Obertura
Unas manos tamborilean con sus dedos en el brazo de un sillón orejero. Son algo huesudas y acumulan muchos años. El resto del cuerpo cede su peso al sillón, que lo recoge como si se tratase de una masa de barro que busca acomodo.
Todo lo que le rodea es quietud. Es pura calma encapsulada dentro de la habitación. Solo afuera de la ventana, el leve movimiento de las hojas del manzano que hay plantado le muestra el discurrir de la vida. Lo mira y parpadea lento al hacerlo. Si no fuera por ese agitar de las ramas y ese movimiento de los párpados, parecería que el tiempo está detenido. Suspendido en un plano temporal.
Se oyen unos pasos ligeros al otro lado. La puerta se abre. Tras ella asoma la cabeza un chico, que entra con paso decidido, dejándola abierta. Se puede percibir un dulce olor a café y a galletas que viene del pasillo. Lleva algo en la mano: un dispositivo que introduce en un aparato. Junto a él, unos altavoces con la telilla negra y revestidos de madera clara esperan callados.
El chico se dirige al hombre que está sentado en el sillón y que sigue mirando hacia el manzano de fuera. Se coloca delante y sus miradas se cruzan. El chico sonríe, el hombre no. Su expresión parece imperturbable. Como si dentro no ocurriese nada. Un río seco por cuyo cauce hace tiempo que el agua no se abre camino. El chico se acerca y le da un beso en la mejilla mientras lo agarra de la mano. Es un saludo cálido. Habitual.
El chico pulsa un botón del aparato y unos sonidos emergen de los altavoces. Los dedos del hombre se estremecen. Pequeñas alteraciones, casi imperceptibles. Mínimas descargas eléctricas. Los dos pares de ojos vuelven a encontrarse. La boca del hombre, ahora sí, traza una sonrisa liviana. Mueve la cabeza hacia los altavoces. Un ligero candor se enciende en la mirada de sus ojos vaporosos. Como si un fuego estuviera prendiendo en el interior de una cueva. El chico sube el volumen del aparato consciente del protagonismo con el que quiere dotar a la música, que sale como un torrente de agua.
Una voz cálida entona una melodía arropada por instrumentos que llenan de distintos timbres y colores la estancia.
Los ojos.
Los ojos del hombre titilan. Chisporrotean. Miran hacia el otro lado del cristal, donde el manzano continúa meciéndose. Parece que lo hiciera al compás de la música que suena dentro. Los ojos van al cielo, que luce claro y resplandeciente. Ahora apuntan a una nube, que se desplaza con pereza. Más allá se fijan en la luna, que muestra su cuerpo, desnuda de la noche. Y van más allá.
Más aún.
Detrás.
Allende.
Solo que ahora lo hace con los ojos cerrados.
Preludio
Se apagaron las luces. El silencio terminó por dominar el auditorio en el que me encontraba. Una voz anunció «a continuación, la Serenata para tenor, trompa y cuerda, Opus 31, de Benjamin Britten». El solista, tras un breve silencio, inspiró y atacó la primera nota. Era una nota aguda, que sonó lejana. Parecía una llamada ancestral. Sonidos que nacieron en otro lugar, otro tiempo, pero que resultaban familiares.
Y me arropaban.
Me arrullaban.
Me cautivaron.
Tras ese inicio, despertó la cuerda. Violines, violas y violonchelos hicieron su aparición, seguidos del tenor, Peter Pears. Cerré los ojos para captar aún mejor todas las armonías. Sentirlas bien adentro. De repente, una pequeña desafinación me hizo abrir los ojos. El tenor empezó a cantar de manera lánguida, bajando sospechosamente de tono. La sección de cuerda pareció contagiarse y cayó también su línea melódica. Tempo y tonalidad disminuyeron, precipitándose a una especie de abismo negro y sordo. Cuando el solista de trompa volvió a entrar, ya todo era un despropósito.
Encendí la luz y me incorporé en mi cama. Chequeé el walkman con un par de golpecitos. «Estos aparatos no practican el diálogo». Me di cuenta de que eran las pilas, que se estaban agotando. En ese instante, una voz llegó de una habitación cercana: «¿Qué haces con la luz encendía? ¡Venga a dormir!».
Entre el grito de censura y lo de las pilas, me quedé sin poder ponerme después una canción del grupo de mi vida, para despedir el día.
Capítulo 1
The show must go on
—¡Arribaaaa! —La persiana subida de golpe emitía su sonido fuerte, que ejercía de despertador—. Vamos, Jota. Vamos, Mar.
Mama nos despertaba así a mi hermana y a mí. Era su ritual de cada mañana para iniciar la jornada.
Ella ya estaba con el desayuno preparado, la estufa encendida y la ropa lista, mientras Mar y yo nos deslizábamos como almas en pena por el pasillo y entrábamos en busca del calor de la estufa con los ojos aún a medio abrir.
