Las herederas de la Singer

Ana Lena Rivera

Fragmento

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1

Ana, 2019

 

 

 

El primer recuerdo de la vieja Singer que me viene a la cabeza es del día que murió Franco. Me levanté antes que de costumbre por el trajín que se oía en nuestro pequeño piso a las afueras de Oviedo, pero no fui al colegio. Mi padre tampoco acudió a trabajar. Tengo grabada en la memoria su imagen mientras fumaba un puro frente al televisor. Se había servido una copa de coñac, como la que se bebía en la sobremesa de los domingos. La radio sonaba en el cuarto de costura, donde me encontraba con mi madre y con la abuela Aurora, las tres solas, porque aquel día las aprendices de modista no llegaron.

Mi madre estaba nerviosa y de mal humor.

«Este hombre nos va a traer problemas. ¿A quién se le ocurre? Con lo que huelen los puros», la oí decir por detrás del petardeo arrítmico y suave de la máquina de coser de la abuela, que debía de volver locos a los vecinos. Tenían que entregar cuatro vestidos para una boda de postín, que se iba a celebrar nada menos que en el hotel de La Reconquista, icono de la elegancia en Oviedo por ser el único cinco estrellas de la ciudad. En pleno diciembre. El padre de la novia estaba enfermo de cáncer y temían que no pudiera asistir si esperaban al verano. La primera prueba la tenían apalabrada para cuatro días después.

«Si es verdad eso de que ha muerto Franco, ¿cómo van a celebrar la boda el mes que viene?», murmuraba mi madre por lo bajini mientras bordaba un fajín de tul para el vestido de la niña de las arras.

Mi abuela Aurora seguía dándole al pedal de la Singer, que por aquel entonces debía de contar casi un siglo. La Singer; mi abuela solo medio.

Mientras tanto yo, sentada en el suelo de madera que crujía cada vez que hacía el más mínimo movimiento y ajena a la conmoción que vivía el país, me peleaba con la aguja y el hilo, intentando dar puntadas iguales en un trozo de tela de arpillera. El dedal infantil que mi madre me obligaba a ponerme me molestaba y, como hacía siempre, me lo quitaba cuando ella no miraba, pero esa mañana no la oí decir las palabras mágicas: «Costurera sin dedal, cose poco y cose mal», que devolvían el pequeño cilindro metálico de nido de abeja a mi dedo corazón.

A las diez de la mañana, la máquina de coser calló, mi abuela miró hacia la radio y mi madre cerró los ojos para escuchar a Arias Navarro que, con la voz entrecortada, confirmaba la noticia de la muerte del Caudillo. Fueron cinco minutos que a mí se me hicieron largos como horas, sentada en el suelo con el corazón encogido y los ojos fijos en la cara de mis antecesoras. Mi madre quieta, casi paralizada; mi abuela, inexpresiva. Cuando aquel hombre terminó de hablar, mi madre abrió los ojos y fui hacia ella para que me abrazara; necesitaba sentir que todo iba bien, pero ella me apartó.

«No va a haber boda», dijo mientras salía del cuarto, como si aquello me importara.

Entonces mi abuela retomó la costura y el ruido cadencioso y constante de la Singer volvió a ser el sonido de fondo en mi casa, como cada día.

Cuarenta y cuatro años después, la noticia de la exhumación de los restos del dictador y su traslado al cementerio de El Pardo me trajo aquel recuerdo. La vieja máquina de coser había adornado durante años una esquina de mi salón de casi ochenta metros, silenciosa y encogida, como si echara de menos los reducidos espacios en los que había habitado tiempo atrás. Y es que mis predecesoras no habían conocido la abundancia. El gran logro de mi madre fue verme casada con Carlos, tan educado, tan empresario y, sobre todo, tan adinerado. Mi casa en La Finca de Madrid, que nunca llegó a ser mía sino de Carlos, fue para ella el símbolo del éxito, su misión cumplida en la vida. En cambio, yo me empequeñecí allí día tras día, igual que la Singer en su rincón. Y tras años de hacernos cada vez más invisibles, ya no quedó sitio en aquella enorme mansión para ninguna de las dos.

 

 

Aurora, 1938

 

El furor sexual de Frutos, Juan Fructuoso Cangas según la partida de bautismo, no fue suficiente para que su mujer concibiera más de un hijo, y ni siquiera fue varón. Condenado a no engendrar más prole que Aurora, Frutos no cejó en su empeño por diseminar la simiente Cangas entre las putas de la cuenca minera asturiana. De cada jornal recién cobrado, la mitad era para que Olvido, su mujer, hiciera frente a los gastos de la casa, y un cuarto para «por si acaso» y otro cuarto para vino y putas. Los cuartos de «por si acaso» rara vez se conocieron entre sí porque los imprevistos, mucho más previsibles de lo que pensaba Frutos, se sucedían mes a mes, aunque sumados a los ingresos extras que su esposa y su hija aportaban a la casa a base de aguja y dedal, las cuentas familiares salieron adelante durante muchos años, incluso los más difíciles, hasta que Auro­ra cumplió los dieciséis.

Fue entonces, una mañana de verano de 1938, mientras las bombas caían sobre el puerto y la población civil de Gijón, cuando, en el pozo Santa Bárbara de Turón, un costero mal fijado caía sobre la espalda de Frutos rompiéndole una vértebra y varias costillas. Algún dios misericordioso obró el milagro y la médula quedó intacta incluso después del rescate, pero dejó a Frutos postrado en una cama, entre dolores y sin jornal. La solidaridad de la mina daba trabajo a los hijos de heridos y fallecidos. Las familias de los mineros no debían pasar hambre: hoy, por el que le hubiera tocado ser la víctima del sacrificio que la mina exigía de forma recurrente y aleatoria; mañana, por el que tuviera la mala suerte de que la desgracia se cebara con él. Lo que no solía ocurrir era que el sacrificado no tuviera hijo o hermano varón para sustituirle.

De modo que un caluroso día de agosto, en plena Guerra Civil, Aurora entró de paleadora en el exterior del pozo, donde cargaba con una pala larga y pesada las vagonetas de carbón que transportaban el mineral extraído hasta el lavadero de La Cuadriella.

Durante la guerra, las mujeres mineras, las carboneras, abundaban: el frente dejaba muchas viudas y huérfanos. Tenían prohibida la entrada a la mina por ley, así que quedaban para ellas los trabajos mal pagados del exterior del pozo, bien cargando las vagonetas con el material extraído en bruto o bien acarreando pesados cubos de agua durante toda la jornada, y del interior del lavadero, clasificando y respirando el polvo del carbón mientras separaban los trozos del preciado mineral de otros restos inútiles.

Aurora había oído rumores de que había mujeres que, con el marido o el padre en el frente, trabajaban en el interior de la mina; aun así le sorprendió verlas entrar, a la vista de todos, en las jaulas que las transportaban decenas de metros bajo tierra. A pesar de que la ley no las considerara aptas para bajar a los túneles, las carboneras de interior, contratadas como paleadoras, limpiadoras, aguadoras o guardabarreras, en realidad arrancaban el carbón de las galerías como hasta entonces lo habían hecho los hombres, hombres que los ejércitos de ambos bandos reclutaban para morir o matar y que dejaban atrás familias enteras a merced de la hambruna y la enfermedad.

El gesto decidido de esas mujeres, que no lograban ocultar la preocupación por lo que sería de sus hijos si ellas no volvían a salir de aquellos túneles mortales, sobrecogieron a Aurora. En aquel momento entendió cuán poco la separaba a ella y a cualquier otra de que ese fuera también su futuro. Una bala, una bomba, un accidente. En un segundo la vida cambiaba, y no solía ser a mejor. Para demostrarlo, allí estaban ella y, unos metros más allá, apiñadas en la jaula de descenso, aquellas car­boneras.

