Después del entierro nada volvió a ser como antes, pese a que Norma aún lo creía posible en el momento en que dejó atrás al grupo de asistentes al funeral y se escabulló por el camino que llevaba a la verja del cementerio. A su madre no le importaría que pidiera un taxi para irse y los demás le daban igual: no quería estar con familiares que apenas conocía ni atestiguar las intrigas de los posibles herederos de la casa de Naakka, un tema que no tardaría en salir a relucir, entre las empanadillas de Carelia y los sándwiches cortados por la mitad, mientras la abuela hilaba anécdotas con su frágil memoria. Con sólo subirse al taxi, Norma se libraría de toda aquella farsa. Trataría de volver a su rutina diaria y de enfrentarse a la muerte de su madre (¡nada de evitar los lugares que se la recordaran!). No llegaría tarde al trabajo, ni cogería un taxi en lugar del metro ni rompería a llorar por las mañanas al desenredarse el pelo con el peine de púas metálicas. No se olvidaría de comer ni de beber suficiente agua, ni permitiría que se desmoronase la vida que ella y su madre habían construido con tanto esfuerzo. A la mañana siguiente se prepararía como siempre para ir al trabajo, sacudiría los pelos de la blusa, metería en el bolso el aceite de bebé para domar los rizos, el Diazepam y el Postafen, para tranquilizar la mente y el cuerpo, y un bote tamaño viaje de Elnett, una laca cuyo aroma hacía evocar una jornada de trabajo normal y a mujeres cuyas vidas estaban en orden. A partir de ahora sería una de ellas. Así, preparada para afrontar el día que le esperaba por delante, Norma caminaría hacia la estación de metro de Sörnäinen, se mezclaría con la multitud y dejaría que las escaleras mecánicas la llevaran hasta el andén donde esperaría para abordar el vagón de cola del metro como cualquier otro día. La corriente de aire agitaría las faldas, la gente estaría enfrascada con el móvil o el periódico gratuito y nadie pensaría en la tragedia que había tenido lugar en ese mismo andén. Nadie más que Norma, mientras se preparaba para enfrentarse al trabajo y al ambiente de tensión que reinaba desde hacía meses debido a las negociaciones del acuerdo con el Ministerio del Trabajo: ella comprendería entonces que lo único que se había detenido en su vida era la vida de su madre.
El taxi no aparecía. Norma se apoyó contra el muro del cementerio y se abandonó a la sensación de alivio que le procuraban las benzodiazepinas y la escopolamina. Había salido airosa del entierro. No había reparado en la falsedad de los pésames ni en la hipocresía en las palabras pretendidamente empáticas. No se había desmayado, ni había vomitado, ni había tenido un ataque de pánico aunque varias personas se habían acercado a abrazarla. Se había comportado como una hija ejemplar y finalmente podía quitarse las gafas de sol, que se deslizaban por el puente de su nariz brillante de sudor. Justo cuando estaba metiendo las gafas en el bolso, se le acercó un desconocido a presentarle sus condolencias.
Norma volvió a ponerse las gafas: no necesitaba compañía.
—Creo que los demás se han ido hacia allá —dijo señalando el restaurante donde se celebraría una comida, y se bajó el ala del sombrero.
No obstante, en vez de marcharse, el hombre le tendió la mano. Norma se dio la vuelta sin corresponder al saludo: no le gustaba relacionarse con extraños. Pero el hombre no se rindió: le cogió la mano con la izquierda y la llevó hasta su propia mano derecha.
—Lambert, Max Lambert. Soy un viejo amigo de tu madre.
—No recuerdo que me haya hablado nunca de usted.
—¿Tú le hablabas a tu madre de todos tus amigos? —le replicó riéndose—. Hace ya mucho tiempo de todo eso. En nuestra juventud, tu madre, yo mismo y Helena vivimos muchas aventuras juntos.
Norma retiró la mano bruscamente: aquellos dedos que presionaban la piel de su mano se le antojaban poco menos que un hierro aplicado contra su voluntad; además, aquel hombre había hablado de su madre en pasado, lo que le parecía directamente ofensivo: ella todavía no había llegado a esa etapa. Para colmo, no podía ser su amigo: Norma y su madre, Anita Ross, habían llevado una existencia solitaria; su vida social se había limitado a los inevitables vínculos laborales. Cada una conocía el pequeño círculo de amistades de la otra y ese tipo no pertenecía a ese círculo.
