Gavilla de fábulas sin amor y otros divertimentos

Camilo José Cela

Fragmento

cap

Nota sobre esta edición

«En él se aúnan el drama rural de Lorca, el testimonio político de Benito Pérez Galdós, la búsqueda de la luz de Salinas, la deformación de la realidad de Valle Inclán o de Gómez de la Serna, la novela de Unamuno, Baroja y Azorín, el retrato de la calle de El lazarillo, el sentido patético de la vida del barroco de Calderón y la exaltación de los placeres de Lope de Vega.»

Fundación Charo y Camilo José Cela

Reunimos en este volumen, en orden cronológico ascendente, varias obras que tienen en común el haber sido concebidas como diálogos entre texto e imagen: Gavilla de fábulas sin amor; El Solitario; Toreo de salón; Izas, rabizas y colipoterras y Nuevas escenas matritenses. No incluimos las imágenes por no considerarlas imprescindibles para este tipo de edición y porque la calidad de su reproducción no sería la óptima. Aquellos que estén interesados en ver una muestra o la totalidad pueden acudir a las fuentes de información que les indicamos.

Según Christoph Rodiek, catedrático de literatura española de la universidad de Dresde que ha dedicado muchas páginas a analizar la obra breve de Cela, estos textos pertenecen a un género nuevo, el fotorrelato celiano, un híbrido en el que se reúnen el retrato fotográfico y la biografía apócrifa. Gavilla de fábulas sin amor y El Solitario no pertenecen exactamente a este tipo de «divertimento» pero son similares en cuanto a diálogo imagen-texto.

El origen Gavilla de fábulas sin amor se produjo en Cannes, en una reunión a la que acudió Cela y donde estaban, entre otros invitados, Picasso y su inseparable Jaume Sabartés. En aquel encuentro, Picasso leyó algunos poemas propios de los que tres serían publicados por la revista de Cela, Papeles de Son Armadans. Como contrapartida, Picasso dibujó una serie de caricaturas de la reunión de Cannes que Cela acabó publicando acompañadas por sus textos, junto con quince dibujos y textos más dedicados a la guerra de Troya. El Museo Picasso de Málaga expone una edición restaurada de los dibujos procedente de uno de los ejemplares de coleccionista de la primera edición. Asimismo, se localizan fácilmente en internet.

El Solitario, publicado también por Papeles de Son Armadans, es un texto que en su edición original dialogaba con la serie de dibujos de Rafael Zabaleta titulada Los sueños de Quesada. Tanto en Gavilla de fábulas sin amor como en El Solitario, Cela —«con hechuras de hereje de provincias, indocumentado y vagabundo, maldicente y espía, huraño y vital»—, se apoya en el lirismo y cierto tono trágico muy shakesperiano para mostrarnos seres casi mitológicos, personajes enteramente mitológicos y otros que, aunque tienen los pies en la tierra, están asediados por los enemigos del hombre. Los dibujos de Zabaleta pueden admirarse en la página web de la Fundación Rafael Zabaleta.

Toreo de salón e Izas, rabizas y colipoterras surgieron tras una propuesta de Esther Tusquets para que Cela colaborara en la mítica colección de Lumen, Palabra e imagen, una colección concebida a raíz del auge de los libros de fotografía en los años sesenta del pasado siglo. En ambos, Cela añadió sus cuartillas a la serie de retratos que Oriol Maspons y Julio Ubiña tomaran a los aprendices de torero que ensayaban sus pases en las calles de Montjuïc, y a la que Joan Colom hiciera de las prostitutas del Barrio Chino barcelonés. En ambos casos, el autor excedió el encargo para inaugurar, como ya hemos comentado, un género nuevo. El archivo Joan Colom está depositado en el Museo Nacional de Catalunya y una muestra de la serie es fácilmente accesible en internet, al igual que las fotografías firmadas conjuntamente por Maspons + Ubiña para Toreo de salón.

Cierra el volumen Nuevas escenas matritenses, que, como ha señalado Rodiek, comparte el diálogo animado y castizo, el abuso de nombres significativos y su publicación en prensa periódica con las Escenas matritenses que Mesonero Romanos publicara a partir de 1898. Una y otra se diferencian en que Cela construye un relato metacostumbrista o neocostumbrista, lúdico e irónico, centrado en la oralidad y que sólo se ocupa de los marginados, de las clases sociales más desfavorecidas. El proyecto surge de un fotógrafo atípico, Enrique Palazuelo, de profesión teniente de navío, «fotógrafo ambulante que ha captado en sus placas de fotógrafo artesano una vida sujeta al pasado, arrinconada, alegre y asustada [y propone] oír con nuevos oídos, ver con distintos ojos lo que creíamos visto y oído para siempre». A mediados de los sesenta, Palazuelo le propuso a Cela un libro fotográfico, al estilo de La Banlieu de París (1949) de Doisneau, en el que se retrataría el Madrid de los barrios periféricos, de los viejos comercios y tabernas, de la verbena y el mercadillo, lleno de ancianos y niños, músicos callejeros, vendedores ambulantes, mendigos, empleadas del hogar y charlatanes. La primera fotografía de la serie, con el texto de Cela por acompañamiento, fue publicada en 1958 en la revista Destino. La continuación de la serie en entregas periódicas apareció en Papeles de Son Armadans a partir de mayo de 1963, de tal manera que, en 1965, Alfaguara convirtió en libro la primera serie. A ella seguirían seis más hasta completar el conjunto que ofrecemos en este volumen.

Hemos utilizado los textos asentados por el propio autor en la edición de la obra completa publicada por Destino-Planeta de Agostini en 1990. Las notas que aparecen a pie de página, ya sean reseñadas como del editor o el autor, son todas de Camilo José Cela y no son, propiamente, notas aclaratorias, sino parte de los textos. Cierra el volumen una somera cronología cedida por la Fundación Charo y Camilo José Cela. La intervención en los textos no ha excedido la unificación y actualización de los criterios de edición y corrección de erratas, cuando se ha tenido la seguridad de que eran tales y no elecciones del autor.

A continuación, detallamos las primeras ediciones de los títulos que componen este volumen:

 

Gavilla de fábulas sin amor, Las Ediciones de los Papeles de Son Armadans, Palma de Mallorca, 1962.

El Solitario y Los sueños de Quesada, Las Ediciones de los Papeles de Son Armadans, Palma de Mallorca, 1963.

Toreo de salón. Farsa con acompañamiento de clamor y murga, Lumen, Barcelona, 1963.

Izas, rabizas y colipoterras. Drama con acompañamiento de cachondeo y dolor de corazón, Lumen, Barcelona, 1964.

Nuevas escenas matritenses, Alfaguara, Madrid, 1965.

LOS EDITORES

cap-1

GAVILLA DE FÁBULAS SIN AMOR

El amor faz’ sotil al orne que es rrudo,

ffázele fabrar fermoso al que antes es mudo,

al orne que es covarde fácelo atrevudo,

al perezoso faze ser presto é agudo,

 

al mancebo mantiene mucho en mançebéz,

al viejo faz’ perder muy mucho la vejez,

ffaze blanco é fermoso del negro como pez,

lo que non val’ una nuez, amor le dan grand prez.

ARCIPRESTE DE HITA,

Libro de buen amor

cap-1

TRANCO PRIMERO

RAZÓN D’AMOR

 

Qui triste tiene su coraçón

benga oir esta razón.

ANÓNIMO, «Razón d’amor»

cap-1

Los cuatro reyes del sur

 

 

Con dolorido cuidado,

desgrado, pena y dolor,

parto yo, triste amador,

d’amores desamparado,

d’amores, que no d’amor.

JORGE MANRIQUE, «Canción»

D’amores desamparados, los cuatro reyes del sur —Kagpha, Badadilma, Badadakhárida y Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta, que es el más viejo de todos—, en cuanto que vieron la estrella polar estremecida, enjaezaron sus asnos y partieron (seda, sudor y polvo / desgrado, pena y dolor / rijosos como micos), con dolorido cuidado, en pos de los presentes que habían de brindar al palomino: oro del Transvaal; bálsamo de benjuí del Mekong, al que Dioscórides, años andando, llamaría incienso de la India; resina de la Meca, y tortas de Alcázar elaboradas a base de azúcar cande.

