El amuleto

Barbara Wood

Fragmento

LIBROPRIMERO

ÁFRICA. HACE CIEN MIL AÑOS

La cazadora acechaba agazapada entre la hierba, las orejas pegadas al cráneo, el cuerpo tenso y listo para saltar.

A escasa distancia, varios humanos buscaban raíces y semillas, ajenos a los ojos ambarinos que los observaban. Pese a su corpulencia y el tamaño de sus músculos, la cazadora era un animal lento. A diferencia de sus competidores, los leones y leopardos, criaturas raudas que perseguían a sus presas, el felino de dentadura afilada se veía obligado a esperar y coger a su presa por sorpresa.

Por ello, permaneció inmóvil entre la hierba amarronada, observando y esperando mientras su presa se acercaba sin albergar sospecha alguna.

El sol continuó su ascensión por el cielo, y en la llanura africana empezó a apretar el calor. Los humanos avanzaban en su interminable búsqueda de alimento, engullendo frutos y gusanos, llenando el aire con el crujido de la comida entre los dientes y algún que otro gruñido o palabra. El felino siguió observando. La paciencia era la clave.

Por fin, un niño que caminaba sobre piernas aún inseguras se alejó de su madre. El felino fue rápido y brutal. El pequeño profirió un grito agudo y la cazadora se alejó al trote con su presa entre las mortíferas mandíbulas. Los humanos se lanzaron sin demora en su persecución, gritando y blandiendo lanzas esmirriadas.

El felino desapareció entre la maleza enmarañada en dirección a su guarida mientras el niño se debatía frenético y chillaba entre los dientes cortantes. Temerosos de seguir al animal por aquel paraje más frondoso, los humanos empezaron a dar saltos, a golpear la tierra con garrotes toscos y a lanzar gritos al cielo, donde los buitres ya se congregaban con la esperanza de hacerse con algo de carroña. La madre del niño, una hembra joven a la que los demás llamaban Avispa, daba vueltas y más vueltas ante la abertura por la que había desaparecido el felino.

De repente, uno de los machos profirió un grito y les indicó por gestos que debían alejarse de allí al tiempo que un cuerpo salía despedido de entre la maleza espinosa. Avispa se negó a marcharse pese a los intentos de otras dos hembras para llevársela a rastras. Se arrojó al suelo y empezó a aullar como atormentada por un intenso dolor físico. Por fin, temerosos de que el felino regresara, sus compañeros la abandonaron y huyeron raudos a una arboleda próxima para trepar hasta la seguridad de sus ramas.

Ahí se quedaron hasta que el sol inició su ascenso hacia el horizonte y las sombras empezaron a alargarse. Ya no oían los lamentos de la madre. El silencio de la tarde solo había quedado quebrado en una ocasión por un grito agudo, seguido de la calma más absoluta. Con el estómago vacío e impelidos por una sed acuciante, bajaron de los árboles, echaron un breve vistazo al lugar ensangrentado donde habían visto a Avispa por última vez y acto seguido emprendieron camino hacia el oeste para seguir buscando comida.

El pequeño grupo de humanos caminaba erguido por la sabana africana, moviendo los largos miembros y los torsos esbeltos con gracia animal. Iban desnudos y no llevaban ornamento alguno, tan solo lanzas y hachas en las manos. Eran setenta y seis componentes de edades comprendidas entre la más tierna infancia y la ancianidad. Nueve de las hembras estaban embarazadas. Concentrada en la búsqueda infatigable de alimento, aquella familia de humanos primitivos ignoraba que cien mil años más tarde, en un mundo que no alcanzaban a imaginar, sus descendientes los denominarían Homo sapiens, «hombre sabio».

«Peligro.»

Espigada yacía inmóvil en el lecho que había compartido con Madre Anciana, los sentidos aguzados por los sonidos y los olores del alba; el humo de la hoguera; el aroma penetrante de la comida asada; el frío cortante; los pájaros en las ramas de los árboles, recién despertados, cantando y graznando en ruidosa cacofonía. Sin embargo, no percibía los rugidos del león, las risas de la hiena ni el siseo de la serpiente que solían anunciar el peligro.

Pese a ello, Espigada no se movió. Si bien tiritaba de frío y anhelaba entrar en calor junto a Madre Anciana, que estaría junto a las piedras de la hoguera, avivando las brasas, siguió tumbada. El peligro no había desaparecido; lo percibía con gran intensidad.

Muy despacio, alzó la cabeza y parpadeó varias veces para escudriñar el alba humeante. La familia estaba despertando. Oyó el ronco jadeo matinal de Raspa, llamado así porque en cierta ocasión había estado a punto de morir atragantado por culpa de una raspa. Fosa Nasal lo había salvado golpeándolo con fuerza entre los omóplatos hasta que la espina salió despedida por encima de la hoguera, pero Raspa no respiraba bien desde entonces. Ahí estaba Madre Anciana, arrojando hierba al débil fuego como de costumbre mientras Fosa Nasal, acuclillado junto a ella, se examinaba una fea mordedura de insecto en el escroto. Hacedora del Fuego amamantaba a su bebé. Hambriento y Bulto aún roncaban en sus jergones, y Escorpión orinaba contra un árbol. A la luz mortecina del amanecer se entreveía la silueta de León, que gruñía de placer sexual con Buscadora de Miel.

Todo parecía en orden.

Espigada se incorporó y se frotó los ojos. Durante la noche, el sueño de la familia se había visto perturbado por los chillidos frenéticos de uno de los hijos de Ratón, un niño que dormía demasiado cerca del fuego y al darse la vuelta se había quemado gravemente con las brasas ardientes. Era una lección que todos los niños aprendían. La propia Espigada lucía una cicatriz alargada en el muslo derecho por dormir demasiado cerca del fuego cuando era niña. A pesar de sus gemidos mientras su madre le aplicaba barro a la herida, el niño parecía encontrarse bien. Espigada observó a los demás integrantes de la familia, que se dirigían somnolientos y arrastrando los pies a beber en la charca. No advirtió en ellos indicio alguno de temor ni alarma.

Pero algo andaba mal. Aunque no veía, oía ni olía nada fuera de lo corriente, la joven hembra sabía con cada instinto de su cuerpo que en las proximidades del campamento acechaba el peligro. Sin embargo, Espigada carecía del intelecto necesario para comprenderlo y del lenguaje que se requería para transmitir sus temores a los otros. Mentalmente escuchaba el concepto de advertencia, pero si pronunciaba la palabra, los demás mirarían a su alrededor en busca de serpientes venenosas, perros salvajes o felinos de afilada dentadura. Al no ver a nadie, se preguntarían por qué Espigada los había alertado.

«No es una advertencia para hoy —le susurró aquella voz interior cuando por fin abandonó la seguridad de su lecho—, sino para mañana.»

Pero la joven hembra de aquella familia de humanos primitivos no tenía modo de expresar aquello, pues carecían del concepto de «futuro». El peligro «venidero» era una idea desconocida para aquellas criaturas, conscientes tan solo del peligro inmediato. Los humanos de la sabana vivían como los animales que los rodeaban, pastando y buscando comida y agua, huyendo de los predadores, satisfaciendo las necesidades sexuales, durmiendo cuando el sol alcanzaba el cenit y tenían el estómago lleno.

Cuando el sol empezó a elevarse en el cielo, la familia dejó la protección de las espadañas y los juncos para salir a la llanura abierta, sintiéndose más seguros ahora que el alba había acabado de disipar la noche y sus amenazas. Con el corazón atormentado por un temor sin nombre, Espigada se unió a los demás cuando se alejaban de la hoguera e iniciaban la búsqueda diaria de comida.

De vez en cuando se detenía para escudriñar los alrededores, con la esperanza de vislumbrar aquella amenaza que presentía con tal intensidad. Sin embargo, lo único que veía era un mar de color león marino, salpicado de árboles de follaje frondoso y peñascos que a lo lejos se convertían en colinas. Ningún predador seguía a los humanos impelidos por la sed, ninguna amenaza los acechaba desde el cielo todavía brumoso. Espigada vio manadas de antílopes pastando, jirafas estirando el cuello para mordisquear las hojas de los árboles, cebras agitando el rabo. Nada extraño ni nuevo.

Solo la montaña que se alzaba en el horizonte. Días atrás estaba dormida, pero aquel día escupía humo y ceniza al cielo. Eso sí era una novedad.

