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El agente de la Mutualidad de Seguros de Vida de Carolina del Norte prometió volar desde el hospital de la Misericordia hasta la orilla opuesta del lago Superior a las tres en punto. Dos días antes de que tuviera lugar el acontecimiento, clavó una nota en la puerta de su casita amarilla: «A las tres de la tarde del miércoles 18 de febrero de 1931, despegaré del hospital de la Misericordia y volaré con mis propias alas. Por favor, perdonadme. Os quise a todos. Robert Smith, agente de seguros.»
El señor Smith no atrajo una multitud semejante a la que había reunido Lindbergh cuatro años antes —no acudieron más de cuarenta o cincuenta personas— porque nadie leyó la nota antes de las once de la mañana del mismo miércoles que había elegido para volar. A esa hora de un día laborable las noticias corrían de boca en boca con increíble lentitud. Los niños estaban en el colegio, los hombres trabajando y la mayoría de las mujeres abrochándose el corsé y preparándose para ir a averiguar qué despojos y qué entrañas estaría dispuesto a regalar aquella mañana el carnicero. Sólo se hallaban presentes los parados, los que trabajaban por su cuenta y los muy jóvenes, unos deliberadamente, porque habían oído hablar del acontecimiento, y otros accidentalmente, porque acertaron a pasar en aquel preciso momento por el extremo norte de la calle No Médico, nombre no reconocido por la Oficina de Correos. En los planos de la ciudad esa calle figuraba con el nombre de avenida Mains, pero el único médico de color de la ciudad había vivido y muerto en ella, y cuando en 1896 se instaló allí, sus pacientes, ninguno de los cuales vivía ni en la avenida ni en sus alrededores, dieron en llamarla calle del Médico. Más tarde, cuando fueron a vivir allí otros negros y cuando el correo comenzó a constituir un medio de comunicación habitual entre ellos, empezaron a llegar a la Oficina Postal cartas procedentes de Luisiana, Virginia, Alabama y Georgia dirigidas a tal o cual número de esa calle. Los empleados de correos las devolvían a sus destinatarios o las enviaban a la oficina de cartas perdidas. Cuando en 1918 llamaron a filas a los hombres de color, varios de ellos dieron como dirección en la oficina de reclutamiento la calle del Médico, con lo que tal nombre llegó a adquirir reconocimiento casi oficial. Pero no por mucho tiempo. Varias autoridades municipales, cuya preocupación por los nombres apropiados y el mantenimiento de los monumentos de la ciudad constituía la parte principal de su actividad política, aplicaron todo su celo a evitar que la denominación de calle del Médico pasara a ser oficialmente reconocida. Y sabedores de que quienes mantenían el apelativo eran los habitantes de la zona sur de la ciudad, fijaron en tiendas, barberías y restaurantes de aquellos barrios unos carteles en que se afirmaba que la avenida que corría de norte a sur desde el paseo de la Ribera, que bordeaba el lago, hasta la confluencia de las carreteras 6 y 2 de Pensilvania paralelamente a las avenidas Rutheford y Broadway, era y sería siempre conocida con el nombre de avenida Mains y no Médico.
Aquel cartel aclaró definitivamente la cuestión, pues permitió a los residentes de los barrios del sur mantener vivos sus recuerdos y complacer al mismo tiempo a las autoridades municipales. La llamaron calle No Médico y con el tiempo tendieron a llamar igualmente hospital de la No Misericordia al establecimiento de caridad que se alzaba en el extremo norte de la calle, ya que sólo en 1931, al día siguiente de aquel en que el señor Smith saltara desde su cúpula, se permitió que una mujer de color diera a luz en su interior y no en las escaleras de la entrada. La generosa actitud del hospital con respecto a aquella mujer no se debió al hecho de que fuera precisamente la única hija del mencionado doctor, ya que éste no había disfrutado en toda su vida profesional de los privilegios que ofrecía dicho centro ni había visto admitidas en él más que a dos de sus pacientes, blancas ambas. Por otra parte, aquel médico había muerto mucho antes de 1931. Probablemente fue el hecho de que el señor Smith saltara desde aquel tejado por encima de sus cabezas lo que les impulsó a admitirla. En cualquier caso, contribuyera o no la fe del agente de seguros en que podía volar a determinar el lugar en que se desarrollara el parto, lo cierto es que sí influyó en determinar el momento en que tuvo lugar.
Cuando la hija del fallecido médico vio al señor Smith aparecer tras la cúpula tal y como había prometido, con las enormes alas de seda azul curvadas en torno al pecho, soltó la gran canasta que llevaba cubierta, salpicando el suelo de pétalos de terciopelo rojo. El viento los arrastró hacia arriba, hacia abajo y alrededor, para depositarlos finalmente sobre los pequeños montones de nieve. Sus hijas, ya medio crecidas, corrieron a recogerlos mientras la madre gemía abrazada a su vientre. El revuelo de los pétalos atrajo mucha atención, pero no así los gemidos de la embarazada. Todos sabían que las niñas habían pasado horas enteras marcando, cortando y cosiendo aquel preciado terciopelo, y que los almacenes Gerhardt no dudarían en rechazar cualquier flor que estuviera manchada.