Kagpha cabalga —a la jineta, que no a horcajadas— el pollino Lucero, de raza enana de África y temperamento bullicioso, en cuyas cachas el fiel trasquilador pintó, a golpe de tijera y en letra gótica, el mote heráldico de las más diáfanas profecías: asno sea quien asno batea.

Kagpha, que en su remota lengua quiere decir tahúr, es joven y rubiasco, barbilucio y casi rapagón. Kagpha enseña los bucles de la cumplida pelambre que Anastasii (el dios barbero) le dio, pintados de color verde yerba (igual que luce Badadilma su barba fluvial) y tiene los ojos redondos y amarillos, como avaro que es, y la corona sembrada de aguamarinas azules, frágiles y delicadas. Kagpha es viudo porque las tres esposas que, no obstante su corta edad, tuvo en tiempos (Milagro, Dolores y Georgina), se le murieron de asma, enfermedad que les vino, como un traidor corolario, de tanto suspirar de insatisfacción. A Kagpha le da risa la ocurrencia y suele contarla, a poco que encuentre quien le haga caso, en sus frecuentes y disolutas y escandalosas francachelas.

—Mis tres mujeres fueron igualmente bellas y frágiles. Por ahora no pienso volver a casarme de nuevo porque mis súbditos habían empezado ya a murmurar. A algunos los ahorqué, para escarmiento de todos, pero, como en mi reino la gente no escarmienta, suspendí las ejecuciones y mandé hacer leña de la horca, leña para mi cocina.

A Kagpha le gusta cazar tordos con red y aplastarles el cráneo con los dedos. El plato nacional del reino de Kagpha son los tordos con col y, en las solemnidades patrióticas, Kagpha tiene ordenado a sus ministros que repartan tordos con col a los vagabundos, los tuertos y los leprosos.

—¿Y a los demás?

—No —suele responder Kagpha con gran empaque—, los demás que se vayan a hacer puñetas.

El rey Kagpha tañe la guitarra con mucho esmero y sentimiento y, de no impedírselo la dignidad, hubiera querido ser tocaor de tablao.

—¿Como Manolo el de Badajoz?

—Eso; o como Perico el del Lunar.

Kagpha no habla más que pehlvi, céltico (general y continental), galés, armoricano, cómico, irlandés y gaélico, si bien conoce ligeramente el francés y el latín vulgar y, con quienes no saben ninguno de sus idiomas, se entiende por señas y con gran soltura. Kagpha, antes de ser coronado rey, fue foss del kerrigan del condado de Kerry, en Irlanda, que era señor de miles y miles de hadas y que señalaba a todos sus vasallos con un signo chino marcado al fuego debajo de la tetilla izquierda y sobre el corazón.

Badadilma gasta la boca grande y los ojos pequeños. Badadilma es alegre y de media edad. Badadilma es muy sabio y, a consecuencia de su saber, pederasta. Todos los caminos llevan a Roma. Badadilma conoce las ciencias ocultas (Zoroastro, Papús y la señora Blavatsky fueron discípulos suyos) y la gramática china, lengua a la que tradujo El Ciprianillo, libro mágico del que fue autor san Cipriano antes de conocer a la bella y honesta Justina. Badadilma, una noche que los reyes del sur se bañaban en las turbias aguas del Éufrates (mientras la cohorte de concubinas y efebos, formados en rueda como las yeguas ante el lobo, los protegían del fulgor de la luna), se le quedó mirando al rey Kagpha para las tetas.

—¿Sabéis lo que se lee en vuestra marca, colega? —le preguntó con su más simpático y persuasivo acento.

—No, Badadilma: más de una vez os dije que ignoro el chino. ¿Qué es lo que leéis en mis reales tetas?

Badadilma, rápido como el rayo, dibujó en las aguas una grafía atroz y misteriosa que huyó con presteza de lagarto:

imagen

—Eso es lo que canta vuestra señal, colega: lin. ¿Sabíais que lin es un animal de color amarillo, de cuerpo de antílope, rabo de vaca y cascos de caballo entero y montaraz?

—No —le respondió el rey Kagpha mientras se quitaba el jabón del luminoso y recóndito sobaco.

El rey Badadilma, que ignoraba la crueldad, fingió no oír.

—Lin tiene un solo cuerno, colega, que termina, ¡bendito sea el dios Chons-Pe-Iri-Skher!, en un pezón de carne, y ni anda jamás de los jamases en manada, ni cae en trampas, ni se le puede cazar con red.

El rey Kagpha, atónito ante la ciencia del rey Badadilma, siguió escuchando con muy puntual atención.

—Lin escoge siempre el más bello y clemente país para vivir; es simétrico y hermosísimamente proporcionado; camina con arreglo a los más elegantes preceptos, y su voz coincide en todo con las rígidas y armoniosas reglas de la solfa; lin, mi querido colega, nunca pisa un insecto vivo ni una brizna de yerba creciendo, y sólo aparece cuando están los más benévolos reyes en el trono. Eso es lo que se lee en vuestra piel, colega: una señal feliz entre todas las señales.

El rey Kagpha, rebosante de dicha, mandó a sus ojeadores por el campo abajo para que, alumbrándose con mil luciérnagas solteras, le buscasen la fértil y verrionda flor de mandrágora a la que brindar, rendidamente, su amoroso, inaplazable y violento sacrificio: que nadie es feliz en soledad.

Badadilma monta el burro Garibaldi, de raza salvaje de Cerdeña, en cuyas crines flamea al viento una cinta de color de rosa en la que, escrito con letras de oro, se lee: Dijo el asno a las coles, pax vobis.

Badadilma, que en su difícil lengua significa Enrique IV, el Impotente, es un rey muy querido de sus súbditos porque (d’amores desamparado / d’amores, que no d’amor / parto yo, triste amador) disolvió el cuerpo de carabineros, quitó el servicio militar forzoso, redujo el impuesto sobre la renta, fomentó la música y la poesía, y autorizó el matrimonio entre las personas del mismo sexo sin más obligación que la de guardar las formas (sólo una de las dos, a elegir libremente entre ambas, podía usar pantalones). Badadilma es muy sobrio en la mesa. Badadilma es abstemio. Badadilma, en la cama (y contra lo que se suele suponer), no pasa de juguetón.

El rey Badadakhárida tiene la barba roja de pimentón y los ojos azules y lleva la corona sembrada, al tresbolillo, de rubíes. El rey Badadakhárida es muy cachondo y jaranero e irresponsable y cuando se embriaga, según dicen, prorrumpe en vivas a la república. El rey Badadakhárida es notoriamente aficionado al John Jameson y, como buen irlandés de origen, pasea por doquier sus cejas y su nariz color ladrillo-ejército secreto. El noble rey borracho, caballero en Perezoso II, garañón de Vic al que monta a estilo gitano, muestra una rara semejanza con Gervasio Ruipérez, Trescalés, picador de toros que trabajó a las órdenes de Guerrita y Mazzantini; es tan grande el parecido que en Addis-Abeba, durante el carnaval de hace como cosa de ocho o diez años, el príncipe Malakot de Gudda-Guddi, sobrino del preste Juan, perdió la merienda que se había apostado con su primo el ras Menelik de Xoa, que acertó al suponer que Badadakhárida, aunque por fuera lo fingiese, no era el picador sino el otro.

Badadakhárida es rey tartamudo y escéptico y, como la nigromancia se le resiste, se da —aunque sin demasiado entusiasmo— a la prestidigitación. Badadakhárida tiene una genealogía muy dudosa, al decir de los reyes de armas, y sus facciones, aunque simpáticas, carecen del misterioso empaque de la realeza. A pesar de todo, Badadakhárida es el más rico y fuerte de todos los reyes de la Tierra y a Kagpha, a Badadilma y a Especioso Zalamea, cuando no lo ven sonreír, se les abren las carnes de miedo.

