1
21 de julio de 1098
Bermersheim (Alemania)
Luz. Dolor.
El dolor nació con la luz.
Hay un techo. Pero todavía no hay techo. Hay palabras. Pero todavía no hay palabras. Cuerpo: no hay. La habitación, la luz, el fuego del hogar no existen. Un gemido, un grito vibrante que se propaga en todas las direcciones, que hiende el aire, se detiene en los cuerpos, la cama, la mesa, la ventana; blanco. El blanco sí existe.
La luz del sol se cuela por la rendija entre la cortina y el marco de la ventana como un cuchillo que corta el mundo; solo el grito sigue ascendiendo y descendiendo hasta que unos rayos brillantes sustituyen la luz, como cuando la recién nacida todavía era un feto y no sabía que existía otra cosa, que había contrarios y transiciones, los pulmones que respiran, rojo, negro, rojo, negro. Es la misma luz tenue, pero ya no da la seguridad de antes porque ahora es más frágil, frágil y rasgada, ¡chis! Solo son tus párpados, los abres y los cierras, no hay nada que temer.
Un cálido contacto en la nuca, el aire húmedo en el rostro, el miedo al suelo de piedra y al vacío. Un círculo de luz crece delante de la pequeña y va acercándose; hay paz en esa luz. Intenta concentrarse en ella, pero justo cuando consigue atraparla se escapa, se diluye en una corona brillante y húmeda. Los brazos colgando, la cabeza que empuja; no deben dejarla, eso lo sabe, aunque hasta ahora nunca ha tenido que preocuparse de si caía, pues antes flotaba, fluía, nadie la había tocado nunca.
2
—Avisad al señor de la casa, hemos de bautizarla. No vivirá mucho.
La señora de la casa, Mechthild, lo oye y no lo oye. Su cuñada, Ursula von Sponheim, se dirige impaciente a la puerta, sin esperar a que a la gruesa sirvienta le dé tiempo a reaccionar. Deja la puerta abierta, se recoge la falda y se apresura escaleras abajo. La hija de Ursula, Kristin, quien junto con su madre y su séquito llegó el día antes al atardecer, le da a Mechthild un golpecito en la mejilla, pero su rostro redondo es un inexpresivo pozo de agua y lodo.
—¿Está...? —pregunta Mechthild con un hilo de voz.
Quiere incorporarse, pero un dolor lacerante como hierro candente le quema desde el abdomen hasta la espalda y la obliga a tumbarse de nuevo en la cama.
Kristin niega con la cabeza, grandes ojeras oscuras flotan en el pozo de agua, los labios rojos como una cereza se mueven sin decir nada. Es el primer nacimiento que ha presenciado; es como una preparación para lo que le espera. Kristin se casó en primavera y, siguiendo la fértil tradición familiar, ya está embarazada.
A Mechthild le da igual lo que Kristin intenta decirle; lo único que alcanza a entender es que el bebé está vivo. Pero Kristin continúa susurrando, aunque deduce que el mensaje no llega a Mechthild, que yace en la cama, tumefacta y sofocada. Ni ella misma sabe cómo ha llegado de la silla de partos a la cama, pero ahora descansa sobre varias capas de sábanas de lino bien remetidas bajo el colchón. La sala de la parturienta huele a suelo fresco de serrín, a humo de madera, a sudor y al ácido hedor del parto, de la sangre y el cuerpo.
El verano está en su apogeo, es el más caluroso que se recuerda, y no se sabe dónde hace más calor, si en el patio o entre los gruesos muros de la casa. En el hogar, las brasas incandescentes mantienen la caldera hirviendo. Las mujeres están sentadas en un banco a lo largo de la pared, con las manos en el regazo y los rostros encendidos. Han estado ahí desde muy temprano, ni siquiera han ido a la iglesia, aunque es domingo, y ya no queda mucho para el atardecer. Kristin reza en silencio por Mechthild, por la recién nacida, por ella misma y por el bebé que está en camino, que no se ha movido en todo el día, como si notara que se encuentran al borde de un abismo. Si Mechthild o la recién nacida no sobreviven será difícil no tomarlo como un mal presagio, y Kristin suspira de miedo.
Los pasos de Hildebert son un canto profundo y lento, un desafío a la llamada precipitada de Ursula. Mechthild no puede mantener los ojos abiertos, el embarazo ha sido difícil y el parto ha durado demasiado, más aún teniendo en cuenta que es la décima criatura a la que da a luz. Roricus, Clementia, Drutwin, Benedikta, Irmengard, Odilia, Hugo. Y los gemelos, que no llegaron a ser bautizados. Se estruja las manos bajo la manta. No puede ocurrir otra vez; no más almas de niño condenadas a vagar fuera del paraíso, a merced del diablo. Mechthild querría protestar: se dice que si un hombre asiste a un parto alguien morirá, pero la garganta seca le impide hablar. Si ella muere se las arreglará sin la extremaunción; al fin y al cabo, se confesó con el padre Cedric la semana antes de que empezaran los dolores. Con la recién nacida, en cambio, los demonios tendrán carta blanca. En tal caso, de nada sirve que Ursula haya metido amuletos sagrados entre las sábanas ni que haya cubierto las ventanas para que solo entrara un rayo de luz constante. Aferra la mano de Kristin, pero ella susurra ausente mientras mira a Mechthild, que jadea y se aclara la garganta.
—¿Vive todavía? —pregunta. Pero nadie responde.
Oye la voz de Hildebert, que pronuncia las palabras del bautizo, y piensa en el nombre. No han acordado nada al respecto, pero es obvio que la criatura necesita un nombre fuerte, y confía en que él piense en nombres de santa.
—Llamadla Margaretha —susurra ella.
Pero solo la oye Kristin, que se limita a mirarla con aire ausente mientras le enjuga la frente con un paño húmedo que ya no está ni frío ni caliente, solo le raspa la piel inútilmente.
—¡Hildegarda! —exclama entonces Hildebert.
Mechthild se estremece al pensar que la recién nacida se llamará como su padre y llevará un nombre pagano. Él nunca critica las férreas creencias de su mujer, y nadie podría acusarlo de no temer a Dios. Pero cada vez que ella menciona al padre Cedric o sus obligaciones con la iglesia, nota que a él se le enciende una lasca en el corazón, y una oscuridad emana de sus pupilas. Nadie puede comprender el sufrimiento de Hildebert, ni siquiera su esposa, una mujer confundida y pasional, que tiene visiones y que con su falta de sentido común permite que el demonio se acerque y rompa la paz del hogar. Sea como sea, Margaretha habría sido un nombre más adecuado; Hildegarda es uno guerrero, suena como la rueda de hierro contra el suelo de piedra, como el fuego y el hielo, que nunca serán uno.
