Masacre en La Vaina del Gladio
Roma, año 673 ab Urbe condita, tercer día antes de las nonas de enero
(3 de enero del año 80 a. C.)
El sonido de la piedra de afilar contra el hierro acariciaba los tímpanos del hombre de la cicatriz y lo ayudaba a concentrarse. Cuidaba de sus sicas como un león de sus garras: acompasándose con las sacudidas del carro dejaba que la piedra corriese con estudiada lentitud sobre las hojas curvas, disfrutaba del momento y repasaba para sus adentros, mientras tanto, las cosas que tenía que hacer, distribuyéndolas en una secuencia precisa.
Afilaba su determinación de matar.
Tenía una misión, y los tres que lo acompañaban para llevarla a cabo seguirían sus órdenes, en cumplimiento de la ferina jerarquía que se había instaurado entre ellos.
El más joven, al que todos llamaban Puer, dormitaba en un rincón, envuelto en un manto oscuro; los otros dos charloteaban.
—Habrá mujeres —dijo el ibérico, recogiéndose el pelo en una corta coleta.
El germánico se rio.
—Mira qué bien… Vamos a estropear una fiesta. ¿Cuántas putas habrá, eh? ¿Cuántas habrá?
El hombre desfigurado se pasó el dedo índice por la cicatriz irregular que le recorría la cara desde la mandíbula hasta la frente pasando por la órbita derecha, vacía como un pozo sin fondo. Dio un último repaso a las sicas y se las cruzó por detrás de la espalda, metiéndolas en el grueso cinturón de cuero que le ceñía la túnica por la cintura. Aflojó los hombros, giró el cuello de toro, se inclinó hacia el hombre que estaba sentado frente a él y lo agarró por la barba. El otro gimió de dolor sujetándose, con las dos manos, al gigantesco brazo que tiraba de él hacia abajo.
—Ya te diré yo cuándo puedes dirigirme la palabra. —Se volvió y señaló con el dedo directamente al rostro del ibérico—. Si se os ocurre rozar siquiera a las mujeres con algo que no sea vuestra espada…
—Ya os lo había dicho —rio con malicia Puer, estirándose.
—Muérete, lameculos —le susurró el germánico, masajeándose la mandíbula.
Puer se encogió de hombros y se tapó la cara con la capucha.
El carro se detuvo con un crujido; las mulas del tiro resoplaron y el conductor murmuró algo a alguien a pie, quien a su vez le contestó. La confirmación de un acuerdo. Los cuatro comprendieron que habían llegado a uno de los puestos de guardia a las puertas de la Urbe. Hubo un rápido intercambio de palabras más y, luego, con una sacudida, empezaron a moverse de nuevo. Puer apartó apenas la cortina de piel de la parte trasera del carro y vio los muros de las casas de Roma desfilar lentamente.
—Ya estamos. —Los músculos del ibérico se contrajeron, adentellados por la excitación.
Al cabo de unos minutos volvieron a pararse. Los cuatro esperaron la señal, tres golpes de bastón contra un costado, y se bajaron.
Emanaban vaho en la noche.
El conductor llamó al coloso tuerto.
—Todo seguido hasta el final por esta calle. Doblad a la derecha; el cuarto a la izquierda es el callejón del lupanar. La Vaina del Gladio es la última casa que hace esquina. No os costará encontrarla. Hay un letrero, suponiendo que sepáis leer… Sin embargo, no tiene pérdida, es el único edificio que no parece a punto de derrumbarse de un momento a otro, y el único con más de un piso. Subid al primero. El resto ya lo sabéis. Ninguno con vida —concluyó.
El hombre de la cicatriz sonrió en la oscuridad de la capucha.
—Dame tu jarra —ordenó.
—¿El qué?
—Tu jarra.
—Está vacía. No tiene vino.
—Tú dámela.
El conductor se la entregó.
—Os espero aquí —dijo—, daos prisa.
Su mortífera carga desapareció entre los callejones de la Suburra.
Él se envolvió en una manta de lana y cerró los ojos.
A la entrada de La Vaina del Gladio cinco esclavos, hombres robustos, trataban de calentarse en torno a un pequeño brasero, bebiendo cerveza y un vino horrendo; un par de ellos jugaban a la morra. El frío del invierno atenuaba los olores de la calle embarrada, impregnada de lluvia, y de las aguas residuales que sus habitantes lanzaban por las ventanas, una costumbre que hacía de aquel vecindario un lugar peligroso también por lo que podía lloverte de repente sobre la cabeza. Por lo demás, ¿qué era la Suburra sino un intestino retorcido de callejones tenebrosos en los que fermentaban los desechos de la Urbe?
La calleja a la que daba el burdel estaba inmersa en la oscuridad. Para los cinco esclavos era una velada cómoda, al fin y al cabo: había tareas peores que escoltar a los amos en busca de placeres.
Concentrados en la morra, no prestaron demasiada atención a los cuatro borrachos que avanzaban zigzagueando por la calle, pasándose una jarra y mascullando cantos tabernarios. Seguro que eran clientes de la popina de Aviculus, no muy lejos de allí, en el callejón paralelo. Nada raro, pues. Salvo que los cuatro iban encapuchados y, al llegar a la altura del lupanar, hicieron ademán de entrar.
—¡Eh, alto, amigos! Está cerrado. —Uno de los esclavos, agarrando un bastón, les impidió el paso. Los otros siguieron con el juego: no eran aquellos los primeros peregrinos a los que rechazaban esa noche.
La refriega se extinguió en unos instantes, produciendo apenas un poco de jaleo y el grito ahogado de una de las víctimas, la última en morir.
Nada que pudiera llamar la atención de ningún habitante de la Suburra.
El ibérico y el germánico arrastraron los cadáveres al atrium. Puer entrecerró la enorme puerta de madera, dejando un resquicio para vigilar la calle. El hombre de la cicatriz revisó las habitaciones de la planta baja. Vacías. Les habían dicho que el lupanar había organizado una fiesta privada y que, por lo tanto, excepto la escolta y los invitados, estaría desierto; más valía asegurarse, en todo caso. Se asomó a las escaleras y oyó la voz de dos hombres, por lo menos. Uno, pequeñajo, apareció en el umbral de la habitación iluminada del primer piso: lo vio, titubeó un momento —lo suficiente como para distinguir una sonrisa en la cara desfigurada— y desapareció de nuevo dentro.
El sicario se bajó la capucha, restregó las sicas entre sí, produciendo un sonido escalofriante, y ordenó al ibérico y el germánico que lo siguieran arriba.
De guardia en la entrada, Puer oyó gritos de mujeres, muebles volcados, vajilla que se hacía añicos y un ruido sordo que venía de la calle. El germánico, con su acento nórdico, gutural, le gritó:
—¡Chico, uno ha saltado a la calle, atrápalo!
Puer salió corriendo. El ibérico, asomado a una ventana, lo llamó con un silbido.
—Está al otro lado de la casa. Cojea, pero ¡anda que no corre el mamarracho!
El barro había amortiguado en parte la caída, pero también había servido para que Medio As pareciera un porquerizo samnita. Como consecuencia del salto desde la ventana, su tobillo izquierdo había quedado maltrecho y le provocaba atroces punzadas solo con apoyarse en él.
—¡Que Júpiter me fulmine! De esta no me libro. Soy hombre muerto —repetía.
El aire frío le encogía los pulmones mientras el corazón le estallaba en el pecho. Apoyándose en los muros de las casas, aguantando el peso sobre su pierna sana y maldiciendo a todos los dioses que conocía, se dirigió hacia el único refugio en el que podía esconderse cerca del lupanar. Aún resonaban en sus oídos los gritos de las putas, y en sus ojos seguía grabada la cara de un monstruo tuerto que le sonreía.
—Soy hombre muerto —dijo de nuevo.
La vestal
Roma, año 673 ab Urbe condita, tercer día antes de las nonas de enero
(3 de enero del año 80 a. C.)
Uno de los cuatro porteadores tropezó con un agujero oculto por la oscuridad y la litera sufrió una violenta sacudida. Los otros tres imprecaron e insultaron a su torpe compañero.
A pesar del alboroto, Marco Tulio Cicerón permaneció absorto en sus propios pensamientos.
Poco antes, un hombre había llamado a su puerta con un mensaje escrito en el que se le pedía que acudiera lo antes posible a la morada de Cecilia Metela, en el Palatino, por un asunto de la mayor urgencia. Hacía ya horas que se había puesto el sol, pero Cicerón, habiendo reconocido el sello, montó inmediatamente en la litera que la matrona había puesto a su disposición.
Cecilia Metela Baleárica Mayor, la vestal, lo había convocado. La invitación había sido cortés, en absoluto perentoria, pero ni se le pasó por la cabeza rechazarla o posponerla. Cecilia Metela era una especie de figura sagrada a la que ningún romano en sus cabales se atrevería a contradecir. Su nombre, en la ciudad, abría todas las puertas. Había servido en el templo de Vesta durante treinta años, desempeñando el cargo, con inmaculada abnegación, hasta su retiro. Y se decía que se había conservado virgen incluso después de romper sus vínculos de sacerdotisa, que había elegido conservar el celibato para prolongar una vida dedicada a la pureza moral y física, a los dioses y, por encima de todo, a Roma.
Cecilia era el símbolo de un pasado mítico, la encarnación de las costumbres olvidadas de los Padres, una advertencia viviente para los ciudadanos que asistían impotentes al declive moral de la República. El férreo sentido cívico, el respeto a los antepasados y a los dioses, el valor, la austeridad, la probidad, el Mos maiorum que los buenos romanos habían mamado durante generaciones de los pechos de sus madres se habían visto contaminados, desbaratados por la codicia que se propagaba, a esas alturas, como una enfermedad contagiosa. El poder, en manos de nobles de antiguo linaje durante siglos, se lo disputaban ahora ricos comerciantes y chanchulleros, populistas fanáticos y cínicos oportunistas, quienes, tras ascender en las jerarquías de la sociedad escalón a escalón, habían llegado a pisar incluso el Senado. Sin embargo, cuando la situación se volvía desesperada, el pueblo, acaso imbuido por un oscuro sentimiento de culpa, buscaba de nuevo consuelo en la sacralidad de los valores tradicionales.
