La marca del agua

Montserrat Iglesias

Fragmento

cap-1

 

No sé lo que les van a decir a los muertos los que se han ido, quién les va a explicar que se quedarán aquí como los trastos que no se pueden llevar o vender. Yo, desde luego, no subiré a decírselo, aunque alguien tendrá que hablar con ellos. Madre dice que los muertos no escuchan. Qué va a saber. En ningún sitio está escrito que no atiendan razones. Una vez le pregunté a don Rufino y me dijo que los muertos ya no nos oían, pero don Rufino no es un cura leído; en realidad, es un ignorante, así que bien podrían hacerlo y que él no lo supiera. Y ahora los van a dejar aquí y sin ninguna explicación.

La casa no ha notado que nos tendremos que marchar en menos de media luna. A la luz del candil, todo está como lo dejé: la puerta abierta, el zaguán en penumbra y Noble agitándose en la cuadra. Patea, relincha. Luego tengo que ir a ver lo que le pasa a ese animal.

—¡Sara! ¡Hermana!

Me he debido de hacer daño al arrojarme sobre la marca y otra vez no me dobla esta rodilla. Parece que voy a echar abajo los escalones. Mira que no despertarse con la escandalera que estoy montando, pero la puerta sigue cerrada al final del pasillo.

—¡Sara!

No contesta.

—¿Hermana? ¿Puedo pasar?

No hace falta encender la luz. La llama temblona y las contraventanas abiertas dejan ver una habitación vacía. Ordenada. La cama hecha. No hay ropa fuera de los armarios. Todo sigue en su lugar. El crucifijo, el cromo de la Anunciación, la lamparita, la cajita de nácar y plata, la foto de estudio con madre y conmigo, el devocionario que le regaló don Rufino por su santo, una libreta con dibujos de Gabriel, la pila de los libros que se fueron dejando los huéspedes. Es como si se hubiese ido de viaje, pero en el armario sigue toda su ropa. Parece recién planchada y huele a ramilletes de lavanda frescos.

—¡Sara!

Ni en la habitación de Juan, ni en la de madre, ni en el cuarto de Gabriel.

—¡Sara! ¡Sara!

Los golpes de las puertas de los huéspedes al abrirse suenan cada vez más fuertes. Ni en las cinco piezas que dan a la calle. Ni en las seis habitaciones que dan al corral. Sara, Sara, Sara, Sara. La llama está a punto de apagarse. La escalera vuelve a crujir. A lo mejor está haciendo el desayuno. De nuevo la cocina. La despensa. O arregla la cama de mi dormitorio. Nada. Habrá entrado en el zaguán para seguir cosiendo. Pero la silla está vacía. Noble cocea en la cuadra. En el comedor de huéspedes tampoco hay nadie.

—¡Sara! ¡Sara!

No, no está dentro de casa. Puede que haya salido al corral. Es la Vitoria quien echa a las gallinas, y a Sara no le gusta que las tareas de otros se queden sin hacer. Aunque la puerta que da al corral sigue cerrada. Los goznes parece que gritan, y las gallinas se asustan y cacarean. Sara, Sara. Ni rastro de nadie en el espacio abierto del patio, ni en la cochera, ni en el granero. ¿Dónde estás, Sara? Tal vez la migraña la haya aturdido tanto que ahora esté vagando casi en la oscuridad por el pueblo, por los cortados, por el agua... La puerta de la cuadra está abierta. Estoy seguro de que la atranqué antes de acostarme. Noble relincha y cocea. Espero que no se haya soltado.

