INTRODUCCIÓN
El lector tiene en sus manos la obra de un referente de primera magnitud de la literatura castellana del Siglo de Oro. Esta edición de las obras de San Juan de la Cruz presenta una amplia selección de sus obras. Contiene lo esencial para un lector no especializado pero interesado en conocer la experiencia radical que se esconde tras los escritos de este gran nombre de la mística no solo castellana sino también universal. Se incluyen todos los textos breves (obras poéticas, avisos, cautelas y epístolas), así como una antología de los comentarios a los poemas para agilizar su lectura sin perder el hilo del contenido.
San Juan de la Cruz: un maestro de almas
San Juan de la Cruz, junto con Santa Teresa de Jesús, representa el culmen de la poesía mística no solo peninsular sino también europea. Este autor vivió a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI, en el contexto del Imperio español bajo el reinado de Felipe II, un momento aparentemente expansivo económica y territorialmente, pero también lleno de contrastes y desajustes sociales. Los siglos XVI y XVII se consideran áureos para las letras castellanas por la calidad de las obras artísticas que se produjeron bajo los lenguajes estilísticos del Renacimiento y del Barroco. Asimismo, se desarrolló entonces la Contrarreforma, la reacción de la Iglesia católica frente al protestantismo (difundido desde alrededor de 1517), a partir de la celebración del Concilio de Trento (1545-1563), en el que se redefinió el catolicismo. Ello supuso que las instituciones eclesiásticas —y particularmente el Tribunal de la Inquisición— tuvieran un ojo puesto en ciertas manifestaciones espirituales aparentemente heterodoxas, como las sectas iluministas, e incluso los autores que llamamos místicos —indudablemente ortodoxos—, como San Juan de la Cruz. Estos últimos aportaban una visión personal, contemplativa y a su vez apasionada de la relación del ser humano con Dios. A pesar del ambiente de sospecha y represión, San Juan nunca fue condenado por la Inquisición.
Juan de Yepes Álvarez nació el 24 de junio de 1542 en Fontiveros (Ávila), en el seno de una familia que empobreció al morir el padre cuando él era solo un niño. La madre, Catalina, se mudó a Medina del Campo (Valladolid) a trabajar para mantener a sus dos hijos —con ese hermano mayor, Juan mantuvo contacto a lo largo de toda su vida—. Parece ser que Juan asistía al Colegio de los Niños de la Doctrina como pobre de solemnidad ya que su infancia transcurrió en pobreza extrema, una austeridad material que luego recomendaba en sus propuestas espirituales. Pronto empezó a colaborar en el Hospital de la Concepción en tareas de enfermería, demostrando una gran caridad y buena disposición.
En Medina mismo, Juan continuó su educación con los jesuitas. Sin embargo, renunció al sacerdocio jesuítico y optó por la vida monástica dentro de la Orden del Carmen alrededor de 1563-1564. Adoptó el nombre religioso de Juan de Santo Matía. En cuanto a su formación, el hecho de formar parte de una orden religiosa le permitió poder asistir al Colegio Carmelita de San Andrés en Salamanca, donde cursó tres años en Artes (1564-1567), requisito necesario para poder acceder a los estudios teológicos, de los que solo realizó un curso. Por lo tanto, a pesar de haber recibido formación universitaria, San Juan de la Cruz no responde a un perfil de teólogo académico, hecho que se percibe en el tono de sus obras en prosa, no rigurosamente filosóficas. La enseñanza en Salamanca —universidad en la que por esos años enseñaba Fray Luis de León, que fue luego editor de las obras de Santa Teresa— era de tipo escolástico, pero es difícil poder saber con exactitud qué textos leyó. Las citas directas o indirectas a autores son pocas, y corresponden al Pseudo Dionisio Areopagita, a los Soliloquios pseudoagustinianos, Santo Tomás de Aquino, Aristóteles, san Gregorio Magno y Boecio. Aún más complicado es desvelar qué textos de los místicos y espirituales de Europa conocía (Porete, Eckhart, Tauler, Ruusbroec, Herp, etc.), ya que a mediados del siglo XVI fueron aquí prohibidos, aunque durante la primera mitad de siglo, en tiempos de Carlos I, habían sido probablemente asimilados, más aún teniendo en cuenta el vínculo comercial e imperial con el área flamenca y germánica, donde había florecido una rica tradición mística bajomedieval.
