Siete martes

El Chojin

Fragmento

Primer martes

Primer martes

«Venga, ciérrate, rápido… ¡mierda!» La mano derecha de aquel hombre se interpuso entre las hojas de la puerta del ascensor impidiendo que se cerraran por completo cuando estaban apenas a un palmo de librar a Carol de tener que compartir habitáculo con aquella persona que ahora se disponía a entrar. Cuando le vio aparecer en el portal y dirigirse hacia donde ella estaba, con el disimulo aprendido tras años de práctica, se dio toda la prisa que pudo para evitar coincidir con él, pero el maldito ascensor bajó demasiado despacio y, aunque ella consiguió entrar mientras el hombre estaba razonablemente lejos aún y presionó el botón del quinto un par de veces (todo el mundo hace eso cuando tiene prisa, como si la repetición acelerara el proceso), las puertas tardaron en reaccionar lo que se le antojó un siglo. Sólo le quedaba dibujar una sonrisa de compromiso al tiempo que contestaba con un «buenos días» al saludo del hombre. Las puertas volvieron a iniciar su cierre, el recién llegado miró a la consola, pero no presionó ningún botón. Comenzaron a subir.

«No va a sujetarme la puerta. Estúpida.» Edú odiaba llegar tarde. De no haber sido por lo ajustado de la hora hubiera dejado que aquella mujer subiera sola. ¿Qué le hacía pensar que él tenía algún interés en compartir ascensor con ella? Esas situaciones siempre le incomodaban muchísimo. En su mente tenía meridianamente claro de qué se trataba. La mujer estaba a disgusto con él cerca porque de algún modo le veía como un posible agresor que forzaba el encuentro con algún fin retorcido. «Si supieran que estoy tan incómodo como ellas…» En cierto modo era como si tuviera que vivir disculpándose por su simple presencia. Consiguió meter la mano entre las puertas justo antes de que se cerraran, y la mujer no movió un músculo para ayudarle. «Qué asco.» Aun así se forzó a hacer un leve gesto con la cabeza a modo de saludo y, más como un hábito involuntario que como un deseo real, añadió un «buenos días» sin ningún entusiasmo y sin mirar a la mujer. No estaba dispuesto a que ni por un segundo tuviera el más mínimo motivo para creer que estaba interesado en ella. Olía bien. Se puso frente a la consola y observó que su planta ya estaba seleccionada. Subirían juntos hasta el quinto.

«Qué grande es.» Aquel hombre era alto, se había colocado frente a las puertas cerradas del estrecho habitáculo que los elevaba hasta la quinta planta, lo que le permitió observar su espalda ancha y bien formada, a juzgar por lo que se podía adivinar a través de su chaqueta. Sacó su teléfono móvil. «11.56. Llego bien.» Decir que no era especialmente puntual sería suavizar la realidad de que solía llegar bastante tarde a todas partes. Tarde según los demás; tal y como ella lo veía, la gente se tomaba demasiado en serio unos minutos de retraso. Sea como fuere, hoy no tendría que inventar excusas para justificarse. Alcanzaron su destino. Al abrirse las hojas creyó notar que el hombre con el que compartía espacio hacía ademán de decirle algo, pero fue leve, apenas imperceptible. Seguramente lo había imaginado. Él abrió la puerta y, siempre sin volverse a mirar, se despidió con un «hasta luego» y se perdió por el pasillo de la derecha. Carol ni se planteó contestar, salió y se fue en sentido contrario.

Mientras subía, rebuscó en su bolsillo izquierdo las llaves. Una vez que el ascensor alcanzó su planta, Edú pensó en hacerse a un lado para dejar salir primero a la mujer que tenía a sus espaldas. «Paso», se dijo, y con un seco «hasta luego» comenzó a caminar hacia su casa sin esperar respuesta. «Casi no llego a tiempo, voy a tener que organizarme un poco mejor.» Su reloj marcaba las 11.58 cuando abrió la ventana del cuarto en el que se desarrollaría el encuentro con la intención de airear un poco. Muy poco, porque justo entonces sonó el timbre de la puerta. Era su cita. Volvió a cerrar la ventana y se dirigió a abrir. Sorpresa. Era la mujer del ascensor.

«C, D… Debe ser el otro lado.» Carol no conocía el portal, era la primera vez que iba. Siguió buscando la puerta con la letra «A» y, cuando la halló por fin, hizo sonar el timbre no sin cierto cosquilleo en el estómago. De haber subido sola en el ascensor habría utilizado su espejo para darse los últimos retoques y comprobar que todo estaba como debía, pero con aquel hombre ahí no procedía, de manera que se conformó con arreglarse un poco el cabello con un rápido gesto de su mano derecha y esperó a que le abrieran. Sorpresa. «¿El negro del ascensor?»

—Eh… Hola, no sé si me he equivocado, estoy buscando a Eduardo Hondo —dijo volviendo a mirar la letra sobre el marco de la puerta. «A, pone A.»

—Hola. ¿Eres Carolina?

—Sí… —dijo sin tratar de ocultar su confusión.

—Pues es aquí —oyó decir a aquel hombre negro—. No es Eduardo Hondo sino Edú Ondó, la gente se suele confundir. Adelante, por favor.

El hombre se hizo a un lado y la invitó a pasar con un gesto de la mano. Dudó un instante. «¿Es aquí? ¿Seguro?», se preguntó a sí misma. «¿Un negro…? A lo mejor sólo trabaja para él…»

—¿Eres tú…? —preguntó mientras accedía a la vivienda despacio y con cierta precaución.

—Sí, soy yo. Bienvenida. Como has visto, he llegado un poco justo de tiempo. Por favor, dame un minuto y estoy contigo ahora. ¿Esperas aquí?

—Sí, sí, claro…

El hombre le dedicó una sonrisa, cerró la puerta de la calle y entró en la segunda habitación que se veía en el pasillo, así que Carol se vio de pronto sola en el recibidor de una casa que no conocía con un hombre negro que decía ser la persona con la que se había citado. Buscó en su cabeza algún motivo que pudiera sonar creíble para marcharse, pero no dio con ninguno que no dejara bien a las claras que se marchaba porque él era negro, y eso estaba feo. «¿Y si pasa algo?», se dijo. «No seas boba. ¿Qué va a pasar?», tuvo que recriminarse. Nunca pensó que se encontraría en una situación como aquella. Decidió no manchar la imagen que tenía de sí misma. Era una mujer abierta y tolerante, se quedaría igual que lo hubiera hecho con un hombre blanco.

Tan pronto como Edú entró en el cuarto, no pudo evitar cerrar los ojos, negar con la cabeza y suspirar profundo procurando que Carolina no le oyera. En realidad estaba todo en su sitio y era la hora en punto, de modo que podría haberla hecho pasar a la habitación directamente, pero pensó que era buena idea dejar que la pobre mujer se sacudiera un poco la sorpresa de encima. Ni era la primera, ni la segunda vez que se repetía la misma escena. No le dolía la sorpresa de la gente al verle, contaba con ello, pero no era agradable.

Fijó la vista en su título. Estaba colgado estratégicamente para que cualquiera que entrara pudiera leerlo. Sabía muy bien que, de algún modo, lucirlo todo lo posible no era más que una forma de decirle a cualquiera que estuviera de nuevas en esa habitación: «No te preocupes, en serio. Estás en el si

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