Medea en los infiernos

Diego Vaya

Fragmento

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Ella tenía un rostro común.

No podía decirse otra cosa. En ocasiones, se parecía a una actriz de cine o a la hija de la panadera, aunque cuando alguien se fijaba bien no veía ni un solo rasgo que la acercase ni a una ni a otra. Ninguna de sus facciones, por separado o en conjunto, conseguía destacar hasta convertirse en el punto de referencia de una mirada. Ni la belleza ni la fealdad. Su rostro era común, y lo sabía. Sus manos, en cambio, eran sencillamente perfectas, y por eso cuando le hablaban tenía la costumbre de llevarse una de ellas a la barbilla, como si en realidad estuviese muy interesada en lo que le decían. Entonces su interlocutor no dejaba de mirarla. Pero no era solo la forma de sus manos o de sus dedos, sino la armonía de sus movimientos hasta en las cosas más sencillas y cotidianas, como quitarle las arrugas a las sábanas o pasar las páginas de un libro. Sus manos estaban llenas de gracia, y ella lo sabía.

Pero desde hacía poco más de un año, había algo que se obstinaba en romper esa gracia. Para cualquier persona hubiese pasado desapercibido. Es decir, para cualquier persona que hubiese tenido otra fisonomía. Esa pequeña señal, una línea enrojecida sobre el dedo anular, le parecía el principio del fin de la única parte de su cuerpo de la que se sentía de verdad orgullosa. Ni una sola vez en catorce años de matrimonio se había quitado el anillo de compromiso. La mayoría de sus amigas prescindían de él para fregar o bañarse en la playa. Ella no. Era consciente de lo que simbolizaba que esa alianza de oro estuviese en su dedo. Su firmeza y su durabilidad le recordaban a las propias del matrimonio. El precio de la fidelidad —de entregarse a una única persona, decía— era tan alto porque protegía a la pareja y la hacía más fuerte. Lo tuvo claro desde aquella tarde en la iglesia hasta el último día. Nunca supo con certeza cuándo lo dejó de tener claro su exmarido. Había repasado minuciosamente su relación intentando encontrar el momento en que su exmarido comenzó a engañarla a ella y también a sus dos hijos. Sin embargo, o él había separado sus dos vidas con un corte limpio o ella era incapaz de percibir el menor detalle de la traición. Por más que le había preguntado, él siempre le respondía que decírselo, además de no mejorar la situación, haría más profundo el daño y el resentimiento. Se lo decía como si la ignorancia fuese una cura.

A ella esa forma de compasión tan cobarde solo la conducía una y otra vez a una duda corrosiva. Volvió a sentir aquella incertidumbre en el portal del apartamento que tenía en la costa. Mientras sus hijos estaban con su exmarido, ella se dedicaría a escribir un artículo para una prestigiosa revista de música clásica. Se quedaría unos días allí, alejada de todo. Había llegado al mediodía, aunque en realidad le hubiese gustado llegar por la mañana para aprovechar el tiempo lo máximo posible. Se había entretenido en buscar el libro Shostakovich: inquietud y armonía, una obra imprescindible para escribir el artículo. Había estado buscándolo desde que le propusieron colaborar en la revista unos meses atrás. Con el equipaje metido ya en el coche, decidió buscarlo por última vez antes de irse. En esta ocasión procuró ser metódica: sacó de las estanterías libro por libro y los fue apilando en el suelo. Empezó por su despacho, a pesar de que había escudriñado cada rincón el día anterior y sabía que en ese cuarto no lo encontraría. Luego hizo lo mismo en el salón. Revisó hasta los cajones de los muebles. Nada. Aunque no había razón para que estuviese en la cocina, también le echó un vistazo. Dudó antes de entrar en los cuartos de sus hijos. Lo había ordenado todo y quería que permaneciesen así hasta que volviesen a ocuparlos. Buscó con cuidado entre sus libros, procurando no alterar la posición en la que estaban puestos. Miró debajo de las camas y en las mesitas de noche. Finalmente abrió el armario empotrado. El pequeño siempre se metía allí cuando jugaban al escondite. Ella pasaba de puntillas por delante, poniendo la voz grave mientras escuchaba una risa nerviosa dentro. Y ahí apareció el libro, entre dos cajas vacías de zapatos. Leyó en alto el título como para asegurarse de que lo había encontrado, y volvió a hacerlo antes de meterlo en la guantera del coche.