Juan de Santo Matía echaba en falta más ascetismo y un retorno a la regla original del Carmen, establecida en Palestina en el siglo XIII, donde unos eremitas vivían bajo la inspiración del profeta Elías. Ese era el modelo de vida retirada que él deseaba. Por ello, en 1568 profesó en el Carmelo reformado —fundado en 1562 en Ávila por Santa Teresa de Jesús, a la que había conocido en Medina del Campo en 1567—, adoptando el nombre con el cual le conocemos hoy en día: Juan de la Cruz; una «cruz» que indica el vínculo de su religiosidad con el sufrimiento de Cristo, que deviene un ejemplo de vida (imitatio Christi). A partir de entonces ejerció como director espiritual y confesor en conventos de monjas y fundó conventos masculinos, siendo maestro de novicios; el primero, en Duruelo (Ávila) en 1568. Asimismo, pasó por Mancera, Pastrana y Alcalá de Henares. Él mismo se ocupaba de arreglar las casas donde se ubicarían las comunidades.
Entre 1572 y 1577 asumió el cargo de vicario y confesor del monasterio de la Encarnación de Ávila. Seguramente que allí tuvo noticia de autores como Francisco de Osuna, Bernardino de Laredo o Luis de Granada, lecturas de Santa Teresa. Allí fue secuestrado por los Carmelitas Calzados en diciembre de 1577, quienes lo encerraron nueve meses en Toledo, esperando que modificara sus propósitos de austeridad y pobreza, propios de la reforma teresiana, cosa que no sucedió; al contrario, se mostró siempre firme, convencido de su fe y de sus valores. Los siglos XV y XVI fueron tiempos de reconsideración de los valores de las órdenes religiosas, algunos sectores de las cuales intentaron recuperar los valores primitivos —más estrictos— bajo los que se fundaron, sin las mitigaciones posteriores.
Esos nueve meses de reclusión, entre 1577 y 1578, marcaron un punto de inflexión en la vida y la creatividad del carmelita, pues allí vivió el abandono de Dios que le llevará a escribir las primeras estrofas del Cántico espiritual, que empieza con un «¿Adónde te escondiste, Amado / y me dejaste con gemido?», versos que compuso y conservó de memoria hasta que obtuvo papel y pluma para escribir. Fue un tiempo de hambre, maltrato y sufrimiento en una celda minúscula y oscura, que hizo que Juan configurara su símbolo poético principal, la noche, el cual da título a su poema más conocido, Noche oscura. Pero fue durante una noche de agosto de 1578, precisamente, cuando el carmelita consiguió escapar de esa diminuta celda y refugiarse en el convento de las Carmelitas Descalzas de Toledo, para recuperar su salud e iniciar la etapa más fructífera de su vida en el sur de la Península.

A finales de 1578 fue elegido superior del convento del Calvario (Jaén), desde donde visitaba a la comunidad cercana de Beas de Segura, ambos situados en un entorno calmado y natural. En Beas conoció a la hermana Magdalena del Espíritu Santo, destinataria del dibujo del Monte de perfección y de una las cartas conservadas, y autora de un manuscrito intitulado Noticias sobre la vida de San Juan de la Cruz (BNE, 12944/132), útil para el proceso de beatificación. También allí conoció a Ana de Jesús, a cuya petición el carmelita redactó el comentario del Cántico espiritual. Las comunidades femeninas fueron sus grandes interlocutoras y un motor creativo, sin duda. Aquí se expande su faceta de «escritor». A partir de 1579, Juan se encarga de la fundación de conventos por el territorio andaluz, de las que destaca Baeza, ciudad de cuya universidad fue rector hasta 1581.
Fue vicario provincial de Andalucía, residiendo en el convento de Los Mártires de Granada. El decenio de 1580 a 1590 fue el punto álgido de su producción literaria, textos que no fueron editados —parcialmente— hasta 1618, aunque hubo una difusión manuscrita previa durante unos treinta años. En Granada escribió los comentarios Subida del Monte Carmelo, Noche oscura y Llama de amor viva. Por otro lado, algunos arabistas defienden que San Juan habría recibido allí el influjo de la espiritualidad y la poética sufíes, cuestión todavía abierta a la discusión. En cualquier caso, es evidente que comparten símbolos universales como la fuente, el pájaro o la noche, entre otros.