Fue precisamente en un momento de peligro inminente cuando Cecilia Metela se ganó el corazón de los romanos.
Una década atrás, el espectro de la guerra contra los aliados itálicos deambulaba por la Urbe. Los sacerdotes no hacían más que extraer señales funestas de los sacrificios, lo que sumía en el terror y en el desaliento a la población. En aquellos días inciertos, Cecilia Metela soñó con Juno. La diosa, con gran melancolía, le dijo que la Urbe se había vuelto demasiado disoluta e irrespetuosa, olvidando las virtudes y el sentido del rigor que, tan a menudo, en el pasado, la habían salvado. Le dijo que, a causa de tamaña decadencia, los romanos ya no merecían su protección. Cecilia, convencida de ser la portadora del mensaje de Juno en persona, pidió y obtuvo ser escuchada en el Senado y, ante la asamblea reunida, contó su visión. Los senadores quedaron tan impresionados que ordenaron limpiar el templo de Juno Salvífica de perros vagabundos y de los mendigos y prostitutas que allí se alojaban y allí practicaban sus comercios, y pronto fue devuelto a su antiguo esplendor. Cecilia, en su condición de vestal, presidió los ritos expiatorios y purificadores, suplicando el perdón de la diosa airada.
Roma se enfrentó a sus aliados rebeldes, luchó y ganó la guerra.
A Cecilia se le reconoció el mérito de haber salvado la República intercediendo ante la diosa, y su intervención, para el pueblo romano, pesó tanto como las habilidades militares de los generales en la batalla. Desde entonces, la multitud adoraba a la vestal como representante de Juno en la tierra. Los romanos de las clases más bajas, al cruzársela en la calle, inclinaban la cabeza y trataban de tocar su ropa, ya que se decía que el mero contacto con ella bastaba para satisfacer plegarias no atendidas.
Era normal, por lo tanto, que Cicerón, encerrado en esa litera, se devanara los sesos pensando en lo que la matrona podría querer de él. No era más que un abogado de provincias, aún desconocido, que estaba empezando a cosechar algún éxito en el foro. Le parecía imposible que lo hubieran llamado por motivos profesionales, pero era incapaz de imaginarse ninguno personal. Mejor dicho, era incapaz de imaginarse motivo alguno para semejante invitación. En la cabeza del joven se estaba desatando tal tormenta de conjeturas que su cuerpo llegó a su destino mucho antes que su mente.
Los golpes de la aldaba en el portal de la villa lo devolvieron a la realidad.
Frente a la casa había otras literas vacías, cuyos porteadores formaban una pequeña y silenciosa multitud; envueltos en mantos cortos, se calentaban las manos alrededor de un fuego improvisado. Un esclavo abrió un batiente con movimientos cautos, y con amplios gestos lo invitó a apresurarse a entrar; mientras cerraba, escudriñó la calle oscura, como si temiera que alguien los estuviera observando. Esos modales expeditivos y la circunspección con la que lo habían recibido no hicieron más que aumentar la inquietud de Cicerón.
El esclavo lo acompañó al atrio, diciéndole sin demasiados miramientos que esperara allí, y desapareció antes de que él pudiera pronunciar una sola palabra. Se quedó solo. La luna lo observaba desde lo alto iluminando el lugar más que la tenue luz de las lámparas de aceite. No había frescos, pero las paredes debían de ser de un hermoso azul intenso; el mármol del suelo también estaba oscuro. Un ambiente austero que parecía volver aún más punzante el frío de la noche. Cicerón se reflejó en el impluvium, que le devolvió la imagen de un provincianillo tembloroso. Se ciñó mejor la capa y se puso la capucha. Escondió las manos bajo la túnica, buscando consuelo en el tejido de lana. Las prisas con las que había respondido a la invitación de Metela no le permitieron pensar en vestirse de manera adecuada.
La casa estaba inmersa en el silencio, salvo por una especie de vocerío; en una habitación alguien discutía acaloradamente. Las palabras, traídas por una corriente de aire gélido, eran indistinguibles. Cicerón no se atrevió a moverse del lugar donde le habían dicho que esperara. Al cabo de unos momentos llegó otro esclavo, un hombre mayor, más amable, que vestía una tuniquilla azul limpia y bien confeccionada y que lo condujo al tablinum.
—Toma asiento —dijo, con un fuerte acento oriental—. Aquí el frío duele menos.
Cicerón no prestó atención a aquella extraña forma de hablar; se sentía más atraído por los detalles de la habitación, bien calentada e iluminada. Un amplio escritorio se situaba en el centro de lo que debía de ser el despacho de la matrona. La casa estaba en consonancia con el ambiente que había imaginado durante el camino: simple pero elegante, refinado y esencial. Sobre la mesa había pilas ordenadas de documentos, con el mismo orden que exhibía la gran capsa que ocupaba toda una pared. Los frescos eran todos juegos de luces y ejercicios de perspectiva excepto uno, un recuadro que destacaba entre los demás. Representaba un telón abierto ante un escenario en el que una figura masculina, de perfil, con la nuca calva y un largo mechón que le colgaba sobre la frente, huía de un perseguidor.
—¿Qué te atrae, Cicerón? ¿El estilo o el tema?
A su espalda, Cecilia Metela había entrado en la habitación. Se dirigió hacia él y le acarició suavemente el brazo.
—Discúlpame, joven Marco Tulio, si abusando de tu paciencia te he hecho venir hasta aquí en plena noche, pero necesitaba hablar contigo, y la necesidad no siempre casa bien con los buenos modales.
—Señora mía, sea cual sea el motivo, tu llamada me impele a hacer caso omiso de toda incomodidad corporal —respondió Cicerón obsequiosamente.
Cecilia había superado los cincuenta años y tal vez nunca hubiera sido hermosa, y, sin embargo, cualquiera que se hallara ante su presencia no dejaría de quedar fascinado por la nobleza de sus gestos y de su figura. El peinado, al estilo de las vestales, recogía su pelo —repartido a esas alturas entre el blanco y el negro— en seis largas trenzas adornadas con cintas rojas que, junto con su refinado vestido blanco, delataba hasta qué punto estaba la matrona vinculada todavía al pasado. El único capricho, un broche de oro; la única nota de color, un manto violeta sobre los hombros. De no haber sido por esos accesorios, cualquiera podría haberla confundido aún con una sacerdotisa.
—El caso es que no has respondido a mi pregunta. ¿Aprecias más el estilo o el tema? —insistió Cecilia Metela.
—Los estilos cambian, volubles, a la par que los gustos de los hombres; la idea permanece, domina. —Cicerón había entendido perfectamente la escena—. Kairós, el dios de la oportunidad, se nos escapa antes de que podamos aferrarlo por su largo mechón. A menudo nos concentramos en esos cabellos que le caen revoloteando sobre la frente y, luego, acabamos contemplando la nuca calva mientras huye, ya muy lejos. Ningún hombre puede competir con él en velocidad, pero puede ponérsele una zancadilla. Al fin y al cabo, lo importante es aprovechar la ocasión, no la manera en la que lo conseguimos.
La mujer sonrió complacida y lo condujo a la habitación de la que procedían las voces.
—No te aburriré con formalidades innecesarias, dada la hora tardía, pero deja que te presente a mis invitados. Puede que a algunos de ellos ya los conozcas.
Sentados en largos divanes alrededor de una mesa estaban los vástagos de algunas de las familias más representativas de la nobilitas romana: Marco Valerio Mesala, conocido como Corvino; junto a él, Quinto Cecilio Metelo y Publio Cornelio Escipión, conocido como Nasica (por más que su nariz, en realidad, no fuera tan grande como sugería su apodo, que había heredado de algún antepasado).
Los invitados no se levantaron, se limitaron a saludarlo con la cabeza. Cicerón respondió, a su vez, con una ligera inclinación.
En un rincón, también en el diván, había un cuarto hombre, a quien la matrona no presentó. Cicerón no se atrevió a preguntar quién era, pues intuía la impertinencia de su curiosidad frente a esa deliberada omisión.
—Mis costumbres pueden parecer simples y mi despensa frugal, en todo caso, si deseas beber o comer algo, no tienes más que pedirlo —dijo Cecilia.
—Gracias, mi señora, con un poco de agua bastará.
Cicerón, emocionado, notaba que se le había resecado la garganta.
La matrona lo invitó a sentarse y le sirvió agua en una copa personalmente. Solo entonces se dio cuenta Cicerón de que la servidumbre no estaba presente.
Se sintió observado. Los cuatro hombres alrededor de la mesa tenían la expresión de los gatos cuando, acurrucados en su camastro, estudian a un desconocido que ha entrado en la habitación.
—Tu nombre empieza a circular por Roma —dijo Mesala, rompiendo el silencio—. El discurso en favor de Publio Quintio ha hecho que destaques con razón en el foro. Sé que has estudiado con los mejores oradores de la Urbe; si no me equivoco, Licinio ha sido uno de tus maestros.
—Eres muy amable, Marco Valerio. Sí, Licinio ha sido un maestro para mí, incluso fuera del foro. Yo he tratado de atesorar sus enseñanzas. Lamento mucho que haya regresado con sus antepasados demasiado pronto —respondió Cicerón antes de tomar un sorbo de agua—. Estoy seguro de que mi discurso en favor de Publio Quintio, en boca de Licinio, habría sido una prueba más de sublime oratoria.
