«Si veis algo, levantáis la mano.
»Da lo mismo si es un papel de liar cigarrillos o un bote de refresco.
»Si veis algo, levantáis la mano.
»Ojo, nada de tocarlo.
»Levantáis la mano y punto.»
Con los pies hundidos en el vado, los del pueblo se dispusieron a buscar. Avanzaron en fila, a veinte pasos el uno del otro: cien ojos mirando hacia abajo, aunque pendientes de no disgregarse; una coreografía de almas en pena.
A sus espaldas, el pueblo iba vaciándose: la noticia había ahogado el eco del largo, límpido verano.
Ella era Sissy Radley. Siete años, cabello rubio. Casi todos la conocían: al jefe de policía Dubois no le hizo falta repartir fotos.
Walk iba en uno de los extremos de la fila. Pese a la intrepidez de sus quince años, las rodillas le temblaban a cada paso.
Avanzaron como un ejército por el bosque. Los policías delante, barriendo el terreno con las linternas. Detrás de los árboles asomaba el mar. Había un largo trecho río abajo hasta allí, pero la niña no sabía nadar.
Martha May caminaba junto a Walk. Llevaban tres meses saliendo juntos, pero sin ir más allá del morreo ocasional: el padre de ella era ministro de la iglesia episcopal de Little Brook.
—¿Sigues pensando en hacerte policía de mayor? —le preguntó.
Walk contempló a Dubois, quien andaba encorvado, con el peso de la última esperanza sobre los hombros.
—Acabo de ver a Star —siguió Martha sin esperar respuesta—. Andaba por delante, con su padre. Estaba llorando. —Star Radley, la hermana de la niña desaparecida: la mejor amiga de Martha. Eran un grupo muy unido, sólo faltaba uno—. ¿Dónde está Vincent?
—He estado con él hace un rato, igual está en el otro lado.
Walk y Vincent eran como hermanos. Cuando tenían nueve años se hicieron unos tajos en las palmas de las manos, las unieron y se juraron lealtad.
Ni Martha ni Walk dijeron nada más, se limitaron a seguir buscando. Dejaron atrás Sunset Road y el Árbol de los Deseos. Las zapatillas Converse abrían surcos entre las hojas muertas. Walk iba atento y concentrado, pero a punto estuvo de no verlo.
Novecientos kilómetros de litoral californiano, autovía estatal número uno, a diez pasos de Cabrillo. Se detuvo en seco, levantó la vista y se dio cuenta de que los demás seguían avanzando sin él.
Se acuclilló.
El zapato era pequeño, de cuero rojo y blanco, con una hebilla dorada.
Un coche que avanzaba por la carretera aminoró la velocidad. Los faros resiguieron la curva hasta que iluminaron a Walk.
Y entonces vio a la niña.
Respiró hondo y levantó la mano.
PRIMERA PARTE
La forajida
1
Walk se mantuvo unos pasos atrás del gentío enfebrecido. A algunos los conocía desde que tenía uso de razón, a otros desde el momento en que vinieron al mundo.
También había veraneantes con cámaras y quemaduras solares. Sonreían despreocupados, ignorantes de que las aguas no sólo daban mordiscos a los árboles.
Varios periodistas de medios locales se acercaron. Una reportera de la cadena kcnr consiguió hacerse oír por encima de los demás:
—¿Podríamos hablar un momento con usted, jefe Walker?
Walk sonrió y metió las manos en los bolsillos. Se disponía a escabullirse cuando se levantó un murmullo.
Tras un crujido, el tejado cedió; algunos trozos fueron a chocar con el agua y se hundieron. Otros derrumbes dejaron al descubierto la estructura, tosca y esquelética: la casa ya no era más que una casa. Había sido el hogar de los Fairlawn desde que Walk tenía uso de razón. Entonces se hallaba a una treintena de metros del mar.
Hacía un año que estaba prohibido acercarse al acantilado, cada vez más erosionado: el camino de acceso estaba cerrado con cintas. Los funcionarios estatales venían de vez en cuando y hacían mediciones y estimaciones.
Una lluvia de tejas se precipitó al mar. Revuelo de cámaras, desvergonzada excitación. Milton, el carnicero, hincó la rodilla en tierra e hizo una vistosa foto cuando el asta se inclinó y el viento arrancó la bandera.
El menor de los hermanos Tallow quiso correr para cogerla y su madre lo agarró por el cuello de la camiseta con tanta fuerza que el pequeño cayó de culo.
Más allá, el sol caía sobre el mar casi al mismo tiempo que el edificio, seccionando el agua con tajos anaranjados, granates y de otros tonos sin nombre. La periodista ya tenía su noticia: el adiós a un retazo de historia tan diminuto como para resultar irrelevante.
Walk miró alrededor y vio a Dickie Darke contemplando impasible la escena. Con sus más de dos metros de estatura, parecía un gigante. Estaba en el negocio inmobiliario: era propietario de numerosas casas en Cape Haven y de un club en Cabrillo, la clase de tugurio donde la depravación te salía por diez dólares y un trocito de dignidad.
Siguieron allí de pie una hora más. A Walk ya le dolían las piernas cuando el porche cedió por fin. Los mirones refrenaron el impulso de aplaudir, dieron media vuelta y se marcharon a disfrutar de sus cervezas y carnes a la parrilla, de las barbacoas cuyos fuegos titilaban en la oscuridad cuando Walk hacía la última ronda de la jornada. Volvieron como flotando sobre el camino de piedras, una especie de murete de un solo nivel, seco pero firme. Al fondo podía verse el Árbol de los Deseos: un roble tan enorme y ancho que unos puntales tenían que sostener las ramas: el viejo pueblo de Cape Haven hacía cuanto podía para seguir siendo el de siempre.