Tras unos años de viajes continuos —en 1585 asistió a un capítulo en Lisboa— y de retorno a Castilla, y con la posibilidad de viajar a Nueva España (México), llega a La Peñuela (hoy La Carolina, Jaén) y posteriormente a Úbeda, donde enfermó y murió el 14 de diciembre de 1591. Sin embargo, su sepulcro está en Segovia, y se conservan varias reliquias. Fue beatificado en 1675 por Clemente X, canonizado en 1726 por Benedicto XIII y declarado Doctor de la Iglesia —apodado Doctor místico— en 1926 por Pío XI, reconociendo así su valor como maestro de fe.
Tras su muerte, pronto se redactaron las primeras biografías, de la mano de Alonso de la Madre de Dios (1616), José de Jesús María (1628) y Jerónimo de San José (1629), las cuales responden a un modelo más bien hagiográfico. En el siglo XX, se elaboraron las biografías de Crisógono de Jesús Sacramentado, Bruno de Jésus-Marie, Silverio de Santa Teresa y la de Jean Baruzi, verdaderamente académica, integrada en un estudio extenso y riguroso muy recomendable.
Misticismo: experiencia y literatura
Como hemos mencionado, San Juan de la Cruz, junto con Santa Teresa de Jesús, es uno de los autores más importantes de la literatura mística europea. La literatura mística se fundamenta en la experiencia mística, es decir, la unión (unio mystica) en amor entre el alma humana y Dios vivida como un estado de éxtasis, en tanto que salida de los parámetros de sensación y comprensión ordinarios. Tanto el judaísmo como el cristianismo y el islam han integrado, de diversas maneras y con grados de aceptación desiguales, distintas experiencias místicas en sus tradiciones —la cábala y el sufismo, por ejemplo—. En el caso de San Juan de la Cruz, su mística cristiana es fuertemente cristocéntrica; Cristo crucificado, imagen de sacrificio y sufrimiento, está en el centro de su pensamiento como modelo de vida.
Como indica la etimología del vocablo «mística», este hace referencia a aquello oculto, misterioso —de la misma raíz griega myein—, que permanece cerrado. El primer gran teólogo que expuso el fenómeno místico fue Pseudo Dionisio Areopagita en su breve pero trascendental tratado Teología mística, del siglo VI. En él habla de Dios como la causa suprasensible, invisible e incognoscible, tanto desde la teología afirmativa (lo que Dios es), como desde la negativa (lo que Dios no es), usando las imágenes del rayo de tiniebla y de la subida a una montaña, ambas presentes en la obra sanjuanista.
La experiencia mística suele ser descrita como un estado transitorio al final del cual se obtiene una ciencia infusa, no vinculada a la erudición —acumulación de conocimientos— sino a la comprensión cósmica de la armonía entre el Creador y las criaturas. Tras un ejercicio continuo e intensivo de ascetismo religioso (controlar los deseos, necesidades y vicios), el místico consigue la purgación o limpieza del alma, que le permitirá la iluminación por vía de la fe, y, finalmente, la unión con Dios. Esta unión entre la divinidad y el alma —que tiene lugar paradójicamente en el alma misma— se manifiesta como algo inefable para lo cual no se encuentran palabras, dado que excede los parámetros de la racionalidad y de la cotidianidad. Así, purgación, iluminación y unión son tres vías o etapas del proceso místico: vaciar el alma, recibir la iluminación divina, y la unión de voluntades (humana y divina). Este camino o proceso de transformación humana pretende alcanzar la perfección del alma, por vía de la fe, el amor y la belleza. Por este motivo, se recurre al lenguaje del amor erótico —evidente en el Cántico espiritual—, que luego debe ser explicado por medio del lenguaje teológico —es la función de los comentarios a los poemas—.
En cuanto a la literatura mística, que es fruto de esa experiencia extraordinaria, podemos apreciar que suele manifestarse en lenguas vernáculas a partir del siglo XIII, y no en el latín académico —propio de los discursos teológicos—, pues expresa un conocimiento respecto de Dios más inclinado hacia los afectos (amor, pasión, deseo) que del intelecto (teología escolástica), con lo cual es una manifestación individual, fruto de la experiencia personal, y no tanto comunitaria o institucional. Se trata de la nueva espiritualidad surgida a raíz de la devotio moderna, cuyo modelo principal fue De imitatione Christi de Tomás de Kempis, publicada a principios del siglo XV.