Hildebert levanta a la recién nacida, que no se inmuta; simplemente cuelga de uno de los brazos de su padre. Ursula le acerca el recipiente con agua y supervisa con detalle cada uno de sus movimientos para asegurarse de que todo proceda como es debido. No le importa mucho lo que le pase a él, pero si la niña muere, será todavía más importante que durante el bautizo le hayan limpiado los pecados de sus ancestros. Hildebert se arrodilla con la niña en brazos, pesado como un oso, apoyándose en el dosel y evitando mirar a Mechthild, que yace en la cama sucia. Reza en voz alta y durante la plegaria oye la voz de su esposa, que solo alcanza a repetir palabras aisladas:
—Pater Nostra... santificetur... debitoribus... ne... tentationem.
Después acerca a la pequeña amoratada y grasienta a la joven Kristin, que es incapaz de levantar los brazos para tomarla y se queda mirándola con tal expresión de asco y horror que hace enrojecer a Hildebert de indignación.
—Estúpida —susurra, y a Kristin se le llenan los ojos de lágrimas.
Ursula tercia entre ambos, coge a la niña y se la entrega a la pequeña Agnes, la hija de una aldeana a quien han llamado para que cuide del bebé. Con un gesto de la mano, indica a Hildebert que ya puede irse. Él duda un instante, pero sabe que no tiene nada más que hacer en la sala de la parturienta. Solo le han llamado para que al bebé no lo bautizara una mujer. Al salir, cierra la pesada puerta de golpe, sin ninguna consideración, y el bebé se sobresalta. Kristin llora como una tonta, avergonzada; es incapaz de contener las lágrimas, aunque sabe que a su madre no le gustan los lloriqueos. Que tenga miedo de Hildebert es comprensible; que no ose tocar al bebé es mucho peor. Sin embargo, por una vez Ursula finge que no lo ha visto y la deja llorar en paz. Al fin y al cabo, si el bebé muere será mejor que no lo haga en brazos de Kristin. La muerte podría llegar al niño que espera, y no hay ninguna necesidad de dar al diablo más oportunidades de cebarse con ellos.
La pequeña Hildegarda tiene los párpados grandes y blancos, y unos pocos pelos pegados al cráneo. Las mejillas y las orejas también están cubiertas de vello transparente, y las uñas son más finas y frágiles de lo normal en otros bebés, nacidos cuando les corresponde. No es una niña sana, pero vive. Agnes no recibe la instrucción de poner la cuna en el rincón más oscuro de la estancia, que en otras circunstancias sería lo más recomendable para los ojos del bebé, sino justo delante del hogar para que la sangre circule más rápidamente por el cuerpo de la pequeña.
Antes de nada, Ursula aprieta y masajea la barriga de Mechthild para asegurarse de que no quede nada dentro; luego se sienta en el banco que hay junto a la pared. Una pequeña congregación de mujeres de las haciendas cercanas ha estado allí de guardia todo el día, observando la escena. Ahora susurran entre sí, y aunque Ursula está impresionada por la capacidad de su cuñada de reunir a gente de bien a su alrededor, y encima en un lugar tan aburrido como Bermersheim, no está de humor para charlas. No le gusta haber tenido que llamar a Hildebert antes de que la sirvienta hubiera tenido tiempo de retirar las ramas sangrientas del suelo, bajo la silla de partos. La suciedad de una parturienta puede ser peligrosa para un hombre y, sin Hildebert, Mechthild y sus hijos podrían acabar en una situación delicada, aunque también es cierto que siempre habrá alguien dispuesto a casarse con una mujer de su posición y dueña de tantas tierras. Ursula saca su aguja y el ovillo de lana y retoma la labor que dejó a medias para ocuparse del parto. Las mujeres murmuran; sabe que los domingos no deben realizarse semejantes tareas, pero en un día como el de hoy bien podrá hacerse una excepción. Si el Señor ha dispuesto que Mechthild pariera en domingo con tanto dolor y angustia, seguro que no juzgará con severidad que ella retome ahora su labor, sobre todo teniendo en cuenta que las plegarias no logran sosegar su alma.
«En realidad, Mechthild no es tan temerosa de Dios como se diría», piensa Ursula, y resopla. Antes del parto le había pedido que llamara a la comadrona del pueblo, pero Ursula no había querido ni oír hablar de ello. «Al padre Cedric no le gustará», le dijo, pero Mechthild insistió. «No olvides que la comadrona asistió al parto de los mellizos», le recordó Ursula, y Mechthild guardó silencio. El abad de Sponheim tenía mucha razón cuando decía que esas mujeres hacían más daño que otra cosa. Es en los conventos donde se conoce la eficacia de las hierbas medicinales y los misterios de la reproducción, y si no puede conseguirse la ayuda de un monje o de una mujer que cuente con la bendición del obispo para practicar sus saberes, es mejor confiar en la fuerza de la plegaria. Además, ella había parido a seis niños, no podía decirse que fuera inexperta en la cuestión.
Que el propio Hildebert hubiera debido bautizar a su hija no era lo mejor que podía ocurrir, por supuesto, pero si la niña vivía pronto podrían sumergirla en el agua bendita de la pila bautismal, y en todo caso, ¿qué diferencia había? Al fin y al cabo, el párroco a quien el tonto de su hermano había permitido entrar en la parroquia era el inepto padre Cedric. Ursula sabe callar, pero le han llegado los mismos rumores y piensa lo mismo que cualquier cristiano fuera de Bermersheim. No se le escapa que quizá la voluntad de su hermano de colaborar con el obispo en esa cuestión sirva a un propósito más alto y complejo, pero también conoce los puntos débiles del carácter de Hildebert. Aunque crecieron en la misma casa cristiana, Hildebert oculta en su corazón una oscura tozudez, que se traduce en cierta negligencia en las cuestiones eclesiásticas. El padre Cedric oficiaba en una iglesia de Suabia, pero cuando la sede papal finalmente dictó sentencia contra los párrocos casados, el obispo le exigió que eligiera entre abandonar su cargo religioso y anular su matrimonio, pues, al fin y al cabo, todavía no había tenido hijos con su esposa. El padre Cedric, que por lo visto consideraba los misterios sagrados menos importantes que las necesidades del cuerpo, se negó a seguir las indicaciones del obispo. Le quitaron el derecho a celebrar la misa, pero poco después Dios le castigó con la muerte repentina de su mujer, y entonces las cosas cambiaron. El obispo consideró que el padre Cedric se había arrepentido y lo readmitió en su cargo, que había quedado vacante. Pero, como es lógico, los aldeanos lo rechazaban, y el obispo tendría que buscarse un modo u otro de ganarse el respeto de los feligreses.
Ursula estira el cuello al oír que la recién nacida emite un débil sonido, pero Agnes ya se ha acercado rápidamente a la niña. Le da un empujoncito a la cuna y mira a la pequeña, que está completamente envuelta en paños y de nuevo calla. Solo cuando Ursula asiente con la cabeza puede Agnes sentarse de nuevo en el banco, cerca del hogar, donde permanece con la boca entreabierta y la mirada fija al frente.
