y salió embozado en las dos pañosas: Se detuvo en la puerta:

—¿Cómo se llama el Nuncio? ¿Es Pérez o Fernández?

XII

Comenzó la juerga. Las niñas batían palmas con estruendo, y el

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