—Cicerón, tu modestia te honra, pero yo escuché ese discurso con mis propios oídos —intervino Quinto Metelo—. Empezaste la arenga en sordina, para soltar después un formidable golpe por sorpresa. Tu defendido era un plebeyo, pobre y sin fuertes protectores, y al otro lado había una persona adinerada apadrinada por el gran Quinto Hortensio Hórtalo. Te apoyaste con gran habilidad sobre el deseo de revancha del pueblo, que ansía ver morder el polvo al rico, sobre su sentido de la justicia frente a una descarada iniquidad, sobre el deseo, muy común hoy, de sobresalir a despecho del rango social de cada uno.
Cicerón se quedó estupefacto. Lo que parecía ser un cumplido, en boca del vástago de los Metelos, familia entre las más antiguas e influyentes, sonaba a crítica feroz. ¿Lo estaba acusando acaso de ser un encantador de masas, un demagogo, un simpatizante de los populares? ¿Estaba aludiendo a su ambición de joven équite decidido a abrirse camino? Cicerón sabía que los patricios miraban con recelo a esa nueva clase de ricos cuyo bienestar nacía más del comercio que de la tierra. La tierra, precisamente, y no las vulgares mercaderías, seguía siendo la mejor carta de presentación para aquellos que querían escalar en la jerarquía. En Roma, por muy rico que pudiera ser uno, si carecía de propiedades nunca dejaría de ser considerado un mero enriquecido. Para los más tradicionalistas, la medida del valor de un hombre residía en la extensión de sus fincas y, sobre todo, en la forma en la que se les sacaba provecho. El comercio era para quien no podía presumir de un linaje afortunado: algo de baja ralea, casi indigno de un patricio. Los tiempos, sin embargo, estaban cambiando rápidamente, y muchos hombres nuevos, sin pasado pero con un rico presente y un futuro repleto de promesas, ya habían logrado abrirse camino hasta el Senado.
Sí, las consideraciones de Quinto eran ambiguas y merecían una respuesta circunspecta por parte de Cicerón para evitar encerronas en caso de que lo estuvieran poniendo a prueba sondeando su orientación política.
—Puedo asegurarte, noble Quinto, que por fidelidad a los valores en los que fui criado mi mayor preocupación era la de hacer prevalecer la justicia, independientemente de la clase social de las partes involucradas. —Concluida la premisa, recondujo la conversación a territorio neutral—. En cualquier caso, se trataba de una mera cuestión de dinero, no corría peligro la vida de nadie. En situaciones similares, el ejercicio de una razonable humildad siempre resulta recomendable.
Metelo se rio.
—¿Es que, a estas alturas, aparte del dinero, en Roma nos preocupa algo? ¿De verdad crees en la justicia? Vamos, ¿no te parece un poco ingenuo en estos tiempos?
Mesala y Escipión también se rieron. La matrona y el desconocido, sin embargo, mantuvieron una expresión seria; cuando los demás se percataron, el grupo recuperó el decoro perdido por un momento.
Cicerón se sintió avergonzado por no haberse dado cuenta de la broma.
—Eres de Arpino, ¿verdad? —preguntó Escipión.
—Sí, mis orígenes están en la provincia. Mi padre posee terrenos a los que supo sacar provecho con duro trabajo e inteligencia, tanto como para ofrecernos a mi hermano y a mí la oportunidad de estudiar oratoria aquí en Roma.
Seguían haciéndole preguntas sencillas, casi de circunstancias, y hasta que entendiera adónde querían ir a parar, lo mejor era dar respuestas triviales en lugar de pronunciar frases efectistas, pero fuera de lugar.
—Los valores vinculados a la tierra y a la familia son los que han hecho grande a Roma. Y hoy están desapareciendo, reemplazados por ideales mucho más fútiles —intervino Cecilia—. Mira, ¿ves lo que quiero decir, Cicerón? Hablas de justicia y estos jóvenes se ríen como tontos. De modo que vuelvo a preguntártelo: ¿de verdad crees en la justicia? ¿A pesar de todo?
—Sin duda, señora mía —respondió Cicerón rápidamente—. Si no creyera en ella, no creería en Roma.
—Entonces, escucha —lo apremió la matrona—: ¿qué harías si supieras que una persona, injustamente acusada de un crimen odioso, se arriesga a recibir la más grave de las penas? ¿Qué harías, sabiendo que no puede defenderse porque carece de medios, y que sus perseguidores quedarán impunes casi con seguridad?
—Bueno, la verdad… Creo que haría lo que fuera para poner remedio a tal acto de abuso.
—Lo que te pregunto es: ¿hasta dónde llegarías para defender al pobre o al débil? ¿Arriesgarías tu carrera? ¿Arriesgarías tu propia vida?
La mujer le dio a Cicerón el tiempo necesario para responder, pero sin dejar de escrutarlo.
—Sí, no podría soportar el remordimiento de no haber hecho todo lo posible para hacer prevalecer la razón de la justicia —replicó él, finalmente.
Cecilia se lo quedó mirando un momento más, y en su rostro apareció, con mesurada lentitud, una sonrisa benévola. Le tomó la mano y se la apretó.
Quinto, Escipión y Mesala intercambiaron miradas de entendimiento, parecían complacidos. El desconocido, en cambio, meneaba la cabeza lentamente, presa de una silenciosa desesperación, y se frotaba nervioso las manos. La apariencia del hombre intrigaba a Cicerón. De cara ancha, con rasgos comunes, era casi vulgar; tenía la piel oscura y gruesa de los que trabajan al aire libre; sus manos estaban limpias, pero no bien cuidadas, sino callosas. Era muy parecido a muchos otros que había visto en la campiña de Arpino, entre los jornaleros de su padre.
Cecilia se decidió, por fin, a darle un nombre a aquel hombre tan fuera de lugar en medio de la flor y nata de la nobleza romana.
—Déjame presentarte, pues, a un querido amigo de mi familia. Este es Sexto Roscio de Ameria. Su padre estaba vinculado a los Metelos por una relación de afecto y de negocios: era un cliente de nuestra familia, fiel y respetuoso de las tradiciones, tal como lo es Sexto.
Cicerón hizo un gesto con la cabeza y el otro inclinó la mirada.
Cecilia prosiguió:
—El padre de Sexto fue asesinado una noche, hace varios meses, aquí en Roma. Pero hasta ahora no había venido a verme para pedir justicia. Sexto no está en condiciones de hacer valer sus derechos por sí mismo. Es mi deber como patrona protegerlo.
—Lo siento. ¿Qué hijo no querría vengar a su padre? —respondió Cicerón con presteza—. El caso es que en Roma los asesinatos son frecuentes y…
—Soy yo el acusado —lo interrumpió Roscio dirigiéndose a él por primera vez. La mirada era firme, dura, y traicionaba un espíritu que quizá no fuera el de un alma simple. La apariencia, más que nunca, había engañado a Cicerón.
—¿Tú? ¿Te culpan a ti de su muerte? —preguntó.
Por eso lo habían convocado, querían que defendiera a un hombre sospechoso de haber matado a su padre. En Roma, ningún crimen se consideraba más detestable. Una auténtica abominación. Una acusación de ese tipo, aun si carecía de fundamento, podía costarle la vida a cualquiera que la sometiera a la consideración de un tribunal.
Una cosa era segura: si se celebraba un juicio por parricidio, toda Roma tendría los ojos y los oídos clavados en el asunto. Después de casi dos años de proscripciones y asesinatos indiscriminados sin un solo juicio siquiera, la ciudad se redescubriría repentinamente sedienta de justicia. Hacía ya mucho que la ley del más fuerte regía en la Urbe, y los tiempos estaban maduros para arrojar a los débiles y maltratados la carnaza de un culpable contra el que desahogar sus frustraciones. La multitud acudiría en masa al foro, dispuesta a aclamar al ganador y a aniquilar al derrotado.
Además, una causa como esa daría argumentos a la plebe durante semanas. Y Roma estaba siempre hambrienta de noticias, de escándalos, de sangre.
La matrona se levantó para buscar una jarra de agua fresca; nadie se atrevió a continuar la conversación hasta que volvió a sentarse a la mesa, a la derecha de Sexto.
Luego fue Mesala quien habló.
—Los acusadores son primos de Sexto y creemos que son los mismos que mataron a su padre.
—Por supuesto, fueron ellos, ¡esos perros! —Roscio tenía el rostro color púrpura. Hasta entonces se había mantenido apartado, inquieto, como si aquel charloteo fuera una colosal pérdida de tiempo—. ¡Soy inocente! ¡Que los dioses me sean testigos!
Metela le puso una mano en el brazo. Aquel simple gesto pareció calmar a su protegido, que volvió a recitar el papel del espectador silencioso.
«Imposible no entender sus palabras», pensó Cicerón. En esa mesa se hablaba de los acontecimientos que estaban trastornando la vida de Roscio, se discutía su destino, pero aún no se le había permitido expresar ninguna opinión al respecto.
—Sin el menor derecho, esos bribones se han apropiado de las tierras que le correspondían como herencia a Sexto después de la muerte de su padre —continuó Quinto—. Quizá pensaron que, sin dinero ni apoyos políticos, no podría hacer otra cosa que someterse y guardar silencio. Pero no fue así.
—El pobre Sexto hizo lo mejor que podía hacer —dijo Cecilia, con la mano todavía en el brazo del hombre—. Pidió mi protección. La mía y la de mi familia. Y yo no puedo ignorar la solicitud de ayuda de un amigo.
—En ese momento, los malhechores, al sentirse amenazados y atrapados como martas sorprendidas por el granjero en el gallinero, decidieron tomar la iniciativa y lo culparon del crimen que ellos mismos habían perpetrado —concluyó Escipión.
A Sexto Roscio le brillaban los ojos; se pasaba la mano continuamente por la frente. Su evidente desesperación conmovió a Cicerón.
—Por eso te hablaba de injusticia. Pretendo, mejor dicho, exijo que Sexto sea absuelto de esta infame acusación y que se le restituya la propiedad de sus fincas. —El tono de Cecilia era el de alguien acostumbrado a hablar en nombre de los dioses.