Llevaba el cabello peinado hacia atrás; abundante, teniendo en cuenta su edad, pero la piel de su rostro era otra historia: tenía arrugas, sin duda debidas al exceso de sol, bolsas bajo los ojos, probablemente por culpa de una afición desmedida por la bebida, y un montón de capilares rotos que el bronceado no conseguía disimular. En sus sienes, empapadas de sudor, se olía la cerveza de la noche previa. Su traje, pese a ser de buena calidad, oscuro y apropiado para un velorio, también mostraba los estragos de la vigilia: parecía flojo y deformado, se le formaban bolsas en las rodillas. Su aftershave era un Kouros comprado recientemente, no un frasco que llevara años en el estante, y el champú, de los que suelen usar en las peluquerías. La interpretación de Norma se detuvo ahí: los medicamentos y la tristeza le habían taponado la nariz y los parches para las náuseas pegados detrás de las orejas liberaban escopolamina en sus venas, así que fue incapaz de leer al hombre de forma más precisa. Cuando vio que un mechón de pelo se le soltaba de la coleta y se enrollaba como un tirabuzón, entró en pánico y miró la hora en el móvil: el taxi ya debería haber llegado. El hombre sacó del bolsillo unas gafas de sol con cristales de espejo y se las puso.
—¿Puedo llevarte a algún lado?
—No, gracias. El taxi está en camino.
El hombre tenía la risa de un donjuán trasnochado y se acercaba tanto que casi parecía estar insinuándose. Algo en su voz le hizo pensar en esos bulliciosos grupos de turistas donde siempre hay un gracioso que dice bromitas en voz alta y hace reír a los demás.
—Te conviene ponerte en contacto conmigo lo antes posible: nos encargaremos de despejarte el camino de cosas desagradables para que puedas continuar con tu vida.
El hombre sacó un estuche que parecía de plata, aunque estaba bastante deslustrado, y deslizó una tarjeta de visita en la mano de Norma. La cadena de oro que llevaba en la muñeca brilló bajo el sol. De seguro había ganado el tarjetero jugando a las cartas, si no lo había robado... La mente de Norma se llenaba de las ideas más peliculeras: ¿no sería éste su verdadero padre, en vez de Reijo Ross? ¿Le habría ocultado su madre que tenía un medio hermano? Quizá ese hombre había ido al entierro equivocado...
• • •
Margit la llamó cuando el taxi ya estaba llegando al barrio de Kallio. Norma respondió al sexto timbrazo. La tarjeta de visita de Lambert seguía en su regazo y, mientras su tía intentaba convencerla de que volviera, ella le doblaba las esquinas. El cartón de la tarjeta era grueso y caro, de color crema con letras de oro. Sólo llevaba el nombre, sin tratamiento ni dirección. Respondiendo a un impulso, le preguntó a su tía si Max Lambert había ido a la comida.
El nombre no le decía nada: Norma tenía razón al pensar que el tipo había ido al entierro equivocado. Estaba a punto de bajar la ventana y lanzar la tarjeta al viento cuando Margit exclamó:
—Un momento, ¿te refieres al ex marido de Helena?
Norma se sobresaltó. Era cierto: la mejor amiga de su madre llevaba el mismo apellido que el hombre que se le había presentado hacía un momento. Había tomado demasiados tranquilizantes para soportar el entierro, por eso había sido incapaz de ver la relación.
—¿A santo de qué iba a estar Max Lambert en el entierro de tu madre? —preguntó Margit—. Es impensable.
—Pues creo que lo acabo de ver. ¿Seguro que no está por allí?
—No.
—Quizá haya ido de parte de Helena.
—¿No recuerdas las circunstancias en que se divorciaron Helena y Lambert? Tu madre nunca habría querido a ese hombre aquí. —De fondo se escuchaba la voz tranquila del cura y el tintineo de los platos. Cuando Margit oyó el nombre de Lambert, su voz se tiñó de desconcierto; ahora parecía abiertamente nerviosa: hablaba de Helena con un respeto que habría hecho pensar que las estaba escuchando. Por un instante, la madre de Norma volvía a estar viva; al menos, sus deseos seguían obedeciéndose. Nadie hablaba de Helena con tanto afecto como ella—. Dejando aparte a sus dos hijos, que son estupendos, esos años no le trajeron más que dolor, y ya ves cómo terminó. —Margit tragó y se oyó tintinear el vaso—. Olvídalo, te has equivocado.