Por unos momentos, la escena fue alegre y pintoresca. Los hombres ayudaron a recuperar los trocitos de tela rescatándolos de un remolino de viento o recogiéndolos delicadamente de la nieve. Los niños no sabían si mirar a aquel hombre del tejado envuelto en azul o los pétalos rojo vivo que salpicaban el suelo. El dilema se resolvió por sí mismo cuando una mujer entonó de pronto una canción. Estaba de pie a espaldas del grupo e iba tan pobremente vestida como elegante la hija del médico. Vestía esta última un buen abrigo de color gris con el tradicional lazo de embarazada en el vientre, un sombrero cloche negro y unos botines de goma abrochados con cuatro botones. La mujer que cantaba llevaba gorra de lana azul marino calada hasta media frente e iba envuelta en un edredón viejo que hacía las veces de abrigo. Con la cabeza ladeada y los ojos fijos en el señor Smith, cantaba con poderosa voz de contralto:
El hombre de azúcar voló,
el hombre de azúcar se fue,
el hombre de azúcar surcó los cielos,
el hombre de azúcar llegó a su hogar…
Del medio centenar de personas que se habían congregado en aquel lugar, unas cuantas comenzaron a darse codazos y otras a reír disimuladamente. Otras escuchaban como si se tratara de esa música de piano definidora y explicativa que acompaña a las películas mudas. Así permanecieron durante algún tiempo, sin gritar nada al señor Smith y atentas todas a los acontecimientos que les rodeaban, hasta que llegaron los empleados del hospital.
Habían estado mirando por las ventanas con una vaga curiosidad que fue transformándose en recelo conforme el grupo creció hasta llegar a la verja. Se preguntaban si se trataría de un motín de los que organizaban siempre aquellos que animaban a la rebeldía a la gente de color. Pero cuando vieron que no había ni pancartas ni oradores, se aventuraron a salir al frío: cirujanos de bata blanca, empleados de traje oscuro y tres enfermeras de uniforme almidonado.
La visión que ofrecía el señor Smith con sus enormes alas azules, la mujer que cantaba y los pétalos de rosa esparcidos por el suelo, los dejó paralizados durante unos segundos. Por la mente de algunos cruzó la idea de que se trataba de algún extraño rito. Filadelfia, donde se rendía culto al Divino Padre, no estaba tan lejos. Quizá aquellas dos niñas que llevaban cestos de flores fueran dos de sus vírgenes. Pero la risa de un hombre que lucía varios dientes de oro les hizo recobrar el juicio. Dejaron de soñar despiertos y se dedicaron rápidamente a dar órdenes. Sus gritos y apresuradas idas y venidas trajeron la confusión a donde momentos antes sólo había unos cuantos hombres, unas niñas jugando con trocitos de terciopelo y una mujer que cantaba.
Una de las enfermeras, guiada por el afán de imponer algo de orden en aquel caos, inspeccionó los rostros que la rodeaban hasta dar con el de una mujer tan fornida que parecía capaz de mover la tierra si se lo propusiera.
—Usted —le dijo acercándose a ella—. ¿Son suyos estos niños?
La mujer volvió la cabeza lentamente con las cejas levantadas ante la brusquedad de la que así le hablaba. Al ver de quién procedía la voz, bajó las cejas y veló la mirada.
—Diga, señora.
—Mande a uno de ellos a la sala de urgencias. Que
le diga al celador que venga inmediatamente. Que vaya ese niño. Ése. —Señaló a un niño de ojos de gato y unos
cinco o seis años de edad.
La mujer deslizó su mirada a lo largo del dedo de la enfermera y miró al niño a quien señalaba.
—Es Guitarra, señora.
—¿Qué?
—Guitarra.
La enfermera miró a la mujer como si le hubiera hablado en chino. Luego apretó los labios, volvió a mirar al niño de mirada gatuna y, entrelazando los dedos, le dijo muy lentamente:
—Escucha. Ve a la parte de atrás del hospital, al despacho del celador. En la puerta verás que dice Urgencia-Receción. r-e-c-e-c-i-ó-n. Pero le encontrarás allí. Dile que venga inmediatamente. ¡Vamos! ¡Corre!
Desenlazó los dedos e hizo un ademán ondulante empujando con las manos el aire invernal.
Un hombre vestido con traje marrón se acercó a ella exhalando pequeñas nubecillas blancas.
—Los bomberos vienen hacia acá. Vuelva adentro. Aquí va a helarse.
La enfermera asintió.
—Se ha comido una p, señora —dijo el niño. Hacía
poco que había llegado al Norte y acababa de aprender
que se podía responder a un blanco. Pero la enfermera
ya había desaparecido frotándose los brazos para protegerse del frío.
—Abuelita, se ha comido una p —dijo el niño.
—Y un «por favor».
—¿Crees que saltará?
—Un loco es capaz de todo.
—¿Quién es?
—Un agente de seguros. Un chiflado.
—Y ¿quién es la señora que canta?
—Ésa, hijo mío, es lo peor de la canción sureña.
Pero sonrió al mirarla y, así, el niño escuchó la interpretación musical con un interés al menos equivalente al que dedicaba al hombre que agitaba sus alas en el
tejado del hospital.
La concurrencia empezó a mostrar cierto nerviosismo al saber que se había avisado a la autoridad. Todos conocían al señor Smith. Les visitaba dos veces al mes para cobrar un dólar sesenta y ocho centavos y escribir en una tarjetita amarilla la fecha y la cantidad de ochenta y cuatro centavos correspondientes a su cuota semanal. Siempre pagaban con un retraso de más o menos medio mes y hablaban constantemente de pagar antes la próxima vez, no sin antes mantener una discusión preliminar acerca de por qué había vuelto tan pronto.
