CAPÍTULO 1
La carretera, los bosques y el pozo I
El padre Brian Flynn, coadjutor de la parroquia de San Agustín de Rossmore, odiaba la festividad de Santa Ana con una pasión inusitada para un sacerdote católico. Pero claro, que supiera, él era el único sacerdote en el mundo que tenía un próspero pozo de Santa Ana en su parroquia, un santuario de dudoso origen. Un lugar donde los feligreses se reunían para pedir a la madre de la Virgen María que intercediera por ellos en diferentes cuestiones, principalmente en asuntos de carácter íntimo y personal. Terrenos en los que un vulgar párroco no podía entrar, como buscarles un novio o un marido y luego bendecir dicha unión con un hijo.
Roma, para variar, se mantenía al margen del tema del pozo, lo que no era de gran ayuda.
Lo que estaba haciendo Roma, probablemente, era guardarse las espaldas, pensaba el padre Flynn con amargura. Los de allí debían de alegrarse de que aún quedara cualquier tipo de práctica pía en una Irlanda cada vez más laica y no querrían acabar con ella. Sin embargo ¿no se había apresurado Roma a decir que los ritos y supersticiones paganos no tenían cabida entre los seguidores de la fe? Como decía Jimmy, aquel médico joven y simpático del pueblo de Doon, situado a unos kilómetros de allí, eso era una contradicción. Decía que sucedía exactamente lo mismo con la medicina: nunca había una norma cuando te hacía falta, sólo cuando no la necesitabas para nada.
Cada 26 de julio se celebraba una ceremonia a la que acudía gente de todas partes a rezar y a adornar el pozo con guirnaldas y flores. Al padre Flynn siempre le pedían que pronunciara unas palabras, y cada año eso le angustiaba. No podía decirle a toda aquella gente que el hecho de que cientos de personas recorrieran todo aquel camino para ir a ver una estatua desportillada, situada al fondo de una cueva al lado de un viejo pozo en medio de los bosques de Whitethorn, era casi idolatría.
Por lo que había leído y estudiado, santa Ana y su marido san Joaquín eran personajes borrosos que, muy probablemente, habían sido confundidos en algunas historias con la Ana del Antiguo Testamento que creía que nunca podría tener hijos, pero que finalmente concibió a Samuel. Y por muchas cosas que hubiera hecho santa Ana durante su vida, hacía dos mil años, seguro que ninguna de ellas habría sido visitar Rossmore, en Irlanda, buscar un sitio adecuado en el bosque y hacer un pozo sagrado que nunca se secara.
Eso era prácticamente seguro.
Sin embargo, intentar decírselo a algunas personas de Rossmore era buscarse problemas. Así que cada año acudía y murmuraba una decena del rosario, lo cual no podía ofender a nadie, y pronunciaba una pequeña homilía sobre la bondad, la tolerancia y la amabilidad para con el prójimo, algo a lo que solían hacer oídos sordos.
El padre Flynn pensaba que ya tenía suficientes problemas como para añadir a santa Ana y su credibilidad a la lista. La salud de su madre cada vez les preocupaba más y se acercaba rápidamente el día en que ya no podría seguir viviendo sola. Su hermana Judy le había escrito para decirle que le parecía muy bien que él hubiera elegido una vida de soltería y celibato, pero que desde luego ella no lo había hecho. Todos los compañeros de su trabajo estaban casados o eran gays. Estaba demostrado que las agencias matrimoniales estaban llenas de psicópatas, y en las clases nocturnas sólo conocía a perdedores depresivos, así que iría al pozo que estaba cerca de Rossmore y le pediría a santa Ana que solucionara su problema.
Su hermano Eddie había abandonado a su esposa Kitty y a sus cuatro hijos para encontrarse a sí mismo. Brian había ido en busca de Eddie —que se había encontrado a sí mismo yéndose a vivir confortablemente con Naomi, una chica veinte años más joven que la esposa a la que había abandonado— y no había visto su preocupación demasiado recompensada.