A mi hermana, mis padres le pusieron Mar para compensar la sequedad de vivir en un pueblo de interior. Tres años mayor que yo, en Mar confluían tres estados de naturalezas bien diferentes. Ella los combinaba con la destreza de un trilero: la irascibilidad, la inocencia y el sentimiento de responsabilidad como primogénita. Era alta y de cuerpo magro. Y casi siempre lucía una coleta que no paraba de deshacérsela y hacérsela de nuevo.
Lo que se sucedía en los minutos siguientes, una vez nos levantábamos de la cama, era una cadena de acciones mecánicas. Como si fuese un autómata: me quitaba el pijama, me ponía los pantalones y el jersey de cuello alto, mojaba una galleta en la leche, me ponía las zapatillas, mojaba otra galleta, estornudaba dos veces, me acababa la leche y chequeaba los libros y libretas de la cartera.
Todo ello con el blablabla monótono de la radio de fondo, que no faltaba ni un día a la cita. A veces cazabas algo: el tiempo, un político que había dicho no sé qué o un equipo que había metido nosecuantos goles.
Pero aquel día escuché algo que, sin yo saberlo, me marcaría bien adentro, bien profundo.
Para siempre.
Era el 24 de noviembre del año 1991.
Me llamaban Jota, porque por esa letra empieza mi nombre. Cuando era pequeño, el walkman con el que reproducía toda la música que tenía a mi alcance se convirtió en uno de mis mejores amigos. Y la cama donde cada noche asistía a conciertos era mi refugio. «Hoy toca Edward Elgar». Y allá que me iba, con el pijama puesto, a comprar las entradas y a sentarme en una de las mejores butacas, un lugar privilegiado desde el cual gozar del concierto para violonchelo y orquesta en mi menor, Op. 85. Otra noche era el turno de Edvard Grieg. «Les dejamos con “Peer Gynt”. Que disfruten», decía en voz alta, como si yo mismo fuera el locutor de turno, y todo un despliegue de colores sonoros y timbres orquestales me embriagaban y me hacían el niño más feliz del mundo, porque podía asistir a esos conciertos desde mi cama. «¡Qué suerte tengo!». Mientras mis amigos y amigas me decían que cuando se acostaban era porque tenían sueño o porque les obligaban sus padres, para mí ese ritual suponía la oportunidad de viajar al Royal Albert Hall de Londres, al Teatro Monumental de Madrid, al Concertgebouw de Ámsterdam... Auténticas catedrales musicales de las que conseguía a veces cazar sus nombres en Radio Nacional Clásica. También las veía en los discos y revistas que llegaban a mis manos.
Nunca me dio por pensar el porqué del amor hacia la música. Me gustaba y ya está. No me lo planteaba. Era de esas cosas que ocurrían y no te parabas a buscar un porqué. Como cuando me picaba la espalda; si llegaba, me rascaba, pero no pensaba «¿por qué me picará la espalda? ¿Es normal sentir picor en la espalda? ¿Cuándo fue la primera vez en mi vida que sentí mi primer picor de espalda?».
Es cierto que en casa se escuchaban discos variados: clásica, pop, zarzuela... Y que la televisión, siempre encendida, muchas de las veces mostraba conciertos retransmitidos. Y que Mama y Papa cantaban por el pasillo, la cocina o el patio. Y que Abuelo, el padre de Papa, tocaba el fliscorno y el laúd.
Los tres, Papa, Mama y Abuelo, cantaban juntos en el coro del pueblo. Era una formación de voces mixtas al que su fundador había bautizado como «Grupo Ditirambo». Todos sus miembros ponían el máximo empeño en cantar de la mejor manera posible, sin haber sido formados académicamente. Y algunos de ellos, como si no les bastase con aliviar su inquietud musical, también estaban en la otra división: la del teatro. Los que hacían teatro mostraban así su vertiente cómica, enclaustrada durante el resto del año, pero latente. Llevaban a cabo montajes de sainetes y entremeses para deleite del pueblo y la comarca. Tampoco había formación académica. Todo era pura afición y amor al divertimento.
De los tres miembros de mi familia, solo Abuelo estaba en ambas divisiones: coro y teatro. Así que le recuerdo cantando en la sección de bajos y días después actuando con un bigote postizo para hacer de alguacil o de médico. Y todo ello teniendo que madrugar al día siguiente para ir al campo.
Papa y Mama solían llevarme a los ensayos del coro. Eran noches agradables de verano, con olor a jazmín. Me quedaba sentado mirándoles las caras, fijándome en las expresiones que ponían al cantar. Algunas de ellas me divertían, otras casi me hipnotizaban. Me gustaban especialmente los gestos del director, mágicos movimientos de sus brazos que hacían que sus voces sonaran fuerte, piano, suave, enérgico, deprisa o lento. De todo el repertorio que hacían, quizá lo más bonito fueran las habaneras, que sonaban aún más dulces en la noche estival.