Pero Noble sigue amarrado al pesebre, pegado a la pared. Es raro. Suele ponerse en la otra punta de la cuadra, junto a la ventana de detrás de la puerta. La Vitoria siempre me recrimina dejarle la rienda demasiado larga: «Un día se enredará y tendremos un disgusto». Pero si lo atara corto al pesebre no llegaría a la ventana. Los caballos no son como las gallinas o los cerdos; no les basta con comer, también necesitan mirar. Si la Vitoria lo viese ahora se enfadaría conmigo: se le ha liado la rienda por las patas y el cuello y, al verme, se encabrita aún más y tensa la cuerda. ¡Dios, que se me ahorca! ¿Quién ha dejado el candil nuevo en el clavo? Por eso no lo encontré esta mañana. Cuelgo este para poder palmearle a Noble el lomo, las ancas, el vientre, el morro.

—¡Eh! Noble. ¡Eh! ¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? ¿Otra vez los ratones? ¿Se ha metido un erizo? Pero si tú eres mucho más grande, amigo. Tranquilo, tranquilo. ¡Eh!

Sus entrañas laten fuerte y el pelaje está húmedo, como si llegase galopando de muy lejos. Le sube hasta la piel el olor a bosta, como el vaho que se forma en la cuadra en las noches de hielo. Poco a poco se amansa.

—Eso es. Tú sí que me entiendes. Y yo a ti. Mejor que nadie.

Se deja desenredar la cuerda de las patas, del cuello.

—¿Qué te pasó, amigo? ¿Ya estás bien?

Bufa. Al entrar la primera claridad del alba por la ventana de la cuadra se forma una mancha. No es una humedad repentina, hay algo detrás de la puerta. Tal vez lo que le asusta a Noble.

Veo sus botines de charol, pero no en el suelo. Más arriba sus medias negras, su vestido azul marino, el de tablas anchas, el de lana, el que estrenó hace dos domingos para la misa de Pascua. Más arriba, sus manos blancas, abiertas, flojas, separadas del cuerpo, como si no quisiesen ensuciar la ropa, sus hombros protegidos por el cuello redondo del vestido, de seda negro. No hay otro tan elegante como ese en todo el pueblo. Ella sola lo hizo. Su trenza negra, larga, volcada hacia delante como las manos blancas. Arriba del todo su cabeza ladeada, la piel solo un poco azul, los labios oscuros, los ojos abiertos sin un punto fijo. Es Sara y está muy quieta y no es posible. Nadie se sostiene en el aire. Más arriba, una de mis cuerdas de esparto atada a un machón. La cuerda acaba en el machón y empieza en Sara, o termina en mi hermana y empieza en el machón. Atada ahí, cualquier cosa puede sostenerse en el aire. Pero no vivo, y Sara no puede estar muerta.

cap-2

 

Todavía no puedo abrir los ojos. Ojalá esto fuese un mal sueño, como ese que me despierta en las madrugadas y en el que unos buitres pelean por la carroña de una oveja muerta, mientras chillan y baten las alas. El sueño de buitres que tendría un hombre que no los conociera como yo, que los veo cada día volando en espiral, las alas extendidas en el aire caliente, en silencio, subiendo como un séquito de ángeles en una estampa del catecismo, ordenados.

Pero esto no es un sueño ni tampoco duermo porque noto bajo el cuerpo el suelo duro de la cuadra. Siento la paja, la tierra. Huelo el estiércol. Noble bufa cerca de mí y me echa su resuello de bestia en la cara. No, no es un sueño. Sara está colgada del machón y temo abrir los ojos y que sea ella lo primero que aparezca. Como esa sea mi primera visión, no podré levantarme nunca, me quedaré pegado al suelo y atado con ella. Mejor que Noble me pateara aquí mismo. Sería la manera de no tener que marcharnos. O colgarme con ella. Si Sara pudo, yo también podría. Pero no nos quedaríamos aquí porque aquí no será nada. Algo sumergido bajo el agua no es un sitio. No habrá pueblo, solo agua estancada y fango.