—Que tú no seas un hombre normal no significa que el resto tengamos que hacer voto de castidad —le había dicho Eddie riéndose en sus narices.
A Brian Flynn le había sentado fatal. Él pensaba que era un hombre normal. Por supuesto que había deseado a alguna mujer, pero había hecho un pacto. Las reglas, por el momento, decían que si quería ser sacerdote, nada de matrimonio, de hijos ni de tener una vida familiar.
El padre Flynn siempre se decía a sí mismo que llegaría un día en que esa regla cambiaría. Ni siquiera el Vaticano podía permanecer impasible viendo cómo tanta gente abandonaba el sacerdocio a causa de una regla hecha por el hombre y no por Dios. Cuando Jesús estaba vivo, todos los apóstoles eran hombres casados, las reglas del juego habían cambiado mucho más tarde.
Además, todos los escándalos de la Iglesia seguramente acabarían por provocar que los cardenales conservadores, que iban a cámara lenta, se dieran cuenta de que estaban en el siglo XXI y que debían hacer algunos cambios.
La gente ya no respetaba por sistema a la Iglesia y a los sacerdotes.
Ni mucho menos.
Hoy en día casi no había vocaciones para el sacerdocio. Brian Flynn y James O’Connor habían sido las dos únicas ordenaciones de la diócesis desde hacía ocho años. Y James O’Connor había dejado la Iglesia porque le había indignado la manera en que un viejo sacerdote que cometía abusos había sido protegido y cómo le habían permitido eludir cualquier tipo de pena o castigo encubriéndolo.
Brian Flynn seguía en la brecha, pero a duras penas.
Su madre no se acordaba de él, su hermano le despreciaba y ahora su hermana Judy iba a viajar desde Londres para visitar ese agrietado pozo pagano mientras se preguntaba si sería más efectivo ir el día de la fiesta de la santa.
El párroco del padre Flynn, el canónigo Cassidy, era un anciano amable que siempre elogiaba al joven coadjutor por su duro trabajo.
—Seguiré aquí mientras pueda, Brian. Cuando me retire, ya te considerarán lo suficientemente mayor y te dejarán a ti la parroquia —solía decir el padre Cassidy.
Tenía muy buenas intenciones y quería evitar la ignominia de que nombraran a algún arrogante y difícil párroco como superior del padre Flynn. Aunque, a veces, Brian Flynn se preguntaba si no sería mejor que la naturaleza siguiera su curso: ingresar al canónigo Cassidy en un hogar para religiosos ancianos y que viniera otra persona, fuera quien fuera, para colaborar en las tareas parroquiales.
La verdad era que el número de personas que asistían a los oficios religiosos había descendido muchísimo debido a su juventud. Pero la gente todavía necesitaba bautizarse, hacer la primera comunión, confesarse; necesitaban que los casaran y que los enterraran.
Otras veces, como cuando en verano vino un sacerdote polaco para ayudarle, Brian Flynn pensaba que se las arreglaría mejor solo. El sacerdote polaco del año anterior se había pasado semanas haciendo guirnaldas para santa Ana y su pozo.
No hacía mucho tiempo, había ido a la escuela primaria de Saint Ita’s y había preguntado si alguna de las alumnas quería ser monja de mayor. No era una pregunta descabellada para unas niñas que asistían a una escuela católica. Se habían quedado perplejas. Ninguna de ellas sabía lo que eso quería decir. De pronto una alumna pareció entenderlo:
—¿Es lo mismo que en la película Sister Act?
El padre Flynn tuvo la sensación de que, definitivamente, el mundo se estaba acabando.
A veces, cuando se levantaba por la mañana, el día se extendía ante él confuso y apabullante. Aun así, tenía que ponerse en marcha, darse una ducha e intentar peinar su cabello pelirrojo, que siempre se le ponía de punta. Luego preparaba una taza de té con leche y una tostada con miel para el canónigo Cassidy.