Todos asintieron.
La mente de Cicerón se puso de inmediato en movimiento.
—¿Y por qué no se dirigió al magistrado de Ameria para obtener justicia? Su padre murió en Roma, pero la cuestión entre Sexto y sus primos se halla bajo el imperium de ese municipio. —El joven arpinata tenía muchas preguntas que requerían respuestas inmediatas. Aceptar un caso como ese y no tener las ideas claras al respecto habría sido un suicidio—. Sexto, perdóname: ¿cómo mataron a tu padre?, ¿dónde fue asesinado?, ¿quién encontró el cuerpo? ¿Hubo testigos que asistieran a la agresión? ¿Por qué están tan seguros tus primos de poder apoderarse de tus tierras? ¿Qué aparece recogido en las escrituras testamentarias? Y, además, por qué… —Cicerón dejó en suspenso esta última pregunta. Se quedó en silencio unos instantes, dándose golpecitos con el dedo índice en el labio inferior.
Nadie se atrevió a inmiscuirse en sus pensamientos. Quinto bebía a pequeños sorbos y Mesala carraspeó, tal vez con la intención de tomar la palabra, pero se limitó a arreglarse la elegante toga. Escipión jugueteaba con el ámbar engarzado en su anillo de Taranto: en la piedra estaba tallado el rostro de su antepasado más ilustre, el Escipión africano que derrotó a Aníbal.
De repente, a Cicerón le resultó evidente la cosa más extraña de todo aquel asunto.
—Domina, noble Cecilia Metela…, ¿por qué yo?
La matrona se dispuso a responder, pero Sexto se entrometió.
—Porque nadie quiere defenderme. Mi…
Cecilia levantó la mano imponiendo silencio a su protegido.
—Porque nos has sido encarecidamente recomendado —y prosiguió casi como si Sexto no existiera—. Porque los que siguieron tu defensa en favor de Publio Quintio quedaron impresionados por tus dotes y… porque esta noche he recibido la confirmación de que serías un digno representante legal para Sexto Roscio. Tienes las cualidades para salvarlo.
En cualquier otra situación, Cicerón se habría sentido halagado al recibir tales muestras de confianza por parte de la vestal en persona. Pero esa noche no. La perentoriedad con la que Cecilia había impedido hablar a Sexto lo llenó de desasosiego. Sin mencionar que la matrona habría podido conseguir la ayuda de los abogados más importantes de Roma; los príncipes del foro acudirían en masa al menor gesto suyo.
—Mi señora, no puedo creer que yo sea vuestra primera opción —dijo Cicerón.
La matrona se enderezó una trenza y se aclaró la garganta, gestos en los que el joven abogado leyó una vaga inquietud.
—Te lo repito, nos has sido encarecidamente recomendado por…
—Por los que no quieren hacerse cargo de esta causa —espetó Sexto de nuevo.
—¡Sexto! —El tono de Cecilia era ahora amenazador; de sus ojos desorbitados se desprendía su exasperación por la insolencia del amerino. Fue solo una tormenta pasajera, sin embargo, tan solo un momento. Su rostro recuperó de inmediato una expresión distante, casi ultraterrena, la misma que había mantenido durante toda la velada—. Sexto está sucumbiendo al miedo, está cediendo a la desesperación. Y eso no es digno de quien ha tenido un padre como el suyo —prosiguió, evitando mirar al hombre sentado a su izquierda. Esas palabras, pronunciadas sin una pizca de piedad o de comprensión en su voz, hirieron sin duda a Roscio, quien inclinó la cabeza y se acurrucó como una araña quemada por la llama.
Cecilia, nuevamente dueña de la escena, prosiguió:
—Digamos que la situación es delicada.
Los tres vástagos asintieron al unísono.
—Un caso de parricidio es siempre una situación delicada, mi señora —respondió Cicerón—. Sabemos lo que prevén las leyes en caso de culpabilidad. Ser cosido en un saco junto con una serpiente, un perro, un mono y un gallo antes de ser arrojado al Tíber hace que la muerte por estrangulamiento parezca un acontecimiento feliz.
Sexto tenía la cabeza apoyada en una mano. Suspiró profundamente, como si la recreación de su posible destino lo hubiera llevado a un nivel insostenible de conciencia.
—¿Quién representará a tus primos en el tribunal? —preguntó Cicerón.
—Alguien a quien conoces bien, puesto que ya te has enfrentado a él en el foro: Hortensio —respondió Cecilia Metela.
—Uno de los mejores, si no el mejor, mi señora —observó Cicerón con el ceño fruncido—. Con todo mi respeto, Sexto Roscio, me parece increíble que alguien como Hortensio se inmiscuya en una controversia entre plebeyos de Ameria, por muy grave que sea la acusación. Y Hortensio solo se presenta en el foro para ganar, no ha sufrido una derrota en años. Suponiendo que haya ocurrido alguna vez.
Quinto Metelo buscó preocupado la mirada de Escipión y Mesala, luego intervino:
—Perdóname, Cicerón, estás cometiendo un extraño error: tú has derrotado a Hortensio en la causa a favor de Publio Quintio.
—Oh, no, verás… —Cicerón se mostró esquivo—. No puede decirse exactamente que lo haya vencido.
—Insisto. Yo estuve allí, escuché el veredicto del magistrado con estos oídos.
—Hay matices que quienes no son del oficio… No te ofendas, noble Quinto, pero esa causa…
Cecilia volvió a levantar la mano para interrumpir la discusión entre ambos.
—Lo que pasó hace un año no importa, Quinto. Lo que importa es lo que va a pasar dentro de diez días.
Todos asintieron con convicción.
—Lo que me deja perplejo… —dijo Cicerón—. Perdonad que insista: tengo la neta sensación de que hay algo más detrás de este terrible asunto. Por mucho que una causa de parricidio pueda provocar revuelo, muy pocos pueden asegurarse los servicios de Hortensio.
—Detrás de la muerte del padre de Sexto solo está la codicia de unos parientes degenerados —reiteró la matrona, cortando de raíz la maraña de dudas en la que se debatía el arpinata.
Cicerón volvió a darse golpecitos en el labio, hundiéndose en sus propios pensamientos. Cecilia Metela, Hortensio… Tenía la neta sensación de que la política se infiltraba en los pliegues del asunto, similar a las gélidas babas de un caracol.
—Sexto Roscio, ¿tu padre estaba metido en política? —preguntó entonces.
Metelo, Mesala y Escipión se miraron preocupados. Sexto no reaccionó, consciente de que Cecilia Metela respondería por él.
—No, Marco Tulio, nuestro querido difunto no estaba involucrado en absoluto en las luchas de poder. Era un honrado trabajador de la tierra que se labró una fortuna proporcional al sudor derramado. Es cierto que simpatizaba con Sila, al principio, como cualquier persona sensata que viviera aterrorizada por los atropellos del Dictator y de sus acólitos. Pero fue asesinado por una vulgar cuestión de dinero. —La matrona bebió una última gota de agua del vaso y le pidió a Mesala que le sirviera más—. Con todo, he de admitir, Cicerón, que hemos sido avaros en noticias. Sin embargo, si aceptas defender al buen Sexto, cuenta con que Mesala, Metelo y Escipión te proporcionarán todos los detalles que desees saber y de los que tengamos conocimiento. Y, por supuesto, Sexto será un libro abierto para ti, de manera que puedas ayudarlo a salir lo mejor librado posible de este terrible enredo. No hay en juego nada más que una terrible injusticia. Y, si fuera la inocencia de Sexto la que cuestionara tu aguda inteligencia, has de saber que mi nombre y el de mi familia responden por él.
La matrona miró a Cicerón, que de repente se sintió transparente. Para Cecilia, sus dudas e incertidumbres eran tan legibles como un epígrafe grabado en mármol. Ella lo apremió:
—Demuestra a Roma hasta dónde puedes llegar, demuestra a Roma que estás listo para ella. Muchos hombres, nacidos incluso después que tú, están escalando las instituciones de la República. Aún eres joven, Marco, pero, considerando que no tienes una familia poderosa detrás de ti, has de correr más rápido que los demás. Gana la causa de parricidio y estarás en boca de todos. —Hizo una pausa de esas que trazan un surco entre el antes y el después—. Entonces, ¿cuál es tu respuesta?
Esa noche Cicerón había entrado en la casa de Cecilia Metela Baleárica Mayor en el papel de un joven emergente, una promesa, y ahora se veía obligado a tomar una decisión que amenazaba con desacreditarlo y marcarlo cual si fuera un esclavo que hubiera intentado huir. Los abogados que se habían echado atrás antes que él eran sin duda profesionales de renombre con una sólida reputación. Para ellos, con años de éxito a sus espaldas, rechazar la defensa de Sexto Roscio —a pesar de que la solicitud viniera de Cecilia Metela en persona— no había supuesto ignominia alguna, estaba seguro. Quién sabe si los demás también habían recibido tan escasa y lacónica información. Cicerón tenía que decidir si asumir o no la defensa de esa causa basándose únicamente en la confianza que abrigaba en la vestal, en su buen nombre y el aura de santidad que la circundaba.
La idea de que podía estar teniendo lugar un acto de intimidación hacia él cruzó por su mente como un cuervo en un lívido cielo invernal. En su interior se asentaba cada vez más el deseo de no asumir esa defensa. Ahora el dilema no era si aceptar el juicio por sentido de la justicia, sino si fiarse de la situación, si arrojarse al vacío confiando en el nombre de Cecilia Metela o retirarse y hacer caso a su propia racionalidad. Por otro lado, declinar el encargo equivaldría a declarar una falta de confianza en la matrona, algo muy parecido a una ofensa. Y Cicerón no podía permitirse enemigos poderosos.
La vestal continuaba escrutándolo, oculta detrás de su enigmática sonrisa.