La inefabilidad de la experiencia mística se traslada al lenguaje a partir de, por ejemplo, figuras retóricas como el oxímoron («la música callada», «la soledad sonora», «el rayo de tiniebla»), con el que el contraste extremo entre palabras contrarias expresa la unión de conceptos opuestos, y, así, la totalidad de una realidad suprema imposible de describir directamente, si no es sumando paradójicamente dichos opuestos (coincidentia oppositorum). La literatura mística es, pues, muy rica en metáforas y símbolos, y la obra de San Juan de la Cruz no es una excepción, particularmente los tres poemas mayores. De este modo, en muchas ocasiones, el lenguaje parece ser pura sugerencia que apunta a un más allá. Pero, bajo esa riqueza literaria, se expone una fe desnuda, una devoción sin modo ni imágenes, un camino sin camino, un gran deseo de silencio y ausencia de aprehensiones, revelaciones, visiones —en este aspecto, muy diferente a la vivencia de Santa Teresa de Jesús.
El hecho de vivir una experiencia de este tipo, tan personal e íntima, generó sospechas desde las instituciones eclesiásticas frente a estos autores, a menudo vistos como herejes, aunque San Juan siempre se definió dentro de la doctrina de la Iglesia católica, y lo puntualiza bien, para no ser acusado de ningún pensamiento con influencias protestantes o de la secta de los alumbrados, en el contexto de la Contrarreforma. Asimismo, son numerosas las alusiones bíblicas que se descubren en sus comentarios.
Obras de San Juan de la Cruz
Las obras completas de San Juan de la Cruz no son especialmente extensas si las comparamos con las de Santa Teresa de Jesús. Se conservan poemas menores, poemas mayores, tratados y comentarios, textos breves (cautelas, avisos, entre sapienciales y pedagógicos) y epístolas. Tras unos treinta años de difusión mediante copias manuscritas —entre las que destaca la de Sanlúcar de Barrameda, por ser la única que contiene anotaciones del santo, a las declaraciones del Cántico—, la primera edición de las obras de San Juan salió a la luz en 1618 (sin el Cántico espiritual, que no se publicó hasta 1627, en Bruselas) y en el mismo siglo se tradujeron a otras lenguas, como el francés (1621), el italiano (1627), el latín (1639) y el alemán (1697), y dos siglos más tarde, el inglés (1864).
Poemas
La poesía es el género literario por el que San Juan destaca más. De hecho, sus tres poemas mayores (Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva) ya le valdrían por sí solos un lugar fundamental en la historia de la literatura. Pero escribió una docena de poemas más, los llamados poemas menores: Entréme donde no supe, Vivo sin vivir en mí, Tras de un amoroso lance, Un pastorcico solo está penado y In principium erat verbum (nueve romances), algunas glosas y letrillas, y quizás el más conocido: Qué bien sé yo la fonte. Estos poemas menores reflejan la influencia de las formas poéticas de la poesía profana del Renacimiento y su raíz oral medieval (villancicos, romances, glosas, coplas).
Noche oscura, el más famoso, expresa el gozo del alma (el yo poético en forma de amada) al llegar a la unión con Dios (el Amado). Son ocho liras (combinación de pentasílabos y heptasílabos, ya usada en la poesía profana) en las que se relata un proceso que va desde el sosiego de lo corporal (estrofas 1 y 2) hasta la suspensión de las facultades humanas por la unión amorosa (estrofas 5-8), pasando por un acto de iluminación interior (estrofas 3 y 4). Esa noche histórica en la que San Juan escapó de la celda de Toledo en 1578 queda reflejada transhistóricamente o simbólicamente en la salida de uno mismo (éxtasis) con la que empieza la composición.
Es en Cántico espiritual, sin embargo, donde el lector puede percibir más claramente el afán de búsqueda del Amado. Se trata de un escrito de treinta y nueve liras (cuarenta según otro manuscrito), en forma dialogada entre la Esposa, el Esposo y las criaturas, que dan testimonio de la existencia del Creador. Se inspira claramente en el Cantar de los cantares de la Biblia. Da comienzo al poema la pregunta sobre la presencia de la divinidad, por parte del alma, como Esposa que sale por la extensión de la naturaleza —creación de Dios— al encuentro con su Amado.
Llama de amor viva es el más corto de los poemas mayores, con solo cuatro estrofas, dedicadas a la pasión del encuentro con Dios bajo la imagen del fuego; una llama que quema en lo más íntimo del ser humano, su centro, donde Dios mora.
San Juan de la Cruz, consciente de los límites del lenguaje ante una experiencia de amor a Dios que le sobrepasa, se inclinó por el vocabulario del amor humano —pues no tenemos otro modo de formalización que el humano—: el afán del enamorado, la metáfora matrimonial, el gozo erótico, la fascinación por el ser querido.