Los ensayos tenían que ser siempre después de cenar, para que todo el mundo pudiese estar liberado del trabajo y de los quehaceres domésticos. Terminaban tarde, pero yo nunca tenía sueño a pesar de ser un crío de cinco años.
—Venga, vámonos a casa —me decía Papa.
Y al entrar en mi habitación, en la cama seguía imaginando. Recreaba en mi cabeza las melodías que había escuchado, moviendo las manos a un lado y a otro, como el director.
Las voces.
Habaneras.
Ojos cerrados.
Sonrisa.
Ya entonces, uno de mis aparatos favoritos de la casa, aparte de los juguetes, era el tocadiscos. Estaba puesto a una altura considerable. «Así no lo trastean los nenes», pensaría Papa en aquella época. Lo cual, sumado al lugar estratégico donde estaba situado, en el mismo centro del salón, le dotaba de una magnitud e importancia considerables. Desde mi punto de vista, se me presentaba como un tótem al que adorar y rendir pleitesía. Era negro y marrón, y la tapa, de un plástico translúcido que envolvía de misterio lo que había dentro: ni más ni menos que un plato girando y una aguja recorriendo los surcos del disco que había puesto. En una esquinita el logo de Philips, blanco y en relieve, por el que pasaba mis dedos en busca de gustirrinín.
También disponía de radio AM y FM, más reproductor de casetes. La radio no ofrecía un repertorio amplio; debido al enclave de nuestro pueblo, en pleno corazón de la estepa castellana, solo se «cogían» un par de emisoras nacionales; otro par, locales; y poco más. Recuerdo, tras un partido, una entrevista a un jugador de fútbol de un equipo puntero. Papa estaba escuchando también al delantero, sentado en el sillón con las piernas cruzadas y un cigarro de tabaco negro en la boca, mientras pasaba distraídamente las páginas del periódico del domingo. Yo observaba la estampa desde atrás, sentado en el sofá, pensando en lo alucinante que era poder estar escuchando cómodamente desde casa a una persona que estaba tan lejos. Me gustaba recrearme en eso. Algo así como cuando Papa me contaba lo embobado que le dejó asistir, a través de la emisión de las imágenes en televisión, al alunizaje de Armstrong.
Otro de mis pasatiempos favoritos era pedirle a Mama que pusiera un casete o «una cinta», como nos gustaba decir, y estar en el sofá, entre cojines, deleitándome con la música que sonaba. La selección escogida por ella podía ser desde esas habaneras que ensayaban con el coro hasta el Dúo Dinámico, pasando por «Las cuatro estaciones» de Vivaldi, Mocedades, ABBA o Juan Pardo. Cuando acababa la cara A, yo le gritaba: «¡Dale la vuelta!», y allá que iba: abría la pletina, giraba el casete y lo introducía por la cara B. Me daba un beso y seguía con sus labores. Y yo con las mías: evadirme, evaporarme, mezclarme con las notas musicales y salir disparado hacia otro territorio, hacia otro planeta.
Había oído hablar a Papa y Mama de que Juan Pardo había formado parte de un dúo llamado Juan y Junior, y que, a su vez, ambos venían del grupo Los Brincos. De Pardo fue una de las primeras canciones que tarareé delante del micrófono del tocadiscos. Era un micrófono pequeñito, casi de juguete, con un cable no muy largo que se conectaba al venerado aparato.
Un día, a Papa se le ocurrió meter una «cinta virgen» y cada uno aportamos lo que pudimos.
Papa y Mama canturrearon habaneras y canciones populares. En medio del número improvisado, Papa aprovechó para hacer algún chascarrillo e imitaciones de algunos personajes televisivos, como Tip y Coll. Con su bigote espeso, resultaba muy divertido. Era su válvula de escape de las horas grises que pasaba en la oficina de seguros. A Mama se le escuchó, después de cantar un rato, que se iba a la cocina «a echar un ojo a las lentejas». Como siempre, la que menos se echaba en su plato era ella, preocupada porque los demás comiésemos bastante más. Siempre iba bien peinada y tenía el temple doméstico que a veces le faltaba a Papa.
Mar no paraba de hacer burlas guturales de todo tipo. Me daba algún pescozón para provocarme durante la grabación. Grabación que hizo con un jersey bien gordo puesto, estando ya a finales de mayo. Era muy friolera, aunque en verano no dudaba en tirarse de golpe a una piscina con el agua helada. Incongruencias que convivían dentro de ella. Como la de ser pasota y cariñosa a la vez. Al ser tres años mayor que yo, tenía más cuerpo, que no dudaba en utilizar para doblegarme físicamente.