No obstante, los humanos hicieron caso omiso de ello. Fosa Nasal cazó un saltamontes y se lo metió en la boca. Buscadora de Miel arrancó un puñado de flores para comprobar si las raíces eran comestibles. Hambriento observó el cielo lleno de humo en busca de buitres que indicaran la presencia de algún cadáver y, por tanto, de carne. Ajenos a la amenaza que entrañaba el volcán, los humanos continuaron con su búsqueda incansable, caminando descalzos sobre la tierra roja y la hierba espinosa, deambulando por un mundo hecho de lagos y marismas, bosques y praderas, habitado por cocodrilos, rinocerontes, mandriles, elefantes, jirafas, liebres, escarabajos, antílopes, buitres y serpientes.

La familia de Espigada rara vez se cruzaba con otros miembros de su especie, si bien en ocasiones intuían la presencia de humanos más allá de los límites de su territorio. Habría resultado difícil aventurarse fuera de su tierra, pues se enfrentaban a complicadas barreras, como un barranco en un lado, un río ancho y profundo en el otro y una marisma impracticable en el tercero. Entre aquellas fronteras, la familia de Espigada, guiándose por el instinto y la memoria, había vagado y sobrevivido durante generaciones.

La familia viajaba en formación apretada, manteniendo a los ancianos y a las hembras con hijos en el centro protegido, mientras los machos caminaban en la periferia con garrotes y hachas, siempre ojo avizor a la presencia de predadores. Los predadores siempre atacaban a los débiles, y aquel grupo de humanos era débil, sin lugar a dudas, pues no tenían agua desde el día anterior. Avanzaban despacio bajo el sol cada vez más alto, los labios y la boca resecos mientras soñaban con un río donde encontrarían tubérculos, huevos de tortuga y terrones de vegetación comestible, o tal vez un sabroso flamenco, raro manjar que a veces quedaba atrapado entre los tallos de papiro. Los integrantes de la familia se llamaban León, Bulto, Hambriento, Nariz Grande, Tuerto, Bebé, Buscadora de Miel, Espigada y Madre Anciana, que caminaba con cierta dificultad junto a Espigada, colgada de su brazo para conservar el equilibrio… Sus nombres cambiaban con las circunstancias, pues no eran más que mecanismos de comunicación que permitían a los miembros de la familia llamarse entre sí o bien hablar los unos de los otros. Buscadora de Miel recibió su nombre el día en que encontró un panal, brindando así a la familia la posibilidad de probar un poco de azúcar por primera vez en más de un año. Bulto fue bautizado así el día en que trepó a un árbol para escapar de las garras de un leopardo y luego cayó al suelo y se propinó un golpe en la cabeza que le dejó un chichón permanente. Tuerto perdió el ojo derecho cuando él y León intentaban ahuyentar una bandada de buitres que devoraban un rinoceronte muerto, y una de las aves se resistió. A Rana se le daba bien cazar ranas distrayendo a su presa con una mano y agarrándola con la otra. Espigada se llamaba así porque era la hembra más alta de la familia.

Los humanos vivían movidos por impulsos, instintos e intuiciones animales. Pocos de ellos se detenían a pensar, y puesto que carecían de pensamientos, también carecían de preguntas, y por tanto no les hacía falta hallar respuestas. No se preguntaban nada ni cuestionaban nada. Su mundo se componía tan solo de lo que veían, oían, olían, tocaban y saboreaban. Nada era secreto ni desconocido. Un tigre de dientes de sable era un tigre de dientes de sable, es decir, un predador en vida y una fuente de alimento después de muerto. Por esa razón, los humanos no eran supersticiosos ni se habían forjado aún los conceptos de magia, espíritus o poderes invisibles. No buscaban explicación al viento porque no se les ocurría hacerlo. Cuando Hacedora del Fuego se sentaba a encender el fuego, no le preocupaba de dónde venían las chispas ni por qué se le había ocurrido mil años antes a un predecesor intentar hacer fuego. Sencillamente, había aprendido a hacerlo observando a su madre, quien a su vez lo había aprendido observando a la suya. Era alimento cualquier cosa que encontraban, y puesto que su capacidad de habla y sus habilidades sociales eran limitadas, la caza se restringía a las piezas más pequeñas, como lagartijas, pájaros, peces y conejos. La familia de Espigada desconocía quién o qué era, así como el hecho de que acababan de atravesar un largo proceso evolutivo que significaba que tanto ellos como sus descendientes no cambiarían físicamente durante los siguientes cien mil años.

Asimismo, ignoraban que, con Espigada y el nuevo peligro que intuía, estaba a punto de dar comienzo un segundo proceso evolutivo.

Mientras buscaba plantas e insectos comestibles, una visión atormentaba a Espigada: la de la charca de la que habían bebido al amanecer. Para trastorno de la familia, durante la noche la superficie se había cubierto tanto de hollín volcánico y ceniza que el agua se había tornado imbebible. La sed los había empujado a ponerse en marcha cuando en circunstancias normales se habrían quedado para comer, y seguía impulsándolos en esos momentos hacia el oeste mientras seguían tenazmente a León, que conocía la ubicación de la siguiente fuente de agua dulce. Avanzaban con la cabeza erguida por encima de las hierbas altas para poder ver las manadas de ñus que también buscaban agua. El cielo había adquirido un matiz extraño y el aire despedía un olor acre y penetrante. Justo delante de ellos, en el horizonte, la montaña escupía humo con una fuerza sin precedentes.

Con la mente torturada por un rompecabezas inusual en ella, Espigada también se sentía atormentada por un recuerdo, el terror que había experimentado dos noches antes…

La noche nunca era silenciosa en la llanura africana, pues los leones rugían tras cazar a sus presas y las hienas emitían sus chillidos estridentes para avisar a sus compañeras de la presencia de comida. Los humanos que se cobijaban en las márgenes del bosque dormían inquietos pese a las hogueras que mantenían encendidas para protegerse de la oscuridad, no pasar frío y ahuyentar a las bestias. Pero dos noches antes, la situación había cambiado. Aun habituados a una vida plagada de peligros, los humanos habían sentido un miedo aún mayor que los había mantenido despiertos y con el corazón desbocado. Algo extraño y terrible ocurría en el mundo que los rodeaba, y al carecer de las palabras adecuadas para explicar las nuevas calamidades, de pensamientos coherentes en su mente primitiva para hallar la razón y en ella el consuelo, tan solo podían recurrir a apretujarse a merced del terror más puro e irracional.

No sabían que los terremotos habían asolado aquellos parajes muchas veces en el pasado, ni que la montaña que se erguía en el horizonte llevaba milenios arrojando lava al cielo para luego permanecer dormida durante largo tiempo, como había sucedido los últimos cien años. Pero ahora había cobrado vida, y en la parte superior de su cono se veía un aterrador fulgor rojo que teñía el cielo nocturno, hacía temblar la tierra y rugía como una bestia.

Sin embargo, solo Espigada recordaba el terror mientras los demás escudriñaban la tierra y la vegetación en busca de termiteros, plantas cargadas de vainas y parras portadoras de bayas amargas.

Cuando Tuerto propinó un puntapié para dejar al descubierto un montón de gusanos temblorosos, los humanos se abalanzaron sobre el festín, embutiéndose las larvas en la boca. La comida no se compartía; los más fuertes comían, mientras que los más débiles morían de hambre. León, el macho dominante del grupo, se abría paso a codazos para hacerse con grandes puñados de bichos blancos.

Cuando era más joven, León se había topado con el cadáver fresco de una vieja leona y pudo desollarlo antes de que los buitres se lanzaran sobre él. Se había echado la piel ensangrentada sobre los hombros y la espalda, permitiendo que se ajustara a su cuerpo mientras los gusanos daban buena cuenta de ella, hasta que por fin se secó. Llevaba años sin quitársela, por lo que el cuero tieso formaba parte integrante de él; el cabello le crecía como una prolongación de la piel, que crujía cuando León se movía.

León no había sido elegido jefe de la familia; no había habido consenso ni votación. Sencillamente, un día decidió que lideraría el grupo, y los demás se habían limitado a seguirlo. La compañera ocasional de León, Buscadora de Miel, era la hembra dominante gracias a su corpulencia, su fuerza y su personalidad agresiva y codiciosa. A la hora de comer, apartaba a empellones a las hembras más débiles a fin de conseguir comida para sus hijos, arrebatándosela a las demás y engullendo más de lo que le correspondía. León y Buscadora de Miel emplearon ambas manos para recoger los gusanos gordos y blanquecinos de entre la madera podrida y embutírselos en la boca. Una vez quedaron saciados y Buscadora de Miel se cercioró de que sus cinco vástagos habían comido, ambos se apartaron para que los miembros más débiles de la familia pudieran hacerse con los últimos gusanos somnolientos.

Espigada masticó un puñado de ellos y escupió la papilla resultante en la palma de su mano. A continuación, se la alargó a la desdentada Madre Anciana, quien lamió agradecida la pulpa masticada.