Tratado y declaraciones
La riqueza metafórica de los poemas mayores, junto con las peticiones de las monjas para que su autor desentrañara el sentido, motivaron la redacción de tratados y comentarios a propósito de cada poema. Subida del Monte Carmelo y Noche oscura comentan el poema Noche oscura, y Cántico espiritual (con dos redacciones) y Llama de amor viva (también con dos redacciones) comentan estrofa por estrofa los poemas homónimos. En los comentarios en prosa, el lector puede apreciar el extenso conocimiento bíblico de San Juan, dado que apoya continuamente sus ideas con citas de la Biblia, pero también con algunas comparaciones cotidianas, como cuando compara el alma imperfecta a la inmadurez propia de un niño. Los destinatarios de estos textos, pues, eran principalmente los religiosos de la orden del Carmelo, pero con la impresión de las obras, estas alcanzaron amplitud de público, hasta la actualidad, en la que San Juan de la Cruz se lee como un clásico de la literatura, más allá de los aspectos doctrinales.
Subida del Monte Carmelo es el texto más parecido a un tratado teórico, y las clasificaciones, definiciones y digresiones que presenta implican cierta complejidad. Lo comenzó probablemente antes de 1582 en Baeza y, aunque trabajó en él durante mucho tiempo, lo dejó truncado. Seguramente estuvo más interesado en avanzar en Noche oscura (a menudo se considera su continuación) o en el Cántico espiritual. De hecho, las imágenes poéticas de la noche y la subida a la montaña reflejan dos aspectos —el temporal y el espacial— de un mismo proceso dinámico: el camino de aproximación hacia Dios. Subida, dividido en tres libros, se ocupa de la primera fase del perfeccionamiento: la purgación de los sentidos y de las facultades humanas (memoria, entendimiento y voluntad, según la antropología agustiniana), como inicio de la noche (se habla de la noche activa, de renuncia, frente a la posterior noche pasiva, de aceptación de la gracia o toque de Dios). Es interesante también como, en el libro tercero, trata el tema del uso de las imágenes en la oración; son necesarias aunque el autor defiende una devoción hacia lo invisible, evitando cualquier tendencia a la idolatría.
Alrededor de 1585 redacta las declaraciones de Noche oscura, es decir, el comentario verso por verso al poema con el mismo nombre, aunque solamente alcanza las dos primeras estrofas y deja el texto incompleto. Noche oscura consta de dos libros y se ocupa de la noche pasiva, es decir, la anulación de la propia voluntad y la asunción de la voluntad divina. Explica las diferencias entre la purgación de los apetitos sensuales (la «noche del sentido», libro primero) y la purgación espiritual (la «noche del espíritu», libro segundo), y tiene en cuenta los distintos ritmos de progreso de cada persona. Por eso distingue entre principiantes, aprovechados y perfectos.
Así como el comentario de los versos es tan útil para la comprensión del poema Noche oscura, lo mismo sucede con el Cántico espiritual. San Juan no solo es poeta sino hermeneuta de sus propios poemas: comparte su interpretación sobre cada verso, y traduce ese lenguaje de amor humano en amor a lo divino. Se conservan dos redacciones del texto: la de Sanlúcar de Barrameda (Cántico A) y la de Jaén (Cántico B); aquí se ofrece la versión B.
La voz poética de Llama de amor viva habla desde lo alto de la contemplación. Son destacables sus últimas líneas, pues San Juan de la Cruz abandona la escritura porque asume la incapacidad de expresar la plenitud y perfección del alma unida a Dios. En esta edición, se ofrece una de las dos versiones —muy parecidas— del texto (la llamada Llama B, de Burgos).
Avisos espirituales y cautelas
En cuanto a los textos breves o anotaciones, la mayoría provienen de los consejos —a menudo personalizados— que daba en el contexto de la oralidad y de la dirección espiritual, particularmente en Beas, El Calvario, Baeza y Granada.
La diversidad de pequeños textos suele recibir el nombre de Avisos espirituales: «Dichos de luz y amor» (casi ochenta), «Puntos de amor, reunidos en Beas» (unos cuarenta), «Avisos copiados por Magdalena del Espíritu Santo, en Beas» (media docena), «Avisos conservados por la Madre María de Jesús» (cinco), «Avisos a un religioso» y algunos más.
Las Cautelas, en cambio, es un brevísimo texto, a modo de tratado, estructurado en tres secciones: cautelas contra el mundo, contra el demonio y contra la sensualidad de la carne; mundo, demonio y carne, tres enemigos del alma que San Juan de la Cruz combate también en los comentarios.