Ursula quiere concentrarse en su labor, pero se da cuenta de que ha cometido un error varias hileras atrás, y ahora tiene que rehacer la tarea. Piensa en Hildebert, no puede apartarlo de su mente. No hay duda de que su hermano es fiel a los aldeanos y a los que trabajan en su hacienda, y también al duque de Sponheim, al que ha servido desde niño, cuando empezó a trabajar en su corte como paje a los siete años. Si a alguien se le ocurriera acusar al duque de estafarle, sin dudarlo un instante sacaría su espada para defenderlo, pero cuando los rumores atañen al padre Cedric se limita a encogerse de hombros. «Es una actitud imprudente —se dice Ursula—, y cuesta perdonárselo». Cuando alguna vez se lo comenta, Hildebert se ríe o le dice que no quiere discutir de eso con ella. El tiempo que pasamos en la tierra es corto, y si uno no puede estar seguro de que el cura le ayudará en el tránsito a la vida eterna, es muy legítimo querer alejarse de él.
Kristin ha dejado de llorar por el enfado de Hildebert. En la sala del parto reina la calma; solo se oye la respiración pesada de Mechthild y el suave frufrú de la ropa cuando una de las mujeres se mueve. Una mosca gorda zumba perezosamente ante el rostro de Kristin. Cuando ella le da un manotazo, cae de golpe al suelo, pesada y lenta por el calor. La aplasta con un pie, y siguiendo el ejemplo de su madre se concentra en su propia labor. Está sentada con la espalda erguida y los ojos fijos en el hilo. Borda una sábana de lino para su primogénito, poniendo todo su empeño en cada puntada; cada vez que mete la aguja por la parte delantera de la tela suelta un «ave» en silencio y un igualmente silencioso «María» cuando la introduce por debajo. El horror del parto de Mechthild sigue atormentándola, pero se esfuerza en no dejarse impresionar por lo que la rodea. Aun así, tiene la sensación de que todas las mujeres están pendientes de ella, y el rostro le arde un poco más. La aguja le resbala entre los dedos húmedos, el sudor le baja desde el borde del pañuelo por las sienes hasta la clavícula. El bebé yace tranquilo en su cuna, Mechthild se queja un poco cuando le lavan la cara con un trapo caliente. Kristin pasa la aguja una y otra vez, bordando una corona de flores. De vez en cuando mira de reojo a Mechthild, que ahora descansa en la cama sobre una montaña de almohadas de seda. Cuando ayer la recibió a su llegada, Kristin apenas la reconoció. Estaba gorda y deforme, los ojos se le habían reducido a dos hendiduras pequeñas y los dedos sobresalían de la mano como salchichas cocidas. Era una enfermedad puerperal, según había entendido, que al parecer aún no había remitido. Alguien que no lo supiera habría jurado que Mechthild seguía embarazada.
Kristin ha oído a las sirvientas cuchichear que esa hinchazón afecta a las mujeres que tienen miedo de dar a luz y no quieren soltar al bebé, pero no sabe qué pensar. Si lo ha entendido bien, la niña ha nacido con antelación. Estaba previsto que ellas tuvieran tiempo de instalarse en casa de Mechthild antes del parto, pero solo llevaban una noche allí cuando todo se precipitó. Hasta ayer, su miedo no era nada que no pudiera controlar bordando y haciendo sus quehaceres cotidianos; ahora, en cambio, le falta el aire y está un poco mareada, y ante la visión de Mechthild no puede evitar pensar en el caballo muerto que encontraron de camino a Bermersheim. Yacía hinchado y con los ojos hacia el cielo justo ante el muro del patio de Mechthild y Hildebert. Una nube de moscas revoloteaba en torno al cadáver, que hedía terriblemente, y a Kristin se le revolvió el estómago.
Mechthild duerme hasta mucho después de que el sol se haya puesto. La sangre se seca, ella recobra las fuerzas. No es capaz de retener a sus hijos en su vientre el tiempo adecuado, y tampoco de parirlos como es debido. Y aun así, el Señor la ha bendecido con siete niños vivos. Y ahora también con ese pequeño ser, que tendrá que demostrar su valor.
Se despierta con el dulce olor a leche de vaca y se incorpora. Agnes está lavando a la pequeña en leche templada. Así pues, todavía vive. Ursula permanece en silencio al lado de la tina, con los brazos cruzados, pero no parece que eso turbe a Agnes, que observa al bebé con sus ojos grandes y azules como el agua. La niña no emite ni el más leve sonido mientras la envuelven con ropa otra vez, y de repente a Mechthild le asalta el temor de que sea muda. El dolor ha disminuido, Ursula la mira con un rostro que parece esculpido en sílex, imposible de descifrar.
—¿Crees que...?
Mechthild necesita predicciones, garantías que nadie puede darle. Aun así, Ursula asiente con la cabeza. A su espalda, la estancia está a oscuras, las llamas del hogar proyectan resplandores en las paredes; una corona brillante circunda el cabello de Ursula y la hace parecer un ángel. Un ángel viejo y cansado sin vestidos blancos y la corona dorada alrededor del cabello. Mechthild se incorpora en la cama. Han puesto una manta bordada sobre las sábanas para que pueda recibir visitas. Es una buena señal.
—Mira cómo mama —dice Mechthild riendo, aunque le duele toda la pelvis.
Quizá la pequeña simplemente necesitaba sobreponerse. No mama con mucho ímpetu y se cansa enseguida, pero eso solo significa que su madre tendrá que llevársela al pecho más a menudo. Mechthild se alegra secretamente de que nadie se atreva a decirle que quizá a la pequeña no le conviene beber de su cuerpo exhausto y débil. Esa criatura será, si Dios quiere, su último hijo, y ella le traspasará todas sus buenas cualidades con su leche. Ha oído hablar de mujeres nobles que dejan que a sus hijos los amamanten simples aldeanas, y siente un escalofrío solo de pensar que a alguien le parezca bien mezclar lo alto con lo bajo.
Al terminar, la niña está más pálida que antes, blanca como la cera y con unas venillas rojas alrededor de las pupilas. Está temblando; mandan a Agnes a buscar una manta de lana para cubrirla. Mechthild toma un par de cucharadas de la sopa que Kristin le acerca a los labios, pero no tiene fuerzas para sostener la cuchara con firmeza. Kristin la ayuda, pero ella aparta su mano y la sopa se derrama en el brazo de la joven. Ursula la envía de vuelta a su labor y se ocupa ella misma de dar la sopa a su cuñada. No entiende por qué Mechthild y Hildebert se empeñan en ofender a la discreta Kristin; quizá se deba a sus temperamentos perturbados. Al fin y al cabo, la muchacha no hace nada malo.