Una vez engullidos los gusanos, los humanos se sentaron a descansar bajo el sol de mediodía. Los machos más fuertes montaron guardia para detectar la presencia de predadores mientras los demás se dedicaban a las actividades cotidianas, consistentes en amamantar a los bebés, asearse, dormir la siesta y satisfacer las necesidades sexuales. Las copulaciones solían ser breves y quedar olvidadas al poco, incluso en aquellas parejas que compartían un vínculo afectivo temporal. No existían las relaciones a largo plazo, y la satisfacción de las necesidades sexuales tenía lugar de forma arbitraria y casual. Escorpión empezó a olisquear a las hembras, sin saber que buscaba el olor de medio ciclo que indicaba la fase fértil de la mujer. En ocasiones era la mujer quien buscaba al macho, como Bebé en aquel instante, que instintivamente buscaba hambrienta una cópula rápida con un macho. Puesto que Escorpión ya estaba ocupado con Ratón, Bebé eligió a Hambriento y, aunque no muy interesado al principio, lo excitó y muy contenta se sentó a horcajadas sobre él.

Así pues, mientras la familia cubría sus necesidades y, en la distancia, la montaña seguía escupiendo fuego y gas, Espigada permanecía ojo avizor con la esperanza de atisbar la sombra o las orejas del nuevo peligro que los acechaba. Pero no vio nada.

Caminaron durante toda la tarde con la boca reseca. Los niños lloraban de sed, y las madres intentaban consolarlos mientras los machos se alejaban de vez en cuando del grupo, protegiéndose los ojos para escudriñar la llanura en busca de algún río o laguna. Siguieron las huellas de antílopes y ñus, esperando que las manadas los condujeran hasta el agua. Se fijaron en el vuelo de los pájaros, sobre todo de las aves acuáticas, como las garzas reales, las cigüeñas y los ibis. Asimismo, buscaron rastros de elefantes, porque eran las bestias que más tiempo pasaban en las charcas, revolcándose en el barro para refrescarse la piel reseca por el sol, o bien sumergiéndose casi del todo en el agua, dejando fuera tan solo la punta de la trompa para poder respirar. Sin embargo, los humanos no vieron antílopes, cigüeñas ni elefantes que pudieran conducirlos hasta la fuente de agua más próxima.

Al llegar junto a la osamenta de una cebra, experimentaron una breve alegría, pero al ver que los huesos ya estaban abiertos y desprovistos de médula, su decepción fue intensa. No les hizo falta examinar las huellas que rodeaban el cadáver para saber que las hienas se les habían adelantado.

Siguieron adelante. En las inmediaciones de un promontorio cubierto de hierba, León detuvo al grupo y lo acalló con un gesto. Todos aguzaron el oído y la brisa les llevó el ronroneo característico que emiten los leopardos cuando se comunican con sus crías. Con gran cuidado, los humanos dieron media vuelta y se mantuvieron de espaldas al viento para que los felinos no percibieran su olor.

Mientras las hembras y los niños recogían cuantas plantas e insectos comestibles encontraban a su paso, los machos, armados con sus lanzas de punta de madera, aguardaban la llegada de posibles presas. Si bien desconocían el arte de la caza organizada, sí sabían que una jirafa era más vulnerable cuando estaba bebiendo, pues se veía obligada a separar las patas para alcanzar el agua, y en esa posición era un objetivo fácil para los humanos, que la atacaban a toda prisa con sus palos afilados.

De repente, Fosa Nasal profirió una exclamación de júbilo al tiempo que hincaba una rodilla en la tierra y señalaba el rastro de un chacal. Los humanos sabían que los chacales enterraban sus presas y volvían más tarde para comérselas. Sin embargo, por mucho que escarbaron frenéticamente, no hallaron ningún animal enterrado en las inmediaciones.

Siguieron adelante, sudorosos, hambrientos y sedientos, hasta que, por fin, León lanzó un grito para indicar que había encontrado agua. Todos echaron a correr y Espigada rodeó a Madre Anciana con el brazo para que no quedara rezagada.

León no siempre había sido el jefe de la familia. Antes de

él, un macho llamado Río era el macho dominante, se apropiaba de los mejores bocados, monopolizaba a las hembras y decidía dónde dormiría la familia cada noche. Río recibió su nombre tras una peligrosa experiencia con una riada. La familia había logrado ponerse a salvo, pero Río quedó atrapado. Lo había salvado un árbol arrancado que flotaba en la corriente y lo depositó en un banco de arena días más tarde, magullado y exhausto, pero con vida. La familia le había puesto el nombre del nuevo río que ahora fluía por su territorio y, durante un tiempo, Río gozó de la supremacía en el grupo, hasta que León compitió con él por una hembra y venció.

Fue una lucha mortífera a golpes de garrote que los demás miembros de la familia presenciaron entre gritos. Cuando por fin Río huyó ensangrentado, León agitó los puños en el aire y de inmediato procedió a montar a Buscadora de Miel con gran vigor. Nadie volvió a tener noticias de Río.

A partir de entonces, la familia siguió a León obedientemente y sin preguntas. Su tosca sociedad no era igualitaria por la sencilla razón de que los integrantes de la familia no eran capaces de pensar por sí mismos. Al igual que las manadas de animales que pastaban a su alrededor en la sabana o sus primos, los simios que vivían en los lejanos bosques húmedos, el grupo necesitaba un líder para sobrevivir. Siempre había uno que se imponía a los demás, bien por su fuerza física, bien por su superioridad mental. No siempre se trataba de un macho, no obstante. Antes de que Río asumiera el liderazgo, una hembra de gran fuerza, llamada Hiena porque reía como dicho animal, había guiado a la familia en su sempiterno e invariable ciclo de búsqueda y recolección de alimento. Hiena recordaba los límites del territorio, conocía el paradero de las mejores fuentes de agua y de las bayas, y sabía qué estaciones traían nueces y semillas. La noche en que se separó de los demás y, por aquellas ironías del destino, fue descuartizada por una manada de hienas, la familia vagó sin rumbo hasta que una riada convirtió a Río en su nuevo jefe.

León los condujo hasta la fuente de agua dulce que recordaba de hacía cuatro estaciones, un pozo artesiano bien resguardado bajo un saliente rocoso. Los humanos se abalanzaron sobre él y bebieron ansiosos hasta quedar saciados. Pero al terminar miraron a su alrededor y no hallaron alimento alguno. Ningún banco de arena donde escarbar en busca de huevos de tortuga o crustáceos de agua dulce, ni flores de raíces tiernas, ni vegetación de sabrosas semillas. León recorrió el lugar con una mirada disgustada, pues sin duda el lugar debía de haber estado cubierto de hierba en tiempos, y por fin indicó a los demás con un gruñido que debían seguir su camino.

Espigada se detuvo para examinar el agua de la que acababan de beber. Observó la superficie transparente, a continuación alzó la mirada hacia el cielo humeante y de nuevo la bajó hacia el agua, escudriñando de paso el saliente rocoso. Frunció el entrecejo; al amanecer, la charca de la que habían intentado beber había quedado inutilizada, mientras que esta era dulce y cristalina. Su mente pugnó por establecer la conexión. El cielo impregnado de hollín, el saliente rocoso, el agua clara…

Y por fin logró formar un pensamiento: «Esta agua estaba protegida».

Siguió con la mirada a la familia, que empezaba a alejarse. León encabezaba la procesión con su espalda velluda y cubierta por el sempiterno pellejo, a su lado Buscadora de Miel con un bebé en brazos, un niño pequeño sobre los hombros y otro algo mayor aferrado a su mano libre. Caminaban arrastrando los pies, la sed olvidada entre punzadas de hambre. Espigada se sintió tentada de indicarles que volvieran para avisarlos. Pero no sabía de qué debía avisarlos. Guardaba relación con aquel peligro nuevo y sin nombre que llevaba intuyendo todo el día. Ahora sabía que, de algún modo, el peligro tenía que ver con el agua, con la charca cubierta de hollín de aquella mañana, con el pozo artesiano de agua cristalina del que acababan de beber, con el lago, situado algo más lejos en el ancestral camino, hacia el que León los conduciría a continuación.

En aquel instante sintió que alguien le tiraba del brazo. Era Madre Anciana, el rostro pequeño y marchito vuelto hacia Espigada con una expresión preocupada. No debían quedar rezagadas.