Walk acostumbraba a subir a aquel árbol con Vincent King cuando eran chavales, una época tan remota que hoy era prácticamente insignificante. Dejó que una de sus manos temblorosas descansara en la culata de la pistola y la otra sobre el cinturón. Lucía corbata, camisa con el cuello almidonado, zapatos lustrados. Había quienes admiraban la forma en que había aceptado su lugar en el mundo; otros la encontraban patética: Walker, el capitán de un navío que nunca jamás zarpaba del puerto.
Reparó en la muchacha: avanzaba contra el gentío cogiendo de la mano a su hermano, que pugnaba por no quedarse rezagado.
Duchess y Robin, los hermanos Radley.
Fue hacia ellos sin apresurarse demasiado: ya sabía lo que pasaba.
El niño tenía cinco años y lloraba en silencio, la chica acababa de cumplir trece y nunca lloraba.
—Vuestra madre —dijo Walk.
No era una pregunta, sino la constatación de un hecho tan trágico que la muchacha ni siquiera asintió con la cabeza, sencillamente se dio la vuelta y echó a andar segura de que él la seguiría.
Avanzaron por calles oscurecidas por el crepúsculo, frente a tranquilizadores vallados de madera y guirnaldas de luces. La luna se elevaba en el cielo señalándoles burlonamente el camino, como llevaba haciendo treinta años. Dejaron atrás casas grandes y lujosas, cristal y acero que combatían la naturaleza y desafiaban a aquel panorama de belleza terrible.
Bajaron por Genesee, donde Walk seguía viviendo en la vieja casa de sus padres, hasta Ivy Ranch Road. La casa de los Radley apareció ante sus ojos: persianas destartaladas, una bicicleta volcada con una rueda tirada al lado. En Cape Haven, sólo había blanco y negro, sin medias tintas.
Walk se separó de los hermanos y apretó el paso por el sendero. No se veían luces encendidas en el interior de la casa, pero sí el parpadeo azulado del televisor. Volvió la cara y vio que Robin continuaba llorando y Duchess mirando al frente con sus ojos implacables.
Encontró a Star en el sofá con una botella al lado, aunque esta vez sin pastillas de ninguna clase. Un pie calzado y el otro descalzo, dedos cortos, uñas pintadas.
—Star. —Walk se arrodilló y le palmeó la mejilla—. Star, despierta.
Lo dijo con voz tranquila porque los niños estaban en la puerta. Duchess tenía el brazo sobre el hombro de su hermano, que se apoyaba en ella con todo su peso, casi desparramándose, como si su pequeño cuerpo se hubiera quedado sin huesos.
Walk le dijo a la chica que llamara al 911: el número para emergencias.
—Ya lo he hecho.
Walk levantó los párpados de Star con los pulgares, pero no vio más que el blanco.
—¿Va a ponerse bien? —preguntó el pequeño a su espalda.
Walk echó un vistazo a la puerta con la esperanza de oír unas sirenas. Entrecerró los ojos al toparse con un cielo rojo como el fuego.
—¿Podéis salir a ver si ya vienen?
Duchess lo entendió a la primera, se llevó a Robin fuera.
Star se estremeció de pronto, vomitó un poco y volvió a estremecerse, como si Dios o la muerte la hubieran tenido agarrada y ahora la soltaran, pero no sin violencia. Walk le había dado tiempo al tiempo: habían transcurrido tres decenios desde lo de Sissy Radley y Vincent King, pero Star seguía farfullando cosas sobre la eternidad, la colisión del pasado y el presente, la fuerza que desencadenaba el futuro. No había remedio.
Duchess acompañaría a su madre en la ambulancia, Walk se encargaría de llevar a Robin.
Duchess miraba al médico sumido en su trabajo. No pretendía sonreír, cosa que ella agradecía. Tenía entradas en la frente, estaba sudando y quizá harto de salvar las vidas de quienes tanto empeño ponían en morir.
Permanecieron un rato frente a la casa con la puerta abierta para Walk, quien estaba allí con ellos como siempre, la mano posada en el hombro de Robin. El pequeño lo necesitaba: necesitaba el consuelo de un adulto, la sensación de seguridad.
Al otro lado de la calle las cortinas de las ventanas se agitaban, las sombras juzgaban en silencio. Duchess vio a unos chavales de su escuela llegar pedaleando a toda prisa con los rostros enrojecidos: las noticias circulaban a una velocidad de vértigo en ese pueblo donde cualquier ordenanza municipal era susceptible de ocupar las primeras planas.
Los dos chicos se detuvieron junto al coche de la policía y dejaron caer las bicicletas al suelo. El más alto, jadeante y con el flequillo pegado a la frente por el sudor, echó a andar hacia la ambulancia.
—¿Está muerta?
Duchess levantó el mentón, le sostuvo la mirada.
—Vete a cagar.
El motor se puso en marcha, la portezuela se cerró de golpe. Los cristales ahumados hacían que el mundo se tornara mate.
Los vehículos serpentearon por las curvas hasta salir de la colina. A sus espaldas se extendía el Pacífico, del que emergían rocas como cabezas de hombres que estuvieran ahogándose.
Duchess contempló su calle hasta que los árboles se estiraron lo suficiente como para que sus ramas se tocaran entre sí, al llegar a Pensacola; ramas como manos unidas en rezo por la chica y su hermano, por la tragedia inacabable iniciada mucho antes de que la una y el otro vinieran al mundo.
La noche se encontró con muchas otras noches iguales, cada una engullendo a Duchess tan completamente que ella sabía que nunca más volvería a ver la luz del día, no del modo que los demás niños la veían.