En su momento, Hildebert tomó a Mechthild como esposa por su tez redonda y su cuerpo de formas suaves. Su padre era un campesino con tierras, pero ella no disponía de una gran dote. Ursula pensó entonces que en caso de que no fuera fértil, él podría dejarla sin gran dificultad. Al final, su hermano había tenido un montón de hijos, pero también una mujer sin formación y con un carácter que se tornaba más difícil con el paso de los años, aunque Hildebert apenas se daba cuenta porque ella era hábil y sabía callarse en su presencia. Pero el servicio se percataba y se ponían nerviosos al ver a Mechthild pasar por los salones, cacareando como una gallina cuando inspeccionaba la cocina y los almacenes. «Esperemos que la niña no herede ese temperamento a través de la leche materna», piensa Ursula mientras acerca la cuchara a los labios de su cuñada, y tampoco la poca destreza de su madre con las labores manuales: en sus manos, cualquier labor se convertía siempre en un trabajo de segunda categoría. Pero por otra parte, Mechthild tenía una salud de roble, y eso era exactamente lo que el bebé necesitaba. Ursula piensa en Sponheim; tiene ganas de regresar. En cuanto transcurran cuarenta días y las entrañas de Mechthild se hayan regenerado, ella y Kristin volverán a su casa. Por entonces quizá la niña ya esté muerta y enterrada, y Mechthild llorará y aullará como hizo con los gemelos. Qué escándalo que se negara a aceptar la voluntad de Dios; qué ingratitud, teniendo en cuenta que Dios le había dado ya siete hijos aptos para la vida. Al menos el padre Cedric se había cuadrado; nadie se ha confesado nunca con tanta asiduidad como Mechthild entonces.
—Sobrevivirá —dice Ursula, aunque no tiene mucha fe en ello ni le importa demasiado.
Mechthild le pide que le lleven a la niña otra vez. Ursula consiente, aunque piensa que para la criatura sería mejor estar en su cuna, pero la coge ella misma, la envuelve con la manta de lana y la pone junto a su madre.
Mechthild se tumba de costado pesadamente, se apoya sobre el codo y observa a su hija.
3
Mechthild dibuja una equis en el pecho de Hildegarda. Es una firma de analfabeta; es el diez, la cruz medio girada. El diez es una bendición, es diez de cien, el diezmo, el impuesto de la Iglesia. La niña conoce el olor de su madre. Es un olor de consuelo, de nido donde descansar. Mechthild dibuja una equis en el pecho de Hildegarda, y el aire que respira es el mismo que inhala la pequeña. La recién nacida quiere abrir los ojos, pero es como si sus cuencas estuvieran llenas de hierro líquido.
Ha nacido con una luz intensa en la frente, una llama que atraviesa la piel y el cráneo. La pequeña ya conoce la voz de su madre: antes era oscura y amortiguada, ahora le llega a través de los oídos, de la llama que rompe el ruido en pedazos, que danzan y se convierten en luciérnagas moviéndose de un lado para otro, cada vez más deprisa, hasta que se encienden con la llama que arde bajo los párpados, y quema, quema, quema hasta que la pequeña grita de dolor.
4
El bebé rompe a llorar con tanta fuerza que Ursula se pone nerviosa. En un primer momento, Mechthild se asusta, pero luego se echa a reír ante la energía vital de la niña. Agnes la coge en brazos y, siguiendo las instrucciones que recibe, ciñe más la ropa en torno a su cuerpecito. Se afana con torpeza, se pone nerviosa y suda mientras lo hace; cuando por fin lo consigue, suspira aliviada. La niña enmudece. Unas manchas de color rosa pálido se le extienden por las mejillas y las sienes. Agnes la mece con cuidado, inhalando el olor de aquel pequeño ser humano, un olor especial y fresco. Apoya suavemente la barbilla en la cabeza blanda del bebé hasta que, con delicadeza, vuelve a dejarla en la cuna.
Mechthild se ha reído con franqueza y alegría mientras Agnes arropaba a Hildegarda. Pero ahora duerme, pesada y largamente, con extraños sueños en que un color lucha contra otro, pero nada adopta ninguna forma concreta.
Cuando despierta, los sueños la acompañan todavía, y le gustaría confiárselos a alguien. Es temprano; Kristin ha dormido en la habitación de invitados y aparece con un pañuelo azul atado alrededor del cabello negro. No ve a Ursula por ninguna parte, y las mujeres se han ido. Agnes mece a la niña en brazos, y cuando la madre se lo pide, se la lleva para que pueda ponérsela al pecho. El bebé sigue mamando perezosamente, tiene un cerco azulado en torno a los labios y la frente fría y seca, aunque en la sala hace calor.
—Quiero que venga la comadrona del pueblo —dice, tocando un poco la mejilla de la niña para que continúe mamando.
Kristin vacila, no sabe si el mensaje va dirigido a ella. A lo mejor puede fingir no haberlo oído, concentrada como está buscando en su costurero el hilo de bordar.
Aunque la sirvienta hace lo que le dicen, la comadrona se hace de rogar. Ursula, que la espera en la puerta, la despacha con brusquedad. El buen nombre que tiene la comadrona como persona responsable y de confianza podría malograrse antes de que se ponga el sol si a alguien se le ocurriera relacionarla con el mal. Así que más vale que se muestre humilde y dé media vuelta, aunque con mucho gusto quisiera ayudar a la señora de la casa con su niña enferma. Por suerte, no ha llegado a pisar el umbral, así que no podrán culparla si el bebé muere.
Mechthild hierve de rabia cuando Ursula le confiesa con vehemencia que no ha dejado entrar a la comadrona, pero no puede echar a su cuñada hasta que hayan pasado los cuarenta días prescriptivos desde el parto. Ursula es astuta y le propone otra manera, mejor, de salvar a la niña. Ella misma irá a la iglesia con Hildebert para que a la pequeña la sumerjan en el agua bendita del bautismo y la presenten a Dios.
—En realidad —dice Ursula con una voz templada y tenue—, solo tienes que acercar a tu hija al Señor, y se hará Su voluntad.
Mechthild querría objetar que a la pequeña ya la han limpiado de sus pecados y bautizado, y que la presentación en la iglesia puede esperar unos días, hasta que la niña haya ganado un poco de fuerza; pero calla. ¿Qué puede hacer contra Ursula, aparte de aguantar los cuarenta días y rezar para que conserve su pureza de corazón? Puede alegrarse de que, al menos, sea verano y la pequeña no tenga que afrontar la nieve y el mal tiempo.
—Hoy es santa María Magdalena —susurra Kristin sentada junto a la pared, en voz tan baja que ellas apenas pueden oírla.
—El día de María penitente; es perfecto —dice Ursula, dando un golpecito a la colcha bordada—. Por supuesto, la bautizarán en la iglesia de piedra, en el pueblo.
Mechthild se recuesta contra las almohadas y guarda silencio. Si dice lo que piensa, o sea, que la capilla de su casa es más que suficiente y que así la niña no tendrá que alejarse de la leche materna, Ursula se lo tomará a mal. Además, decir que quizá el bebé no resistiría el trayecto al pueblo —cosa que por otra parte no cree—, sería como desafiar al demonio.