Epistolario
Se conservan también una treintena de cartas escritas por el místico en los últimos diez años de su vida, es decir, desde 1581. Ninguna de ellas dirigida a Santa Teresa de Jesús (muerta en 1582) ni a la familia del santo —su hermano, particularmente—, por lo cual tenemos que pensar la gran cantidad de cartas anteriores que debieron perderse. En su mayoría están dirigidas a monjas o comunidades de monjas, y percibimos en sus letras su lado más humano y cotidiano, así como su labor de maestro espiritual.
Dibujos
Aparte de su obra literaria, San Juan elaboró dos dibujos: Cristo crucificado y Monte de perfección, que han hecho hablar de la vocación artística del carmelita y de la necesidad de buscar nuevos modos de comunicación —de la literaria a la visual—, particularmente en su labor pedagógica. Cristo crucificado, de pequeñas dimensiones, representa a Cristo en la cruz con la particularidad de que el plano es picado, de modo que no se ve su rostro pero sí unas dramáticas gotas de sangre. Se conserva en el monasterio de la Encarnación de Ávila.


Copia del autógrafo dedicado a Magdalena del Espíritu Santo. Biblioteca Nacional de España, Madrid, ms. 6296, folio 7.
En cuanto al Monte de perfección o Montecillo es un diagrama cuya transcripción se incluye en esta selección, pues es un texto más de San Juan de la Cruz. Se trata de un caligrama en forma abstracta de montaña formado por varias sentencias desconcertantes que responden a cierto nihilismo, desnudez espiritual o teología negativa («nada»; «ni eso ni esotro»; «no hay camino»). El autor lo menciona en Subida del Monte Carmelo (libro 1, cap. 13.10; libro 3, cap. 2.12, 15.1-2), y de hecho se considera su frontispicio, del cual existen varias versiones aunque solo se considera original la copia notarial que se hizo en 1759 (BNE, ms. 6296).
***
La herencia literaria y simbólica que nos han legado las obras de San Juan ha inspirado a autores contemporáneos, tanto nacionales como internacionales, de diferentes ámbitos creativos, lo cual indica que los textos que el lector tiene entre sus manos trascienden épocas y contextos de creencia, ya que transmiten una experiencia atemporal de lo sagrado y de la espiritualidad humana.
En cuanto a las artes, quizá la obra más destacable es el Cristo de San Juan de la Cruz o Cristo de Port Lligat (1951), de Salvador Dalí, inspirado en la perspectiva del dibujo del Cristo crucificado del místico castellano, como una visión desde lo alto del cielo. Frederic Mompou recogió un verso del Cántico espiritual para titular su Música callada (1951-1967), cuatro cuadernos para piano que, con un lenguaje depurado, consigue penetrar en la interioridad del oyente. Más recientemente, el videoartista estadounidense Bill Viola realizó The Room for St. John of the Cross (1983), una instalación en la que reflexiona sobre los movimientos y la quietud de la interioridad bajo la imagen de una montaña, contraponiendo un espacio externo agitado a un cubículo en el que parece que el tiempo se ha detenido.
Las obras de San Juan de la Cruz han fascinado durante siglos tanto a religiosos como a laicos por la profundidad con la que ahonda en la naturaleza humana y propone vías para su mejora. Las aproximaciones a su obra se han llevado a cabo desde la filología, la historia literaria, la teología, la estética o la psicología; hay estudios incluso sobre los puntos en común que comparte con prácticas budistas, a propósito de la aniquilación de los apetitos y del vaciamiento interior. Este conocimiento de la interioridad y las bellísimas formas por medio de las cuales da cuenta de una experiencia extraordinaria de amor y búsqueda de lo divino hacen que su lectura penetre en el lector actual.
ANNA SERRA
POEMAS
1
CÁNTICO ESPIRITUAL (A)
Canciones entre el alma y el Esposo
Esposa
¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?[1]
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero:
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decilde que adolezco, peno y muero.[2]
Buscando mis amores,[3]
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
Pregunta a las criaturas
¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!,
decid si por vosotros ha pasado.
Respuesta de las criaturas
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
e, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.
Esposa
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.
Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.[4]
Mas ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viviendo donde vives,
y haciendo porque mueras
las flechas que recibes
de lo que del Amado en ti concibes?
¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?
Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y solo para ti quiero tenellos.[5]
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!
¡Apártalos, Amado,
que voy de vuelo![6]
El Esposo
—Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.