Noble me zarandea con la testuz. Ven aquí, amigo, que me tienes que llevar fuera como a un ciego su perro. ¡Qué mal huele este animal! ¿Qué es lo que tiene? Me da lo mismo, no voy a abrir los ojos. Estas son sus patas, su tripa, su lomo. Espera, Noble, que no puedo con la rodilla. La cuerda de Noble me enseña el camino en mi oscuridad. Lo desato del pesebre y vuelvo junto a él. Vamos, Noble, sácame de aquí. Noble entiende que lo acaricio igual que cuando lo preparo para ir a las tenadas y se dirige a la puerta. Con la cara en su pelaje castaño no tendré tentaciones de volver la vista. Vamos, Noble, llévame fuera. No sé de dónde viene este tufo a podredumbre.

—Bien hecho.

La bestia se aleja de mí y trota por el corral cuando le palmeo las ancas, pero el aire de la mañana sigue oliendo a mierda. No es Noble, soy yo quien se ensució al caer sobre las bostas de la cuadra. ¡Virgen santa! Llevo caladas las perneras del pantalón, los faldones de la camisa; noto la suciedad incluso en la espalda. Antes quemo esta ropa que dejar que la Vitoria la vea así. Pero tal y como estoy no puedo entrar a calentar agua sin dejarlo todo perdido. Tampoco puedo meterme en la cuadra y usar el balde; no me quedaré en cueros delante de Sara, prefiero quemarme yo también con la ropa. No queda más remedio que echarme directamente el agua del pozo. En realidad, pese a que la luz gris de las seis haga rechinar los dientes, no hace tanto frío. Cuando me caiga el primer cubo ya no notaré nada. Nunca he visto un gorrino tan rebozado de inmundicia como yo, y las gallinas se me acercan igual que a la pocilga. Son las únicas que disfrutan como si se celebrase una fiesta, picoteando la ropa que cae a mis pies. Diga lo que diga la Vitoria, no deberíamos comer unos animales que prefieren la mierda al grano. Solo se apartan cuando vuelco el saco de desperdicios y meto la ropa al fondo. Se acabó el jolgorio.

Al caer el cubo en lo profundo del pozo suena frío y el ruido de la cadena en la polea suena aún más frío.

—¡Virgen santísima!

El agua se lleva lo sucio a cuchilladas, me arranca la piel con la podredumbre. El segundo cubo se notará menos.

Tengo que echármelo por encima de la cabeza. Se me escurre la cadena, no es por culpa del agua, sino de la tiritona. Esta vez casi no la he sentido al caer. Ya está, ya está, ya está.

Me mata la vergüenza de entrar a la casa chorreando y en cueros. Los ojos de los huéspedes de los últimos treinta años me miran en el zaguán, los de madre se me clavan al pasar por la cocina; los de Juan y la Vitoria me contemplan mientras me tumbo en el borde de la cama deshecha.

Acurrucado, escondido bajo las mantas, ni siquiera me duele la rodilla. El dolor se lo llevó el agua con la inmundicia. Ni noto el frío de la alcoba. «Esta habitación es un páramo», dice la Vitoria al levantarnos cada mañana. Aunque a ella lo que la molesta no es el frío, sino que el cuarto esté en la planta baja, cerca de los animales, de la cuadra, el pajar y el granero, del trabajo de cada día, con una ventana que da al corral en lugar de un balcón a la calle y una puerta que abre justo a la cocina. La Vitoria cree que la metí en ese dormitorio para no darle su sitio, por hacerla de menos respecto a madre, a Sara y luego a Juan. Tanto esperó la muy terca que le diese su puñetero sitio que el niño durmió con nosotros hasta que el pobre casi no podía ni revolverse en su cuna. Cuando madre dijo que ya estaba bien e hizo subir al niño a mi antiguo cuarto, Vitoria pensó, seguro, que también nosotros iríamos al piso de arriba. Pero yo ni palabra, y ella tampoco, que en el fondo es orgullosa. Y madre qué iba a decir, si lo que más le gusta es ver sufrir a la Vitoria.