Agnes quita la ropa a la pequeña y la envuelve en una manta. Cuando la sumerjan en el agua de la fuente bautismal estará desnuda; el vestido de bautizo, con las perlas y bordados, está preparado encima de la silla, junto al hogar. A Kristin le corresponde cuidar de Mechthild mientras los demás se dirigen a la iglesia. Tan pronto como se llevan al bebé de la estancia, Mechthild pide a Kristin que se acerque a la ventana para seguir la procesión. Kristin se sube al banco de piedra para ver mejor y aparta con un dedo la cortina; huele a resina y a lardo.
—¿Qué tiempo hace? —pregunta Mechthild impaciente y respirando con dificultad, apoyada en las almohadas—. ¿Todavía los ves?
—Está lloviendo —contesta Kristin, inhalando profundamente el aire fresco que entra por la ventana. Los últimos días han sido terriblemente calurosos, con enjambres de moscas revoloteando por todas partes y tábanos que no paraban de picar.
—¿De verdad? —dice Mechthild con un hilo de voz, como si se pudiera sumergir a un bebé en agua bendita sin que corra ningún riesgo pero por cuatro gotas de lluvia estuviera en peligro.
—Solo un poco —responde Kristin, sin mencionar los oscuros nubarrones que hay al otro lado de la torre sur y de las dependencias de la cocina—. Ahora están saliendo.
Kristin se esfuerza en describir la procesión, que avanza bajo la lluvia por el patio. Gruesas gotas manchan las fachadas de piedra, y tan pronto como salgan del camino se encontrarán con un fangal. Delante van Hildebert y Ursula. Nadie diría que son hermanos. Ursula es achaparrada, mientras que Hildebert es alto y corpulento. Se ha acostumbrado tanto a encoger el cuello para hablar con los demás, que parece que no pueda volver a erguirlo más. Sostiene a su hija con un brazo, como si fuera un saco, pero eso Kristin no se lo cuenta a Mechthild, quien continúa preguntando desde la cama. Por el ritmo lento al que avanzan y los rostros circunspectos, más parece un funeral que un bautizo. Mechthild pregunta por la comitiva y los vestidos de los padrinos, quiere saber si Agnes se mantiene a una distancia prudente, y quién de la casa se ha sumado a la procesión.
Kristin percibe la satisfacción de Mechthild cuando pronuncia el nombre de una de las madrinas. Sofia von Sponheim viajó con ellos hasta Bermersheim antes del parto, y no es de extrañar que Mechthild esté tan contenta con una madrina de tal rango. Aun así, hay algo en el tono de Mechthild que molesta a Kristin. Ella todavía no sabe qué padrinos ha escogido su marido para su primogénito. Igual que Hildebert, tiene buenos contactos en la corte del duque en Sponheim, donde ambos prestan servicio, como el marido de Sofia, cuando estaba vivo. Kristin no ha osado proponerle que pidiera a su vez ese favor a Sofia, por temor a que le pareciera inoportuno. Pero se ha puesto de mal humor al saber que Sofia había aceptado la propuesta de Hildebert. Es como si Mechthild le hubiera robado algo; cada vez le gusta menos su tía. Por eso no le describe la elegante ropa que viste la condesa Sofia von Sponheim. Sí menciona la seda de color rojo intenso, pero no dice nada de los preciosos bordados. Alrededor del cuello y de las anchas mangas lleva cosidas finas perlas, rodeadas de seda de un verde oscuro. Se ha recogido el cabello, denso y de un castaño brillante, en una preciosa trenza cubierta delicadamente por un velo. Solo los ve un instante, y entonces la procesión desaparece más allá del imponente portón. Kristin se sienta en el banco bajo la ventana, lo más lejos posible del calor insoportable de la chimenea.
Mechthild mira fijamente delante de ella. Ya no piensa en su bebé recién nacido; sin duda la ha seguido con el pensamiento hasta la puerta de la iglesia, donde el padre Cedric la recibirá, pero luego la ha dejado en manos de Hildebert.
Se arrastra por las cuatro paredes de piedra con ropas negras. Intenta tomar aire y levantarse, pero cae hacia delante y se rasguña las manos y las rodillas contra la piedra fría. Entonces tiene que arrastrarse sobre el vientre, a través de un agua helada que le empaña el vestido, la falda de lana, la ropa interior de lino, y su cuerpo se vuelve pesado e insensible. Cuando ya no puede moverse intenta gritar, pero por más que abre la boca solo consigue emitir un sonido afónico, como de pavo real. Horrorizada, nota que la envuelven en una fina capa de lino, una delicada mortaja. Unas manos siguen envolviéndola más y más con el vestido sepulcral, y la cabeza le da vueltas, cae y cae a través de ropa y agua, incluso a través del suelo de piedra, a través del aire hasta que el viento le arranca la mortaja, y ahora está desnuda. Es un viento suave, que le sopla por todo el cuerpo de arriba abajo, que huele a maíz y a polvo, y ya no siente dolor ni sus miembros están entumecidos. No volverá a tocar la tierra, nunca más llevará ropa, solo será una pluma en la habitación del cielo, llevada por la luz y el viento.
Cuando Mechthild despierta, todavía no han vuelto. En la estancia solo están Kristin y la sirvienta. Kristin duerme con la cabeza inclinada sobre su labor, y la chica está sentada, removiendo las brasas del hogar. A Mechthild le pesa el cuerpo, el calor y el camisón, que se le ha pegado. Sin embargo, se ha despertado tranquila y decidida. De pronto tiene una certeza; es como si alguien se la hubiera susurrado al oído: hará un pacto con el Señor. Si Hildegarda vive, tan pronto como cumpla ocho años será entregada a la Iglesia, pura y virgen.
5
Al principio, Hildebert no quiere ni oír hablar del tema. Pero cuando, una semana más tarde, la niña continúa igual de pálida y débil y sin emitir sonido alguno, después del llanto enérgico que había hecho reír a su madre, el padre cede. Si sobrevive, Hildegarda será entregada a la Iglesia, pura y virgen. Cuando le da el consentimiento a su mujer, procura no mirarla. No debería estar en la sala del parto, pero es de noche y Ursula y Kristin duermen en la habitación de invitados. No debe tocar a Mechthild mientras esté sucia, así que se pone a dar golpes suaves al dosel de la cama, hasta que una sacudida la despierta. Él murmulla la respuesta afirmativa a su petición, y ella llora de alivio. Le da las gracias patéticamente, él asiente con la cabeza, y ella le pide que lo escriba en un papel. Pero Hildebert solo acepta decírselo al padre Cedric. Cuando la puerta se cierra tras él, la pequeña Agnes se incorpora en su lecho cerca del hogar, donde duerme junto a la niña. Mechthild está despierta, pero finge dormir. Con el resplandor de las llamas ve a Agnes levantarse y acercarse a la cuna para comprobar si ha sido la niña quien la ha despertado. Como Hildegarda no hace ni el más leve ruido, vuelve a echarse y al poco ya está roncando. Es un sonido dulce, como un leve silbido, que pone a Mechthild de buen humor.