—¿Ha sido ya nombrado el magistrado que elegirá a los senadores del tribunal y presidirá el juicio? —preguntó Cicerón.
Mesala le informó rápidamente.
—Sí, será Cayo Fanio. Un hombre recto que se ha distinguido hasta el día de hoy por ser imparcial. Lo cual es una rareza en estos días. Su presencia debería garantizarnos un juicio, si no favorable, al menos justo.
—Son buenas y malas noticias —suspiró Cicerón—. Por un lado, un magistrado imparcial; por otro, la contraparte que despliega un ilustre abogado capaz de encandilar a la multitud. Y ya sabemos cuánto llegan a pesar, hoy en día, los estados de ánimo de la plebe sobre el veredicto. —Se volvió hacia Cecilia—. Tendréis decidida ya, sin duda, una línea de defensa.
—Dependerá de ti establecerla, una vez que hayas aceptado el encargo —respondió ella con firmeza.
—Mi señora, la situación es… insólita. Con el debido respeto hacia ti y hacia tus nobles invitados, y con toda mi simpatía por el pobre Roscio, pero, en deferencia a la razón y a la sabiduría a la que me encomiendo en el ejercicio de mi profesión, tengo que pedirte un día, al menos, para reflexionar.
La matrona pareció complacida con la respuesta del joven abogado.
—Confieso que habría dudado de tu intelecto, en caso de que hubieras aceptado solo porque soy yo quien te lo está pidiendo —dijo ella—. Otro motivo para sentirme aún más convencida de mi elección, de modo que te concederé tiempo para que te lo pienses. Si no has aparecido antes de la hora novena de pasado mañana, buscaremos a otra persona. Nuestra pequeña reunión puede darse por concluida.
Cecilia Metela se levantó, seguida de los presentes. Quinto tomó del brazo a Sexto Roscio, que seguía pareciendo desesperado.
—No aceptará —repetía con voz plana—. Él también huirá.
Mesala y Escipión presentaron sus respetos a la anfitriona y, encaminándose hacia la puerta, saludaron a Cicerón.
Cecilia tomó su mano entre las suyas.
—Tenemos necesidad de ti, Marco Tulio. Y tal vez todavía no te hayas dado cuenta de la necesidad que tienes tú de la oportunidad que te estamos brindando.
Al salir, antes de meterse en la litera que lo llevaría de vuelta a casa, Cicerón se dio cuenta de que había dos hombres envueltos en una capa al otro lado de la calle. Llevaban cascos de cuero y estaban armados. Hombres que el pretor había enviado a vigilar la casa para evitar que el acusado escapara. Un poco más adelante, un grupo de chicarrones vestidos con elegantes túnicas se calentaban alrededor de un brasero y lo observaban fijamente. Una mirada le bastó para comprender que eran Cornelios.
M. V. C.
Roma, año 673 ab Urbe condita, desde el tercer día antes de las nonas de enero hasta el día anterior a las nonas de enero
(Noche entre el 3 y el 4 de enero del año 80 a. C.)
Desde el interior de la popina de Aviculus salía un estruendo infernal. En un espacio reducido —dos salas de pocos pies de lado— se apiñaba una multitud de borrachos. Parecía como si el frío del invierno hubiera obligado a enclaustrarse allí a todas las ratas de la Suburra. Cuando Medio As llegó a pocos pasos de la entrada de la taberna, aminoró el ritmo, respiró hondo, apretó los dientes y trató de simular una caminata desenvuelta; se volvió justo a tiempo para ver una silueta metiéndose a la carrera en el callejón. Al entrar tuvo la sensación de sumergirse en una tina de agua caliente y sucia. Sudor, vino malo, ajo y cebolla: parecía estar entre los desechos del mercado en pleno verano. Tan pronto como lo reconocieron, se desató una ovación. Marco Garrulo era un personaje muy conocido en los bajos fondos de la ciudad. Lo llamaban Medio As porque, según se decía, por esa exigua suma vendería incluso a su madre. Era dueño de El Príapo Alegre, La Guarida del Sátiro —dos de los lupanares más populares de la ciudad— y de La Vaina del Gladio, recientemente adquirida y una futura mina de oro. Medio As no era un alcahuete, era el rey de los alcahuetes de Roma.
Aviculus lo llamó desde la barra.
—Qué gran honor, tenemos al gran Medio As entre nosotros. ¿Te has enriquecido lo suficiente esta noche, maestro de las vergas turgentes?
Hubo carcajadas generalizadas.
El alcahuete se abrió paso a codazos para llegar al posadero y lo agarró por el delantal grasiento, que ocultaba una túnica aún más sucia si cabe.
El rostro rubicundo de Aviculus se tiñó de genuino estupor.
—Oye, ¿qué te pasa? ¿Tanta sed tienes? Siéntate, te mandaré a la chica y serás atendido en seguida. En tus locales nunca faltan los coños, en el mío nunca falta el vino.
Medio As atrajo al hombre hacia él y le siseó en la cara, tratando de que no lo oyeran los clientes que se agolpaban por allí:
—Cállate, idiota. ¿Dónde está Astrágalo?
El anfitrión entrecerró sus ojos disolutos.
—Cálmate, cálmate. Está allí, con las manos entre los malditos muslos de mi esposa.
Medio As siguió su mirada hasta una mesa mugrienta en la zona trasera de la sala. Un hombre de unos cuarenta años, con el pelo muy corto, como el de un legionario, y un rostro marcado por profundas arrugas, manoseaba a la gorda esposa de Aviculus, que estaba sentada en su regazo; la mujer redondeaba los ingresos del local ofreciéndose de forma voluntaria a los clientes por unos ases, obviamente con el consentimiento del marido, quien, por su parte, no se sentía en absoluto herido en su honor.
Cuando Medio As se detuvo frente a él, Astrágalo dejó de cachearla con las manos y de susurrarle obscenidades. Clavó sus ojos en él.
—¿Qué quieres, gusano? ¿Te gusta mirar o has venido a pagarme por todos los medicamentos que he preparado para esas apestadas de tus putas?
—Tus servicios ya te los cobraste por tu cuenta follándote a las chicas durante tus atentas visitas —respondió Medio As; luego se volvió hacia la tabernera—: Tú vuelve con tu marido, que le hace falta una mano.
Ella se quedó atónita por un momento.
—Mueve el culo —gruñó el alcahuete agarrándola por un brazo.
La mujer se liberó de su mano, lo empujó y se marchó indignada. Mientras se alejaba, sonrió descaradamente, mostrando una galería de dientes torcidos.
—Enano inoportuno, ¿qué quieres de mí con tanta urgencia? —protestó Astrágalo—. Ya había conseguido ponérmela dura a pesar de las tres jarras de este vinagre que Aviculus se empeña en hacer pasar por vino. —Luego miró de arriba abajo al hombrecito. Nunca había visto a Medio As en tal estado: el emparrado de la calva desgreñado, las mejillas rojas, las pupilas dilatadas, la túnica, ligera y elegante, hecha un trapo—. Tienes un aspecto horrible —dijo—. Parece como si hubieras rodado por el barro abrazado a una puerca. —Y con una grosera carcajada tomó un sorbo de la copa.
Dolorido, el alcahuete se dejó caer en el banco con los ojos muy fijos en la entrada de la popina; sudaba de dolor y de miedo.
—No tengo tiempo para tus chistes de veterano borracho —respondió—. Tienes que ayudarme. —Y arrojó un denario sobre la mesa.
El otro alargó la mano para recoger la moneda. La giró entre los dedos con asombro.
—¿Qué te pasa? ¿Te ha dado un ataque repentino de generosidad y quieres compartir tus ilícitas riquezas con un viejo amigo?
—¿Dónde guardas tus herramientas de quirurgo? ¿Todavía las tienes o te limitas a venderles polvillos a los tontos?
—Las sigo teniendo —dijo Astrágalo, soltando un eructo—. Arriba, en casa. ¿Qué pasa, algún cliente que fue a verte para joder y se dio cuenta de que el jodido era él y apuñaló a la puta que intentaba robarle? —Se sirvió más vino.
—Unos ladrones. Me pillaron desprevenido cuando salía de La Vaina del Gladio con las ganancias de la noche. Al intentar huir, tropecé. Me duele el tobillo. Ayúdame y no te arrepentirás —mintió Medio As, y lanzó otro denario sobre la mesa—. Añadiré cien sestercios si me lo arreglas.
Astrágalo hizo desaparecer las dos monedas en los pliegues de la túnica raída y metió la cabeza debajo de la mesa para echar un vistazo al tobillo del alcahuete.
—Ay, ay, qué mal aspecto. Quizá esté roto. ¿Ladrones, dices? ¿Y tu escolta?
—En los cien sestercios que voy a meterte en la bolsa está incluido también el que te dejes de tantas preguntas.
—Vale, vale. Déjame terminar esta jarra.
En ese instante cayó el silencio en la taberna. Un forastero encapuchado había entrado en la sala; miraba a su alrededor sin importarle los veinte veteranos que tenían los ojos clavados en él. Medio As no lo miró a la cara, porque se escondió en seguida detrás de Astrágalo, pero sintió que el extraño lo había visto.
Contuvo la respiración.
Astrágalo también miraba con curiosidad al recién llegado, quien se acercó al mostrador e hizo un gesto a Aviculus con la cabeza.
—Un vaso de vino caliente con miel por un as —dijo el tabernero con brusquedad.
El hombre sacó una moneda de debajo de la capa. Iba armado; la funda de cuero de un puñal le colgaba del cinturón.
—¿Es uno de tus ladrones, Medio As? —preguntó con calma Astrágalo.
El alcahuete parecía inseguro.
—No lo sé. No los vi bien… —Estaba temblando.
Astrágalo le agarró la muñeca con fuerza.
—Cálmate. Mientras estés aquí no te puede pasar nada.