Badadakhárida es muy propenso a las emociones del naipe y del azar, que prefiere a ninguna otra cosa, y en su séquito lleva un viejo camello de color de plata que se llama Gerfalcón y que va todo cargado de dados y de barajas para que su amo pueda jugarse hasta el pellejo, si se tercia, con el primero que se presente. Badadakhárida es nombre que, en la rara lengua que hablan los plebeyos de su país (los nobles, entre sí, suelen entenderse en rético), vale por juglar tartaja y de costumbres disolventes y caprichosas. Badadakhárida es cazador de piezas difíciles (urogallos, unicornios, dragones, sirenas y almas errantes) y una vez que, por error, dio muerte a un jabalí, mató de paso a todos sus acompañantes para que a nadie —en los allí finiquitados días de su existencia— pudieran decírselo.

—¿Y no le remordió la conciencia?

—No. Badadakhárida lleva la conciencia al aire, para que se ventile y no pueda enconársele ni remorderle jamás. Badadakhárida, aunque parece alocado, es rey que sabe tomarse sus precauciones. ¿Cómo, si no, se explica que jamás nadie haya intentado destronarle?

Durante el largo peregrinaje de los reyes del sur según el rumbo, muchas noches confuso, de la estrella polar, Badadakhárida fue el único que mantuvo el ánimo alegre en todo momento. A veces, mientras Kagpha se atusaba sus bucles de color verde en señal de preocupación, y Badadilma se deshacía en pálido llanto, y Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta fruncía el ceño igual que un magistrado cornudo y estreñido, Badadakhárida, a voz en cuello y desafinando como un diablo (¿qué importa?), cantaba las violentas y un sí es no es desesperadas canciones de los soldados: Entra por uvas, La Madelón, El carrasclás, Las chicas de la Felisa, etc.

A pesar de su corona, toda de oro macizo, el rey Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta no es nada feliz; su jumento Parisién, de noble familia originaria del Poitou, bien lo sabe y por eso, entre otras cosas, vive triste y hermético como los toreros adolescentes con una cornada en el escroto.

—Dime, Parisién, hermano —le preguntó un día de primavera el rey Especioso, que hablaba el habla de los animales—, ¿por qué te empeñas en dar tu aliento y tu compañía a quien, como yo, todo o casi todo te lo niega?

Y Parisién, el braquicéfalo Parisién, que tenía las orejas largas y caídas y más bien morcillonas; los ojos pequeños y con una mancha alrededor, y la capa parda, casi negra, con la nieve bailándole en la panza y en el hocico, le respondió con las viejas palabras de Ramón Llull:

—Donar és vehí de riquesa, majestat, e prendre de pobresa.

—Sí, Parisién, puede que tengas razón.

El rey Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta es muy retraído (a pesar de su curioso nombre exótico) y dado a la soledad. Su salud no es buena, bien es cierto, y su calvicie, y el color verde de su faz y el venenoso y cúprico tinte azulenco de su barba bien a las claras denotan que el hígado no le marcha como es de ley. Si el vaso no está limpio —escribió Horacio en una de las cartas que dirigió a miss Mary Muskmelon, la amante del Giotto—, todo lo que en él echares se vuelve agrio. El rey Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta adivina, ¡qué trágica adivinanza!, que la ciencia no es más cosa que un chorro de dolor cayendo, como una lluvia violenta, sobre el dolor. Al rey Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta, que es tierno y sentimental como un pez de agua dulce, tan sólo le aparta del spleen el vals Manolo, que Waldteufel dedicó al duque de York. ¡Oh, qué bello y amoroso es el compás de tres por cuatro! El rey Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta tiene el ojo de babor prisionero de la conjuntivitis, y el de estribor, ¡qué descaro!, con la marca de haber cobrado leña. La verdad es que al rey Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta no se le dieron bien las cosas en esta vida. El rey Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta está casado, pero separado de su mujer (la novia de Albacete le salió rana): él dice que por putería de ella; ella afirma que por putañería de él. Probablemente los dos aciertan. El rey Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta es tío de Paquito Malpica, alias Guijo, garzón sin sentido que se ahogó, igual que un pájaro comido de la piojera, en el charco que dicen el libón del Cura.

Kagpha, Badadilma, Badadakhárida y Especioso Zalamea, en cuanto que vieron la estrella polar dando brincos en el firmamento, desempolvaron sus coronas, abastecieron su séquito y partieron (seda, sudor y polvo / ansia, devoción y amor / toriondos como enanos) en pos de la aventura loca en la que aún siguen, contra el consejo de todos. Kagpha, por distraerse, graba mensajes de amor, a punta de navaja, en la corteza de los árboles: Paquita, te quiero (y un corazón atravesado por una flecha); Liliana, te quiero (y un corazón atravesado por una flecha); Ginette, te quiero (y un corazón atravesado por una flecha); Yasmine, te quiero (y un corazón atravesado por una flecha), etc. Kagpha sabe, con san Bernardo, que la causa de amar es amar, que el fruto de amar es amar, que el fin de amar es amar. Badadilma, por matar el tiempo, dibuja en las aguas lombrices chinas en el manso estilo sosho, o de la yerba, que le enseñó el monje budista Kamo Chomei, autor del Hojoki.

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A Badadilma no le gustan ni el estilo kaisho, rígido y notarial y propio de escribas, astrónomos y artilleros, ni el estilo gyosho, literaturizado y a medio camino entre Pinto y Valdemoro. Badadilma, que ama la poesía, los marineros y las puestas de sol, prefiere la dulce caligrafía en la que la huella del pincel finge el desmayo de la yerba mecida por la brisa. Badadakhárida, por combatir el hastío, pinta mujeres desnudas en las movedizas arenas del desierto (mujeres sin ojos y con el sexo en forma de as de trébol) y canta, fingiendo voz de niño pequeño, las dolientes estrofas de la canción Merde à Vauban. Especioso Zalamea y Ruiz-Cipolleta, por distraerse —¡él, siempre tan aburrido!—, apunta sus cuitas en un cuaderno.

Los cuatro reyes del sur (d’amores desamparados / en las manos el amor / y el amoroso cuidado) con su compañía de leales y zafios escuderos y airosas y gallardas barraganas, y su estela de físicos sapientes, golfos hambrientos y mancebos barbilindos y mujerados, llevan siglos y siglos paseando su orfandad a la esquiva sombra de la estrella del norte.

6 de noviembre de 1961

cap-2

C. J. C.

No le des prisa, dolor,

a mi tormento crescido,

que a las vezes ell olvido

es un concierto d’amor.

JUAN ÁLVAREZ GATO, «Canción»

 

 

PRIMERA VERSIÓN

C. J. C, comer, joanna-theresa y caminar: that is the question. Al ruin Catulino Jabalón Cenizo (no le des prisa, dolor) lo coronaron de espinas. Gerardo [es el mismo] fue flaco años atrás, ¡qué esbeltez!, y hoy, ¡qué dolorosa evidencia!, es panzudo y liberal. Catulino Jabalón Cenizo, de oficio vagabundo, lleva ya muchos años traduciendo los sabios versos de los poetas latinos (el ejemplo aducido es de un lírico que hacía, ¡y cuán alegre y abnegadamente!, el bien a pelo y a pluma y sin discriminar):

 

Limpio estás de sudor y de saliva,

sin flemas y sin mocos tu nariz.

Aún más limpio que toda tu limpieza

es tu culo, cual vaso de la sal;

en todo el año ni diez veces lo usas:

cagas más seco que la piedra o el haba.

Si en las manos lo frotas y lo aprietas

ni un solo dedo untarte has de poder.