Abuelo y Abuela también se pasaron por el micro en un momento dado, la una para hablar y el otro para contar chistes. Abuela, la madre de Papa, solo dijo: «Virgen del Socorro, pero ¿cómo es esto tan moderno?», alucinando con que aquel aparato pudiera recoger lo que decíamos y cantábamos. Era algo callada y siempre iba vestida de negro. Abuelo contó el chiste del tuerto y el chiste del cura con la sotana corta. Luego tarareó un pasodoble, momento en el que Abuela aprovechó para ir a echarle una mano a Mama en la cocina. Abuelo trabajaba mucho en el campo. Estaba moreno todo el año y su piel parecía hecha de cartón.
Y yo: al principio me dio la risa nerviosa y no sabía ni qué decir ni qué hacer. Pero finalmente me atreví con Juan Pardo: «Chuspiros de amor, chu-chu-chuspirooos...».
Así, con semejante batiburrillo, quedó para la posteridad la primera grabación familiar, que se mantuvo en el número uno de la lista de reproducciones en casa varias semanas seguidas.
—¡Que casi me tiras la leche encima, Jota! —me gritó mi hermana.
—Perdona —me disculpé, sin mirarla y con la oreja puesta en lo que acababa de pillar en la radio de fondo—. ¿Has escuchao? —le dije—. Se ha muerto el cantante del grupo Queen. ¿Te suena?
—Sí, esos que son cuatro.
—Pues ya no son cuatro —repliqué.
Todavía no sé por qué hice aquel mal chiste. Supongo que era una manera de defenderme o protegerme de algo que, paradójicamente, me provocaba mucho respeto: el fallecimiento de una persona.
Comenzó entonces a sonar «The show must go on» en homenaje al líder de la banda. Yo nunca había escuchado esa canción antes. También es verdad que era una de las últimas que compusieron, pero el caso es que, súbitamente, no oí a mi alrededor otro sonido que no fuera la voz de Freddie Mercury emergiendo imponente de los altavoces. De pronto, lo único que veía con nitidez cristalina, bien enfocados e iluminados, eran esos altavoces, en medio de un salón que iba desapareciendo, borroso y oscuro.
—¡Veeeeeenga, nene, a la escuela! —me gritó mi hermana en toda la cepa de la oreja—. ¡Que estás ahí en las musarañas!
Mar nunca iba desencaminada, pues aquella mañana en clase, mientras todos atendían al maestro en la pizarra, yo vi otra cosa: a dos musarañas jugando a las damas. En un momento una de ellas realizó una jugada maestra, derrotando a su contrincante, que acto seguido giró la cabeza hacia mí y, ante mi estupefacción, gritó: «The show must go ooooon» con la voz que tanto me había embelesado esa misma mañana. Pegué un respingo y todos me miraron.
Al sonar la chicharra, así llamábamos al timbre que anunciaba el comienzo y el final de las clases, salí corriendo a casa. No esperé ni a Mar en la puerta del cole.
Llegué sudando y tiré la cartera en el sofá, a lo que mamá reaccionó con uno de sus gruñidos de felino. Puse la tele y la radio a la vez. Quería escuchar de nuevo aquella canción. Lo necesitaba. Por fin, tras una hora de anuncios-canciones-informativos-programas en ambos aparatos, sonó otra vez. Noté cómo la excitación se adueñaba súbitamente de mi cuerpo, el vello se me erizaba, el pecho se me abría y las orejas vibraban. Jamás había sentido algo así. Era como otras veces, con otras músicas, pero de otra forma. Era lo mismo, pero distinto. Toda una paradoja.
Quizá, pensé, era como enamorarse de alguien; que te ocurría y no sabías el porqué.
Mar entró al salón y me vio en aquel estado.
—Pero ¿tú no eras más de Mozart y Beethoven? —me preguntó intrigada, dejando la boca y los ojos a medio cerrar.
—¿No te gusta? —dije yo.
—Psé. No mucho, la verdad... Además, no te vayas a hacer fan ahora porque estos ya no van a sacar más discos. Piénsatelo.
«¿Piénsatelo?». ¿Qué es lo que tenía que pensar? Tenía una apasionante labor por delante: descubrir muchísimas de sus canciones. Ese era el único pensamiento que en ese momento me dominaba. Se abría una senda llena de aventura y sorpresa. ¿Cuál era la música nueva y cuál era la vieja? Si no había oído sus anteriores discos, ¿por qué habían de ser viejos para mí y no nuevos?
Empecé a preguntar y sacar el tema en el cole.
—¿Has visto lo de Freddie Mercury, el cantante de Queen? —preguntaba a diestro y siniestro.
—¿Qué es Queen?
—Yo solo escucho a los Red Hot, nene.
—Sí, me pareció oír que lo decían en la tele.
—Tenía bigote, ¿no? Como tu padre.
—Pero ¿tú no eras más de Mozart y Beethoven?
Que sí. Que yo «era de Mozart y Beethoven». Y de Brahms, Vivaldi y Schubert. Sentía una adoración atávica por la música clásica, los trajes oscuros, la calma del escenario con todos sus músicos perfectamente sentados y colocados, el silencio y la quietud del público, el sonido de la cuerda y del vientometal... Pero ahora otros sonidos habían venido a verme, se habían colado por la puerta, quizá desprevenidamente entreabierta, envolviendo a una voz que me sacudía y me hacía despertar cada mañana con ganas de más.