Helena la Loca: su madre no soportaba ese apodo. Nunca le hablaba a Norma de sus visitas a Kuopio; sin embargo, en los últimos años había ido más a menudo y ella había deducido que la salud de Helena había evolucionado, aunque no sabía si a mejor o a peor. La verdad es que no se había atrevido a preguntar: los hospitales siempre la hacían pensar en la suerte trágica de los anormales, un tema al que la madre volvía y volvía hasta la saciedad. La ponían nerviosa. Además, ella ni siquiera recordaba si había visto alguna vez a Helena. De pronto cayó en la cuenta de que Margit no le había dicho si alguien había informado a Helena de la muerte de su madre, ni si Helena estaba lo suficientemente lúcida para comprenderlo.
—Esos amigos sólo traían problemas.
Margit volvía a alterarse, aunque el Diazepam hacía que hablara más lento, como si tuviera lengua de trapo.
—¿Qué amigos? —Norma se preguntó si su tía aún sería capaz de reconocer a Lambert: hacía décadas que se había marchado a Suecia con Reijo Ross y desde entonces ninguno de los dos había vuelto a poner un pie en Naakka, ni siquiera para asistir al entierro de sus padres—. ¿Te refieres a Reijo? ¿Hay algún familiar de Reijo Ross en la comida? Puede que Lambert haya ido acompañando a alguno de los Ross.
—¿Los Ross? No, no, ni lo pienses. Ninguno de ellos tiene nada que ver con nosotros ya: lo pasado, pisado.
Seguramente su tía tenía razón. Su madre pensaba lo mismo: sin duda habría preferido mantener a esos amigos allí donde pertenecían, en el pasado. Pero si nadie se había puesto en contacto con Reijo, el viejo amigo de Lambert, o con Helena, ¿cómo se había enterado Lambert del accidente? Norma no recordaba lo que ponía en el obituario ni si daba detalles del entierro: Margit se había ocupado de eso también. La noticia había aparecido en el periódico: «Una mujer muere al ser atropellada por el metro en Sörnäinen, la policía ha confirmado que no se trata de un crimen», pero no mencionaba el nombre de su madre.
Norma sacó otra pastilla del blíster y metió la tarjeta en el bolso. En el teléfono de información le dijeron que el número de Lambert debía de ser confidencial o que quizá fuera un móvil de prepago: no tenía asociada una dirección. Su madre habría sabido qué hacer conociera o no a ese hombre: su madre siempre tenía la solución a todos los problemas. La música animada de la radio resultaba inadecuada ese día, pero Norma le pidió al taxista que subiera el volumen. Camuflaba sus sollozos, su ineptitud: ya tenía más de treinta años y aún estaba acostumbrada a pedirle ayuda a su madre siempre que se veía frente a un problema serio.
Su madre no habría dejado que se preocupara por culpa de oscuros directores ejecutivos que le encrespaban el pelo como si hubiera sufrido una descarga eléctrica.
Marion maldijo mentalmente: ni Lambert ni Norma habían aparecido en la comida. Le hubiera gustado hablar primero con ella. Miró a Alvar, que le respondió con un discreto movimiento de cabeza.
—¿Quieren más café? —preguntó la mujer. Tenía unos cincuenta años y el aire de estar un poco perdida. Su rostro se había congelado en una sonrisa que nada conseguía borrar, ni siquiera un portazo en la nariz después de entrar por equivocación en el baño de hombres.
—La ceremonia fue muy bonita, justo lo que Anita hubiera querido —dijo Alvar. Su tono disipó la necesidad de presentarse: se comportaba como si fuera un viejo amigo de Anita y parecía confiar en que la mujer le echaría la culpa a su mala memoria en vez de preguntarles quiénes eran.
—La verdad es que no sabíamos qué hacer —confesó la mujer—. En la funeraria nos dijeron que lo más habitual en estos casos es la incineración, pero decidimos enterrarla teniendo en cuenta la salud de mi madre: a la pobre la habría desconcertado mucho que no siguiéramos la tradición.