El encapuchado, mientras tanto, bebía lentamente. De vez en cuando lanzaba una mirada en dirección a Medio As, sin visos de ocultar su interés.
Dos Dedos —un veterano al que llamaban así porque había perdido el dedo meñique, el anular y el medio de la mano izquierda peleando contra una banda de saqueadores teutones más allá del Ticinus— se detuvo a su derecha y le dio un codazo.
—Por estos lares, cuando se entra en un local elegante, se baja uno la capucha.
El hombre no reaccionó; tomó un sorbo mirando al frente.
Un segundo veterano se le acercó por la izquierda.
Ahora Puer estaba encajado por dos lados. No podría aferrar el puñal.
Los vapores del estofado y de la sopa de farro ascendían de los huecos del banco de ladrillos en el que estaban empotradas las ollas calientes. El aire estaba cargado de olores, aunque desprovisto de sonidos. Quien hasta un minuto antes jugaba a los dados se había quedado parado, quien brindaba había dejado la copa, e incluso la mujer de Aviculus se había detenido en medio de la sala con una bandeja en la mano y seguía la escena conteniendo el aliento.
Dos Dedos agarró la punta de la capucha del desconocido y se la bajó lentamente, revelando una cabellera larga, lo suficientemente rubia para parecer albina, y la cara de un chico de unos veinte años. Lo miró mejor: era muy robusto, tenía cicatrices en los brazos y llevaba brazaletes de cuero en las muñecas.
—Sabes, Aviculus —dijo—, estoy casi seguro de que este no es un veterano.
—Por lo menos no uno de los nuestros —le hizo eco el tabernero, quitándole el vaso de las manos.
—Es verdad, Aviculus, no es uno de los nuestros. Pero he visto a muchos así, allá, en el norte —continuó el antiguo legionario—. Por ejemplo, el hijo de perra que me hizo esto —agitó la mano martirizada frente a los ojos de Puer— se parecía mucho a ti.
No hubo reacción.
—Chico, ¿sabes que no se pueden llevar armas en Roma? —Dos Dedos exhaló vino y malas intenciones sobre la cara de Puer.
Aviculus devolvió medio as al forastero rubio.
—Te has bebido la mitad. Aquí tienes la mitad de lo que has pagado; porque eso es lo justo. En lo que a mí respecta, sin embargo, te has bebido medio vaso de más.
Puer se apartó de la barra y retrocedió. Un bosque de miradas lo escoltó hasta la puerta y esperó a que desapareciera en la oscuridad. Hubo carcajadas generalizadas.
Dos Dedos, en el centro del local, movía rítmicamente la pelvis.
—Lástima, con ese pelo rubio… Un novato así habría conocido mi polla incluso antes del rancho.
Astrágalo, por su parte, había aprovechado el insólito espectáculo escenificado por sus antiguos conmilitones para escabullirse con Medio As al piso de arriba, en la entreplanta, donde estaba el fétido apartamento que Aviculus le alquilaba a un precio razonable. Ajustó el tobillo del alcahuete con un listón sacado del suelo de madera y lo ató firmemente con vendas improvisadas, arrancadas de una manta sucia.
—He bebido lo suficiente para tener una mano firme —dijo, observando su trabajo con satisfacción. Luego apretó un poco más el vendaje, y Medio As blasfemó.
—¡Cuántas historias! Tus putas soportan el dolor mucho mejor que tú.
—No me he construido una domus en el Viminal porque soporte bien el dolor, so animal.
Astrágalo meneó la cabeza y le pasó un bastón.
—Toma esto, úsalo para apoyarte. Mantén la pierna bien vendada durante una semana. Si no se te deshincha o, peor aún, si tienes fiebre, acude a alguien mejor que yo. Seguro que en el Viminal hay por lo menos un par de libertos griegos que se apañan bien con los huesos. Conozco a uno… ¡Oye!
Medio As ya no le prestaba atención. Apoyándose en su bastón, se asomó por la pequeña ventana del entrepiso para vigilar la calle. Al borde del halo de luz dibujada por las linternas de la posada vio, en la penumbra, cuatro siluetas. Lo estaban esperando.
—Que Hécate se los lleve.
—¿A los ladrones, dices?
Medio As dio un golpe con el bastón en una tabla. Una rata corrió a los pies de Astrágalo, quien preguntó:
—¿Qué salteador de la Suburra la tomaría contigo? Y, sobre todo, ¿quién te acosaría con tanta insistencia? Te has metido en algún lío de los buenos, por lo que se ve.
—Nada que puedas entender. Estoy muerto, Astrágalo.
El veterano suspiró.
—Lo que tú digas. Si quieres, puedes quedarte aquí. Otros cincuenta sestercios y te cedo la cama. No se atreverán a entrar en el local de Aviculus; en esta popina somos todos veteranos de Sila.
—No puedo quedarme hasta mañana por la mañana. Tengo que irme de la ciudad esta misma noche.
—Por todos los dioses, ¿has violado a una vestal?
—Ojalá, por lo menos tendría derecho a un juicio. Pero te lo repito, no te concierne. Búscame una solución, más bien. Te pagaré un buen dinero extra si consigues llevarme a El Príapo Alegre sano y salvo.
—¿Cuánto te queda aún en el bolsillo?
—Doscientos sestercios, más o menos. Y serán tuyos.
—Típico de un tacaño de tu ralea no querer gastar ni siquiera para salvar el pellejo. Tendrás al menos quinientos… y para salir de aquí te hará falta hasta el último.
El de la cicatriz, el ibérico, el germánico y Puer se reunieron en una esquina del callejón, a pocos pasos de la popina.
—Y, bien, ¿habéis terminado? —preguntó Puer.
—Todo arreglado —dijo el ibérico.
El hombre de la cicatriz se acercó al chico.
—¿Dónde está ese bastardo? —Parecía tranquilo, pero los demás sabían que estaba fuera de sí por la huida del alcahuete.
Puer señaló la popina.
—¿Estás seguro?
—Sí, no se ha movido de allí. Sin embargo, es inútil entrar; hay quince veteranos ahí dentro, por lo menos. Muchos de ellos van armados y están bebidos. No son de los que se asustan.
—Mirad. —El ibérico llamó la atención de sus compañeros.
Dos figuras con capas cortas habían salido de la taberna y se alejaban, a la tenue luz de las linternas. Un tipo corpulento sostenía a uno más pequeño que se tambaleaba como un borracho.
—¿Puer? —preguntó el de la cicatriz.
—Es el más bajo, estoy seguro —respondió rápidamente el chico.
Los cuatro se movieron, manteniéndose en las sombras, a un lado de la calle. El aliento se les condensaba en el frío de la noche. Se apresuraron, con las manos bajo las capas, listos para sacar las armas.
De vez en cuando, Medio As se daba la vuelta; los veía cada vez más cerca. Para darse prisa, estuvo a punto de saltar sobre su pierna sana.
—Se nos echan encima, Astrágalo, se nos echan encima —susurró aterrorizado.
El veterano, sin embargo, no parecía tener mucha prisa, al contrario, lo refrenaba.
—Mantén la calma, por las tetas de Juno. Todo irá bien, camina despacio.
—¿Todo irá bien?
Ya solo los separaban unos pocos pasos de sus perseguidores.
—Puer y yo, a por el pequeño. Vosotros encargaos del otro. Muerte para ambos, ni un resoplido debe salir de sus gargantas —siseó el hombre de la cicatriz.
Medio As se volvió de nuevo y vio brillar una hoja iluminada por la luna.
—Ya está —dijo—, les he dado quinientos sestercios a un puñado de borrachos para morir en compañía del más borracho de todos.
Luego se oyó una voz.
—Peregrinos, ¿os habéis perdido? —Era Dos Dedos.
Astrágalo y Medio As continuaron, los sicarios se volvieron.
Frente a ellos, cinco siluetas negras se destacaban a la luz de la taberna. Los brillos metálicos indicaban que tres de ellos por lo menos empuñaban cuchillos o incluso gladios. El de la cicatriz extendió sus brazos con las palmas hacia el suelo. La señal era clara: enfundad las armas.
—La Suburra es un laberinto de día, y no digamos de noche —continuó Dos Dedos—. Y ciertamente habéis tomado el camino equivocado. Por aquí no hay nada, solo malas experiencias anidadas en la oscuridad.
Ninguno de los cuatro respondió. Una decena de hombres había salido de la popina y los miraba fijamente; algunos se movían hacia ellos para rodearlos.
—¿Me permitís un consejo? —prosiguió Dos Dedos, avanzando bravucón—. Hay un burdel adecuado para vuestros andrajosos bolsillos a media milla en esa dirección. Me apuesto algo a que eso es lo que andáis buscando. Un vino excelente y, con un poco de suerte, hasta mujeres sanas.
El hombre de la cicatriz hizo un gesto con la cabeza a los demás. Por el momento, la caza había terminado. Pasaron frente a los veteranos, que los observaron desaparecer en el callejón. Dos Dedos miró a la cara al coloso durante un instante fugaz; no estaba claro si sonreía o rechinaba los dientes. Sintió que se le helaban las tripas.
—Y que nadie diga que los romanos no saben ser hospitalarios —añadió. Los sicarios ya estaban lejos, pero oyeron de todas formas la carcajada generalizada que acompañó la mofa.
Los veteranos volvieron a entrar en la popina de Aviculus y dio comienzo una fiesta que quedaría en la memoria: Medio As había dejado quinientos sestercios de bebida pagada para todos. Tenían para emborracharse durante semanas.
El alcahuete seguía quejándose y vigilando sus espaldas.
—¿Quieres dejar de darte la vuelta como un cervatillo asustado? —Se impacientó Astrágalo—. Dos Dedos y los demás nos han hecho ganar tiempo para alejarnos. En la oscuridad, en estos callejones, nunca nos encontrarán.
—No sabes de lo que son capaces…
—Si no me dices quiénes son, no puedo saberlo.