Cuando la familia llegó junto a un baobab cargado de fruta, todos los que podían blandir un palo golpearon las ramas para hacer caer las vainas carnosas. Los miembros de la familia se dieron un festín allí mismo, sentados o en cuclillas, algunos incluso de pie a fin de poder detectar a tiempo la presencia de predadores mientras comían. Al acabar, dormitaron bajo la amplia copa del árbol, sintiendo el calor de la tarde en la carne y los huesos. Las madres amamantaron a sus bebés mientras los hermanos se revolcaban en la tierra. Tuerto tenía ganas de copular, de modo que observó a Bebé mientras revolvía las vainas vacías en busca de alguna aún llena, y cuando le hizo cosquillas y empezó a acariciarla, la hembra se echó a reír, se puso a gatas y permitió que Tuerto la penetrara. Buscadora de Miel se puso a arrancar piojos de la melena enmarañada de León, Madre Anciana aplicó saliva a la quemadura del niño y Espigada, apoyada contra un árbol con expresión sombría, mantenía la vista clavada en la furiosa montaña del horizonte.

Después de la siesta se levantaron y, de nuevo impulsados por el hambre, reemprendieron viaje hacia el oeste. Al caer la tarde, la familia llegó a un ancho río donde una manada de elefantes vadeaba y escupía agua con las trompas. Los humanos se acercaron a la orilla con cautela en busca de cualquier cosa que se asemejara a un tronco flotante, pues serían cocodrilos, que nadaban en el agua manteniendo tan solo los ojos, las fosas nasales y la mínima curva del lomo sobre la superficie. Si bien los cocodrilos solían cazar de noche, los humanos sabían que también podían atacar durante el día si percibían la presencia de una presa fácil. En más de una ocasión, los humanos habían visto a uno de los suyos arrancado de la orilla y arrastrado bajo el agua en un abrir y cerrar de ojos. En un principio quedaron trastornados al comprobar que la lenta corriente del río estaba cubierta de hollín y ceniza, pero al poco vieron gran abundancia de aves en las orillas, chorlitos e ibis, gansos y andarríos, que prometían nidos llenos de huevos. Puesto que el sol ya se aproximaba al horizonte y las sombras empezaban a alargarse, decidieron pasar la noche allí.

Mientras algunas de las hembras y los niños recogían hierbas y hojas flexibles para hacer los jergones, Madre Anciana, Espigada y otras hembras se dedicaron a escarbar en las márgenes arenosas del agua en busca de mariscos. Rana y sus hermanos buscaban ranas toro, que durante la estación seca yacían en letargo en madrigueras subterráneas y no salían hasta que las primeras gotas de lluvia de la estación húmeda ablandaban la tierra. Puesto que llevaba varias semanas sin llover, los muchachos auguraban una buena caza. Hacedora del Fuego encargó a sus hijos recoger los excrementos de cualquier manada que hubiera pastado en la zona recientemente y acto seguido empezó a frotar sus piedras, ayudándose de ramitas secas para encender el fuego. Una vez agregados los excrementos de ñus y cebras, el fuego empezó a arder con más fuerza, y los machos colocaron antorchas confeccionadas con ramas de árbol y resina en el perímetro del campamento para mantener alejados a los predadores. La búsqueda también proporcionó hojas de achicoria, tubérculos de cebolleta y el cadáver aún no descompuesto de una rolliza mangosta. Los humanos comieron con ansia, devorándolo todo sin guardar una sola semilla ni un solo huevo para el hambre del día siguiente.

Al terminar se apretujaron para protegerse del frío de la noche en un recinto natural cuyos límites estaban formados por arbustos espinosos y ramas de acacia. Los machos se congregaron a un lado de la hoguera, mientras las hembras y los niños se agolpaban al otro. Había llegado la hora del aseo, un ritual nocturno impulsado por la necesidad primitiva de compañerismo y contacto físico, que de un modo muy sutil determinaba el tosco orden social existente entre ellos.

Empleando un afilado sílex que Hambriento le había confeccionado de cuarzo, Bebé cortó el cabello a sus hijos, ya que el cabello sin cortar acababa llegando a la cintura y convirtiéndose en un peligro. Bebé era buena prueba de ello. De pequeña había escapado de su madre porque detestaba que le cortaran el cabello, de modo que le había crecido hasta la cintura, transformándose en una melena grasienta y tiesa que un día se enredó en un zarzal, donde quedó atrapada. Cuando la familia consiguió por fin liberar a la histérica Bebé, varios pedazos de cuero cabelludo ya se le habían desprendido por el forcejeo, y la cabeza le sangraba con profusión. Fue así como recibió su nombre, pues pasó varios días llorando sin cesar. Bebé tenía varias clapas en la cabeza y el resto del cabello le crecía en mechones irregulares y salvajes.

Otras hembras examinaban el cabello de sus hijos en busca de piojos que aplastaban entre los dientes, y cubrían a sus pequeños y a otras hembras con barro traído del río. Sus risas se elevaban hacia el cielo como las chispas de la hoguera, junto con alguna que otra exclamación o advertencia. Si bien todas las hembras estaban ocupadas en sus tareas, no perdían de vista a Yerma, llamada así porque no tenía hijos, que seguía a Comadreja, que estaba preñada, a todas partes. Todo el mundo recordaba el día en que Bebé había dado a luz a su quinto retoño y Yerma se lo había arrebatado, placenta incluida, para salir corriendo con él. Todos los integrantes de la familia la habían perseguido hasta darle alcance, y el bebé había muerto en la refriega durante la cual las mujeres estuvieron a punto de matar a Yerma a golpes. Desde entonces, Yerma seguía a la familia cuando esta buscaba comida y dormía lejos de la hoguera, como una sombra en los límites del campamento. Sin embargo, en los últimos tiempos se había tornado más osada y empezaba a seguir a Comadreja a todas partes. Comadreja estaba asustada, pues había perdido a sus tres vástagos anteriores por causa de una mordedura de serpiente, una caída por un barranco y un leopardo que cierta noche había atravesado el perímetro del campamento y se había llevado al tercer niño.

Al otro lado de la hoguera principal se sentaban los machos. Una vez un macho joven se hacía demasiado mayor para quedarse con las hembras y los niños, pasaba a sentarse con los machos adultos para observar e imitar los movimientos de las manos callosas y surcadas de cicatrices que confeccionaban herramientas de sílex y afilaban palos hasta transformarlos en lanzas rudimentarias. Los machos jóvenes, libres ya del dominio de sus madres, aprendían a comportarse como machos adultos, a convertir la madera en armas y la piedra en utensilios, a identificar los rastros de animales, a oler la presencia de una presa… Asimismo, aprendían los escasos sonidos y palabras que los machos empleaban para comunicarse y, al igual que las hembras, se aseaban unos a otros, arrancando bichos vivos de las melenas enmarañadas y cubriéndose los cuerpos de barro. El barro, que los protegía del calor, las picaduras de insectos y las plantas venenosas, debía aplicarse a diario y era una parte importante del ritual nocturno. Los machos jóvenes competían por el honor que representaba asear a León y a los machos de más edad.

Caracol, así llamado por su lentitud, protestaba porque lo obligaban a montar guardia. Tras un intercambio de gritos y puñetazos enojados, León zanjó la disputa golpeando a Caracol en la cabeza con una lanza. El hombre vencido se dirigió hacia su puesto a regañadientes mientras se enjugaba la sangre que le manchaba el rostro. El viejo Escorpión se frotaba el brazo y la pierna izquierdos, que por alguna extraña razón sentía cada vez más entumecidos, mientras Bulto intentaba rascarse un punto al que no llegaba y acababa por frotarse contra el tronco rugoso de un árbol cercano hasta sangrar. De vez en cuando miraban a las ocupadas hembras, criaturas a las que los hombres veneraban de forma inconsciente porque solo ellas creaban nueva vida, mientras que los hombres desconocían el papel que desempeñaban en el proceso. Las hembras eran seres imprevisibles. Una hembra a la que no interesaba la copulación podía convertirse en una bestia si se la forzaba. El pobre Labio, al que antes todos llamaban Nariz de Pájaro, había sido rebautizado tras un encontronazo con Espigada. Cuando intentó penetrarla en contra de su voluntad, la hembra se resistió y le arrancó parte del labio inferior de un mordisco. La herida sangró durante varios días, luego segregó pus y cuando por fin sanó, dejó una hendidura fruncida que dejaba al descubierto la parte inferior de su dentadura. A partir de entonces, Labio dejó en paz a Espigada, al igual que casi todos los demás machos. Los pocos que habían intentado montarla decidieron tras una agotadora lucha que no merecía la pena, pues la familia estaba llena de hembras complacientes.