«Catulli Carmina», XXIII, versos 16 al 23

A Catulino Jabalón Cenizo (a mi tormento crescido), hombre de muy varias e inconcretas aficiones, lo pintaron en porreta y con los tristes ojos modestos y cerrados; melenudo y barbudo y con el sambenito de sus tres iniciales colgado del cuello, como en los imperiales y literarios y gloriosos tiempos idos de la Inquisición. Catulino Jabalón Cenizo se conforma (¡qué remedio le queda!) porque piensa que a las vezes ell olvido es un concierto d’amor. Catulino Jabalón Cenizo se queda con lo que le dan porque, un día que pidió más de lo que recibió, le quitaron hasta lo poco ofrecido. Y le soltaron, de propina, una coz en los riñones que aún le muda la color cuando vira el tiempo.

Catulino Jabalón Cenizo tiene combustible madera de contribuyente y hechuras, que los hados disculpen, de hereje de provincias (como el libidinoso Orígenes, el maniqueo Prisciliano, el antimoniano Juan Agrícola) y de corredor de cross-country retirado.

Catulino Jabalón Cenizo, a fuerza de codearse con el sosegador y sabio Shakespeare, arbitró una filosofía de su pobreza que, hasta hoy al menos, viene dándole resultado. Cuando, de tanto abusar, se le murió su primera mujer (de soltera Lal·la Alberta Karajan), que era rubia y dulce como la miel y más temperamental de lo que su frágil fisiología pudo resistir, Catulino Jabalón Cenizo se leyó el acto III de Hamlet: Morir, dormir. / ¿Dormir? Soñar acaso… (debe leerse con notorio énfasis), y encontró gran consuelo para sus cuernos porque (Timón de Atenas) nada envalentona tanto al pecado (el suyo, que no el de su difunta esposa) como la indulgencia. También en el Hamlet se aclara (acto V) que the rest is silence y, dígalo Juan Ruiz, el buen callar çien sueldos vale en toda plaça.

 

 

SEGUNDA VERSIÓN

A Catulino Jabalón Cenizo, ¡mire usted que son ganas de amolar!, lo detuvo la guardia civil por indocumentado y vagabundo. También hubiera podido prenderlo por maleante y espía.

—Papeles no gasto, bien es cierto, pero mi sangre es limpia y cristiana vieja. No sé leer ni escribir, ni falta que me hace, y en mi familia, que data de los tiempos de Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé y que, según es bien sabido, fue el primer poblador de España, todos somos labriegos y ajenos, por tanto, a los peligros del pensamiento y a las desviaciones de la ciencia.

—Bueno —le respondió la guardia civil—, siga usted su camino y cuide de las compañías con que se junta. A nosotros nos gusta distinguir a la gente de bien, proteger a las viudas, perseguir al nómada, saludar a los entierros, batir al alborotador y aplicar el reglamento. Por esta vez queda usted en libertad: lárguese antes de que mudemos la opinión.

Catulino Jabalón Cenizo, cuando se vio libre, se apartó de la cuneta, por si acaso, y se metió, monte a través, en el confuso reino del jaral y el conejo; la naturaleza en paños menores (no la solemne naturaleza en cueros del rayo, y la alta mar, y el hondo valle que cantan, desmelenados y atroces, los poetas con el perímetro torácico atenazado por la sierpe que se lo ciñe por debajo de lo normal) es algo que se le da de perlas a Catulino Jabalón Cenizo: andarríos, sí, pero también honesto.

 

 

TERCERA VERSIÓN

Mientras la procesión pasa, solemne, áurea y bamboleante, por la gris judería, y el tierno sol, agazapándose entre las chimeneas igual que un gato vergonzoso, pinta la ruindad en torno a los babosos ombligos de las solteras (vírgenes o no), a Catulino Jabalón Cenizo se le suelta la impía sangre, que forma muy adivinados y caprichosos dibujos sobre los guijarros del zaguán: dos moscas amándose, el mapa de Italia, una libélula en agonía, Napoleón en la isla de Santa Elena, etc. Catulino Jabalón Cenizo —que estudió para cura— porque leyó en el Ecclesiastés que más vale perro vivo que león muerto se agarra —aun coronado de espinas— a la sangre que corre por el suelo y, ansiosamente, se la bebe de cien minúsculos sorbos.

Sí. Cuando la luna persigue fetos por los desmontes en los que crece el jaramago, y aun antes, cuando las más garridas y deficientes cocineras se adoban (a solas en el W.C. de servicio) la matriz con perejil, a Catulino Jabalón Impropio se le corta la voz en la garganta y un sudor ardoroso y muy líquido le mana de la piel. Cada cual protesta del mundo como puede.

Catulino Jabalón Cenizo es huraño y vital como el lobo de la desierta sierra, virtudes ambas que paga —aunque nada le importe pagar— a muy alto precio. Sus amigos, a veces y por entretenerse, lo denuncian a la policía, pero entonces Catulino Jabalón Cenizo, que conoce artes muy extrañas, contiene la respiración, se convierte en escarabajo de oro y se esconde debajo de las piedras, a esperar. Para Goethe, la esperanza es la segunda alma del desdichado. Catulino Jabalón Cenizo no es un desdichado, aunque todos estemos hechos de la misma madera.

7 de noviembre de 1961

cap-3

El amigo

 

 

Mimbrera, amigo,

so la mimbrereta.

 

Y los dos amigos

idos se son, idos

so los verdes pinos,

so la mimbrereta,

mimbrera, amigo.

LOPE DE RUEDA, «Canción»

En los tiempos antiguos, los juglares y los paladines llevaban plumas de colores en el sombrero para que las damas de la alta torre (mimbrera, amigo, / que sola soy / y lo digo), estremecidas bajo su fiero cinturón de castidad, se masturbasen, violentas como culebras, con una rata blanca y amaestrada. La más famosa y amorosa de todas las útiles ratas blancas de la edad media se llamó Benedicta y fue propiedad de doña Urraca, hija de Alfonso VI, esposa y después viuda de Raimundo de Borgoña, y casada más tarde y en segundas con Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y de Navarra. Benedicta viajó mucho y, saltando de entrepierna en entrepierna (so la mimbrereta, / que donde hay dos / se ve uno), llegó hasta la entrepierna de la traidora Juana II de Nápoles, en cuyos brazos murió.

En los tiempos modernos, sólo se pinta con plumas de colores (azules, verdes, rojas, amarillas, blancas) lo que nace, recoleto como brota la fría y escondida fuente, en los linderos mismos del corazón: tic-tac, tic-tac, tic-tac, como un reloj (y los dos amigos / idos se son, idos / so los verdes pinos), y se posa en el alma, igual que un ave cansada, para beber.

A Jaime lo pintaron con venitas azules y al viento en el sombrero, que es un grado más y de mucha y muy declarada distinción. Y Jaime, porque lo sabe, se pone de perfil como los reyes cuando posan, históricos, crueles y solemnes, ante el monedero falso de palacio: el hombre que cuece onzas de oro y duros de plata, casi mágicamente, sin que se entere el pueblo.

—Paloma cenicienta o cabra azul, paloma de color tabaco o cabra tetona o perro cariñoso o veloz golondrina que estáis en el secreto de las cosas, decidme: cuando el viento sopla en turbiones y las veletas vuelan como vilanos preñados por el demonio, ¿dónde escondéis el cauteloso respirar? (Os ruego que me respondáis concretamente y sin permitiros licencia alguna, divagación alguna. Luis Vives llamaba a la amistad sal de la vida; esa sal es la que ahora os pido. Confío en que sabréis entenderme.)

El rabí don Sem Tob, judío de Carrión, cantó al amigo claro, leal y verdadero. No es difícil cantar ni pintar al amigo claro, leal y verdadero; lo difícil es disecarlo a tiempo, para que no pueda escapársenos jamás. En la cultura sumeria, a los amigos claros, leales y verdaderos se les enterraba en el barro para que la sequía que, tarde o temprano, siempre acaba por llegar, devolviese a la luz del precavido amigo enterrador el molde exacto de la amistad. Con esta paciente técnica, los próceres sumerios llegaron a gozar de la compañía de legiones enteras de amigos claros, leales y verdaderos, cortados todos por el prudente y exacto patrón de la claridad, la lealtad y la verdad. Después, la costumbre comenzó a caer en desuso y acabó, para desgracia de todos, perdiéndose entre las farragosas páginas de los tratados de arqueología, sumeriología y ciencias conexas.