El hospital era el de Vancour Hill, como ella sabía demasiado bien. Cuando se llevaron a su madre se quedó de pie sobre el suelo lustroso como un espejo con la mirada fija en la puerta por la que Walk entró acompañado de Robin. Fue hacia ellos, cogió a su hermanito de la mano, lo llevó al ascensor y subió con él al segundo piso. Entraron en la sala, a media luz, destinada a los familiares. Duchess juntó dos butacas. Fue al vecino cuarto de los suministros a buscar dos mantas y convirtió las butacas en un camastro. Robin se la quedó mirando sin saber bien qué hacer, muerto de sueño, con grandes ojeras oscuras.
—¿Tienes pipí?
Robin asintió con la cabeza.
Duchess lo llevó a los servicios, esperó unos minutos y luego se aseguró de que su hermano se lavara bien las manos. Encontró pasta de dientes, apretó el tubo para ponerse un poco en el dedo y frotó los dientes y encías del pequeño. Robin escupió, Duchess terminó de refregarle la boca.
Lo ayudó a descalzarse y encaramarse en las butacas, sobre las que se acomodó como un animalillo mientras ella lo cubría.
Asomó los ojos y dijo:
—No me dejes solo.
—Eso nunca.
—¿Mamá se pondrá bien?
—Sí.
Duchess apagó la televisión dejando la sala en una penumbra rojiza por efecto de las luces de emergencia, lo bastante tenues como para que Robin se quedara dormido antes de que ella llegara a la puerta.
Ella se quedó de pie bajo la luz clínica del hospital con la espalda apoyada contra la puerta: no dejaría entrar a nadie, en el tercer piso había otra sala para familiares. Al cabo de una hora, reapareció Walk, bostezando como si tuviera motivos. Duchess sabía lo que hacía un día tras otro: conducir por la autovía de Cabrillo, recorrer aquellos kilómetros perfectos que empezaban en Cape Haven, una sucesión de vistas hasta tal punto paradisíacas que gente de todo el país viajaba hasta allí y se compraba una casa que luego dejaba desocupada durante diez meses al año.
—¿Robin duerme?
Ella asintió con la cabeza.
—He ido a ver cómo está tu madre. Saldrá de ésta.
Duchess volvió a asentir.
—Toma alguna cosa, un refresco o lo que sea, hay una máquina junto a...
—Lo sé.
Echó un vistazo al interior de la sala y vio que su hermano dormía a pierna suelta; así seguiría hasta que ella lo despertase.
Walk le tendió un billete de un dólar que ella aceptó con desgana.
Caminó por los pasillos, compró el refresco, pero no se lo bebió: lo guardaría para cuando Robin despertara. Fue asomándose al interior de los cubículos y oyó los sonidos de los nacimientos, de las lágrimas y de la vida. Vio personas que eran pura cáscara, tan vacías que supo que no iban a recuperarse. Unos policías conducían a unos hombres de aspecto peligroso, con tatuajes en los brazos y sangre en la cara. Le llegaron los olores de los borrachos, de la lejía, del vómito y la mierda.
Se cruzó con una enfermera que le sonrió: casi todas la conocían de vista; era otra de esas niñas dejadas de la mano de Dios.
Al regresar, vio que Walk había colocado dos butacas junto a la puerta. Comprobó que su hermano estaba bien y se sentó.
Walk le ofreció un chicle que ella rechazó negando con la cabeza.
Saltaba a la vista que el policía tenía ganas de hablar, de decirle que las cosas cambiarían y otras mierdas por el estilo: que había que mirar más allá, que todo sería distinto en el futuro...
—No llamaste a los servicios sociales —dijo Walk.
—Y tú tampoco.
—Tendría que hacerlo. —Walk lo dijo con tristeza, como si le hubiera fallado o no hubiera estado a la altura de su placa de policía, Duchess no sabría decirlo.
—Pero no lo vas a hacer.
—No.
La barriga le tensaba la camisa marrón claro. Tenía los carrillos orondos y sonrosados de un muchacho al que sus padres no saben decirle que no, y una expresión tan franca que Duchess lo consideraba incapaz de guardar un solo secreto.
Star decía que era bueno de la cabeza a los pies, como si eso tuviera importancia.
—Tendrías que dormir un poco.
Siguieron así sentados hasta que las estrellas dejaron paso a la primera luz. La luna se olvidó de irse y se quedó allí, convertida en una mancha borrosa en el nuevo día, un recuerdo de su propio esplendor perdido. Al otro lado de la sala había una ventana, Duchess acercó la cara al cristal y apretó la frente contra los árboles y las hojas. Oyó cantar a los pájaros, vio el mar a lo lejos y unos puntos brillantes que eran los pesqueros deslizándose sobre las olas.
Walk carraspeó.
—Tu madre... esto... ¿hay algún hombre que...?
—Siempre hay un hombre: cuando sucede una puta desgracia siempre hay un hombre de por medio.
—¿Darke?
Duchess no repondió.
—¿No puedes decírmelo? —preguntó él.
—Yo soy una forajida.
—Ya.
Duchess llevaba un lazo en el cabello que tenía por costumbre toquetear. Era muy flaca, muy pálida, muy bonita, clavada a su madre.
—Ahí al lado acaba de nacer un niño —comentó Walk cambiando de tema.
—¿Qué nombre le han puesto?
—No lo sé.
—Me juego cincuenta pavos a que no se les ha ocurrido ponerle Duchess.
A Walk se le escapó una risa.
—Es un nombre raro, sin duda, incluso exótico... Ya sabrás que iban a ponerte Emily.
—Como Emily Dickinson: «Y atroz deberá ser la tormenta...»
—Eso mismo.
—Mamá sigue leyéndole de vez en cuando ese poema a Robin: «La esperanza es esa cosa con plumas.»
Duchess se sentó, cruzó la pierna, se frotó el muslo. Su zapatilla deportiva estaba floja y gastada:
—¿Ésta es mi tormenta, Walk?