No tuvo Aurora que bajar a la mina para saber lo que era el trabajo duro. La pala, pesada como la lanza de la armadura medieval cuyo dibujo aparecía en uno de los pocos libros que había en su casa, le machacó las manos y los músculos de piernas y espalda antes de que se cumpliera la primera hora de trabajo. No se creía capaz de continuar, pero lo hizo hasta que, al final del turno, sus manos ensangrentadas pudieron por fin descansar. Al día siguiente, provista de vendas y de unos guantes de Frutos que su madre le ajustó durante la noche, volvió a empezar con la penosa tarea de palear el carbón a los vagones.

No llevaba ni dos horas de paleo cuando una compañera la advirtió:

—Ciérrate la blusa, que hoy está don Ceferino por aquí. Lleva un rato dando vueltas y te mira cada vez que pasa. Como un zorro acechando el gallinero.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Aurora, con astucia suficiente para no mirar hacia donde se encontraba don Ceferino, el capataz, quien se encargaba, entre otras cosas, de velar por la seguridad de los mineros.

—Que te andes con cuidado. Que este pieza hoy no está en la oficina, y cuando el oso sale de la cueva, busca presa —respondió su compañera.

Aurora se cerró la blusa y continuó trabajando en silencio. Aquel día vio merodear a don Ceferino por la zona de las paleadoras más de una vez, pero hizo como si no se percatara de su presencia. Cargó carbón con el cuerpo molido, las manos aliviadas por los guantes y el corazón desbocado cada vez que se acercaba el depredador.

La jornada terminó por fin y, cubierta de polvo negro y empapada en sudor, Aurora emprendió el camino de vuelta a casa. Dos kilómetros y medio que hizo sola, caminando, separada del grupo de mujeres que, igual de cansadas y doloridas, tenían tan pocas ganas de cháchara como ella. Necesitaba pensar para encontrar la forma de librarse de aquel injusto castigo que la vida le había puesto a raíz del accidente de su padre. Miró las montañas que rodeaban el valle, inmensas, tupidas de un verde oscuro casi negro, que brillaban con la claridad anaranjada del atardecer emitiendo pequeños reflejos de colores por efecto de la luz sobre el polvo de carbón. ¡Qué bonitas eran por fuera! Tanto como feas y traicioneras por dentro. Como ella misma, pensó. Bonita de cara y con un precioso cuerpo a lo Ginger Rogers, y la permanente sensación de estar sucia por dentro, como si algo se pudriera en su interior cada vez que su padre entraba a hurtadillas en su habitación por la noche. Esa percepción de sí misma le dio la idea que podía librarla de los meses, o incluso años si la espalda de su padre no mejoraba, que la esperaban cargando carbón a paladas y que, si ella no lo evitaba antes, pronto acabaría con la belleza que Dios le había regalado.

Nada más llegar a casa, Aurora fue directa al cuarto donde Frutos dormitaba entre sudores por efecto del verano y de los calmantes recetados por don Fabián, el médico del pueblo.

—¿Cómo se encuentra, padre? —dijo acercando la cara al oído de su progenitor.

Frutos abrió los ojos y sonrió a su hija, su dulce y voluptuosa Aurora, que desde el día siguiente a su nacimiento solo le trajo alegrías. Y no se alegró desde el momento en que la vio porque entonces Frutos quería que su primogénito fuera un varón, sin sospechar las ventajas que le iba a reportar unos años después haber tenido una niña.

—¿Cómo te ha ido la segunda jornada? ¿Mejor con los guantes? —preguntó.

—Mejor, padre, mejor, pero estoy deslomada.

—Ya te acostumbrarás. Es cuestión de tiempo y de que los músculos endurezcan —respondió comprensivo ante el sufrimiento de su hija—. No durará mucho, te lo prometo. El médico dice que en unos meses podré moverme, y si no puedo trabajar de picador será de otra cosa, pero volveré a traer el dinero a la familia.

—Claro, padre, así será. Pero mientras tanto, he oído que en el lavadero las pizarreras cobran seis pesetas por jornal, casi el doble que yo, y el trabajo no es tan duro.

—Ay, Aurora, da gracias por lo que tienes. Las pizarreras no están mejor que tú. El lavadero es una nube de polvo, casi no se ve y cuesta mucho respirar ahí dentro.

—Pero cobran más y están a cubierto. O si no, de guardabarrera o de telefonista, o incluso de limpiadora. De lo que sea menos cargar carbón.

Frutos torció el gesto.

—Esas mujeres que dices son viudas de mineros y llegan a esos puestos después de años trabajando de paleadoras o en los lavaderos. Tú tienes padre y te casarás, esto es solo algo temporal. No te van a dar un trabajo de telefonista nada menos.

—Pero si lo consiguiera sería muy bueno, ¿no cree? Si conociéramos a alguien con influencias…

—No te hagas el cuento de la lechera. Las influencias de tu padre solo llegan a ponerte de paleadora. Como las de cualquier otro minero.

—¿Y las de don Ceferino?

Frutos, que ya había oído rumores sobre que el capataz, posiblemente el más competente que había tenido el pozo, negociaba con las mujeres trabajos por favores, entendió entonces la idea de su hija y una ola de ira le quemó las entrañas. Intentó revolverse en la cama pero se lo impidió el corsé, que lo inmovilizaba con el fin de mantener vértebras y costillas en la posición adecuada para soldarse sin causar más daño del ya sufrido.

—Porque no me puedo mover, que si no te daba una ración de cinturón que se te quitaban las ganas de volver a decir semejante barbaridad —le espetó a su hija lleno de rabia.

—Barbaridad no, padre —respondió haciendo caso omiso de una amenaza muchas veces pronunciada y nunca cumplida—. Aspiraciones. A fin de cuentas, ya se encargó usted de que no llegue virgen al matrimonio. Así que dígame, antes de que haga una estupidez en balde: ¿puede o no puede don Ceferino conseguirme un puesto que me quite la pala de las manos?

Frutos se horrorizó ante la frialdad de su hija, intuyendo que él mismo tenía la culpa. Por primera vez desde que descubrió las dulzuras de Aurora, fue consciente de en qué la había convertido. Los ojos se le aguaron de pura rabia, aunque quiso disimularlo volviendo la cara todo lo que su estado le permitía.

—No lo hagas. Ni se te ocurra —suplicó intentando que sonara como una orden.

Aurora no coincidió con don Ceferino hasta varios días después, y no dejó pasar la oportunidad. Aquel trabajo la estaba matando y temía perder su ventaja en cuanto llegara otra mujer más guapa, con más pecho o con las caderas más marcadas.

Llegó don Ceferino en el turno de la tarde, cuando ella ya había empezado a cargar la vagoneta. La miró y, esta vez, Aurora le devolvió la mirada, desafiante. No como una presa sumisa, sino como una que reta al cazador a que la atrape.