Dado que Hildebert no menciona a nadie su visita nocturna a la sala del parto, Mechthild se inquieta, preguntándose si habrá cumplido su palabra de hablar con el padre Cedric. Al principio, lo descarta y se enfada consigo misma por no confiar en su marido, pero cuando la duda continúa torturándola decide que se lo contará a Ursula el día que ella y Kristin se marchen a Sponheim.
Mechthild ya lleva unos días levantada. Continúa pálida y débil, pero al menos ahora las piernas la sostienen y no está hinchada como en los días que siguieron al parto. Ursula y Kristin están en el patio dispuestas a emprender el viaje de vuelta, y el hecho de despedirse de ellas, algo que hace días deseaba, la entristece un poco.
Durante cuarenta días no ha tenido ninguna responsabilidad; simplemente ha estado en la cama pensando en sí misma y en Hildegarda. Ursula se ha encargado por completo de la gestión de la casa y de atender a las visitas. Ahora sus otros siete hijos revolotean a su alrededor, le tiran de la falda y hablan y hablan hasta que su cabeza está a punto de estallar.
Mechthild se apoya en su hija mayor, Clementia, que sujeta con fuerza el brazo de su madre y avanza a pasos pequeños por el suelo irregular. Clementia se alegra de que Ursula vuelva a Sponheim, los ha hecho trabajar a todos mucho más de lo que Mechthild hubiera permitido. Mientras las hijas se ocupaban del huerto y cuidaban sus frutos, Ursula y Kristin se encargaban de las tareas menos fatigosas.
Ursula finge no darse cuenta de que Mechthild está cruzando el patio en dirección a ella. La irrita sobremanera que haga un drama de todo y ahora se acerque cojeando, como si estuviera enferma. De modo que, dándole la espalda, Ursula se pone a inspeccionar los baúles y las bolsas de viaje, mientras que Kristin, ante la perspectiva de volver a ver a su marido, está de mejor humor y deja que su tía la bese. Con su prima Clementia, Kristin no sabe muy bien qué hacer: tiene diez años y está siempre tan callada que hasta se diría que es muda, si no fuera porque ya empieza a leer. En casa de Hildebert, las chicas también aprenden latín, por decisión paterna, aunque Mechthild cree que es una estupidez. Ursula le da la razón: las muchachas no necesitan ese tipo de aprendizaje, pero Hildebert insiste en que ya que el padre Cedric se sienta con los chicos en la pequeña sala tres veces a la semana para enseñarles latín, no está de más que ellas lo aprovechen. Por ahora, solo Clementia, Benedikta, Roricus y Drutwin son lo bastante mayores. Roricus tiene doce años y junto con Clementia son los que aprenden con más facilidad. Odilia e Irmengard revolotean alrededor de Estrid, la muchacha que las cuida, cogiéndose a su falda, y el pequeño Hugo, de tres años, entretiene a la familia. Es feo y siempre se ensucia, pero hace reír a todos y siempre termina en el regazo de alguien. «Es algo semejante a lo que pasa con los animales —piensa Ursula—: los potros más feos pueden convertirse en caballos magníficos; un niño patoso puede convertirse en un gran hombre». Por eso la irrita tanto que Mechthild no dedique más atención a su benjamín. Ursula se pone enferma solo de pensar en ello, y para ganar tiempo supervisa una vez más sus enseres hasta que se da cuenta de que Mechthild tose insistentemente a fin de llamar su atención. Aunque ya es toda una mujer e incluso está embarazada, Kristin corre por el patio persiguiendo a los tres pequeños como si fuera un ogro que quiere capturarlos.
—Ursula —la llama Mechthild finalmente, y entonces la aludida no tiene más remedio que volverse.
Mechthild apesta a sudor y a leche agria.
—Mechthild —responde Ursula con respeto, alargando las dos manos.
Mechthild le coge una, pero la suelta inmediatamente para apoyarse de nuevo en Clementia, que se tambalea bajo el peso de su madre.
—Tengo que darte las gracias —dice Mechthild.
Ursula se aparta una mosca del rostro. Ambas saben que era impensable que Kristin y ella no hubieran acudido a ocuparse de todo cuando ella daba a luz. Mechthild ya no tiene ni madre ni hermanas, por lo que Ursula es la única mujer que le queda entre sus parientes.
—Espero que tengáis un buen viaje de regreso a Sponheim —dice entonces, después de un primer intento fallido de mostrarse amable.
Pero Ursula se limita a asentir con la cabeza y ordena al cochero que cargue el carruaje.
—¿Dónde está mi hermano? —pregunta luego Ursula, mirando hacia la casa.
—Ahora viene —contesta Mechthild, mirando en la misma dirección.
Tiene que apresurarse a hablar antes de que llegue Hildebert, pero no quiere meter la pata y revelar que no habla demasiado de asuntos importantes con su marido.
—¿Te ha mencionado el proyecto del monasterio? —pregunta de pronto, irguiéndose.
—Sí, sí —responde Ursula rápidamente. Sigue con la mirada a los niños, que juguetean en el patio, y hace una señal con la mano a Kristin para que se acerque.
Mechthild siente un profundo alivio, pero la alegría le dura poco.
—Dentro de un año, ¿no?
Mechthild enmudece. ¿Dentro de un año? ¿Hildegarda ha de ingresar en un convento dentro de un año? Entonces lo entiende: Ursula se refiere a Roricus, claro, ¿cómo puede ser tan tonta?
—Sí —dice con una sonrisa un tanto forzada—, claro, Roricus ingresará en el monasterio de San Albano en Maguncia el verano que viene, si Dios quiere.
—Sin duda, con la ayuda de Dios —responde Ursula bruscamente, y añade—: A mi modo de ver, Roricus es un niño muy inteligente y lo aprovechará con creces.
Mechthild recibe la alabanza de su cuñada con una sonrisa, pero no quiere renunciar a obtener una respuesta a su inquietud.
—Y Hildegarda... —empieza a decir, pero al oír los pasos de Hildebert a su espalda se interrumpe.
—¿Sí? —dice Ursula, y mirándola brevemente añade—: Sí, rezaremos para que gane fuerzas.
Permanecen de pie en el patio mientras el carruaje pasa por debajo del portón. Hugo corre detrás con sus piernas patosas, se cae, rompe a llorar y Benedikta lo recoge. A Mechthild la duda no resuelta la reconcome. No tiene manera de saber si Ursula la ha entendido mal o si en verdad no sabe nada de la promesa. Pasará tiempo antes de que vuelvan a verse, con motivo de la misa solemne en Maguncia, y entonces será imposible hablar a solas con ella. Aunque Mechthild sabe perfectamente que la promesa de dar un hijo a la Iglesia no obliga de forma definitiva, el peso de una promesa incumplida tiene que ser todavía más difícil de sobrellevar si un cura sabe de ella. Y por lo que respecta a su marido, Hildebert también tiene conciencia. Aunque seguramente no es de los esposos más tiernos, tiene fama de ser un hombre justo.