Rana estaba sentado solo con expresión huraña. Durante todo aquel año, él y una joven hembra, llamada Devoradora de Hormigas a causa de su pasión por las hormigas de miel, habían gozado de un vínculo especial, como Bebé y Tuerto, que en aquel instante se abrazaban y acariciaban en plena copulación. Sin embargo, Devoradora de Hormigas estaba preñada y no quería saber nada de él, de modo que respondía a todos sus avances con bofetones y siseos furiosos. No era la primera vez que Rana veía aquella reacción. En cuanto una hembra daba a luz, prefería la compañía de las otras hembras con hijos. Juntas reían y charlaban mientras amamantaban a los bebés y vigilaban a sus hermanos mayores. Los machos rechazados quedaban entonces relegados a la solitaria tarea de la confección de herramientas y armas.

El vínculo entre madre e hijo era el único afecto real que conocía la familia. Cuando un macho y una hembra se apareaban, el lazo no solía durar, pues la relación atravesaba un período inicial de pasión ardiente que no tardaba en extinguirse. Escorpión, amigo de Rana, se acuclilló junto a él y le dio una palmadita en el hombro con ademán comprensivo. También él había gozado de una relación especial con una hembra hasta que esta tuvo un bebé y ya no quiso saber nada más de él. Por supuesto, algunas hembras, como Buscadora de Miel, reservaban su afecto a un solo macho, sobre todo cuando este toleraba a sus retoños, como era el caso de León. Sin embargo, Escorpión y Rana no tenían paciencia con los bebés de las hembras y por tanto preferían la compañía de hembras sin hijos.

Rana sintió que se apoderaba de él una oleada de calor. Lanzó una mirada envidiosa a Tuerto y Bebé, que se acariciaban y aseaban cariñosamente. Tuerto satisfacía sus necesidades sexuales cuando le venía en gana, pues Bebé siempre estaba dispuesta a complacerlo. En aquellos momentos formaban la única pareja estable de la familia. Incluso dormían juntos y se mostraban afecto mutuo. Además, Tuerto toleraba a los hijos de Bebé, algo a lo que pocos machos estaban dispuestos.

Rana decidió interesar a algunas de las hembras mostrándoles su erección y lanzándoles miradas esperanzadas, pero ellas hicieron caso omiso de él o bien lo apartaron a empujones, de modo que el macho rechazado volvió junto a la hoguera y removió las brasas. Para su deleite, encontró una cebolla en la que nadie había reparado, algo carbonizada, pero aún comestible. Se la llevó a Hacedora del Fuego, quien de inmediato se puso a gatas y se apoyó con una mano en el suelo mientras con la otra daba buena cuenta de la cebolla. Rana no tardó mucho en quedar satisfecho, y al poco regresó a su jergón para dormir.

Cuando León terminó de comer, se volvió para mirar a Madre Anciana, que chupaba una raíz. León y Madre Anciana habían nacido de la misma hembra, bebido de los mismos pechos y jugado juntos de niños. León había quedado muy impresionado al ver que Madre Anciana paría doce retoños. Pero Madre Anciana estaba cada vez más débil, y León albergaba la vaga idea de que darle comida era un desperdicio. Sin darle tiempo a reaccionar, pasó junto a ella, le arrebató la raíz y se la metió en la boca.

Al percatarse de lo sucedido, Espigada se acercó a la trastornada Madre Anciana e intentó consolarla con murmullos mientras le acariciaba el cabello. Madre Anciana era el miembro más viejo de la familia, aunque nadie conocía su edad exacta, pues no dividían el tiempo en años ni estaciones. De haber contado, habrían descubierto que había alcanzado la avanzada edad de cincuenta y cinco años, mientras que Espigada había vivido quince veranos y sabía vagamente que era hija de una hembra a la que había parido Madre Anciana.

Mientras observaba a León rodear la hoguera y acomodarse en su jergón, Espigada experimentó una oleada de temor desconocido, un temor relacionado con Madre Anciana y su indefensión. De pronto acudió a su mente un recuerdo lejano. Su madre se había roto una pierna, y la familia la abandonó al ver que ya no podía caminar, una figura solitaria sentada con la espalda apoyada contra un árbol, siguiendo a la familia con la mirada. El grupo no podía hacerse cargo de una madre débil, pues los predadores siempre acechaban entre la maleza. Al cabo de un tiempo, al pasar de nuevo por aquel lugar, la familia no halló rastro de la madre de Espigada.

Por fin, todo el mundo se dispuso a dormir, las madres y sus hijos acurrucados juntos en sus jergones, los machos al otro lado de la hoguera, buscando los lugares más cómodos, tumbados espalda contra espalda para no pasar frío, agitándose al escuchar los gruñidos y ladridos que poblaban la oscuridad. Incapaz de conciliar el sueño, Espigada se levantó del jergón que compartía con Madre Anciana y se dirigió a la orilla del agua. A poca distancia vio que una pequeña manada de elefantes, todos ellos hembras con sus crías, dormía en la postura característica de aquellos animales, apoyados contra un árbol o unos contra otros. Al llegar a la ribera contempló la superficie del agua, cubierta por una gruesa capa de ceniza volcánica. Luego volvió los ojos a las estrellas, cada vez menos visibles a causa del humo, y una vez más intentó interpretar el tumulto que atormentaba su mente.

Guardaba relación con el nuevo peligro.

Miró por encima del hombro el campamento, donde setenta y tantos humanos se disponían a dormir. Algunos ronquidos ya llenaban la noche, acompañados de rugidos y suspiros nocturnos. Reconoció los gemidos y jadeos de una pareja en plena copulación. Un bebé empezó a berrear, pero su madre no tardó en acallarlo. El eructo inconfundible de Fosa Nasal. Los ruidosos bostezos de los machos que vigilaban el perímetro del campamento con lanzas y antorchas para proteger a la familia durante la noche. Parecían despreocupados, pues para ellos la vida transcurría como siempre. Pero Espigada estaba inquieta; solo ella percibía que algo andaba mal en el mundo.

Pero ¿en qué sentido? León conducía a la familia a todos los lugares ancestrales por donde habían pasado durante generaciones. Hallaban la comida que siempre habían encontrado, incluso el agua en los sitios donde la habían dejado, aunque ahora cubierta de ceniza. La invariabilidad proporcionaba seguridad y garantizaba la supervivencia. El cambio asustaba a la familia; de hecho, el concepto de cambio jamás surcaba sus mentes.

Pero en esos momentos empezaba a hacerlo, al menos en el caso de una de sus integrantes.

Los ojos castaño oscuro de Espigada recorrieron la noche, alerta a cualquier movimiento sospechoso. Siempre ojo avizor, sin bajar la guardia, Espigada vivía como el resto de la familia, guiándose por el ingenio, el instinto y un acusado sentido de la supervivencia. Pero aquella noche era distinta, como las noches anteriores, desde que la sensación de peligro se había adueñado de ella, un peligro que no podía ver ni nombrar. Un peligro que no dejaba huellas ni rastros, que no rugía ni siseaba, que carecía de colmillos y garras, pero aun así erizaba los pelos de la nuca.

Contempló las estrellas y vio que el humo las iba engullendo. Vio la ceniza lloviendo del cielo. Inspeccionó la superficie cubierta de hollín del agua e inhaló el hedor a azufre y magma procedente del lejano volcán. Vio también el modo en que la hierba se doblaba por el impulso del viento nocturno, la inclinación de los árboles, la dirección en que salían volando las hojas secas. De repente, el corazón le dio un vuelco, pues acababa de comprender.

Contuvo el aliento y quedó petrificada mientras la amenaza sin nombre cobraba forma en su mente, y en un vertiginoso instante comprendió lo que ningún otro miembro de la familia había comprendido: que el agua del día siguiente, a pesar de lo que les había enseñado la experiencia de muchas generaciones, estaría cubierta de ceniza.

Un chillido desgarró la noche.

Era Comadreja, atenazada por los dolores del parto. De inmediato, las hembras la ayudaron a alejarse del campamento y se dirigieron con ella a la intimidad de los árboles. Los machos no las siguieron, sino que corrieron nerviosos a la periferia del campamento, armados con sus toscas lanzas y recogiendo piedras que lanzar a los posibles predadores. En cuanto los grandes felinos y las hienas oyeran el grito de un ser humano vulnerable y olieran la sangre del parto, acudirían sin tardanza. Instintivamente, las hembras formaron un círculo alrededor de Comadreja, vueltas de espaldas a ella, gritando y pisoteando la tierra para ahogar los gritos de dolor y la vulnerabilidad de su compañera.

No contó con ayuda alguna a la hora de parir. Se aferró al tronco de una acacia, se puso en cuclillas y empujó con fuerza mientras un terror gélido se adueñaba de ella. ¿Acababa de oír el rugido triunfal de un león por encima de los gritos de sus compañeras? ¿Había una manada de felinos al acecho, dispuestos a abalanzarse sobre ella, todos colmillos, garras y ojos amarillos, para hacerla pedazos?

