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Antes de iniciar este alegato antitaurino, debo confesar al lector que en mi niñez, en la adolescencia e incluso en la primera juventud también a mí me gustaban las corridas de toros, sobre todo en su versión más ruda de encierros y capeas. Conservo una imagen muy viva de las fiestas de septiembre cuando se corrían vaquillas en la plaza del pueblo. Aquel rito que acompañaba el final del calor del verano, con la llegada de los primeros tordos y la vuelta a la escuela, lo llevo asociado a la visión de las reses encerradas en un corralón de madera, a los ojos llenos de moscas de un impávido cabestro que rumiaba hierba seca y algarrobas, al olor de las cuerdas de esparto mojadas con que se ataba las talanqueras. Esa sensación iba unida al hedor que producía el excremento del propio ganado junto con el estruendo de la orgía. La música, los gritos, las heridas. Sentado en una barrera con mis amigos compartía los bocadillos de carne con tomate y los racimos de moscatel.
Este humus tan miserable es uno de los sustratos más hondos de mi memoria. Durante mucho tiempo me pareció adorable. Cuando uno nace y se desarrolla en ese ambiente taurino acaba por creer lo más natural del mundo pegar bastonazos a unas vacas esmirriadas, llenas de mataduras, que ya venían apaleadas de otras fiestas. Eran animales resabiados que conocían todo el santoral de los pueblos del Mediterráneo y también el trabajo que se esperaba de ellos para dar contento a la gente. En su cerebro llevaban ya codificada la crueldad de algunos determinados vecinos, a los que reconocían de un año para otro por sus desmesuradas garrotas, por sus largos aguijones, por su cara de sádicos. En cualquier fiesta de mi tierra era un consorcio con los sentidos divertirse, arriesgarse, violentar y matar a los toros. Formaba parte de la naturaleza. Tardé bastantes años en sacudirme este sello de encima.
Pero esa emoción taurina puede durar toda la vida. De hecho, muchos aficionados permanecen hasta el final de sus días sin poder desembarazarse de ella y cuando alguien ataca la lidia se sienten heridos en lo más profundo porque consideran que esa experiencia arrastrada desde la infancia participa de algo sagrado.
En el mejor de los casos llega un momento en que te das cuenta de la miseria que esconde aquel estrato de tu niñez. Cuando uno vuelve al lugar de aquellos juegos que le hicieron tan feliz y contempla a otros niños embruteciéndose con el mismo juego, de pronto, a uno se le abren los ojos y se le presenta con toda nitidez la crueldad humana. La mirada sufre un vuelco y también el estómago, y entonces se experimenta una lenta y prolongada conversión.
Se pierde la afición a los toros como se pierde la ingenuidad. La vida te va despojando de todos sus elementos irracionales y quedas a merced de una desnuda inteligencia laica, sin adherencias mágicas. O si se quiere, una mística nueva basada en una unión con ella, no contaminada por violencia alguna. Creo que no tenemos derecho a gozar imaginando que hacemos sufrir a los animales, pero, sobre todo, creo que no se puede sustentar como espectáculo la muerte festiva de un toro que un día también podría ser nuestra muerte. En este principio se basa esta antitauromaquia. No es un arte de torear al revés, sino una apuesta por no torear nada ni a nadie salvándonos de la crueldad.
Espero que este libro, elaborado sobre textos publicados en El País a lo largo de veinte años, sea un buen panfleto, un descargo de conciencia pero no el exabrupto de un converso. Si nada racional puede apoyar la afición taurina tan primitiva, del mismo modo se podría pensar que una diatriba contra la corrida está igualmente sustentada por una pasión contraria también oscura. No obstante, creo que aquellos ciudadanos que rechazan la fiesta nacional en cualquiera de sus modalidades, aunque utilizan argumentos apasionados, como en este alegato, los fundamentan en el sentido común, en la inteligencia y en el desarrollo de la sensibilidad. Las terribles y misteriosas imágenes que ofrece el genio de El Roto en esta antitauromaquia no dan ninguna escapatoria. O todo o nada.

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1 |
CULTURA O BARBARIE |
Desde que Fernando VII, el felón, cerró la universidad y, para compensar, abrió la Escuela de Tauromaquia, los españoles se dividen en dos: los que creen que la cultura y el desarrollo de la sensibilidad acabarán un día con la corrida de toros y los que piensan que la fiesta nacional es, en sí misma, una forma de cultura que sintetiza los valores de una raza, una gallarda manera de ser y de enfrentarse a la vida. Para algunos el toreo es una práctica derivada de un mito religioso que todavía conserva parte de su antigua magia, y a la mínima discusión ciertos intelectuales sacan a pastar al buey Apis o se meten en el laberinto de Creta, aquella especie de coso donde el héroe Teseo le pegó unas verónicas al Minotauro como si fuera el diestro Cagancho. En cambio, otros, sin negar el fundamento e importancia del toro en las ceremonias genésicas de la mitología clásica, creen que aquel rito ha perdido la estética y ha quedado reducido hoy a un espectáculo sin sentido, lleno de crueldad, de señoritismo y flamenquería, espejo de miseria social y gloria de almanaque. Sin estética la batalla está perdida.
