El medallón de fuego

Carla Montero

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Cremona,

5 de febrero de 1486

Ni siquiera la muerte era obstáculo para Lorenzo de Médicis.

Envuelto en las sombras de la noche, temblorosas a la luz de un par de lámparas de aceite, el Magnífico avanzó unos pasos, se detuvo a los pies de la lápida y clavó la vista en la gran losa de piedra que yacía sobre el suelo del claustro del monasterio agustino. Le pareció más sencilla de lo que se esperaba. No le hubiera sorprendido encontrarse un gran cenotafio ricamente ornamentado con esculturas, columnas y capiteles, situado con honor en alguna de las capillas laterales. En cambio, la tumba apenas lucía algunos relieves vegetales en los bordes y el nombre del difunto bajo una cruz latina. Kyriacus Anconitanus.

Lorenzo no había llegado a conocer a Ciríaco de Ancona. No obstante, sabía que su abuelo Cosme de Médicis había patrocinado varias de sus expediciones por el mar Egeo y el resto del Mediterráneo oriental y había adquirido para su propia colección de antigüedades no pocas de las reliquias que el aventurero traía de tales viajes: monedas, gemas, estatuillas... No era de extrañar que Ciríaco, un hombre versado en el legado de los ancestros y los enigmas de las civilizaciones arcaicas, se hubiera llevado algún secreto a la tumba.

Una ráfaga de aire helado, cargada de polvo de nieve, se coló entre los arcos del claustro y las gruesas ropas de Lorenzo de Médicis. El florentino salió de su ensimismamiento con un ligero escalofrío y miró a su alrededor. La concurrencia lo observaba expectante, impaciente incluso ante lo clandestino de la operación y la inclemencia del tiempo.

El abad del monasterio se agitaba inquieto desde un segundo plano, como si el refugio de la oscuridad le exonerara de cualquier responsabilidad en aquel asunto, al cual se había mostrado reticente en un primer momento: lo que se le proponía era contrario a la ley divina y a la humana y él se declaraba leal tanto a Dios Nuestro Señor como a Ludovico Sforza, gobernante de Cremona. Aunque los Médicis y los Sforza se hallaban en buenos términos dentro del frágil equilibrio de poder entre los territorios italianos, no deseaba el abad ser él quien se viese involucrado en nada que pudiera enemistarlos. No obstante, el dinero de los Médicis compraba fácilmente toda clase de lealtades. El viejo, quien envestido de autoridad y culpable de morbo no había querido perderse el espectáculo, temblaba ahora bajo su capa, con su nariz de pico de pájaro colorada y enterrada entre los cuellos, quizá más presa del frío que del temor o el remordimiento.

Dos sepultureros le flanqueaban. Padre e hijo. Ceñudos y fornidos, de pocas luces y fáciles de amedrentar. También se los había comprado con unas pocas monedas y, lo que era más importante, se habían sellado sus labios con una amenaza de muerte, la cual, proviniendo del propio Lorenzo de Médicis, nadie osaría tomar a la ligera.

Completaban la partida dos hombres de confianza de Lorenzo, consejeros y amigos, cómplices en aquella empresa, sin cuyo apoyo y guía nunca hubiera emprendido: el sabio Marsilio Ficino, casi un padre para Lorenzo, y Giovanni Pico della Mirandola, un joven conde de mente inquieta y brillante, que siempre le había demostrado lealtad. De algún modo ellos, en su incansable búsqueda del conocimiento, le habían llevado hasta allí. Ambos se habían pasado los últimos años desgranando palabra a palabra la inmensa biblioteca de Niccolò de Niccoli, otro de los amantes de lo antiguo, uno de los mayores coleccionistas de manuscritos en griego y en latín de Europa, sólo aventajado por Cosme de Médicis. Lo cierto era que tal afán le costó una fortuna a Niccoli, quien murió en la ruina. Al patriarca de los Médicis no se le escapó entonces la oportunidad que se le ofrecía: costeó las exequias de Niccoli a cambio de apropiarse de su magnífica colección de textos, la cual puso a buen recaudo en el convento dominico de San Marco en Florencia.

En ella habían hallado Marsilio y Pico el Manuscrito del Templario. Un legajo en hebreo arcaico que provenía de las costas del mar Muerto, según rezaban las anotaciones rubricadas por Medardo de Sens, miembro de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, y fechadas en tiempos de la Segunda Cruzada. Con ayuda del también filósofo y humanista judío Elijah Delmédigo, habían invertido años en descifrar el asombroso contenido del manuscrito. Sin embargo, todo aquel intrigante asunto había adquirido plena relevancia con el descubrimiento de la correspondencia entre Niccolò de Niccoli y Ciríaco de Ancona.

Tras semejante travesía, Lorenzo de Médicis confiaba en que uno de los grandes secretos de la Antigüedad estuviera a punto de revelársele. Una punzada de ansiedad sacudió sus entrañas.

—¡Adelante! —ordenó con voz firme y potente.

Los sepultureros se pusieron de inmediato manos a la obra y los golpes de sus picos resonaron durante un lapso interminable entre los recovecos del claustro. Nadie movió apenas un músculo ni cruzó palabra entretanto. Alterar el descanso de los difuntos perturbaba los ánimos, la expectación enmudecía los discursos y el frío atenazaba los cuerpos.

Sólo cuando la lápida se hubo desprendido y los sepultureros estaban a punto de apalancarla, exclamó el abad, inquieto:

—¡Mucho cuidado, no vaya a romperse! —Y a Lorenzo aquel prosaico clamor le pareció un insulto a la mística del momento.

El escandaloso roce de piedra contra piedra dejó al descubierto el agujero oscuro del sepulcro. Apenas hubo que excavar un par de metros de tierra hasta que apareció el ataúd. Ayudados por cuerdas, los sepultureros lo alzaron entre jadeos y resoplidos de esfuerzo; con sumo cuidado para que la madera corrompida por la humedad no se partiese, lo depositaron a ras del suelo. Lorenzo no pudo evitar aproximarse; Pico y Marsilio lo escoltaban llevados también por la curiosidad. En una esquina, el abad murmuraba salmos y oraciones con atropello.

Crujidos espeluznantes se sucedieron al retirar la cubierta. Parecía que el cofre iba a deshacerse en astillas a cada embestida de las palancas. Finalmente, la tapa quedó libre. Los sepultureros miraron a Lorenzo y éste asintió con un gesto para que la retiraran.

El florentino apretaba las mandíbulas de forma casi inconsciente. No era la muerte lo que le alteraba los nervios; tantas veces la había tenido cerca que ya no le causaba aprensión. Era lo que podía hallar o, a lo peor, no hallar dentro de aquella tumba lo que le inquietaba. Y el paso del tiempo: los más de treinta años que habían transcurrido desde que Ciríaco de Ancona abrazase la tierra. ¿Cómo habría tratado la podredumbre al cuerpo ya de por sí enjuto del arqueólogo?

Los sepultureros echaron la tapa del ataúd a un lado y se apartaron para dar paso al Médicis. Lorenzo se asomó y aproximó el candil al interior de la caja. Una vaharada con un olor extraño le golpeó el rostro. No resultaba un tufo repugnante. Se asemeja

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