El abanico de seda

Lisa See

Fragmento

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Recogimiento

Tengo ochenta años y soy lo que en nuestro pueblo se denomina «una que todavía no ha muerto», una viuda. Sin mi esposo, los días se hacen largos. Ya no me apetecen los manjares que me preparan Peonía y las demás. Ya no me ilusionan los sucesos felices que con tanta facilidad se producen bajo nuestro techo. Ahora sólo me interesa el pasado. Después de tanto tiempo, por fin puedo decir lo que debía callar cuando era niña y dependía de los cuidados de mi familia, o más tarde, cuando pasé a depender de la familia de mi esposo. Tengo toda una vida por contar; ya no tengo nada que perder y pocos a los que ofender.

Soy lo bastante mayor para conocer mis virtudes y mis defectos, que a menudo coinciden. Siempre he necesitado que me amaran. Desde niña he sabido que no me correspondía ser amada; aun así, ansiaba que quienes me rodeaban me expresaran su cariño, y ese deseo injustificado ha sido la causa de todos mis problemas. Soñaba que mi madre se fijaría en mí y que ella y el resto de mi familia acabarían queriéndome. Con objeto de ganarme su afecto prestaba siempre obediencia —la principal virtud de niñas y mujeres—, pero quizá me desvivía en exceso por hacer lo que me mandaban. Con la esperanza de obtener alguna muestra de cariño, por sencilla que fuera, intenté no defraudar las expectativas de mi familia —tener los pies más pequeños del condado—, de modo que dejé que me los vendaran para que, tras romperse, los huesos adquirieran una forma más hermosa.

Cuando creía que ya no soportaría ni un minuto más de dolor y las lágrimas caían sobre mis ensangrentados vendajes, mi madre me hablaba al oído animándome a aguantar una hora más, un día más, una semana más, y me recordaba las recompensas que obtendría si no desfallecía. Así fue como me enseñó a soportar no sólo el sufrimiento físico que comportaban el vendado de los pies y la maternidad, sino también el dolor, más tortuoso, del corazón, la mente y el alma. Asimismo me señalaba mis defectos y me enseñaba a utilizarlos de modo que me resultaran provechosos. En mi país llamamos teng ai a esa clase de madres. Mi hijo me ha dicho que en la caligrafía de los hombres esa palabra está compuesta por dos caracteres. El primero significa «dolor»; el segundo, «amor». Así es el amor maternal.

Los vendajes cambiaron no sólo la forma de mis pies, sino también mi carácter. Siento como si ese proceso hubiera continuado a lo largo de toda mi vida, convirtiendo a la niña complaciente en la niña decidida y, más tarde, a la joven que cumplía sin rechistar todo cuanto le ordenaba su familia política en la mujer de más alto rango del condado, que imponía estrictas normas y costumbres en el pueblo. Cuando tenía cuarenta años, la rigidez de mis vendajes había pasado de mis lotos dorados a mi corazón, y éste se aferraba con tanta fuerza a injusticias y agravios del pasado que no me permitía perdonar a los que quería y me querían.

Mi única rebelión llegó con el nu shu, la escritura secreta de las mujeres. Rompí por primera vez la tradición cuando Flor de Nieve —mi laotong, mi «alma gemela», mi compañera de escritura secreta— me envió el abanico que ahora está encima de la mesa, y volví a romperla después de conocerla. Pero, además de ser la laotong de Flor de Nieve, yo estaba decidida a ser una esposa honorable, una nuera digna de elogio y una madre escrupulosa. En los malos tiempos mi corazón era duro como el jade. Tenía un poder oculto que me permitía resistir tragedias y desgracias. Pero aquí estoy —la típica viuda, sentada en silencio, como dicta la tradición—, y ahora entiendo que estuve ciega muchos años.

Con excepción de tres meses terribles del quinto año del reinado del emperador Xianfeng, he pasado toda mi vida en las habitaciones del piso de arriba, reservadas a las mujeres. Sí, iba al templo, viajé en diversas ocasiones a mi pueblo natal y hasta visitaba a Flor de Nieve, pero sé muy poco del reino exterior. He oído a los hombres hablar de impuestos, sequías y levantamientos, pero esos asuntos son ajenos a mi vida. De lo que yo entiendo es de bordar, tejer y cocinar, de la familia de mi esposo, de mis hijos, nietos y bisnietos, y de nu shu. El curso de mi vida ha sido el normal: años de hija, años de cabello recogido, años de arroz y sal y, por último, de recogimiento.

De modo que aquí me tenéis, sola con mis pensamientos frente a este abanico. Cuando lo cojo, me sorprende lo poco que pesa, pues en él están registradas muchas penas y alegrías. Lo abro con una sacudida y el sonido de los pliegues al desdoblarse me recuerda al de los latidos del corazón. Los recuerdos pasan a toda velocidad ante mis ojos. He leído tantas veces, en los últimos cuarenta años, el texto escrito en él que he memorizado las palabras como si fueran una canción infantil.