Walk bebió un sorbo de café. Daba la impresión de estar buscando la respuesta a una pregunta imposible.
—A mí el nombre Duchess me gusta: «Duquesa.»
—Pues prueba a llevarlo una temporada. De haber sido un niño, igual me habrían llamado Sue. —Dijo en referencia a la canción de Johnny Cash.
Echó la cabeza atrás y contempló las persianas:
—Mi madre quiere morirse.
—No es eso, no tienes que pensar esas cosas.
—No termino de tener claro si el suicidio es el acto más egoísta o el más desprendido de todos.
A las seis, una enfermera la llevó a ver a su madre.
Star estaba tumbada. Era la sombra de una persona; ni la sombra de una madre.
—La Duquesa de Cape Haven —dijo sonriendo, aunque lánguidamente—. Todo está bien...
Duchess la miró a los ojos y Star rompió a llorar. La chica se acercó, puso la mejilla sobre el pecho de su madre y se maravilló de que su corazón pudiera seguir latiendo.
Yacían juntas al amanecer del nuevo día, un día nuevo que, sin embargo, no prometía nada porque todas las promesas eran puras falsedades.
—Te quiero... no sabes cuánto lo siento.
Duchess podría haber respondido muchas cosas, pero en aquel momento sólo supo decir:
—Yo también te quiero.
2
Todo el paisaje se desparramaba desde lo alto de la colina.
El sol trepaba por el cielo cerúleo cuando Duchess, en el asiento de atrás junto a su hermanito, le cogió la mano.
Walk condujo por su calle y se detuvo frente a la vieja casa. Luego los acompañó dentro. Trató de hacerles el desayuno, pero la alacena estaba vacía. Tuvo que dejarlos e ir corriendo al café de Rosie a comprar unas tortitas. De vuelta en la casa, le dio gusto ver que Robin se comía tres de una sentada.
Tras lavarle la cara a Robin y prepararle la ropa, Duchess se asomó por la puerta y descubrió a Walk sentado en el escalón. Contempló el tranquilo inicio de la jornada en Cape Haven, vio pasar al cartero y a Brandon Rock, el vecino de al lado, salir y ponerse a regar el césped. El hecho de que no les llamara la atención el coche de policía aparcado frente a la casa de los Radley la alegraba y la entristecía a la vez.
—¿Quieres que te lleve en el coche?
—No. —Duchess se sentó a su lado y se puso a anudarse el cordón de una zapatilla.
—¿La recojo yo solo?
—Me dijo que llamaría a Darke.
Duchess desconocía la verdadera naturaleza de la amistad entre su madre y el jefe de policía Walker, aunque sospechaba que éste quería follársela, como todos los demás hombres del pueblo.
Observó el desolado jardín de la casa. El verano anterior había estado plantando rosas floribundas, malvas índicas y lilos de California con su madre y Robin, que iba y venía con una regaderita, mojando la tierra para ablandarla, con las mejillas rojas de tanto viaje.
Las flores murieron por abandono.
—¿Te ha explicado tu madre lo que pasó anoche? —preguntó Walk en tono amable—. ¿Sabes por qué lo hizo?
Era la clase de pregunta cruel que Duchess no esperaba oír de labios de Walk, más que nada porque, por lo general, no había ninguna razón en particular. Sin embargo, sabía por qué se lo preguntaba: estaba al corriente de lo sucedido con Vincent King y con su tía Sissy, que yacía enterrada en el cementerio junto al borde del acantilado. Todos conocían su tumba, situada tras el poste de madera deslucida que indicaba la zona donde estaban los niños. Niños a los que el mismo Dios al que sus padres tanto le rezaban había dejado morir.
—No me ha explicado nada —respondió.
Oyeron a Robin a sus espaldas. Duchess se levantó y le atusó el pelo, le limpió con un poco de saliva una mancha de pasta de dientes que tenía en la mejilla y miró en su mochilita escolar para asegurarse de que llevaba el libro de lectura, el cuaderno y el botellín de agua.
Se la colocó a su hermano en la espalda. Robin volvió la cara y ambos sonrieron.
Juntos, miraron al coche de policía alejarse por la larga calle. A continuación, Duchess le pasó el brazo por el hombro a su hermano y echaron a caminar.
El vecino dejó de regar y se acercó a la linde de su jardín delantero con aquella leve cojera que tanto se esforzaba en disimular. Brandon Rock. Ancho de hombros, bronceado por el sol, un aro en una oreja, peinado ochentero, batín de seda. A veces hacía ejercicios con pesas con la puerta del garaje abierta y heavy metal a toda castaña.
—¿Otra vez tu madre? Alguien tendría que hablar con los servicios sociales. —Su voz hacía pensar en una nariz rota nunca arreglada del todo. En una mano sostenía una mancuerna que de vez en cuando levantaba y llevaba hacia el pecho. Su brazo derecho era considerablemente más voluminoso que el izquierdo.
Duchess se volvió hacia él.
Llegó una ráfaga de viento y el batín se le abrió de golpe.
Duchess arrugó la nariz.
—Enseñándosela a una niña. Tendría que llamar a la policía.
Brandon no le quitó los ojos de encima mientras Robin la cogía de un brazo y se la llevaba de allí.
—¿Has visto que a Walk le temblaban las manos? —preguntó el pequeño.
—Siempre le tiemblan más por la mañana.
—¿Por qué?
Duchess se encogió de hombros, aunque conocía la respuesta. Los problemas que tenían Walk y su madre, y cómo los gestionaban.
—¿Mamá te dijo algo anoche, cuando yo estaba en mi cuarto...?
En aquel momento, Duchess estaba ocupada haciendo los deberes: su árbol genealógico. Robin aporreó la puerta de pronto y la avisó de que mamá estaba otra vez mal.