Decidió viajar por carreteras secundarias. No hacía ese trayecto desde que los cuatro iban a pasar el día en la playa antes de que construyesen la urbanización. Tardaría más tiempo, pero conduciría con mayor tranquilidad. Desde que salió de la ciudad hasta que llegó no se cruzó con ningún otro automóvil. A lo largo del camino solo vio árboles y tierras de cultivo y montañas y un cielo cubierto de nubes grises. Pensó que el tráfico se concentraría en las autopistas, más seguras ante las previsiones de lluvias torrenciales. Las carreteras por las que circuló estaban en muy mal estado; en determinados tramos algunas eran inconsistentes pistas de albero o de grietas y baches que una lluvia intensa hubiese convertido en caminos intransitables. Aun así, ella prefería enfrentarse al agua antes que a los camiones y a los transportistas, que pasaban junto a los demás vehículos demostrando con frecuencia la ventaja que poseían en su terreno.

Echó de menos algún pueblo o alguna casa que recordaba haber visto en otras ocasiones. Cuanto más avanzaba, más irreconocible y desprovisto de vida se volvía todo a su alrededor. A pesar de que había viajado muchas veces por esa ruta, hasta que no veía cada cierto tiempo una placa oxidada que indicaba los kilómetros que faltaban, no estaba segura de haber tomado la dirección correcta en el último desvío. Cuando quedaba poco para llegar a la urbanización, la monotonía del paisaje y las escasas curvas del recorrido y el ruido del motor del coche se conjuraron restándole voluntad y adormeciéndola. Pero el primer síntoma de la somnolencia, en lugar de aparecer en sus ojos, se presentó en una imagen reconocible y fugaz que atravesó su cabeza como una bandada de aves migratorias. No trató de averiguar cuál era su origen o su significado, sino que se dejó llevar por ella en una especie de recreación intencionada de lo que había sentido, abandonando su peso sobre uno de los pedales y parpadeando cada vez menos, hasta que vislumbró una correspondencia inquietante entre la imagen y ese preciso momento y apretó el volante con la intención de enderezar su trayectoria. El coche se detuvo. Algo frío y cortante le rozó la mejilla. La radio se llenó de interferencias, como si el viento barriese las ondas y las depositase en un canal muerto. Los cristales y el espejo retrovisor estaban ligeramente nublados. Se miró de soslayo. La película que cubría el espejo no era obstáculo para que su rostro siguiese siendo común, para que ni siquiera destacase cualquier rasgo aunque fuese por la deformación del reflejo. Pero tampoco llegaba a reconocerse en la imagen. Quizás no servía para nada. Desde su posición tuvo aún tiempo de ver un pequeño bosque formado por árboles esbeltos y la señalización del pueblo más cercano y su distancia.

Unos metros más adelante la carretera se bifurcaba. En línea recta seguía hacia el pueblo. A la derecha, el camino continuaba cuesta abajo, sombreado a esa hora, hasta una rotonda donde se alzaba el cartel de la urbanización, cuyo nombre estaba cubierto por las espesas ramas de unos tejos. Detrás estaba el puesto de control, con la cancela cerrada. No era la primera vez que se dirigía allí para darse una tregua. Ya sabía que no encontraría a nadie que le abriese. Para entrar tendría que utilizar su tarjeta electrónica. En verano solía recibirlos el portero, que estaba acompañado siempre por un enorme pastor alemán. Mientras ella hablaba con el portero, sus hijos se entretenían dándole al perro alguna galleta o los restos de un bocadillo.

Le encantaba llevar a sus hijos a aquella playa. No estaba demasiado lejos de la ciudad, y como la mayoría se empeñaba en ir a destinos más turísticos de la costa, el lugar permanecía ajeno a las aglomeraciones de veraneantes. Por eso cuando se enteró de que iban a construir apartamentos convenció a su marido para que comprasen uno. En la promotora les dijeron que edificarían un recinto cerrado con pocas viviendas, porque querían preservar la exclusividad, lo cual además justificaba el precio del metro cuadrado. Un par de años después de la entrega de las llaves, la urbanización había crecido hasta tener unas dimensiones semejantes a las de los pueblos próximos, pero con una diferencia esencial: aunque de mayo a septiembre se vivía el mismo trasiego estival, una vez pasado el periodo vacacional cerraban los locales y las tiendas y no había ni un alma por sus calles. Ni siquiera se quedaban los guardias que controlaban la entrada y salida de vehículos; solían marcharse cuando los últimos inquilinos, seguramente una pareja de jubilados, abandonaban aquello a mediados de octubre. A partir de ese momento la urbanización se convertía en un conjunto de viviendas con las persianas bajadas, como una ciudad amenazada por una catástrofe cuyos habitantes hubiesen escapado de forma ordenada con la esperanza de volver.

