Historia de la obra
Agosto se estrenó en Chicago en junio de 2007, por la Steppenwolf Theatre Company (Directora Artística: Martha Lavey, Director Ejecutivo: David Hawkanson). Dirigida por Anna D. Shapiro, escenografía de Todd Rosenthal, vestuario de Ana Kuzmanic, iluminación de Ann G. Wrightson, sonido de Richard Woodbury, música original compuesta por David Singer, coreografía de la lucha escénica de Chuck Coyl, casting por Erica Daniels, libreto de Edward Sobel, asesoría de dialecto por Cecile O’Reilly, dirección escénica de Deb Styer, ayudante de dirección escénica: Michelle Medvin. El reparto fue el siguiente:
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BEVERLY WESTON |
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Dennis Letts |
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VIOLET WESTON |
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Deanna Dunagan |
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BARBARA FORDHAM |
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Amy Morton |
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BILL FORDHAM |
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Jeff Perry |
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JEAN FORDHAM |
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Fawn Johnstin |
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IVY WESTON |
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Sally Murphy |
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KAREN WESTON |
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Mariann Mayberry |
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MATTIE FAE AIKEN |
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Rondi Reed |
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CHARLIE AIKEN |
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Francis Guinan |
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LITTLE CHARLES AIKEN |
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Ian Barford |
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JOHNNA MONEVATA |
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Kimberly Guerrero |
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STEVE HEIDREBRECHT |
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Rick Snyder |
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SHERIFF DEON GILBEAU |
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Troy West |
El estreno en Broadway fue en el Imperial Theatre, el 4 de diciembre de 2007. Producida por Jeffrey Richards, Jean Doumanian, Steve Traxler, Jerry Frankel, Ostar Productions, Jennifer Manocherian, The Weinstein Company, Debra Black, Daryl Roth, Ronald Frankel, Marc Frankel, Barbara Freitag y Phil Mickelson, y Rick Steiner y and Staton Bell Group. Reparto y equipo artístico fueron los mismos, excepto que el casting adicional fue realizado por Stuart Howard, Amy Schecter y Paul Hardt; y el reparto tuvo los siguientes cambios:
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JEAN FORDHAM |
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Madeleine Martin |
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STEVE HEIDREBRECHT |
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Brian Kervin |
El Centro Dramático Nacional produjo la adaptación al castellano de la obra, que se estrenó en Teatro Valle Inclán el 7 de diciembre del 2011. Versión de Luis García Montero, traducción de Ana Riera y dirección de Gerardo Vera. El reparto fue el siguiente:
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BEVERLY WESTON |
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Miguel Palenzuela |
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VIOLET WESTON |
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Amparo Baró |
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BARBARA FORDHAM |
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Carmen Machi |
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BILL FORDHAM |
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Antonio Gil |
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JEAN FORDHAM |
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Irene Escolar |
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IVY WESTON |
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Alicia Borrachero |
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KAREN WESTON |
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Clara Sanchis |
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MATTIE FAE AIKEN |
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Sonsoles Benedicto |
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CHARLIE AIKEN |
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Abel Vitón |
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LITTLE CHARLES AIKEN (PICHU) |
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Markos Marín |
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JOHNNA MONEVATA |
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Marina Seresesky |
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STEVE HEIDREBRECHT |
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Gabriel Garbisu |
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DEON GILBEAU, JEFE DE POLICÍA |
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Chema Ruiz |
La adaptación cinematográfica de la obra ha corrido a cargo de John Wells y el reparto está compuesto por actores de reconocido prestigio: Meryl Streep, Julia Roberts, Ewan McGregor, Sam Shepard, Margo Martindale, Chris Cooper, Abigail Breslin, Dermot Mulroney, Juliette Lewis y Benedict Cumberbatch. Se estrenó en Estados Unidos en diciembre de 2013, llegando a las pantallas españolas en enero de 2014.
Agosto: Condado de Osage
A Howard Stark, mi difunto mentor.
Por el poema August: Osage County
A Nicole Wiesne, con todo mi amor.