—Ya te lo he dicho, no lo sé. Son monstruos sin nombre para mí también.
—Seguro, seguro. Lo que está claro es que no se rendirán tan fácilmente. No salgas durante algún tiempo, sea lo que sea lo que hayas hecho, a quien hayas ofendido o robado. Y deja un par de hombres robustos de guardia. Aquí estamos.
Los dos habían llegado a El Príapo Alegre, el más famoso de los tres burdeles de Medio As. Ya estaba cerrado; apenas faltaban un par de horas para el amanecer. El alcahuete tocó cuatro veces sucesivamente y la puerta se abrió.
—No te preocupes —dijo—, no tengo la menor intención de salir de paseo, ni siquiera de irme a casa. En unas horas ya estaré lejos.
—¿Y adónde vas?
—A algún sitio al que no puedas venir tú a echarme tu aliento de vino de mala calidad a la cara.
Medio As le pagó otros doscientos sestercios a Astrágalo, como había prometido.
—Acuérdate de cuidarte el tobillo.
—Espero que todas esas monedas se te atraganten. Vale.
—¡Puedes contar con ello! Vale, pequeño hijo de loba.
Astrágalo volvió sobre sus pasos con cautela. La bolsa llena de monedas lo ponía nervioso. Los cuatro de los que se habían librado no eran, desde luego, ladrones de la Suburra, en su mayor parte amigos de Medio As, quien a menudo les compraba el botín. Esos eran asesinos a sueldo. Y ciertamente no eran romanos.
Había varias cosas que no le cuadraban. El alcahuete nunca se movía sin dos o tres de sus esclavos más robustos por lo menos, ni siquiera de día y, mucho menos de noche, con tantas monedas encima; demasiadas. Entre otras cosas, no podía ser la recaudación diaria, considerando que los servicios de sus putas costaban, como mucho, treinta ases. Y, además: ¿qué había ido a hacer a un lupanar que aún no había abierto sus puertas? La Vaina del Gladio no se inauguraría hasta febrero.
Mientras se preguntaba por las razones de una noche tan extraña, se encontró justo debajo del letrero de dicho prostíbulo; un amanecer metálico acariciaba los tejados de la ciudad. Notó que la puerta estaba entreabierta, algo bastante inusual. Observó un hilillo de sangre que goteaba del vestibulum y se mezclaba con los charcos del callejón. Desenvainó su puñal y entró.
Se encontró frente a cinco cadáveres apilados uno sobre otro.
Tomó una lámpara de aceite que colgaba del techo y estudió los cuerpos. Reconoció tres de ellos: los guardaespaldas de Medio As. A los otros dos nunca los había visto, pero estaban demasiado bien vestidos para ser unos esclavos cualesquiera. El viejo soldado tardó un momento en darse cuenta de que había sido un trabajillo rápido y preciso. Quien hubiera matado a esos cinco servidores estaba familiarizado con la muerte.
Exploró la planta baja: desierta. Subió las escaleras.
«¿Por qué no te preocupas de tus propios asuntos, Astrágalo?», pensó.
De repente, le llegó un intenso olor a sangre y a entrañas, y tuvo la sensación de que la borrachera se le pasaba de golpe. La habitación parecía haber sido arrollada por una tormenta. Un aparador bajo de madera de dos puertas estaba volcado en el suelo, había cascajos por todas partes.
Se detuvo a observar el cuerpo de un hombre doblado sobre sí mismo, con una mejilla pegada al suelo por la sangre coagulada. Un meandro del intestino le sobresalía de la elegante túnica rasgada a la altura del abdomen; lo habían destripado. En el dedo índice de su mano derecha llevaba un anillo de hierro con un sello en el que estaban grabadas las iniciales M. V. C. Sin duda alguna, era un équite.
—Me apuesto un testículo a que los dos elegantes esclavos de abajo eran tu escolta —se dijo Astrágalo, y observó más de cerca las manos del muerto. Si tenía otros anillos, se los habían quitado.
Agarró el cuerpo por la túnica y lo levantó lo suficiente para poder mirarlo a la cara. A pesar de la expresión grotesca esculpida por la muerte, sus rasgos eran bien reconocibles: nunca lo había visto por allí.
El hedor a heces era muy fuerte; sintió arcadas.
Siguió explorando la habitación.
La luz de la lámpara iluminó dos grandes triclinios dispuestos en forma de ele, empapados en sangre, frente a los cuales había una mesita baja con patas de ébano y un tablero de mármol sobre el que estaba apoyada una bandeja de bronce llena de frutos secos. A su lado, una jarra de vino ya fría. Astrágalo metió los dedos en ella y humedeció sus fosas nasales para tolerar mejor la fetidez.
Se acercó a un cadáver vestido con una túnica de excelente confección, adornada con aplicaciones de oro. Había sido degollado, las salpicaduras de la sangre habían dibujado en la pared y en el techo oscuras fantasías de flores rojas. Movió la lámpara sobre el rostro del hombre; tenía una larga melena rubia y los ojos desorbitados. No unos ojos cualesquiera: una pupila era azul intenso y la otra marrón como madera de roble. En los dedos, las marcas de los numerosos anillos que los habían adornado, a la moda de los orientales.
Un poco más adelante había tres chicas. Una, apenas una niña, de cabello rubio ceniza y pechos inmaduros, yacía en posición descompuesta, con el cráneo partido, bajo una ventana cerrada con pesados postigos de madera; un solo golpe asestado con brutal violencia. Las otras dos, medio tapadas por una piel de becerro y, por lo demás, desnudas, habían sido amontonadas entre un diván y la pared. Astrágalo se inclinó, y la luz de la lámpara de aceite acarició las suaves líneas de una pelirroja, nórdica, con la piel llena de pecas. Le habían hundido la hoja entre el cuello y la clavícula. Debajo de ella yacía boca abajo una espléndida morena asiática; el veterano la giró y su rostro emergió de una mata de salvajes rizos negros. Tenía la nariz rota, el único signo visible de violencia, aparte de la herida fatal en el corazón. Debía de haber luchado.
Mientras los dos hombres habían sido descuartizados con un arma afilada, como la obsidiana, y la niña había sido brutalmente liquidada con algo pesado, las dos mujeres habían sido asesinadas con estocadas precisas, tal vez de un gladio, a juzgar por la extensión de sus heridas. Astrágalo había aprendido a matar así con sus adiestradores de la legión, y él mismo había enseñado luego esa técnica a los reclutas. Había algo familiar en esas heridas.
Volvió a estudiar los rasgos de las chicas. Conocía bien a las putas del Medio As, y a esas nunca las había visto. Eran espléndidas, exóticas, no las potrillas habituales. Qué desperdicio más inútil. Suspiró y comenzó a hurgar por el interior de la habitación, a la búsqueda de oro o de monedas que se les hubieran escapado a los sicarios. No encontró nada, a excepción de un arete dorado que posiblemente perteneciera al griegucho de mirada bicolor. Lo metió en la bolsa junto con las monedas de Medio As.
Se puso las manos en las caderas y miró a su alrededor. Ya se había tropezado con escenas como esa durante los saqueos en los que había participado durante la guerra, pero nunca se hubiera esperado verlas reproducidas en un lupanar de Roma. Se rascó la barriga. Medio As había organizado una fiestecilla privada. Los dos hombres asesinados debían de ser personas influyentes si se había abierto expresamente para ellos un local aún sin inaugurar.
Putas nuevas y hermosas, sicarios bárbaros que irrumpen y causan una matanza.
Sintió la necesidad de aire y se asomó a la única ventana abierta; la ciudad se despertaba, desconocedora de la pesadilla nocturna que se había materializado en esas habitaciones. El sol naciente iluminó las marcas de dos sandalias en el alféizar de la ventana.
Astrágalo sonrió y miró hacia abajo.
—Así fue como ese bastardo se torció el tobillo. Fue más rápido que los demás en comprender lo que ocurría o bien los vio antes. O tal vez sabía que vendrían.
Meneó la cabeza, agarró una copa, la limpió de sangre con un dobladillo de la túnica y bebió largos tragos de vino frío con miel. A la salud de los muertos.
Tradunt
Roma, año 673 ab Urbe condita, víspera de las nonas de enero
(4 de enero del año 80 a. C.)
Tito no tenía claro por qué ocurría ni tampoco cuándo, pero el caso es que ocurría. A veces se veía catapultado al pasado, de repente, abrumado por ensoñaciones y pesadillas con los ojos abiertos. En esa ocasión quizá había sido el queso lo que le recordó a Vicio Calpurnio, aquel pequeño legionario hijo de un pastor de ovejas que, en cada batalla, al verse frente al enemigo, balaba tan fuerte que se le oía por encima de los insultos que los dos bandos intercambiaban en los instantes previos al choque. Era su forma de burlarse de los enemigos: desataba la hilaridad de los veteranos y animaba a los jóvenes. Vicio Calpurnio, una gota del pasado que, al caer ante sus ojos, lo había llevado a otro lugar. Vicio Calpurnio, que había muerto bajo su mando en la batalla de la Puerta Collina, dos años antes.
Una almendra lo golpeó en la frente y el tiempo volvió a ser el aquí y ahora del triclinio de Velia Aquinia. La mujer lo observaba con su peor mirada de reproche, un arma contra la cual ningún escudo habría podido defenderlo.
—Hay nobles senadores que pagan generosamente por mi compañía. Hay príncipes del foro, excelsos oradores que caen embelesados por mi charla. ¿Y qué haces tú? No me haces ni caso. En mi propia casa.
—Velia, mi señora, perdóname.