Para el generoso Byron, la amistad es el amor sin alas. Un comentarista de Byron, el Prof. J. Paddlestaff, de la Duke University, North Carolina, U.S.A., sacó el corolario —y allá él— de que el amigo es el amante castrado, supuesto tampoco improbable, de otra parte, en la civilización que vivimos. Entre los griegos, la amistad tenía otros alcances.

……………….……………………

tu deseo es beber esas hojas lascivas

…………………………...………..

Los hombres (tal Jaime) a quienes los pintores pintan con el perfil verde manzana y las gafas verde lechuga, y los ojos y las plumas azules, y rojo el sombrerito, adivinan —que no leen— a los poetas medievales y esconden, en los hondos entresijos de la sesera (allí donde el hueso es más difícil de despegar), el dado de dos ases prohibido en todas las timbas menos en la timba angélica de la amistad. Por eso la golilla que les separa la cabeza del tronco luce más escarolada y almidonada que ninguna otra, y por eso, también, visten sotana, como los legos y los seminaristas y los curiales, aunque no canten misa (y no por falta de voz ni buen deseo, sino de otros estudios y cuartos con que pagar las pólizas).

En los tiempos antiguos, los caballeros (con plumas de colores en el casco de áspera lata) se sacudían estopa mientras los poetas (con plumas de colores en el píleo de suave terciopelo) cantaban, en sonoro verso, la suave delicia de la vida tranquila y del amor. Las dueñas, mientras tanto, se entretenían con sus lujuriosas ratas blancas o con sus piadosas y especiales devociones y se oxidaban, lentas e imperturbables, prisioneras de su cinturón de castidad (la propiedad privada, en los tiempos antiguos, no conocía suerte alguna de limitación).

—Vosotros, hormiga, mosca, niño, hacendosa araña, escarabajo, perro, ciempiés, dulce sabandija, mariposa, libélula, ratón, yerba sin nombre del meado y romántico jardín de La Californie, sabéis de sobra —aunque no lo digáis— cuál es el color de cada minuto, de cada pluma y de cada ciruela en aguardiente chino. Vivimos el revuelto tiempo en que los alfareros tratan de tú a los ángeles y vosotros (pulgón, cínife, niño, ladilla ejemplar, cucaracha, cigarra, gusano peludo, gato, lagartijilla corazonal, musaraña, flor del meado y romántico jardín de La Californie entre cuyos árboles nace, cada mañana, el amor) no acabáis de bendecir el instante que se detuvo, contra toda norma, tan sólo para veros: no más que para oíros respirar.

8 de noviembre de 1961

cap-4

Eva y Adán

 

 

Al revuelo de una garza

se abatió el neblí del cielo,

y por cogella de vuelo

quedó preso en una zarza.

 

Eran largas las pihuelas

por do el neblí se prendió,

sacadas de aquellas telas

que Adán y Eva tramó.

 

Cancionero anónimo

Ni Eva ni Adán tienen nombre, ni nación, ni ideas. Eva y Adán, aunque toscos, son muy saludables y naturales y lo único que les entretiene es andar en cueros, mirándose y remirándose para aprenderse bien y recíprocamente y de pe a pa: esto es el ombligo, el inexplicable ombligo, misterioso como una mina de esmeraldas (Muzo, Somondoco, etc.); esto son los labios; esto, la nuca de gracioso dibujo; esto, la nariz; esto, el sexo, fíjate bien, los dos diferentes y ensamblables (al correr del tiempo, un carpintero habilidoso inventaría el machihembrado a caja y espiga o a ranura y lengüeta, que las posibilidades son tantas, por lo menos, como las esculturas del templo de Khajuraho); esto, el pelo; esto, el coxis; y así hasta el final.

—Me daría una horrible vergüenza tener tetas como tú, Eva, y el culo redondo; yo creo que esos alardes no son sino inmodestia y artificio.

Adán es recatado y conservador y poco amigo de dar tres cuartos al pregonero o de comer manzanas verdes.

—Tú sabrás lo que haces, sin duda, y lo que conviene en cada momento, pero yo te aseguro que tus excesos no nos acarrearán más que sinsabores.

Eva, que es frívola y falsamente sumisa, no levanta el mirar mientras Adán, haciendo un verdadero esfuerzo, la reconviene.

—Quiero que sepas de una vez para siempre que no estoy dispuesto a consentir que tu falta de sentido común me empuje hasta el soez abismo del trabajo. Aquí vivimos bien, Eva, amor mío (repara en lo que trato de hacerte entender), sin lujos pero también sin agobios, y fuera de aquí, ¿qué es lo que nos espera? Lo sabes tan bien como yo: la sirena de la fábrica, la jornada de ocho horas, las vacaciones retribuidas, el seguro de enfermedad, el sindicato, los hijos, el fútbol, la partida de mus y el sudor, por todas partes el sudor, que es el excipiente de la vida del miserable. Eva, estás jugando con fuego, con el fuego en el que todos acabaremos por arder.

En el Paraíso Terrenal (que según el sabio estudio del presbítero don Vicente Martínez Chiva, alias Vicentico, caía hacia Onteniente) todo era riqueza y bienestar y holgura: la fresa silvestre llegaba hasta el tamaño del melón, la víbora acariciaba en vez de envenenar, la tímida violeta lucía poderosa como un ramo entero de claveles y al verderol, al franciscano verderol, llamaban pavo real los forasteros. En el Edén, antes de que Eva infringiese el mandato, nadie pensaba en la ruinosa pelea del hombre contra el violento y sanguinario dragón Tihamat.

—¡Mira que eres necia, Eva!

Osiris, a pesar de venir del barro, gasta pelo en el pecho y en la barba. Isis, no; Isis prefiere depilarse (los hermanos Humberto y Juan van Eyck, pincelada va, pincelada viene, pintaron —sus razones tendrían— a Eva panzuda). Cuando Knumis, en su alfar, creó un niño de barro (Adán nació ya adulto), las estrellas del firmamento estuvieron siete noches sin atreverse a combatir las sombras. Después, todas reunidas, formaron un río de leche en muestra de arrepentimiento. (Ormuz castigó a Meschia y a Meschiana por mamar la leche de la cabra blanca y los mandó expulsar, de muy malos modos, por cierto, de la próvida montaña Abordj.) Deva, el espíritu maligno, disfrazado de culebrón brillante, llamó aparte a la primera mujer y la convenció de que comiese y diera de comer al primer hombre el fruto del rey de los árboles, el árbol de la ciencia y la vida, cuyas virtudes cantó en latín, que es la lengua de la liturgia pero también la lengua de la lujuria.

—¿Lo ves, Eva? Y ahora, ¿qué?

Eon, que había perdido la inocencia (y con ella su secuela de respeto y conformidad), se encaró con Protógonos.

—¡Eres un holgazán, Adán, un haragán! ¡Estaba ya harta, créeme, de tener todo el día al marido en casa! Búscate un empleo, como hacen los demás, y renuncia a vivir de la renta. Eres joven y saludable. ¡El peor remordimiento de conciencia debiera darte tu aversión al trabajo!

Calpios, el viento, y el caos Baan se casaron y tuvieron dos hijos: Eon, la antojadiza, y Protógonos, el señorito. Belo, el dios caldeo, de un fiero hachazo (de un limpio golpe de espada, según otros) partió a la mujer en dos partas iguales: el cielo y la tierra. Después se decapitó, delante del espejo como Larra cuando apretó el gatillo, y de su sangre mezclada con la tierra nacieron los hombres. Eva y Adán, cuando Minhoa los desahució, se ayuntaron y tuvieron doscientos cuarenta hijos, habidos en ciento veinte partos de varón y hembra. Los hijos de Eva y Adán se amaron por parejas, sin más veda que la del amor entre gemelos. Caín o Cabil, alias Lanza, de oficio labriego, se crió en el vientre de Eva al tiempo que la bella Aclimia, después esposa de Abel o Hábil, alias Soplo, de oficio pastor de ovejas, que nació acompañado de Lebuda, mujer de poca gracia, que tocó a Cabil en matrimonio. Este osó faltar a la costumbre cortejando a Aclimia, y como Hábil —el terco marido— no quiso doblegarse a la exigencia, murió a sus manos. Cabil cargó durante cuarenta días y cuarenta noches con el cadáver del hermano a cuestas y, cuando fue acusado por los cuervos, lo enterró a tres leguas de Damasco, cerca de donde lo matara.