—Había sacado las fotos... —siguió el chico— las viejas fotos con Sissy y el abuelito.
Robin se había enterado de que tenía un abuelo, aquel hombre alto que aparecía en las fotos, la primera vez que las vio. Le alegraba saberlo, aunque no lo hubiese conocido y su madre prácticamente no hablara de él. Necesitaba contar con gente, aunque fueran sólo nombres vacíos, para sentirse menos vulnerable. Ansiaba tener primos y tíos, disfrutar de partidos de fútbol y barbacoas los domingos, como los demás niños de su clase.
—¿Sabes algo de Vincent King?
Duchess lo cogió de la mano mientras cruzaban hacia la calle Fisher.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Qué sabes tú de él?
—Que mató a la tía Sissy hace treinta años, en los setenta, cuando los hombres llevaban bigote y mamá se peinaba muy raro.
—Sissy no era nuestra tía en realidad.
—Sí que lo era —repuso simplemente Robin—. Se parecía mucho a ti y a mamá. Era igualita.
Duchess se había enterado de lo esencial de la historia a lo largo de los años, de labios de su madre, cuando la contaba arrastrando las palabras, y por sí misma, en la biblioteca de Salinas, donde había estado trabajando en su árbol genealógico durante la primavera anterior. Había dado con las lejanas raíces de los Radley, y el libro se le había caído al suelo el día que estableció la relación con un forajido prófugo de nombre Billy Blue Radley. Se trataba del tipo de hallazgo que la enorgullecía: fue un placer subir a la tarima y contárselo a la clase entera. Sin embargo, por la parte de su padre no había nada más que un interrogante que la llevó a discutir agriamente con su madre. Star se había quedado embarazada no una, sino dos veces, de sendos desconocidos y se las había arreglado para quedarse soltera y con dos niños que durante toda la vida iban a preguntarse qué sangre corría por sus venas.
—Puta... —murmuró Duchess aquella vez.
Lo pagó con creces: un mes entero encerrada en casa.
—¿Te has enterado de que Vincent King sale hoy de la cárcel?
Robin se lo dijo en un susurro, como si se tratara de un grave secreto.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Ricky Tallow.
La madre de Ricky Tallow trabajaba en la comisaría de Cape Haven.
—¿Qué más te ha dicho Ricky?
Robin desvió la vista.
—¿Robin?
—Que tendrían que haberlo freído por lo que hizo, pero entonces la señorita Dolores se puso a gritarle.
—«Tendrían que haberlo freído.» ¿Sabes lo que quiere decir?
—No.
Duchess lo cogió de la mano y cruzaron hacia Virginia Avenue, donde los solares eran algo mayores. El pueblo de Cape Haven estaba organizado de cara al mar, y el valor del terreno disminuía contra más alejado se hallara de la costa. Duchess tenía claro cuál era su lugar: no era casual que su casa estuviera en la calle más alejada del océano.
Formaron detrás de un grupo de niños. Duchess los oyó hablar de los Lakers y de las últimas contrataciones.
Cuando llegaron a la entrada, volvió a atusarle el pelo a Robin y se aseguró de que tuviera bien abotonada la camisa.
—Pórtate bien, ¿eh?
—Claro.
—No le cuentes a nadie lo de mamá.
Lo abrazó, le dio un beso en la mejilla y luego un empujoncito para que entrara. No le quitó los ojos de encima hasta que la señorita Dolores se hizo cargo de él. Entonces, se marchó por la acera llena de niños.
Agachó la cabeza mientras pasaba frente a un grupito sentado en unos escalones: Nate Dorman y sus amigos.
Con el cuello de la camisa subido y las mangas de la camisa arrolladas sobre los flacos bíceps, Nate le espetó:
—He oído que tu madre ha vuelto a joderla.
Risas.
Duchess se dio la vuelta y se plantó delante de él.
Nate no se arredró.
—¿Pasa algo?
Duchess lo miró a los ojos.
—Para que lo sepas, yo soy una forajida: Duchess Day Radley. Y tú, Nate Dorman, eres el cobarde de esta película.
—Estás loca.
Duchess dio un paso hacia él. Lo miró tragar saliva.
—Vuelve a mencionar a alguien de mi familia y te corto la cabeza, hijo de puta.
Nate trató de responder con una risa sardónica, pero no lo consiguió. Corrían rumores sobre esa chica: a pesar de la cara bonita y el cuerpo liviano, a veces se le cruzaban los cables hasta tal punto que ni sus amigas se atrevían a intervenir.
Duchess lo apartó desdeñosamente de su camino y lo oyó espirar pesadamente a sus espaldas mientras seguía andando hacia la escuela con los ojos ardiéndole tras otra noche de tormento.
3
Los erosionados acantilados se extendían a lo largo de un kilómetro y medio hasta que la serpenteante carretera se perdía entre los altos robles de Clearwater Cove. Walk conducía con cuidado, sin pasar de cuarenta.
Tras dejar a Duchess y a Robin, fue a la casa de King, donde rastrilló las hojas muertas del caminillo y limpió un poco el jardín. Llevaba treinta años haciéndolo: formaba parte de su inmutable rutina.
Una vez en la comisaría, se acercó al mostrador de la entrada y saludó a Leah Tallow. Sólo eran ellos dos; Walk, de servicio todos y cada uno de los días de su vida. Por la ventana veía pasar las estaciones y a los veraneantes que llegaban y se marchaban. Muchas veces se dejaban alguna que otra cesta de pícnic: vinos, quesos y chocolates que lo obligaban a hacerle un nuevo agujero a su cinturón cada año.
Tenían una ayudante, Valeria Reyes, que iba cuando la necesitaban o simplemente cuando se aburría de cuidar el jardín de su casa.