La Esposa
Mi Amado, las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,
la noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
la soledad sonora,[7]
la cena que recrea y enamora.
Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.
A zaga de tu huella
las jóvenes discurren al camino,
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.
En la interior bodega[8]
de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía;
y el ganado perdí que antes seguía.
Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa;
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su Esposa.
Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya solo en amar es mi ejercicio.
Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que, andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.
De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas
en tu amor floridas
y en un cabello mío entretejidas.
En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello,
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.
Cuando tú me mirabas
su gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,[9]
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.
No quieras despreciarme,
que, si color moreno en mí hallaste,[10]
ya bien puedes mirarme
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
Cogednos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.
Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.
Esposo
Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,[11]
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado.
Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.
A las aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores,
por las amenas liras
y canto de serenas os conjuro
que cesen vuestras iras,
y no toquéis al muro,
porque la esposa duerma más seguro.
Esposa
¡Oh ninfas de Judea!,
en tanto que en las flores y rosales
el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.
Escóndete, Carillo,[12]
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.
Esposo
La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.
En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido,
y en soledad la guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido.[13]
Esposa
Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte o al collado
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.
Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.
Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí, tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:
el aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire,
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.
Que nadie lo miraba,
Aminadab[14] tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.
2
CÁNTICO ESPIRITUAL (B)
Canciones entre el alma y el Esposo
Esposa
¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero:
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decilde que adolezco, peno y muero.
Buscando mis amores,
iré por esos montes y riberas;
ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!,
decid si por vosotros ha pasado.
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de hermosura.
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
no quieras enviarme
de hoy más ya mensajero,
que no saben decirme lo que quiero.
Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todos más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo.
Mas ¿cómo perseveras,
¡oh vida!, no viviendo donde vives,
y haciendo porque mueras
las flechas que recibes
de lo que del Amado en ti concibes?
¿Por qué, pues has llagado
aqueste corazón, no le sanaste?
Y, pues me le has robado,
¿por qué así le dejaste,
y no tomas el robo que robaste?
Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacellos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre dellos,
y solo para ti quiero tenellos.
Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.[15]
¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!
¡Apártalos, Amado,
que voy de vuelo!
Esposo
Vuélvete, paloma,
que el ciervo vulnerado
por el otero asoma
al aire de tu vuelo, y fresco toma.
Esposa
Mi Amado las montañas,
los valles solitarios nemorosos,
las ínsulas extrañas,
los ríos sonorosos,
el silbo de los aires amorosos,
la noche sosegada
en par de los levantes del aurora,
la música callada,
la soledad sonora,
la cena que recrea y enamora.
Cazadnos las raposas,
que está ya florecida nuestra viña,
en tanto que de rosas
hacemos una piña,
y no parezca nadie en la montiña.
Detente, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.
¡Oh ninfas de Judea!,
en tanto que en las flores
y rosales el ámbar perfumea,
morá en los arrabales,
y no queráis tocar nuestros umbrales.
Escóndete, Carillo,
y mira con tu haz a las montañas,
y no quieras decillo;
mas mira las compañas
de la que va por ínsulas extrañas.
Esposo
A las aves ligeras,
leones, ciervos, gamos saltadores,
montes, valles, riberas,
aguas, aires, ardores
y miedos de las noches veladores:
por las amenas liras
y canto de serenas os conjuro
que cesen vuestras iras,
y no toquéis al muro,
porque la Esposa duerma más seguro.
Entrado se ha la Esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado.
Debajo del manzano,
allí conmigo fuiste desposada,
allí te di la mano,
y fuiste reparada
donde tu madre fuera violada.
Esposa
Nuestro lecho florido,
de cuevas de leones enlazado,
en púrpura tendido,
de paz edificado,
de mil escudos de oro coronado.
A zaga de tu huella
las jóvenes discurren al camino,
al toque de centella,
al adobado vino,
emisiones de bálsamo divino.
En la interior bodega
de mi Amado bebí, y, cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía;
y el ganado perdí que antes seguía.
Allí me dio su pecho,
allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
y yo le di de hecho
a mí, sin dejar cosa;
allí le prometí de ser su Esposa.
Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal en su servicio;
ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya solo en amar es mi ejercicio.
Pues ya si en el ejido
de hoy más no fuere vista ni hallada,
diréis que me he perdido;
que, andando enamorada,
me hice perdidiza, y fui ganada.
De flores y esmeraldas,
en las frescas mañanas escogidas,
haremos las guirnaldas
en tu amor floridas
y en un cabello mío entretejidas.