Eva y Adán (eran largas las pihuelas / por do la paz se perdió) aún siguen sufriendo y trabajando, él; pariendo, ella, los hijos con sufrimiento.

9 de noviembre de 1961

cap-5

Don Bob

 

 

De noche, solo, ¡a la mar

y con el viento y contigo!

 

Con tu barba negra tú,

yo barbilampiño.

RAFAEL ALBERTI, «Con él»

ACTO ÚNICO

A don Bob (con su barba roja, él, / los demás barbilampiños) lo trincó la Inquisición de Mallorca, por judaizante relapso y pertinaz, y fue relajado en persona y quemado vivo el 6 de mayo de 1691.[*] El acto tuvo lugar en la ciudad de Palma, delante de lo que hoy es Tito’s, night-club, y se vio muy concurrido de fieles cristianos que aplaudieron con gran entusiasmo porque, como «estaba gordo como un lechonazo de cría y encendióse en lo interior de manera que aun cuando no llegaban las llamas ardían sus carnes como un tizón y reventando por medio se le cayeron las entrañas como a Judas»,.[*] su muerte resultó de mucho lucimiento.

Don Bob, según después se supo, era apóstata mahometano seguidor de Gazali, quien pensaba (en su desvarío) que el alma sólo puede salvarse, después de hacer cien mil piruetas por el espacio, mediante el ejercicio de la pura inteligencia llena de amor y de deseo. Don Bob, que creía en la metempsicosis (fue siete años monje budista y otros siete hereje basilidiano) se apartaba de la ortodoxia de Gazali en el punto de suponer que lo que transmigraba no era el alma que era la karma (y no forzosamente a otro ser humano sino, en determinadas circunstancias, a un animal, un vegetal o incluso un ser inanimado), y dedicó muchos años de su vida a rastrear las huellas del karma de Yayoto, el discípulo de Guatama, quien —por terco y cabezón— se convirtió en palo de escoba. Naturalmente, estos saberes irritaron al inquisidor don José Hualte y a sus píos colegas del Santo Oficio, y don Bob, judío o lo que fuere, murió tostado como san Lorenzo y aquí la paz de los sepulcros y después, si hay suerte, la gloria eterna. Amén.

A don Bob, en sus encarnaciones sucesivas (que de las pretéritas no se guarda memoria), tampoco le fueron las cosas demasiado bien y cuando, a los dos siglos cumplidos de su muerte al churrasco, volvió al seno del género humano, fue perseguido por la dictadura de don Miguel Primo de Rivera bajo la acusación —no del todo demostrada— de defender el tango y de ser el autor de la apología que, al son de los bandoneones, empezaba así:

Dicen que el tango es

una gran languidez.

Por eso lo prohibió

el Papa Pío 10.

Cierta o no cierta la culpa que cayó sobre don Bob, lo que sí resultó cierto fue que lo residenciaron en las Chafarinas, donde conoció al militar moro El Raisuni —que se entretenía en traducir la Odisea al chelja— y donde, una vez más, murió. Según las últimas confusas informaciones (de noche, solo, ¡a la mar /y con el viento y contigo!), don Bob está ahora de mochuelo de las nieves (Strix nivea) en la isla de Sibiriakov, frente a la desembocadura del Ienisei. La nueva encarnación de don Bob denota su saludable y honesto sentir, ya que, según cuenta Josefo que pensaban los fariseos, sólo el alma (o la karma) del virtuoso vuelve a la vida, mientras que el alma (o la karma) del ruin es encerrada en la prisión de la eterna congoja: la cárcel de oscuridad de la que jamás salió ni saldrá nadie.

Según cuentan las crónicas, entre las más firmes razones que tuvo el Santo Oficio para torrar al interfecto don Bob figuraron, en puntual detalle, los arbitrarios (y a todas luces pecaminosos) rasgos de su turbia y escorada fisonomía.[*] La barba en forma de mano y, a más y más razón, sangrienta, suele ser signo rapaz y desafiador guión de impío fabricante de abraxas para años bisiestos, que son muy raros talismanes, incluso venenosos a veces. Los ojos de distinto color indican tendencia a la blasfemia y desconsiderado desprecio a la rota geniturae o ciclo órfico de los nacimientos, pecados ambos difíciles de perdonar y que suelen producir espasmos y golondrinos. La nariz amarilla, sobre todo entre los nacidos en la casa o constelación de Piscis, delata muy ruines y avariciosos sentimientos y una falta absoluta de piedad para con el prójimo; en el templo de Hathor, en Denderah, se representa con nariz amarilla a Muscius, el recaudador de contribuciones que murió lapidado por el pueblo, y a Takhmina, la salaz diosa de las alcahuetas, que murió ahogada en un torrente de leche de mujer. La boca verde (†††) fue la de Yocasta, reina de Tebas, que se ahorcó tras haber gozado del amor incestuoso —natural tendencia combatida por los tratadistas de moral (disciplina a la que nunca tuvo predisposición la mujer), que fueron hombres no siempre bien dispuestos a explicarse las nobilísimas y más inmediatas inclinaciones femeninas—. Puesta en cara de varón, la boca verde quiere decir aún cosas más prohibidas y todas ellas de escándalo.

 

 

EPÍLOGO

 

Tras sus numerosas reencarnaciones, el alma (o la karma) de don Bob, depurada por el sufrimiento, fue perfeccionándose y adelgazándose casi hasta los confusos limbos de la bienaventuranza: que Elohim hace simples, como el oro y el agua, a quienes distingue.

Los sabios suponen que el alma (o la karma) de don Bob se encuentra hoy muy feliz y a gusto —después de los sobresaltos que pasó— embutida en su hábito de frío mochuelo de las nieves y, en la nórdica latitud que habita, los cazadores de ballenas lo enrolan, a veces, en la tripulación para que con su presencia aleje el maleficio y convoque a la aurora floreal, que es una mínima y dulcísima aurora boreal que adorna los corazones solitarios de los hombres en los que no anida la sierpe de la hiel: los cazadores de ballenas, los cazadores de focas, los cazadores de nutrias, los cazadores de zorros plateados, los novios orensanos, los pescadores de bacalao, etc.

Don Bob, ya convertido en ave, leyó en san Agustín que la soberbia no es grandeza sino hinchazón y, buscando la vía del justo, tales virtudes alcanza que a todos edifica con su comportamiento. Astrea, la virgen, fue la última en abandonar el país de los hombres (hasta la más alta montaña salpicado de arrecha y bulliciosa sangre).

 

11 de noviembre de 1961

cap-6

El perro de David

 

 

Las tres cosas más frías que se conocen: mano de barbero, hocico de perro y culo de mujer.

 

Certidumbre popular española

MEDIA FILIACIÓN

El perro de san Roque no tiene rabo; el de David, hijo de Jessé (que es su amigo rico), sí que lo tiene —y en forma de arco de violín tensado con elegancia: ni más curvo de lo preciso, ni más alto de lo que la buena educación, contenidamente, ordena.

—Decid, niño, ¿cómo era el perro de san Roque? —preguntó Lutacio Dáfnides a Paquito, el hijo menor de Quinto Catulo.

—Rabón, señor maestro.

—Bien, puede usted sentarse.

El perro de san Roque no tiene nombre; el de David, hijo de Jessé, se llama Lump —que es bautismo de mucho grumo y misterio— y luce el cuerpo largo, con el espinazo recto y bien sostenido, el lomo fuerte y la grupa redonda y musculada.