Hildebert está a unos pocos metros de su esposa, levanta la mano para despedirse y solo la deja caer cuando el carruaje ha desaparecido por el ancho camino. Hugo continúa lloriqueando, tiene sangre en las rodillas, debajo de la casaca, y tiende los brazos hacia Estrid, que corre a acogerlo. Hildebert chasquea con la lengua para darle ánimos, pero el niño continúa gritando y aprieta la cara contra el hombro de Estrid. Mechthild mantiene la mirada fija en el punto donde el carruaje se ha perdido de vista. Entonces se acerca a Clementia, quien sigue obediente a su madre hacia sus aposentos, donde le espera Hildegarda.
6
La calma que la pequeña sentía cuando Agnes le sujetaba los brazos y las piernas contra el cuerpecito se ha transformado en miedo. La niña lucha contra los movimientos apresurados que quieren sujetarla, se lanza hacia atrás y llora sin consuelo cuando Agnes, con un gesto rápido, la pone cruzada encima de la ropa, en la cama ancha, y empieza a envolverla.
«¿Entiende la niña que el llanto sale de sí misma? ¿Qué es lo que quiere, partir el mundo en dos con sus gritos?». El rostro de Agnes aparece de repente, la voz de Agnes actúa como un tapón en la boca de la criatura.
—¿Ves? —dice Agnes cuando la pequeña ya no puede moverse—. ¿Ves qué bien? Ahora ya no lloras.
La coge en brazos, pasean por la habitación, la cabeza erguida, el cuello se dobla, la cabeza abajo y hacia a un lado, plof, plof, plof.
La niña conoce muchos rostros, pero todavía no el suyo propio. Vive en un océano de oscuridad, un firmamento de estrellas y paredes con manchas de humedad, de aire perfumado en el cual aparecen cuerpos. Un olor es el de Agnes; otro, el de su madre. Los olores de gente extraña se mezclan en bocas que se abren, sonrientes, sorprendentes, chillonas, bocas que brillan, queman, van arriba y abajo y desaparecen en el aire encima de su cuna. Vive en un océano de ruido, la llevan de aquí para allá, moviéndola de un sitio para otro mientras ella succiona sin dientes manos y olores, cosas sumergidas en miel, una muñeca, un gatito al que han cortado las uñas.
Todo desaparece y reaparece. Todo lo que conoce se va, llevado por una corriente invisible que circula por toda la habitación. Espera entre olores y ruidos, atenta a la luz y las sombras, espera las únicas banderas importantes en su mapa: rostros, ojos que de repente están ahí, y de repente ya no están.
El dolor del hambre explota en el centro del mundo, se transforma en leche dulce y cálida en su paladar. Entre las manos danza una oscuridad profunda. En la luz, las personas y las cosas adoptan formas concretas. Ella ve un haz luminoso, un ojo que es mucho más grande que todos los ojos. Siempre vuelve. Incluso cuando hay silencio en la habitación el ojo resplandece fielmente. Cuando ve la luz no llora; permanece en silencio. Los otros se dan cuenta de que, de pronto, la pequeña se tranquiliza. «Fíjate, está mirándose las manos; fíjate, está mirando las nubes, la luz del sol, la pared». Los otros no ven el ojo, pero Hildegarda escucha. La luz cobra vida y habla como si tuviera boca.
7
Hildegarda ha superado su primer año de vida, y ahora Mechthild tiene otras preocupaciones. Cuando por fin a la pequeña le crece el cabello, resulta que es de un tono cobrizo, como la raíz de un jengibre que han cortado por la mitad y de pronto sangra. No es una buena señal. Los otros hijos tienen el cabello rubio de Hildebert, y los rizos rojos de la pequeña son para su madre un enigma. Mechthild no se ha acostado con Hildebert durante su sangrado menstrual, aunque ha seguido los consejos del padre Cedric para saber cuáles son los días en que es más probable que vuelva a quedarse embarazada. El cabello de Hildegarda es bonito al sol, pero dentro de casa es frágil y opaco.
Al principio, la precocidad de la niña la enorgullece, pero luego la inquieta. «No es natural —se dice—. ¿De dónde la ha sacado?». Años más tarde intentará convencerse de que lo recuerda mal, pero los acontecimientos del primer año de vida siempre la desmienten. Fue el primer verano, durante el mes en que Hildegarda cumplió un año. Las sanguijuelas se reproducían en los estanques, los cardos estaban en flor. Tenía que ser julio, Roricus acababa de irse para entrar como novicio en el monasterio de San Albano en Maguncia. Mechthild sufría por su partida. Durante toda la primavera estuvo soñando con el pórtico del monasterio. Unas veces se le aparecía como un gran arco; otras, como un gran hocico sin dientes. Pero estaba orgullosa de haber enviado a su hijo con los monjes. Tener un hijo siervo de Dios es un honor, y no podían haber encontrado mejor sitio que Maguncia.
La separación de Roricus es dura, pero también le preocupa la extraña precocidad de Hildegarda. Mechthild se avergüenza de la rabia que le revuelve el estómago, como si fuera masa de pan, cada vez que le asalta el sentimiento de que Dios le robó a sus mellizos. Cuando se entera de que Kristin ha tenido también gemelos, dos muchachos fuertes y sanos, siente de nuevo que la ira se apodera de ella, y necesita un tiempo antes de enviar un mensaje de felicitación a Sponheim. ¿Acaso ese enfado, esa rabia cambian de naturaleza cuando contempla a Hildegarda? Mechthild solo sabe que en su hija menor hay algo que no es normal. Hildebert no se da cuenta de nada, pasa mucho tiempo en Sponheim, y ella se pregunta si su propio hogar le preocupa lo más mínimo. Cuando por fin regresa, pregunta siempre por Hildegarda antes que por los otros, como si la pequeña fuera la única que le importara. La llama «Hild», exactamente igual que su padre lo llamaba a él, y a Mechthild no le gusta. «Hil-de», lo corrige ella, pero él no escucha. Los otros niños crecen y pierden los dientes y garabatean palabras latinas en sus tablillas de cera, pero Mechthild se olvida de las fechas. Solo le queda en la memoria la precocidad de Hildegarda, como una guadaña que sesga la felicidad. Cuando intenta calcular las fechas mal adrede, para que no resulte tan extraño, cuando piensa en Roricus y aquel dichoso verano, los acontecimientos vuelven a situarse rápidamente en su lugar.
Sabe muy bien que Hildegarda solo tenía un año, porque todos dijeron que era un milagro cuando empezó a moverse de aquí para allá en el patio, delgada y ligera, alargando los brazos hacia las gallinas, que huían en todas direcciones y la hacían reír. Que aprendiera a andar tan pronto ya era inexplicable. Había llorado todo el invierno y la primavera, y era raro que pasaran cinco días seguidos sin que tuviera fiebre. Había crecido en altura, pero apenas había engordado.