Poco acostumbrado estaba el capataz a recibir semejante respuesta a sus miradas. Lo habitual era miedo o súplica, incluso asco, pero nunca desafío. Las mujeres que estaban allí necesitaban el dinero y cuando él echaba el ojo a alguna, o pasaba por el aro o se condenaba a sí misma y a su familia al hambre. A don Ceferino le excitaba la sensación de poder que provocaban los rumores sobre él y se paseaba de vez en cuando entre las carboneras para atemorizarlas, aunque en realidad tenía más fama que hazañas reales y pocas veces había satisfecho sus instintos aprovechándose de su puesto en la mina. La primera vez fue nada más fallecer su mujer, con una viuda cuyo marido murió en la revolución de 1934. Estaba de buen ver y era madre de tres hijos, y acudió a su oficina para suplicarle un trabajo. El marido no era minero y pocas posibilidades, por no decir ninguna, tenía ella de entrar en la mina. Para esas mujeres solo quedaba escarbar en las escombreras buscando los trozos de carbón que se hubieran colado entre el mineral inservible para llenar un cesto que vender al final de la jornada, y con eso no se podía alimentar a tres niños. Fue ella misma quien insinuó el precio a pagar por un contrato de trabajo y ofreció lo único que tenía. Ceferino aceptó gustoso satisfacer sus ardores con ella a cambio de meterla de pizarrera en el lavadero, y lo hizo no una sino varias veces, hasta que la novedad pasó y dejó que fuera el vigilante el que disfrutara las carnes de la viuda, antes de que sus encuentros con ella dejaran de ser rumores entre las mujeres para convertirse en chanzas entre los mineros. La última vez fue con una joven pa­leadora a la que se le rompió la pala y el vigilante se la hizo pagar. Llegó a él entre súplicas. Tenía al padre enfermo y el jornal le daba para pagar o la pala o las medicinas. Cuando don Ceferino le explicó cómo conseguir que él mismo le abonara la pala y, además, las medicinas, Sofía, que así se llamaba la chica, se negó. Era virgen. Había empezado a cortejarla un buen hombre que la pretendía para casarse y, si se enteraba de aquello, la oportunidad de contraer matrimonio y salir de la mina se desvanecería. La convenció don Ceferino de que con una vez bastaría para redimirse por la pérdida de la pala, deseoso de volver a probar una carne sin mancillar, y allí mismo, en la oficina, entre ropas sin quitar y lágrimas de ella, la desvirgó en menos de un minuto. Por eso, cuando Aurora lo miró a los ojos con aquel aire de pantera enjaulada, no solo le costó mantenerle la mirada, sino que a punto estuvo de trastabillar del susto. Don Ceferino se pasó la jornada excitado pensando en aquella paleadora, hija de un minero del pozo, que antes o después volvería a trabajar. Mal asunto. Las hijas de los mineros eran sagradas y los mineros, una piña. Aquel día Ferino se aseguró de no volver a pasar por la zona de carga. En cuanto llegó a su casa, se metió en la cama solo, como cada noche tras la muerte de su mujer, y se alivió con la imagen de la paleadora de la mirada felina.

Al cabo de un mes, Aurora entró a trabajar como telefonista en el pozo y acudía rauda siempre que el capataz la llamaba.

Frutos nunca le contó a su mujer cómo consiguió Aurora aquel ascenso, como tampoco le contó las veces que él mismo se había metido en la cama de su propia hija, sin sospechar siquiera que Olvido ya hacía tiempo que conocía la insana relación que el padre mantenía con la hija y que había elegido no ver ni oír, pero sí callar.

 

 

Aurora, 1939

 

Frutos invitó a Paulino, un joven minero del pozo Espinos, a merendar en casa con intención de presentarle a Aurora, pero ella solo le hizo desplantes. Olvido preparó unas galletas de avellana y un café con malta y achicoria, y lo colocó lo mejor que supo en la mesa de la cocina. Sacó de su ajuar un mantel bordado que nunca había estrenado a la espera de que llegara la ocasión y, de la vitrina del salón, las tazas del juego de café que lucían doradas e impecables por la falta de uso. Todo para darle buena impresión al pretendiente, que no era capataz pero sí un buen partido. Paulino era joven, formal, bien situado y con ganas de encontrar mujer para casarse.

Aurora montó en cólera cuando supo de la encerrona de sus padres y no quiso saber nada de aquella merienda en la que pretendían hacer de celestinos.

—Pero ¿tú qué te crees? —le preguntó Frutos a su hija asegurándose de que Olvido no lo oyera—. ¿Que don Ceferino se va a casar contigo?

Por la cara de Aurora, vio que había dado en el clavo.

—No seas ingenua, que sus hijos no lo van a permitir.

—Eso de que no fuera ingenua ya me lo dijo usted cuando quise dejar de ser paleadora y mire lo que ocurrió: en menos de un mes ya estaba de telefonista.

—Es que no es lo mismo, ni parecido. Ahora ya no tienes nada que ofrecerle a ese hombre. Ya consiguió de ti lo que quería. Y, ¡demonios!, que no es lo mismo un trabajo que casarse.

—No blasfeme, padre. Y eso que dice usted, ya lo veremos —respondió altiva.

—Es que no te entiendo, ¿qué ves en don Ferino? ¡Un viudo mayor y con hijos!

—Tiene una casa en Mieres, moderna y con agua corriente, un sueldo de capataz, y los dos hijos están casados y viven cada uno en su casa, ¿le parece poco? —dijo Aurora evitando mirar a su padre.

—Veo que la casa la conoces bien —replicó Frutos, airado.

Aurora se ruborizó y él se dio cuenta de lo que ocurría en realidad.

—Ay, Señor —dijo—, que no es solo por eso. ¡No me digas que te has enamorado de ese viejo! ¡Qué tontas sois las mujeres! Pero ¡qué tontas! Si es mayor que yo, si podría ser tu padre…

—Pero no es mi padre, no como usted —le espetó Aurora con aquella mirada salvaje que aparecía en sus ojos cuando estaba furiosa.

Frutos calló ante el ataque de su hija. Habían pasado casi dos años desde la última vez que la había tocado y esperaba en vano que el tiempo enterrase aquello en el olvido.

Cuando Paulino llegó a la casa, Aurora lo saludó con frialdad, miró con sorna su cojera, como si fuera una broma que ella pudiera fijarse en un hombre como él, y tras veinte minutos de charla de cortesía se levantó de la mesa, se despidió sin dar tiempo a que su madre protestara, cogió la bicicleta y allí dejó a sus padres y a su pretendiente: a los primeros, avergonzados por el comportamiento de su hija; al segundo, prendado de su belleza.

Llegó Aurora a casa de Ferino después de recorrer a pedaladas los cinco kilómetros que la separaban del hombre que quería para marido, a la vez que se alejaba del que sus padres habían elegido para ella.

Ferino no esperaba la visita y, si bien no la rechazó, la inconsciencia de Aurora lo preocupó. Sus hijos podían haber estado en la casa, o cualquier vecina que la viera entrar allí a media tarde podía irles con el cuento. A ellos o a la que esperaba que fuera su segunda esposa. Aquella bicicleta de mujer en la puerta de su casa era un reclamo para las malas lenguas.

Cuando Ferino reprendió a su joven amante por presentarse de manera inesperada, Aurora hizo lo que sabía infalible con él: entregarse sin reservas, sin tapujos, como a él le gustaba, y a ella también.

Satisfechos los instintos, Ferino volvió a la carga.

—Aurora, cielo, me ha encantado la visita, pero no puedes presentarte así. Podrían haber estado aquí mis hijos. Por no hablar de lo que van a decir los vecinos si te ven entrar o salir.

—Eso tiene fácil solución —respondió Aurora con una sonrisa traviesa.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ferino poniéndose en guardia.

—Si yo viviera aquí…

—Pero, mujer —cortó Ferino riendo—, ¿cómo ibas a vivir tú aquí? ¿En calidad de qué?

—¿Cómo que de qué? De tu esposa, claro está.

Ferino miró incrédulo a Aurora, con una mezcla de enfado y compasión.

—Eso no es posible. Tú sabes que no es posible.