Así se sucedieron los días en los que no paré de buscar la manera de escuchar sus canciones, y de comprar revistas para recortar sus fotos y arrancar sus pósteres, teniendo que hurgar de manera sibilina en el monedero de Mama para hacerlo. Esto último no era algo nuevo, era el método que usaba para comprar más cromos de los que me permitían.
Unos meses más tarde, después del cole, mi amiga y vecina Lola llamó mi atención con un silbido desde la puerta de su casa.
—¡Jota! ¡Ven! —me gritó con una sonrisa dibujada en la cara—. Mi hermano se ha comprao un CD con los grandes éxitos de Queen. Te lo puedo grabar en una cinta sin que se entere.
—¿En serio? —contesté, nervioso y con el corazón a mil por hora.
—Tráeme una cinta virgen mañana a la escuela. —Parecía una escena de esas pelis en blanco y negro que Abuelo veía algunas veces.
Lola vivía a unos números más allá de mi casa. Era más alta que yo, despierta y algo alocada. Desde el parvulario, compartíamos curso escolar y juegos en la calle. Un día me confesó un secreto, una tontería a la que ella le dio mucha importancia. Lo hizo por el mero hecho de demostrarme con ello que yo era su mejor amigo. «Eres como un hermano pero en guay, porque al que tengo me da vergüenza contarle estas cosas».
Subí corriendo a casa y, tras sacar a relucir mis mejores maniobras de distracción, conseguí profanar una vez más el monedero de Mama para sacar unas monedillas que me ayudaran a comprar la mejor casete de la tienda. No solía coger el importe íntegro del paquete de cromos, de la revista o la cinta que me quería comprar. El truco era adquirir una cantidad suficiente para que, con algunas de las monedas de mi hucha, alcanzara el precio justo. De esta manera evitaba que Mama se diera cuenta de que su monedero menguaba de tamaño cada vez más.
De las fotos del grupo que iba pegando en los libros y las carpetas del colegio, reservé una para la portada del casete. También coloqué un póster en mi habitación, justo enfrente de mi cama, con mis cuatro nuevos amigos: Freddie, Brian, John y Roger, que posaban con medias sonrisas y miradas enigmáticas. Una vez comprada mi flamante cinta TDK D90, se la llevé a Lola al día siguiente, no sin antes recrearme en mirarla, relamiéndome con el rico pastel que iba a contener esa tartera ahora vacía.
—Ok, yo te aviso cuando te la haya grabado y quedamos para dártela.
Lola tenía una cara chispeante y divertida que parecía dibujada por el estudio Hanna-Barbera. Su cabello era negro como el petróleo. Su piel, morena y lisa como la de un delfín. Sus pies eran algo grandes para su edad y ella, lejos de acomplejarse, los remarcaba con zapatillas voluminosas, llenas de colorines y los cordones sueltos. Nuestras casas estaban muy cerca la una de la otra e íbamos juntos a clase. Su padre era el fundador del «Grupo Ditirambo», así que nos conocíamos desde muy críos.
El ritual de entrega de la cinta fue en la calle, lo que en términos de películas de gánsteres sería un encuentro en un descampado con ambos coches recién aparcados, soltando aún el polvo del camino. Saqué mi walkman, con sus cascos de esponja anaranjada, e introduje la cinta en él. Me temblaban las manos.
—La de «The show must go on» es la penúltima del CD, pero como te gusta tanto te la he puesto la primera. —Mi amiga Lola estaba en todo.
Play. Primeros acordes, seguidos de los cuatro golpes sincopados de batería. Cuatro rayos que se me incrustaron en el cuerpo y me humedecieron los ojos, algo que solo había experimentado la vez que me soplaron con polvos pica pica en el cole. Probablemente no eran ni el mejor walkman del mercado ni los mejores auriculares. Quizá estaba muy lejos aquel sonido del que habían concebido los Queen en su estudio de grabación. Pero yo no había escuchado otra cosa igual, más pura y emocionante. Era la sensación de conducir por primera vez para quien no había conducido nunca, o la de volar para quien no había volado.
Escuché aquella cinta miles y miles de veces, hasta aprenderme todas las notas, armonías, ritmos... Lo que siempre he lamentado es no haber aprovechado para aprender otra lengua, en este caso el inglés. Y es que mi mayor defecto como músico académico era una obsesiva fijación por los sonidos y la instrumentación, dejando de lado la letra. Algo que hacía incluso con las canciones en mi propia lengua, el castellano. De manera que podía escuchar una canción española varias veces y saber qué es lo que estaban cantando, pero no lo que estaban contando.
Lo malo es que esta manera de vivir la música empezó a pasarme factura también en algunas conversaciones; me dejaba llevar por los sonidos que las envolvían y por las notas que imaginaba dentro de mi cabeza, pero de escuchar a los demás, poco.