—¿Ya está aquí otra vez? Pero si me libré de usted hace nada…
—Estoy harta de verle la cara. Harta.
—Lo sabía. En cuanto consigo ver un par de monedas juntas, aparece usted. Es más puntual que la muerte. ¿Sabe Hoover de su existencia?
Le gastaban bromas, se reían de él y ordenaban a sus hijos que dijeran que estaban enfermos o en Pittsburgh. Pero conservaban aquellas tarjetitas amarillas como si significaran algo. Las guardaban cuidadosamente en una caja de zapatos junto con el recibo del alquiler, el certificado de matrimonio y distintivos ya caducados que en otros tiempos sirvieron para identificar a los obreros de las fábricas. El señor Smith pasaba por todo con la sonrisa en los labios y la mirada fija casi permanentemente en los pies de sus clientes. Llevaba traje y corbata para hacer su trabajo, pero su casa no era mejor que las de ellos. Nadie le había conocido nunca mujer alguna y en la iglesia no abría la boca si no era para pronunciar algún que otro «amén». Jamás había pegado a nadie y no salía de noche, por todo lo cual pensaban que, probablemente, era una persona decente. Pero se le relacionaba estrechamente con la enfermedad y con la muerte, aunque ni la una ni la otra se distinguían claramente en el dibujo marrón del edificio de la Mutualidad Aseguradora que figuraba al dorso de las tarjetas amarillas. Saltar desde el tejado del hospital de la Misericordia era lo más interesante que había hecho jamás el señor Smith. Nadie había sospechado que fuera capaz de hacer una cosa así. Lo que demostraba, como se susurraban los unos a los otros, que en realidad nunca se conoce a la gente.
La mujer dejó de cantar y, tarareando en voz baja, se abrió paso entre el grupo para acercarse a la dama de los pétalos de rosa, que continuaba acunándose el vientre.
—Deberías abrigarte bien —le susurró al oído al tiempo que le tocaba ligeramente el hombro—. Por la mañana habrá llegado un pajarito.
—¿Sí? —dijo la dama de los pétalos de rosa—. ¿Mañana por la mañana?
—No creo que haya otra antes.
—No puede ser —dijo la dama de los pétalos de
rosa—. Es demasiado pronto.
—No. Es cuando le corresponde.
Las dos mujeres se miraban fijamente a los ojos cuando un sordo rumor, una especie de «¡Ooooh!» ondulante, se elevó de entre la multitud. El señor Smith había perdido el equilibrio un segundo y trataba de aferrarse gallardamente a un triángulo de madera que sobresalía de la cúpula. Inmediatamente la mujer empezó a cantar:
El hombre de azúcar voló,
el hombre de azúcar se fue…
Allá en el centro de la ciudad los bomberos se vestían apresuradamente, pero cuando llegaron al hospital de la Misericordia, el señor Smith había visto los pétalos de rosa, también había oído la música y había saltado al vacío.
Al día siguiente, un niño de color nació por primera vez en el hospital de la Misericordia. Las alas de seda del señor Smith debieron dejar su huella en él porque cuando a los cuatro años descubrió lo que ya había comprobado su predecesor, es decir, que sólo pueden volar los pájaros y los aeroplanos, perdió todo interés por sí mismo. Tener que vivir privado de ese don le entristeció de tal modo y dejó su imaginación tan empobrecida, que desde entonces le juzgaron aburrido hasta las mujeres que no odiaban a su madre. Las que sí la odiaban, las que aceptaban sus invitaciones a tomar el té y envidiaban el oscuro caserón del doctor con sus doce habitaciones y el coche de color verde, decían que era un niño «raro». Las otras, las que sabían que aquella casa era más una prisión que un palacio y que el Dodge se utilizaba solamente para paseos dominicales, compadecían a Ruth Foster y a sus hijas secas y decían que era un niño «profundo» y hasta misterioso.
—¿Nació con una membrana?
—Debías haberla secado para hacer con ella una
infusión y dársela a beber al niño. Si no, verá fantasmas.
—¿Tú crees en esas cosas?
—No, pero es lo que dicen los viejos.
—No se puede negar que es un niño muy profundo. Mírale los ojos.
Mientras que con la lengua se despegaban del paladar trozos de bizcocho de canela cocido demasiado deprisa, miraban una vez más los ojos del niño. Él aguantaba todo lo que podía hasta que, tras dirigir a su madre una mirada de súplica, se le permitía abandonar la habitación.
Requería cierta planificación salir de la sala, bañada la espalda por el murmullo de las voces, abrir las pesadas puertas que conducían al comedor, deslizarse escaleras arriba y pasar junto a los dormitorios sin despertar la atención de Lena y de Corintios, que permanecían sentadas, como dos enormes peponas, ante una mesa rebosante de pétalos de terciopelo rojo. Sus dos hermanas confeccionaban rosas por las tardes, rosas brillantes e inertes, que dormían en cestos durante meses y meses hasta que el comprador de Gerhardt enviaba a Freddie, el conserje, a decirles que necesitaban otras doce docenas. Si conseguía librarse de la malicia de sus hermanas escurriéndose sin atraer su atención, se arrodillaba en la repisa de la ventana de su habitación preguntándose una y otra vez por qué no podía volar. El silencio que bañaba a aquella hora la casona del doctor, quebrado sólo por el murmullo de las mujeres que comían bizcocho de canela, no era más que eso: silencio. No podía ser paz porque iba siempre precedido y acabaría terminado por la presencia de Macon Muerto.