Por fin llegó el bebé, y Comadreja se lo llevó de inmediato al pecho para sacudirlo y acariciarlo hasta que lloró. Madre Anciana se arrodilló junto a ella y le masajeó el vientre, como se había hecho a sí misma y a sus hijas a lo largo de los años, a fin de que la placenta saliera con rapidez. Una vez la tuvieron en las manos, las hembras se aprestaron a enterrarla junto con toda la sangre posible, y la familia se congregó en torno a la flamante madre para contemplar con curiosidad a la criatura diminuta apretada contra su pecho.

De repente, Yerma se abrió paso a codazos y arrancó al recién nacido de los brazos de Comadreja. Las hembras la persiguieron y le arrojaron piedras. Yerma dejó caer al bebé, pero las hembras siguieron en su pos hasta darle alcance. Arrancaron ramas de los árboles y la golpearon sin piedad y sin detenerse hasta que su cuerpo, irreconocible, quedó inmóvil a sus pies. Una vez convencidas de que Yerma había dejado de respirar, regresaron al campamento, donde, por obra de un milagro, el bebé seguía con vida.

León decretó que debían ponerse en marcha sin demora. El cadáver de Yerma y la sangre del parto atraerían a los peligrosos carroñeros, sobre todo a los buitres, bestias capaces de mostrarse muy resueltas y temerarias. Así pues, levantaron el campamento a pesar de que todavía era de noche y, armados con antorchas, echaron a andar por la llanura abierta. Mientras caminaban bajo la luna llena, oyeron a su espalda pasos y gruñidos de animales que habían acudido a toda prisa para destrozar el cadáver de Yerma.

Otro amanecer y la ceniza seguía cayendo del cielo.

Los humanos despertaron al ruidoso canto de los pájaros y al parloteo de los monos en los árboles. Atentos a la presencia de predadores, pues el fuego se había extinguido, se dirigieron el agua, donde las cebras y las gacelas intentaban en vano beber. El agua había quedado sepultada bajo una gruesa capa de hollín. Los humanos, sin embargo, pudieron apartar los desechos volcánicos con las manos y encontrar bajo ellos agua potable, aunque arenosa y de sabor desagradable. Mientras los demás procedían a registrar los alrededores en busca de huevos, mariscos, ranas, tortugas y raíces de lirio, Espigada volvió la mirada hacia el oeste, donde la montaña humeante se recortaba contra un cielo aún oscuro.

Las estrellas no se veían a causa de las grandes nubes de humo que flotaban en todas direcciones. Espigada se giró para contemplar con ojos entornados el cielo de levante, que empezaba a palidecer y por el que no tardaría en asomar el sol. Ahí, el cielo aparecía fresco y transparente, salpicado de las últimas estrellas. Espigada se volvió de nuevo hacia la montaña y experimentó una vez más la revelación de la noche anterior, cuando, por primera vez en la historia de su gente, había tomado partes separadas de una ecuación para unirlas en una respuesta: la montaña escupía humo que el viento empujaba hacia el este… y por tanto contaminaba cuantas fuentes de agua hallaba a su paso.

Intentó comunicárselo a los demás, hallar las palabras y los gestos necesarios para transmitir la esencia del nuevo peligro. Pero León, que se guiaba únicamente por el instinto y la memoria ancestral, ajeno al concepto de causa y efecto, comprendiendo tan solo que el mundo siempre había sido de un modo y seguiría siendo así, era incapaz de dar el salto. ¿Qué tenían que ver la montaña y el viento con el agua? Recogió su tosca lanza y dio orden de ponerse en marcha.

Espigada se encaró con él.
—¡Malo! —exclamó desesperada mientras señalaba hacia el oeste—. ¡Malo!

Luego señaló hacia el este, donde el cielo aún era transparente y donde sabía que el agua estaría limpia.

—¡Bueno! ¡Vamos!

León paseó la mirada entre los demás, pero en sus rostros no se leía expresión alguna, porque no sabían qué intentaba decirles Espigada. ¿Por qué cambiar lo que siempre habían hecho?

Así pues, abandonaron una vez más el campamento e iniciaron su búsqueda diaria de alimento mientras observaban el cielo por si aparecían buitres, lo que significaría la presencia de algún cadáver y la posibilidad de largos huesos repletos de sabrosa médula. León y los machos más fuertes del grupo se dedicaron a zarandear los árboles para hacer caer nueces, fruta y vainas que más tarde pudieran asar. Las hembras se acuclillaban junto a termiteros e insertaban en ellos ramitas para hacer salir a los rollizos insectos y comérselos. Los niños se concentraban en un hormiguero de hormigas de miel, mordiendo con cuidado sus vientres hinchados de néctar al tiempo que evitaban sus afilados colmillos. Puesto que siempre encontraban alimento en raciones tan exiguas, la búsqueda nunca cesaba. Raras veces daban con una bestia recién muerta que las hienas y los buitres aún no hubieran descubierto, y en tales ocasiones, los humanos la desollaban y se atracaban de carne.

Espigada caminaba inquieta. «El agua empeorará cada vez más.»

Hacia mediodía se encaramó a un pequeño promontorio y se protegió los ojos para contemplar la sabana color pelaje de león. Cuando de repente empezó a gritar y a agitar los brazos, los demás supieron que había localizado un nido de huevos de avestruz. Los humanos se acercaron con precaución sin perder de vista la enorme ave que vigilaba el nido. Las plumas blancas y negras les indicaron que se trataba de un macho, lo cual resultaba inusual, porque por lo general eran las hembras pardas las que guardaban el nido de día, mientras que los machos las relevaban por la noche. Aquel en particular ofrecía un aspecto inmenso y amenazador. Los humanos buscaron con la mirada a la hembra, que sin duda se encontraría en las inmediaciones y sería tan mortífera como su pareja a la hora de defender el nido.

A un grito de León, Hambriento, Bulto, Escorpión, Fosa Nasal y todos los demás machos se abalanzaron sobre el avestruz con palos y garrotes, armando todo el estruendo posible. El gigantesco pájaro se apartó volando del nido con un impresionante aleteo para enfrentarse a los intrusos, las plumas del pecho muy tiesas y el cuello estirado hacia delante al atacar con el pico y avanzar sobre sus poderosas patas. Al poco apareció la hembra, una enorme bestia parda que cruzó la llanura a toda velocidad, con las alas extendidas, el cuello también estirado y unos chillidos estridentes y ensordecedores.

Mientras León y los demás machos distraían a las aves, Espigada y las otras hembras recogieron cuantos huevos pudieron y salieron corriendo. Al llegar a una arboleda, procedieron a romperlos de inmediato para engullir su contenido. Cuando León y sus compañeros llegaron sin aliento junto a ellas tras dejar a la trastornada pareja de avestruces junto a su nido destruido, se hicieron con su parte, agujereando las gruesas cáscaras para luego sacar la yema y la clara con los dedos. Algunos profirieron gritos de júbilo al encontrar polluelos en el interior de sus huevos y se metieron en la boca las escurridizas criaturas. Espigada llevó un huevo a Madre Anciana, rompió la parte superior y lo depositó en sus manos. Una vez se cercioró de que Madre Anciana había comido lo suficiente, Espigada se acomodó por fin para dar cuenta del último huevo que había guardado. Sin embargo, en cuanto lo abrió, León se inclinó sobre ella, le arrebató el huevo, le dio la vuelta y engulló la inmensa yema de una sola vez. Acto seguido arrojó al suelo la cáscara, la hizo arrodillarse, le sujetó las muñecas con una mano mientras le apretaba el cuello con la otra y la penetró sin hacer caso de sus protestas.

Al terminar se alejó para dormir la siesta, buscando el lugar más sombreado. Cuando llegó al punto más agradable, encontró a Escorpión sentado con la espalda contra el tronco de un árbol, mirándolo con aire desafiante. León agitó el puño y lanzó un rugido y, tras una breve lucha de voluntades, Escorpión se alejó, resentido.

Durmieron las horas de mediodía, mientras la sabana permanecía en calma. A poca distancia, una manada de leones tomaba el sol, pero los restos de una presa no lejos de allí, de la que los buitres ya estaban dando cuenta y por la que los humanos no sentían interés alguno, indicaron al grupo de Espigada que los felinos acababan de comer y por tanto no representaban ninguna amenaza. Mientras la familia dormitaba, Espigada rebuscó entre las cáscaras de huevos con la esperanza de encontrar vestigios de yema y clara. No obstante, tenía más sed que hambre. Una vez más observó las nubes de humo que oscurecían el cielo e intuyó que cuanto más avanzaran en aquella dirección, en peor estado encontrarían el agua.