—¿Por qué no? Yo te quiero. ¿Es que tú no me quieres? ¿No te gusto?

—Claro que me gustas, y te tengo en mucho aprecio, pero la vida no solo es eso. Yo no puedo casarme con alguien como tú.

—¿Como yo? ¿Cómo soy yo?

Ferino, cada vez más molesto con la situación, no quiso perder tiempo con remilgos.

—Tú eres una carbonera que se acuesta con el primero que pasa para conseguir lo que quiere —dijo—. Y no creas que no sé que no eras virgen cuando llegaste a mí. Tú ya venías bien descorchada. Eso lo nota cualquier hombre.

Aurora salió de la casa con las mejillas rojas, la ropa puesta de cualquier manera y las lágrimas borrándole la visión. Montó en la bicicleta y pedaleó a toda prisa sin saber adónde ir, hasta que entendió que solo tenía un lugar al que volver y un camino que seguir. Después de lo ocurrido, no podía regresar al pozo Santa Bárbara: prefería morirse de hambre que de la vergüenza. Eso si Ferino, para ella de nuevo don Ceferino a partir de aquella tarde, no la echaba o la volvía a poner de paleadora.

Esa noche Aurora llegó a un acuerdo con su padre, que evitó preguntar por lo ocurrido. No era necesario. Como tampoco que Aurora siguiera con su trabajo de telefonista en la mina. Él mismo decidió que dejaría el pozo Santa Bárbara en cuanto consiguiera trabajo en otro pozo, uno en el que no estuvieran al tanto de los rumores que corrían por La Rabaldana y en el que no tuviera que verle la cara cada día a aquel capataz.

Al día siguiente, Aurora volvió a coser con su madre y se mostró dulce, amable y receptiva ante los torpes galanteos de Paulino.

Tres meses después, Frutos entró de picador en el pozo Espinos con su futuro yerno, y Aurora y Paulino anunciaron su compromiso, mientras don Ceferino hacía lo propio con una joven viuda sin hijos, a la que había cortejado durante más de un año, perteneciente a una familia con título nobiliario e hija de uno de los ingenieros responsables de la Brigada de Salvamento Minero.

 

 

Aurora, 1940

 

El día que Aurora Cangas se casó, con un bonito vestido beis cosido y bordado a mano, no hubo convite ni baile, solo un desayuno con los más allegados. Paulino y ella contrajeron matrimonio a las diez de la mañana un martes de mayo, inesperadamente soleado después de varios días de orbayu, en la iglesia de San Martín de Turón. Celebraron el acontecimiento en la cocina de la casa de sus padres con la familia cercana y algunas vecinas, y dieron cuenta de una tarta de nuez acompañada de chocolate caliente y unos dedales de orujo de miel antes de que su padre y su flamante marido se subieran a la bicicleta para dirigirse al pozo donde cada día picaban carbón a destajo, sin perder de vista el jilguero que les avisaría si llegaban a una bolsa de grisú.

Aurora recibió su regalo de bodas dos meses antes del día señalado: una Singer a pedal con mesa de trabajo incluida, comprada de segunda mano en Mieres. Pertenecía a una modista que acababa de morir y solo dejaba hijos varones. Aurora y su madre lijaron la madera de la mesa, la enceraron y el día de la boda expusieron la moderna máquina en el salón como si de una obra de arte se tratara, y como tal la admiraron los convidados.

—¿Y esa mancha oscura en la madera? —preguntó Tina, la de la sastrería.

—Tú, que no entiendes. Es una veta. Estas máquinas vienen de Estados Unidos y allí los árboles son así —respondió Olvido tras varias semanas planeando con su hija la respuesta en caso de que alguna insidiosa les preguntara.

Tina, poco convencida con la explicación, calló al no encontrar respaldo en el resto de los asistentes, más concentrados en no perder el turno para la última ración de tarta que en las vetas de la madera americana.

Aurora y su madre procuraron parecer radiantes aquel día, aunque su trabajo les costó. Dedicaron la tarde a preparar el regalo de las vecinas: una gallina que ya había dejado de poner huevos y que suponía un lujo en aquellos tiempos del hambre. Para ablandarla la asaron a fuego lento en la cocina de carbón de la casa de Aurora, la envidia de las amigas. Aurora no solo se casó la primera de todas ellas, a punto de cumplir los dieciocho, sino que lo hizo con Paulino Muñiz, de veintidós, huérfano de padre y madre, y picador, el trabajo mejor pagado de la mina, sin contar, claro está, el de los capataces y los ingenieros. Sacar carbón de las entrañas de la tierra explorando nuevas vetas tenía más riesgo que cualquier otra ocupación allí abajo, pero proporcionaba más reales. Paulino tenía casa propia, con una gran cocina y una sala en la planta baja, dos habitaciones en la primera planta y dos letrinas, una arriba y otra abajo, adosada a la cocina. Para mayor reconcomio de sus amigas, Aurora no tenía suegra que aguantar. La madre de Paulino contrajo la tuberculosis tras el parto y, aunque puso todo su empeño en recuperarse para no dejar solo a su hijo, únicamente consiguió tardar más tiempo en morir. Paulino se convirtió en propietario de la casa el día que una explosión de grisú lo dejó huérfano del todo al desplomarse el túnel en el que picaba su padre.

En pleno inicio de la posguerra, los guardias civiles sembraban el miedo en la cuenca minera, zona sindicalista, disidente y revolucionaria desde que el carbón salía del interior de sus montañas, no ganaban para llevar un mal pote y un trozo de hogaza a la mesa de su vivienda en la casa cuartel. En cambio, los mineros, sobre todo los que poseían una pequeña parcela de tierra, no tenían para caprichos pero no pasaban hambre. Y eso, cuando del pan de los hijos se hablaba, eran palabras mayores.

Paulino solo tenía una pega: la cojera que le había dejado la polio y que arrastraba desde los cuatro años, una cojera que, si bien disminuía su atractivo y le había acarreado palos, disgustos y alguna pedrada de niño, no le impedía picar carbón como el que más ni animar al Turón Fútbol Club cada domingo por la tarde. Y, sobre todo, tenía la ventaja de haberlo convertido en inhábil para el frente y había pasado la guerra sin el miedo al alistamiento forzoso que sufrieron algunos de sus compañeros.

Cuando Paulino llegó aquella noche del trabajo, cumplida la jornada mínima y sin destajo por ser el día de su boda, lo esperaba en la casa, por primera vez desde que entró en la mina, un barreño con agua caliente y una toalla limpia y recién planchada, una gallina guisada con patatas y cebollas de la huerta de sus suegros y una mujer, ya suya de por vida, que había vuelto a ponerse el conjunto de novia para recibirle. Paulino habría echado mano a Aurora antes que a la gallina de no ser por la consideración que supuso debía tener.

Cenaron rápido. Aurora apenas probó bocado, pues temía manchar el vestido, que pensaba reconvertir en una blusa y una falda al día siguiente con su flamante Singer. Y Paulino porque estaba deseando estrenar a su mujer, sin imaginar que su suegro ya lo había hecho por él dos meses después de que Aurora tuviera su primera menstruación y sus pechos dejaran de ser incipientes para necesitar un sujetador que los recogiera.

