1
En aquella época el campeón del mundo de ajedrez se llamaba Alexánder Alexándrovich Alekhine, y era tan presumido que solo usaba gafas durante las partidas. El caso es que veía muy mal. El mundo se movía a su alrededor y él vacilaba. Parecía que estuviera bebido o que intentara caminar derecho por la cubierta de un barco azotado por las tempestuosas olas del Atlántico... Aquel 17 de enero de 1940, justamente, Alekhine estaba en mitad del Atlántico, a bordo de un paquebote llamado Miracle.
Como todas las mañanas, a modo de desayuno, había pedido que le llevaran al camarote huevos revueltos, tostadas, una botella de champán, café de filtro y vermut. Luego había desmenuzado las tostadas y vertido un buen chorro de vermut sobre los huevos, y se lo había comido todo sin usar los cubiertos, con los dedos. Grace no se lo afearía. Seguía durmiendo. Alekhine le dejó suficiente champán para llenar una copa, o sea para alegrarle el despertar. Depositó la bandeja al pie de la cama, introdujo una cucharilla en el gollete para que la bebida no perdiera la chispa y se volvió hacia ella. Bajo el polvo de arroz que se había abstenido de quitarse antes de acostarse y que, en consecuencia, manchaba el almohadón, Alekhine notó una energía húmeda, envolvente y blanda. Grace había envejecido, constató. Se preguntó si había sido joven alguna vez. En 1934, cuando se casaron en Villefranche-sur-Mer, ella ya era dieciséis años mayor que él. Ahora Alekhine tenía cuarenta y siete. Un mínimo esfuerzo matemático bastaba para calcular la respetable edad de Grace. La buena educación nos prohíbe escribirla.
—Joven... —murmuró para sí Alekhine quitándose el pijama—. ¿Por qué iba a serlo? ¿Qué tiene de particular la juventud, aparte de la dispersión? La edad, al acercarnos a la muerte y su ultimátum, fortalece la voluntad y simplifica las opciones. Como al final de una partida, como cuando muere un cisne, provoca la liberación de una energía furiosa, puede que irresistible...
Alekhine se anudó la corbata de cuadros escoceses y salió.
Tenía unos ojos acerados de un azul muy pálido, penetrantes como agujas, y una boca pequeña y crispada que transparentaba su carácter rígido, agudizado por la vanidad y sujeto a frecuentes arrebatos nerviosos. Bien plantado y de complexión robusta, parecía debatirse, no obstante, en un fluido. Como si el aire le opusiera una resistencia especial, como si sus miembros estuvieran embadurnados de una espesa crema que los entorpecía. Más que moverse, parecía nadar. Ni su mala vista ni el sopor matutino bastaban para explicar esa peculiaridad suya. El culpable era más bien su tercer ojo, aquella sombra que lo vigilaba constantemente y lo impulsaba a rodear cada uno de sus gestos de un preciosismo ridículo. Actuaba. Interpretaba el papel que había escrito para sí mismo. Por ejemplo, cuando sostenía una copa o movía una pieza sobre el tablero (lo que hacía bastante a menudo), tenía la costumbre de estirar el meñique hacia fuera.
En el exterior, el tiempo era malo, por no decir hostil. La cubierta estaba vacía. Se agarró a la borda y se sacó un cigarrillo del bolsillo. Escondió la cabeza en la chaqueta para encender una cerilla, igual que un pájaro esconde el pico bajo el ala. El viento barría una tras otra sus bocanadas de humo. Llevaban doce días navegando. El anterior, el Miracle había dejado atrás las Azores. A Alekhine el archipiélago no le había parecido gran cosa: unos cuantos conos negros medio sumergidos en los que se enganchaban las nubes. Embarcar en Buenos Aires, tras la breve escala en Río de Janeiro, había supuesto decir adiós a Sudamérica, donde, durante un año, Alekhine había vivido a lo grande, en un verano continuo, de gran hotel en gran hotel, de casino en casino, de homenaje en victoria, de avión de línea en crucero, de barra libre en barra libre... Allí, se había bañado continuamente en un cóctel dulce. De hecho, todas las ciudades que había visitado tenían nombre de cóctel. Había estado en Antofagasta, Belo Horizonte, Guayaquil, Caracas... Ahora bogaba hacia Lisboa, o sea, hacia el invierno y el apocalipsis en forma de guerra mundial. La temperatura había bajado. La luz palidecía. ¿Comprendía Alekhine lo que eso significaba? ¿Era consciente de que estaba pasando del mojito al tupinambo? ¿Le entraron ganas en algún momento de dar media vuelta? No. Para él, los secos restallidos de las banderas de señalización y los remolinos que lamían los costados del barco solo eran la manifestación de una inquietud bastante difusa, principalmente meteorológica.