El anciano siempre se lo agradecía tan encarecidamente que el padre Flynn se sentía muy recompensado. Abría las cortinas, ahuecaba las almohadas y hacía algún alegre comentario sobre cómo marchaba el mundo. Después iba a la iglesia y decía la misa diaria para un número cada vez menor de creyentes. Luego iba a casa de su madre con el corazón en un puño, porque no sabía cómo se la encontraría.
Invariablemente, ella estaba sentada delante de la mesa de la cocina con la mirada perdida y sin hacer nada. Él le explicaba, como siempre, que era su hijo, un sacerdote de la parroquia, y le preparaba gachas y un huevo hervido para desayunar. Luego bajaba andando la calle Castle con el corazón encogido hasta la tienda de Skunk Slattery, donde compraba dos periódicos: uno para el canónigo y otro para él mismo. Eso normalmente implicaba algún tipo de discusión intelectual con Skunk sobre la libertad de pensamiento o la predestinación, o sobre cómo era posible que un Dios bondadoso permitiera que hubiese un tsunami o una hambruna. Cuando llegaba a la casa parroquial, Josef, el cuidador letón, ya estaba allí y ya había levantado al canónigo Cassidy, lo había aseado y vestido y le había hecho la cama. El canónigo estaba sentado esperando su periódico. Más tarde, Josef llevaba al anciano a dar un agradable paseo hasta la iglesia de San Agustín, donde decía sus oraciones con los ojos cerrados.
Al canónigo Cassidy le gustaba tomar sopa a la hora de la comida y, en ocasiones, Josef lo acompañaba a un restaurante, pero normalmente llevaba al delicado y pequeño personaje a su propia casa, donde su esposa Anna le servía un cuenco de algún guiso casero y, a modo de agradecimiento, el canónigo le enseñaba palabras y frases en inglés.
Tenía un interés ilimitado por la tierra natal de Josef y Anna y les pedía que le enseñaran fotografías de Riga, de la que decía que era una ciudad preciosa. Josef tenía tres trabajos más: limpiaba la tienda de Skunk Slattery, llevaba las toallas de la peluquería de Fabian a la lavandería Fresca como una Rosa y tres veces a la semana cogía un autobús hasta la casa de Nolan, donde ayudaba a Neddy Nolan a cuidar a su padre.
Anna también tenía varios trabajos: limpiaba los apliques de bronce del banco y de algunos de los edificios de oficinas que tenían fuera letreros de aspecto importante; trabajaba en la cocina del hotel durante la hora del desayuno fregando platos; desempaquetaba las flores que venían del mercado para los floristas y las metía en grandes baldes de agua. Josef y Anna estaban maravillados por el bienestar y las oportunidades que habían encontrado en Irlanda. Aquí una pareja podía ahorrar una fortuna.
Contaban al canónigo Cassidy que tenían un plan a cinco años vista: estaban ahorrando para comprarse una tiendecita en las afueras de Riga.
—¿Vendrá a visitarnos a Riga? —preguntaba Josef.
—Os veré desde arriba y bendeciré vuestro negocio —decía el canónigo con naturalidad, anticipándose lo mejor en la otra vida.
En ocasiones, el padre Flynn sentía envidia de él.
El anciano todavía vivía en un mundo de certezas, donde un sacerdote era importante y respetado; un mundo donde había una respuesta para cada pregunta. En los tiempos del canónigo Cassidy, cada día había cientos de trabajos que un sacerdote podía hacer. Y no había suficientes horas para realizarlos. Al sacerdote lo buscaban, lo esperaban y lo necesitaban en todos los acontecimientos de la vida de sus feligreses. Hoy en día, había que esperar sentado a que solicitaran su presencia. El canónigo Cassidy había aparecido sin ser invitado ni anunciado en todas las casas de la parroquia. El padre Flynn había aprendido a ser más cauto. En la Irlanda moderna, incluso en un pueblo como Rossmore, había muchos que no recibirían con gusto la aparición de un alzacuello católico en su puerta.