Sus brazos no eran rollizos como los de una criatura pequeña, los huesos de las articulaciones sobresalían como los de un adulto. Solo las mejillas conservaban su redondez. Y los ojos siempre parecían a punto de salirse de las órbitas. Mechthild está de pie con los brazos pegados al cuerpo, observando a su hija pequeña. Es la hora de la siesta, pero a Hildegarda no le gusta dormir. Hay una inquietud en ella que Mechthild atribuye a su salud quebradiza, pero cuando no está enferma se convierte en un torrente de vida. Nunca se queda quieta y Agnes se cansa. Aunque Mechthild se había imaginado que la muchacha podría echarle una mano con la casa, Hildegarda es muy difícil de llevar y exige toda su atención. Solo se sienta muy pocas veces, de vez en cuando se queda taciturna, pero por poco tiempo, y casi nunca duerme durante el día. Por la noche, se duerme pronto y despierta antes de que amanezca. Es Agnes quien ha llamado a Mechthild; Agnes, que siempre está cerca de la niña y la sigue a todas partes; Agnes asiente una y otra vez cuando Mechthild le pregunta si está segura. La niña ha hablado. No ha dicho «Mamá» o «Papá» o «Ñam, ñam». No dice «quiquiriquí» ni «Muuu» ni «beee». Ha dicho «Luz», y Agnes no es la única que lo ha oído. El chico de la cocina asiente con la cabeza desde el banco donde está desplumando una gallina en medio de una nube de plumas. Mechthild llama a Hildegarda, que está decidida a atrapar la gallina más grande y no reacciona. Entonces corre hacia la niña, la coge por la cintura y la levanta. La pequeña alarga los brazos hacia la gallina mirándola con frenesí, pero Mechthild la besuquea en la mejilla hasta que la niña se echa a reír.
—Mira —dice Mechthild, señalando el cielo.
—Luz —dice su hija—. Luz.
«Si la niña dice “Luz”, tendría que decir algo más», piensa Mechthild, pero después del verano Hildegarda se encierra en un mutismo un tanto inquietante. Si ella o Agnes le preguntan dónde está el perro, la niña lo señala. Leche, nariz, mamá, papá, Drutwin, Irmengard, Odilia, Hugo, Benedikta, Clementia, Agnes. Lo señala todo. Pero continúa diciendo una sola palabra. Luz. A menudo lo dice para sí, cuando juega en el suelo con sus juguetes: un cinturón de piel con perlitas de colores, un caballo que Roricus talló antes de irse, una muñeca que le regaló Hildebert, con ojitos de cristal y una cara que parece tan real que da un poco de miedo. De vez en cuando, Hildegarda coge la muñeca, le da un beso y la cubre con una manta, pero si no fuera porque es demasiado pequeña, se diría que lo hace, más que por verdadero interés, como muestra de agradecimiento por un regalo tan bonito. Acaricia los perros en el lomo y se queda mirando los pelos que se le quedan en las manos. Ya no corre detrás de las gallinas, pero coge granos de cereal, los observa como si fueran piedras preciosas y los aplasta con cuidado con el pulgar. Señala con la mano la luz que entra por la ventana y apoya una mejilla en el suelo calentado por el sol. Observa el polvo que revolotea en el aire y sus manos danzan también. A Mechthild no le parece normal que esté ahí en esa posición. Que diga «Luz» es raro, ¿y acaso no le interesa nada más? De modo que coge a la niña y se la lleva a ver las vacas, que las muchachas están ordeñando. La niña observa con atención, pero se mantiene a distancia. Se toma la leche cálida que le ofrecen, pero no da señal de querer más. Es introvertida y diferente a los demás. La inquietud de Mechthild crece con mayor rapidez que la pequeña, y después de un verano muy bueno Hildegarda cae enferma, con fiebre, en cuanto llega el frío. Es como si se abriese una vena y todo el miedo acumulado de su madre saliera a borbotones.
Mechthild se apresura hacia la despensa a coger hierbas medicinales mientras Agnes permanece junto a la pequeña, pasándole un paño húmedo por el rostro. A menudo le canta para que se duerma, pero ahora su voz la hace llorar. Mechthild da órdenes al cocinero; permanece de pie detrás de él, controlando la infusión que prepara, y al final acaba ocupándose personalmente, como si el muchacho no fuera capaz de hacerlo.
Cinco días después, Hildegarda se incorpora en la cama y Agnes avisa a Mechthild, que llega corriendo seguida de Drutwin y Hugo, ansiosos por saludar a su hermana pequeña, sentada en la cama con su cabello rojizo pegado a la frente.
—Parece un monje —dice Hugo, soltando una risilla, pero Mechthild no le ve la gracia y levanta una mano amenazadora que amedrenta a los niños.
Hildegarda mantiene la mirada fija delante, como si durmiera con los ojos abiertos. Su madre le pone la mano en la frente. Tiene la piel seca y fría, la fiebre ha desaparecido. Entonces se deja caer en la silla que hay junto a la cama, vencida por el cansancio. Hildegarda la mira y alarga las manos. Su madre aferra una, pero no logra levantarla. Hildegarda ladea la cabeza y alza la vista hacia la ventana, luego echa el cuello atrás y observa el techo. No es una postura nada natural; Mechthild le suelta la mano y la coge de la nuca para hacerla mirar en otra dirección, pero la pequeña está rígida como un palo. Hugo y Drutwin también se dan cuenta de la rareza de su hermana, y se mantienen a una distancia prudencial, a los pies de la cama. Dan patadas a los postes de la cama y la llaman:
—¡Hild, Hild, mira aquí, Hild!
Pero la niña permanece impasible, alza los brazos hacia el techo y sonríe como una bendita.
—Luz —repite sin parar—. Luz, luz, luz.
Mechthild está desesperada; Drutwin ríe, incómodo, Agnes se ha quedado de pie a un lado de la cama con el atizador en la mano, como una tonta, mirando a la niña y a Mechthild, que tiembla. Nada puede quitarle a Hildegarda la sonrisa, incluso cuando duerme continúa sonriendo, y Mechthild tiene que salir de la habitación para recuperar el aliento. Agnes ha reavivado el fuego y se ha sentado junto a la cama. Abriga bien a la niña con la manta, tapándole la boca para no tener que ver esa maldita sonrisa.
Cuando Hildegarda despierta, de pronto es capaz de hablar como un torbellino. «Mamá», dice. Y «Agnes, tengo hambre». «Y también tengo sed». Forma cada una de las letras con la pequeña boca que hasta ahora solo decía «Luz», y la casa entera vuelve a ponerse en movimiento.
Hildebert regresa de Sponheim con unas perdices colgadas de la silla de montar; cuando entra en la habitación huele a caballo y a tierra, y sonríe a su benjamina.
—Papá —dice—. Papá está en casa.
8
Año 1102
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