Duro, violento, dispuesto siempre a estallar sin previo aviso, Macon mantenía a todos los miembros de la familia sumidos en el temor. El odio que sentía por su mujer fulgía y centelleaba en cada palabra que le dirigía. El desencanto que le habían producido sus hijas se cernía sobre ellas como ceniza, empañando su tez lustrosa y ahogando el tono alegre que de otro modo habría animado aquellas voces infantiles. Bajo el gélido calor de su mirada sus hijas tropezaban en los umbrales de las puertas y vaciaban el salero entero en las yemas de los huevos escalfados. El modo en que su padre mutilaba su gracia, su ingenio, su propia estima, constituía el único acontecimiento de sus días. Sin la tensión y la tragedia que él provocaba no habrían sabido qué hacer con sus vidas. En su ausencia se inclinaban sobre trocitos de terciopelo rojo esperando ansiosamente su vuelta, mientras que su esposa, Ruth, despertaba sumida en la quietud provocada por el odio de su marido y se acostaba consumida totalmente por esa pasión.
Cuando cerraba la puerta tras sus invitadas de la tarde y moría en sus labios la callada sonrisa, comenzaba la preparación de aquellas comidas que su marido hallaba imposibles de comer. No es que las hiciera intencionadamente nauseabundas; es que no sabía hacerlas de otra manera. De pronto se daba cuenta de que el bizcocho estaba demasiado amazacotado para ponérselo en el plato, y decidía hacer un postre de leche cuajada. Pero tardaba tanto en picar la carne para el pastel que no sólo se olvidaba de guisar el cerdo y decidía rociar en cambio la carne con grasa de beicon, sino que además se encontraba con que no le quedaba tiempo para hacer el postre. Ponía luego la mesa precipitadamente. Mientras desplegaba el mantel de lino blanco y lo hacía ondear sobre la mesa de fina caoba, miraba una vez más la gran mancha de humedad. Nunca ponía la mesa ni pasaba por el comedor sin dedicarle una mirada. Como el farero irresistiblemente atraído a la ventana para mirar una vez más el mar, o el prisionero que busca automáticamente el sol al salir al patio para su hora de ejercicio, Ruth buscaba con la vista aquella mancha varias veces al día. Sabía que estaba allí, que estaría siempre allí, pero necesitaba asegurarse de su presencia. Como el preso o el farero, veía en aquella mancha una especie de mojón, un punto de referencia, un objeto visualmente estable que le aseguraba que el mundo seguía existiendo, que aquello era la vida y no era un sueño. Que en algún lugar en su interior seguía viva, y la prueba de ello radicaba solamente en que una cosa que conocía íntimamente siguiera existiendo allí, fuera de su persona.
Aun en la cueva del sueño, sin soñar con ella, sin pensar en ella siquiera, seguía sintiendo su presencia. Hablaba incansablemente con sus hijas y sus invitadas acerca de cómo hacerla desaparecer, acerca de qué podría borrar aquella única mácula de la espléndida superficie de madera, si la vaselina o el jugo de tabaco, si el yodo o un buen lijado seguido de una mano de aceite de linaza. Lo había probado todo. Pero su mirada alimentaba la mancha y, conforme pasaban los años, ésta se hacía, si cabe, más pronunciada.
Aquel círculo de un gris nebuloso señalaba el lugar que había ocupado diariamente, mientras vivía su padre, un búcaro lleno de flores frescas. Día tras día. Y cuando no eran flores era un centro hecho de hojas o un adorno de ramas de sauce o de abeto. Siempre algo que embelleciera la mesa durante la cena.
Para el doctor era un toque que distinguía a su familia de las de sus vecinos. Para Ruth resumía la elegancia que, según ella, había rodeado su infancia. Cuando Macon se casó con ella y vino a instalarse en la casa, siguió manteniendo aquel centro de mesa. Llegó el día en que se fue hasta la orilla del lago, atravesando los peores barrios de la ciudad, para buscar unos troncos carcomidos por el agua. En la sección de decoración del periódico había visto un centro hecho a base de esos troncos y de algas secas. Era un húmedo día de noviembre y el doctor se hallaba en su cuarto ya entonces paralizado y sometido a una dieta de líquidos. El viento le arremolinaba la falda en torno a los tobillos y se abría paso entre sus zapatos. Cuando volvió a casa tuvo que frotarse los pies con aceite de oliva templado. Durante la cena, sentada con su marido a la mesa, se volvió hacia él y le preguntó si le gustaba el centro.
—Casi nadie se fija en estas cosas. Lo ven, pero no reconocen su belleza. No se dan cuenta de que la naturaleza lo ha hecho de una perfección absoluta. Míralo desde aquí. ¿Verdad que es bonito?
Su marido miró los troncos y las algas de encaje de color crema, y sin mover la cabeza dijo:
—Este pollo está crudo por dentro, y quizá haya una forma de preparar las patatas que consista en hacer grumos, pero desde luego puré no es.