Así que, mientras Brian Flynn bajaba la calle Castle, sólo tenía media docena de planes. Tenía que ir a visitar a una familia polaca y organizar el bautizo de sus gemelos para el sábado siguiente. Le preguntaron si la ceremonia podía ser oficiada al lado del pozo. El padre Flynn intentó controlar su irritación. No, tendrá lugar en la pila bautismal de la iglesia de San Agustín.
Luego fue a la cárcel a visitar a un recluso que había solicitado sus servicios. Aidan Ryan era un hombre violento cuya mujer había roto finalmente su silencio de años y él había admitido que le pegaba. No mostraba ningún tipo de pena ni remordimiento, lo que quería era contarle una incoherente historia sobre que todo era culpa de ella, ya que hacía muchos años le había vendido su bebé a alguien que pasaba por la calle.
El padre Flynn bendijo una residencia de ancianos de las afueras de Rossmore que tenía el ridículo nombre de Helechos y Plumas. El dueño argumentaba que, ya que Irlanda era multicultural, sería mejor no ponerle a todo nombres de santos. Parecían contentos de verle y le enseñaron sus diferentes proyectos de jardinería. Hubo un tiempo en que todas esas residencias estaban dirigidas por religiosos, aunque esa tal Poppy parecía estar haciendo un buen trabajo.
El padre Flynn tenía un viejo y destartalado coche para trasladarse. Raramente lo usaba dentro del pueblo de Rossmore, ya que el tráfico era muy malo y aparcar resultaba casi imposible. Había rumores de que iban a construir una gran carretera de circunvalación, una carretera amplia para el tráfico de vehículos pesados. La gente ya se había pronunciado al respecto. Algunos decían que haría que el pueblo se quedase sin vida, otros alegaban que devolvería a Rossmore parte de su antiguo encanto.
La siguiente visita que tenía que hacer el padre Flynn era a casa de los Nolan.
Los Nolan eran una familia que le gustaba mucho. El anciano, Marty, era un personaje alegre lleno de historias sobre el pasado; hablaba de su última esposa como si aún estuviera allí, y a menudo le hablaba al padre Flynn de la milagrosa curación que en su momento le había sido concedida en el pozo de Santa Ana, que le había proporcionado veinticuatro meses más de buena vida. Su hijo era un hombre muy honrado, él y su nuera Clare siempre parecían contentos de verle. El padre Flynn había asistido al canónigo en su boda hacía algunos años.
Clare, que era profesora en Saint Ita’s, le dijo al párroco que en la escuela no hacían más que hablar de la nueva carretera que iban a construir en Rossmore. De hecho ella les había pedido a sus alumnas que hicieran un trabajo sobre ese tema. Lo raro era que, por lo que decían o se podía deducir, la carretera pasaría justo por allí, por el medio de su propiedad.
—Obtendréis una buena compensación si efectivamente atraviesa vuestras tierras —dijo el padre Flynn con admiración. Era reconfortante ver que las buenas personas recibían su recompensa en esta vida.
—Pero, padre, nunca permitiríamos que atravesara nuestras tierras —dijo Marty Nolan—. Ni en un millón de años.
El padre Flynn se sorprendió. Normalmente, los pequeños agricultores rezaban para tener un golpe de suerte así. Para poder ganar una pequeña fortuna por accidente.
—Verá, si pasara por aquí significaría que arrasarían los bosques de Whitethorn —explicó Neddy Nolan.
—Y eso significaría la desaparición del pozo de Santa Ana —añadió Clare. No fue necesario explicar que ése había sido el pozo que le había otorgado a su suegra otro cuarto de siglo de vida. Ese hecho quedó flotando en el aire de manera tácita.