—Este está en otro planeta —me decían mis interlocutores.
Una noche, desde mi cama, pensé que quizá uno de esos planetas estaba ya siendo conquistado y gobernado por Freddie. De inmediato clavé mis ojos fijamente en su cara en el póster que tenía colgado en la pared, me adormecí con ese pensamiento y los auriculares puestos con su esponjilla cada vez más desgastada.
Capítulo 2
Innuendo
Recuerdo el día que convocaron un concurso en el instituto. Yo hablaba distraídamente con algún compañero de clase sobre las posibilidades de la selección española de fútbol en la Eurocopa que habría de disputarse en Inglaterra el verano siguiente cuando dos estudiantes nos entregaron un papel con las bases. La temática era muy simple: se trataba de escoger la que, a nuestro juicio, nos pareciese la mejor canción romántica del mundo. Un jurado compuesto solo por chicas dirimiría cuál era la mejor de las candidatas, atendiendo a la letra, la voz, la melodía, el estilo, la calidad... Cierto era que el concurso carecía de autoría e inventiva, pues ni siquiera planteaba que ofreciéramos nuestras propias composiciones para que diésemos rienda suelta a la creatividad, el criterio, el talento o la brillantez. Simplemente era proponer tal canción de tal artista como candidata. Una canción ya hecha, ya bailada, ya aupada en listas de éxitos en el pasado. Ninguna de sus virtudes pertenecía a quien la ofrecía a concurso, excepto su buen gusto por elegirla. Pero la recompensa merecía la pena. El premio ascendía a un bono de diez mil pesetas a gastar en una tienda de discos. En concepto de discos, como no podía ser de otra manera.
A mí me hicieron los ojos chiribitas al conocer aquella condición inherente al premio. Babeaba con él. Lo prefería así a que fuesen solo diez mil pesetas, mondas y lirondas, pues en ese caso llegaría Mama y diría: «Vendrán bien para comprar unos pantalones, un pijama de invierno, unas zapatillas de paño» o Papa me vendría con lo de: «Empléalo en material escolar, y lo que te sobre lo metes en la hucha». No, eso no podría pasar. Eran diez mil pesetas a gastar en discos. Pronto visualicé el momento de llegar con el papel que me acreditaba como ganador, enseñárselo a Papa y Mama y señalar con vehemencia dicha cláusula. Todo ello en cámara lenta: «... A gaaastaaar eeen diiiscooooos».
El día de la convocatoria del concurso, a la hora del recreo, todo eran elucubraciones y opiniones sobre la idoneidad de tal o cuál canción. Propuestas y apuestas sobre tal o cual cantante. El pasillo estaba lleno de ruido de papel de aluminio desenfundando bocadillos y pregoneo continuo de canciones:
—Pues una de Frank Sinatra.
—¿Yo? «Cartas amarillas», de Nino Bravo.
—La de «Love Story».
—¡Hala, qué triste!
—Una balada de Scorpions.
—Qué hortera...
—¡¿A que te meto?!
—Mmmm... Estás muy callado, Jota. —Lola se dirigió a mí con una sonrisa maliciosa.
—No, es que aún no sé cuál voy a elegir. Es muy difícil, ¡anda que no hay!
—Sí, sí... Tú hazte el tonto. Tú la tienes ya pensá, pero no la quieres decir para que no te la pisemos.
—De verdad que no.
Y, ciertamente, Lola no andaba desencaminada con su sospecha. Daban dos días de plazo para entregar la canción candidata grabada en una cinta. Después el jurado sometería todas las propuestas a un filtro previo y de ahí seleccionarían cinco finalistas.
Entonces vino a mi mente un día muy concreto, tiempo atrás, en el que me pasé por casa de Abuelo y Abuela. Quería recoger unos cuadernos de dibujo que me había dejado una tarde en la que había estado esbozando el manzano que tenían en el patio, con sus manzanas gordas y amarillas. Abuelo dijo que estaba tan bien hecho que hasta el papel olía a manzana y sostenía el cuaderno con las dos manos para aspirar del dibujo, divertido: «Mmmm, qué ricas». Dibujar me relajaba y el hecho de que en el colegio reconocieran que tenía cierta pericia, me animaba a hacerlo aún más veces. La maestra llegó a decirle a Papa y Mama que se plantearan que «quizá Jota tenga una virtud artística escondida». A lo que Papa le respondió que «lo único que esconde son las ganas de bañarse, que hay que estar detrás de él pa que se meta en la bañera».
Entré en la cocina a saludar a Abuela y a beber un vaso de agua. Olía a guiso de patatas y a pan recién cortado.
—¡Jota! ¿Me acompañas a echar la quiniela antes de comer? —me voceó Abuelo desde el quicio de la puerta del baño.