—¿Estás preparado para lo de hoy? —preguntó Leah—. Porque ya sabes: hoy sale King.
—Estoy preparado desde hace treinta años. —Walk procuró sonreír lo justo—. Salgo un momento. Cuando vuelva te traigo unas pastas.
Recorrió la calle Mayor como todas las mañanas, andando al estilo de los policías que había visto en la tele. En su día probó a llevar bigote, como Magnum; tomaba notas cuando veía la serie Crímenes imperfectos; incluso llegó a comprarse una gabardina beige: si un día se topaba con un caso de verdad, estaría preparado.
Vio las banderas pendiendo de las farolas, los relucientes monovolúmenes aparcados junto a las aceras, las verdes marquesinas proyectando sombras sobre la acera impoluta. Vio el Mercedes de los Patterson estacionado en doble fila, pero no iba a ponerles una multa; quizá le haría una advertencia amigable a Curtis la próxima vez que lo viera. Apretó el paso al pasar frente a la carnicería, pero Milton salió a toda prisa al escalón de la entrada. Llevaba el mandil salpicado de sangre y un trapo en la mano, como si fuera posible quitar las manchas que tenía en las palmas.
—Buenos días, Walk.
Era un hombre tremendamente peludo: un espeso vello rizado cubría cada centímetro de su cuerpo. Estaba obligado a afeitarse hasta más arriba de los pómulos tres veces al día, de otro modo corría el riesgo de que un empleado del zoológico se confundiera al verlo por la calle y le disparase un dardo sedante.
En el escaparate había ciervo, tan fresco que la víspera había estado pastando en libertad junto a Mendocino. Milton era cazador. Llegada la temporada, le faltaba tiempo para encasquetarse el gorro con orejeras y meter las escopetas, las lonas impermeabilizadas y la neverita con cervezas en la caja de su pick-up Comanche. Walk había salido una vez con él, cuando se quedó sin más pretextos.
—¿Ya has hablado con Brandon Rock? —Milton pronunció cada palabra trabajosamente, como quien se ha quedado sin aliento después de una larga parrafada, hasta finalmente escupir el nombre.
—Aún no.
Brandon Rock tenía un Ford Mustang cuyo tubo de escape petardeaba con tanto estrépito que la gente llamaba a comisaría. El asunto empezaba a ser fastidioso de veras.
—Me he enterado de lo de Star. Otra vez lo mismo, ¿no?
Se enjugó el sudor de la frente con el trapo ensangrentado. Corría el rumor de que no comía otra cosa que carne, y eso pasaba factura.
—Star está bien; esta vez sencillamente se puso enferma.
—Lo vi todo. Qué vergüenza... con los dos niños de por medio.
Milton vivía justo enfrente de Star. Comandaba el menguante «grupo de vigilancia» del barrio, pero su interés por ella y sus hijos tenía más que ver con su propia existencia solitaria.
—Siempre te las arreglas para verlo todo, Milton. Igual tendrías que haberte hecho policía.
Milton agitó la mano.
—Bastante tengo con llevar el grupo de vigilancia. Anoche tuvimos un diez cincuenta y uno.
—Un coche mal aparcado.
Milton utilizaba los códigos de la policía con asiduidad e imprecisión.
—Star tiene suerte de que cuides de ella. —Se sacó un palillo del bolsillo y procedió a mondarse los dientes—. Estaba pensando en Vincent King. Hoy es el día, ¿no? Al menos eso dice la gente.
—Sí, hoy es el día.
Walk se agachó, recogió una lata de refresco y la tiró a la papelera. Notó el sol ardiente en el cogote.
Milton lanzó un silbido y dijo:
—Treinta años, Walk.
Tendrían que haber sido diez, en el peor de los casos, pero King la había armado en la cárcel. Walk no había llegado a leer el informe completo, tan sólo sabía que su amigo de la niñez tenía dos muertes en su historial. Los diez años se convirtieron en treinta, el homicidio involuntario en asesinato, el muchacho en un hombre.
—Sigo acordándome del día en que pasó todo aquello. De cuando fuimos por el bosque, ¿recuerdas? Y bien, ¿King vuelve a Cape Haven?
—Eso creo.
—Pues dile que venga a verme si le hace falta algo. Mejor dicho, ¿sabes qué, Walk? Se me ocurre que igual podría reservarle un par de manitas de cerdo. ¿Qué te parece la idea?
Walk buscó la respuesta adecuada.
—En fin. —Milton se aclaró la garganta y miró al suelo—. Esta noche va a haber una superluna. Valdrá la pena verlo, y justo acabo de comprarme un telescopio Celestron nuevo. Aún tengo que instalarlo, pero si quieres pasarte...
—Tengo cosas que hacer, ¿lo dejamos para otra vez?
—Claro. Pero vuelve por aquí a la que estés fuera de servicio. Puedo darte el cuello. —Señaló el ciervo con el mentón.
—No, por Dios. —Walk dio un paso atrás, se palmeó el estómago y añadió—: Tengo que...
—No te preocupes, que es carne muy magra. Si la estofas bien queda realmente buena. Te ofrecería el corazón, pero huele realmente fuerte cuando lo haces a la parrilla.
Walk cerró los ojos, notando las náuseas. La mano le temblaba. Milton lo notó e hizo amago de añadir alguna cosa, pero Walk se apresuró a marcharse.
No vio a nadie alrededor, así que tragó un par de comprimidos.
Era dolorosamente consciente de su adicción.
Pasó por delante de tiendas y cafés, saludó a unas cuantas personas, ayudó a la señora Astor a cargar las bolsas de la compra en el coche, dejó que Felix Coke le diera la tabarra sobre el tráfico en Fullerton.