Alekhine era mucho menos clarividente en la vida que sobre el tablero. En el espacio y el tiempo que los seres humanos coinciden en llamar «realidad», no preveía el futuro ni gobernaba el destino. Cuando mandó la colilla a las negras aguas de un papirotazo, no tenía la menor idea de la mala racha que lo esperaba. Sin embargo, la realidad se había tomado la molestia de enviarle unas cuantas señales. Incluso había tenido el detalle de dirigirse a él a través de sus canales de comunicación preferentes, que eran el ajedrez y la bebida.
2
Cuatro meses antes de embarcar en el Miracle, en pleno Torneo de las Naciones, Alekhine se tomaba el primer whisky de la tarde en el hotel Palacio de Buenos Aires en compañía de Tartakower, que tenía más o menos su edad. Estaban sentados con otro jugador, unos veinte años más joven y compañero de Tartakower en el equipo de Polonia. Se llamaba Mendel Najdorf. No tardaría en llamarse Miguel Najdorf cuando, imposibilitado de volver a su país por un acuerdo entre dos descuartizadores conocidos como Hitler y Stalin, y dado que en algún sitio había que vivir, decidió que lo mejor sería quedarse donde estaba. Las fronteras polacas no habían dejado de oscilar entre Alemania y Rusia desde hacía tres siglos, lo que había dado lugar a una bromita geopolítica: «Los polacos existen; Polonia, ya ni se sabe».
Era un momento de relajación. Hablaban en ruso y de ajedrez. A su alrededor, la habitual decoración de los palacios: estuco, terciopelo, dorados y colores de resonancias aristocráticas como el rojo sangre y el azul real.
Alemania encabezaba aquella octava Olimpiada —el otro nombre del Torneo de las Naciones—, que era una especie de copa del mundo en la que los jugadores, organizados en equipos, defendían sus respectivas banderas. Había motivos para lamentar la victoria de Alemania. En esos momentos, los alemanes estaban muy envalentonados. Tras haber engullido Austria, contaban con la aportación de ajedrecistas austriacos de talento como Eliskases, aunque habían perdido a jugadores bastante más talentosos, por no decir geniales, como Spielmann, que era de raza judía y, en consecuencia, no podía pertenecer de ninguna manera a la nueva federación de la gran Alemania, empeñada en recuperar la pureza de su sangre germánica.
Tartakower tenía cerebro, la cabeza monda y unos ojillos de ratón muy juntos que sus gafas de culo de vaso agrandaban y volvían melancólicos, como si no hubieran sido creados para ver las cosas de aquí abajo sino las de un hipotético más allá. Por su parte, Najdorf parecía un hombre jovial, amante de la buena mesa y con los pies en la tierra; casi atlético, tenía la nariz grande y unos labios gruesos que, una vez humedecidos en whisky, preguntaron a Alekhine por el número de partidas que habían jugado uno contra otro.
¿Cómo iba la cosa?
¿No era ya el momento de hacer balance?
Najdorf se traía algo entre manos y esbozó una sonrisita de satisfacción —la sonrisita de quien ve más allá que su adversario— cuando el campeón del mundo contestó: «Dos nulos» con una expresión parecía significar: «Lo que ya es muy meritorio, joven».
Aunque les llevaba un whisky de ventaja, Alekhine le hizo una seña al camarero para que le trajera otro. Aquel chico podía estar contento, se dijo dándole varios sorbos al ambarino licor que acababan de servirle. Pero hete aquí que el tal Najdorf decía haber ganado una vez. Incluso lo afirmaba con voz alta y clara.
—Dos nulos y una victoria, Alexánder Alexándrovich. Olvida usted, Alexánder Alexándrovich..., olvida usted que hace diez años, en Varsovia, ¡le gané en una simultánea!