Ruth dejó que las algas se desintegraran, y cuando sus venas y tallos cayeron y se enroscaron formando costras parduscas sobre la mesa, guardó el búcaro y limpió las costras. Pero la mancha de humedad que durante tantos años había permanecido oculta quedó expuesta. Y una vez descubierta, vivió como una planta y produjo una enorme flor de un gris aterciopelado que medraba como la fiebre y cambiaba de lugar como las dunas. Pero sabía también estarse quieta. Paciente, tranquila, inmóvil.
Pero nada se puede hacer con un mojón más que mirarlo, utilizarlo como verificación de una idea que quiere conservarse viva. Para vivir del amanecer a la noche hace falta algo más: un bálsamo, un toque de placer, una caricia de alguna especie. Por eso Ruth, tras la preparación de la comida y antes de que su marido volviera de la oficina, emergía de su incompetencia cándida para reclamar su pequeña porción de bálsamo. Era aquél uno de sus dos vicios secretos —el que requería la participación de su hijo—, y parte del placer que le proporcionaba derivaba del cuarto en que a él se entregaba. Reinaba allí un verdor húmedo creado por el arbusto que apretaba sus ramas contra la ventana y filtraba la luz. Era un cuarto pequeño que el médico había llamado estudio y donde, aparte de una máquina de coser y un maniquí, sólo había una mecedora y un taburete. Allí se sentaba Ruth, con su hijo en el regazo, oyéndole chupar y mirando sus párpados cerrados, guiada no tanto por la complacencia materna como por un deseo de no ver aquellas piernas que colgaban ya casi hasta el suelo.
A última hora de la tarde, antes de que su marido cerrara la oficina y volviera a casa, llamaba a su hijo. Cuando él entraba en la habitación, se desabrochaba la blusa y le sonreía. Era demasiado niño para que le deslumbraran los pezones femeninos y lo bastante mayor para que le aburriera el insípido sabor de la leche materna. Por eso se acercaba con desgana, como si se tratara de una tarea ineludible, se acomodaba, como había hecho al menos una vez todos los días de su vida, en los brazos de su madre y trataba de extraer de su carne, sin lastimarla con los dientes, el delgado hilillo de leche dulzona.
Ella le sentía. Notaba su contención, su cortesía, su indiferencia, y todo ello la impulsaba a la fantasía. Sentía la clara impresión de que los labios de su hijo extraían de ella una hebra de luz. Se sentía como un enorme caldero del que surgiera un hilillo de oro, como la hija del molinero del cuento, aquella que pasaba las noches en una habitación llena de paja disfrutando del secreto poder que le había otorgado el enano Barbilitón: el de extraer una hebra de oro de su lanzadera. Aquello constituía la mitad de su placer, un placer al que no quería renunciar. Por eso cuando Freddie, el conserje, el hombre que gozaba fingiendo ser amigo de la familia cuando en realidad era su lacayo y su inquilino, llevó un día el dinero del alquiler a la casa del médico y miró a través del arbusto al interior de la habitación, el terror que asomó a los ojos de Ruth se debió a la certeza de que desde aquel día iba a perder la mitad de lo único que hacía llevadera su vida cotidiana. Freddie interpretó la mirada como simple vergüenza, pero eso no impidió que una mueca de asombro se dibujara en su rostro.
—¡Cielo santo! ¡Quién iba a decirlo!
Luchó contra el ramaje del arbusto para ver mejor, intento que obstaculizó más su risa que el peso de las ramas. Ruth saltó de su asiento lo más aprisa que pudo y se cubrió el pecho al tiempo que soltaba bruscamente a su hijo confirmándole así en la sospecha que ya abrigaba hacía tiempo: que en aquellas sesiones había algo de extraño, de perverso.
Antes de que madre o hijo pudieran articular palabra, arreglarse las ropas, o hasta intercambiar una mirada, Freddie había dado la vuelta a la casa, había trepado los escalones del porche y les hablaba entre estallidos de carcajadas.
—¡Señorita Rufie! ¡Señorita Rufie! ¿Dónde está usted? ¿Dónde están ustedes? —Abrió la puerta de la habitación verde como si ahora le perteneciera—. ¡Quién iba a decirlo, señorita Rufie! ¿Cuándo habré visto eso por última vez? Ni siquiera me acuerdo. No tiene nada de malo, no crea. Los viejos dicen que es buenísimo. Es sólo que… bueno, ya no se ve mucho por aquí.
Pero sus ojos se dirigían al niño. Eran ojos inteligentes que comunicaban una complicidad de la que ella estaba excluida. Freddie miraba al niño de arriba abajo, valorando su mirada firme pero reservada y el marcado contraste entre la piel alimonada de Ruth y la piel negra del niño.
—Hace mucho, allá en el Sur, muchas mujeres daban de mamar a sus hijos muchos años. Muchísimas. Pero hoy día ya no es muy corriente. Yo conocí a una familia en que la madre (no era muy lista, la verdad) alimentó a su hijo hasta que el niño cumplió los trece años, creo. Pero eso ya es demasiado, ¿verdad?
Mientras hablaba se frotaba la barbilla y miraba al niño. Al final dejó de hablar y lanzó una larga carcajada en voz baja. Había dado con la frase que buscaba:
—¡Un lechero! Eso es lo que tiene usted, señorita Rufie. Un lechero. ¡Mucho ojo, mujeres! ¡Que aquí llega!