Solo dos diferencias notó Aurora entre el sexo con su padre y con su marido: que con Paulino fue más rápido y que no entró ni salió a hurtadillas de la habitación. En cambio, con don Ceferino había sido diferente. Después de las prisas del primer día, Aurora visitó a escondidas la casa de don Ceferino en Mieres en varias ocasiones y allí descubrió que el sexo podía ser algo más que una mera obligación marital y el paso necesario para concebir hijos. Pero con Paulino volvió a ser lo que le había explicado su madre: «Aguanta y disimula bien, que pronto termina». Así fue en su noche de bodas. A los pocos segundos de descargar en ella, Paulino roncaba a su lado, agotado por el día, por la emoción de tener a alguien que lo atendiera y de haber disfrutado por primera vez del cuerpo de una mujer que no lo vendía por dinero. Quizá incluso le diera un hijo pronto. Un varón. Él tenía intención de intentarlo cada noche. Lo que no sospechaba era que dentro de su mujer ya llevaba un mes germinando la semilla de otro: una niña que se llamaría Águeda, como la madre de Paulino.

 

 

Águeda, 1941

 

Águeda nació la noche de Reyes de 1941, después de varias horas de parto en las que Aurora se prometió a sí misma no volver a ser madre jamás. Parió en casa con ayuda de una matrona experta que, cuando sostuvo a aquel bebé de tres kilos seiscientos gramos, de piel morena y una espesa mata de pelusa negra en la cabeza, se limitó a murmurar: «Los sietemesinos de este pueblo cada vez son más grandes. En mis tiempos no había tantos ni tan gordos».

Águeda sacó las orejas de soplillo de su padre biológico, una herencia que ella pasó el resto de su vida intentando disimular bajo el peinado y que su abuelo Frutos asumió como genética de don Ceferino, pues el capataz se enorgullecía de haberse convertido en el jefe de muchos de los que en la escuela le perseguían tirándole piedras mientras coreaban: «Ferino, soplillo, corre, corre, que te pillo».

—La nena ha sacado las orejas de mi abuelo —dijo Frutos cuando vio a su nieta, mientras en su fuero interno daba gracias por que Aurora ya no trabajara en el pozo Santa Bárbara.

Si Olvido recordaba las orejas pequeñas y redondas del abuelo de su marido, no comentó nada, y agradeció a Dios que, al menos, la niña no se pareciera a Frutos, sin saber que este no había vuelto a acercarse a su hija desde que supo lo que ocurría entre Aurora y don Ceferino.

Cuando la comadrona puso a Águeda en brazos de su madre y la ayudó a agarrarse al pecho, Aurora sintió el mismo repelús que si le hubieran puesto encima una cría de rata gigante. Águeda se agarró al pezón con una fuerza inusual en un recién nacido y Aurora deseó apartarla con la fiereza de un animal herido, pero la aguantó allí, chupando una leche imaginaria que no subiría a su pecho hasta tres días después. Tres días y tres noches en los que Águeda lloró desesperada por el hambre y por el instinto de supervivencia que pedía auxilio al notar el desprecio de su madre. Fue Olvido la que cuidó de Águeda, hasta que el cáncer que la devoraba por dentro la postró en una cama. A las dos semanas falleció.

El funeral de Olvido se celebró en la misma iglesia en la que dieciocho meses antes habían contraído matrimonio Aurora y Paulino. No hubo sol el día que la enterraron, solo una lluvia persistente que caía sobre los trajes negros de los asistentes que acompañaron al féretro y que se juntaba con las lágrimas que bañaban sus caras haciendo menos salado su sabor. Pero Olvido ni siquiera fue protagonista de su propio funeral. El mismo día que ella, también le dio por morirse a la anciana tía de la única familia con título nobiliario de aquella zona minera, la de la prometida de Ferino, y el cura solucionó el funeral de Olvido con dos responsos sin misa para poder sacarla de la iglesia donde estaba a punto de llegar el ataúd de caoba maciza que acogía los restos de la aristócrata.

Mientras la noticia del bombardeo japonés sobre la base de Pearl Harbor conmocionaba al mundo, y España temblaba de miedo ante la perspectiva de entrar en otra guerra, en Turón un carro subía los restos de Olvido por el empinado camino al cementerio. Varias veces se atascaron las mulas en el barrizal en el que las lluvias de los últimos días habían convertido el camino. Una vez allí, los enterradores la metieron en la fosa y la cubrieron de tierra, a la espera de que trajeran la lápida de piedra que el cura pasaría a bendecir una vez que hubiera cumplido con las exequias por la noble anciana.

Aquel día, Paulino se dirigió al pozo sin su suegro. Frutos no fue a trabajar, a pesar de que le tocaba turno de domingo. La viudedad era motivo suficiente para no acudir a la mina por un día.

Aurora se encontró sola con Águeda en la casa, sabiendo que desde ese momento solo estaba ella para criarla. Dejó a la niña en la cuna y se sentó a coser en la máquina. Cada vez recibía más encargos en su ocupación de costurera, una de las pocas aceptadas por entonces para una mujer casada. Allí, concentrada en dar el ritmo correcto a la máquina para sacar iguales las puntadas, se alejó del mundo, de los recuerdos de su madre muerta, de su padre vivo y abrumado por la soledad, y de Águeda, su propia hija, que lloró de hambre durante más de dos horas hasta caer rendida de agotamiento mientras Aurora ni siquiera la escuchaba.

 

 

Aurora, 1936

 

Desde la muerte de Olvido, Aurora no volvió a ser la misma. Añoró su presencia hasta el final de sus días, y cuanto más vieja se iba haciendo más la echaba de menos, a pesar de que siempre la invadía el resentimiento cuando recordaba el día en que consiguió reunir las fuerzas para confesarle las visitas nocturnas que de vez en cuando le hacía su padre, sobre todo cuando el jornal se le agotaba antes de que acabara la semana y debía elegir entre el vino y las putas.

Durante una semana al mes, Aurora tenía asignada la tarea de fregar el suelo de la casa, cada día una parte de aquel piso de madera sin barnizar, que no había forma de limpiar más que de rodillas, con agua, jabón y un cepillo de cerdas duras. Aurora prefería mil veces coser que limpiar, pero desde bien pequeña su madre había delegado en ella aquella ingrata tarea. Al menos, Olvido no era una maniática de la limpieza como la madre de su amiga Purita, que las obligaba a ella y a sus dos hermanas a limpiar el suelo cada día y a lavar la ropa en el río. Aurora alguna vez acompañaba a su madre a hacer la colada, pero más para ayudarla a cargar el cesto de la ropa y a escurrirla después que para lavarla en las frías aguas del río Turón. «El río machaca las manos y hasta que te cases quiero que las conserves finas, de señorita. A ver si logramos que se enamore de ti un capataz, hija. Con lo bonita que tú eres, eso sí que sería un cuento de hadas», solía decirle su madre. No sabía Olvido lo premonitorias que iban a ser sus palabras, ni lo dolorosos que pueden resultar los deseos cumplidos.

El día que Aurora perdió la fe en su madre le tocaba limpiar el suelo de las escaleras. Dos horas le llevó la faena. Cuando se incorporó, tenía el brazo derecho y las rodillas doloridas, pero no le importó. Ya podía dedicar el resto del día a ocupaciones más gratas, primero a ayudar a su madre en la cocina y después con la costura. A Olvido le habían encargado un faldón de cristianar para el nieto de una vecina y a Aurora le encantaba coser con minúsculas puntadas aquellas puntillas y la suave tela del tul.

Aurora esperó al que le pareció el momento preciso para contarle a su madre lo que sucedía algunas noches con su padre, cada vez con más frecuencia desde que Frutos se percató de que cuanto menos gastaba en putas más tenía para vino. Pensaba que cuando superara la infinita vergüenza que le suponía decirlo en voz alta, su madre se encargaría de que no volviera a ocurrir y jamás tendría que hablar del tema. Nunca más.