A Shawn y Shari, Dana y Deborah.
A Billie Letts, Barbara Santee y Dewey Dougless.
Su fortaleza es una maravilla.
A Bill y Virginia Gipson. Con amor y dejándoles partir.
Personajes
La familia WESTON:
BEVERLY WESTON:
sesenta y nueve años
VIOLET WESTON:
la esposa de BEVERLY, sesenta y cinco años
BARBARA FORDHAM:
hija de BEVERLY y VIOLET, cuarenta y seis años
BILL FORDHAM:
marido de la anterior, cuarenta y nueve años
JEAN FORDHAM:
hija de BARBARA y BILL, catorce años
IVY WESTON:
hija de BEVERLY y VIOLET, cuarenta y cuatro años
KAREN WESTON:
hija de BEVERLY y VIOLET, cuarenta años
MATTIE FAE AIKEN:
hermana de VIOLET, cincuenta y siete años
CHARLIE AIKEN:
marido de MATTIE FAE, sesenta años
LITTLE CHARLES AIKEN (PICHU):
hijo de MATTIE y CHARLIE, treinta y siete años
Otros:
JOHNNA MONEVATA:
ama de llaves, veintiséis años
STEVE HEIDEBRECHT:
prometido de KAREN, cincuenta años
JEFE DE POLICÍA DEON GILBEAU:
cuarenta y siete años
Marco:
Agosto de 2007. Una casa de campo en las afueras de Pawhuska, Oklahoma, noventa y seis kilómetros al noroeste de Tulsa.
El hijo vuelve a casa, y su progenitor trata de morder el anzuelo. El anciano, o la anciana, según los casos, no tienen nada que decirle a su hijo. Todo lo que quieren es que ese hijo se siente a su lado durante un par de horas y que luego duerma bajo el mismo techo que ellos. Ese sentimiento no es amor. No quiero decir con ello que el amor no exista. Solo hago hincapié en que hay un sentimiento que es distinto del amor, pero que, a veces, se conoce con el nombre de amor. Pero, en sí mismo, ese sentimiento no es amor. Es tan solo algo que se lleva en la sangre. Una especie de codicia o avidez de la sangre y es consustancial a la especie humana. Es lo que distingue al hombre del resto de los animales de la creación. Cuando nacemos, nuestros padres pierden algo de sí mismos, que somos, precisamente, nosotros, y se parten los cuernos tratando de recuperarlo. Saben que no podrán lograrlo nunca del todo, pero intentan recuperar la porción más grande que pueden de sus hijos. Por eso la alegre reunión familiar, con merienda al aire libre, bajo los arces, viene a ser como bucear en el estanque de los pulpos del acuario.
ROBERT PENN WARREN, Todos los hombres del rey
PRÓLOGO
Una laberíntica casa de campo en las afueras de Pawhuska, noventa y seis kilómetros al noroeste de Tulsa. La casa, que tiene más de cien años, fue probablemente construida por una familia de colonos prósperos. La casa se fue modernizando por medio de añadidos, renovaciones y reparaciones hasta aproximadamente 1972, momento en el que dejaron de hacerse cambios estructurales.
La planta baja:
Hay tres estancias principales comunicadas entre sí. A la derecha está el comedor. Hay una mesa de estilo misionero para ocho personas; y un aparador a juego con la vajilla de porcelana. Sobre la mesa cuelga una destartalada lámpara de araña de varios pisos, que arroja una lúgubre luz amarillenta. Al fondo, una arcada conduce a una pequeña salita: en ella, junto a una silla tapizada, hay una mesita con un teléfono antiguo de disco. Todavía más al fondo hay una puerta que comunica con un vestíbulo, off.
En la parte central y frontal del escenario se encuentra la sala de estar. En ella hay un sofá cama, un televisor, un tocadiscos de alta fidelidad y un piano eléctrico Wurlitzar.
A la izquierda se encuentra el despacho. En él hay una mesa de tamaño medio con un montón de libros, documentos legales, carpetas de Manila y papel de carta. Al fondo una arcada conduce a la entrada principal de la casa, a un descansillo y a las escaleras que llevan al piso de arriba. Más al fondo, una puerta permite tener una vista parcial de la cocina.