Recuerdo el día que me lo entregó la casamentera. Me temblaban los dedos cuando lo abrí. Entonces, una sencilla guirnalda de hojas adornaba el borde superior y un solo mensaje se desgranaba por el primer pliegue. En aquella época yo no conocía muchos caracteres de nu shu, así que mi tía leyó el mensaje: «Me han dicho que en vuestra casa hay una niña de buen carácter y hábil en las tareas domésticas. Esa niña y yo nacimos el mismo año y el mismo día. ¿No podríamos ser almas gemelas?» Ahora contemplo los delicados trazos que componen esas palabras y no sólo veo a Flor de Nieve cuando era niña, sino también a la mujer en que más tarde se convirtió: una mujer perseverante, franca y de mentalidad abierta.

Mi mirada acaricia los otros pliegues y veo nuestro optimismo, nuestra dicha, nuestra admiración mutua, las promesas que nos hicimos la una a la otra. Veo cómo aquella sencilla guirnalda se convirtió en un complicado dibujo de lirios y capullos de árbol de nieve entrelazados que simbolizaban nuestra unión de laotong o almas gemelas. Veo la luna en la esquina superior derecha, iluminándonos. Tendríamos que haber sido como dos largas enredaderas con las raíces entrelazadas, como dos árboles que viven mil años, como un par de patos mandarines emparejados de por vida. En uno de los pliegues, Flor de Nieve escribió: «El cariño no dejará que cortemos nuestros lazos.» Sin embargo, en otro pliegue veo los malentendidos, la pérdida de confianza y el portazo final. Para mí el amor era una posesión tan valiosa que no podía compartirla con nadie más, y acabó separándome de la única persona con quien me identificaba plenamente.

Todavía sigo aprendiendo acerca del amor. Pensaba que entendía no sólo el amor maternal, sino también el amor filial, el amor entre esposo y esposa y el amor entre dos laotong. He experimentado las otras clases de amor: la compasión, el respeto y la gratitud. Sin embargo, cuando miro el abanico secreto donde están recogidos los mensajes que Flor de Nieve y yo nos escribimos durante años, comprendo que no valoraba el amor más importante: el que surge de lo más profundo del corazón.

En los últimos años he escrito al dictado muchas autobiografías de mujeres que no llegaron a aprender nu shu. He conocido sus penas y sus quejas, sus injusticias y tragedias. He consignado la miserable vida de personas que tuvieron un triste destino. Lo he oído y escrito todo. Si bien es cierto que sé muchas historias de mujeres, también lo es que no sé casi nada acerca de las de los hombres, excepto que suelen incluir a un granjero que lucha contra los elementos, a un soldado que combate en la guerra o a un hombre solitario que emprende una búsqueda interior. Cuando reflexiono sobre mi vida, me doy cuenta de que tiene elementos comunes a las historias de las mujeres, pero también a las de los hombres. Soy una persona humilde con las quejas típicas de toda mujer, pero mi verdadera naturaleza y la persona que debería haber sido libraron una batalla interna parecida a las que libran los hombres.

Escribo estas páginas para los que residen en el más allá. Peonía, la esposa de mi nieto, ha prometido encargarse de que las quemen tras mi muerte, para que mi historia llegue hasta ellos antes que mi espíritu. Quiero que mis palabras expliquen mis actos a mis antepasados y a mi esposo, pero sobre todo a Flor de Nieve, antes de que me reúna de nuevo con ellos.

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Años de hija

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Primera infancia

Me llamo Lirio Blanco. Vine al mundo el quinto día del sexto mes del tercer año del reinado del emperador Daoguang. Puwei, mi pueblo natal, está en Yongming, el condado de la Luz Eterna. La mayoría de su población desciende de la etnia yao. Gracias a los recitadores que visitaban Puwei cuando yo era pequeña, supe que los yao se establecieron en esta zona hace mil doscientos años, durante la dinastía Tang, pero que la mayoría de las familias llegaron un siglo más tarde huyendo de los ejércitos mongoles que invadieron el norte. Aunque los habitantes de nuestra región nunca han sido ricos, pocas veces hemos sido tan pobres como para que las mujeres tuvieran que trabajar en el campo.