Se detuvo ante la Brant’s Delicatessen, cuyo escaparate mostraba hileras de pastas y quesos.
—¿Qué tal, jefe Walker?
Era Alice Owen con el pelo recogido y una espesa capa de maquillaje, pese a la ropa de gimnasia. Llevaba en brazos un perrillo en miniatura de raza desconocida, tan flaco que se podían contar las costillas en sus costados temblorosos. Cuando Walk acercó la mano para acariciarlo, el animal gruñó y enseñó los dientes.
—¿Te importaría vigilar un momentito a Lady mientras recojo una cosa? Vuelvo en un segundo.
—Claro. —Hizo amago de coger la correa.
—Huy, no puede estar en el suelo: acaban de cortarle las uñas y las tiene muy sensibles.
—Las garras, querrás decir
Sin responder, Alice le puso la perra en los brazos y entró en el local.
A través del escaparate, Walk la vio pedir algo en el mostrador y ponerse a charlar con otro veraneante. Esperó diez minutos con la perra resollándole en la cara.
Cuando Alice salió por fin, iba cargada de bolsas, de modo que Walk la acompañó hasta su monovolumen y esperó a que terminara de meterlas en el maletero. Alice le dio las gracias, rebuscó en una bolsa de papel y le dio un cannolo. Walk se hizo de rogar, pero en cuanto abandonó la calle Mayor se lo zampó en dos bocados.
Caminó por Cassidy y luego tomó un atajo por Ivy Ranch Road. Al llegar a la casa de Star, se quedó un momento en el porche, escuchando la música que llegaba del interior.
Star abrió la puerta cuando él se disponía a llamar con los nudillos y lo recibió con la clase de sonrisa que hacía imposible que se diera por vencido con ella. Se veía demacrada, pero hermosa; envejecida, pero con los ojos todavía brillantes. Llevaba puesto un delantal rosado, como si estuviera horneando algo. Walk sabía que su alacena estaba vacía.
—Buenas tardes, jefe Walker...
A Walk se le escapó una sonrisa, muy a su pesar.
Un ventilador giraba perezoso; había calvas en el enyesado de las paredes; las cortinas estaban medio sueltas de sus anillas, como si Star no hubiera sido lo bastante rápida a la hora de dejar fuera la luz del día. Los Lynyrd Skynyrd cantaban las glorias de Alabama en la radio a todo volumen mientras Star cruzaba la cocina contoneándose al son de la música y metía botellas de cerveza vacías y cajetillas de Lucky Strike estrujadas en una bolsa de basura. Le sonrió a Walk y su rostro pasó a ser el de una muchacha. Seguía siendo la de siempre: vulnerable, aquejada de problemas, problemática.
Se volvió un momento para tirar un cenicero de papel de aluminio al interior de la bolsa. Sobre el hogar había una foto: ellos dos a los catorce años, prestos e impacientes, ansiosos de que el futuro llegara por fin.
—¿Qué tal tu cabeza?
—Nunca la he tenido mejor. Ahora pienso con claridad, Walk. Gracias... ya sabes: por todo lo que hiciste anoche. Pero bueno, creo que quizá me hacía falta, tú ya me entiendes. Ahora sí que es la última vez, ahora lo veo todo claro.
Se golpeteó la sien con el índice y siguió con su labor sin dejar de menearse al son de la música:
—Los niños no vieron nada, ¿verdad?
—¿Vamos a hablar del asunto ahora mismo?
La música fue desvaneciéndose y Star se quedó quieta por fin. Se enjugó el sudor de la frente y se recogió bien el cabello.
—Son cosas que pasan. ¿Duchess está al corriente?
Star haciéndole preguntas sobre su propia hija.
—El pueblo entero está al corriente.
—¿Y él...? ¿Tú crees que él ha cambiado?
—Todos cambiamos, ¿no crees?
—Tú no, Walk. —Lo dijo como un piropo, pero a él le sonó a burla.
Walk no había visto a Vincent en cinco años, por más que lo había intentado. Al principio lo visitaba a menudo, iba con Gracie King en el viejo Regal. La decisión del juez que envió a un chaval de quince años a una cárcel de mayores había sido fría y cruel... El padre de Star compareció para hablar de Sissy, de la niña en que estaba convirtiéndose. Enseñaron fotos del lugar de los hechos, de sus piernecitas, de su manita cubierta de sangre. Llamaron al estrado a Hutch, el director del instituto, quien dijo cómo era Vincent: problemático.
Y llegó el turno de Walk. Su padre no le quitaba los ojos de encima; vestido con una camisa marrón, la honradez pintada en el rostro. Era capataz en Tallow Construction, cuya fábrica, dos pueblos más allá, convertía los sueños de los hombres en humo que salía por la chimenea. Walk lo acompañó aquel mismo verano para hacerse una idea. Vestido con un mono, lo observó todo atentamente: los muchos tonos de gris, las tuberías y andamios intrincados como intestinos; una catedral metálica.
En el juzgado, sus ojos se cruzaron con la orgullosa mirada de su padre y él terminó por revelar las detalladas verdades que sellaron la suerte de su amigo.
—Lo mejor es pasar página —dijo Star.
Walk preparó café y salieron a beberlo al porche. Los pájaros posados en el columpio aletearon y remontaron perezosamente el vuelo cuando Walk se apoltronó en una silla vieja.
Star se abanicó el rostro con la mano.
—¿Vas a ir a recogerlo?
—Me dijo que no lo hiciera. Le escribí, ¿sabes?
—Pero igualmente vas a ir.
—Sí, voy a ir.
—No le digas nada de... no le hables de mí, no le cuentes nada.
Agitaba las rodillas, tamborileaba con los dedos en el brazo de la silla; rebosaba de energía a la espera del momento de la verdad.
—Vincent me hará preguntas.