Tengo que decirle a madre que Sara está muerta, para que regrese, y a Gabriel y a Vitoria, a todo el mundo, que regresen, que Sara está muerta. Muerta. Y luego qué. La enterrarán. Está colgada de un machón. ¿Dónde la enterrarán? Da igual, porque aquí todo se lo acabará tragando el agua y todo el pueblo será ningún sitio: el agua no es un lugar, es el agua. Eso es lo que quería contarle a Sara antes de encontrarla muerta: que la casa será agua en diez días, a lo sumo media luna, que el agua ya ha hecho su marca en nuestra piedra.

Ayer, cuando subió a acostarse, se lo dije: «Mañana me acerco a la piedra antes del desayuno, a ver cuánto le queda al agua». Ya no le queda nada, ya ha llegado. Es normal. Tendría que haber estado más pendiente, aunque nunca pensé que subiría tan rápido. La puse hace solo cuatro días para que madre dejara de rezongar: «Al final vamos a tener que salir con lo puesto», decía. Madre fue quien eligió un pedrusco gordo y blanco de la cantera y contó conmigo los cincuenta pasos desde la casa. Un poco más y se pone ella misma con la azada a hacer el hueco para dejar ese pedregón tumbado como una bellota gigante en mitad de la tierra removida. Puesta la piedra, solo quedaba esperar a que el agua llegara, como ha hecho con todas las demás.

Fue la hija de la señora Marina a quien le oí decir por primera vez: «Ha llegado el agua». Vino a la fonda a buscar a Gabriel y este le respondió: «Tenéis quince días». Así fue. Y así ha sido con cada piedra. Gabriel hace sus cálculos en la libreta y anuncia la sentencia: una semana, diez días, doce, quince. Dice fechas exactas: el quince de diciembre, el tres de enero, el veintiuno de febrero, el doce de marzo, el siete de abril. No marra ni doce horas. Algunos que no le hicieron caso tuvieron que salir con el agua por el tobillo o perder el dinero de la venta de sus trastos porque el agua había entrado por las rendijas y los había echado a perder. Casi es mejor, por lo que están dando ahora por las cosas es preferible dejar que se las trague el agua. Madre es muy viva y vendió hace meses la mayoría de los bártulos que no nos podremos llevar. Di buenas voces para impedirlo, pese a que la mayor parte de los muebles eran de las habitaciones de los huéspedes y me importaban un carajo, y ella sin pestañear: «Que no, Marcos, que en dos meses no nos darán por esto ni un abrazo». Si se habla de dinero, madre casi siempre lleva razón; en todo lo demás se equivoca. Por eso se ha ido con todos al pueblo nuevo.

Eso también se lo quería decir a Sara: «En el pueblo no ha quedado nadie». Al salir no tuve ni que atrancar la puerta, se ha marchado hasta el relente. Ni un alma. Todos se han ido a celebrar. A celebrar ¿qué? ¡Menuda manta de idiotas! Y aún más después de lo del cementerio. Ni borracho iba yo a saludar a todos esos señorones de Segovia, de Burgos, de Madrid. Antes me corto las dos manos que darles una a esos mierdas que no nos dejan ni llevarnos a los muertos.

Ni el relente, Sara, quería decirle. «Hermana, ¡cómo puede haber amanecido un día tan manso!», le habría dicho. Debería caer el mismísimo diluvio para que se anegase el pueblo nuevo como está anegado ya la mitad de este. La cuesta de la calle Real hace de parteaguas. Inundadas las calles del norte. Secas las del sur. Pronto, también las del sur cubiertas por las aguas. Al norte, más alta, la iglesia. Al sur, mirándola como un destino, el cementerio. No es que no vea cada día el avance del agua, pero estas primeras horas son el peor momento para contemplarlo. Cuando le da la luz, el agua aún espejea y parece menos muerta; pero cuando ya la luna ha desaparecido y el sol todavía no ha asomado por los cortados del este, la lámina de agua no puede brillar, es una capa inmóvil, estancada, y el pantano parece aún más un monstruo quieto que se traga las casas, las tierras, las vidas y hasta a los muertos.