Las simultáneas consistían en jugar contra varios adversarios a la vez. Alekhine podía enfrentarse a unos cincuenta, más o menos. Para él eran una importante fuente de ingresos. Le permitían recorrer los clubes de todo el mundo y acrecentaban su fama entre los «profanos» (llamaba así a quienes no jugaban al ajedrez, no sabían una palabra de ajedrez y creían que jugar sesenta partidas al mismo tiempo equivalía a tener sesenta cerebros).
—¿En Varsovia, dice? ¿Me ganó en Varsovia?
—¡Sí! ¡Una vez!
Alekhine volvió a ver el gran hotel neoclásico de Varsovia. Volvió a ver las relucientes arañas y a los jugadores sentados en el salón de baile. Todos iban enfundados en trajes oscuros. El cambio de siglo aún no había acabado con los fracs y las polainas. Se seguían viendo levitas y botines con botones. Al profundizar en su memoria, recordó al Najdorf del pasado. Pero no lo vio como a un ser humano. Najdorf no tenía ni nariz, ni labios ni piernas. Era una letra y un número.
—¿Fue usted quien sacrificó una torre en b7?
Sí, había sido él. Ya puestos, dejémonos de cumplidos y llamémoslo b7. Como nombre, es más estable que «Mendel» o «Miguel» y tiene la ventaja de entenderse en cualquier idioma. Porque había que saber muchos idiomas para leer la lista de los jugadores del torneo, a los que la guerra convertiría en exiliados: Paulette Schwartzmann, Paulino Frydman, Sonja Graf, Gideon Ståhlberg, Paul Michel, Ludwig Engels, Albert Becker, Heinrich Reinhardt, Jiří Pelikán, Karel Skalička, Markas Luckis, Movsas Feigins, Ilmar Raud, Moshe Czerniak, Meir Rauch, Victor Winz, Aristide Gromer, Franciszek Sulik, Adolf Seitz, Chris de Ronde, John Francis O’Donovan, Zelman Kleinstein... Y eso no era nada: alegrémonos de no tener que leer la lista de los millones que se habían quedado en Europa e iban a ser pulverizados, gaseados, enterrados, fusilados, asfixiados, quemados, borrados del mapa o transformados en pantalla de lámpara, almohada o jabón.
El b7 era uno de los pocos casos en que el sacrificio de una pieza ponía en marcha el primer engranaje de un mecanismo que llevaba automáticamente al jaque mate. En los sacrificios siempre había un poco de soberbia. Alekhine lo admitía de buen grado. Eran caballerescos. Eran románticos. Provocaban estupor. El ya mencionado Spielmann había descrito maravillosamente sus atractivos en un libro titulado El arte del sacrificio en ajedrez. Obviando esas consideraciones y la mención, siempre muy desagradable para él, del muy irritante Spielmann, Alekhine dijo estar encantado de reencontrarse con el audaz b7. Aquel b7 se le había quedado en algún rincón de la mente. Incluso después de una década, cuando uno era Alekhine, se acordaba de alguien que había sabido sorprenderlo.
Sonrió a Najdorf y alzó el vaso en su honor.
—¡Por usted! ¡Por el b7!
Tintineo de cubitos, ligeros gorgoteos, suspiros de placer.
—Me gustaría saber, Alexánder Alexándrovich... —empezó a decir Najdorf, empleando esa fórmula de cortesía rusa, un poco aparatosa, que consiste en añadir el patronímico al nombre de pila del interlocutor—. Me gustaría saber qué piensa hacer usted, Alexánder Alexándrovich. Se oyen rumores de lo más diverso y sé que muchos de nosotros nos planteamos dejar a nuestras familias y nuestros bienes para quedarnos aquí, en América.
Cualquier otro, al oír a Najdorf preguntar eso en septiembre de 1939, habría pensado en la guerra relámpago, en la coordinación ofensiva de los aviones, los tanques y la infantería. Después de todo, Polonia iba camino de la aniquilación. Se enfrentaba a los carros de combate con lanceros a caballo, mientras se experimentaban los primeros asesinatos en masa mediante tubos de escape de camiones.
—Dudo que la partida se juegue... Ya veremos.
¿De qué hablaba Alekhine?
—¡La partida, como usted la llama, ya ha empezado!