—Decid, niño, ¿cómo se llamaba el perro de san Roque? —preguntó san Beda, el Venerable, al niño John S. Milksop, que tenía voz de flauta.

El niño John S. Milksop, levantando su gordezuelo culo tópico (frío igual que el de una dama) del banco, guardó silencio.

—¿No lo sabéis?

—No, señor maestro.

—Bien, poneos de rodillas en el rincón.

En su Cinegética, Jenofonte habla de un perrito que, por la pinta, debe ser antepasado de Lump. Ni en la Ciropedia ni en la Anábasis, en cambio, Jenofonte habla, ni poco ni mucho, del perro de san Roque.

—Decid, niño, el perro de san Roque, ¿pesó en el ánimo de los griegos anteriores a Jesucristo? —preguntó Pestalozzi (mientras tomaba notas para su libro Cómo Gertrudis enseña a sus hijos) al garzón Federico Froebel, júnior, hijo de Gertrudis.

—No, señor maestro, en absoluto.

—Bien, puede usted sentarse.

El perro de san Roque no tiene raza; el de David, hijo de Jessé, es de la vieja e ilustre familia Teckel, a la que algunos —por ejemplo, David, hijo de Jessé— llaman Dachshund.

—Decid, niño, ¿de qué raza era el perro de san Roque? —preguntó don Andrés Manjón (que fingía acento granaíno para hacerse simpático) al mozo Libocedrus Tetragona.

—Mil leches, señor maestro —respondió Libocedrus semisonriendo, orgulloso de su sapiencia.

Don Andrés Manjón se pegó un susto tremendo y desapareció en el horizonte y como tragado por la tierra, al grito de ¡Ave María!, ¡Ave María!

El perro de David, hijo de Jessé, tiene el cráneo abombado y el stop discreto; la cabeza en forma de pirámide con el vértice en el frío hocico; la cara larga y estrecha; las orejas apoyadas sobre la mejilla; melado el ojo y ovalado; los labios finos y prietos; el cuello sin papada; el pecho ancho y profundo, y los pies casi planos. El perro de David, hijo de Jessé, es de color negro y tan, y caza topos y tejones como nadie.

 

 

LOS HECHOS

Lump es muy viejo, tiene ya cerca de doscientos años. Según lenguas, Lump fue perseguido por el Terror y libró el cuello porque, aprovechando las oleadas de confusión que levantó la guillotina, pudo ser escondido, en los más remotos confines de la Bretaña, por su colega el perro de san Roque. En el 1800, con Napoleón ya en el poder, Lump volvió a París, donde conoció al italiano Volta, el de la pila de Volta, del que se hizo muy amigo y al que no abandonó hasta su muerte, en 1827 y a orillas del dulce y romántico lago de Como.

Lump es inteligente y habilidoso y en Cannes, donde vive desde el año del desembarco de Torrijos en Málaga (y su ejecución, con Mañanita Pineda y el librero Miyar), goza de muy merecido y bien ganado renombre como ajedrecista y jugador de golf.

Lump es tatarabuelo de perros que ya son bisabuelos de perros abuelos de perros padres y, entre las numerosas hembras a las que sirvió, cachondo y bien dispuesto como un caballero de la Tabla Redonda, destacan, entre otras de más vulgar historia, la ecuánime Mme. Faraday, que se quedó en la Luisiana cuando Napoleón se la vendió a los americanos; la coqueta Loulou, que vio agonizar a Goya, y la gentil pero pudibunda Marujita, que se arrimó al rey consorte don Francisco de Asís, nieto (probablemente) de Godoy y marido (es un decir) de Isabel II, al que acompañó en su destierro de Épinay.

Lump, que antes se llamó André Chénier III y, aun antes, Montgolfier, ejerció de barbero en Fontainebleau (¡huy, qué mano más fría!) durante una temporada en la que no pudo vivir de la renta; fue tal su arte y tal su buen conformar, que los clientes, en muestra de gratitud y admiración, le pagaron un artístico mausoleo que, hoy por hoy y por fortuna, tan sólo le sirve para visitarlo y, de paso, ciscarse al pie del ángel de mármol que lo adorna y, ¡cuán cumplidamente!, lo arropa de dignidad.

Lump, no obstante sus conservadores principios, tiene ideas un tanto peculiares y disolventes acerca de la escultura funeraria (entre sus papeles figura un detallado informe, quizás debido a la pluma de don Benito Pérez Galdós, sobre las mondas de los cementerios de Madrid).

Lump, que padece los achaques espirituales y corporales propios de los temperamentos desmelenados, es buen amigo de marineros, buhoneros y fotógrafos ambulantes, al paso que odia a muerte —y sin poso alguno de consideración— a los notarios, los guardias (en sus varias clases y jerarquías) y los fabricantes de pasta para sopa. Lump es retrógrado y sentimental (como Marcel Proust, por ejemplo) y todo en él responde a unas constantes perfectamente conocidas: la depuradísima y resignada aversión al trabajo, el amor a los niños pobres, la manía coleccionista, el elegante estupor ante las acacias, el hastío frente a lo imprevisto, etc.

Lump, de haber nacido dentro —y no alrededor— de la especie humana, hubiera hecho, sin duda, un muy dulce y suave senador liberal, espejo de comedidas formas. ¡Fue lástima que el perro de David, hijo de Jessé o Isaí, en vez de llamarse Lump Teckel, o Lump Dachshundez, no se llamara, en la cuna, Lump García Pardo, o Lump García Vicente, o incluso Lump Cipriano de Valera! (O no. A lo mejor no fue lástima sino una verdadera providencia. Estas son situaciones difíciles de prever.)

13 de noviembre de 1961

cap-7

El palomito viudo

 

 

Yo soy como el árbol solo,

que estaba al pie del camino

dándole sombra a los lobos.

Letra de soleá

1. NOVELA ROSA Y DE ORO

 

La palomita se llamaba Hortensia y era de Santiago de Chile, barranca que cría muy hermosas hembras de todas las especies: mariposas, palomitas, vicuñas de suave pelo, yeguas, mujeres de amorosa cintura, gatas, gaviotas, luciérnagas, etc. El palomito se llamaba Juan —como un color cualquiera (bendigamos el confort de las hormigas regulares / Y la noche aún más triste que el papel secante)— pero después, cuando quedó viudo, se borró el nombre (para sentirse rigurosamente solitario) y siguió viviendo sin que nadie pudiera jamás llamarlo.

—¿Cómo se llama el palomito que tan alto vuela? —solían preguntar los forasteros, pasmándose de su majestuoso e inútil revolar.

La respuesta era siempre la misma y a los hombres y a las mujeres del país por cuyo cielo paseaba su soledad el palomito viudo les dolía la voz de decir siempre lo mismo:

—Nadie lo sabe…, nadie lo sabe…, nadie lo sabe…

(O cambiando el ritmo, porque las palabras —a fuerza de rodar y rodar— se gastan como las monedas:

—Na dielosa be…, nadi elos abe…, nadiel osab e…)

El palomito viudo, cuando todavía se llamaba Juan, zureaba tan dulce y armoniosamente a la salida del sol que las palomitas del contorno, creyendo ver nacer la primavera cada mañana, se vestían de tafetán azul celeste para recibirla. El palomito viudo, cuando todavía se llamaba Juan, era alegre y galante (también honesto y enamorado) y volaba con mucho esmero y distinción, afectado y suave como un ángel. El palomito viudo, cuando todavía se llamaba Juan, cantaleaba tan dramáticamente a la puesta del sol, que las palomitas de las trece partes del mundo (incluso las que quedaban más acá de los Andes), creyéndose que aquello era el ruido del Apocalipsis, se dormían, muertas de miedo, con la cabeza debajo del ala para huir del miedo.

El palomito Juan y la palomita Hortensia se conocieron al pie del pico que dicen Aconcagua, un cálido día de diciembre en el que los cazadores, con la lengua fuera, dejaban volar en la benévola paz y confianza de Dios a todas las aves. La palomita Hortensia, que era lánguida de voluntad y caprichosa de salud y de temperamento, se enamoró del palomito Juan en cuanto lo vio volar, más alto y gentil que nadie, sin la más ligera sombra de temor ni a las garras de los halcones ni a las escopetas de los cazadores.