Los muertos también devorados sin que nada ni nadie grite ni se revuelva. Se van de fiesta sin siquiera preguntarse qué les pasará a los muertos dentro del agua. Lo mismo las corrientes los sacan de sus tumbas y se quedan varados en el fango y se los comen las truchas y los gobios. Sara también estará cubierta de fango y mordisqueada por seres pegajosos que no son animales, porque no corren ni vuelan. No la dejaré con los peces. Me la llevaré y ya se me ocurrirá algo, o a madre, que siempre tiene una solución para todo.

Pero antes tengo que salir de las mantas. Ya siento el cuerpo y también la humedad y el frío. Si quiero que la rodilla vuelva a doblar alguna vez, tengo que vestirme o este páramo me acabará convirtiendo en piedra. No me pondré la ropa para el campo porque Sara va con su vestido de fiesta y se disgustaría si la acompañase en ropa de faena. Es lo único en lo que están de acuerdo madre, la Vitoria y Sara. En eso y en que a los muertos se les debe mostrar respeto. Este traje lo estrené en la boda de la mayor del Toñete. Sara me dijo que iba muy guapo y la Vitoria no me dijo nada, pero no me soltó del brazo en todo el día. Tiene la pana totalmente nueva porque la Vitoria me lo reserva para las ocasiones. Esta es una de ellas. Camisa blanca y nada de albarcas, los zapatos y calcetines finos, de los que trajo madre de Aranda. Ella nos enseñó a dejar tan fuerte la lazada de los cordones que jamás se desatan, y Sara se lo enseñó a Juan, como tantas otras cosas.

La imagen rubia del espejo es la de un hombre mayor que yo: debe de ser por la ropa o por el pelo, que todavía chorrea un poco y se ve menos pajizo que cuando está seco. Sara dice que los rubios siempre parecemos más niños. Ahora siento que no es verdad. La gorra en el bolsillo hasta que se me seque la cabeza, que si me la pongo quedará una señal como de arete de hierro de un Niño Jesús. Cuando me pasa, Sara me llama paleto y se ríe. Llamaba. Reía.

Me la llevaré en el carro, pero no está bien que la tire sin más debajo de la carga. Sería como un sacrilegio: Sara en la caja ensuciándose la cara y el vestido, desgarrándose las medias bordadas, entre haces de alfalfa y sacos de cereal. Tal vez podría cubrirla con la arpillera nueva que compré en Sepúlveda y que debe de seguir en el granero, pero tampoco es respetuoso envolver a Sara como una fanega de trigo o un pellejo de oveja. Tiene que haber otro modo. Quizás una manta, una sábana o una cortina sirva. Qué pena que madre vendiera también todas las alfombras de las habitaciones de los huéspedes. Al final, no fue tan buena la idea de vender los trastos y tendría que haber protestado mucho más. En nuestro arcón, la Vitoria guarda alguna colcha vieja que podría valerme. Aunque podría utilizar la colcha de Sara. A ella seguramente le gustaría que la acompañase después de tantos años de esfuerzo. A lo mejor ese fue el motivo de que se levantara a coser en plena noche.

La oí bajar muy tarde. Ojalá me hubiese levantado. Pero lo hace tantas veces que no me pareció que ocurriera nada extraño: se desvela y se levanta a coser. ¡Anda que no ha discutido con madre por el gasto de luz! Y, desde el compromiso con Gabriel, se había empeñado en acabar la colcha: «Solo me quedan los flecos. Los coso y ya». Es verdad que los tres últimos días lo dejó al venirle la migraña. Tal vez por eso me alegró sentirla bajar. Pensé que ya estaba mejorando. Lo que no me pareció normal fue encontrar al levantarme la lámpara del zaguán encendida, su silla bajo la luz, la colcha sin doblar sobre la silla, el cesto de costura sin recoger. Entonces me tendría que haber dado cuenta de que no la había oído subir de nuevo. Sin embargo, no lo pensé; solo me entró una desazón molesta cuando vi la silla y la colcha de Sara en mitad de la pieza como un montón de trigo desparramado. Por eso lo recogí todo antes de salir, y me admiró lo mucho que pueden pesar estas cosas de las mujeres. A los hombres solo nos parece que pesan las talegas de cereal y de patatas porque son ásperas, bastas y feas, pero las cosas delicadas también son una buena carga. Basta con intentar doblar y ahora desdoblar esta colcha para darse cuenta.