«La salud de mi madre.» Así que ésa era Margit, la hermana de Anita. Durante el entierro había estado todo el tiempo junto a su progenitora, Elli Naakka, quien parecía frágil y ausente, tan confundida como Anita la había descrito siempre. La anciana se había sobresaltado cuando la mujer que estaba junto a ella había roto a llorar al ver que echaban tierra encima del ataúd; incluso le había dado unas palmaditas en la mano, como si ofreciera consuelo a una desconocida: no había reconocido a Margit ni comprendía que estaba en el entierro de su propia hija. Eso había tranquilizado a Marion, aunque al mismo tiempo le hubiera gustado que la anciana entendiera la situación: verla llorar.
Alvar puso la mano en el hombro de Margit y le cogió la cafetera.
—Déjeme ayudarla con el café. La decisión de enterrarla ha sido muy acertada.
—Ni siquiera le hemos contado a mi madre lo que ha pasado. Si hablan con ella, no les extrañe que les cuente una historia sobre una hemorragia cerebral —dijo Margit—. Ustedes deben ser de Correos, ¿compañeros de trabajo de Anita?
Marion le tendió la taza de café a su hermano para ganar tiempo y pensar una respuesta, pero Alvar se le adelantó y respondió que sí. Era obvio que Anita no había mencionado que la habían echado ni que tenía un nuevo trabajo en el salón Rizos Mágicos. Tampoco era raro: mucha gente se avergonzaba cuando la despedían y Anita seguramente no había querido hablarle de su nuevo trabajo a aquella gente. En los discursos pronunciados durante la comida se habían recordado los veranos en la casa de Naakka y otras nimiedades parecidas: pura palabrería sin relación con la verdadera vida de Anita. Marion se dio cuenta de que la rabia la reconcomía: quienes no la habían conocido no deberían estar acompañándola a la tumba. Anita habría aborrecido un acto como ése. Habría querido que los asistentes bebieran vino y bailaran canciones de Abba, y que Helena, y no Lambert, estuviera allí. Mientras el cura hablaba junto a la tumba, Lambert le había susurrado a Marion que Alvar y ella se habían preocupado sin motivo, que todo había ido bien. Que nadie había mencionado a Helena, ni había dado muestras de recordar a Lambert ni a sus hijos, que el tiempo había hecho su trabajo.
—Nunca nos hubiéramos imaginado que Anita estaba pasando por algo así —continuó Margit.
—La depresión puede ser muy insidiosa —admitió Alvar.
—¿Ustedes tampoco se dieron cuenta de nada?
—Puede que Anita estuviera un poco más retraída últimamente —dijo Alvar y se volvió para mirar a Marion y obtener su aprobación.
Ella debería de haber dicho algo; no fue capaz. Buscó un pañuelo en el bolsillo, pero no encontró ninguno limpio. Alvar le dio una servilleta y Marion la presionó contra sus ojos.
—Anita nunca fue muy sociable —dijo Margit—. Aun así, tendríamos que haberla llamado más a menudo para que nos contara cómo le iba, aunque pareciera forzado.
—¿Cómo está Norma? —preguntó Alvar—. Seguramente es muy duro para ella.
—Norma ha salido a su madre: prefiere guardarse las cosas.
—Si podemos ayudar de alguna manera...
—Gracias, lo tendré en cuenta. Me gustaría saludar a los compañeros de trabajo de Anita, el problema es que no conozco a ninguno —dijo Margit, y explicó que había llamado a la centralita de Correos para informar del entierro, pero que la telefonista no conocía a su hermana.
—En Correos hay demasiados trabajadores temporales —se lamentó Alvar.
La conversación avanzaba hacia terreno resbaladizo, pero su hermano era bueno inventando historias. Marion se apartó en silencio y Alvar le hizo un gesto con la cabeza sin dejar de servir café. Para cuando rellenó la taza de la segunda persona que se lo pidió, Margit ya parecía haber olvidado que estaba buscando a los compañeros de trabajo de Anita. Hacerse con la cafetera había sido una maniobra muy hábil por parte de Alvar: le permitiría moverse con naturalidad entre los invitados.
Los hombres de la familia actuaban con la misma circunspección que en el cementerio: estaban de pie, incómodos con sus trajes, tensos, con las manos cruzadas detrás de la espalda. Lambert también: era la forma masculina de mostrar respeto. Sólo que a él no le pegaba, y menos aún en el entierro de Anita. Era una hipocresía.