Freddie llevó su descubrimiento no sólo a las casas del barrio de Ruth, sino también a los barrios del sur donde él vivía y donde Macon Muerto alquilaba las casas de su propiedad. Así que Ruth decidió cerrar las puertas de su morada y durante casi dos meses no recibió ninguna visita para no tener que oír que su hijo había sido rebautizado con un nombre del que ya nunca pudo librarse y que no contribuyó precisamente a mejorar la relación que mantenía con su padre.
Macon Muerto nunca llegó a saber cómo había ocurrido, cómo había adquirido su hijo aquel mote que persistía a pesar de su resistencia a utilizarlo o a reconocer siquiera su existencia. Era un asunto que le preocupaba mucho porque los nombres de todos los miembros de su familia iban acompañados siempre de lo que él consideraba una monumental estupidez. Nadie le habló nunca del incidente que diera origen al apodo porque era un hombre difícil de abordar, un hombre duro, con un carácter tan frío que mataba en flor toda conversación espontánea o superficial. Sólo Freddie, el conserje, se tomaba con Macon Muerto algunas libertades, que pagaba a fuerza de servicios. Y Freddie era la última persona que podía decírselo. Así que Macon Muerto no visualizó jamás el súbito terror de Ruth, el salto con que se levantó de la mecedora, la caída del niño interrumpida por el taburete, ni la actitud admirativa y divertida de Freddie que resumía la situación.
Pero sin conocer los detalles, con la astucia de la mente agudizada por el odio, adivinó que aquel nombre que daban a su hijo sus compañeros de escuela, aquel nombre que oyó pronunciar al trapero mientras le pagaba al niño tres centavos por un bulto de ropas viejas, que aquel nombre no era limpio. Lechero. No sugería la idea de un oficio honrado, ni la visión de una hilera de lecheras frescas alineadas en el porche trasero, relucientes como capitanes haciendo guardia. Sonaba a algo sucio, íntimo, caliente. Sabía que cualquiera que fuese el origen de aquel nombre, estaba unido a su mujer y, como todo lo que con ella se relacionara, le llenaba de disgusto.
Ese disgusto, y la inquietud con que veía también a su hijo, influía en todas las acciones que llevaba a cabo en la ciudad. Si hubiera podido experimentar tristeza, simplemente tristeza, se habría sentido aliviado. Pero el pesar alimentado durante quince años por no tener un hijo se había convertido en amargura al nacer éste al fin en las circunstancias más abominables.
Hubo un tiempo en que la cabeza de Macon lucía una nutrida cabellera y en que Ruth vestía una preciosa y complicada ropa interior de la que él la despojaba con deliberada lentitud. Hubo un tiempo en que el juego anterior al amor consistía en desabrochar corchetes y automáticos, en desanudar los lazos de lo que debía ser la ropa más blanca, más suave y delicada de la tierra. Jugueteaba con cada ojete del corsé (y había cuarenta, veinte a cada lado) y con cada cinta de grosgrain que abría su camino azul pálido a través de los albos pasacintas del corpiño. Y no sólo deshacía los lazos de cinta azul, sino que sacaba ésta del pasacintas de modo que Ruth tenía que pasarla después con ayuda de un imperdible. Muy lentamente, desabrochaba los automáticos que sujetaban a las enaguas las almohadillas para el sudor, deleitándose y deleitándola con el débil sonido metálico y el rozar de las puntas de sus dedos sobre sus hombros. Nunca hablaban mientras él la desnudaba. De vez en cuando reían con risa ahogada y, como ocurre con los niños que juegan a los médicos, aquélla era la mejor parte.
Cuando Ruth yacía desnuda encima de la cama, húmeda y blanda como el azúcar moreno, él se agachaba para desabrocharle los zapatos. Aquél era el supremo placer porque una vez había pelado sus tobillos y sus pies de la fina cáscara de las medias, Macon penetraba en ella y eyaculaba rápidamente. Así le gustaba a Ruth. Y así le gustaba a él. Y durante aquellos veinte años en que su mirada no había tocado los pies desnudos de su esposa, sólo había echado de menos su ropa interior.
Hubo un día en que creyó que lo que siempre recordaría de ella serían sus labios posados sobre los dedos del muerto. Pero se equivocaba. Poco a poco fue olvidando los detalles hasta que al fin tuvo que imaginarlos, inventarlos, adivinar lo que debieron ser. La imagen se esfumó, pero el odio que había despertado en él no desapareció jamás. Y para alimentar ese odio, Macon necesitaba del recuerdo de aquella ropa interior, de aquellos ojetes redondos e inocentes perdidos para siempre.
Así que si la gente llamaba a su hijo «Lechero», y si ella bajaba los ojos y se enjugaba el sudor que le cubría el labio superior al oírlo, era porque en aquel apodo había algo sucio, y a Macon Muerto le daba igual que le contaran o no los detalles de cómo había surgido.
Y nadie se los contó. Nadie tuvo ni el valor ni el interés suficiente para hacerlo. Las personas a quienes les importaba, Lena y Corintios, prueba viviente de tantos años de desnudar a Ruth, no se atrevían. Y quien tenía la valentía para decírselo pero no el interés necesario era la única persona a quien odiaba más que a su propia mujer a pesar de ser su hermana. No había vuelto a verla desde que su hijo era muy pequeño y no tenía el menor deseo de reanudar ahora la relación.
