Un perfecto equilibrio

Rohinton Mistry

Fragmento

cap-2

 

El expreso de la mañana, henchido de pasajeros, aminoró la velocidad y acto seguido dio una sacudida hacia delante como para recuperarla. El breve engaño sobresaltó a los pasajeros. La masa de seres humanos colgados de la puerta se dilató peligrosamente, como una pompa de jabón a punto de reventar.

En el interior del compartimento, Maneck Kohlah se aferró a la rejilla de encima de su asiento para sostenerse durante la conmoción. Sintió cómo el codo de alguien le arrebataba de las manos los libros de texto. En el asiento de al lado, un joven delgado salió despedido hacia los brazos del hombre sentado frente a él. Los libros de Maneck aterrizaron sobre ambos.

—¡Oh! —exclamó el joven al caerle el volumen primero en la espalda.

Riéndose, él y su tío se separaron. Ishvar Darji, que tenía la mejilla izquierda desfigurada, ayudó a su sobrino a levantarse de su regazo y acomodarse de nuevo en el asiento.

—¿Estás bien, Om?

—Aparte de la abolladura en la espalda, muy bien, gracias —respondió Omprakash Darji recogiendo los dos libros forrados de papel marrón. Los sostuvo en sus esbeltas manos y miró alrededor para averiguar quién los había dejado caer.

Maneck admitió que eran suyos. La idea de sus pesados libros de texto golpeando aquella frágil columna vertebral le hizo estremecer. Recordó el gorrión que había matado hacía años con una piedra; después había tenido ganas de vomitar.

—Lo siento mucho, se me resbalaron de las manos y… —se disculpó agobiado.

—No te preocupes, no ha sido culpa tuya —repuso Ishvar. Y añadió, dirigiéndose a su sobrino—: Menos mal que no ha sido al revés, ¿eh? Si yo me hubiera caído encima de ti te habría roto los huesos.

Volvieron a reír, y Maneck se unió a ellos para reforzar su disculpa.

Ishvar Darji no era un hombre corpulento; era el contraste con los escuálidos miembros de Omprakash lo que daba pie a las bromas acerca de su tamaño. Estas partían tanto de uno como del otro. Cuando cenaban, Ishvar se aseguraba de servir una ración más abundante en el plato esmaltado de su sobrino; al parar en un dhaba de carretera, esperaba a que Omprakash fuera por agua o al lavabo para servir rápidamente en la otra hoja de parra parte de su comida.

Si Omprakash protestaba, Ishvar respondía: «¿Qué pensarán en nuestro pueblo cuando volvamos? ¿Que he matado de hambre a mi sobrino en la ciudad y me lo he comido yo todo? ¡Vamos, come! ¡La única forma de salvar mi honor es engordarte!». «No te preocupes. Si tu honor pesa la mitad que tú, habrá de sobra», bromeaba Omprakash a su vez.

Sin embargo, la constitución de Omprakash desafiaba los esfuerzos de su tío, y seguía siendo un palillo. Sus ingresos también se negaban resueltamente a engordar, y la vuelta triunfal al pueblo seguía pareciéndoles un sueño lejano.

El expreso con rumbo al sur volvió a aminorar la velocidad. Con un chirrido de neumáticos los vagones traquetearon hasta detenerse. El tren se hallaba entre dos estaciones. Los frenos de aire comprimido siguieron exhalando ruidosamente unos instantes antes de expirar.

Omprakash miró por la ventana para saber dónde estaban. Al otro lado de la verja de la estación, unas tristes casuchas se levantaban junto a una zanja de aguas residuales. Unos niños jugaban con palos y piedras, mientras un cachorro excitado correteaba a su alrededor, tratando de participar. A pocos metros, un hombre sin camisa ordeñaba una vaca. Podía tratarse de cualquier lugar.

El olor acre de un fuego de estiércol llegó flotando hasta el tren. Más adelante, una multitud se había apiñado cerca del paso a nivel. Unos hombres se bajaron de un salto del tren y caminaron por las vías.

—Espero que lleguemos a tiempo —comentó Omprakash—. Si alguien se nos adelanta estamos perdidos.

Maneck Kohlah preguntó cuánto les faltaba e Ishvar le dio el nombre de la estación.

—Oh, la misma que yo —observó Maneck, atusándose el ralo bigote.

Esperando ver una esfera de reloj, Ishvar levantó la vista hacia las muñecas que se alzaban al techo.

—¿Qué hora es, por favor? —preguntó a alguien por encima del hombro.

El hombre se subió con elegancia la manga para dejar a la vista el reloj y respondió:

—Las nueve menos cuarto.

—¡Vamos, yaar, muévete! —exclamó Omprakash, dando una palmadita al asiento.

—No es tan obediente como los bueyes de nuestro pueblo, ¿eh? —comentó el tío, y Maneck se echó a reír.

Ishvar añadió que era cierto, desde que era niño su pueblo no había perdido una sola carrera de carros tirados por bueyes en las fiestas de verano.

—Dale al tren una dosis de opio y correrá como los bueyes —dijo Omprakash.

Por el atestado compartimento se abrió paso un vendedor de peines, tensando y soltando los dientes de un enorme modelo de plástico. La gente refunfuñó y gruñó, contrariada por su molesta presencia.

—¡Eh! —lo llamó Omprakash.

—Diademas de plástico irrompibles, pasadores de plástico en forma de flor y mariposa, peines de colores irrompibles —recitó el vendedor con tono monótono y poco entusiasta, no muy seguro de si era un cliente o un bromista que quería pasar el rato—. Peines grandes y pequeños, rosas, naranjas, granates, verdes, azules y amarillos…, todos irrompibles.

Omprakash los probó antes de escoger un modelo rojo de bolsillo. Buscó en los bolsillos de los pantalones y sacó una moneda. El vendedor sufrió codos y hombros hostiles mientras buscaba cambio. Con la manga de la camisa limpió la grasa de los peines rechazados y los guardó de nuevo en su cartera, conservando en las manos el modelo grande de dientes dobles para continuar con su débil tañido a través del compartimento.

—¿Qué ha sido del peine amarillo que tenías? —preguntó Ishvar.

—Se partió en dos.

—¿Cómo?

—Lo llevaba en el bolsillo de detrás y me senté encima.

—No es lugar para un peine. Está hecho para la cabeza, Om, no para el trasero.

Siempre llamaba Om a su sobrino, reservando Omprakash para cuando se enfadaba con él.

—Si hubiera sido el tuyo, el peine se habría roto en mil pedazos —replicó su sobrino, e Ishvar rió.

La mejilla izquierda desfigurada no era un impedimento, permanecía firme como un amarradero alrededor del cual las sonrisas se mecían sin peligro.

Dio una palmadita a Omprakash en la barbilla. La edad de ambos —cuarenta y seis y diecisiete— solía inducir a error acerca de su verdadero parentesco.

—Vamos, sonríe. Ese rictus enfadado no va con tu peinado de héroe. —Guiñó un ojo a Maneck para que se sumara a la diversión—. Con ese tupé que te has dejado tendrás un montón de chicas detrás de ti. Pero no te preocupes, Om, yo te elegiré una buena esposa. Una mujer robusta y fuerte con carnes para dos.

Omprakash sonrió y se peinó con un elegante ademán. El tren seguía sin dar señales de movimiento. Los hombres que habían bajado regresaron con la noticia de que habían encontrado otro cadáver en las vías, cerca del paso a nivel. Maneck se abrió paso hasta la puerta para escuchar. Una bonita y rápida forma de morir, pensó, siempre y cuando el tren te aplastara totalmente.

—Tal vez tenga algo que ver co

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