Mientras caminaba entre los invitados, Marion cazó al vuelo palabras de conmoción y sorpresa, además de lamentos por el hecho de que nadie se hubiera imaginado nada... ¡como si alguno de ellos hubiera podido hacerlo! Muy pocos habían visto a Anita después de que se hubiera mudado a Helsinki. De hecho, Marion no comprendía por qué habían acudido al entierro: quizá para mitigar su mala conciencia por dejar que la distancia y los años enfriaran la relación o simplemente para poder cotillear con los vecinos del pueblo sobre la tragedia que había sufrido la familia de la casa de Naakka. Las reacciones de la gente ante las muertes violentas siempre son iguales: una mezcla de hipocresía y curiosidad. Se habla de ellas durante décadas, sobre todo si no existe una explicación razonable, sino todo lo contrario. Marion se propuso encontrar a la chica de una vez por todas, así pondría fin a esa farsa y podría irse.
Norma bajó del coche, se arrancó los parches de escopolamina de detrás de las orejas y encendió un cigarrillo. Pronto tiraría su ropa con olor a cementerio al contenedor de basura del patio trasero, dejaría atrás la tristeza de ese día aciago y abriría una botella de vino tinto que había reservado en el armario de la cocina para calmar los nervios que le provocaba pensar en la mañana siguiente. Sólo tenía que abrir el portal y poner un pie en el porche, si bien en las últimas semanas dar ese paso se le había dificultado cada vez más.
Doce años antes había sido muy diferente: esa misma puerta les había dado la bienvenida a ella y a su madre; se había abierto sola, como por arte de magia, y las había hecho pensar que mudarse a la ciudad era la mejor decisión que podían haber tomado. Habían dado aquel paso decisivo cuando Norma se graduó del instituto: entonces pudieron dejar atrás la casa de Naakka y la opresora comunidad que la rodeaba. Encontrar dos pisos en perfecto estado en el mismo edificio fue un gran golpe de suerte que celebraron haciendo un viaje de ida y vuelta por la línea del metro.
Doce años más tarde, un día después de que su madre hubiera regresado de sus vacaciones en Tailandia, ese mismísimo símbolo de la vida urbana la había atropellado. Norma no podía dejar de pensar que quizá podría haberlo evitado. ¿Habría detectado algún signo del estado mental de su madre si la hubiera llamado esa tarde o hubiera subido los pocos escalones que separaban ambos pisos?
Pero no había subido, ni siquiera para tomarse un café: había pasado la noche con un amante ocasional y durante ese lapso su madre le había enviado el último mensaje: «¿Cenamos mañana? Te he traído un recuerdo de Tailandia», que Norma no había leído hasta la mañana siguiente. Incluso si su madre la hubiera llamado, no habría respondido: había sentido la necesidad de desconectar del ambiente de la oficina aunque fuera por un rato. Se había pasado la semana viendo a su jefe y al resto de los directivos subir y bajar las escaleras; el conserje del edificio, que siempre estaba enterado de todo, evitaba la zona de fumadores, lo que se consideraba un mal presagio sobre el progreso de las negociaciones. No soportaba la idea de volcar sobre su madre toda la tensión del trabajo en cuanto ésta pusiera un pie en casa recién llegada de sus vacaciones, así que decidió disfrutar de la copa, la compañía de aquel hombre que no significaba nada para ella y la ausencia de pensamientos: ya vería a su madre al día siguiente.
Cuando la llamaron en mitad de la jornada de trabajo, había creído que se trataba de algo relacionado con las negociaciones del acuerdo con el Ministerio y había entrado en la sala de reuniones lista para mostrar su mejor cara, pero se encontró con una pareja de policías esperándola. Las trenzas de la mujer policía olían a champú de abedul y a unos hábitos de vida saludables con una elevada dosis de vitamina C. Norma había sentido cómo se le rizaba el pelo al mismo tiempo que una idea pasaba por su mente: iba a salir indemne de las negociaciones. Más tarde se avergonzó de ese pensamiento: no era momento para alegrarse de que no pudieran echar a alguien que acababa de perder a su madre de forma trágica.