El palomito Juan, por entonces, pintaba desnudos (al estilo de Gauguin) y arquitecturas (al estilo de Utrillo) y componía versos (al depurado estilo de Garcilaso de la Vega) a una linda zura que se llamaba Coccinelle de Nonneville, teñida de rubio y divorciada de tres maridos, que lucía boca de dulzarrona y deleitosa miel, y ojos acariciadores, y amorosas y muy cultas y europeas maneras, pero que gastaba frío corazón de pedernal en vez de tibio y latidor corazón de sangre. Su vida (la vida del palomito Juan) era, por aquel tiempo, descabellada y violenta como un río de lágrimas de amor con una ninfa desnuda en cada ola y un sátiro (el palomito Juan) gozando la pesca submarina bajo un cielo de nalgas nacaradas.

Sin embargo (qui triste tiene su coraçón / benga oir esta razón), cuando el palomito Juan escuchó la melodiosa razón de amor de la suave palomita Hortensia, que hablaba como un violín con las cuerdas de seda, olvidó a Coccinelle y en prosa (que es más serio) se le declaró amador de por vida.

—¿Son buenas tus intenciones, palomito ladrón?

—Sí, palomita: son las mejores intenciones del mundo, te lo juro. ¿Te quieres casar conmigo?

A la palomita Hortensia se le arrebolaron las mejillas al responder:

—Sí, palomito: contigo me quiero casar. Pero no así, a tontas y a locas, sino después de vivir un año entero juntos en el monte, sin ningún testigo más que nuestros corazones, para ver si nos queremos de verdad, además de gustarnos. ¿Aceptas mi condición?

Al cabo del año, el palomito Juan y la palomita Hortensia, que (aunque parezca mentira) se querían aún más que cuando se conocieron, arreglaron los papeles y, ya marido y mujer, se fueron a vivir a Bariloche, al sur del hemisferio sur, a un palomar que miraba —alto como el palomar— sobre el lago de aguas rizadas, igual que una cabellera, por la brisa.

 

 

2. TRAGEDIA GRIEGA

Bentveld Baabaablacksheep, el vicioso, sentó sus reales sobre las ruinas del fuerte Chacabuco, para mejor gozarse en el sosiego de su víctima. Si Maurice Ravel hubiera conocido a tiempo a Bentveld Baabaablacksheep, el pecador, su ópera El niño y los sortilegios (misteriosa como una granada madura) tendría, quizás, un último acto, nunca escrito, en el que cupiera el dúo de Edipo y Chrysanthème de Liverpool (que era el vivo retrato de su pobre madre muerta).

El cadáver de Hortensia apareció flotando, con un rojo zarpazo en la garganta, sobre las aguas. Entonces fue cuando el palomito viudo se borró el nombre (para sentirse rigurosamente solitario).

—¿Cómo se llama el palomito que tan fiero vuela?

—Nadie lo sabe…, nadie lo sabe…, nadie lo sabe…

Bentveld Baabaablacksheep, el disoluto, apareció muerto, con un rojo picotazo en el corazón, sobre la verde y áspera yerba del campo. A Bentveld Baabaablacksheep, príncipe de los gatos de Angora, se lo comió una rata vagabunda, apartando el pelo para no esganarse, con los dientes transidos de emoción y en la lengua la hiel de la venganza.

El palomito viudo, vuelto de espaldas a la vida y la muerte (dos cosas que dejaron de importarle), canta, de noche y ronco, por soleares (yo soy como el árbol solo, /que estaba al pie del camino / dándole sombra a los lobos), que es cante malherido y sin esperanza, cante doloroso y amargo de solitarios, viudos y otras tendenciosas suertes de sangrientos.

14 de noviembre de 1961

cap-8

El reloj de Flora

 

 

Andan mogas e viejas cobiertas en amores,

van coger por la siesta a los prados las flores,

dizen unas a otras—: «¡Bonos son los amores!».

Y aquellos plus tiernos tiénense por mejores.

JUAN LORENZO DE ASTORGA,

Libro de Alexandre

Don Luciano Jordán de los Reyes y Covarrubias, marqués de Áquila de los Vestinos (1731-1797), en religión fray Pudibundo de las Flores Angélicas y del Tránsito de la Santísima Virgen, además de lavarse la cara en un plato Ting-yao (dinastía Sung), compuso un Relox de Flora o Arte de medir el tiempo con elegancia en el que señala, sin error apreciable, la hora de abrirse cada flor, de modo que el fiel cristiano pueda saber, a cada instante, en qué minuto vive. El historiador de esta historia entresaca, de sus páginas y para lección de todos, lo que se ofrece:

 

 

LAS HORAS DE LA MAÑANA

[…] las horas mi locura las esconde.

FRANCISCO DE QUEVEDO

A la 1, abren su flor la verulamia hermafrodita y la blanca cobamba que envenenó a Cirilo Cienaguillas, virrey del Perú.

A las 2, el pico de cigüeña, al que algunos dicen reloj y otros peineta, y el alambrillo, que suele usarse para enamorar viudas.

A las 3, la corregüela que se comen los pajaritos del aire, y la lila que pinta el monte de pálidas violetas en agraz.

A las 4, la barba cabruna, ¡to, los maridos!, de plumoso sutil vilano de colores, flor púrpura o azul y raíz buena para la ensalada.

A las 5, la escarola de cabello de ángel y el almirón amargo o barba de capuchino, que sirve para convocar al demonio.

A las 6, el zambapalo, que vale para lo mismo y que no debe tocarse si no es con los ojos cerrados y guardando la respiración.

A las 7, el coro de las treinta y tres yerbas socialistas, a saber: la yerba luisa y la del amor, la yerba de la paciencia y la de la sabiduría, la yerba pedorrera y la de don Carlos, la de la gitana y la de la doncella, la yerba del maravedí y la de los tiñosos, la del fuego y la del diablo, la del señor san Juan y la yerba morisca, la de la alferecía y la del espanto, la de la perla y la de la plata, la de la sangre y la yerba de ánimas, la del sapo y la del asno, la del carnero y la del toro, la de la gobernadora y la de la princesa, la del Papa y la del ermitaño, la del sol y la de las paridas, la de los pordioseros, la yerba de las cinco llagas y, cerrando la marcha, la agonizante yerba de las siete sangrías.

A las 8, el nenúfar de alma de pez o loto azul de los brahmanes y la purísima azucena de san José, esposo de la Virgen.

A las 9, el rojo anagalis y el aromático clavel flamenco o granadino que suelen cultivar los licoristas y los perfumistas.

A las 10, la rosita del azafrán, que es cantable y hasta bailable, y el lirio blanco de Florencia, a cuya flor llaman los heraldos flor de lis.

A las 11, la leche de Venus, que es como una malva delicada y cuerda, la malva loca y la malva real de Sevilla.

Y a las 12, el aguazul, o aguazur, o algazul, o gazur, que no da flores azules sino níveas, y la lechetrezna macho de los sangradores.

 

 

LAS HORAS DE LA TARDE

 

[…] las horas que limando están los días.

LUIS DE GÓNGORA

A la 1, abren su flor la hortensia rosa o azul que salva la vida de los niños y el mágico sésamo o ajonjolí cerrajero.

A las 2, la silva de las veintiún rosas liberales (ninguna de ellas creada por los hombres), a saber: la englantina o rosa amarilla; la albardera o rosa maldita de santa Clara, a la que hay quien nombra rejalgar (por su color de sangre) y saltaojos (porque dejó ciega a la infanta Teresita de Lippe, que murió pisoteada por los caballos); la de cien hojas o rosa pálida y la que dicen, de pura como la ven, bola de nieve; la rosa de Alejandría (que canta el llanero Ángel C. Loyola, sin destocarse el peloeguama, en el joropo La quirpa, de Ignacio In

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