A uno y otro lado de la entrada, al igual que en todas las esquinas, se avisaba de que una empresa de seguridad protegía el recinto. Además de la alarma de cada apartamento, ella no había logrado averiguar en qué consistía el sistema de seguridad. Salvo en el puesto de control, no había descubierto otras cámaras de vigilancia. Tampoco había visto vehículos de la empresa patrullando, ni durante la temporada de vacaciones ni fuera de esta. Todo esto le llevaba a pensar que los carteles mostraban advertencias ficticias para que los propietarios estuviesen más tranquilos y los ladrones menos tentados, y que todos vivían en esa misma mentira donde lo verdadero es sustituido por una creencia a través de un pacto basado en la salvación o en el miedo. Por lo tanto, nadie sabía que estaba allí, frente a una cancela que comenzaba a perder sus contornos bajo la lluvia. Regresar podía ser una grieta en una realidad en apariencia tan sólida que día a día no admite cuestionamientos, pero a la que le basta una relación repentina de la memoria para dejar que penetre lo que permanece oculto. Sin embargo, ya no había marcha atrás. Estaba convencida de que hubiese regresado o no, tendría que esperar. El lugar no importaba. Su vida siempre había sido una espera. Al principio, de trivialidades que terminarían llegando por sí mismas, hasta que a cierta edad cada espera se había convertido en la necesidad de ir colmando sus anhelos. Ahora solo esperaba una cosa. Y por primera vez no dependía de ella ni del tiempo. Era como un ciego en mitad de ninguna parte, esperando una voz que la guiase. Todo giraba alrededor de aquel destino que la consumía, y que en el fondo ansiaba y temía por igual.

La situación no había cambiado desde la última vez que había venido. Entonces, mientras atravesaba las calles hasta llegar a su apartamento, se preguntó si ella era la única persona que iba a la urbanización en esas fechas. Nunca se había encontrado con nadie, pero eso no quería decir nada; pasaba largas temporadas sin ver a algunos de sus vecinos. Descendió al garaje. Como ella suponía, estaba vacío, y sin embargo dejó el coche en su plaza, sin salirse ni un ápice de las líneas pintadas en el suelo. Su apartamento estaba en la última planta. Antes de que construyesen más viviendas justo enfrente, se veía desde la terraza el mar. A veces, poco antes del amanecer, se despertaba para contemplarlo. Después, con aquella imagen todavía latiendo en sus sentidos, volvía a la cama y se dormía abrazada a su marido. Él estaba dormido —o fingía estarlo— con una sonrisa. Y aunque luego ella no lo recordase, en la frontera imperceptible entre la vigilia y el sueño, cuando ya se había acomodado entre sus brazos, con la cabeza sobre su pecho y una sola respiración, ese mar se le figuraba como el tercer movimiento de la novena sinfonía de Beethoven: un preludio sereno de la alegría de sentirse envuelta y protegida por su cuerpo. El verano que ya no pudo ver el mar fue un tanto atípico. Los primeros días se deprimió, pero no por la modificación drástica del paisaje, sino porque le habían robado un rito vital. Había desaparecido el motivo para levantarse, así que cuando se despertaba ponía la cabeza en el pecho de su marido, quien respondía al contacto con su desnudez abrazándola. Si se concentraba, llegaba a oír el rumor del oleaje por encima de los dos. Sin embargo, la felicidad solo duraba un instante. Era como si él estuviese esperando a otra mujer, a una que le trajese un mar recién nacido, y no la dejara cobijarse en su cuerpo. Ella permanecía con los ojos abiertos, casi sin parpadear, atenta a un gesto, a un movimiento que le devolviese lo que había perdido, hasta que sus hijos comenzaban a hacer ruido y se daba por vencida. A partir de ese día escuchaba con indiferencia la música que siempre le había emocionado. Al poco de que empezase a sonar una pieza, esta se le volvía borrosa, como si se evaporase entre sus pensamientos, y entonces la reemplazaba por otra cualquiera, y así sucesivamente, hasta agotar la selección que había traído. Lo último que intentó escuchar en esas vacaciones fue la novena sinfonía «del Nuevo Mundo» de Antonín Dvorák(1), una obra que hasta hacía poco le hablaba de la posibilidad de abandonarlo todo y partir de cero en cualquier sitio, de poner en pie una casa con sus propias manos, y que la llenaba de vida, de alegría, de un entusiasmo que solo duró unos pocos compases, los suficientes para comprender su decepción y levantarse sin saber adónde huir.