La noticia había corrido como la pólvora por todo el edificio y su bolso se había llenado de tarjetas con teléfonos de apoyo psicológico. Su compañera de despacho le había hablado de un artículo del periódico que aseguraba que sólo se contrataba a maquinistas capaces de superar el trauma de que alguien se tirara a las vías porque era algo con lo que se iban a topar tarde o temprano. La mención del maquinista la hizo caer en la cuenta de que éste había sido la última persona en ver a su madre con vida: el último segundo de su madre, el último paso, el último aliento. Probablemente todo había sucedido tan deprisa que el hombre ni siquiera se habría dado cuenta. En cualquier caso, la última persona en ver a Anita con vida tendría que haber sido Norma, no el maquinista ni los desconocidos del andén del metro.
Cuando la mirada perdida de Elli Naakka se detuvo en Marion, la confusión desapareció de la cara de la anciana como si se hubiera abierto una cortina y se levantó con sorprendente agilidad con intención de ir a escupirle. El cura, que estaba sentado a su lado, dio un respingo y todas las cabezas se volvieron a mirar, pero tras unos instantes de silencio la gente procuró correr un tupido velo sobre aquel penoso incidente: unos se sirvieron más comida, otros hicieron tintinear las tazas de café.
—Quizá te ha confundido con Helena —comentó su hermano Alvar.
Había aparecido a su lado y la acompañó hacia la salida del restaurante. Se sentía como paralizada. Tenía la boca seca y le temblaban las manos. Precisamente por eso no quería ver a nadie que se acordara de Helena.
—Ni siquiera me parezco tanto a ella —susurró.
—Por supuesto que no, aquí nadie más te relaciona con Helena. —Alvar le acarició suavemente el pelo—. Olvida lo que ha pasado: la madre de Anita no está bien de la cabeza.
Elli Naakka le había dirigido una mirada afilada y acusadora: quizá finalmente se había dado cuenta de que estaba en el entierro de su hija y le había echado la culpa a Helena la Loca, como si pensara que, de no haber sido su amiga, Anita no habría corrido esa suerte. Pero Marion sabía que todo aquello era producto de su imaginación: nada hacía pensar que Elli Naakka entendiera siquiera dónde estaba. Marion sólo se había acercado a la anciana para poder decirle a Lambert más tarde que por lo menos lo había intentado; en el fondo estaba convencida de que no conseguiría descubrir nada a través de Elli Naakka y de que ella ni siquiera la reconocería.
—Intenta tranquilizarte. Recuerda por qué hemos venido: ¿hay alguien aquí a quien hayas visto alguna vez en compañía de Anita? —preguntó Alvar.
Marion negó con la cabeza. Estaban fisgoneando en el entierro de Anita, lo cual era repugnante. Marion miró las pupilas de su hermano: estaban normales. Sólo las patas de gallo que enmarcaban sus ojos entornados delataban que su hermano había reconocido a un chico con el que se peleaba de niño o a uno de los que le cantaba «Helena la Loca, Helena la Loca...». Sin embargo, él era capaz de estar allí, sereno, conversando amablemente con esas personas. Cuando llegara el taxi y Marion se marchase, Alvar se uniría al grupo de familiares que estaba fumando fuera, les pasaría la petaca que llevaba en el bolsillo, conversaría relajadamente con ellos y seguramente conseguiría averiguar un montón de cosas. Lambert quedaría satisfecho y le volvería a dar a su chico una gratificación que no le había dado jamás a Marion, a no ser que una peluquería propia contara como tal.
Alvar se dio cuenta de que su hermana estaba rompiendo una servilleta en pedazos y le quitó los trozos de las manos. Por el estado en que quedó el suelo, cualquiera habría pensado que a sus pies había pasado una gallina que estaba cambiando el plumaje.
—¿Necesitas algo?
—No, estoy perfectamente.
—Vete a casa, ya le harás tu propio homenaje a Anita más tarde. Le diré a Lambert que has hecho todo lo que has podido.