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2 |
CURAS, CASTIZOS E ILUSTRADOS |
La polémica taurina viene de muy atrás. Sin necesidad de remontarse a los padres del cristianismo que abominaban de la lucha con las fieras en el circo, fue san Pío V quien en 1567 se decidió a prohibir explícitamente por primera vez las corridas y alanceamientos de toros mediante la famosa bula Salute Gregis, «por ser estos espectáculos torpes y cruentos muy contrarios a la caridad cristiana», y a esta prohibición siguieron innumerables anatemas y excomuniones de obispos, patriarcas y primados contra los protagonistas de esta juerga popular. Felipe II, un rey absolutamente negro y taurino como no podía ser de otra forma, consiguió neutralizar estas embestidas de la Iglesia y puso de su parte a Gregorio XIII, quien, apenas diez años después, lanzó la bula contraria, Expone Nobis, para dar rienda suelta a la lidia con objeto de contentar a la plebe. Los papas, prelados y abades se arrojaron bulas, edictos y exhortos a la cabeza en uno y en otro sentido, siempre proveyendo la salud de las almas, pero la polémica taurina no se inició de forma metódica y científica hasta que en el siglo XVIII un grupo de ilustrados creó el movimiento regeneracionista de España, que puso en primer plano la controversia de los toros. Desde entonces ha persistido hasta nuestros días.
A lo largo de esta historia algunos escritores y filósofos, tan adustos de pensamiento como duros de estómago, se han alineado en favor de la lidia, y muchos poetas, amasando sus versos con sangre de res, excelente también para fabricar morcillas, han dedicado su inspiración a las verónicas de alhelí y al perfil de la muerte a las cinco de la tarde. Y en eso estamos todavía.
Pero de otro lado ha existido siempre una corriente europeísta de españoles sensibles, que arranca de los afrancesados, pasa por el krausismo, la Institución Libre de Enseñanza, la Generación del 98 y los liberales republicanos de 1914, que se ha enfrentado abiertamente a la fiesta de los toros por ver en ella un símbolo de nuestra decadencia moral. Esta polémica fue interrumpida por la Gran Corrida de julio de 1936 cuando los españoles decidieron torearse a fondo entre ellos hasta matarse.

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LA CAMISA DE LA REINA |
Pese a que juró no lavarse la camisa hasta conquistar Granada, cosa muy castiza, la reina Isabel la Católica no era partidaria de la fiesta de los toros, que en su tiempo ya estaba muy arraigada. En una carta le manifiesta a su confesor fray Hernando de Talavera: «De los toros sentí lo que vos decís, aunque no alcancé tanto; mas luego allí propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni ser en que se corran y no digo prohibirlos porque esto no es para mí a solas». Debió añadir: «Me lavaré la camisa pero no cejaré, como en Granada, hasta que no desaparezcan de mi vista esos innobles festejos». Pero no. Desde entonces, a través de los siglos, todos los gobernantes han jugado a la demagogia de presidir esta tortura y muerte de reses bravas con la cara feliz y nunca de asco. Ver a un rey de España en barrera aplaudiendo una estocada tiene un morbo patibulario.
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4 |
UN SUEÑO MUY HIGIÉNICO |
Los españoles ilustrados tuvieron una vez un sueño: imaginaron que el abismo abierto entre España y Europa podía ser salvado un día con la lenta conquista de los valores racionales de la cultura y la higiene. No eran muchos pero se pasaban el testigo a través de las generaciones, y, aunque parecían unos tipos raros dentro del fanatismo general, en realidad algunos de ellos gozaban de gran prestigio, ejercían cargos públicos, se dedicaban a la enseñanza o estaban al frente de logias y academias. Gaspar de Jovellanos, Moratín, Valera, Larra, Costa, Ganivet, Clarín y otros pensadores progresistas tenían una labor muy ardua por delante: ir deshaciendo la dura costra que el atraso y la superstición habían formado en la conciencia de la sociedad española. La ignorancia nunca se halla muy apartada de la crueldad. Uno de los ingredientes de aquella España irracional lo constituía el culto a la muerte sin que ese rito se hubiera separado nunca de la violencia cotidiana y en la mayoría de los casos también de la miseria. Había un Dios feroz arriba que se nutría de oraciones y blasfemias; abajo se extendían las dehesas donde pastaba el toro bravo esperando ser sacrificado públicamente entre gritos en honor al genio de la raza. La bravura en los hombres y en las reses era lo más respetado.
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TOROS, PROTEÍNA Y DEMOCRACIA |
Pero aquélla era una España ratonera, de modo que conviene saber si la fiesta nacional es compatible hoy con una democracia razonable; si un país con una dieta adecuada de proteínas, cuarto de baño en las casas, mantequilla en el desayuno, plena escolaridad, trenes de alta velocidad, autopistas, conciertos de rock, excursiones y acampadas, pasión por el balon