Con la confianza que da la esperanza, eligió el momento en que las dos desgranaban guisantes. Los guisantes a un barreño, las vainas a otro. Con las vainas todavía quedaba el trabajo de quitarles las hebras para rehogarlas con un poco de chorizo y panceta o prepararlas en puré. No eran tiempos de desperdiciar nada.

Estaban las dos en silencio cuando Aurora soltó la pesada carga que le reconcomía el corazón. Su madre calló, separó la vaina que tenía en las manos y luego se las limpió con el mandil. Olvido por fin se levantó, se puso delante de su hija, que miraba petrificada la extraña reacción de su madre, y sin mediar palabra le estampó tal bofetón a Aurora que le dejó los dedos marcados en la cara. Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas, pero no dijo ni palabra. Se llevó la mano a la mejilla para aliviar el dolor y agachó la cabeza justo antes de que su madre le ordenara lo contrario.

—Mírame —dijo Olvido mientras volvía a sentarse—. A ver si aprendes de una vez que en esta vida las mujeres estamos para ver, oír y callar. Sobre todo callar. Tu padre es tu padre, el que se desloma picando carbón doce horas al día para traer el dinero a la casa y que tú puedas vivir como una señorita. Él es el que manda aquí, y no te voy a permitir que le faltes al respeto. Tú estás para servirle y para rezar por que no se lo lleven al frente. Así que ni se te ocurra repetir lo que has dicho hace un momento. A nadie. Jamás en tu vida. Tú a callar y a obedecer. ¿Lo entiendes?

Aurora asintió, cogió otra vaina y siguió pelando guisantes con las lágrimas resbalando por las mejillas durante un buen rato, hasta que su madre, ya más calmada, volvió a hablar.

—He pensado que esta tarde podías bordar un ángel en la capota del traje de cristianar.

Si había algo que le gustara a Aurora más que coser era bordar.

—¿Puede ser azul?

—No, hija, no, blanco, tiene que ser blanco. ¿Qué quieres? ¿Que no nos lo paguen? Don Leoncio es capaz de negarse a bautizar al niño si lleva algo azul. Además, si es solo blanco lo podrán heredar sus hermanas cuando las tenga. Bórdalo en blanco y que te quede bien bonito. Con sus alas y todo.

—Claro, mamá —respondió, con la cara aún dolorida, la vergüenza oculta bajo el pecho y la imaginación dibujando el ángel que bordaría en la capota del bebé.

A Aurora le hubiera gustado tener una hermana. Hermanos no, que por lo que decían sus amigas eran todos unos guarros y solo servían para tener más ropa que lavar y planchar, y más cacharros que fregar, y para poner la casa perdida. «Y quizá quisieran de mí lo mismo que padre», pensó, y la idea la horrorizó tanto que la apartó de su cabeza dando gracias por que sus padres solo la hubieran tenido a ella.

Aquella noche, ajeno a la conversación que su mujer y su hija habían tenido por la mañana, Frutos se encontró a Olvido en la cama esperándole. Si en algún momento tuvo la tentación de visitar la habitación de Aurora, se disipó entre las piernas de su mujer, que se mostró más solícita con él de lo que lo había sido durante todo su matrimonio.

 

 

Olvido, 1936

 

La muerte de sus padres sumió a Olvido en una pena constante que cada día se esforzaba por superar sin conseguirlo. Tras varias semanas de insomnio, en las que daba vueltas y más vueltas en la cama apelmazando la lana del colchón hasta que Frutos empezaba a protestar, el médico le recetó unas gotas que debía tomar antes de acostarse. Olvido encontró alivio en aquella medicación que la sumía en un sueño profundo, hipnótico, aunque al día siguiente se despertaba con la cabeza embotada y la sensación de haber pasado la noche en coma. Estuvo varios meses en aquel estado, sin ocuparse de Aurora ni de su marido ni de su casa. Incluso las vecinas empezaron a chismorrear después de que Olvido llegara al río un par de veces con el cesto de la ropa y sin la pastilla de jabón Lagarto que necesitaba para lavarla. Ajena a los cuchicheos, Olvido pasó su duelo bajo el efecto de los barbitúricos que el farmacéutico le preparaba puntualmente con las indicaciones del doctor. Ni siquiera fue consciente de las veces que Frutos se acercó a ella con intención de hacer uso de su privilegio marital y la encontró inconsciente como un fardo. El problema llegó el día en que la guerra se llevó al doctor de siempre y trajo a don Fabián, un médico más joven y menos dispuesto a extender recetas.

—Mire, Olvido, ya tomó bastante. Las mujeres padecen de los nervios y eso forma parte de su naturaleza, pero estas medicinas no son para eso. Si le cuesta dormir, tome infusiones de tila con valeriana. Si con eso no concilia el sueño, atienda a su marido. Y si no mejora, entonces hable con el cura, que la medicina no puede hacer más por usted.

Y así, sin más barbitúricos ni tiempo para deshabituarse, el insomnio de Olvido regresó y se agravó. Fue precisamente el insomnio lo que le permitió ver a su marido ponerse en pie una madrugada y abandonar el lecho conyugal. Tanto tardaba en regresar que Olvido se levantó justo a tiempo de verlo salir del dormitorio de su hija. Unos días antes de que Aurora le contara lo que sucedía con su padre. Aquella noche fue la última en la que Olvido intentó dormir. Al contrario, procuraba mantenerse despierta para hacerle saber a Frutos que, si se levantaba, ella estaría esperando su vuelta.

Frutos volvió a su mujer y Olvido decidió hacer honor a su nombre y olvidar, pero sobre todo quería que, con el inútil método de callar y negar lo sucedido, Aurora olvidase.

2

Ana, 2014

 

 

 

A las doce de la noche, cuando ya estaba en la cama viendo una serie de Netflix en la televisión de nuestro cuarto, sonó mi móvil. Pensé que sería Carlos avisando de que llegaba tarde, como tantas veces que se olvidaba de llamarme hasta que venía ya para casa. Carlos había convertido en costumbre llegar de trabajar entrada la madrugada varios días por semana.

No era él quien llamaba aquella noche. Era Alba, mi hija.

—Hola, nena, qué alegría oírte. ¿Cómo es que llamas a estas horas? Ya estoy acostada.

—Porque acabo de hablar con papá y me ha pedido que te avise de que llegará tarde.

—No sé para qué me avisa. Lo extraño sería que viniera a cenar.

—Ya, bueno, por cierto, ¿sigue la vieja Singer cogiendo polvo en el trastero?

—Sí, me cansé de aguantar los improperios de tu bisabuela cada vez que viene a casa y la ve en el salón.

—¿Me la puedo llevar?

—¿Para qué? —respondí un poco mosca. Alba no se había acercado a la máquina de coser en su vida. Consideraba la costura un símbolo clásico de la opresión patriarcal. Entre otros tantos.

—Para una exposición sobre el empoderamiento de género.

No dije nada porque no quería exponerme a una perorata reivindicativa de mi hija, pero tampoco pude evitar preguntarme cómo demonios podía exponerse el empoderamiento de género. Femenino, supuse. Porque géneros había habido dos toda la vida, pero mi hija solo se refería a uno cuando usaba esa palabra. Además, según me había explicado ella, ahora existían muchos más, incluso uno binario, como el de los lenguajes de programación.

—Mira, nena —dije—, ¿por qué no pasas mañana por casa y me lo explicas mejor?

—Entonces ¿me la prestas?

—Yo no he dicho eso —respondí antes de que me colgara con un escueto «Gracias, mami. Mañana nos vemos».