Con la primera claridad de la mañana, su colcha extendida sobre el suelo del zaguán no tiene nada que envidiarle a uno de esos tapices de La Granja que fuimos a ver una vez con Gabriel. Años contemplándola coser y nunca le pregunté qué dibujo estaba bordando. Me limitaba a ver trozos de hilo negro o blanco o dorado. Parecen dos pastores, aunque vestidos como de teatro, y el cordero parece también falso, sacado de uno de los cuadros de la sacristía de don Rufino. Tal vez lo copiara de allí. El mozo está de pie y ella sentada en el poyete de una fuente, que tampoco es una fuente normal, sino una de esas que están en las ciudades solo de adorno. Y aquel pájaro, que bebe del vaso de la fuente, es una tórtola. La colcha está acabada. Sí, eso es lo que estuvo haciendo anoche: terminar de coser los últimos flecos negros alrededor de la tela bermellón. Yo habría dormido a gusto en una cama que tuviese una colcha como esta, en una habitación de matrimonio que fuese la envidia de todas esas malas lenguas que creyeron que Sara nunca se casaría. Y con todo un ingeniero. Eso le tendría que haber bastado.

Pero ahora da lo mismo. Ahora solo hay que ser más valiente que nunca y bajar a Sara igual que cuando se sale de una trinchera: sin pensar. El aceite del candil ha debido de acabarse, pero la luz que entra por la ventana de la cuadra la muestra completa, como si siguiese cosiendo bajo la lámpara del zaguán. Lleva el vestido azul oscuro, las medias negras, los botines atados, la trenza peinada con esmero. Sara se amortajó para subir por la escalera de mano como si se encaramase a una buitrera y atar la cuerda al madero del techo; se amortajó para ajustarse el nudo y saltar sin miedo. Seguro que subió con más gracia que yo, sus rodillas no le fallaban; no obstante, los peldaños son seguros y, sujetando bien los largueros, no hay peligro. A pesar de que el doble nudo se ha apretado con el peso, no es difícil de deshacer y la cuerda es bastante larga para llegar hasta el suelo. Lo que resulta complicado es no dejarla caer de un golpe e impedir que se llene de tierra, de paja, de bostas. En la bajada, el esparto me abrasa la palma derecha y el brazo parece que quiere salirse del hombro, pero aguanto. Sara ya ha llegado al suelo; me suelto del todo y la sujeto por la cintura antes de que se desmadeje. Me mira con sus ojos abiertos y su piel un poco azul.

—Sara.

Oigo cómo la nombro mientras aflojo la cuerda del cuello. Es una trenza áspera y rubia que no le pertenece y deja en su lugar una línea gruesa, enrojecida, de un color muy distinto al de la piel blanca del cuello. Es igual que la marca de barro que ha dejado el agua en nuestra piedra de cantera. Por fin se lo puedo decir:

—Sara, el agua ya llegó. Tenemos que marcharnos.

Vuelvo a oírme decir su nombre. Ya no me da ningún miedo mirarla.

—Tranquila, hermana, no se te ha quedado la cara de pellejo hinchado del Antolín. ¿Recuerdas la cara que tenía cuando lo sacaron ahogado de los Aguachines? Pero esa cara era más por borracho que por ahogado. Tú sigues guapa, Sara, no te preocupes.

No le voy a decir que me pesa mucho camino del zaguán. No es ella, es que la rodilla está fatigada. Tampoco voy a decírselo.