El ambiente se tensaba.
Tartakower, que estaba sentado entre los dos, terció:
—Cálmese, Najdorf. Usted habla de la guerra que acaba de declararse y Alexánder Alexándrovich, de la batalla por el título de títulos. Se refería usted a la revancha contra Capablanca, ¿verdad, Alexánder Alexándrovich? Ha creído que Najdorf le preguntaba si esa partida iba a celebrarse... Que si toda esa gente decidía quedarse en Argentina en vez de volver a Europa sería para asistir a la partida... ¿No es así?
Alekhine tenía el genio vivo, así que se enfadó. En cierta ocasión, tras ser derrotado por Spielmann (otra vez él) con más contundencia de lo habitual, había cogido el rey y, en lugar de tumbarlo en la casilla como dictaba la costumbre, lo había lanzado a la otra punta de la sala y no había dejado tuerto a un espectador de milagro.
—¡Otra vez la maldita partida! ¡Otra vez Capablanca! ¿Es que no están las cosas claras entre él y yo? ¿Claras como el agua? Le gané. El título ya no es suyo. ¡No habrá revancha, a no ser que se cumplan todas las condiciones del acuerdo de Londres! ¡Y eso le costará diez mil dólares![1]
El aspecto de Alekhine ya no era el del comienzo de la conversación. Su cabeza parecía más grande. Unos cuantos mechones se habían independizado de su obsesivo peinado y le caían sobre la frente. Alekhine se había olvidado de su tercer ojo, el que le ordenaba fingir desinterés, jugar al ajedrez como si jugara al bridge o al ping-pong, digamos que para engañar al aburrimiento, con la imperturbable serenidad de un caballero. Herido en su amor propio, sus bajos instintos volvían a dominarlo. No era el ideal de su tercer ojo. Era un currante o, en todo caso, un artista voluntarioso que apestaba a alcohol y sudor, una bola de energía agresiva y rabiosa, un individuo inseguro que quería gustar en todo momento y rara vez gustaba.
Estaba harto de que le hablaran de Capablanca.
Hacía apenas unos días, una especie de periodista lo había perseguido para suplicarle que concediera una revancha al cubano. Alekhine solo había podido librarse del muy botarate escondiéndose en los lavabos, echando el pestillo y quedándose una hora allí dentro, mientras se repetía que no, no le tenía miedo a Capablanca. Grace acudió en su rescate y ahuyentó al importuno, después de lo cual subieron a la habitación, cogidos del brazo los dos. Allí, Alekhine le repitió todas las buenas razones que tenía para odiar a su rival.
Porque Alekhine odiaba a Capablanca. Odiaba el cariño que el público le tenía a Capablanca; el genio natural de Capablanca; la desenvoltura social de Capablanca; a la joven y hermosa mujer, rusa y frívola, de Capablanca; el pasaporte diplomático de Capablanca; las propiedades inmobiliarias de Capablanca; la bronceada tez de Capablanca; la sobria elegancia de los trajes ingleses de Capablanca, mientras que los suyos lo hacían parecer un representante de jabones; la forma oficial en que Capablanca viajaba a Rusia mientras él, que había nacido allí, no podía pisarla; la efusividad con que Stalin —el mismo Stalin que había llevado a suicidarse a su hermano Alekséi— le estrechaba la mano a Capablanca; e incluso el apellido Capablanca, que parecía sacado de un cuento de hadas, a diferencia del suyo, difícil de pronunciar para los no rusohablantes y confundido habitualmente con el ridículo «Aliokhine» por los rusohablantes... Había que decir que Capablanca era de forma natural, sin esforzarse, el hombre que su tercer ojo habría querido que fuera Alekhine. También había que decir que, antes de Alekhine, el campeón del mundo era él. Y para muchísima gente seguía siéndolo.
—¡El campeón del mundo soy yo!
Alekhine llamó en su ayuda al recuerdo de aquella nota del 29 de noviembre de 1927, hacía doce años, recibida en esa misma ciudad de Buenos Aires, tras una lucha sin piedad, en un francés lleno de faltas de ortografía, que daba fe (para su regocijo, naturalmente) de la sacudida física y moral que había sufrido el cubano.
Apreciado señor Alekhine:
Abandono la partida. Así pues, es usted el campeón del mundo, y lo felicito por su victoria.