La montaña humeante se había dormido. La columna de hollín y ceniza había menguado, de modo que el aire se había aclarado un poco. Tras varios días de subsistir a base de raíces, cebollas silvestres y algún que otro nido con huevos, los humanos anhelaban comer carne. Siguieron una manada mixta de antílopes y cebras, sabedores de que los grandes felinos harían lo propio. Cuando la manada se detuvo a pastar, Fosa Nasal subió a la cima de un promontorio cubierto de hierba para vigilar mientras los demás se agazapaban entre la maleza.

A lo largo de la quietud de la mañana, a medida que el día se caldeaba y la tierra empezaba a arder, los humanos observaron y esperaron. Por fin, su paciencia quedó recompensada, pues vieron a una leona avanzando sigilosa por la hierba alta. Los humanos sabían cómo cazaría. Puesto que casi todos los animales eran más veloces que los leones, permanecería en el lado donde soplaba el viento para que sus presas no detectaran su presencia, e iría arrastrándose en silencio hacia los animales hasta hallarse a una distancia lo bastante corta para poder dar alcance a su presa.

Espigada, Madre Anciana, Bebé, Hambriento y los demás aguardaron muy quietos, la mirada clavada en Fosa Nasal, que seguía cada paso del felino. De repente, la leona se lanzó hacia delante, ahuyentando a numerosos pájaros. La manada de antílopes y cebras echó a correr, pero la leona fue más rápida y no tuvo más que correr una distancia corta para hacerse con la cebra más lenta. Dio un salto y le dio un zarpazo en el costado para derribarla. Cuando la cebra pugnaba por incorporarse, la leona se arrojó sobre ella, atrapó su hocico entre los dientes y la mantuvo inmovilizada hasta que el animal murió asfixiado. La leona arrastró la presa hacia la sombra de un baobab, y los humanos la siguieron sigilosos para que la bestia no detectara su presencia. Al ver a los machos y los cachorros que acudían corriendo al festín, volvieron a agazaparse. Por unos instantes, el aire se llenó de gruñidos salvajes mientras los leones se peleaban antes de empezar a comerse el cadáver. Los buitres ya sobrevolaban la zona.

Con los estómagos encogidos y las bocas hechas agua por el hambre, la familia de Espigada esperó paciente, oculta, vigilante. Incluso los niños sabían que el silencio era vital, que marcaba la diferencia entre comer y ser comido. La tarde siguió su camino, las sombras se alargaron y el único sonido que portaba la brisa era la ansiosa masticación de los grandes felinos. A Fosa Nasal le dolían la espalda y las piernas. Hambriento se moría de ganas de rascarse los sobacos. Las moscas se posaban sobre la piel desnuda para morderla con fiereza. Pero los humanos no se movieron, pues sabían que tarde o temprano les llegaría su oportunidad.

El sol se ocultó tras el horizonte. Varios niños empezaron a inquietarse y a llorar, pero a esas alturas, los leones estaban demasiado ahítos para prestarles atención y ya se alejaban del cadáver destrozado para echarse una larga siesta. Los humanos siguieron con la mirada a los machos de melena negra, que se alejaban entre bostezos, seguidos de los rollizos cachorros de hocicos ensangrentados. En cuanto los leones se tendieron bajo el baobab, los buitres tomaron el relevo. Fosa Nasal y Hambriento miraron a León en espera de la señal y, cuando el jefe la dio, todos echaron a correr hacia el cadáver, gritando y arrojando piedras a los buitres. Sin embargo, los grandes pájaros, acuciados también por el hambre, se resistían a renunciar a su presa. Extendiendo las amplísimas alas, lucharon con picos y garras para proteger lo que era suyo.

Los humanos se vieron obligados a batirse en retirada, hambrientos y cansados, algunos de ellos heridos por el altercado con los buitres.

De nuevo se agazaparon en la hierba, esta vez atentos a la llegada de las hienas y los perros salvajes que sin duda irían a dar cuenta de su parte. Tras un breve crepúsculo cayó la noche, y los buitres seguían comiendo. Espigada se pasó la mano por los labios resecos. Tenía retortijones de hambre. Los bebés de Buscadora de Miel lanzaban berridos de protesta. Los humanos siguieron esperando.

Por fin, cuando la reluciente luna asomaba por el horizonte, bañando el paisaje en su lechosa luz, los buitres emprendieron el vuelo, ya saciados. Blandiendo lanzas y profiriendo aullidos a pleno pulmón, los humanos lograron mantener a las hienas alejadas de lo que quedaba de la cebra, poco más que pellejo y huesos. Trabajaron con rapidez, empleando las afiladas hachas para seccionar las patas de la cebra del cuerpo. Con sus trofeos alzados por encima de la cabeza, los humanos echaron a correr, permitiendo que las hienas se hincharan de tendones, ligamentos y pelo.

Una vez aposentados en una resguardada arboleda, Hacedora del Fuego encendió varias hogueras para ahuyentar a los predadores. León y los demás machos fuertes del grupo procedieron a arrancar la piel de las patas de la cebra y, una vez limpias, rompieron los huesos con mano experta para dejar al descubierto la preciada médula rosada. Con la boca hecha agua, los humanos gimieron y suspiraron al contemplar el manjar, y de inmediato olvidaron las largas horas de vigilia, el dolor de miembros y articulaciones. No se lanzaron frenéticos sobre la médula. León cortó la grasienta delicia en porciones, y esta vez, todos recibieron su parte, incluso Madre Anciana.

Una vez más, Espigada intentó convencerlos para que no siguieran caminando en aquella dirección, y lo único que consiguió fue que León la abofeteara con tal fuerza que la derribó. Tras reunir a los niños, los bebés y sus escasas pertenencias, la familia reemprendió viaje hacia el oeste. Madre Anciana acudió en ayuda de Espigada, emitiendo sonidos de consuelo mientras acariciaba la mejilla lastimada de su nieta.

Al cabo de un rato respirando el humeante aire volcánico, Madre Anciana gimió, se llevó la mano al pecho y dio un traspié, intentando recobrar el aliento. Espigada la sostuvo por el brazo. Avanzaron unos pasos más, pero de repente Madre Anciana profirió un grito y se desplomó. Los demás la miraron, pero continuaron andando, pues lo único que les importaba era encontrar comida. Buscaban termiteros y zarzales, árboles cargados de nueces y el manjar más preciado y escaso: las colmenas. Todo ello les impedía preocuparse por Madre Anciana, que había dado a luz a la mitad de sus madres. Solo Espigada intentó ayudarla a seguir caminando y por fin se la echó sobre los hombros. La carga fue en aumento a medida que el sol se acercaba a su cenit. Finalmente, pese a sus denodados esfuerzos, fue incapaz de seguir llevándola, a pesar de su estatura y fuerza.

Cayeron al suelo, y los miembros de la familia, obligados a detenerse, se miraron indecisos. León se inclinó sobre la hembra inconsciente, le olisqueó el rostro, le golpeteó las mejillas y le abrió la boca.

—Hum —gruñó al ver los ojos cerrados y los labios azulados—. Muerta —pronunció, refiriéndose a que estaba prácticamente muerta—. Vamos —ordenó al tiempo que se incorporaba.

Algunas de las hembras rompieron a llorar, mientras otras emitían gemidos de temor. Buscadora de Miel pateó la tierra, agitó los brazos y lanzó exclamaciones de dolor. Nariz Grande estrechó a su madre inconsciente entre sus brazos y lloró. Bulto se sentó junto a ella y le tiró de las manos. Los niños pequeños, aterrados por las acciones de los adultos, estallaron en sollozos. Pero León cogió sus lanzas y el garrote, volvió la espalda al grupo y echó a andar con paso resuelto hacia el oeste. Uno a uno, los demás lo siguieron hasta que todos se marcharon y los rezagados miraron por encima del hombro a Espigada, que se quedó junto a Madre Anciana.

Espigada amaba a Madre Anciana con una intensidad que no alcanzaba a definir. Cuando el grupo abandonó a su madre a causa de su pierna rota, Espigada lloró durante varios días. Fue Madre Anciana quien la acogió, Madre Anciana quien la alimentó y compartió su lecho con ella a partir de entonces. «Madre de mi madre», pensó Espigada, comprendiendo vagamente el vínculo que la unía a aquella hembra en una familia que no poseía concepto alguno del parentesco.

Pronto quedaron solas en la vasta sabana, con la única compañía de los buitres que las sobrevolaban. Espigada arrastró a Madre Anciana hasta la protección de los árboles y la apoyó contra un tronco robusto. El día tocaba a su fin, y la noche traería consigo a los carnívoros de ojos dorados que acorralarían a las humanas indefensas.