—¿Has visto tu colcha? Te ha quedado hermosa. Te voy a llevar con madre y con Gabriel ahí dentro, ¿te parece? No te preocupes: no irás más cómoda en ningún otro sitio. Te cierro los labios. Así. Y los ojos. Eso es. Los brazos sobre el pecho. No te apures, que aún no estás rígida. Se te ve bien aparente, hermana, de verdad. Ahora te voy a tapar para que vayas protegida, como cuando te trajimos envuelta en un almohadón, ¿te acuerdas de todas las veces que lo contábamos madre y yo? Así entraste en el pueblo y así vas a salir, bien envuelta. No te azores, Sara, que tu hermano ya se encarga de remeter bien la tela. Por dentro... Ahora por fuera. Lo que sobra de la cabeza y los pies, bien prieto por debajo, ¿ves?

Se me ha quedado el derecho del bordado por dentro. Con lo que han discutido Sara y la Vitoria cuando la Vitoria ponía una colcha del revés y se veían los nudos de la tela. La Vitoria nunca quería quitarla de nuevo y decía que para qué, que al día siguiente ya se dejaría bien. A la Vitoria no le gusta bordar y, por eso, no se da cuenta como Sara. Ahora he sido yo quien ha dejado los nudos por fuera. Tal vez no lo note o no le importe porque, si la saco, podría manchársele el vestido en las baldosas. En un momento como este seguro que no tiene en cuenta que se vean los nudos.

—Sara, voy a enganchar a Noble. Ahora vuelvo.

Al caballo ya se le ha olvidado del todo el susto y anda persiguiendo las gallinas. A veces las bestias dan envidia. Cuando me ve descolgar los arreos de la cochera, se acerca sin que lo llame, manso y contento. Le gusta sentirse útil y se conforma, y eso también se lo envidio, pese a que madre y la Vitoria dicen que es el carácter que se espera en un macho joven. Ajusto el ramal y la collera, engancho el tiro a las varas del carro y le explico despacio, como un maestro en la escuela:

—Escucha, Noble, vamos al otro pueblo, como todos los días. Pero no por la carretera, sino por los cortados y el monte, que es un camino más bonito. Ya sé que es más difícil, pero no viajamos cargados. Solo con el ama buena. No te preocupes más por ella, que ya está bien. Lo que viste no fue nada, era su manera de descansar. Ahora tiene que seguir descansando, así que no irá sentada conmigo, ¿de acuerdo?, se quedará tumbada detrás, que estará más cómoda. Por eso tienes que ir ligero, pero con cuidado, ¿verdad, amigo?, para que el ama no se lastime, que yo sé que la quieres tanto como yo. Sí, señor, lo harás muy bien.

Sara, envuelta en su colcha, parece una semilla enterrada en un surco bermellón. Ojalá de repente renaciese de allí siendo otra. Ojalá todo fuera una muerte falsa, un sueño. Pero no, mi hermana pesa mucho más que un sueño. Quizás sea la colcha o la rodilla, pero nunca habría pensado que Sara fuese tan difícil de cargar. No se lo diré y hasta me trago los jadeos del esfuerzo, pues nadie sabe si los muertos escuchan o si algo puede acabar con su calma antes de que lleguen al destino que les espera. Los flecos estorban y casi se me escurre al alzarla hasta la caja del carro. Pase lo que pase, no la arrastraré, así que vuelvo a levantar su peso y la dejo bien pegada a la tabla del cabezal.

—Tengo que taparte un poco, no vaya a ser que alguien se nos cruce y pregunte de más. Sobre todo, cuando nos acerquemos a Pardales.

Quizás sea bueno ver a madre antes de que en el pueblo nuevo todo el mundo esté fuera, y así podré contárselo despacio, decírselo también a Gabriel, decírselo a la Vitoria. Tengo que llegar cuanto antes, pues si tardo mucho, a lo mejor no puedo retenerme y entraré en el pueblo nuevo gritando

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