Presente mis respetos a la señora Alekhine.
Sinceramente suyo,
J. R. Capablanca
Pese a esa capitulación inequívoca, el espectro de Capablanca tenía que venir a importunarlo cuando creía estar relajándose con un whisky con hielo en compañía de dos rendidos admiradores... Si ya ni los recuerdos más absolutamente dichosos eran capaces de prevalecer, ¿dónde se metía uno?, se preguntaba. Si su propia memoria, en sus parcelas más felices, ya no era un refugio fiable, ¿dónde encontrar descanso? ¿Adónde huir para no tener que seguir soportando las luchas a muerte de lobos contra lobos?
—¿He contestado a su pregunta, Najdorf? ¡Diez mil dólares! ¡Ni un kopek menos! Allí, delante de mí... ¡Nos pusimos de acuerdo en Londres! Capablanca firmó el acuerdo de Londres, conque... Y más le vale darse prisa, porque no tardaré en cruzar de nuevo el Atlántico, y créame: ¡una vez al otro lado, en Europa, será él quien tenga que pagarme los gastos del viaje de vuelta!
Con furia, Alekhine aplastó la punta del cigarrillo en el fondo del vaso vacío de Najdorf, se levantó sin disculparse, se caló el sombrero negro, se puso el abrigo negro, cogió el maletín negro que contenía lo que contenía su mente, o sea, juegos de ajedrez en miniatura, libretas llenas de notas garabateadas sobre ajedrez y revistas de ajedrez checas, inglesas y soviéticas, y dio la espalda a sus dos compañeros.
Tartakower le dio una palmada en el hombro a Najdorf con suavidad.
—Vamos, no ponga esa cara, Mendel... ¡En fin, la reacción de Alexánder Alexándrovich no debería sorprenderlo! Mire, lo conozco desde hace treinta años. Para él, el ajedrez lo es todo. Y él se lo ha dado todo...
Los ojos de Najdorf tenían una expresión seria.
El juego también lo era todo para él.
—No, Mendel. Es más que eso, mucho más que eso y mucho peor que eso.
3
Con la ayuda del tiempo y de la travesía, el desagradable recuerdo de aquella conversación se había hundido en el océano Atlántico. Rodeado por el proceloso mar de enero y los vientos y brumas cargados de salpicaduras, ataviado con un esmoquin con el cuello cruzado, una pajarita torcida y un fular de seda blanca, y arrebujado en un gabán que había tenido que rescatar de un baúl, Alekhine se había instalado en una de las tumbonas. Solo una vez más en la resbaladiza cubierta, se había calado las gafas para repasar las notas sobre el torneo Willington Drake de Montevideo. Su programa para la velada era acabar de estudiarlas, sacar de ellas quizá unas cuantas líneas complacientes y luego ir a la cena, a la que seguiría un concierto.
Era una perspectiva agradable, mucho más agradable que la idea, tozuda y fugaz como una corriente de aire en algún lugar de su mente, de que Alemania y Rusia estaban serrándole la cabeza a Polonia, es decir, asesinando a todos los polacos capaces de pensar, porque, como es público y notorio, la forma más definitiva de matar a cualquier organismo —y eso vale tanto para los países y los pueblos como para los cangrejos o los pollos— es cortándoles la cabeza.
Alekhine constató que no había salido mal parado ni del Torneo de las Naciones ni del Willington Drake, que se había disputado a continuación. En dieciséis partidas había obtenido nueve victorias y concedido siete nulos. Así que trece puntos, contó apretando el lápiz entre los labios... Se subió hasta el estómago la manta de lana afieltrada que acababa de traerle un camarero y encendió un cigarrillo con movimientos de autómata, como si, lejos de mandar en su cuerpo, dejara que se las arreglase solo desde hacía mucho tiempo. Las páginas de sus libretas estaban cubiertas de grandes y caóticos garabatos. Alekhine tomaba notas sobre sus partidas con un lápiz grueso, principalmente en ruso y en francés, pero también en alemán, inglés, latín o griego clásico.