Macon Muerto hundió la mano en el bolsillo en busca de las llaves y apretó los dedos en torno a ellas dejando que la solidez del metal le tranquilizara. Eran las llaves que abrían todas las puertas de sus casas (en realidad las casas sólo eran cuatro; el resto eran chabolas) y solía acariciarlas de vez en cuando con la mano conforme recorría la calle No Médico en dirección a su oficina. Como tal consideraba él el lugar en que trabajaba, y hasta había pintado la palabra oficina en la puerta. Pero el cristal del escaparate le contradecía. Formando un semicírculo, unas letras doradas desgastadas declaraban que aquel establecimiento era el Taller de Sonny. Borrar aquellas letras habría sido inútil porque ya nadie podía borrarlas de las mentes de todos. Aquel lugar se llamó siempre el Taller de Sonny aunque ninguno recordara qué hubiera hecho allí ese Sonny unos treinta años atrás.
Hacia allá caminaba —y con bastante gallardía habría que decir, porque tenía un trasero muy bien colocado y un paso de atleta— pensando en nombres. Con toda seguridad, meditó, su hermana y él tenían algún antepasado, un joven ágil y flexible de piel de ónix y piernas tan rectas como varas, cuyo nombre era real. Un nombre que, al nacer, le habían dado con seriedad y cariño. Un nombre que no había sido una broma, ni un disfraz, ni una marca. Pero quién había sido ese hombre y adónde le traían y llevaban aquellas piernas ágiles y derechas, no lo sabía. No. No podía llamarse como él. Sus propios padres, en un momento de perversidad o de resignación, habían accedido a utilizar un nombre impuesto por un ser a quien no podía importar menos. Accedieron a tomar y traspasar a su prole aquel nombre garrapateado con perfecto desinterés por un yanqui borracho del ejército de la Unión. Unos rasgos escritos en un trozo de papel y entregados a su padre, y que éste había entregado a su vez a su hijo y al hijo de su hijo. Macon Muerto había engendrado a un segundo Macon Muerto que había contraído matrimonio con Ruth Foster (Muerto) y había engendrado a Magdalena llamada Lena Muerto, a Primera Epístola a los Corintios Muerto, y luego (cuando menos lo esperaba) a un nuevo Macon Muerto, conocido en aquella parte del mundo por «Lechero». Y, por si aquello fuera poco, una hermana llamada Pilatos Muerto que nunca narraría a su hermano las circunstancias ni los detalles de cómo había recibido su hijo tal apodo porque hacerlo habría significado un placer demasiado exquisito. Prefería saborearlo a solas, quizá escribirlo en un papelito, doblarlo, introducirlo en una caja de latón y colgarse ésta de la otra oreja.
Él había cooperado de joven en la ciega selección de nombres bíblicos para sus hijas. Les impuso el que señalaba su dedo porque sabía hasta el menor detalle de cómo habían bautizado a su hermana. Sabía cómo su padre, confuso y entristecido por la muerte de su esposa durante el parto, había recorrido con el dedo una página de la Biblia y, por no saber leer, había elegido un grupo de letras que él juzgó fuerte y hermoso, un grupo de letras en el que vio una figura grande que semejaba un árbol cerniéndose majestuoso, pero protector, sobre una hilera de árboles más pequeños. Sabía cómo dibujar aquel grupo de letras en un pedazo de papel marrón. Las había copiado como lo hacen los analfabetos, imitando cada trazo, cada arco, cada línea, y se las había entregado a la comadrona.
—Así se llamará la niña.
—¿Quiere este nombre para su hija?
—Quiero este nombre para mi hija. Léalo.
—No puede llamarla así.
—Léalo.
—Es un nombre de hombre.
—Dígalo.
—Pilatos.
—¿Qué?
—Pilatos. Aquí dice Pilatos.
—¿Como un piloto de barco?
—No. Como un piloto de barco no. Como el Pilatos que mató a Cristo. No ha podido elegir un nombre
peor. Y encima para una niña.
—Ahí es donde señaló mi dedo.
—Pero su cerebro no tiene que seguirle. No querrá
dar a una huérfana el nombre de la persona que mató a
Jesucristo, ¿no?
—Yo le pedí a Jesucristo que salvara a mi mujer.
—¡Cuidado, Macon!
—Se lo pedí toda la noche.
—Él le ha dado a su hija.
—Sí, es verdad. Pero la niña se llamará Pilatos.
—¡Dios mío! ¡Ten compasión!
—¿Qué va a hacer con ese pedazo de papel? —Devolverlo al lugar de donde ha salido. A las llamas del infierno.
—Démelo. Ha salido de la Biblia y quedará en la Biblia.
Y allí quedó, en efecto, hasta que la niña cumplió doce años y dobló el papel hasta convertirlo en una bolita que colocó en una cajita de latón y se la colgó del lóbulo de su oreja izquierda. Si ya odiaba ese nombre a los doce años, cuánto más había llegado a odiarlo desde entonces, eso Macon sólo podía adivinarlo. Lo que sí sabía con certeza era que ella trataría el nombre del tercer Macon Muerto con el mismo respeto y la misma admiración con que había recibido su nacimiento.