La ventana estaba abierta y el polvo acumulado en el alféizar había ido a parar poco a poco a la ropa que estaba tirada sobre el sofá. Las blusas de Margit cubrían el montón de vestidos de su madre. Los cacharros del fregadero eran de Margit, no de su madre. En el reproductor de CDs había un disco de Suvi Teräsniska, también de Margit. El olor a Shalimar había sido reemplazado por el perfume de imitación que usaba Margit. Norma ya no sentía el piso como el hogar de su madre: le parecía que había cometido un error al dejar que su tía se instalase allí y se hiciera cargo de organizar el entierro. Había aceptado su ayuda porque ella misma no había sido capaz de entrar en el piso al primer intento: no había soportado la imagen que había visto desde el umbral de la puerta. Parecía que su madre hubiera salido a hacer un recado y estuviera a punto de volver a casa. Por eso había dejado que fuera su tía, y no ella misma, quien buscara el vestido preferido de su madre, cogiera la entrada para el concierto de Abba que estaba en el marco del espejo y el Shalimar del tocador y recolectara todas las cosas que su madre querría tener en el ataúd; que fuera su tía quien hiciera todas esas cosas que le habrían correspondido a ella, a pesar de que su tía no sabía nada sobre su madre. Sólo Norma sabía por qué el Shalimar tenía que estar en el ataúd; sólo ella sabía que su madre se había despertado en el hospital después de dar a luz percibiendo ese aroma a bergamota y limón y de pronto se había sentido segura de que todo iría bien, de que a pesar de todo se las arreglarían las dos solas y no necesitarían a Reijo ni a nadie más; sólo ella sabía que poco después había reconocido el olor en la perfumería del pueblo y había comprado el perfume sin reparar en el precio porque era el aroma del mayor punto de inflexión en su vida.
Norma encendió un cigarrillo. Ella misma había dejado que su tía desordenara el lugar del crimen... Cuando se dio cuenta de que estaba pensando en la casa de su madre como si fuera el lugar de un crimen, se alarmó y se echó el pelo hacia atrás de forma mecánica, como queriendo sacarse de encima los pensamientos. Trataba de encontrar a toda costa un motivo razonable para lo que había hecho su madre y quería ver sombras donde no las había. Con toda probabilidad, el intento de acercamiento de Max Lambert tenía una explicación perfectamente natural.
Norma abrió el ordenador portátil de su madre y lo cerró de inmediato: allí no encontraría nada sobre sus años de juventud, que eran justamente los que le interesaban. Su madre guardaba un álbum de fotos de sus años mozos en el armario, pero no estaba en su lugar. Finalmente, lo encontró en la mesita de noche; no obstante, faltaban varias fotos. Así que a Margit le había dado tiempo a echarle mano antes que nadie. Según su tía, su madre no había dejado ninguna carta, y ella le había creído. Ahora, sin embargo, no estaba tan segura de que hubiera sido así. Su madre ni siquiera le había contado a Margit que la habían echado, mucho menos le había hablado de su nuevo trabajo. Margit no conocía a su madre, al menos no como ella. Quizá no había sabido buscar en los lugares correctos. Norma empezó a considerar la posibilidad de que, por culpa de su apatía, su tía hubiera podido destruir las pruebas contra Lambert. Estaba decidida a llamarla para preguntarle por las fotos que faltaban, pero cuando tuvo el aparato en la mano, simplemente lo lanzó dentro del bolso. Su tía tenía derecho a coger algunas fotos; no había razón para enfadarse. Al fin y al cabo, se había tomado muchas molestias: se había hecho cargo del entierro y había adelantado el alquiler de junio y julio del piso para que no hubiera prisas para desocuparlo y pudiese quedarse más tiempo y ayudar a Norma en lo que necesitara.
Norma metió en el bolso el ordenador y los códigos de acceso a las cuentas bancarias que había encontrado sobre la mesa. Encendió otro cigarrillo y abrió el álbum. Su tía había cogido fotografías donde salían la abuela o ella misma y había descartado las fotos de su madre y Helena de jóvenes, así como las de Helena y sus hijos con algodones de azúcar en la mano y un parque de atracciones de fondo. En esas fotos, Norma reconoció a la hija de Helena, Marion, que parecía una Helena adolescente. En el álbum, Helena tenía una mirada firme y una sonrisa encantadora: la demencia se había apoderado de ella tiempo después. Cuando pasaba las últimas páginas, ya con la idea de levantarse, se percató de que en una de las fotografías podía verse a dos parejas disfrutando de un día de verano. Su madre y Reijo Ross estaban tomados del brazo; junto a ellos, una versión más joven del hombre al que había conocido ese día abrazaba a Helena. Debajo había una Polaroid en la que una versión algo mayor del hombre le sonreía a Marion con un bebé en los brazos. Detrás de la foto había un mensaje escrito con letra infantil. Estaba firmado por Alvar: él había tomado la foto y le pedía a su madre que fuera pronto a visitarlo.