El padre Flynn volvió a meterse en su pequeño coche con el corazón encogido. Ese estúpido pozo se convertiría de nuevo en motivo de división del pueblo. Hablarían aún más de él, discutirían más si merecía la pena, reivindicaciones a favor y en contra. Con un profundo suspiro, deseó que las excavadoras hubieran aparecido de repente y hubieran echado abajo el pozo. Se habrían ahorrado muchos problemas.
Kitty no estaba muy animada.
—Supongo que querrás comer algo —dijo muy poco educadamente. Brian Flynn echó un vistazo a la desordenada cocina; los platos del desayuno estaban sin fregar, la ropa de los niños sobre las sillas y todo estaba hecho un desastre.
—No, estoy bien así —dijo mientras buscaba una silla para sentarse.
—Sí, es mejor que no comas nada, supongo que te cebarán como a un cerdo en todas esas casas que visitas; no es de extrañar que hayas cogido un poco de peso.
Brian Flynn se preguntó si Kitty siempre habría sido una amargada. No se acordaba. Tal vez lo que la había hecho cambiar había sido la fuga de Eddie con la joven y sexy Naomi.
—He estado en casa de mi madre —dijo vacilante.
—¿Y ha soltado alguna palabra?
—Pues la verdad es que pocas, y ninguna de ellas con demasiado sentido —dijo cansinamente.
Pero no obtuvo ningún tipo de compasión por parte de Kitty.
—Bueno, no puedes esperar que llore amargamente por ella, Brian. Cuando aún conservaba el juicio, yo nunca fui lo suficientemente buena para su maravilloso hijo Eddie, así que por mí se puede quedar ahí sentada y apañárselas ella sola. Ésa es mi opinión. —La cara de Kitty era dura. Llevaba una chaqueta sucia y el pelo enmarañado.
Por un instante, el padre Flynn sintió un poco de pena por su hermano. Si podía elegir a cualquier mujer de su alrededor, lo que al parecer era el caso de Eddie, Naomi era la opción más fácil y divertida. Pero entonces se recordó a sí mismo las obligaciones de los hijos y los votos, y el pensamiento se desvaneció.
—Nuestra madre no podrá arreglárselas sola durante mucho más tiempo, Kitty; estoy pensando en vender su casa e internarla en una residencia.
—Bueno, en cualquier caso yo no esperaba nada de esa casa, así que adelante, por mí hazlo.
—Hablaré con Eddie y con Judy sobre este asunto, para saber qué opinan —dijo.
—¿Con Judy? Vaya, ¿es que su alteza se digna a coger el teléfono alguna vez allá en Londres?
—Va a venir a Rossmore dentro de un par de semanas —dijo el padre Flynn.
—Que ni se le ocurra pensar en quedarse aquí. —Kitty miró a su alrededor de forma posesiva—. Ésta es mi casa; es todo lo que tengo, no voy a permitir que la familia de Eddie la ocupe.
—No, no había pensado ni por un momento que ella quisiera…, quisiera… echarte. —Esperaba que su voz no dejara entrever que Judy nunca se quedaría en una casa así.
—¿Y entonces adónde piensa ir? No puede quedarse contigo y con el canónigo.
—No. A algún hotel, supongo.
—Bueno, Lady Judy se lo puede permitir, a diferencia del resto de nosotros —se lamentó Kitty.
—Estaba pensando en Helechos y Plumas para nuestra madre. Estuve allí ayer, todos parecen estar muy contentos.
—Es una residencia protestante, Brian, y el párroco no puede enviar a su propia madre a un lugar de protestantes. ¿Qué diría la gente?
—No es una residencia protestante, Kitty —dijo el padre Flynn con suavidad—. Es para gente de todas las religiones, y para los que no son religiosos.
—Es lo mismo —dijo Kitty con brusquedad.
—Pues la verdad es que no lo es en absoluto. Estuve ayer allí dándoles la comunión. Van a abrir una nueva ala para pacientes con alzhéimer la próxima semana. He pensado que tal vez a alguno de vosotros os gustaría ir y echar un vistazo… —Su voz sonó tan cansada como él mismo se sentía.