Éramos miembros de la rama familiar Yi, uno de los primeros clanes yao que llegaron a la región y el más extendido en el distrito. Mi padre y mi tío arrendaban siete mou de tierra a un rico terrateniente que vivía lejos, en el oeste de la provincia, y cultivaban arroz, algodón, taro y hortalizas. Mi casa natal tenía dos plantas y estaba orientada hacia el sur, como todas las de la región. En el piso de arriba había una habitación donde se reunían las mujeres y dormían las muchachas solteras de la familia. Las alcobas de cada unidad familiar y una habitación especial para los animales flanqueaban la sala principal de la planta baja, de cuya viga central colgaban cestos de huevos o naranjas y ristras de pimientos para protegerlos de los ratones, las gallinas y los cerdos. Había una mesa y unos taburetes arrimados a una pared. Una chimenea donde mi madre y mi tía preparaban la comida ocupaba un rincón de la pared de enfrente. En la sala principal no había ventanas, de modo que en los meses de calor dejábamos abierta la puerta que daba al callejón para que entrara luz y aire. Las demás habitaciones eran pequeñas, el suelo era de tierra apisonada y, como ya he comentado, nuestros animales vivían con nosotros.

Nunca me he detenido a pensar si de pequeña fui feliz o me lo pasaba bien. Era una niña mediocre que vivía con una familia mediocre en un pueblo mediocre. Ignoraba que pudiera haber otra forma de vivir. Pero recuerdo el día que empecé a fijarme en lo que me rodeaba y a reflexionar sobre ello. Acababa de cumplir cinco años y tenía la sensación de haber traspasado un gran umbral. Desperté antes del amanecer con una especie de comezón en el cerebro. Aquella pequeña irritación aguzó mi percepción de todo cuanto vi y experimenté aquel día.

Estaba acostada entre Hermana Mayor y Hermana Tercera. Miré hacia el otro lado de la habitación, donde estaba la cama de mi prima. Luna Hermosa, que tenía la misma edad que yo, todavía no se había despertado, de modo que me quedé quieta esperando a que mis hermanas se movieran. Estaba de cara a Hermana Mayor, que me llevaba cuatro años. Aunque dormíamos en el mismo lecho, no llegué a conocerla bien hasta que me vendaron los pies y entré en la habitación de las mujeres. Me alegré de no estar de cara a Hermana Tercera, porque, como era un año menor que yo, la consideraba tan insignificante que no merecía siquiera que pensara en ella. Creo que mis hermanas tampoco me adoraban, pero la indiferencia con que nos tratábamos no era más que una máscara que nos poníamos para ocultar nuestros verdaderos deseos. Todas ansiábamos que madre se fijara en nosotras. Todas competíamos por la atención de padre. Todas confiábamos en pasar cada día un rato con Hermano Mayor, pues por ser el primer hijo varón era la persona más valiosa de la familia. En cambio, yo no sentía esa clase de celos con Luna Hermosa. Éramos buenas amigas y nos alegrábamos de que nuestras vidas fueran a estar unidas hasta que ambas nos casáramos y marcháramos de aquella casa.

Las cuatro nos parecíamos mucho. Teníamos el cabello negro y corto, éramos muy delgadas y de estatura similar. Nuestros rasgos distintivos eran escasos. Hermana Mayor tenía un lunar encima del labio superior. Hermana Tercera siempre llevaba el cabello recogido en moñetes, porque no le gustaba que mi madre se lo peinara. Luna Hermosa tenía el rostro pequeño y redondo, y yo tenía las piernas robustas, porque me gustaba correr, y los brazos fuertes, porque solía llevar en ellos a mi hermano pequeño.

—¡Niñas! —exclamó mi madre desde el pie de la escalera.

Aquello bastó para despertar a las demás y para que todas nos levantáramos. Hermana Mayor se vistió a toda prisa y se dirigió al piso de abajo. Luna Hermosa y yo tardamos un poco más porque, además de vestirnos nosotras, teníamos que vestir a Hermana Tercera. Luego fuimos juntas a la planta baja, donde mi tía barría, mi tío cantaba una canción matutina, mi madre —con Hermano Segundo cargado a la espalda— vertía el agua en la tetera para calentarla y Hermana Mayor cortaba cebolletas para preparar las gachas de arroz que llamamos congee. Mi hermana me lanzó una mirada serena que yo interpreté como que ya se había ganado la aprobación de la familia esa mañana y, por tanto, estaba a salvo para el resto del día. Disimulé mi envidia, sin entender que la satisfacción que creí percibir en ella era en realidad triste resignación, un sentimiento que se apoderaría de mi hermana cuando se casara y se marchara de casa.

—¡Luna Hermosa! ¡Lirio Blanco! ¡Venid!

Mi tía nos saludaba así todas las mañanas. Corrimos hacia ella. Besó a Luna Hermosa y me dio unas cariñosas palmadas en el trasero. Luego se acercó mi tío, que aupó a Luna Hermosa y la besó. Después de dejarla en el suelo me guiñó un ojo y me pellizcó la mejilla.