Procuró no demostrar la tristeza que la acompañó el resto de las vacaciones. No quería fastidiar la única época del año en la que estaba con su familia sin que los separasen obligaciones y horarios y las frecuentes guardias de su marido en el hospital. Una tarde, mientras se ponía el bañador, se quedó mirando sus pechos. Salvo las manos, donde residía toda su belleza, su cuerpo no le gustaba. La herencia de la maternidad no tenía nada que ver con esto: nunca le había gustado, incluso se avergonzaba de ciertas partes. Sus pechos, por ejemplo, le parecían sencillamente ridículos y dudaba de que despertasen el menor deseo. De joven le decían que al ser pequeños probablemente se conservasen firmes hasta que fuese mayor. Convencida de que la imperfección sería en el futuro una ventaja, cuando las chicas de su edad llamaban la atención por su busto no podía evitar en su fuero interno la satisfacción de quien se sabe de antemano ganador de una batalla, aunque lo cierto era que mientras las demás los exhibían con orgullo, ella evitaba la ropa estrecha o escotada. Con los dos embarazos, para su sorpresa, aumentaron de tamaño, y durante unos años se reconcilió con esa parte de sí misma, por lo común tan abandonada, que la impulsaba a mostrarse hermosa. Después de finalizar la lactancia de su hijo menor empezaron a menguar y a perder su firmeza. Con los pechos caídos se acentuaba aún más la delgadez que había tenido siempre, y casi sin darse cuenta comenzó a revisar a diario su rostro en busca de arrugas. Su abuela, una matrona que lo sabía todo sobre las mujeres, le había explicado en una ocasión que algunas tenían así los pechos porque se les había caído también el corazón, y que a pesar de que disimulaban la pena con sostenes, no volvían a ser las mismas. Le entró vértigo cuando su mirada rodó desde el busto hasta los pies. Allí acababa todo. Como la belleza es capaz de hacer bello a cuanto la rodea, durante varios días cuidó más su aspecto para estar de nuevo cerca de su marido. Asimismo, apretó la tristeza en su pecho hasta que pudo tragársela y se mostró más cariñosa de lo habitual. Y hubiese seguido atada a la esperanza si no hubiera sido por una expresión huidiza de él donde adivinó que juzgaba su comportamiento inútil y ridículo.

Continuó allí solo por los niños, para ver su alegría brillando cuando jugaban en la arena o entre las olas. Ese año se había centrado demasiado en las clases del instituto y en sus artículos, y el tiempo libre se lo había dedicado por completo a ellos. Se dio cuenta de que las conversaciones con él se habían reducido a una preocupación por los asuntos del otro cuando coincidían en las comidas o de noche en la cama. No discutían, ni siquiera había pequeñas tensiones. Tal vez ya no lo amase como antes. Le inquietó la posibilidad de que en unos años se pareciesen a esas parejas que caminaban separadas, él un poco adelantado y sin mirar atrás, ella siguiéndolo, que era el reflejo más nítido y menos intencionado de que ocupaban vidas que puntualmente se habían cruzado en lugares de paso. Nunca le contó lo que le sucedía. El miedo a fracasar otra vez le impedía reaccionar. No le dio excesiva importancia a que necesitara un gran esfuerzo para concentrarse en todo lo que hacía; lo aceptó como una consecuencia del cansancio acumulado a lo largo del curso. Más le preocupaban los problemas que empezaba a tener para dormir. La luz del amanecer era un alivio para ella y experimentaba una liberación. Durante el día lo olvidaba; pero cuando faltaba poco para que anocheciese, una llamarada de angustia la consumía, y aplazaba cuanto podía el momento de acostarse. Su marido y sus hijos la abandonaban y ella se quedaba sentada frente a la televisión hasta que ya solo emitían repeticiones de programas, series descoloridas para nostálgicos o anuncios de televenta. El sueño parecía que estaba por fin a pu

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