No oí a Carlos llegar esa noche, y cuando me desperté ya no estaba en la cama. Una cama king size, que parecía pequeña en nuestro amplísimo dormitorio y en la que hacía un año, seis meses y veintiún días que no follábamos. Carlos admiraba el lujo y la belleza en coches, casas, ropa y mujeres. Rechazaba todo lo que no fuera exquisito. Por eso, a esas alturas de nuestra vida, entendí que a la que rechazaba era a mí.

Al día siguiente me levanté de mal humor y las vaguedades de mi hija sobre sus propósitos con la Singer no contribuyeron a mejorarlo, así que me negué a plegarme a su petición. Por suerte para las dos, porque de lo contrario la máquina de coser de mi abuela habría terminado reducida a cenizas en el parque del Retiro.

 

 

Aurora, 1940

 

El día que Paloma Sánchez San Francisco conoció a Aurora, la abuela de Ana, se horrorizó. Era difícil imaginar que aquel saco de kilos de grasa y líquidos retenidos, con la falda por los tobillos y el pelo sin teñir, hubiera sido en su juventud una de las mujeres más guapas de la cuenca minera asturiana, y que su nieta Ana, la mujer con la que se casaba su hijo, fuera su viva imagen, tal como su familia corroboraba con unas fotos de Aurora en las que no había ningún parecido con la vieja gorda y ridícula que ahora era. Aurora nació con una belleza que cuidó de ella y le hizo daño a partes iguales, tal como le ocurriría a su nieta décadas después.

Deseada por los hombres y envidiada por las mujeres, Aurora utilizó su cuerpo tantas veces como lo necesitó. Sin embargo, no fue su cuerpo lo que la salvó aquella aciaga tarde de 1940 en la que dos soldados de las tropas moras de Franco, borrachos y embravecidos, entraron por error en la casa mientras su madre y ella cosían por turnos en la nueva máquina de Aurora, una Singer de segunda mano, regalo de sus padres por su boda, que se celebraría unas semanas después. Nadie en su sano juicio habría dejado sin usar hasta el día del enlace aquella maravilla de la tecnología que Frutos iba a pagar a base de horas de destajo. Y menos teniendo un vestido de novia por coser y un ajuar por terminar, además de los encargos de costura y arreglos que Olvido aceptaba siempre que se le presentaba la ocasión. Gracias a eso podía pagar los exorbitados precios que tenía la comida procedente del estraperlo para completar el menú que imponía la cartilla de racionamiento, por debajo de las necesidades vitales de las familias.

En la radio, Concha Piquer cantaba «A la lima y al limón» mientras Olvido remataba en la máquina de coser el vestido de seda que llevaría su hija el día de la boda, y Aurora, sentada a su lado, hilvanaba a mano los pantalones que luciría Paulino, el novio, que no tenía madre ni hermanas que le cosieran la ropa.

Las mujeres se sobresaltaron cuando aquellos dos hombres, armados y vestidos con pantalones bombachos, abrieron de golpe la puerta de madera que las separaba de la calle, que solo se cerraba con llave por las noches, como en todas las casas del pueblo, y entraron en la cocina sin previo aviso manchando el suelo con el barro de sus botas. Aurora y su madre se levantaron de la silla y se acercaron la una a la otra por puro impulso, buscando la protección de mantenerse unidas.

—¿Qué desean? ¿A quién buscan? —preguntó Olvido.

—¿Dónde están los hombres de la casa? —respondió el moro más corto de estatura con un acento silbante, que a Aurora le recordó el de una serpiente.

Nada provocaba más terror en la cuenca minera que los soldados regulares africanos, destinados allí para controlar a los revolucionarios. Les precedía su fama de ser los mercenarios más salvajes, crueles y sanguinarios. Saqueadores y ladrones, eran capaces de los crímenes más atroces y estaban acostumbrados a matar españoles por dinero, por promesas de fortuna y, sobre todo, por el placer de la venganza contra el invasor.

—¿Están sordas? ¿No me han oído? —repitió el moro acercándose a ellas y haciendo que ambas retrocedieran hasta que la cocina de carbón les frenó el paso—. ¿Dónde están sus hombres?

—En la mina —respondió Olvido, sin aclarar que en aquella casa solo había un hombre, Frutos, Fructuoso Cangas, que rehuía la política y al que no tenían ninguna razón para buscar. Aunque en aquellos años convulsos no se necesitaban razones para sacar a un hombre de su casa y arrastrarlo a la tortura e incluso a la muerte.

El moro que había hablado se dirigió a su compañero en una lengua que ellas no entendieron. El otro se volvió hacia la puerta de la casa, la cerró y la trabó con la silla en la que antes se sentaba Aurora, pisoteando la seda beis que un minuto antes cosía Olvido con esmero.

En ese momento, en la radio, Estrellita Castro empezó a cantar «Suspiros de España», como si se tratase de una advertencia para las dos mujeres.

El soldado que parecía estar al mando le hizo un gesto a su compañero y este, en respuesta, se acercó a las mujeres y las separó con violencia. Olvido gritó y aquel hombre volvió a hablar amenazante.

—¡Cá-lle-se! —ordenó lentamente y en voz baja, con ese tono silbante que las hizo temblar.

La mirada vidriosa de aquel moro feo, enjuto y aceitunado, de nariz prominente y orejas saltonas, las recorrió de arriba abajo y les desbocó el corazón: nada bueno presagiaba y poco podían hacer por huir.

Aurora ahogó un grito y se dispuso a obedecer a lo que fuera que aquellos hombres quisieran, mientras que Olvido barruntaba que no iban a salir vivas de aquello. Las tropas moras no dejaban testigos de sus barbaries.

El más bajo, el único que había hablado hasta el momento, se acercó a Aurora y, sin dejar de mirarla, le ordenó:

—Levántate el vestido.

Aurora cerró los ojos, controló el asco que le provocaba el fuerte olor a alcohol que desprendía el aliento de su asaltante y obedeció. Si solo era eso lo que querían de ellas, estaba dispuesta a dárselo sin oponer resistencia alguna.

El instinto maternal de Olvido se reveló entonces contra la escena que iba a presenciar e intentó separar a aquel horrible hombre de su hija. Fue entonces cuando el otro la cogió del pelo y tiró con violencia de ella, dándole la vuelta, impasible a los gritos de la mujer, hasta empotrarla, de espaldas a él, contra la piedra de mármol que hacía de encimera en la cocina. Olvido lloraba del dolor y empezó a suplicar. Temía que fueran a matarlas. Como si sus ruegos encendieran más la sed de dominación y sangre que aquellos hombres llevaban dentro, su agresor empezó a reír, volvió a agarrarla del pelo, la puso de rodillas y le acercó la cara a su entrepierna mientras le gritaba «Chupa, puta» con fuerte acento extranjero, sin dejar de reír.

El atacante de Aurora rio también, pero continuó tomando lo que quería de ella como si nada estuviera sucediendo, mientras Aurora se repetía el mantra que tantas veces había practicado: «Aguanta, que pronto termina».

Cuando por fin pararon aquellas risas que helaban el corazón de las mujeres, el violador de Olvido le apartó la cara, la abofeteó y volvió a ponerla donde él quería diciéndole: «Más, mejor».

Olvido hipaba intentando complacer al moro para salvar la vida, pero debió de hacerle daño porque, gritando algo que no entendieron, la cogió del brazo, la arrastró hacia la cocina de carbón y cogió el atizador que ardía en su interior.

—Tú sigue portándote bien, que ya ves cómo se las gasta mi amigo —le dijo a Aurora entre jadeos su agresor.