Macon Muerto recordó el día en que nació su hijo, cómo desde aquel momento Pilatos se había interesado más por su sobrino que por su propia hija y la hija de su hija. Mucho después de que Ruth pudiera levantarse y hacerse cargo de nuevo del gobierno de la casa (cosa que nunca supo hacer muy bien) Pilatos continuó visitándoles, con los cordones de los zapatos desatados, calada la gorra hasta media frente, trayendo con ella su absurdo pendiente y su olor nauseabundo. Desde que había cumplido los dieciséis años no había vuelto a verla hasta doce meses antes de que naciera su hijo, cuando se había presentado de pronto en la ciudad. Ahora se portaba como un miembro de la familia, como una tía, tratando de ayudar a Ruth y a las niñas, pero a la postre estorbando porque no tenía el menor conocimiento de las tareas domésticas. Acabó limitándose a sentarse junto a la cuna para cantar canciones al niño. Eso no estaba mal, pero Macon Muerto recordaba sobre todo la expresión de su rostro, una expresión de sorpresa y ansiedad tan intensa que le incomodaba. O quizá hubiera algo más. Quizá fuera verla tantos años después de haberse separado ante la cueva y recordar su ira y la traición de su hermana. ¡Qué bajo había caído ella desde entonces! Había cruzado la última frontera de la decencia. Hubo un tiempo en que fue lo que más quería del mundo. Ahora era una mujer estrafalaria, sombría, y, peor aún, desaseada. Una fuente de vergüenza si él lo hubiera permitido, pero no lo permitió.
Al final le había dicho que no volviera a pisar su casa hasta que pudiera demostrar un poco más de respeto hacia sí misma. Podía buscarse un trabajo decente, para empezar, en lugar de hacer vino.
—¿Por qué no puedes vestirte como una mujer? —le dijo de pie junto a la cocina—. ¿Qué haces con ese gorro de marinero en la cabeza? ¿Es que no tienes medias? ¿Quieres convertirme en el hazmerreír de toda la ciudad?
Temblaba ante la idea de que los blancos del banco (los que le ayudaban a comprar e hipotecar sus casas) descubrieran que aquella harapienta fabricante de vino era su hermana, que aquel negro que tan bien administraba su hacienda y que vivía en el caserón de la calle No Médico era hermano de una mujer que tenía una hija pero no tenía marido, y que esa hija tenía a su vez otra hija sin tener tampoco marido. Una colección de lunáticas que fabricaban vino y que cantaban en las calles. «¡Como mujeres del arroyo! ¡Como mujeres del arroyo!»
Pilatos le escuchaba posados los ojos inquietos en el rostro de su hermano. Luego le dijo:
—Hace tiempo que me tienes muy preocupada, Macon.
Exasperado, él se había acercado a la puerta de la cocina.
—Vamos, Pilatos. Sigue. No te pares. Estoy al borde de hacer una barbaridad y tratando de no cruzar el límite.
Pilatos se levantó, se envolvió en su edredón y, tras dirigir al niño una última mirada de cariño, salió por la puerta de la cocina. Nunca más regresó.
Cuando Macon Muerto llegó a su oficina halló a una mujer robusta y a dos niños pequeños que le esperaban a pocos pasos de la puerta. Macon entró en el local, se acercó al escritorio y se acomodó tras él. Mientras ojeaba sus libros de cuentas, entró la mujer sola.
—Buenas tardes, señor Muerto. Soy la señora Bains. Vivo en el número tres de la calle Quince.
Macon recordó, no a la mujer, sino las circunstancias del arriendo de aquella casa. Se había instalado en ella la tía o la abuela de su inquilino y hacía tiempo que no pagaba el alquiler.
—Sí, señora Bains. ¿Tiene algo para mí?
—Verá, de eso quería hablarle. Sabrá usted que Cency dejó a sus hijos conmigo y que mi pensión no llega
ni para mantener a un perro medio vivo.
—El alquiler es de cuatro dólares al mes, señora Bains. Ya me debe dos meses.
—Lo sé, señor Muerto, pero los niños no pueden vivir sin nada que llevarse a la boca.
Hablaban en tono bajo, cortés, sin asomo de enojo. —¿Y van a poder vivir en la calle, señora Bains? Porque ahí será donde acabarán si no encuentra usted el modo de pagarme.
—No, señor, no pueden vivir en la calle. Necesitan las dos cosas. Lo mismo que sus hijos.
—Entonces, señora Bains, más vale que saque ese dinero de donde sea. Tiene hasta —se volvió para consultar el calendario que colgaba de un clavo en la pared— el sábado que viene. Hasta el sábado, señora Bains. No hasta el domingo, ni hasta el lunes. Hasta el sábado.
Si la mujer hubiera sido más joven, si le hubiera quedado más vitalidad, el resplandor de sus ojos habría encendido sus mejillas. Pero a aquellas alturas de su vida el brillo no salió de sus pupilas. Apretó con fuerza la palma de la mano contra el escritorio de Macon Muerto y, sin que desapareciera el resplandor de su mirada, se levantó de la silla. Se volvió para mirar a través de la luna del escaparate y le miró de nuevo.
—¿De qué va a servirle, señor Muerto, ponernos en la calle a los niños y a mí?
—El sábado, señora Bains.
Bajando la cabeza, la mujer susurró unas palabras y salió de la oficina con paso lento y pesado. Mientras cerraba la puerta del Taller de Sonny, sus nietos salieron del sol para adentrarse en la sombra donde ella se encontraba.
—¿Qué ha dicho, abuela?
La señora Bains posó una mano sobre el cabello del más alto y se lo acarició levemente como buscando ausente con las uñas el bulto de algún granito.
—Debe de haber dicho que no —dijo el otro. —¿Tenemos que mudarnos?
El más alto se liberó de la presión de los dedos y la miró de soslayo. Sus ojos de gato era