Cuando levantó la cabeza vio a Duarte Almeida, el capitán, que cruzaba el Miracle para ir a cambiarse en su camarote. La cena-concierto lo obligaba a lucir un uniforme inmaculado. De momento, el paticorto oficial llevaba un viejo sobretodo enrojecido por la plancha. Un pantalón bombacho ocultaba casi por completo sus zapatos de punta cuadrada y subrayaba la pequeñez de sus pies. Con una piel bronceada, la nariz chata y un aro adornándole la oreja derecha, Almeida despertaba en sus interlocutores el recuerdo de los navegantes portugueses que, en el siglo XV, habían puesto rumbo a la otra punta del globo a bordo de cáscaras de nuez para cubrirse el cuerpo de oro, frotárselo con especias y dibujar mapas rodeados de dragones. El oficial se llevó la mano a la gorra, se inclinó para ejecutar una especie de reverencia y se dirigió a él en un francés aceptable:
—Boa tarde, dotor Alekhine!
—Buenas tardes, capitán. ¡Vaya viento! ¡Qué energía a nuestro alrededor! Parece Berlioz...
—¡Sí, su largo!
—¡Qué vigor, amigo mío!
—Tenemos que pizar los motores a fondo, para balansar las corrientes. Espero que nuestra cena no danse muito. No querría que el caldo nos diese baño.
—¿Que el caldo nos qué?
—Que a sopa se derramase por causa de las olas.
—¡Bah! Mientras hay movimiento hay vida, ¿no le parece?
—Sí, dotor. Desculpe mi francés, que ya no pratico muito. Teño vergüenza.
—¿Cuándo llegaremos, capitán?
—Dentro de tres días.
—¡Maravilloso!
—Teño que decirle... He avisado a Lisboa de sua presensa a bordo.
—Muy amable de su parte, capitán, muy amable.
—¡Mi país tem a honra de recibir ao campeón do mundo!
—Dígame, capitán, ¿allí se juega mucho al ajedrez?
El capitán respondió que sí, por supuesto. ¿Qué país digno de ese nombre no apreciaba esa cima del espíritu que era el ajedrez? En su opinión, era lamentable que aún no hubiera aparecido ningún maestro portugués de primera categoría. Pero, tras la visita del ilustre doctor Alekhine, estaba seguro de que no tardaría en surgir toda una generación de prodigios lusos. De hecho, deberían sentarse juntos durante la cena-concierto, decidieron en ese mismo instante. ¡El honor era mutuo! Alekhine y Almeida estuvieron de palique un cuarto de hora. El uno hacía sentirse importante al otro, que le pagaba con la misma moneda. En el terreno de los pasatiempos, el favorito de Alekhine eran las charlas insustanciales: unas cuantas frases huecas y un puñado de manidas fórmulas de cortesía, con la seguridad de no malgastar sus fuerzas mentales, que más tarde podría emplear en exclusiva sobre el tablero.
Grace apareció al final de la cubierta. A juzgar por su aspecto tenso, estaba de mal humor. Llevaba aquel abrigo de pieles, largo hasta los tobillos, que la redondeaba y le daba el cómico aspecto de un roedor. El capitán saludó a la señora como era debido, pero hizo mutis enseguida. Pasar la velada con el campeón del mundo de ajedrez lo halagaba, pero la compañía de Grace no le apetecía tanto. Era estadounidense, y los estadounidenses no tenían el menor sentido de la conversación. Espíritus vulgares, mercaderes ingleses emancipados de las buenas formas y de la historia, solo creían en el dólar. Pronto, pensaba con tristeza el marino, reinarían sobre un mundo universalmente monetizado y era legítimo preguntarse cómo se adaptaría uno a semejante calamidad.
Una vez a solas con Grace, Alekhine cambió de actitud y volvió a convertirse en el niño malcriado que quizá era ante todo. ¿Cuántos años tenía? ¿Cuarenta y siete, como decía su pasaporte? ¿Noventa y tres, como habría afirmado un laboratorio médico, en vista del tamaño de su hígado y del estado de sus pulmones? «Dieciséis», habría respondido su mujer, porque sabía que a los dieciséis años había recibido aquel jarrón de porcelana del color de sus ojos de manos de Su Majestad el zar Nicolás II, por su victoria en el torneo panruso de jóvenes promesas. El trofeo tenía las asas en forma de alas de mariposa. Alekhine jamás se separaba de él, como si contuviera su corazón, su memoria y toda su alma.