—No quiero verlo aquí: no me veo capaz de verlo en mi casa.
—Entendido.
Star prendió un cigarrillo y cerró los ojos.
—Bueno, hay un nuevo programa para personas que... —empezó a decir Walk.
—Déjalo, no te molestes. —Star levantó la mano—. Ya te lo he dicho: prefiero pasar página.
Habían probado una terapia: durante años y años, Walk estuvo llevándola en coche a Blair Peak una vez al mes. El psicólogo parecía saber lo que hacía, los progresos eran evidentes. Walk la dejaba en la consulta y se metía en una cafetería a esperar tres horas seguidas, a veces más, hasta que ella lo llamaba por el móvil. Algunos días llevaban a los críos, mudos en el asiento trasero, mirando al frente mientras su inocencia iba quedándose atrás, rezagada tras el automóvil, perdiéndose de vista para siempre.
—Esto no puede seguir así.
—¿Sigues tomando esas pastillas, Walk?
Quiso responderle que su caso era distinto, pero ¿era verdad? Ellos dos habían sido las víctimas colaterales, simple y llanamente.
Star se estiró y le apretó la mano: no había sido su intención lastimarlo.
—Me parece que tienes una mancha de leche en la camisa.
Walk miró abajo y a Star se le escapó la risa.
—¡Menuda pareja hacemos! Voy a decirte una cosa: a veces me siento igual que antes.
—¿Que antes?
—Igual que a los quince años, chico.
—Nos hacemos mayores.
Star sopló un perfecto círculo de humo.
—Yo no, Walk. Tú te haces mayor, pero yo apenas voy empezando.
Walk soltó una risotada y Star hizo lo propio. Menuda pareja hacían: habían pasado treinta años y seguían siendo un par de niños que se divertían diciendo la primera chorrada que les venía a la cabeza.
Pasaron otra hora en silencio sabiendo que los dos estaban pensando en lo mismo, pero sin decirlo: en el regreso de Vincent King.
4
Walk conducía con un ojo puesto en el mar, sus destellos dorados, la espuma de los rompientes.
Condujo ciento cincuenta kilómetros al este, hasta la penitenciaría del condado de Fairmont.
Las nubes de tormenta se acumulaban como suelen acumularse los despropósitos. Los hombres en el patio se detenían para mirar el cielo.
Walk entró en un vasto solar que servía de aparcamiento y apagó el motor. Se oían timbrazos, gritos; el rumor de aquella triste ola de almas enjauladas desplegándose por extensas llanuras sin Dios.
Aquel no era lugar para un muchacho de quince años, sin importar las circunstancias. El juez no mostró emoción alguna cuando anunció la insólita pena de prisión mayor: un correctivo a un mundo de distancia de las maneras de aquel juzgado en Las Lomas. A veces, Walk pensaba en el enormes daño infligido aquella noche a tantas personas: una telaraña de sufrimiento que transformó lo nuevo en viejo y pudrió lo que un segundo antes estaba lleno de vida. Lo veía en Star y lo había visto en el padre de ésta, por no hablar de Duchess, quien arrastraba consigo lo sucedido una noche muy anterior a su nacimiento.
Unos nudillos golpearon el cristal, Walk bajó del todoterreno y le sonrió al director de la prisión: Cuddy, alto y fibroso, aparentemente ceñudo. Las apariencias engañaban en su caso: a pesar del semblante extenuado y endurecido por el roce con personas cuya compañía no había elegido, Cuddy siempre había sido amigable y bondadoso.
—Vincent King —dijo sonriendo—. Los de Cape Haven cuidáis a vuestra gente, está claro. ¿Cómo os va por allí? ¿El lugar sigue siendo una bendición del cielo?
—Tal cual.
—Debo decir que ojalá tuviera cien hombres más como Vincent. Mis chicos dicen que muchos días incluso se olvidan de que está allí.
Cuddy echó a andar y Walk fue tras él. Cruzaron una verja, después otra, y entraron en un edificio achaparrado con las paredes de color verde. Cuddy le explicó que las repintaban cuatro veces al año.
—El verde es el color más relajante para el ser humano: transmite compasión y transformación personal.
Walk vio a un par de hombres pertrechados con sendos cepillos reseguir cuidadosamente el rodapié, atentos al detalle, con la boca fruncida por la concentración.
Cuddy le puso la mano en el hombro.
—Walk, Vincent King ha cumplido su condena, pero no va a ser fácil hacérselo entender. Si necesitas ayuda, me llamas.
Walk se quedó de pie en la sala de espera y contempló las extensas vistas y a los hombres que daban vueltas en el patio con la cabeza alta, como si Cuddy les hubiera enseñado que la vergüenza era un pecado. De no ser por el vallado de alambre que hendía brutalmente el paisaje, la escena lo habría dejado sin aliento. Algo en ella recordaba aquel cuadro Nuestra buena tierra, que John Steuart Curry pintó para que lo convirtieran en un cartel en la Segunda Guerra Mundial. En el fondo, aquellos hombres vestidos con monos carcelarios continuaban siendo los mismos niños perdidos del pasado.
Vincent llevaba cinco años negándose a recibir visitas, así que, de no ser por sus ojos, que seguían siendo intensamente azules, Walk quizá habría tenido problemas para reconocerlo: alto y muy delgado, casi cadavérico, con las mejillas chupadas, muy distinto del quinceañero fanfarrón que en su día había entrado en ese lugar.
Vincent sonrió al verlo. Su sonrisa lo había metido en más problemas —y sacado de más problemas— de lo que Walk podía recordar. «Quien tuvo, retuvo», se dijo mirando a su amigo. Daba igual lo que la gente dijera, las advertencias de que la cárcel te cambiaba para siempre: «Quien tuvo, retuvo.»