Se estaba secando la cara con una toalla, después de afeitarse. Miré la brocha, descansando encima del lavabo, aún con restos de espuma. Cómo me fascinaba aquel artilugio. A veces, cuando Abuelo y Abuela se quedaban dormidos en el sofá, me escabullía del salón y entraba al baño. En la penumbra empezaba a darme brochazos suaves en la cara mirándome al espejo. Abuelo me pilló haciéndolo un día.
—Ya quieres ser un hombre, ¿a que sí? Pero espérate, que no sabes andar todavía y ya quieres ir en moto... —dijo riendo con sorna.
Yo también me reí porque la risa de Abuelo contagiaba, pero en realidad estaba haciendo lo de la brocha porque me daba gustirrinín.
Subimos a su coche, el que utilizaba para ir por el pueblo o viajar a otras poblaciones. Un Ford Fiesta azul marino con la tapicería de cuadros, como de funda de guitarra española. Cuando era más pequeño, le pedía que me dejara conducir. Le proponía que él manejase los pedales y yo el volante.
—El volante es lo más fácil. Va, abuelooo...
—Que esto no es el coche al que te sube tu padre en la feria, Jota. Que va de otra manera. Además, como nos vea la abuela llegar así..., ya verás tú la bronca. Porque es que nos podemos cruzar con otro coche y estamparnos tranquilamente.
Rara vez nos cruzábamos con otro coche. Es que no pasaban apenas coches. En general, no pasaba nada en el pueblo.
—Me estoy acordando de lo que le pasó a Maximiano y su mujer. Una vez fueron a cruzar la carretera general, pa ir a la huerta. Y el hombre, que no veía mucho, le preguntó a la Clotilde que si venía alguien. «Viene uno mu largo», le dijo su mujer. Y Maximiano, claro, pues tiró palante. Y pasó justo un tráiler y les pegó en to el morro del coche. Se salvaron de milagro. La mujer quiso decir que venía un camión mu largo.
Abuelo se puso rojo de la risa que le dio. Era una risa de esas que se contagiaban. Yo quería que me contase cosas que le hicieran reír, para verle colorado como un tomate.
Una vez subida la primera calle, al doblar la esquina, Abuelo encendió el radiocasete del coche. Comenzó a sonar una canción que, en aquel momento, estaba muy de moda. Era de Gloria Estefan, de su disco Mi tierra. «¿Gloria Stefan en el coche de Abuelo?», pensé inesperadamente para mis adentros. Era una combinación que, no sé por qué, a mí me resultaba peculiar. Entonces jugaba a imaginar en mi cabeza combinaciones peculiares: un pescador en alta mar vestido de mago, un gato andando verticalmente con las patas delanteras, un guardia civil con gafas y nariz postizas, un mecánico con chistera.
—Esta es la Gloria Estefan, que ha sacao un disco ahora. —Y se callaba unos compases para escucharla—. Canta mu bien la jodía. —Y otra vez la escuchaba—. Menudo canta de bien. —Parecía un locutor de radio mientras va hablando a ratos sobre un tema musical—. Tu padre me ha regalado la cinta por mi cumpleaños. Me la compró en la capi.
—Ah, no sabía. —Y miraba a Abuelo mientras suaves ritmos caribeños envolvían su cuerpo curtido y endurecido bajo el sol castellano.
Al rato, sonó una guitarra deslizando unos acordes. Comenzaba una canción suave, dulce y cándida. La instrumentación era cálida, con una percusión y unos coros que producían cosquilleos de placer. Y la voz sonaba brillante, acogedora, y con un punto justo de melancolía.
Así, rememorando aquel instante de aquel día, decidí que esa sería la canción que presentaría al concurso. Fui a pedirle la cinta a Abuelo y me grabé el tema en una casete libre que tenía en casa. En la etiqueta escribí «Con los años que nos quedan», de Gloria Estefan.
Las chicas del jurado la eligieron como una de las cinco finalistas. El día en el que fallaban el premio estaba muy nervioso. Deseaba esas diez mil pesetas en forma de discos más que nada en ese momento.
Era un viernes a las doce de la mañana cuando el jurado anunció que «la canción más romántica del mundo» era la que había presentado Jota, de la clase B. Salté y grité de alegría.
—Pero ¿dónde habías escuchao tú esa canción tan romántica? —me preguntó Lola, intrigada.
—En el coche de mi abuelo, yendo a echar la quiniela.
Ahora tocaba elegir los discos en los que quería emplear las diez mil pesetas de premio. Además de escogerlos por apetencia musical, debía de calcular la suma de los importes para no tener que poner yo el pico de más en el caso de pasarme o quedarme con la sensación de una mala elección si sobraba una cantidad importante.
—Pídete el de «Gerundina» —dijo una voz a mi espalda.
Me encontraba disertando sobre este o aquel cantante, grupo o compositor para confeccionar mi lista definitiva con ayuda de Lola, que me aportaba ideas.
—Pídete el de «Gerundina» —volví a escuchar.