En solo aquel cabello
que en mi cuello volar consideraste,
mirástele en mi cuello,
y en él preso quedaste,
y en uno de mis ojos te llagaste.
Cuando tú me mirabas,
su gracia en mí tus ojos imprimían:
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que en ti vían.
No quieras despreciarme,
que, si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
Esposo
La blanca palomica
al arca con el ramo se ha tornado
y ya la tortolica
al socio deseado
en las riberas verdes ha hallado.
En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido;
y en soledad la guía
a solas su querido
también en soledad de amor herido.
Esposa
Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.
Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos.
Allí me mostrarías
aquello que mi alma pretendía,
y luego me darías
allí tú, vida mía,
aquello que me diste el otro día:
el aspirar del aire,
el canto de la dulce filomena,
el soto y su donaire
en la noche serena,
con llama que consume y no da pena.
Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
y el cerco sosegaba,
y la caballería
a vista de las aguas descendía.
3
NOCHE OSCURA
Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual[16]
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.[17]
A oscuras y segura,
por la secreta escala disfrazada,
¡oh dichosa ventura!,
a oscuras y en celada,
estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.[18]
Aquesta me guiaba
más cierto que la luz del mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.[19]
¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que el alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada![20]
En mi pecho florido,
que entero para él solo se guardaba,
allí quedó dormido,
y yo le regalaba,
y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena,
cuando yo sus cabellos esparcía,[21]
con su mano serena
en mi cuello hería[22]
y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas[23] olvidado.
4
LLAMA DE AMOR VIVA
Canciones del alma en la íntima comunicación de unión de amor de Dios
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres[24]
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro![25]
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga![26]
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe,
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su Querido!
¡Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras,[27]
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!
5
Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación
Entréme donde no supe
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.[28]
Yo no supe dónde entraba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,[29]
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida, vía recta;
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.
Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo
toda ciencia trascendiendo.
El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
Cuanto más alto se sube,[30]
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía;
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.
Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que le puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.
Y, si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divina esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.
6
Coplas del alma que pena por ver a Dios
Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.[31]
En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo;
pues sin él y sin mí quedo,
este vivir ¿qué será?
Mil muertes se me hará,
pues mi misma vida espero,
muriendo porque no muero.
Esta vida que yo vivo
es privación de vivir;
y así, es continuo morir
hasta que viva contigo.[32]
Oye, mi Dios, lo que digo:
que esta vida no la quiero,
que muero porque no muero.
Estando ausente de ti,
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer
la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí,
pues de suerte persevero,
que muero porque no muero.
El pez que del agua sale
aun de alivio no carece,
que en la muerte que padece
al fin la muerte le vale.
¿Qué muerte habrá que se iguale
a mi vivir lastimero,
pues si más vivo más muero?
Cuando me pienso aliviar
de verte en el Sacramento,
háceme más sentimiento
el no te poder gozar;
todo es para más penar
por no verte como quiero,
y muero porque no muero.
Y si me gozo, Señor,
con esperanza de verte,
en ver que puedo perderte
se me dobla mi dolor;
viviendo en tanto pavor
y esperando como espero,
muérome porque no muero.
¡Sácame de aquesta muerte,[33]
mi Dios, y dame la vida;
no me tengas impedida
en este lazo tan fuerte;
mira que peno por verte,
y mi mal es tan entero,
que muero porque no muero.
Lloraré mi muerte ya
y lamentaré mi vida,
en tanto que detenida
por mis pecados está.
¡Oh mi Dios!, ¿cuándo será
cuando yo diga de vero:
vivo ya porque no muero?
7
Otras coplas a lo divino
Tras de un amoroso lance,[34]
y no de esperanza falto,
volé tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.[35]
Para que yo alcance diese
a aqueste lance divino,
tanto volar me convino
que de vista me perdiese;
y, con todo, en este trance
en el vuelo quedé falto;
mas el amor fue tan alto,
que le di a la caza alcance.
Cuanto más alto subía
deslumbráseme la vista,
y la más fuerte conquista
en oscuro se hacía;
mas, por ser de amor el lance,
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.
Cuanto más alto llegaba
de este lance tan subido,
tanto más bajo y rendido
y abatido me hallaba;
dije: ¡no habrá quien alcance!
y abatíme tanto, tanto,
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.
Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo,
porque esperanza de cielo
tanto alcanza cuanto espera;
esperé solo este lance,
y en esperar no fui falto,
pues fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance.