¿Conocéis ese refrán que reza que los guapos se casan con guapos y los inteligentes, con inteligentes? Aquella mañana llegué a la conclusión de que mi tío y mi tía formaban una pareja perfecta porque ambos eran feos. Mi tío, el hermano menor de mi padre, era patizambo y calvo, y tenía la cara mofletuda y brillante. Mi tía era regordeta y sus dientes parecían rocas de bordes irregulares asomando de una cueva calcárea. No tenía los pies muy pequeños; debían de medir unos catorce centímetros de largo, el doble de lo que acabarían midiendo los míos. Según las malas lenguas del pueblo, por esa razón mi tía —una mujer robusta y de caderas anchas— no había tenido hijos varones. Yo nunca había oído esa clase de reproches en nuestra casa, ni siquiera en boca de mi tío. Para mí formaban un matrimonio ideal: él era una cariñosa rata y ella un responsable buey. Cada día contagiaban felicidad a quienes se reunían con ellos alrededor del hogar.

Mi madre todavía no parecía haberse dado cuenta de mi presencia en la habitación. Siempre pasaba lo mismo, pero ese día percibí y sentí su indiferencia. La melancolía que se apoderó de mí barrió la alegría que acababa de sentir con mis tíos y me aturdió por un momento. Luego, con la misma rapidez, ese sentimiento desapareció, porque Hermano Mayor, que tenía seis años más que yo, me llamó para que lo ayudara a realizar sus tareas matutinas. Como nací en el año del caballo me encanta estar al aire libre, pero había algo aún más importante: tendría a Hermano Mayor para mí sola. Sabía que podía considerarme afortunada y que mis hermanas me guardarían rencor, pero me traía sin cuidado. Cuando Hermano Mayor me hablaba o me sonreía, yo dejaba de sentirme invisible.

Salimos corriendo de la casa. Hermano Mayor sacó agua del pozo y llenamos varios cubos que llevamos dentro; luego volvimos fuera en busca de leña. Hicimos un montón y Hermano Mayor me puso en los brazos las ramas más delgadas; él cargó con el resto y emprendimos el regreso a casa. Cuando entramos, entregué los leños a mi madre, con la esperanza de que me dedicara algún elogio. Al fin y al cabo, para una niña pequeña no es tan fácil acarrear un cubo de agua o una pila de leña. Sin embargo, ella no dijo nada.

Incluso ahora, después de tantos años, me cuesta pensar en mi madre y en lo que comprendí aquel día. Me di cuenta con toda claridad de que yo no tenía ninguna importancia para ella. Era su segunda hija y, como todas las niñas, carecía de valor; además, nada garantizaba que fuera a superar la primera infancia y, por tanto, no tenía sentido que ella perdiera el tiempo conmigo. Me miraba como todas las madres miran a sus hijas: como a un visitante que está de paso. Yo no era más que otra boca que alimentar y otro cuerpo que vestir hasta que me fuera a vivir a la casa de mi esposo. Sólo tenía cinco años y ya entendía que no merecía la atención de mi madre, pero aun así la anhelaba. Deseaba que me mirara y hablara del mismo modo que a Hermano Mayor, pero incluso en aquel momento, cuando sentí por primera vez ese deseo con acuciante intensidad, fui lo bastante inteligente para saber que no le gustaría que la interrumpiera mientras estaba atareada; a menudo me regañaba por hablar en voz demasiado alta o agitaba una mano cuando me interponía en su camino. En lugar de interrumpirla, juré que sería como Hermana Mayor y ayudaría en casa con toda la discreción y todo el cuidado de que fuera capaz.

Mi abuela apareció con paso vacilante. Tenía la cara arrugada como una pasa y la espalda tan encorvada que nuestros ojos quedaban a la misma altura.

—Ayuda a tu abuela —me ordenó mi madre—. Pregúntale si necesita algo.

Pese a la promesa que acababa de hacer, vacilé. Por la mañana mi abuela tenía las encías pastosas y le apestaba el aliento, y todos la evitábamos. Me acerqué con sigilo a ella, conteniendo la respiración, pero me ahuyentó agitando la mano con impaciencia. Me aparté tan deprisa que choqué con mi padre, la persona más importante de la casa.

Él no me regañó ni dijo nada a nadie. Si no me equivocaba, no abriría la boca hasta el anochecer. Se sentó y esperó a que le sirvieran. Observé a mi madre, que le sirvió el té sin pronunciar palabra. Yo sabía que no era conveniente que ella se fijara en mí mientras realizaba sus tareas matutinas, pero era especialmente peligroso molestarla cuando atendía a mi padre. Él casi nunca le pegaba y jamás tuvo concubinas, pero la cautela con que ella lo trataba nos alertaba de que debíamos poner mucha atención en lo que hacíamos.

Mi tía dejó los cuencos en la mesa y sirvió el congee, mientras mi madre arrullaba al bebé. Una vez terminamos de comer, mi padre y mi tío se marcharon a los campos, y mi madre, mi t

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