Kitty se enterneció.
—No es que seas mala persona, Brian, no es por ti. Lo que pasa es que hace siglos que ya nadie tiene respeto por los sacerdotes ni por nada. —Se daba cuenta de que ella intentaba expresar una especie de compasión por él.
—Algunos tienen aún un poco de respeto —dijo sonriendo con los ojos llenos de lágrimas mientras se levantaba para irse.
—¿Por qué sigues con esto? —preguntó acercándose a la puerta.
—Porque dediqué mi vida a ello, firmé o lo que sea, y muy de vez en cuando puedo hacer algo para ayudar. —Parecía compungido.
—De todos modos, yo siempre me alegro de verte —dijo la desagradable Kitty Flynn con la clara intención de insinuar que ella era probablemente la única persona de Rossmore que podía alegrarse vagamente de tenerlo cerca.
Le había dicho a Lilly Ryan que la llamaría y le contaría qué tal le iba a su marido Aidan en la cárcel. Ella todavía lo quería y a menudo lamentaba haber testificado en su contra. Pero parecía la única alternativa, las palizas eran tan violentas últimamente que había terminado en el hospital, y tenía tres hijos.
No estaba de humor para hablar con ella. Pero ¿desde cuándo se trataba del estado de ánimo que tuviera? Se metió en su callejuela con el coche.
El hijo más pequeño, Donal, estaba estudiando el último curso en la escuela Brothers. No estaría en casa.
—Es usted un hombre de fiar, padre.
Lilly estaba encantada de verlo. Aunque no tenía buenas noticias para ella, al menos fue un consuelo que lo consideraran de fiar. Su cocina era completamente diferente a aquella en la que acababa de estar. Había flores en el alféizar de la ventana, cacerolas y ollas de cobre brillante; había una mesa en la esquina donde pasar el rato haciendo crucigramas: todo estaba en su sitio.
Tenía una bandeja de galletas de mantequilla sobre la mesa.
—Mejor no —dijo con pesar—. En la última casa en la que he estado me han dicho que estoy gordo como un cerdo.
—Claro que no lo está —dijo Lilly—. De todos modos puede bajarlo caminando por el bosque. Dígame, ¿cómo estaba hoy?
Y con toda la diplomacia que fue capaz de desplegar, el padre Flynn intentó transformar la visita de esa mañana a Aidan Ryan en una conversación que proporcionase al menos una pizca de consuelo a la esposa a la que en su día había golpeado y a la que ahora se negaba a ver. Una esposa que, según él, había vendido su primer bebé a un desconocido.
El padre Flynn había examinado las noticias de los periódicos de hacía más de veinte años, cuando la bebé de los Ryan había desaparecido del cochecito a la puerta de un centro comercial del pueblo.
Nunca la habían encontrado. Ni viva ni muerta.
El padre Flynn se las arregló para mantener el tono optimista de la conversación soltando una retahíla de tópicos: el Señor era bondadoso, uno nunca sabía lo que iba a suceder, era importante vivir la vida día a día.
—¿Usted cree en santa Ana? —le preguntó Lilly, cambiando de repente de tema.
—Sí, bueno… Por supuesto creo que existió y todo eso… —Empezaba a enfadarse y a preguntarse adónde quería llegar Lilly.
—¿Pero cree que ella está allí escuchándonos, en el pozo? —insistió.
—Todo es relativo, Lilly, quiero decir que el pozo es un lugar al que la gente ha ido a rezar a lo largo de los siglos, y eso en sí mismo conlleva una cierta carga. Y, por supuesto, santa Ana está en el cielo y, como todos los santos, intercede por nosotros…
—Lo sé, padre, yo tampoco creía en el pozo —le interrumpió Lilly—. Pero fui la semana pasada y, sinceramente, es asombroso. Incluso en estos tiempos, todo el mundo sigue yendo allí; se sorprendería.
El padre Flynn dibujó una mirada de asombro complaciente en su rost