Más a la izquierda se halla el porche delantero, cuyo suelo está cubierto de malas hierbas y algunos periódicos locales enrollados.
El primer piso:
La escalera llega hasta un descansillo (sobre la sala de estar de la planta baja). Vemos un banco tapizado junto a la ventana, un vestíbulo que conduce al dormitorio, off, y otra escalera que lleva al desván.
El desván:
Una sola estancia, en el centro, con el techo inclinado, convertido en un dormitorio sencillo.
La casa está repleta de libros.
Todas las ventanas de la casa están tapadas con trozos de plástico barato. Los plásticos están pegados con cinta adhesiva negra, de modo que no entra nada de luz exterior.
BEVERLY.– «Qué larga es la vida... » T. S. Eliot. Vaya, tiene mérito el haberse tomado la molestia de escribir esta frase. ¡Un genio! No es que fuera el primero en decirlo... y mucho menos en pensarlo. Pero lo puso en un papel y lo firmó con solemnidad, muy seguro de sí mismo. Se puede ser un estúpido con gafas o un genio. Él no lo dudó ni un momento, y ahora, si quieres repetir esa frase, debes añadir su nombre. «Qué larga es la vida» T. S. Eliot.
Y tiene razón, ya lo creo. Por lo menos, en su caso. Creo que llegó a los setenta y seis... No está mal para la época. Escribió la frase con poco más de treinta años, así que fue un adivino.
Pobre Eliot, vamos a ser justos. Pocos poetas habrían sido capaces de salir airosos de ese infierno..., un infierno. No es difícil imaginarse cómo habrían reaccionado Hart Crane o John Berryman si hubieran tenido que enfrentarse a la encantadora Viv, la primera mujer de Eliot. Esos poetas suicidas habrían salido corriendo en busca del puente más cercano. Eliot superó la prueba sin despeinarse, engominado, con la chaqueta cruzada y orgulloso de ser anglicano. Era religioso y sabía negociar con los sentimientos de culpa, así que la dejó en el asilo que le quedaba más cerca de casa y siguió con su vida. ¡Bendito sea Dios! El instinto de supervivencia merece toda mi admiración.
Berryman, mi viejo poeta loco, lo dejó claro: «El mundo se ha convertido en un lugar en el que ya no me apetece vivir». Admiro mucho a Eliot como poeta, pero como persona tengo poco que ver con él. Es una debilidad como otra cualquiera, pero siento más simpatía por los que están condenados a sufrir.
VIOLET.– (voz en off)... hijo de puta...
BEVERLY.– Violet, mi mujer. Toma pastillas..., más de la cuenta. Las pastillas tienen consecuencias desagradables, por ejemplo en su equilibrio. Por fortuna ese es un problema menor. Las pastillas consiguen también que no precise equilibrio. Si anda se cae..., pero apenas anda.
Mi mujer toma pastillas y yo bebo. Es el trato, uno de los principales acuerdos de nuestro pacto matrimonial. No es que yo beba porque ella tome pastillas, y no sé si ella toma pastillas porque yo bebo. Pregúnteselo usted, si quiere. Las razones carecen de importancia. El caso es que ella toma pastillas y yo bebo. Como comprenderá, eso ha hecho que nos cueste llevar una vida normal: limpiar la ropa, barrer la casa, ir al supermercado, pagar las facturas. Ya ve, gilipolleces. Podría sentirme culpable, prometerme con los dedos cruzados que voy a dejar el alcohol, cultivar la esperanza de salvar nuestras vidas. Pero he decidido no dar la batalla.
Por eso está usted aquí. No me resulta cómoda la decisión. Sé lavar mi ropa interior, lo he hecho toda mi vida... yo o mi mujer. Pero no quiero que nada entorpezca mi dedicación a la bebida. Nadie me ha convencido todavía de las ventajas de la sobriedad.
Pero no se preocupe, no ha