Espigada encontró dos piedras y, acuclillándose sobre una pila de hojas secas, empezó a golpearlas. Requirió un enorme esfuerzo de paciencia y voluntad, y la espalda y los hombros no tardaron en dolerle, pero había visto a Hacedora del Fuego lograrlo en tantas ocasiones que sabía que podía hacerse. Una y otra vez, mientras el cielo se oscurecía y las estrellas pugnaban por abrirse un hueco entre las nubes de humo, Espigada entrechocó ambas piedras hasta que por fin consiguió crear una pequeña llama. Con infinito cuidado la avivó y añadió más hojas secas hasta formar una hoguera. Entonces la rodeó de piedras, agregó más ramitas y buscó junto a ella protección contra la noche.

Madre Anciana, aún inconsciente, seguía respirando con dificultad, los ojos cerrados, el rostro contraído en una mueca de dolor. Espigada se sentó junto a ella para observarla. No era la primera vez que presenciaba la muerte. Sucedía a los animales en la sabana, a veces entre los miembros de la familia. El grupo dejaba atrás sus cadáveres y hablaba de ellos durante una estación o dos antes de relegarlos al olvido. A Espigada nunca le había cruzado la mente la idea de que algún día también ella podía morir. El concepto de la mortalidad y de la conciencia del «yo» era más ajeno a su pensamiento que las lejanas estrellas.

Al cabo de un rato, Espigada comprendió que Madre Anciana necesitaría agua. Al ver un conjunto de flores casi tan altas como ella, de capullos moteados en forma de campana y hojas velludas, supuso que el agua no andaría lejos. Se puso a gatas y escarbó en la tierra con la esperanza de hallarla. Oyó el susurro de una manada de hienas moviéndose por la maleza. Se le erizaron los pelos de la nuca. Había visto a las hienas cazar a un ser humano y devorarlo vivo. Espigada sabía que solo el fuego las mantenía a raya y que debía volver junto a él cuanto antes para mantenerlo encendido.

Escarbó con mayor ahínco. Sin duda debía de haber agua cerca para alimentar unas flores tan grandes y de tallos tan carnosos. Siguió intentándolo hasta que los dedos le sangraron.

Al cabo de un rato se sentó, vencida por la frustración, la fatiga y un intenso deseo de dormir. Pero debía encontrar agua y mantener encendido el fuego, así como proteger a Madre Anciana de los predadores que acechaban en la oscuridad.

Entonces lo vio, un reflejo de luna. ¡Agua! Agua clara y azul acumulada en la base de una de las flores. Pero cuando alargó la mano hacia ella, comprobó que el agua estaba dura y no formaba ningún charco. Cogió el objeto y consideró, desconcertada, el pedazo de agua azul aplastado junto a las hojas secas de la dedalera. ¿Cómo podía ser sólida? Sin embargo, tenía que ser agua, porque era transparente y lisa, y parecía dispuesta a hacerse líquida en cualquier momento.

Llevó la piedra, nacida hacía tres millones de años de un meteorito, junto a Madre Anciana y, sosteniéndola entre sus brazos, se la deslizó con delicadeza entre los labios resecos. Madre Anciana empezó a succionar de inmediato, y en las comisuras de sus labios no tardó en aparecer la saliva, por lo que Espigada supo que el agua se había tornado líquida.

Sin embargo, al cabo de un instante, el cristal resbaló de la boca de Madre Anciana y, para su sorpresa, Espigada comprobó que el agua seguía en estado sólido. Pero ahora la veía con mayor claridad, pues la lengua de la anciana hembra había limpiado los restos de planta que cubrían su superficie.

El cristal encajaba a la perfección en la mano de Espigada, como un huevo en su nido. Por lo demás, era liso como un huevo, aunque poseía una superficie acuosa que reflejaba la luz de la luna como si de un lago o un río se tratara. Al darle la vuelta y sostenerlo entre dos dedos, vio matices de un azul más profundo en su corazón y, más hondo aún, algo que brillaba blanco y penetrante.

Un suspiro de Madre Anciana distrajo la atención de Espigada. Asombrada, vio que los labios de la hembra habían perdido su color azulado para tornarse de nuevo rosados, y que respiraba con mayor facilidad. Al poco, abrió los ojos y sonrió. Luego se incorporó y se llevó la mano al pecho marchito con expresión maravillada. El dolor había desaparecido.

Juntas examinaron la piedra transparente. Desconocedoras de los poderes curativos de la digital, creyeron que era el agua de la piedra la que la había salvado.

Al amanecer, cuando dieron alcance a la familia, los demás las miraron con leve curiosidad, pues Espigada y Madre Anciana ya habían empezado a borrarse de su memoria. Por señas y con escasas palabras, Madre Anciana explicó que la piedra de agua la había devuelto a la vida, y cuando Espigada la alargó a los sedientos miembros de la familia, todos la succionaron hasta salivar. Por un rato, la sed quedó saciada y todos contemplaron a Espigada con admiración y algo de temor.

Se topó con el desconocido por casualidad. Estaba buscando huevos de salamandra entre la alta maleza que circundaba el lago occidental cuando lo oyó en la orilla. Nunca había visto a aquel joven alto de hombros anchos y muslos musculosos, y mientras lo espiaba se preguntó de dónde habría salido.

El día anterior, al llegar al lago, la familia encontró el agua cubierta de ceniza, con todos los peces muertos y descompuestos. La búsqueda de huevos de tortuga y reptiles había resultado infructuosa, y la vegetación de la orilla estaba tan sofocada por la ceniza volcánica que había trocado raíces comestibles en palos ennegrecidos e incomestibles. Las aves se habían marchado, de modo que no había nidos llenos de deliciosos huevos de grulla y pelícano. Solo vieron una pequeña bandada de patos luchando por sobrevivir entre los juncos y las espadañas marchitas. Todos los miembros sanos de la familia se habían dispersado por una amplia zona para buscar alimento, mientras los ancianos y los niños se quedaban en un campamento instalado sobre un saliente de roca relativamente resguardado de los predadores. Espigada acababa de divisar una pequeña manada de cebras arrodilladas junto al agua, intentando beber entre las cenizas, cuando vio al joven desconocido, que estaba haciendo algo desconcertante.

En una mano sostenía una larga tira de tendón animal lazada y atada a una piedra, mientras con la otra arrojaba al agua un guijarro que hizo levantar el vuelo a los patos reales. A continuación, blandió el tendón por encima de la cabeza y soltó la piedra. Ante la mirada atónita de Espigada, la piedra salió disparada y alcanzó a uno de los patos, que se desplomó al instante. El joven vadeó por el agua poco profunda y recogió el ave muerta.

Espigada lanzó una exclamación ahogada.

El desconocido se detuvo en seco, se volvió hacia ella y escudriñó el muro de maleza hasta que Espigada, movida por un repentino impulso de valentía, se dejó ver.

Se sentía valiente porque llevaba la poderosa piedra de agua colgada del cuello con una larga brizna de hierba. Se apoyaba entre sus pechos como una gigantesca gota de agua, con su núcleo nebuloso, formado tres millones de años atrás, cuando el polvo de diamante cósmico se fundió con el cuarzo terrestre, reluciente como un corazón.

Ambos se miraron con recelo.

El desconocido ofrecía un aspecto algo distinto de los miembros de su familia. Tenía la nariz diferente, la mandíbula más fuerte, los ojos de un misterioso color musgo. Su cabello, sin embargo, era como el de la familia de Espigada: largo, enmarañado y cubierto de barro rojo, aunque adornado con fragmentos de concha y piedra que a Espigada se le antojaron muy hermosos. Lo más enigmático del joven era el cinturón de huevos de avestruz que llevaba colgado sobre otro cinturón de juncos trenzados. Los huevos estaban agujereados; los agujeros, tapados con barro.

Si bien hablaban lenguajes distintos, el joven macho logró explicar a Espigada que se llamaba Espina y provenía de otra familia instalada en el otro extremo de la llanura, en un valle que Espigada nunca había visto. Mediante señas y sonidos, le refirió el origen de su nombre.

Dando saltos y fingiendo sentir un intenso dolor para reproducir el accidente que había sufrido, se masajeó los glúteos, donde se le habían clavado numerosas espinas. Espigada no tardó en comprender que le habían puesto ese nombre después de que cayera en un zarzal. Lanzó una carcajada histérica, y el joven, complacido por su reacción, le alargó el pájaro muerto.

Espigada se puso sombría, pues de repente acudió a su mente un recuerdo desagradable. Largo tiempo atrás, antes de que León asumiera el liderazgo, antes incluso de que Río fuera el jefe, cuando Espigada era muy pequeña, llegaron al campamento dos desconocidos. Procedían de más allá de la sierra, donde la familia jamás se había aventurado. En un principio, todos se mostraron recelosos, pero por fin habían aceptado a los dos foras

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