Ese fue el momento que Aurora aprovechó para coger de la encimera el cuchillo de despiezar los pollos y clavárselo en el cuello. Él, ocupado como estaba en su propio placer y con la guardia baja por la nula resistencia de su víctima, no lo vio venir. Herido de muerte, se tapó el cuello con la mano en un intento inútil de parar la hemorragia y retrocedió hasta que trastabilló y fue a desplomarse sobre la flamante máquina de coser, impregnando de sangre el mueble de madera en el que se encajaba.

Su compañero maldijo en su idioma, soltó a Olvido y se lanzó a por Aurora, que no hizo ademán de huir. Estaba petrificada, apoyada en la encimera de mármol con el cuchillo ensangrentado en la mano. Fue entonces cuando Olvido sacó de sus entrañas una fuerza que desconocía poseer y consiguió golpear al hombre en la cabeza con el mismo atizador candente que él estaba a punto de aplicar sobre su piel. El hombre cayó al suelo como un fardo y aquello fue suficiente para que Aurora saliera del shock y se acercara al hombre al que había acuchillado para comprobar si estaba muerto. Así era. Le había seccionado la carótida y se había desangrado en menos de un minuto.

Cuchillo en mano y dispuesta a todo, Aurora se aproximó al otro, que yacía en el suelo con los ojos vítreos y sin moverse. Por si acaso seguía vivo, cogió dos trozos de tela del cesto de retales y le ató las manos con uno y los tobillos con el otro.

Olvido se acercó a su hija, pálida y serena, y ambas se abrazaron como si no hubiera dos cadáveres tirados sobre el suelo de su cocina.

Aurora nunca recobró la calma después de aquello. Lo que sí recobró fue la cordura, la suficiente como para entender que matar a dos soldados de las tropas africanas de Franco podía llevarlas al paredón y nada de lo que contaran podría remediarlo.

 

 

Águeda, 1947

 

Águeda tenía seis años la primera vez que le echaron las cartas.

Su madre la había encerrado en la despensa casi todo el día. Era el castigo favorito de Aurora: no solo enseñaba a su hija a com­portarse, sino que se libraba de ella durante un rato. Y eso que Águeda había aprendido desde bien pronto que lo mejor que po­día hacer para contentar a su madre era volverse invisible. Odia­ba verse encerrada en la despensa a oscuras, imaginando que las ratas conseguían entrar en busca de comida y empezaban a mordisquearle los pies, o que las cucarachas subían por sus piernas desnudas y ateridas por el frío de aquel cuarto húmedo confundiéndola con la pared.

Aurora se olvidó de Águeda aquel día. Los pequeños jugaban en casa de la vecina, ella tenía trabajo de costura y estaba tan absorta que ni comió ella ni comió Águeda, a la que se le agotaron las lágrimas de tanto llorar en su encierro, mientras su estómago se debatía indeciso entre los rugidos de hambre y las náuseas por el miedo a no salir jamás de allí.

No fue hasta que llegó su padre de la mina, calado por el orbayu que lo había acompañado los cuatro kilómetros que recorría en bicicleta, y preguntó por la niña, que Aurora se acordó de su hija.

Paulino miró a su mujer con decepción. Y es que no había tardado en descubrir, bajo la belleza que lo enamoró de Aurora, un corazón duro y correoso al que le resultaba imposible amar, por mucho que lo intentara.

Cuanto menos quería Paulino a Aurora, más adoraba a Águeda. Quería a todos sus hijos, pero Águeda era especial, quizá porque Aurora nunca fue una madre para ella, o porque la veía tan diferente a él que le daba miedo no entenderla, o tal vez porque Águeda era una niña reservada de ojos tristes, que solo se iluminaban cuando lo miraba a él, a su padre.

Cuando Aurora liberó por fin a Águeda de aquel encierro de horas, Paulino le permitió comer doble ración de pan con chocolate y la dejó ir a la calle a jugar hasta la hora que qui­siera.

—Pero ponte algo encima, que está orbayando —le dijo antes de que saliera, ansiosa de aire libre y de libertad.

Era verdad que orbayaba, pero no le importó. Deambuló dando patadas a las piedras del camino mientras buscaba con quién jugar, pero no encontró a ninguna de las vecinas en la calle. Con la ropa húmeda, empezaba a quedarse fría, pero no quería volver a casa; necesitaba respirar un rato más aquel aire húmedo que le sabía a libertad. Continuó hacia el parque cercano al río por si estaba Florita, la niña nueva de la escuela, recién llegada al pueblo con su padre y su abuela, llamados por el canto de sirena de la prosperidad que las minas proporcionaban a aquel valle.

Hasta allí llegó Águeda caminando cuando el sol empezaba a ocultarse tras las montañas, y encontró a Florita y a su abuela Herminia sentadas en el portal de una casa antigua a resguardo de la lluvia. Florita se levantó, contenta de ver a la única amiga que había hecho en la escuela desde su llegada, deseosa de presentarle a su abuela. Florita no tenía madre ni hermanos.

—¿De dónde sales tú? —preguntó Herminia con un acento que no era de aquellos valles.

—De Villapendi —respondió Águeda, dándose la vuelta para señalar la zona en la que vivía—. ¿Y usted? Habla igual que la hermana Tránsito.

—Pues no conozco a la hermana Tránsito, pero yo soy de Burela. ¿Tú sabes dónde está eso?

Águeda negó con la cabeza.

—¡En Galicia! Soy gallega, aunque tuve la mala idea de casarme con un pescador asturiano que me llevó para Luarca —explicó riéndose de su ocurrencia—, pero el acento no se me quitó. ¿Tú, nena, sabes dónde está Luarca?

Águeda volvió a negar con la cabeza, sin pronunciar palabra.

—Está al lado del mar, muy cerca de Galicia. Allí hay un puerto desde donde las barcas salen cada mañana a pescar y vuelven a mediodía cargadas de sardinas, bocartes, chicharros y hasta algún bonito en verano.

A Águeda, que nunca había visto el mar, aquella imagen la transportó a un cuento de aventuras como los que le contaba su padre, con piratas, monstruos marinos y sirenas.

—Yo nunca he visto el mar —confesó.

—El mar es enorme, y cuando se enfada se pone rabioso y muy negro, echa espuma blanca y ruge más que los leones —dijo Florita.

Águeda tembló solo de pensarlo. Ya no sabía si quería ser una princesa del mar y casarse con un pirata como la del cuento de su padre.

—¿Quieres saber cuándo conocerás el mar? —preguntó Herminia.

—Sí, sí, sí —respondió Águeda—. ¡Y también quiero saber si voy a casarme con un pirata!

Herminia sonrió ante la ocurrencia de la pequeña.

—¡Vamos a preguntárselo a las cartas! Venga, entremos en casa y de paso te secas, que vienes empapada.

—¿Y las cartas saben eso? —preguntó Águeda, a la que poco le importaba ya estar seca o mojada.

—Claro, hija, claro, las cartas lo saben todo.

—Pues en mi casa solo sirven para jugar al tute y a la brisca —dijo tan entusiasmada como poco convencida.

El hogar de Florita estaba en el sótano. Era un cuchitril con una letrina compartida entre los cuatro vecinos que ocupaban las viviendas en las que se dividía la parte baja de la casa. Solo tenía una habitación en la que dormía la niña con su abuela, otra para el padre y una cocina con muebles viejos donde la protagonista era una enorme radio de madera. El suelo era de tierra compactada, sin pavimentar.

Allí, en una mesa calzada en dos patas para evitar que cojeara y rodeada de cuatro sillas diferentes, se sentaron Herminia, Águeda y Florita, dispuestas a preguntar a una baraja española por su futuro.

—Ahora, silencio, dejemos que hablen los espíritus —ordenó Herminia en tono solemne mientras abría un paquete envuelto con una tela borda

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