Nos dimos la vuelta y era Anilla. Iba también a nuestra clase, pero solía ir un poco a su bola. Vivía con su tía y siete gatos. A los felinos les había puesto por nombre siete ciudades de Bulgaria..., menos Sofía, que quizá era el que mejor podría haber pasado por nombre de mascota. Su afición por el país balcánico le venía por la atracción que sentía hacia el jugador de fútbol Hristo Stoichkov. El fútbol, en realidad, le daba igual, pero decía que le gustaba «el temperamento y la furia del zurdo del Barcelona».
Anilla tenía unos ojos grandes que siempre brillaban como si estuvieran encendidos permanentemente y que, a la vez, parecían esconder un secreto. Su pelo, corto, le formaba pequeñas caracolas en el flequillo y alrededor de las orejas. Le gustaba vestir con ropa ancha que combinaba sin pensárselo demasiado. «Lo que quiero es ir cómoda y ya está. Dejadme en paz», decía. La llamaban Anilla porque en su familia había otra Ana, una prima suya que nació unos meses antes. Para distinguirlas, a su prima la llamaban «Ana grande», y a mi compañera de clase, «Anilla».
A Anilla le gustaban mucho las películas. «Cuanto más antiguas, mejor». Estaba enamorada de Al Pacino. «Es el hombre más guapo y atractivo de la tierra», repetía una y otra vez. Y yo entonces me preguntaba cómo un señor más mayor que Papa le podía gustar a una muchacha. Además que no me parecía nada guapo.
—Jota, Al Pacino no siempre ha sido «mayor», hay películas antiguas que lo demuestran —remarcaba con vehemencia—. Lo guapo que sale en El Padrino o Sérpico..., te caes patrás, muchacho.
Lo cierto es que aquel día, Anilla insistía con el tema de la selección de discos:
—Pídete el de «Gerundina».
—Y dale, pero ¿qué dices de Gerundina ni Gerundino?
—Es el disco de Raimundo Amador, un guitarrista flamenco. Es un máquina el tío.
—Guitarrista flamenco... —dejé asomar por mi boca sin apenas mover los labios.
—Sí, pero así modernete... Ha sacao el disco hace unos meses. Es la bomba.
Le di unas cuantas vueltas. Si Anilla insistía tanto, ¿por qué no hacerle caso y darle una oportunidad? El único guitarrista flamenco que conocía era Paco de Lucía. Más por oír su nombre que por lo que le había escuchado tocar. El flamenco era un género que no gozaba de mucha afinidad por nuestras latitudes. Me preguntaba por qué razón Anilla lo conocía tan bien y le fascinaba, pero sin duda era una chica inquieta y también algo misteriosa. Gatuna. Decidí seguirle la onda.
Así que el primer disco que coloqué en la lista de los elegidos y que debía pasar al jurado del concurso fue Gerundina, de Raimundo Amador. Le seguían los Cuatro conciertos para trompa y orquesta que escribió Mozart, interpretados por Dennis Brain; la banda sonora de Bram Stoker’s Dracula, compuesta por Wojciech Kilar; la Sinfonía del Nuevo Mundo, de Antonin Dvorák; y, por último, el disco Innuendo, que Queen había publicado en 1991 y, por tanto, el último. Fue el primer disco que me compré de ellos, exceptuando el recopilatorio que me había grabado Lola. Empezaba así mi abordaje a su discografía completa. Cuando me dieron el paquete con todos los discos fue como si se hubiera adelantado el día de los Reyes Magos. Qué gozo más grande.
Si Lola vivía cerca de mi casa, Anilla, a su vez, lo hacía cerca de la de Lola. En aquella calle jugamos tantas veces que parecía que jamás haríamos otra cosa en nuestra vida. De muy críos, Anilla nos pidió ayuda a Lola y a mí para encontrar a uno de sus gatos, que se había escabullido por la noche y no había vuelto a su casa. Logramos encontrarlo en un pinar y Anilla lloró de alegría. Nos hizo hacer una especie de conjura pinchándonos en la yema del dedo con una rama, para juntar nuestra sangre. «Eres algo brujilla», le dijo Lola, a lo que ella contestó «mi tía dice que las brujas son las que dominan el mundo».
Me sorprendió mucho el álbum de Raimundo Amador que me había recomendado Anilla en el instituto. Se lo dije y ella respondió con uno de esos gestos que la hacían irresistiblemente bonita: cerrando los ojos, levantando las cejas, sonriendo de medio lado y asintiendo levemente como diciendo: «Si es que yo sé lo que es bueno».
Raimundo titulaba el disco en honor a su guitarra, a la que llamaba Gerundina. Pensé en lo especial que era poner nombres a las cosas que tradicionalmente no estaban bautizadas. Yo sabía que había gente cercana que llamaba Canela a su raqueta, La furia negra a su bici o Peregrinica a su furgoneta, y me dije que sería di