—No me despiertas cuando te levantas, Tisha...
El apelativo que usaba Grace para dirigirse a Alekhine había servido en otro tiempo para referirse al pequeño que se cerraba a cal y canto en su habitación huyendo de criados y preceptores, en la ostentosa y grotesca villa moscovita de sus padres. «Tishna», del ruso тишина, que significa «silencio», designaba, con el toque de ternura que le daba la fricativa final, el mutismo en el que se encerraba el joven Alekhine para jugar. Treinta años después, seguía siendo el niño taciturno que respondía por carta a los problemas ajedrecísticos de los periódicos y fumaba demasiados malolientes cigarrillos de makhorka.
—Estabas durmiendo, querida, no veo por qué iba a despertarte.
—De todas formas, tengo la sensación de que prefieres que esté dormida.
—Quería repasar las partidas de Montevideo y Buenos Aires, he...
Grace lo atajó con un gesto. No había que confundir el juego con la vida.
—¿Qué quería de ti el capitán?
—Me ha confirmado que llegaremos a Lisboa pasado mañana. Ha informado a la prensa de nuestra llegada... Esta noche, en la cena, nos sentaremos a su mesa. Ha tardado un poco en invitarnos, me parece a mí... He fingido que no me había dado cuenta y que no le daba ninguna importancia.
La mano de Grace apuntó al cielo con un dedo. El juego, otra vez. Tenía que reaccionar.
—Te lo he advertido, ¿verdad? ¡No nos eternizaremos en Lisboa!
—Me lo dijiste ayer, sí. Estuvimos de acuerdo... Asunto concluido.
—No están los tiempos para zalemas. Francia está en guerra. Y tú eres francés.
—Ruso de nacimiento, francés por necesidad, o puede que por elección, ya no lo sé. Pero sí, soy francés. Es innegable. Está escrito en mi pasaporte, como nuestro matrimonio, cariño...
—Ya no hay Rusia. Rusia ya no existe, ya no es un país.
Las manos abiertas de Grace abarcaban un vacío.
—Sigue existiendo en mis recuerdos.
—Y eso es estupendo, ¡créeme! ¡Rusia está mucho mejor dentro de tu cabeza, con tus recuerdos, que en poder de los sóviets!
—Sin embargo, no es exactamente lo mismo...
—¡Coraje, Tisha! Nada de sensiblerías, por favor. No eres un desertor, el ejército francés va a movilizarte. ¡A las armas, ciudadanos! ¡Formad los batallones! ¡Marchemos! ¡Marchemos! Campeón del mundo más desertor, igual a desertor.
—¿Qué te pasa, Grace?
—Tengo frío, eso es todo. Y esta travesía me aburre.
—Eso no es motivo para venir a torturarme.
Para Grace sí. Volvió a sus sumas.
—Campeón del mundo más héroe de guerra, igual a héroe de guerra campeón del mundo.
—Bueno, ¡ya está bien!
—Lo digo en serio, Tisha.
—Aunque solo sea para que no nos confisquen nuestros bienes en Francia...
—Mis bienes en Francia.
Estaba el palacio de Saint-Aubin-le-Cauf, en Normandía, un estudio en Montparnasse, los bronces art déco (dos desnudos y una cacatúa), los grabados de Jouve, varios cuadros fauvistas y cuentas bancarias de seis cifras. No era poco y, como acababa de subrayar Grace con tanta sutileza, estaba todo a su nombre.
—Eres un encanto, Grace. No, eres un amor.
Para Alekhine, la situación no era nada cómoda.
—Un amor y muy generosa, Tisha. Porque los clubes de ajedrez pagan los bares y los hoteles, pero ¿quién paga el resto?
—Ya lo sé, Grace. Sé que todo te lo debo a ti.
—La proverbial pobreza de los jugadores de ajedrez, ¿te afecta de algún modo?
—No.
—¿Navegas en primera?
—Sí, navego en primera.
—¿Crees que tu título te basta para viajar gratis en primera?
—Es poco probable que la compañía acepte títulos, aunque sean mundiales. Pero ¿realmente quería embarcar? No lo sé. El otro día..., una mañana. Pasábamos ante las Azores, tú aún dormías. Di ochenta vueltas por esta cubierta porque no podía quitarme de la cabeza un mal presenti