Tito soltó el queso y se deslizó por el amplio diván para meterse bajo la manta de lana en la que Velia se había acurrucado. El pálido sol de enero debía de estar ya en lo alto del cielo desde hacía algunas horas, pero ningún esclavo se había atrevido a abrir los postigos de las ventanas con ese frío, y la domus de la matrona seguía inmersa en las sombras, iluminada apenas por braseros crepitantes y algunas lamparillas. De la calle llegaban los ruidos de un día cualquiera en el Germalo: siervos que descargan mercancías y comida en la domus de un vecino, una flauta lejana que se ejercitaba errando algunas notas, un rétor que regañaba a un alumno perezoso. Fuera de allí, hacía varias horas que Roma había vuelto a la vida; en cambio, en casa de Velia, donde el tiempo fluía de otra manera, la noche se demoraba. Tito abrazó la espalda de la mujer, que yacía a su lado. Ya no era joven y, sin embargo, los signos de la edad la favorecían como el otoño a los campos. Velia seguía siendo hermosa, de una belleza diferente, tranquila y acogedora y, sobre todo, aún conservaba el poder de avivar el fuego en las caderas de Tito y de sus nobles y ricos amantes. Él le besó el hombro desnudo, suave y perfumado.
—Nadie puede pagarte lo suficiente. Sea cual sea la cifra que un hombre esté dispuesto a gastar, tú le devuelves mucho más que eso.
La mujer se acurrucó contra él.
—Tito, Tito… Cuando conquistaste mis gracias eras un burdo oficial de bajo rango que de noble solo tenía el nombre. Ahora, no hay más que escucharte, tejes las palabras a la altura de un adulador digno de las reuniones más elegantes.
—Mérito tuyo. Me moldeaste de arcilla. Ahora incluso soy capaz de contener los pedos —respondió él, fingiendo servilismo.
Velia estalló en una risa cristalina.
—Si te hubiera creado yo, te habría concebido de manera muy diferente al hijo de loba que eres. Un maravilloso hijo de loba —lo besó de nuevo, con fuerza, casi haciéndole daño—, pero un hijo de loba al fin y al cabo.
Más allá de las expectativas que pudiera albergar Velia, Tito tenía razón: ella lo había transformado en algo parecido a un verdadero ciudadano de la Urbe, o al menos le había mostrado la forma de fingir que lo era. Cuando entró en el ejército tenía dieciséis años, y durante veinte más había servido a tal o cual amo bajo los estandartes de Roma. La vida de la legión lo había convertido en un hombre, pero no desde luego en un caballero refinado. Para un veterano, la Urbe no era más que un arbusto en el que acechaban sierpes venenosas que con una sola palabra podían arruinar a cualquiera; no admitía ingenuidad ni ignorancia, masticaba a los que no entendían sus mutables reglas y expulsaba los restos sin nombre. Un hombre acostumbrado a enfrentarse a los enemigos abiertamente en el campo de batalla, de acuerdo con las leyes del hierro y de la sangre, en Roma era un lactante abandonado en un bosque, nada más que una presa.
Velia, sin embargo, le había enseñado a sobrevivir en la capital e incluso a disfrutar de su complejidad. Ella sabía bien cómo lidiar con Roma. Lo demostraba el hecho de que, siendo una mujer que se había quedado sola, había sido capaz de mantenerse a sí misma e incluso de aumentar su fortuna atrayendo a los amantes adecuados a una sofisticada red tejida con encanto y sensualidad. Era viuda del tribuno militar Marcio Murolo Corvo —a cuyo lado Tito, quien llegó a ser gran amigo suyo, había luchado—, que murió con el gladio en la mano. A diferencia de otras mujeres en su condición, no había buscado un nuevo marido a quien confiar su existencia. La acomodada familia patricia del difunto le había propuesto casarse con su cuñado, que también había enviudado recientemente, pero Velia rechazó la oferta. ¿Su cuñado? Diez años mayor que ella y, por si fuera poco, con una desenfrenada pasión por los lupanares de bajo rango. No, gracias. Eso, sin embargo, había significado renunciar a las rentas de casi un millón de sestercios garantizadas por las tierras del consorte. En todo caso, reconociendo la devoción que siempre había mostrado por este, la familia de Marcio le había dejado la casa del Germalo, una domus de indudable valor, y dos esclavos que ella misma había escogido entre los sirvientes.
Velia, en cambio, provenía de una familia del orden ecuestre. Tras la muerte de su marido, su padre le había presentado a una multitud de excelentes partidos que, atraídos por una suntuosa dote, habrían estado dispuestos a tomarla como esposa, aunque ya hubiera superado los treinta años. Ella no quiso saber nada, al contrario, se convirtió en protagonista de comportamientos tan excéntricos que hicieron que todos pusieran pies en polvorosa. Su morada se convirtió en un lugar de encuentro para actores, poetas y artistas de toda clase y origen, de cuyo trato ningún buen romano se habría jactado en el foro. Empezó a propagarse un rumor: Velia Aquinia se había vuelto loca.
Había elegido ser dueña de sí misma. Tal vez amara demasiado a su Marcio para dejar que la rozase la idea de reemplazarlo, o tal vez después del duelo saboreó la libertad y ya no podía renunciar a ella. De esa manera se extendieron otras voces: Velia Aquinia era una mujer disoluta, según algunos, incluso una meretriz, según otros. Por mucho que las leyendas que la tachaban de cortesana bajo falsa identidad en ínfimos prostíbulos —o capaz de venderse por unos pocos ases a los legionarios que se adiestraban en el Campo de Marte— la hirieran en lo más hondo, siguió adelante por el camino que había elegido. Le encantaba definirse como una hetaira: se vendía a sí misma, es verdad, pero, sobre todo, su cultura, su elegancia. Y el cuerpo, solo para unos pocos patricios. Había decidido no atarse a ningún hombre a excepción del tiempo que este pudiera permitirse pagar. Sin ingresos y sin familia, le parecía la mejor manera de invertir su atractivo y refinamiento cultivados a lo largo de los años.
Con Tito, en cambio… Con él compartía el vacío dejado por la muerte de Marcio, una carencia que solo ese hombre, en todo el mundo, podía comprender. Acogerlo en su casa y en su cama había resultado casi algo natural. Un veterano, un plebeyo en el censo, pero noble de ánimo, que lo había perdido todo en el juego; un hombre al que su familia, sin duda, no hubiera aceptado. Después de haberse salvado del destino que otros hubieran querido para ella, había decidido salvarlo a él de sí mismo y de Roma. A cambio, recibió protección y ardor. Tito era su antídoto personal y secreto contra la edad y una concurrida soledad.
Pero la comparación que cualquiera hubiera hecho entre él y el hombre cuyo lugar había ocupado en su cama era despiadada.
Y el propio Tito lo sabía bien.
Cuando pasaba por el atrio de la domus, nunca levantaba la mirada hacia el sigillum de madera que representaba a Marcio Murolo en primera fila frente a la hilera de sus nobilísimos lares. Marcio había sido un buen hombre, un buen romano, un buen soldado, y sin duda estaría sentado en la curia, entre los padres conscriptos, si Hécate no lo hubiera segado en la plenitud de sus treinta y cuatro años, a las puertas de Roma, atravesado de parte a parte por una lanza mariana. Tito había sido su amigo, había seguido sus órdenes y le había aconsejado en el campo de batalla cuando el noble lo necesitaba. Habían descubierto que tenían almas afines como las de dos hermanos. Marcio instruía a Tito en el sentido de la vida y Tito a Marcio en cómo arrebatarla. Habían compartido victorias y derrotas, derramado su sangre sobre la misma tierra, y eso los había unido incluso lejos de la legión.
—Perdóname. —Tito lamentaba de verdad no haber mostrado interés en las palabras de la mujer—. A veces se me va la cabeza así, de repente.
—¿Y adónde vas, soldado mío? ¿Adónde huyes?
—A ningún lugar que merezca la pena recordar. —El hombre tenía una expresión sombría y parecía al borde de una incómoda e incontenible confesión. Velia, sin embargo, no se sorprendió al verlo cerrar con llave el calabozo en el que había enterrado a sus demonios.
—Te he interrumpido con mi ausencia —continuó Tito, sirviéndose una copa humeante de vino y miel—. Volvamos a tu relato, por favor.
Velia no desafió la reticencia de su amante, se estaba acostumbrando a esas repentinas fugas. Y sobre todo estaba aprendiendo a aceptar los secretos de un hombre que sabía ser repentinamente complejo. Continuó donde lo había dejado.
—Bueno, pues como te decía, la otra noche vino a visitarme Décimo Juvencio Pedo.
—¿El mercader de aceite?
—El senador. El comerciante es Celso. —El tono de la mujer se volvió misterioso, con la voz amortiguada casi en un susurro—. El senador Décimo Juvencio, como te decía, se presenta con diez esclavos y dos literas. Teme tanto los desplazamientos nocturnos que cuando se mueve pone en marcha toda una legión. Y me pide que lo siga. Afirma que tiene una sorpresa para mí. Así que yo monto en la litera que me ha reservado mientras Pedo me precede en la otra. Las cortinas de piel se cierran y se atan. Un viaje de lo más tedioso, con ese continuo bailoteo tan perjudicial para mi delicado estómago. Sabes que prefiero ir andando o sentada en un carro. El caso es que, después de un rato lo bastante largo como para resultar aburrido, me encuentro en esa gran villa. No sabría decirte dónde. En la Vía Apia, quizá.
—¿Una de esas fincas con acres y acres de olivos? —Tito trataba de orientarse. Había aprendido que el chisme era más que una simple manera de compartir hechos; era la materia prima con la que se construía la imagen pública de un romano y un bien de intercambio que, a menudo, podía convertirse en auténtico dinero contante y sonante.
—No lo sé. Para ser sincera, parecía una elegante villa urbana. Había estatuas de mármol negro y rosa, fuentes, un peristilo de estilo griego…
—Nada raro, entonces. Esto de Grecia se está convirtiendo en una auténtica manía. Parece que toda la Hélade hubiera entrado en Roma, como una enfermedad, junto con Sila a su regreso del Ponto.
—Es cierto. Pero, la verdad, a mí un poco de refina
